Estrago de camellos y dromedarios
Me daba la impresión de que había caza mayor en la iglesia. Y sin preaviso. Nuestro cura ha disparado con balines sobre los camellos y dromedarios, después de haber hecho repetir a los niños de la escuela la distinción entre las dos especies de animales, según tengan dos gibas o sólo una (yo los confundo siempre, pero no creo que el buen Dios me juzgue sobre esto en el último día).
Sea como sea, el caso es que sobre el pavimento han quedado exánimes esas bestias simpáticas, aunque un poco obstaculizadoras, en una increíble confusión de gibas. El cura no ha dejado con vida ni a uno (se ve que no pertenecen a una raza protegida).
Y luego, ya que se había puesto, después de haber desmontado a los caballeros exóticos, les ha quitado de la cabeza la corona abusiva, y así se han convertido, con un auténtico golpe de Estado, simplemente en magos, ya no reyes magos, como nosotros, incurables nostálgicos, nos empeñamos en considerarlos. También ha sentenciado que no hay por qué pronunciarse acerca del número y, de todos modos, que no hay que fiarse del tres.
Después el predicador ha subido al cielo y ha apagado inexorablemente la estrella cometa, con gran desilusión, creo, de los niños y disgusto de los abuelos, que siempre han contado su historia de una manera «no ortodoxa».
Precisó que la estrella brilló en el horizonte de aquellos personajes misteriosos cuando estaban en su país lejano y no bien definido. Después desapareció y sólo ha vuelto a aparecer al final de la larga y fatigosa aventura, para pararse «encima de donde estaba el niño».
El párroco ha hablado de una «luz guiñadora de la estrella», y ha sacado a relucir «el radar secreto que estaba en el corazón de aquellos hombres» (y aquí no he podido por menos de pensar que sustituir la leyenda con el lenguaje del progreso científico no es una idea genial).
Pico y escoba
Arreglado el asunto de la estrella, el cura ha procedido impertérrito a la demolición de la cabaña, que ha sucumbido a los golpes de un pico inexorable, y en su lugar ha aparecido «una casa normal», porque «la fase de emergencia ya había terminado y ciertamente la sagrada familia ya había encontrado una situación decorosa».
Pero aún no había terminado. Había que eliminar a la Befana (en Italia es una bruja que creían los niños que bajaba por la chimenea la noche de Reyes para traerles regalos. Y el amigo Santiago, con un tono lastimero, expresó su desaprobación: «Al menos podría dejarnos a ésta. Es fea y desdentada, pero no hace mal a nadie, es más, los niños la quieren»). El párroco, insensible a las protestas, le ha quitado brutalmente de la mano la escoba y la ha echado de la iglesia como si fuera un moscón molesto, precisando: «Hoy es la fiesta de la luz de la verdad, que brilla para todos los pueblos, no de las fábulas».
Por un instante, temí que hiciese desaparecer también el oro, el incienso y la mirra. Pero, afortunadamente, esos dones han escapado a la masacre, gracias a su «valor simbólico», que ha sido ilustrado debidamente.
En una palabra, el predicador se ha presentado hoy con un fusil de doble caña, guillotina, pico y escoba. Ha echado por tierra animales, ha decapitado cabezas coronadas, ha demolido construcciones abusivas, ha echado a personajes que no tenían nada que ver o molestaban. Y hasta ha apagado las estrellas. El cándido vejete de la célebre fábula natalicia de Giovannino Guareschi tenía en la mano una larga pértiga con un pábilo encima, gracias a la cual intentaba encender en el cielo oscuro alguna estrellita. Nuestro cura, por el contrario, en vez del atizador, empuñaba el apagador...
Después de aquella acción devastadora, ¿qué ha quedado? ¿qué se ha salvado? Pues... ha aparecido, simplemente, la página evangélica de Mateo, en toda su sobria belleza. Incluso sin el marco legendario, aquella página resultaba fascinante y comprometedora.
Único defecto. El cura había empleado la mayor parte del tiempo, que la paciencia de los fieles pone a su disposición cada semana, en liberar el relato «de todas las incrustaciones afabuladas». Desgraciadamente sólo quedaban pocos minutos; insuficientes para comentarlo adecuadamente, y tuvo que excusarse.
Ni siquiera el creyente conoce el camino
A pesar de todo, me he llevado a casa una observación suya bastante interesante. Esta: el creyente es uno que busca. No conoce de antemano el camino. Tiene que pedir informaciones, preguntar y preguntarse. No sabe por anticipado dónde está el Señor, porque él siempre se encuentra en otra parte respecto a los itinerarios preestablecidos.
De todos modos, es cierto que el camino de la costumbre no lleva al lugar del encuentro. Es más seguro el camino de lo imprevisible, de la sorpresa.
Junto con algunas certezas (no demasiadas), el cristiano está provisto de muchas incertidumbres, de no pocas dudas, de muchas perplejidades.
Lo importante es continuar buscando, plantear preguntas, intentar, arriesgar algún paso también en direcciones desconocidas. No sólo tiene que ser distinto el camino de vuelta (como sucedió a los magos). Tampoco el que conduce al descubrimiento es siempre el mismo y, por supuesto, no es igual para todos.
Creo que estos pensamientos me acompañarán durante mucho tiempo, y estoy agradecido a nuestro párroco que me los ha metido en la cabeza, y por eso puedo perdonarle tranquilamente la matanza de los «animales inocentes» que ha hecho en la iglesia, puedo perdonarle haber rechazado de malas maneras a la Befana de su tiznada chimenea, impidiéndole el acceso al lugar sagrado (quisiera decir una maldad: otras befanas, sin embargo, de carne y hueso, y no tan inocuas, ocupan de una manera estable los primeros bancos, desgranando rosarios y chismes, y se las tolera; es más, si tuviesen poder para ello, seleccionarían a los que deben frecuentar la casa de Dios).
Maldad aparte, de lo que pido perdón, me ha quedado una duda. Herodes, lo sabemos, no se ha movido de su palacio confortable, a la espera de que volviesen los magos a informarle acerca del «rey de los judíos que ha nacido».
Pero los consejeros, los expertos, «los sumos pontífices y los letrados del país» ¿dónde se han metido? ¿se han quedado tranquilamente hojeando sus libros, consultando los textos sagrados?
Deseo y espero que al menos un sacerdote, aunque no sea «sumo», abandone los papeles y se ponga a mi lado, haciéndome entender que también él es uno que busca.
Me daba la impresión de que había caza mayor en la iglesia. Y sin preaviso. Nuestro cura ha disparado con balines sobre los camellos y dromedarios, después de haber hecho repetir a los niños de la escuela la distinción entre las dos especies de animales, según tengan dos gibas o sólo una (yo los confundo siempre, pero no creo que el buen Dios me juzgue sobre esto en el último día).Sea como sea, el caso es que sobre el pavimento han quedado exánimes esas bestias simpáticas, aunque un poco obstaculizadoras, en una increíble confusión de gibas. El cura no ha dejado con vida ni a uno (se ve que no pertenecen a una raza protegida).
Y luego, ya que se había puesto, después de haber desmontado a los caballeros exóticos, les ha quitado de la cabeza la corona abusiva, y así se han convertido, con un auténtico golpe de Estado, simplemente en magos, ya no reyes magos, como nosotros, incurables nostálgicos, nos empeñamos en considerarlos. También ha sentenciado que no hay por qué pronunciarse acerca del número y, de todos modos, que no hay que fiarse del tres.
Después el predicador ha subido al cielo y ha apagado inexorablemente la estrella cometa, con gran desilusión, creo, de los niños y disgusto de los abuelos, que siempre han contado su historia de una manera «no ortodoxa».
Precisó que la estrella brilló en el horizonte de aquellos personajes misteriosos cuando estaban en su país lejano y no bien definido. Después desapareció y sólo ha vuelto a aparecer al final de la larga y fatigosa aventura, para pararse «encima de donde estaba el niño».
El párroco ha hablado de una «luz guiñadora de la estrella», y ha sacado a relucir «el radar secreto que estaba en el corazón de aquellos hombres» (y aquí no he podido por menos de pensar que sustituir la leyenda con el lenguaje del progreso científico no es una idea genial).
Pico y escoba
Arreglado el asunto de la estrella, el cura ha procedido impertérrito a la demolición de la cabaña, que ha sucumbido a los golpes de un pico inexorable, y en su lugar ha aparecido «una casa normal», porque «la fase de emergencia ya había terminado y ciertamente la sagrada familia ya había encontrado una situación decorosa».
Pero aún no había terminado. Había que eliminar a la Befana (en Italia es una bruja que creían los niños que bajaba por la chimenea la noche de Reyes para traerles regalos. Y el amigo Santiago, con un tono lastimero, expresó su desaprobación: «Al menos podría dejarnos a ésta. Es fea y desdentada, pero no hace mal a nadie, es más, los niños la quieren»). El párroco, insensible a las protestas, le ha quitado brutalmente de la mano la escoba y la ha echado de la iglesia como si fuera un moscón molesto, precisando: «Hoy es la fiesta de la luz de la verdad, que brilla para todos los pueblos, no de las fábulas».
Por un instante, temí que hiciese desaparecer también el oro, el incienso y la mirra. Pero, afortunadamente, esos dones han escapado a la masacre, gracias a su «valor simbólico», que ha sido ilustrado debidamente.
En una palabra, el predicador se ha presentado hoy con un fusil de doble caña, guillotina, pico y escoba. Ha echado por tierra animales, ha decapitado cabezas coronadas, ha demolido construcciones abusivas, ha echado a personajes que no tenían nada que ver o molestaban. Y hasta ha apagado las estrellas. El cándido vejete de la célebre fábula natalicia de Giovannino Guareschi tenía en la mano una larga pértiga con un pábilo encima, gracias a la cual intentaba encender en el cielo oscuro alguna estrellita. Nuestro cura, por el contrario, en vez del atizador, empuñaba el apagador...
Después de aquella acción devastadora, ¿qué ha quedado? ¿qué se ha salvado? Pues... ha aparecido, simplemente, la página evangélica de Mateo, en toda su sobria belleza. Incluso sin el marco legendario, aquella página resultaba fascinante y comprometedora.
Único defecto. El cura había empleado la mayor parte del tiempo, que la paciencia de los fieles pone a su disposición cada semana, en liberar el relato «de todas las incrustaciones afabuladas». Desgraciadamente sólo quedaban pocos minutos; insuficientes para comentarlo adecuadamente, y tuvo que excusarse.
Ni siquiera el creyente conoce el camino
A pesar de todo, me he llevado a casa una observación suya bastante interesante. Esta: el creyente es uno que busca. No conoce de antemano el camino. Tiene que pedir informaciones, preguntar y preguntarse. No sabe por anticipado dónde está el Señor, porque él siempre se encuentra en otra parte respecto a los itinerarios preestablecidos.
De todos modos, es cierto que el camino de la costumbre no lleva al lugar del encuentro. Es más seguro el camino de lo imprevisible, de la sorpresa.
Junto con algunas certezas (no demasiadas), el cristiano está provisto de muchas incertidumbres, de no pocas dudas, de muchas perplejidades.
Lo importante es continuar buscando, plantear preguntas, intentar, arriesgar algún paso también en direcciones desconocidas. No sólo tiene que ser distinto el camino de vuelta (como sucedió a los magos). Tampoco el que conduce al descubrimiento es siempre el mismo y, por supuesto, no es igual para todos.
Creo que estos pensamientos me acompañarán durante mucho tiempo, y estoy agradecido a nuestro párroco que me los ha metido en la cabeza, y por eso puedo perdonarle tranquilamente la matanza de los «animales inocentes» que ha hecho en la iglesia, puedo perdonarle haber rechazado de malas maneras a la Befana de su tiznada chimenea, impidiéndole el acceso al lugar sagrado (quisiera decir una maldad: otras befanas, sin embargo, de carne y hueso, y no tan inocuas, ocupan de una manera estable los primeros bancos, desgranando rosarios y chismes, y se las tolera; es más, si tuviesen poder para ello, seleccionarían a los que deben frecuentar la casa de Dios).
Maldad aparte, de lo que pido perdón, me ha quedado una duda. Herodes, lo sabemos, no se ha movido de su palacio confortable, a la espera de que volviesen los magos a informarle acerca del «rey de los judíos que ha nacido».
Pero los consejeros, los expertos, «los sumos pontífices y los letrados del país» ¿dónde se han metido? ¿se han quedado tranquilamente hojeando sus libros, consultando los textos sagrados?
Deseo y espero que al menos un sacerdote, aunque no sea «sumo», abandone los papeles y se ponga a mi lado, haciéndome entender que también él es uno que busca.


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