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jueves, 4 de diciembre de 2008

II Domingo de Adviento - Ciclo B: Afligir a los consolados y alentar a los desolados (Marcos 1, 1-8)

Por Alessandro Pronzato

Isaías 40,1-59-11 2 Pedro 3, 8-14 Marcos 1, 1-8
¿Es superfluo el consuelo?

No puedo decir que recuerde todo el desarrollo «articulado» (ya este adjetivo forma parte del vocabulario predilecto de nuestro cura) del discurso, pero dos palabras han pasado a través de mis oídos y aún están resonando dentro de mí: consolación y desierto.

Comentando la frase de Isaías «Consolad, consolad a mi pueblo», el predicador la ha colocado, justamente, en su «contexto histórico» (también ésta es una expresión que usa frecuentemente y con cierta complacencia): los hebreos están desterrados en Babilonia y Dios encarga a su profeta asegurarles el próximo retorno a la patria. De esta manera «se les da una inyección de confianza» y «se reaviva la llama de la esperanza que estaba apagándose».

Pero inmediatamente el cura ha abandonado el contexto histórico y se ha lanzado precipitadamente al presente (si para Dios «mil años son como un día», sus representantes logran, con extrema desenvoltura, saltar más de dos mil quinientos años en dos minutos escasos).

Ha dicho más o menos esto: «Hoy las cosas están de otra manera, es inútil esconder la realidad. Mucha gente ya está más que consolada por su situación y acomodo presente. Los hebreos, desterrados y esclavos en Babilonia, anhelaban con nostalgia Jerusalén, deseaban ardientemente la liberación, no veían la hora de dejar aquel lugar. Sin embargo, en nuestra sociedad la mayor parte de los individuos se las ha arreglado para vivir con todas las comodidades en la tierra de la esclavitud. Se encuentran perfectamente. Y entonces la tarea del profeta de nuestro tiempo es la de quitar la consolación, la de tocar la alarma, la de meter miedo, siempre que se consiga... Se trata de inquietar, no de tranquilizar».

En una palabra, si puedo sacar las conclusiones de esos razonamientos, sería cuestión de producir «desconsolados», desilusionados, insatisfechos; haría falta facilitar motivos de preocupación a los que por su cuenta proveen para consolarse, pero refugiándose en consuelos demasiado fáciles; se necesitaría poner en crisis a los numerosos «satisfechos».

Nada que objetar respecto a este diagnóstico. Sin embargo no puedo esconder que me esperaba otra cosa. Esas consideraciones, aunque exactas, presentaban el defecto de inclinar la balanza solamente de una parte. Tenía la impresión de que el cura, aunque estaba firmemente plantado frente al ambón, cojeaba de manera clara.

De aquellos dos rostros ha desaparecido la esperanza... Miraba de reojo hacia el banco a la altura del mío, pero al otro lado de la nave. Estaba ocupado, entre otros, por la señora Luisa y por el señor Pedro. Me sentía incómodo por ellos. Tienen una hija con un grave problema de incapacidad, a nivel cerebral. El, recientemente, se ha sometido a una serie de consultas clínicas. El resultado ha sido desconsolador, una especie de condena. Tendrá que dejar el trabajo, y me cuesta imaginar cómo podrán seguir adelante.

Los miraba. El, pálido, como ausente, no lograba esconder su angustia. Ella con la mirada perdida, y el rostro sobre el que se cernía la sombra de oscuros presagios. No bastaba una «inyección de confianza». Hacía falta una transfusión, en el supuesto de que alguien, en el altar o en los bancos, tuviese una reserva de tal consistencia que pudiese ponerla a disposición.

Me hubiera gustado que el cura fijase su mirada sobre aquellos dos rostros en los que se había apagado cualquier vislumbre de esperanza, para que se diese cuenta de que también hoy hay gente a punto de caer en el abismo del abatimiento, e incluso de la desesperación. Para caer en la cuenta de que también hoy alguien espera, al menos en la iglesia, una palabra de consuelo, con tal de que no resulte banal, para no quedar aplastado bajo un peso insoportable.

«Consolad, consolad a mi pueblo...». Ciertamente no pretendo sermonear a los curas, además ninguno de ellos me lo ha pedido. Pero quisiera recordarles, humildemente, que son depositarios también de las palabras del consuelo, y no sólo de las invectivas. Y muchos de nosotros las necesitamos urgentemente. Intenten desempolvarlas, para ver si todavía funcionan. Y caerán en la cuenta de que con esas palabras no se hacen «discursos articulados», pero se tiene la posibilidad de curar alguna herida secreta.

Predicar en el desierto

El cura, al interpretar la «voz que grita en el desierto», ha llevado sin ningún pudor el agua a su molino. Más o menos así: «Muchas veces tengo la impresión de que predico en el desierto. Nadie quiere escuchar. Se me cae el alma a los pies... Tenéis que admitir que hay motivo para caer en el desánimo. En algunos momentos me dan tentaciones de apagar el micro, dejar plantada la predicación y sentarme guardando silencio durante unos minutos...». El pérfido Santiago comentó: «No sería mala idea...». Yo pensaba: éste está en la otra orilla, pero tiene necesidad de consuelo...

Pero reflexionaba, sobre todo: es extraño, Juan Bautista predicaba en el desierto y la gente corría para oírlo en aquel lugar inhóspito. Y hasta algunos se convertían. Sin embargo, nuestro predicador se lamenta porque tiene la sensación de estar condenado a «predicar en el desierto». Debe haber una cierta confusión respecto del significado de las palabras.

Personalmente estoy convencido de que «predicar en el desierto» no es una condena sino una gracia. Pero tengo la impresión de que algunos curas predican en todas partes menos en el desierto, que evidentemente no es de su agrado (como tampoco el alimento a base de saltamontes y miel silvestre, que están fuera de sus gustos, y de los míos, tengo que admitirlo).

Los encuentras en todas partes: en la radio, en la televisión, en los periódicos y revistas con grande, media y corta tirada, en los debates sobre temas de actualidad, en las plazas... En el desierto, no. Esquivan el desierto, porque es muy incómodo, no hay nadie, no suenan los aplausos. No se hace uno popular, famoso, simpático si va a cazar al desierto. Juan Bautista era un tipo selvático, y en aquellos parajes áridos se encontraba a sus anchas, estaba en su ambiente natural. Hoy vivimos «en otro contexto histórico», y el desierto como mucho puede ser un reclamo turístico.

Y sin embargo... Lo digo con absoluta libertad: yo, si tuviese autoridad, impondría a los hombres de la Palabra una frecuentación asidua del desierto: oración, soledad, silencio, meditación, ayuno, ejercicios de ocultación, prácticas de no aparecer, abstinencia de las seducciones del espectáculo y de la publicidad. Y más cosas.

Quién sabe si la gente va en busca precisamente de los hombres del desierto porque necesita de una Palabra que nazca entre aquellas piedras, aquella arena y aquellas extensiones desoladas, y no del vacío rimbombante de las plazas y de los estudios televisivos.

Quisiera «consolar» a los hombres de la Palabra: no tengáis miedo a hablar en el desierto. Pero antes, preocupaos de fabricarlo dentro de vosotros.

En el desierto no retumban los aplausos. En compensación, si prestáis atención, se advierten imperceptibles movimientos en algún corazón.

¿Acaso la floración del desierto no se llama conversión?

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