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domingo, 26 de mayo de 2013

Solemnidad de la Santísima Trinidad: El peinado de Dios

Publicado por Entra y Veras

¿Dios tiene melena? Esta pregunta puede producirnos risa o desconcierto. ¿Lleva el pelo rapado o tiene una cresta? ¿Se da mechas o reflejos? En ciertas cuestiones teólogos y peluqueros han compartido trabajo. El ejercicio de la teología puede asemejarse a un tratamiento de belleza en el que se intenta resaltar aquello rasgos que más favorecen pero también podemos dedicarnos a hacer permanentes y rizar el rizo hasta extremos insospechados. Los conceptos teológicos pueden ser un conjunto de tirabuzones más propios de la Cámara de los comunes que de quienes, con los pies sobre la arena, pretendemos seguir a este Dios que sabemos nos mira con cariño.


Hablar de la Trinidad puede producir los mismos frutos que si no ponemos a discutir sobre le peinado de Dios. Nos quedaríamos con la cabeza caliente y los pies fríos. Sin embargo, si pensamos en hablar del amor seguro que ahí si podemos ponernos a escribir sin tantos problemas. Podemos hablar del amor en general, del amor de pareja, del amor a los hijos… Cada uno tiene sus peculiaridades pero todos se basan en la generosidad y la entrega desinteresada. Hablar de la Trinidad no es otra cosa que hablar de amor. Sí de amor. Y no se trata de simplificar ni de multiplicar por lo fácil o por lo cursi. La Trinidad es una melena al viento, rizada muchas veces por demasiados conceptos desencarnados, habitantes del manual del teólogo y del predicador de otro tiempo.

La clave para entender en qué consiste la Trinidad no es más que la relación que existe entre las tres personas divinas, pues las palabras que utilizamos para referirnos a ellos ya son relación: El Padre, el Hijo, que es la Palabra, la expresión, el diálogo de Dios, y el Espíritu Santo que es el amor de los dos, es inspiración, aliento, beso, gemido, suspiro de Dios, no es sino el susurro de dos que se aman. La relación mutua es tan profunda y radical que hace que permanezcan unidos y se conviertan en un solo Dios-comunión, en un solo Dios-amor y en un solo Dios-relación. Como dice Ernesto Cardenal este es el dogma del amor: El misterio de que Dios no es solo, de que es Unión, y comunión, y comunidad, y familia. Dios es amor pero no un amor egoísta sino de entrega; no es amor propio sino mutuo, porque Dios es Mutuo. Si Dios fuera solo Unidad sería totalmente solo, sin generación, estéril. Esta es la clave que nos debe llevar al entendimiento y sobre todo a hacer vida esto que creemos ya que nuestra fe no es una fe de misterios sino de un único misterio el de la solidaridad y donación de Dios a la creación y concretamente a nosotros, al ser humano. Así de sencillo.

De todo esto, ¿qué es lo que hoy nos podemos llevar para la vida?, ¿de qué sirve la Trinidad?, ¿es solo caldo de cabeza y tinta de teólogos?. Sinceramente creo que no. En el evangelio, Jesús deja paso al Espíritu, en cuyo tiempo nos encontramos. No estamos solos. Esta experiencia de sentirnos acompañados, deberíamos hacerla nuestra día a día, hacerla sangre en nuestras venas, para que por nuestro cuerpo corra cada día el estremecimiento de la confianza y del amor a Dios. Dios nos ama; no nos juzga. El amor de Dios es una llamada incesante a vivir en el amor. ¿Acaso esto es difícil de entender? Pues esa es la entraña de este Dios Trinidad, comunidad, familia de amor, de este Dios desbordado que nos llama a ser felices. Quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios. De la contemplación de la Trinidad, pasamos a la acogida, a la apertura a los otros, a la solidaridad que comparte, al perdón que reconcilia y une voluntades.

No nos perdamos en cálculos, ni en peinados y permanentes. La Trinidad es Dios derramándose sobre nosotros, no la imagen de un cascarrabias huraño y solitario. No lo olvidemos. Dios es relación, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con melena o sin melena.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 19 de mayo de 2013

Solemnidad de Pentecostés: Encendidos

Publicado por Entra y Veras

En los últimos años vengo observando que no siempre seguir a Jesús y estar alegre van juntos. Se ve demasiada cara larga en las iglesias y en las comunidades religiosas. Podemos pasar un buen rato buscando porqués, echando la culpa a un montón de factores externos que han influido en el amarmolamiento de tanta gente que supuestamente debía mostrar un rostro radiante porque su corazón desborda de felicidad al sentirse de verdad amado por Dios y comprometido en anunciar al resto de la sociedad aquello que siente y le da plenitud. Puede que hayamos emprendido una etapa dentro del seguimiento en la que nos empeñamos en hacerlo todo nosotros sin dar oportunidades al Espíritu, al aliento de Dios, a su fuerza creadora y renovadora. Por ello tenemos que emprender un serio camino para encontrarlo en las cosas sencillas y sacarlo del baúl de la norma y del guión en el que todo está previsto, que nos hunde en el agarbanzamiento y la mediocridad.


En el evangelio acabamos de escuchar que Jesús exhaló el Espíritu sobre los discípulos al igual que hizo el Creador con el primer ser humano. Con este gesto comienza la nueva creación, los discípulos pasan a ser hombres nuevos y se lanzan automáticamente a dar testimonio de la resurrección, pues la paz está con ellos y los acompaña. Pero las resonancias con el Antiguo Testamento las encontramos también en la descripción de la venida del Espíritu Santo que ofrece Lucas en la primera lectura de los Hechos de los apóstoles. El Espíritu llega en medio de viento y fuego, al igual que Yahvé se presentaba en el Sinaí. El Espíritu lo llena todo igual que el viento, y lo enciende todo como el fuego. Todos comienzan a hablar en lenguas pero no como en Babel sino que aquí hay una unidad, un código común: el amor que nos capacita para el diálogo y el encuentro. Es este encuentro una dimensión muy importante ya que el Espíritu hace que sea posible la unidad en la diversidad, como dice Pablo en la segunda lectura de hoy. El Espíritu no entiende de diferenciación pero sí de diversidad ya que a todos llena y comunica su fuerza de amor. La Iglesia nos une a todos por medio del bautismo aunque cada uno desde nuestra condición particular realicemos distintas funciones, distintos servicios a la comunidad. El Espíritu no adocena ni enjaula sino que es fuente de vida, de libertad y de amor a Dios y al prójimo como imagen suya. En Pentecostés, el Espíritu respeta las lenguas y los pueblos, no queramos ahora nosotros unificarlo, implantar un pensamiento único, pues echaríamos al Espíritu. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu. Hemos de saber vivir con la diferencia desde el respeto mutuo y el diálogo constructivo, dentro y fuera de nuestra Iglesia.

¿Qué es la fiesta de hoy? Pentecostés es la apertura al Espíritu de Dios para que sepamos anunciar todo lo bueno que Dios ha puesto en nuestro camino. Dios es nuestra felicidad y eso sólo podemos constatarlo gracias a nuestra experiencia de Él, eso no está en las doctrinas ni en los libros. Dejarnos llevar por el Espíritu es ser muy libres y muy creyentes. Dejar abierta la puerta para que el Espíritu entre es estar dispuestos a hacer, a ir donde menos imaginábamos; significa asentar nuestro corazón en Dios y dejar que Él sea el que mueva nuestra vida, sin que esto suene a un espiritualismo barato o a una ñoñería insufrible, propia de los que están esperando que las llamas de fuego les enciendan las velas del lampadario. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia nuestras cualidades y aptitudes. Pentecostés supone reconocer que el Espíritu tiene todavía mucho que hacer en nuestro mundo, muchos corazones tienen que arder en el amor de Dios.

Hoy, último día de la Pascua, es el día del Espíritu: el Espíritu de Dios llenó la vida de Jesús; así vivió para los demás, para todos, y nos mostró el verdadero rostro de Dios. Jesús nos ha entregado su Espíritu: nos hace hijos de Dios y nos capacita para ser continuadores de su obra. Que no nos quedemos en el discurso fácil sino que estemos dispuestos al encuentro y al diálogo. De ese modo nos convertiremos en esa creación nueva y dejaremos de ser esculturas del mejor mármol, soldados del mejor plomo, cabizbajos y circunspectos. El Espíritu ha de inundarnos para que podamos demostrar aquello que creemos: que Dios merece la pena.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 5 de mayo de 2013

Domingo VI de Pascua: Aprender desde dentro

Publicado por Entra y Veras


¿Quién es capaz de sacar matrícula de honor en amor? ¿Quién se ha estudiado hasta el punto final de la “asignatura”? ¿Quién considera que ha llegado a la meta del amor? Amar es guardar lo mejor del otro en el propio corazón, guardar la palabra del otro muy dentro de uno mismo. Dice San Agustín que los que se aman tienen un mismo corazón, con lo cual nada de lo que sienten sale fuera o es indiferente al otro porque está en su mismo corazón. Cuando se ama de verdad, la palabra dada tiene tanta importancia que no es necesaria ni siquiera una presencia física para darle valor.


“El Espíritu será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Entender a Jesús, su palabra y su mensaje no es cuestión de esfuerzo, ni de horas de reclinatorio, ni de confesionarios o de fervorines y novenarios. Para entenderlo hay que mirar en nuestro interior, ayudados por la fuerza de Dios, su espíritu. Somos nosotros los que hemos de descubrirlo y autoconvencernos. Mientras estaba con los discípulos, estaban apegados a su presencia, a sus palabras, a sus manifestaciones. Todo muy bonito, pero eran incapaces de descubrir la verdadera identidad de Jesús. Cuando desapareció, no tuvieron más remedio que buscar dentro de sí mismos y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús enseñó, las lecciones de amor que fue dando de lunes a domingo. La única diferencia es que ya nada viene de fuera. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar y ya no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

Jesús les deja la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Es el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones, la consecuencia del amor de Dios descubierto, vivido e interiorizado. La paz no se puede buscar directamente, es fruto del amor. Solo el Amor descubierto, asimilado y manifestado, lleva a la verdadera paz. Es la paz de quien lucha por algo que es justo; de quien salta al vacío confiando mucho en los otros; la paz lúcida de quien adivina la esperanza más allá de las heridas; la luz por densa que parezca la oscuridad. Es una paz de comunión, de diálogo, de comprensión, de ayuda, de sensibilidad, de compromiso. Este es el verdadero signo de autenticidad de la presencia de Dios entre nosotros, la paz, la paz con mayúsculas.

¿Cuál es nuestra tarea, la tuya y la mía? Esta todo por hacer, nadie puede hacerlo por nosotros. Hemos de cultivar nuestra interioridad, ayudados por el Espíritu, por la fuerza de Dios, a base de interiorizar la palabra de Jesús y sus acciones. Pero aquí la clave no está en comerse los libros o desgastarse las meninges sino en tener los ojos y el corazón bien abiertos para dejarnos enseñar, sin miedo a que lo nuevo nos remueva y nos descubra lo que jamás hubiéramos imaginado. Cuando te parezca que no sabes nada, será justamente cuando más hayas avanzado. La meta, como la del amor, está siempre lejana. Lo que no debemos perder jamás es el hambre de aprender y sobre todo evitar la tentación de dejarnos alimentar por doctrinas enlatadas que aumentan las cataratas en nuestros ojos y obstruyen las venas por las que ha de circular la savia nueva del Espíritu.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 28 de abril de 2013

Domingo V de Pascua: Una pincelada cada día

Publicado por Entra y Verás

El mundo no es ni mucho menos como un cuadro pintado por un artista hace varios siglos y que ahora ocupa su lugar en un museo, sino que es más bien una obra de arte en continuo proceso de creación en el taller del artista. Nosotros estamos llamados a ir construyendo esa obra de arte con el pincel del amor, y los óleos de la caridad y la entrega incondicional.



Las lecturas de hoy nos, muestran como fue pintándose ese cuadro, hablan de la expansión de la Iglesia; y, el libro del Apocalipsis describe cómo es la vida celeste, los cielos nuevos y la tierra nueva donde ya no habrá muerte ni luto ni llanto, es decir, el cuadro final. En el evangelio se nos presenta el criterio, un nuevo mandamiento, que constituye uno de los rasgos más visibles de la renovación de la humanidad que la Iglesia, es decir todos nosotros, debemos hacer presente. El nuevo modo de vivir no es otro que el de el amor, pase lo que pase, amaos unos a otros como yo os he amado. Jesús añade que esta es la señal por la conocerán que somos sus discípulos, sus seguidores. Debemos amar hasta que nos duela, como decía Teresa de Calcuta, y eso implica acoger, escuchar, acompañar, perdonar, compartir, corregir, reír, llorar, como hizo Jesús. No olvidemos que Él es nuestro Maestro y nosotros debemos imitarle con todas nuestras fuerzas, sin desfallecer ante las dificultades. Ahí tenemos la cruz, la gran bandera del amor, que es nuestro signo de identidad. Ahí tenemos a Jesús dándonos un abrazo eterno a la humanidad. Esforcémonos en esta tarea fundamental. En el Evangelio hay un detalle que no me gustaría olvidar. Todo comienza cuando Judas abandona el cenáculo. Judas representa lo antiguo, lo oscuro, lo injusto. Judas es el desamor en persona. Cuando él desaparece, y lo que representa, comienza el mundo nuevo, la luz inunda la sala e irradia para siempre a toda la humanidad dando a cada uno la responsabilidad de portar una lamparita que contiene esa llama de amor sin reservas, sin sombras.

Pintar cada día un trozo de nuestro mundo a base de pinceladas o brochazos de amor no es, creo, una tarea inconsciente. Jesús nos ha mandado amar, pintar. El amor es siempre un imperativo, un ámame continuo. Creo necesario que pensemos por un momento desde nuestra fe, desde nuestra propia vivencia, ¿dónde apoyamos una fe transida de amor frente a una fe empachada de racionalismos y formulitas de catecismo?, ¿Dónde apoyar un amor que impulse la voluntad de hermanar al mundo entero frente a los recelos de un amor partidista y celoso preocupado por lo suyo? Me parece que sólo ese Dios-Amor cuya cara nos mostró Jesús puede anclar nuestra fe. De nuestra idea de Dios, de nuestra manera de relacionarnos con Él, dependerá la forma en que pintemos el cuadro de nuestro mundo. Debemos crecer en el amor, y para ello debemos amar constantemente y dar y seguir dando como hizo Jesús. Hacer cosas ordinarias con un amor extraordinario. Debemos dar aquello que nos cuesta algo. Así no estaremos dando simplemente cosas de las que podemos prescindir, sino cosas de las que no queremos o no podemos prescindir, cosas que nos importan realmente. En fin, el amor, dice Agustín, es lo único que no oprime a la felicidad ajena, así que amemos hasta que nos duela.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

¿Y TÚ QUE OPINAS?

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domingo, 14 de abril de 2013

Domingo III de Pascua: Elegir la ruta

Publicado por Entra y Verás

El capitán de un crucero decidió cambiar el sistema de navegación de su barco, pues quería encontrar con mayor rapidez y precisión las rutas que le llevasen a los mejores paisajes, de forma que todos sus clientes calificaran de inolvidable la travesía. Sin embargo no podía evitar la presencia de tormentas, brumas o marejadas a lo largo del trayecto. Pensó en volver a instalar un nuevo sistema pero se daba cuenta de que cuanto más directa era la ruta mayores eran las dificultades. Sin embargo, estaba convencido de que sus clientes al final quedaban satisfechos.



En el evangelio de este domingo se puede ver cómo es la vida sin y con Jesús. Una vez pasado el trance de la muerte de Jesús, los discípulos, en los que podemos vernos representados todos nosotros, vuelven a sus tareas, la pesca, pero después de una noche entera pescando la red está vacía. Jesús llega al amanecer y les dice que vuelvan a echar la red, esta vez de forma correcta, es decir que pongan la ruta de la confianza, y la red se llena. Es entonces cuando lo reconocen, pues su sola presencia hace que se multiplique el fruto. Cansados, agotados después del trabajo, encuentran la comida preparada y a Jesús una vez más sirviéndolos: Vamos almorzad. Era Jesús, su Maestro, el Hijo de Dios. Lo lógico es que ellos se hubieran puesto a servirlo pero no. La vida de Jesús es servicio, servicio de amor, por amor, con amor y desde el amor. Jesús celebra con sus amigos por una parte el esfuerzo, en el trabajo en la misión y por otra en el gozo de la comida compartida. Él es el que da y se da a sí mismo. Su presencia hace que cambien para siempre la ruta de la monotonía por la de la novedad. Como nos narra el libro de los Hechos, los apóstoles también pusieron su sistema de navegación por el camino más corto y eso les produjo rechazo y llevarse más de un azote, pero ellos, sin embargo, estaban contentos y felices de dar testimonio de la resurrección, de la vida nueva.

En la segunda parte del evangelio nos encontramos con el interrogatorio de Jesús a Pedro. Ambos habían vivido mucho tiempo juntos pero a Pedro le costó darse cuenta de que el destino de Jesús era darse a los demás, sirviendo, hasta entregar su vida. Según esto, Pedro no era un seguidor de Jesús si no estaba dispuesto a apacentar su rebaño, y a ir hasta donde no quiera, es decir, hasta entregar lo más preciado que todo tenemos, la propia vida. Ese es el perfil del seguidor y eso es lo que contiene la triple respuesta afirmativa de Pedro a las preguntas de Jesús.

Una misión como la que Jesús encomienda, no puede llevarse adelante sin un amor apasionado, sin una experiencia fuerte de Dios. Aquí no se trata de heroicidades, ni de saberse de cabo a rabo hasta la última coma de todas las normas de la Iglesia. Esto va mucho más allá de las rosquillas y los pantalones vaqueros de la parroquia de Entrevías. Aquí se trata de una cuestión de amor, de amor del de verdad no del de boquilla. Afirmar con honradez que se ama a Dios, que se quiere ser su seguidor, implica una experiencia viva de amistad con Él, que nos capacite para superar todas las dificultades y anunciarlo con nuestra vida. Solamente desde esta experiencia, cada uno en su grado, claro está, es posible el auténtico amor al hombre: incondicional, libre y entrañable. El resto será un bla, bla, bla tan pío como insoportable.

Poner la ruta del amor en nuestro sistema de navegación será directo, pero traerá dificultades, como al capitán de nuestro crucero. Pero navegar por las aguas tranquilas de un seguimiento que no va más allá de poner una casilla en la hoja de cumplimientos, no nos estropeará el peinado, ni nos revolverá el estómago pero tampoco nos librará del sonrojo interior cuando nos demos cuenta de que, como Pedro, antes de la muerte de Jesús, no somos sus seguidores, sino sus acompañantes, los pasajeros de un crucero con olor a incienso pero falto de compromiso. Aún estamos a tiempo.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 7 de abril de 2013

Domingo II de Pascua: La paz no es aislarse

Publicado por Entra y Veras

Ni en una urna, ni una campana hermética, ni en la mayor y más segura cámara acorazada, ni en la más alta mazmorra cerrada con siete llaves hay paz.

De igual modo los discípulos se habían encerrado en casa porque necesitaban seguridad si querían evitar correr la misma suerte que su maestro. Creo que de la mima manera todos buscamos la paz, la tranquilidad y lo hacemos a pequeña escala dejando fuera a quienes nos molestan. Pero de ese modo logramos una paz frágil que nos obliga a estar siempre en guardia ante quienes puedan “invadirnos”. Esta es una paz de muerte, de tumba, de sepulcro, de museo de cera.



La verdadera paz con la que irrumpe Jesús haciendo saltar por los aires las cerraduras y las paredes, destruyendo todos los miedos, es la paz de Dios que implica el riesgo de volcarse hacia los demás haciéndonos vulnerables como lo fue Jesús: Paz a vosotros y a continuación les enseñó las manos y el costado, mostrando así que su muerte no es un accidente del pasado, algo que se olvida, sino amor que permanece. Por eso su cuerpo herido, se convierte en bandera del dolor amante que triunfa sobre la muerte y abre la puerta de la salvación a todo el mundo. En eso consiste la resurrección y ese, y no otro, es el centro de nuestra fe. A continuación les infunde su Espíritu, como una savia nueva, señal de una nueva creación, que inaugura la evangelización y da fuerzas a los testigos para anunciar su mensaje de vida y amor.

La otra escena que nos presenta el evangelio es la de Tomás y en él hemos de vernos representados todos los que intentamos seguir a Jesús con nuestras dudas e inseguridades. En ocasiones las dudas nos desaniman e incluso nos atemorizan un poco. Pero las dudas son la salsa de nuestra fe y demuestran que estamos vivos. Lo contrario es una religión con “demasiada paz” pero muerta, basada en pequeñas píldoras que se convierten en losas. Hablamos de una fe personal ¿cómo puede estar exenta de dudas? De lo que sí tenemos que estar convencidos es que nuestra fe, es una fuente de luz y de alegría en la que no tiene lugar la oscuridad, el miedo sino la paz, que está con nosotros y nos acompaña. A los cristianos no se nos has facilitado la tarea ineludible de tomar postura ante el sentido de la vida aunque tengamos fe en que Dios resucitó a Jesús.

Acabamos hoy la octava de Pascua, el gran eco de la resurrección del Señor. Poco a poco la cera del cirio va consumiéndose a la vez que la velita de nuestro corazón va adquiriendo más fuerza. Tenemos que ser en el mundo testigos y mensajeros de la resurrección, que esa luz que habita en nosotros con sus rayos de paz ilumine a los que nos rodean, que como decía Bonhoeffer, nos convirtamos el uno al otro, el amigo para el amigo, el esposo para la esposa, la madre para el hijo, en portadores de esta paz que viene de Dios. Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.

Si buscamos la paz en el encerramiento, en el esconderse, y lo miramos fríamente, nos encontramos con que en vez de dejar fuera a nuestros enemigos a nuestros “peligros”, a quien dejamos fuera es a Dios aunque Él sale a nuestro encuentro disfrazado de mil cosas y solo identificable con las gafas de la fe que no son las de la escuadra y el cartabón, ni las de la medalla o el cilicio sino las de la vida en el amor al prójimo. Así, nos ofrece la paz y nos llena de alegría sin límite.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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sábado, 30 de marzo de 2013

Domingo I de Pascua: Una permanente sonrisa



Un proverbio chino sentencia que quien no sepa sonreír no puede abrir una tienda. Cierto es que nadie en su sano juicio contrataría un cascarrabias o un huraño de nacimiento para vender helados a la puerta de un colegio o para vender ropa en un mercadillo. Igualmente podemos afirmar que quien no sepa sonreír no puede considerarse creyente por más que tenga las rodillas desgastadas a fuerza de horas de reclinatorio pues el centro de la fe está asentado en un acontecimiento que desborda alegría y felicidad frente a toda desesperanza: la resurrección.


A pesar de ser un acontecimiento sin igual podríamos preguntarnos qué es lo nuevo en este día. ¿A quién le importa la resurrección? Nadie fuera de la Iglesia habla de ella, y los que dicen hacerlo de puerta en puerta, son en su mayoría judíos con túnica blanca aspirantes a cristianos, cuando no lobos disfrazados de borregos. Los médicos hablan de reanimación; los aficionados a las religiones orientales hablan de reencarnación y los cristianos preferimos no hablar mucho de ella no siendo que nos pidan que se la expliquemos, pues como se suele decir, “Nadie ha vuelto de allá a decirnos nada”. Para poder creer en la resurrección hay que tener al menos una gota de esperanza; hay que alzar la vista más allá de nuestras narices, pensar que nuestra existencia es compartida y afrontar la muerte como el salto a un acantilado con los ojos cerrados a la vez que decimos a Dios “Tú sabes más que yo, por eso confío en que abriré los ojos”.

En el evangelio de hoy nos encontramos que de repente el sepulcro está vacío. María Magdalena es la primera en acudir al sepulcro y lo encuentra así. Simón Pedro y Juan echan a correr hacia el sepulcro y encuentran las vendas en el suelo. Jesús está vivo. Ya no necesita trajes de muerto. Dios lo ha resucitado, ha cumplido su palabra. Dios habla definitivamente llevando a Jesús a la plenitud de la vida y eso es garantía de que con nosotros hará lo mismo y, especialmente, con aquellos que sufren. Dios resucita a un crucificado, no lo olvidemos.

Si vamos a nuestra vida, sin perder de vista le proverbio chino, y analizamos qué nos aporta a nosotros la Pascua podemos comenzar por un detalle curioso que está en el evangelio. La Magdalena madruga para ir al sepulcro. Nosotros podemos seguir amodorrados en lo antiguo, al calor del candelabro de siete brazos y bien amarrados al encorsetamiento de las leyes y buscando, un cuerpo, un sepulcro, una imagen… en vez de en la libertad del amor universal que reina en Galilea. En general, nos resulta más fácil buscar a Dios donde hay pena que donde hay alegría, donde hay prohibición que donde hay libertad, en las lágrimas mejor que en las risas, en los ayunos y sacrificios cuaresmales que en un brindis por un reencuentro; en los cilicios que en los pasteles. Si esto es cierto, la resurrección sólo sirve para vender velas y cambiar manteles. Es mejor continuar con la religión del cumplimiento, rebuscando en los armarios fúnebres para ver si encontramos un traje que nos sirva y nos permita permanecer tan felices en lo antiguo, colocados con el olor a muerto, a rancio a caduco.

Lo específico de la Pascua no es lo que Dios hace con un cadáver sino lo que hace con una víctima, se trata de un crucificado que vive. Por esta razón, el hecho de la resurrección tiene que ser para nosotros una fuente de esperanza, de libertad y de gozo en el seguimiento cotidiano de Jesús, que nos ha abierto la puerta de la vida. La esperanza no puede dejarnos tranquilos sino inquietarnos en la lucha por un mundo mejor. La libertad nos ha de fortalecer en el camino del amor sin límite frente a nuestros miedos y egoísmos. El gozo nos permite luchar contra los horizontes sombríos, la tristeza, la oscuridad, la estrechez de los sepulcros y el corsé de los cumplimientos.

Puede que a poca gente le importe la resurrección pero es la palabra más importante del diccionario cristiano, junto con la encarnación. Nosotros comenzamos el Domingo entre los domingos, el gran Domingo que dura 50 días hasta la solemnidad de Pentecostés. Cada eucaristía ha de ser para nosotros una fuente de alegría, pues ya no hay sepulcros, ni separaciones, ni tinieblas. Dios ha resucitado a su Hijo y su luz resplandeciente nos ilumina y nos acompaña siempre. Nuestra misión: sonreir, disfrutar de esta alegría compartiéndola con todos. ¡Felices Pascuas de resurrección!

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 24 de marzo de 2013

Domingo de Ramos: Un decorado perfecto

Publicado por Entra y Verás

Si nos encargasen montar un decorado para filmar la escena de la entrada en una ciudad de un personaje importante, ¿cómo lo diseñaríamos? Seguramente que a ninguno de nosotros se nos ocurriría, si es que queremos seguir manteniendo el empleo, presentar el decorado que nos ofrece este domingo: el Hijo de Dios, el Mesías, entrando en Jerusalén a lomos de un burro. Una nueva lección de que lo importante no son las apariencias sino el fondo.


Vamos a comenzar la Semana Santa, siete días que estamos llamados a vivir con profundidad nuestra espiritualidad de seguidores de Jesús. Siete días en los que vamos a acompañar a Jesús en el proceso que le llevó a la muerte. Siete días en los que vamos a asistir al paso del dolor más profundo, de la mayor de las injusticias a la vida con mayúsculas que nos tiene que llenar de ilusión y de esperanza. Que si en esta Semana salimos a ver las procesiones no solo sea por una tradición, no solo sea por el arte sino porque queremos acompañar a Jesús y a María en este trance que está en el centro de nuestra fe. En la Semana Santa no tenemos que guiarnos ni eclipsarnos por el dolor de un sacrificio. No tenemos que ser carroñeros, más afiliados a la sangre que a la risa. La pasión de Jesús no es un cúmulo de dolores físicos, con el fin de calmar la ira de Dios. No es un valium que calme una sed inmensa de sangre y de venganza. Tal perversión del lenguaje conduce a la negación del Dios Padre, amor y compasión, que aparece en el mensaje de Jesús, en sus parábolas y en su oración, para convertirlo, a la luz de la muerte así explicada, en un Dios perverso, exigente y rival del hombre, que sólo mira para exigir, y castiga para condenar. Esto quizá haya sido muy rentable y lo siga siendo para muchos “metemiedos” y “maneja conciencias” disfrazados de directores espirituales.

Nuestra religión está basada en el amor con mayúscula, absoluto y gratuito: Cristo se entrega por amor. Las devociones habituales de la pasión nos hablan sobre todo de que el sacrificio está en relación directa con el dolor; a más dolor, mayor sacrificio, y mayor premio de Dios. Pero esta visión no es adecuada ni evangélica. Responde a un Dios sanguinario que tiene poco ver con el nuestro.

Hoy acabamos nuestro paso por el desierto, entramos con Jesús, el rey, montado en un burro, para acompañarle en su trance, en su paso: la Pascua. Falta solamente una semana para que renovemos nuestro bautismo. Debemos orar y dejar que Dios nos hable y que nuestra vista no se quede nublada por la sangre de la pasión de quien se entregó por nosotros, sino por la luz de su triunfo, de su resurrección.

En Jesús tenemos un modelo, de entrega y de servicio a los demás. Cuando parece que no está muy de moda la coherencia, nosotros nos encontramos con un Jesús coherente con su misión y con su palabra, que no defrauda a aquellos que habían puesto su confianza en él aunque luego saliesen corriendo. Eso es amor y fidelidad, que marcan un camino a seguir.

Y nosotros ¿qué? Dice Bonhoeffer que aquel que ha experimentado, aunque sea una sola vez, la misericordia de Dios en su vida, en adelante no desea más que una cosa: servir a lo otros. Ya no le interesa el papel de juez sino el de colocarse entre los pobres y humildes, donde Dios le ha encontrado. Si dejamos que este texto resuene en nuestro interior todos, seguramente encontraremos cómo varias veces la misericordia gratuita de Dios ha obrado en nosotros. Intentemos, pues acercarnos a los demás, servirlos, como lo hizo Jesús. La forma de hacerlo ha de ser en primer lugar la escucha, después la ayuda, pero fundamentalmente la aceptación del otro tal y como es, verle libre como nosotros lo somos, no construirle a nuestra imagen. Feliz Semana Santa.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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lunes, 18 de marzo de 2013

San José, hombre justo

¿Por qué se dice de san José que era un hombre justo? ¿Quién es justo? Si echamos mano de la idea que tenemos de justicia, seguramente imaginamos que san José era un hombre bueno, recto, íntegro, honrado… Y, a decir verdad, lo era. Pero en la Biblia la palabra “justo” tiene algunos matices que no está de más que señalemos para entender mejor la personalidad de san José, el hombre justo.
El único justo en la Biblia es Dios. Él es quien defiende el derecho del huérfano, del extranjero y de la viuda, los más frágiles de la sociedad de entonces. Los demás ya se defienden por sí solos e incluso, si pueden, se aprovechan del débil. Contra los opresores Dios clama justicia a través de los profetas. El justo es el que obra la justicia según Dios. Y practicar la justicia va muy unido a conocer al Señor, que ama y practica la justicia. Por esta razón es muy común en la Biblia llamar justo a la persona que respeta y defiende los derechos de los demás, principalmente de los más débiles.
Según el libro de los Proverbios, lo contrario al hombre justo no es el injusto, sino el necio e insensato. En este libro de la Biblia se insiste una y otra vez en que el principio de la sabiduría es el temor del Señor. Pero estamos hablando de un “temor” distinto del de tener miedo. El temor que provoca el Dios de la Biblia cuando habla y actúa, cuando juzga y salva, cuando revela su señorío absoluto y ama fielmente, cuando castiga y perdona, crea una dinámica especial en el hombre creyente, a saber: le posibilita “la sabiduría”. Es decir, le facilita a la persona reencontrar su “ser finito” como don, la oportunidad de reconciliarse con su ser de criatura limitada, comprender la medida de lo humano y lo divino. El sabio es pues, el que conoce y teme al Señor; y el que conoce y teme al Señor es el justo.
José es. pues, un hombre justo. Es justo porque practica la justicia y la misericordia con los débiles, como Dios lo hace. Es justo porque protege a María no denunciándola por su gravidez, llevado seguramente más del amor que del orgullo herido. Es justo porque conoce a Dios, lo teme y respeta su acción salvadora en la historia. En definitiva, es justo porque es un hombre de una profunda fe.

Fabián Martín, agustino recoleto
Casa de formación San Agustín
Las Rozas (Madrid)
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domingo, 17 de marzo de 2013

Domingo V de Cuaresma: Benditos espejos

Publicado por Entra y Verás

Desde que se inventaron los espejos debían haberse terminado los hipócritas, los falsos, los cotillas, los chismosos y todos los que se alimentan de la vida ajena. Antes de salir a la calle no estaría de más una sesión de espejo que vaya más allá de mirar si vamos bien peinados o bien vestidos sino para mirarnos a los ojos y caer en la cuenta de nuestros propios fallos y no exagerar así los del prójimo.

El evangelio de hoy podríamos mirarlo con los mismos ojos que el de el domingo pasado. En este caso la protagonista es una mujer pero antes de entrar en interpretaciones veamos algunos detalles del Evangelio que no pueden pasar desapercibidos para entender bien el pasaje. En primer lugar sorprenden a una mujer en adulterio, pero sólo acusan a la mujer, no al hombre de lo cual podemos sacar una primera conclusión elemental: 



Jesús sintoniza con los más débiles, les trae la salvación, el perdón, la liberación. No olvidemos que la mujer era considerada fuente de impureza y de pecado. Por otra parte se trataba de poner a prueba a Jesús, de buscarle las cosquillas, pues si accedía a que le apedreasen iba contra los romanos que prohibían la pena capital; si, por el contrario, dejaba libre a la mujer violaba la ley de Moisés. Un último detalle es que la escena transcurre en el templo, que se convierte en tribunal, en lugar de condena, con lo cual, si según san Pablo nosotros somos templos del espíritu, puede que, en ocasiones, nuestro corazón se convierta también en tribunal.

Jesús vuelve a arremeter contra los que se consideran perfectos ante Dios pero incapaces de perdón y de compasión para con el prójimo. Sus vidas no han sido tocadas por el Dios al que rezan y ofrecen sacrificios. Miran a la mujer como un desierto como algo estéril, sin solución, incapaces de entender que Dios tiende la mano a todos. Es muy importante que esta situación no pase desapercibida para nosotros, y que analicemos muy bien la correspondencia entre nuestra relación con Dios y nuestra relación con los hermanos. Sabemos muy bien la lectura que hizo Jesús del significado de la ley y los profetas. El amor al prójimo es esencial para manifestar una relación verdadera con Dios.

Ante la afirmación de Jesús nadie se atreve a condenar, y la mujer se queda a solas con Él. Jesús le despide pero le advierte que no vuelva a pecar más. Esa es nuestra tarea, el intentar ser cada día un poquito más agradables a los ojos de Dios, que conoce nuestras limitaciones y debilidades, pero que a la vez que nos perdona y acoge tal como somos nos anima a convertirnos. Jesús no le da la absolución ni le impone penitencia, solamente hace una cosa, mirarle a los ojos, para que se sienta acogida y tratada con dignidad. Una vez más volvemos a encontrarnos con el Dios todoamoroso y todomisericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Me gustaría que todos echásemos hoy la vista atrás hacia lo que han sido los momentos más importantes de nuestra vida, aquellos de los que siempre nos acordamos, aquellos especialmente alegres y aquellos que no lo fueron tanto, y viéramos en todos ellos la presencia de Dios que convierte siempre nuestra vida en una auténtica historia de amor, que siempre hace que brote el agua en nuestros desiertos, que no reparte golpes sino besos y abrazos.

La cuaresma poco a poco va terminando. Nuestro paso por el desierto va llegando a su fin y, si Dios quiere, dentro de siete días acompañaremos a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén a lomos del pollino. Pero mientras esto sucede, a nosotros nos toca acelerar el paso corriendo hacia la meta como san Pablo. Descubrir en la oración nuestra sed de Dios, nuestros desiertos necesitados de agua, del agua viva de su gracia para que una vez más podamos alabar su grandeza y su misericordia como dice el versillo del salmo de hoy: El Señor ha estado grande y estamos alegres.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 10 de marzo de 2013

Domingo IV de Cuaresma: Un retrato orginal

Publicado por Entra y Verás

Si ahora tomamos un papel y un lapicero y empezásemos a hacer un dibujo de Dios, a buen seguro la mayoría de nosotros pintaríamos a Dios como un anciano con barba blanca. Seguramente nadie pintaría a Dios en un banquete o en un baile pues Dios normalmente ha estado rodeado de seriedad y solemnidad. Sin embargo, Jesús describe el Reino de los cielos como un banquete o también, cuando se despide de sus discípulos en la última cena afirma no volver a probar el vino hasta que beba del vino nuevo en el reino de su Padre. Podríamos recordar también el banquete de bodas del Cordero que nos describe el Apocalipsis. La celebración pertenece por tanto al Reino de Dios, pues Dios no quiere guardarse su alegría sino que quiere compartirla con los demás. Este mensaje de la alegría de Dios es fundamental en el día de hoy. En el evangelio vemos que Dios, el Padre, se alegra no porque se hayan solucionado los problemas del mundo ni porque se hayan convertido muchas personas y estén ahora dándole gracias sino porque un hijo estaba perdido y lo ha encontrado.


Jesús, con la parábola del hijo pródigo, del hijo perdido, quiere dejar muy claro cuál es el comportamiento de Dios con los que andan perdidos y extraviados sea o no por su culpa. Para descubrir lo que se nos quiere decir debemos ver que en primer lugar que el hijo pequeños no vuelve a casa porque se haya arrepentido de lo que ha hecho, de haberse gastado toda su fortuna, porque se haya convertido. El hijo prepara un discursillo para excusarse y evitar el enfado de su padre o que no le recibiera. Pero sorprendentemente el padre al verlo se conmovió y se le echó al cuello y se puso a besarlo. Le dan igual los motivos por los que vuelve, no le reprocha nada sino que es tanta su alegría que le da una fiesta. Por otra parte está el hermano, el hijo mayor. que era cumplidor y observante pero su relación con el padre era más semejante a la de un empleado con con su amo que a la de un hijo con su padre.

Ciertamente esta parábola es incomprensible racionalmente pues quien de nosotros se comportaría de esta manera: reñir al hijo bueno y dar una fiesta al hijo sinvergüenza. Es más fácil que nos identifiquemos más con la actitud del hermano mayor que con la del pequeño, que es acogido y recibido por el Padre. Jesús quiere mostrarnos que Dios no ve a los pecadores como personas males sino como personas necesitadas, desamparadas, que no causan en él indignación sino que le conmueven las entrañas y se comporta como lo hacemos nosotros cuando verdaderamente queremos a alguien.

Gustad y ved que bueno es el Señor dice el salmo de este domingo. Dios es misericordia entrañable, gozo y alegría sin límites que debe irradiarnos a cada uno. Nuestro Dios no es el de el ceño fruncido sino el que está chiflado, loco por nosotros. Proclamemos su grandeza y también, nuestra propia imagen de Él.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 3 de marzo de 2013

Domingo III de Cuaresma: Bola de saque

Publicado por Entra y Veras

Podemos comparar el evangelio de este domingo como si nos encontrásemos en un partido de Copa Davis. Jesús responde a cada una de nuestras objeciones y es a nosotros a quienes nos toca buscarles solución. Lo más fácil es echar la bola al campo de Jesús y ver si Él falla, pero en la vida sucede lo contrario, la bola siempre está en nuestro campo y de nosotros dependen las cosas. En cristiano concebimos la vida de la mano de Dios pero bien sabemos que en la arena nos toca batirnos a nosotros y que pocos son los logros conseguidos sin sudar la camiseta en el día a día.

Por desgracia, no es un pensamiento ajeno a nuestro tiempo el de pensar y concebir las desgracias como un castigo divino a causa de los pecados o del comportamiento de los hombres. Las desgracias de Haití, Chile, Fukushima y otras tantas que hacen que no pocas preguntas surjan, muchos porqués golpeados con nuestra raqueta la campo de Dios y ninguno se pierde, todos regresan en forma de compromiso: “Tu eres mis manos, haz algo por ellos”. Esa es la presencia de Dios en medio del sufrimiento.



Seguimos esperando milagros divinos que cambien el curso de la naturaleza; apelamos a la Providencia para que intervenga en las catástrofes naturales; rezamos y pedimos prodigios y señales. Y Dios guarda silencio y no actúa como esperamos. No aprendemos de la historia. No paró la cruz en el Gólgota; no intervino para evitar Auschwitz… El hombre y el universo son obra de un creador que respeta la libertad humana y el dinamismo de la naturaleza. Si buscamos al Dios milagrero, siempre a la escucha de nuestros caprichos, busquémoslo en otra religión, no en la del Dios crucificado. ¿Por qué seguimos esperando intervenciones prodigiosas, como en tiempos de Jesús, sin asumir la mayoría de edad del hombre y la autonomía del universo? En cambio, encontraremos a Dios, si lo buscamos identificándose con las víctimas; si esperamos que Dios nos inquiete, nos provoque y nos llame a colaborar de mil maneras para mitigar el dolor y el sufrimiento de tantas víctimas inocentes. Hay que ayudar a Dios para que se haga presente porque necesita de los hombres para que llegue ahí el progreso y la justicia. “Tu eres mis manos, haz algo por ellos”.

Del sufrimiento de los inocentes somos todos responsables y la solidaridad no puede quedarse en el acontecimiento puntual, aunque sea necesaria, sino que exige otra forma de vida. Por eso Jesús insiste en la conversión. Dios siempre tiene la mano tendida hacia los hombres y no podemos olvidar que es nuestra la responsabilidad de tomar su mano o no. Cada vez que ocurre una tragedia debe ser para todos una llamada fuerte a la conversión, a mirar qué cosas tenemos nosotros que cambiar para evitar sentirnos mucho mejores. Jesús exige además que demos frutos, que salgamos de nosotros mismos y nos volquemos hacia los demás, al igual que la higuera que da sus frutos generosamente y si no da frutos no sirve para nada. Pero Jesús ofrece un plazo para que pueda fruto. La respuesta una vez más la tenemos nosotros, otra bola a nuestro campo. En el evangelio. Jesús acaba con la famosa doctrina de la retribución según la cual todos los males que afectaban a uno se debían a sus pecados. Jesús se coloca siempre de parte de las víctimas y le molesta que alguien se crea mejor que las víctimas porque no le ha rozado la desgracia.

Como escribía Bonhoeffer en el campo de concentración: Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Sólo el Dios sufriente puede ayudarnos. Después de las lágrimas viene el consuelo, la justicia y la libertad. La vida verdadera de quien sufrió por nosotros. A Dios no le rompemos el saque y espera nuestra respuesta para ganar.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 24 de febrero de 2013

Domingo II de Cuaresma: Llamados a resplandecer

Publicado por Entra y Verás

Soledad, cercanía, paz, quietud en medio del tsunami del día a día. Ahí quieto y escudriñando mi interior, quitando el disfraz a mis manías y el ansía de buscar medallas para mis méritos; donde mis miedos y fortalezas se comparten; donde se es más vulnerable, pero más real; donde toman asiento los nombres que significan tanto para mí; es en ese espacio donde el encuentro es más intenso. Oración, encuentro con Dios y encuentro con los otros para decubrir que soy capaz de tocar lo más hondo de mí, que la palabra no es ruido sino vínculo yla relación es rama sólida que entrelaza mi vida con otras vidas. Estos momentos nos transfiguran, nos cambian la cara, nos hacen resplander, como le sucedió a Jesús.



Es necesario ver antes de nada el contexto en el que se sitúa este pasaje dentro del evangelio de Lucas. Jesús acaba de anunciar su Pasión y de establecer cuáles son las condiciones de su seguimiento. No cabe duda que nos encontramos ante un momento importante, pues Jesús ha escogido a sus discípulos de confianza: Pedro, Santiago y Juan. Una primera conclusión que podemos sacar es la estrecha relación de este pasaje con el tándem bautismo-tentaciones. El domingo pasado pudimos darnos cuenta de cómo Jesús, que había sido proclamado Hijo de Dios en el bautismo, era probado en su condición humana. Hoy Jesús, que acaba de anunciar su Pasión es exaltado con lo cual si en un pasaje se presenta la humillación del exaltado, hoy nos encontramos con el humillado exaltado.

Al igual que en el bautismo encontramos aquí también una intervención del Padre pero en esta ocasión no se dirige a Jesús sino a los discípulos. Al decir “Este es mi Hijo” se está presentando a sí mismo, nos invita a verle reflejado en su rostro, a reconocerlo. Además, Jesús es “el elegido”, el predilecto a quien debemos escuchar pues se convierte en el verdadero portavoz del Padre. El Padre ya no habla por medio de la ley, Moisés; ni por medio de los profetas, Elías, sino por medio de su Hijo, que le dio un nuevo sentido a Ley y los profetas que consiste en sin más en tratar a los demás como queremos que ellos nos traten.

He dejado para el final la reacción de Pedro: Maestro ¡Qué hermoso es estar aquí! pues es una reacción lógica y nada extraña a nosotros: se opta por alargar la felicidad frente a la "tormenta" que está por llegar. Pero Jesús tenía que descender del Tabor camino de Jerusalén y encontrarse con la realidad, con el sufrimiento, con la vida. Nosotros nos encontramos muy bien en nuestra tierra pero tenemos que salir, como Abraham, y fiarnos de Dios. La contemplación debe ir emparejada con la misión sino no sirve de nada. Orar no es huir de la vida sino implicarse, salir de la tierra no es mirar al cielo para evadirse de lo que sucede sino estar más atento a las necesidades, ser más atento y más cercano.

Para llevar el relato a nuestra vida podemos poner el acento en la monotonía de nuestras relaciones interpersonales en las que rara vez nos decimos algo nuevo porque no damos ocasión al otro para que nos escuche. De igual manera pasa con Dios sino somos capaces de orar le dejaremos con unas ganas locas de decirnos algo para que le descubramos tal como es, que descubramos quién es su Hijo. Ese es el verdadero fin de la oración adentrarnos más y más en el conocimiento de Dios, de manera que a nosotros también se nos cambie la cara.

Quizá a lo largo de la Cuaresma busquemos experiencias de transformación interior. No debemos buscar remedios mágicos sino buscar el silencio para salir de nuestra tierra, ponernos en manos de Dios, nuestra luz, nuestra salvación, la defensa de nuestra vida, y ver cómo nuestro rostro también cambia de semblante y manifiesta la realidad de Dios, la verdadera chispa de la vida para los creyentes.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 10 de febrero de 2013

Domingo V del tiempo ordinario: Pequeñez vs Inmensidad

Publicado por Entra y Verás

Contemplar el mar, ver semejante masa de agua en la que se nos pierde la vista; asomarse desde lo alto de un monte y observar los valles y dejar que de nuevo se nos pierda la vista; dejar que nuestras pupilas se encandilen por la maravilla cromática de un atardecer, mientras la brisa nos acaricia el rostro… Estas y otras muchas, son experiencias que nos ayudan a tomar conciencia de nuestra pequeñez y finitud frente a la inmensidad de la naturaleza de este bello escenario que Dios nos ha regalado. La pequeñez y la finitud frente a la inmensidad que atrae, que seduce, que marca, es una de las claves de las lecturas de este domingo: Isaías, Pablo, Pedro, Santiago y Juan, fueron seducidos por Dios para dedicarse a Él por completo.


En el evangelio encontramos una frase que se ha convertido en slogan de campañas de todo tipo dentro de la Iglesia: Rema mar adentro le dice Jesús a Pedro. Pero Pedro no se fía mucho. Aunque sea domingo vamos a pensar un poquillo. Remar mar adentro significa apartarse de la orilla, es decir dejar las seguridades, la tierra firme, y adentrarse en el mar. Un mar que puede estar calmado o embravecido. Además en aquella época el mar significaba lo desconocido y la fuente de todos los peligros. Pongámonos nosotros en esa situación. Vamos a mirar primero dentro de nosotros mismos. Rememos hacia nuestro interior y echemos las redes. Es dentro de nosotros mismos donde debemos llenar las redes de amor, de fe, de alegría y de esperanza, sobre todo. No podemos volcarnos únicamente hacia fuera tenemos que cuidar también nuestro mar interior, que no se quede muerto, vacío, sin vida. Miremos ahora al exterior. Sabemos muy bien que dentro de la Iglesia todos tenemos la obligación de remar, de adentrarnos entre aquellos que nos rodean aunque el mar esté embravecido. Sabemos que no estamos solos en la tarea. Resulta que la red se llena como nunca y Pedro cree, es seducido totalmente por Jesús. Aquí encontramos uno de los grandes tesoros de nuestra fe: el de la confianza plena, pues sabemos que si nos fiamos de Él las cosas suelen salir bien.

En resumen, el seguimiento es la fórmula breve del cristianismo. Sin seguimiento no es posible llamarse cristiano. Seguir a Jesús supone responder a su llamada y empezar a remar, a abandonar nuestras seguridades, a apartarnos de nuestras orillas y comprometernos de verdad en la tarea liberadora. En eso consiste el ser pescadores de hombres. Y pescar no significa ni mucho menos engañar sino rescatar, liberar. De nada sirve echar el ancla de nuestra barca para rezar mucho y acudir a misa, si eso no nos hace más sensibles, más solidarios. Lancémonos, seamos pescadores de hombres, cumplamos nuestra misión de anunciar el Reino de Dios que pasa principalmente por la igualdad y la libertad. Sabemos muy bien que eso es lo que hizo Jesús. Ser seguidor pasa no por cumplir sus normas sino por llevar su misma vida y tener sus mismos horizontes. Seamos generosos no solo con nuestro tiempo sino también con nuestras vidas.

Como ese atardecer que seduce así debe ser para nosotros la causa del Reino. No nos cansemos de remar, no perdamos la esperanza pues sabemos que Jesús nos acompaña. Si nuestra esperanza descansa en él, nuestra tarea por muy difícil y complicada que sea producirá sus frutos. Una cosa sí que tenemos que tener clara: Mientras nosotros permanecemos asustados por la oscuridad exterior, o desesperados por tanto echar la red y no pescar, Dios recorre los caminos buscando a sus hijos perdidos, a la intemperie. Solo tenemos que seguirle y la red de la vida rebosará.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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sábado, 8 de diciembre de 2012

Solmenidad de la Inmaculada: "Sí"


«En el "sí" de María encontramos a Dios pidiendo la libre colaboración de María, quien acepta desde la confianza absoluta y con todas las consecuencias. No fue, como bien sabemos, un “sí pero no” sino un “sí” corroborado con la fidelidad de la madre desde al nacimiento hasta el dolor máximo de ver a su hijo en una cruz. Por esta razón, la aceptación sencilla de la propuesta del Señor, tiene que resonar en nuestros oídos pues fue gracias a la encarnación desapareció la separación entre Dios y los hombres».

No siempre resulta fácil aceptar un compromiso que complica la vida, que rompe con lo que venimos haciendo, que puede traernos problemas o rechazo. Un ejemplo de esto lo encontramos en la joven y sencilla María de Nazaret, inmaculada en generosidad y disponibilidad ante Dios.


María fue libre hasta el extremo en la respuesta al ángel: «Sí, quiero. Puedes contar conmigo». Por eso, es icono del creyente, y modelo de fe y del seguimiento: se fía. No busquemos en ella cosas espectaculares: nos equivocaremos. Decir María es decir fe, es decir confianza, es decir amor, es decir madre. Todo ello envuelto y vivido en la mayor sencillez. No estaría mal que nos convenciésemos de lo siguiente: lo más importante es lo más sencillo. Pensemos cómo es o ha sido la relación con nuestra madre. Huiremos de la chabacano tanto como de la frase hecha y del lenguaje pío y acartonado, y hablaremos con cariño y confianza.

Centrados en el evangelio, hay que decir que Dios irrumpe en medio de su vida, y lo hace saludando e invitando a la alegría, a la vez que podemos decir en lenguaje coloquial que le complica la vida, como suele pasar siempre que Dios propone algo. María, es el modelo de la relación que establecemos nosotros con Dios y Dios con nosotros. Dios nos lo ofrece todo desde la gratuidad, porque nos quiere, porque quiere nuestra felicidad y espera nuestra libre respuesta. Bien sabemos que el amor no puede imponerse, ni ser obligado sino simplemente proponerse. Dios respeta al máximo nuestra libertad, si lo dejamos camina a nuestro lado. Si no, nos deja en paz. El sí de María demuestra esto a la perfección pues en él encontramos a Dios pidiendo la libre colaboración de María, quien acepta desde la confianza absoluta y con todas las consecuencias. No fue, como bien sabemos, un “sí pero no” sino un “sí” corroborado con la fidelidad de la madre desde al nacimiento hasta el dolor máximo de ver a su hijo en una cruz. Por esta razón, la aceptación sencilla de la propuesta del Señor, tiene que resonar en nuestros oídos pues fue gracias a la encarnación desapareció la separación entre Dios y los hombres.

Tal vez hoy más que nunca, valoramos la grandeza por las apariencias. Incluso, a veces los cristianos nos fiamos más de lo aparente que de lo importante. En los santos, por ejemplo, valoramos más lo milagroso que lo silencioso y olvidamos que el mayor de sus milagros fue vivir llenos de amor y en silencio. A María le solemos presentar como si fuera un ser de otro planeta, completamente distinta de nosotros, haciendo sólo cosas extraordinarias. María no era ninguna infeliz, ni ninguna solterona, para quien el Ángel del Señor suponía el último tren si no quería pasar toda su vida sola. Ni tampoco una mojigata que estuviese esperando una revelación. Ni mucho menos, María era una mujer de su época, normal y corriente, que estaba desposada con José. Ojalá pudiéramos olvidarnos de ángeles, milagros, luces celestiales y voces de ultratumba, para agarrarnos a aquello que tenemos como único asidero firme y más que suficiente: las palabras del Evangelio. El retrato de María lo encontramos muy bien dibujado en el Evangelio: no hace falta que nos vayamos a consultar a ningún juntaletras piadosas, ni a ninguna visionaria de rosario en mano, ni a adivinos de medio pelo, abonados al púlpito y a la beatería de otra época. Ni más ni menos, sencilla y dispuesta a colaborar con Dios. Como una madre que supo estar al lado de su hijo en los momentos más importantes de su vida. En el nacimiento y en la muerte, sin separarse ni un momento de la cruz.

En resumen, María no es Inmaculada sólo, y sobre todo, en su concepción sino en su vida entera, tal como se expresa y condensa en el evangelio de hoy; en su encuentro con Dios vence al pecado del egoísmo, se hace Inmaculada, en actitud constante de diálogo con Dios y de entrega al servicio de los hombres, por medio de su hijo, que es Mesías. No se reserva nada para sí, todo lo pone en manos de Dios, para nuestra liberación. ¿No hace eso una madre por sus hijos? Miremos a María con ojos de hijos no con mirada beata congelada por los rodillos del dogma y la milagrería barata. A María se le mira a cara a cara, no son necesarios los catalejos.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 30 de septiembre de 2012

Domingo XXVI del tiempo ordinario: Evitemos las etiquetas


«El mensaje que podemos llevarnos es el de luchar por evitar los monopolios y los exclusivismos. Lo importante no es la etiqueta sino el contenido de las acciones; lo importante no es quién lo hace si no qué se hace y cómo se hace».
Basta que demos un paseo por las calles de una gran ciudad para que caigamos en la cuenta de la variedad de indumentarias con las cada grupo o tribu urbana se identifica. Gestos, señales, responden a un argot especial, difícil de entender en muchos casos si no se está dentro del contexto.


¿Los cristianos somos una tribu urbana? Quizá esta pregunta pueda escandalizar a alguien pero no es mi intención caer en el chiste fácil. En el evangelio de hoy, Juan advierte a Jesús de la existencia de exorcistas que no pertenecen a su grupo. En su respuesta, Jesús rompe las barreras de la exclusividad y universaliza la caridad. Da igual quien sea, a qué grupo pertenezca, cuál sea su religión, su equipo favorito o el saldo de su cuenta corriente. Como seres humanos todos estamos llamados a construir un mundo cada vez más habitable, con lo que en esta tarea las etiquetas sólo sirven, si acaso, para buscar medallas y reconocimientos que poco tienen que ver con las discreción y humildad que Jesús quería para sus discípulos. Jesús y su mensaje no son monopolio ni propiedad de nadie, sea quien sea.

Para nuestra vida el mensaje que podemos llevarnos es el de luchar por evitar los monopolios y los exclusivismos. Lo importante no es la etiqueta sino el contenido de las acciones; lo importante no es quién lo hace si no qué se hace y cómo se hace. Las grandes religiones no nos hemos llevado bien a lo largo de la historia porque en no pocas ocasiones hemos estado más empeñados en buscar lo que nos separa que lo que nos une. Desde luego que no vamos a pintarlo todo del mismo color y vamos a decir que aquí las cosas sólo pueden ser de una manera, pero hemos de considerar más lo que nos une que lo que nos separa, y desde luego que la caridad y la liberación del sufrimiento han de estar en el centro de cualquier religión.

Los párrafos finales del evangelio contienen una serie de sentencias que no deben entenderse al pie de la letra. Se trata de advertir con ese lenguaje exagerado, que lo importante es el seguimiento y que el resto de cosas son relativas. La mano, el pie, el ojo, son los instrumentos indispensables para la acción humana. Con lo cual, todos los órganos vitales, o lo que es lo mismo, toda la persona, tiene que estar al servicio de lo fundamental: el bien de los seres humanos y su felicidad.

En el mundo de la diferencia, de la variedad hoy encontramos casi una llamada a lo contrario. Nuestra forma de relacionarnos con Dios nos distingue de otras religiones pero no podemos buscar la diferencia en el servicio al prójimo ni en el ejercicio de la caridad. Seguir a Jesús es comprometerse con la humanización del mundo y la liberación del sufrimiento.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 23 de septiembre de 2012

Domingo XXV del tiempo ordinario: El dilema del nudo


«Este evangelio toca de lleno en nuestras aspiraciones humanas y en nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero bien sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario. No perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola. La libertad se va entregando y compartiendo en pequeñas elecciones. La libertad tiene que saber elegir. Y así, uno se construye y se ata, se define y se da… como el nudo y el eslabón».


El nudo de una red estaba harto de vivir junto a sus compañeros. Quería ser libre, vivir a su aire y conocer mundo. Un buen día se despidió de ellos y empezó su aventura. Se sentía raro porque echaba de menos su antigua red pero a la vez feliz porque era libre. Mientras descansaba en un parque se encontró con el eslabón de una cadena que había decidido también emprender su vida en solitario pero que estaba pensando volver a encontrarse con susu antiguos compañeros porque la libertad de hacer lo que le daba la gana, de ir de aquí para allá sin contar con nadie no era tan divertida como pensaba. Él estaba hecho para vivir junto a otros y para aportar sus cualidades en la cadena. Por eso había decidido volver. El nudo pensó lo que le dijo el eslabón y se dio cuenta de que era cierto, que un nudo solitario no vale para nada, que estaba hecho para vivir junto con otros.

En el evangelio Jesús anuncia a sus discípulos por segunda vez su pasión. Pero mientras habla de entrega y fidelidad, ellos están pensando en quién será el más importante. No creen en la igualdad y la fraternidad que busca Jesús. En realidad, lo que les mueve es la ambición y la vanidad: ser superiores a los demás, pues estaban convencidos de que él iba a ser una persona importantísima, un rey. No se habían enterado de que a la hora de seguir a Jesús no hay que mirar tanto a los que ocupan los primeros puestos y tienen nombre, títulos y honores. Importantes son los que, sin pensar mucho en su nombre, prestigio o tranquilidad personal, se dedican, sin ambiciones, y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. No lo hemos de olvidar: lo importante no es quedar bien sino hacer el bien. Una palabra respecto a la alusión a los niños: Jesús no sólo se refiere a su inocencia sino también a que en algunos contextos eran marginados, vendidos o explotados.

En ocasiones pensamos que la vida cristiana, que la Iglesia, es una especie de pasarela Cibeles donde tenemos que lucir el palmito espiritual. La vida cristiana no consiste en ser top models de la piedad sino verdaderos maestros en la caridad y en el servicio sencillo y desinteresado. Pero nos volvemos a equivocar como los discípulos. Nos volveremos a quedar mirando al dedo cuando nos están señalando la luna. La vida cristiana no es para figurar, no consiste en acumular títulos, abonarse a los estrados y padecer torticolis crónica de tanto mirarse el ombligo. El seguimiento de Jesús no consiste en ver los toros desde la barrera o desde el palco, mientras nos dejamos abanicar. El seguimiento de Jesús implica necesariamente que tenemos que saltar a la arena, y ponernos a servir. La vida toda es servicio.

En mi opinión para todos nosotros este evangelio, toca de lleno en nuestras aspiraciones humanas y en nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero bien sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario. No perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola. La libertad se va entregando y compartiendo en pequeñas elecciones. La libertad tiene que saber elegir. Y así, uno se construye y se ata, se define y se da… como el nudo y el eslabón.

Por tanto, si tenemos demasiada preocupación por figurar o porque se nos tenga en cuenta ya sabemos que ése no es el camino sino el ser como niños, el tener la mirada clara y la mano siempre tendida porque no hay nada que esconder. Seamos libres, abandonemos el “qué dirán” y el chismorreo piadoso y demos rienda suelta a la caridad. Desfilemos por la pasarela del amor sin esperar que nos aplaudan sino contentos como el nudo y el eslabón porque vivimos nuestra vida ayudando y sirviendo a los demás, contribuyendo a un proyecto común.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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domingo, 16 de septiembre de 2012

Domingo XXIV del tiempo ordinario: ¿Quién es quien?



«El estudiante, el trabajador, el enamorado, el padre y la madre, el cura, la escritora, el abogado, el ama de casa, el jubilado o la deportista… cualquiera de nosotros sabe que, en el fondo, la vida no es estar sentado sin más viendo el tiempo pasar. Que merece la pena apostar por algo, que nuestra vida cristiana exige compromiso y por tanto riesgo. Cada uno, de acuerdo a nuestras capacidades y posibilidades, tenemos que ver como es nuestra vida cristiana y de qué forma estamos respondiendo a la pregunta que Jesús nos lanza».

Seguramente muchos de nosotros cuando éramos pequeños hayamos hecho alguna colección de cromos con los jugadores de la liga de fútbol o con personajes de los dibujos animados. En el álbum cada cromo tenía su casilla correspondiente y había que tener cuidado para no colocar el cromo en la casilla equivocada.

Pensemos nosotros ahora que nos reparten unos cromos con los personajes del evangelio y tenemos que colocar a cada uno en su casilla correspondiente, según nuestras propia experiencia. ¿Dónde colocamos a Jesús? ¿Con qué lo relacionamos?: El mesías, el juez, el profeta, la solución a nuestros problemas, el consuelo en nuestro dolor, el centro de nuestra vida, la razón de nuestro existir, el aguafiestas de nuestras diversiones… Esto es lo que les sucede hoy a los discípulos y que por extensión nos sucede a nosotros en cada momento. Jesús nos pregunta constantemente ¿Quién dices que soy yo? ¿En qué casilla de tu álbum piensas colocarme?

En el evangelio encontramos cómo Pedro no ha entendido que el camino de Jesús consiste en ir de lado de los débiles huyendo de la palmada en la espalda y la corona de laurel. Pero eso no quiere decir que Jesús fuese un masoca o un devorador de calamidades amante del sufrimiento inútil. Jesús fue consecuente con su vida. Ni más ni menos.

Un paso más adelante nos lleva a las dos condiciones establecidas para seguirle: negarnos a nosotros mismos y cargar con la cruz. La primera podemos resumirla en lo siguiente: saber que tu vida está en manos de Dios, de quien te fías. No consiste en ser mojigato, "comesantos" o campeón mundial de padresnuestros. Sino en ser una persona normal, un cristiano de hoy que ha entendido que la razón de ser está no en él mismo sino en Dios a través de los hermanos. La segunda condición, "cargar con la cruz" ha sido siempre interpretada para lo que conviene. Por favor, no veamos en esta expresión a recibir con una sonrisa el dolor de muelas o a saltos la enfermedad de un familiar cercano. No es eso, sino que si somos consecuentes con nuestro ser cristianos, si queremos seguir a Jesús de verdad, es decir, llevando su propia vida, debemos tener claro que nunca puede desaparecer de nuestro horizonte la inseguridad y la cruz. Esto es lo que Jesús les intenta transmitir, que deben huir de la fama y del privilegio y colocarse con los débiles.

Bueno y en resumen qué nos dice el Evangelio. Como dice el refrán, al que algo quiere, algo le cuesta. El estudiante, el trabajador, el enamorado, el padre y la madre, el cura, la escritora, el abogado, el ama de casa, el jubilado o la deportista… cualquiera de nosotros sabe que, en el fondo, la vida no es estar sentado sin más viendo el tiempo pasar. Que merece la pena apostar por algo, que nuestra vida cristiana exige compromiso y por tanto riesgo. Cada uno, de acuerdo a nuestras capacidades y posibilidades, tenemos que ver como es nuestra vida cristiana y de qué forma estamos respondiendo a la pregunta que Jesús nos lanza. Debemos aprender, todos, yo el primero, a negarnos a nosotros mismos. Tenemos que aceptar que, en los proyectos, en los sueños, en los intentos, a veces toca gastarse. La clave está en hacerlo como respuesta, enraizado en la pasión por algo, desde una libertad tranquila, que asume costes en las opciones y que no se detiene ante la adversidad. Todo lo demás será otra cosa pero desde luego no será vida cristiana auténtica.

El cromo de Jesús puede caber en muchas casillas. Pero sólo nosotros, con nuestra vida, encontraremos la que le es propia. Suerte.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 9 de septiembre de 2012

Domingo XXIII del tiempo ordinario: El milagro de la plastilina



«Relatos como el de hoy, son una invitación a dejarse amasar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y a su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje, serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio. Hablarán de doctrinas enlatadas y no de palabras vivas y renovadas pues no podrán captar la novedad que contienen. Hemos hablado muchas veces de lo necesario que es el ponermos manos a la obra para luchar eficazmente contra el sufrimiento».

Dos muñecos de plastilina vivían en una caja de cartón. Eran felices aunque soñaban con poder salir algún día y pasear por la habitación y curiosear todas las cosas que veían desde su caja. Su mayor problema es que veían la cara del niño que les usaba para jugar y que les ponía nombres, les cambiaba de posición pero ellos no entendían lo que les decía. Con el paso del tiempo se habían quedado muy duros pero la situación cambió cuando el niño decidió meter sus figuras de plastilina en la bañera. Los dos muñecos miraron aterrados la pila pero su sorpresa fue que al contacto con el agua comenzaron a sentirse mucho más jóvenes, mucho más elásticos, incluso con un simple toque podían mover sus extremidades. El agua les había dado vida, ahora podrían salir a pasear por la habitación pero seguirían sin poder comunicarse con el niño, aunque el niño les hablaba e imitaba sus voces.

En el evangelio nos encontramos con un caso parecido al de los muñecos de plastilina. Le presentan a Jesús un sordo que, a consecuencia de su sordera, apenas puede hablar. Sólo se oye a sí mismo. No puede escuchar a sus familiares y vecinos. No puede conversar con sus amigos. Tampoco puede escuchar las parábolas de Jesús ni entender su mensaje. Vive encerrado en su propia soledad. El episodio es una muestra del interés directo, inmediato y constante, de que la gente sea liberada de todo mal; eso forma parte del proyecto de Dios. Ante una persona bloqueada en su comunicación Jesús se acerca, contacta personalmente y le abre a la comunidad. Una vez más el lenguaje de la piel y la cercanía, muestran tener la última palabra. El sordomudo no colabora pero Jesús, introduce los dedos en sus oídos y trata de vencer esa resistencia que no le deja escuchar a nadie. Con su saliva humedece aquella lengua paralizada para dar fluidez a su palabra. Pero tras el "effetá" de Jesús queda liberado.

Relatos como el de hoy, son una invitación a dejarse amasar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y a su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje, serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio. Hablarán de doctrinas enlatadas y no de palabras vivas y renovadas pues no podrán captar la novedad que contienen. Hemos hablado muchas veces de lo necesario que es el ponermos manos a la obra para luchar eficazmente contra el sufrimiento. Y quizá nos pase como con los muñecos de plastilina que solo podremos liberarles de una parte de su sufrimiento pero habremos conseguido que sean felices. Tenemos que ejercer la compasión de verdad, poniéndonos en el lugar del otro. Nuestro corazón, como el del niño de la historia, tiene que ser compasivo es decir: que sufra, ría, cante, llore, ame y vibre con las vidas de los otros. Ser compasivo implica complicarse la vida, quitarse las orejeras, y levantar las posaderas del sofá. Ser compasivo va más allá de un puro sentimiento momentáneo; nos lleva a pensar, a sentir, a cambiar, a buscar, a amar pero siempre inquietos por un algo más que siempre podremos hacer.

Cada vez más comunicados pero a la vez cada vez más aislados. Esa es la paradoja de nuestro mundo. Conocemos lo que sucede en Australia y poco sabemos de lo que pasa a nuestro alrededor. No seamos monigotes, ni papanatas: el trabajo en común, la lucha por otros y con otros, el gesto de ternura, la búsqueda de lo que es bueno para todos, la mano tendida para dar y recibir, todo esto hace que en nuestro interior germine la vida, el evangelio y podamos comunicarlo a los demás. Cristianos de reclinatorio o de plastilina sobran, hacen falta cristianos vivos.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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domingo, 26 de agosto de 2012

Domingo XXI del tiempo ordinario: Más que simples palabras



A algunos a voces, a otros con una canción, hay quien las percibe como un susurro suave pero electrizante, y hay quien las descubre en gestos que le transportan a otros lugares, a otros sueños, a otros horizontes. Son palabras que hablan de vida, de la suya y la nuestra… y nos lanzan a vivir. Son las palabras vivas de hoy.

No son un grito que nos llega desde Atapuerca, ni un testamento poético que la historia nos refresca. No son sermones milenarios cargados de sabiduría. No son fervorines píos inflados de levadura litúrgica y solemne. No son elencos de preceptos. No son vales a canjear por un billete de ida por la cuerda floja del cumplimiento. No son monsergas insufribles. No son un bla, bla, hueco e insulso. No son palabras congeladas o discos rallados. No pueden venderse ni si quiera en un top manta de sacristía. Las palabras de Jesús son las palabras de un Dios vivo; y como está vivo nos las sigue diciendo hoy, aquí y ahora. Siempre nuevas, siempre originales aunque las hayamos escuchado mil veces. El evangelio es vida con mayúscula, buena noticia para cada uno de nosotros.

En el evangelio, asistimos a los versículos finales de este largo discurso del pan de vida. Podemos decir que llegamos al desenlace final, a lo importante, el ver cómo reaccionan los oyentes. Algunos lo hacen con incredulidad: ¿es el único que puede dar vida? Es difícil creerlo porque es un hombre que habla de Dios con naturalidad; este hombre se identifica con quien da vida y amor, es decir, con Dios. Es fácil aceptar que Jesús es un hombre extraordinario, pero no el que añada el Padre me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Por otra parte, nos encontramos con la fe de los Doce: creemos y sabemos que eres el Santo, consagrado por Dios. El creer es desde la debilidad: ¿a quién vamos a acudir?; pero se capta también lo profundo: tú tienes palabras de vida eterna; y la razón de la fe es aceptar que Jesús es el Santo, consagrado por Dios. Pedro reconoce que en Jesús se ha revelado Dios; luego Jesús tiene la plenitud de vida y de amor que hay en Dios. Es, pues, el rostro humano de Dios.

Seguramente nosotros no sabemos muy bien el significado exacto de la vida, la muerte, el miedo o la esperanza. La fe no es la respuesta a esa ignorancia sino la aguja que impide que no emprendamos la búsqueda. La fe es esa confianza plena en que, aunque no entendamos nada, vale la pena continuar adelante, como los Doce. Es la confianza plena, que no ciega, en que las respuestas parciales van a alimentar nuestra paciencia a la vez que acompañar nuestra vida. La fe es confianza comprometida, con esta ignorancia que nos mantiene en vilo, en tensión y que nos hace vivir anunciando y respondiendo a un misterio de amor. Por esto son palabras de vida, que no hacen sino ponernos en camino.

En este domingo, si no abandonamos a Jesús, si nos quedamos con Él, entonces, tenemos que recibir el evangelio como una palabra que se encarna en la esperanza pues los creyentes somos portadores de sueños. Ojo, no ilusos, aunque nos lo llamen por intentar cambiar el dolor por la esperanza, por intentar sembrar semillas de pequeños gestos, de manos tendidas, de miradas sinceras, para cambiar nuestro mundo, instalado, por momentos, en la tarifa plana del individualismo. Como seguidores de Jesús no podemos dejarle en la estacada. Sus brazos clavados en la cruz abrieron de una vez por todas el horizonte que permite divisar que otro mundo es posible. Desde el fracaso hizo brotar la vida. Que nunca nos diga como a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos?

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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