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miércoles, 14 de enero de 2009

II Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B: Jesús fijó en él su mirada (Jn 1,35-42)


El año litúrgico que está transcurriendo comenzó el 1 de diciembre de 2002 con la celebración del tiempo de Adviento, seguido del tiempo de Navidad. El domingo pasado celebrabamos del Bautismo de Jesús en el Jordán. Con esa primera aparición pública de Jesús, comenzó el tiempo li-túrgico ordinario. Este domingo es ya el II domingo del tiempo ordinario. En este tiempo la Iglesia fija su mirada en diversos momentos del ministerio público de Jesús.

El Evangelio que más claramente sigue a Jesús en la semana de su primera manifestación es el de Juan. Por eso en este II domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos, A, B y C, se leen pasajes de esa “semana inaugural” (Jn 1,19-2,12). Hoy día leemos lo que ocurrió el tercer día de esa semana. El primer día se narra el examen a que fue sometido Juan Bautista por parte de los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén; el segundo día se relata el testimonio dado por Juan ante sus discípulos viendo a Jesús venir hacia él: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo... Doy testimonio de que este es el Elegido de Dios” (Jn 1,29.34). En este tercer día se relata la vocación de los tres primeros discípulos de Jesús.

“Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijandose en Jesús que pasaba, dice: 'He ahí el Cordero de Dios'. Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús" (Jn 1,35-37). Estos dos primeros discípulos de Jesús eran discípulos de Juan; siguieron a Jesús porque oyeron a Juan. Ciertamente Juan los había formado para seguir a Jesús tan pronto como se manifestara. Todo el ministerio de Juan consistió en formar discípulos que luego siguieran a Jesús. Por eso Juan señala a Jesús ya presente como el objeto de su enseñanza anterior: “Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1,30). En la breve frase: “Existía antes que yo”, podemos deducir la comprensión que tenía Juan del misterio de Jesús. En efecto, sabemos que Juan nació seis meses antes que Jesús. Si, no obstante, afirma que Jesús “existía antes” es porque ese “antes” se refiere a aquel principio que coincide con la eternidad de Dios: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios" (Jn 1,1). Jesús confirma lo enseñado por Juan, cuando en la última cena ora a su Padre diciendo: “Padre, glorificame junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17,5). A este “antes” se refiere Juan. Sus discípulos habían sido formados para seguir al que existía entonces.

El evangelista aclara: “Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús”. Oír a Juan y seguir a Jesús son dos acciones sucesivas; siguen a Jesús porque oyen a Juan. Nadie había hablado sobre Jesús con el amor y la claridad con que lo hacía Juan. No sabemos el nombre del otro discípulo; pero la tradición lo identifica con el mismo evangelista, el que escribe todo esto; y a éste lo identifica con el apóstol Juan, el hermano de Santiago, hijo de Zebedeo.

Seguir a Jesús y anunciarlo a los demás son también acciones sucesivas. Esto es lo que hace Andrés: “Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: ‘Hemos encontrado el Mesías’ –que quiere decir Cristo-. Y lo llevó donde Jesús”. ¿Cómo sabe Andrés que Jesús es el Mesías? “Mesías” en hebreo y “Cristo” en griego quieren decir “Ungido”. Y ¿cuándo ha visto Andrés que alguien unja a Jesús, para llamarlo así? La unción fue el signo por el cual Samuel instituyó a David rey de Israel. Pero esto no fue lo importante; lo importante es que como resultado de esa unción vino sobre David el Espíritu de Dios. Desde entonces el “Ungido” que se esperaba se distinguiría por poseer el Espíritu de Dios. Andrés sabe que Jesús es el Ungido porque ha oído el testimonio de Juan: “He visto el Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él” (Jn 1,32). La actividad de Andrés no terminó con su hermano Simón; si el Evangelio dice que encontró “primeramente” a su hermano Simón, quiere decir que “sucesivamente” encontró a muchos más -no sólo en ese momento, sino durante toda su vida-, que a todos les dio la misma noticia y los llevó a Jesús. Queda así descrita la actividad de este gran apóstol de Jesús.

Andrés lo llevó a Jesús. Pero la llamada decisiva la hace Jesús: “Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’ -que quiere decir Piedra”. ¿Quién puede decir lo que es esa mirada fija de Jesús? Solamente el que la ha experimentado. Si alguien, dejandolo todo ha seguido a Jesús, es porque conoce esa mirada. Simón la conoció y no la podría olvidar nunca más. Cefas es una palabra aramea que significa piedra, roca. Este es el nombre que Jesús le dio a Simón y así lo llama generalmente Pablo (Gal 1,18; 2,9.11.14; 1Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5). Pero el Evangelio se escribió en griego y por eso el nombre se traduce al griego “petra” y se le da forma masculina: “Pétros”, Pedro. Si este Evangelio no nos dice por qué Jesús lo llamó así, es ciertamente porque lo da por sabido. Cuando se escribió el Evangelio de Juan, ya existía en circulación el Evangelio de Mateo donde se nos transmite la explicación dada por Jesús mismo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).

Al leer estos primeros episodios de la vida de Jesús debemos sentirnos invitados a contemplar su rostro con más dedicación, a entrar en su misterio y a permanecer con él. Esto es lo que hacemos en la liturgia domingo a domingo. El Padre Hurtado solía repetir: “El que ha visto una vez el rostro de Cristo no lo puede olvidar nunca más”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)

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