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jueves, 28 de febrero de 2008

La película del ciego de nacimiento






1- En los fragmentos del evangelio de San Juan que estamos leyendo estos domingos de cuaresma –y tanto el pasado como este—llama la atención primero la completa partición en secuencias del relato, como en el cine. Con la narración de Jesús y la Samaritana nos llegaron muchas cosas, hay mucho diálogo, hay mucha acción. Es, sin duda, auténtico lenguaje cinematográfico, concebido muchos años antes de que se inventara el cine. Pero, ¿y en este episodio que acabamos de estuchar? ¿Qué podemos decir? Sé contemplan varias escenas, varias secuencias: el momento de la curación, los interrogatorios de los fariseos, la intervención de los padres, la respuesta del ciego de nacimiento a los fariseos, su expulsión, el recuentro con Jesús… Es una película completa. Y esta argumentación cinematográfica solo tendría aspecto de forma, sino fuera porque da al relato una impresionante acción que tiene al que escucha pendiente y muy pendiente. Por eso no es tanto cuestión de forma, como de capacidad narrativa y, con la capacidad narrativa del apóstol Juan, aparece toda la acción misericordiosa y salvadora de Jesús de Nazaret. Lo hace hoy en torno a la figura del joven ciego de nacimiento, mendigo al que el Señor le cambio la vida. Eso sirvió para entender y admirar la fuerza de amor y de sanación que surgía de lo más interior de Jesús: de su corazón. La semana pasada, en efecto, le prometía a la Samaritana los manantiales –como si fueran verdaderos torrentes—de agua de eternidad. Ahora es la luz que no cesa. La luz que traspasa el tiempo y el espacio e ilumina un mundo salvado, un mundo redimido, pleno de luminosidad, de paz, de sosiego, de eternidad.

2.- Y si he puesto de manifiesto esa idea de relato cinematográfico no es –tan solo-- un golpe de admiración al Séptimo Arte, que se lo tengo y como yo muchos. Es que ese tempo tan especial nos va a dar muchas claves. Y, la más atractiva –además, por supuesto, que la curación propiamente dicha—es la conversión del ciego. Y puede que para el ciego fuera en definitiva “más rentable” de cara a la vida eterna más la conversión que la curación. Él, al principio, da una referencia vaga, pero objetiva de quien le ha curado. No lo conoce. Y explica, pacientemente, en el primer interrogatorio como fue la curación. Pero luego los fariseos –entre los que hay jueces—quieren que acuse al misterioso personaje que le ha devuelto la vista. Y expresa su primera opinión: “Debe de ser profeta”. A lo que los representantes de la religión oficial responden con ira y sin desear saber más. Nadie que cure en sábado puede ser de Dios. Es más importante el sábado que la bondad, que la felicidad de un ser humano, que la atenuación de su enfermedad o la desaparición de su infortunio. Y ante las presiones de los mismos, se torna valiente y les replica con la mayor ironía posible: “es que queréis haceros discípulos de Él”.

3. Tampoco es desdeñable el desarrollo de esta escena. Os la podéis imaginar. Los fariseos, muchos de ellos jueces y escribas irían vestidos con sus ricos ropajes. El ciego era un mendigo. Su atuendo no sería otro con un conjunto de harapos. Lo rodean y lo acosan. Tuvo que imponerle, al principio al ciego, ese grupo que le intimidaba con sus vestidos representativos de la autoridad y de la ciencia. Llamaría la atención ver a ese grupo de personas principales debatir, probablemente a gritos, con un pobre mendigo. Pero el ciego no se amilana porque ha valorado ya con justeza el don de la vista. Y ha sabido que pasar de las tinieblas a la luz, de no ver a ver, es un salto de tal importancia que sólo alguien muy cercano a Dios –o el propio Dios—pueden hacerlo. Y le extraña, obviamente, que los doctores de la ley, los “expertos en Dios”, no sean capaces de comprender esa maravilla, independientemente de que esté hecha en sábado o cuando sea.

4.- No es fácil glosar el Evangelio de Juan que hemos leído hoy en pocas palabras. Está lleno de simbolismos y enseñanzas. Y así, la primera es como Jesús aclara que la enfermedad no es causa del pecado. Ni fueron los padres del ciego de nacimiento los que pecaron. En el episodio de la curación se va a ver la gloria y el poder de Dios. Pero, al mismo tiempo, Jesús de Nazaret dignifica al enfermo. No es reo de un pecado; no es culpa de él; ni de sus padres. La enfermedad es un deterioro físico inevitable para la condición humana. Los judíos atribuían la enfermedad al pecado. En cierta medida esa posición respecto a la enfermedad se parece a la del sábado. El sábado estaba sacralizado por encima de la pura –y lógica—significación de un día destinado a dar culto al Señor. Dios es el Señor del Sábado, no al revés, claro.

La pura cuestión de la divinización del sábado es la que produce la ex comunión del ex ciego. Le expulsan de la sinagoga que es como borrarle de la lista de los ciudadanos. Era un castigo tremendo pues enviaba a la más pura marginalidad a quien lo sufría. Sólo era comparable a la condena de los leprosos. Pero es Jesús, cuando sabe que han expulsado a ciego cuando quiere verle. El diálogo entre los dos es maravilloso. Ponerlo en imágenes es más que emocionante. Cerrar vosotros por un momento los ojos e imaginarlo. Jesús viene a reconfortar al curado. No parece que tenga que ser solamente cuestión de alegría una curación con aquella. Se desata una turbulencia política de primera magnitud, y el ex ciego no puede disfrutar de su alegría. Es Jesús quien da sentido a su vida, además de curarle. Le comunica alegría. Como a nosotros mismos, un día; cuando Jesús nos sacó del pecado repetido, del “defecto habitual” que diría San Ignacio y nos mostró el Camino, la Verdad y la Vida. Nos dio alegría. Nuestra “curación” ya fue lo de menos.

5.- Vamos ascendiendo hacia la Pascua. Jesús, como al ciego del relato de hoy, no nos va a dejar solos. Debemos implorarle a Él, que nos explique lo que está pasando, lo que nos pasa y lo que nos puede pasar. Muchas veces nosotros también podemos experimentar la alegría de la curación porque, incluso, en nuestros ambientes, hay demasiadas preguntas, demasiadas búsquedas de pureza oficial y estructural, cuando lo que hace falta que tengamos limpio el corazón. El pecado no trae enfermedad. Ni es causa de expulsión o segregación. El pecado tiene de malo que nos separa de Dios, pero la “cuenta” exacta y su remisión es aquella que se hace entre Dios y cada uno de nosotros. Como la conversión del joven ciego de nacimiento al final de este magnifico relato que nos ha brindado el evangelista Juan, hoy. Confiemos en Jesús y como nos mostró Juliana de Norwich, santa inglesa de la Edad Media, el mismo Jesús le había dicho: “No temas, que al final todo saldrá bien”.

1 comentario:

luispdzp dijo...

Gracias a Angel y al Camino Misionero por la reflexión del Evangelio de San Juán sobre el Ciego de Nacimiento, me ha servido de ayuda para una clase que tenemos que hacer en nuestra Catequesis.

Dios los cuide.