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domingo, 15 de diciembre de 2013

SEGUIMOS SIENDO UNA RELIGIÓN DE RICOS, SABIOS Y PERFECTOS (III Domingo de Adviento, Ciclo A Mateo 11, 2-11)

Juan Bautista está en la cárcel. Ha increpado públicamente al rey Herodes por sus muchas maldades, y el rey lo ha encarcelado. Oye hablar de Jesús y le manda sus discípulos, muy probablemente para pasarle sus discípulos a Jesús, para que se vayan con él.
El episodio parece dudosamente histórico, más bien da la impresión de ser una composición del evangelista para mostrar la transición de Juan, el precursor, a Jesús, el que había de venir, el esperado.
"¿Eres tú el que ha de venir?"
Nos interesa la respuesta de Jesús, la prueba de que Él es el enviado:
"los ciegos ven... y se anuncia a los pobres la Buena Noticia".
Son "las señales del Reino", como lo anunciaron los profetas, como hemos visto en el texto de Isaías. El Reino de Dios es salud, curación, alegría de los pobres...
Y si los ricos, los poderosos, los sabios esperaban otra cosa y se escandalizan, peor para ellos. Jesús ve que ya está siendo rechazado, como fueron rechazados los profetas, porque muchos que se dicen religiosos no aceptan a Dios como es, sino como a ellos les conviene que sea. Se escandalizarán de Jesús.

(Este es el tema, el argumento básico, del cuarto Evangelio: "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron", y un tema básico del evangelio de Marcos).

Jesús aprovecha la ocasión para proclamar la grandeza de Juan: el último y más grande de los profetas: después de él, se acabó el destino de Israel, la preparación, la antigua Ley: después de Juan, el Reino de Dios. Dichoso el que acepte a Jesús, el que no se escandalice de Él.
Hay una sutil tentación en estos textos, un drama profundo y una Estupenda Noticia.
Todas las personas religiosas sufren esa tentación. Israel la sufrió y cayó en ella frecuentemente. "Dios está con nosotros, luego todo nos irá bien". Abundancia, éxito, fecundidad, felicidad, paz, alegría: ¿cómo no va a ser así, si está con nosotros el mismo Dios Libertador? ¿Cómo no nos va a librar del mal, de todo mal?
Pero no es así. Sigue habiendo ciegos y cojos, y se pierden las cosechas, y hay enfermedades.
Y es que "los ciegos ven" significa que Dios nos enseña para qué es la vida.
"Los cojos saltan" significa que podemos caminar hacia la Vida.
"Los enfermos se curan y los muertos resucitan" significa que salimos de nuestros pecados, esos pecados que nos matan, y recobramos la salud del espíritu, y salvamos la vida de la mediocridad y de la destrucción.

Pero ¡qué fuerte es la tentación de pedir a Dios que haga las cosas a nuestro gusto, nos quite los males de esta vida, convierta esta vida en el Paraíso! El Reino de Dios se ha convertido en el Paraíso en esta vida. Y es que, si Dios no nos sirve para eso, ¿para qué nos sirve?
Pues no, las enfermedades y la muerte son los pecados. Y los pobres son los pecadores. Son los pecadores los que reciben con gozo el Reino, no simplemente los que no tienen dinero. Y son los pecados los que desaparecen con la venida del Señor, no simplemente las enfermedades del cuerpo.

Así que, de una vez para siempre, Dios no hará que nos toque la Lotería ni que encontremos trabajo, ni que se nos cure un cáncer ni que aprobemos unas oposiciones. No lo hará.

Y es inútil que le pidamos todas esas cosas. La razón es muy sencilla: todas esas cosas pueden ser útiles o perjudiciales para nuestra salud, para nuestra salvación. Todas esas cosas pueden servirnos para nuestro destino o estropeárnoslo.
Dios nos proporciona el modo de que todo lo de la vida, la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, el éxito y el fracaso, nos valgan para La Vida. Pero, por encima de todo, Dios nos saca del pecado, sobre todo del Primer Pecado, el pecado más original y radical de todos: vivir sólo para esta vida, como si pudiera ser eterna, como si no hubiese más.

La tentación es aún más descarada para los que piensan en la religión como una presencia del Poder de Dios. Dios está aquí, nosotros somos sus representantes, luego nosotros tenemos poder, nosotros somos el poder de Dios en la tierra. Tentación de sacerdotes, de jefes de religiones. Como visires de su majestad, como secretarios del Jefe.
Tentación de convertir la salvación en poder, de entregar la religión a los poderosos, a los sabios, a los ricos. El Reino de Dios se ha convertido en el reinado de los sacerdotes, en el poder de la Iglesia.
De la misma manera, la Iglesia y sus jefes no tienen poder alguno sobre el mundo. Su único poder es el que mostró Jesús: servir a todo el mundo, ofrecer la palabra, ponerse de rodillas a los pies de todos, como un esclavo, y lavarles los pies.
Y, en lo más íntimo de mi conciencia, yo no soy superior a nadie por el hecho de haber recibido tanta Palabra de Dios. Yo sólo soy un mensajero; y muy mal mensajero, porque mis propios pecados y mi mediocridad oscurecen la Palabra que se me ha entregado.
Nuestro drama, una vez más, es que nosotros "esperamos a otro". También los judíos "esperaban a otro". Esperaban al restaurador de la gloria del reino de Judá. Y se escandalizaron de Jesús, y lo rechazaron.

Nosotros hacemos lo mismo. Oramos a Dios pidiéndole cosas que juzgamos importantísimas: y como no lo conseguimos, renegamos de Dios. "Estamos tirados, Dios no escucha".

¿Por qué no escuchamos nosotros a Dios? Pero nosotros estamos empeñados en que Dios nos sirva para hacer esta vida más confortable. Y a Dios eso no le interesa.
Pero, más aún, el drama es que nosotros no esperamos más que lo que vemos: vemos las religiones como alardes del poder de Dios, a cuyas leyes ha de someterse todo mortal, alardes de infalibilidad de los imprescindibles sacerdotes; vemos las religiones como cosa de cultos, de importantes... y no nos atrevemos a esperar nada más.
Por eso, somos incapaces de aceptar la Estupenda Noticia: que Dios es de los pobres. El revolucionario anuncio de Jesús, con sus palabras y con sus hechos, es que ni los ricos ni los sacerdotes ni los sabios ni los puros tienen preferencia alguna ante Dios.
Más aún, que el corazón de Dios se inclina irremediablemente hacia los otros, los marginados, los desafortunados, los impuros. Que Dios no es justo, sino descaradamente parcial en favor de sus hijos más necesitados. Que Dios está con los últimos.

"La Buena Noticia se anuncia a los pobres" es una estupenda revolución de Jesús, porque la religión parecía ser siempre cosa de ricos, de poderosos, desde el poder y la riqueza.

Su ejemplo perfecto es el Templo, mármoles, oros, cedro, incienso carísimo, manadas de reses sacrificadas, cánticos sublimes, personajes vestidos de reyes celestiales, poder, gloria, ostentación verdad infalible, presencia de Dios en el esplendor y la sabiduría... Jesús no es así, ni su Dios es así, ni es ésa su gente.
La gran Noticia es que Dios es de todos, de todos los que le necesitan, de todos los que quieran aceptar esa Noticia. "La Buena Noticia se anuncia a los pobres" es una buena noticia, porque siempre había sido cosa de ricos... hasta que llegó Jesús.

Y ésa es la señal que Jesús da a Juan: ¿os sirve esa señal? Dichosos vosotros si esa señal no os escandaliza.

Las lecturas de este domingo, por tanto, nos llevan a temas completamente básicos, y, entre ellos, el más fundamental: si aceptamos a Jesús tal como es, o nos inventamos otros, como a nosotros nos gusta. Es un tema crucial, que define toda la espiritualidad del Adviento: buscar a Jesús, como Él sea. Abrirnos a Dios, como venga. El Libertador no viene a darnos gusto, sino a liberarnos; el problema está en que a nosotros nos gustan las cadenas.
Pero llega el Señor, el Libertador. De muchas cosas nos tiene que liberar el Señor: la primera, sin duda, de nuestro deseo de que esta vida se convierta en el Paraíso por la fuerza milagrosa de Dios. Y la segunda, quizá más fuerte, de nuestra religión, de lo que nosotros hemos hecho con La Palabra.

José Enrique Galarreta

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LLEGARÁ UN NUEVO DÍA

Llegará un día
en el que vivir no sea una pesada carga
sino una asombrosa experiencia de plenitud
para todas las personas,
sea cual sea su origen, color, país o religión;
un día en el que la libertad no sea un sueño
sino una alegre realidad para todas las personas;
en el que la igualdad no será puesta en entredicho
ni necesitará discriminación positiva,
sea cual sea la cultura, la condición social, el sexo
y la riqueza de las personas;
un día en el que la fraternidad
será la mejor carta de ciudadanía,
de dignidad y de respeto.

Llegará un día
en el que los derechos humanos
no necesitarán defensores ni leyes,
porque todos los llevaremos en nuestras entrañas;
un día en el que la justicia
florecerá en todos los campos y rincones
y podremos mirar en cualquier dirección;
un día en el que ya no habrá más pateras,
ni Lampedusas, ni campos de refugiados,
ni vallas, ni murallas, ni muertes anunciadas
en mares, desiertos y lugares lejanos a la patria;
un día en el que las fronteras desaparecerán
y los seres humanos podamos movernos en el mundo,
de acá para allá, como en nuestra propia casa.

Llegará un día
en el que podamos convivir,
movernos libremente,
dialogar,
respetarnos,
compartir,
criticarnos,
ayudarnos
enriquecernos,
cantar,
soñar,
trabajar.
elegir donde estar
y ser diferentes.

Llegará un día
en el que esta sociedad se sienta renacer
en todos los caminos, paredes y carteles,
en todas las revistas, periódicos, radios y televisiones;
en el que se rinda culto y se respete el amor,
porque eso significa que habrá echado raíces
en el corazón de cada uno de nosotros.

¡Pronto llegará ese día, Señor!
¡Ya hemos salido a verlo!


Florentino Ulibarri

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sábado, 14 de diciembre de 2013

MÁS CERCA DE LOS QUE SUFREN

Por José Antonio Pagola
III Domingo de Adviento, Ciclo A
Mateo 11, 2-11

Encerrado en la fortaleza de Maqueronte, el Bautista vive anhelando la llegada del juicio terrible de Dios que extirpará de raíz el pecado del pueblo. Por eso, las noticias que le llegan hasta su prisión acerca de Jesús lo dejan desconcertado: ¿cuándo va a pasar a la acción?, ¿cuándo va a mostrar su fuerza justiciera?
Antes de ser ejecutado, Juan logra enviar hasta Jesús algunos discípulos para que le responda a la pregunta que lo atormenta por dentro: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro» ¿Es Jesús el verdadero Mesías o hay que esperar a alguien más poderoso y violento?
Jesús no responde directamente. No se atribuye ningún título mesiánico. El camino para reconocer su verdadera identidad es más vivo y concreto. Decidle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Para conocer cómo quiere Dios que sea su Enviado, hemos de observar bien cómo actúa Jesús y estar muy atentos a su mensaje. Ninguna confesión abstracta puede sustituir a este conocimiento concreto.
Toda la actuación de Jesús está orientada a curar y liberar, no a juzgar ni condenar. Primero, le han de comunicar a Juan lo que ven: Jesús vive volcado hacia los que sufren, dedicado a liberarlos de lo que les impide vivir de manera sana, digna y dichosa. Este Mesías anuncia la salvación curando.
Luego, le han de decir lo que oyen a Jesús: un mensaje de esperanza dirigido precisamente a aquellos campesinos empobrecidos, víctimas de toda clase de abusos e injusticias. Este Mesías anuncia la Buena Noticia de Dios a los pobres.
Si alguien nos pregunta si somos seguidores del Mesías Jesús o han de esperar a otros, ¿qué obras les podemos mostrar? ¿qué mensaje nos pueden escuchar? No tenemos que pensar mucho para saber cuáles son los dos rasgos que no han de faltar en una comunidad de Jesús.
Primero, ir caminando hacia una comunidad curadora: un poco más cercana a los que sufren, más atenta a los enfermos más solos y desasistidos, más acogedora de los que necesitan ser escuchados y consolados, más presente en las desgracias de la gente.
Segundo, no construir la comunidad de espaldas a los pobres: al contrario, conocer más de cerca sus problemas, atender sus necesidades, defender sus derechos, no dejarlos desamparados. Son ellos los primeros que han de escuchar y sentir la Buena Noticia de Dios.
Una comunidad de Jesús no es sólo un lugar de iniciación a la fe ni un espacio de celebración. Ha de ser, de muchas maneras, fuente de vida más sana, lugar de acogida y casa para quien necesita hogar.

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Que las personas vivan en libertad - 3º Domingo de Adviento, Ciclo A

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viernes, 21 de diciembre de 2012

DICHOSO EL QUE CREE

IV DOMINGO DE ADVIENTO (Lc 1, 39-45) - Ciclo C

El pensador francés Blaise Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico».
Pero, ¿quién lo puede creer hoy? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. En todo caso habría que relacionarla con una salvación futura y eterna que queda muy lejos, pero no con esa felicidad concreta que ahora mismo nos interesa.
Más aún. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. Además, ¿por qué iba a preocuparse un creyente de ser feliz? Vivir como cristiano, ¿no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, renunciar a la felicidad?

Lo cierto es que los cristianos no parecen mostrar con su manera de vivir que la fe encierre una fuerza decisiva para enfrentarse a la vida con dicha y plenitud interior. Muchos nos ven más bien como Friedrich Nietszche, que veía a los creyentes como «personas más encadenadas que liberadas por Dios».
¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se habla tan poco de felicidad en las iglesias? ¿Por qué muchos cristianos no descubren a Dios como el mejor amigo de su vida?
Como ocurre tantas veces, parece que también en el movimiento de Jesús se ha perdido la experiencia original que al comienzo lo vivificaba todo. Al enfriarse aquella primera experiencia y al acumularse luego otros códigos y esquemas religiosos, a veces bastante extraños al Evangelio, la alegría cristiana se ha ido apagando.
¿Cuántos sospechan hoy que lo primero que uno escucha cuando se acerca a Jesús es una llamada a ser feliz y a hacer un mundo más dichoso? ¿Cuántos pueden pensar que lo que Jesús ofrece es un camino por el que podemos descubrir una alegría diferente que puede cambiar de raíz nuestra vida?
¿Cuántos creen que Dios busca solo y exclusivamente nuestro bien, que no es un ser celoso que sufre al vernos disfrutar, sino alguien que nos quiere desde ahora dichosos y felices?
Estoy convencido de que una persona está a punto de tomar en serio a Jesús cuando intuye que en él puede encontrar lo que todavía le falta para conocer una alegría más plena y verdadera. El saludo a María: «Dichosa tú, que has creído», puede extenderse de alguna manera a todo creyente.
A pesar de las incoherencias y la infidelidad de nuestras vidas mediocres, dichoso también hoy el que cree desde el fondo de su corazón.

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Paso a paso - 4º Domingo de Adviento, ciclo C

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domingo, 9 de diciembre de 2012

JESÚS APRENDIÓ DE JUAN Y DESPUÉS LE SOBREPASÓ


INTRODUCCIÓN

Las tres figuras de la liturgia de Adviento son: Juan Bautista, Isaías y María. La liturgia de hoy empieza por el primero. La importancia de este personaje está acentuada por el hecho de que hacía, por lo menos, trescientos años que no aparecía un profeta en Israel.

Al narrar Lucas la concepción y el nacimiento de Juan antes de decir casi lo mismo de Jesús, está manifestando lo que este personaje significaba para los cristianos de la época. La idea de precursor inmediato es la clave de todo lo que nos dicen de él.

Los evangelistas destacan la figura de Juan, aunque todos están interesados en resaltar la superioridad de Jesús. Se advierte una cierta polémica en las primeras comunidades, a la hora de dar importancia a Juan. Para los primeros cristianos no tuvo que ser fácil aceptar la influencia del Bautista en la trayectoria de Jesús. El hecho de que Jesús acudiese a Juan para ser bautizado, nos manifiesta que Jesús tomó muy en serio la figura de Juan, y que se sintió atraído e impresionado por su mensaje. Juan tuvo una influencia muy grande en la religiosidad de su época. Relatos extrabíblicos confirman que en el momento del bautismo de Jesús, él era ya muy famoso, mientras que a Jesús aún no le conocía nadie.





CONTEXTO

Es muy importante el comienzo del evangelio de hoy. Estamos en el capítulo 3, y curiosamente se olvida de todo lo anterior. Como si dijera: ahora comienza de verdad el evangelio. Se intenta situar los acontecimientos en unas coordenadas concretas de tiempo y lugar, para dejar claro que no se saca de la manga los relatos. Hay que notar que el "lugar" no es Roma ni Jerusalén sino el desierto. También se quiere significar que la salvación está dirigida a hombres concretos de carne y hueso, y que esa oferta implica, no solo al pueblo judío, sino a todo el orbe conocido: "todos verá la salvación de Dios".

Como buen profeta, Juan descubrió que para hablar de una nueva salvación, nada mejor que recordar el anuncio del gran profeta Isaías. Él anunció una auténtica liberación para su pueblo, precisamente cuando estaba más oprimido en el destierro y sin esperanza de futuro. Juan intenta preparar al pueblo para una nueva liberación, predicando un cambio de actitud en la relación con Dios y con los demás.

El mensaje de Jesús se aparta en gran medida del de Juan. Juan predica un bautismo de conversión, de metanoya, de penitencia. Habla del juicio inminente de Dios, y de la única manera de escapar de ese juicio, su bautismo. No predica un evangelio -buena noticia- sino la ira de Dios, de la que hay que escapar.

No es probable que tuviera conciencia de ser el precursor, tal como lo entendieron los cristianos. Habla de "el que ha de venir" pero se refiere al juez escatológico, en la línea de los antiguos profetas.

Jesús por el contrario, predica una "buena noticia". Dios es Abba, es decir Padre-Madre, que ni amenaza ni condena ni castiga, simplemente hace una oferta de salvación total. Nada negativo debemos temer de Dios. Todo lo que nos viene de Él es positivo. No es el temor, sino el amor lo que tiene que llevarnos hacia Él.

Muchas veces me he preguntado, y me sigo preguntando, por qué, después de veinte siglos, nos encontramos más a gusto con la predicación de Juan que con la de Jesús. ¿Será que el Dios de Jesús no lo podemos utilizar para meter miedo y tener así a la gente sometida?

Hay un aspecto de su doctrina que sí coincide con el mensaje de Jesús. Critica duramente una esperanza basada en la pertenencia a un pueblo o en las promesas hechas a Abrahán, sin que esa pertenencia conlleve compromiso alguno. Para Juan, el recto comporta¬miento personal es el único medio para escapar al juicio de Dios. Por eso coincide con Jesús en la crítica del ritualismo cultual y la observancia puramente externa de la Ley.



APLICACIÓN

Al ser humano se le ofrecen hoy infinidad de caminos por los que puede desarrollar su existencia. ¿Cuál será el que le lleve a la verdadera salvación? Como decía Pablo, más que nunca necesitamos hoy crecer en sensibili¬dad para apreciar los auténticos valores humanos. Precisamente porque las ofertas engañosas son más variadas y mucho más atrayentes que nunca, es más difícil acertar con el camino adecuado.

Dios no tiene ni pasado ni futuro; no puede "prometer" nada. Dios es la salvación que se da a todos en cada instante. Algunos hombres (profetas) experimentan esa salvación según las condiciones históricas que les ha tocado vivir, y la comunican a los demás como promesa o como realidad. La misma y única salvación de Dios, llega a Abrahán, a Moisés, a Isaías, a Juan o a Jesús, pero cada uno la vive y la expresa según la espiritualidad de su tiempo.

No encontraremos la salvación que Dios quiere hoy para nosotros, si nos limitamos a repetir lo políticamente correcto. Solo desde la experiencia personal podremos descubrir esa salvación. Cuando pretendemos vivir de experiencias ajenas, la fuerza de placer inmediato acaba por desmontar la programación. En la práctica, es lo que nos sucede a la inmensa mayoría de los humanos. El hedonismo es la pauta: lo más cómodo, lo más fácil, lo que menos cuesta, lo que produce más placer inmediato, es lo que motiva nuestra vida.

Más que nunca, nos hace falta una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra existencia. Digo sincera, porque no sirve de nada admitir teóricamente la escala de Jesús y seguir viviendo en el más absoluto hedonismo. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría. Hace ya tiempo, un ministro del gobierno, hablando de los problemas del norte de África, decía muy serio: "Es que para los musulmanes, la religión es una forma de vida". Se supone que para los cristianos, no.

Al celebrar una nueva Navidad, podemos experimentar cierta esquizofrenia. Lo que queremos celebrar es una salvación que apunta a la superación del hedonismo, del placer y del egoísmo. Pero lo que vamos a hacer en realidad es intentar que en nuestra casa no falte de nada en estas Navidades. Si no disponemos de los mejores manjares, si no podemos regalar a nuestros seres queridos lo que les apetece, no habrá fiesta. De esta manera, sin darnos cuenta, caemos en la trampa del consumismo. Cuando nuestras "necesidades" podemos satisfacer¬las en el supermercado, ¿qué necesidad tenemos de otra salvación?

En las lecturas bíblicas debemos descubrir una experiencia de salvación. No quiere decir que tengamos que esperar para nosotros la misma salvación que ellos anhelaban. La experien¬cia es siempre intransferible. Si ellos esperaron la salvación que necesitaron en un momento determinado, nosotros tenemos que encontrar la salvación que necesitamos hoy. No esperando que nos venga de fuera, sino descubriendo que está en lo hondo de nuestro ser y tenemos capacidad para sacarla a la superficie. Dios salva siempre. Cristo está viniendo.

El ser humano no puede, de una vez por todas, planificar su salvación trazando un camino claro y directo que le lleve a su plenitud. Su capacidad es limitada. Solo tanteando puede conocer lo que es bueno para él. Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando. No solo porque lo exige su propio progreso, sino porque es responsable de que los demás progresen. No se trata de imponer a nadie los propios descubrimientos, sino de proponer nuevas metas para todos. Dios viene a nosotros siempre como nueva salvación. Ninguna de las salvaciones anunciadas por los profetas puede agotar la oferta de Dios.

Es importante la referencia a la justicia, que hace por dos veces Baruc (Bar 5,1-9) y también Pablo (Flp 1,4-11), como camino hacia la paz. El concepto que nosotros tenemos de justicia, es el romano, que era la restitución según la ley de un equilibrio roto. El concepto bíblico de justicia es muy distinto. Se trata de dar a cada uno lo que espera, según el amor.

Normalmente, la paz que buscamos es la imposición de nuestros criterios, sea con astucia, sea por la fuerza. Mientras sigan las injusticias, la paz será una quimera inalcanzable.



Meditación-contemplación

El profeta es una persona que descubre algo importante para su vida,
y que se lo comunica a los demás para que también lo vivan.
No se trata de un conocimiento intelectual, sería un maestro.
Se trata de un descubrimiento de lo que ES.
.......................

Trata de recordar a los "profetas" que te han ayudado en ese camino hacia tu ser.
Piensa no sólo en los "grandes" sino en los pequeños, pero cercanos.
Siente agradecimiento hacia todos ellos.
Piensa ahora si has descubierto en ti mismo algo interesante.
.....................

Lo que vivió-experimentó Jesús,
ha hecho libres a muchísimas personas.
¿Te está ayudando a ti a alcanzar la libertad?
Ese es el primer objetivo de tu existencia.
................


Fray Marcos

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Contemplaciones del Evangelio - Metáforas de Adviento: preparar el camino


Adviento es tiempo de preparación. Y cualquiera comprende lo que es preparar algo. Preparamos el arbolito y el pesebre, preparamos la comida para las fiestas, preparamos los regalos, preparamos el ánimo para pasar la nochebuena en paz, aceptando a toda la familia…
Hay algo, sin embargo, en el que nuestra vida actual se diferencia de la época de Isaías y de Jesús. En aquellas épocas había que preparar no sólo las cosas sino también el camino. Había pocos caminos para ir de un pueblo a otro y, muchas veces, uno solo. Y la comunicación se daba únicamente a través de personas que recorrían ese camino, las que por sí mismas ban a visitar a otro o las que enviaban algo por medio de un mensajero.

Hoy, nosotros, tenemos todo tipo de caminos y hasta un exceso de medios. Lle-gamos por tierra o por aire, en auto o en transporte público, mandamos mensajes por internet y celular, nos hacemos presentes virtualmente, mandamos tarjetas al instante…
Como que el camino lo damos por descontado. Y por eso, cuando se atasca el tránsito o no salen los vuelos, para el subte o se cae el sistema, nos ponemos tan mal. Recién ahí valoramos “los medios”, valoramos el camino.



Para valorar la metáfora del camino hay que tomar conciencia de que nuestro mundo surcado de caminos de todo tipo –globalmente conectado, en tiempo real- es fruto del trabajo humano. Cada adoquín, cada calle asfaltada, cada autopista, cada vía de tren, cada cable de teléfono, cada satélite que transmite información, ha sido puesto en su lugar por la mano del hombre.
En uno de los frecuentes cortes de luz que padecemos, un grupo de vecinos de nuestra cuadra se puso al lado de los obreros (todos bolivianos), que rompieron nuestra vereda en tres lugares para encontrar dónde estaba quemado el grueso cable que daba luz a varios edificios. Digo que se les puso al lado como una ma-nera suave de decir que no dejó que “se fueran” hasta que la empresa no se hizo presente con la cuadrilla de remplazo. La gente obligó a la empresa a salir del anonimato tras el que se escudan –contestadores automáticos, cuadrillas de obreros tercerizadas…- y luchó para que una mano tan humana como la que puso el cable defectuoso pusiera el nuevo.
Nuestro mundo mágico, en el que todo se “prende” y se conecta, sigue y seguirá dependiendo del trabajo unipersonal del que pone el adoquín o cambia el chip que permite la comunicación.

¿A dónde quiero llegar? A decir que valorar la materialidad del camino (de los medios, de los procesos) es clave para mantenernos y crecer como seres huma-nos.

Hoy, una visita, así como puede llegar en un rato, también se puede ir a su casa o cortar el chat en un segundo. Antiguamente, si uno iba de un pueblo a otro, no siempre se podía volver en el día. Una visita era todo un acontecimiento; implicaba armar el día contando con varias personas más para la comida y el descanso. Y cada pueblo, me imagino, tenía que arreglar sus caminos si quería ser visitado y poder salir con sus carros y sus cosas. Por eso Isaías habla de “rectificar senderos, rellenar pozos, aplanar lomas, enderezar vueltas y allanar asperezas”.

Esto, a alguno, le dará la impresión de que era lentísimo. Para hacer una visita había que “rellenar” los baches del camino. Así no darían muchas ganas de visitar a nadie. Puede ser, pero por otro lado, ¡qué valiosa cada visita! Detrás de un encuentro entre dos familias, cada uno valoraba lo que había implicado de “preparación del camino”. El que viajaba de un lado a otro lo hacía “sacando piedras” y tapando algún pozo, no sólo para sí sino para los demás. Se viajaba “haciendo camino”. Y lo que quiero decir es que esto sigue siendo así. El que no viaja mejorando el camino para sí y para los demás, lo empeora. Y en el fondo, es alguien que no valora ni su viaje ni su “humanidad”.

Hoy todo el mundo anda apurado, de aquí para allá, no solo no mejorando los caminos y los medios sino convirtiendo la calle en un chiquero, en un atolladero de gritos, humo y bocinazos. Todo el mundo “quiere llegar” ¿a dónde? A su casa, a su trabajo, a “lo suyo”. Llegar y volver a salir lo más rápido posible. Conectándose con todo y con todos y comunicándose con muy pocos. Haciendo y deshaciendo caminos que se borran al instante y luego hay que preguntar cómo se hacía tal cosa o cómo funcionaba tal otra, porque todo se sabe y no se sabe nada. Uno termina no encontrando el camino para llegar a los fusibles de la luz de su casa y a tener que llamar al técnico para que le recuerde la manera de encontrar un archivo que se le perdió en la compu. Las cosas se van haciendo a los empujones, porque, apurados por llegar rápido, no cuidamos “el camino”. La ciudad caótica en la que vivimos es el resultado de 2.890. 000 personas con esta mentalidad que viven en la capital y de otros 3 a 5 millones que entran y salen cada día con la misma mentalidad: hay que llegar, no importa cuidar los caminos.

Esta mentalidad “macro-social” se contagia a lo micro, a la vida de todos los días. En el Hogar, por ejemplo, es muy notable cómo uno tiene que explicar muchas (literalmente más de cuatro veces) a algunos colaboradores de buenísima buena voluntad y gran creatividad y bondad, por qué es bueno (buenísimo, sanador, fuente de alegría y de gusto por lo hecho en común, para nada exagerado ni neu-rótico ni autoritario ni controlador) cuidar un caminito de trabajo, que lleva a dar dos o tres sencillos pero insalteables pasos de consulta, permiso y rendición de cuentas para comprar algo o para realizar una tarea.

La mentalidad instituida es “lo que puedo hacer por mi cuenta, rápido y como salga” por qué lo voy a demorar. Más allá de lo práctico, que luego de algunas correcciones, todo el mundo entiende, la conversión de fondo que hay que hacer es a sentir que “cuidar el camino” es “cuidar lo humano…, y lo divino”.

Jesús quiso venir al mundo transitando un caminito que su gente le había prepa-rado. De hecho, no le prepararon mucho, porque tuvo que nacer en un pesebre de animales. Pero precisamente eso, la falta de lugar público preparado, fue lo que llevó a José y a María a preparar “con nada” un lugar cálido y humano para él.
El camino que recorrieron y (sin saberlo ni quererlo) establecieron ellos dos para que él llegara, se convirtió en modelo de lo que significa cristianamente prepararle el camino a Jesús.
José tuvo que apurar su decisión y elegir entre lo material que había para no apurar a María que como embarazada no podía caminar más. José tuvo que sua-vizar las pajas del pesebre y afirmar los troncos para poner allí a Jesús sin tiempo para lamentar lo que faltaba. El Señor se vino nomás, como sucede en los partos que se dan a veces en un taxi o en la calle, y lo mejor de lo humano se mostró en la pobreza de los recursos. La ternura y la alegría de José y María, por el Niño que nació en lo que le pudieron preparar, es la contra-imagen de la aspereza y el enojo que tenemos y expresamos mientras vamos apurados de aquí para allá renegando por todo lo que obstruye nuestro trajinar.

La mentalidad del mundo es: hay que llegar, hay que producir resultados, por eso, no nos podemos fijar mucho en los medios, si no, no se hacen las cosas.
La mentalidad cristiana, por el contrario es: el Señor viene, sí o sí, se nos regala. Lo nuestro es prepararle el camino, hacer las cosas en paz, ordenada y solida-riamente, construyendo caminitos que, a la vez que le hacen fácil a él la venida, a nosotros nos permiten andar en paz, sin ansiedades, gozando de un trabajo en el que el mismo caminar y arreglar el camino es la meta.

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Dom 9.12.12. Humillad a los montes altivos, igualad los caminos


Domingo 2 Adviento, ciclo C. Lc 3, 1-6. Juan, profeta judío de tradición apocalíptica, anunciaba y preparaba, tras el río Jordán, en el desierto, el “juicio de Dios”. Eran “tiempos famosos”, bien datados en los anales de la historia, con Tiberio emperador, Herodes y Felipe reyezuelos del norte de Israel, Anás y Caifás sacerdotes...

Él se eleva, al lado de María, mujer de la nueva humanidad (cuya fiesta celebrábamos ayer), como profeta del cambio final:

Preparad el camino:
-- que los montes altivos (prepotentes) se abajen, pierdan su poder;
-- que los humillados se eleven, de forma que venza la justicia;
-- que todos pueda caminar en igualdad, darse la mano porque llega con el Señor del cielo el fin de una tierra de injusticia y muerte.


Al concluirse este año de tiniebla (2012), en que los montes altivos se han elevado aún más, a costa de los bajos, brutalmente abajados, debe escucharse esta voz de protesta e inversión de Juan Profeta, que María, mujer inmaculada, retoma y reformula en el Magníficat (que comentaremos en los próximos días), exigiendo que se igualen los caminos (que cada vez parecen más torcidos).



María y Juan son los grandes profetas del Adviento: Denuncia social,preparación de Dios, es decir, de la justicia humana. Así les ha visto y unido la tradición cristiana desde tiempo antiguo, como muestra la imagen del ábside de la Catedral Vieja de Salamanca, donde aparecen en pequeño, a los lados del Cristo Juez, como grandes promotores y testigos del juicio.

En la otra imagen he querido recoger la figura del profeta de P. Gargallo, que puede verse en el centro de Madrid. Ese profeta es sin duda Juan Bautista, anunciando la exigencia del camino de Dios en la ciudad inmensa, una de las sedes (aunque un poco rebajada) del sistema económico y político del mundo.

Mucho trabajo tendría hoy en Madrid Juan profeta, pero también en Donostia y Barcelona, y en otros lugares, donde debería elevar todavía más su denuncia. Pero el profeta de Gargallo está en Madridad (Reina Sofía), por algo será, diciendo su palabra a la gran capital, en este tiempo de Adviento. Por algo será... Buen fin de domingo los lectores de esta postal... atrasada, del segundo domingo de Adviento.

Texto. Una Voz

El evangelio de Lucas sitúa a Juan Bautista en el contexto político y religioso de su tiempo y le presenta sobre todo como voz que anuncia la llegada de Dios, preparando el camino del Señor (cf. Is 30, 3-5) que para los cristianos es el mismo Jesús:

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del Profeta Isaías. "Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios (Lc 3, 1-6).

Lo importante es la Voz, la palabra de anuncio de Dios, una Voz que grita y dice: “preparad”. Todo lo restante pasa, el imperio del Gran César de Roma (el sistema económico-político de la actualidad, sin Dios), los reyezuelos sometidos a Roma, los poderes de los grandes sacerdotes. Toda pasa. Lo que de verdad importa en la Voz que grita: “preparad”. Ella nos define y nos hace ser humanos, pues nos mantiene en esperanza.

Es la voz de la profecía que viene desde antiguo, el grito de Isaías, abriendo entre hombres y mujeres de la tierra un camino de esperanza y de transformación exigente, la Vía de Dios por la que vamos y que somos, si queremos seguir siendo humanos y no destruirnos. Es tiempo de profetas, tiempo para escuchar y discernir las voces que vienen desde antiguo, por Isaías o por otros hombres y mujeres que han abierto con su palabra una esperanza de humanidad. Podemos recordar a Buda o Zoroastro, a Muhammad o Lao-Tze, voces que siguen llamando.

Una voz que grita en el desierto. Los reinos de Tiberio y Herodes, los templos de Anás y Caifás están demasiado llenos de propaganda de este mundo, de política y dinero, de intrigas y envidias, de robos y amores falsos, puras imágenes que pasan y mueren, manteniendo a los hombres ocupados en sus mentiras, hasta que el puro poder de la mentira les destruye.

Hay que salir al desierto, volver a la soledad de los grandes profetas para escuchar las voces verdaderas, las que llegan al fondo del alma, voces de místicos como Juan de la Cruz o de promotores de paz como Gandhi Luther King. Sin ellas el mundo se muere, aplastado en su propia mentira

.
Una voz que dice “preparad”… Ella misma prepara, y somos nosotros los que debemos preparar, haciéndonos Camino de Humanidad, precursores de “Alguien” más grande. Somos camino para Dios, es decir, para la humanidad que llega. Somos una especie transeúnte (como dice el evangelio de Tomás) aves de paso, que estamos preparando el Camino para el verdadero Enviado de Dios, para los hombres y mujeres de la paz y de la plenitud futura.

Somos pasajeros, un Camino abierto a la vida de Dios que permanece, camino que anuncia y prepara la Vida. “Preparad” significa estad atentos, no quedarnos cerrados en los pequeños reinos de césares y luchas turno: preparad significa "preparadnos", abriendo un espacio de esperanza para todos los hombres y mujeres del mundo…

Lugar y sentido de la Voz

Ésta es una Voz que se escucha en toda la comarca del Jordán… Es decir, en la zona de paso de la peregrinación de los viejos israelitas, que no habían llegado a la tierra, voz que se escucha los lugares donde sufren todavía millones y millones de personas, que son puro paso (nómadas sin casa propia), transeúntes que mueren a la vera de los miles de caminos sin salida de este tiempo, sin haber llegado a la tierra de sus esperanzas.

Ésta es una voz que nos manda atravesar el río, pasar a la tierra de las promesas.

Entonces sólo hacía falta atravesar un pequeño río para llegar a la tierra prometida. En ese año 2012 hay millones y millones de hombres y mujeres que deben atravesar los mares en pateras o cruzar desiertos y alambradas para encontrar una tierra ansiada (que al fin tampoco es tierra prometida…). Son millones los que quieren encontrar medios de vida dentro de un mundo de césares y sacerdotes del poder que no quieren ofrecerles un lugar Adviento debe ser un tiempo de esperanza para ellos.

Es una Voz que dice…. Allanad. Pide un cambio, una gran alternativa, que se expresa en términos de mundo (de naturaleza), pero que se entiende y debe aplicarse en términos sociales. No se trata de cambiar la tierra externa (los montes materiales, los valles físico), sino la geografía social, que está marcada por emperadores, reyes y sacerdotes recién nombrados, preparando así el camino del Señor:

‒ Allanad (rectificad) sus senderos… Los caminos de los hombres se encuentran actualmente torcidos, de forma que resulta imposible “el paso” del Dios de la justicia. En este mundo así dividido y quebrado, ni Dios puede venir y manifestarse.

‒ Elévense los valles… Las tierras de opresión han de elevarse, y eso sólo puede hacerse dando la mano a los pobres y oprimidos, invirtiendo unas normas sociales (unas prácticas y leyes) que están hechas para tenerles sometidos, en el bajo infierno de una vida sin libertad… Elevarse se dice “pleroô”, que es llenar, plenificar, cumplir las esperanzas de los pobres, dotándoles de posibilidades de vida.

‒ Desciendan los montes y colinas. Descender se dice “tepeinoô”, humillar, abajar… Pueden humillarse los altivos por conversión y cambio personal. Pero si no lo hacen así, por voluntad propias, ellos serán “humillados” y abajados por el mismo Dios, a través de los cambios sociales de la historia. Sin esta humillación o abajamiento de los altos “propietarios” del poder y del dinero no es posible la salvación que anuncia Juan Bautista.

‒ Que lo torcido se enderece… Vivimos en el centro de una humanidad torcida, retorcida, y en el fondo envenenada (skolia). Para enderezarla es preciso tirar con fuerza, hacer que así se quiebren y se rompan las resistencias interiores, a fin de que todo se aclare, se sepa. El mal de este mundo es su mentira organizada, su estructura retorcida, el engaño sistemático. Enderezar significa que todo se aclare y se sepa, que todos puedan ponerse a la luz del juicio de Dios (y de la justicia de los hombres).

‒ Que lo escabroso se iguale… Nosotros mismo hemos dificultado la vida, la hemos llenado de dificultades. Hemos creado una vida abrupta (trakheia…), hecha de opresiones de diverso tipo. Se trata por tanto de “igualar”, haciendo así camino, para que los hombres puedan caminar en concordia, esperando la llegada del Señor.

((Seguiré en la misma línea, comentando el canto que Lucas pone en boca de María, madre y profetisa, compañera de Juan en el Adviento... siguiendo el argumento que he venido preparando en los días anteriores, con ocasión de la Inmaculada)

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Esperar


Esperar bien despiertos, pero no desvelados.
Esperar caminando, pero no adelantándonos.
Esperar embarazados, pero no adueñándonos.
Esperar expuestos, pero no a cualquier viento.
Esperar sedientos, pero no yermos.

Esperar entre niebla, pero no perdidos en esta tierra.
Esperar con velas encendidas, pero no consumidos.
Esperar ofreciéndonos, pero no vendiéndonos.
Esperar preparando tu camino, pero no encorvándonos.
Esperar en silencio, pero cantando al Verbo encarnado.

Esperar gestando, no abortando.
Esperar acogiendo, no reteniendo.
Esperar dándonos, no reclamando.
Esperar en silencio, no alborotando.
Esperar compartiendo y disfrutando.

Esperar aunque sea de noche
y no veamos signos en el horizonte.
Esperar a cualquier hora del día
aunque nos quedemos solos y se rían.
Esperar en soledad... ¡y en compañía!

Esperar con mucha paz, pero pellizcados por los hermanos.
Esperar anhelando, pero mecidos en su regazo.
Esperar mirando a lo alto, pero con los pies asentados.
Esperar refrescándonos en tus manantiales vivos y claros.
Esperar encarnados y ya naciendo a tu Reino.

Esperar en este tiempo de crisis y recortes.
Esperar con el Evangelio en la mano.
Esperar con los que vienen y con los que se van.
Esperar disfrutando lo que se nos ha dado.
Esperar viviendo y amándonos.

Esperar como Isaías, viviendo y profetizando.
O como Jeremías, sufriendo, pero enamorados.
O como Juan Bautista, pregonando lo que nos has dado.
Esperar, para que no pases de largo.
Esperar, aunque no entendamos a tu Espíritu Santo.


Florentino Ulibarri

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domingo, 2 de diciembre de 2012

PREGÓN PARA ANUNCIAR EL ADVIENTO

DOMINGO 1º de ADVIENTO

Este es tiempo de espera y anhelo,
de ilusión, de salir a los cruces y caminos.
Es un tiempo de ojos abiertos,
de miradas largas como el horizonte
y de pasos ligeros por calles y plazas.

Este es tiempo de salas de espera,
de viajes que llegan con sorpresa ,
de caminatas alegres y largas,
de sueños buenos que se realizan
y de embarazos llenos de vida.

Este es tiempo de pregones y sobresaltos,
de vigías, centinelas y carteros,
de trovadores, profetas y peregrinos,
y de todos los amantes de la utopía
que van en pos de la estrella que brilla.

Este es tiempo de luces, candiles y velas.
de puertas y ventanas entreabiertas,
de susurros, sendas y pateras,
de huellas en el cielo y la tierra
y, también, en el corazón de las personas.

Este es tiempo de pobres y emigrantes,
de parias, exiliados y desplazados,
de los desahuciados de sus casas
que se empapan y mojan en la calle
y de todos los que no tienen nombre.

Este es tiempo de quienes no llegan y rezan,
de hogares que se renuevan y mantienen,,
de los que disciernen serenamente
y de quienes sufren la crisis, más fuerte,
a pesar de tantas promesas electorales.

Este es tiempo de andar por oteros y valles
de de cantar por las cárceles que se abren
de romper grilletes, cadenas y fuerzas,
de ceñirse coronas de servicio y dignidad,
y de madurar como las hojas que vuelan .

Este es tiempo de Isaías y Juan Bautista,
de María y de José, sin pesadillas,
embarcados en la aventura divina
y pasando en vela sus horas nazarenas.
Es tiempo que gesta las promesas.

¡Este es tiempo de buenas noticias!


Florentino Ulibarri

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viernes, 23 de diciembre de 2011

Orar – Para Ver la Gloria de Dios en la Humanidad

Por Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz)
(Adviento: Sobre la oración. Cuarta de una serie de cuatro partes)

La familiaridad engendra desdén. También bloquea el misterio de Navidad, ya que genera una percepción de la vida que no permite ver la divinidad dentro de la humanidad.
Sin embargo, todos nosotros somos propensos, sin remedio, a ver casi todo de una forma excesivamente familiar, es decir, de una forma que ve poco o nada de la profunda riqueza y de la divinidad que en todas partes se está reflejando bajo la superficie. G.P. Chesterton, reflexionando sobre esto, declaró una vez que uno de los profundos secretos de la vida es aprender a mirar las cosas conocidas y comunes hasta que parezcan de nuevo como no-conocidas, como nuevas. Alan Jones llama a esto el proceso de “des-aprender” lo que nos es demasiado familiar y conocido.
Llámesele como se quiera, el desafío es el mismo: Tenemos que aprender el secreto de ver lo extraordinario dentro de lo ordinario, de ver la divinidad titilando dentro de la humanidad, y de ver halos alrededor de caras familiares.

El famoso monje trapense y escritor americano Tomás Merton, en su texto quizás más famoso, nos revela cómo una vez tuvo una experiencia cuasi-mística de esto en las circunstancias más ordinarias. Había estado viviendo en un monasterio trapense cerca de Louisville, Kentucky, durante casi 20 años, y un día tuvo que ir a la ciudad para una consulta médica. Se encontraba de pie en la intersección de las Calles 14 y Walnut, cuando de pronto lo ordinario se convirtió en extraordinario. Todo el mundo a su alrededor comenzó a brillar con un resplandor profundo y divino. La gente se paseaba, según escribió él, “brillando como el sol”. Y añadía: “Entonces era como si yo de repente viera la hermosura secreta de sus corazones, la profundidad de sus corazones a la que ni el pecado ni el deseo ni el conocimiento de sí mismo puede alcanzar; como si viera el núcleo mismo de su realidad, la persona que cada uno es en la presencia de Dios. ¡Si pudieran verse todos a sí mismos como eran en realidad! ¡Si pudieran verse constantemente unos a otros de ese modo! Ya no habría más guerras, ni odio, ni crueldad, ni avaricia… Supongo que el gran problema sería que cayéramos de bruces para adorarnos unos a otros”.
Este tipo de visión, que ve al mundo como transfigurado con halos o aureolas alrededor de rostros familiares, da en última instancia el significado de Navidad, el significado de la encarnación y el misterio de Dios paseándose en carne humana. La Navidad no es tanto una celebración-recordatorio del nacimiento de Jesús, como el nacimiento continuo de Dios en carne humana, la continuación de lo divino manifestándose en lo ordinario; Dios, un bebé desvalido naciendo en un establo.
Pero para tener esta visión tenemos que orar. La oración es nuestra mayor salvaguarda contra la familiaridad que engendra desdén, y es uno de los pocos modos con el que podemos comenzar a ver con los ojos más profundos del corazón. La oración es un alzar nuestras mentes y corazones a Dios, pero también es el modo –a veces el único modo– con que podemos purificar y profundizar nuestra visión. La experiencia de Tomás Merton en la intersección de las Calles 4 y Walnut de Louisville fue fraguándose a través de años y años de oración.
Solamente los que tienen un corazón puro pueden percibir la Navidad en su profundo misterio; y eso sólo en aquellos momentos en que somos puros de corazón. Pero, cuando se logra ver así, es algo maravilloso.
John Shea, en un extraordinario poema de Navidad, nos invita a mantener nuestros ojos abiertos a la manifestación de lo divino dentro de lo humano. La invitación durante Navidad se centra en ver lo sagrado dentro de nuestros establos, ver el cuerpo de Cristo en y alrededor de nuestras mesas de cocina, y ver halos alrededor de rostros familiares.

Incluso en Navidad es difícil ver los halos, a pesar de que los grupos de discusión mercantil los probaron de antemano para incluirlos en las campañas de consumo masivo… Ver halos o aureolas es mucho más que experimentar una aparición por pura casualidad. El ver halos implica la habilidad típica de Adviento: la atención mantenida, el simple hecho de buscar y de alzar la mirada –como descubrió la escritora Anne Dillard–.
Así es como se ven los halos, mirando al horizonte amplio, metiendo la pequeñez dentro de los pliegues del infinito.
Y no experimento esto sólo contemplando arbolitos con luces titilantes. Prefiero pensar en aquella mujer, atareada preparando la cena de Navidad… Alcé la mirada para captar un reborde de resplandor grabado en su rostro, para percibir las curvas de luz que se deslizaban a lo largo de toda su forma. Ella brillaba más que las velas… Cuando pasa esto, no me sobreexcito. Sencillamente dejo que el amor se renueve, porque ésa es precisamente la misión de las aureolas, la razón por las que se nos dan.
Tampoco intento mantener inmóvil el cuadro. Los halos o aureolas sufren con el tiempo, justo cuando nos muestran lo que sobrepasa al tiempo.
Pero cuando los halos van perdiendo intensidad y se a van apagando, no se disipan repentinamente dejándonos abandonados en la tristeza de una luz menor.
Se retiran, como se apartó de María el ángel Gabriel en la Anunciación, pero dejándonos grávidos, fecundados.
La familiaridad engendra desdén. Ése es un fallo típico de la naturaleza humana. Y eso, quizás más que cualquier otra cosa, nos impide entrar en el misterio de Navidad y ver el resplandor de Dios titilando o refulgiendo por debajo de la superficie de lo que nos es familiar y conocido.
Una vez, Jesús pidió a tres de sus discípulos que se unieran a él en oración, en el Monte Tabor, y, mientras oraban, él mismo y todo a su alrededor se transfiguró y comenzó a brillar con un resplandor divino. Él nos invita a cada uno de nosotros a ese tipo de oración tan especial.

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jueves, 22 de diciembre de 2011

El Adviento de:


“aguantar tu ausencia, sin dudar de tu venida.
Aguantar tu silencio y aún así, cantar.
Alguien ha de hacer esto siempre
con todos los otros y por ellos.
Y alguien ha de cantar, Señor, cuando tú llegues,
ese es nuestro quehacer;
verte llegar, y cantar, porque eres Dios.
porque haces unos prodigios
que ningún otro hace, fuera de ti.
Y porque eres formidable
y maravilloso como ninguno.
¡Ven, Señor!
Detrás de nuestros muros, río abajo,
te espera la ciudad. Amén”.

(Silja Walter, benedictina, 1981)

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lunes, 19 de diciembre de 2011

YO TE SALUDO, MARÍA


Yo te saludo, María,
porque el Señor está contigo:
en tu casa, en tu calle, en tu pueblo,
en tu abrazo, en tu seno.
Yo te saludo, María,
porque te turbaste
–¿quién no lo haría ante tal noticia?–
mas enseguida recobraste paz y ánimo
y creíste a un enviado cualquiera.

Yo te saludo, María,
porque preguntaste lo que no entendías
–aunque fuera mensaje divino–
y no diste un sí ingenuo ni un sí ciego,
sino que tuviste diálogo y palabra propia.

Yo te saludo, María,
porque concebiste y diste a luz
un hijo, Jesús, la vida;
y nos enseñaste cuánta vida
hay que gestar y cuidar
si queremos hacer a Dios presente en esta tierra.

Yo te saludo, María,
porque te dejaste guiar por el Espíritu
y permaneciste a su sombra,
tanto en tormenta como en bonanza,
dejando a Dios ser Dios
y no renunciando a ser tú misma.

Yo te saludo, María,
porque abriste nuevos horizontes
a nuestras vidas,
fuiste a cuidar a tu prima,
compartiste la buena noticia,
y no te hiciste antojadiza.


Yo te saludo, María.
¡Hermana peregrina de los pobres de Yahvé,
camina con nosotros,
llévanos junto a los otros
y mantén viva nuestra fe!


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Evangelio Misionero del Día: 20 de Diciembre de 2011 - IV Semana de Adviento (Lc 1, 26-38) - Ciclo B)


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 26-38

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo:
«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo:
«No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel:
«¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El Ángel le respondió:
«El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces:
«Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra».
Y el Ángel se alejó.

Compartiendo la Palabra
Por Juan Lozano, cmf

Querido amigo/a:

Necesitamos señales para ver por dónde vamos. Para ver si por donde vamos, vamos bien; si este es el camino o nos hemos salido de él. Estas señales son las balizas que vemos en los caminos de montaña, los hitos, los mojones, los indicadores,…no sé cómo los llaman en tu región. Los que utilizan los actuales GPS para desplazarse, también los necesitan para no salirse de la ruta; se llaman “tracks” o “way points”. Cuando vas caminando por la montaña o por el bosque o por el páramo y llegas a uno de ellos, sientes un gran alivio, una gran tranquilidad, pues te confirman que vas en la dirección correcta, y al poco tiempo, ves el siguiente, a veces con levantar la mirada más allá.

¿Has encontrado estos indicadores durante este Adviento? Piénsalo despacio, porque si has trabajado este tiempo de esperanza, seguro que has pasado por ellos, aunque no siempre hayas sido consciente. Situaciones, acontecimientos ocurridos durante estas tres semanas anteriores, personas y relaciones, conversaciones, momentos de silencio y oración, de paz, de reflexión, de prueba…

El profeta Isaías hoy nos muestra una de estas señales o balizas que el rey Acaz necesitaba de Dios para asegurarse de que estaba con ellos ante la invasión asiria. Señal que le cuesta pedir porque Dios va a pensar que no se fía de él. La señal es el nacimiento de un niño llamado “Emanuel” cuyo nombre ya significa que Dios está con su pueblo y no lo abandona: “Dios con nosotros”.

El Evangelio de Lucas nos muestra la señal de las señales: la Anunciación. “Ahí tienes a tu pariente Isabel, que a pesar de su vejez…” María se fió de esta señal, siguió esta baliza y la siguiente, y la siguiente hasta el pie de la cruz. Pero allí no terminaban, habría más: Jerusalén, Pentecostés… No quedo defraudada, como ya sabemos.

¿Qué señales ves en este Adviento? ¿Qué te quiere decir el Señor? ¿Por dónde vas? No importa saber el final del camino ni a dónde nos lleva, sólo Dios lo sabe. Lo importante es caminar confiado, como el buen peregrino, siguiendo las señales del camino para no perderse. Nunca adelantándose al Espíritu Santo, siempre detrás, para ir seguro.
La antífona del Magníficat de las Vísperas de hoy es “Oh llave de David” (Clavis). Con lo que ya tenemos la palabra en latín: SARC

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sábado, 17 de diciembre de 2011

Evangelio Misionero del Día: 18 de Diciembre de 2011 - IV Domingo de Adviento (Lc 1, 26-38) - Ciclo B)


ACOGER COMO MARÍA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 26-38

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo:
«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo:
«No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel:
«¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El Ángel le respondió:
«El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces:
«Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra».
Y el Ángel se alejó.

Compartiendo la Palabra
Por José Antonio Pagola

EL REGALO DE NAVIDAD

Alégrate

¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.

Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».

Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.

La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.

Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!

Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.

Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.

Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.

Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.

Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.

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domingo, 11 de diciembre de 2011

Mirar a Belén para aprender a mirar

Por Javier Albisu sj

1. Desde la mirada de Dios

Dios mira, con su mirada cargada, y al fijar su mirada, fija su amor y se estremecen sus entrañas. De ahí que su mirada es mirada de Misericordia y de vida acunada. Es mirada que toca nuestra verdad y la levanta; que toma nuestra dureza y la hace blanda; y en vez de desnudar nos da su gracia, para poder arropar lo que en nosotros falta. Una mirada que tan sólo busca lo que es pequeño y nada. Una mirada fija, que como faro marca una promesa firme para el que va a buscarla, y en el continuo pausar de su mensaje clama: ¡Navega Amor adentro, con las velas de tu vida, desplegadas!



2. Desde la mirada de María

La Madre mira, del Padre, su mirada, que todo lo puede sin serle imposible nada; pero he aquí que descubre una inquietud algo rara: querer mirar al hombre desde una mirada humana. Y al oírle preguntarle: “¿Puedo?”, pudo entonces responderle: “¡Haga!” Así, la Palabra hecha carne, crecía como un “¡gracias!” y la madre del Hijo se hacía de todos Morada, para que toda vida fuera en su amor cobijada.



3. Desde la mirada de José

A San José le toca, en silencio, leer con la mirada, lo que la mano providente del Padre le mandaba. Mas no es fácil callar cuando las apariencias hablan.
Sólo quien sabe en silencio mirar, puede escuchar la verdad que al corazón se le dice, mientras los ojos se engañan. Por eso San José, no habla. Tan sólo trabaja. Trabaja con un Dios, que cuanto deba decir, dirá en voz baja, y cuando llegue al final, dirá que ha terminado el trabajo que lo clava a un madero hecho cuna, en el que todo se entrega a las manos del Abba.



4. Desde la mirada de Isabel

La mirada de Isabel dice que ser madre puede, aunque todos lo nieguen, a pesar de su vejez, pues es Dios quien lo promete, y aunque la llamen estéril, está esperando un bebé. Así, no hay cosa que ya no espere el corazón que tiene fe.



5. Desde la mirada del posadero

La posada mira satisfecha e indiferente, y poco le importa lo que ocurra tras la puerta con la gente. No sale a recibir, sólo sale a ver al que en sus reglas entre, y ahí mismo lo deje, si desea más amor del que su amor se atreve. Así tiene segura su vida tras la puerta, cual prisión que le retiene, repleta de cerrojos, como ojos que no ven, de indiferentes. De ojos que se cierran a ver lo que hay enfrente. No hay lugar, repite, y sobre todo, si el otro es diferente; mas no es tanto su pobreza en los recursos, cuanto es la estrechez que hay en su mente.



6. Desde la mirada de Herodes

Todo es amenaza para el que todo quiere y retener no puede. A él deben darle, y darle como quiere, mas no le pidan que dé, que de eso, saber no quiere. No conoce la alegría; reír, reír, tan sólo puede, pues reír podemos solos; mas la alegría solo con otros nos viene. Tampoco sabe de paz, pues la paz encuentra sede, cuando un ‘gracias a Dios’, abiertas las manos nos tiene.



7. Desde la mirada del pastor

Por saber de cuidados, con su mirada atenta se detiene, a mirar por todos lados, por dónde la gracia llegue a sanarlo y cargarlo, mientras se ponga fuerte. No mira solo por sí, mira por lo que a otros conviene. Contempla la vida y sabe, que nada ocurre de repente. Los fríos de la noche pasa, recordando del día, lo caliente, y cobijo ha encontrado, aún en la intemperie, donde Dios se ha mostrado y le espera sonriente.



8. Desde la mirada del rey venido de Oriente

Sabio es el que encuentra lo que está, aunque a los ojos se oculte y no se muestre. Lo encuentra por buscar, a donde ya otros miraron prefiriendo lo aparente.
Sabio es el que en un inmenso espacio sabe marcar un punto trascendente que a todo da sentido y un mirar diferente. Sabio es el que ensancha el corazón para mirar aún mejor, cuando la luz desaparece. Sabio es el que sabe preguntar por lo que aún no entiende; se prepara a lo que ya presiente, y cuando lo ve llegar, se regala él mismo con su mejor presente. Sabio es el que descubre la grandeza, que esconderse puede, y adora al Dios nacido, entre su misma gente.



9. Desde la mirada del Dios-con-nosotros

Mira que te mira Dios; mira que te está mirando.
Mira que por ti ya es niño; mira que te quiere y tanto.
Mira cual te mira a vos; míralo en su amor llorando.
Mira que por ti es que vino; míralo, a morir va andando.


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Domingo III de Adviento: Allanad


Publicado por Entra y Veras

Las luces en las calles y comercios, las tarjetas de felicitación, las compras de regalos o de viandas, las cenas de empresa, los nacimientos más o menos hermosos que se van colocando en las casas nos anuncian que la Navidad está ya a la vuelta de la esquina. En estos días todos nos volvemos más solidarios y tolerantes y repartimos a discreción deseos de paz y felicidad. El llamado “Espíritu de la Navidad” comienza a impregnar el ambiente. Parece que nuestro entorno es el que nos obliga ser felices. ¿Y a partir del día 6 de enero qué pasa? Una vez que quitamos el envoltorio de luces, turrón, regalos y sonrisas que ahora nos envuelve, una vez que guardemos en el armario las figuras del Belén y el último matasuegras de fin de año, el espíritu navideño se esfuma hasta el próximo año, y entonces regresamos inmediatamente a la realidad, a la monotonía, a la prisa, a los caras de perro… ¿Dónde quedó la alegría, la paz, la felicidad y los buenos deseos?

La liturgia nos invita como nunca, como muy pocas veces, por desgracia, a estar alegres: Estad siempre alegres nos ha dicho Pablo en la Carta a los Tesalonicenses. El profeta Isaías se siente feliz y exultante como no puede ser de otra forma porque va anunciar un mensaje de vida, de salvación para todo el pueblo. En el evangelio nos volvemos a encontrar con Juan el Bautista pero esta vez desde la óptica del cuarto evangelio. El mensaje de alegría también está contenido en el evangelio aunque no se vea a simple vista. La alegría está en la invitación a la esperanza, con ese Allanad que invita a abrir nuestros horizontes. Alegría y esperanza van unidas.

En este tiempo de Adviento, de espera, depende a que tipo de Dios se espere la alegría será mayor o menor. Me explico: Hay quien espera un Dios que no da de Sí nada más que para que sus adeptos alcancen (si es que pueden) una dosis aceptable de resignación y aguante en este valle de lágrimas. Y hay creyentes cuyo Dios es una fuente incesante de alegría y hasta de ilusión, incluso en las peores situaciones de la vida. Con lo cual, el Dios de la alegría es la razón de ser de la felicidad de los cristianos. Ese es en mi opinión el verdadero Dios. No el otro. La alegría del Evangelio es optimista sin ser ciega. Es constante sin ser fácil. Tiene que ver con palabras como sentido, fe, lucha, opción, camino, reto, humanidad. Es la alegría que puede reír, y también llorar. Es la que ensancha el corazón, la que paga al rencoroso y al hipócrita con la calidez de una mirada acogedora; la que se siente amada e inundada de ternura, la que no tiene nada que temer porque espera un Dios acorde con el Evangelio y no con los negros nubarrones del Dios juez y vengador que no se merece que lo espere ni nuestro peor enemigo.

Nuestra alegría, la alegría de los cristianos, está mucho más allá del envoltorio de ilusiones y buenos deseos de estos días. Nuestra alegría ha de permanecer pues está enraizada en el Señor, que nos quiere y nos ama como a hijos suyos y esto no es un tópico, es verdad.. A pesar de que en ocasiones la vida nos llene de tinieblas el horizonte, y seguir creyendo sea un ejercicio de malabares, como lo era para el pueblo de Israel en el destierro, en el momento de escuchar al profeta, ojalá sepamos buscar siempre el lado positivo y nos demos cuenta de que Dios está con nosotros siempre. Seamos gente contenta, que en nuestro corazón desborde la alegría, porque la amistad que vivimos con Dios, nos mantiene en contacto con lo mejor de nosotros mismos. En nuestro interior arde la llama del Espíritu, que nos mantiene cálidos, encendidos y vivos para transmitir vida, calor y color alrededor, a la vez que gozamos de una vida plena e interesante, una vida que se mueve con una esperanza firme: Dios nace, Dios me renueva. Dios me alegra. y, por tanto, yo tengo alegrar a los demás.

Termino con un texto de Rabindranath Tagore: Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino, donde la sombra va tras la luz y la lluvia sigue los pasos del verano. Del alba al anochecer estoy sentado a mi puerta. Sé que cuando menos lo piense, vendrá el feliz instante en que veré. Mientras, sonrío y canto solo. Mientras, el aire se está llenando de aroma de promesa.

Al igual que el domingo pasado, os digo: el adviento es para vivirlo, no dejes que nadie lo viva por ti. No te conformes con que otros celebren la navidad. Dios nace para ti. Disfrutalo.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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III Domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) - Ciclo B: ¿cuál es el sentido de la vida?


Por P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

Un día le preguntaron a un profesor: ¿cuál es el sentido de la vida?
Y éste sacando del bolsillo un trozo de espejo dijo a sus alumnos.
Cuando yo era pequeño me encontré un espejo roto y me quedé con este trozo y empecé a jugar con él. Era maravilloso, podía iluminar agujeros profundos y hendiduras oscuras. Podía reflejar la luz en esos lugares inaccesibles y esto se convirtió para mi en un juego fascinante.
Cuando ya me hice hombre comprendí que no era un juego de infancia sino un símbolo de lo que yo podía hacer con mi vida. Comprendí que yo no soy la luz ni la fuente de la luz. Pero supe que la luz existe y ésta sólo brillará en la oscuridad si yo la reflejo.
Soy un trozo de espejo y aunque no poseo el espejo entero, con el trocito que tengo puedo reflejar luz en los corazones de los hombres y cambiar algunas cosas en sus vidas. Ese soy yo. Ese es el significado de mi vida.
Juan, el hombre enviado por Dios, el presentador de Jesús, el vocero del bautismo en el Espíritu, comprendió también que él no era la luz, sino un reflejo de la luz, él era sólo el despertador que anuncia la luz del nuevo día, y al Señor de todos los días.
Juan, un predicador al aire libre y callejero, metía mucho ruido y atraía a mucha gente y bautizaba en el río Jordán y tenía sus seguidores y esto preocupaba a las autoridades.
Así pues el alcalde y las autoridades de Jerusalén le enviaron unos periodistas del Heraldo de Soria para hacerle una entrevista y tomar algunas fotos a Juan bautizando.
¿Quién eres tú?, le preguntaron.
"Yo no soy el Cristo. Yo no soy Elías. Yo no soy el Profeta."
Podía haber contestado: soy el hijo de Zacarías e Isabel. Mi padre es sacerdote del templo de Jerusalén.
Juan se describe a si mismo en función de su trabajo, de su misión, de su ministerio. Su identidad, su ID se lo da Cristo. Es un hombre, enviado por Dios, para predicar el camino del Señor. Juan no quiere títulos para él, no quiere ser confundido ni revestirse con las ropas de otro.
"Yo soy la voz del que grita en el desierto".
Juan es una voz anónima y pasajera.
Lo que importa es la voz.
Lo que importa es lo que la voz grita.
Lo que importa es que el mensaje se escuche.
Lo que importa es que Jesús sea anunciado.
Lo que no importa es de quién es la voz.
Y Juan fue por uno días el altoparlante de Dios que anunciaba a "uno que está en medio de ustedes y que no conocen".
En mis rondas nocturnas visitando a las familias del barrio llamé a una puerta y la abrió un joven y éste dijo es el Padre. Y su hermano dijo: "Déjale entrar , esa voz la he oído yo predicar en las calles".
No me conocía ni sabía mi nombre. Pero conocía la voz.
La voz que habla y anuncia a Jesús, eso es lo importante, la voz que llega al corazón y lo prepara para acoger la Palabra eterna de Dios.
En otro apartamento nos reímos mucho. Sobre la mesa tenían un libro titulado: "Los sueños y los números. El libro supremo de la suerte". El número 71 era el de la suerte para el mes de diciembre.
En ese desierto hay que poner otro libro, hay que anunciar que la suerte, la mejor suerte es oír la voz de Jesús, la mejor suerte es "conocer al que está en medio de nosotros y aún no lo conocemos", la mejor suerte es ser vivificado y renovado con la unción del Espíritu.
Juan vino para ser testigo de la luz y para que creas en el que es la luz.
Ante los problemas de la vida necesitamos acudir a los profesionales.
Que tengo un accidente: un abogado.
Que estoy enfermo: un médico.
Que el coche no funciona: un mecánico.
Que voy mal en los estudios: una academia.
En las cosas de Dios no hay profesionales, sólo hay testigos del Dios que viene; sólo hay voces que anuncian al Dios que viene.
Y como Juan Bautista, usted y yo y todos los bautizados estamos llamados a ser testigos y voz de Dios, en Jerusalén, en Soria, en Almazán, en Noviercas y...
¿Difícil? Sí. Porque no conocemos al que es más grande que nosotros y está en medio de nosotros.
¿Fácil? Sí. Cuando conocemos, creemos y amamos al que está en medio de nosotros.

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