Un año más, la liturgia nos lleva a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. A veces contemplamos este misterio como algo incomprensible, que está ahí, en el catecismo, en la liturgia, pero que conviene pasar de largo porque no hay quien lo comprenda. Sin embargo olvidamos que no se trata de un misterio para ser entendido (intelectualmente) sino para ser contemplado y vivido. Nuestra vida cristiana debería ser trinitaria o por el contrario tiene el riesgo de quedarse coja.En primer lugar decimos que sólo hay un Dios. Pero ¿nos lo creemos? Conviene que no perdamos de vista la exhortación que Moisés dirige al pueblo hebreo que se encuentra rodeado de naciones politeístas: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”. Se trata de reconocer y meditar en el corazón que sólo hay un Dios verdadero, también hoy, en nuestro mundo actual que nunca ha dejado de ser politeísta. Ser creyentes, respondiendo a la llamada de Dios, no es fácil porque también hacemos caso a otras llamadas de los que quieren ocupar el lugar qué sólo le corresponde a Dios. ¿Quiénes son estos “diosecillos”? Cada uno tiene los suyos. Basta con ser honestos e identificar aquello (cosa, situación, persona…) a lo que le consagramos nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra pasión. Quizá nos sorprendamos al descubrir que muchas veces somos nosotros los primeros a ser los dioses de nosotros mismos.
Ante este misterio del Dios único conviene la actitud de los discípulos que aparece en el evangelio. Hay una traducción aceptada por los críticos que dice así: “Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado” (v.17). Nosotros, como los discípulos, hemos dudado de Dios, le hemos abandonado buscándonos otros diosecillos o buscándonos a nosotros mismos. Hemos sido infieles. Pero siempre tenemos una oportunidad para volvernos hacia él, para reconocerle como nuestro único Dios y para adorarle. ¿Porqué no hoy? Ellos vivieron una transformación interior que les hizo pasar de la duda a la adoración. Esa transformación también es posible para mí en el día de hoy.
Tendremos entonces una experiencia de fe concentrada en Dios y sólo en él. Una experiencia focalizada en Dios, y sólo en él. Será, entonces, una experiencia fundante porque nos permitirá dirigirnos a Dios como ¡Abba! (Padre). Así nos lo recuerda Pablo en la carta a los romanos. Hemos recibido un Espíritu de hijos adoptivos que hace posible una relación con Dios basada en el amor y no en el temor. Un Espíritu que nos hace también coherederos con Cristo. Ese Espíritu es un don, una gracia que no merecemos.
En esta dinámica trinitaria recibimos una misión narrada en el evangelio: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. No se trata de un proselitismo barato. Lo que se propone a todos los pueblos, a cada persona, es una relación única e íntima con Dios. Y es una propuesta que se hace a través del bautismo y la enseñanza. La fórmula utilizada (“en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) es una fórmula que subraya la consagración que se hace de la persona al Dios trinitario a quien pertenece ahora. La misión recibida es hacer de los hombres “una posesión” de Dios.
Conociendo el hecho de que es una tarea difícil, el Resucitado no nos deja solos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Su presencia entre nosotros es certera (sabed), en todo momento (todos los días) y en todo lugar (hasta el fin del mundo) abarcando, por ello, todas las dimensiones de la existencia. Gracias a él, podremos compartir nuestra propia experiencia trinitaria.
2. Pistas para la homilía
-La Trinidad es un misterio para ser vivido. Un ministerio que nos recuerda en primer lugar que sólo hay un Dios verdadero. Ante la tentación de la idolatría en la sociedad actual, la Palabra nos recuerda el principio de nuestra fe. A nosotros, que también dudamos, se nos invita a adorar al Señor en nuestra vida.
-Gracias a esta experiencia de fe concentrada y focalizada en Dios, le podemos reconocer gracias al Espíritu como “Padre”, y por ello nos convertimos en coherederos con Cristo.
-La misión que recibimos es la de hacer que todos puedan hacer esta misma experiencia trinitaria, de ser discípulos a través del bautismo.
-Sabemos que en esta misión recibida el Señor está siempre con nosotros.
3. Preguntas para la reflexión personal y en grupo
-¿Cómo te interpela la exhortación de Moisés: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”?
-¿En qué sentido te reconoces “politeísta”, adorador de muchos dioses?
-¿Qué gesto de adoración al Dios único puedes hacer hoy?
-¿Qué sientes al dirigirte a Dios como Abba-Padre?
-¿Qué consecuencias tiene para tu vida/ministerio saber que la meta de la misión es ofrecer a todo el mundo la posibilidad de se consagre a Dios, de pertenecer sólo a él?
-¿En qué medida eres consciente de la presencia viva de Jesús resucitado en su Iglesia?
4. Un poco de poesía
¡Alfa y Omega! No me digas nada.
¡Palabra sola y toda! Puede verse
el surgir de la llama, el entenderse
entre la boca y la palabra, atada.
¡Atada Trinidad, Unidad dada!
Uno en amor y tres para quererse.
Uno incapaz jamás de desprenderse.
Tres latidos en una llamarada.
Porque en Dios Uno, el Hijo era la herida
que insertaba la rosa de los vientos,
se le llamó mañana y tarde unida.
Sólo lo temporal cuenta momentos.
Y en la Unidad eterna, viva roca,
Alfa y Omega sólo desemboca.
(Emilio del Río)
¡Palabra sola y toda! Puede verse
el surgir de la llama, el entenderse
entre la boca y la palabra, atada.
¡Atada Trinidad, Unidad dada!
Uno en amor y tres para quererse.
Uno incapaz jamás de desprenderse.
Tres latidos en una llamarada.
Porque en Dios Uno, el Hijo era la herida
que insertaba la rosa de los vientos,
se le llamó mañana y tarde unida.
Sólo lo temporal cuenta momentos.
Y en la Unidad eterna, viva roca,
Alfa y Omega sólo desemboca.
(Emilio del Río)


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