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domingo, 27 de febrero de 2011

Para que no me olvides ("Yo no te olvidaré")



Hoy me he reencontrado leyendo viejos textos, antiguas historias, tan cercanas hoy. Y, sin quererlo, me he topado con una frase que hizo suya Jesús: "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo del sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré". Y he pensado dejarte este pequeño relato, avejentado aunque actual en nuestra alma..., para que no me olvides.

"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", había sonado aquel bolero en el viejo gramófono del desván, entre saltos producidos por la desvencijada aguja y el polvo de tantos años. El sonido de la música se reflejaba, aún hoy, en sus oídos descansados. Recordaba una noche de luna llena, un baile en mitad del mundo, siempre la luna llena a su lado, aquel bolero resonando en la brutalidad del infinito, moviendo con su cadencia las estrellas: se veía a sí mismo girando lentamente, paso a paso, su mano derecha entrelazada a la de ella, los pies de ambos aplastando la hierba jugosa y fresca de la noche primaveral de luna llena, el aroma que desprendía el viento, su olor a mojado manchando su rostro, mezclándose con las lágrimas que imaginaban la despedida. Se despedía de ella, se despidió, pero no podía recordarla.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", le había dicho ella cientos de veces, sentados en la roca, contemplando el bamboleo de las olas, su juego de amor con la arena, en la playa de sus sueños. En la papelera, al día siguiente, sin saber por qué, aquellos objetos inútiles que ella le regalaba, todos menos aquel bolero, envueltos en papel de estraza de mil colores, enganchados los recuerdos a las tiras, las rosas de plástico, espero que te guste. Tantos regalos, todos de ella, pero él no la recordaba.
No recordaba su pelo negro, sus ojos tristes y cansados, repletos de fantasía cuando él la contemplaba, envueltos en lágrimas la noche de la despedida, solos los dos, la luna no pudo soportar su llanto y se ocultó, temerosa, tras unas nubes moradas. Nada quedaba en su memoria del olor a sal mojada de ella, de sus piernas largas y sedosas, de sus manos blancas, los labios carnosos disimulando besos al aire cuando él se dio la vuelta y se alejó, los pies desnudos sobre la arena, las huellas de sus pasos alejándose de ella, su silueta perdiéndose en la oscuridad de la noche sin luna, cobarde luna, maldita, la oyó decir al marcharse, pero ella no existía: al menos, él no la recordaba.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", y él notó como si el corazón se le partiera en dos mitades, pero tuvo que hacerlo, tenía que dejarla y no volverla a ver, olvidar su voz suplicante y sumisa, su ardor guerrero cuando le amaba, el cuerpo de ella junto al suyo, abrazados en un sutil baile, un bolero jamás escuchado y siempre presente, retumbando en las escaleras desvencijadas de madera azul de la vieja casa, escalón tras escalón la iba olvidando, dejando retazos de ella bajo los crujidos de sus zapatos, crujiendo ella, gritando al cielo, la luna confusa, temerosa de acercarse a sus lágrimas o a los restos de aquella estrella fugaz que explotó en mitad del mundo, en medio de la noche blanca, y cuyos destrozados pedazos se fundieron con el mar y desaparecieron para siempre, no así la silueta de la sombra de ella, reflejada por los faroles del viejo malecón camino a ninguna parte. Camino tal vez hacia el olvido, hacia la nada: él apenas la recordaba.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", y el viejo gramófono del desván volvió a dibujar el baile sinuoso de dos figuras desconocidas, una él, la otra quién sabe, y unos pasos bajaron rápidamente las escaleras de madera azul, movidos por un impulso inesperado y violento, por un recuerdo remoto de olor a sal, y un disparo, él bajó las escaleras carcomidas y se encontró entrelazado en aquel bolero con ella, el vinilo gastado por el polvo y por el tiempo, dando saltos de un surco a otro, de una parte de sus recuerdos a otra, y pasó por aquella zona en la que su cerebro trataba de imaginarla, colocaba y descolocaba en su cara una sonrisa, un gesto, una mirada, y fue cautivado a los movimientos del disco, observando sus oscilaciones, reflejando su rostro sereno y altivo en ellas, y vio también su figura, pegada a la de él, musitando un bolero, y sintió el aroma de la hierba pegada a sus pies, y las luces del malecón a medida que se alejaba, y sus huellas en la arena cuando se dio la vuelta para mirarla por última vez, para poder recordarla, y el cielo se rasgó segundos más tarde con un disparo que resonó en toda la cala... y después las luces se apagaron y él volvió a encontrarse en otro mundo, en una casa antigua y un desván destartalado, y un vetusto gramófono que repetía incesantemente un bolero, que se lo tragaba a golpes, a sus pies la papelera con restos de papel de estraza, y vio que no era capaz de recordarla.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", y aquel hombre bajó, lenta y pesadamente, las escaleras, apoyado en su muleta, mesando sus barbas blancas en un asomo de duda, de ansia y preocupación en los ojos negros, renegando de su piel tiznada y su pierna astillada, cuando él era joven y tomaba en el malecón: esta buscando algo. Las cajas, algunas todavía sin desembalar, albergaban todos los recuerdos de una vida, el mar al fondo, él pescando y bailando, los días que se fueron yendo, papeles escritos, fogosos y eléctricos, palabras de amor enarboladas en un suspiro o un empujón, si volviera a nacer no se hubiera perdido aquello, hace ya tanto que ni me acuerdo. El suelo de madera, como los escalones, azules, le trajeron a su memoria ancestrales sones, crepitar de ventanas, la vieja cama de hierro saltando y gimiendo de placer y de dolor, los ratones, la voz de su padre, siempre presente, autoritaria y opaca, desilusionada de maderero, la casa hecha con sus propias manos, el sonido del viejo gramófono, la aguja doblada de tanto sonar, escondida entre el polvo y las telarañas, la caja abierta y los discos, el disco. La voz enlatada y caduca, la música cortada a intervalos, la historia de un amor y de una muerte, de un disparo, de una estrella abatida por un cazador furtivo, su rostro desvaneciéndose en el inmenso charco de sangre salada del malecón, la roca frente al mar, el silencio... el maldito dolor, el maldito sentimiento de un corazón que se partía en dos mitades: y supo que jamás llegaría a recordarla.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", le había dicho ella tantas veces, a la luz de los faroles del malecón, los pies de los dos, desnudos, cuando en sus ojos aún se reflejaba la vida, paseando por la playa, dibujando gaviotas con los dedos, imaginándolas reflejadas en el cielo, la ola que borró la luna llena aquella noche, cobarde luna, maldita, y él se fue, y ella quedó tranquila, contemplando absorta sus pasos, sus huellas y su lejanía, cada segundo más patente, como si tuviera que absorber cada retazo de su presencia, cada gota de sudor a su recuerdo. Sus ojos azules se cerraron, y escuchó una explosión, y un gemido, y quiso bañarse desnuda en el mar sin luna, el agua tan caliente que la abrasó, quemó su rostro, y sintió como si él se hubiera vuelto, pero ella no pudo verlo, no volvió a hacerlo nunca más, la vida se hizo una noche blanca, una despedida, un rumor de olas y de viento agitando su pelo negro, pegando granos de sal a sus lágrimas, y el rostro de él, tan claro y azul, tan moreno, sus manos unidas a la hierba en un baile infinito, un bolero, un obsequio, un deseo incumplido cuando se despertó por la mañana... y él ya la había olvidado.
"Para que no me olvides, para que sientas que te mueres si me olvidas", y ella volvió a aquella playa, su bastón blanco a dibujar gaviotas en la arena, imaginando el planear de sus alas sobre su cabeza, y quiso llegar a la roca, como todos los días, la leyenda decía que un rostro moreno se refleja en ella durante las tardes de sol, y él regresó a su memoria, más bien salió de sí, que ella nunca lo había olvidado. Y cerró sus ojos azules bajo unas negras gafas, se ciñó su traje negro, se calzó sus negros patucos y anduvo vestida por primera vez la desnudez de aquella playa, la vieja y ciega mulata, si volviera a nacer haría lo mismo, paseó por el inmenso malecón, oscuro para siempre a sus ojos, y tomó un colectivo porque lo sabía, ella lo sabía, sabía que él la había olvidado, mil pesos y llegó donde él estaba, esperándola, un responso y adiós, gracias por todo, unas rosas cayeron junto a la madera barnizada, dos hombres sepultaron el féretro, palada tras palada, alguien lloró, sonó un disparo. Y ella lo supo. Supo que él, por fin, la había olvidado.

1 comentario:

marzoazul dijo...

Par reflexionar. El relato me ha tocado el corazón