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jueves, 24 de febrero de 2011

VIII Domingo del T.O. (Mt 6,24-34) - Ciclo A: NO PODÉIS SERVIR... AL PUEBLO Y AL DINERO



Los hechos son evidentes. Y tozudos: en el sistema capi­talista (el sistema de mercado que dicen, para que suene mejor), cuando los bancos obtienen cada año unos beneficios superiores al 30 por 100 en relación con el año anterior, cuan­do las empresas duplican sus beneficios, cuando la Bolsa gana en un año un ciento por ciento..., alguien tiene que correr con los gastos: eso se hace a costa de aumentar el paro, rebajar el poder adquisitivo de los salarios y de las pensiones, de recor­tar los servicios sociales... Cuando gana el dinero, el pueblo pierde.

DICHOSOS LOS POBRES

Mateo, sabiendo la dificultad que entrañaba entender las bienaventuranzas, las va explicando en los capítulos siguientes de su evangelio. Y el párrafo que leemos hoy es la explicación de la primera de ellas: dichosos los pobres.

En primer lugar explica qué significa ser pobre, elegir ser pobre. Ya dijimos que no se trata de escoger la miseria como medio de agradar a Dios, que la pobreza no es una virtud. Se trata fundamentalmente de renunciar a la riqueza y a la posibilidad de enriquecimiento individual. Se trata de sustituir la ambición egoísta que este mundo mete en nosotros por la prác­tica del compartir, como expresión del amor de hermanos, pro­pio de los seguidores de Jesús. Se trata de poner nuestra con­fianza en el proyecto de Dios y no en los falsos valores de este mundo. Se trata de elegir de parte de quién estamos.

EL RIVAL DEL DIOS LIBERTADOR

Sí. Se trata de elegir quién es nuestro Dios, en quién des­cansa nuestra seguridad, en quién depositamos nuestra con­fianza.

La frase que Mateo pone en boca de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», tiene un significado claro: ponerse al servicio del dinero equivale a dar culto a un dios falso, es una idolatría. Y, por tanto, es incompatible con el auténtico culto al verdadero Dios: «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se ape­gará a uno y despreciará al otro».

Y es que, ahora y en tiempos de Jesús, muchos se compor­tan -¿nos comportamos?- ante el dinero como ante un dios. Entonces y ahora, por el dinero se hace cualquier cosa:

- Se le dedica la propia vida (¿no es cierto que muchas personas no hacen otra cosa en su vida que correr tras el dine­ro, renunciando a cualquier otra satisfacción humana?).

- Se le ofrecen sacrificios humanos (¿no se mata por di­nero?).

- Se le levantan grandes templos (como los bancos, por ejemplo).

- Por él se esclaviza a los hombres, se rompe con padres y hermanos (¿cuántas familias no se han roto por conflictos de dinero?).

El Dios de Jesús no quiere que le dediquemos a él nues­tra propia vida, ni acepta sacrificios humanos, ni necesita gran­des templos, ni consiente la esclavitud, ni se siente feliz con

la ruptura de la fraternidad. Al contrario: quiere que dedique­mos nuestra vida a los hermanos, sólo acepta un sacrificio cuando es exigencia del amor, habita dentro de los que se quie­ren, es el Dios Liberador y quiere ser Padre de todos los que se propongan vivir como hermanos. Por eso es incompatible, absolutamente incompatible, con el dios-dinero.

LA DIVINA PROVIDENCIA

Pero el dinero, todos lo sabemos, es necesario incluso para hacer el bien. ¿Tendremos que convertirnos los cristianos en mendigos y conformarnos con lo estrictamente necesario para sobrevivir? ¿Tendremos que renunciar a la realización de cual­quier proyecto que exija una importante cantidad de dinero? Dios es nuestro Padre; nuestra vida está en sus manos y sabe­mos que él nos quiere. Debemos, pues, confiar de verdad en Dios, en nuestro Padre-Dios. Él cuida de nosotros, él se pre­ocupa de nosotros y procurará que no nos falte lo necesario para nuestra supervivencia. Ni la comida ni el vestido nos ha­brán de faltar. Él nos lo garantiza.

QUE REINE SU JUSTICIA

Es posible que las anteriores reflexiones hayan excitado la sensibilidad de muchos contra lo que ha sido durante mucho tiempo una invitación a la pasividad: una particular interpre­tación de la Divina Providencia que consistía en esperar que la solución de todos nuestros problemas y necesidades bajara del cielo, casi por arte de birlibirloque, sin necesidad de es­fuerzo ninguno por nuestra parte. Pero ésa no es la providen­cia de Dios nuestro Padre. Nuestros problemas y nuestras necesidades se resolverán, con la ayuda de Dios, si nos pone­mos, manos a la obra, a buscar que reine su justicia; esto es: si dedicamos todos nuestros esfuerzos a conseguir que se haga

realidad el proyecto que Dios tiene para la humanidad (resumi­do por Jesús en las bienaventuranzas y en el resto del sermón del monte), si todas nuestras energías las orientamos a conse­guir que este mundo se convierta en un mundo de hermanos, entonces todo lo demás (el vestido, el alimento, todo lo que hace que la vida del hombre sea una vida digna) vendrá por añadidura: «Conque no andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o qué vais a beber o con qué os vais a vestir... Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura».

Por eso, nosotros los cristianos debemos luchar por una sociedad en la que lo principal no sea el dinero, sino la per­sona humana. Y es que el dinero es el rival de Dios por una razón muy sencilla: porque el dinero acumulado y mal repar­tido -el capital- es el enemigo del pueblo, es el enemigo del hombre. Y esto la historia, también la historia reciente, lo de­muestra claramente.

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