Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 11, 16-19
Jesús dijo a la multitud:
¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: «¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!»
Porque llegó Juan el Bautista, que no come ni bebe, y ustedes dicen: «¡Está endemoniado!» Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores». Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras.
“Esta generación” se parece también a los ídolos de los que habla el Salmo 134: “tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen” (vv. 16-17). Y es que una forma de inclinarse ante los ídolos, hechura de manos humanas, es endiosarse, hacerse uno mismo dios y, de esta forma, cerrarse a las llamadas del Dios verdadero e incapacitarse para percibir los hechos que nos hablan de la sabiduría de Dios. Cuando el hombre se endiosa se cierra en sí mismo e impone a la realidad sus esquemas rígidos y preconcebidos. Y si la realidad no se atiene a esos esquemas, peor para ella. Es algo similar a lo que ocurre en el ámbito moral: para poder hacer el bien es necesario conocer las normas morales y los valores; pero para poder captar estos últimos hay que ser ya de alguna forma bueno. ¿No es esto un círculo vicioso? No. Simplemente es la elemental condición de que para percibir y hacer el bien hay que tener una adecuada disposición interior (un corazón bien dispuesto). Y esta disposición significa una básica apertura a la realidad, a los demás y a Dios. Sin ella, se produce, esta vez sí, un círculo vicioso, que consiste en interpretar torcidamente todo lo que no encaja en los estrechos y rígidos esquemas que uno ha adoptado y con los que se aísla del entorno. Esto es algo muy frecuente (e ilumina bastante bien el sentido de las palabras de Jesús) en el mundo de la política, en el que se aplica con triste contumacia el refrán de que “al enemigo, ni agua”: si el rival hace las cosas mal, es claro que es un incompetente y un corrupto; si las hace bien, es por electoralismo y oportunismo. Parece haberse casi eliminado de la escena pública la nobleza de carácter ante el rival, según el espíritu de que “lo cortés no quita lo valiente”. También en el campo religioso es frecuente descubrir este espíritu estrecho y, en el fondo, idolátrico por cerrado. Así, cuando el Papa no viajaba, se decía que qué hacía encerrado y aislado del mundo, sin contacto con la realidad. Cuando le dio por viajar, los mismos le criticaron por lo mucho que gastaba… O se critica a la Iglesia por oponerse a la cultura y la ciencia; y cuando se recuerda el número de instituciones que la Iglesia consagra a la cultura (Universidades, Escuelas, Bibliotecas, por no hablar de su legado artístico) se la critica por su riqueza. En estas críticas se percibe, no la aplicación de criterios imparciales que sirven a la justicia, sino una fundamental “malevolencia” que distorsiona todo juicio.
Jesús se lamenta con amargura de esta mala voluntad que ciega a “esta generación” y le impide percibir la acción salvadora de Dios que se manifiesta con generosidad y por distintas vías: el austero profetismo de Juan y la predicación amable de Jesús. Naturalmente “esta generación” no es sólo un grupo humano cronológicamente situado, sin que es un “tipo” humano, un “género” de personas, en el que podemos caber cualquiera de nosotros cuando adoptamos esa actitud malevolente, que interpreta torcidamente los hechos y se niega a concederles ni el beneficio de la duda. Cualquiera de nosotros puede caer en esta actitud respecto de Dios, de la Iglesia, de determinados grupos humanos, de ciertas personas. Y cuando actuamos así nos exiliamos del contacto con lo bueno que hay de un modo u otro en toda realidad, en todo grupo en cualquier persona.
Jesús, en el fondo, nos está llamando a adoptar una actitud benevolente, una disposición abierta y de escucha. Sólo desde esta fundamental buena voluntad es posible acoger la sabiduría de Dios, discernir el bien del mal, descubrir el bien ajeno sin prejuicios y adoptar una actitud de sana autocrítica que nos salva de la idolatría del propio yo.
¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: «¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!»
Porque llegó Juan el Bautista, que no come ni bebe, y ustedes dicen: «¡Está endemoniado!» Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores». Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras.
Compartiendo la Palabra
Por José M.ª Vegas cmf
Llamada a la benevolencia
(y repudio de la malevolencia)
Por José M.ª Vegas cmf
Llamada a la benevolencia
(y repudio de la malevolencia)
“Esta generación” se parece también a los ídolos de los que habla el Salmo 134: “tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen” (vv. 16-17). Y es que una forma de inclinarse ante los ídolos, hechura de manos humanas, es endiosarse, hacerse uno mismo dios y, de esta forma, cerrarse a las llamadas del Dios verdadero e incapacitarse para percibir los hechos que nos hablan de la sabiduría de Dios. Cuando el hombre se endiosa se cierra en sí mismo e impone a la realidad sus esquemas rígidos y preconcebidos. Y si la realidad no se atiene a esos esquemas, peor para ella. Es algo similar a lo que ocurre en el ámbito moral: para poder hacer el bien es necesario conocer las normas morales y los valores; pero para poder captar estos últimos hay que ser ya de alguna forma bueno. ¿No es esto un círculo vicioso? No. Simplemente es la elemental condición de que para percibir y hacer el bien hay que tener una adecuada disposición interior (un corazón bien dispuesto). Y esta disposición significa una básica apertura a la realidad, a los demás y a Dios. Sin ella, se produce, esta vez sí, un círculo vicioso, que consiste en interpretar torcidamente todo lo que no encaja en los estrechos y rígidos esquemas que uno ha adoptado y con los que se aísla del entorno. Esto es algo muy frecuente (e ilumina bastante bien el sentido de las palabras de Jesús) en el mundo de la política, en el que se aplica con triste contumacia el refrán de que “al enemigo, ni agua”: si el rival hace las cosas mal, es claro que es un incompetente y un corrupto; si las hace bien, es por electoralismo y oportunismo. Parece haberse casi eliminado de la escena pública la nobleza de carácter ante el rival, según el espíritu de que “lo cortés no quita lo valiente”. También en el campo religioso es frecuente descubrir este espíritu estrecho y, en el fondo, idolátrico por cerrado. Así, cuando el Papa no viajaba, se decía que qué hacía encerrado y aislado del mundo, sin contacto con la realidad. Cuando le dio por viajar, los mismos le criticaron por lo mucho que gastaba… O se critica a la Iglesia por oponerse a la cultura y la ciencia; y cuando se recuerda el número de instituciones que la Iglesia consagra a la cultura (Universidades, Escuelas, Bibliotecas, por no hablar de su legado artístico) se la critica por su riqueza. En estas críticas se percibe, no la aplicación de criterios imparciales que sirven a la justicia, sino una fundamental “malevolencia” que distorsiona todo juicio.
Jesús se lamenta con amargura de esta mala voluntad que ciega a “esta generación” y le impide percibir la acción salvadora de Dios que se manifiesta con generosidad y por distintas vías: el austero profetismo de Juan y la predicación amable de Jesús. Naturalmente “esta generación” no es sólo un grupo humano cronológicamente situado, sin que es un “tipo” humano, un “género” de personas, en el que podemos caber cualquiera de nosotros cuando adoptamos esa actitud malevolente, que interpreta torcidamente los hechos y se niega a concederles ni el beneficio de la duda. Cualquiera de nosotros puede caer en esta actitud respecto de Dios, de la Iglesia, de determinados grupos humanos, de ciertas personas. Y cuando actuamos así nos exiliamos del contacto con lo bueno que hay de un modo u otro en toda realidad, en todo grupo en cualquier persona.
Jesús, en el fondo, nos está llamando a adoptar una actitud benevolente, una disposición abierta y de escucha. Sólo desde esta fundamental buena voluntad es posible acoger la sabiduría de Dios, discernir el bien del mal, descubrir el bien ajeno sin prejuicios y adoptar una actitud de sana autocrítica que nos salva de la idolatría del propio yo.





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