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viernes, 25 de julio de 2008

El Reino de los cielos es el mismo Jesucristo

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Publicado por Pensar en Cristiano

1.- El Reino de los cielos es el mismo Jesucristo. El Evangelio de hoy nos propone tres parábolas del Reino de los cielos. Son tres parábolas propias de San Mateo que no tienen paralelo en los otros Evangelios: la parábola del tesoro escondido en el campo, la parábola del mercader en perlas preciosas y la parábola de la red. Las tres comienzan con la misma introducción: “El Reino de los cielos se parece”….Son continuación de las parábolas del domingo anterior. Si se hace un recuento de las seis cosas a las cuales se asemeja el Reino de los cielos, veremos que ellas son de la más diversa especie: a un hombre que siembra buena semilla en su campo, a un grano de mostaza, a la levadura, a un tesoro escondido en un campo, a un comerciante que busca perlas preciosas, a una red arrojada en el mar. ¿Cómo se puede parecer el Reino de los cielos a cosas tan dispares como un grano de mostaza y una red arrojada en el mar; o como un hombre que siembra buena semilla en su campo y un mercader en perlas preciosas; o como un tesoro escondido en un campo y la levadura? En realidad, "el Reino de los cielos" no es una cosa concreta que uno pueda poner bajo una imagen; por eso no se puede comparar con nada concreto de este mundo. Las semejanzas del Reino de los cielos con que comienzan las parábolas no son comparaciones con las cosas de esa lista que hemos enumerado más arriba, sino con la situación completa que se describe.
La expresión "Reino de los cielos" fue usada por Jesús como un medio para revelar el misterio de su propia Persona y de su misión. A la luz de esta última historia comprendemos que el tesoro escondido de nuestra parábola no es algo material, sino que es Cristo mismo, nuestro Rey supremo: importa infinitamente más el Señor de las cosas que las cosas del Señor. En efecto, todos los teólogos y biblistas católicos afirman con unanimidad que el Reino de los cielos del que Cristo nos está hablando en estas parábolas es ÉL mismo. El centro de su mensaje es su Persona. ¡Él es el único y verdadero tesoro de nuestro corazón! También San Pablo tenía como único objetivo anunciar la Persona de Cristo; así lo recuerda a los corintios: "No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo" (1Cor 2,2). Pero encuentra la misma dificultad: "Hablamos no de una sabiduría de este mundo... sino de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes”

2.- Cuando el hombre encuentra el tesoro de Jesús, está dispuesto a darlo todo. Alguien lo halla casualmente, cava más, reconoce el valor. Entonces hace algo que los demás observan meneando la cabeza. Vende cuanto tiene, y adquiere aquel campo. El precio de compra es tan alto, que tiene que arriesgarse todo lo que se posee, por modesto que sea. Se ha de vender todo, hay que entregarlo todo por causa de este valioso objeto. Este tesoro requiere una inversión alta, más aún, una inversión total. Todavía se añade otro pensamiento. Es la alegría inmensa de haber encontrado el tesoro. Esta alegría induce a la inversión inusitada. Ya no se calcula con sobriedad ni se sopesa en frío. En comparación con este tesoro todo lo demás que se posee es escaso, su valor no tiene proporción con el tesoro. Las cosas que se tienen, por muchas que sean, se vuelven insignificantes ante el verdadero valor por cuya causa vale la pena vivir. Este tesoro es el reino de Dios, y por tanto el mismo Dios. El que ha encontrado a Dios mediante el mensaje de Jesús, renuncia con alegría a todo lo demás. Ha encontrado la vida. El que tiene a Dios lo tiene todo. Sólo Dios basta. Esta verdad únicamente puede aprenderse en la vida real. La parábola de la perla no sólo suscita la idea de un altísimo valor, sino también de la belleza inmaculada. El reino de Dios no solamente es el más excelso valor, sino también el bien más bello y perfecto que se puede conseguir. Aquí se habla de un gran comerciante que trafica en joyas. Nunca ha encontrado una perla tan preciosa y fina. Sin reflexionar va a vender cuanto tiene, todo el inventario de su negocio para adquirir esta perla. Por su experiencia sabe que la perla recompensará la inversión. El corazón del hombre se queda intranquilo, hasta que la ha encontrado. Pero cuando la ha encontrado, está dispuesto a entregarlo todo por causa de este único objeto valioso. Cuando nos dedicamos a la búsqueda, no podemos descansar hasta haber encontrado lo que buscábamos.

3.- ¿Qué cosas son las que nos impiden encontrar el tesoro que nos hace felices? Las parábolas desean resaltar el gran valor del Evangelio predicado por Cristo, verdadero tesoro a descubrir, verdadera perla por la cual vale la pena venderlo todo. El acento se pone en el “descubrimiento” de Cristo que exige como consecuencia el “desprendimiento” de todo lo que se posee (no sólo lo material en cuanto dependencia de los bienes, también las maneras de actuar y pensar diferentes a las del reino), y así adquirir la perla encontrada. Esta acción debe estar caracterizada por la “alegría” y en “libertad” al llevarla a cabo, pues consideramos que vale la pena, porque el “comerciante” es una persona sabia. Esta es la actitud del cristiano que “entiende” la palabra de Cristo. A través de estas escenas rápidas pero esenciales, recibimos un mensaje concreto de sagacidad, rapidez y radicalidad de decisión, de alegría al realizarla. El evangelio es un mensaje siempre antiguo y siempre nuevo, no un anuncio fúnebre. Jesús nos invita ha aspirar a los bienes superiores y por esa razón debemos renunciar a bienes inferiores que aunque implican una renuncia no debemos preocuparnos ni sobrevalorarlos pues son transitorios. Es una renuncia positiva, pensada, hecha con capacidad ya que es darle un lugar al más, al mejor, un dar el todo por “el todo”; por esta razón hay “alegría” en nuestra decisión de renuncia. No olvidemos que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Este tesoro, perla preciosa es la palabra de Cristo, el reino, Cristo mismo. Darlo todo por él es ganarlo, no perderlo. Es importante que pensemos qué “bienes” que consideramos valiosos nos están impidiendo hacernos de ese “campo” donde está el tesoro escondido, que tipo de actitudes nos impiden actuar ante los demás como esa “perla” de gran valor.

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