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domingo, 26 de agosto de 2012

Domingo XXI del tiempo ordinario: Más que simples palabras



A algunos a voces, a otros con una canción, hay quien las percibe como un susurro suave pero electrizante, y hay quien las descubre en gestos que le transportan a otros lugares, a otros sueños, a otros horizontes. Son palabras que hablan de vida, de la suya y la nuestra… y nos lanzan a vivir. Son las palabras vivas de hoy.

No son un grito que nos llega desde Atapuerca, ni un testamento poético que la historia nos refresca. No son sermones milenarios cargados de sabiduría. No son fervorines píos inflados de levadura litúrgica y solemne. No son elencos de preceptos. No son vales a canjear por un billete de ida por la cuerda floja del cumplimiento. No son monsergas insufribles. No son un bla, bla, hueco e insulso. No son palabras congeladas o discos rallados. No pueden venderse ni si quiera en un top manta de sacristía. Las palabras de Jesús son las palabras de un Dios vivo; y como está vivo nos las sigue diciendo hoy, aquí y ahora. Siempre nuevas, siempre originales aunque las hayamos escuchado mil veces. El evangelio es vida con mayúscula, buena noticia para cada uno de nosotros.

En el evangelio, asistimos a los versículos finales de este largo discurso del pan de vida. Podemos decir que llegamos al desenlace final, a lo importante, el ver cómo reaccionan los oyentes. Algunos lo hacen con incredulidad: ¿es el único que puede dar vida? Es difícil creerlo porque es un hombre que habla de Dios con naturalidad; este hombre se identifica con quien da vida y amor, es decir, con Dios. Es fácil aceptar que Jesús es un hombre extraordinario, pero no el que añada el Padre me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Por otra parte, nos encontramos con la fe de los Doce: creemos y sabemos que eres el Santo, consagrado por Dios. El creer es desde la debilidad: ¿a quién vamos a acudir?; pero se capta también lo profundo: tú tienes palabras de vida eterna; y la razón de la fe es aceptar que Jesús es el Santo, consagrado por Dios. Pedro reconoce que en Jesús se ha revelado Dios; luego Jesús tiene la plenitud de vida y de amor que hay en Dios. Es, pues, el rostro humano de Dios.

Seguramente nosotros no sabemos muy bien el significado exacto de la vida, la muerte, el miedo o la esperanza. La fe no es la respuesta a esa ignorancia sino la aguja que impide que no emprendamos la búsqueda. La fe es esa confianza plena en que, aunque no entendamos nada, vale la pena continuar adelante, como los Doce. Es la confianza plena, que no ciega, en que las respuestas parciales van a alimentar nuestra paciencia a la vez que acompañar nuestra vida. La fe es confianza comprometida, con esta ignorancia que nos mantiene en vilo, en tensión y que nos hace vivir anunciando y respondiendo a un misterio de amor. Por esto son palabras de vida, que no hacen sino ponernos en camino.

En este domingo, si no abandonamos a Jesús, si nos quedamos con Él, entonces, tenemos que recibir el evangelio como una palabra que se encarna en la esperanza pues los creyentes somos portadores de sueños. Ojo, no ilusos, aunque nos lo llamen por intentar cambiar el dolor por la esperanza, por intentar sembrar semillas de pequeños gestos, de manos tendidas, de miradas sinceras, para cambiar nuestro mundo, instalado, por momentos, en la tarifa plana del individualismo. Como seguidores de Jesús no podemos dejarle en la estacada. Sus brazos clavados en la cruz abrieron de una vez por todas el horizonte que permite divisar que otro mundo es posible. Desde el fracaso hizo brotar la vida. Que nunca nos diga como a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos?

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)