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miércoles, 14 de agosto de 2013

Nuestra necesidad de dar a los pobres


Debemos dar a los pobres, no porque ellos lo necesiten, aunque así sea, sino porque lo debemos hacer para vivir sanamente. Este axioma, enraizado en la escritura, nos enseña que dar a los pobres es algo que debemos hacer por nuestra propia salud.
Vemos que este principio está expresado en muchas religiones y culturas. Por ejemplo, gran parte de los indígenas de América del Norte practican algo que ellos llaman “potlatch”. Se trata de una fiesta, en ocasiones relacionada con la celebración del matrimonio o del nacimiento, en el que una persona rica entrega regalos a la comunidad. Su propósito principal era asegurar una cierta distribución de la riqueza, pero también asegurar que dicha riqueza individual fuera saludable para los individuos siendo generosos para no acumular demasiado. Se creía que el exceso no era saludable para la persona. Esta ha sido una creencia perenne en muchas culturas.

En el cristianismo hemos preservado este principio en el reto de la caridad hacia los pobres y clásicamente hemos visto la generosidad con los pobres como una virtud. La generosidad caritativa es una virtud, pero para un cristiano quizá es más una obligación que una virtud. Cuando vemos en la Escritura la Ley de Moisés nos damos cuenta que dar una cierta cantidad a los pobres estaba prescrito por la ley. La idea era que dar a los pobres era una obligación, una opción moral no negociable. La Ley de Moisés, simplemente establecía que la gente estaba obligada legalmente a dar a los pobres.
La Escritura está llena de ejemplos de esto. Si consideramos, por ejemplo, los preceptos y leyes:
El primero de todos, la Ley de Moisés asume que todo lo que poseemos pertenece a Dios, no es realmente nuestro. Sólo somos administradores y guardianes. Podemos disfrutar de ello como un regalo de Dios, pero en definitiva no es nuestro. (Levítico 25,23)
Cada séptimo año, todos los esclavos tenían que ser liberados y cada uno debiera llevar consigo lo necesario para vivir su vida independientemente. (Deuteronomio 15,14)
Cada siete años serían canceladas todas las deudas económicas (este es el significado original del “Estatuto de las limitaciones”)
Cada séptimo años habría que dejar descansar la tierra para que ésta disfrutara de su propio Sabbath. Durante dicho año el propietario de la tierra no podía plantar nada, tampoco cosechaban nada. Los pobres cosechaban cualquier cosa que los campos y viñedos producían ese año.
Y, en todo momento, los propietarios tenían prohibido recoger y cosechar las esquinas de sus campos, con la intención de que estos bordes debían ser cosechados por los pobres.
Por último, aún más radicalmente, cada cincuenta años todas las tierras deberían ser devueltas a la tribu ó la casa original, que los había poseído primero. La "Posesión" de los bienes de uno tenía un cierto límite de tiempo. Las cosas no eran tuyas para siempre.
Además hacer todo esto no se consideraba una virutd, éstas eran leyes, obligaciones legales.
Y estas leyes tenían una doble intención. Por un lado, estaban destinadas a que uno tuviera una vida saludable al dar algo a los pobres, y por otro, al mismo tiempo, se aseguraban que los pobres no lo fieran tanto que para satisfacer sus necesidades tuvieran que robar.
Como sociedad tenemos que aprender mucho de esto. La mayoría de las personas son generosas y caritativas. Seguimos dando parte de lo que nos sobra, a pesar de que los profesionales que trabajan con la gente de la calle nos dicen que no sirve de ayuda, nuestros corazones sienten conmovidos por aquellos que piden a las calles y continuamos dándoles dinero (incluso cuando no les creemos cuando nos piden para comida o para el autobús). Para la mayor parte de nosotros sentimos que hacemos lo correcto.
Sin embargo, solemos a ver esto como algo que hacemos exclusivamente por otra persona, sin darnos cuenta de que nuestra propia salud es una parte vital de la ecuación. Además, tendemos vemos esto como una virtud más que como una obligación, como caridad más que como justicia. Y tal vez es por esta razón que, a pesar de nuestros buenos corazones y nuestra generosidad, la brecha entre los ricos y los pobres, tanto en nuestra propia cultura como en el mundo entero, sigue aumentando. Millones y millones de personas siguen cayendo en el olvido sin obtener el beneficio, de la ley, para aprovechar los rincones de nuestra riqueza y tener sus deudas perdonadas cada siete años.
Tenemos que dar a los pobres porque lo necesitan, es cierto, sin embargo tenemos que hacerlo también, porque no podemos ser personas saludables a menos que lo hagamos. Y tenemos que ver nuestro dar no tanto como caridad, sino como una obligación, como justicia, como algo que debemos hacer.
Sobre su lecho de muerte, Vicente de Paul, tiene fama de haber desafiado a sus seguidores con palabras a este efecto: ¡Es más bienaventurado el dar que el recibir, y también es más fácil!

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sábado, 3 de agosto de 2013

Sobre lloriqueo y llanto


Karl Rogers en alguna ocasión sugirió que lo que es más íntimo en nosotros también es lo más universal. Su creencia era que muchos de los sentimientos privados de los que nos avergonzaríamos más para admitir el público son, irónicamente, los mismos sentimientos que, si se expresan, resuenan más profundamente dentro de la experiencia de los demás.
Sin embargo, esto no siempre es cierto en relación a nuestras penas. A veces nuestras penas más íntimas son sólo eso, lágrimas, lágrimas privadas que son sólo nuestras y que no resuenan en los sentimientos de los demás, sino que más bien les causan un malestar insano. ¿Por qué no todas las penas atraen la empatía de los demás?
Porque no todas las lágrimas son iguales, hay una diferencia entre llorar y lloriquear. El primero es sano, lo segundo no lo es.

El Llanto es saludable. Es una expresión sana por una pérdida. Por otra parte, cuando lloramos estamos dando expresión a una pena que no habla sólo de una cierta pérdida personal y de dolor, sino también, de alguna manera, de que esa misma tristeza la hay dentro del mundo entero. La pérdida por la que nos estamos lamentando puede parecer algo privado, como la muerte de un ser querido, sin embargo, si el enfoque de nuestro dolor está en la persona que perdimos y no en nosotros mismos, nuestro llanto es esencialmente empático. Nuestra profunda tristeza refleja una condición universal y nos une con el mundo más profundamente, donde la muerte y la pérdida no perdonan a nadie. Todo el mundo, en última instancia, acarrea esa misma tristeza.
Por otra parte, el lloriquear es sobre todo autocompasión. A diferencia del llanto, su enfoque no está en lo que se ha perdido en la tragedia, sino que está principalmente en nosotros mismos, en nuestro dolor y nuestra búsqueda de empatía. El lloriquear es el llevar una herida personal a la vista de todos los demás con el fin de que se nos compadezca, como un niño que muestra un moratón en la rodilla a su madre. Podemos sentir lástima por un niño herido, sin embargo, esto no es tan apetecible cuando somos adultos.
Derramamos lágrimas por diferentes razones y de diferentes maneras. En todas las lágrimas, la pregunta es: "¿Por quién estoy llorando, por otro o por mí mismo? ¿Cuál es la causa de mis lágrimas, empatía por alguien, empatía por algo, o autocompasión?"
No es una pregunta fácil de responder porque nuestras lágrimas son siempre una mezcla de altruismo y egoísmo. Rara vez nuestras lágrimas son puras, despojadas de autocompasión; como las lágrimas que Jesús derramó sobre Jerusalén, o las que María derramó al pie de la cruz de Jesús. Nuestras lágrimas nos pueden acusar o pueden exhibir empatía. Por ejemplo, Teresa de Lisieux sugiere que cuando lloramos porque nos han roto el corazón es por lo general porque nos estábamos buscando a nosotros mismos en lugar de al otro dentro de esa relación. Las lágrimas son reales, pero no tan nobles. En el mismo sentido, Antoine Vergote, el renombrado psicólogo, sugiere que las lágrimas que derramamos cuando nos sentimos culpables por haber hecho algo malo son generalmente lágrimas de autocompasión más que un signo de contrición real. La verdadera contrición, sostiene, evoca algo más dentro de nosotros, tristeza. Lo que distingue la tristeza de la culpa es que, en la tristeza, lloramos porque algo que hemos hecho ha herido a otra persona. Con lágrimas de culpa, estamos llorando porque nos sentimos mal.
La diferencia entre lloriquear y llorar se percibe también en su estética. El lloriquear es siempre exhibicionista, excesivamente sentimental, y molesta a los que los que están alrededor. No es capaz de mantener una distancia estética respetuosa. En esencia, ¡es un mal arte! Todos hemos experimentado esto: tal vez en un funeral donde, a pesar de lo trágica y triste de la situación, las lágrimas de alguno de los presentes eran simplemente tan exageradas y exhibicionistas que las sentimos como que violan el apropiado decoro. Nos sentimos incómodos por la persona que derrama esas lágrimas.
Esto también lo experimentamos en menor medida en la cultura popular, en una canción, o en una película, o en una novela, la tristeza expresada es tan exagerada y sentimental, que nos deja un espacio para no sentirnos afectados y así poder verla y digerirla. Una vez más, el fallo está en la estética, en un mal decoro. El arte malo nos deja con las ganas de proteger nuestros ojos para no avergonzar a otra persona, o nos hace sentir como cuando hemos ingerido demasiada azúcar. Esa es una segunda característica del lloriquear, además de ser auto-compasión, es arte malo.
Tenemos que tener cuidado con las lágrimas que derramamos en la vía pública y las frustraciones que expresamos en voz alta. Por supuesto, ninguna de nuestras lágrimas son puras, siempre que lloramos lo hacemos también por nosotros mismos. Lo mismo cabe decir de cuando protestamos, siempre hay un poco de auto-interés involucrado. Sin embargo, al admitir esto, debemos esforzarnos por hacer más llanto y menos lloriqueo, es decir, asegurarnos que cuando expresemos tristeza o ira en público nuestras lágrimas y nuestra ira estén expresando más empatía que auto-compasión.
Karl Rogers tiene razón: lo más íntimo en nosotros es al mismo tiempo lo más universal. Eso es verdad también para nuestra profunda tristeza, para nuestras angustias crónicas, para un buen número de nuestras frustraciones, y para muchas de las lágrimas que derramamos. Sin embargo, es menos cierto para el lloriqueo.

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miércoles, 10 de julio de 2013

Anhelando en el Centro

Por Ron Rolheiser (Trad. Julia Hinojosa)

En el núcleo de la experiencia, en el centro de nuestro corazón, hay anhelo. En todos los niveles, nuestro ser sufre dolores y vivimos llenos de tensiones. Le damos diferentes nombres a lo mismo - soledad, inquietud, vacío, nostalgia, añoranza, pasión por viajar, imperfección. Ser un ser humano es fundamentalmente estar en des-alivio.
Y esta enfermedad se encuentra en el centro de nuestras vidas, no en los bordes. No somos personas realizadas que a veces se sienten solas, personas tranquilas que a veces experimentan inquietud, ó personas que viven habitualmente en la intimidad y tienen batallas esporádicas con la alienación y la imperfeccción. Lo contrario es más cierto. Somos personas solitarias que ocasionalmente experimentan realización, almas inquietas que a veces se sienten tranquilas, y corazones doloridos que tienen breves momentos de consumación.
El anhelo y la añoranza están tan cerca del corazón de la persona humana que algunos teólogos definen la soledad como el alma humana; es decir, el alma humana no es algo que se siente en ocasiones la soledad, es soledad. El alma no es algo que tiene una lugar en su interior para la soledad, sino que es en si mismo un agujero para la soledad, un gran pozo sin fondo, una caverna de anhelo creada por Dios. La caverna no es algo en el alma. Es el alma. El alma no es algo que tiene una capacidad para Dios. Es una capacidad para Dios.

Cuando dice San Agustín: "Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti", el está, por supuesto, señalando la razón por la que Dios nos ha hecho de esta manera. Y, como indica su oración, el valor máximo de este anhelo reside precisamente en su carácter incesante, ya que no nos deja descansar con nada menos que con lo infinito y eterno, garantizando que buscaremos a Dios o estaremos frustrados.
Sin embargo más allá de su último propósito, con el fin de dirigirnos hacia nuestro objetivo final, la experiencia de la nostalgia tiene otra tarea central en el alma. Metafóricamente, es el calor que forja el alma. El dolor de la nostalgia es un fuego que da forma a nuestro interior. ¿Cómo? ¿Qué hace el dolor de la nostalgia al alma? ¿Cuál es el valor de vivir en una cierta frustración perpetua? ¿Qué se obtiene al cargar con esta tensión?
Superficialmente, y este argumento ha sido descrito muchas veces, el llevar tensión nos ayuda a apreciar la consumación cuando finalmente llega. Por lo tanto, la frustración temporal hace que eventualmente la realización sea mucho más dulce, el hambre hace que la comida sepa mejor, y sólo después de la sublimación puede haber algo sublime. Hay mucho de verdad en eso. Sin embargo el dolor de la soledad y la nostalgia también forman al alma en otros aspectos más importantes. Toda gran literatura toma sus raíces precisamente en esto, en cómo al acarrear la tensión se transforma el alma. El anhelo moldea el alma de muchas maneras, en particular ayudando a crear el espacio dentro de nosotros donde Dios pueda nacer. El anhelo crea en nosotros el establo con el pesebre de Belén. Es el canal en el que Dios puede nacer.
Esta es una idea antigua. Siglos antes de Cristo, la literatura apocalíptica judía tenían como tema: Cada lágrima trae al Mesías más cerca. Tomado literalmente, esto puede sonar como una mala teología - una cierta cuota de dolor debe ser soportada para que Dios pueda venir- sin embargo, es una hermosa, expresión poética de teología muy sólida: el llevar tensión expande, e hincha, el corazón, creando en él el espacio para que Dios pueda venir. Llevar tensión es lo que en la Biblia significa "ponderar".
Pierre Teilhard de Chardin nos dejó una gran imagen para esto. Para él, el alma, al igual que el cuerpo, tiene una temperatura, y para Teilhard, lo que hace el deseo es elevar la temperatura del alma. El anhelo, la inquietud, la añoranza, y el llevar tensión elevan nuestras temperaturas psíquicas. Esto, a una temperatura elevada, tiene una serie de efectos sobre el alma:
En primer lugar, la forma análoga que ocurre en la química física, donde las uniones que no puede tener lugar a temperaturas más bajas, a menudo se llevarán a cabo en temperaturas más altas, la nostalgia y el anhelo nos abren a uniones que de otra manera no ocurrirían, sobre todo en términos de nuestra relación con Dios y las cosas del cielo, aunque la idea no deja de tener su valor en el ámbito de la intimidad humana. Dicho más sencillamente, en nuestra soledad nosotros crepitamos, y eventualmente quemamos una gran cantidad de frialdad y otros obstáculos que bloquean la unión.
Por otra parte, este crepitar, esta nostalgia, trae al Mesías cerca, ya que se hincha el corazón para que sea para lo que Dios lo creó - un Gran Cañón, sin fondo, que duele en la soledad de la in-consumación hasta que encuentra su lugar de descanso en Dios

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miércoles, 8 de mayo de 2013

Reconsiderando – Las Directrices para un Largo Recorrido

Hace veinticinco años, escribí una columna titulada Directrices para un largo recorrido. Reconsiderándolas recientemente, me sentí reconfortado porque mis principios no han cambiado en el último cuarto de siglo, sólo han adquirido más matices. Sigo recomendando las mismas cosas, al revisarlos nostálgicamente, y al redactarlos de nuevo de alguna manera, han quedado revalidados totalmente:
1) Se agradecido... ¡a caballo regalado no se le mira el diente!
Resiste al pesimismo y a la falsa culpa. Ser santo es, nada menos, que ser invadido por la gratitud. El mayor cumplido que se puede hacer al que te hace un regalo es el disfrutar a fondo de dicho regalo. Le debes a tu Creador el apreciar las cosas, el ser tan feliz como te sea posible. La vida está destinada a ser algo más que una prueba. Agrega esto a tu oración diaria: Danos hoy nuestro pan de cada día, y ayúdanos a disfrutarlo sin sentimiento de culpa.

2) No seas ingenuo sobre de Dios... ¡Dios no se conformará con menos que con todo!
Dios no quiere parte de tu vida, Dios lo quiere todo. Desconfía de toda reflexión sobre el consuelo de la religión. La fe te pone una soga y te lleva a donde preferirías no ir. Acepta que la virtud será un constante recordatorio de lo que te has perdido. Guarda en tu banco este consejo de Daniel Berrigan: "¡Antes de que te tomes en serio a Jesús, considera cuidadosamente que lo bien te vas a ver en el madero!"
3) Camina hacia delante siempre que sea posible... ¡al menos tratar de poner un pie delante del otro!
Ver lo que ves es suficiente para caminar. Espera largos períodos de confusión. Que la vida ordinaria sea suficiente para tí. No tiene que ser interesante todo el tiempo. Consuélate con el hecho de que Jesús lloró, los santos pecaron, Pedro traicionó. Se moralmente terco como una mula, lo único que hace añicos los sueños es la falta de compromiso. Empieza de nuevo con frecuencia. Nadie es viejo a los ojos de Dios, nada es demasiado tarde en términos de conversión. Debes saber que hay dos tipos de oscuridad podemos sufrir: el miedo a la oscuridad, paranoia, que trae la tristeza y la oscuridad preñada de conversión, que da vida.
4) Ora... ¡así Dios se colgará de ti!
Desconfía de los concursos popularidad. Confía en la oración. La oración te asienta en una realidad más profunda. Estate dispuesto a morir un poco para estar con Dios, ya que Dios murió para estar contigo. Deja que tu corazón se convierta en el lugar donde las lágrimas de Dios, y las lágrimas de los hijos de Dios se convierten en las lágrimas de esperanza.
5) El amor... ¡si una vida es lo suficientemente grande para amar ¡es suficientemente grande!
Crea un espacio para el amor en tu vida. Conscientemente cultívalo. Date cuenta de ninguna cosa debe ser amada en exceso. Las cosas sólo pueden ser amadas de una manera equivocada. Di a sus seres queridos: "Tú, no morirás nunca!" Aprende que sólo hay dos tragedias posibles en la vida: no amar y no decirle a sus seres queridos que los amas.


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martes, 19 de febrero de 2013

DONDE ESTÁ TU CORAZÓN

Que las cosas más valiosas ni son “cosas” ni se compran con dinero es un tópico que todos conocemos. Que su valor depende del peso que les damos en nuestra vida es algo que conviene recordar de vez en cuando. El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante revela el zorro al Principito, y acaso sea bueno pararse a pensar cuál es el foco de atención que ahora nos ocupa. El de la sociedad es a todas luces evidente. En las noticias, la televisión y la radio, en las redes sociales, todo gira en torno a los mismos temas: la crisis económica, el rescate de los bancos, el paro, la corrupción política, la (más que lógica) indignación y el malestar generalizado.


Está claro que no podemos vivir al margen de estas cuestiones, que resulta imprescindible tomar conciencia y aún alzar la voz para revertir esta situación y empezar a construir un mundo más justo y solidario. Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que la crisis se haya convertido en el eje central de nuestras vidas, motor de nuestras acciones, causa de nuestros desvelos, responsable de muchas partidas, fin que justifica los medios y tema de todas las conversaciones. Lógico que así sea, pero me da por pensar que al cabo – seamos o no conscientes – el “dios” al que nos entregamos cada día no es más que aquello en que nos centramos “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente”. Y me pregunto si verdaderamente “queremos” darle tanta importancia a este culto desmedido, a esta cultura de la economía.

Porque verán ustedes, sucede que miro a mi alrededor y veo a todo el mundo triste y desesperanzado; que desde hace un tiempo todo se ha vuelto gris, que hemos perdido el interés (nunca mejor dicho) por esos otros valores que no se compran con dinero, cuyo brillo es más hermoso y duradero que el de cualquier metal. Miro a mi alrededor y veo una sociedad en la que, por economizar, se ha recortado hasta en compartir las emociones: economía del lenguaje (¡pocas palabras bastan!), de las letras de un mensaje (140 caracteres) y hasta damos las noticias por whatsapp o mensaje para ahorrar tiempo.

Contemplo una sociedad en la que ya no nos miramos a los ojos: los apartamos con pudor apenas se cruzan las miradas, fijas en una pantalla de móvil o en el lado opuesto de la acera si pasamos junto a un mendigo. Ojos esquivos para evitar que nos paren por la calle porque (¡seguro!) algo querrán pedirnos. Y la vida transcurre a nuestro lado plagada de encuentros que pudieron haber sido… y no. Suerte que la maravilla sigue fluyendo entre nosotros, a la espera de que queramos atenderla.

Dejen que les cuente una anécdota: hace unas semanas estaba sentada en una terraza con una amiga. Charlábamos animadamente cuando un señor con un acordeón vino y empezó a tocar junto a nosotras. Mi primera reacción fue de cierta molestia por la interrupción inoportuna. Sonriendo, el hombre nos dirigió algún piropo y tocó algunas piezas, todo con una amabilidad exquisita. Tendría unos sesenta años. Tras unos minutos en que nadie detuvo su conversación ni levantó la cabeza del plato, se acercó a pedir una moneda. Me llamó la atención su dignidad, su serena presencia, la sensación de ser alguien con mucho vivido. Por su acento deduje que era argentino. Extendí el brazo para darle algo mientras le daba la típica excusa de que no llevaba más dinero encima. Entonces él me tocó delicadamente la mano, me sonrió y mirándome con ojos profundos dijo: «Muchas gracias, princesa. ¡Soy afortunado! No importa si es mucho o poco lo que se da. Lo importante es QUERER DAR algo».

Comprendí que aquel hombre no sólo no pedía sino que me había hecho un precioso regalo: me ofreció la música, la caricia, la mirada, la sonrisa, la gratitud desbordada, una perla de sabiduría. ¡Qué pobre había sido yo, y cuánta su riqueza! Me hizo comprender que siempre tendré algo que ofrecer a los demás: detalles que no responden al pragmatismo de “me piden, doy y listo”, sino que implican un detenerse ante el otro, un mostrarse disponible con la atención puesta en el “qué” y el “cómo”, una mirada cálida, una sonrisa amiga.

En Asia esta actitud se denomina “Namasté”, y corresponde al gesto de detenerse ante el otro, unir las manos a la altura del corazón y hacer una inclinación de cabeza. “Namasté” significa: “Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti habitado por el amor, la luz, la paz y la verdad. Yo honro el lugar dentro de ti donde, cuando tú estás en ese punto y yo en el mío, somos sólo Uno”.

Entiéndanme, sé que parece una postura muy mística que en nada nos ahorra los disgustos y preocupaciones que tenemos encima. No crean que me es ajena esta problemática: el inmenso dolor, la dignidad herida, los sueños frustrados de tantos jóvenes y adultos, de tantas familias… Yo soy uno de esos 4.980.778 parados de España que recogen las estadísticas. Pero aunque éste sea un problema que toca enfrentar, me niego a concederle el papel central en mi vida. Y comprendo ahora el alcance de la expresión: No podéis servir a Dios y al dinero (Mt. 6,24). No hay por qué restringirlo al modelo cristiano: piense cada uno cuál es el “dios” de su vida, la fuerza que le hace levantarse, aquello para lo que vive, que absorbe su tiempo y su energía. En mi caso, si “mi dios” es el amor, la sensibilidad y la ternura; si por encima de todo quiero hacer de mi vida un canto a la belleza, la humanidad y la justicia… no puedo entregarme a esos valores y a la vez hundirme porque va mal la economía. Pura cuestión de interés, pero no puedo vivir con el corazón dividido. Así que seguiré en paro, buscando como todos una salida, pero mientras ELIJO la alegría de quien sabe en el fondo cuál es su verdadera riqueza: Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón (Mt 6, 21).

Creo que ésta es una época privilegiada para replantearnos en qué basamos (o tasamos) nuestra felicidad cotidiana; cuál es nuestro “Dios” y el corazón de nuestra vida (porque “de lo que rebosa el corazón, hablan los labios”). Momento de replantear no lo que tenemos sino lo que somos; no lo que damos sino la voluntad de dar; no el intercambio sino el compartir amoroso que brota de mirar el mundo con ojos recién nacidos, de tener el oído atento a la escucha humilde, abiertos los brazos, el corazón despierto y disponible. «Ubi Amor, ibi oculus» (donde hay amor, hay visión). Es importante ver los “signos de los tiempos” en esta época que toca vivir y afrontarlos con ánimo renacido. Y saber que no caminamos solos, que muchas personas están en búsqueda, convencidas de que otra sensibilidad es aún posible.

Quizá esta actitud no nos arregle los problemas financieros, pero ayuda a plantear desde otra clave nuestra vida. Es la firme opción por empezar cada mañana sonriendo, por tener una palabra amable, privilegiar las buenas noticias, por tener siempre listo un abrazo (venciendo ese pudor que nos hace esperar “el momento oportuno”. ¡No perdáis ocasión! ¡abrazad a los que amáis hoy, ahora, sin excusas, sin motivo!). Quizá no tengamos dinero pero sí una pasión capaz de sanar este mundo dolorido. Estamos llamados a tener un corazón imbatible. En los tiempos que corren, la mayor heroicidad consiste en sembrar gestos de esperanza que resuciten esta tierra yerma. No porque vivamos al margen de los problemas, sino por puro convencimiento de que el optimismo, la gratuidad y la bondad son hoy una apuesta necesaria y un revulsivo.

Por supuesto que la crisis nos afecta, pero héroes son aquellos – decía Thomas Carlyle – que aun siendo frágiles como todos, enfrentan sus miedos y siguen adelante. Hoy más que nunca necesitamos héroes de carne y hueso: vecinos, hermanos, amigos que emprendan ese otro rescate igualmente necesario: cultivar el placer de los detalles, el gusto por simplificar la vida, el deseo de conectar con lo esencial que da saber y sabor a cada día. Necesitamos mujeres y hombres, niños, abuelas que – despojados de títulos y méritos, cheques y chaquetas – nos saquen del mono-tema y nos recuerden lo que de verdad importa, qué «queremos dar» a la gente que nos rodea. No sé hacia dónde irá la crisis, pero acaso baste con saber dónde está nuestro corazón… y hacia dónde nos lleva.



In a world that’s filled with sorrow
there are people searching for love in every way.
It’s a long hard fight, but I’ll always live for tomorrow
I’ll look back on myself and say: “I did it for love”.

QUEEN



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jueves, 14 de febrero de 2013

EN LA NOCHE, DIOS...


 


Buscamos a Dios, pero Él guarda silencio. Dios y noche están unidos en los místicos: la noche oscura del alma...Cuaresma es un camino de búsqueda. Un camino de de desierto y de noche. Ignacio Larrañaga tiene un texto precioso que os dejo aquí:
"Me dijeron que alcanzara una estrella con la mano. Comencé por subir a los tejados, para alcanzarla. Continué escalando montañas. Me empiné sobre las crestas de las cordilleras, allá donde no llegan los cóndores. ¿Y la estrella? Cada vez más lejos de mi mano. Eso soy: simplemente un impulso, llama desprendida del leño, eterno peregrino que siempre busca y nunca encuentra. ¿Cuándo habrá para mí un planeta o una patria donde descansar y dormir? Te aclamo y reclamo. Te afirmo y confirmo. Te exijo y necesito. Te anhelo y conjuro. Te añoro y ansío. Mis alas están ya fatigadas de tanto volar. En este atardecer de oro, ahora que se apagaron los fuegos del día y la serenidad inunda la tierra, suba hasta ti mi humilde súplica: Tú que sostienes los mundos en tus manos, calma y colma todas mis expectativas. Tengo sueño. Quiero dormir."
Y en la noche...encontraremos a Dios.

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martes, 12 de febrero de 2013

No al ayuno rutinario. Si al ayuno solidario de cara al hambre del pueblo

Juan Marti-Alanis (Obispo de Urgel)
Publicado por Adital

El ayuno es costumbre más judía que cristiana. Incluso, si apuramos un poco, es rito maniqueo más que profético. «Sello de la boca», porque la materia y los alimentos son impuros. Los grandes profetas judíos entendieron y explicaron maravillosamente el sentido verdadero del ayuno (Is. 58; Am. 5,21-25; 05-6,6; Mi. 6,8...). Y Jesús, nuestro Maestro, nos enseñó con su doctrina y su praxis que lo que entra por la boca no mancha al hombre; que no se debe ayunar en un banquete de bodas, cuando el novio está presente; que se debe ayunar en cambio de todo egoísmo, de toda injusticia, de toda avaricia, de toda maldad (Mc. 2,18-22; 7,15-23).


Si el ayunar fuera un mérito, tendríamos que canonizar a todos los hambrientos de la tierra. No es el comer o el ayunar lo que importa, sino el espíritu con que se come o se ayuna. Jesús ayunó como el mayor de los ascetas y compartió la mesa de los ricos y los pobres, de los justos y pecadores, hasta granjearse el calificativo de «comilón y borracho» (Mt. ll,l9). Yo puedo alabar a Dios si me privo de un alimento y puedo alabar a Dios si tomo un alimento, y alabo mejor a Dios si comparto el alimento. Un vaso de agua bebido y agradecido es un acto virtuoso; un vaso de agua esparcido en tierra como ofrenda a Dios es también un acto virtuoso, pero no necesariamente más que el primero. Y aún existe otra alternativa mejor: dar ese vaso de agua al prójimo que lo necesita. Ese vaso sí que lo bebe Dios.

Sea éste nuestro ayuno. No el ayuno que me impone una ley, sino el que me pide la caridad. Sólo ayuna bien el que ayuna desde el amor y para amar. El miércoles de ceniza ayunan los cristianos. Habría que ver qué tanto por ciento. Pero este espectáculo produce desazón. ¿A qué se reduce ese día de ayuno? ¿Por qué y para qué y cómo ayunamos? ¿Para cumplir o para hacer obras buenas? ¿Para imitar a Cristo en el desierto? No sé si ganaremos méritos, ¿pero ganan algo los pobres con nuestro ayuno? ¿Dejan de ayunar por eso los hambrientos del mundo? Porque éste es el problema; si el hambre es el mayor castigo y el mayor pecado de nuestro tiempo, ¿no resulta ridículo y hasta burlesco el que ayunemos un día, para seguir tranquilos, sintiéndonos buenos cristianos?

Ayunemos desde la solidaridad. Hoy sólo se puede hablar de ayuno gritando la injusticia en que vivimos. Hoy sólo se puede ayunar luchando para que otros no ayunen. Hoy sólo se puede celebrar el ayuno asumiendo el dolor, la impotencia y la rabia de los millones de hambrientos. Ayunar es amar. El ayuno que Dios quiere sigue siendo el de partir tu pan con el hambriento; el privarte no sólo de los bienes superfluos, sino aún de los necesarios en favor de los que tienen menos; el dar trabajo al que no lo tiene o ayudar a solucionar el problema del paro; el curar a los que están enfermos de cuerpo o de espíritu; el liberar al drogadicto o prevenir su caída; el denunciar toda injusticia; el dar amor al que está solo y a todo el que se te acerca.

Ayunar es amar. No demos importancia a la comida de la que se priva un satisfecho. Damos importancia a la comida que posibilitamos a un hambriento. No importa quedarnos nosotros un día sin comer. Sí importa dar a Dios un día de comer. Sea, pues nuestro ayuno voluntario el impedir los ayunos obligados de los pobres. Ayunemos para que nadie tenga que ayunar.

También concedo otra legitimación del ayuno. Sea el ayuno signo de nuestra libertad y protesta contra la tiranía del consumismo: Bienvenido este miércoles de ceniza si me entrena en la lucha permanente contra las seducciones consumistas. Ayunemos para saber decir no a la oferta seductora de la manzana paradisíaca o televisiva. No quiero ser puro cliente del mercado. Ayunemos para la libertad. Y ayunemos para la austeridad. Ayunemos para nuestra paz; por aquello de que no es más feliz el que más tiene y más consume, sino el que más es y menos necesita.

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jueves, 7 de febrero de 2013

Hacia un nuevo cristianismo


Todo se mueve y se renueva. Se mueve el sol, la luna y la tierra, el átomo y la estrella. Se mueve el aire, el agua, la llama, la hoja. Se mueve la sangre, el corazón, el cuerpo, el alma. Todo se mueve, nada se repite. Todo es calma y danza, quietud en movimiento. Lo que no se mueve se muere, pero incluso en lo que muere todo se mueve. Se mueve el Espíritu de Dios, energía del amor, verdor de la Vida. Se mueve Dios, el Misterio que todo lo mueve y lo impulsa al amor y la belleza. Déjate llevar.
Hace 2.500 años, un profeta lleno de fervor, de poesía y esperanza, animaba a unos pobres judíos desterrados en Babilonia, actual Irak: "No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Isaías 43,19). La liberación es posible. La esperanza es posible. Otro mundo es posible, además de necesario. Abre los ojos: ya está brotando, ¿no lo notas?

Hace 2.500 años, un poderoso viento espiritual sopló sobre la Tierra desde China hasta Grecia, y removió y llenó de frescura muchas tradiciones religiosas que estaban anquilosadas, como suelen. Un aire nuevo, una nueva era. La mística desafió al sistema, la ética se impuso a las creencias, la razón penetró en los mitos, el anhelo de justicia se enfrentó a los poderes, el ansia de igualdad contestó a las jerarquías clericales.
Más allá de todos los dioses, confesaron a un Dios único, pero al Dios único y separado lo destronaron de su trono celeste y lo adoraron como misterio y corazón de todo lo real, el Todo en cada parte.
Fue una obra espiritual formidable de hombres iluminados y libres: Confucio el político y Laozi el místico en la vieja y vasta China; Buda el despierto y Mahavira el no-violento y los filósofos místicos de las Upanishads en la India multicolor de todas las divinidades; Zoroastro el profeta del bien y de la renovación del cosmos en la sabia Persia fronteriza del Este y del Oeste; Isaías el profeta optimista y Jeremías el profeta lloroso en la estrecha franca de Israel o Palestina; Pitágoras y Heráclito, Sócrates, Platón y Aristóteles, y Zenón de Citio, fundador del estoicismo, en la luminosa Grecia. Se diría que estaban concertados. No lo estaban, pero respiraban el mismo Espíritu que sopla siempre en todas partes.
Fueron hombres geniales y llevaron a cabo una extraordinaria revolución espiritual. ¿Y las mujeres? Es seguro que nada hicieron sin las mujeres, pero eso no lo reconocieron, no las reconocieron; esa revolución quedó en suspenso, y aun sigue pendiente en las grandes religiones.
A aquel tiempo se le conoce como "tiempo eje” o "era axial” (K. Jaspers). Hay un antes y un después, aunque pronto las religiones volvieron a dejarse arrastrar por sus viejas inercias.
¿Y hoy? Si no nos mienten todos los observadores y si no nos engañan todos los signos, nos encontramos de lleno en un nuevo "tiempo eje” similar a aquel de hace 2.500 años. Una profunda transformación espiritual es posible y necesaria en todo el planeta.
¿Y el cristianismo? Nos hallamos ante un claro dilema: o convertirnos en un gueto cultural irrelevante o revivir el evangelio y repensar el cristianismo para que sea levadura también mañana. Más allá de la letra de todas las escrituras y de todos los dogmas.
Más allá del Vaticano II. Más allá, hacia donde nos lleva el Espíritu que inspiró a Jesús y su movimiento. Hacia un nuevo paradigma. Ya está en marcha, ¿no lo notas?

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lunes, 24 de diciembre de 2012

NAVIDAD: RUTINA, SORPRESA Y UTOPÍA


ECLESALIA, 24/12/12.- Ya se acerca la Navidad. Ya hace unos cuantos días que se acerca la Navidad. Un año más, se han encendido las luces en la calle, suenan villancicos en el interior de los grandes almacenes, se incita al consumo, y nos deseamos felicidad. A pesar de la crisis, seguimos el mismo ritual de otros años. Para algunos, un negocio. Para otros, una maldición. La Navidad puede convertirse en rutina. Y una rutina nunca puede ser una fiesta.

Pero Navidad debería tener más ingredientes de sorpresa que de rutina. La primera Navidad fue un hecho sorprendente que tuvo lugar en una noche oscura y fría, hace muchos años. Una noche que es paradigma de la noche del mundo.
Y que es símbolo también de las muchas noches interiores de cada uno. La noche siempre es oscuridad y desorientación. Y si nos dejamos dominar por la negrura de la noche, no podremos estar atentos a la sorpresa. Sin sorpresa no hay vida, ya que la vida es la constante sorpresa de tener conciencia de la propia existencia. Navidad debe tener este elemento de sorpresa, de poder averiguar aquellos signos de esperanza que dan luz y calor en las tinieblas de la noche. Hay que estar atento a la sorpresa, oteando el horizonte desde la esperanza del corazón. Pero hay que tener un corazón preparado para acoger esta sorpresa. Nos puede pasar desapercibida, inmersos en la rutina de estos días. Hace falta una mirada de niño para ser sensibles a la sorpresa de Navidad. “Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos” le hace decir Saint Exupéry al Principito.

Y la Navidad debe ser utopía. Si la rutina es el pasado que se empeña en mantenerse presente, la utopía es el futuro que se esfuerza por nacer. Una sociedad no puede vivir sin utopías, sin unas ansias de dignidad, de respeto por la vida y de convivencia pacífica entre las personas y los pueblos. Sin utopías quedamos embarrados en los intereses individuales y perdemos la dimensión de la vida comunitaria.

La Navidad debe ser utopía también en este tiempo de crisis, tiempo de noche. Es este el momento de la indignación y del descontento, del afinamiento del sentido crítico y de la movilización de energías de emancipación humana. A partir de una narración legendaria sobre una noche de pastores alrededor de un Niño acostado en un pesebre, la Navidad señala un camino utópico hacia una sociedad más justa y solidaria, donde se puedan desarrollar unos valores universales, desde una crítica a las realidades presentes y, sobre todo, con la esperanza de un mundo mejor. Por muy injusto y desolador que sea el entorno, el ser humano mantiene siempre vivo el aliento de la esperanza.

Navidad debe ser mucho más que la suma de sus símbolos tan manipulados; Navidad, desde la sorpresa y la utopía, es una fiesta mucho más rica que todos los gastos del consumo. Os deseo, de todo corazón, una Feliz Navidad (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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domingo, 30 de septiembre de 2012

POTENCIAR LA SECTA A LA QUE PERTENECEMOS, ES IDOLATRÍA


CONTEXTO

El texto de hoy es continuación inmediata del que leímos el domingo pasado. Es Juan el que, sin hacer mucho caso a lo que acaba de decir Jesús, salta con una cuestión ajena a lo que se está tratando. Este texto tiene un significado aún más profundo si recordamos que, en este mismo capítulo (Mc 9, 14-29), justo antes del episodio que hemos leído el domingo pasado, se nos cuenta que los discípulos no pudieron expulsar un demonio.

A pesar de que Jesús les acaba de decir que el que quiera ser de los suyos tiene que cargar con la cruz, a pesar de que les ha dicho que el que quiera ser primero sea el último y el servidor, los apóstoles siguen sin entender.


Una vez más, Jesús tiene que corregir su afán de superioridad. Siguen empeñados en ser ellos los que controlen el naciente movimiento en torno a Jesús. Con el pretexto de celo, buscan afianzar privilegios. Seguramente se trata de problemas planteados en la comunidad donde se escribe el evangelio.

El resto de lo que hemos leído no es un discurso, sino una colección de dichos que pueden remontarse a Jesús.

No es de los nuestros. El texto griego dice: "porque no nos sigue a nosotros". Este pequeño matiz podría abrirnos una perspectiva nueva en la interpretación. Solo pronunciar esta frase, supone alguna clase de exclusión y una falta de compresión del evangelio. El cristiano debe ser siempre fermento de unidad (amor) y nunca causa de discordia. Esto se consigue tratando siempre de potenciar lo que nos une y de superar lo que nos separa.

Muchas veces me habéis oído hablar de las contradicciones del evangelio; pues hoy lo vemos con toda claridad.

• Mateo (12, 30) dice exactamente lo contrario de lo que acabamos de oír a Marcos: "El que no está con nosotros está en contra nuestra, y el que con nosotros no recoge, desparrama."
• En Lucas encontramos las dos formulas, (10.50) y (11,23); así que no hay manera de desempatar.
• Además, estas palabras de Jesús están en contradicción con lo que él mismo dice en Mt 7, 22. "No hemos profetizado en tu nombre, y no hemos expulsado muchos demonios... Yo les responderé: No os conozco de nada, apartaros de mí, malvados".

La contradicción es solo aparente. El que no está conmigo está contra mí, se refiere a que la pertenencia al Reino no es lo natural, no viene dada por el ADN. Hay que hacer un verdadero esfuerzo por llegar a él.

Recordad las frases del evangelio: "El reino de los cielos padece violencia y solo los esforzados lo arrebatan"; y "estrecha y angosta es la senda que lleva a la vida y pocos dan con ella". Para entrar en el reino es imprescindible un proceso. Hay que nacer de nuevo, y para ello es preciso morir a lo terreno. La pertenencia al Reino es responsabilidad de cada individuo, exige una actitud vital que depende de cada uno.

El que no está contra nosotros está a favor nuestro. La frase quiere decir, que del Reino no se excluye a nadie. Todos están invitados. Todo el que sinceramente busca el bien del hombre, está a favor del Reino de Dios que predica Jesús, aunque no lo conozca. Solo queda fuera el que rechaza al hombre.

La posesión diabólica era el paradigma de toda opresión. Expulsar demonios era el paradigma de toda liberación. En contra de todos los movimientos religiosos de la época, saduceos, fariseos, Qumrán, etc., Jesús anuncia un Dios que es amor y que no excluye a nadie, ni siquiera a los pecadores.

Pretender la exclusividad de su dios, ha hecho polvo las mejores iniciativas religiosas de todos los tiempos. Considerar absoluta cualquier idea de Dios como si fuera definiti¬va, es la mejor manera de entrar en el fanatismo y en la intransigen¬cia. Monopolizar a Dios, es negarlo. Poner límites a su amor es ridiculizarlo.

Nuestra religión ha ido más lejos que ninguna otra en esa pretensión de verdades absolutas. Recordad: "fuera de la Iglesia no hay salvación". Fuera de la Iglesia hay salvación, y a veces, más que dentro de ella.

Al relatar un episodio parecido, porque no los recibieron al pasar por Samaría, un discípulo le pide a Jesús que mande bajar fuego del cielo para que les destruya. Jesús se limitó a decir: no sabéis de qué espíritu sois. Después de dos mil años seguimos sin enterarnos del espíritu de Jesús. Seguimos pretendiendo defender a Dios, sin darnos cuenta de que estamos defendiendo nuestros intereses más rastreros.

No se trata simplemente de tolerar lo malo que hay en los otros. Se trata de apreciar todo lo que hay en los demás de bueno.

Entre el episodio de la primera lectura (Nm 11,25-29) y el que nos narra el evangelio hay doce siglos de distancia, pero la actitud es idéntica. Desde el evangelio hasta la fecha, han pasado veinte siglos, y aún no nos hemos movido ni un milímetro. Seguimos esgrimiendo el "no es de los nuestros".

Todo aquel que se atreve a disentir, todo el que piense o actúe de modo diferente sigue siendo excluido. Incluso arremetemos contra todo el que se atreve a pensar.

Tenemos que decirlo con toda claridad. Para los seres humanos ha sido mucho más nefasta la idolatría teísta que el ateísmo. Las mayores barbaridades de la historia se han cometido en nombre de dios. Es ídolo un dios que premia a los buenos y castiga a los malos, lo mismo que hace el mayor de los tiranos. Claro que ese dios nos tranquiliza, porque si él hace eso, está más que justificado que nosotros hagamos lo mismo.

El espíritu de Jesús va mucho más allá de lo que abarca el cristianismo oficial. Se ha acuñado una frase últimamente: "patrimonio de la humanidad", que se podría aplicar a Jesús sin restricción alguna: Cristo no es de la Iglesia. En realidad, el mensaje de Jesús no se puede encerrar en ninguna iglesia o congregación religiosa. Jesús intentó que todas las religiones, incluida la suya, descubriesen que el único objetivo de todas ellas es hacer seres cada vez más humanos. Cualquier religión que no tenga esa meta, es simplemente falsa.

Que en el evangelio de Marcos la causa de Jesús no coincida con la causa del grupo de los doce, es un toque de atención para los cristianos de todos los tiempos. Jesús no es monopolio de nadie. Todo el que está a favor del hombre está con él. Todo el que trabaja por la justicia, por la paz, por la libertad, es cristiano. Nada de lo que hace a los hombres más humanos debe ser ajeno a un seguidor de Jesús. Es inquietante que todas las grandes religiones monoteístas hayan sido causa divisiones y guerras.

Ha llegado el momento de cambiar los parámetros de pertenencia. Debemos olvidar si "tenemos papeles" de cristianos o de budistas o de mahometanos, y valorar si de verdad luchamos por el bien de todo ser humano. Los jóvenes de hoy van en esta dirección, por eso critican y se apartan de nuestra religión. No están de acuerdo con ese cristianismo formal que a nada nos obliga y que lo único que aporta son falsas seguridades.

El que escandalice a uno de estos pequeños... Pequeño no significa niño, sino el que tiene todavía una fe incipiente y no está consolidado en ella. La Vulgata lo traduce por "pusillis" de donde proviene nuestra palabra "pusilánime". Significaría aquí todo el que aún no ha llegado a una fe adulta.

Tampoco se trata de un escándalo por discrepancias doctrinales. A Jesús le importan única y exclusivamente los hechos. Entre los primeros cristianos, la manera de interpretar a Jesús fue muy diversa, pero les unía a todos una misma praxis. La manera de vivir es lo que de verdad importa.

Si tu mano te hace caer... Son frases construidas al estilo semítico, por contraste. No debemos entenderlas al pie de la letra. La mano o el ojo o el pie no te pueden hacer caer nunca. Se trata de advertir sobre la importancia del seguimiento y la relatividad de todo lo demás. Se pretende cambiar la común escala de valores por otra de acuerdo con nuestro verdadero ser.

La mano, el pie, el ojo, son indispensables para la acción humana. Pues hasta lo más indispensable tiene que estar al servicio de lo fundamental: el bien del hombre.



Meditación-contemplación

El que no está contra nosotros, está a favor nuestro.
Y aunque alguien se empeñe es estar contra nosotros,
nosotros nunca debemos estar contra nadie.

Si mi verdadero ser consiste en lo que hay de Dios en mí,
siempre será más lo que nos une,
que lo que nos separa.

Buscar en todos los seres humanos esa realidad que no une,
es la verdadera tarea de un seguidor de Jesús.
El cristiano nunca puede fomentar la división (desamor).

Si aún me cuesta aceptar al otro tal cual es,
es señal de que aún no he comprendido el evangelio.
Todavía estoy esperando que cambie para sentirme bien.
¿Puedo imaginarme que Dios hiciera conmigo lo mismo?
........................


Fray Marcos

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jueves, 27 de septiembre de 2012

La sinrazón de la razón



Esta reflexión podría llevar como subtítulo “el segundo mandamiento laico”. En el sentido siguiente: es conocido que Jesús de Nazaret, cuando le preguntaron por el mandamiento más importante de todos, se negó a presentar sólo uno. Hay otro mandamiento similar e inseparable del primero: no sólo amar a Dios sino también amar al prójimo como a uno mismo. Hoy quisiera parodiar a Jesús de manera laica y sin meter a Dios de por medio (incluso aunque uno piense que Dios siempre está de algún modo, aunque no lo metamos nosotros). Pero conservando la intuición de que “no hay uno sin dos”.


Si nos preguntan por la norma fundamental de convivencia en los inevitables conflictos de la vida, solemos pensar que lo decisivo es quién tiene razón. Si tengo yo razón, conflicto resuelto; y si persiste la confrontación, toda la culpa será de la otra parte. Pues no. Junto al punto decisivo de tener o no tener razón, hay otro igual de importante: qué uso hago de la razón que tengo. Y ahí solemos fallar todos: usamos tan mal la razón que tenemos que acabamos perdiéndola total o parcialmente.

Un primer uso erróneo de la propia razón consiste en creer no sólo que tengo razón sino que tengo toda la razón. Reaccionando así perdemos el único camino de reencuentro, que discurre por lo que sugiere el significado etimológico de la palabra “diá-logo”: dejarse atravesar por la razón del otro. La cual no negará mi razón pero puede matizarla, situarla o completarla. Cuando ambas partes se dejan atravesar de veras por la razón del otro (cuando dia-logan) brota la reconciliación. Pero hoy vamos a fijarnos en otras sinrazones que se producen cuando uno tiene prácticamente toda la razón, o está, como decimos, “cargado de razón”. Veamos algunos ejemplos de estas otras sinrazones.

Después de la barbarie del 11S es innegable que los EEUU estaban cargados de razón contra un sector del mundo islámico. Parece igualmente claro que perdieron casi toda esa razón con la barbarie de Guantánamo. Obama lo reconoció cuando prometía el cierre de Guantánamo como uno de sus primeros objetivos si llegaba a la presidencia. Que no lo haya cumplido (por impotencia o por incoherencia) confirma de rebote la sinrazón de aquella cárcel: las promesas de Obama resultaron ser “un homenaje del vicio a la virtud”, según la definición que daba Tanqueray de la hipocresía.

Hace meses hablé en estas páginas de la sinrazón que supone la existencia de ETA, aun reconociendo la realidad de un “conflicto vasco”. Pero la coherencia obliga a reconocer que el gobierno de Felipe González perdió parte de su razón cuando recurrió a los GAL como forma de lucha contra ETA. Y hoy, la barbarie etarra tampoco es razón para que el PP exija una vinculación total con su afán de humillar a ETA sin condiciones, y anatematice como “equidistancia” cualquier intento de facilitarles la desaparición (con políticas de presos etc. Pues equidistancia significa situarse exactamente a mitad de camino; mientras que la honradez puede exigir situarse más, o mucho más, cerca de unos que de otros sin llegar por eso a la identificación total.

Pasando del campo político al eclesiástico, la institución eclesial y alguno de sus jerarcas resultan hoy criticables y a veces hasta escandalosos; pero ello tampoco es razón para que las críticas se conviertan en descargas de la propia adrenalina, o en excusa para ciertos ateísmos movidos en realidad por otras razones que ellos prefieren no confesarse.

Si de los campos institucionales pasamos a los personales, los peligros de esa sinrazón son aún mayores. Ignacio de Loyola dijo que fundaba la Compañía “para reconciliar a los desavenidos”: y a uno le vienen ganas de responder “¡imposible!”. En casi todos los conflictos en que te ves implicado, las partes exigen no sólo que se reconozca su razón sino que se justifique también su modo de reaccionar. Se exige el “totalmente conmigo”. Y si no, te acusan de “totalmente contra mí”: la otra parte no tiene nada de razón porque la tengo yo toda. Así no hay reconciliación posible.

Nuestro inconsciente es tan sutil que, a veces, va incluso más allá: no sólo absolutiza la propia razón sino que recurre a la provocación para privar de razón al otro: si temo que tengas razón contra mí, intentaré provocarte hasta que reacciones de manera injusta, para luego agarrarme a esa injusticia y pretender que soy yo quien tiene la razón. Los conflictos de pareja se ven a veces marcados por esta sutil manera de proceder, quizás inconsciente.

Cada quien conocerá sus ejemplos. Aquí sólo pretendíamos subrayar que no todo está resuelto con tener razón. Es preciso también integrar la razón que pueda tener la otra parte. Y sobre todo, hay que procurar no perder la razón que tengamos por el mal uso que hacemos de ella.

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¿Desobedecer al sistema eclesiástico para soñar y construir el proyecto y la utopía de Jesús de Nazaret?



"Hoy ya no tengo más esos sueños”
Cardenal Carlos María Martini

El testamento espiritual, expresado varios años antes, por el recién fallecido cardenal Carlo Maria Martini, conlleva propuestas nuevas, novedosas, inauditas y atrevidas, para la renovación de la Iglesia. Son propuestas de total actualidad, a 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II, para la Iglesia que renace con múltiples dificultades, en nuestros tiempos.


Sus escritos y palabras fueron siempre bien recibidas por sectores progresistas, creyentes, indiferentes y ateos. Además, cifraron muchas esperanzas en él, al punto de ser "papabile”, en medio de críticas y de temores de los monseñores del Vaticano y de otros monseñores, allende los muros de la ciudadela vaticana, que lo mal calificaron, inclusive, como "antipapista”. Sus propuestas NO fueron acogidas en esos espacios sino criticadas y temidas.

""Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, que no depende de los poderes de este mundo; en la cual se extirpara de raíz la desconfianza; que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud; que diera ánimos, en especial, a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños”. (Carlo María Martini. "Coloquios Nocturnos en Jerusalén).

Esta frase ""Hoy ya no tengo más esos sueños”,nos lleva a reflexionar con mucha profundidad y angustia. Frase escrita en los años finales de su vida, seguramente en un total desgarramiento interior.

¿Reconoció la imposibilidad de cambios en la Iglesia, él, hombre que conocía muy bien el sistema, la institución, la eclesiástica por dentro y desde adentro. ¿Comprendió que tuvo espacio para hacer sus propuestas y entendió que toda la maquinaria se le vendría encima si promovía una corriente de personas, para su praxis? ¿Tenía muy claro que "El Papa reina pero no gobierna?

El Vaticano, afortunadamente, no tomó medidas negativas contra el cardenal Martini. Pero otra fue la suerte del obispo francés Jacques Gaillot, en la década de los años ochenta, cuando Juan Pablo II lo expulsó de la Eclesiástica por sus escritos, sus palabras y sus acciones. Contra viento y marea, siguió su praxis, en pobreza, en sencillez, en compromiso. Su diócesis se amplió, se creció, se globalizó. . Desde el "exilio eclesiástico”, siguió y sigue su ministerio.

Con relación al cardenal Martini cabe una pregunta: ¿no aceptó ser papa para evitar una confrontación con el sistema vaticano? No se "rebeló” por fidelidad al voto jesuita de obedecer y servir al Papa, a la usanza de los juramentos señoriales, hecho en sus años de joven sacerdote? ¿O por el juramento que hace todo obispo el día de su consagración? O por el juramento que recita todo nuevo cardenal de dar la vida por el Papa, si fuere necesario?

Ante tales situaciones, no le quedó sino el valor de afirmar: "Hoy ya no tengo más esos sueños”. Esa frase, conocida o desconocida en su letra, la han vivido millones de católicos que se han alejado de la Iglesia, con ruido o silenciosamente. Cada cual obra según su conciencia, y es respetable.

Pero, obviamente, por fidelidad a Jesús de Nazaret, se nos plantea un gran interrogante: ¿Qué es mejor hoy: salir o quedarse? Para unos, será conveniente salir silenciosamente. Para otros y otras, como la Iglesia es de todas y de todos, mejor permanecer críticamente y trabajar, desde adentro, a pesar de los sufrimientos en la construcción del Reino de Dios. La razón: la iglesia es de las mayorías creyentes y no de las minorías que son aquellos cardenales, monseñores y otros creyentes que se oponen a la conversión y renovación de la Iglesia, en el espíritu, la letra y la lógica del Evangelio.

Conociendo el autoritarismo y verticalismo de los monseñores del Vaticano y su rotunda oposición a todo cambio, con motivo del quinto aniversario de la elección de Benedicto XVI, Hans Kung, en su carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo, los invitaba a tener el valor evangélico de desobedecer al sistema eclesiástico por fidelidad a Jesús de Nazaret. Ninguno se atrevió. ¿Son mejores las prebendas del sistema eclesiástico que el seguimiento de Jesús de Nazaret?

En esa misma lógica del Evangelio, hace dos años, cerca de 400 sacerdotes de Austria se atrevieron a escribir un manifiesto para afirmar que desobedecerían el sistema eclesiástico en varias cuestiones. Y lo han hecho.

¿Seremos testigos de continuos actos de "rebelión” y desobediencia, en la Iglesia? ¿La institución obligará a miles o millones de creyentes a tan extrema praxis? Aquella afirmación teológica según la cual, la rebelión política es necesaria, justa y legítima, cuando se imponen métodos que violentan a las personas en sus conciencias y en sus vidas, ¿se debe aplicar al interior de la Iglesia?

No me refiero, obvio, a la rebelión con métodos violentos, de ningún tipo, sino a la rebelión de las conciencias, en tiempos eclesiásticos en que hay miedo de escribir, hablar y accionar con la libertad de los hijos de Dios.

La acción de los 400 sacerdotes de Austria es una "rebelión” de la conciencia creyente. No sólo han desobedecido, están desobedeciendo y seguirán desobedeciendo, sino que llaman e invitan a desobedecer. Lo mismo el llamado de Hans Küng a los obispos del mundo católico. La ordenación sacerdotal de mujeres católicas es otro acto de desobediencia. Estos son casos ampliamente publicitados, pero se conocen muchos casos, muchísimos casos de desobediencia silenciosa. Tanto en el pasado como en el presente.


Por Héctor Alfonso Torres Rojas
Colombiano. Lic. en Teología y en Sociología. Dirigió las revistas Solidaridad, Aportes Cristianos para la Liberación y Utopías, Presencia Cristiana por la Vida. Co-fundador de la red de ONGs de Derechos Humanos

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miércoles, 26 de septiembre de 2012

El juicio final


Estamos viviendo y soportando dos hechos que están a la vista de todo el mundo: la crisis económica y la corrupción ética. Por otra parte, ya nadie duda que estos dos hechos están profundamente relacionados el uno con el otro. La crisis económica, que estamos sufriendo, ha sido causada por la codicia desmedida y la desvergüenza de los grandes gestores de la economía y de la política, con la colaboración activa o la permisividad de quienes hemos vivido y disfrutado de un nivel de vida que nos ha sido posible sobre la base de hundir a millones de seres humanos en la miseria y la muerte.

Esta situación caótica da mucho que pensar. Entre otras cosas, yo no puedo dejar de darle vueltas en mi cabeza al hecho patente de que una notable cantidad de los responsables (de una manera o de otra) de la crisis decimos que somos creyentes, cristianos, personas, por tanto, que profesamos nuestra fe (la que sea) en Jesús y su Evangelio. Y esto es lo que más me da que pensar. ¿Por qué?


Porque el Evangelio afirma, con toda claridad, que nadie se va a escapar del juicio definitivo y último de Dios (Mt 25, 31-46). Por supuesto, cada cual es libre para creer o no creer en este asunto. Yo no pretendo aquí convencer a nadie. Ni atemorizar. Y menos aún amenazar. ¿Quién soy yo para eso?

No quiero ser, ni parecer, un predicador a la antigua usanza. Todo lo contrario. Lo que quiero dejar bien claro es que el juicio final, tal como lo presenta Jesús, es lo más liberador y lo más desconcertante que seguramente imaginamos. Porque la sentencia definitiva y última, que Dios va a dictar, sobre las naciones y sobre las personas, no va a estar motivada por la fe que cada cual tuvo o no tuvo, ni por las prácticas religiosas que observó o dejó de observar, ni siquiera se va a tener en cuenta la relación con Dios que cada cual aceptó o rechazó. Por lo visto, según el Evangelio, nada de eso le interesa (en última instancia) al Dios de Jesús.

¿Qué es, entonces, lo único que va a quedar en pie? Muy sencillo: la relación que cada cual tuvo o dejó de tener con los demás. A esto se refiere aquello de «tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era extranjero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36). Y Jesús explica por qué semejante juicio sobre semejante conducta: «lo que hicisteis a cualquiera de estos… a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Dios no es como nosotros nos lo imaginamos. Ni como lo explican muchos curas. Dios no está en el cielo. Dios está aquí, en los enfermos, los sin papeles, los parados, los que se quedan sin vivienda, los que no llegan a fin de mes, los que se ven privados de sus derechos, los presos, los desesperados…

Y que nadie me venga diciendo que es hijo fiel de la Iglesia o cosas así. Todo eso, a la hora de la verdad, servirá en la medida -y sólo en la medida- en que nos haya hecho más humanos y más sensibles al dolor de los que sufren. Ésta es mi religión. Y ésta es mi política. Por eso yo me pregunto si ya no tenemos ni religión ni política. Y lo único que ha quedado en pie es la desvergüenza.

José María Castillo

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viernes, 24 de agosto de 2012

Defecto de oído


"No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con él o a él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante."

Homilia Benedicto XVI en la Explanada de la Nueva Feria de Munich
Domingo 10 de septiembre de 2006

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En todo amar y servir


Una máxima ignaciana que define un idea, un deseo, una aspiración legítima del creyente. Amar a cercanos y lejanos. Con amor que recibe muchos nombres: amistad, pasión, compasión, respeto… Es verdad que no es fácil, y que en ocasiones resulta difícil querer a algunas personas. Y no por mala voluntad, sino porque las relaciones humanas son complejas. Pero también se aprende. A mirar con benevolencia. A comprender otras vidas. A desearles lo mejor. Y a trabajar por ello. Ahí entra el servir. Servir es ponerse manos a la obra para tratar de dejar el mundo un poquito mejor de lo que lo conocemos. Servir es la disposición para ayudar, para atender, para sanar… Servir en lo cotidiano. En la familia, en el trabajo, en el descanso. Sirven las palabras y los gestos; los silencios y las miradas; sirve nuestro tiempo, si lo empleamos bien; y la risa que se contagia; las canciones que esponjan; los esfuerzos por levantar al que anda caído. Sirve dar la vida cada día. Ignacio de Loyola lo aprendió al mirar a Jesús. Al conocerle, amarle y seguirle.

Es un buen eslogan para esta época nuestra. Un poco contracorriente, y para muchos, difícil de entender. Pero es una buena disposición vital. Darse, a tiempo y a destiempo. Porque de egoístas va el mundo sobrado. Y así nos va. De modo que, aunque sea difícil y a veces cueste, ¿por qué no ser ambiciosos? Para amar y servir, en todo.

José Mª R. Olaizola, sj
Publicado por Pastoral sj

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lunes, 30 de julio de 2012

A vos, Señor, lo torno


Señor, me has confiado cinco talentos. Aquí están los otros cinco que he ganado. Mt 25,19

Por Nathan Stone, S.J.

En la televisión vi una propaganda para una iglesia cristiana que no es la nuestra. Una señora daba testimonio del día que su vida cambió, que Jesús le habló y ella creyó en él, y a partir de ese momento, le empezó a ir bien en todo. Su hijo se mejoró de una enfermedad, su marido encontró trabajo bien pagado y ella misma se vio rodeada de éxitos, victorias y triunfos. Había un letrero iluminado en el fondo de la escena, que decía “prosperidad”. Como si fuera un producto para comprarse. No encuentro esa idea en el evangelio. No obstante, es muy común entre los fieles de todas las denominaciones. Creen, porque creen que creyendo van a salir beneficiados.
Está en la biblia, ciertamente, en el Antiguo Testamento. Hay salmos y proverbios prometiendo prosperidad a los que son fieles a la Alianza. El problema es que no siempre resulta así. En el exilio, el pueblo se dio cuenta que lo mejor de la Tierra Prometida no es la tierra misma, sino Dios en persona que acompaña. En el triunfo y en el fracaso, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la penuria. Jesús lleva esto un paso más allá, diciendo Felices los pobres, felices los perseguidos, porque el Reino de Dios les pertenece.

Es cierto que somos como los lirios del campo y dependemos de Dios para el pan de cada día. Sin embargo, no tenemos por qué pedir otra cosa. Pan y su amor; eso basta. El día de hoy y su gracia; no preciso nada más. Pero tenemos muy metido el tema de pedir a Dios y a la Virgen por la intercesión de todos los santos un elenco de favores que llega a dar vergüenza. Hemos creído, nos hemos hecho parte de su Iglesia, buscando qué puede hacer el Señor por nosotros.

El Señor ya te ha dado la vida y el amor. ¿Para qué más? No preguntes, ¿qué puede hacer mi Dios por mí?, sino ¿qué puedo hacer yo por mi Dios? No preguntes, ¿qué puede hacer mi Iglesia por mí?, sino, ¿qué puedo hacer yo por mi Iglesia? ¿Cómo puedo transformar esta plenitud de vida y amor, recibido en el bautismo, en un beneficio que no sea para mí, sino para el Señor? ¿Cómo puedo invertir los años de vida que me toquen para ganar algo en beneficio de los demás, sin esperar nada a cambio?

Eso es cristianismo. Eso es el discipulado de Jesús. Eso es el Reino de Dios. La religión de los favores concedidos, de la prosperidad prometida, es egoísmo y avaricia simplemente.

Yo pienso que el talento, en la parábola de Jesús, no se refiere a las habilidades particulares de cada uno, sino al tiempo que a uno le toca vivir. No hay como controlarlo y no importa que sea mucho o poco. Sólo importa que se viva con gozo, en plenitud, dando vida, entregándose por entero; y que sea todo, completo, consumado para el Señor. No importa vida larga o vida corta; no importa honor o deshonor. Sólo importa que mi vida sea la gloria del Señor de la vida, en el servicio del Señor del amor. Vos me lo disteis; a vos, Señor, lo torno.

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SACRAMENTALIDAD


Cómo ser sacramento de nuestro Dios, en estos tiempos nuestros que anuncian lo nuevo sin develarlo todavía. En esta bisagra de la historia, que no define para dónde va a girar. Cuando tanto está cayendo, y estamos frente al vacío con toda la promesa de novedad que encierra.

Cómo hacernos testimonio vivo de un sueño de fraternidad y justicia, de manos construyendo juntas, en estos días de tomas y pedradas, de manipulación política que pone a pobres contra pobres, y niega el techo mientras reclama la fuerza.

Cómo hacer visible en nuestra propia sangre, la sangre entregada del Dios de la vida. Cómo derramarnos, y darnos de beber unos a otros, cómo contagiarnos vitalidad, en medio del vampirismo neoliberal –quiero decir, cada uno intentando chuparse la sangre del de al lado, exprimirlo, consumirlo hasta dejarlo exánime... por si no quedaba claro.

En palabras de M.E. Walsh, tiempo de aguas vivas, que "no tocan fondo, son adhesivas, quizás por eso siempre están arriba (...) y prosperan succionando a los de abajo".

Cómo hacernos pan, unos para otros, para que se haga carne en la vida concreta de tantos; para que ya nadie muera de hambre "en la patria bendita del pan". Cómo desparramar vida, cuando la muerte acecha; aunque la primavera avanza pese a todo.

Cómo volver la mirada a lo que florece, a lo que nace, para hacernos "trabajadores de la cosecha", para levantar frutos y ponerlos en la mesa compartida.

Cómo ser sacramento de la confianza, en medio del clamor por el uso de la fuerza y las cámaras de seguridad que sólo aseguran que todo siga igual, que legitiman que se proteja solamente a "los de siempre", sumiendo en el desamparo cada vez más cruelmente a "los de nunca", a los que nunca les llega el turno.

Cómo distribuir esa imprudencia del amor para que llegue a todos; ese amor y esa imprudencia que sigue poniendo a nuestra merced la creación entera –así como somos, no esperando que "nos convirtamos"-. Y las dichas y las desdichas de millones de hijos, que son también los nuestros aunque tampoco de eso nos hagamos cargo.

Está loco. Lo tengo que decir así, con toda la confianza de hija y hermana –sin ningún temor de "ofender a su divina majestad". Porque "la verdad no ofende", y menos a Él, el Señor de la verdad.

Lo suyo no tiene nada de razonable, pura apuesta a esto que sus dedos alfareros gestaron. Como si se olvidara de que somos de barro, vasija de su fuego.

Creyendo en nosotros, infinitamente más que nosotros en Él.

Esa locura de Dios que insiste, que porfía con nuestras sombras, que se juega a que la luz renazca en nuestros cerebros y corazones. "En esto reconocerán que sois mis discípulos: en el amor que os tenéis unos a otros".

Este Padre-Madre desquiciado en el que creemos, que se derrocha cada día en nuestras manos, nos convoca a ser su transparencia. Amarnos como Él nos ama, para ser imagen y semejanza, "para que el mundo crea".

Y renueva su cachetazo provocador. Se hace un nadie, para que nos hagamos cobijo para todos los "nadies". Y espera, sí que espera, una respuesta.



Por Sandra Hojman

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miércoles, 13 de junio de 2012

Corazón de Jesús y EE


La relación con los Ejercicios Espirituales y la consiguiente connaturalidad entre la espiritualidad del Corazón de Jesús y la espiritualidad ignaciana, se establece de hecho sin referencia explícita a la palabra "corazón". Pues en los Ejercicios Espirituales nunca es explícitamente mencionado el Corazón de Jesús. ¿No sucede lo mismo en la Iglesia en lo que hace referencia a la espiritualidad del Corazón de Dios, que encuentra su origen en el testimonio de San Juan, en su mirada contemplativa iluminada por la fe pascual hacia Aquel que atravesaron, sin que a pesar de todo en su narración no se pronuncie siquiera la palabra "corazón"? Del mismo modo, los Ejercicios Espirituales nos llevan con toda naturalidad a un "cor ad cor loquitur" - "el corazón habla al corazón" - sin que, sin embargo, San Ignacio hable explícitamente del "Corazón de Jesús".

Fiel a su principio de "no recorrer los puntos sino con una breve y sumaria explicación" (Ej. 2), San Ignacio lleva con sobriedad a descubrir el misterio descrito por San Juan: "su costado fue herido por la lanza y salió agua y sangre" (Ej. 297). Y esto, aunque San Ignacio conociera la amplia y ardiente meditación de este misterio propuesta por Ludolfo el Cartujano en su Vida de Cristo. En efecto, donde San Ignacio nos deja cara a cara con el corazón herido del Señor, el Cartujano se hace intérprete nuestro y formula él mismo en nuestro nombre lo que San gnacio quisiera que fuera nuestro propio descubrimiento: "Que el hombre se apresure a entrar en el Corazón de Cristo... unirte de tal manera a Cristo por amor, que tu corazón entre totalmente en él... que hiera tu corazón con sus heridas".
He aquí, puesta a plena luz la pedagogía espiritual de San Ignacio: muestra el camino hacia un conocimiento interior de Cristo (Ej. 104), señala la ruta hacia un encuentro en el que "un amigo habla a un amigo" (Ej. 54), que tiene el corazón herido, y abre totalmente nuestro corazón al corazón de Dios mediante una "redamatio" reparadora, traducida en estos términos por Claudio La Colombière, el confidente de Santa Margarita María: "él ama y no es amado... Para reparar tantos ultrajes y tan crueles ingratitudes... os ofrezco mi corazón... me doy enteramente a Vos".

KOLVENBACH, “Misión Agradable”, Paray Le Monial, 1988
Publicado por AMDG

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viernes, 8 de junio de 2012

Sin techo y sin tumba


En inglés les llaman “homeless” y en español “los sin techo”. Bien sabido es que se cuentan por millones en las áreas más infradesarrolladas. Pero hoy día es en las bolsas de pobreza de capitales que presumen de llamarse primer mundo donde aumenta el número de quienes duermen arropados por cartones en escaleras del metro o soportales de plaza. No solo viven sin techo; mueren sin tumba. El refranero castellano define al pobre como quien “no tiene donde caerse muerto”. A lo que se añade una desgracia mayor, si “no tienes quien te llore”.

En japonés hay una expresión de origen budista para referirse al difunto que no tiene quien le llore. Se dice que es un “cadáver sin parentesco” (muen- hotoke; muen: sin vínculos; hotoke: difunto). En las zonas pobres donde se hacinan masas de ex-trabajadores eventuales, hoy sin techo -en el barrio de Sanya, en Tokyo, o en el de Kamagasaki, en Osaka-, es frecuente la escena de la muerte en la calle. Cuando se recoge a personas fallecidas sin familia para conducirlas al crematorio, antes de depositar la urna con las cenizas en la fosa común, el ayuntamiento suele contactar al centro de voluntariado social solicitando un mínimo servicio funeral. El monje budista, el pastor protestante o el sacerdote católico, según cuál de ellos se encuentre disponible ese día, acudirá a despedir con un rito los restos de quien vivió sin techo y muere sin tumba, vivió sin tener donde caerse muerto y murió sin tener quién le llore.

La señora T.S. , viuda de cincuenta años, que trabaja en Caritas católica y organiza el voluntariado social católico en Sendai, al noreste de Japón, ha tenido una iniciativa para concientizar sobre el problema de la muerte en soledad. Cuando compró terreno y fosa en el cementerio para depositar la urna con las cenizas de su difunto esposo, no puso la tumba a nombre de su familia, sino la inscribió con el título de “sepultura para difuntos sin parentesco”. Sobre la lápida, bajo el crucifijo, está esculpido únicamente el ideograma japonés KIZUNA, que significa “vínculos familiares y lazos de relación”. Si hubiera registrado la propiedad con su nombre , los trámites funerarios no le permitirían enterrar en esa fosa a nadie fuera de su familia. La señora T. X. ha podido depositar en esa tumba, durante estos últimos meses, en ese columbario cristiano, las cenizas de varias personas solitarias fallecidas en la calle sin techo y sin tumba.

“Pero esto no lo hago, dice, para solucionar el problema de la muerte en la calle. Ante la cruz que corona el letrero de esa lápida, oramos por el eterno descanso de quienes murieron sin tener quien les llorara y despertamos nuestra conciencia para ayudar a tantas personas que viven como muertas en vida. Las obras de misericordia que aprendimos en el Evangelio son enterrar a los muertos y dar de comer al hambriento”.

Juan Masiá SJ
(Universidad Sophia, Tokyo)
Publicado por Antena Misionera

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