11Salieron unos fariseos y empezaron a discutir con él, exigiéndole, para tentarlo, una señal del cielo. 12Dando un profundo suspiro, dijo:
-¡Cómo!, ¿esta generación exige una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal.
13Los dejó, se embarcó de nuevo y se marchó al otro lado.
v. 11 Salieron los fariseos y empezaron a discutir con él, exigiéndole, para tentarlo, una señal del cielo.
En vista del éxodo liberador propuesto por Jesús en favor de los paganos (8,1-9), exigen de él una señal espectacular, una intervención divina extraordinaria que legitime y avale su pretensión mesiánica (cf. Sal 78,24; 105,40). Quieren una señal del cielo como las que realizó Moisés en el éxodo, liberadora para Israel y destructora para sus enemi¬gos (Dt 6,22; 7,19; 11,3). Sólo admiten un Mesías nacionalista. Las señales de Dios son las de su amor a todos los hombres (4,10: «el secreto del Reino»); ellos, en cambio, piden una señal de poder en favor de Israel y en contra de los paganos. No conciben un Dios que no discrimine entre los pueblos.
La observación del evangelista: para tentarlo pone en relación la peti¬ción de los fariseos con la tentación del desierto (1,13: «tentado por Satanás») indicando que pretenden que Jesús asuma el papel de un Mesías de poder. Quieren desviarlo de su línea. Hay dos programas contrapues¬tos: el de la entrega-amor y el del dominio-poder.
v. 12 Dando un profundo suspiro, dijo: «¡Cómo!, ¿esta generación exige una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal».
Dando un profundo suspiro expresa Jesús su pena y su tristeza; es el mismo sentimiento que tuvo ante la obcecación de los fariseos en la sina¬goga («apenado»). Siguen igual.
El dicho de Jesús es solemne (Os lo aseguro) y su negativa rotunda. El término generación es técnico y se refería en el judaísmo particularmente a tres generaciones: la del diluvio, que pereció en las aguas; la del desier¬to, que por su infidelidad no llegó a la tierra prometida (Sal 95/94,10-11), y la del Mesías. Jesús se enfrenta con esta última, cuyo exponente son los fariseos; es el pueblo que debía acompañar al Mesías en su éxodo, pero no lo hace porque Jesús no asume el papel de Mesías nacionalista y vio¬lento. Es infiel como la del primer éxodo.
v. 13 Los dejó, se embarcó de nuevo y se marchó al otro lado.
Ante el rechazo del judaísmo, representado por los fariseos, Jesús se embarca de nuevo. La escena que sigue se desarrolla en la travesía desde tierra judía (Dalmanuta) a tierra pagana (el otro lado, Betsaida).
El olvido de los discípulos está en relación con la escena anterior. Querían coger panes en tierra judía (Dalmanuta), o sea, en el plano figurado, llevar consigo la doctrina del judaísmo. Su experiencia en tierra pagana no ha cambiado su mentalidad; el breve contacto con el judaísmo en Dalmanuta ha reavivado en ellos el sentimiento de la superioridad judía y el deseo de un mesianismo de poder. Según ellos, la base para compartir con los paganos tienen que ser los panes (los principios) ju¬díos.
Luego del acontecimiento en que Jesús multiplica por segunda vez el pan entre la gente, y de lo cual se recogieron siete canastas de lo sobrante, se acercan los fariseos y le exigen una señal del cielo que les confirme que realmente Jesús es el Mesías, el esperado de las naciones. San Marcos, un evangelista harto detallista, nos señala que Jesús da un profundo suspiro, como consecuencia de que los fariseos tienen los ojos cegados de su experiencia personal con Dios, por sus propias concepciones e ideas acerca de él y de cómo opera en la historia, lo que no les permite reconocer en él al enviado, al Salvador.
¿Qué señal le pides a Dios en tu diario vivir para terminar de convencerte de que él existe? Mira cuántos hermanos y hermanas en situaciones de hambre, desnudez, miseria, exclusión, enfermedad, dan cuenta de él como su fuerza, como aquél capaz de mantenerlos en pie enfrentando el día a día con dignidad, y con la paciencia y esperanza que brotan de saberse hijos de Dios. Que nuestras dudas y más profundas inquietudes acerca de él como Padre no nublen nuestra comprensión. Dejemos a Dios ser Dios en nuestro corazón, y todo lo demás vendrá por añadidura.
-¡Cómo!, ¿esta generación exige una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal.
13Los dejó, se embarcó de nuevo y se marchó al otro lado.
COMENTARIOS I
v. 11 Salieron los fariseos y empezaron a discutir con él, exigiéndole, para tentarlo, una señal del cielo.
En vista del éxodo liberador propuesto por Jesús en favor de los paganos (8,1-9), exigen de él una señal espectacular, una intervención divina extraordinaria que legitime y avale su pretensión mesiánica (cf. Sal 78,24; 105,40). Quieren una señal del cielo como las que realizó Moisés en el éxodo, liberadora para Israel y destructora para sus enemi¬gos (Dt 6,22; 7,19; 11,3). Sólo admiten un Mesías nacionalista. Las señales de Dios son las de su amor a todos los hombres (4,10: «el secreto del Reino»); ellos, en cambio, piden una señal de poder en favor de Israel y en contra de los paganos. No conciben un Dios que no discrimine entre los pueblos.
La observación del evangelista: para tentarlo pone en relación la peti¬ción de los fariseos con la tentación del desierto (1,13: «tentado por Satanás») indicando que pretenden que Jesús asuma el papel de un Mesías de poder. Quieren desviarlo de su línea. Hay dos programas contrapues¬tos: el de la entrega-amor y el del dominio-poder.
v. 12 Dando un profundo suspiro, dijo: «¡Cómo!, ¿esta generación exige una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal».
Dando un profundo suspiro expresa Jesús su pena y su tristeza; es el mismo sentimiento que tuvo ante la obcecación de los fariseos en la sina¬goga («apenado»). Siguen igual.
El dicho de Jesús es solemne (Os lo aseguro) y su negativa rotunda. El término generación es técnico y se refería en el judaísmo particularmente a tres generaciones: la del diluvio, que pereció en las aguas; la del desier¬to, que por su infidelidad no llegó a la tierra prometida (Sal 95/94,10-11), y la del Mesías. Jesús se enfrenta con esta última, cuyo exponente son los fariseos; es el pueblo que debía acompañar al Mesías en su éxodo, pero no lo hace porque Jesús no asume el papel de Mesías nacionalista y vio¬lento. Es infiel como la del primer éxodo.
v. 13 Los dejó, se embarcó de nuevo y se marchó al otro lado.
Ante el rechazo del judaísmo, representado por los fariseos, Jesús se embarca de nuevo. La escena que sigue se desarrolla en la travesía desde tierra judía (Dalmanuta) a tierra pagana (el otro lado, Betsaida).
El olvido de los discípulos está en relación con la escena anterior. Querían coger panes en tierra judía (Dalmanuta), o sea, en el plano figurado, llevar consigo la doctrina del judaísmo. Su experiencia en tierra pagana no ha cambiado su mentalidad; el breve contacto con el judaísmo en Dalmanuta ha reavivado en ellos el sentimiento de la superioridad judía y el deseo de un mesianismo de poder. Según ellos, la base para compartir con los paganos tienen que ser los panes (los principios) ju¬díos.
II
Luego del acontecimiento en que Jesús multiplica por segunda vez el pan entre la gente, y de lo cual se recogieron siete canastas de lo sobrante, se acercan los fariseos y le exigen una señal del cielo que les confirme que realmente Jesús es el Mesías, el esperado de las naciones. San Marcos, un evangelista harto detallista, nos señala que Jesús da un profundo suspiro, como consecuencia de que los fariseos tienen los ojos cegados de su experiencia personal con Dios, por sus propias concepciones e ideas acerca de él y de cómo opera en la historia, lo que no les permite reconocer en él al enviado, al Salvador.
¿Qué señal le pides a Dios en tu diario vivir para terminar de convencerte de que él existe? Mira cuántos hermanos y hermanas en situaciones de hambre, desnudez, miseria, exclusión, enfermedad, dan cuenta de él como su fuerza, como aquél capaz de mantenerlos en pie enfrentando el día a día con dignidad, y con la paciencia y esperanza que brotan de saberse hijos de Dios. Que nuestras dudas y más profundas inquietudes acerca de él como Padre no nublen nuestra comprensión. Dejemos a Dios ser Dios en nuestro corazón, y todo lo demás vendrá por añadidura.



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