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viernes, 18 de julio de 2008

"Las parábolas del Reino II"

Por Neptalí Díaz Villán CSsR
Publicado por Misioneros Redentoristas

Jesús no definió conceptualmente el Reino. Él fue el más vivo testimonio de la soberanía de Dios en la vida de un ser humano. Esto lo manifestó al forma como se relacionaba con el Padre Dios, con los demás y las cosas. Él dejó que Dios fuera Dios en su humanidad y Dios se manifestó en el hombre Jesús sin lesionarlo interiormente. A partir de su propia vivencia invitó a construir ese Reinado de Dios (o Reino de los cielos, como prefiera llamarlo Mateo) y, según la mentalidad oriental, no dio una explicación racional sino que lo comparó con vivencias o cosas al alcance de la gente, para hacerlo comprensible y para invitar a que todos lo hicieran realidad en su propio entorno vital.

Empecemos con la primera parábola: El trigo y la cizaña. Nos hemos acostumbrado a identificar cuáles son los buenos y los malos de la película tanto en el filme como en la vida real. Y ¡claro! nos ponemos siempre del lado de los buenos. Si el malo mata es un asesino, si el bueno mata es un héroe. Al bueno lo asesinan, al malo le dan de baja. Normalmente nos creemos los buenos de la película y nos mostramos implacables contra el mal. Y cuando se trata de hacer biografías, los escritores quitan todo lo que resulte desconcertante, para presentar una figura digna de imitar: un héroe nacional, un santo religioso, un empresario exitoso o un militar entregado a la patria.

La lista de los que se han creído buenos y puros en la historia es larga; así como largo y ancho es el daño que se ha hecho con la consigna de desterrar el mal de la tierra, porque fácilmente se pasa al fanatismo, traducido en intolerancias mesiánicas y totalitarismos camuflados en la observancia de la ley civil o religiosa. Buenos se creyeron los fariseos, saduceos, sacerdotes y demás autoridades que mataron a un peligroso reo llamado Jesús. Buena se creyó la iglesia cuando impulsó la recuperación de los lugres sagrados que habían usurpado los impíos infieles (o sea las cruzadas). Y siguió interpretando el papel de buena cuando se dio a la persecución y hasta la muerte de “pensadores equivocados”, brujas, escritores impíos y demás individuos malos (o sea la inquisición). Bueno se creyó y se sigue creyendo Bush II, que con la bendición de su dios, se sintió con autoridad para combatir el llamado eje del mal o cualquier tipo de terrorismo y enviar tropas para tomar el control de extensos territorios, así tuviera que masacrar a gente inerme. Todo para saciar su sed de poder (¡perdón!, para desterrar el mal de la tierra y acabar con las armas que tenía Husein).

Pero, ¿estamos seguros de que al pedir fuego destructor para los malos, no nos quemamos nosotros mismos? ¡Cuidado! porque el trigo y la cizaña están en el interior de cada persona. Dentro de todos nosotros Dios sembró el trigo y tenemos la capacidad para amar, servir y construir el Reino. Pero también a lo largo de nuestra historia comunitaria o personal, el enemigo sembró la cizaña y por lo tanto también dentro de nosotros habitan la codicia, los miedos, los odios, los rencores y demás antivalores que nos destruyen.

No porque tengamos cizaña dentro, porque seamos imperfectos y cometamos errores, nuestra vida deja de tener sentido. Como nos dice el libro de la Sabiduría (12,13.16-19 – 1ra lect), Dios muestra su poder no tanto en la destrucción de los malos, sino en la misericordia, el perdón y la indulgencia. La cizaña que tenemos dentro hay que quemarla en el fuego; el fuego en el mundo antiguo representaba la fuerza que dinamiza, transforma y purifica, es decir, toda nuestra vida tiene que ser purificada. El cambio es un poco doloroso, nos cuesta un poco dejar envidias, rencores, egoísmos, codicias, malas costumbres, etc., y convertirnos en personas capaces de perdonar, amar y servir; pero se puede lograr con el fuego del amor de Dios que nos purifica y, como dice la 2da lectura (Rm 8,26-27), con el Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad. De tal manera que lo bueno que hay en nosotros, el trigo, lo almacenemos para compartirlo generosamente. Esta es una palabra cargada de la dulce esperanza (1ra lect.). Necesitamos aceptarnos tal como somos y tener mucha serenidad para que al descubrir la cizaña en nosotros, evitemos la desesperanza y continuemos hasta la siega.

Segunda y tercera parábolas: El grano de mostaza y La levadura en la masa. Con los insignificantes para este mundo, Dios construye el Reino: necesitamos saber apreciar el don de Dios en las cosas pequeñas, como el grano de mostaza, pues el Reino de Dios se empieza a construir desde abajo y se necesita la paciencia del labrador para que la semilla germine, nazca, crezca y dé fruto. La mostaza no es un gran árbol cuyas raíces chupen de los demás árboles del bosque hasta dejarlos desnutridos (Dan 4). Es un arbusto que convive con otros árboles y permite que los pájaros hagan sus nidos en sus ramas para apoyar y cuidar sus críos.

La levadura tiene la magia de hacer fermentar, crecer y darle forma a la masa. Un poquito de levadura es suficiente para logarlo. De la misma manera, necesitamos transformar nuestra propia historia desde abajo, desde lo pequeño, desde los pobres, desde las bases.

Gracias a Dios hay mucha gente construyendo el Reino, aunque no se haga mucha bulla; he visto con mis propios ojos muchos testimonios:

Una madre soltera de la periferia, al ver cómo los niños de sus vecinos quedaban a la deriva aprendiendo mañas, mientras sus padres salían a trabajar, se convirtió en madre comunitaria. “Son como mis hijos”, me dijo mientas le daba un beso a una niña que se acercó para quejarse porque otro niño le hizo muecas.

Un campesino de una vereda, en medio de las críticas, incomprensiones de la gente y hasta de los reclamos de su esposa, porque gasta mucho tiempo fuera de la finca, ha liderado proyectos de electrificación, carreteable, mingas o trabajo comunitario en beneficio de todos, con desarrollo sostenible, apoyado por diferentes instituciones públicas y privadas.

Un desplazado por la violencia que durante el día vende limones junto a un semáforo para ganar su sustento y el de su familia, por la noche vuelve a su asentamiento y reúne la gente para dialogar, orar y no dejar apagar la vela de la esperanza.

Un médico prefirió perder su cómodo empleo en vez de ahogar la voz de la conciencia y de la ética médica. La Empresa Prestadora de Salud (que debería llamarse mejor Empresa Traficante de la Salud – E.T.S.) para la que trabajaba no le renovó el contrato, por negarse, entre otras cosas, a dar diagnósticos falsos para evitar gastos o sanciones y a mandar los medicamentos genéricos más baratos sin importarle si era o no era lo que necesitaba el paciente…

Somos seguidores y seguidoras de Jesús en tanto que construyamos el Reino donde estemos, con nuestro trigo y aún con nuestra cizaña, como el granito de mostaza y la levadura en la masa.

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