Me decía el cardenal Bergoglio que abordar el presente para que tenga futuro exigía la concurrencia de todas las edades. Sólo mayores o sólo jóvenes no deja de ser fragmentación que distorsiona la realidad. El pueblo de Dios no puede ser un grupo uniforme. Distintas edades -muy distintas- configuran una realidad plural, siempre necesaria.Un buen número de cristianos, cuando se refieren a los consagrados, piensan, exclusivamente, en una edad muy madura… “Ustedes ya no tienen jóvenes”; “¡con las edades que tienen…!”. Seguramente estas palabras expresan algo de verdad, pero sólo en parte. Esta vida consagrada del primer mundo tiene también jóvenes. Gente consagrada que pertenece a una generación, a una cultura y a un modo de entender la vida diferente, que no divergente, al de promociones anteriores. Sin embargo, a estos jóvenes les corresponde una integración afectiva y efectiva en modelos culturales y religiosos de otro tiempo.
Son jóvenes de hoy que se tomaron en serio la amistad radical con Cristo y que se preguntan, con fuerza, cómo es la vida consagrada del siglo XXI que Jesús sueña. Han llegado a las congregaciones en goteo, prácticamente solos, buscando la realización de un proyecto altruista, queriendo compartirlo todo. Han ido adaptándose: creyendo y haciéndose creer. Son hombres y mujeres que valoran lo de siempre, pero no pueden negar que son de hoy. Gente formada a la que importa mucho lo que sienten, no sólo ellos, también los demás… y ahí está, entre otras fuentes, su potencial evangelizador. Gente maja, enamorada de la hondura de este proyecto de vida, conscientes del peligro del funcionariado: “Somos pocos y, enseguida, hay que asumir responsabilidades…”.


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