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domingo, 31 de octubre de 2010

Meditación para la Solemnidad de todos los santos


Por Angel Moreno
Apc 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 12

El Concilio Vaticano II afirma: “Todos estamos llamados a la santidad”. San Juan nos asegura que Dios Padre nos llama hijos suyos, y cuando lo veamos tal cual es, seremos semejantes a Él.
Hay gritos de guerra y gritos que anuncian la paz; hay gritos por catástrofes y otros que proclaman la victoria; hay gritos de dolor y de gozo. El Apocalipsis nos convoca a fiesta, como fruto y regalo de los que son santos. “Un ángel gritó con voz potente: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles».” Por los siervos de nuestro Dios. “Una muchedumbre inmensa gritaba: «La victoria es de nuestro Dios». Todos los ángeles decían: «La alabanza, y la gloria, y la sabiduría, y la acción de gracias, y el honor, y el poder y la fuerza son de nuestro Dios».”
El júbilo proviene de la proclamación más solemne que hace Jesús de quiénes son los bienaventurados: “los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos… Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.
Al reflexionar sobre los títulos que hacen felices y bienaventurados, se descubren las paradojas del Evangelio, que a su vez se convierten en claves para alcanzar la bienaventuranza. En la revelación positiva que hace Jesús, descubrimos el secreto de la santidad. Se nos ha revelado el camino por donde subir al Monte Santo.
“El que cree, tiene vida eterna” (Jn 6, 47). El que cree en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11, 25). El que cree en el Hijo tiene vida eterna (Jn 3, 36).
“El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21). “El que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios” (Lc 12, 8).
“El que persevere hasta el fin, ése se salvará.” (Mt 10, 22; 24, 13).
“El que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mt 10, 39) “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo” (Mt 20, 26-27). “El que se humille, será ensalzado” (Mt 23, 12). «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». (Lc 9, 48).
“El que obra la verdad, va a la luz” (Jn 3, 21). “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 14). “El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna” (Jn 5, 24) “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). “El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). “El que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12, 25).
No podemos refugiarnos en la ignorancia. Se nos ha mostrado el camino de la santidad.

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1 de Noviembre: Fiesta de todos los Santos


Publicado por Evangelio del Día

La fiesta de hoy se dedica a lo que san Juan describe como «una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus y lenguas»; los que gozan de Dios, canonizados o no, desconocidos las más de las veces por nosotros, pero individualmente amados y redimidos por Dios, que conoce a cada uno de sus hijos por su nombre y su afán de perfección.

Hay quien pone reparos a éste o aquél, reduce el número de las legiones de mártires, supone un origen fabuloso para tal o cual figura venerada. La Iglesia puede permitirse esos lujos, un solo santo en la tierra bastaría para llenar de gozo al universo entero, y hay carretadas.

¡Aquellos veinticuatro carros repletos de huesos de mártires que Bonifacio IV hace trasladar al Panteón del paganismo para fundarlo de nuevo sobre cimientos de santidad! Montones, carretadas de santos, sobreabundancia de cristianos de quienes ni siquiera por aproximación conocemos el número, para los que faltan días en el calendario.

Por eso hoy se aglomeran en la gran fiesta común. Los humanamente ilustres, Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio, y los oscuros: el enfermo, el niño, la madre de familia, un oficinista, un albañil, la monjita que nadie recuerda, gente que en vida parecía tan gris, tan irreconocible, tan poco llamativa, la gente vulgar y buena de todos los tiempos y todos los lugares.

Cualquiera que en cualquier momento y situación supo ser fiel sin que a su alrededor se enterara casi nadie, cualquiera sobre quien, al morir, alguien quizá comentó en una frase convencional: Era un santo. Y no sabíamos que se había dicho con tanta propiedad. Cristianos anónimos que a su manera, a escala humana, se parecían a Cristo.

La solemnidad de Todos los Santos nació en el siglo Vlll entre los celtas la Iglesia nos propone esta Visión de gloria al comienzo del invierno, para invitarnos a vivir en la esperanza de una primavera, más allá de la muerte. Quiere también que caigamos en la cuenta de nuestra solidaridad con cuantos han pasado al mundo invisible.

Festejamos con alegría a los Santos, pues creemos «que gozan de la gloria de la inmortalidad», en donde interceden por nosotros. Cada Santo vive intensamente la visión de Dios y su amor, mas su conjunto forma una ciudad, «la Jerusalén celeste», un Reino abierto a cuantos vivan de acuerdo con las Bienaventuranzas. Son la Iglesia del cielo.

La Gloria de los «Santos, nuestros hermanos», procede de Dios, cuya imagen reproduce cada uno de ellos de una manera única. Por consiguiente, al venerarlos, proclamamos a Dios «admirable y solo Santo entre todos los Santos». Todos fueron salvados por Cristo, todos nacieron de su costado abierto. Este es el motivo por el que el lugar por excelencia de comunión con los Santos es la Eucaristía.

En ella les santificó el Señor Jesús con la plenitud de su amor»; en ella podemos también nosotros suplicarle con humildad a Dios que nos haga pasar «de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos».


Oremos



Himno ( laudes)

Vosotros sois luz del mundo
y ardiente sal de tierra,
ciudad esbelta en el monte,
fermento en la masa nueva.

Vosotros sois los sarmientos,
y yo la Vid verdadera;
si el Padre poda las ramas,
más fruto llevan las cepas.

Vosotros sois la abundancia
del reino que ya está cerca,
los doce mil señalados
que no caerán en la siega.

Dichosos, porque sois limpios
y ricos en la pobreza,
y es vuestro el reino
que sólo se gana con la violencia. Amén



Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar los méritos de todos los santos en una misma solemnidad, te rogamos que, por las súplicas de tan numerosos intercesores, nos concedas en abundancia los dones que te pedimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



Himno (II vísperas)

Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.


Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositaria
rogadle por nosotros.

Mártires que ganaron vuestra palma
en la arena del circo, en sangre roja,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.

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Evangelio Misionero del Dia: 1 de Noviembre de 2010 - Solemnidad de Todos los Santos


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a El. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Compartiendo la Palabra
Por Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

Esta es una fiesta muy bella. El año no tiene días para recordar a todos los santos que han vivido a lo largo de la historia. Son los ciento cuarenta y cuatro mil del pueblo de Israel: doce mil por cada tribu, un pueblo completo, sin diezmar, un número redondo, entero. Y son una muchedumbre innumerable, no ya de Israel, sino de toda raza, pueblo, lengua y nación. No hay días en el año para recordar a cada uno de estos hijos de Dios. Así que los arracimamos en una sola celebración, solemne y gozosa.
Podríamos decir también que esta es una fiesta muy del pueblo. Aquí no entra solo esa aristocracia formada por los apóstoles, los grandes héroes de la fe que fueron los mártires, las mujeres que fundaron Congregaciones religiosas, los grandes doctores y doctoras, los grandes Papas. Hoy celebramos también la memoria de los santos anónimos, que han encarnado en su vida las bienaventuranzas y que ahora participan de la vida prometida por Dios.
Entran mujeres y varones: Pablo y Paula, Julio y Julia, Andrés y Andresa, Pedro y Petra, Tomás y Tomasa, Luis y Luisa, y así indefinidamente. Entran mayores y entran jóvenes (como la recién beatificada Chiara Luce Badano); entran ancianos y entran niños (recordemos a Francisco y Lucía, los dos pequeños de las apariciones de Fátima, también beatificados); entran personas de nuestro pueblo y de nuestra familia.
En esta gran fiesta celebramos sobre todo a Dios. Celebramos su obra. Los santos eran personas hechas con los mismos mimbres que nosotros. Con el barro de que cada uno está formado Dios es capaz de modelar al hombre nuevo: mujeres nuevas, varones nuevos; Dios es el alfarero del hombre nuevo.
Decía un teólogo: “un santo es un pecador del que Dios ha tenido misericordia”. Esa fórmula hay que completarla: “un santo es un pecador del que Dios ha tenido misericordia… y que se ha vuelto consciente de esta misericordia y la ha acogido hondamente dentro de sí”. Todo es don de Dios, también nuestra respuesta. Pero es necesario que, por nuestra parte, se dé la acogida de ese don. Sí, creámoslo: Dios puede hacer primores en nosotros.

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Lecturas y Liturgia de las Horas: 1 de Noviembre de 2010


TODOS LOS SANTOS
Solemnidad

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

Yo, Juan, vi a un Ángel que subía del Oriente, llevando el sello del Dios vivo. Y comenzó a gritar con voz potente a los cuatro Ángeles que habían recibido el poder de dañar a la tierra y al mar:
«No dañen a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios».
Oí entonces el número de los que habían sido marcados: eran 144.000 pertenecientes a todas las tribus de Israel.
Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente:
«¡La salvación viene de nuestro Dios
que está sentado en el trono,
y del Cordero!»
Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo:
«¡Amén!
¡Alabanza, gloria y sabiduría,
acción de gracias, honor, poder y fuerza
a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!»
Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?»
Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor».
Y él me dijo: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero».

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 23, 1-6

R. ¡Benditos los que buscan al Señor!

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes,
porque Él la fundó sobre los mares,
Él la afirmó sobre las corrientes del océano. R.

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias y puro el corazón;
el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente. R.

Él recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Dios, su Salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.



Lectura de la primera carta de san Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:
¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
y nosotros lo somos realmente.
Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a Él.
Queridos míos,
desde ahora somos hijos de Dios,
y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es.
El que tiene esta esperanza en Él, se purifica,
así como Él es puro.

Palabra de Dios



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a El. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor.


LITURGIA DE LAS HORAS
TIEMPO ORDINARIO
LUNES DE LA SEMANA XXXI
De la Solemnidad

1 de Noviembre

TODOS LOS SANTOS. (SOLEMNIDAD)

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Venid, adoremos al Señor, a quien glorifica la asamblea de los santos.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Himno: VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO

Vosotros sois luz del mundo
y ardiente sal de la tierra,
ciudad esbelta en el monte,
fermento en la masa nueva.

Vosotros sois los sarmientos,
y yo la Vid verdadera;
si el Padre poda las ramas,
más fruto llevan las cepas.

Vosotros sois la abundancia
del reino que ya está cerca,
los doce mil señalados
que no caerán en la siega.

Dichosos, porque sois limpios
y ricos en la pobreza,
y es vuestro el reino que sólo
se gana con la violencia. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Los santos tienen su morada en el reino de Dios, y allí han encontrado descanso eterno. Aleluya.

SALMO 62, 2-9 - EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Los santos tienen su morada en el reino de Dios, y allí han encontrado descanso eterno. Aleluya.

Ant. 2. Santos de Dios, bendecid al Señor eternamente.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR - Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. Santos de Dios, bendecid al Señor eternamente.

Ant. 3. Cantemos el himno de alabanza de todos los santos, de Israel, su pueblo escogido; es un honor para todos sus fieles.

Salmo 149 - ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Cantemos el himno de alabanza de todos los santos, de Israel, su pueblo escogido; es un honor para todos sus fieles.

LECTURA BREVE Ef 1, 17-18

El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, quiera concederos el don de sabiduría y de revelación, para que lleguéis al pleno conocimiento de él e, iluminados así los ojos de vuestra mente, conozcáis cuál es la esperanza a que nos ha llamado y cuáles las riquezas de gloria otorgadas por él como herencia a su pueblo santo.

RESPONSORIO BREVE

V. Alegraos, justos, y gozad con el Señor.
R. Alegraos, justos, y gozad con el Señor.

V. Aclamadlo, los de corazón sincero.
R. Y gozad con el Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Alegraos, justos, y gozad con el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Los santos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Los santos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Aleluya.

PRECES

Acudamos, alegres, a nuestro Dios, corona de todos los santos, y digámosle:

Por intercesión de todos los santos, sálvanos, Señor.

Oh Señor, fuente y origen de toda santidad, tú que has hecho resplandecer a los santos con gran variedad de dones,
haz que al contemplarlos sepamos celebrar tu grandeza.

Señor todopoderoso, que has querido que los santos fueran imágenes admirables de tu Hijo,
concédenos que, por su ejemplo y su intercesión, vivamos más plenamente unidos a Cristo.

Rey del cielo, que por medio de los fieles seguidores de Cristo nos estimulas a desear la ciudad futura,
haz que descubramos en los santos el mejor camino que lleva a ti.

Dios y Señor nuestro, que en la celebración de la eucaristía nos pones en comunión con los santos,
concédenos celebrar cada día con mayor perfección tu culto en espíritu y en verdad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Con el gozo que nos da sabernos miembros de la gran familia de los santos, digamos al Padre de todos:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar los méritos de todos los santos en una misma solemnidad, te rogamos que, por las súplicas de tan numerosos intercesores, nos concedas en abundancia los dones que te pedimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PATRIARCAS QUE FUISTEIS LA SEMILLA.

Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.

Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.

Almas cándidas, santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.

Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.

Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.

Soldados del ejército de Cristo,
santas y santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a aquel que vive y reina entre vosotros. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, de pie delante del trono.

Salmo 109, 1-5. 7 - EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, de pie delante del trono.

Ant. 2. Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí; por eso recibirán de mano del Señor la corona real del honor.

Salmo 115 - ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Vale mucho a los ojos del Señor
la vida de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí; por eso recibirán de mano del Señor la corona real del honor.

Ant. 3. Por tu sangre, Señor Dios, compraste hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino.

Cántico: HIMNO A DIOS CREADOR Ap. 4, 11; 5, 9-10. 12

Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria,
el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y por tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,
la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Por tu sangre, Señor Dios, compraste hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino.

LECTURA BREVE 2Co 6, 16b; 7,1

Nosotros somos templo de Dios vivo, como dijo Dios: «Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.» Así, pues, hermanos, estando en posesión de estas promesas, purifiquémonos de toda mancha de cuerpo y espíritu, y vayamos realizando el ideal de la santidad en el temor de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Santos y justos, alegraos en el Señor.
R. Santos y justos, alegraos en el Señor.

V. Dios os eligió como herencia suya.
R. Alegraos en el Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Santos y justos, alegraos en el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Cuán glorioso es el reino en el que todos los santos gozan con Cristo!; vestidos de túnicas blancas, siguen siempre al Cordero.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. ¡Cuán glorioso es el reino en el que todos los santos gozan con Cristo!; vestidos de túnicas blancas, siguen siempre al Cordero.

PRECES

Acudamos, alegres, a nuestro Dios, corona de todos los santos, y digámosle:

Por intercesión de todos los santos, sálvanos, Señor.

Dios nuestro, fuente y origen de toda sabiduría, que por tu Hijo Jesucristo has hecho de los apóstoles fundamento de la Iglesia,
concédenos ser totalmente fieles a la fe que ellos enseñaron.

Tú que otorgaste a los mártires fortaleza para dar testimonio de ti hasta derramar su sangre,
concede a todos los cristianos ser fieles testigos de tu Hijo.

Tú que concediste a las vírgenes el don insigne de imitar a Cristo en su virginidad,
haz que sepamos ver siempre su virginidad consagrada como un signo del reino futuro.

Tú que has manifestado en los santos tu presencia, tu
grandeza y tu perfección, haz que los fieles, al venerarlos, se sientan unidos a ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Concede, Señor, a todos los difuntos gozar siempre de la compañía de María, de san José y de todos los santos,
y, por su intercesión, dales parte en la alegría de tu reino.

Con el gozo que nos da sabernos miembros de la gran familia de los santos, digamos al Padre de todos:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar los méritos de todos los santos en una misma solemnidad, te rogamos que, por las súplicas de tan numerosos intercesores, nos concedas en abundancia los dones que te pedimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.



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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: CUANDO LA LUZ DEL SOL ES YA PONIENTE

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. Amén.

SALMODIA

Ant. Al amparo del Altísimo no temo el espanto nocturno.

Salmo 90 - A LA SOMBRA DEL OMNIPOTENTE.

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío.
Dios mío, confío en ti.»

Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su brazo es escudo y armadura.

No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.

Caerán a tu izquierda mil,
diez mil a tu derecha;
a ti no te alcanzará.

Tan sólo abre tus ojos
y verás la paga de los malvados,
porque hiciste del Señor tu refugio,
tomaste al Altísimo por defensa.

No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos;

te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.

Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré;
lo saciaré de largos días,
y le haré ver mi salvación.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Al amparo del Altísimo no temo el espanto nocturno.

LECTURA BREVE Ap 22, 4-5

Verán el rostro del Señor, y tendrán su nombre en la frente. Y no habrá más noche, y no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Te encomiendo mi espíritu.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

ORACIÓN

OREMOS,
Visita, Señor, esta habitación: aleja de ella las insidias del enemigo; que tus santos ángeles habiten en ella y nos guarden en paz y que tu bendición permanezca siempre con nosotros. Por Cristo nuestro Señor.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Madre del Redentor, Virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,

ven a librar al pueblo que tropieza
y se quiere levantar.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.

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Domingo XXXI del tiempo ordinario: El puente del tuareg


Publicado por Entra y Verás

Trazar puentes es una de las tareas más necesaria en nuestro tiempo. Atrás han de quedar los encastillamientos. La mano misericordia de Dios se extiende sin miramientos buscando quien la coja y quien la necesite. De esta forma el desierto puede ser un oasis.

Un tuareg decidió construir un puente para unir un oasis con la cima de una gran duna. Lo llamativo de la construcción es que en lo alto de la duna no había nada más que arena y por el puente sólo pasaría él o algún explorador despistado. Sin embargo él decía que quizá, si se construía el puente, alguien podía convertir la duna en un magnífico oasis como el que estaba en el otro lado.

Algo parecido es lo que sucedió entre Jesús y Zaqueo. Entre el Hijo de Dios y el jefe de los publicanos. Zaqueo era un hombre de baja estatura y la gente le impedía ver a Jesús. Había muchos prejuicios contra los publicanos, como sucedía también en el evangelio del domingo pasado con el episodio del fariseo y el publicano. Quizá había gente que le diría que Zaqueo, un auténtico corrupto y extorsionador, no era digno de acercarse a Jesús. Pero es tal el deseo, que Zaqueo no tiene vergüenza de hacer el ridículo, y se sube a un árbol para ver bien a Jesús cuando pase. Curiosamente se sube a una higuera. Si recordáis la Jerusalén inerte se compara en otro pasaje con la higuera sin fruto que se corta.

Como suele pasar siempre, frente a los agoreros de ayer y de hoy, que se creen portadores de la agenda de Dios para decir con quien habla y con quien no; cabezas visibles del más rancio protocolo de mente cuadrada y catecismo en la mano; Jesús, como el tuareg, construye un puente entre él, el oasis, y Zaqueo, considerado un desierto; y lo hace en forma de invitación: «hoy quiero hospedarme en tu casa». Jesús al entrar en su casa y sentarse a su mesa lo reintegra en la comunidad, lo libera de la exclusión. La enmienda de Zaqueo no consiste en el propósito de observar la ley sino en el de reparar las injusticias que había cometido como jefe de los recaudadores. No ofrece dar una limosna rácana para tranquilizar la conciencia, sino dar la mitad de sus bienes a los pobres, compartirlos con ellos y restituir, conforme a lo mandado por la ley, a aquellos de quienes se haya aprovechado. Una vez más el acento no se pone en la ley sino en la caridad; en la persona y no en la norma, en la arena de la vida y no en el mármol de la ley.

Vemos que Jesús lanza los puentes que sean necesarios pero la condición para sentarse a la mesa es estar en comunión. La misericordia no es ni mucho menos un todovale sino conmoverse ante la situación del otro y hacerle el bien de forma que pueda cambiar su vida, si esto lo que necesita. La misericordia no excluye ni excomulga, aunque sea con pías razones, sino que ofrece un camino para llegar a la comunión. Zaqueo antes de sentarse a comer tenia claro que iba a dar la mitad de sus bienes y a restituir lo robado. Ese es el paso hacia la comunión. Por eso los que murmuraban acusando a Jesús de pecador por comer con pecadores se estaban delatando a sí mismos. Si Dios mira siempre los corazones por qué nosotros juzgamos a partir de la etiqueta.

A la luz de este evangelio, me parece que la clave está en vivir no desde el juicio y los muros que nos aíslan, sino desde la mesa común llena de puentes que nos unen. Arriesgarse a pensar, a buscar y luchar contra el qué dirán como Zaqueo, y a tender puentes como Jesús, nos mantiene en la comunión. La perfección que se nos pide es en el amor. Y en esa perfección el otro es siempre necesario. Una semana más nos topamos con la misericordia de Dios que se salta el protocolo, que sabe reconocer a distancia qué ojos le buscan por propio interés y cuáles le buscan porque esperan una mano que los acoja y los trate como merecen. Dios busca corazones abiertos a su acción. Quienes se creen más cerca suelen ser los más alejados. Zaqueo, luchó por conocer a ese Jesús de quien tanto oyó hablar. ¿es ese nuestro deseo o pensamos que ya no tenemos nada que cambiar o esperar? La duna puede ser oasis. No vale el juicio externo. Es necesario tender puentes.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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Meditacion para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario.

Por Angel Moreno
Publicado por Ciudad Redonda

Sb 11, 22-12, 2; Sal 144; 2 Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

Las lecturas de este domingo son un canto a la vida, a la bondad, a la misericordia, a la gracia que supone el don de la fe, de haber recibido la revelación sagrada, de conocer a Jesucristo, que hace visible la identidad de Dios, de haber sido llamados por Él.
El poder de Dios se demuestra en su amor a todas las criaturas, pero sobre todo en su opción de dar vida, de sostener a todo lo creado. ¡Cómo ensancha el corazón el libro de la Sabiduría, que hoy proclama: “Amas a todos los seres. No odias a nadie. A todos perdonas, porque son tuyos, ¡Señor, amigo de la vida”!
Vemos la concreción de esta identidad divina en el gesto que Jesús hace en Jericó, cuando manda bajar a Zaqueo del árbol para hospedarse en su casa, a pesar de que era un publicano, al que se tenía por pecador, marginado y juzgado por los que se sentían justos.
Hoy escuchamos de labios de Jesús el axioma más esperanzador: “El hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, y llama a Zaqueo. Desde ese momento entra la salvación en su casa. San Pablo nos invita a reavivar la vocación con la que cada uno hemos sido llamados. Desde ella podemos recuperar la actitud más generosa, “para que así, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros”.
Señor, cuando me acojo, como Zaqueo, a tu bondad, y recurro a tu misericordia; cuando confío en tu amor y lo aplico a todas la situaciones personales y a los acontecimientos que suceden, al ser tan generosa y gratuita tu declaración de perdón, pienso si no estaré manipulando la Palabra. Llego a sospechar de mí, si es por afán egoísta, interesado, el aferrarme al ofrecimiento que me haces de ser huésped mío.
Una explicación posible es mi proyección sobre ti del comportamiento humano, con lo que te hago víctima de las reacciones naturales que se dan entre nosotros, cuando suceden comportamientos negativos, creyendo que Tú te enfadas, igual que lo hacemos entre nosotros, y te mueves al castigo, a la cólera, a la venganza, como, tristemente, es frecuente en nuestras relaciones sociales.
A la luz de tu Palabra, me estremece la revelación que haces de ti, ya desde los textos del Antiguo Testamento. En el libro de la Sabiduría y de los Salmos te muestras “Amigo de la vida”, “amas a todos, porque son tuyos”, y porque lo puedes todo, perdonas.
Que no dude nunca de tu bondad, y que por la experiencia constante de tu misericordia, en vez de inclinarme al juicio crítico, como narra el Evangelio que hicieron algunos de los que te vieron entrar en casa de Zaqueo, cuando comentaron: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”, me mueva a la proclamación del salmista: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; el Señor es bueno con todos.
Estoy seguro: si esta verdad es recibida en el corazón, más allá de la historia personal, se descubre el regalo inmerecido de la gracia y de la fe, experiencia que deseo sinceramente a todos.

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sábado, 30 de octubre de 2010

ORACIONES para la EUCARISTÍA: CONVERSIÓN (DOMINGO 31 TO)


Publicdo por Fe Adulta

ANÁFORA

Elevamos a Ti, Padre Dios, nuestro corazón y nuestra oración
para darte las gracias por todo lo que has hecho por nosotros,
por habernos dado a la luz y mantenernos en la vida, en Ti.
Gracias, Señor, por todos los seres humanos, tus hijos,
los que nos acompañan en esta aventura e integran nuestra gran familia.
Gracias por todo este maravilloso universo, revelación de tu grandeza,
que apenas somos capaces de descubrir y admirar.
Entendemos, Dios y Señor, que siendo como eres tan grande e importante,
se vuelven ridículas nuestras pobres pero pretenciosas solemnidades.
Creemos que nuestra mejor ofrenda no es pretender servirte y agasajarte
sino servir a los hermanos, y como Tú, darnos sin esperar retorno.
Gracias, Padre bueno y amante, porque nos mueves a ser generosos
y a tener una conciencia limpia, una vida honesta y coherente.
Por todo ello, nos sale del alma bendecir tu nombre y cantar en tu honor.

Santo, santo…

Dios y Padre nuestro, te damos las gracias por tu hijo Jesús,
que nos ha enseñado que no eres un Dios a quien haya que temer
sino un Padre a quien hay que querer y serle fiel.
A la luz de su vida, la vida de los seres humanos ha cambiado de sentido.
Porque no quiso ser servido sino servir, se hizo siervo de la humanidad
y derivó todo el amor que te tenía en servicio a los hermanos
y en el cuidado de los más necesitados.
El nos ha revelado que sólo se convierte y llega a su plenitud personal
el que ayuda a sus prójimos y contribuye al bienestar de los demás.
Que no es mayor a tus ojos quien domina sino quien sirve.
Jesús comprometió su vida con su mensaje de liberación
y aceptó una muerte de esclavos como un último servicio.
Nos ofreció su vida con la sencillez de quien parte y reparte un pan
y brindó por nosotros con el vino, signo de la sangre que iba a derramar.

El mismo Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan,
te dio gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros;
haced lo mismo en memoria mía».

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre;
cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».

Hemos recordado, Padre santo, la vida y muerte de Jesús, tu hijo.
Te agradecemos una vez más su paso por nuestra historia
y su revolucionaria palabra que nos marca un insospechado camino.
Nos ha dado ejemplo, ha sido consecuente siempre con su mensaje.
Queremos imitarle, Señor, pero necesitamos tu Espíritu, tu fuerza,
para convertirnos de raíz, desde dentro, en nuestro yo mas íntimo,
y reorientar nuestra vida hasta ponerla al servicio de los demás.
Porque nuestra inclinación natural es la de aspirar a poder, a ser más,
sin querer caer en la cuenta de en qué medida oprimimos a otros.
Convéncenos, Padre, de que no es ningún honor ser servidos,
y que la verdadera satisfacción está en sentirse útiles a los demás.
No queremos que permanezcan en el olvido y nuestra indiferencia
quienes sufren y mueren cada día de hambre y sed en este mundo,
tan global y cercano para unos y tan distante y perdido para otros.
Ten piedad, Señor, de quienes aun proclamándose tus siervos,
enturbian la claridad de tu mensaje con vanidades y ansias de poder.
Y bendice a cuantos dedican en silencio su vida al bien de los demás.
Uniéndonos en espíritu a todas las personas sencillas y buenas,
recordando también a María, la que se llamó esclava del Señor,
y apoyándonos en Jesús, tu hijo, nuestro hermano y valedor,
te bendecimos ahora, Padre nuestro,
como queremos honrarte por toda la eternidad.
AMÉN.

Rafael Calvo Beca

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PRINCIPIO

Conviértenos, Padre, tú que nos llamas a tu mesa,
cambia nuestro corazón,
haz que se parezca cada vez más al corazón de Jesús, tu hijo, Nuestro Señor.


OFRENDA

Esta ofrenda, nuestro pan y nuestro vino,
quiere representar a nuestra vida entera,
ofrecida, como la de Jesús para ayudar a nuestros hermanos.
Por el mismo Jesús, tu hijo, Nuestro Señor.


DESPEDIDA

Gracias, Padre, por tu Palabra y tu Pan.
Gracias por la eucaristía, que nos anima y nos da fuerza.
Gracias sobre todo por tu mejor regalo, por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


José Enrique Galarreta


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TE CREÍA UN CAPRICHO MÁS


Te creía un Dios cualquiera
de esos que salen al mercado,
crean impacto,
conquistan a la gente
y, en poco tiempo, quedan olvidados.

Te creía un payaso cansado
que se contenta con alegrar
a niños y simples,
y que ofrece oasis de fiesta
porque la vida de cada día
sigue siendo triste e injusta.

Te creía antiguo y bonachón,
señor de paredes y de cuadros
que mira pero no habla;
pastor que sigue manejando la honda
en tiempos de las armas atómicas..

Te creía poca cosa...
No daba importancia a tu palabra
ni a tu compañía.
Eras la visita de cumplido
para después del compromiso.
Eras el postre de una buena comida,
el complemento sentimental
de la razón y de la ciencia...

¡Te creía un capricho más!

Pero eres un Dios de vida e ilusiones.
No es inofensivo acercarse a ti.
No es una cortesía inocente dejarte entrar,
abrirte la puerta,
enseñarte la casa
y darte asiento en el salón.

¡Huésped inquieto y peligroso,
tierno y guasón,
inteligente y eficaz!
Zaqueo firmó un cheque en blanco.

Yo te creo, Dios.
Te creo capaz de dar la vuelta a la cabeza,
al corazón y a la vida,
a todas las vidas de todas las personas.
Capaz de reformar todos los planes
y desviar todas las rutas;
de abrir nuevos caminos;
de ofrecer horizontes inéditos.

Yo te creo capaz
de fijarte en quien está en la higuera;
de invitarte a comer por sorpresa;
de hospedarte en casa de un pecador;
de repetir, hoy, la historia.

No te hagas rogar.
Mírame como Tú sabes,
e invítate a comer en mi casa.

Florentino Ulibarri

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Evangelio Misionero del Dia: 31 de Otubre de 2010 - DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO


Ha llegado la salvación a tu casa (ábrele la puerta)
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le doy cuatro veces más».
Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar ya salvar lo que estaba perdido».

Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia

El Domingo pasado vimos a los fariseos recormerse por dentro cuando Jesús les dejaba al desnudo su hipocresía en la oración y declaraba santo al publicano pecador.
Hoy vamos a ver algo mucho mejor.
Vamos a ver a los fariseos escandalizados ante lo más inimaginable que podía hacer el Señor con los odiados publicanos.
Jesús se acerca a Jericó. Enterada la ciudad, todos esperan con ansia al famoso Profeta de Nazaret. Salen en tropel al camino por donde ha de pasar Jesús, un camino bordeado de vegetación exuberante, casi tropical, con ricos árboles frutales y palmeras frondosas.
Jericó, ciudad importante y fronteriza, de mucho comercio, rica, y buena contribuyente por los muchos tributos, es por lo mismo el paraíso de los publicanos, los aprovechados cobradores de los impuestos.
Entre los curiosos que salen a recibir a Jesús está también Zaqueo, nada menos que el jefe de los publicanos. Pero, como es pequeñito de estatura, no puede ver nada entre aquella multitud. Tiene entonces la buena ocurrencia de subirse a un árbol, se sienta a horcajadas en sus ramas, y ahora va a contemplar al Maestro mejor que nadie. Avanza la turba, y cuando ven a Zaqueo en aquella pose, todos miran, señalan y ríen:
- ¡Mirad, mirad! ¡Zaqueo, Zaqueo el publicano!...
Zaqueo sabe por qué le miran. Le señalan como al pecador más significado de la ciudad. Los fariseos, sobre todo, lo señalan con más gusto y más inquina que nadie. Como todos miran, también Jesús alza la mirada. Pero es para dejar desconcertados a todos:
- ¡Zaqueo, baja! Baja pronto y vete a prepararme alojamiento, porque hoy me quiero hospedar en tu casa.
Zaqueo da un salto vertiginoso: -¡Jesús en mi casa! ¡El gran Profeta conmigo!...
Y prepara un banquete digno del rico anfitrión y digno de huésped semejante.
Todos ya en la mesa, a la que Zaqueo ha convidado a todos sus compinches, los otros publicanos de la ciudad, viene lo que tenía que venir. Las malas lenguas de los fariseos y de todo el pueblo se ceban en Jesús como cuchillas afiladas:
- ¡Habráse visto! ¡Jesús autoinvitándose a la mesa de Zaqueo, el mayor pecador, y comiendo tan feliz con todos los pecadores de la ciudad!...
El escándalo no puede ser mayor. Todos están comiendo alegres —y Jesús más que ninguno—, cuando Zaqueo se levanta para brindar. Y lo que alza no es la copa de champán, sino su corazón:
- ¡Mira, Señor! Doy la mitad de todos mis bienes a los pobres. Y, si he robado alguna cosa a alguien, le devuelvo cuatro veces más.
Jesús podía haber comentado con ironía:
- ¿Que si has robado alguna cosa a alguien? ¡Bandido, si todo lo que tienes es robado!...
Pero, no. Jesús, caballero cien por cien, de corazón inmenso y exquisitamente delicado, ni hace alusión al pasado de Zaqueo. Se contenta con decir, lleno de gozo indecible:
- ¡Hoy, hoy ha entrado la salvación en esta casa! Pues también Zaqueo es hijo de Abraham, también es un llamado a la salvación.
Y para que los fariseos se enteren bien, añade muy claro:
- Porque yo he venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Ante un hecho como éste―—ciertamente, de los más bellos de todo el Evangelio—, no sabe uno lo que haría con esos que, por cosas pasadas que han cometido, sean lo graves que sean, desconfían de Jesucristo.
No se dan cuenta de que le hacen la mayor injuria.
Si Jesucristo buscara hombres con inocencia de angelitos del cielo, podrían tener miedo.
Pero si busca precisamente a quien está más perdido, éste es el que le da al Señor la mayor alegría. Le pasa a Jesucristo como al cirujano: tanto más orgulloso se siente cuanto más desesperada se presentaba la operación y de la cual ha salido airoso.
Zaqueo es el tipo y un modelo acabado del hombre que se encuentra con Cristo. Ponerse en contacto con Jesucristo, creer en Él, confiar en Él, entregarse a Él, es hacerse con la salvación, haya sido como haya sido la vida anterior.
Y Zaqueo se da cuenta de que no le basta la fe. Zaqueo traduce la fe en obras reales, y dice al Señor:
- Devuelvo lo robado. Me doy a los pobres. Hago todo lo que Dios quiere de mí. ¡Se acabó el pecador, y empieza desde ahora el santo!...
Con muchos imitadores de Zaqueo, ¡qué revolución más formidable, y sin armas, la que se desataría en la sociedad! ¡Qué pocos sermones que necesitarían unos! ¡Qué pocas reivindicaciones que harían otros! ¡Y qué bien que estaríamos todos!
¡Señor Jesucristo!
A ti las gracias más rendidas por habernos descubierto hoy la inmensidad de tu Corazón.
¿Qué tienes con los pecadores, que te atraen tanto?...
Ya vemos lo que son para ti: diamantes brutos. Brutos cuanto queramos, pero diamantes tan valiosos...
Tú los tallas, ¡y vaya brillantes que engastas después en tu corona!
¿También me vas a lucir a mí de semejante manera?...

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JESÚS SIGUE SIENDO RECHAZADO POR LA QUE CREE SER SU IGLESIA


XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 19, 1-10) - Ciclo C
Por José Enrique Galarreta

El capítulo 19 de Lucas es el final de la vida de Jesús antes de su entrada en Jerusalén que acabará en su muerte. Los capítulos 20 y 21 narran la última semana de la vida de Jesús y las controversias en el templo con los jefes del pueblo. A partir del capítulo 22 entraremos en los relatos de la pasión.

La escena se desarrolla en Jericó, casi a la orilla del Jordán donde sitúa Lucas tres relatos: la curación del ciego, que citan también Marcos y Mateo, el episodio de Zaqueo, que sólo encontramos en Lucas, y la parábola de las minas, que tiene su paralelo en la de los talentos de Mateo 25.

El episodio de Zaqueo recuerda fuertemente al llamamiento de Leví, que conocemos por Marcos 2, Mateo 9 y Lucas 5, que da lugar a la comida en su casa, con sus amigos publicanos, y a la murmuración de los escribas y fariseos. Como en el episodio de Zaqueo, "todos murmuraban".

El pasaje se ambienta en un entorno de admiración de la gente por Jesús y, al mismo tiempo, de incomprensión. En el episodio inmediatamente anterior, la gente quiere apartar al ciego, que molesta, y Jesús tiene que ir en contra de la corriente para acercarse e interesarse por él. Aquí, la multitud rodea a Jesús, pero su actuación con Zaqueo les escandaliza.

Una vez más, el evangelio está mostrando la situación de Jesús, enfrentado a un pueblo que no se aparta de sus conceptos religiosos, de la idea de un Mesías espectacular que confirma a los buenos y rechaza a los malos, y un pueblo que por tanto es incapaz de recibir la palabra de Jesús que anuncia un reino que no es lo que ellos esperaban.


En los momentos que estamos viviendo, no podemos menos de proyectar el mensaje de Jesús sobre nuestra situación. Y no es traer por los pelos el mensaje ni forzarlo. Hablar de lo que esperaban sus coetáneos y lo que Jesús les ofrecía es casi lo mismo que hablar de lo que ofrecen las religiones, al menos algunas de ellas o en algunas ocasiones, para contrastarlo con lo que ofrece Jesús.

Los contemporáneos de Jesús estaban dispuestos a aceptar que Jesús era el Mesías, pero no estaban dispuestos a aceptar que el Mesías que esperaban era Jesús, sin poder, sin ambiciones políticas, sin ofertas de predominio del pueblo sobre otros pueblos, sin Templo, sin pureza legal.

Jesús hace presente a Dios, pero la gente no lo acepta porque quiere otro dios. La diferencia está en que el dios que ellos buscan ha de ser "nuestro dios", el que resuelva nuestros problemas y nos haga privilegiados. Por eso pedirán siempre a ese dios ayuda para solucionar los propios problemas y prevalecer sobre los demás.

Pero el Dios de Jesús es al revés: pide ayuda para solucionar los problemas de todos. Sin privilegios.

Los de Jericó apartaban al ciego: querían solamente el espectáculo del desfile triunfal. Y el ciego estorbaba en el desfile. Los de Jericó querían que Jesús fuese de los buenos, y les pareció horrible que se auto-invitase a casa del pecador público número uno de la ciudad, el odiado jefe de recaudadores, y rico.

Pero Jesús quería curar: curar al ciego, curar al rico recaudador. El desfile triunfal le traía sin cuidado. (No es casual que el siguiente desfile triunfal, la entrada mesiánica en Jerusalén, acabe tan mal, según el mismo Lucas: Jesús llora y se lamenta por la suerte de Jerusalén y echa a los mercaderes del templo).

Los fariseos y sus letrados hacía tiempo que se habían dado cuenta del peligro y acechaban a Jesús casi desde el principio de su predicación. (Varias veces en Marcos 2 y expresamente ya en Marcos 3,6). Y cuando la cosa llegó a Jerusalén, la intervención de los sacerdotes fue fulminante, porque sabían que si Jesús seguía adelante toda su religión se derrumbaba, y con ella su instalación social y su sistema político. Y en una semana, acabaron con él.

Jesús fue rechazado. La razón de fondo es que Jesús ofrece la Buena Noticia de "Dios amigo de la vida", amigo de la gente, médico y pastor. Jesús ofrece la Buena Noticia de que religión no es un gorro sagrado que nos ponemos en el Templo y en las Fiestas, sino la vida misma, la honradez, la veracidad, la compasión, la colaboración, el esfuerzo; que ése es el sacrificio agradable a Dios y que para ofrecerlo no hacen falta ritos ni intermediarios.

Jesús es el que no hace teología metafísica, sino parábolas. Jesús es el que no ha venido a que le entronicen sino a lavar los pies. Es demasiado: ¿qué hacemos entonces con el Templo, con el poder en nombre de Dios, con la reverencia al sacerdocio por su unción sagrada, con los preceptos, con los premios, con las amenazas ... con todas esas cosas tan irremediablemente conexas con lo que tradicionalmente llamamos "religión". Y, peor todavía: si Dios no va a solucionar mis problemas, ni vamos a ser más que otros porque "Dios está con nosotros"... Entonces, ¿para qué queremos a Dios?

Jesús cura al ciego y a Zaqueo, mientras la gente le quiere aclamar como Mesías Rey. Y lo mataron, lo mataron en nombre de SU dios.

Nosotros hacemos hoy lo mismo. Dios para que me dé las cosas que creo que necesito. Yo adoro a Dios, cumplo los mandamientos (¡ojalá!) y le pido lo que quiero y él me lo da. Yo cumplo con él, que él cumpla conmigo. Y además, la vida eterna. Exactamente el Antiguo Testamento. ¿Qué significa para nosotros la Buena Noticia, la estupenda novedad de Jesús?

Jesús sigue rechazado por la Iglesia exactamente igual que como fue rechazado por los fariseos, los escribas y los sacerdotes. Pero aún más: es rechazado invocando su nombre y proclamando que le siguen. Y aún más, los ricos sacerdotes, los ricos económicos, los poderosos con poder, dicen que le siguen, van a misa, participan en los grandes festivales religioso-folklóricos… la mejor imagen de todo esto es para mí sin duda la entrada de Jesús en Jerusalén, cuando todo el mundo aclamaba y Jesús iba llorando.

Dentro de poco tendremos varios espectáculos aclamatorios. Costarán mucho dinero, las masas aclamarán, el Papa disertará sabiamente, asistirán todas las autoridades, cristianas y paganas, honradas y sinvergüenzas, y no servirá para hacer ninguna conversión, ningún seguimiento mejor a Jesús.

¡Qué bien habría quedado en Jericó que hubieran limpiado previamente la calle de mendigos, que Jesús se hubiera hospedado en casa del fariseo o sacerdote más rico y prestigioso. ¡Qué preciosa habría sido la entrada triunfal en Jerusalén si el burro hubiera sido sustituido por un brioso caballo blanco (marca Mercedes a ser posible, blindado y con tapicerías de madera y cuero), si Jesús hubiera entrado en el Templo devotamente, besando al entrar sus losas de mármol, y hubiera presentado un sacrificio por mano del Sumo Sacerdote!

Seguramente Israel habría quedado mucho más dispuesto a aclamarle como Mesías.

Pero no hay que olvidar que Jesús en Jericó, la opulenta ciudad de las palmeras, triunfa. Triunfa porque un ciego ve y un rico explotador deja de serlo.

Lo demás, el desfile, el gentío, las aclamaciones, es mesianismo de falsos dioses, que no siente compasión y no quiere que el mendigo deje de ser desgraciado ni que el pecador tenga salida. Quieren que el ciego siga ciego y que el recaudador reviente.

Jesús quiere curar. Y cura, triunfa. Lo mismo le sucederá con la mujer adúltera (Juan 8): quiere salvarla y triunfa, la salva; a costa de jugarse la vida y perderla. ¿Nos tomaremos alguna vez en serio, nosotros, los de las "religiones del Libro", que no está permitido matar ni a Caín, el asesino de su hermano? (Génesis 4,15). ¿Nos tomaremos alguna vez en serio, nosotros, los que decimos que seguimos a Jesús, que no hay más religión que dar de comer al hambriento?

Jesús en Jericó, más fuerte que la ceguera y que el dinero. Jesús amigo de la vida, de las personas. Jesús compasivo hasta tener que dar la vida. Jesús, rostro de Dios, negador de falsos dioses.


Yo no sé, evidentemente, cómo se puede parar tanta locura, ni soy quién para dictar cuál debe ser la posición oficial de la Iglesia Católica ni tengo autoridad alguna para juzgar a nadie. Pero sí sé varias cosas, las que todos sabemos y debemos proclamar.

Sé que debemos ser radicales en el seguimiento de Jesús, y extirpar de la Iglesia, empezando cada uno por sí mismo, todo aquello que se parezca a los criterios y valores que llevaron a Jesús a la cruz: el "dios para nosotros", el preocuparse sólo marginalmente de los pobres, el preferir las ideas a las personas, el imponer ideas desde arriba en vez de sembrar conversión desde dentro...

Extirpar de nosotros -desde dentro de nosotros mismos– al fariseo de santidad legal, al escriba de conocimiento estéril, al poderoso sacerdote del Templo único, a los intermediarios, a los santos separados, a los sagrados sin compasión, a los ricos que no comparten, a los políticos que no sirven. Todo eso no es de Jesús, y nosotros, la iglesia, debemos proclamarlo bien alto, bien claro.

Sé que el futuro de la humanidad es el estilo de Jesús o la muerte. Sé que la mayoría de las religiones que contemplo son religiones de muerte. Sé que el estilo de Jesús es sembrar, compadecer, con-padecer, curar, respetar, ofrecer luz con buenas obras, ser consecuente hasta el final; y tener fe en todo ello.

Sé que el Reino no es ceremonia sacra y triunfal, sino grano de mostaza y pellizco de levadura. Sé que el Hijo de Dios no era sagrado pontífice ni doctísimo escriba ni puro fariseo ni poderoso rey.

Y sé que Jesús creía en la cosecha, creía en la virtualidad irrefrenable de la vida encerrada en la semilla y en la levadura. Sé que se sembró. Sé que fue fecundo. Sé que su vida sembrada murió a manos de los sagrados, los doctos y los puros, pero resucitó en un puñado de gente normal llena del Espíritu, un espíritu tan vivo que sigue cambiando hoy la vida de muchas personas. Y confieso que creo en el poder del Espíritu de Jesús, hasta el punto de confesar que es la semilla que puede salvar este mundo de locos y de dioses falsos en que vivimos.



MIS PALABRAS PARA TI

Creo que son felices los que comparten,
los que viven con poco,
los que no viven esclavos de sus deseos.

Creo que son felices los que saben sufrir,
encuentran en Ti y en sus hermanos el consuelo
y saben dar consuelo a los que sufren.

Creo que son felices los que saben perdonar,
los que se dejan perdonar por sus hermanos,
los que viven con gozo tu perdón.

Creo que son felices los de corazón limpio,
los que ven lo mejor de los demás,
los que viven en sinceridad y en verdad.

Creo que son felices los que siembran la paz,
los que tratan a todos como a tus hijos,
los que siembran el respeto y la concordia.

Creo que son felices los que trabajan
por un mundo más justo y más santo,
y que son más felices
si tienen que sufrir por conseguirlo.

Creo que son felices los que no guardan en su granero
el trigo de esta vida que termina,
sino que lo siembran, sin medida,
para que dé fruto de Vida que no acaba.

Y creo todo esto porque creo
en Jesús de Nazaret, el Hijo,
el hombre lleno del Espíritu,
Jesucristo, el Señor.

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¿PUEDO CAMBIAR?


XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 19, 1-10) - Ciclo C
Por José Antonio Pagola

Lucas narra el episodio de Zaqueo para que sus lectores descubran mejor lo que pueden esperar de Jesús: el Señor al que invocan y siguen en las comunidades cristianas «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». No lo han de olvidar.

Al mismo tiempo, su relato de la actuación de Zaqueo ayuda a responder a la pregunta que no pocos llevan en su interior: ¿Todavía puedo cambiar? ¿No es ya demasiado tarde para rehacer una vida que, en buena parte, la he echado a perder? ¿Qué pasos puedo dar?

Zaqueo viene descrito con dos rasgos que definen con precisión su vida. Es «jefe de publicanos» y es «rico». En Jericó todos saben que es un pecador. Un hombre que no sirve a Dios sino al dinero. Su vida, como tantas otras, es poco humana.

Sin embargo, Zaqueo «busca ver a Jesús». No es mera curiosidad. Quiere saber quién es, qué se encierra en este Profeta que tanto atrae a la gente. No es tarea fácil para un hombre instalado en su mundo. Pero éste deseo de Jesús va a cambiar su vida.

El hombre tendrá que superar diferentes obstáculos. Es «bajo de estatura», sobre todo porque su vida no está motivada por ideales muy nobles. La gente es otro impedimento: tendrá que superar prejuicios sociales que le hacen difícil el encuentro personal y responsable con Jesús.

Pero Zaqueo prosigue su búsqueda con sencillez y sinceridad. Corre para adelantarse a la muchedumbre, y se sube a un árbol como un niño. No piensa en su dignidad de hombre importante. Sólo quiere encontrar el momento y el lugar adecuado para entrar en contacto con Jesús. Lo quiere ver.

Es entonces cuando descubre que también Jesús le está buscando a él pues llega hasta aquel lugar, lo busca con la mirada y le dice: "El encuentro será hoy mismo en tu casa de pecador". Zaqueo se baja y lo recibe en su casa lleno de alegría. Hay momentos decisivos en los que Jesús pasa por nuestra vida porque quiere salvar lo que nosotros estamos echando a perder. No los hemos de dejar escapar.

Lucas no describe el encuentro. Sólo habla de la transformación de Zaqueo. Cambia su manera de mirar la vida: ya no piensa sólo en su dinero sino en el sufrimiento de los demás. Cambia su estilo de vida: hará justicia a los que ha explotado y compartirá sus bienes con los pobres.

Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de "instalarnos" en la vida renunciando a cualquier aspiración de vivir con más calidad humana. Los creyentes hemos de saber que un encuentro más auténtico con Jesús puede hacer nuestra vida más humana y, sobre todo, más solidaria.

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La importancia de ser higuera: XXX Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 18, 9-14) - Ciclo C



La primera lectura de la eucaristía de este domingo, tomada del libro de la Sabiduría, es una de las pequeñas joyas que encierra en Antiguo Testamento y nos ayuda a comprender un poco más al Dios en quien creemos.

Dice así: “Señor, el mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Te complaces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. En todas las cosas está tu soplo incorruptible. Por eso corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y lo reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”. (Sab 11,23 – 12,3).

Dios es “amigo del hombre”, de todos los hombres porque es amigo de la vida. No es competidor, no es alguien de que haya que ganarse su favor… ya está a favor nuestro, Nos ama y nos perdona antes de que tengamos noticia de Él. Y ese amor le lleva a salir de sí mismo para venir a nuestro encuentro.

Zaqueo es un pecador público. Siente curiosidad por Jesús. Y a través de Jesús Dios se acerca a él, lo llama, comparte su mesa y sin juzgarlo provoca en él a la conversión. Zaqueo colaboraba con las fuerzas invasoras (los romanos) y se aprovechaba de los miembros de su pueblo (los judíos), por eso era despreciado, condenado y marginado por todos.

Fue suficiente el sentirse amado por alguien, que alguien lo aceptara como persona, para que su vida diera un vuelco total.



Sólo necesitaba un árbol

Lo único que Zaqueo necesitó para que ese cambio se produjera fue un árbol en el cual subirse y poder ver a Jesús que pasaba. Lucas tiene cuidado en darle nombre a ese árbol: era una higuera. A partir de ahí Jesús toma la iniciativa y se invita a su casa.

En la Biblia la higuera se identifica con la búsqueda de Dios. Por eso no cualquier árbol servía. Recordemos el encuentro de Jesús con Natanael: “Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Le dice Natanael: ‘¿De qué me conoces?’. Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Le respondió Natanael: ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 47-50). Estar debajo de la higuera era sinónimo de estar buscando a Dios. Y Dios salió a su encuentro.

Zaqueo es y se sabe pequeño, no sólo de estatura, y necesita un árbol, una higuera para encontrarse con Dios.



Nuestro papel como cristianos

El papel que debemos jugar los cristianos, para ser evangelizadores, es el de ser árboles… no cualquier árbol, sino higueras a cuya sobra los hombres puedan descansar para buscar a Dios, higueras a las que los hombres puedan subirse para ver a Dios que pasa por el camino de sus vidas y puedan escuchar la invitación que les hace a compartir la mesa.

No somos adoctrinadores, moralistas, jueces, poseedores o repartidores de Dios. Somos simple “instrumentos” profundamente enraizados en la tierra pero con la suficiente “altura” para dar la posibilidad a otros de ascender y encontrarse con Dios.

Al comentar el evangelio de hoy, casi siempre se nos ha invitado a identificarnos con Zaqueo. Yo os invito a identificarnos con la higuera.

Pero conviene que no olvidemos la parábola de Jesús: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto de ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya hace tres años que vengo a buscar fruto a esta higuera, y no lo encuentro, ¡córtala! ¿para qué va a cansar la tierra? Pero él le dijo: Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas” Lc 13, 6-9).

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XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 19, 1-10) - Ciclo C: BÚSQUEDA Y ENCUENTRO



A 16 kilómetros al norte del mar Muerto y a 27 de Jerusalén, la ciudad de Jericó –importante centro económico y militar- se encontraba situada en una zona privilegiada, un gran oasis muy fértil en medio del desierto. El estudioso francés R. Garrigou-Lagrange llegó a decir de ella que era “la Niza de Judea”.

Ahí va a tener lugar el encuentro de Jesús con Zaqueo. Se trata de un hecho seguramente histórico, porque no es fácil suponer que la tradición cristiana se inventara algo que, en cierto sentido, la “perjudicaba”.

Digamos, como entre paréntesis, que éste es uno, aunque no el único, de los criterios que se aplican para discernir si un determinado relato evangélico es o no histórico: todas aquellas narraciones que habrían de resultar “incómodas” para las primeras comunidades cristianas, no pudieron ser “inventadas” por los discípulos; gozan, por tanto, de un alto nivel de probabilidad histórica.

Puede pensarse, como ejemplos, en:
· el bautismo de Jesús por Juan,
· el enfrentamiento de Jesús con su familia,
· la “dureza” de Pedro y los discípulos para entender a Jesús,
· las comidas con los pecadores,
· el perdón de Jesús a la mujer sorprendida en adulterio,
etc..

Hemos de creer que las primeras comunidades estaban bastante preocupadas por su “buena imagen”, por lo que consideraban que la actitud abierta de su Maestro las perjudicaba.

Y denotaba, ciertamente, una gran apertura el hecho de “hacerse invitar” nada menos que por un “jefe de publicanos”. Cobradores de impuestos, en un sistema que se prestaba fácilmente a la injusticia y colaboradores del invasor, los publicanos eran considerados avaros, explotadores y renegados; “pecadores” y rechazados por Dios.

Estaban excomulgados y, para ser readmitidos a la sinagoga, debían abandonar previamente su profesión. Religiosamente, eran impuros; socialmente, despreciados; políticamente, sospechosos vendidos a los romanos. En una palabra, muy “mala compañía” para quien decía hablar en nombre de Dios.

Paradójicamente, sin embargo, el nombre “Zaqueo” –en hebreo Zakkai- significa “limpio”, “inocente”. Y es llamativo que la tradición haya conservado su nombre: probablemente, por la misma razón que antes apuntaba. El gesto de Jesús les habría resultado demasiado escandaloso, o al menos impactante, como para olvidar el nombre de la persona con quien compartió la comida.

Por otro lado, en este pasaje saltan a primer plano varios de los temas más queridos de Lucas y más presentes en su evangelio:

· el interés de la gente por Jesús, que lleva a buscarlo;

· el acercamiento de Jesús a los marginados por cualquier motivo;

· la búsqueda de los extraviados: “He venido a buscar y salvar…”;

· la respuesta justa de la persona que se encuentra con Jesús;

· la generosidad en el uso de los bienes;

· la afirmación de que la salvación ocurre “hoy” (el “hoy” de Lucas es la realización de la “salvación” –el don de la Vida- en cada instante, en cada momento presente, que se hace realidad en el aquí y ahora del lector):
- “Hoy os ha nacido un Salvador…” (2,11);
- “Hoy se ha cumplido esta palabra…” (5,21);
- “Hoy estarás conmigo en el Paraíso…” (23,43).

El relato parece tener especial cuidado en señalar las actitudes y los sentimientos de los personajes:

· Jesús es el que toma la iniciativa, rompiendo tabúes y prohibiciones, porque sabe ver en cada persona a un “hijo de Abraham”, es decir, a alguien de fondo siempre bueno y valioso, inocente y limpio –como “Zaqueo”-, más allá de su “profesión” y de sus hechos “impuros”.

· Zaqueo manifiesta un interés inicial, que se transforma inmediatamente en alegría, apenas Jesús se dirige a él –“lo recibió muy contento”- y genera una actitud de reparación, desprendimiento y generosidad desbordante.

· La gente, dejándose llevar por los propios prejuicios sociales y religiosos, se encierra en la murmuración. Para ellos cuenta únicamente la “etiqueta” que pesa sobre Zaqueo –“un pecador”-, que parece contaminar a quien se acerca a él, descalificándolo. No “saben ver” quién es Zaqueo en su corazón; por eso, no sólo no entienden otra actitud que no sea la de condena, sino que descalifican radicalmente a quien, como Jesús, manifiesta cercanía, comprensión y amor.

A partir de este hecho, y desde nuestra perspectiva, no parece difícil identificar el “tipo de conciencia” que se halla detrás de cada una de esas tres actitudes.

“Zaqueo” es el “yo” que, insatisfecho, busca, quizás sin saber qué y sin atreverse del todo; sólo, como un observador, sin mayor implicación ni riesgo, “se sube a una higuera”.

La “gente” es el “ego etiquetador”, identificado con sus propias ideas, reducido a ellas y, por eso mismo, incapaz de ver más allá; incapaz de apreciar el fondo de las personas y de abrirse a la novedad del presente, únicamente sabe mirar a través de sus prejuicios.

“Jesús” es la Presencia amorosa –el “Yo soy” universal, ilimitado y atemporal- que “ve” en profundidad, más allá de las “formas”, y que se sabe y se vive como no-separado de nadie ni de nada, en una “Identidad compartida” en la que, aun sin ser “iguales”, nos reconocemos “lo mismo”. Esta conciencia aporta siempre gozo y transformación, “salvación” y Vida.

Pues bien, en cada uno de nosotros conviven esas tres “realidades” o perspectivas.

En nosotros hay un “yo” que busca, probablemente insatisfecho, o sencillamente intuyendo que hay “algo más” que aquello que él está viviendo. Lo que lo mueve es la pregunta, la búsqueda y el anhelo. Y se dirige a Jesús, la Presencia plena, “reflejo” y espejo de lo que somos todos en profundidad. Lo que va buscando, aun sin saberlo, es simplemente descubrir quién es, reconocerse en su identidad más profunda –la que trasciende el “yo”-, anclarse en la Comprensión.

En nosotros convive también un ego autosuficiente que, reducido a la mente, no hace sino repetir las pautas o patrones mentales y emocionales recibidos desde la infancia. Se caracteriza por su egocentrismo o autoafirmación que le lleva a sentirse superior, a juzgar y a descalificar a los otros, sin ser consciente de que todo eso nace de su propia frustración (y que, en realidad, tal como aparecía en el comentario de la semana anterior, refleja su propia sombra).

Reducido y encerrado en la prisión de la mente, es radicalmente incapaz de superar la ignorancia y el sufrimiento que de ahí se derivan. Por eso, mientras la persona no sea capaz de “tomar distancia” de su propia mente, será imposible la percepción de su verdadera identidad.

En cada uno de nosotros, vive también “Jesús”, la Presencia atemporal e ilimitada, el “Yo soy” sin más adjetivos, que se expresa en la “forma" particular de nuestro “yo”. Es nuestra Identidad más profunda; en la medida en que emerge, la percepción de las cosas se modifica de un modo radical: habremos pasado de “ver” las cosas como las veía la gente –“murmurando”-, a como las veía el propio Jesús –todo es “hijo de Abraham”, como nosotros mismos-.

Por aquí parece que va nuestra “tarea”, para crecer en conciencia, desidentificarnos de la mente, salir de la prisión del ego… y reconocernos en quien somos. Todo lo demás se nos irá dando “por añadidura”, como decía también el propio Jesús.

Si te sirve, puedes empezar con esta sugerencia de E. Tolle:

“Di «soy» y no añadas nada.
Sé consciente de la quietud que sigue al «soy».
Siente tu presencia, el Ser desnudo, sin velos, sin vestiduras”.


www.enriquemartinezlozano.com

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EVANGELIO DEL DOMINGO: CUANDO VISITA DIOS


Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

El Evangelio de este domingo nos llena de una serena esperanza. Jesús no ha venido para el regalo fácil, para el aplauso falaz y la lisonja barata de los que están en el recinto seguro, sino más bien "ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido". Aquella sociedad judía había hecho una clasificación cerrada de los que valían y de los que no. Jesús romperá ese elenco maldito, ante el escándalo de los hipócritas, y será frecuente verle tratar con los que estaban condenados a toda marginación: enfermos, extranjeros, prostitutas y publicanos. Era la gente que por estar perdida, Él había venido precisamente a buscar. Concretamente Zaqueo, tenía en su contra que era rico y jefe de publicanos, con una profesión que le hacía odioso ante el pueblo y con una riqueza de dudosa adquisición.
Jesús como Pastor bueno que busca una oveja perdida, o una dracma extraviada, buscará también a este Zaqueo, y le llamará por su nombre para hospedarse en su casa: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Lucas emplea en su evangelio más veces este adverbio, hoy: cuando comienza su ministerio público ("hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír" -Lc 4,16-22-), y cuando esté con Dimas, el buen ladrón, en el calvario ("te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" Lc 23,43 ).
El odio hacia Zaqueo, el señalamiento que murmura, condena y envidia... no sirvieron para transformar a este hombre tan bajito como aprovechón. Bastó una mirada distinta en su vida, fue suficiente que alguien le llamase por su nombre con amor, y entrase en su casa sin intereses lucrativos, para que este hombre cambiase, para que volviese a empezar arreglando sus desaguisados.
La oscuridad no se aclara denunciando su tenebrosidad, sino poniendo un poco de luz. Es lo que hizo Jesús en esa casa y en esa vida. Y Zaqueo comprendió, pudo ver su error, su mentira y su injusticia, a la luz de esa Presencia diferente. La luz misericordiosa de Jesús, provocó en Zaqueo el cambio que no habían podido obtener los odios y acusaciones sobre este hombre. Fue su hoy, su tiempo de salvación.
¿Podremos hacer escuchar en nuestro mundo esa voz de Alguien que nos llama por nuestro nombre, sin usarnos ni manipularnos, sin echarnos más tierra encima, sin señalar inútilmente todas las zonas oscuras de nuestra sociedad y de nuestras vidas personales, sino sencillamente poniendo luz en ellas? Quiera el Señor visitar también hoy la casa de este mundo y de esta humanidad. Será el milagro de volver a empezar para quienes le acojamos, como Zaqueo.

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