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martes, 24 de diciembre de 2013

LA SEÑAL: UN NIÑO POBRE


Noche Buena (Lc 2, 1- 14) - Ciclo A
Por José Enrique Galarreta

Lucas nos muestra aquí un ejemplo perfecto del género literario “Evangelio”. Esto consiste en “contar lo que sucedió, aunque los ojos no lo vieron”. Lo que vieron los ojos fue un nacimiento en condiciones materiales penosas. Lucas “sabe más” (cree), y sabe que sucedió más: la gran alegría para todo el pueblo; ha nacido el salvador.

La presencia de Dios suscita en los pastores temor: es característico de todo el Antiguo Testamento. El ángel muestra ya el cambio de situación: no temáis, Dios es el Salvador. Y el anuncio se hace ante todo a unos pastores. Los pastores eran gente marginal, incluso mal vista: su oficio es sospechoso. El primer anuncio de Jesús se hace a “pecadores”, a gente tenida por tales.

No podemos leer estos textos como si fueran simplemente relatos de lo que sucedió. En todos estos textos de la infancia de Jesús, la historia tiene menos importancia que el significado de lo que está sucediendo.

La señal es un niño pobre, nacido en lo marginal de un pueblo pobre, anunciado a gente marginal. No en Jerusalén, no en el Templo, no en la clase levítica o sacerdotal, no de padres fariseos. Hijo de trabajadores pobres, anunciado a despreciados pastores, su primera cuna es un pesebre.

Hemos contemplado muchas veces esto y hemos admirado –quizá– la humildad y la pobreza de Jesús y su familia. Pero todo esto está narrado por Lucas con un calificativo: todo esto es la señal. En esa señal reconocemos la presencia de Dios salvador.

Hay varias y significativas señales en este acontecimiento, tal como Lucas lo narra. La marginalidad de José y María, que no encuentran posada en Belén. Son demasiado pobres, o el lugar es un sitio demasiado público para que María dé a luz. Sea como sea, el pesebre muestra claramente que Jesús nació en una cuadra. Es de noche cuando nace Jesús. Y se hará de noche en pleno día cuando Jesús muera en la cruz.. El signo de Jesús va a ser la luz: signo que revela a Dios. La reacción de los pastores ante la presencia de lo divino es el temor: pero Jesús va a librarnos del temor a Dios. Jesús va a mostrar “otro Dios” que no inspira temor.

Una señal, que Jesús nazca así es una magnífica señal. Jesús “nace con buen pie”. Si hubiera nacido en Jerusalén, en el Templo, hijo de sacerdotes o de reyes, todos podríamos decirnos: “más de lo mismo”, Dios se hace presente en el poder, en lo sagrado, en lo ritual, de arriba abajo, entre inciensos y aclamaciones de los de siempre… más de lo mismo. Pero Jesús no es más que niño pobre e indefenso, sin más protección que el cariño de sus padres, sin más adoradores que cuatro marginados.

Es notable el contraste entre la miseria de la cuadra donde María ha dado a luz y los pastores con la Gloria Divina y el coro de los ángeles cantores. Y es precisamente ese contraste lo que nos sirve de mensaje, lo que nos lleva a la pregunta clave de la Nochebuena: ¿dónde está tu Dios?

El signo de los signos en la Nochebuena es la luz en medio de la noche. Hemos entendido la luz de forma teatral, barroca: del pesebre salían rayos de luz, Jesús resplandecía, como Dios resplandece… Lo que resplandece es la pobreza de la familia de Jesús, la trivialidad del acontecimiento, la marginalidad de los que reciben el mensaje.

En la narración de Lucas, todo es sorpresa, todo es contraste. El nacimiento de Jesús está sometido a un edicto de los opresores romanos. La descendencia del Rey David ha venido a menos y ni en Belén son nadie. El parto les coge de sorpresa y no pueden disponer un lugar decente para que nazca el niño. Y no se entera nadie, más que los más pobres del contorno.
Pero la Gloria del Señor resplandece en todo eso. Como resplandecerá en toda la vida de Jesús.

A nosotros nos complace reconocer la presencia de Dios en el poder y en lo extraordinario. Creemos reconocer la divinidad de Jesús en sus milagros, nos parece lógico que camine sobre el mar y calme las tempestades, nos parece razonable que resplandezca físicamente en la Transfiguración… Y deberíamos reconocer la presencia de Dios en la falta de poder de Jesús, en su fatigoso caminar de pueblo en pueblo, en su terror en Getsemaní, en su no-poder bajar de la cruz.

Nos parecería razonable que ante Dios se postren todos los reyes de la tierra y que se le rinda culto con inciensos y cánticos en los santos templos. Pero Jesús se pasa la vida con los marginales, es rechazado por el Templo y sus servidores y morirá condenado a muerte por blasfemo y abandonado hasta de la mayoría de los suyos.

La señal de Dios no es el resplandor ostentoso, el poder a la manera humana, la grandiosidad del templo. Lo que resplandece es la sencillez, su poder es la compasión que le lleva a curar, su templo son sus amigos pobres. El nacimiento de Jesús, desapercibido para todos los poderes y anunciado a los marginales, es la señal de que todo ha cambiado. Es la señal de que, por fin, Dios está con los que le necesitan, de que Dios está para salvar, no para oprimir.

Y ningún poder opresor tiene nada que ver con Dios, ni el opresor civil ni el opresor de las conciencias. Hará muy bien Herodes en intentar matar al niño. Harán muy bien, treinta y pico años más tarde, los sacerdotes en matarlo. Herodes y los sacerdotes, reconocerán muy bien la señal y su peligro. Dios no está con ellos para asegurar su poder, sino con las víctimas de su poder para liberarlos.

Es asunto nuestro reconocer la señal. Es asunto nuestro sentir alegría o escándalo ante esta señal. Jesús va a ser alegría para los marginales y escándalo para los poderes, especialmente para los poderes religiosos. Pero va a ser sobre todo liberación.

Reconocer la señal depende, antes que nada, de que sintamos necesidad de liberación, de que nos sintamos oprimidos. Si nos sentimos oprimidos por nuestros pecados, reconoceremos con gozo a Jesús libertador. Si nos sentimos oprimidos por una religión de temor, de preceptos y misterios, de poderes sagrados, lo de Jesús romperá nuestras cadenas. Si tenemos miedo a Dios, el Dios de Jesús será para nosotros Buena, estupenda, Noticia.

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VIVIR LA ENCARNACIÓN DE DIOS EN JESÚS Y EN TODOS NOSOTROS


NOCHEBUENA (Lc 2, 1- 14)
En la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

Decía Heidegger: “Todo discurso sobre Dios que no proviene del silencio y no conduce al silencio, no puede ser auténtico”. La realidad que estamos celebrando, no debemos afrontarla desde el discurso racional, sino desde la vivencia personal. Es hora de poner en práctica lo que tantas veces me habéis oído: Dios viene de dentro, no de fuera.

Lo mismo que el domingo pasado, debemos tener en cuenta que el relato de Lucas no es una crónica de sucesos, sino teología narrativa que es algo muy distinto. Jesús vivió en un momento y en un lugar histórico, pero lo importante es que nos invitó a vivir la realidad de un Dios que no está atado a un tiempo ni a un espacio, sino que está siempre ahí.

Lo importante de este relato es la idea de Dios que trata de comunicarnos. La profundización no es nada fácil, porque exige una actitud personal de silencio y de escucha. Desde fuera, es muy poco lo que se puede ayudar a esta tarea.

Lo primero que quiere dejar claro el evangelista es, que Jesús se inserta plenamente en la historia universal. Nadie puede poner en duda su condición humana: hay un censo oficial al que están sujetos como cualquier mortal, sus padres. Pero importa poco que los datos sean o no exactos. Lo único que nos interesa es la intención de Lucas, es decir, conectar la buena noticia (evangelio) con Jesús que nace en un lugar y en un momento de la historia.

A nosotros hoy lo que de verdad nos cuesta es descubrir al Jesús humano que nos puede servir de modelo.

Para Lucas, de mentalidad helenista, Dios está en el cielo. Si quiere hacerse presente, tiene que bajar. Viene a salvar a los pobres y empieza por compartir su condición. La salvación se hará desde abajo. Pero solo la encontrará el que está en camino, el que está buscando, no los que están instalados cómodamente en este mundo. No lo encontrarán en el bullicio de las relaciones sociales del día, sino en el silencio de la noche.

Decir que es el primogénito, significa que, de entrada, está consagrado al Señor.

Los dioses tienen sus intermediarios. Estos se ponen en acción y quieren anunciar el acontecimiento. ¿Quién estará preparado para escucharlo? Sólo los pastores, la profesión más despreciada y marginada de la sociedad. La salvación se anuncia en primer lugar a los oprimidos. Los demás están descansando, dormidos; no necesitan ninguna salvación.

El anuncio es una buena noticia. Dios es siempre buena noticia. No hagáis nunca caso al que anuncie calamidades en nombre de Dios. La noticia es que Dios viene para salvarnos. “Os ha nacido un Salvador”. Los pastores salen corriendo. ¿Dónde podrán hallarlo? No será fácil encontrarlo. Alguna pista: un niño en un pesebre (comedero) semidesnudo y entre pajas, él mismo es alimento (apuntando a la eucaristía), acompañado por sus padres que no dicen nada. ¿Qué podrían decir? Además, cuando Dios decide enviar su Palabra a los hombres, resulta que nos envía a un niño que no sabe hablar.

La salvación es para todo el pueblo, no para los privilegiados del momento. No en Jerusalén, sino en la ciudad de David. Él viene a destronar a los poderosos, pero se presenta como uno de los pobres y oprimidos. Esto es la causa de la alegría en el cielo y de la alabanza a Dios en la tierra. Los pastores proclaman la buena noticia. Entre los que escuchan, sorpresa. Dios no sigue los cauces que los dirigentes y el pueblo entero esperan desde hace siglos. Dios se encuentra lejos de las instituciones, lejos del templo.

Con esto, el evangelista no está dando los primeros pasos de una biografía, sino poniendo los fundamentos de una teología. Un discurso sobre Dios, que Lucas identifica con una persona humana de carne y hueso.

Desde la perspectiva de lo que es una biografía en nuestro tiempo, tendríamos que decir: no sabemos nada; ni dónde nació, ni cuándo, ni cómo. Por el contrario, tenemos suficientes elementos de juicio para saber que no pasó nada extraordi­nario desde el punto de vista externo. Ni María ni José ni nadie se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo allí. Nació como todos los niños. Fue un niño normal. Un niño tan “divino”, como todos.

Cuando Jesús empezó su vida pública, decían sus vecinos: “¿No es este el hijo de José, su madre no se llama María, sus hermanos no viven con nosotros? ¿De dónde saca todo eso?”. En otra ocasión su madre y sus hermanos vinieron a llevárselo porque decían que estaba loco. ¿Se habían olvidado de los prodigios de su nacimiento?

Y sin embargo aquello era el comienzo de todo. Allí empezaba Jesús su andadura humana, que iba a ser capaz de hacer presente a Dios entre los hombres. Era Emmanuel (Dios-con-nosotros) y era Jesús (salvador). Nacimiento, vida y muerte de Jesús, forman una unidad inseparable. Es importante su nacimiento por lo que fue su vida y su muerte.

Hizo presente a Dios, amando, dándose, entregándose a los demás. Eso es lo que es Dios. Salió a su Padre. Es Hijo de Dios. Como pasó con todos los grandes personajes anteriores a él, se hace la biografía de la infancia desde la perspectiva de su vida y milagros.

No nos quedemos en las pajas y vayamos al grano. La importancia del acontecimiento se la tengo que dar yo, aquí y ahora. Dios no tiene que venir de ninguna parte, ni puede estar en ninguna parte más que en otra. Dios está donde nosotros le descubramos y le hagamos presente.

Dios está donde hay amor. Allí donde un ser humano es capaz de superar su egoísmo y darse al otro. Allí donde hay comprensión, perdón, tolerancia, humildad; allí está Dios. Dios no será nada si yo no lo hago presente con mi postura ante los demás.

El único objetivo de esta fiesta es que aprendamos a amar. Que aprendamos a salir de nosotros mismos y seamos capaces de ir al otro. El verdadero amor es el resultado del nacimiento de Dios en mí, en todo ser humano, en todo niño recién nacido; también en aquellos que en este momento están muriendo de hambre o de cualquier enfermedad perfectamente curable. Mueren porque nosotros preferimos adorar un muñeco de cartón, antes que aceptar que cualquier recién nacido es divino porque en él reside Dios.

En la liturgia de la noche se destaca sobre todo la sencillez de esa presencia de Dios. Un niño unos pastores, un pesebre. Dios llega a nosotros de una manera callada, sin ruido, en la noche y sin más testigos que unos padres primerizos asustados.

La mejor manera de sacar provecho de esta vigilia, sea el seguir con atención la celebración y, con sencillez, dejarnos empapar de las profundas ideas que se van desgranando en ella.

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domingo, 15 de septiembre de 2013

PARA DIOS NADIE ESTÁ PERDIDO

Domingo XXIV del T.O. - Ciclo C (Lc 15, 1-32)

Hoy leemos el capítulo 15 de Lucas, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos y letrados critican a Jesús por esto. Las parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones.

Los fariseos tenían una idea equivocada de Dios. Pensaban acercarse a Él a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos con el culo al aire cuando el evangelio nos dice que es Él el que nos está buscando siempre. No se trata aquí de la conversión del pecador, sino de la bondad absoluta de Dios para con nosotros.

A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los "pecadores" se acercaban a Jesús para escucharle. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable.



Los fariseos y letrados (los buenos) se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los "malditos". El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos. Toda la religiosidad que nace de esta concepción equivocada de Dios es también equivocada.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación, es decir, que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religión, porque ese ídolo es fruto de nuestros intereses egoístas que pretenden manipular a la divinidad.

El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que "convertirnos" a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.

Las tres parábolas van en la misma dirección. No solo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar del corazón humano. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Seguimos pensándolo como el que premia y castiga.

En los conceptos religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios. Pero si estamos atentos podemos descubrir en su mensaje, rasgos definitivos del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.

Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que lo que fueron capaces de expresar los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que Dios es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. El concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha debemos superarlo. Dios no "hizo" el mundo en un momento determinado. La creación es la manifestación de Dios que no exige un principio temporal.

El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (ágape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de "buenos" y "malos". La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible con el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque seamos buenos, al contrario, seremos "buenos" si hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Si somos "malos", es porque no hemos descubierto a Dios como base y fundamento de nuestro ser.

Alguno puede pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, aunque no puede afectarme hasta que yo no la acepte y la haga mía. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al contrario, la actitud de Dios para conmigo, tiene que ser el motor de cambio en mí.

La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unido al pecado. Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.

Dios sólo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si nosotros amamos a unas criaturas y no a otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios cuando hablamos de su perdón como un acto.

Tenemos que cambiar el concepto de pecado como ofensa a Dios. Es ridículo pensar que podamos ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los "malos", se debe a nuestro concepto de pecado. Lo identificamos con la persona misma y no somos capaces de descubrir que la persona es una cosa y su postura y sus acciones otra muy distinta.

El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para que la voluntad se incline hacia un objeto, tiene que presentarlo el entendimiento como bueno. Claro que el entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Por eso, para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento.

Si las reflexiones que acabamos de hacer, son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos de la confesión como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo. Esa aceptación lleva consigo un proceso interno, que es lo que intenta la confesión sacramental al facilitar la apertura a ese amor de Dios que solo llega a nosotros cuando nos abrimos a Él.



Meditación-contemplación

Que Dios pudiera amar a los pecadores, era impensable para los fariseos.
Esta actitud hace imposible toda relación con el Dios de Jesús.
Si no vivo el amor de Dios como pura gratuidad,
será imposible responder a ese amor y vivirlo.
.....................

El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
No puedo hacer nada para merecerlo o para evitarlo.
Todo lo que soy, tiene como fundamento ese don gratuito de Dios.
Lo que se me pide, es dejar que ese Ágape se manifieste a través de mí ser.
.......................

Tengo que dejarme encontrar por ese Dios que está siempre buscándome.
Tengo que sentir su fuerza y dejar que me inunde.
Dios en mí, es energía trasformadora.
Todo mi ser debe convertirse en esa energía que es Dios.

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SENTIR QUE DIOS NOS QUIERE: Domingo XXIV del T.O. - Ciclo C (Lc 15, 1-32)

De las tres parábolas que se contienen en el capítulo 15, solamente la oveja perdida tiene un paralelo en los sinópticos (Mateo 18.12), y una amplificación en "El buen pastor" de Juan 10. La moneda perdida y el hijo pródigo están sólo en Lucas, y produce sorpresa que estos mensajes que nosotros consideramos tan reveladores de Jesús no aparezcan en ninguna otra parte. Los expertos más radicales llegan a afirmar que la parábola del Hijo Pródigo sea una amplificación redaccional lucana sobre la línea general del perdón expresada por Jesús. Pero esta teoría no ha tenido apenas aceptación.

Como todas las parábolas, están tomadas de la vida cotidiana y buscan la identificación del auditorio (¿quién de vosotros?). Su contexto vital es la permanente discusión con los fariseos y escribas, que reprochan a Jesús su trato con pecadores. En este sentido, la situación vital es la misma que la del banquete en casa de Leví, y su mensaje es el mismo de "no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos", con su velada ironía respecto a los "sanos".



Las dos pequeñas parábolas, de la oveja y de la moneda son paralelas, tienen el mismo mensaje. Llama la atención en ellas la pasividad del encontrado (la oveja, la moneda). No son parábolas de conversión sino revelaciones del corazón de Dios.

Son, por otra parte, parábolas paradójicas, especialmente para aquellos a quienes se dirigen - fariseos y letrados - porque ofrecen una imagen de Dios sorprendente para su mentalidad. Los escribas y fariseos que aparecen en los evangelios representan una religiosidad perfectamente razonable: Dios está con los buenos, los buenos son los que cumplen la ley de Dios, nosotros cumplimos la ley de Dios, nosotros somos los buenos, Dios está con nosotros. Lo más que se puede pedir de Dios es que esté dispuesto a recibir al que se convierte.

Jesús va más allá. El pastor y la mujer preocupados por lo que han perdido son una imagen de Dios más atrevida. No es que Dios esté dispuesto a recibir al pecador "si se convierte", sino que Dios es un activo buscador de algo suyo que ha perdido.

Una vez más, Jesús está desmontando la imagen de Dios-Juez. Nada más opuesto a la imagen del juez que la figura de la mujer pobre que se vuelve loca de alegría al encontrar su monedilla hasta el punto de hacer el ridículo alborotando a toda la vecindad por algo tan insignificante. Esto nos lleva a dos consideraciones.

En primer lugar. Nuestra fe se basa en la Palabra. Conocemos de Dios lo que Dios ha dicho de sí mismo. Pero nuestra mente es orgullosa, y se permite definir a Dios y especular sobre Dios. Puede hacerlo hasta cierto punto, pero puede engañarse y crear ídolos, dioses a su imagen y semejanza.

El problema está en que no comparamos las creaciones de nuestra mente con La Palabra, para verificar si acertamos, sino que sometemos la Palabra a las creaciones de nuestra mente. Y así llegamos a la definición de Dios como Juez Misericordioso (juez más bien blando).

Pero Jesús no habla de Dios juez en el sentido jurídico judicial. Las imágenes de estas dos parábolas lo dejan muy claro. Tampoco hace Jesús definiciones de Dios en sí, sino de cómo se porta Dios con nosotros. Pero nuestra razón investiga sin descanso la esencia de Dios, hasta el punto de que las mayores fracturas de la Iglesia se producen en este campo, y nos hemos rechazado como herejes ante todo por cuestiones de comprensión de la esencia divina. ¿No sería importante, quizá necesario, volver a una teología más evangélica y menos elucubrativa?

En segundo lugar. Jesús propone estas parábolas para defenderse de una acusación de los fariseos y letrados. Jesús justifica su propia actuación. Come con pecadores porque quiere rescatarlos. Toma la iniciativa del médico que se acerca al enfermo porque el enfermo le necesita, porque quiere curar.

Nosotros entendemos así muy bien el corazón de Jesús, sus sentimientos, su actitud ante las personas. Y nuestra fe consiste en subir desde ahí hacia Dios. No pensamos que Jesús es así simplemente porque es un buen hombre: creemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu de Dios.

Por eso, el que ve a Jesús ve cómo es Dios. Creemos que Dios es así porque lo vemos actuar en Jesús. Este es un pilar de la fe cristiana: Jesús revelación de Dios. Es al revés que el ingenuo planteamiento del libro del Éxodo, cuando Moisés aplaca a Dios airado, o el del Génesis, cuando Abrahán regatea con Dios por la salvación de los pocos justos de Sodoma. Dios es el bueno: Jesús es bueno porque el Espíritu de Dios estaba con él. El Padre es el Salvador: Jesús es salvador porque se parece a su padre. Jesús es capaz de dar la vida porque el padre es capaz de dar la vida, y no, desde luego, porque el Padre exija sangre para aplacarse.

Es de radical importancia que reflexionemos cómo nos sentimos ante Dios. En muchos de nosotros predomina la sensación de siervo de un Amo Poderoso a quien hay que obedecer. Si esto es así, no hemos recibido la Buena Noticia, la mejor de las noticias: Dios te quiere, y está dispuesto a cualquier cosa por ti. Toda la vida espiritual de un cristiano nace de aquí: sentirse querido por Dios, como nos sentíamos queridos por nuestra madre. Sin esta base, toda nuestra vida espiritual se ve falseada, y nuestra relación con los demás también.

Si el Primer Mandamiento es amar a Dios y al prójimo, esto significa que o fundamos todo, nuestra relación a Dios y a los demás, sobre el amor, o no hemos entendido nada. Pero cada cosa en su sitio: el amor de Dios, saber, sentir que Dios me quiere, es la fuente. De ahí nace todo lo demás.

El amor de Dios no es una evidencia, es un acto de fe; a esta fe no podemos llegar con argumentos, no es una deducción de la lógica. A esta fe llegamos por la contemplación de Jesús, sólo así. Y es la esencia de la fe: creo en Jesús significa que me fío de él y acepto a Dios como él lo muestra, en sus palabras y en sus acciones. Y nosotros, cristianos viejos, seguimos oyendo la invitación primera de Jesús: "convertíos", cambiad, cambiad de Dios, abrir el corazón al amor de vuestra Madre.

Esto es aún más importante en nuestras situaciones de fallo, lo que llamamos pecado. La reacción normal de un cristiano normal es ante todo apartarse, sentirse indigno de acudir a Dios. La reacción normal es también sentir la necesidad de pedir mil veces perdón a Dios, la necesidad de pagar, de expiar. Una vez más, convertíos, cambiad: si estás enfermo, acudes rápidamente al médico. Dios madre, médico, pastor que recorre el monte en busca de la oveja, mujer que se afana en buscar la moneda... Es fuerte decirlo, pero sentirse pecador es la situación privilegiada para acercarse a Dios.

Una aplicación importante es nuestra concepción del sacramento de la reconciliación. Hasta tal punto lo hemos entendido con categorías del Antiguo testamento que le llamábamos "sacramento de la penitencia", porque dábamos más importancia a nuestra penitencia. "Sacramento de la reconciliación" suena mejor, pero aún parece que los dos amigos estaban enfadados. Se podrían usar otras fórmulas: sacramento del encuentro, sacramento del abrazo, sacramento del regreso... Cualquier cosa que sirva para entender y expresar que Dios no está enfadado, ni ofendido, ni airado, ni cosas de esas que decía el Antiguo Testamento. Dios está preocupadísimo, buscando afanosamente cómo sacarme del mal paso en que me he metido.

Y el sacramento no es un acto judicial en que un juez blando pasa por encima de la justicia y me perdona sin pagar nada. Es que me vuelvo a Dios y le encuentro, que me quiere como siempre, o más que antes, porque le necesito más. Hemos de recordar que el sacramento de la reconciliación no es para que Dios me perdone, sino para celebrar que Dios me perdona. No es una condición para que Dios me perdone, sino una fiesta porque Dios es siempre así y mis pecados no le hacen quererme menos sino más.




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jueves, 25 de julio de 2013

Homilia del Papa en Copacabana en Fiesta de la acogida JMJ 2013

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Homilía del Papa Francisco en el Santuario de Aparecida

APARECIDA, 24 Jul. 13 / 09:15 am (ACI).- Santa Misa en la Basílica del Santuario de Aparecida


Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas

¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro. Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.

Quisiera ante todo decirles una cosa. En este santuario, donde hace seis años se celebró la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver cómo los obispos —que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el discipulado y la misión— se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia.

Y, en efecto, puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María.

Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.

1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos.

Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza.

Cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas.

Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.

2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre?

Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.

3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3).

Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro» (Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).

Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre nuestra, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.

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domingo, 21 de julio de 2013

¿Podíais hablar más alto?

Domingo 15 Tiempo Ordinario – C

El problema de siempre.
Dedicarse a las ollas o quedarse sentada escuchando.
Meternos entre los ruidos de la vida o escuchar con el corazón.
Tener tantas cosas que hacer que no hay tiempo para escuchar.
Tanto escuchar a los además, que no hay tiempo para escucharnos ni escucharle a El.

Vivimos la cultura de las orejas ocupadas.
Porque ¿quién no va por la vida con unos auriculares en las orejas?
Hace unos meses, abrí como siempre, la puerta de la Iglesia a las seis de la mañana.
En esto entró un joven para mí desconocido.
Cuando miro hacia atrás lo veo bailando y me doy cuenta que llevaba unos auriculares.
Me acerqué a él, y no me hizo ni caso.
Al fin poco a poco lo fui sacando de la Iglesia y me di cuenta que era un loquito que andaba por todas partes.

Me quedé pensando: “Aquí hasta los locos llevan auriculares para bailar”.
Claro, con la música en las orejas no me escuchaba a mí.
Escuchaba su música.
¿Cuál era el problema de Marta y María?
Nadie duda de que el “servicio” es esencial para todo cristiano.
Tampoco nadie duda de que “escuchar” es fundamental.
El problema puede que esté:
Cuando el servicio nos absorbe y nos impide escuchar a Dios.
Como cuando el escuchar a Dios, o decir que le escuchamos, es motivo para no servir.

Jesús defiende la prioridad del “escuchar”.
No niega el “servicio”.
Sí llama la atención para que el “hacer” no nos absorba de modo que nos ponga nerviosos, tensos, con los nervios en punta, nos agote y no nos deje tiempo para escuchar.
En una ocasión escuché un comentario que, no sé si será muy bíblico, pero que puede tener su miga de razón: “Lo que Marta quiso decir fue: “Oye, Señor, ¿no podías hablar más alto para que también yo escuche desde la cocina?”

Ciertamente nuestro quehacer tiene que brotar de nuestro escuchar a Dios.
Jesús mismo dice: “Yo hago lo que el Padre me manda”.
Nuestro servicio ha de nacer de la palabra de Dios sonando dentro del corazón.
Solo de esa manera nuestro hacer deja de ser un “activismo despersonalizador”.

El dedicar un tiempo para “escuchar a Dios y hablarle a Dios” es necesario para que la vida no se vacíe.
Cuando decimos que no tenemos tiempo para “estarnos a solas con Dios”, quedamos absorbidos por las cosas que terminan destrozando nuestros nervios.
Cuando decimos que no tenemos tiempo para “estar a solas con Dios y nosotros mismos”, el “hacer nos esclaviza”. Y terminamos agotados sin poder hacer todo lo que teníamos que hacer.
Algunos desearían que el día tuviese más horas.
Estaríamos en las mismas, tampoco tendríamos tiempo para “hacer” ni para “escuchar”.

La armonía con nosotros mismos y con Dios, está en la armonía de saber distribuir nuestro tiempo:
Tiempo para servir.
Tempo para escucharle a El.
Tiempo para servir a los demás.
Tiempo para escuchar a nosotros mismos.
Tiempo para hacer.
Tiempo para escuchar.
De lo contrario, Dios tendrá que hablar más alto para que le escuchemos también entre el ruido de las cosas.
Y a Dios le gusta hablar sin gritar.
A Dios le gusta hablar en silencio.

¿Cuánto tiempo dedicamos al “hacer”?
¿Cuánto tiempo dedicamos al “escuchar”?
De todo modos:
Antes de hablar de él, primero escuchémosle.
Antes de hablar a los demás, primero escuchémonos a nosotros.
Antes de hablar a los demás, primero escuchémosles a ellos.
La escucha no es un monólogo sino que tiene que ser un diálogo.
Quien no escucha termina diciendo tonterías.
Quien no escucha termina en que nadie le hace caso.
Porque quien no escucha la vida no puede hablar de la vida.
Quien no escucha a Dios no puede hablar de Dios.

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viernes, 21 de junio de 2013

¿ERES "ALGUIEN" O "NADIE"?

XII Domingo del T.O. - Ciclo C (Lc 9, 18-24)

No es fácil distinguir, en los textos evangélicos, lo que provendría directamente de Jesús y lo que es elaboración posterior de la comunidad o del propio autor del evangelio.
En un cierto sentido, tampoco resulta "decisivo", por cuanto el valor de la "palabra sagrada" radica en los "ecos" o resonancias que despierta en el lector. Cuando, gracias al "diálogo" entre texto y lector, salta la "chispa" que anima a vivir y a salir del propio ego, eso es la "inspiración".
Y la palabra que produce tal efecto, es "palabra de Dios", venga de donde venga. Dicho de otro modo: Un texto es "sagrado" porque nos ayuda a vivir "sagradamente" (espiritualmente), es decir, nos ayuda a vivir el compromiso, la desapropiación y el silenciamiento (del ego): eso es vivir en plenitud.
Sin embargo, en otro sentido, siempre que sea posible, ayuda distinguir entre lo que sería propio de Jesús y las lecturas posteriores de la comunidad, para recuperar la novedad y el frescor de las palabras del maestro.
Con respecto al texto que leemos hoy, es probable que, en algún momento, Jesús hiciera esa pregunta a sus discípulos. Pero, sin duda, la tradición "rehizo" aquella situación, transformándola en una catequesis sobre el mesianismo del Maestro.

Para el lector actual, pueden seguir resonando la pregunta y la conclusión del relato.


"¿Quién dices que soy yo?". ¿Quién es Jesús para mí? En la respuesta a esa pregunta influirán, inevitablemente, distintos factores de tipo psicológico, cultural, religioso... Entre ellos, ocupará un lugar destacado el nivel de consciencia de la persona y el "idioma" en el que se mueva.

La respuesta que brota en mi interior, al oír esa pregunta, no es distinta al saludo utilizado en diferentes culturas: "Tú eres otro yo". En la perspectiva no-dual, Jesús es espejo que refleja lo que somos todos. Al verlo a él, nos vemos a nosotros mismos, porque los diferentes rostros son, en realidad, un solo Rostro.
Y, tal como lo veo, a esto apuntan precisamente las palabras de Jesús con las que concluye el relato: "El que quiera salvar su ego, pierde la vida; pero el que pierde su ego, salva la vida". Lógicamente, la comunidad tuvo que añadir el "por mi causa", para subrayar su unidad en torno al seguimiento del Maestro.
Pero las palabras de Jesús no pueden ser más sabias: el único "pecado" de los humanos es creer que somos "alguien"; es decir, identificarnos con el yo o ego. Esa identificación nos hace "olvidar" nuestra verdadera identidad, a la vez que nos mantiene dentro de la cárcel de la confusión y del sufrimiento. No hay escapatoria: creerse "alguien" es sinónimo de sufrimiento.
La lógica del ego se basa en la adoración a uno mismo y se manifiesta como deseo de sentirse o llegar a ser "especial".
Si yo creo que soy "alguien" (un ego separado), me preocuparé por proteger a ese "alguien", sufriré cuando ese "alguien" se vea frustrado en sus expectativas, viviré a merced de las etiquetas ("me gusta" / "no me gusta"), y me tomaré las cosas "personalmente", porque la supervivencia, la imagen o el interés de "alguien" está en juego. Mientras no trascendamos esa necesidad de ser "alguien" –de identificarnos con el yo-, todos nuestros logros pertenecerán al ego.
Invertimos aquella lógica del ego haciendo que los demás sean el centro de nuestra preocupación. Ellos serán los que nos liberen de nuestra "importancia personal".
Con todo, una vez más, el problema de raíz es creer ser "alguien". Porque solo quien descubre ser "nadie", puede caer en la cuenta de que es Todo. "Alguien" siempre sufrirá; "nadie" es feliz.
¿Qué puede ayudarnos a desidentificarnos del yo y salir de la ilusoria creencia –porque es solo una creencia- de ser "alguien"? Ejercitarnos en situarnos en el Testigo, que observa todos los movimientos mentales y emocionales que aparecen en nuestro campo de consciencia, sin identificarse con ellos.
No tengo duda de que Jesús sabía de lo que hablaba por experiencia propia. Por eso, él no se creía "alguien", sino "Yo Soy", sin apropiación egoica.

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sábado, 25 de mayo de 2013

Encuentros con la Palabra: “Tengo mucho más que decirles”

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo C (Juan 16, 12-15) 26 de mayo de 2013

En una de las capillas de Vila Kostka, el Centro de Espiritualidad de los jesuitas cerca de Sao Pablo, Brasil, hay un inmenso mural inspirado en uno de los más famosos íconos de la Iglesia Oriental. El cuadro original, atribuido a Andrei Rublev, es de mediados del siglo XV y se conserva en Moscú. Representa un pasaje del libro del Génesis, cuando Dios se apareció a Abraham junto al encinar de Mambré: “El Señor se apareció a Abraham en el bosque de encinas de Mambré, mientras Abraham estaba sentado a la entrada de su tienda de campaña, como a mediodía. Abraham levantó la vista y vio que tres hombres estaban de pie frente a él. Al verlos, se levantó rápidamente a recibirlos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente y dijo: – Mi señor, por favor, le suplico que no se vaya en seguida” (Génesis 18, 1-3). Uno de estos tres hombres fue el que le reveló a Abraham la promesa de Dios, que dio origen a nuestra fe: “El año próximo volveré a visitarte, y para entonces tu esposa Sara tendrá un hijo. Mientras tanto, Sara estaba escuchando toda la conversación a espaldas de Abraham, a la entrada de la tienda. (...) Sara no pudo aguantar la risa y pensó: ¿cómo voy a tener este gusto, ahora que mi esposo y yo estamos tan viejos?” (Génesis 18, 10.12).


La característica de esta obra es que cada uno de los personajes mira en una dirección distinta. Comunica una teología trinitaria que podría ayudarnos a mejorar nuestra relación con Dios, uno y trino: El que representa al Padre, está mirando al Hijo. Con esta mirada se expresa el hecho de que Dios Padre nos regala al Hijo, para enseñarnos el Camino, la Verdad y la Vida (Cfr. Juan 14, 6). Por eso Jesús dice: “Salí de la presencia del Padre para venir a este mundo, y ahora dejo el mundo para volver al Padre” (Juan 17, 28). El Hijo, es la manifestación de Dios Padre para nosotros, tal como el mismo Jesús lo expresa a Felipe, en el Evangelio según san Juan: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14, 9).

Por su parte, el hombre que representa al Espíritu Santo, está mirando hacia un lado. Avizora el mundo, invitándonos a descubrir a Dios en la creación. Esta mirada expresa, además, la llamada a caminar siempre más allá de nuestras fronteras, para responder a la misión. El Espíritu es el que nos conducirá a la verdad plena: “Tengo mucho más que decirles, pero en este momento sería demasiado para ustedes. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá lo que oiga, y les hará saber las cosas que van a suceder. Él mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes” (Juan 16, 12-14).

Por último, el personaje que representa al Hijo, no le quita la mirada a quien contempla el cuadro. En cualquier lugar en el que uno se coloque en esta capilla, se siente mirado directamente a los ojos por Jesús. Él es el mediador entre Dios y su pueblo. Es el verdadero Pontífice (Puente) entre los seres humanos y Dios: “Porque no hay más que un Dios, y un solo hombre que sea el mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús” (1 Timoteo 2, 5).

Digámosle hoy a Dios, como le dijo Abraham aquel mediodía: “Mi señor, por favor, le suplico que no se vaya en seguida”. Sintamos la mirada de Jesús, que nos habla del amor de Dios Padre y nos recuerda la misión a la que nos envía el Espíritu Santo. Ojalá que esto no nos de risa, como le dio a Sara, sino que Dios encuentre en nosotros una fe pronta y generosa.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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MISTERIO DE AMOR: Domingo de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15) - Ciclo C


1. - Permitidme una anécdota de mi vida de estudiante. Estábamos estudiando el Tratado de la Trinidad y al acabar una de esas abstrusas clases un compañero mío me pidió que le dijese en palabras vulgares lo que el profesor nos había explicado. Y lo hice, en un dos por tres. Y cual sería mi horror al oírle exclamar: “oye lo he entendido perfectamente”. ¡Qué barbaridad le habría dicho yo, que él entendió el Misterio de la Trinidad!


2. La Fiesta de la Trinidad es un grito, un anhelo de la Iglesia y de todos nosotros en busca del rostro verdadero de nuestro Padre Dios. La historia de la humanidad es un largo proceso de esta búsqueda y lo hemos confundido con montes y ríos que hasta hoy se llamaba sagrados. Hemos querido verlo en el sol que trae la alegría de la luz y el calor de la tierra. Lo hemos plasmado en estatuas o lo hemos endosado al hombre. Recordemos que hasta el final de la Segunda Guerra Mundial hubo hombres dioses.

3.- Y en todo este buscar al fin no hemos encontrado más que el rostro distorsionado de nuestro Padre Dios. Y es sólo Jesucristo que es igual que el Padre hasta ser uno con Él y que envía al Espíritu Santo que conoce y posee todo lo que el Padre y Él poseen para que nos vaya llevando a la plena verdad. Es sólo Jesucristo el que en la luminosa oscuridad de la fe nos da unos rasgos inequívocos del rostro del Buen Padre Dios. Ese Dios, que está sobre todo y sobre todos, no es un ser frío, lejano o solitario. Es amigo y entrañable por esencia. Es familiar y familia por esencia. Es uno sin soltería, múltiple sin división.

4. - El misterio no debe ni asustarnos ni avergonzarnos. El misterio nos rodea, nos envuelve y hasta lo llevamos dentro y siempre nos atrae.
—El misterio de la aparición del hombre en la tierra. Lo mismo hace medio millón de años que dos millones.
—El misterio del maravilloso organigrama que determina al niño y sus herencias.
—Ese subconsciente de cada uno en el que nos perdemos.
—Los poderes parapsicológicos que en algunos se manifiestan.
—Hasta la lluvia que somos incapaces de manejarla a capricho.
El misterio de Dios es esa otra orilla lejana a la nuestra que nos atrae y a la que somos llamados. La orilla legendaria de las Islas Orientales que desde la bruma del misterio atrajo a navegantes.

5. - No nos avergoncemos del Misterio de Nuestro Dios, porque lo importante no es que nosotros sepamos cómo es Él, sino cómo piensa y siente Él de nosotros.
Dios Padre creó esta orilla en la que vivimos. Y la creó para nosotros, llena de paisajes, de gustos, de colores y de perfumes. El Hijo quiso tanto a los hombres que se vino a convivir con nosotros en esta orilla, a vivir en el corazón mismo de cada uno de nosotros, como un dulce huésped del alma.
Esto es lo que Dios siente hacia nosotros. Y eso nos muestra que Dios es un amor tan grande en aquella orilla en que vive que su calor y su luz se desbordan hacia ésta en que vivimos. La Trinidad es un Misterio de Amor, no nos avergoncemos de no entender el Amor,

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domingo, 19 de mayo de 2013

EL ESPÍRITU ES EL MISMO DIOS


La liturgia remata el tiempo pascual con tres fiestas importantes. Pentecostés, Trinidad y Corpus nos hablan de la realidad trascendente que llamamos Dios. Pero no desde el punto de vista filosófico o científico sino en cuanto se relaciona con cada uno de nosotros. De la realidad de Dios en sí mismo no sabemos absolutamente nada; pero podemos experimentar su presencia como realidad que fundamenta y sostiene nuestra realidad, no desde fuera, sino desde lo hondo del ser.

Pentecostés propone a nuestra reflexión la relación con Dios que es Espíritu y hasta qué punto podemos descubrirlo y vivirlo.

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia del Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser, del material y del espiritual, está empapada de Dios y es fruto del ESPÍRITU.

Es muy curioso que se presente la fiesta de Pentecostés en los Hechos, como la otra cara de la moneda del episodio de la torre de Babel. Allí el pecado dividió a los hombres, aquí el Espíritu los congrega y une. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.



El relato de los Hechos, que hemos leído es demasiado conocido, pero no es tan fácil de interpretar adecuadamente. Pensar en un espectáculo de luz y sonido nos aleja del mensaje que quiere trasmitir. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos más llamativos que se habían utilizado ya en el AT. Fuego, ruido, viento. Los efectos de esa presencia no quedan reducidos al círculo de los reunidos, sino que sale a las calles, donde estaban hombres de todos los países.

Por lo tanto, no se trata de celebrar un acontecimiento. El Espíritu está viniendo siempre. Mejor dicho, no tiene que venir de ninguna parte. (Lucas narra en los Hechos, cinco venidas del Espíritu). Las lecturas que hemos leído hoy nos dan suficientes pistas para no despistarnos.

En la primera se habla de una venida espectacular (viento, ruido, fuego), haciendo referencia a la teofanía del Sinaí. Coloca el evento en la fiesta judía de Pentecostés, que se había convertido en la fiesta de la renovación de la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu.

En Juan, Jesús les comunica el Espíritu el mismo día de Pascua.

No es fácil superar una serie de errores sobre el Espíritu Santo que todos llevamos muy dentro.

No se trata de ningún personaje distinto del Padre y del Hijo, que, por su cuenta anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO desmaterializado y más allá de toda imagen antropomórfica.

No debemos pensar en él como un don que nos regala el Padre o el Hijo, sino de Dios como DON absoluto que fundamenta todo lo que nosotros podemos llegar a ser.

No es una realidad que tenemos que conseguir a fuerza de oraciones y ruegos, sino el primer fundamento de mi ser del que surge todo lo que soy.

También debemos tener mucho cuidado al interpretar la palabra "Espíritu" cuando la encontramos en la Biblia. Tanto el "ruah" hebreo como el "pneuma" griego, tienen una gama tan amplia de significados que es casi imposible precisar a qué se refieren en cada caso.

El significado predominante se refiere a una fuerza invisible pero muy eficaz que se identifica con Dios y que capacita al ser humano para realizar tareas que sobrepasan sus posibilidades normales.

Pero recordemos que el significado primero de la palabra es "viento", o mejor, el espacio entre el cielo y la tierra de donde los animales sorben la vida. Este primigenio significado nos abre una perspectiva muy interesante para nuestra reflexión.

En los evangelios se deja muy claro que todo lo que es Jesús, se debe a la acción del Espíritu:

· "Concebido por el Espíritu Santo."
· "Nacido del Espíritu."
· "Desciende sobre él el Espíritu."
· "Ungido con la fuerza del Espíritu."

"Como era hombre le mataron, como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida".

Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse si no fuera por la acción del Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es realmente el Espíritu si no fuera por lo que Jesús, desde su experiencia, nos ha revelado.

En esta fiesta se quiere resaltar que gracias al Espíritu, algo nuevo comienza. De la misma manera que al comienzo de la vida pública, Jesús fue ungido por el Espíritu en el bautismo y con ello queda capacitado para llevar a cabo su misión, ahora la tarea encomendada a los discípulos será posible gracias a la presencia del mismo Espíritu que les va a dar también energía para llevarla a cabo.

De esa fuerza, nace la nueva comunidad, constituida por personas que se dejan guiar por el Espíritu para llevar a cabo la misma tarea. No se puede hablar del Espíritu sin hablar de unidad e integración.

La experiencia inmediata, que nos llega a través de los sentidos, es que somos materia, por lo tanto, limitación, contingencia, inconsistencia, etc. Con esta perspectiva nos sentiremos siempre inseguros, temerosos, tristes. La Experiencia mística nos lleva a una manera distinta de ver la realidad. Descubrimos en nosotros algo absoluto, sólido, definitivo que es más que nosotros, pero es también parte de nosotros mismos. Esa vivencia nos traería la verdadera seguridad, libertad, alegría, paz, ausencia de todo miedo.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas privilegiadas, a los que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de ser, de alcanzar una plenitud humana que todos tendríamos que proponernos como meta.

Cercenamos nuestras posibilidades de ser hombres cuando reducimos nuestras expectativas a los logros puramente biológicos, sicológicos e incluso intelectuales. Si nuestro verdadero ser es espiritual, y nos quedamos en la exclusiva valoración de la materia, devaluamos nuestra trayectoria humana y reducimos al mínimo el campo de nuestras posibilidades.

La experiencia del Espíritu es siempre de la persona concreta, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad, porque, una vez descubierta en uno mismo, en todos se descubre esa presencia. El Espíritu se otorga siempre "para el bien común".

Fijaros que, en contra de lo que se cuenta, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a los discípulos, es decir a todos los seguidores de Jesús. La trampa de asignar la exclusividad del Espíritu a la jerarquía se ha utilizado con demasiada frecuencia para justificar privilegios y poderes especiales. El más poseído del Espíritu es el que más dispuesto está a servir a los demás.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de controles y sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu.

En la celebración de la eucaristía deberíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Un dato puede hacer comprender esta devaluación del Espíritu. Durante muchos siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu que el sacerdote hace sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder mágico a las palabras que hoy llamamos "consagración".

La primera lectura de hoy nos obliga a una reflexión muy simple: ¿hablamos los cristianos, un lenguaje que puedan entender todos los hombres de hoy? Mucho me temo que seguimos hablando un lenguaje que nadie entiende, porque no nos dejamos llevar por el Espíritu, sino por nuestras programaciones y caprichos. Solo hay un lenguaje que pueden entender todos los seres humanos, el lenguaje del amor.



Meditación-contemplación

Toda vida espiritual es obra del Espíritu.
Que esa obra se lleve a cabo en mí, depende de mí mismo.
Yo necesito a Dios para ser.
Él me necesita para manifestarse.
..........

"Todos hemos bebido de un mismo ESPÍRITU".
La verdad es que es el ESPÍRITU el que nos tiene que sorber a nosotros.
Él es más que yo y me tiene que transformar en él.
No debo intentar manipularlo, sino dejar que me cambie a su antojo.
........................

Dios es amor, y el ser humano puede descubrir y vivir ese amor.
Siempre que amo de verdad, hago presente a Dios,
porque el amor con que yo amo, es el mismo amor que es Dios.
No soy yo el que amo, sino Dios que ama en mí.
.................................

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sábado, 18 de mayo de 2013

ALIENTO NUEVO: Domingo de Pentecostés (Jn 20, 19-23) - Ciclo C


Vivimos en una sociedad donde quizás lo más significativo sea su carácter paradójico y hasta contradictorio.
Hemos aprendido a prolongar la vida con toda clase de técnicas, pero no acertamos luego a darle un contenido y un sentido satisfactorio.
Hemos logrado elevar el nivel de bienestar pero son cada día más los que experimentan una sensación difusa de vacío y malestar.
Se han multiplicado nuestras relaciones y contactos a través de toda clase de medios de comunicación y, sin embargo, crece la experiencia de aislamiento y soledad de muchas personas.

Nuestra sociedad está cada vez más poblada de gentes solitarias que buscan desesperadamente amarse, sin conseguirlo.
Hemos aplicado la racionalidad y la técnica a todos los sectores de la vida, pero crece en el mundo lo irracional, la explotación absurda, la violencia y la destrucción.
Movidos por el ansia de tener, acumulamos cosas y «poseemos» personas, pero experimentamos que no es el camino acertado para alcanzar la plenitud.
El hombre contemporáneo está pidiendo a gritos una vida nueva. La humanidad actual tiene «una cabeza demasiado grande para su alma». Necesitamos un aliento nuevo para humanizar nuestro progreso. Un alma nueva capaz de vivificar nuestra existencia.
Y no se trata de pensar en una revolución socio-política ni de derechas ni de izquierdas. Lo que necesitamos es una transformación radical de actitud.
«Una de las condiciones preliminares de la revolución es un cambio radical de la conciencia. El problema central para mí es el saber cómo se puede obtener este cambio radical de los hombres antes del cambio revolucionario de las instituciones de base social y política».
Los creyentes no nos sentimos huérfanos ante tal empresa. Creemos en el Espíritu como proximidad personal de Dios a los hombres y como fuerza, energía, luz y poder de gracia para orientar nuestra historia hacia adelante, hacia su consumación final.
Lo que necesitamos es acrecentar nuestra sensibilidad ante el Espíritu y acoger responsablemente la acción de Dios que, desde el fondo de la vida y lo mejor de nuestro ser, nos llama a caminar desde la hostilidad a la hospitalidad, desde el aislamiento egoísta hacia la fraternidad, del acumular para tener a la plenitud de ser.
Como dijo Juan Pablo II en Hiroshima, la vida de este planeta depende de «un único factor: la humanidad debe hacer una verdadera revolución moral».
Pero esta revolución no se hará si no escuchamos con cuidado y amor la acción profunda del Espíritu de Dios en Nosotros. «Lo que sucede en la profundidad de nuestro ser es digno de todo nuestro amor».

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jueves, 16 de mayo de 2013

LA CENICIENTA DE LA TRINIDAD: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (Jn 20,19-23) - Ciclo C


1. - Quizás hayáis leído alguna vez este cuentecillo indio. Dice que Dios, que tiene buen humor, quiso jugar al escondite con el hombre y se puso a discutir con sus consejeros dónde estaría mejor escondido: Hubo opiniones para todos: que si en el bosque, que si en el fondo del mar, hasta que si en un cajón de un armario. Pero el más anciano y sabio de sus consejeros le dijo:

-Señor, escóndete en el corazón del hombre. Es el último sitio donde se le ocurrirá buscarte.

El Espíritu Santo es el Dios escondido y hasta ignorado. Diría yo, que la Cenicienta de la Trinidad. Siendo indispensable para la vida del hombre y de la Iglesia es el menos protagonista, como suelen ser las amas de casa que sólo se les nota cuando faltan. En japonés a la esposa, ama de casa, se le llama Oku-sama. Que significa la señora que está dentro, la que no aparece, pero que verás si se declara en huelga.


2. -También el Espíritu Santo es el Señor que está en el interior. El que no aparece. El que habita en el corazón del hombre, donde rara vez el hombre le busca.

Antes buscamos a Dios en los montes, en el mar, en una maravillosa puesta de sol, en árboles grandiosos o en las pequeñas flores del campo.

Y es que, tal vez, nos parezca imposible que quiera habitar en un sitio donde tantos deseos, poco dignos y honorables, salen afuera. Y sin embargo, el Espíritu de Dios habita en nosotros.

Habita, no está. No es un huésped de un día. No está de paso. Habita. Tiene allí su casa. Es Señor del sitio que ocupa.

No está como un cuadro, un retrato o una estatua. Es un ser viviente que ha hecho de nuestro corazón su morada.

Allí podemos encontrarlo siempre cercano, compañero de mi soledad, amigo sentado a mi vera en la penumbra de un suave atardecer. San Agustín que lo busco locamente a través de la hermosura y los placeres de afuera, al fin lo encontró dentro y exclamó: “Señor, más íntimo y mío que yo mismo”. Lo encontró comprensivo, bondadoso, perdonador, amigo. “Intimior, intimo meo”, más dentro de mí que yo mismo.

3. - El Espíritu de Dios que se nos ha metido en casa es viento y es fuego, mezcla peligrosa, un rescoldo mal apagado en el monte azuzado por viento sabemos de lo que es capaz. Soplando sobre el rescoldo de la Fe que hay en el corazón, el Espíritu de Dios puede levantar imprudentes llamas. Lo ha hecho a lo largo de la Historia cuando ha encontrado hombres que se han dejado arrasar y quemar por el Espíritu: San Francisco de Asís se entrega con toda imprudentemente a salvar a infieles. La Madre Teresa de Calcuta sale de una Congregación Religiosa para entregar imprudentemente su vida a los hambrientos y agonizantes.

Y es notable que este Espíritu, cuando levanta llamas en un rescoldo olvidado es siempre en favor de los demás. Es fuego, es luz y tiende a comunicarse.

¿No estará este buen amigo tratando de encender una buena hoguera dentro de nosotros? ¿No nos pide alguna imprudencia en el dar, o el darnos a los demás? ¿No nos pide algún cambio radical en nuestras vidas? ¿No nos pide llenar de Dios la vaciedad de nuestras vidas?

Mirad, creo que todos nosotros tenemos instalado un perfecto sistema contra incendios. En cuanto sentimos que el Espíritu de Dios nos intranquiliza echamos toda la ceniza que podemos en el rescoldo y lo apretamos bien, como se hacía con los braseros con la paleta, para dejarlo siempre en rescoldo y que no haya peligro de que se convierta en llamas. Nosotros mismos vamos vestidos de amianto y con casco para no quemarnos.

Hoy es el día en el que ese Espíritu de Dios abrasó a los apóstoles y gracias a ello llegó a nosotros la Fe. Dejémonos quemar bajo el soplo del Espíritu.

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sábado, 4 de mayo de 2013

LA IGLESIA ES UNA COMUNIDAD DE PECADORES EN CAMINO DE CONVERSIÓN

VI Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29) - Ciclo C

El evangelio es un fragmento del "Sermón de la Cena", el largo testamento de Jesús en la noche del Jueves Santo. En la despedida, Juan coloca en labios de Jesús el resumen final de su mensaje: guardar la Palabra, amar como Dios nos ama, recibir el Espíritu de Jesús, permanecer en la paz.

Juan es capaz de hacer formidables síntesis. Su evangelio es una reflexión final de la fe de los Testigos, y todo en su mensaje se relaciona y se hace un solo mensaje: Dios-amor habla en Jesús y mora en los que aceptan a Jesús: el Espíritu está en ellos: cuando Jesús no está, el Espíritu sí que está, y la Iglesia siente la paz, aun en medio de la ausencia de Jesús y de las persecuciones.

Este es un domingo para renovar nuestra fe en la Iglesia, para profundizar, más allá de lo que vemos y criticamos, para ver en el fondo de la Iglesia la Presencia del Espíritu de Jesús. Es un domingo para avivar nuestra fe en Dios, en Jesús, en la Iglesia y en la Humanidad.


Partamos de la imagen de Juan en el Apocalipsis: el final es el triunfo de Dios. El final de la Iglesia y de la humanidad es "la ciudad perfecta", donde no hay llanto ni muerte, ni hace falta templo ni luces de astros, porque Reina Dios en todos.

Esta visión, sin embargo, es un símbolo limitado, muy material. Ha servido para imaginarnos el cielo como una corte real, todos pasmados en la contemplación de la divinidad. Son símbolos muy externos. La realización humana en Dios no es estar en un lugar sino el resultado final de la conversión. Dios no reina desde fuera y desde arriba, sino desde dentro. El triunfo de la humanidad es la desaparición del pecado y de la condición temporal del hombre, la desaparición de la fe. No podemos dejar que estas imágenes sustituyan a su propio mensaje.

Pero las imágenes nos ofrecen la posibilidad de hacer un acto de fe en el triunfo de Dios, en el destino de la humanidad, en que esta Iglesia que ahora vemos tan manchada está llena de ese Espíritu que allí será una evidencia, una vez superados los pecados de la propia Iglesia.

Porque la Iglesia no es una comunidad de santos. Es una comunidad de pecadores en camino de conversión. Y menos mal que es así: si fuera una comunidad de santos, yo no podría formar parte de ella. Es una comunidad de gente como yo, con pecados como los míos. Y los pecados de todos afean el rostro de la Iglesia y obstaculizan nuestra fe y la de los demás.

Esta es la imagen que nos muestra, con tanta claridad, el libro de los Hechos. Una Iglesia con dudas, tensiones y disputas. No tienen demasiado claros ni siquiera algunos aspectos esenciales de la fe cristiana: hay en ella facciones diferentes, los judaizantes, los helenizantes, los discípulos de diversos maestros.

Pero es una comunidad que se caracteriza por algo sumamente básico: atienden al Espíritu, oran para encontrar la Palabra, y el Espíritu se muestra en la comunidad, superando los intereses y las obcecaciones de cada uno. El Libro de los Hechos debería ser conocido a fondo por todos los cristianos. Es una formidable meditación sobre la Iglesia.

Pero lo más hondo de todo este Espíritu se expresa en el Evangelio de Juan. Una vez más, resuena la imagen del Libro del Éxodo: "Haremos morada en él". La Morada era la Tienda de Dios en medio de las tiendas de su pueblo. Jesús es presentado por Juan en el prólogo de su evangelio como "La morada de Dios entre los hombres". Ahora la Palabra se hace más íntima. Nosotros somos la Morada de Dios. Nosotros... si está en nosotros el amor, porque ésa es la señal de los cristianos, en eso se nota si Dios está aquí. Y en nada más.

Jesús está hablando a un grupo que necesita aún convertirse a su mensaje. Han entrado en el cenáculo discutiendo sobre quién es el mayor, y han preguntado a Jesús si es ése el momento en que va a instaurar su reino: no se han enterado de nada. Jesús les ha contestado lavándoles los pies. Y Juan coronará el mensaje en su primera carta dejando claro que el amor no es un sentimiento, sino obras, servir a los hermanos. Así - sólo así - se muestra la presencia de Dios, en nosotros y en la Iglesia. Así - sólo así - se muestra que, ahora que Jesús no está, su Espíritu está en la Iglesia.

Es importante el último mensaje: la paz. No es simplemente la tranquilidad, la satisfacción. Es que no tenemos miedo de que Jesús no esté. La Iglesia no depende de los pecados, ni siquiera de los aciertos de los hombres, ni siquiera de sus propios pastores. La Iglesia es obra del Espíritu, y el Espíritu de Jesús está aquí. Y sigue vivo el amor, el servicio, la búsqueda de la Palabra. La Palabra es cada vez más escuchada, el servicio es cada vez más atendido, la Eucaristía es cada vez mejor celebrada: la Iglesia está viva, animada por el Espíritu de Jesús.



CREO EN LA IGLESIA

Creo en Jesús, el hombre lleno del Espíritu,
Morada de Dios entre los hombres.
Creo en el Espíritu de Jesús,
el Espíritu de Dios que en Jesús se hizo visible,
Espíritu que nos hace clamar: "Abbá, Padre".
Creo en la Iglesia,
comunidad de los que creen en Jesús,
que vive de su mismo Espíritu.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
he conocido a Jesús.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
escucho y recibo la Palabra,
y experimento el perdón.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
celebro el recuerdo de Jesús / pan
y comulgo con él
y con todos los hombres mis hermanos.
Y pido a Dios por nosotros, la Iglesia,
para que sea una, santa, universal, apostólica,
para que se deje llevar por el Espíritu,
para que sirva a todos los hombres
y pueda así ser para todos
la Buena Noticia de Jesús.



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