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viernes, 6 de agosto de 2010

Comentario al Evangelio del Domingo 08 de Agosto del 2010


Por Fernando Torres Pérez cmf
Publicado por Ciudad Redonda

Dejarnos sorprender por Dios

La gran sorpresa que se llevó el pueblo elegido fue descubrir que precisamente no eran el pueblo elegido sino que la salvación era para todos los pueblos. En el fondo lo que hizo Jesús fue ampliar la perspectiva de la salvación a todos los hombres y mujeres porque su mensaje, muy en síntesis, es que Dios es el Padre de todos y no de unos pocos elegidos o de una raza concreta o de los que hablan una lengua o viven en un país o practican una determinada liturgia. Dios es Padre de todos. Sin excepciones.
Parece que la afirmación de la universalidad de la salvación no es fácil de asimilar. El pueblo de Israel tuvo muchas dificultades. Los primeros cristianos, todos provenientes del mundo judío, necesitaron tiempo para asimilar que ni ser judío ni hacerse judío era condición indispensable para ser discípulo de Jesús. Más adelante, seguimos poniendo fronteras –parece que eso es algo que nos encanta a la humanidad– y decidimos que la salvación venía para los que se bautizaban, para los que iban a misa los domingos, para los que llevaban un determinado hábito o rezaban determinadas oraciones. No eran fronteras de raza pero ya marcaban la diferencia. ¡Podíamos seguir diciendo que éramos el pueblo elegido! Y rezar con gozo el estribillo del salmo responsorial: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.”


Ya conocemos a Dios

Todo es porque tenemos ya nuestras ideas sobre lo que es Dios, sobre cómo debe actuar él y sobre cómo debemos actuar nosotros. Él nos debe liberar pero de la forma y manera como nosotros queremos. Se nos olvida que Dios es Dios, que de Él sólo conocemos lo que se nos ha revelado en Jesús. Y que Dios es absolutamente sorprendente, que rompe nuestros esquemas y nuestras ideas preconcebidas. Que no se deja llevar por nuestros caminos sino que tiene sus propios caminos.
La fe es la capacidad de estar abiertos a la sorpresa de Dios. Abrahán descubrió una nueva tierra pero dejó la suya sin saber dónde iba. Por la fe creyó en una promesa que ni siquiera vio cumplida y que posiblemente no entendió del todo. Por la fe, fue capaz de ofrecer en sacrificio a su propio hijo, que era parte de la promesa, confiando en que la fuerza de Dios haría brotar la vida en dónde él no veía más futuro que la muerte.
El tesoro de que nos habla Jesús en el Evangelio de este domingo no es el que nosotros nos imaginamos. No consiste en oro ni piedras preciosas. Pero tampoco sabemos con certeza que consista en una vida de mortificación y ascetismo. Esa es la sorpresa de Dios, la que nos tiene preparada. Ahí ponemos nuestra confianza y creemos que lo que Dios nos tiene preparado –sea lo que sea– es bueno. No sólo eso. Es lo mejor que puede haber para nosotros. Se escapa a nuestra imaginación y a nuestras ideas porque Dios escapa a nuestra imaginación y a nuestras ideas.


Esperando en fraternidad

Vale la pena vivir en la fe. Vigilantes ante el Dios que nos llega. Decía un profesor mío de teología que Dios no está en nuestra pasado sino que nos espera en el futuro, a la vuelta de la esquina de la calle de la vida por la que estamos caminando ahora mismo. Los criados o el administrador de que hablan las parábolas de Jesús tienen en su mano el dejarse llevar por sus ideas preconcebidas o esperar vigilantes la llegada de su amo y confiar que lo que el amo les traiga será lo mejor para ellos.
Los hay que prefieren emborracharse de poder y de tantas otras cosas. Ponen en ellas su corazón. Y se equivocan. Los hay que prefieren aguardar vigilantes en compañía de los hermanos y hermanas, con las manos abiertas a todos los hombres y mujeres, esperando la venida del Señor, compartiendo las pobrezas, las limitaciones, hasta el pecado pero confiando en que lo que Dios nos trae es la salvación.
Y en la espera se conoce a otras personas, se establecen lazos de familia, reconocemos el rostro del hermano en el otro, rompemos fronteras, vivimos en esperanza y conocemos el gozo de la fraternidad. Quizá hasta descubrir que esa misma espera y esa misma vigilancia es ya la presencia del Dios que nos salva del egoísmo individualista que nos impide vivir la vida como hijos e hijas de Dios.

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