Publicado por Parroquia San Vicente
Esta es la novedad. El precepto de dar culto a Dios ya no será una ley dictada desde fuera, sino una necesidad nacida del interior de un corazón identificado con la voluntad de Dios. Es el verdadero culto interior dado a Dios en espíritu y en verdad. Contra todo ritualismo puro y estéril, contra toda religión-ficción, contra toda evasión de compromisos personales cargados sobre anónimos colectivos; enseña Jeremías, como un gran paso adelante en la revelación, que el verdadero culto en la nueva alianza, consiste en entrar cada uno en el interior de sí mismo y dar, desde allí, culto a Dios que habita en el corazón. Del corazón sale todo lo bueno y lo malo, lo que contamina o santifica (Mateo 15,11; Marcos 7,15).
Ezequiel y Jeremías son líderes pioneros en este proceso de interiorización e individualización religiosa. Y si alguien es fiel a este pacto, Dios ofrece siempre su perdón. No hay, por tanto, dos imágenes de Dios revelador, sino dos formas de sentir e interpretar esa revelación: una externa, la del Sinaí, con acompañamiento de signos de poder y majestad; otra interna, que se produce dentro del corazón, inspirando en paz lo que libremente y por amor se debe hacer.
«Todo el mundo se va con él.» La espectacular entrada de Jesús en Jerusalén produce inquietud en sus enemigos que maquinan eliminarle; mientras, por el lado opuesto unos griegos muestran su deseo de acercarse y saludarle. Se trata probablemente de simpatizantes con el monoteísmo de Israel y con las observancias mosaicas y manifiestan su deseo de saludar a Jesús. Ver a Jesús es siempre un buen deseo y por un buen deseo puede entrar la salvación en una casa, como en el caso de Zaqueo. Estos gentiles no hablan quizá hebreo y en todo caso necesitan un presentador. Se dan cuenta de que dos de los discípulos tienen nombres griegos, Felipe y Andrés, quizá hablen griego, y les abordan sin más: «Por favor, venimos de Grecia y nos gustaría saludar al Maestro».
El evangelista no introduce la escena, ni el saludo de los griegos. Quizá plantearon una cuestión filosófica sobre la muerte y la resurrección, a la que Jesús responde con la filosofía que le es propia, sobre la renuncia y sobre la cruz. Juan nos lo ha resumido así: «El que se ama a sí mismo, se pierde… El que quiera servirme, que me siga… Si el grano de trigo no muere…» Jesús pone la cruz como condición para la gloria y la muerte es condición para la fecundidad. Quiere decirnos que el éxito de una vida no se mide por trozos o logros parciales sino por su totalidad. Cargar con la cruz o sepultarse como el grano de trigo son momentos que no se pueden desligar de la totalidad de una vida cuyo objetivo final es dar fruto.
La cruz no es el contenido único del mensaje cristiano pero sí es tal vez su mejor resumen a condición de ser bien entendida como enseña Juan: «La hora de la cruz es también la hora de la glorificación». La gloria humana suele presuponer grandes sacrificios ocultos. Jesús llegó a la gloria pasando por la muerte.
Impresiona la frase de la Carta a los hebreos: «Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer». La obediencia no se aprende en los tratados. Muchas otras materias, muchas ciencias humanas y religiosas, se pueden aprender frecuentando cursos. Pero lo que es la obediencia se entiende sólo a través de la pedagogía de la experiencia insustituible del dolor, del abandono, de lo negativo, y adoptando la misma postura de Cristo en la cruz. El sufrimiento, además, nos da otras muchas lecciones; nos hace madurar, nos da profundidad, nos ejercita en la paciencia, nos libera de apegos y vanidades, nos hace más auténticos, nos transforma en personas sensibles, compasivas, solidarias, vulnerables, humildes, abiertas, limpias y confiadas.
«Ahora mi alma está agitada.» Obedecer a Dios no significa simplemente plegarse a su voluntad. Sino ser dóciles a su amor. El amor es el estilo de la obediencia característica de quien ha abandonado el horizonte de la ley antigua, esculpida en la piedra o escrita en un libro, para entrar en la perspectiva “interior” de la nueva alianza, profetizada por Jeremías, donde la ley está escrita en el corazón. Dios no se contenta con posturas exteriores, no está satisfecho con los individuos que doblegan la cabeza y obran rectamente por temor al castigo. Quiere personas que escuchen su voz en lo profundo de su corazón y, consiguientemente, capaces de amar lo que él pretende de ellos. El amor que da todo se hace cada vez más exigente.
Si comparáramos nuestra vida al tiempo de cuaresma, la meta, el objetivo de nuestro anhelo, es la resurrección, es la Pascua. Y sólo desde allí podemos evaluar el recorrido.




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