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sábado, 15 de enero de 2011

Fernando Sebastián: “La evangelización es la verdadera rebeldía ante la situación actual”

Por Juan Rubio
Publicado por Vida Nueva

Fernando Sebastián decidió trasladarse a Málaga el 31 de julio de 2007, después de que el Papa le aceptara la renuncia por edad, presentada a finales de 2004 en la sede de Pamplona-Tudela. Nada más llegar a la ciudad andaluza, recibió la invitación para reeditar su libro Nueva Evangelización (Encuentro, 1991), una obra que tuvo un gran impacto. Ahora publica, con la misma editorial (Encuentro), Evangelizar.
“El editor me pidió que revisara la edición, pero la honestidad con mis futuros lectores y conmigo mismo me obligaba a preparar una redacción enteramente nueva. Confieso que fue una sorpresa para mí comprobar cómo en menos de veinte años se había modificado tan profundamente nuestro mundo espiritual”, explica el arzobipo emérito de Pamplona y de Tudela.
Fernando Sebastián Aguilar (Calatayud, 1929) se puso manos a la obra, con la ventaja del tiempo, estructurando las ideas, contemplando el mundo que le rodeaba y con el ardor evangelizador que siempre lo caracterizó: “Los pastores tenemos que ser capaces de entrar de verdad en el mundo de la incredulidad para entender a los que no creen y para ayudar a nuestros hermanos cristianos a conservar y fortalecer su fe en el ambiente en el que les toca vivir”. Y éste es el objetivo del libro Evangelizar.
- Hay en el libro cierta “rebeldía” ante la situación actual…
- Por supuesto, y creo que la evangelización seria y profunda es la mayor rebeldía ante el panorama de crisis que tenemos. En el origen de todas las crisis, conflictos y sufrimientos que tenemos en nuestra sociedad actual está la incredulidad, el olvido de Dios. No podemos quedarnos quietos, con los brazos cruzados. La verdadera rebeldía del cristiano está en no aceptar esta realidad. Puede haber falsas salidas: el miedo, el conformismo, la condescendencia, el integrismo, la politización de izquierdas o derechas o el deseo de restaurar viejas fórmulas. La única respuesta ante la interpelación de los signos de los tiempos es la evangelización.
- En su análisis se respira cierta desazón…
- No he pretendido hacer un análisis rigurosamente científico. He leído estadísticas, he ido reflexionado al hilo de los acontecimientos de cada día. Suponiendo que el análisis sea aproximadamente verdadero, puede resultar un poco aplastante y provocar la tentación de decir que no hay nada que hacer, que está todo perdido. Ni intelectual, ni sentimentalmente quiero alinearme con una postura pesimista. Ante esta situación hay distintas salidas. Una es tirar la toalla, sentirse vencidos pensando que terminó la España católica y empieza otra que hay que aguantar sin más. Un creyente no lo puede aceptar. Hay quienes creen que la respuesta tiene que ser una vuelta a fórmulas caducas. Tampoco creo que sea la solución. También como respuesta está la que da ese mal llamado “progresismo” que trata de entenderse con la nueva cultura buscando un lugar en ella de forma acomodaticia. No es el camino. Yo me apunto a algo más radical: volver a empezar con un anuncio fresco del Evangelio, construyendo un mundo diferente, partiendo siempre de la convicción de que la causa secreta del malestar está en la pérdida de la relación con Dios y nuestra confianza en Él.
Cambios en la sociedad
- ¿Tanto ha cambiado la sociedad en este último cuarto de siglo?
- La historia de España y de la Iglesia en España en el siglo XX es muy complicada. No podemos pretender decir que la Iglesia no ha tenido responsabilidad. Directamente no, pero la España de la pobreza y de los enfrentamientos de la primera mitad del siglo pasado nos lleva a pensar que algo más podíamos haber hecho. Luego llegó el Concilio, y la Iglesia española, con su ayuda, procedió muy honesta y sinceramente para salir del enfrentamiento latente que quedaba aún, contribuyendo a crear una sociedad reconciliada y libre. Hubo una colaboración intensa. Yo mismo participé con el cardenal Tarancón en este trabajo y soy testigo de los esfuerzos y del sufrimiento para abrir camino a una transición tranquila y reconciliadora. Eso se trabajó con ilusión durante algunos años, pero la experiencia demuestra que aquel ideal se ha ido deteriorando, y hoy las tensiones y los conflictos, así como la merma de la tolerancia, son mayores que en los años ochenta. La sociedad hoy está mucho más crispada.
Responsabilidad estatal
- Dice usted en su libro que “caminamos a la desaparición de la sociedad española actual y al aniquilamiento de nuestra identidad histórica y cultural con la colaboración decidida de este Gobierno”…
- Es realmente preocupante. El Estado tiene que crear un clima en el que todos los españoles puedan vivir según su conciencia, no en plan beligerante, sino tutelando la libertad religiosa. Esto es el sentido de una laicidad abierta que sabe respetar y valorar la libertad de los ciudadanos que practican una determinada religión. En este sentido, hay un ejemplo claro con la Ley del Aborto. Se dice que ésta no obliga a abortar, pero olvidamos el carácter pedagógico de toda ley. Con la reciente modificación de la ley, aparece prácticamente aceptado que el aborto es bueno, por lo menos tolerable, y lo que se discute son detalles secundarios. Lo que hay que poner en cuestión es el tema central. Las leyes y la práctica de las cosas cambian poco a poco la forma de pensar de la gente. Así, lentamente, se va configurando una mentalidad, un nuevo estilo de vivir que hace difícil a los cristianos compaginarlo en sus vidas. Se está implantando desde el poder una nueva cultura.
Autocrítica eclesial
- Usted se presenta especialmente crítico también con la Iglesia en esta encrucijada…
- No he querido alzarme como maestro de los demás. Es verdad que hago un confiteor, pues, aun sin entrar a juzgar a las personas, es evidente que en la situación histórica en la que hemos vivido los cristianos españoles, hemos perdido vigor y fuerza y hemos caído en los defectos de una Iglesia dominante que se puede permitir el lujo de cultivar rencillas entre sus miembros, aficionarse a los honores, como si no tuviéramos un trabajo importante que hacer en el exterior de la Iglesia. Ha habido momentos históricos en que hemos olvidado nuestras fronteras y nos hemos entretenido demasiado en nuestros gustos de sacristía. Hemos perdido mucho tiempo glorificándonos a nosotros mismos; disfrutamos celebrando aniversarios para proclamar nuestras grandezas, centrados en cosas que pueden ser verdaderas pero que no deben ser el fin de nuestras actividades. Lo nuestro ha de ser vivir para servir la fe y anunciar el Evangelio de la salvación a quien no lo conoce o no lo acepta. Todo lo demás es secundario.

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domingo, 19 de abril de 2009

«… Y todo lo demás se os dará por añadidura»

Por José Ignacio Calleja*
Publicado por FAST

Recuerdo que, al juntarnos para un curso de moral social cristiana, entre religiosos de aquí y de allá, más de una vez he bromeado de este modo: “Bien, vamos a comenzar; pero antes de nada, el ecónomo puede ir a su trabajo”. Algunos imaginaban que me ensañaría con los administradores de su congregación. En realidad, era una confesión de que la fe cristiana nos coloca ante exigencias muy radicales en el uso y apropiación de los bienes económicos. Tantas, que temo que sea difícil conseguir rentabilidades “importantes”, y, sobre todo, que sea posible conseguirlas como “los mercados” permiten, o ¡permitían!, y descansar en paz. Tal vez por eso en la Iglesia, creo yo, mucha gente con responsabilidad pastoral ha evitado enterarse a fondo de la administración de los bienes en su institución. Una especie de huida hacia delante, más o menos comprensible, visto como se las gasta el Evangelio con el uso y procedencia de las riquezas.

Todo esto a propósito de noticias que, de vez en cuando, saltan hasta la prensa y que tienen que ver con donaciones, herencias, ayudas, obras… y, en otro orden de cosas, con la gestión de fondos y cuentas varias, que extienden dudas sobre cuánto, por qué, para quién, con qué fin y bajo qué control.

Como no me tengo por inquisidor, ni pienso que otros han de ser más materialistas que yo, confío mucho en quienes, en la Iglesia, gestionan su economía. Me consta, además, que el celo de estas personas por el patrimonio común suele ser proverbial. Y me consta también que en la Iglesia, en todos los niveles por mí conocidos, la gente vive con razonable modestia y mirando en lo posible por la congregación, el colegio, la residencia, el seminario o la diócesis.

Ahora bien, siempre hay un “pero”: deberíamos mejorar en algunos aspectos sustanciales. En primer lugar, pienso en profesionalizar la administración, dotarla de rigor, someterla a reglas bien conocidas y publicitarla con objetividad. No tiene por qué salir en el “telediario”, pero hay formas perfectamente conocidas para hacer público un balance económico y una situación patrimonial. Y los ecónomos tienen que reconocer que el secreto, la soledad y el paso del tiempo en el cargo son un cóctel explosivo.

Por otro lado, las fuentes de financiación de la Iglesia y de sus proyectos tienen que ser perfectamente legales en toda su extensión, sobre todo, en cuanto a su procedencia y fiscalidad. Y, por supuesto, no crear relaciones de deuda moral y trato privilegiado con sus benefactores. Menos aún habrían de condicionar una palabra moral de denuncia pública. Cuando las malas lenguas se refieren a que hay mecenas, fundaciones y agentes financieros que sugieren suavizar tomas de posición de la Iglesia en el mundo a cambio de asumir deudas muy cuantiosas, es mejor tenerlo por leyendas urbanas.

En este sentido, el capital de origen público es muy cuestionado, por lo que supone de obligación fiscal para todos, directa o indirectamente, en una sociedad plural. Pero el capital privado, cuando procede de mecenas millonarios, es aún más peligroso, por lo que supone de dependencia futura y lo que podemos ignorar sobre su origen. Hay que ser muy grande para dar mucho a otros, además de tenerlo, y hay que ser inmenso para darlo sin interés alguno, y anónimamente. Yo diría que casi imposible. Así que, mejor “muchos pocos” que no uno que lo da “todo”.

Y, al cabo, lo más decisivo. Sin bienes no se puede vivir. Con muchos bienes, te agobia aquello de que “no se puede servir a dos señores”. El modo tan particular como se nos revela el crecimiento del Reino, entre la sencillez de lo casi inapreciable y el profetismo espiritual y moral alternativos, dificulta la traducción económica de la fe. Ya sé, ya sé que sobre el Nuevo Testamento y los bienes económicos hay mucho que decir. Pero la línea general, las referencias cristianas más decisivas, no sólo morales, sino teologales y espirituales, son la confianza en el Padre (”buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”), la pobreza (”el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”) y el desprendimiento (”dadles vosotros de comer”). Nuestros beneméritos precursores lo tradujeron hasta ayer en máximas morales como “en caso de extrema necesidad, todos los bienes son comunes”, y, además, “lo que tienes, más allá de lo necesario comúnmente para vivir con dignidad, no es tuyo, es de los pobres”. En plena crisis, con el Evangelio en una mano y el FOESSA en la otra, hay que ser muy claros en las cuentas y tratos, y muy “comprometidos” en el uso de lo propio.

(Fuente: revista Vida Nueva, nº 2655)

* José Ignacio Calleja es sacerdote, profesor de Moral Social Cristiana en la Facultad de Teología de Vitoria. Lee otros artículos suyos

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viernes, 27 de marzo de 2009

Consejos Evangélicos: Talentos y servicios interhumanos



La segunda parte del discurso escatológico, antes de entrar en el relato de la pasión, nos brinda dos imágenes alusivas al reino de los cielos. Se parece éste a las vírgenes que esperan (Mt 25,1-13). Se parece al hombre que antes de irse de viaje confía a los criados sus bienes (25,14-30). Las vírgenes han de invertir sabiamente sus bienes y hacerlo a tiempo. Los criados han de administrar atinadamente los talentos. La última escena, la del juicio final de las naciones (Mt 25,31-46), pondrá de manifiesto quién ha administrado adecuadamente sus bienes.

Las vírgenes, tanto las sensatas como las necias, son las amigas de la boda que van al encuentro del esposo, el cual viene en busca de su esposa para conducirla a casa. Unas y otras vírgenes, sensatas y necias, han de cumplir fielmente la misión recibida: administrar atinadamente los bienes que se les ha confiado (Mt 25,14-30); con más precisión aún: ayudar a los que son más pequeños entre los hermanos del Hijo del hombre (Mt 25,31-46). Tanto la administración como la ayuda no pueden dejarse para el último momento de la vida, cuando ya no hay tiempo. Llegada la hora de la boda o del juicio, las vírgenes necias, por mucho dinero que tengan, no disponen de tiempo para comprar en la tienda el aceite necesario para sus lámparas. Es una acción intransferible. De nada sirve que las vírgenes sensatas tengan abundancia de aceite en sus lámparas. Cada una, sensata o necia, ha de velar ahora, es decir, ha de hacer inmediatamente lo que hay que hacer, para estar preparadas cuando, al despertarse, llegue la hora decisiva. Cuando acaezca el encuentro con el novio ya será demasiado tarde para actuar. A la hora del juicio, los «pequeños servicios» de los hombres entre sí no tendrán ya actualidad. El destino más sabio de nuestros bienes es servir con ellos a los hermanos. Ése es el sentido de nuestra economía como cristianos y religiosos.

El tema de la vigilancia, como fidelidad a la misión recibida, continúa en la parábola de los talentos. No es el caso de preguntarnos qué significa el talento (las respuestas son múltiples) y tampoco de fijarnos en la fabulosa suma que el señor confía a sus criados. Todo el pasaje insiste más en la fidelidad activa de los criados a su amo que en el contenido de esa fidelidad. Llegada la hora de la retribución, la parábola no ensalza el trabajo por el trabajo. Para salvaguardar los intereses de su señor, los criados –también el criado negligente– deben hacer el esfuerzo mínimo de confiar a los banqueros el talento recibido. En efecto, Dios, que es todopoderoso, no exime a los criados de su responsabilidad, más bien la suscita. ¿Dónde y cómo invertir los dones recibidos? Siendo misericordiosos con los hermanos en la fe y con los demás hombres. Dios nos ha confiado los dones de la vida y de la fe. Han de ponerse en movimiento para que lleguen a los demás, a los más pobres, los dones recibidos. A la hora del juicio, el que tenga, es decir, el que haya sido fiel en las cosas pequeñas de la vida terrestre, recibirá una gran recompensa; pero el que no tenga nada, el que haya sido infiel o perezoso será castigado severamente. No se alude aquí al mérito, sino que los criados del Señor, por más que sea omnipotente, han de colaborar según su capacidad en los «negocios» del Señor. Éstos son los que vienen inmediatamente a continuación.

El capítulo al que pertenecen las dos parábolas anteriores culmina en la escena dedicada al «Hijo del hombre y al juicio final», situada inmediatamente antes de la narración de la pasión del Señor. Se iniciaba el ministerio de Jesús, según san Mateo, con la proclamación de las bienaventuranzas propias de los pobres; finaliza con la llegada del Hijo del hombre, para resaltar con su presencia y sus palabras la importancia «última» de los actos de amor, es decir, de la ayuda prestada a los más pequeños (v. 45). Éstos, como los pobres de las bienaventuranzas, son los desarrapados, los famélicos, los apátridas, los encarcelados, los enfermos. Con éstos, con los más pequeños, se identificó Jesús con anterioridad, al abrazar a un pequeño. Es que el Hijo del hombre ve a su hermano en todo necesitado. Su amor de pastor de Israel le lleva a solidarizarse con toda la miseria humana en su inmensidad y en su dimensión más honda. Los fieles y los vigilantes de las dos parábolas anteriores no se contentaron con meros sentimientos de cariño hacia los más pobres, sino que los ayudaron de una forma efectiva: con la donación de sus bienes y de su vida se convirtieron en siervos de los pobres, aunque no sabían que el mismo Hijo del hombre se había identificado con ellos. Lo que hicieron con los más pequeños se lo hicieron al Hijo del hombre. Cuanto somos y tenemos se torna don para nuestros hermanos, sean cristianos o no; es suficiente con que sean hombres. Nuestro dinero, nuestra vida, tiene una finalidad clara: ayudar a los demás, sobre todo si son pobres.

Para pensar :

Sólo veo nítida una cosa. Sólo me consuela y 'me aclara' una cosa: Que Jesús nuestro Hermano se ha mezclado precisamente en nuestro dolor, en los males cósmicos, en el margen triste de la historia... Era muy hermoso que Jesús realizara codo a codo con sus hermanos de raza, los hombres que pueblan la historia, una trayectoria biográfica dejando huellas en el polvo del camino. )Pero a qué la pasión, la sangre, los azotes, las espinas, la saliva, los clavos, la desnudez, el escarnio, la sed, a qué viene la exageración de la muerte en cruz? Nadie aclara este misterio, el supremo misterio. En las carnes sensibles de Cristo humillado tiembla todo el dolor del mundo: la inocencia de los niños, el amor de las madres, las noches del enfermo, la soledad del preso. Y si efectivamente nuestras gotas de sangre se mezclan en el cáliz con la suya, cambia el panorama. Sufrir será un misterio, pero ya no es una insensa­tez. El terrible mal deja un reguero de luz+ (J. M0., Javierre, Un hombre pregunta por Dios, Burgos 1967, 98-99).

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