Por Jesús Pelaez
Los hechos son evidentes. Y tozudos: en el sistema capitalista (el sistema de mercado que dicen, para que suene mejor), cuando los bancos obtienen cada año unos beneficios superiores al 30 por 100 en relación con el año anterior, cuando las empresas duplican sus beneficios, cuando la Bolsa gana en un año un ciento por ciento..., alguien tiene que correr con los gastos: eso se hace a costa de aumentar el paro, rebajar el poder adquisitivo de los salarios y de las pensiones, de recortar los servicios sociales... Cuando gana el dinero, el pueblo pierde.
DICHOSOS LOS POBRES
Mateo, sabiendo la dificultad que entrañaba entender las bienaventuranzas, las va explicando en los capítulos siguientes de su evangelio. Y el párrafo que leemos hoy es la explicación de la primera de ellas: dichosos los pobres.
En primer lugar explica qué significa ser pobre, elegir ser pobre. Ya dijimos que no se trata de escoger la miseria como medio de agradar a Dios, que la pobreza no es una virtud. Se trata fundamentalmente de renunciar a la riqueza y a la posibilidad de enriquecimiento individual. Se trata de sustituir la ambición egoísta que este mundo mete en nosotros por la práctica del compartir, como expresión del amor de hermanos, propio de los seguidores de Jesús. Se trata de poner nuestra confianza en el proyecto de Dios y no en los falsos valores de este mundo. Se trata de elegir de parte de quién estamos.
EL RIVAL DEL DIOS LIBERTADOR
Sí. Se trata de elegir quién es nuestro Dios, en quién descansa nuestra seguridad, en quién depositamos nuestra confianza.
La frase que Mateo pone en boca de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», tiene un significado claro: ponerse al servicio del dinero equivale a dar culto a un dios falso, es una idolatría. Y, por tanto, es incompatible con el auténtico culto al verdadero Dios: «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro».
Y es que, ahora y en tiempos de Jesús, muchos se comportan -¿nos comportamos?- ante el dinero como ante un dios. Entonces y ahora, por el dinero se hace cualquier cosa:
- Se le dedica la propia vida (¿no es cierto que muchas personas no hacen otra cosa en su vida que correr tras el dinero, renunciando a cualquier otra satisfacción humana?).
- Se le ofrecen sacrificios humanos (¿no se mata por dinero?).
- Se le levantan grandes templos (como los bancos, por ejemplo).
- Por él se esclaviza a los hombres, se rompe con padres y hermanos (¿cuántas familias no se han roto por conflictos de dinero?).
El Dios de Jesús no quiere que le dediquemos a él nuestra propia vida, ni acepta sacrificios humanos, ni necesita grandes templos, ni consiente la esclavitud, ni se siente feliz con
la ruptura de la fraternidad. Al contrario: quiere que dediquemos nuestra vida a los hermanos, sólo acepta un sacrificio cuando es exigencia del amor, habita dentro de los que se quieren, es el Dios Liberador y quiere ser Padre de todos los que se propongan vivir como hermanos. Por eso es incompatible, absolutamente incompatible, con el dios-dinero.
LA DIVINA PROVIDENCIA
Pero el dinero, todos lo sabemos, es necesario incluso para hacer el bien. ¿Tendremos que convertirnos los cristianos en mendigos y conformarnos con lo estrictamente necesario para sobrevivir? ¿Tendremos que renunciar a la realización de cualquier proyecto que exija una importante cantidad de dinero? Dios es nuestro Padre; nuestra vida está en sus manos y sabemos que él nos quiere. Debemos, pues, confiar de verdad en Dios, en nuestro Padre-Dios. Él cuida de nosotros, él se preocupa de nosotros y procurará que no nos falte lo necesario para nuestra supervivencia. Ni la comida ni el vestido nos habrán de faltar. Él nos lo garantiza.
QUE REINE SU JUSTICIA
Es posible que las anteriores reflexiones hayan excitado la sensibilidad de muchos contra lo que ha sido durante mucho tiempo una invitación a la pasividad: una particular interpretación de la Divina Providencia que consistía en esperar que la solución de todos nuestros problemas y necesidades bajara del cielo, casi por arte de birlibirloque, sin necesidad de esfuerzo ninguno por nuestra parte. Pero ésa no es la providencia de Dios nuestro Padre. Nuestros problemas y nuestras necesidades se resolverán, con la ayuda de Dios, si nos ponemos, manos a la obra, a buscar que reine su justicia; esto es: si dedicamos todos nuestros esfuerzos a conseguir que se haga
realidad el proyecto que Dios tiene para la humanidad (resumido por Jesús en las bienaventuranzas y en el resto del sermón del monte), si todas nuestras energías las orientamos a conseguir que este mundo se convierta en un mundo de hermanos, entonces todo lo demás (el vestido, el alimento, todo lo que hace que la vida del hombre sea una vida digna) vendrá por añadidura: «Conque no andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o qué vais a beber o con qué os vais a vestir... Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura».
Por eso, nosotros los cristianos debemos luchar por una sociedad en la que lo principal no sea el dinero, sino la persona humana. Y es que el dinero es el rival de Dios por una razón muy sencilla: porque el dinero acumulado y mal repartido -el capital- es el enemigo del pueblo, es el enemigo del hombre. Y esto la historia, también la historia reciente, lo demuestra claramente.
DICHOSOS LOS POBRES
Mateo, sabiendo la dificultad que entrañaba entender las bienaventuranzas, las va explicando en los capítulos siguientes de su evangelio. Y el párrafo que leemos hoy es la explicación de la primera de ellas: dichosos los pobres.
En primer lugar explica qué significa ser pobre, elegir ser pobre. Ya dijimos que no se trata de escoger la miseria como medio de agradar a Dios, que la pobreza no es una virtud. Se trata fundamentalmente de renunciar a la riqueza y a la posibilidad de enriquecimiento individual. Se trata de sustituir la ambición egoísta que este mundo mete en nosotros por la práctica del compartir, como expresión del amor de hermanos, propio de los seguidores de Jesús. Se trata de poner nuestra confianza en el proyecto de Dios y no en los falsos valores de este mundo. Se trata de elegir de parte de quién estamos.
EL RIVAL DEL DIOS LIBERTADOR
Sí. Se trata de elegir quién es nuestro Dios, en quién descansa nuestra seguridad, en quién depositamos nuestra confianza.
La frase que Mateo pone en boca de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», tiene un significado claro: ponerse al servicio del dinero equivale a dar culto a un dios falso, es una idolatría. Y, por tanto, es incompatible con el auténtico culto al verdadero Dios: «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro».
Y es que, ahora y en tiempos de Jesús, muchos se comportan -¿nos comportamos?- ante el dinero como ante un dios. Entonces y ahora, por el dinero se hace cualquier cosa:
- Se le dedica la propia vida (¿no es cierto que muchas personas no hacen otra cosa en su vida que correr tras el dinero, renunciando a cualquier otra satisfacción humana?).
- Se le ofrecen sacrificios humanos (¿no se mata por dinero?).
- Se le levantan grandes templos (como los bancos, por ejemplo).
- Por él se esclaviza a los hombres, se rompe con padres y hermanos (¿cuántas familias no se han roto por conflictos de dinero?).
El Dios de Jesús no quiere que le dediquemos a él nuestra propia vida, ni acepta sacrificios humanos, ni necesita grandes templos, ni consiente la esclavitud, ni se siente feliz con
la ruptura de la fraternidad. Al contrario: quiere que dediquemos nuestra vida a los hermanos, sólo acepta un sacrificio cuando es exigencia del amor, habita dentro de los que se quieren, es el Dios Liberador y quiere ser Padre de todos los que se propongan vivir como hermanos. Por eso es incompatible, absolutamente incompatible, con el dios-dinero.
LA DIVINA PROVIDENCIA
Pero el dinero, todos lo sabemos, es necesario incluso para hacer el bien. ¿Tendremos que convertirnos los cristianos en mendigos y conformarnos con lo estrictamente necesario para sobrevivir? ¿Tendremos que renunciar a la realización de cualquier proyecto que exija una importante cantidad de dinero? Dios es nuestro Padre; nuestra vida está en sus manos y sabemos que él nos quiere. Debemos, pues, confiar de verdad en Dios, en nuestro Padre-Dios. Él cuida de nosotros, él se preocupa de nosotros y procurará que no nos falte lo necesario para nuestra supervivencia. Ni la comida ni el vestido nos habrán de faltar. Él nos lo garantiza.
QUE REINE SU JUSTICIA
Es posible que las anteriores reflexiones hayan excitado la sensibilidad de muchos contra lo que ha sido durante mucho tiempo una invitación a la pasividad: una particular interpretación de la Divina Providencia que consistía en esperar que la solución de todos nuestros problemas y necesidades bajara del cielo, casi por arte de birlibirloque, sin necesidad de esfuerzo ninguno por nuestra parte. Pero ésa no es la providencia de Dios nuestro Padre. Nuestros problemas y nuestras necesidades se resolverán, con la ayuda de Dios, si nos ponemos, manos a la obra, a buscar que reine su justicia; esto es: si dedicamos todos nuestros esfuerzos a conseguir que se haga
realidad el proyecto que Dios tiene para la humanidad (resumido por Jesús en las bienaventuranzas y en el resto del sermón del monte), si todas nuestras energías las orientamos a conseguir que este mundo se convierta en un mundo de hermanos, entonces todo lo demás (el vestido, el alimento, todo lo que hace que la vida del hombre sea una vida digna) vendrá por añadidura: «Conque no andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o qué vais a beber o con qué os vais a vestir... Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura».
Por eso, nosotros los cristianos debemos luchar por una sociedad en la que lo principal no sea el dinero, sino la persona humana. Y es que el dinero es el rival de Dios por una razón muy sencilla: porque el dinero acumulado y mal repartido -el capital- es el enemigo del pueblo, es el enemigo del hombre. Y esto la historia, también la historia reciente, lo demuestra claramente.



No hay comentarios:
Publicar un comentario