Por B. Caballero
1. Una disyuntiva inevitable. La proclamación evangélica de este domingo prosigue la lectura del discurso del monte, en que Jesús proclama las actitudes básicas del discípulo para asimilar el nuevo talante del reino de Dios. Cristo define hoy la actitud del cristiano ante el dinero y la subsistencia material que en él se fundamenta. El pasaje es de gran belleza literaria.
El texto se abre con un dilema que es tesis de partida: "Nadie puede estar al servicio de dos amos... No podéis servir a Dios y al dinero". El axioma es al mismo tiempo un dato experimental: es incompatible el servicio satisfactorio a dos señores. Dilema evidente, por tanto. El Dios de la revelación es un Dios celoso, que no admite rival. Pero resulta que el dios Dinero, el ídolo Mammón, también es totalizante; y cuando se apodera del corazón del hombre destrona cualquier otra deidad.
Por tanto, la disyuntiva es inevitable. Jesús nos propone la opción a seguir: servir al Señor, abandonándose a su providencia amorosa de Padre Idea que apoya en dos bellísimas imágenes de la naturaleza. Si los pájaros y los lirios del campo son objeto del cuidado de Dios que provee gratuitamente a su subsistencia espontánea, ¿no lo será el hombre que vale mucho más?
De lo que antecede concluye Jesús una doble invitación para sus oyentes:
1ª. "No os agobiéis por la vida, el alimento y el vestido". Hasta cuatro veces se excluye en el texto la preocupación angustiosa por el sustento diario. El aviso se dirige tanto al rico a quien le sobra y que puede ser esclavizado por la obsesión del tener, como al pobre a quien le falta y que igualmente puede ser avasallado por la psicosis de penuria. Ya sabe nuestro Padre del cielo que tenemos necesidad de todo eso.
2ª. "Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura". El Señor no dice buscad "únicamente", sino buscad "sobre todo" el reino de Dios; con lo cual no excluye lo demás, pero lo coloca en el podio número dos. Jesús es realista y no un soñador ebrio de poesía, trinos y flores. Él sabe que nosotros no somos pájaros o lirios, y que necesitamos ganarnos la vida con diligencia y trabajo; pero descubriendo a cada paso la providencia de Dios y confiándonos totalmente al Padre, sin angustia obsesiva por adquirir cosas.
El texto del segundo Isaías, que se lee en la primera lectura, describe ese amor providente de Dios con la imagen sublime del cariño de la madre que no puede olvidarse de su criatura. Es la expresión bíblica más profunda y elocuente de la ternura maternal del Dios Padre que nos reveló Jesús.
2. El culto al dinero: nueva religión. El culto al poderoso caballero que es don Dinero ha venido a constituirse en el sucedáneo de la auténtica religión. Desde siempre, y hoy más que nunca, se rinde culto al dios dinero con verdadero ritual de sacrificio al ídolo tirano. Todo se le sacrifica en su altar: trabajo, salud, principios éticos, familia, amistad, éxito, felicidad. Todo, con tal de triunfar, tener cosas, influencias, éxito personal, apariencia social, poder de consumo para lo necesario y lo superfluo, la diversión y el goce de la vida.
Si nuestra actitud ante el dinero ya no ve a éste como medio de subsistencia digna y humana (comida, vestido, vivienda, familia, estudios, educación, ocio y cultura), sino como fin obsesivo y razón de nuestra vida, hemos empezado a soldar los eslabones de la cadena que nos amarra a la tiranía del ídolo. Ya tenemos un amo, un dios absorbente, despótico y totalizante que no admite al Dios auténtico como rival.
Las consecuencias de la idolatría consumista son terribles y degradantes, aunque el hombre moderno parece encajarlas como lo más natural. El consumismo:
1) Degrada la dignidad humana, la noble condición del hombre y de la mujer, que se convierten en máquinas de producción y consumo de bienes.
2) Bloquea la solidaridad del compartir, la fraternidad y la comunicación humana, sobrealimentando hasta el empacho el egoísmo, la manipulación y la explotación de los semejantes.
3) No hace más feliz ni más libre al hombre sino, al contrario, lo esclaviza. La propiedad, cuando es egoísta, se desentiende de su exigencia básica que es orientación al bien común, al compartir con los demás: y se convierte en poseer sólo para el individuo, quedando éste a su vez poseído por las cosas y bienes que tiene.
Frente a todo esto, Cristo nos invita a la opción prioritaria por el reinado de Dios y su justicia, es decir, a elegir la soberanía amorosa de Dios y su voluntad en nuestra vida y nuestro mundo. La invitación es a vivir el afán de cada día con libertad interior, como hijos amados de Dios.
3. Confianza y abandono en las manos de Dios. La actitud del creyente frente al dinero y los bienes materiales, es decir, el talante que señala Jesús para el que le sigue, pone a prueba nuestra fe y nuestra confianza en Dios. El dinero significa seguridad y garantía económica; algo que va a nuestra sicología. Hambreamos seguros de toda clase, también espirituales. Por eso la sicosis de seguridad corre pareja a la obsesión del tener.
No obstante, una obsesión de seguridad total choca con la fe: ésta siempre será paradoja y aventura, riesgo y peregrinación en marcha por la vida. Todo esto hace que no estemos a salvo de los avatares de una inseguridad temporal, aunque compensada con creces por una tranquilidad de otro tipo. La fe que nos pide Jesús es confianza y abandono en las manos de Dios Padre a quien servimos con amor, y por quien nos sentimos amados.
Él sabe muy bien que necesitamos muchas cosas para el sustento diario. Puestos en sus manos, digámosle: Danos hoy nuestro pan de cada día.
El texto se abre con un dilema que es tesis de partida: "Nadie puede estar al servicio de dos amos... No podéis servir a Dios y al dinero". El axioma es al mismo tiempo un dato experimental: es incompatible el servicio satisfactorio a dos señores. Dilema evidente, por tanto. El Dios de la revelación es un Dios celoso, que no admite rival. Pero resulta que el dios Dinero, el ídolo Mammón, también es totalizante; y cuando se apodera del corazón del hombre destrona cualquier otra deidad.
Por tanto, la disyuntiva es inevitable. Jesús nos propone la opción a seguir: servir al Señor, abandonándose a su providencia amorosa de Padre Idea que apoya en dos bellísimas imágenes de la naturaleza. Si los pájaros y los lirios del campo son objeto del cuidado de Dios que provee gratuitamente a su subsistencia espontánea, ¿no lo será el hombre que vale mucho más?
De lo que antecede concluye Jesús una doble invitación para sus oyentes:
1ª. "No os agobiéis por la vida, el alimento y el vestido". Hasta cuatro veces se excluye en el texto la preocupación angustiosa por el sustento diario. El aviso se dirige tanto al rico a quien le sobra y que puede ser esclavizado por la obsesión del tener, como al pobre a quien le falta y que igualmente puede ser avasallado por la psicosis de penuria. Ya sabe nuestro Padre del cielo que tenemos necesidad de todo eso.
2ª. "Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura". El Señor no dice buscad "únicamente", sino buscad "sobre todo" el reino de Dios; con lo cual no excluye lo demás, pero lo coloca en el podio número dos. Jesús es realista y no un soñador ebrio de poesía, trinos y flores. Él sabe que nosotros no somos pájaros o lirios, y que necesitamos ganarnos la vida con diligencia y trabajo; pero descubriendo a cada paso la providencia de Dios y confiándonos totalmente al Padre, sin angustia obsesiva por adquirir cosas.
El texto del segundo Isaías, que se lee en la primera lectura, describe ese amor providente de Dios con la imagen sublime del cariño de la madre que no puede olvidarse de su criatura. Es la expresión bíblica más profunda y elocuente de la ternura maternal del Dios Padre que nos reveló Jesús.
2. El culto al dinero: nueva religión. El culto al poderoso caballero que es don Dinero ha venido a constituirse en el sucedáneo de la auténtica religión. Desde siempre, y hoy más que nunca, se rinde culto al dios dinero con verdadero ritual de sacrificio al ídolo tirano. Todo se le sacrifica en su altar: trabajo, salud, principios éticos, familia, amistad, éxito, felicidad. Todo, con tal de triunfar, tener cosas, influencias, éxito personal, apariencia social, poder de consumo para lo necesario y lo superfluo, la diversión y el goce de la vida.
Si nuestra actitud ante el dinero ya no ve a éste como medio de subsistencia digna y humana (comida, vestido, vivienda, familia, estudios, educación, ocio y cultura), sino como fin obsesivo y razón de nuestra vida, hemos empezado a soldar los eslabones de la cadena que nos amarra a la tiranía del ídolo. Ya tenemos un amo, un dios absorbente, despótico y totalizante que no admite al Dios auténtico como rival.
Las consecuencias de la idolatría consumista son terribles y degradantes, aunque el hombre moderno parece encajarlas como lo más natural. El consumismo:
1) Degrada la dignidad humana, la noble condición del hombre y de la mujer, que se convierten en máquinas de producción y consumo de bienes.
2) Bloquea la solidaridad del compartir, la fraternidad y la comunicación humana, sobrealimentando hasta el empacho el egoísmo, la manipulación y la explotación de los semejantes.
3) No hace más feliz ni más libre al hombre sino, al contrario, lo esclaviza. La propiedad, cuando es egoísta, se desentiende de su exigencia básica que es orientación al bien común, al compartir con los demás: y se convierte en poseer sólo para el individuo, quedando éste a su vez poseído por las cosas y bienes que tiene.
Frente a todo esto, Cristo nos invita a la opción prioritaria por el reinado de Dios y su justicia, es decir, a elegir la soberanía amorosa de Dios y su voluntad en nuestra vida y nuestro mundo. La invitación es a vivir el afán de cada día con libertad interior, como hijos amados de Dios.
3. Confianza y abandono en las manos de Dios. La actitud del creyente frente al dinero y los bienes materiales, es decir, el talante que señala Jesús para el que le sigue, pone a prueba nuestra fe y nuestra confianza en Dios. El dinero significa seguridad y garantía económica; algo que va a nuestra sicología. Hambreamos seguros de toda clase, también espirituales. Por eso la sicosis de seguridad corre pareja a la obsesión del tener.
No obstante, una obsesión de seguridad total choca con la fe: ésta siempre será paradoja y aventura, riesgo y peregrinación en marcha por la vida. Todo esto hace que no estemos a salvo de los avatares de una inseguridad temporal, aunque compensada con creces por una tranquilidad de otro tipo. La fe que nos pide Jesús es confianza y abandono en las manos de Dios Padre a quien servimos con amor, y por quien nos sentimos amados.
Él sabe muy bien que necesitamos muchas cosas para el sustento diario. Puestos en sus manos, digámosle: Danos hoy nuestro pan de cada día.



No hay comentarios:
Publicar un comentario