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viernes, 26 de diciembre de 2008

Sagrada Familia: El futuro está en manos de los viejos

Por A. Pronzato

Eclesiástico 3, 3-7.14-17; Colosenses 3, 12-21 Lucas 2, 22-40


Después del diagnóstico, se espera en vano la receta

Nada que decir sobre el comentario a las lecturas de esta fiesta: preciso, exacto, convincente. Pero tendría no pocas reservas acerca de la así llamada «fase de actualización» que ha lanzado el cura.

El ha partido de las últimas líneas del evangelio: «El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». Y ha sentenciado con una punta de sarcasmo: «Hoy los niños crecen porque se empachan de meriendas y otras golosinas. Pero más que crecer, engordan. En cuanto al asunto del robustecerse, hay numerosos medios a disposición, una vez superadas las dudas de la elección: gimnasio, natación, atletismo, variadas actividades deportivas. Pero el robustecerse de que habla Lucas, que según la tradición parece que era médico y por tanto entendía un poco de esto, es otra cosa».

«En cuanto a la sabiduría, es un producto que escasea en nuestros mercados, aunque exhiben una gama infinita de mercancías. Y nuestros muchachos, admitido que sepan lo que es, y tengan ganas de adquirirla, no sabrían dónde ni a quién dirigirse. En la escuela les llenan el cerebro de ciencia, no de sabiduría. Y en casa les hablan continuamente de dinero, pero ciertamente no de valores.

En cuanto a la `gracia', mejor dejar de lado el tema. El primer pensamiento que tienen en la cabeza nuestros jóvenes es la moto, está bien claro...

Finalmente me pregunto: ¿En qué dirección crecen? ¿cuáles son sus puntos de referencia? ¿cuáles las raíces? ¿y dónde están los modelos para inspirarse? No me vengáis diciendo que los encuentran en la familia...».

Aunque mi mujer me ha susurrado al oído: «Un poco exagerado, ¿no te parece?», yo estaba de acuerdo sustancialmente con aquel diagnóstico despiadado. Pero que quedaba como suspendido en el aire. El cura se había olvidado de aludir, al menos vagamente, a la terapia más apta.

La predicación del médico

Fijaba mi mirada en el doctor Lino, el viejo médico del pueblo, quien, además de curar bronquitis, úlceras y demás, ha tenido tiempo para sacar adelante una familia como Dios manda, manifestando un notable talento educativo. Leía, aunque a distancia, su pensamiento, que por otra parte él mismo me ha manifestado muchas veces en el curso de nuestras conversaciones:

«No nos engañemos: si queremos fortalecernos y robustecemos hay que someterse a alguna privación, a muchos sacrificios. Los padres tienen que suministrar una buena dosis cotidiana de «no». Entre todas las experiencias que se hacen hoy, habría que tener el coraje de reproponer también la experiencia de una vida dura, o que al menos no se deslice por la pendiente peligrosa de la facilidad y de la comodidad.

Las espaldas se enderezan, los huesos se solidifican acostumbrándose al sacrificio, tropezando con obstáculos de todo género, no despejando el camino, como se pretende hacer, de la más mínima dificultad. Hace falta que todos, padres e hijos, caigan en la cuenta de que la vida es una cosa seria, que no puede tomarse a la ligera. Y también los curas tienen que tener el coraje de proponer cosas difíciles, si no quieren encontrarse entre los pies jóvenes juguetones, charlatanes imparables y vacíos, lastimeros, fragilísimos.

Se habla demasiado de insatisfacción y malestar juveniles, como si nosotros, adultos, estuviéramos encargados de eliminarlos. Sin embargo, yo creo que hay que crear y profundizar más su malestar y su insatisfacción, hasta que no puedan más, y exploten a causa del vacío. Tienen que llegar a encontrarse a su aire en la incomodidad. Hay que presentar a un Dios exigente y no bonachón. Un Dios severo y no sólo indulgente. Un Padre con autoridad, y no amigo complaciente.

Hay que meterles un poco de miedo. Miedo al vacío, a las estupideces, a la flojera. Miedo a los maestros que te dan siempre la razón. Miedo a los padres flexibles, que piden perdón las pocas veces que se atreven tímidamente a mandar. Miedo a los educadores que se muestran sobre todo preocupados por parecer simpáticos y ser considerados modernos, abiertos, de mirada amplia».

«Los jóvenes necesitan guías de pulso firme, no compañeros de paseos y de fiestas ruidosas...».

Me he sorprendido a mí mismo deseando que, al menos en algunas ocasiones, se llame al doctor Lino para que desde el ambón diga lo que piensa. Tanto más cuanto que conoce, mejor que cualquier otro, nuestros defectos, de todo género; él entiende de recetas y no se limita a formular «un diagnóstico exacto de la situación».

El, cuando tiene que practicar una cura, dice resueltamente: «Haz el favor de escucharme: si te importa tu pellejo...». O también, todavía más rudamente: «Si no quieres cascar...». Y cuando tiene que sajar, anuncia tranquilamente: «Ahora tengo que hacerte daño, es inútil que grites, porque yo no voy a detenerme». Y, para infundirte esperanza, te comunica: «Tu caso es serio. Sin embargo si pones algo de tu parte...». Y, cuando preocupado, mueve la cabeza, no te tranquiliza: «No hay por qué preocuparse». Al contrario, te hace entender que hay motivo de preocupación, y que los males no se vencen evitando preocuparse o fingiendo ignorarlos.

A la cabecera de la familia enferma, estoy seguro de que el doctor Lino podría ser útil. No digo que sea más útil que el cura. Pienso que el cura podría aprender algo del médico que, en el empeño de entonar a un montón de gente, no se ha desinteresado de su familia. Y los resultados están a la vista de todos.

Dos viejos que no pueden morir

Pero volvamos a la homilía real. El predicador, contradiciéndose un poco, al final ha concedido: «De todos modos, el porvenir es de los jóvenes, el futuro está en sus manos».

Me parece que el evangelio dice justamente lo contrario: el porvenir es de los viejos. De hecho, pone en escena a dos personajes cargados de años. De la profetisa Ana, contraviniendo la reglas, Lucas desvela incluso su edad: 84 años. Ellos dos no han faltado a la cita decisiva con el hoy. Los jóvenes quién sabe dónde estaban: a lo mejor ya estaban frecuentando el porvenir...

De Simeón se dice que «había recibido un oráculo del Espíritu santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías de Señor. Se trata, a mi parecer, de un detalle estupendo. El viejo no podía, no debía morir porque tenía aún que ver una cosa, y era la más importante, hacia la que había tendido toda su vida.

El no es uno que sabe todo, que ha visto ya todo. Todavía tiene mucho por descubrir. Está abierto al futuro. Todavía espera algo, espera a Alguien. Escruta el horizonte, no para ver aparecer la muerte, sino para descubrir los signos de un nacimiento. Todavía no ha preparado las maletas para el último viaje, porque le falta un encuentro, tiene que realizarse una promesa (casi una apuesta).

Simeón y Ana son dos criaturas de esperanza, porque son dos criaturas de espera, de deseo. Ellos no miran hacia atrás, para cultivar recuerdos y alimentar nostalgias. Miran hacia adelante. Les interesa el futuro, no el pasado. Los años no han provocado desgaste y desengaño, no han apagado la esperanza.

Estoy convencido de que el porvenir pertenece a los viejos. Y no sólo porque vamos al encuentro de una sociedad que cada día tendrá más canas, sino porque, si queremos salvar el futuro, hemos de dirigirnos a los viejos y hacer que nos entreguen los valores y los ideales que han sostenido y orientado su vida. Todavía hay muchos individuos en circulación de la calaña de Simeón y Ana, lo puedo asegurar por experiencia directa.

El niño «iba creciendo y robusteciéndose». Pero también Simeón y Ana seguían creciendo y robusteciéndose en la esperanza.

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