Publicado por Fundación Epsilón
Jesús como cualquier ser humano, nació y creció en el seno de una familia. Pero su perspectiva no se encerró en ella, como no se encerró dentro de las fronteras de su tierra: él tenía en mente una familia formada por todos los hombres que aceptaran como padre a su Padre, Dios Pero esa propuesta provocó muchos conflictos.
UNA FAMILIA POBRE
Cuando llegó el tiempo de que se purificasen, conforme a la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor... y para entregar la oblación (conforme a lo que dice la ley del Señor: «Un par de tórtolas o dos pichones.»
Lo primero que a muchos iba a resultar inaceptable es que el Mesías, el Consagrado de Dios naciera en una familia pobre. Ese es uno de los datos que facilita este evangelio y que no debe pasar inadvertido: la familia de Jesús presenta en el templo la. ofrenda de los pobres: «un par de tórtolas o dos pichones» (los que por su situación económica podían costearlo debían ofrecer un cordero; véase Lv 12,6-8). Y es que Dios, cuyo proceder siempre resulta sorprendente a quienes esperan que actúe según los criterios del mundo este, escogió a una muchacha sencilla para ser la madre del Mesías y quiso que su hijo creciera en el seno de una familia pobre y humilde, residente en un pequeño pueblo de la provincia más alejada de la capital: el que después proclamará « ¡ dichosos los pobres!» y «¡ay de vosotros los ricos!» (Lc 6,20-26), anunciando así de parte de Dios que es posible organizar un mundo sin miseria, compartirá, durante toda su vida, la vida de los pobres, en un pueblo pobre y en una familia pobre. Pero no sería ésta la única causa de conflicto.
UNA GRAN FAMILIA
Vivía entonces en Jerusalén un cierto Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; el Espíritu Santo estaba con él y le había avisado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando los padres de Jesús entraban para cumplir con el niño lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, despides a tu siervo en paz...
Era creencia común entre todos los paisanos de Jesús que el Mesías vendría exclusivamente para su pueblo, para Israel. Cuando llegara, purificaría las instituciones, restablecería la justicia en las relaciones entre los israelitas y, sobre todo, engrandecería su nación hasta devolverle con creces el esplendor que había alcanzado en tiempos del rey David. Es cierto que, ya desde los tiempos más antiguos, estaba abierta la puerta para que todos los que quisieran incorporarse a la religión y al pueblo judíos pudieran hacerlo, aunque no fuesen israelitas de nacimiento. E incluso los antiguos profetas habían anunciado que un día todas las naciones acudirían a Jerusalén a dar culto al Dios de Israel (véase, por ejemplo, Is 49,6; 56,1-8; 66,18-23). Pero Israel siempre quedaba en el centro (véase Is 60,1-9; 66,20).
El anciano Simeón, «que aguardaba el consuelo de Israel» y que aún mantiene la idea de que todo redundará en «gloria de tu pueblo, Israel», se coloca en el punto más avanzado de esta perspectiva: el Mesías, que él descubre en el hijo de aquella muchacha que se presentaba en el templo para cumplir sus deberes religiosos, ha sido «colocado ante todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones».
LA FAMILIA DE JESUS
Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre:
-Mira: éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón; así quedará patente lo que todos piensan.
Este será otro de los puntos de conflicto. Jesús ofrecerá a todos los hombres, por encima de las diferencias de nación, raza y religión, la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios, y ese proyecto chocará una y otra vez con la mentalidad nacionalista y exclusivista de sus paisanos que esperaban de Dios la liberación, pero sólo o por lo menos en primer lugar para Jerusalén, para Israel.
Ni siquiera María, la madre de Jesús, se va a librar de este conflicto: ella participa de la mentalidad de sus paisanos y tendrá que dejar que el mensaje de su hijo separe, también en ella, lo que aún es válido de lo que ya está cumplido: «mientras que a ti una espada te traspasará el corazón». Quizá uno de los momentos en que este discernimiento resultará más doloroso será cuando Jesús tenga que dejar claro que, para él, la familia que realmente importa es la que tiene a Dios por Padre y a todos los hombres que quieran serlo por hermanos: «Madre y hermanos míos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra» (Lc 8,21).
De la Sagrada Familia, el evangelio nos dice muy poco, casi nada. Algunos evangelistas ni siquiera se refieren al período de tiempo en el que Jesús vivió en Nazaret con María y José. Lo que sí sabemos es que el conflicto que provocó Jesús al romper con todo lo que impedía la transformación del mundo de los hombres en un mundo de hermanos, ese conflicto afectó en primer lugar a su familia de Nazaret. Recordemos lo que pasó cuando Jesús se quedó en el templo: cuando lo encontraron, su madre le regañó y Jesús respondió: «¿No sabíais que yo tengo que estar en lo que es de mi Padre?» (Lc 2,49; véase comentario núm. 60, correspondiente a la fiesta de San José). Y así, tanto José como María se vieron en la necesidad de romper con su tierra y su pasado para defender a Jesús y ponerse de su parte. De José sabemos poco. Mateo nos dice que tuvo que abandonar su tierra para defender a Jesús, recién nacido, de la crueldad de Herodes (Mt 2,13-14); de María sabemos algo más, aunque no mucho. Desde que aceptó el anuncio del ángel (Lc 1,26-38) hasta que se integró en la comunidad cristiana después de la resurrección de su hijo (Hch 1,14) debió sentir cómo aquella espada, de la que le habló el anciano Simeón, cortaba y separaba, una y otra vez, todo lo que podría haberle impedido colaborar con su hijo en la lucha por convertir el mundo entero en una gran familia. Así, la importancia de la Sagrada Familia de Jesús, José y María consiste, sobre todo, en haber sido el comienzo de la gran familia de Jesús. Por eso es la primera y el modelo de las familias cristianas.
UNA FAMILIA POBRE
Cuando llegó el tiempo de que se purificasen, conforme a la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor... y para entregar la oblación (conforme a lo que dice la ley del Señor: «Un par de tórtolas o dos pichones.»
Lo primero que a muchos iba a resultar inaceptable es que el Mesías, el Consagrado de Dios naciera en una familia pobre. Ese es uno de los datos que facilita este evangelio y que no debe pasar inadvertido: la familia de Jesús presenta en el templo la. ofrenda de los pobres: «un par de tórtolas o dos pichones» (los que por su situación económica podían costearlo debían ofrecer un cordero; véase Lv 12,6-8). Y es que Dios, cuyo proceder siempre resulta sorprendente a quienes esperan que actúe según los criterios del mundo este, escogió a una muchacha sencilla para ser la madre del Mesías y quiso que su hijo creciera en el seno de una familia pobre y humilde, residente en un pequeño pueblo de la provincia más alejada de la capital: el que después proclamará « ¡ dichosos los pobres!» y «¡ay de vosotros los ricos!» (Lc 6,20-26), anunciando así de parte de Dios que es posible organizar un mundo sin miseria, compartirá, durante toda su vida, la vida de los pobres, en un pueblo pobre y en una familia pobre. Pero no sería ésta la única causa de conflicto.
UNA GRAN FAMILIA
Vivía entonces en Jerusalén un cierto Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; el Espíritu Santo estaba con él y le había avisado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando los padres de Jesús entraban para cumplir con el niño lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, despides a tu siervo en paz...
Era creencia común entre todos los paisanos de Jesús que el Mesías vendría exclusivamente para su pueblo, para Israel. Cuando llegara, purificaría las instituciones, restablecería la justicia en las relaciones entre los israelitas y, sobre todo, engrandecería su nación hasta devolverle con creces el esplendor que había alcanzado en tiempos del rey David. Es cierto que, ya desde los tiempos más antiguos, estaba abierta la puerta para que todos los que quisieran incorporarse a la religión y al pueblo judíos pudieran hacerlo, aunque no fuesen israelitas de nacimiento. E incluso los antiguos profetas habían anunciado que un día todas las naciones acudirían a Jerusalén a dar culto al Dios de Israel (véase, por ejemplo, Is 49,6; 56,1-8; 66,18-23). Pero Israel siempre quedaba en el centro (véase Is 60,1-9; 66,20).
El anciano Simeón, «que aguardaba el consuelo de Israel» y que aún mantiene la idea de que todo redundará en «gloria de tu pueblo, Israel», se coloca en el punto más avanzado de esta perspectiva: el Mesías, que él descubre en el hijo de aquella muchacha que se presentaba en el templo para cumplir sus deberes religiosos, ha sido «colocado ante todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones».
LA FAMILIA DE JESUS
Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre:
-Mira: éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón; así quedará patente lo que todos piensan.
Este será otro de los puntos de conflicto. Jesús ofrecerá a todos los hombres, por encima de las diferencias de nación, raza y religión, la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios, y ese proyecto chocará una y otra vez con la mentalidad nacionalista y exclusivista de sus paisanos que esperaban de Dios la liberación, pero sólo o por lo menos en primer lugar para Jerusalén, para Israel.
Ni siquiera María, la madre de Jesús, se va a librar de este conflicto: ella participa de la mentalidad de sus paisanos y tendrá que dejar que el mensaje de su hijo separe, también en ella, lo que aún es válido de lo que ya está cumplido: «mientras que a ti una espada te traspasará el corazón». Quizá uno de los momentos en que este discernimiento resultará más doloroso será cuando Jesús tenga que dejar claro que, para él, la familia que realmente importa es la que tiene a Dios por Padre y a todos los hombres que quieran serlo por hermanos: «Madre y hermanos míos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra» (Lc 8,21).
De la Sagrada Familia, el evangelio nos dice muy poco, casi nada. Algunos evangelistas ni siquiera se refieren al período de tiempo en el que Jesús vivió en Nazaret con María y José. Lo que sí sabemos es que el conflicto que provocó Jesús al romper con todo lo que impedía la transformación del mundo de los hombres en un mundo de hermanos, ese conflicto afectó en primer lugar a su familia de Nazaret. Recordemos lo que pasó cuando Jesús se quedó en el templo: cuando lo encontraron, su madre le regañó y Jesús respondió: «¿No sabíais que yo tengo que estar en lo que es de mi Padre?» (Lc 2,49; véase comentario núm. 60, correspondiente a la fiesta de San José). Y así, tanto José como María se vieron en la necesidad de romper con su tierra y su pasado para defender a Jesús y ponerse de su parte. De José sabemos poco. Mateo nos dice que tuvo que abandonar su tierra para defender a Jesús, recién nacido, de la crueldad de Herodes (Mt 2,13-14); de María sabemos algo más, aunque no mucho. Desde que aceptó el anuncio del ángel (Lc 1,26-38) hasta que se integró en la comunidad cristiana después de la resurrección de su hijo (Hch 1,14) debió sentir cómo aquella espada, de la que le habló el anciano Simeón, cortaba y separaba, una y otra vez, todo lo que podría haberle impedido colaborar con su hijo en la lucha por convertir el mundo entero en una gran familia. Así, la importancia de la Sagrada Familia de Jesús, José y María consiste, sobre todo, en haber sido el comienzo de la gran familia de Jesús. Por eso es la primera y el modelo de las familias cristianas.



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