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sábado, 21 de noviembre de 2009

XXXIV Domingo del T.O. (Juan 18,33b-37) - Ciclo B: ¿El trono o el taburete de cocina?

CRISTO REY DEL UNIVERSO
Por A. Pronzato

El monaguillo disfrazado de guerrillero

El otro día, pasando por los alrededores del parque de juegos, he visto una nube de muchachos desenfrenados, que se perseguían y se enfrentaban resueltamente lanzando sin parar terribles tajos, ráfagas de metralleta y golpes de pistola. En una palabra, jugaban a la guerra.

La guerra no es, evidentemente, algo que me emocione (entre nosotros, solamente el coronel jubilado U. B., apodado «Las órdenes no se discuten», tiene el coraje de hablar de ella en términos entusiastas), no me gusta ni como juego. Personalmente no llego a soportar ni siquiera los desfiles militares.

Pero ha habido una escena que me ha emocionado particularmente. Uno de los pequeños contendientes apuntaba con el arma imaginaria a un compañero, tomado como blanco, quizás se trataba de un prisionero apenas capturado, y le gritaba, incitando también a los otros: «Anunciamos tu muerte, señor...» (no puedo evidentemente precisar si «señor» lo pronunciase con letra minúscula o mayúscula). Esa frase, de clara proveniencia litúrgica, me ha hecho sonreír pero no demasiado.

He localizado inmediatamente al titular de la boca de la que había salido aquella expresión. Era un monaguillo, y ni siquiera de los más despiertos.

El domingo lo he visto de nuevo en la iglesia mientras servía al altar, con el aire un poco atontado de siempre, y he deseado que no aprenda otras frases para traspasarlas a los juegos de guerra.

A decir verdad, en la fiesta de Cristo Rey, había bastantes elementos que me preocupaban y no se referían sólo al monaguillo callejero que, bajo la blanca sobrepelliz, llevaba la armadura falsa de guerrero y usaba sin ton ni son palabras mal aprendidas de los textos sagrados.

Una fiesta peligrosa

De hecho esta solemnidad, sea cual sea su origen y motivaciones, se presta a no pocos equívocos. Por ejemplo, puede acreditar una visión jerárquica de tipo militar, del genero superiores e inferiores, jefes y subalternos, caudillos y tropa, príncipes y súbditos; con un lenguaje salpicado con fórmulas como «las órdenes no se discuten», «hay que meterlos en vereda», «atentos a no errar», «para él sus opiniones personales, a nosotros no nos interesan, aquí hay que mostrarse compactos», «hace falta disciplina», «ojo a comprometer el honor del cuerpo de pertenencia»; uniformes y uniformidad...

Puede legitimar imágenes de tipo militar a base de luchas, batallas, conquistas, complots, enemigos al acecho, fuerzas en el campo de batalla (Jesús, por el contrario, disponía exclusivamente de fuerzas que nada tenían que ver con el campo de batalla: «Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado...»).

Puede alentar visiones triunfalistas, tentaciones de espectáculo, y las consiguientes coreografías grandiosas y costosas.

Cristo lo precisa perfectamente: soy rey, pero mi reino no es de este mundo. El «pero», con lo que sigue, queda eliminado.

Hoy se oye una consigna como ésta: «Hay que hacerse respetar». Es difícil encontrar en el evangelio una frase que ni de lejos se la asemeje. Jesús, frente al poder romano encarnado en el prefecto Pilato, no tiene pretensiones de hacerse respetar.

El personaje que, según la visión de Daniel (primera lectura) aparece «entre las nubes del cielo» y se muestra como «una especie de hijo de hombre» no sé si ha sido suficientemente comprendido. Muchos personajes del mundo eclesiástico parece que ponen todos sus esfuerzos por aparecer desemejantes a los comunes hijos de hombres. Logran borrar las huellas de su humanidad. Sus raíces ya no están hundidas en la tierra, sino suspendidas en el cielo.

Se reconoce que a él sólo se le ha dado «poder, honor y reino» (también de la primera lectura), que a él solo, por el hecho de habernos liberado derramando su sangre y no la de los súbditos, corresponde «la gloria y el poder» (segunda lectura). Pero de ese poder, de esa gloria, de esa magnificencia, se corta y se queda uno con una gran tajada, con los pretextos más diversos y en absoluto convincentes.

Sacerdotes destituidos de sus funciones sacerdotales

«Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios». Es un dato innegable. Pero también es innegable que se ha procedido de urgencia a limitar al máximo (¿o al mínimo?) el ejercicio de las funciones sacerdotales del pueblo de Dios.

Una vez, el doctor Lino me dijo: «Tengo la impresión de que los encargados de los trabajos en la Iglesia, se sirven de nosotros exclusivamente como mano de obra barata para la construcción del reino de Dios. Más que otra cosa, ejecutores de órdenes, mientras ellos se reservan la parte de proyectistas y técnicos de los trabajos».

Se advierte, con una cierta severidad y perentoriedad, que la Iglesia no es un democracia. Y no discuto esta afirmación. Pero defiendo que al menos un poco de democracia ciertamente no estropearía la imagen de la Iglesia, no la desnaturalizaría. Al contrario.

Se dice que no rige la ley de la mayoría. Y está bien (yo siempre estoy, instintivamente, con las minorías). Sin embargo el aparato dirigente, alguna vez, debería preocuparse de oír la opinión de la gente real y no de la imaginaria. Debería solicitar el parecer de la gente común, y no de los consejeros habituales de corte.

No se puede uno hacer la ilusión de sentir el pulso del pueblo de Dios estando a distancia, en el propio despacho forrado de libros, mientras los clientes están en la sala de espera.

No se puede pretender captar los humores de la gente basándose en manifestaciones de masa y de plaza.

La verdad escrita en un cuaderno de cuatro perras

«Para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

El predicador ha comentado brillantemente esta declaración solemne expresada por Jesús ante un Pilato aterrado. No ha dudado en aludir a algunos motivos por los que muchos hombres de nuestro tiempo parecen alérgicos a la verdad y prefieren escuchar otras voces.

Yo, sin embargo, reflexionaba sobre el modo y los medios en que se presenta la verdad hoy. Me venía a la memoria una confesión singular de Bernanos, que sigue siendo uno de mis autores preferidos desde mi juventud (he dicho que ya, en la infancia, fui agredido por el virus del papel impreso y de él nunca me he curado). He reencontrado esta página en una bella antología confeccionada por una mujer con mano y tijeras felices:

«Mi obra vale lo que vale, pero no es un teatro bien organizado en el que los espectadores vienen a distraerse y donde yo mismo voy para intentar distraerlos, esto es, para ganarme la vida.

Mi obra soy yo mismo, es mi casa; yo os hablo con la pipa en la boca, con el traje aún mojado por la última tormenta y con las botas que fuman ante la chimenea.

Para dirigirme a vosotros, ni siquiera me preocupo de pasar de una habitación a otra: os escribo desde el cuarto de estar, sobre la mesa en la que dentro de poco cenaré con mi mujer y mis hijos. Entre vosotros y yo ni siquiera existe el trámite ordinario de una biblioteca, porque yo no tengo libros.

Entre vosotros y yo no hay otra cosa que este cuaderno de cuatro perras. No se confían mentiras a un cuaderno de cuatro perras. Por este precio no puedo daros más que la verdad».

Me gusta esta imagen de la verdad preparada en la mesa de casa, y confiada a un cuaderno de cuatro perras.

Hoy ya no se usan cuadernos de cuatro perras, no se encuentran. Y entonces la verdad se nos sirve a través de la mediación de libros presuntuosos, en bandeja de publicaciones elegantes con papel satinado y con una grafía sofisticada e ilustraciones llamativas.

Seré un ingenuo. Pero me gusta imaginar al cura «semejante a un hijo de hombre», que prepara la predicación en la mesa de la cocina, preocupándose él mismo del horno, estando atento para que la leche no se salga, y alternando la pluma con el cuchillo de pelar patatas.

Esas palabras, empapadas de los olores que nos son familiares, no sé por qué, tendrían seguramente el perfume de la verdad.

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