Hace muchos años tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del famoso teólogo alemán Karl Rahner. Ya estaba muy mayor y lo que dijo en la conferencia sonó un poco a testamento teológico. Habló sobre la posibilidad de conocer a Dios. Dijo que el hombre tenía dos potencias que le podían llevar a ese conocimiento: la inteligencia y la voluntad. En su conferencia dejó claro que a través de la inteligencia el hombre no había podido llegar nunca a la certeza total de la existencia de Dios ni a conocer cómo es. La historia de la filosofía lo dejaba bien claro.Pero el teólogo pasó en la segunda parte de su conferencia a hablar de la voluntad, del amor, del querer, como otra vía de conocimiento al alcance de la persona humana. Y ahí afirmó con contundencia que sí era posible llegar a conocer a Dios. A los presentes en la conferencia nos dio la impresión de que, al final de toda una vida dedicada al estudio de la teología, aquel hombre nos estaba diciendo que la única forma de conocer a Dios era amando. Así de sencillo. Así de simple.
Del conocimiento al amor
Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Libros y libros se han escrito tratando de adentrarse en el misterio de Dios, en las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Pero todos ellos no han hecho sino rozar la periferia de algo que se nos hace incomprensible e inaferrable. Dios está más allá de nuestra capacidad intelectiva. Cuando lo intentamos conocer como un objeto más de estudio, se escapa como la arena entre los dedos.
Pero hay otro camino mucho más fructífero y, por cierto, más al alcance de todos. Dejando de lado la pretensión de conocer la esencia divina, hay algo que queda claro en la Palabra: Dios es Amor. Dios es Padre, Hijo y Espíritu y los tres son relación de amor, de benevolencia, de compasión mutua. Y cuando Dios se vierte hacia fuera, se manifiesta como amor, donación, gratuidad, vida, salvación, reconciliación...
“Lento a la ira y rico en clemencia...”
Las lecturas de hoy expresan esas mismas ideas de diversas formas y con diversos lenguajes. Dios es “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (primera lectura). Es el “Dios del amor y de la paz” (segunda lectura). Es el que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”.
Más importante que conocer la esencia de Dios como quien conoce la esencia de un átomo es saber que el deseo de Dios es que el mundo se salve, como dice Juan en su Evangelio. Y que si queremos que el Dios del amor y de la paz esté con nosotros, tenemos que alegrarnos, enmendarnos, animarnos, tener un mismo sentir y vivir en paz. El Dios del amor quiere que vivamos en el amor y esa es la vida plena que nos ofrece en su Hijo.
Vivir en el amor, vivir en comunión, vivir en Dios
Ese es el Espíritu que nos llena de vida. Ese es el estilo de vida que nos hace hijos en el Hijo en torno a la mesa del mismo Padre. La mejor forma de celebrar la Trinidad es vivir en el amor, un amor abierto, grande, generoso, sin medida y sin condiciones, abierto al perdón y a la reconciliación, un amor que crea la vida y que vence a la muerte.
Así y sólo así entraremos en comunión con el Dios que es amor y comunión en sí mismo, que es Padre, Hijo y Espíritu. Así y sólo así conoceremos de verdad a Dios.


No hay comentarios:
Publicar un comentario