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lunes, 3 de marzo de 2014

Un Dios Prohibido (Película completa)


Link de descarga: http://es.gloria.tv/?media=575466&connection=screen

Verano de 1936, inicios de la Guerra Civil española. La película narra el martirio de 51 miembros de la Comunidad Claretiana de Barbastro (Huesca), deteniéndose en el aspecto humano y religioso de las personas que participaron en este hecho histórico y resaltando la dimensión universal del triunfo del amor sobre la muerte.

La historia que narra la película
Agosto 1936, inicio de la Guerra Civil española. 51 miembros de la Comunidad Claretiana de Barbastro (Huesca) son martirizados, mueren por su fe. La película narra las últimas semanas de su vida, desde que son retenidos hasta que finalmente son fusilados. Durante ese tiempo, realizan diversos escritos donde hablan de su situación, de sus compañeros de cautiverio, de la gente que los vio. Estos escritos han sido el testimonio básico utilizado para narrar en versión cinematográfica este hecho real.



Esta localidad oscense, de unos 8000 habitantes en aquella época, se convierte en un punto estratégico desde la perspectiva militar, debido a la existencia de cuarteles y de un comité revolucionario de la CNT perfectamente organizado. El representante militar estaba encarnado en la persona del Coronel José Villalba( Juanjo Díaz Polo). La parte anarquista estaba liderada por el joven Eugenio Sopena (Jacobo Muñoz). En aquel momento, la comunidad de Misioneros Claretianos de Barbastro (Huesca) estaba formada por 60 personas: 9 Sacerdotes, 12 Hermanos y 39 Estudiantes. Desempeñaba el cargo de Superior el Padre Felipe de Jesús Munárriz (Julio Pajares); era Prefecto de los Estudiantes el Padre Juan Díaz (José María Rueda), y encargado de los Hermanos Misioneros el Pa­dre Le­oncio Pérez(Antonio Gómez), que llevaba también la economía de la casa. Entre los estudiantes se encontraban dos argentinos, Pablo Hall (Guido Agustín) y Atilio Parussini (Ricardo del Cano), que se libraron del martirio debido a su procedencia extranjera y que serían claves para conocer los hechos que allí ocurrieron.

La casa de la comunidad claretiana fue asaltada el 20 de Julio de 1936 por milicianos revolucionarios. Los tres padres Superior, Prefecto y Ecónomo fueron arrestados. El resto de claretianos fueron trasladados al colegio de los Padres Escolapios, donde fueron encerrados en el salón de actos. Los estudiantes en­fermos Vi­daurreta (Teseo Martín) y Falgarona (Antonio Javier Moreno), junto con el anciano Hermano Muñoz (Jesús Guzmán), fueron llevados al Hospital. Otro cuatro hermanos mayores y el hermano Simón Sánchez (Jorge Ferrer) fueron trasladados al próximo Asilo de Ancianos. El salón de actos de los Escolapios sería la cárcel de retención para los claretianos antes de sus fusilamientos.

Desde el 20 de Julio, cuarenta y nueve Misioneros permanecieron encerrados en el salón del Colegio de los Es­colapios. Los Padres de este centro educativo les ofrecieron en principio colchones y mantas que a los pocos días fueron requisados, por lo que para en adelante sólo podrían disponer del frío suelo, las butacas no existían. Por las ventanas, el populacho trataba de verles, entre ellos Trini, la Pallaresa (Elena Furiase) que se pasaba las horas tratando de ver al seminarista Esteban Casadevall, del que se había enamorado porque, según ella, se parecía a Rodolfo Valentino.

Los carceleros buscaban la apostasía de los jóvenes aspirantes a sacerdotes, por lo que, por ejemplo, dejaron libertad en alguna ocasión para que mujeres y prostitutas entraran al salón, sin ningún tipo de respuesta por parte de los Seminaristas. Con respecto a su vida cristiana, conservaron el hábito de Comunión diaria mientras pudieron. El Padre Ferrer, escolapio, y el Hermano Vall, el cocinero claretiano (Juan Lombardero) burlando la vigilancia rigurosísima de los milicianos, introducían las Formas en el cesto del desayuno. Al repartirlo, el Padre Sierra (César Diéguez) colocaba a cada uno la suya entre el pan y la pastilla de chocolate. En el salón se rezaba de con­tinuo, en pequeños grupos y susurrando, evitando siempre la atención de los guardias, que lo habían prohibido también. A algunos claretianos como al padre Masip (Eneko Capapay) o a Salvador Pigem (Luis Seguí) les ofrecieron la libertad como una forma de pagar favores anteriores o porque eran conocidos de los carceleros, sin embargo estos antepusieron la liberación de toda la comunidad a la suya individual, por lo que finalmente fueron martirizados.

Los claretianos encarcelados durante semanas dejaron su testimonio escrito en los lugares más insospechados del salón de actos: en el taburete del piano, en las tablas del salón, en las paredes, … Hall y Parussini, al saber que no iban a ser fusilados y que su Consulado argentino en Barcelona los embarcaría para Italia, pidieron a los compañeros un recuerdo último para la Congregación. Se lo querían llevar al Padre General en Roma. Tomaron un pañuelo del Padre Sierra, recién fusilado, y les pidieron se lo pasaran todos por la frente y le estamparan un beso. Además, en un papel envol­torio del chocolate que les traía el Hermano Vall para el desayuno, hicieron caber todas las firmas que rubrica­ban un ideal. Escrito por el anverso y el reverso, le dan con él a la Congregación Claretiana el último adiós. Lo encabeza y lo cierra el seminarista Faustino Pérez (Jerónimo Salas).
Los padres Superiores fueron fusilados el 2 de agosto, el resto los días 12, 13, 15 y 18 de agosto de 1936. Junto a los Superiores, fue martirizado Ceferino Giménez “el Pelé” (Mauro Muñiz), gitano de misa y comunión diaria que a pesar de la insistencia de su hija Pepita (Bárbara Rodríguez) no abandonó su rosario y da testimonio de su fe con su vida. Además, el obispo Florentino Asensio (Gabriel Latorre) preso en su propio palacio desde el 19 de Julio, trasladado al colegio de los Escolapios el día 23, torturado y asesinado el día 9 de agosto, entre las personas que participaron en la tortura se encontraba Mariano Abad (Juan Alberto López) y el peón Alfonso Gaya (Daniel Blasco).

Los Mártires de Barbastro fueron beatificados por el papa Juan Pablo II el 25 de Octubre de 1992.

Más información: http://www.martiresdebarbastro.org
http://www.undiosprohibido.com/

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domingo, 6 de octubre de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Pobres servidores

El evangelio de hoy viene a coronar la semana de Teresita y de Francisco, dos de los santos más queribles Tienen en común el amor por la pequeñez y por eso son amigables, cercanos, hermanos de todos. Dos frases suyas pueden ayudarnos a reconciliarnos con nuestra pequeñez y con la de nuestros hermanos. Si lo hacemos brotarán como una fuente, el perdón y el servicio. Pongo primero las frases para que cada uno las tenga juntas y pueda contemplar por donde el Espíritu le de sentimiento y gusto espiritual.
Teresita dice, en su lecho de agonía, que el Señor le ha dado la gracia de “comprender lo que es la caridad”, se da cuenta de que “no amaba a sus hermanas como las ama Jesús”, que “la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás y en no escandalizarse de sus debilidades”.
Esto es lo que el Señor indica en la primera parte del evangelio de hoy con el mandato de “perdonar siete veces al día”.
Pero ¿cómo hace Teresita para no escandalizarse de las debilidades propias y de los otros? Rezando con su escrito, haciendo el trabajito de “meditatio”: buscando los valores esenciales, poniendo las frases más proverbiales como títulos para descubrir la “Teo-lógica” de su reflexión, encontré una perla. Primero pongo lo que dice Teresita. Lo dice en tres tiempos. Primero, haciendo un discernimiento: Cuando quiero aumentar en mi este amor, cuando, sobre todo, el demonio trata de poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me es menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes, sus buenos deseos.”

¿Por qué digo que esto es un discernimiento? Porque es una “verdad puesta en práctica”. Teresita discierne que es el mal espíritu –el demonio- el que trata de poner ante los ojos de su alma los defectos de sus hermanas y, sin dialogar con la tentación la expulsa haciendo “todo lo contrario”: “me apresuro a buscar sus virtudes”. Es la regla ignaciana del “agere contra”, apenas olido el mal espíritu, uno se tira rápidamente y con toda su fuerza para el lado opuesto. Seguro que allí está lo que quiere el Señor. Acostumbrarse a obrar así trae muchísimos frutos, porque el mal espíritu, en su astucia de saber mejor que nosotros lo que le desagrada al Señor, nos aviva que la gracia va por el lado totalmente contrario. Si me hace pensar defectos seguro que a Jesús le agrada que piense virtudes.

En un segundo momento Teresita cuenta un ejemplo de su vida. Es como una parábola que permite que uno se apropie de su discernimiento, para que no quede como una regla abstracta. Estaban en un recreo aburrido y se dio la oportunidad de hacer algo más divertido: ir a acompañar a los obreros que traían unos árboles para el pesebre. La superiora manda que vaya ella u otra hermana y Teresita, como tiene ganas de ir ella, trata de darle la oportunidad a la otra: Inmediatamente empecé a desatarme el deIantal, pero muy despacio, a fin de dar tiempo a mi compañera para que se quitase el suyo antes que yo, pues creía complacerla dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la depositaria nos miraba riendo, y al ver que yo era la última en levantarme, me dijo: ” iAh, ya me parecía a mí que no ibais a ser vos la que ganase una perla para su corona, os movíais con demasiada lentitud!…» A buen seguro, toda la comunidad creyó que yo había obrado así obedeciendo a mi gusto natural.
La experiencia todos la hemos tenido: hacer algo con buenísima intención y ser malinterpretados. El otro juzga que nos pescó en un defecto y resulta que se trataba de una virtud que por gracia estábamos practicando.

El tercer momento es importante porque Teresita consolida la gracia con la Lógica del Evangelio. Nos ayuda la Santa con su “razonamiento superior”, porque de algo insignificante, que todos vivimos, ella saca un provecho inaudito.

La consolidación de la gracia la hace en tres pasos.

Primero. reafirma la bondad de la gracia: “Me sería imposible decir cuánto bien hizo a mi alma una cosita tan insignificante, y cuan indulgente me tornó para con las debilidades de las demás.
Segundo, relativiza todos los juicios, ajenos y propios, positivos y negativos: “Aquel episodio sigue alejando de mí toda vanidad cuando soy juzgada favorablemente, pues razono así: Cuando toman mis pequeños actos de virtud por imperfecciones, de igual modo pueden equivocarse tomando por virtud lo que sólo es imperfección”.
Tercero, absolutiza los juicios caritativos: “Entonces, no me juzgo ni a mí misma, el que me juzga es EL SEÑOR. Por eso, para que el juicio de Dios me sea favorable, o mejor, para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús dijo: No juzguéis, y no seréis juzgados.

Nosotros sacamos de la santa este provecho: el demonio tienta nuestros juicios (más que nuestros sentimientos y pasiones). En general, solemos estar disgustados con algunos de nuestros sentimientos (qué vergüenza, cómo puede ser que sienta estas cosas, decimos escandalizados al sorprendernos en un sentimiento primitivo de maldad, de egoísmo, de pereza o de lujuria) y en cambio nos complacemos en “la verdad y agudeza de nuestros juicios”, cuando creemos que pescamos al otro en sus intenciones ocultas. Teresita nos muestra que estamos “totalmente equivocados”. Que son nuestros juicios los que están errados. Que juzgamos mal, guiados por la lógica demoníaca, que se regodea en su astucia y sagacidad y se obnubila con sus propias conclusiones cuando en realidad está lejísimo de la verdad.
El remedio es “buscar siempre un juicio misericordioso y caritativo”. Siempre. Para sí mismo y para los demás. Buscar algo bueno. Aunque sea que Dios nos ama y ama a las personas a quienes juzgamos. Nos ama porque nos creo y nos ama porque nos quiere salvar y Jesús dio su vida por todos.
Perdonar siete veces por día es una forma de “tener siempre pensamientos caritativos”.


Vamos ahora a Francisco y a la segunda parte del evangelio, la del servicio.

En su carta dirigida a todos los fieles, Francisco dice: “nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana creatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin y los convertirá en lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial.
Me llamó la atención lo de “no desear”. Francisco se mete en lo más íntimo, allí donde sólo cada persona conoce qué es lo que lo mueve. El deseo de estar por encima de los demás es muy hondo. Es el deseo “comparativo” que constituye la estructura misma de nuestro desear. A veces ni uno mismo sabe “con quién se compara”, contra quién compite. En la base de nuestra estructura psicológica queremos ser más que nuestro padre o nuestra madre o alguno de nuestros hermanos. Eso después de proyecta sobre otras personas e instituciones. Francisco discierne este deseo “natural” y nos ayuda a tomarle el gusto a un deseo “natural y sobrenatural” más hondo: el deseo de no estar por encima de los demás, el deseo de servir y obedecer a toda humana creatura. Aquí agrego que Francisco cultivaba esta actitud también con los animalitos y con toda la creación. Por eso se le acercaban los pajaritos y el lobo y se le ensanchaba el espacio. Al no querer poseer nada todo era suyo: los campos y las estrellas, el hermano sol y la hermana agua.
Tampoco se adueñaba Francisco del tiempo y por eso vivía al día, sumiso a la providencia, sin apuros.
Cada uno sabe con quien compite. A veces es con uno mismo, con una imagen “perfecta” de uno mismo que ordena con imperativos absolutos lo que uno “tiene que hacer” y no puede dejar de cumplir. Ese deseo de estar por encima de uno mismo es la raíz de nuestra cara de “estoy muy ocupado”.
En este deseo todos los hombres somos iguales: niños y viejos, clase media e indigentes, cultos y no letrados… El secreto de muchas actitudes “no coherentes” suele estar en cada uno en su escondido deseo de “estar por encima de alguien”, con quien uno se compara.
Francisco cura este deseo de superioridad con el deseo de pequeñez. Y lo hace no con razonamientos sino con la persuasión de los ejemplos de Jesús y con el premio inmediato que cultivar estos deseos tiene: “El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin y los convertirá en lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial”.
Experimentar el “reposo del Espíritu” sobre nuestra cabeza y en nuestro corazón, es lo que más estimula a dejarnos mover por el amor que nos lleva a servir a todos.
Respecto del evangelio de hoy, podemos decir que Francisco: “es «siervo inútil». Por eso, cumplirá su misión: sin ninguna pretensión personal. En su trabajo o en su servicio en casa ajena, «será menor y estará sujeto a todos los que se hallan en la misma casa»; en cualquier circunstancia, tanto entre cristianos como entre paganos, evitará toda disputa, controversia, litigio, pleito: sometido a todos por Dios, se considerará y se proclamará «siervo inútil». Esta convicción se traducirá en paz, dulzura, cortesía…. Francisco vivirá sin ejercer en absoluto presión sobre nadie quienquiera que sea: conscientes de que son hermanos menores (es decir, inferiores) y siervos inútiles, los hermanos se comportarán como pequeños que no pueden más que rogar y suplicar a los otros que perseveren en la verdadera fe y en actitud de penitencia y conversión, -esto en la época en que la inquisición comenzaba a querer forzarles a ello-, y que acojan y practiquen las palabras del Señor”.
Un lindo ejemplo de este “no desea estar por encima” lo dio Benedicto. “Muchas veces, -señala Messori- el entonces cardenal me repitió, en las entrevistas que tendríamos a lo largo de los años, que quien se preocupa demasiado por la difícil situación de la Iglesia (¿cuándo no lo ha sido?) demuestra no haber entendido que ésta pertenece a Cristo, es el cuerpo mismo de Cristo. Por tanto, le toca a Él dirigirla y, si es necesario, salvarla. «Nosotros», me decía, «solamente somos palabra del Evangelio, siervos, y por añadidura inútiles. No nos tomemos demasiado en serio, somos únicamente instrumentos y, además, a menudo ineficaces. No nos devanemos demasiado los sesos por el futuro de la Iglesia: realicemos hasta el final nuestro deber, Él pensará en lo demás»”.

Viendo lo que el Señor obra ahora por el Papa Francisco, no podemos menos que sentir confirmado este pensamiento de Benedicto.


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martes, 1 de octubre de 2013

1º de Octubre: Día de Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones

Publicado por Infancia Misionera


Historia

Dios ha querido que la ley misteriosa de la solidaridad presida la economía del orden natural y sobrenatural.

Cuando aclamamos a Santa Teresa del Niño Jesús, como Patrona de las Misiones, no sólo admiramos la sabiduría, el poder y la bondad de Dios, que ha convertido a una joven y débil religiosa en modelo maravilloso de celo misionero. También reconocemos el influjo que ha ejercido en su ascensión hacia la santidad la familia, en cuyo seno vivió hasta los 15 años, y el convento carmelitano a cuyo amparo se acogió hasta entregar su alma a Dios.

Una familia misionera. El 13 de julio 1858 se unieron con el vínculo sacramental del matrimonio, en la iglesia de Nuestra Señora de Alenson, Luis Martín y Celia Guerin. Ambos comprendieron desde el principio que el nuevo estado que habían abrazado era para ellos el medio más apropiado para alcanzar la santidad.
"El Señor me hizo nacer, dirá de sí santa Teresa del Niño Jesús, en una tierra santa y como impregnada de un perfume celestial".

"Dios, añadirá en una carta a uno de sus "hermanos" misioneros, me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra."

Fe viva, espíritu de oración, anhelo de santidad, amor al prójimo...; virtudes son éstas que Teresa no tuvo que aprenderlas en los libros de ascética, ni en las vidas de los santos. Le bastó contemplarlas en sus padres y copiarlas luego de modelos tan eminentes.

Es emocionante, a este respecto, el testimonio de su última hija, Teresa del Niño Jesús: "Ellos pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Fue escuchado este deseo. Cuatro angelitos volaron para el Cielo y las cinco hijas, que quedaron en la arena, escogieron a Jesús por esposo. Mi padre, con un ánimo heroico, como un nuevo Abrahán, subió tres veces la montaña del Carmelo, para inmolar a Dios lo que tenía de más querido. Primero fueron sus dos hijas mayores... Después, la tercera de sus hijas ingresó en el convento de la Visitación. Al escogido de Dios no le quedaban más que dos hijas: la una de 18 años, la otra de 14. Esta, Teresita, le pidió volar al Carmelo, lo cual obtuvo sin dificultad de su buen padre. Cuando la hubo conducido al convento, dijo a la única hija que le quedaba: "Si quieres seguir el ejemplo de tu hermana, consiento en ello, no te preocupes por mí".

Al anunciar a sus amigos la entrada de su queridísima benjamina en el Carmelo de Lisieux, les añadió: Dios sólo puede exigir un sacrificio como éste... Mas no me compadezcáis, porque mi corazón rebosa de alegría. Todos los años, los esposos retiraban del fruto de su trabajo una buena suma y la destinaban en favor de la Obra de la Propagación de la Fe".

Estimulada por estos ejemplos, pudo Teresa afirmar: "Si hubiera sido libre para disponer de mis bienes, me hubiera arruinado ciertamente; porque no podía ver una persona en la miseria sin darle enseguida cuanto necesitaba".

Recuerda Teresa que a sus 8 años "sacaba de mi hucha algunas limosnas, para entregarlas en determinadas fiestas solemnes a la Obra de la Propagación de la Fe". No es extraño que con esta educación caritativa y misionera se despertara pronto en su corazón un vivo deseo de salvar almas.

A los 14 años obtenía con sus oraciones, de la misericordia de Dios, la conversión de un gran delincuente, por nombre Pranzini; quien., antes de ser ajusticiado, "besó por tres veces el Crucifijo que le ofrecía el sacerdote".

Pero Teresa no se contentaba con prodigar su ayuda espiritual y material a los necesitados; deseaba hacer mucho más.

Cuenta su hermana Celina, que a los 14 años pensó hacerse religiosa de las Misiones Extranjeras de París. "Cuando un día leyendo los Anales Misioneros de la Propagación de la Fe, interrumpe de pronto su lectura y exclama: ¡Qué violento deseo siento de ser misionera! ¿Qué sucedería si lo reavivase aún más con la visión directa de este apostolado? Me haré carmelita. Esta conclusión, que a primera vista parece desconcertante, queda explicada con la frase que pone punto final a esta anécdota: Me explicó luego el porqué de esta determinación: Era para sufrir más y con esto salvar más almas".

Resultado lógico de esta educación profundamente cristiana y apostólica, iluminada por una gracia interior, a la que fue fiel toda su vida.

Al entrar en el Carmelo a los 15 años, será plenamente consciente de que lo hace "para salvar las almas y especialmente para orar por los sacerdotes".

Un Carmelo misionero. Trece años antes de nacer Teresa del Niño Jesús, el convento de Lisieux había fundado un Carmelo en Indochina, en la ciudad de Saigón.

Su fundación es una confirmación más, harto elocuente, del dogma de la Comunión de los santos.

A mediados del siglo XIX, hallábase en la cárcel de Hué, por segunda vez y condenado a muerte, Mons. Domingo Lefebvre, celosísimo Vicario Apostólico de Indochina. Las constantes y sangrientas persecuciones contra los Misioneros del Annam, le habían convencido al piadoso prelado de la necesidad de contar, dentro de este país, con un monasterio contemplativo, con un grupo de almas orantes, que se inmolasen totalmente por aquella Misión. Pero ¿dónde encontrar esas almas escogidas?

Encadenado estaba en un lóbrego calabozo, cuando súbitamente se le aparece un día Santa Teresa de Jesús, de la que era muy devoto, y le da este mensaje lleno de esperanza: "Establece un carmelo en el Annam: Dios será grandemente glorificado."

A los pocos días recibe en la cárcel la noticia de que una prima suya ha profesado en el convento de Lisieux con el nombre de sor Filomena de la Inmaculada Concepción.

Liberado providencialmente de la condena a muerte y de la prisión, tiempo le faltó a Mons. Lifebvre para escribir a la Priora de Lisieux y pedirle le enviase algunas religiosas de su convento, a fin de fundar un carmelo en su inmensa y desgraciada Misión.

La priora de Lisieux, la Madre Genoveva de Santa Teresa, una "santa auténtica" (de la cual Sor Teresa del Niño Jesús enjugará con un pañuelo la última lágrima en su agonía, guardándolo como una reliquia y llevándolo siempre consigo), contesta inmediatamente a Mons. Lefebvre acogiendo dedicadamente su petición.

El 1 de julio de 1861, parten de Lisieux 3 religiosas carmelitas rumbo a Indochina. En el camino se le añadirá otra cuarta. Como priora marcha sor Filomena de la Inmaculada Concepción.

El 15 de octubre de este mismo año, se inaugura el primer Carmelo del Oriente en la ciudad de Saigón. El Señor ha bendecido a manos llenas este convento teresiano. De él han brotado, en poco más de cien años, 40 monasterios más.

La vocación misionera de santa Teresa del Niño Jesús encontrará en Lisieux profundos y constantes estímulos y se transformará pronto en intensa pasión misionera, que constituirá un típico elemento de toda su vida espiritual e influirá profundamente en su fisonomía interior.

Pregonera de una Misión universal. Adelantándose en muchos años al Concilio Vaticano II, penetrará profundamente Teresa en la Misión universal de la Iglesia, que brota irreprimiblemente del hontanar divino del amor. Y de esa misión universal quiere hacerse la pregonara.

Hay textos maravillosos en los que dejó la impronta imborrable de su alma profundamente eclesial:

- "El celo de una carmelita debe abarcar el mundo".

- "Quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra madre santa Teresa, y rogar por todas las intenciones del Vicario de Cristo, sabiendo que esas intenciones abrazan al mundo entero. Este es el fin principal de mi vida".

- "Quisiera iluminar las almas como los profetas y los doctores, quisiera recorrer la tierra predicando vuestro nombre y plantando, amado mío, en tierra infiel vuestra gloriosa Cruz. Mas no me bastaría una sola Misión, pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro evangelio en todas las partes del mundo, hasta en las más lejanas islas. Quisiera ser Misionera no sólo durante algunos años, sino haber sido desde la creación del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos".

Por las frecuentes citas que hace sor Teresa del Niño Jesús de la doctrina de san Juan de la Cruz, se echa de ver que le causó indeleble impresión en su alma aquel profundo principio enunciado por aquél, en su explicación a la estrofa XXIX, de su Cántico espiritual y que ella resume así: "El más pequeño movimiento de puro amor, es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas".

- "La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble, de todos los órganos; comprendí que tenía un corazón, y que este corazón estaba abrasado de amor; comprendí que el amor es el que imprime movimiento a todos los miembros; que si el amor llegase a apagarse, ya no anunciarían los Apóstoles el evangelio, y rehusarían los mártires el derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que lo abarca todo, todos los tiempos y lugares, que es eterno. Y exclamé en un transporte de alegría delirante: ¡Oh Jesús, amor mío, al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me corresponde en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh, Dios mío!, que me habéis dado vos mismo: en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos."

Eficacia de la prensa misionera. Este constante, ardiente y profundo espíritu misionero, que orientó toda su vida religiosa, era alimentado por una frecuente lectura de las vidas de ilustres Misioneros y de algunas revistas de Misiones, como los Anales de la Propagación de la Fe, tan conocidos por ella desde su más tierna infancia; con un contacto epistolar con sus dos "hermanos" misioneros y con las relaciones establecidas entre su Comunidad y los Carmelos de Saigón y Hanoi, en los que había religiosas que habían profesado en Lisieux.

La hermana mayor de Teresa, son María del Sagrado Corazón, afirma de ella: "Leía con avidez las vidas de los Misioneros, porque en ellos encontraba la expresión de sus mismos deseos".

Por su parte, escribe Teresa al Padre Roulland: "He leído, después de vuestra partida, la vida de varios de vuestros Misioneros (de las Misiones Extranjeras de París). Leí entre otras la de Teófano Venard, que me interesó y emocionó sobre manera".

Esta lectura marca el punto de partida de su gran devoción por el joven mártir del Tonkín, o por mejor decir de una amistad o afinidad celestial. Párrafos enteros de las cartas de este apóstol serán copiadas por Teresa. "Reflejan, escribe ésta, mis propios pensamientos, mi alma se parece a la suya".

Apostolado de la oración y del sacrificio. Todo ello explica la constante presencia del tema misionero en sus oraciones y en sus sacrificios...

"Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ello los pobres Misioneros, que ni tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos."

Caminaba un día a duras penas por el jardín de su convento, cuando una religiosa, viéndola, jadeante, la invitó a sentarse.

"¿Sábelo que me da fuerzas? -contestó Teresa-, pues ando para un Misionero. Pienso que allí, muy lejos, puede haber alguno casi al cabo de sus fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios."

Atracción de un carmelo misionero. Esta preocupación la impulsó no sólo a la ofrenda diaria de sus oraciones, de sus sacrificios y dolores por los Misioneros, sino a desear partir ella misma como Misionera contemplativo al carmelo de Hanoi, fundado por el de Saigón, dos años antes de su muerte.

El Carmelo de Hanoi lo había solicitado con insistencia sor Teresa del Niño Jesús; y deseando obtener esta gracia comenzó una novena al venerable Teófano Venard.

"Usted misma, escribe en su autografía dirigida a la nueva Priora, M. Gonzaga- solicitó en su juventud marchar a Saigón... Los deseos de las madres suelen encontrar eco fiel en el alma de los hijos. Por eso permítame confiarle que he deseado y deseo todavía, si la Santísima Virgen me cura, dejar por una tierra extranjera el oasis delicioso en el que vivo aquí feliz, bajo su mirada maternal".

"Desearía ser enviada al Carmelo de Hanoi para sufrir mucho por Dios. Si me curo quisiera ir allí, para vivir enteramente sola, sin alegría y consuelo alguno en la tierra. Ya sé que Dios no necesita de nuestras obras, y aun estoy segura de que allí no prestaría yo servicio alguno; pero sufriría y amaría. Esto es lo que cuenta a los ojos de Dios".

Misionera desde el cielo. Previendo que su inmolación por la Iglesia misionera tiene contados sus días, pues no puede prolongarse más allá de su muerte, aspira a seguir siendo Misionera desde el cielo. Este pensamiento no le abandonará ya.

"Con gozo -escribe al Padre Roulland- le anuncio mi próximo ingreso en el cielo. Lo que me atrae a la patria celeste es la esperanza de amar finalmente a Dios de la manera que tanto he deseado y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una muchedumbre de almas, que lo glorificarán eternamente".

"Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra", dirá pocos días antes de expirar. Esta profético frase se grabará sobre su tumba de Lisieux.

Pronto una lluvia de rosas comienza a descender de lo alto sobre los que la invocan y en especial sobre los Misioneros a los que tanto amó en vida y con cuyo apostolado mantuvo estrechos contactos.

Patrona de las Misiones como san Francisco Javier. El año 1925, el Papa Pío XI nombraba a Teresa del Niño Jesús Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol para el Clero Indígena.

"Alimentamos la esperanza cierta -declaraba el santo Padre- de que por intercesión de esta santa protectora afluyan como de una fuente inexhausto, hacia esta pía asociación, innumerables gracias divinas. Y puesto que por múltiples razones, la formación de un clero nativo presenta grandes dificultades, no dudamos que, a través de esta poderosa mediadora ante Dios, los obstáculos serán felizmente vencidos y los jóvenes indígenas, llamados a la heredad del Señor, no tardarán en experimentar el pronto auxilio de tan gran protectora."

Por voluntad del mismo santo Padre Pío XI, la Sagrada Congregación de Ritos, por un decreto del 14 de diciembre de 1927, declara a santa Teresa del Niño Jesús, Patrona principal de todas las Misiones y de todos los Misioneros y Misioneras del mundo, al igual que san Francisco Javier, "por razón del grandísimo ardor y celo que la consumía por dilatar la fe".

El mismo Papa Pío XI, en la encíclica Rerum Ecclesiae, hacía de ella el siguiente elogio: "Aun viviendo en el claustro, tomó tan de veras a su cargo el ser colaboradora de los Misioneros, que, como en un derecho de adopción, ofreció por ellos a su divino esposo Jesús, sus oraciones, las penitencias voluntarias y de regla, y sobre todo, los agudos dolores que le ocasionaba su penosa enfermedad."

Fue el clamor unánime de los Obispos y sacerdotes Misioneros que reconocieron sensiblemente la protección de la santa sobre sus empresas apostólicas, lo que movió al Papa a proclamarla como Patrona Misionera Universal. Justo era que la Iglesia sancionara con esta solemne proclamación ritual, los vínculos estrechísimos que con el apostolado misionero había mantenido la santa durante su vida, y quiso seguir manteniendo después de su muerte.

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domingo, 15 de septiembre de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Los impulsos del corazón del Padre o “Brochero, padre de la Patria”

Domingo XXIV del T.O. - Ciclo C (Lc 15, 1-32)

“Salir a buscar”, “buscar con cuidado hasta encontrar”, “correr a abrazar” esos son los impulsos del corazón del Padre.
Dice von Balthasar que “la búsqueda de Dios de aquel que anda perdido no significa que Él no sepa dónde se encuentra este, significa que busca los caminos –si alguno de ellos será el camino justo- por los cuales el pecador puede encontrar su ‘camino del regreso’”.
Así es el corazón del Beato José Gabriel Brochero, cuya imagen tosca de “cura” de rostro cortado a cuchillo y mula Malacara, se nos va transfigurando, es decir embelleciendo, con el photoshop no sólo virtual sino real de la glorificación o beatificación, que sin cambiar los rasgos de la persona, los reviste con otra luz, con la luz de la santidad.

Este rasgo, que más que pintura es un impulso y un latido del corazón que se refleja en el tirarse al río en creciente agarrado a la cola de la mula para ir a llevar una comunión, es el más propio del Corazón del Padre: ese impulso de salir a buscar al que lo necesita.



El Señor Brochero, como también lo llamaba su gente, se disponía – se dispuso desde jovencito- a dejarse arrastrar por este arranque que es el don más íntimo del Padre y que nos habita el corazón. Al fin y al cabo Dios hizo la creación en un arranque irresistible de misericordia y quizás precisamente por eso “no midió” las consecuencias, de tener unos hijos como nosotros, o sí las midió de esa manera misteriosa para nosotros que tiene el Padre de medir las cosas mirando a su Hijo, como sabiendo que si nos perdíamos contaba con Él totalmente para salir a buscarnos.

Estoy por dar unos ejercicios a los curas de Lomas y pensaba comenzar con una pregunta que me ronda siempre (y que ayer la Hna. Juliana, sin saber que yo me la hacía me contó que ella se preguntaba lo mismo) y es: ¿Cómo se le ocurrió darle los Ejercicios a su gente?

A todos nos impresiona el impulso sostenido de Brochero desde la primera tanda que organizó llevando a su gente a Córdoba, hasta la construcción de la Casa de Ejercicios para poder darlos en su misma parroquia.

¿Qué es lo que vio en los Ejercicios?

El padre Merediz sj cuenta que el viejo Padre Aznar sj, a quien conoció en su Noviciado, uno de los grandes recopiladores de los testimonios vivos de la gente de Traslasierra, después de la muerte de Brochero, contaba que “el estilo pastoral del Cura Brochero estaba particularmente marcado por aquella anotación Ignaciana: “que el mismo creador y Señor se comunique al alma devota abrazándola en su amor y alabanza y así disponiéndola por el camino que mejor pueda servirle en adelante”.

Me confirmó en esto de que Dios es El buscador del mejor camino para cada uno. Y no hay persona a quien uno le agradezca más que aquella que nos ayudó a encontrar nuestro camino propio.

El mejor camino no sólo para que vuelva el pecador sino también para que salga el misionero.

Brochero adoptó con fuerza el método de los Ejercicios porque vio que en ellos encontraba su gente el camino.

El dice que vio que los Ejercicios “andaban con su gente”.



No es una anécdota que la beatificación le caiga con mula y todo, como “en camino”.

Los Ejercicios tienen mucho de tranco de mula, el más propio para subir sierras. Una vez que uno los ha probado, no quiere “subir” en otra cosa. Prefiere la mula a esas dinámicas que por ahí te desbarrancan.



No son anécdotas, tampoco, ni trabajo social como actividad complementaria sino trabajo social integral, ese que busca “el verdadero bien de cada persona” como nos puso el Papa Francisco en la Bendición Papal que mandó al Hogar, que en el haber de Brochero se encuentren tantos caminos abiertos, construidos y planeados -¡esa obsesión suya porque llegara el tren a Traslasierra!-.

Es la misma pasión la del camino que nos conecta con Dios, para poder ir a Él y volver –ese ir y venir de la oración y del amor- y la de los caminos que conectan el país, a las zonas más pobres con el centro y sus posibilidades.

Por eso la gente entendía su mensaje, porque veía que eran las mismas piedras para la casa de Ejercicios y para el camino a Córdoba.

Brochero no sólo llegaba a lomo de mula hasta esos parajes en los que “sólo había llegado Satanás” sino que quería que llegara el tren. Soñaba grande para su gente: quería el tren y los ejercicios, quería todo. Hoy hay tantas periferias, como las llama el Papa, a las que sólo llega Satanás. Lugares donde nadie pisa sino el que está perdido. Lugares a donde hay que ingeniárselas para llegar y más, después, para ayudar a salir.



Camino es también el modo de hablar. No son anécdotas tampoco sus famosas “malas palabras”. Brochero soñaba (literalmente, porque corría un poco el biombo y despertaba a su compañero de pieza Benjamín Aguirre, en la época de la universidad, para explicarle algún pasaje del evangelio que meditaba de noche) con el modo de hablar del Señor: “qué cosa maravillosa habrá sido oír de labios de nuestro Señor, el sermón de la montaña que nosotros después de haberlo recibido de segunda o tercera mano, nos llega tanto que los mismos apóstoles fueron tranquilamente a la muerte después de haberlo oído y que no tenían otra felicidad”.

¡Impulso por encontrar caminos! La gente entiende al que se pone en camino. Por eso entiende a Francisco cuando sale a dar vueltas por la Plaza de San Pedro y saluda y saluda sin descanso. Y entiende que vaya cambiando de auto y bajando de gama hasta encontrarse a gusto con la Renoleta que le regaló un cura. ¿Qué es lo que entiende la gente? Entendemos esa pasión por llegar a todos. No es cuestión de austeridad: es que del jeep descapotado se puede bajar y le pueden acercar “cosas lindas”.

Todo el mundo sintoniza su frecuencia de corazón cuando ve a un cura que hace todo por llegar.

Ese impulso de Dios queda hoy beatificado en Brochero y lo subimos al Altar. Allí, al casco de su mula, vamos a ir a tomar gracia. La gracia de reavivar la pasión por encontrar los caminos de Jesús, que son los que nos lleven directo al corazón de nuestra gente.

Me emociona recordar las primeras palabras de Papa Francisco al llegar a Brasil:

“He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes”.

Díganme si no es una “entrada brocheriana”, de esas que hacía el santo Cura que cuando bajaba de su mula al llegar a alguna casa se anunciaba diciendo: “aquí vengo a darles música”. Y la música era la dulzura y amabilidad de su corazón, que buscaba alegrar a todos. Como les decía a sus curas: “Cuanto sean más pecadores o más rudos o más inciviles mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aún en el trato familiar”.

Este trato es el camino para acercar a todos al Amor de Dios. Esa gracia la metió Brochero en el corazón de nuestro pueblo y decir que queda hoy beatificada es decir que se destierra para siempre toda otra manera de tratar mal o no tan bien. Allí está el caminito abierto para llegar al caracú del corazón de los más pequeños, como dice un misionero de Córdoba que anda por África y que siente que Brochero está en el caracú de su corazón. Los Santos van llegando a la Argentina más demorados que el Tren con que soñó Brochero. Vienen a tranco de mula, cuesta que lleguen a los altares –como costó lo de Ceferino y lo de Zatti y cuesta lo de la Mamá Antula. Es que todavía no está bien cuajado lo que significa ser argentino, se está haciendo nuestro corazón, se está “ejercitando” y nos cuesta sentirnos en su latido común. Brochero aporta hoy a ese latido una piedra angular. Ya la puso él –ya se puso- hace rato, enterrado allí en su Casa de Ejercicios. La descubrimos hoy nosotros y lo honramos como pueblo: le reconocemos su rango, lealmente bien ganado, de Padre de la Patria, como hicieron los chilenos con Hurtado.

Dice Leopoldo Marechal, en su poema “Descubrimiento de la Patria”:“No sólo hay que forjar el riñón de la Patria, sus costillas de barro, su frente de hormigón: es urgente poblar su costado de Arriba, soplarle en la nariz el ciclón de los dioses
la Patria debe ser una provincia de la tierra y el cielo”. Hoy Brochero nos viene a buscar y nos invita a transitar por ese camino que él nos abrió para tener acceso a nuestra querida Provincia de la tierra y el cielo. Él cumplió eso que dice el poeta, que: “si como pueblo no trazamos la Cruz, porque la Patria es joven y su edad no madura, la debemos trazar como individuos, fieles a una celosa geometría. La vertical del santo y la horizontal del héroe”, porque “La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha fogosa de sus héroes abajo (tal es la horizontal) y la levitación de sus santos arriba (tal es la vertical de una cruz bien lograda)”. Brochero trazó la Cruz y realizó ese “trabajo de albañilería”, que es uno de los pilares de la Patria: “¿Viste los enterrados pilares de un cimiento? Anónimos y oscuros en su profundidad, ¿no sostienen, empero, toda la gracia de la arquitectura? Hazte pilar y sostendrás un día la construcción aérea de la Patria”.




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sábado, 29 de junio de 2013

29 de Junio: Fiesta de San Pablo Apóstol


Creyó, esperando contra toda esperanza. (Rom 4, 18)

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29 de Junio: Solemnidad de Pedro y Pablo, Apóstoles


Oración a los apóstoles Pedro y Pablo

Te agradecemos, Jesús Buen Pastor, por haber elegido a los santos apóstoles Pedro y Pablo como los máximos pastores de la iglesia como instrumentos de la salvación para muchos de tu pueblo. Y ustedes, santos apóstoles, que merecieron tan grande gracia intercedan por nosotros junto a Jesús y María, para darnos fuerzas y luchar contra lo que impide seguir con valentía vuestra vocación.

Te agradecemos, Jesús Buen Pastor, por haber infundido en los corazones de los santos apóstoles Pedro y Pablo la más pura llama de amor a Dios y a los hermanos. Y ustedes, santos apóstoles, que vivieron plenamente entregados, intercedan por nosotros junto a Jesús y María, para que podamos consagrar a Dios con alegría todas nuestras fuerzas.

Te agradecemos, Jesús Buen Pastor, porque elegiste a los santos apóstoles Pedro y Pablo para predicar y testimoniar tu pobreza. Y ustedes, nuestros protectores, que vivieron realmente la palabra evangélica, en la oración y en el servicio, obtengamos de Jesús y María la gracia de vivir una verdadera vida de pobreza, y así podamos conquistar las riquezas eternas.

Te agradecemos, Jesús Buen Pastor, porque gobiernas, apacientas y guías tu rebaño por intermedio de aquellos que te representan. Y ustedes, santos apóstoles Pedro y Pablo, que en el ejercicio de la autoridad supieron servir, enséñennos el espíritu de obediencia, el verdadero diálogo y colaboración en el servicio fraterno.

Te agradecemos, Jesús Buen Pastor por haber dado a los santos apóstoles Pedro y Pablo la gracia del martirio y la gloria eterna en el cielo. Y ustedes, nuestros protectores, por sus oraciones, luchas y conquistas, obtengamos la gracia de vivir plenamente nuestra consagración en el servicio, testimonio a través de nuestras actitudes y el amor de que salva.

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miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Canonizará el papa Francisco al padre Arrupe?

 

Me han llegado noticias desde Roma, según las cuales, Francisco, el primer jesuita que llega al pontificado en la historia de la Iglesia, podría ser el que canonizara al jesuita vasco, Pedro Arrupe, que siendo General de la Compañía tuvo un serio enfrentamiento con el entonces papa Juan Pablo II.
El papa polaco, que era sostenido por el Opus Dei, acusaba a Arrupe de haber llevado a los jesuitas a la izquierda, sobretodo en América Latina, y un día lo llamó y le pidió que se arrodillase a sus pies.
Cuando Arrupe se enfermó, a pesar de que el cargo de General entre los jesuitas es vitalicio, como el del papa, pidió a Juan Pablo II permiso para retirarse. El papa que temía que los jesuitas pudieran elegir a otro en la línea liberal y abierta de Arrupe, le negó la petición y le colocó para seguir guiando a la Compañía a un representante suyo.
Los jesuitas entonces obedecieron, como es su lema, pero consideraron aquella intromisión autoritaria de la Santa Sede como una "ley marcial vaticana"

Ahora se especula que el papa Francisco podría ser quien canonizara al papa Wojtyla, que tantos disgustos dio a la Compañía, pero que al mismo tiempo abriría el proceso de beatificación del padre Arrupe.
Se trataría de una coincidencia histórica y simbólica. Y a Francisco le gusta el lenguaje de los símbolos.


Tuve ocasión de poder tratar personalmente al padre Arrupe durante más de un mes, en el momento en que sus relaciones con Juan PABLO estaban al rojo vivo.

Trabajaba yo entonces en la RAT-TV italiana que había inaugurado un programa, de los primeros hechos a color, con el título "Una hora con". Era una hora de programa con un personaje famoso, para hacer de él un retrato completo.

La RAI me encargó de hacer uno de los capítulos del nuevo programa con el padre Arrupe, con el título: "Una hora con el papa negro". Al general de la Compañía de Jesús se le llama aún "papa negro", porque hubo tiempos en la Iglesia en que el jefe de los jesuitas emulaba en poder, dentro de la Iglesia, al papa blanco. Es sabido además que el jefe de los hijos de Ignacio de Loyola es el único General de congregaciones y órdenes religiosas nombrado vitaliciamente, como el papa. Y los jesuitas son los únicos religiosos de la Iglesia que además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, profesan un cuarto voto de obediencia incondicional al papa.

Ahora que se habla de la posibilidad de beatificar a Arrupe he querido traer a mis lectores un recuerdo personal de las semanas que pasé con él para elaborar aquel programa para la RAI. Fueron muchas horas, lo que nos llevó a poder compartir algunas ideas personales.

Me acompañaba para realizar el programa, un equipo de técnicos de la RAI. Eran todos agnósticos y algunos ateos convencidos. Cuando les dije que íbamos a filmar a Arrupe, dentro de la Casa Generalicia de los jesuitas en Roma, donde era tan difícil entrar, se frotaron las manos. "Nos vamos a divertir un mundo", comentaron.

Los primeros días de la entrevista fueron tranquilos. Arrupe era una persona de una afabilidad extrema. El New York Times lo comparó al papa Juan XXIII. Tenía una luz en sus ojos que chocó enseguida a los técnicos de la televisión.

Poco a poco se fueron soltando y uno llegó a preguntarle si era cierto lo que se decía que los jesuitas eran "hipócritas". Arrupe sonrió y le respondió amable: "Desgraciadamente, muchas veces lo somos". Y allí acabó la provocación.

Hubo un día en el que el grupo de técnicos de la RAI quedó especialmente impresionado. Fue cuando yo abordé con Arrupe el tema de la muerte. Habló con tal naturalidad de aquel "viaje definitivo", como él lo llamaba, como la cosa más natural del mundo sin dramatismos ni misticismos. Solo se sentía en aquel momento el rumor de la cámara filmando.

Nos habló después Arrupe de su experiencia en Japón donde se encontraba el 6 de agosto de 1945 cuando explotó la bomba atómica. Arrupe era médico. Estaba entonces a cargo del Noviciado de los jesuitas y abrió sus puertas para llevar allí a los heridos y quemar a los muertos para evitar contaminaciones.

Contó de la entereza de los japoneses a los que llegó a operar con unas tijeras de cocina, sin anestesia, sin que se les escapara un grito de dolor.

Dicen que fue aquella experiencia de muerte lo que "cambió el alma" de Arrupe, que ya no sería igual después de la tragedia de Hiroshima, vivida en primera persona.

Lo que puedo testimoniar es que, acabado el programa, los técnicos no querían separarse de Arrupe.

Uno de ellos que tenía a una hija gravemente enferma y que era al inicio el que más presumía de ateo y pretendía divertirse con el General de los jesuitas, llegó a llevar, de escondidas de sus colegas, a la Curia generalicia, una carta pidiendo a Arrupe que "rezara por ella". Le incluyó en la carta una foto de la muchacha.

Arrupe, por lo que pude saber de él en aquellas largas semanas de convivencia con él, tenía la convicción de que el Concilio, que había hecho perder a la Compañía unos siete mil jesuitas, fue el que acabó cambiándola.

Una mañana que no pudimos filmar porque el programa era a color y empezó a llover, me quedé a solas con él y me contó que después del Concilio Vaticano II, la Compañía que él dirigía, viendo actuar al Opus Dei, era como mirarse al espejo para decir: "Así fuimos y así no podemos seguir siendo". Se refería a que la Compañía estaba antes del Concilio más interesada y preocupada con las élites de la sociedad que con los pobres.

Y fue entonces cuando Arrupe abrió la Compañía a una "revolución social", permitiendo a sus religiosos mojarse en los movimientos de liberación política de América Latina, que para Juan Pablo II era llevarles "a la izquierda".

Aquello costó a la Compañía caro. Vio a muchos de sus sacerdotes perseguidos y asesinados por los escuadrones de la muerte organizados por los militares.

Hoy, es un papa jesuita, del continente de las Américas, el que pide a la Iglesia que salga de sus palacios y se vaya a mancharse de barro a la periferia del mundo como él lo hacía en Buenos Aires.

De haber estado vivo, Arrupe no habría necesitado arrodillarse a los pies de Francisco para pedir perdón por haber querido, más de 40 años antes, hacer con la Compañía, lo que Francisco exige hoy de la Iglesia.

Nada, pues, de extrañar que pueda ser el primer papa jesuita quien coloque a los ojos del mundo, como ejemplo de santidad, a aquel jesuita vasco que hoy no creería a sus ojos, viendo lo que sus hermanos de hoy están viendo: un papa que ha rechazado los palacios pontificios para vivir en un hotel para religiosos, donde le es más fácil encontrarse con sacerdotes y obispos que llegan de la periferia de la Iglesia con los que nunca se habría encontrado de vivir encerrado en los palacios vaticanos.

Hay quien afirma que no todos los jesuitas hoy están sin embargo felices con la "revolución" del papa Bergoglio. Quizás lo hubiesen deseado más jesuita y menos franciscano. Lo ignoro.

Arrupe era entonces un jesuita genuino, pero con corazón franciscano.

Fue aquel corazón franciscano que había sentido el horror del mundo en Hiroshima y se había llenado de compasión, lo que entonces conmovió a mis colegas ateos de la RAI.

"Para mi las personas no se dividen en creyentes y ateos", me dijo cuando le alerté que los técnicos de la RAI eran agnósticos, y añadió: "A mi me interesa todo lo que de humano hay en el mundo. Estamos todos amasados del mismo barro". Y fue aquello lo que sintieron entonces mis compañeros de la televisión italiana.

Y ese era el Arrupe que yo conocí.

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martes, 19 de marzo de 2013

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

(2 Sm 7,4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rm 4,13. 16-18. 22; Mt 1,16. 18-21. 24a)

LECTURA

“Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”. (2Sm)
“… todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.».” (Rm)
-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» (Mt)

MEDITACIÓN

Dios cumple su palabra. Él es fiel, no se retracta del juramento que ha hecho, ni rompe la Alianza. Lo que prometió a David y a su descendencia llega a ser historia. Ante los acontecimientos del Nuevo Testamento, la bendición a la casa de David se comprende en clave profética, que alcanza su plenitud en la descendencia de José, esposo de María, de la que nació Jesús.

José, varón justo y creyente, fue mediación elegida por Dios y relación providente para que se estableciera de manera paradójica el reino bendecido, al dar cobertura legal y ascendencia davídica a la Virgen Nazarena.
Dios encontró un hombre según su corazón: José, el esposo de María, y le encomendó la fiel custodia de las personas más benditas de la historia. La sencillez, humildad, discreción, obediencia, limpieza de corazón, ternura y fe del joven, hijo de Jacob, fueron las virtudes de quien sería llamado a gobernar la casa de Nazaret, la familia sagrada, que formaban el Hijo de Dios hecho carne, la Mujer de la que había nacido, y él, su esposo.
En esta hora tan señalada de la Iglesia, San José sigue siendo referente para ejercer la misión de cuidar lo más sagrado de ella, la familia de los hijos de Dios. El santo es protector, intercesor, patrono de la Iglesia, al que invocamos de manera especial en estos momentos.

PUNTOS DE REFLEXIÓN

¿Te da confianza la contemplación de la vida de San José? ¿Crees que Dios puede hacer también contigo su historia de salvación?
¿Te encomiendas al Santo del que más se fió Dios?
Hoy se celebran muchas fiestas institucionales, como el día del padre o del seminario. Podemos encomendarlas a quien es buen intercesor.


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lunes, 18 de marzo de 2013

San José, hombre justo

¿Por qué se dice de san José que era un hombre justo? ¿Quién es justo? Si echamos mano de la idea que tenemos de justicia, seguramente imaginamos que san José era un hombre bueno, recto, íntegro, honrado… Y, a decir verdad, lo era. Pero en la Biblia la palabra “justo” tiene algunos matices que no está de más que señalemos para entender mejor la personalidad de san José, el hombre justo.
El único justo en la Biblia es Dios. Él es quien defiende el derecho del huérfano, del extranjero y de la viuda, los más frágiles de la sociedad de entonces. Los demás ya se defienden por sí solos e incluso, si pueden, se aprovechan del débil. Contra los opresores Dios clama justicia a través de los profetas. El justo es el que obra la justicia según Dios. Y practicar la justicia va muy unido a conocer al Señor, que ama y practica la justicia. Por esta razón es muy común en la Biblia llamar justo a la persona que respeta y defiende los derechos de los demás, principalmente de los más débiles.
Según el libro de los Proverbios, lo contrario al hombre justo no es el injusto, sino el necio e insensato. En este libro de la Biblia se insiste una y otra vez en que el principio de la sabiduría es el temor del Señor. Pero estamos hablando de un “temor” distinto del de tener miedo. El temor que provoca el Dios de la Biblia cuando habla y actúa, cuando juzga y salva, cuando revela su señorío absoluto y ama fielmente, cuando castiga y perdona, crea una dinámica especial en el hombre creyente, a saber: le posibilita “la sabiduría”. Es decir, le facilita a la persona reencontrar su “ser finito” como don, la oportunidad de reconciliarse con su ser de criatura limitada, comprender la medida de lo humano y lo divino. El sabio es pues, el que conoce y teme al Señor; y el que conoce y teme al Señor es el justo.
José es. pues, un hombre justo. Es justo porque practica la justicia y la misericordia con los débiles, como Dios lo hace. Es justo porque protege a María no denunciándola por su gravidez, llevado seguramente más del amor que del orgullo herido. Es justo porque conoce a Dios, lo teme y respeta su acción salvadora en la historia. En definitiva, es justo porque es un hombre de una profunda fe.

Fabián Martín, agustino recoleto
Casa de formación San Agustín
Las Rozas (Madrid)
Publicado por Entra y Verás

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Evangelio Misionero del Día: 19 de Marzo de 2013. SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA (Solemnidad)

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 1, 16. 18-21. 24ª

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Éste fue el origen de Jesucristo
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado.

Compartiendo la Palabra

Liturgia griega
Menaion
“...Administrador de los misterios de Dios.” (1 Cor 4,1)

José, esposo de María, vio con sus ojos el cumplimiento de las profecías. Escogido para el matrimonio más ilustre, recibió la revelación por la boca de los ángeles que cantaban: Gloria al Señor porque ha dado la paz a la tierra.
¡Anuncia, oh José, a David, padre del Hombre-Dios los prodigios que tus ojos contemplaron! Has contemplado al niño en el regazo de la Virgen; lo has adorado con los magos; has glorificado a Dios con los pastores, según la palabra del ángel. ¡Pide a Cristo Dios para que salve nuestras vidas!
Dios inmenso ante el cual tiemblan las potestades celestiales, tú, oh José, lo has cogido en brazos cuando nació de la Virgen; has sido consagrado por él. Por esto, te veneramos hoy.
Tu alma fue obediente a los preceptos divinos; lleno de una pureza sin igual, mereciste recibir por esposa a aquella que es pura e inmaculada entre las mujeres; tú fuiste el guardián de esta Virgen cuando ella fue elegida tabernáculo del creador...
Aquel que con una palabra creó el cielo, la tierra y el mar ha sido llamado hijo del carpintero, ¡hijo tuyo, admirable José! Tú fuiste llamado padre de aquel que no tiene principio y que te nombró administrador de un misterio que sobrepasa toda inteligencia... Guardián santo de la Virgen bendita, tú has cantado con ella este cántico: “Que toda criatura bendiga al Señor y lo ensalce por los siglos.” (Dn 3,67)

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sábado, 5 de enero de 2013

¿A Quiénes Amar?

Por San Alberto Hurtado, sj*

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño... A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas... Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en Amé rica... Todos los del mundo: son mis hermanos.



Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

Urgido por la justicia y animado por el amor

Atacar, no tanto los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo. Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez.

Lo primero, amarlos: Amar el bien que se encuentra en ellos, su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias... Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias... Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo almuerzo tranquilamente, y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, que me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se desarrolle en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados. Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra «amor». Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9). Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios. Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados de entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para todos ellos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que la semejanza divina progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se desarrolle en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.


*Reflexión personal escrita en noviembre de 1947

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lunes, 1 de octubre de 2012

1 de Octubre: Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las Misiones


Semblanza de Santa Teresa de Lisieux

Santa Teresa del Niño Jesús:
"Ganar a Jesús por el corazón"


P. Santos Paniagua, OAR

Santa Teresa del Niño Jesús fue nombrada por Pío XI, en 1925, Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol para el Clero Nativo y, en 1927, Patrona de las Misiones junto con san Francisco Javier. Nació en Normandía, Francia, el 3 de enero de 1873, fue monja de clausura a la edad de 15 años, y dedicó su existencia a orar y a sacrificarse por los sacerdotes, especialmente los misioneros. Murió muy joven, a los 24 años, pero dejó un mensaje excepcional por su sencillez y profundidad.



Hoy día, y muy especialmente desde Obras Misionales Pontificias, se tiene una idea teológicamente clara de la universalidad de la Iglesia. Ninguna diócesis puede encerrarse en sí misma ni limitarse a vivir sus propios problemas: tiene que sentir la inquietud de Cristo y escuchar el mandato universal de ir por todo el mundo. Sería muy pobre la mentalidad de un sacerdote o de un religioso que careciera de esa visión universal y al que no le doliera la situación de tantos hombres que todavía no conocen el mensaje de salvación y de liberación de Cristo. Nos cansamos de repetir que toda la Iglesia es misionera y que esta responsabilidad radica ya en el bautismo.
Lo sorprendente es encontrar esta dimensión en una monja de clausura del siglo pasado y, además, con una claridad tan meridiana. Es verdad que vive en un tiempo determinado, en el que es intensa y casi exclusiva la verticalidad hacia Dios con el deseo de salvar almas, pero no por ello deja de llamar la atención su universalidad. En esta universalidad no sólo alcanza a todos los hombres —«El celo de una carmelita debe abarcar el mundo» (Manuscritos, cap. X)—; es tan grande su corazón que quisiera abarcar también todos los tiempos —«Quisiera ser misionera, no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación de los siglos» (Ms. B 3rº)—.
Yo he sido misionero durante muchos años, pero me resulta alucinante descubrir el espíritu de esta mujer. Pensamos en el misionero poco menos que como un hombre heroico, intrépido o como un quijote que se lanza a la aventura, o como alguien que tiene una vocación muy especial reservada para unos pocos. A veces hasta nos hacen creer que somos “distintos”, como si la misión dependiera sólo del misionero o de la misionera que parte a tierras extrañas. Confieso que en muchos momentos difíciles de mi vida de misión, recordando mis lecturas de seminarista, pensaba en todos aquellos que me estaban apoyando con sus oraciones; en aquellas religiosas de clausura que rezaban y se sacrificaban para que yo fuera fiel al Señor y que la semilla creciera en aquel campo.
En santa Teresa del Niño Jesús vemos, a contraluz, lo que realmente es una vocación misionera. Identificada con Cristo, vive el amor apasionado de su causa y el deseo vehemente de salvar almas. Todo ello lo hace con esa difícil sabiduría de convertir en fácil y accesible lo que aparentemente resulta imposible. Ella misma se queda sorprendida con su descubrimiento: «¡Al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me corresponde en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh Dios mío!, que me habéis señalado Vos mismo; en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos» (Manuscritos, cap. XI).


UNA FAMILIA MISIONERA

Aunque la santidad no se hereda, sí podemos decir que las circunstancias que nos rodean normalmente van moldeando nuestra vida. Vivía Francia por aquel entonces un esplendoroso espíritu misionero, que había penetrado en los hogares cristianos. Así, la señorita María Paulina Jaricot, apoyada por su familia y sorteando mil dificultades, concibe la idea madre de la Propagación de la Fe; monseñor Carlos A. Forbin Janson funda la Obra de la Infancia Misionera; y, posteriormente, se establece también la Obra de San Pedro Apóstol, impulsada por la entrega generosa y la dedicación plena de Juana Bigard y de su madre, Estefanía.
Santa Teresa nace en una casa donde se vive intensamente el espíritu, misionero. Los Martin-Guèrin, sus padres, suspiran por tener un hijo misionero y, en compensación de este deseo frustrado, ofrecen todos los años una buena limosna para la Propagación de la Fe. Eran abundantes las oraciones y los sacrificios que se imponía esta familia pidiendo a Dios la conversión de los pecadores.
Es emocionante leer el testimonio que Teresa, la más pequeña de las hijas, nos ha dejado de sus padres: «Ellos pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Fue escuchando este deseo. Cuatro angelitos volaron para el cielo y las cinco hijas que quedaron en la arena escogieron a Jesús por Esposo. Mi padre, con un ánimo heroico, como un nuevo Abrahán, subió tres veces a la montaña del Carmelo para inmolar a Dios lo que tenía de más querido. Primero fueron sus dos hijas mayores... Después la tercera de sus hijas... en el Convento de la Visitación... Al escogido de Dios no le quedaban más que dos hijas: la una de dieciocho años, la otra de catorce. Ésta, Teresita, le pidió volar al Carmelo, lo cual obtuvo sin dificultad de su padre. Cuando la hubo conducido al puerto, dijo a la única hija que le quedaba: “Si quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, consiento en ello, no te preocupes por mí”. Más tarde, él mismo dirá: “Dios sólo puede exigir un sacrificio como éste... Mas no me compadezcáis, porque mi corazón rebosa de alegría”» (Manuscritos, cap. VII). Eran muchas las obras de caridad que hacían, pero su mayor alegría y empeño principal era la conversión de un pecador.
Estas ideas van formando y conformando la personalidad de aquella niña: «El Señor me hizo nacer en una tierra santa y como impregnada de un perfume celestial» (Manuscritos, cap. I). Y en una carta a uno de sus “hermanos” misioneros añade: «Dios me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra» (carta al P. Bellière). Nacida en este jardín, ella misma nos dirá más tarde: «Si hubiera sido libre para disponer de mis bienes, me habría arruinado ciertamente, porque no podía ver una persona en la miseria, sin darle en seguida cuanto necesitaba» (Últimas conversaciones). A este propósito nos recuerda lo que hacía a sus ocho años: «Sacaba de mi hucha algunas limosnas para entregarlas en determinadas fiestas solemnes a la Obra de la Propagación de la Fe» (Manuscritos, cap. III).
De interna en el colegio de las benedictinas, le gustaba llevar una cruz llamativa que le hacía recordar a los misioneros. Ella misma nos dice: «Me gustaba muchísimo asistir con las religiosas a todos los oficios. Llamaba la atención entre mis compañeras por un crucifijo que Leonia me había regalado, y que llevaba atravesado en el cinturón, como lo llevan los misioneros».
Podemos decir de ella que fue una flor tan cuidada de Dios y de sus padres que desde sus primeros años emprende el camino de la disponibilidad y de hacer siempre la voluntad de Dios. Era tal su delicadeza que confiesa no recordar haber dicho nunca un no a Jesús desde que tenía tres años.


UNA COMUNIDAD MISIONERA

Hay una edad, la edad de la adolescencia, en que todos, de una manera o de otra, buscamos o hemos buscado nuestro “ídolo”; nos apasionan y nos ilusionan aquellas personas que de alguna manera encarnan un ideal. A los 14 años,Teresita, amante de las lecturas de los misioneros y misioneras, al terminar, de leer los Anales Misioneros de la Propagación de la Fe, siente un vehemente impulso de imitar a aquellas religiosas que han partido a la búsqueda de los que todavía no conocían a Cristo. Las admira y comienza ya a sentir el deseo de hacerse religiosa de las Misiones Extranjeras de París.
Le entusiasmaban aquellas crónicas que tan bien sintonizaban con aquel hervor que bullía en su interior. En un momento siente como un estallido en su corazón, y después de un silencio profundo exclama: «¡Qué violento deseo siento de ser misionera! ¿Qué sucedería si lo reavivase aún más con la visión directa de ese apostolado? Me haré Carmelita... para sufrir más y con esto salvar más almas» (Consejos y recuerdos).
A la edad de 15 años y tres meses emprende la subida al Carmelo en el convento de Lisieux. Allí, efectivamente, reaviva el deseo de ser misionera cuando escucha la historia del convento que esa comunidad había fundado en Indochina, en la ciudad de Saigón, trece años antes de nacer ella.
La historia es conmovedora. Monseñor Domingo Lefebvre, vicario apostólico de Indochina, se hallaba, a mediados del siglo XIX, por segunda vez en la cárcel de Hué. Encadenado, como san Pablo, pasaba los días orando en espera del cumplimiento de la pena de muerte a la que había sido condenado. Pedía al Señor la gracia de un monasterio contemplativo, con un grupo de almas orantes que se inmolaran por aquella misión para que cesasen las persecuciones tan horrendas y sangrientas contra los misioneros de Annam. Así se lo pedía también constantemente a santa Teresa de Ávila, de la que era muy devoto. «Un día —nos cuenta— se me apareció la Santa y me dijo: “Establece un Carmelo en Annam: Dios será grandemente glorificado”».
Pocos días después recibe en la cárcel la grata noticia de que una prima suya ha profesado en el convento de Lisieux con el nombre de Genoveva de la Inmaculada Concepción. ¡Dios iba abriendo camino en medio de aquella selva oscura! Inexplicablemente y de forma providencial es liberado de su condena a muerte y se le otorga la libertad.
No sólo se le habían abierto las puertas de la cárcel, sino que también, a través de los signos, había brillado un rayo de esperanza en medio de la tormenta de todos esos grandes nubarrones. Pronto monseñor Lefebvre dirige una carta al convento de carmelitas de Lisieux. Por aquel entonces estaba de priora la madre Genoveva de Santa Teresa; otra santa, de la cual nos dirá santa Teresita que guardaba como una reliquia el pañuelo en que había recogido su última lágrima. La respuesta fue rápida y decidida. El 1 de julio de 1861 tres religiosas salían para Indochina y el 15 de octubre de ese mismo año se inaugura el primer Carmelo de Oriente en la ciudad de Saigón. Se cumple la promesa de santa Teresa, y Dios fue “grandemente glorificado”, porque en poco más de cien años han brotado de él unos cuarenta monasterios. Al celebrarse el primer centenario, un periódico no católico de Saigón, Dong Nai, hacía este comentario: “Por los pecados y delitos que cada uno de nosotros puede cometer, sabemos que hay una religiosa encerrada en un monasterio de clausura que está expiando por nosotros”.
La semilla caía en tierra buena y todos estos relatos enardecían más cada día esos vehementes deseos que la joven religiosa sentía por la salvación de las almas. «Desearía ser enviada al Carmelo de Hanoi para sufrir mucho por Dios. Si me curo, quisiera ir allí para vivir enteramente sola, sin alegría ni consuelo alguno en la tierra. Ya sé que Dios no necesita de nuestras obras, y aun estoy segura de que allí no prestaría yo servicio alguno, pero sufriría y amaría. Esto es lo que cuenta a los ojos de Dios» (Últimas conversaciones, 15 de mayo).


LAS LECTURAS

Alimentaba esta aspiración permanentemente leyendo todo aquello que a sus manos llegaba referente a las misiones y a los misioneros. La hermana mayor, sor María del Sagrado Corazón, afirma de ella: “Leía con avidez la vida de los misioneros, porque en ellos encontraba la expresión de sus propios deseos” (Sr. Marie del S.C.). Y ella misma lo afirma en una carta que escribe al P. Roulland: «He leído, después de vuestra partida, la vida de varios de vuestros misioneros [de las Misiones Extranjeras de París]. Leí, entre otras, la de Teófano Venard, que me interesó y emocionó sobremanera» (carta al P. Roulland).
Su corazón se identificaba con los pensamientos y las acciones de los misioneros, vibraba con ellos; así le acontece al leer la vida del joven mártir de Tonkín: «Reflejan mis propios pensamientos, mi alma se parece a la suya» (Apéndice II). Los mártires son siempre testigos elocuentes, que nos hablan con su vida hecha palabra de fuego.


SENTIR CON LA IGLESIA
(La misión desde dentro, desde el alma, desde la oración)

Santa Teresa de Ávila nos deja como testamento la herencia del amor a la Iglesia, a la que ama y en la que desea morir. Teresa de Lisieux vive en profundidad este amor. Tomando la imagen de san Pablo, contempla a la Iglesia como ese cuerpo místico, con diversos y distintos miembros, pero que participan todos de una misma vida, que es Cristo. Todos debemos ser canales para que a todas las partes de ese cuerpo llegue la savia de la sanación y la salvación.
Todos podemos ir prendiendo en el mundo pequeñas lámparas con la luz que arde en nuestras vidas. La madre Inés de Jesús —su hermana Paulina— nos cuenta esta confidencia: “Sor María de la Eucaristía quería encender los cirios para una procesión. Mas no disponiendo de cerillas, se acercó a la lamparilla que ardía ante las reliquias. La encontró medio apagada, con un débil resplandor sobre la mecha carbonizada. Logró, con todo, encender su vela y con ella pudo dar fuego a todas las de la Comunidad... Fue aquella llama, casi extinguida, la que produjo aquellas bellas luminarias, las cuales, a su vez, podrían comunicarse a otras infinitas e iluminar el mundo entero... Y todo se debería a la primera lamparilla que originó este incendio. Lo mismo sucede con la comunión de los santos. Frecuentemente, sin que lo sepamos, las gracias y bienes que recibimos son debidas a un alma escondida, porque el Señor, en su bondad, quiere que los santos se comuniquen recíprocamente la gracia por medio de la oración... Cuántas veces he pensado que todas las gracias que he recibido se las debo a la oración de un alma que pudo pedir por mí a Dios y a la que yo conoceré solamente en el cielo" (Últimas conversaciones, 15 de julio).
«La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos los órganos; comprendí que tenía un corazón, y que este corazón estaba abrasado de amor; comprendí que el amor únicamente es el que imprime movimiento a todos los miembros, que si el amor llegase a apagarse, ya no anunciarían los apóstoles el Evangelio, y rehusarían los mártires el derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares porque es eterno. Y exclamé en un transporte de alegría delirante: ¡Oh Jesús, Amor mío, al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me correspondía en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh Dios mío!, que me habéis señalado Vos mismo; en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos» (Manuscritos, cap. XI).
Su vivir es Cristo y para Cristo. Ha encontrado su razón de ser en plenitud. Su vida y su muerte, sus alegrías y dolores...; le da igual, porque todo ha sido ofrecido, desde el amor, a fin de ganar almas para Cristo. De ella, y con toda exactitud, podemos decir que “en poco tiempo, hizo grandes cosas”.


CON LOS SACERDOTES MISIONEROS

Hoy, casi todas las misiones, de un modo u otro, participan de algún tipo de “hermanamiento”, sintiéndose apoyadas espiritual y materialmente por aquellas comunidades o grupos que viven la inquietud misionera. Santa Teresa del Niño Jesús hizo de su vida una respuesta, y una entrega generosa de su vida de oración y de sus muchos sacrificios, ofreciendo sus dolores para aliviar a los misioneros. Al entrar en el Carmelo es plenamente consciente de que lo hace «para salvar las almas y especialmente para orar por los sacerdotes» (Manuscritos, cap. VII). «Estoy convencida—nos dirá más tarde— de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ellos los pobres misioneros, que ni tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos» (Apéndice II).
Le apasiona la idea de considerarse hermana espiritual de los misioneros. Su “Santa Madre Teresa” —como ella la llamaba— le concede, en 1895, la gran alegría de confiarle a sus oraciones y sacrificios la vocación misionera de Mauricio Bellièr, joven seminarista de los Padres Blancos, que posteriormente sería misionero en África. Un segundo hermano misionero fue el P. Roulland, de las Misiones Extranjeras de París, quien antes de partir a las misiones de China, mantuvo una larga conversación con ella en el locutorio. De esta manera vivía cada día con mayor intensidad los éxitos y las dificultades de los sacerdotes que trabajaban en esos campos alejados, entre aquellos que todavía no conocían la verdad del Evangelio, y por quienes tanto rezaba y se sacrificaba.
La misión no le era una cosa lejana. Las lecturas y, especialmente, la correspondencia con estos sus dos hermanos misioneros mantenían siempre vivo el fuego que en su interior ardía por la evangelización de esos pueblos, lejanos en la distancia, pero muy cercanos en la capilla y en todas las estancias del convento, dondequiera que ella se hallase. El recuerdo de sus hermanos estaba siempre presente. Un día la veían caminar con mucha dificultad por .el jardín, tratando de disimular el dolor en su rostro y, después de contemplarla e interpretar su cansancio, una de sus hermanas de comunidad la invitó a sentarse. «¿Sabe lo que me da fuerzas? —contestó—. Pues ando por un misionero. Pienso que allí, muy lejos, puede haber alguno casi al cabo de sus fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios» (Apéndice II). Se conservan dieciséis cartas dirigidas a los que eran su prolongación en esos países. Era su gozo y felicidad el participar en sus penas y alegrías, el contribuir a santificar su alma y salvar las de los otros. En todas nos ha dejado la transparencia de un corazón abrasado por la sed de que todos conozcan la Buena Nueva y de que los misioneros se santifiquen en sus tareas evangelizadoras. En aquella tarde lluviosa, 30 de septiembre, en que la agonía se prolongaba, le decía a la madre priora: «¡Madre mía! Os aseguro que el cáliz está lleno hasta los bordes. No, jamás hubiera creído que era posible sufrir tanto... No puedo explicármelo sino por mi deseo máximo de salvar almas...».


MISIONERA DESDE LA ETERNIDAD
(«Yo no muero, yo entro en la vida»)

Un alma contemplativa es un anuncio escatológico de la vida que entra en la eternidad. Su vivir, alabando a Dios y conformándose con lo mínimo imprescindible, es una senda de santidad para esas vocaciones especiales a las que Dios retira del mundo para que, consagradas en plenitud y radicalidad a Él, vivan, en actitud de súplica, la inmolación de su vida ofrecida por la salvación de todos los hombres. En los conventos de clausura sólo se oye el eco de Dios, el deseo de Dios. Se vive para Él; identificadas con sus propios deseos, estas almas escogen la vocación del amor, que «encierra todas las vocaciones..., que abarca todos los tiempos y lugares porque es eterno» (Manuscritos, cap.,XI), porque «el más pequeño movimiento de puro amor es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas» (carta al P. Roulland).
Un día, la madre Inés de Jesús le enseñó un pasaje de los Anales de la Propagación de la Fe donde aparecía una santa junto a un niño recién bautizado, y al verlo exclamó: «Más adelante yo bajaré con ella, junto a los niños bautizados» (Últimas conversaciones, 15 de junio).
En una de las cartas que escribe al P. Roulland, presintiendo ya que su salud se hallaba resquebrajada, le hace esta confesión: «Con gozo le anuncio mi próximo ingreso en el cielo... Lo que me atrae a la patria celeste es la esperanza de amar finalmente a Dios de la manera que tanto he deseado y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una muchedumbre de almas que lo glorificarán eternamente.»
En su tumba de Lisieux leemos, como epitafio, una de las últimas frases que le escucharon poco antes de su muerte: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra».


PATRONA DE SAN PEDRO APÓSTOL

Teresa de Lisieux nunca salió de clausura, ciertamente; sin embargo, se hace presente con sus oraciones y sacrificios en todas las misiones del mundo, y es tan grande su deseo que quiere ser misionera desde la creación y seguir siéndolo hasta «la consumación de los siglos». En su corazón, abierto hacia el Infinito, caben todos, sin límites de tiempo.
«He pedido la gracia de hacer el bien después de mi muerte, y ahora estoy segura de haberla conseguido porque por medio de esta Novena [que hizo a san Francisco Javier] se obtiene todo aquello que se desea» (Sr. Marie del S.C.).
El Papa Pío XI, a quien se le ha conferido el título de “Papa de las Misiones”, declara a santa Teresa del Niño Jesús Patrona y Protectora a perpetuidad de la Obra de San Pedro Apóstol el día 29 de julio de 1925; posteriormente, el 14 de diciembre de 1927, es declarada también Patrona principal de todas las misiones y de todos los misioneros y misioneras del mundo, al igual que san Francisco Javier, “por razón del grandísimo ardor y celo que la consumía por dilatar la fe” (AAS, XX-1928).
Pasado ya el primer centenario de tu muerte, tu «ingreso en el cielo», volvemos nuestra mirada hacia ti, Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol. Nos enfrentamos al reto de la “nueva evangelización”. Hemos traspasado el umbral del Tercer Milenio, enrojecido con la sangre de los mártires que han permanecido fieles en su misión junto a los más pobres y desheredados. Hemos entrado en él con un nuevo desafío: LAS VOCACIONES NATIVAS. No queremos eludir nuestra responsabilidad: sabemos que nos exige sacrificios, oraciones y generosidad; pero también deseamos contar contigo, que nos prometiste: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra».

(Illuminare, nº 340, abril 1997)

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