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viernes, 21 de diciembre de 2012

NAVIDAD EN EL BARRO


“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10)
Estamos transitando los últimos días del año y nos disponemos a celebrar la Navidad como una invitación a seguir en camino, donde la Vida reclama, porque Jesús, el Emmanuel, está y camina con nosotras y nosotros. Él vino a traernos vida y vida en abundancia y nos envía como discípulos-misioneros a anunciar la Buena Nueva de la liberación, para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. (Plan Trienal 2010-2013)

Ya el papa Juan XXIII, a las puertas del Concilio Vaticano II, nos advertía de los peligros que suponen los profetas de calamidades, aquellos que no anuncian más que desgracias y malas noticias. Nuestros Pastores en Aparecida nos recuerdan que “los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA. 29). Es por eso que en esta Navidad, queremos celebrar la buena noticia de un Dios que sigue manifestándose a través de los signos de los tiempos en este mundo nuestro, al que miramos con ojos de misericordia y en el que nos encontramos con hombres y mujeres que trabajan al servicio de las grandes causas de nuestro pueblo, en la construcción de una humanidad nueva, con vida digna y abundante para todos, todas y todo.
Con ellos y ellas, y desde diversas plataformas, queremos sostener la misma y única esperanza del Pueblo, acompañando sus legítimas reivindicaciones de humanización, libertad, justicia, igualdad, verdad, identidad, alteridad, desde el horizonte de un mundo nuevo posible (Plan Trienal 2004-2007), inaugurado por Jesús de Nazaret, que al decir del papa León Magno, ”fue tan humano, pero tan humano, como sólo puede serlo Dios”. Cuanto más “Hijo de hombre” más “Hijo de Dios”. (Plan Trienal 2010-2013)

El nacimiento de Jesús es luz, vida definitiva y buena noticia para nuestro pueblo. Nacimiento que expresa a un Dios que no tuvo miedo de meterse en el barro de nuestra humanidad y que nos invita a meternos en medio del pueblo y a sumarnos al entramado de sueños y luchas por una vida digna en abundancia, desde los pobres a todos.

Como Vida Religiosa en Argentina confesamos con san Ireneo y con el mártir Romero de América que “la gloria de Dios es que el hombre (pobre) viva”, renovamos nuestra opción por los pobres y nuestro compromiso de seguir en camino, donde la Vida reclama

¡Les deseamos una FELIZ NAVIDAD y un FECUNDO 2013!

Mensaje de Navidad de la Conferencia Argentina de
Religiosos y Religiosas (CONFAR).

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martes, 14 de febrero de 2012

¿Hacia dónde lleva el Espíritu la Vida Consagrada del siglo XXI?


Por José Cristo Rey García Paredes, cmf
Publicado por Ciudad Redonda

Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre. … Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra. Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona…El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. » (Apc, 3, 8-13).
Más allá de sus particularidades en cada continente, en cada nación o país, en cada orden o congregación, en cada comunidad o persona, la vida consagrada es como una navecilla de vela impulsada por el viento del Espíritu. El Espíritu que genera su pluralidad carismática, es la fuente –así mismo- de su fundamental unidad. El viento marca sus ritmos, su velocidad, su orientación; le permite luchar contra las corrientes que quieren llevarla hacia otros destinos u incluso su misma destrucción. Hoy la vida consagrada, navecilla impulsada por el viento, no cuenta con corrientes favorables en muchos lugares de la tierra, pero sí con el Viento –siempre favorable- del Espíritu. Y, por eso, nos preguntamos: ¿Hacia dónde lleva el Espíritu la Vida Consagrada del siglo XXI., globalmente considerada?

El cambio “relativo”

Sociedad tradicional

Podría parecer que pocas cosas han cambiado en la vida consagrada del siglo XXI. La diversas familias religiosas, extendidas ya por todo el mundo, nos hablan de sus fundadores y fundadoras, nos muestran características comunes y persistentes, no renuncian a símbolos del pasado y se entusiasman recurriendo a ellos: imágenes, símbolos, himnos, hábitos, costumbres etc..
Aunque hablemos del nuevo rostro de la vida consagrada, no debemos olvidar que las órdenes o congregaciones son y tienden a ser “sociedades tradicionales”, aun en medio de la sociedad del movimiento. En ellas la tradición cuenta más que el futuro, las raíces más que las ramas, la inspiración originaria más que los sueños utópicos de futuro. El mito de los orígenes, el carisma inicial y germinante es aquel que se cuida, conserva, venera. El pasado mejor, discernido, acrisolado, es el que alecciona a las nuevas generaciones. La autoridad viene del pasado, no del futuro
Cuando un joven ingresa en una orden o congregación no es que renuncie al futuro, pero sabe bien -o pronto lo sabrá- que su mirada habrá de volverse hacia las raíces del árbol, habrá de aprender de los inicios, de la historia… en suma, de la tradición e iniciarse en un estilo de vida que viene del pasado en sus elementos más característicos. Esto contrasta bastante, sobre todo, en aquellas sociedades en las que no hay auténticos procesos iniciáticos.
La vida consagrada -que recibe hoy nuevas adhesiones en países y continentes en los que hasta ahora había sido muy minoritaria- sigue reproduciendo su rostro tradicional. No estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo rostro, una nueva identidad y fisonomía.
En todos los continentes -Europa, América, África, Ásia, Oceanía- las familias carismáticas que forman la vida consagrada tienen las mismas señas de identidad: viste el hábito franciscano, dominicano, cisterciense o benedictino, tanto un español, como un inglés, un brasileño como un canadiense, un japonés como un filipino, un vietnamita como un libanés, un congoleño como un ruandés… Pero, más aún que el hábito, el estilo carismático es el mismo. ¡Y cuánto se cuida y protege esta identidad común a partir de los elementos básicos que la definen! Los institutos religiosos con fuerte identidad carismática cuidan mucho de configurar desde esa identidad los nuevos brotes de vida que surgen en uno y otro continente.
Había recelos en la vida consagrada, como los hay en cualquier sociedad tradicional, respecto a la acogida de vocaciones nativas y provenientes de otras culturas, lenguas, razas. Lo que en principio podría parecer un enriquecimiento numérico del Instituto, suscitaba miedos, recelos, desconfianzas respecto a la capacidad real de que esas personas advenientes fueran capaces de integrarse de verdad en la corriente vital del Instituto, sin desvirtuar con el tiempo su espíritu o deteriorarlo. En tales recelos entraban también los jóvenes “modernos” y, sobre todo, “posmodernos” de los países tradicionalmente cristianos, que traen a la vida consagrada un estilo cultural tan diferente al reinante entre las mayorías de nuestros institutos.

Las nuevas generaciones y el desafío de la interculturalidad

En los años setenta y posteriores- con más fuerza- los institutos se han abierto a la acogida de nuevas vocaciones; más aún, lo han favorecido. En este sentido, la vida consagrada ha iniciado una etapa de catolicidad, antes inédita. “Católico” es etimológica y teológicamente hablando aquello que está abierto al todo, que no se cierra, que tiene capacidad de integrar todo lo que adviene. Esta catolicidad sigue desplegándose y haciéndose más fuerte, en la medida en la que -¿providencialmente?- la vida consagrada se debilita en los países e iglesias en las que hasta ahora estaba más asentada y consolidada.
Aun recordamos aquellos tiempos en que se pensaba que esta forma de vida es la más apta para seres humanos de ciertas culturas y no de otras, de ciertos talantes y no otros. En el fondo se pensaba que los países de vieja cristiandad eran los que detentaban el privilegio de esta forma de vida, que sus culturas eran las más adecuadas para que floreciera y que su implantación en otras latitudes y culturas habría de hacerse con muchos miramientos y cautelas. ¡Cuántas veces no se dijo que la vida religiosa no está hecha para los habitantes de ciertas poblaciones… a no ser en casos muy excepcionales! Tímidos intentos de acogida, acompañados de una desconfianza sostenida, acababan en el fracaso. En lugar de promover las vocaciones en tales países, se hacía de la actividad misionera en tales países el mejor argumento para promocionar vocaciones entre los jóvenes de los países de vieja cristiandad.
Sin embargo, a partir de los años ochenta, quizá movida por la crisis vocacional de los países tradicionalmente católicos, se optó por una expansión misionera-vocacional. Hubo institutos que buscaron caladeros vocacionales. Un criterio de establecimiento de nuevas presencias no era únicamente el servicio a los diversos pueblos y a la evangelización sino también los recursos vocacionales. No intento en manera alguna juzgar negativamente este hecho, aunque en determinadas circustancias el fenómeno fuera censurable. La cuestión es que gracias a esta audacia misionera-convocante algunos institutos consiguieron levantar el vuelo. Asia y África emergieron como continentes en los cuales, a pesar de la escasísima minoría católica, el 2% de católicos frente a un 98% de no-católicos en Asia y un 15% frente a un 85% de no cristianos en África, ofrecía una juventud capaz de insertarse en los institutos religiosos, que aunque envejecidos, algunos casi en estado “terminal”, podían ofrecerles también su experiencia, su espiritualidad contrastada, sus recursos materiales y económicos y formativos. Se inició así una especie de inmigración en la vida consagrada de las antiguas iglesias. Jóvenes de la India, de Filipinas, de Corea y Japón, de Nigeria, del Congo, de Ruanda o Guinea, comenzaron a incorporarse a la vida consagrada. La vida consagrada y sus institutos se mostraron mucho más receptivos que antes al fenómeno vocacional. El proceso formativo era lento, pero constante y creciente. En pocos años la vida consagrada tiene también rostro africano y asiático.
Los miembros de estos continentes están ya integrados, con pleno derecho, dentro de la vida consagrada. No son ya jóvenes inexpertos y en proceso de iniciación, sino religiosos o religiosas maduros, bien formados, con experiencia y que han conectado adecuadamente con la gran tradición que el instituto les ofrecía.
No pocos han sido integrados en los gobiernos generales, tal vez con un cierto apresuramiento, como gesto de buena voluntad, cuando no estaban suficientemente preparados para una tarea así. Una especie de tolerancia exótica ha hecho que los miembros de los institutos acepten esta situación de paso, hasta conseguir una integración más madura y experta en el gobierno de los institutos. Se prevee que en un plazo no muy lejano, la vida consagrada en sus institutos y comunidades sea mayoritariamente orientada y dirigida por quienes pertenecen a países, culturas y tradiciones religiosas ajenas a las que hasta ahora han prevalecido-. El desafío de la interculturalidad está servido.

¿Pasos hacia delante?

A comienzos del siglo XXI la vida consagrada tiene un rostro diferente a aquel que fue más común en el siglo pasado. Resultaría enormemente ingénuo y además presuntuoso, anticipar cómo será la vida consagrada a finales de este primer siglo de este nuevo milenio; estúpido del todo sería hablar de lo que será la vida consagrada del tercer milenio; ¿puede alguien ser capaz de prever con mil años de perspectiva? Quizá, por eso, el lenguaje del “nuevo milenio” –a no ser que tenga un sentido apocalíptico- no nos sirve.
La vida consagrada es hoy la que es: más católica y siempre continuista o tradicional. Que se ha renovado integrando los elementos más positivos del proceso histórico es evidente; lo mismo le sucede a la sociedad, a cada uno de los pueblos. La vida consagrada asume el crecimiento intelectual y teológico, las nuevas tecnologías; todo lo novedoso que el progreso trae, antes o después queda integrado en estas comunidades. Pero los intentos de una total tranformación, renovación o refundación, sirven a la postre, para dar hacia delante un pasito pequeño, sin aportar la revolución que se pretendía. Después de momentos turbulentos las cosas vuelven a su cauce y la vida consagrada sigue siendo la que era, la que es.
Nosotros creemos que es el Espíritu quien la mantiene en la existencia y movimiento. Desde siempre hemos proclamado que es un don del Espíritu a su Iglesia, al mundo. Que el Espíritu es su fundador permamente. Por eso, la existencia de la vida consagrada es misterio, es don del Espíritu y no resultado de un modelo organizativo que perdura, que resulta exitoso a lo largo de los siglos. Ella nace de encuentros misteriosos con Dios en la oración y en la contemplación compasiva de nuestro mundo. Ella se mantiene gracias a un proceso permanente de fe. Parecen dirigidas a nosotros aquellas palabras del profeta Isaías: “Si no creéis en mí, no subsistiréis” (Is 7,9).

Cuestiones de inmediato futuro

Es verdad que hasta ahora se ha logrado mantener la cohesión y unidad carismática. Pero pueden llegar tiempos y están llegando, en los cuales también se reivindique un origen carismático diferente. ¿Habrá fundadores asiáticos, fundadores africanos? ¿Será que la vida consagrada nacida en los países de vieja cristiandad necesitará otras raíces culturales?
Nos hemos visto precisados a adaptar nuestros fundadores y fundadoras a las nuevas circunstancias. Los esfuerzos de los institutos por globalizar la imagen del propio fundador, por hacerlos personajes con proyección global, mundial, han sido grandes. Es un proceso de mitificación legítimo, pero que puede conllevar un peligro: olvidar que los fundadores fueron personajes históricos, culturalmente limitados. Por eso, a veces puede sonar a falso el querer presentar a ciertos fundadores y fundadoras, como paradigmas universales, a no ser que se universalice una visión que estaba demasiado condicionada en sus orígenes por un lugar, una situación, una visión del mundo. De ahí la pregunta: ¿Cuándo decimos hablar de nuestros fundadores, de quién o de qué estamos realmente hablando? ¿Del personaje histórico o de una idea, proyecto o visión que se adjudica pedagógicamente a una persona que algo tuvo que ver pero que la supera por todas partes? Aquella distinción teológica, útil en otros tiempos, entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, sería aplicable a nuestros fundadores: el fundador de la historia y el fundador mitificado de la fe del instituto. Cuando se produce una corriente des-mitificadora, puede caerse todo por los suelos.
Los procesos de mitificación cohesionan a los miembros de los institutos, hacen fuertes sus instituciones. Cuando una realidad se mitifica, no se admiten objeciones, todo se debe aceptar emocionalmente. En tiempos de gran diversidad cultural en los miembros de un instituto, parece importantísimo recurrir al mito, para así crear la cohexión necesaria entre tanta diversidad. Es perfectamente comprensible que se recurra al mito carismático para tejer la unidad carismática que nos dé razón de ser como instituto, congregación y orden. En esta situación, la figura “histórica” del fundador o fundadora interesa menos, sobre todo, en aquellos aspectos que cerrarían el paso hacia el progreso.

¿Hacia dónde nos está llevando el Espíritu?

No es fácil conocer hacia dónde está llevando el Espíritu el mundo, la iglesia, la vida consagrada.

El dilema: ¿qué espíritus o Espíritu nos mueven?

Para nosotros, los creyentes, el Espíritu es el gran motor de la historia. Estamos en el tiempo de la “missio Spiritus”. El Espíritu ha sido enviado y actúa en toda la tierra. Pero su acción no es una evidencia, sino un misterio. Jesús decía de Él o Ella que “el Viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo el que nace del Espíritu»” (Jn 3,8). Así las cosas, hemos de ser muy precavidos y humildes a la hora de responder a esta cuestión: ¿hacia dónde nos está llevando el Espíritu? Con mucha facilidad atribuímos al Espíritu con mayúscula aquello que es atribuible a otros “espíritus” con minúscula. El “discernimiento” de espíritus es, en este caso, imprescindible. Y aun cuando creamos que ya disponemos de una respuesta, aun entonces, hemos de asumirla con humildad, con temor y temblor, conscientes de que el Espíritu de Dios nos supera por todas partes y su acción nos resulta misteriosa.
Esta reflexión justifica que cuestionemos, ya de principio, esas respuestas claras y distintas (sean de signo progresista o de signo conservador) que asignan al Espíritu lo que son visiones particulares de personas o grupos, o tendencias políticas. Hay quienes han afirmado que el modelo de vida consagrada “inserta en medios populares” es el lugar adonde el Espíritu la lleva. Otros han reafirmado que la recuperación de los grandes valores tradicionales como la oración, la obediencia a la Iglesia, la vida en comunidad, son los rasgos que el Espíritu quiere de la vida consagrada. Unos han defendido como tendencia del Espíritu el abandono de las grandes instituciones de apostolado propias (colegios, hospitales), para implicarse en obras llevadas a cabo por el Estado u otras instituciones, colaborando con ellas. Mientras unos creen que el Espíritu nos pide una permanente disponibilidad e itinerancia, otros creen que nos pide encarnación, compromiso con la gente con la que estamos. Mientras unos afirman que el Espíritu nos lleva hacia una cierta independencia de la Iglesia jerárquica y una actitud crítica y “profética” ante ella, otros creen que es a la integración en las grandes líneas pastorales, a la obediencia y comunión eclesial, hacia donde nos lleva.
Nos podría servir como criterio de discernimiento sobre aquello que el Espíritu quiere de nosotros y hacia dónde nos lleva, el siguiente: ¡pertenece al Espíritu de Dios todo aquello que nos induce a: a) ser “memoria Jesu” en nuestra vida y misión: “el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26); b) profundizar en la comunión de la Alianza: “la comunión del Espíritu esté con vosotros” (Koinonia Pneumatos) (2 Cor 13,13); c) responder a los desafíos con imaginación creadora y transformadora (Spiritus creador): “un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gen 1,2).
Creo que son estas tres las características fundamentales de la misión del Espíritu. Y, por consiguiente, su acción se descubre allí donde estas tres características se pueden verificar. Es lo que quiero exponer en los siguientes apartados, aplicado a la vida consagrada mundial en este momento de comienzo de siglo.

“Memoria Jesu” (Jn 14,26)

El primado de la Palabra de Dios y, por lo tanto, del Espíritu

La vida consagrada de nuestro tiempo, femenina y masculina, ha sido agraciada –junto con toda la Iglesia- con un mayor conocimiento del Señor Jesús. La recuperación notabilísima de la Palabra de Dios en la propia formación, espiritualidad y misión, la formación bíblica permanente, el redescubrimiento de la persona de Jesús desde claves mucho más existenciales e interpelantes que en el pasado preconciliar, han enriquecido de una manera especial la vida consagrada. La vida consagrada está hoy mucho más cerca del Espíritu en la medida en que está más cerca de la Palabra de Dios.
La ética que se nos propone en la vida consagrada tiene mucho más que ver con el Evangelio, que con tradiciones ascéticas, impositivas. Hemos tomado una gran conciencia de que más vale misericordia, que sacrificios, que de poco sirve ayunar si devoras al hermano. El Espíritu ha realizado una obra ética impresionante, cuyo alcance a veces se nos escapa, en lo referente al aprecio a la dignidad de la persona, el respeto al ser humano de cualquier condición, en la defensa de la libertad y autonomía y de los derechos inalienables de los individuos. De una vida religiosa con rasgos dictatoriales y ascéticos en excesos, hemos pasado –gracias a la acción del Espíritu- a una vida consagrada más fraterna, más humanizada, más libre.

Hacia una mayor identificación con Jesús

El Espíritu, sin embargo, no nos deja tranquilos. Él nos hace comprender que el seguimiento de Jesús es un vocación permanente, incesante, sin tregua. Nos pide saber interpretar el seguimiento en cada tiempo, en cada lugar. La vida consagrada pretende –aunque muchas veces no lo consiga- ser “camino”, proceso, identificación progresiva con Jesucristo. De ahí, la importancia que les hemos dado a los itinerarios formativos y espirituales en nuestros planes de formación y espiritualidad.
Los rasgos carismáticos de cada instituto son apreciados no tanto por lo que evocan de los propios fundadores, sino porque son rasgos carismáticos que hacen más penetrante y apasionante la identificación con Jesús.
El Espíritu nos ha llevado –en esta línea- a convertir la celebración eucarística –en el contexto dinámico del año litúrgico- el centro de nuestra espiritualidad, convivencia y misión.
Por fidelidad a Jesús nos hemos cuestionado la relación que, como seguidores del Señor, mantenemos con el poder y el dinero y qué tipo de poder es el que nosotros ejercemos, o qué tipo de economía es la que nos caracteriza. Cada día se nos ha ido haciendo más evidente, que somos “memoria Jesé” cuando renunciamos al poder y a la codicia como idolatría, al poder político, económico y religioso, que en el Apocalipsis y en los Profetas es presentado bajo la imagen de las bestias. El poder-servicio, el poder del amor, el poder de la minoridad, es aquel que deseamos inspire nuestras decisiones, nuestras conductas.
El Espíritu nos lleva hacia un seguimiento de Jesús tal que reproduzcamos en nosotros sus rasgos, su estilo de vida, que nos convirtamos en biografías con rasgos cristológicos, o cristologías vivientes. Por eso, esta forma de vida religiosa quiere ser más itinerante, compasiva, evangelizadora.
El Espíritu, sin embargo, nos identifica con Jesús no de forma genérica y estandarizada. El Espíritu es intérprete, configura dentro del tiempo que nos toca vivir. Por eso, su acción no es repetitiva. Hace “memoria Jesé” poniendo de relieve en nosotros aquellas virtudes que son más elocuentes en nuestro tiempo. Lo que se ha vuelto anacrónico en la sociedad no es mediación elegida por el Espíritu. La tarea hermenéutica del seguimiento de Jesús nos pide descubrir bajo qué mediaciones el Espíritu nos conduce hacia una mayor identificación con nuestro Señor.

La “comunión del Espíritu” (Koinonia Pneumatos) (2 Cor 13,13)

El Espíritu se nos ha revelado como el Espíritu de la Nueva Alianza, de la Comunión. Es el Espíritu del Padre y del Hijo, es el Espíritu que originó la vida de Jesús en el seno de María, y es el Espíritu que reposó permanentemente sobre Jesús hasta el momento del sacrificio supremo. El Espíritu ha sido derramado sobre toda carne, sobre toda realidad. El Espíritu es punto de encuentro, clave de acceso al otro, mediación de Alianza, fuerza de comunión. Donde hay comunión y amor, allí está el Espíritu.
Este dinamismo es cada vez más fuerte dentro de la vida consagrada. Está siendo llevada por el Espíritu hacia una mayor comunión.

En el entramado de las iglesias particulares y de la sociedad

Veo en la vida consagrada una tendencia muy fuerte a vivir nuestra forma de vida más, mucho más integrados, en la trama de las iglesias particulares y de nuestras sociedades. La llamada diocesanización, parroquialización de la vida consagrada, o incluso “secularización” no ha sido a mi modo de ver, un error, sino un paso –tal vez a veces excesivo, pero perfectamente corregible- hacia el redescubrimiento de nuestra esencial eclesialidad y mundanidad.
Reivindicamos ahora nuestra eclesialidad, no porque dispongamos de documentos pontificios que avalen nuestra autonomía o exención, sino porque la hacemos valer en nuestras acciones misioneras, en nuestra con-vivencia y nuestro compartir con todos los miembros del pueblo de Dios, porque nos sentimos, ante todo y sobre todo, pueblo de Dios.
Cuando junto con otros religiosos y religiosas nos encontramos y situamos en el pueblo de Dios, nos avergonzamos de nuestros pasado triunfalismos carismáticos e institucionales que nos hacían sentirnos en “estado de perfección”, seguidores más cercanos de Jesús, expresión del radicalismo evangélico y de la profecía… etc. Ese peligro nos acecha siempre que nos situamos en nuestros espacios “propios y particulares” y no tenemos contacto con los demás y a los que llamamos a colaborar –laicos- los mantenemos en una dependencia y subordinación absoluta. Cuando, sin embargo, nos integramos con los demás, entonces reconocemos nuestro extravío, y vemos que de nada sirve nuestra identidad carismática si no es, ante todo y sobre todo, identidad eclesial. En la Iglesia los carismas se redefinen, se tornan servicios humildes y no medallas de distinción y privilegio, adquieren rasgos “franciscanos” de minoridad.
La vocación eclesial ínsita en nuestra vocación consagrada no se deja aquejar del particularismo del que, tantas veces, adolecen también, las iglesias particulares. También en las iglesias particulares nos sentimos “peregrinos”, “transeúntes”. Estamos en las iglesias particulares disfrutando de su hospitalidad. Pero, como en todo caso de hospitalidad, la presencia es siempre transeúnte, pasajera, provisoria. Somos comunidades provisorias, itinerantes. Nuestra eclesialidad es singularmente católica. Estamos abiertos y disponibles para cualquier iglesia particular, en el momento en que sea necesario.
También nos sentimos más pertenecientes a la sociedad, a la ciudadanía. No solo queremos pertenecer a una iglesia particular, también al pueblo, a la sociedad en cuyo espacio nos es dado vivir. La inculturación se ha convertido para nosotros, no solamente en un requisito misionero, en una estrategia evangelizadora, sino en un rasgo necesario de una espiritualidad de la encarnación. Por eso, la pertenencia a asociaciones civiles, la integración en la sociedad civil se nos presentan como exigencias espirituales y vocacionales, que en nada aminoran ni deterioran nuestra vocación religiosa.

Vida consagrada, “globalizada” y “católica”: el don y la tentación

Es interesante apuntar este aspecto de nuestra catolicidad. Hay una forma de entender la catolicidad que, a mi modo de ver, se aproxima demasiado a una noción de globalización que la ética desaprueba. Se trata de la catolicidad o globalización entendidas como uni-versalización, es decir, como reproducir lo uno en otras partes, en todas las partes. En eso consisten todos los imperialismos: lo uno se impone por doquier. Aunque el imperio admita peculiaridades de grupos o pueblos, no obstante, su gran objetivo es imponerse para crear unidad. Este modelo globalizador no respeta la dignidad de las personas, de los grupos. Los priva de sus peculiaridades culturales, de sus derechos innatos a continuar siendo ellos mismos. Es lo que se ha dado en llamar la “destrucción creativa” (John Gray).
Esto se produce también en una catolicidad en la que se impone un modelo, por ejemplo, “romano” (que implica visión teológica, litúrgica, jurídica, pastoral…), destruyendo las peculiaridades de cada iglesia particular. Proyecto de Juan Pablo II no era ofrecer a la Iglesia un catecismo universal, sin más, sino favorecer a partir de él la retraducción multicultural de ese Catecismo en las diferentes iglesias particulares. Ese proyecto puede quedar frenado por la pereza que siempre nos acecha, privando a las iglesias particulares de algo que les es absolutamente necesario.
Cosa distinta es la catolicidad o la globalización entendidas como solidaridad, comunión, diálogo, integración, de los pueblos diferentes, de todas las formas particulares de ser, vivir y actuar como iglesia. Esta catolicidad requiere una especie de permanente “perichóresis”, intercambio entre la iglesia mundial y las iglesias particulares, entre la humanidad y sus naciones, sin que prevalezca una realidad particular sobre las otras y sí el bien de la humanidad o de la iglesia global sobre las particularidades. En este modelo de catolicidad o globalidad nadie es eliminado, absorbido; nadie se encierra en sí mismo, o se absolutiza. En este modelo llegan a la humanidad o la iglesia las riquezas de las naciones, de las iglesias particulares. Es un modelo sinodal. Todos caminan conjuntamente.
Pues bien, la vida consagrada se hace más eclesial en este segundo sentido. Es defensora apasionada de lo particular, pero su condición de peregrina y transeúnte en las iglesias particulares, la convierte en singular valedora de la comunidad y solidaridad entre todas las particularidades de la Iglesia.
Con el flujo y reflujo de los destinos dentro de la vida consagrada, vemos cómo en iglesias particulares de Corea o de Filipinas, de Nigeria o de Zimbaue o de cualquier otro país, están presentes religiosas o religiosos que vienen de iglesias de América o de Europa. Ellas y ellos intentarán por todos sus medios inculturarse, servir con todos sus dones a la vida eclesial, y quedarán enriquecidos por ella. Pero, a su vez, su presencia no tiene rasgos de voto de estabilidad. Su estabilidad se basa en la pertenencia a la Iglesia en cualquier parte del mundo. Así también en las viejas iglesias hay una presencia de la vida consagrada, tal vez ya jubilada, que trae memorias de otras iglesias del mundo entero en las que esos religiosos o religiosas desgastaron su vida. Ellas y ellos son puertas o ventanas abiertas hacia la catolicidad, que sacan a las iglesias particulares de sus particularismos estériles.

La preocupación política

La comunión que el Espíritu quiere no es sólo intraeclesial. El Espíritu quiere unificar la humanidad dentro de la admirable variedad. El Espíritu es fuente de unidad y diversidad, o si queremos de diversidad que tiene todas las posilidades de entrar en una vivificante unidad.
Una vida consagrada movida por el Espíritu, es llevada a confrontarse con los poderes políticos que discriminan, que dividen y subyugan, que no reconocen las individualidades, que el mismo Espíritu suscita como carismas. Nada extraño, entonces, que recupere de nuevo la vida consagrada un talante más político. Que entienda que no puede estar en la sociedad como un elemento neutro, descomprometido, recluído en un sistema religioso que no se entromete en otros asuntos. La vida consagrada es llevada por el Espíritu a ser profecía sin compromisos de los valores de justicia, paz. Por eso, se pone de parte de la gente más necesitada, defiende al oprimido, al huérfano y a la viuda, hace de sus casas santuarios donde son acogidos los perseguidos. En algunas naciones la vida consagrada resulta incómoda, es perseguida.
Es también verdad que existe una fuerte inercia –agravada por el envejecimiento de los religiosos- que en no pocos paises nos vuelve conservadores y mantenedores del sistema imperante, conservadores políticos un tanto viscerales, identificados con una línea a la que casi siempre aplaudimos, y críticos viscerales hacia otra línea que casi siempre rechazamos. La visceralidad política no es don del Espíritu. Ahí la acción del Espíritu nos lleva, nos llevará hacia una mayor ecuanimidad.

Allí donde se reactiva la Alianza… allí la vida consagrada

Entender la vida consagrada como una forma de vida en Alianza y al servicio de la Alianza de Dios con los seres humanos, de los seres humanos con Dios y entre sí, es el horizonte adecuado para ver el camino por donde el Espíritu nos lleva
Hay alianzas basadas en el dinero, en el poder, en el interés. Hay Alianzas basadas en el amor, en el aprecio mutuo, en el reconocimiento de la vocación común. Algo tan simple como es trabajar en equipo, formar comunidad, sentirse pueblo, pierde su simplicidad para convertirse en el quicio de nuestra vida. El diálogo que nos hace comprender al otro, la curiosidad que nos lleva a descubrir lo desconocido, la convivencia que nos permite ver de cerca la realidad, son caminos de Alianza que configuran nuestra vida.

Spiritus Creator et Consumator

¿Hacia dónde nos lleva el Espíritu? Bien podemos decir que hacia la nueva Jerusalén que baja del cielo y se establece entre nosotros, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva.
Los artistas, movidos por la inspiración creadora, son capaces de extraer de la nada o del caos, la belleza plasmada en mil formas. Sin espíritu el artista no es nada. El Espíritu nos sorprende día a día con nuevas creaciones y nos envía el alimento cultural, artístico, intelectual, espiritual que nos hace falta. Donde falta la capacidad creadora, allí no está el Espíritu. Creando sin pausa, el Espíritu lleva la historia y la redención a su consumación.
¿Hacía dónde nos lleva el Espíritu? Quiero fijarme únicamente en tres aspectos: a) la imaginación creadora en el ámbito de la teología, del arte y de la espiritualidad; b) la capacidad creadora de nuevos modelos de institucionalización o refundación institucional; c) la terapia regeneradora.

Imaginación creadora

Señales de la presencia del Espíritu entre nosotros son las innumerables obras de arte y de pensamiento que han sido generadas y siguen siendo generadas en el espacio de la vida religiosa. Nuestros artistas y pensadores no son –como algunas veces se ha pensado- amenazas a la vivencia del carisma y de la misión. Quienes tuvieron que hacerse espacio para la creación y eran considerados, al principio como excéntricos y malos religiosos, se convirtieron después en puntos de referencia simbólica.
No solo se vive el carisma de la hospitalidad, o la evangelización catequética, o la compasión, a través del trabajo apostólico, también a través de la creación artística y simbólica. En ella, sea musical, literaria, arquitectónica, escultural, pictórica, teatral… se expresa el “Spiritus Creador”, que nos abre hacia nuevos horizontes y hace que descienda hacia nosotros la Nueva Jerusalén.
El cultivo de la imaginación creadora ensancha el espacio de nuestra tienda, y fortalece nuestra capacidad de seducción y atracción. La belleza salvará la vida consagrada.

Refundación institucional

Hace años el teólogo Johann Baptist Metz reivindicaba la necesidad de nuevas instituciones –“instituciones de segundo orden”- en las que se expresase la libertad crítica de la fe. Los sistemas cerrados crean instituciones en las cuales todo está previsto, prevalece el pensamiento único, no hay espacios para la diferencia, la multiculturalidad.
En la vida consagrada llevamos un tiempo largo de refundación institucional. Y digo largo porque el ritmo de nuestros Capítulos Generales es de sexenio a sexenio. Si un gobierno general se despista, puede dejar pendiente una reforma necesaria a muchos años vista.
El Espíritu nos puede inspirar aquellas soluciones institucionales que nos permitan vivir en auténticas comunidades, que sean al mismo tiempo misioneras y apostólicas y también lugares de encuentro, de convivencia, de oración. El Espíritu nos puede llevar a una nueva forma de entender la dimensión centrífuga y centrípeta de nuestra vida, la conexión entre acción, pasión y contemplación y plasmarlas en nuestras instituciones.
Las diversas experiencias en el ámbito formativo intentan descubrir hacia dónde nos lleva hoy el Espíritu. El énfasis en la “personalización” de los procesos formativos es un gran paso. Creo que también el Espíritu nos lleva a reconocer la fuerza formativa de de una cierta desinstitucionalización formativa. Me refiero a la obesidad de los sistemas formativos, que al final resultan perjudiciales para los mismos formandos, o a la falta de imaginación formativa.
Refundación institucional es un nuevo horizonte que el Espíritu nos abre.

La terapia regeneradora

En sus inicios la vida monástica era considerada como una forma de vida con capacidades “terapéuticas”. Es más, los monjes eran llamados “terapeutas del desierto”. La experiencia monástica se convertía para no pocos varones y mujeres en su mejor terapia antropológica.
Si reconocemos cada vez con más fuerza la unidad del ser humano, espiritual y corpóreo, ese reconocimiento nos lleva a deducir que la curación de todos nuestros males no acontece únicamente en una dimensión de nuestro ser; sino que ha de realizarse armónicamente en todos.
La vida monástica ha sido una terapia integral para el alma, pero también para el cuerpo. En su obra “Vita Antonii” reconoce san Atanasio cómo la vida ascética repercutió tan positivamente en el cuerpo del anciano Abad Antonio, que causó sensación entre todos los que lo contemplaban cuando ya, muy anciano, visitó Alejandría. Quedaron todos admirados de su equilibrio, energía y belleza corporal.
También el gran monje Evagrio introdujo en el desierto una auténtica terapia espiritual para los monjes. Desde su profundo conocimiento del ser humano, ideó caminos terapéuticos para vencer las tendencias negativas, los pecados capitales o malos pensamientos, o demonios interiores. Se trataba de terapias auténticamente regeneradoras.
Pero no hace falta ir tan lejos. La vida consagrada está descubriendo hoy una espiritualidad, adecuada para nuestro tiempo. En ella cuenta lo corporal y lo anímico, lo psicológico y lo espiritual. La espiritualidad que hoy se propugna es mucho más integral e integradora: afecta al alma y al cuerpo, a la individualidad y a la comunidad, a la comunidad y a la sociedad, a la ética y a la estética, a la estética y a la dietética. La forma de entender la vida, con sus ritmos de silencio, de desierto y retiro, y con su actividad generosa, crea un equilibrio fantástico en la vida humana.
También se está poniendo de relieve cómo la oración, la recitación de los salmos, la celebración de los ritos sacramentales crean situaciones de fecundidad y vitalidad para el ser humano.
La vida consagrada está descubriendo, movida por el Espíritu, que ella tiene una cierta función materna, con relación al ser humano. Los obispos asiáticos suelen convocar a la vida consagrada a ejercer entre sus pueblos una función de “paternidad y maternidad espiritual”.

El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a la vida consagrada

No estamos en un momento malo. La vida consagrada sigue su proceso de crecimiento a nivel mundial.
Pero el tiempo se nos vuelve decisivo. Hemos de tomar decisiones serias y sabias. Son tiempos para el entusiasmo y no la lamentación. El Espíritu lleva nuestra navecilla. Las corrientes nos quieren llevar en otra dirección. Pero ya vemos claro. Intuímos mejor hacia dónde vamos. La voz del Espíritu la oímos, aunque no lo veamos. Jesús y su ángel nos lo dicen: “El que tenga oídos, oiga –es decir “¡obedezca!”- lo que el Espíritu dice a la vida consagrada.

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lunes, 13 de febrero de 2012

Recordando al Padre Benigno Robles (Oblato Diocesano)


+Benigno Ruben Robles
08-11-1934 / 13-02-2011

A un año de su partida a la Casa del Padre, mi recuerdo a un gran sacerdote, padre, hermano y amigo que me regaló la vida.



Hernán Gerez Prado

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martes, 7 de febrero de 2012

Muere el misionero Pedro M. Salado tras salvar a 7 niños


Tenía 43 años y dirigía un hogar-escuela en Ecuador

Según informan desde la diócesis de Córdoba, el pasado domingo 5 de febrero falleció el misionero Pedro Manuel Salado, de 43 años, tras salvar la vida de siete niños que habían sido arrastrados por el mar en una playa cercana a la misión de Quinindé, en Ecuador. Pedro Manuel pertenecía a la Familia eclesial Hogar de Nazaret, fundada por María del Prado Almagro
El hermano Pedro se consagró al Señor en el año 1990 y hasta 1998 vivió en el Hogar de Nazaret de Córdoba. En este año fue destinado a la misión que el instituto tiene en Quinindé (Ecuador).
Y allí ha servido al Señor, y a los niños desamparados dirigiendo un Hogar y la Escuela-Colegio Sagrada Familia de Nazaret, con una entrega reconocida por aquellos que lo conocían y habían convivido con él.
Al conocer la noticia el obispo de Esmeraldas, el español Mons. Eugenio Arellano, afirmaba que "el hermano Pedro murió como vivió" entregado a Dios y a los niños.

Publicado por Religión Digital

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jueves, 2 de febrero de 2012

Jornada de la vida consagrada: La fuerza de la "y"


Publicado por Entra y Verás

Las leyes de la gramática otorgan a las conjunciones copulativas la función de unir dos palabras o frases de igual entidad. Así como, el lema de este año para esta Jornada de la Vida Religiosa es una frase del evangelio: “Ven y sígueme”. “Ven”, ve lo que hago, cómo vivo y luego “sígueme”, es decir, vive como yo vivo, con mi mismo sistema de valores y mismo horizonte. De esta manera puede resumirse el órdago que, según los evangelios, Jesús lanza a aquellos que llama al seguimiento.

Decir “sí” a Jesús, a su evangelio, a la fe… supone muchos “síes”: elegir una forma de amor que merece la pena: fiel, luchador, generoso, buscador…; aprender a disfrutar del valor de cada persona; encontrar mil posibilidades para llenar tus días; mirar al mundo con profundidad; optar por una forma de ser feliz.

Sinceramente, pienso que la vida religiosa no sé si está para muchas llamadas y órdagos. No sé si este el mejor tiempo para los “todo o nada” que en otro tiempo seducían y apasionaban. La mayoría de las Órdenes y congregaciones se encuentran inmersas en procesos de refundación y revitalización. Quizá el Espíritu está exigiendo un repliegue y una reflexión honesta que refuerce y actualice la identidad y la misión. No podemos convertirnos en vendedores de humo, ni intentar tener las casas llenas a cualquier precio. Nuestro modo de vida sigue siendo válido pero quizá no estamos acertando en el modo de presentarlo. Si vienen ¿qué ven? o mejor ¿para qué vienen? ¿tenemos la cintura suficiente para acoger a las nuevas generaciones acomodándonos a su cultura y modo de entender la vida, y la vida religiosa?

“Ven y sígueme” resume a la perfección un deseo evangelizador fundamental. A buen seguro el proceso de nueva evangelización aportará también una nueva forma de vivir la vida religiosa y, por consiguiente, una nueva forma de pastoral vocacional.

No podemos bajar los brazos si nos sentimos orgullosos de lo que somos. Un día se nos dijo a nosotros “Ven y sígueme”. Nuestro esfuerzo diario no puede ser otro que el de ser auténticos seguidores de Jesús, alegres, convencidos, esperanzados, inquietos. La vida religiosa es necesaria en la Iglesia.

Hagamos nuestra la conjunción para sentirnos continuamente llamados y continuamente urgidos a seguir al Maestro. Los tiempos siempre serán inciertos pero el miedo tiene poco que ver con el evangelio.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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miércoles, 1 de febrero de 2012

Jornada mundial vida consagrada 2012


El día 2 de febrero es la fiesta de la Presentación del Señor en el templo. Desde el año 1997, por iniciativa del beato Juan Pablo II, se celebra ese día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En ese día miramos a la vida consagrada y a cada uno de sus miembros como un don de Dios a la Iglesia y a la humanidad.

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jueves, 12 de mayo de 2011

En misión compartida: modelo católico y carismático (1ª parte)



“Misión compartida” es una expresión relativamente nueva dentro del lenguaje de la iglesia y de nuestros Institutos[1]. Los adjetivos que hemos dado al sustantivo “misión” en los años posconciliares han sido otros: “evangelizadora”, salvadora, salvífica, “liberadora”, profética, apostólica, eclesial, “ad gentes”, parroquial, popular, urbana, misión laical o de los laicos, carismática, presbiteral, misión de todo el pueblo de Dios, de la Iglesia, misión universal, misión educativa, misión específica o peculiar… Solo en éstos últimos años hemos comenzado a hablar de “misión compartida”. Esta nueva perspectiva no es una mera ocurrencia. Tiene su sentido. Nos preguntamos, entonces, ¿a qué se debe este nuevo adjetivo? ¿Qué hace necesaria esta forma de hablar?
Lo que hay detrás del nuevo lenguaje “misión compartida”
Cuando cambia el lenguaje, algo está cambiando en nuestra vida, en nuestra actuación. Nuestra forma de vivir y actuar configura el lenguaje y el lenguaje configura la forma de vivir y actuar. Por eso, Wittgenstein entendía el lenguaje como actividad, quehacer en el mundo, forma de vida. La lengua es inseparable de la vida, del quehacer. Son los pueblos que hacen la historia, los que, en virtud de esta inserción de la lengua en el quehacer, inventan las palabras correspondientes a su acción. En cada época se habla de una determinada manera. Los medios de comunicación utilizados en cada sociedad, le imprimen una fisonomía propia.
Tenemos la convicción de que para obtener cambios en la iglesia, en la sociedad hemos de maniobrar en el lenguaje. El lenguaje construye la realidad de cada individuo y lo define dentro de la cultura del grupo en el que vive, familiar, popular, político, eclesial. ¡Eso es lo que ocurre con la expresión “misión compartida”!
El adjetivo “compartida” añadido a la palabra “misión” nos centra en un aspecto sumamente importante de la vida actual de la Iglesia: que la misión es mucho más eficaz y esplendorosa, cuando es realizada por una orquesta de carismas, y no cuando es llevada a cabo por individualidades; que solo entonces la misión tiene el rostro, la configuración que Jesús soñó para ella.
La iglesia lo ha reconocido en estos últimos años. En todos los Sínodos de Obispos dedicados a las diversas formas de vida cristiana, se ha puesto de relieve la necesidad de colaborar todos en la misión: Christifideles laici, ministros ordenados, consagrados. La Iglesia sabe que la diversidad de carismas y ministerios, armonizados en la misión, es fuente de vida y de transformación. La iglesia actual está valorando la diversidad y está diseñando – con mucho más conocimiento de causa, que en el mismo concilio Vaticano II- la eclesiología de la comunión.
Dos modelos de misión compartida: católico y carismático
Cuando entendemos que la Iglesia es un cuerpo, una comunidad de vida (biocenosis), comprendemos tambièn que todo en ella acontece y tiene éxito cuando se vive y realiza en comunión de unos miembros con otros y unos vivientes con otros. ¡Esta es la raíz de la misión compartida! ¡La vida compartida! Hoy sabemos que no se vive la existencia cristiana en compartimentos estancos, en estados de vida cristiana bien delimitados y separados. Al contrario, la eclesiología de la comunión nos pide el mutuo reconocimiento y la mutua relación para descubrir no solo las otras formas de vida, sino para encontrar la auténtica identidad de nuestro peculiar don.
La eclesiología de comunión nos pide hacer de la vivencia de la fe una auténtica con-vivencia, de la vocación una auténtica con-vocación, de la espiritualidad una auténtica espiritualidad común, del sacerdocio un sacerdocio común, de la misión, una misión compartida.
A este primer modelo de misión compartida podríamos denominarlo “católico”. Utilizo esta denominación en su sentido más propio: es la misión realizada “según todo”, “según la totalidad”, contando con todas las formas de vida cristiana, con todas las confesiones cristianas, con todo el pueblo de Dios.
Nos hemos visto obligados –para mantener las obras recibidas-, a contar con otras personas para llevarlas adelante. Poco a poco, silenciosamente, hemos ido encontrando las personas adecuadas para asumir las funciones que en otro tiempo recaían exclusivamente sobre los mismos religiosos o religiosas. El proceso sigue su curso y se prevé que en poco tiempo la presencia de que pertenecemos a diferentes formas de vida consagrada en nuestras obras propias será cada vez menor. Tanto en nuestros centros de evangelización, como de educación, salud o marginación, como en otras actividades misioneras (misiones populares, justicia y paz, actividades itinerantes no llevadas de forma más individual), se hace cada vez más necesario “contar con otros”. Es justo y honesto reconocerlo. Es justo y legítimo que así sea.
Este ha sido un tiempo propicio también para descubrirnos más fuertemente como “familia carismática”. Hemos reconocido que no tenemos “en monopolio” el carisma de nuestros Fundadores y Fundadoras. Lo compartimos con otras personas que también lo reconocen como Fundador e inspirador. Más todavía, crece el número de personas, pertenecientes a otras formas de vida cristiana que se adhieren a nosotros, para compartir nuestro carisma, nuestra espiritualidad y nuestra misión.
Por todo esto, hablamos de “misión compartida”. Se trata, de misión compartida dentro del carisma colectivo y de su función en la iglesia y la sociedad. Es la “misión compartida” propia de toda Familia religiosa o carismática, que, aunque reconocida a nivel teórico, me parece que apenas funciona prácticamente. Y es también la “misión compartida” con los laicos a quienes ofrecemos colaborar y participar –según diferentes grados, determinados por nosotros, los que pertenecemos a diferentes formas de vida consagrada- en nuestras propias obras y proyectos apostólicos, para poder realizar con “otros”, con ellos, lo que nosotros llevamos entre manos. “Misión compartida”, no tiene entonces un sentido meramente eclesiológico y abierto, sino cerrado o delimitado: compartir la misión peculiar y carismática llevada adelante por los que pertenecemos a diferentes formas de vida consagrada. A este segundo modelo de misión compartida podríamos denominarlo “carismático”. Utilizo esta denominación en su sentido colectivo.
Con todo, también hemos asumiendo el modelo católico de “misión compartida”, en línea con el Vaticano II y el caminar de la iglesia posconciliar. Por eso, hemos optado por desclericalizar nuestra misión, nuestro estilo de vida. Hemos asumido con mucha seriedad la creación de un estilo participativo, auténticamente comunitario y dialogante.
El funcionamiento, tanto del modelo católico como del modelo carismático de “misión compartida”, es desigual. Depende del grado de participación que de hecho tengan las diversas formas de vida. Veámoslo:
la coadjutoría: los laicos son llamados a ofrecer servicios puntuales, sin participar auténticamente; son únicamente meros coadjutores de nuestras tareas, bien sea eclesiales (en el modelo católico), bien sea carismáticas (en el modelo carismático);
la colaboración: los laicos son llamados a participar en nuestra misión de manera cualificada; con ellos se dialoga, se proyecta, se llevan a cabo las iniciativas; pero los presbíteros dirigentes (en el modelo católico) o el instituto (en el modelo carismático) se reservan el derecho a diseñar la línea que hay que seguir: ellos son los responsables, institucionales y económicos, de todo; los laicos son colaboradores, pero no tienen ningún derecho de propiedad sobre la misión;
co-participación: desde la perspectiva del modelo católico, se reconoce que en base a nuestro común bautismo-confirmación, todos somos sujetos de la vida y misión de la iglesia, dotados de la misma dignidad y responsabilidad; por lo tanto, nadie puede monopolizar la misión; todos somos sujetos de ella, si bien, cada uno desde su propio carisma y ministerio. Desde el modelo carismático, se reconoce también que el don carismático del Instituto ha sido concedido a otros creyentes que no pertenecen a la vida religiosa, a hombres y mujeres de la forma de vida seglar y laical; desde ese planteamiento común –compartir el mismo carisma- se dan pasos para formar una auténtica familia y compartir la misión carismática en plan de igualdad, de mutua colaboración y referencia.
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[1] Vita Consecrata en el n. 42 habla de “vida compartida” hablando de la comunidad, pero nunca de “misión compartida”.

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jueves, 7 de abril de 2011

Jesuitas dedicados al ACOMPAÑAMIENTO


El ministerio de la palabra destacó en la Compañía de Jesús, de forma señalada, desde sus comienzos. Ya en la Formula Instituti es nombrado en primera línea, “cualquier otro ministerio de la palabra de Dios”[1], como uno de los objetivos de la nueva Orden que se estaba fundando. Más tarde las Constituciones tratan en su Parte VII sobre las misiones; en el capítulo 4º se pone de relieve en qué pueden los miembros ayudar a los prójimos. En primer lugar es citado el testimonio, después la oración y misas, la administración de sacramentos, la predicación y la formación en doctrina cristiana (dentro y fuera de la Iglesia): “asimismo a particulares procurarán de aprovechar en conversaciones pías”[2].

Esta indicación en la Formula Instituti y esta cita de las Constituciones tienen su raíz vital en la experiencia de Ignacio, que, gracias a sus conversaciones espirituales, tanto en España como en París, conquistó sus primeros compañeros. Cuando en julio de 1527 los dominicos de San Esteban en Salamanca pusieron en duda su ortodoxia y le preguntaron: “¿Qué es lo que predicáis?”, les contestó Iñigo: “Nosotros no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman”[3]. Durante toda su vida la conversación espiritual será el carisma de Ignacio. Nunca fue propiamente un “predicador”.

En su plática a los compañeros sobre El servicio apostólico de la Compañía de Jesús según la Formula Instituti Nadal, el comentarista más competente de las Constituciones, explica este servicio de la Palabra de Dios: “En primer lugar supongo la conversación espiritual privada, que es una extraordinaria ayuda para la promoción de los prójimos. El P. Ignacio ha hablado de ella frecuentemente con notables expresiones y dejado preciosas enseñanzas sobre ella. Ciertamente, lo que un predicador y un lector hacen abiertamente desde el púlpito para una gran audiencia, se puede afrontar también en privado, con individuos concretos, con una utilidad muy grande. Además se tiene una mayor libertad y un influjo más fuerte, puesto que puede uno adaptar sus palabras a las cuestiones y al estado del interlocutor”[4] . Especialmente dotados para este servicio fueron, entre los primeros compañeros, Pedro Fabro, Claudio Jayo, Diego Lainez, Simon Rodrigues y Francisco Javier[5].

Este modo de proceder recobra una renovada actualidad en nuestra sociedad secularizada. Donde la fe apenas puede ser manifestada públicamente o incluso es amenazada por ello, es necesario crear una atmósfera en la que cada individuo pueda expresar, en un auténtico encuentro, sus más profundos valores, opiniones, preguntas y dudas, así como también recibir sugerencias y respuestas. Precisamente en este plano muchas personas en la actualidad se sienten excesivamente aisladas. Desean expresarse y ser comprendidas a esos niveles, para ser ayudadas. Los predicadores podrían intentar una respuesta, por lo demás demasiado general y casi un monólogo, a cuestiones con frecuencia complicadas y muy diversas. La conversación espiritual en pequeño grupo o con un individuo concreto es la mejor, si no la única, oportunidad. En ella reside el futuro de la pastoral intensiva.

Piet van Bremmen SJ, El acompañamiento espiritual hoy.


[1] MI Const I 376 (cfr. etiam 26). [2] MI Const III, 214 (648). [3] MI FN, 454. [4] NHSI Epp. Nadal V. 833. En relación con este tema cfr: T. H. CLANCY, The conversional Word of God, St. Louis, 1978. [5] Así M. OLPHE GALLIARD en Dictionnaire de Sprítualité, III, París 1957, 1116.

Publicado por A.M.D.G.

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miércoles, 6 de abril de 2011

NUESTRA PERTENENCIA A DIOS DEBERÍA SER INNEGOCIABLE


Entrevista a José Cristo Rey García Paredes, Director del ITVR
con motivo de la próxima celebración de la
Semana de Vida Religiosa nº 40. (Madrid, 26-30 de abril)

VR – ¿Por qué para este año “mujeres y hombres de Dios: mística y testimonio”?
JCR – La cuestión de fondo se podría formular así: ¿A quién pertenecemos? ¿Con quién estamos en Alianza? ¿A quién servimos? Se da por supuesto, fácilmente, que somos mujeres y hombres “de” Dios. Pero ¿tenemos una conciencia viva y permanente de ello? O ¿somos más bien mujeres y hombres “de” nuestro tiempo, “de” la Iglesia, “de” nuestra congregación u orden, “de” nuestras tareas apostólicas? Nuestra pertenencia a Dios debería ser innegociable. Debería ser nuestra característica inequívoca. Eso es lo que se espera de un místico, de un testigo: ser referencia inequívoca a Dios, a nuestro Dios.

VR – Uno se esperaría un título así “Hombres y Mujeres de Dios”, ¿porqué el título inverso? Y ¿porqué en la imagen trinitaria que ustedes han escogido como icono de la semana la figura del Padre es “femenina”?
JCR – Es verdad. Nos interesa romper los lenguajes estereotipados y conceder, aunque sea en el espacio lingüístico, la preferencia a las hermanas –grupo mayoritario dentro de la vida religiosa-, ellas tienen carisma de anticipación. Así aparecen en los Evangelios. Y también un carisma de anticipación en la pertenencia a Dios, que influye notablemente en los varones. Por otra parte, Maximino Cerezo, autor del icono de nuestra Semana, ha interpretado magníficamente el título. Ha expresado “lo femenino” anticipador en el mismo Dios-Abba y después ha visto reflejada en la comunidad humana la impronta femenino-masculina de la divinidad trinitaria.

VR – ¿A quienes han confiado las ponencias de este año y por qué?
JCR – Para abordar el tema de la mística no hemos tenido que irnos muy lejos. Entre noso-tros tenemos pensadores de primera magnitud como Juan de Dios Martín Velasco –desde la perspectiva de las religiones–, o Antonio Sánchez Orantos –desde la perspectiva de la filosofía–, u Olegario González de Cardedal –desde la perspectiva del Jesús místico– o Gonzalo Fernández Sanz –desde las fases de la vida espiritual– o Carlos Martínez Oliveras –desde la perspectiva sacramental y litúrgica–, o José María Bautista Guadalupe –desde la perspectiva de las nuevas generaciones–. Para la vertiente del “testimonio” contamos con las intervenciones del Card. Óscar Rodríguez Maradiaga –arzobispo de Tegucigalpa–, Marc Hayet –ex-general de los Hermanos de Jesús–, Carlos Pereira –prof. de Arte de la U.Complutense–, Marcos Rincón –mística y belleza– y Francisco Álvarez –mística y dolor–.

VR – Y ¿cuál será la participación de las mujeres en esta reflexión?
JCR – La verdad es que siempre deseamos contar con más pensadoras y teólogas. Este año hemos conseguido la presencia de tres jóvenes pensadoras que lo están demostrando en varias instituciones universitarias: Nuria Calduch-Benages –que nos introducirá en la mística hebrea y bíblica–, Paola Zavatta –teóloga laica italiana que nos hablará de la mística del sábado santo– y Martha Zechmeister –teóloga alemana y profesora de teología en el Salvador, que nos introducirá en la mística de la misión–. También contaremos con el testimonio de la Hna. Pilar Samanes –la mística en la enfermedad–.
VR – ¿Este año cambian de sede?
JCR – Efectivamente. Algunas razones han impedido seguir celebrándola –como en los 15 años últimos– en el Aula Pablo VI. Agradecemos a los PP. Escolapios su disponibilidad a ofrecernos su magnífico y confortable salón de actos del Colegio Calasancio.
VR – Esperamos, P. José Cristo Rey, que esta 40 edición de las Semanas de VR sea muy bien acogida por la vida religiosa y en especial por aquellos religiosos y religiosas que son conscientes de la importancia de la experiencia mística para ser testigos de Dios en un mundo que tanto lo necesita.

Publicado por Vida Religiosa

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martes, 29 de marzo de 2011

Raúl Vera López, voz de una iglesia de los pobres


Por Francisco Gómez Maza
Publicado por Redes Cristianas

Dos litografías: una de la catedral de Saltillo y otra de la Capilla del Santo Cristo, también de la capital de Coahuila, cuelgan de las paredes del cubículo del Centro Universitario Cultural (CUC), sede de la Provincia de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán, y asiento del centro de apoyo espiritual y académico a estudiantes de la UNAM, donde se realiza la entrevista al único obispo políticamente incómodo que “da la cara”, de entre los 158 obispos que integran la Conferencia Episcopal Mexicana.
jTatic Raúl recibe al reportero con su consuetudinaria sonrisa. Vestido como cualquier hijo de vecino. De chamarra, agripado pero de excelente humor, con la “BB” en la mano, lo primero que comenta es la litografía de su catedral, un monumento al “ego” – le dice el reportero -, y “quién sabe cuántas injusticias” se cometieron con la gente que trabajó en su construcción, agrega él.
Un obispo confrontado con el poder económico y político, solidario con las causas populares, apoyador al mismo tiempo de los familiares de los mineros enterrados en la mina de Pasta de Conchos, o de los campesinos de Atenco, o de los indios, o que cuestiona la estrategia gubernamental de combate al narcotráfico, o se solidariza con los padres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: Raúl Vera López, quien fue sacado de su primera diócesis, Altamirano, en el estado de Guerrero, y enviado como coadjutor con derecho a sucesión a la de San Cristóbal de Las Casas, en 1995, en los álgidos momentos del levantamiento indígena armado, con su cabeza, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Raúl Vera López estudió la carrera de ingeniero químico en la UNAM, pero al concluirla decidió ingresar en la Orden de Predicadores – dominicos -, para “hacer algo por México”. Le agarró el movimiento estudiantil del 68 casi terminando sus estudios de ingeniería. Y se enroló no sólo en la pastoral universitaria desplegada desde el CUC, sino para comprometerse en una acción pastoral al servicio de los demás. El contexto en el se estaba formando y en el que iba a trabajar, no sólo de México, sino sobre todo de América Latina, le fue creando la inquietud que acabó por convencerlo de que, si quería hacer algo para el país con su carrera, tenía que renunciar a ser empleado de la iniciativa privada trasnacional, porque en ese tiempo prácticamente la única industria nacional en la que podían trabajar los ingenieros químicos era Pemex, y no tenía ni padrinos, ni parientes, ni nada ahí, como él mismo lo confiesa.
El entonces estudiante estaba seguro de que caería, como IQ, en manos de las trasnacionales. Y decidió quedarse a trabajar en la universidad. Pero poco a poco fue dándose cuenta de que hacía falta algo más que inquietar a un sector de la vida profesional, quienes egresaban de la Facultad. Necesitaba tocar los sectores de la sociedad mexicana, si quería hacer algo por este país. Y decidió hacerse monje y sacerdote de la orden dominica. Terminó ingeniería. Se recibió. (Los dominicos le dijeron que acabara la carrera y después hablaban.) Eran octubre y noviembre del 68. La primera parte de sus estudios clericales los hizo en México. Después lo enviaron a Bolonia, Italia, donde realizó la mayor parte de los estudios de teología. Se graduó, se ordenó sacerdote, y regresó a México a ejercer funciones de dominico.
Su primer trabajo pastoral fue precisamente en la Parroquia Universitaria, de donde había salido. Fue formador de novicios (los aspirantes a ingresar a la Orden) en el convento que los Predicadores tienen en Ameca Meca, pueblecito montañoso al oriente de ciudad de México. Ahí, a los pies de los volcanes eternos, símbolos de México – el Popocatépetl y el Iztaccihuath – se dedicó a dirigir ejercicios espirituales y retiros para sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos - entre ellos, estudiantes de la UNAM; niños y muchachos de la calle.
Y luego trabajó en San Pedro Nexapa, a cuatro kilómetros del convento, donde aprendió a convivir con los campesinos pobres, y bebió de la “riqueza evangélica que hay en los pobres”. Entre los pobres pasó ocho años, para ser promovido a “socio provincial”, o asistente del padre provincial los dominicos de México. Volvió a la Parroquia Universitaria, donde además fue capellán de estudiantes. A los dos años, el Papa Juan Pablo II lo designó obispo de Ciudad Altamirano.
Altamirano era una diócesis muy difícil. Había un problema muy grave de relaciones entre el clero y el obispo. Los mismos sacerdotes habían pedido a la Nunciatura vaticana, en manos de Girolamo Prigione, que fuera como obispo un religioso. Estaba en su apogeo la producción de estupefacientes. Se cultivaba la base de la heroína, la goma, y marihuana. Ante los problemas, Roma mandó a un obispo que no tenía ni idea de lo que pasaba, para que no tomara partido y no llegara a juzgar. Lo único que Raúl hizo luego de tomar posesión fue decirle a los sacerdotes de la jurisdicción: “el que quiera trabajar conmigo que se quede. El que no, de una vez resuélvase.” Y así empezó a reorganizar esa diócesis.
A los ocho años de estar en Altamirano, en 1995, el Papa lo nombró obispo coadjutor de don Samuel Ruiz García, en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, en momentos en que el obispo guanajuatense era vilipendiado y acusado por el gobierno del presidente Ernesto Zedillo como instigador y cabeza intelectual del movimiento armado estallado en las montañas y los altos chiapanecos. Después de retirarse don Samuel, por razones de edad, don Raúl fue removido de Chiapas, el 30 de diciembre del 99, para ser obispo de Saltillo. Acompañó a Ruiz García poco más de cuatro años. “Y ese es el misterio de por qué ando de obispo”, afirma pues se le preguntó el porqué de su inserción en la estructura clerical, siendo él ingeniero químico prometedor.
No fue a Chiapas para controlar al obispo, según él mismo lo aclara, aunque en la época, cuando Ruiz García no era bien visto por Roma y menos por el gobierno mexicano por su compromiso con los indios, corrió fuertemente el rumor de que Prigione lo había propuesto para meterlo “al orden”. Sin embargo, Roma le otorgó “facultades especiales” que mermaban la autoridad de jTatic Samuel, entre las cuales estaban: atender a los diáconos, en virtud de que, se decía, muchos se habían ido a la guerrilla; organizar la formación de sacerdotes en los seminarios y manejar la economía de la diócesis. Pero don Raúl proclama que tales facultades las compartió íntegramente con el vilipendiado obispo.
De chamarra de piel, de paisano, sin el típico alzacuellos clerical; sin la cruz episcopal que cuelga del cuello de todo obispo; respondiendo telefonemas; y de muy buen humor – don Raúl siempre trae a flor de labios una broma, un chiste -, caracteriza a Jesucristo: “Jesucristo vino a restaurar el proyecto histórico de la humanidad, como fue diseñado desde un principio, cuando Dios creó el mundo; vino a hacer posible ese proyecto, dando al hombre la capacidad de ser sujeto de la historia, incluyendo a todos, no sólo a los bautizados. Inclusive a los ateos. “Tengo amigos ateos encantadores comprometidos con la justicia… El Espíritu sopla donde quiere y Dios no sólo le da el Espíritu Santo a los creyentes, sino a todo hombre que practica la justicia.”
Don Raúl no parece el obispo que denuncia injusticias, que cuestiona la política gubernamental. Se muestra como clérigo. Como obispo. Y usa el lenguaje espiritual de los predicadores. Y justifica su práctica evangélica: “En los superficiales, por defecto de los procesos de “evangelización”, o pastorales de la iglesia, se concibe un sistema religioso de prácticas y de cumplimientos. Pero el papa Juan Pablo II dice en su encíclica “El Comienzo del Nuevo Milenio”, que ya no se vale tener cristianos mediocres, viviendo en una religiosidad minimalista, reducida la formación ‘cristiana’ sólo a la práctica de los sacramentos.
Esto es fatal: Misa de domingo solamente y el resto dedicado a superficialidades. El proyecto de una iglesia madura, una comunidad eclesial, que se preocupa por darle una formación intensa al cristiano, y una iglesia que vive íntegramente el evangelio, y que tiene que proyectar con su vida a la comunidad, alcanza a proyectar a un Jesús vivo en la historia y que, además, está ligado a todos; una visión holística. Jesús que lo abarca todo.”
¿Superar, acabar, con la estructura de la iglesia clerical…?
“Tocas un punto que ha sido un estorbo para la iglesia. El clericalismo. Y este clericalismo es rechazado por los laicos. No se vale ya entender al sacerdocio como un privilegio. Una iglesia con sentido clerical, con la que rompió ya el Concilio Vaticano II… Una iglesia clerical, en donde no hay una verdadera comunión, no se proyecta como entidad de servicio, sino como una comunidad en la que todos los intereses - canonjías, prestigio individual, acumulación de riqueza - se valen. Aquí está un punto de quiebre terrible entre una iglesia con poder temporal, donde el oficio se convirtió en beneficio y los patrimonios son muy importantes, y una iglesia comunidad integrada por todos: laicos y sacerdotes.”
El obispo de Saltillo coincide con el pensamiento y los documentos conciliares en su visión de la institución católica. “Creo que, en la estructura, se están debatiendo cosas que tienen que ver con la cultura contemporánea. La luz principal la dio el Concilio, que dejo bien claro que la iglesia está para el servicio del mundo y no para beneficio de sí misma. Entonces, tiene que dialogar con las culturas. Tenemos que encontrar, como dice Juan Pablo, una nueva expresión, un nuevo ardor, y… la iglesia tiene que hacer accesible su mensaje a una cultura contemporánea, y acercarse a ella para entenderla. Como lo dice el Papa, se tiene que laicizar a la iglesia. Con un rostro laical, tiene que estar preocupada por acercarse y entender, y trasmitir los valores del evangelio en el ambiente de la comunicación, en la cultura política; dialogar con la cultura universitaria.
No se queda en la teoría ni en el “debe ser”. Reconoce don Raúl que dentro de la estructura eclesiástica aún hay condicionamientos políticos, que les impiden a los obispos declarar su preferencia por los pobres, con los riesgos que esto conlleva. Pero es comprensivo: “Es difícil entender que uno se tiene que salir de la foto; aceptar una cierta marginación. Cristo mismo se separó de la manera de entender a la institución religiosa de su tiempo. Separarnos de la iglesia como un sistema, y entrar a un lugar donde aprendemos a vivir el modo verdadero; en donde las leyes se hicieron para el hombre y las instituciones también. Y no al revés. Es el miedo de quitarle seguridad a la institución. A lo mejor acabamos con la iglesia antes de que acabe el mundo, y qué hacemos, dirían. Pero hay que acabar con una iglesia de conservación; romper con los esquemas que ya no facilitan la comunicación en el mundo de hoy.
¿Tuvo alguna vez la iglesia la posibilidad de impulsar el cambio social? “Creo que sí lo ha hecho. Cuando se interesó por el mundo indígena. El concilio es una muestra de que la iglesia quiso enfrentar el cambio. Las mismas conferencias del Consejo Episcopal Latinoamericano como la más reciente que produjo los documentos de Aparecida, Brasil.” Con todo, Vera López reconoce retrocesos, “cuando nos agarramos de cimientos que no son; sacamos banderas que no son. Pero el Concilio Vaticano II es un fermento interior muy fuerte. Y cada día ese fermento es mucho más intenso.”
La pastoral del obispo Vera López, apegada a las directrices conciliares, es incómoda para el poder; para los grandes empresarios, para los políticos, para los poderes fácticos. Inclusive, sus sacerdotes reciben amenazas telefónicas. Sin embargo mantiene el humor, la alegría de vivir. Le gusta bromear, decir chistes. “No es que uno esté ni con el poder económico… ni… Uno está a favor de una familia solidaria, de hermanos, donde haya esperanza, donde todos valgamos, donde tengamos la misma dignidad, el mismo espacio. Quién no va a estar feliz por trabajar por una sociedad así”.
Y no propone modelos sociopolíticos de ningún signo geométrico. “El modelo es el que surge de los valores universales. No lo reduciría a un sistema político. Sino a un proceso en el que los seres humanos tengan el mismo valor, la misma oportunidad de participar, de crecer. Establecer un modo de pensar, de ver, un modo de vida… en la justicia.”

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lunes, 28 de marzo de 2011

Del Dios nuestro (nacional, tribal, europeo, occidental) al Dios de todos los pueblos y culturas

Por Teresa Ruiz Ceberio
Publicado por Vida Religiosa

ACTITUD PREVIA: UN CORAZÓN PURO Y UNA MENTE ABIERTA
El título asignado me evoca el lamento que escucho con frecuencia en el Continente africano. “Los misioneros hicieron tabla rasa de nuestras tradiciones religiosas” Creo que los misioneros de hace siglo y medio sentían y amaban al Dios Padre de todos y no obstante en su nombre destruyeron, juzgándolos como ídolos, las expresotes religiosas de los pueblos que evangelizaban, algo que hoy nos cuesta aceptar. El mundo actual intercultural, globalizado, post-vaticano no acepta aquellas actitudes excluyentes. La fe es deudora de la cultura que la vehicula y hace 150 años nuestros misioneros no disponían de las ciencias antropológicas cuyo nacimiento es posterior, por lo tanto no estaban educados para fijarse en la realidad de los valores culturales distintos a los suyos, ni para ahondar en las raíces de los ritos que percibían ajenos a la propia cultura religiosa. No podían sospechar lo que más tarde dirá J.P.II “La fe si no se incultura es difícil expresarla fuera de la cultura vigente” 1.
Para interpretar el pasado sin condenarlo, vivir un presente de modo gozoso y sano y permanecer abiertos hacia un futuro siempre nuevo que continuará revelándonos a un Dios siempre mayor, me acojo a una expresión de R. Pannikar. “El diálogo intercultural requiere tener un corazón puro y una mente abierta”2. A partir de este presupuesto intento esbozar algunas re-flexiones en torno al tema encomendado. Pero ¿cómo hablar de Dios a quien nadie ha visto? Al intentarlo temo decir de Él más de lo que Él mismo se nos ha dado a conocer. Para evitar caer en esa idolatría, intento escuchar a Jesús que lo ha revelado.

A DIOS NADIE LE HA VISTO, EL HIJO NOS LO HA REVELADO. (JN 1, 18)
Desde muy joven he sentido en mí como algo regalado una fuerte experiencia religiosa, y la necesidad de buscar conceptos que me ayudaran a expresarla Junto a la experiencia de Dios en mí he necesitado el aporte de la teología para dar nombre y penetrar un poquito más en el misterio que percibía, sin poder nombrarlo, en lo hondo de mi ser. Y sobre todo he necesitado a Jesucristo. La referencia a Jesús como fuente para conocer quién es Dios para nosotros y cómo responder a su llamada y misión en el mundo se me hizo muy patente hace más de 15 años en la visita a un centro Taoísta en Taiwán. Al entrar en el recito del santuario situado en lo alto de una colina, atravesamos la zona en la que se amotinaban los vendedores de chuchearías o inciensos, e iniciamos el ascenso siguiendo un camino cubierto en cuya techumbre aparecían dibujadas unas normas de conducta a seguir en la convivencia familiar o fraterna. En medio de un silencio cada vez más denso llegamos al templo principal. En su interior un único orante en actitud de profunda adoración me sobrecogió, y asombrada me uní a él en mi corazón para adorar al mismo y único Dios. Al instante eché de menos a Jesucristo y los ojos de mi corazón fueron a buscarle donde le había visto la víspera, en un religioso franciscano, antiguo provincial y profesor de Sagrada Escritura a quién había visto preparando el arroz para unos jornaleros sin techo ni trabajo que malvivían en una ciudad del rico Japón. Semanalmente reivindicaba para ellos ante el ayuntamiento el derecho a una vida y trabajo justos. Esa imagen imborrable me actualiza la encarnación y la revelación de un Dios para los hombres y me invita a ser un hombre o mujer para Dios. Por eso no puedo hablar de Él sin referirme a lo que Jesús nos ha dicho.
UN CORAZÓN PURO: “GRACIAS PADRE HAS REVELADO ESTAS COSAS A LOS PEQUEÑOS ” (LC 10,21)
“Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt. 5, 8 ). El corazón puro es un corazón despojado, vaciado de sí mismo es decir pobre de espíritu. Lo fueron la Hemorroisa, (Mc5, 1-13) la Sirofenicia, ( Mc 7,24) Marta (Jn 11, 27) y la Samaritana ( Jn 4, 1ss). Dos de ellas pertenecen al pueblo judío, la ter-cera es pagana y la cuarta samaritana. Las cuatro reflejan en sus gritos el corazón pobre que busca salvación. A las cuatro Dios se les ha re-velado en Jesús, un judío oriundo de Nazaret que pasó por la vida haciendo bien. Las cuatro reconocen en Jesús al enviado de Dios para salvar a la humanidad, perciben en él a un Dios compasivo, misericordioso, con los que sufren marginación, enfermedad, muerte. Un Dios que da vida. Las cuatro, han vivido la experiencia de un encuentro con Dios intuido en Jesús.
La presencia de Dios que nos habita a todos en el hondón, allá donde todo y en todos esta siempre en paz, es posible percibirla cuando en-tramos asombrados en esa interioridad. Espacio en el que se intuye la existencia de una fuente de la que brota nuestra vida, y al gustarla despierta el deseo de donarla. Es la experiencia fundante. A ella acudimos, como las cuatro mujeres citadas, cuando nuestra vida vacila, y en ella encontramos fuerza y dinamismo para continuar hacia adelante. Dios está siempre llamando a nuestra puerta en espera de que le demos entra-da. “Estoy a la puerta y llamo si alguien escucha mi voz y abre la puerta entraré para cenar con él y él conmigo” (Ap3, 20) Sólo el pobre de corazón, que siente la necesidad de ser socorrido, salvado, es capaz de percibir la presencia que siempre nos habita, porque Dios nos ha hecho para Él y nuestro corazón está sediento hasta encontrarle a Él (S.Agustín).
La experiencia religiosa para ser formulada y expresada necesita el concepto que nos va llegando a través de la educación familiar o ambiental. Experiencia y concepto en interacción van configurando la imagen de Dios en nosotros. La influencia de la familia es grande al res-pecto. Recuerdo en mi caso el día, en que mi padre un hombre de corazón puro y mente abierta, manifestó su pena y total desacuerdo ante la bandera española expuesta en el presbiterio de la Catedral de San Sebastián, porque Dios era de todos y no sólo de los vencedores en la con-tienda que enfrentó a hermanos en una terrible guerra civil. Desde esa cultura familiar me re-chinaba personalmente el himno de los carlistas. “Por Dios, por la patria y el Rey lucharon nuestros padres, por Dios, por la patria y el rey lucharemos nosotros también”. Y no obstante haber recibido por cultura familiar la experiencia de un Dios que va más allá de las diferencias sociales, culturas y políticas mi corazón no se había ensanchado a las dimensiones de lo que mi cabeza pensaba. ¡Cuanto me costó hacer mía la oración por Franco que se recitaba en las Eucaristías de la posguerra. Se requiere tiempo para que experiencia y concepto se armonicen entre sí. Muchos años más tarde en Rwanda después del genocidio oraba dolorida por los ecos de las represalias que lo siguieron y continuaban haciendo victimas. En mi corazón dolorido clamaba a Dios ¿cómo nos mantienes en vida cuando somos tan incapaces de vivir hermanados? Reflejando en mi oración la imagen de un Dios vengador, que protege a unos en contra de otros. De pronto un rayo de sol se posó en mi hombro y sentí el cariño de Dios acariciándome, al mismo tiempo que escuchaba. “El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Y vi que el amor del Padre amaba tanto a los que preparaban sus fusiles para continuar matando como a las víctimas, quedé asombrada de un Dios tan paciente, tan padre, madre de todos. Amar a nuestros enemigos y orad por quienes nos persiguen es el modo de ser hijos del Padre de Jesús y nuestro.
A pesar de la influencia familiar y ambiental, Dios es libre de revelarse a las personas de corazón puro de modo a veces opuesto a los conceptos culturales del ambiente. El corazón puro se deja sorprender y enseñar por Dios que le habla en lo íntimo, y deja fluir hacia los demás la novedad percibida en ese encuentro, algo nuevo que rompe con lo tradicionalmente
conocido en la cultura ambiental. Fue el caso de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, su experiencia de la misericordia de Dios hacia los débiles, los pequeños los pecadores, choca con la imagen de Dios exigente y duro que se cultivaba en su época, no obstante su experiencia se difunde rápidamente y es acogida por muchos pobres de corazón. Más tarde Juan XXIII, inspirado por el Espíritu expresa su deseo de abrir las ventanas de la Iglesia para que entre el aire puro del Espíritu. Y llegó el Vaticano II con su apertura al mundo moderno anatematizado y condenado por algunas posturas eclesiales anteriores, y cuantos y cuantas respiramos hondo.
UNA MENTE ABIERTA: ADORAR AL PADRE EN ESPÍRITU Y EN VERDAD (JN4,24)
La articulación de experiencia y concepto van configurando la imagen de Dios. Y los conceptos como procesos mentales se van ensanchando en el encuentro con otros y otras, culturas, experiencias, religiones.
Mente abierta, significa tener los ojos y el resto de los sentidos abiertos para mirar la realidad ambiental e interpretarla sin juzgarla des-de nuestros propios criterios aprendidos y seleccionados a lo largo de nuestra vida. Tener una mente abierta supone un corazón abierto a la novedad del otro. Jesús en su encuentro con la Sirofenicia (Mt 15,21-28) nos enseña a abrir nuestras mentes a otras personas y culturas. A pesar de su decisión de dar primacía a la misión entre los judíos, escucha el grito de la mujer, y en ese grito de una persona pobre percibe la llamada del Padre a abrirse y a responder favorablemente. Y Jesús se deja movilizar.
El comportamiento de Jesús con la Samaritana, mujer de raza y cultura distinta a la suya judía, nos enseña e invita a superar las barreras culturales y religiosas. Lo primero que me llama la atención es que Jesús toma la iniciativa de abrirse a los rechazados culturalmente como era el pueblo Samaritano. La mente abierta supone abrir los ojos y el corazón para percibir las necesidades primarias de la gente Jesús se hace próximo de la mujer a partir de la común necesidad de saciar la sed. Y su actitud de apertura, un judío que se acerca a una mujer doblemente marginada como mujer y como samaritana, la dispone favorablemente para continuar dialogando en un nivel más profundo, en el que se siente otra sed más honda, la de ser feliz y la añoranza de un amor para lograrlo y el dolor de no alcanzarlo. La aceptación de las consecuentes frustraciones, expresadas en los cinco maridos, abre en la mujer otra dimensión más honda en la que se asienta la búsqueda del sentido, que también la mujer desea colmar. Al fin lo encuentra en Jesús que le ha escuchado y le ha conocido a fondo. “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho, no será el Cris-to” (v. 20). Tú eres el Cristo el que ha de venir. La mujer se ha abierto y se ha dejado sorprender por un Dios siempre mayor que le ha toca-do hondo el corazón. Y corre al encuentro de sus convecinos para anunciarlo.
El relato de la Samaritana nos habla de un proceso entre personas que tienen en común la fe de Abraham, pero la afirmación del evangelista “Los verdaderos adoradores adoran al Padre en espíritu y en verdad”(v.24), nos ofrece pistas para el diálogo interreligioso. Diálogo posible desde la búsqueda de la verdad por cada una de las partes que se enriquecen mutuamente. Lo percibí en mi corta y esporádica experiencia de acercamiento al Budismo a través del Zen. En uno de los ejercicios me sentí invadida por la energía vital, para mí el Espíritu del resucitado, energía presente en todo y nos pone en comunión con todo cuanto vive en la naturaleza, en las personas.
Creer que el Espíritu de Jesús ha sido derramado en nuestros corazones, y que por lo tanto “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que en la forma de solo Dios conocida se asocien a su misterio pascual”3 nos empuja a entrar en relación con los demás a través de lo que nos une y es común a todos. Desde esta confianza, en mis relaciones inter-personales intento entrar en contacto con lo más bello, lo más grande, lo más verdadero, que hay en cada uno y es el deseo de amar, de ser ama-do, de paz , de darse a los demás…y la posibilidad de poder hacerlo por el Espíritu que nos habita. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).
VIVIR HOY EL PADRENUESTRO
Viniendo al presente, ¿cómo hacer para mantener la experiencia del Padre común de todos? Me gusta decir padrenuestro al cruzarme con cada uno de los que encuentro en mi camino y al hacerlo siento el deseo de vivirlo en lo concreto del día. En esta oración, tantas veces repetida a veces de modo rutinario, encontramos sintetizada la enseñanza de Jesús sobre Dios, Padre de todos y el modo de vivir con Él amándonos como hermanos.
Padrenuestro en la versión castellana de la oración que Jesús nos enseñó padre y nuestro forman parte de una misma palabra. Es decir amar a Dios como Padre y amar a los hermanos son inseparables. Fue la enseñanza de Jesús a lo largo de toda su vida.
Jesús nos invita a invocar a Dios como Padre, de todos, no solo de los cristianos, también de los musulmanes, budistas, protestantes y de los que incluso llegan a negar su existencia porque tal vez los responsables de ser sus testigos hemos velado más que revelado su verdadero rostro. El padrenuestro es la oración de todos los pobres de la tierra, conozcan o no a Jesucristo. El clamor de los pobres hacia quién quien puede salvarlos, se expresa en el grito, un grito que asociado al de Jesús en la cruz es escucha-do por el Padre. El grito supone un corazón va-ciado de sí en el que puede de lleno expandirse el Espíritu de Dios que nos habita, Espíritu del Hijo, Espíritu de Jesús el Resucitado que nos reanima con su vida. Es cuestión de creer y de orar con todos los pobres, los que sufren, los no violentos, los misericordiosos los que trabajan por la paz. Todos unidos en solidaridad como hermanos clamando doloridos con los que bus-can un mundo más justo, más humano.
Santificado sea tu nombre. Y aquí me viene a la memoria cuantos y cuantas en el mundo adoran al único Dios que se nos ha ido revelan-do de distinta forma según las culturas y las tradiciones religiosas. Evoco mi asombro y mi gozo ante la fidelidad de los musulmanes para alabar a Dios varias veces al día postrados en plena calle. Al verlos me solidarizo con ellos para alabar al único Dios que Jesús me ha enseñado es Padre de todos.
“Venga tu Reino” que ya ha venido. Grito que refleja el gran anhelo del corazón, la fraternidad universal, más allá de las diferencias de todo tipo, y que anhela nivelar las diferencias, económicas, reconciliar posturas opuestas, en una palabra humanizar. Este sueño de Dios y nuestro está ya en marcha y lo reconocemos en “signos”. A veces nuestros ojos no los perciben. Con ocasión del Sínodo Europeo tras la caída del muro de Berlín el Cardenal Martini como presidente del mismo, advirtió a los participantes, obispos, religiosos, religiosas, laicos de los diversos países europeos, que al analizar la realidad de cada país no se tuvieran en cuenta tan sólo los fallos sino los logros, las expresiones de la presencia del Resucitado presente y actuando en el mundo. Repetir venga tu reino que ya ha venido aunque todavía no en plenitud, nos estimula a abrir los ojos para ver las señales del Espíritu a fiarnos de su luz y fuerza y a dejarnos conducir por Él, el principal agente de la evangelización.
Tras la primera parte de la oración, que según los expertos recoge aunque transformada una oración judía, en la segunda comienzan las peticiones de las actitudes que harán posible la venida del Reino entre nosotros con nuestra colaboración.
Danos el pan de cada día. El pan que nos ha-ce vivir cada día, en la versión de Lucas, y su-pone vivir en actitud de abandono al Padre que cuida de nosotros como de los pajarillos del cie-lo. Jesús nos enseñó en la escena de la multiplicación de los panes que somos nosotros los responsables de distribuir, los bienes que el Padre abundantemente ha dispuesto a disposición de todos sus hijos e hijas. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento posada al peregrino es el primer paso en el proceso de la humanización, pero la persona para vivir necesita sobre todo amor, cariño, que ya han sido derramados en nuestro corazón por el Espíritu y esperan una oportunidad para expandirse hacia los demás. Todos necesitamos alimentarnos de ese pan que nos da vida, y da vida a todos. Con el Espíritu de Jesús en nosotros podemos amar-nos como hermanos a pesar de nuestras diferencias psicológicas, sociales, culturales, religiosas. Al pedir que venga en nuestra ayuda estamos diciendo que creemos que está ya actuando y animando a cuantos fuera o dentro del cristianismo y de cualquier otra religión se entregan generosamente al servicio de sus hermanos a través de las ONG o se oponen abiertamente a los horrores del actual sistema de la globalización económica o el mercado liberal. El Espíritu está ahí como pan que alimenta lo mejor de cada uno. Escucharle es escuchar sus insinuaciones hacia el bienestar de los otros, aun a riesgo de la propia vida. Para que podamos entregarla, Jesús se nos da como pan en la Eucaristía. Al comerlo nos da fuerza para amar como Él, para ser comidos por quienes nos necesitan. Cuánto necesitaos de este pan para amarnos como hermanos.
Perdónanos. El padrenuestro nos invita a pedir la gracia de vivir el perdón entre nosotros. Me comentaba una misionera que había padecido las consecuencias dolorosas de unas re-vueltas en un país africano. “He llegado a la conclusión que lo propio del cristianismo con respecto al Islam y las religiones tradicionales es el perdón. Otros y otras luchan por la justicia, pero perdonarnos, amarnos como herma-nos superando las diferencias de razas, etnias, países y tribus, opiniones políticas, es posible cuando de verdad creemos en el corazón que todos somos hermanos e hijos de un mismo Padre Madre”. Es verdad que la semilla de amarnos hasta el perdón esta sembrada en cada uno de nosotros, por el mismo que nos creo, y se manifiesta en creyentes o no, pero Jesús nos en-seña a cultivarla. Esta petición deja escapar el deseo profundo de sentirnos amados hasta el perdón y de irradiarlo. Amor de misericordia que se refleja en el de las madres que aceptan a sus hijos tal como son, que desean que cambien a mejor. Incluso ante los mayores desvíos del hijo o de la hija la madre continúa queriéndolo porque “qué quieres es mi hijo”.
Nosotros los religiosos tenemos en nuestras comunidades una preciosa oportunidad para ejercitarnos permanentemente en el amor hasta el perdón. La vida en la comunidad religiosa es para mí una escuela de reconciliación permanente, en la que aprendo a vivir el amor con lo diferente, lo distinto hasta aceptar y querer a cada una como es, agradeciendo cuando las otras hacen lo mismo conmigo. Intentando siempre amar hasta el perdón tras dejarme per-donar por el Padre.
No nos dejes caer en la tentación. La gran tentación es la de cerrarnos al amor del Padre-Madre que nos ama como somos y cuenta con nosotros para la tarea de humanizar, hacer un mundo más bello en lo fraterno, lo ecológico. La gran tentación que nos acecha hoy es olvidar que somos pobres, lo que significa creer que conocemos todo de Dios, que estamos viviendo los valores del evangelio, que ya lo nuestro conocido es lo definitivo para todos y todas. En la actualidad como nuestras mentes, están algo más abiertas que hace unos años, de modo consciente o inconsciente imponer a los demás nuestras creencias o nuestros modos de vivir y concebir la vida como los únicos. No nos dejes caer en la tentación puede significar no dejes que perdamos el vigor para anunciar a Jesucristo con nuestro propia vida, buscando caminos para aproximarnos a los que están lejos de él y en los que percibimos señales de que le están buscando.
Una tentación es la de querer imponer a todos lo que para nosotros es verdad y otra, olvidar la urgencia de que podemos contentarnos con saber que muchos viven el evangelio sin saberlo y esto es suficiente, aunque no conozcan a Dios se dejan llevar por su espíritu. Y es verdad pero otros muchos esperan conocer a Jesús que nos ha revelado la hondura del amor del Padre – Madre que da tanto sentido a nuestras vi-das. Es bueno recordar el “Ay de mi si no anunciare el Evangelio” de Pablo para no quedarnos tan a gusto cada uno en donde estamos sin preocuparnos de dialogar unos con otros para penetrar más y más en el misterio del Dios único. De Él encontramos rasgos en todas las religiones que acentúan aspectos no tan subrayados en nosotros, y los recibimos agradecidos. Nosotros ofrecemos el gran regalo de Jesús, re-velación suprema de Dios. El Dios siempre mayor puede continuar revelándose más y más a cada uno y a todos. Por eso, otro aspecto de la tentación de la que pedimos ser librados, es dejar de enriquecernos con lo que el Dios Único y Padre de todos ha ido revelando, y viven con fuerza los fieles de otras confesiones cristianas y otras religiones, como el sentido profundo de la alabanza a Dios en los musulmanes, o el aprecio de la Palabra de Dios en los protestantes. Los aspectos señalados reflejan la gran tentación que acompaña a la humanidad desde siempre: querer ser como Dios. Y la respuesta a esta gran tentación es la de volver a la primera parte del Padrenuestro: la pobreza de corazón que se apoya en el Padre- Madre común.
ESPERANZA EN EL FUTURO: “QUE TODOS SEAN UNO PARA QUE EL MUNDO CREA” (JN 17, 20-23)
Concluyo con la referencia a la oración de Jesús justo antes de su partida de este mundo. Piensa en nosotros sus discípulos. ¿Cómo continuar la obra por Él iniciada en el mundo? Mundo del que tiene experiencia. Como hombre y ciudadano del mismo vivió, los gozos las alegrías de los encuentros entre hermanas y hermanos, hijos e hijas del mismo Padre y también el dolor de los rechazos, las envidias, las venganzas, las rupturas, las incoherencias de sus discípulos, no obstante el ideal permanece “Que todos sean uno”. Como tú en mi y yo en ti que todos sean uno en nosotros para que el mundo conozca que tu me has enviado y tu los has amado como me has amado a mi”. En esta impresionante oración con la que cierro mi reflexión encuentro tres aspectos que me parecen pueden guiar un futuro con esperanza. Primero la alusión a la misión: que el mundo conozca que tú me has enviado. El mundo necesita conocer que Dios le ama, es Padre, eso permite a todas y todos vivir de un modo más digno y humano. Y Jesús señala como medios, mantener la intimidad con Dios. “Yo en ellos y tú en mí” Llamada a la vida religiosa hoy, para aventurar la dimensión mística de nuestra vida. Es decir abrirnos, entrar en la hondura de Dios, dejarnos sorprender, coger por Él. A veces tengo la impresión de que nuestro crecimiento cristiano se detiene en la etapa de la profesión perpetua, etapa en la que conocimos a Jesucristo y nos entregamos a seguirle sirviéndole en los hermanos. Y vivimos como de rentas, mirando a un pasado, repitiendo los esquemas que entonces nos dieron vida. La mirada puesta en un futuro siempre nuevo nos permitirá abrirnos más y más a otros niveles de mayor profundidad, a las sorpresas de Dios que nos irá revelando cómo es Padre de todos, cómo su Espíritu nos habita, cómo estamos todos unidos entre nosotros a semejanza suya, de la Trinidad. “Como tú en mí y yo en ti que todos sean uno en nosotros, para que sean perfectos en la unidad”. Ahí reside la raíz de nuestra comunión entre nosotros los miembros de la comunidad o congregación religiosa y con todos los hombres y mujeres del mundo. Y para ello el testimonio de la comunión de la unión entre nosotros. Gran reto hoy en nuestras comunidades y congregaciones cada vez más interculturales. Pero reto para cuyo logro podemos contar con la oración de Jesús, con la presencia de su Espíritu en nosotros, con el amor del Padre de todos y todas.
1 J.P.II en carta al Secretario de Estado (20-IV-1962).
2 R. PANIKKAR, Paz e Inerculturalidad, Herder, Barcelona 2006.
3 G.S. I, 22

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