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jueves, 7 de febrero de 2013

Hacia un nuevo cristianismo


Todo se mueve y se renueva. Se mueve el sol, la luna y la tierra, el átomo y la estrella. Se mueve el aire, el agua, la llama, la hoja. Se mueve la sangre, el corazón, el cuerpo, el alma. Todo se mueve, nada se repite. Todo es calma y danza, quietud en movimiento. Lo que no se mueve se muere, pero incluso en lo que muere todo se mueve. Se mueve el Espíritu de Dios, energía del amor, verdor de la Vida. Se mueve Dios, el Misterio que todo lo mueve y lo impulsa al amor y la belleza. Déjate llevar.
Hace 2.500 años, un profeta lleno de fervor, de poesía y esperanza, animaba a unos pobres judíos desterrados en Babilonia, actual Irak: "No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Isaías 43,19). La liberación es posible. La esperanza es posible. Otro mundo es posible, además de necesario. Abre los ojos: ya está brotando, ¿no lo notas?

Hace 2.500 años, un poderoso viento espiritual sopló sobre la Tierra desde China hasta Grecia, y removió y llenó de frescura muchas tradiciones religiosas que estaban anquilosadas, como suelen. Un aire nuevo, una nueva era. La mística desafió al sistema, la ética se impuso a las creencias, la razón penetró en los mitos, el anhelo de justicia se enfrentó a los poderes, el ansia de igualdad contestó a las jerarquías clericales.
Más allá de todos los dioses, confesaron a un Dios único, pero al Dios único y separado lo destronaron de su trono celeste y lo adoraron como misterio y corazón de todo lo real, el Todo en cada parte.
Fue una obra espiritual formidable de hombres iluminados y libres: Confucio el político y Laozi el místico en la vieja y vasta China; Buda el despierto y Mahavira el no-violento y los filósofos místicos de las Upanishads en la India multicolor de todas las divinidades; Zoroastro el profeta del bien y de la renovación del cosmos en la sabia Persia fronteriza del Este y del Oeste; Isaías el profeta optimista y Jeremías el profeta lloroso en la estrecha franca de Israel o Palestina; Pitágoras y Heráclito, Sócrates, Platón y Aristóteles, y Zenón de Citio, fundador del estoicismo, en la luminosa Grecia. Se diría que estaban concertados. No lo estaban, pero respiraban el mismo Espíritu que sopla siempre en todas partes.
Fueron hombres geniales y llevaron a cabo una extraordinaria revolución espiritual. ¿Y las mujeres? Es seguro que nada hicieron sin las mujeres, pero eso no lo reconocieron, no las reconocieron; esa revolución quedó en suspenso, y aun sigue pendiente en las grandes religiones.
A aquel tiempo se le conoce como "tiempo eje” o "era axial” (K. Jaspers). Hay un antes y un después, aunque pronto las religiones volvieron a dejarse arrastrar por sus viejas inercias.
¿Y hoy? Si no nos mienten todos los observadores y si no nos engañan todos los signos, nos encontramos de lleno en un nuevo "tiempo eje” similar a aquel de hace 2.500 años. Una profunda transformación espiritual es posible y necesaria en todo el planeta.
¿Y el cristianismo? Nos hallamos ante un claro dilema: o convertirnos en un gueto cultural irrelevante o revivir el evangelio y repensar el cristianismo para que sea levadura también mañana. Más allá de la letra de todas las escrituras y de todos los dogmas.
Más allá del Vaticano II. Más allá, hacia donde nos lleva el Espíritu que inspiró a Jesús y su movimiento. Hacia un nuevo paradigma. Ya está en marcha, ¿no lo notas?

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miércoles, 16 de mayo de 2012

La fe, ¿qué fe?



¿Qué es la fe sino ese consuelo que te permite pisar la tierra, como suelo sagrado, y dar un paso hacia tu hermano? Hablo de fe, no de creencias. Hablo de fe, no de religiones. Cuando digo ”fe,” digo esa llamita que chispea sin cesar en todos los corazones, también en el tuyo, aunque a veces la sientas apagada. Es el mismo fuego que arde en el corazón de la Tierra y de las estrellas, de los átomos y de las galaxias. Es la llama de la Vida. Y la llama de la Vida es el Corazón del Universo, y late en cada una de tus células y neuronas.

Eso es la fe, y no tiene que ver con religiones ni creencias, sino con el latido libre y universal de la Vida. Esa fue la fe de Jesús, más allá de sus creencias. A esa Vida poderosa y tierna llamaba él “Dios” y la invocaba tiernamente como abbá. Por esa Vida se sentía feliz y libre, y por su causa arriesgó la vida.

El cristianismo –católico en nuestro caso– como sistema de creencias, ritos y normas morales, como organización jerárquica, como estructura de poder, como entramado de complejos y a veces turbios intereses… eso es otra historia. No es lo de Jesús.

Cuando 70 obispos españoles se reúnen en Asamblea Plenaria, eso es el sistema que necesita funcionar, y no digo que esté mal: depende de que para qué quieren que siga funcionando el sistema.

Cuando el presidente de la Conferencia Episcopal española, el cardenal Rouco, ante la dramática situación de la crisis y del paro creciente, y ante las medidas del Gobierno que empobrecen más a los más pobres, se limita a apelar vagamente a la fe y a la caridad, me digo que eso no es la fe que animaba al corazón de Jesús.

Cuando el Gobierno de Rajoy acaba de aprobar un decreto que niega a los inmigrantes en situación irregular el derecho a ser atendidos por un médico o un hospital, y Mons. Rouco no ha alzado la voz ni ha exigido a toda la Asamblea que se ponga en pie y grite NO contra este decreto en nombre de Jesús y del Evangelio, entonces me digo que ellos están en otra cosa: que el Evangelio de Jesús no les interesa, que a ellos les importan las creencias y el mantenimiento del sistema, pero no los dolores de la pobre gente, no la llamita del corazón, no la Vida.

Cuando Mons. Rouco ha repetido por enésima vez la obsesiva y errónea consigna del papa actual: "sin fe no puede haber verdadera caridad”, identifica la fe con creencias, y así profesa una gran mentira. Basta abrir el Evangelio y leer la parábola del buen samaritano o del buen increyente. Basta mirar la historia: ¿qué guerra, tortura, explotación y dictadura no ha sido legitimada por la jerarquía católica con todas sus creencias? Hace justo 75 años, Gernika fue bombarbeada por un caudillo católico creyente y practicante que contaba con el beneplácito y la bendición de todos los obispos españoles (solo uno, Mateo Múgica, alzó la voz y fue desterrado).

Seas o no creyente, cuida la fe: esa llama profunda y secreta, pues de ella depende el brillo de tu sonrisa y el futuro de la Tierra. Cuida el corazón de tu vida, el corazón de la Vida. No dejes de palpitar y de sentir. No dejes de respirar, de sentirte libre y de tender la mano a la Vida que, muy cerca de ti, reclama cuidado.

¿Y las creencias? Están bien si te hacen más bueno y feliz. Están bien, si no te aferras demasiado a ellas. Si te aferras demasiado a ellas, acabarán impidiéndote ser más bueno y feliz.

José Arregi

Para orar

AHORA EN CAMBIO...

Hubiera entregado el Dios que no poseo
hubiera aprendido tres o cuatro signos,
y así desalentado,
así fiel, ceniciento,
invariable como un recuerdo atroz,
me hubiera respondido,
me hubiera transformado en ademanes,
me hubiera convencido como todos,
refugiado en el hambre universal,
salvado para siempre y para nada.

Ahora en cambio, estoy un poco solo,
de veras un poco solo y solo.
Mi tristeza es un vaso de oraciones
que se derraman sobre el césped
y desde el césped nace Dios
y está también un poco solo,
de veras un poco solo y solo.

Mas yo le ayudo a conocer las aves
y en toda su extensión la herejía vegetal,
los corazones de sus alegres huérfanos,
la tierra que es la palma de su mano.

(MARIO BENEDETTI, Solo mientras tanto 1948-1950)

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martes, 1 de mayo de 2012

ESPERANZA ANTE LA CRISIS



La crisis. El panorama es desolador: espantosas cifras de paro, recesión económica, préstamos que solo sirven para pagar intereses de préstamos anteriores, espiral del desastre. Dramas personales, dramas familiares, dramas de pueblos y de estados enteros. Bajan los salarios, pero suben los precios. Se abarata el despido, pero no se crean empleos. Quieren activar la economía empobreciendo a la gente. ¿Se ha vuelto loca esta economía?

Crece la desolación. Crecen el miedo y la incertidumbre. Nadie sabe dónde parará todo esto, o tal vez alguien lo sabe y nos oculta, y esto nos asusta más todavía. Nos asusta y nos indigna. El temor es bueno, si no paraliza. Es buena también la indignación, pero no basta. Hemos de pasar del temor y de la indignación al compromiso inteligente y solidario. Y solo la esperanza lo hará posible.

Cuando, ante esta crisis, el aliento se nos corta y el desánimo cunde, es bueno que nos juntemos para recobrar el aliento, para reanimar la esperanza. Para respirar, inspirar, esperar. Sí, “la esperanza nos sostiene en la crisis”. Sin esperanza, no podremos seguir adelante.

La esperanza nada tiene que ver con “esperar que la situación mejore”: esperar sentados. La esperanza tampoco tiene nada que ver con “esperar que Dios vendrá en nuestra ayuda, cuando Él lo quiera”. Dios es el corazón de todas las criaturas amenazadas por la crisis, y necesita ser ayudado. Dios es el ánimo, el alma, el respiro que alienta en todos los seres, y necesita ser liberado. Esperar es hacer nuestro el aliento divino y espirarlo como una brisa, como un viento que transforma el mundo. Ayudaremos a Dios.

Esperar es abrir los ojos y ver la realidad como es, y exigir que nos digan la verdad de esta crisis. Hablan de “ajustes” –divisa sagrada–, pero tienen muy poco de justo. Son puros y duros “recortes”, y hay que preguntarse: ¿quién los impone y para qué? ¿A quién benefician? Seguro que los que imponen recortes no los padecen.

Esperar es abrir los labios y tomar la palabra, y denunciar cuando hace falta. La vida está cada vez más cara, pero vale cada vez menos. ¿Qué vale la vida de un parado, de un desahuciado o de un trabajador que gana 600 euros para la familia? En Grecia se cuentan por millares los hombres y las mujeres que se han suicidado a causa de la crisis, y pronto serán muchos más, mucho más cerca. La Goldman Sachs, el Morgan Stanley, la Deutsche Bank…, la agencia Moody’s y todos los especuladores ¿no son los responsables de tanta muerte?

Esperar es creer que es posible transformar este sistema perverso, y querer transformarlo, movilizarnos coordinadamente para que la economía deje de ser el oficio siniestro de ganar más, y pase a ser el arte de distribuir con justicia los frutos santos de la tierra de todos.

Estamos dispuestos a que nos bajen los salarios y nos suban los impuestos, pero no para que los grandes bancos ganen más todavía. Estamos dispuestos a dar de lo que tenemos, pero no a los que ya tienen demasiado, sino a los que no tienen para vivir. Hagamos como Jesús. O hagamos como Islandia. O como Argentina con Repsol. La esperanza nos empuja.



José Arregi

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miércoles, 18 de abril de 2012

LA PASCUA



No sé qué es la Pascua para ti, pero déjame escribirlo con mayúscula y decirte lo que es para mí.

La Pascua es la bondad y la belleza como origen de cuanto es a pesar de todo. Todo está bañado en gracia, aunque no lo parezca, como esta mañana azul y verde. El azul del cielo más arriba de todas las nieblas. El verde de la vida que florece en la tierra sin ningún por qué: en el chopo junto al Narrondo, en el diente de león, las prímulas y las margaritas, llamadas también belloritas o pascuetas (¿a quién se le ocurrió este nombre?). La belleza y la bondad en todo: eso es Dios, es la Pascua florida. Abre los ojos y mira: todo vive y es milagroso, ¿no lo ves?

La Pascua es el “primer verdor” de la vida en la primavera. Desde hace diez mil años, los agricultores y los pastores lo han celebrado. El cereal crecía en los campos, los corderos corrían en los prados, la vida volvía, poderosa y bella. Todo era regalo bueno del Cielo y de la Tierra, de Dios o del Misterio, y había que agradecerlo. Los agricultores lo celebraron amasando el pan nuevo sin levadura vieja; los pastores, comiendo el primer cordero del rebaño (¡pobre corderillo, que a todos nos recuerda que solo es justo vivir si estamos dispuestos a dar, incluso hasta morir!).

La Pascua es la fiesta de la libertad, siempre en camino. Hace más de tres mil años, un grupo de hebreos, esclavos del faraón egipcio Ramsés II, rompieron el yugo de la servidumbre. Y se pusieron en camino a través del desierto hacia la tierra soñada. Y desde entonces cada año, en la primera luna llena de la primavera, han celebrado el recuerdo de la liberación y el sueño de la tierra comiendo pan sin levadura y carne de cordero.

“Pascua” en hebreo significa “paso”: paso de la muerte a la vida, de la servidumbre a la libertad, del exilio a la tierra. Pero es una tierra que ha sido prometida a todos y que nadie ha de conquistar a costa de otros. Una tierra que aún no hemos alcanzado.

La Pascua es la memoria de Jesús, el profeta de la gracia y de la libertad, que pasó la vida curando y librando, y arriesgando la vida. Los poderes de la religión y del imperio tuvieron miedo. Y en la víspera de la pascua judía del año 30 lo mataron cruelmente, clavándolo en una cruz. Pero la libertad no la clavaron. La vida no la mataron. La bendita luz azul y verde, que emanaba de su cuerpo llagado, no la apagaron. La presencia de Jesús, nueva como la primavera, no la sepultaron. La bondad de Jesús no la pudieron vencer. La esperanza de la tierra sin males no la pudieron enterrar.

Muchas discípulas y discípulos lo siguieron amando. Y dijeron: “Ha resucitado”. Pero, tenlo por seguro, esa confesión nada tuvo ni tiene que ver con sepulcros milagrosamente vacíos ni con milagrosas apariciones físicas, diga lo que diga la Comisión episcopal española para la Doctrina de la Fe en su Notificación, tan antipascual, contra el gran teólogo Torres Queiruga. ¿A qué llamáis “milagro”, hermanos obispos? ¿Y a qué llamáis “Pascua”? Preguntad a los discípulos de Emaús cómo les ardió el corazón en el camino de la vida con todas sus decepciones. Preguntad a María de Magdala cómo vieron al Viviente los ojos de su amor, en la luz de sus lágrimas. Eso es la Pascua.

José Arregi


NOTA: Debido a una reestructuración de los periódicos del Grupo NOTICIAS (Deia, Noticias de Gipuzkoa, Noticias de Alava y Diario de Noticias) en que se publican, estos textos serán en adelante más breves. Seguro que muchos lectores lo agradecerán.


Para orar

Yo dancé al amanecer, al empezar el mundo,
y dancé en la luna y en las estrellas y en el sol,
y bajé del cielo y bailé en la tierra:
nací en Belén.

“Danza, pues, dondequiera que estés.
Yo soy el Señor de la Danza”, dijo Él.
“Os ayudaré a todos, dondequiera que estéis,
y a todos os sacaré a danzar”, dijo Él.

Yo dancé para el escriba y el fariseo,
pero ellos no quisieron danzar y no quisieron seguirme.
Dancé para el pescador, para Santiago y Juan:
ellos vinieron conmigo y danzamos.

(Estribillo…)

Yo dancé en sábado y curé al paralítico.
La gente santa dijo que era una vergüenza.
Me azotaron y me desnudaron y me colgaron,
y me dejaron morir allá en la cruz.

(Estribillo…)

Yo dancé el viernes, cuando el cielo se volvió negro.
Es difícil danzar con el demonio detrás.
Sepultaron mi cuerpo y pensaron que había acabado,
pero yo soy la danza y todavía sigo.

(Estribillo…)

Ellos me tumbaron, pero yo salté.
Yo soy la vida que nunca, nunca muere.
Viviré en vosotros, si vivís en mí.
“Yo soy el Señor de la Danza”, dijo Él.

(Estribillo…)
Sydney Carter, traducido del inglés

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miércoles, 8 de febrero de 2012

¿Qué podemos aportar como creyentes en este invierno social y eclesial?


Vengo a recordaros palabras de Jesús que conocemos todos. Palabras de Jesús que siguen siendo consuelo y ánimo, que son eficaces, que transforman el presente, que crean el mundo futuro.

Por José Arregui
Publicado por MOCEOP

Moltmann escribe: “Quien cree en el Evangelio experimenta las fuerzas del mundo futuro e ingresa en la primavera de la nueva creación. Dios va a crear de nuevo todas las cosas. Por consiguiente, aprovechad estas posibilidades. Ya están aquí. En ti y a tu lado. La paz es posible. La justicia es posible. La liberación es posible. Dios ha hecho posible lo imposible. Estamos invitados a aprovechar nuestras posibilidades para la vida. Participad en la renovación de la sociedad y de la naturaleza”


Esto escribía Moltmann ya hace unos cuantos años y podríamos continuar diciendo: parti-cipad en la renovación de la Iglesia, de las comunidades eclesiales, más allá de nuestras pequeñas o grandes querellas. Tenemos una palabra que decir. Mucho más aún, tenemos un Evangelio que vivir y humildemente proponerlo y humildemente, y con gratitud, recibirlo, y humildemente también, ofrecerlo.

El Evangelio es Buena Noticia. Algo Nuevo y Bueno. Algo nuevo que hace bien. Algo nuevo, que nos puede mantener sedientos y esperanzados de justicia y belleza como dice Eduardo Galeano. Algo nuevo que hace bien, algo desconocido que consuela.

Voy a ir destacando algunos ecos fundamentales de esa Buena Noticia en boca de Jesús. Son rumores callados de la vida discreta y poderosa, del futuro oculto pero imposible de detener. Son cosas que las hemos oído y leído una y mil veces, que yo simplemente repito. Son propuestas del Evangelio, Buenas Noticias. 1.- APRENDER A SER BUENOS Y FELICES

Es el primer mandamiento de Dios, “aprende a ser bueno y feliz”. Tal vez es el único mandamiento de Dios. Y si me tuviera que quedar con una única palabra del Evangelio, dejando todas las demás, me quedaría con esta: BIENAVENTURADOS. Con esta palabra, inauguró y en esta palabra resumió Jesús, todo su mensaje.

Un día, le ardía dentro la llama de los profetas, de todos los profetas y decidido, subió al monte, como Moisés en otro tiempo, pero no cargado con dos pesadas losas de piedra para grabar allí diez mandamientos, sino cargado con el aire del Espíritu, empujado por el aire alegre y transformador del Espíritu y proclamó a los cuatro vientos, ocho alegres edictos: “dichosos, dichosas vosotras”.

Anunció la bienaventuranza a los pobres, los enfermos, los perseguidos, todos los desdi-chados. Bienaventuradas vosotras, no porque seáis pobres, sino porque vais a dejar de serlo. Bienaventurados vosotros, no porque lloréis sino porque os llega la dicha en vez del llanto. Bienaventuradas vosotras, no porque seáis perseguidas, sino porque os llega la dicha, porque está cerca vuestra liberación. Dios os librará. Liberaos de la miseria los unos a los otros, para que Dios os libere. Sed felices para que también Dios sea feliz. Es tiempo para ser felices.

Así habló Jesús en lo alto del monte, y en esa palabra, “bienaventuradas, bienaventurados” resumió cuanto tenía que decir. ¿Qué son los cuatro evangelios y todo el Nuevo Testamento sino un eco prolongado de esa palabra? ¿Sabéis cuantas veces aparece en el Nuevo Testamento la palabra “Bienaventurado”? 50 veces. Debiera hacernos pensar qué es lo más importante para Jesús, qué es lo esencial para Dios, qué es lo esencial del cristianismo, qué debiera ser lo principal para la Iglesia.

La felicidad nos hará buenos. Casi infaliblemente, la felicidad hace buenos… la auténtica felicidad, la profunda felicidad. La felicidad integral, casi automáticamente hace buena a la persona. No te harán buena las leyes de piedra, ni las doctrinas aprendidas y repetidas, creídas…. la felicidad, nada más te hará bueno, te hará buena. La felicidad te hará humilde y mansa, misericordioso y pacífico.

La felicidad, hará de ti, consoladora de quien llora y te dará verdadera hambre y sed de justicia. Cuanto más feliz seas, más humilde serás. Cuanto más feliz, más misericordioso. Cuanto más feliz, más dador de felicidad. Y aún cuando llegue la tribulación y la persecución (y es seguro que llegará) la felicidad hará que te mantengas sana y en pie, firme en la bondad a pesar de todo.

Sí, pero ¿qué es lo que nos hace y nos hará felices? ¿qué es lo que nos hace buenos? ¿qué es lo que nos hace felices?

Es la misma pregunta y la misma lógica. Y también eso nos lo enseñan las bienaventu-ranzas del monte. La humildad te hará buena, no la grandeza, no la arrogancia, no el saber, no el tener, no el poder. La misericordia con los que lloran te hará feliz, no la indiferencia, no la severidad. El deseo de paz te hará feliz, no el odio, no la fuerza, no la violencia. Las dos cosas juntas, en las bienaventuranzas de Jesús.

La dicha nos hará buenos y la bondad nos hará dichosos. En vano, te empeñarás en ser buena sin ser feliz y también en ser feliz sin ser buena. En vano nos empeñaremos en ser buenos a fuerza de leyes, a fuerza de leyes morales y de dogmas religiosos e igualmente, en ser felices, a fuerza de grandes títulos de poder, de saber, de tener.

El Evangelio de Jesús nos propone como primera propuesta de nuestra crisis, de nuestro invierno social y eclesial, esta promesa y también esta tarea, pero tarea consoladora y liberadora. Si somos felices, seremos buenos, si somos buenos, seremos felices. No está dicho cómo…. intentemos buscar el cómo.

2.- RESISTIR E IMAGINAR

En La Buena Noticia de Jesús, no faltan dichos que suenan a “mala noticia”: “He venido a traer fuego a la tierra, y cómo me gustaría que ya estuviese ardiendo” y también: “de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos y dos contra tres, el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la suegra y la suegra contra la nuera”. Y también “No penséis que he venido a traer paz a la tierra, no he venido a traer paz sino espada”.

Quizás nos cueste imaginar a Jesús hablando de este modo, pues bien, es seguro que Jesús, también habló así, no nos quepa la menor duda. Otras muchas palabras que los evangelios atribuyen a Jesús, sabéis que Jesús no las dijo nunca, pero estas que acabo de mencionar, las dijo ciertamente. Así lo sostienen prácticamente todos los investigadores del Jesús histórico.

En el evangelio apócrifo más antiguo, llamado el evangelio de Tomás, Jesús habla en términos muy similares, dice: “he arrojado fuego sobre la tierra y lo mantendré hasta que arda” y u poco más adelante dice Jesús: “el que está cerca de mí, está cerca del fuego”. Jesús era bondadoso, claro que sí… pero Jesús era también apasionado. Jesús era tier-no, quién puede dudarlo… pero también era subversivo. Jesús era poeta, pero era también un gran profeta. Tanto como poeta bondadoso y tierno, Jesús fue un profeta apasionado y subversivo.

Anunció una auténtica revolución de valores e hizo un llamamiento a trasponer y a invertir… a subvertir, la realidad de su época: La miseria, pobreza de los campesinos y de los pescadores, campesinas y pescadoras, a subvertir e invertir el orden religioso con toda su dureza y severidad, su rigidez… a invertir el orden imperial con sus edictos, sus leyes, sus intereses, su enorme poder de destruir y aplastar … a invertir también la familia patriarcal de la época y los rangos y los paradigmas del honor y de los valores.

Jesús, ciertamente, anunció una auténtica revolución y la promovió. Estaba convencido de que al igual que los antiguos profetas, debía prender fuego a la sociedad, a la economía, a la religión de su tiempo… y prendió fuego, y ese fuego, le quemó. Rompió con la familia, subvirtió todas las convenciones sociales, transgredió las sagradas leyes de la religión, denunció todos los poderes sociales, se enfrentó a todos los poderes religiosos. Trajo fuego y ese fuego, provocó otro fuego que le abrasó a él mismo. El fuego del poder, del dinero, del imperio, de la religión, abrasó a Jesús, pero el ascua de Jesús no se apagó.

Nosotros somos un humilde indicio de esa ascua, de ese fuego, que en Jesús fue grande y que en nosotros es tal vez una llamita a penas, pero que sigue… debemos prolongarla.

¿Y hoy qué? Difícilmente, puedo imaginar a Jesús en esta sociedad como ciudadano dócil, como siervo sumiso. Seguro que volvería a arriesgarse con pasión por otra realidad hecha de justicia y de belleza. Seguro que también prendería fuego si volviera, seguro que provocaría conflictos en nuestra sociedad, no digamos en nuestra iglesia.

Seguro que algunos lo tacharían de idealista iluso, otros, de provocador insolente, otros, de peligroso hereje y seguro que el miedo al fuego de Jesús, volvería a encender también hoy una llama, tal vez una hoguera, que también hoy, acabaría por abrasarle más pronto que tarde.

Pero estemos seguros de que el fuego de Jesús no quiere destruir y consumir a nadie, sino transformar a todas con su luz y su calor. El fuego de la Buena Noticia quiere alumbrar lo oscuro, curar lo enfermo. Dios es Buena Noticia para todos y nos quiere a todas, a todos como comensales en el banquete de sus bodas, sin excluir a nadie, sin perdedores. Quiere que todos seamos comensales, comenzando por los últimos, las últimas, los perdedores de la sociedad y de todas las religiones. De modo que también, subvertid y resistid e imaginad…

3.- CURAR HERIDAS Tan sencillo como eso: curar heridas. Jesús fue sanador. Si queréis fue fisioterapeuta o psicoterapeuta o si queréis, curandero. Sus curaciones fueron calificadas, por unos, como milagros, por otros, como magia. Si queréis, llamad a sus curaciones, transmisión de energía positiva. No eran milagros en el sentido de rupturas de las leyes naturales. Esos milagros no existen. Pero la curación sí existe. Podemos curar. La cosa es que Jesús curaba.

Los espíritus atormentados se acercaban a él y se sentían consolados. Los cuerpos afectados por males que siempre eran y siguen siendo físicos y psíquicos a la vez, se sentían aliviados. Jesús curaba tocando y contando. Acercándose, contando y tocando. Lo dice en una de sus maravillosas pequeñas parábolas, Eduardo Galeano acerca de uno de sus personajes.

De Jesús, podemos decir, que efectivamente curaba tocando, acercándose y contando sus maravillosas parábolas: Parábolas sanadoras. Jesús curaba acercándose a los proscritos y pronunciándoles palabras llenas de calor y de belleza: Palabras liberadoras. Jesús curaba con su mirada, con su palabra, con su acogida cordial. Jesús curaba infundiendo ánimo, devolviendo la confianza, transmitiendo paz, restaurando la autoestima de las despreciadas por los demás y por sí mismas.

Pues eso es. Ser cristiano, no consiste en creer unos dogmas, ni creer que Dios existe ni tampoco en cumplir de manera intachable los diez mandamientos, del primero al último. Ser cristiano es “seguir a Jesús”. Y seguir a Jesús es, fundamentalmente, curar como el buen samaritano de la parábola de Jesús, parábola provocadora donde las haya.

Curar al enfermo y amar a Dios, no son cosas distintas. No son dos cosas diferentes curar con compasión, atender con cuidado al herido del camino y amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas. Porque ¿qué otra cosa es el Dios de Jesús sino la infinita compasión con todos los seres heridos? ¿y para qué es la iglesia sino para ser imagen… sacramento de esa compasión cercana y sanadora de Dios? La Iglesia no está puesta para construir iglesias, menos, para tenerlas en propiedad manteniéndolas con dineros públicos.

Tampoco está para dar gloria a Dios en la Liturgia (sí, es muy buena, la Liturgia, la belleza, lo necesitamos profundamente y hay que cuidarla). La gloria de Dios es que los seres humanos y todos los seres, vivan sanos y felices. Las bellas celebraciones litúrgicas, son valiosas en la medida en que curan la vida de sus muchas heridas y pueden curar…en la medida en que ayudan a Dios a levantar a las caídas, a curar a todos los malheridos y pueden ayudar y de hecho ayudan (no siempre) Así es como daremos gloria a Dios. Así es como haremos feliz a Dios. Porque Dios no posee otro bien que el bienestar de sus criaturas ni otra dicha que la dicha de todos los seres.

4.- IR MÁS ALLÁ DEL CASTIGO Y DEL PERDÓN La lógica y la primacía de la curación, Jesús la aplica también a esa dimensión fundamen-tal de la vida, que las religiones y en especial el cristianismo, han gestionado en clave de culpa y de perdón. ¿Fue esa realmente la clave de Jesús? Ciertamente no. Jesús no se movió en el registro de la culpa ni del perdón. Estuvo más allá de ese registro, y me parece que la ruptura de estas categorías y de ese registro del castigo y del perdón es fundamental para renovar la sociedad, la Iglesia, los sacramentos y nuestras relaciones.

Una vez que pasaba por allí, Jesús vio a Mateo sentado en la mesa de los impuestos y le dijo “ven con nosotros”. Mateo era recaudador de impuestos para la odiada Roma. Era recaudador y por tanto, ladrón de oficio, pero Jesús lo llama, “Mateo, ven con nosotros”. Mateo no se lo puede creer…”¿yo?…¿de veras yo? ¿acaso no pretendes formar un nuevo movimiento de liberación de los judíos? ¿qué hago yo entre vosotros? ¿para qué me quieres a mí? Yo no soy más que un pobre ladrón, los ciudadanos de a pie y tus propios discípulos me miran con desprecio”. “Es igual”, le dice Jesús… “ven con nosotros también tú. Tenemos un bello sueño para soñar juntos, tenemos que soñar…soñar juntos y juntos hacer realidad la verdadera liberación de nuestro pueblo y de todos los pueblos”.

Mateo se siente como si se le hubiera caído un gran peso de los hombros y como si le hubieran salido alas. Deja allí la mesa de los impuestos y lleno de consuelo, se va a soñar con Jesús. Y la felicidad le ensancha el corazón… el corazón y la bolsa… y la mesa. Y ofrece en su casa una cena abierta a todo el que quiera. Allí no hay etiquetas, no hay prohibiciones, no hay condiciones.

Allí se reúne la gente habituada a encontrarse con puertas cerradas. Allí se reúnen las humilladas prostitutas, los odiados recaudadores, los despreciados pecadores que no cumplen las normas religiosas como se debe. Nadie se mira allí a sí mismo como mejor que los demás, ni tampoco como peor. Inmediatamen-te, se ponen a murmurar los justos que creen serlo: “Pero ¿qué pasa con estos? Justos y pecadores mezclados en la misma mesa”….

Arden de ira los escribas y las autoridades religiosas. “Esto es intolerable, este Nazareno traspasa todos los límites de la ley. El que comparte la mesa con pecadores se vuelve pecador y la ley de Dios, lo dice bien claro, el pecador es pecador y el justo es justo, el inocente es inocente y el culpable es culpable… y al culpable le quedan dos opciones: el arrepentimiento y el perdón o el castigo”.

Tal vez el discurso de los maestros de la religión y de los justos es el discurso del moralista resentido, es la lógica de la religión sin consuelo. ¿y qué dice Jesús? No necesita de grandes discursos sino que les responde con una simple frase: “No necesitan de médico los sanos sino los enfermos”. Lo sabemos todos. O tal vez no sabemos tanto.

Los maestros de la ley y los fariseos, hablan de pecado. Jesús habla de sanos y enfer-mos, habla de médicos. Es otra religión, a pesar de que Jesús nunca pretendió fundar ninguna religión. La mayoría de nosotros tenemos pegada hasta la médula y el tuétano el discurso de la ley y del pecado. Nos dijeron, y repetimos: “el pecado es culpa y la culpa merece castigo o requiere al menos de unas condiciones para ser perdonado”. Y entonces inventamos el temor de Dios y pusimos sacerdotes y confesiones para obtener el perdón de los pecados. No es esa la perspectiva de Jesús.

A Jesús no le importa quién es inocente y quién culpable, a Jesús no le importa el pecado sino la herida, la enfermedad. No le importa el perdón sino la salud. La cuestión no es quién es culpable sino quién está herido y como curarlo y cómo ser bienhechores y sanadores los unos de los otros. Estamos atrapados por la obsesión de la culpa y el castigo.

La perspectiva de Jesús es muy otra. Y a quienes murmuran les dice: “lo que necesita un enfermo no es un juez sino un médico, no es el castigo sino una medicina, un remedio”. Y a los que no tienen corazón para entenderlo les dice: “el que esté sin culpa, que tire la primera piedra”

Dejemos pues el registro de la culpa, del pecado, del castigo. Sentémonos a la mesa de Mateo y de Jesús, para curar heridas propias y ajenas, para comer y soñar juntos alegremente. Abramos el corazón al consuelo, la puerta, al prójimo. Cenemos juntos. Cavemos en las entrañas de las instituciones religiosas y de las instituciones políticas el principio consolador y revolucionario de Jesús: “prefiero la misericordia a la ley y al castigo”.

5.- LIBERAR MIEDOS Lo dice Jesús una y otra vez en el Evangelio: “no temas”… “no temáis”. Y eso es lo que también nosotros debiéramos escuchar y pregonar una y otra vez “no temas”. Tenemos demasiados miedos. Hay demasiado miedo en nuestro mundo y en esta sociedad nuestra. Tiene demasiado miedo la Iglesia.

Por supuesto el miedo, no es malo de por sí en su justa medida. El miedo nos ayuda a percibir los peligros. El miedo nos pone alerta para que seamos conscientes de los peligros y les hagamos frente. Tenemos miedo porque somos seres vivos y sensibles y necesitamos cuidarnos. El miedo es un sistema protector del ser viviente y mortal que somos. Si no hubiésemos tenido miedo desde que nacimos, hace mucho tiempo que hubiésemos muerto. Demos pues gracias por sentir también miedo.

Pero a menudo, demasiado a menudo, el propio miedo es el mayor peligro. El miedo nos lleva a menudo a vernos en peligro en todas partes y por todo y en todo momento. A menudo hace que se levanten ante nosotros negros fantasmas sin fundamento que nos empuja a levantar murallas protectoras, baluartes defensivos, a enterramos en nosotros mismos, a ver enemigas y enemigos por doquier, a defendernos a toda costa. El miedo aumenta enemigos y amenazas.

Y así nos va. De puro miedo, hemos construido sistemas de seguridad más seguros que nunca y vivimos en un mundo más inseguro que nunca. Cuanto más protegidos creemos estar, más vulnerables somos. No cabe duda, el propio miedo es el enemigo más terrible y temible del ser humano y de la sociedad. Si viviéramos más tranquilos, si confiáramos en nosotros mismos, y en los demás y si invirtiéramos en el diálogo y la justicia todo lo que invertimos en sistemas de seguridad, viviríamos en un mundo mucho más seguro.

También en la Iglesia de hoy el mayor peligro es el miedo. Si Jesús estuviera entre noso-tros, y lo está realmente, a nosotros, a cada uno nos diría al corazón, y realmente nos lo dice, al igual que a sus discípulos: “No temas. El Espíritu de Dios está construyendo un futuro nuevo y la vida que ahora está oculta, se manifestará, se desplegará. Llegará la primavera, y el verano…y el otoño. Llegará el fruto. No tengas miedo al futuro. No tengas miedo a la vida, no tengas miedo a la cultura moderna, ni a la cultura postmoderna.

No tengáis miedo ni siquiera a los poderes que castigan y persiguen y matan a los hombres y a las mujeres de bien. El Bien es más fuerte, poneos de su lado. El Espíritu es más fuerte y respira en vosotros. En todos los peligros, en todas las delimitaciones, también en todos los dolores…Dios está con vosotros, con voso-tras…no temáis”.

6.- DIOS ES SOLO GRACIA Dios ES. Dios es Gracia. Dios es SOLO Gracia. Eso es una gran Buena Noticia. Jesús no habló mucho acerca de Dios, nosotros hablamos demasiado. Jesús hablaba del Reino de Dios, no tanto que Dios existe y que se ha de creer, ni tampoco qué es Dios, sino lo que Dios hace. Jesús hablaba de la presencia buena, bienhechora de Dios. Presente en todo, presente en todas partes. Dios está cerca y es sólo bondad. ES. Dios no es mala noticia, tampoco es noticia buena y mala a la vez.

Francisco de Asís le llamaba “Solo Bien, Sumo Bien, Total Bien”. Dios es solo bondad y sólo buena noticia para todos. El miedo de Dios o de las divinidades es tan viejo como la religión. Pero aquellos a los que el miedo acercó a Dios, el miedo los aparta de él tarde o temprano.

Y sin duda, más vale alejarse del Dios que provoca miedo, entre otras cosas, porque no es Dios. ¿Pero qué pasa entonces con la Biblia llena de temores de Dios? encontramos en ella infinidad de afirmaciones sobre terribles venganzas y castigos de Dios. En la Biblia encontramos de todo, tanto en el Antiguo como también en el Nuevo Testamento. Los textos nos hablan sin cesar del castigo de Dios.

¿Por qué? Simplemen-te, porque los escribieron seres humanos, y los seres humanos no pueden hablar de Dios sino a partir de la experiencia humana…y la ira, la venganza, el castigo, son experiencias humanas o si se quiere, anti-humanas. Son las experiencias humanas más sombrías. Pero esas experiencias no son experiencia de Dios. Porque en Dios no pueden existir. En Dios no existen la ira, la venganza, el castigo…ni siquiera el perdón, porque el perdón está asociado a la ofensa y en Dios no existe el sentimiento de ofensa.

Todo eso no es Dios. Todo eso es un negro fantasma creado por nuestros miedos huma-nos, nada más. Miremos a Jesús. Una vez fue a la sinagoga de Nazaret y leyó una profecía de Isaías, pero intencionadamente, eliminó del oráculo, la mención del castigo de Dios y les dijo: “Dios, creedme, amigas, amigos, Dios es pura gracia, es pura ternura, es pura bondad, es toda la bondad junta.”

Desde el comienzo del mundo y de las religiones, llevamos prendida en el alma el oscuro temor, el pernicioso temor que ha engendrado tantas imágenes perversas de Dios. El temor malo que nos lleva a la envidia y al odio. El temible temor que nos lleva a hacernos daño a nosotros mismos y al prójimo. Jesús nos cura del miedo y a medida que nos cura, nos hace mejores.

Todos los miedos y castigos del mundo, no poseen el poder que posee una palabra dulce para hacer bien y hacernos buenos. El miedo puede lograr en nosotros muchas cosas buenas pero el miedo no puede hacernos ni buenos ni felices. Y todas las cosas buenas que hacemos, serán inseguras mientras no lleguemos a ser buenos y felices por dentro.

Dios es eso. Es el poder de la bondad para hacer feliz. Es el poder de la felicidad para hacer bueno, buena. Eso es Dios. Esa es la “magia” de Dios. Dios tiene la “maravillosa magia” de hacernos buenos y felices con la sola bondad. Nosotros no poseemos esa “magia”. Consumimos enormes cantidades de energía en el empeño estéril de hacerle a alguien bueno amenazándole o haciéndole daño.

Es un empeño inútil. La cárcel no hace bueno a nadie, el castigo no hace a nadie más humano. Puede impedir que alguien cometa un crimen, pero a nadie le hace bueno. La bondad y la bienaventuranza, no el miedo ni el castigo, podrán lograr que seamos buenos de raíz. Lo somos ya, pero la bondad está oculta y necesita desplegarse como una flor en la primavera.

Así lo creyó Jesús y así lo proclamó en la sinagoga de Nazaret. Anunció el año de Gracia de Dios, el año que nace y dura eternamente. La eternidad de la Gracia que Dios es. La bondad sin medida que curará todas las heridas y hará buenos a todos los malhechores. En la sinagoga de Nazaret, Jesús borró el castigo de la imagen de Dios y dejó solamente la Gracia. La Gracia universalmente transformadora, la bondad todopoderosa que anuncia la Buena Noticia a los pobres, la vista a los ciegos y la amnistía a todos los encarcelados.

7,. TRASCENDER TODO CONFESIONALISMO Y toda frontera, y todo celo del bien ajeno. La fama de sanador de Jesús se extendió rápi-damente y a más de uno le dio por imitar a Jesús e intentaron expulsar demonios o malos espíritus, es decir, desatar los oscuros y enredados nudos del alma y el cuerpo que amarran a los pobres seres humanos en sus cuerpos y almas.

En una ocasión, algunos discípulos de Jesús se encontraron con uno de esos aprendices sanadores imitadores de Jesús y sintieron celos. Y Juan Zebedeo le dijo a Jesús: “Este no es de los nuestros, no tiene derecho a utilizar tu nombre para expulsar demonios”… Así son nuestros pobres celos, nuestras pobres envidias.

Es triste que nos duela el bien ajeno. Es un auténtico mal de nuestros ojos, que no seamos capaces de ver y agradecer y gozarnos en el bien ajeno. Y también existen celos colectivos, y las palabras de Juan el Zebedeo nos revelan esa clase de celo colectivo “Este no es de los nuestros. No tiene derecho a servirse de tu nombre como talismán para curar a nadie. No es de los nuestros y no debiera poseer el poder de liberar a nadie.

Tú nos lo has otorgado solamente a nosotros”. Esa desgraciada frontera entre nosotros y ellos… Frontera que aparece en todos los grupos. Mientras más cerrado sea, más crece y se levantan las fronteras. Miremos a los partidos políticos: “nosotros lo hacemos todo bien…solamente nosotros”

El celo colectivo se vuelve aún más peligroso cuando se justifica en nombre de Dios, de la religión, del Evangelio. Y eso es lo que hace Juan, por muy apóstol que sea… o tal vez porque lo es. “Prohíbele curar.. porque no es de los nuestros”. Nosotros, contra los otros. Nosotros tenemos la verdad, los otros están en el error. A nosotros nos lo ha revelado Dios, a los otros no, al menos no tanto como a nosotros. A nosotros nos a elegido Dios, a los otros no… no al menos en la misma medida que a nosotros.

En los discursos de ciertos hombres de Iglesia, se escucha a menudo por ejemplo “es posible que alguien que cree en Dios sea bueno, pero si no cree en Dios, al final se encontrará sin ninguna razón para ser bueno y tarde o temprano, fácilmente dejará de hacer el bien.

La ética sin la religión no tiene fundamento y una ética sin fundamento, pronto se va a degenerar. Si este mundo nuestro de hoy está tan degenerado es porque se ha alejado de la religión. Sólo la religión puede salvar a la ética, al humanismo y el futuro del mundo. Sólo nosotros lo podemos salvar. Nosotros somos la verdadera religión, la verdadera ética, el verdadero futuro”.

Así hablamos a menudo. Pero creo que el Evangelio rompe todos esos esquemas y fron-teras. Los que tienen Dios y los que no lo tienen, los creyentes y los increyentes. Y creo que el mundo de hoy, supuestamente increyente, no es peor que el mundo de ayer, supuestamente creyente. Creo que a lo largo de la historia las mayores barbaries se han cometido en nombre de Dios y de la Fe. Creo que son los países y los gobiernos que se llaman cristianos los que han arrastrado a este mundo a esta situación insostenible en que nos hallamos.

Creo que hace 50 años, nuestra sociedad se volvió increyente a pesar de haber estudiado toda ella religión en la escuela o quizás, precisamente por haberla estudiado. Y creo que también hoy nos diría Jesús, “No se lo impidáis. No le impidáis a nadie el sagrado derecho, la divina y la santa facultad de ser bueno y de hacer el bien. No obliguéis a nadie a utilizar el nombre de Dios a la manera vuestra. No prohibáis a nadie utilizarlo de manera diferente a la vuestra.

Alegraos del bien que hacen los otros aunque no sean de los vuestros. Y sabedlo: Dios no está presente cuando pronunciáis su nombre sino cuando os curéis y curéis a los demás. Donde está la bondad, allí está Dios, con cualquier nombre y también sin nombre alguno”.

8.- INVENTAR UN NUEVO LENGUAJE Inventar un nuevo lenguaje. O una nueva teología. Difícilmente podemos anunciar la Bue-na Nueva con lenguajes trasnochados y resulta que nuestro lenguaje está muy trasnochado. Nuestras imágenes de Dios, nuestras oraciones, nuestros dogmas, toda nuestra teología se nos ha quedado terriblemente trasnochada. No digo que lo de antes fuera malo sino simplemente que hoy ya no vale.

Puede valer para muchos, yo creo que para la masa de la sociedad ya no vale. Y no digo que nosotros somos los primeros creyentes modernos pero si no actualizamos nuestro lenguaje y nuestras instituciones, nadie nos va a entender y no será Buena Noticia para nadie. ¿Para quién hablamos entonces? Tampoco digo que la nueva teología vaya a ser para siempre ¿cómo podría serlo? Sino que los creyentes del futuro, tendrán su propia tarea, nosotros tenemos la nuestra.

Jesús no fue un repetidor sino un innovador decidido. “Está escrito esto o lo demás allá”… les decía a sus perplejos oyentes… “pero yo os digo esto otro” “Hasta ahora habéis oído esto o lo de más allá, pero yo os digo esto otro”. “Vienen tiempos nuevos”, les decía Jesús. “Ya ha llegado el nuevo tiempo de Dios”.

El buen maestro muestra precisamente su pericia cuando sabe sacar lo nuevo del arca vieja. Renovemos el corazón, renovemos la palabra, renovemos el mundo. Estamos inmersos en un profundo cambio cultural. Como alguien ha escrito, no vivimos en una época de cambios sino en un cambio de época.

Manuel Guerra Campos, hermano del famoso obispo Guerra Campos, médico en un li-bro que se llama “Confesiones de un creyente no crédulo” hace ya bastantes años, escribió: “La Iglesia está enferma. No me refiero a los pequeños o grandes achaques que con frecuencia se le atribuyen: que si es autoritaria, que si es rica, que si está siempre al lado de los poderosos, que si los curas debieran casarse, que si la mujeres debiera poder ser sacerdote, etc..… no… la Iglesia se quedó dormida en la historia.

Empeñada en encerrar la Fe en fórmulas que fueron válidas para otros tiempos, intenta que los hombres y mujeres de hoy, comulguen con verdaderas ruedas de molino”. Dice también: “llevamos 500 años pataleando para que nada cambie”. Y da un consejo a los obispos… dice: “que tomen el libro en el que de forma vinculante fundamentan sus trabajos, el catecismo de la Iglesia católica, que le den un respetuoso beso y lo encierren en el sagrario de una capilla abandonada, después que tiren la llave.

A continuación, sin tiempo para arrepentirse, que hagan ejercicios espirituales en alguno de los muchos monasterios que conocen y traten de formular la Buena Noticia con palabras y con textos adecuados a la cultura en que vivimos”.

Marcel Legaut ha escrito a su vez: “en estos tiempos en que el universo mental de los hombres, al menos en occidente, ha cambiado más, en estos últimos decenios que a lo largo de los milenios ancestrales, el edificio doctrinal en el que antaño los cristianos vivieron seguros y con evidencia protegiéndose de la realidad a la que entonces sólo sabían cantar y soñar, se encuentra sacudido como nunca”

Monseñor Albert Rouet (obispo de Poitiers) declaró recientemente: “La Iglesia tiene difi-cultades para situarse en el agitado mundo de hoy. Y ese es el corazón del problema. Me preocupan dos cosas de la situación actual de la Iglesia. Se da hoy en ella una congelación de la palabra. Por tanto, cualquier cuestionamiento de la exégesis o de la moral se juzga blasfemo.

El cuestionar es algo que ya no se produce automáticamente y es una pena. Al mismo tiempo, en la Iglesia reina una atmósfera de suspicacia malsana. La institución se enfrenta al centralismo romano que se apoya sobre toda una red de denuncias. Ciertas corrientes pasan el tiempo denunciando las posiciones de tal o cual obispo, haciendo informes contra uno, guardando fichas contra otro. Y esto se intensifica con Internet.

Por otro lado, veo una evolución de la Iglesia paralela a la de nuestra sociedad. La sociedad quiere más seguridad, más leyes; la Iglesia, más identidad, más decretos, más reglamentos. Nos protegemos, nos encerramos. Es la señal misma de un mundo cerrado, ¡y es un desastre!”

Voy a poner dos ejemplos, ya para terminar, de este lenguaje trasnochado. Imaginemos que una persona educada lejos de nuestras instituciones religiosas llega un día a una misa nuestra por mera curiosidad ¿qué pensaría? Me lo pregunto a menudo ¿qué pensaría al escuchar lo que escucha en la misa?

Por ejemplo, no cesamos de reconocernos pecadores y de pedir perdón, como si nos halláramos ante un Señor supremo, omnipotente y severo, y como si dudáramos de que nos vaya a perdonar…. No es eso, no puede ser eso. Dios nunca nos mira como culpables sino que nos mira lleno de compasión cómo sufrimos y cómo nos hacemos daño. Dios no tiene nada que perdonarnos, como dijo aquella bendita mujer del siglo XIV: Juliana de Norwich.

No tiene nada que perdonarte, Dios es la pura compasión y te protege con sus ojos de ternura y sólo una cosa quiere de ti como Jesús de Zaqueo: “No te quedes ahí arriba tan lejos” te dice, “no te quedes en el castillo de tus heridas y tus cadenas, baja, ábreme tu casa, invítame a tu mesa y disfrutaremos juntos”.

Otro ejemplo, nos pasamos la misa pidiendo: Pidiendo misericordia, pidiendo perdón, pi-diendo salud, pidiendo pan, pidiendo paz, pidiendo por unos y por otros, y pidiendo y rogando que nos escuche. ¿qué pensaría alguien que viniera de fuera y nos escuchara? ¿es que Dios necesita que le pidamos? ¿es que son nuestras peticiones las que le hacen dar algo que de por sí no estaría dispuesto a dar? ¿es que Dios será un Señor caprichoso que concede lo que quiere sólo cuando quiere y sólo a quien quiere? ¿para qué pedir entonces?

Deberíamos pedir en caso de hacerlo, solamente para tomar conciencia de nuestra necesidad, o mejor dicho para expresar nuestra confianza o mejor dicho para aprender a recibir o mejor dicho aún, para hacernos dadores a nosotros mismos y a los demás, de todo aquello que pedimos a Dios. Dadores. Para eso hemos de pedir a Dios, si hemos de pedir aún: para tomar conciencia de nuestra necesidad, y para expresar nuestra confianza y para aprender a acoger lo que Dios nos está dando sin cesar y al fin y al cabo para ser dadores de Dios… para ser Dios.

Y a decir verdad, creo que hay mucha magia y torpeza en nuestras oraciones, y creo que si Jesús nos enseñara hoy, nos enseñaría a orar sin pedir nada. Creo que nos enseñaría a manifestar ante Dios nuestras necesidades y limitaciones y a mostrar nuestra confianza sin límites y a acoger lo que Dios no cesa de darnos y a ser fuente de todos los dones de Dios y a ser fuente de Dios mismo.

Creo que Jesús nos enseñaría a llorar y a bailar y a celebrar la vida ante Dios y a desahogar nuestro corazón ante Dios y a dejar nuestra vida en sus manos, como dice el salmo: “Dios te guarda a su sombra, está a tu derecha, el sol no te hará daño, ni la luna de noche” Y si el sol te hace daño de día y también la luna de noche, Dios estará junto a ti, padeciendo contigo y dándote la mano. Creo que Jesús nos enseñaría esto. Al final, creo que jesús nos enseñaría a ser para nosotros y para el mundo, paz y consuelo de Dios. A ser para nosotros mismos y para el prójimo, dadores de Dios y a ser Dios mismo y ayudar a Dios a SER.

RUEGOS Y PREGUNTAS * Una mujer expone que se muestra sorprendida ante el comentario acerca de la oración de petición y recalca que el mismo Jesús, oraba y pedía en muchos momentos al Padre y en concreto, recuerda que en Getsemaní pedía al Padre con angustia que apartase de El ese cáliz. Le chocaba por ello el comentario porque para ella la oración de petición forma parte de la vida: pedir por los hijos, por los amigos, por la familia… Respuesta de José: Lo he apuntado como pregunta…. Tampoco he negado que tenga sentido la oración de petición, sino dicho “si hemos de pedir aún”…tengo muchas dudas pero no paso de la duda.

Si hemos de pedir, hemos de pedir de esta manera y para esto. No para cambiar a Dios sino en todo caso para cambiarnos a nosotros mismos. Y para transformarnos nosotros mismos en dadores de lo que Dios nos da e incluso en dadores de Dios y sacramento de Dios los unos para los otros.

Evidentemente Jesús pedía a Dios y enseñó oraciones de petición (el Padre Nuestro, todo él es oración de petición) ¿sin más vale como argumento el que Jesús nos haya enseñado una determinada forma de orar para decir, esta forma de orar ha de durar durante miles y millones de años? No necesariamente.

Jesús, porque precisamente le confesamos como encarnación de Dios es también de alguna forma limitación cultural de Dios y a nosotros nos toca liberar a Jesús de las limitaciones culturales que pudo tener y recuperar y expresar a nuestra manera sus intuiciones profundas que son de alguna manera transtemporales. ¿Cuál es la intuición profunda de Jesús a propósito de la petición?

No el pedir sino más bien la confianza….. la confianza… y de tener algún sentido la oración de petición…porque ya hay muchos y muchas creyentes que ya no oran pidiendo nada a Dios, que ya no piden nada a Dios, que reciben, que acogen a Dios y que quieren darlo y que quieren ser sacramento de Dios y de todo lo que Dios hace como presencia bienhechora en el corazón de la realidad y de todos los seres.

De modo que la intuición profunda de Jesús puede que fuera por ahí y que la forma concreta de oración, y la imagen concreta de Dios que muestra en sus parábolas o en sus oraciones, pueda ser también cultural. Es una pregunta que vale para la oración de petición y que vale para todos los demás campos.

* Otra mujer expone la inquietud de no poder participar espontáneamente en las eucaristías y tomar la palabra para compartir lo que siente. Se pregunta por qué el pueblo no puede tomar la palabra en algún momento de la eucaristía para compartir un sentimiento con el resto de los feligreses.

Respuesta de José: Bueno… pues efectivamente… ¿por qué no? Pero como todo, pues…habría que mirarlo en concreto y en el momento si conviene o no, simplemente….no se puede decir en abstracto sí o no. Yo comprendo que si en misa estamos 200 personas o aunque estemos 50, si cada uno levanta la mano cuando quiere, pues aquello puede ser también, todo menos una liturgia que nos pacifique y transforme.

Sin embargo si estamos 20 ó 50 ó 200 y quedamos de acuerdo que cada uno tome la palabra cuando se sienta motivado o inspira-do…pues muy bien…. Quiero decir que depende de cómo se constituya la comunidad y la celebración…

Yo creo que en nuestra liturgia, son muy hieráticas, son muy secas, son muy ritualistas seguramente, …ojalá hubiese muchísimo más de espontaneidad y naturalidad, junto con una cierta sobriedad y mesura que creo que también forma parte de la belleza de todo rito…o de la belleza sin más… y la liturgia ha de ser también belleza para que cale, toque el alma y nos transforme… no sé… dentro de esa mesura y de un consenso caben diversas posibilidades….

Lo que parece inimaginable es que así de manera desordenada, en las misas actuales, como son, el que quiera pueda intervenir sin preguntarse si a la vecina o al vecino le gusta o no…. En fin… es complejo… yo hago mía la preocupación que expresas y ….me parece que hacia ahí hay mucho que caminar pero que tendría que ser con un cierto grado de consenso pero además cuidando, repito, la mesura y la sobriedad de la belleza litúrgica.

* Un hombre señala que como “franciscano sin hábito” que es José, según se define en uno de sus artículos recientes, ha echado en falta la referencia a la naturaleza y a la interreligiosidad que tantas veces ha mostrado en sus escritos.

Respuesta de José: Sí…estoy de acuerdo. Es verdad que no he tocado expresamente como propuesta la de la convivencia respetuosa, fraterna, ecológica… y es muy importante, es verdad… Sobre las religiones, he hecho referencias, sí… me refería a ello con lo de superar todo confesionalismo y las fronteras .… pero la primera dimensión quizás si faltaba más… sí.

* Otro hombre expone así un tema que le preocupa: “No tengo ninguna añoranza de una institución que no libera, pero sé que necesitamos un mínimo de estructura para llevar adelante el proyecto cristiano.

Cuando yo nací, mi madre ya con la teta me hablaba de lo religioso y yo veo que en mi propia experiencia, muchas de las cosas buenas que hay en mi persona se han hecho dentro de la comunidad eclesial: he aprendido a hacer análisis de la realidad, a hacer seguimiento de Jesús a hacer discernimiento… y bueno… pues.… puede pasarles a muchos de aquí… hemos intentado educar a nuestros hijos para la Fe y cada uno ha ido por su cami-no…pero yo miro a mi alrededor, entre mis amigos y creo que no parece que vayan a seguir ese camino.. y hay muchas razones para que no lo sigan, quizás por nuestro propio testimonio, aunque a veces, creo que parece que valoran cómo vivimos.

Y veo a nuestros nietos y queremos ser muy respetuosos con nuestros hijos pero creo que hay que despertar el sentimiento religioso, hay que hacer algo… porque hubo un tiempo en que nos pasamos de no tener en cuenta este aspecto del sentimiento religioso….yo tengo serias dudas de si tengo que hablarle a mi nieto de Dios o de lo religioso porque el panorama que veo a mi alrededor es tan triste, es tan terrible….

Estoy planteando el tema de la transmisión de nuestra experiencia religiosa. Esta cuestión sé que es muy densa, muy profunda pero a mí me hace pensar mucho. No tengo añoranza de la institución que hay, pero veo que sin un mínimo de estructura no encontraremos camino. Jesús no quiso fundar nada pero dijo haced esto en memoria mía, reuníos….mmm… yo… por lo único que siento que la Iglesia se desmorone es porque a muchos de los que estamos aquí, la Iglesia nos ha acogido… y ahora no veo eso y creo que las pequeñas comunidades resistentes, no sé si sabemos hacer eso… es un desahogo al par que una pregunta.

Respuesta de José: Yo no tendría sino que hacer mía y corroborar esa sensación y ese desahogo tuyo. Es el gran dolor que arrastra, no la estructura o institución eclesial, sino los mejores elementos de la Iglesia de hoy, que lo han dado todo, han hecho grandes esfuerzos para hacer lo mejor que podían y sin embargo, se han visto sin fruto ninguno y crece el desierto y esa sensación es muy dolorosa, comenzando desde la propia familia, como dices. Creo que es bueno reconocerlo y desahogarlo puede aliviar el dolor.

No tengo ninguna solución a lo que planteas pero me gustaría apuntar que nos está tocando una época de transición cultural que lleva consigo una gran metamorfosis religiosa (en estos términos habla desde hace tiempo Juan Martín Velasco) . Metamorfosis que hace que muchísimas de las estructuras, categorías, paradigmas que han sostenido, han soportado la llamita de la Fe, a veces la hoguera, ya no sirva… y nos quedamos muy a la intemperie con la sensación de que detrás de nosotros, es el vacío y nos quedamos con la gran tentación por parte de quienes ostentan la responsabilidad y el poder de la Iglesia, de recuperar las mediacio-nes del pasado.

Yo creo también que esta solución no es adecuada en los tiempos que corren. Creo que hay que tener en cuenta que estamos en una época de transición cultural como he dicho antes … no sólo una época de cambio sino un cambio de época (como dice Gabriel Amengual) que es mucho más radical, un cambio como el que hace 10000 años se dio el paso de la cultura de cazadores a la cultura agraria o hace dos siglos y medio a la cultura industrial y el comercio a nivel planetario y el cambio cultural actual de la postmodernidad y la era de la información, paradigmas, cosmovisiones y maneras de sentirnos y relacionarnos tan diferentes que eso conlleva y en las que nos encontramos perdidos y eso necesariamente está requiriendo unas transformaciones institucionales, lingüísticas y teológicas para las que sencillamente….

No estamos preparados y es más …pues a lo mejor todo el esfuerzo del concilio y del postconcilio nos ha pillado a todos, con la mejor voluntad pero con el pie cambiado… porque el concilio y el mejor esfuerzo de reforma del cristianismo y de la Iglesia en el postconcilio se dedicó más que nada a asimilar dentro de la teología y de las instituciones eclesiales las intuiciones de la modernidad y cuando todavía no habíamos llegado a ello, ha llegado aún un nuevo cambio epocal y eso nos hace estar más perplejos.

Yo soy consciente en mi vida… como la mayoría de vosotros… he vivido hasta los 10 en el caserío o los 20 años incluso ya fuera del caserío… he vivido una cultura agraria y eso no tiene nada de negativo… y a los 20 años empecé a abrirme …pero a la post- modernidad me he asomado, no a los 20 sino a los 40… y ahora tengo 57 años y he vivido tres cambios culturales….

Y es el caso de la mayoría de los que estamos aquí…algo de eso está pasando y el cambio se acelera tanto y son tan profundas las transformaciones que hay que tenerlo en cuenta a la hora de valorar ese fracaso, que lo es…y doloroso… en la transmisión de la Fe.

Y haría una reflexión más esperanzadora: creo que en esta sociedad nuestra occidental, europea, que de alguna forma es sorda e insensible a todo el cristianismo tradicional y a todas las formas eclesiales, al mismo tiempo, en toda esa masa que antes llamábamos de indiferentes o de agnósticos, hay una sed creciente y cada vez más manifiesta de espiritualidad, como de respiro, de oxígeno, y de sabiduría de la vida y de relaciones más armónicas y fraternas, por ejemplo…todo el mundo de la ecología…es una espiritualidad, no es una religión configurada pero es una auténtica espiritualidad, y en las escuelas no se enseña la religión católica, pero se enseña a mirar una flor, a respetarla , a amar la tierra, a sentirnos tierra…y eso es muy espiritual… y en las escuelas cada vez más se siente la necesidad de enseñar el valor del silencio, de enseñar a callar, de enseñar a escuchar en medio del silencio… creo que eso también es un aprendizaje….

Pero también creo que es verdad que necesitaría unas formas, unas estructuras mínimas de soporte y como dices tú… sin añorar formas pasadas, deberíamos estar atentos a lo que se hace fuera de nuestras fronteras y tal vez, ayudar a que tome forma esa intuición, esa espiritualidad, esa sed religiosa en sentido amplio aunque no sea como adhesión a una institución religiosa….

Eso existe y se está manifestando con una fuerza especial. Estos últimos años me he relacionado con escritores y gente de la cultura alejada de la iglesia desde los 15 y 20 años y mucha gente está volviendo a sentir la necesidad de espirituali-dad. No quieren volver a lo que dejaron pero sí sienten hambre y sed de espíritu, de espirituali-dad, de otra sabiduría vital. Alguien manifiesta que el Concilio Vaticano II parecía un soplo de aire fresco y se cerraron las ventanas. Pregunta qué sería necesario para hacer por ejemplo un nuevo Concilio…

Respuesta de José: Un nuevo concilio en las condiciones actuales, sería un desastre. Habría que consensuar el sistema antes de ir y otras muchas cosas. El concilio intuyó la necesidad de un cambio un “ajornamiento” pero al mismo tiempo, el postconcilio coincidió con el vaciamiento de las iglesias y el fracaso de la transmisión de la fe… ¿el culpable o el responsable fue el concilio? ¿o el esfuerzo de renovación? No….

Lo fue ese cambio epocal tan fuertemente manifestado en nuestro occidente europeo y a la vez, hubo un sector de la Iglesia que tomó las riendas con Juan Pablo II y con el cardenal Ratzinger al frente de la Sagrada Congregación por la Doctrina de la Fe que hizo el diagnóstico de que todos los males se debían al concilio y han puesto en marcha un proyecto muy estudiado y coordinado y con su propio análisis sociológico, propio pero sólido, en el que su diagnóstico es que el postconcilio puso en tela de juicio dogmas, diluyó fronteras, relativizó la identidad y dijeron…hay que volver a la identidad fuerte, a las verdades de siempre y las estructuras sempiternas y en eso están … y su cálculo es que va a tener futuro y es un cálculo que se sustenta en el neoliberalismo americano como modelo social, político y económico de futuro pero yo creo y pienso que lo pensamos todos, que ese modelo y ese proyecto eclesial, que es muy palpable en el entorno inmediato, no puede tener futuro… nos está conduciendo no sólo a ser un fenómeno socialmente marginal de creyentes en la sociedad… sino que va, si sigue así, además de ser una minoría… va camino, la institución eclesial, de convertirse en un fenómeno de gueto o de secta.

ENLACES DE INTERÉS:

Libro de Manuel Guerra Campos: “Confesiones de un creyente no crédulo”: http://www.comunidadescristianasdebase-murcia.com/documentos/la_confesion_de_un_creyente_no_credulo.pdf

Entrevista completa a Monseñor Albert Rouet, obispo de Poitiers: http://www.redescristianas.net/2010/05/07/entrevista-a-monsenor-rouet-arzobispo-de-poitiers-la-iglesia-corre-el-riesgo-de-convertirse-en-una-subcultura/ TEXTOS A LOS QUE LOS MIEMBROS DEL FORO HICIERON REFERENCIA, SEGÚN SUS PROPIAS PALABRAS “A MODO DE PEQUEÑO HOMENAJE” EN LA PRESENTACIÓN DE JOSÉ ARREGUI ANTES DEL INICIO DE LA CHARLA: Eduardo Galeano, dijo hace poco en la recepción de un premio en Suecia: Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano.

Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que violan nuestra conciencia o humillan nuestro sentido común. Ojalá podamos ser tan confiados para seguir creyendo contra toda evidencia que la con-dición humana, vale la pena. Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del bien.

Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporá-neo, de todo aquel que vive animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma. Karl Ranner “Elementos de espiritualidad en la iglesia del futuro”

Forma parte de la espiritualidad actual del cristiano, el coraje de decidir personalmente en contra de la opinión pública. Aquel coraje singular que es análogo al de los mártires del siglo primero del cristianismo. Este coraje singular puede subsistir sin embargo, sólo cuando se vive de una experiencia personal de Dios y de su Espíritu.

Ya se ha dicho, que el cristiano del futuro, o será un místico, o no será. Antes, la Iglesia, nos sostenía. No tenía ninguna necesidad de que la sostuviéramos nosotros. Pero hoy las cosas son muy diferentes. La Iglesia misma, hoy, más que sostener la dimensión de Fe del individuo, es sostenida, por ella.

Puede suceder también que la Iglesia se convierta en un peso opresivo para la espiritualidad del individuo por su doctrinalismo, su legalismo y su ritualismo. Realidades con las que no puede tener ninguna relación positiva una espiritualidad auténtica. Pero también en el futuro, la eclesialidad, será un criterio irrenunciable y necesario de la auténtica espiritualidad.

La paciencia con la Iglesia en su figura de sierva, es también para el futuro, un camino indispensable para llegar a la libertad de Dios. Ya que, en donde no se recorre este camino, sólo se llegaría finalmente a la arbitrariedad de las opciones personales y de una existencia, egoístamente prisionera del propio yo.

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Preguntas



No sé muy bien de dónde ni por qué, pero en algún momento de la comida de Año Nuevo salió el tema del Vaticano y de los obispos, de eso que indebidamente se llama “la iglesia”. Yo estaba sentado frente a tres de nuestros 20 sobrinos, tan distintos de nosotros y entre sí, todos ellos encantadores: Josu, Mikel y Xabier. Tienen, los tres, entre 18 y 28 años.
Quise provocarles un poco, a ver hasta dónde llegábamos. Y no se me ocurrió otra cosa que lanzarles una pregunta tan extravagante como el último desatino de algún obispo que seguramente estaba en el origen de aquella conversación: “¿Se os ha ocurrido alguna vez ser curas, o frailes, ir al seminario?”.

El más tímido de los tres sonrió amablemente, el más desenvuelto hizo algún aspaviento, el más divertido soltó una carcajada. “¿Tan disparatado os parece? –insistí–. Pues poned las condiciones que pudieran hacer el oficio de cura algo interesante para vosotros. Tú, por ejemplo, Xabier, si te dejaran seguir y vivir con tu novia, podrías ser un buen cura para los jóvenes de Azpeitia. ¿No?” (Xabier es un chico juicioso, responsable, y muy agradable). Arrugando la frente y levantando las cejas, como suele, respondió con su habitual franqueza: “Puff…, la verdad, no me parece una vida muy divertida”.

No era la vocación clerical de mis sobrinos lo que me interesaba, y avancé un poco: “Bueno, pero la religión… ¿no creéis nada de la religión?”. Josu, el más joven de los tres, con su carita de bueno, alegre y espabilado como es, se apresuró a responder: “Yo no, nada”. Pero, a su lado, Mikel intervino con su característica ponderación y calma: “Depende”. “¿Cómo que depende?”, le repuse. Mikel parece muy tímido, pero no lo es tanto, y el primer día de este año descubrí lo inteligente y agudo que es, además de muy modesto, y lo muchísimo que sabe de todas las ciencias. “Depende –se explicó– de lo que entiendas por religión”. “¡Oh, qué interesante! –dije yo–. De modo que ‘religión’ puede significar más de una cosa… Explícate un poco”. Mikel siguió: “Pues, por ejemplo, yo no creo que haya un dios ahí arriba, y que creó el mundo, y todas esas cosas que dicen…”.

Ya nos habíamos lanzado y podíamos seguir, como sobre una barquichuela en alta mar, o sin barquichuela. Dije a Mikel: “Seguramente tienes razón, seguramente no existe por ahí un dios como dices, que haya creado el mundo así, de repente y desde fuera. Pero todo lo que existe, existe por algo, ¿no? ¿Y por qué existe este mundo tan maravilloso? ¿Cómo, por qué, por quién?”. “Dicen –respondió Mikel– que el universo nació del vacío cuántico. Es una ecuación matemática que se puede explicar”. Me dejó aturdido.

“Sí, algo me suena… –repuse–. Pero bueno, de la nada no puede salir nada, ¿verdad?”. Mikel asintió. Y proseguí: “Y ese vacío cuántico no pudo ser una pura nada, ¿verdad?”. “No, por supuesto, el vacío no significa que no haya nada –concedió Mikel sin perder su tímida y decidida parsimonia–. En ese vacío habría algo, pero ese algo también sería algún tipo de materia. Todo lo que hay es materia. También en nosotros es así. Todos los átomos de nuestro cuerpo (hidrógeno, carbono, oxígeno, silicio…) se formaron en las reacciones que se dieron dentro de las estrellas. Venimos de ahí. Somos eso. También nuestras neuronas, son eso: materia. Y algún día, observando el cerebro de alguien, seremos capaces de saber lo que está pensando o sintiendo”.

“Me parece muy posible –dije yo–. Nada es sin eso que llamamos ‘materia’, aunque no sabemos muy bien qué es la materia. No sabemos ni si está compuesta de partículas o de ondas. Por supuesto, el pensamiento y el sentimiento son gracias a la materia, emergen de ella, pero ¿te parece que la emoción que sientes tú al escuchar una música maravillosa o al ver la sonrisa de tu novia no es más que tus neuronas? De la materia surge la vida, pero ¿la vida no es algo ‘más’ que los átomos? ¿La belleza no es algo más que su soporte físico? Tus ‘ideas’ y tus emociones brotan de la materia, de las neuronas, de sus complejas conexiones, pero ¿no son algo ‘más’ que neuronas físicas?”. “Pues sí…”, asintió Mikel con aire reflexivo. Yo seguí: “¿Pero qué es, entonces, esa materia de la que puede surgir la forma, la vida, la belleza, el pensamiento, la ternura?”. Mikel, primero, calló. Luego encogió los hombros y dijo muy serenamente: “Pues no sé”.

Yo tampoco, Mikel. Nadie lo sabe. Pero es maravilloso, ¡a que sí! Tal vez eso tenga que ver con lo que llamamos “Dios”. “Dios”, tal vez, tenga que ver con ese misterio del ser, con esa matriz o materia, con el Origen eterno o el Todo insondable, y tal vez sea como un océano inmenso que nos alberga o un inmenso corazón que late dentro de cada corazón y de cada átomo. Para mí, la religión es fundamentalmente reconocer el misterio de la realidad con gratitud y respeto, vivir en confianza y respeto, llenarlo todo de bondad y de respeto.

Llegados a ese punto de silencio, me atreví a plantear otra pregunta, una pregunta que a todos nos duele: “Y la muerte… ¿qué será? ¿Qué creéis que pasará después de esta vida?”. Josu, que seguía atento, hizo en silencio un movimiento horizontal con sus manos, como diciendo: “Se acabó, todo se acabó”. Su rostro no había perdido vivacidad, pero sus ojos reflejaban una pena profunda. Era el primer Año Nuevo que celebrábamos sin ella, la añorada madre, la querida abuela.

Yo, compartiendo su zozobra, pregunté todavía: “¿Nada? ¿Pero existe la nada? ¿Conoces algo que se convierta en nada? La flor que se muere ¿se convierte en nada? La música bella que tú tocas en la banda, cuando dejas de tocarla, ¿se convierte en nada? Tu querida abuela, ahora, ¿es nada?”. De nuevo intervino Mikel con toda su calma: “Los que se mueren no se convierten en nada, se transforman en otras cosas, pero dejan de ser lo que eran. Al disolverse el soporte material, se disuelve y desaparece la forma, la persona”.

A mí tampoco me quedaban ya argumentos, sino solo preguntas, y alguna imagen, frágil como la memoria: “¿Será tan seguro, Mikel, que desaparece del todo la forma, o la persona, o la abuela, cuando se disuelve el soporte material o el ‘cuerpo’? Tú eres ingeniero en informática: ¿En qué se convierte una bella canción que acabas de escuchar o la fresca risa de tu novia que acabas de mirar en el ordenador cuando lo apagas? Ahí está en la memoria, en esos circuitos eléctricos que parecen tan fríos. ¿Y si hubiera una inmensa memoria cósmica y cálida como un gran corazón que guarda vivas todas las formas, todas las canciones, todas las risas, a todas las abuelas? Y ¿si Dios fuera esa inmensa memoria, ese inmenso corazón, donde el pasado y el futuro son el mismo presente?”.

¿Y si la religión no fuera dar respuestas, sino mantener siempre abiertas todas las preguntas con reverencia, compasión y confianza?

José Arregi

Para orar

AGUSTINIANO

«Ámame más, Señor, para quererte».
Búscame más, para mejor hallarte.
Desasosiégame, por no buscarte.
Desasosiégame, por retenerte.
Pódame más, para más florecerte.
Desnúdame, para no disfrazarte.
Enséñame a acoger, para esperarte.
Mírame en todos, para en todos verte.
¡Por los que no han sabido sospecharte,
por los que tienen miedo de encontrarte,
por los que piensan que ya te han perdido,
por todos los que esperas en la muerte,
quiero cantarte, Amor, agradecido,
porque siempre acabamos por vencerte!

(Pedro Casaláliga)

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miércoles, 1 de febrero de 2012

¿Rezar por la unidad de los cristianos?



Del 18 al 25 de enero, desde hace varias décadas, muchos cristianos –católicos más que nada– celebran la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Fue una iniciativa privada que Roma hizo suya y promovió poco después del Concilio Vaticano II, en el año 1968. Primero se rezaba por los cismáticos, luego por los “hermanos separados”. Muchos rezan hoy simplemente para que todos los cristianos recuperen la unidad perdida.

Conozco de cerca el espíritu de tolerancia y la bondad de corazón con que muchas católicas y católicos rezan por la unidad. Admiro su actitud, pero no comparto su perspectiva. Rezan a Dios como se pide un favor a un amigo o a un jefe, pero en ese “dios” no se puede creer. Y rezan por la unidad de los cristianos, como otros (ilustres obispos inclusive) rezan por la unidad de la Patria, pero en esa unidad tampoco se puede creer.

¿Qué queda entonces? Quedan la buena voluntad y el fervor de la oración, y no es poco. Pero la buena voluntad no basta, y el fervor puede servir también para lo peor, y entonces se llama fanatismo. Debe desaparecer esa imagen de un “dios” soberano a quien nuestra oración tal vez logrará cambiar o conmover. Debe desaparecer esa dejación de la propia responsabilidad en manos de una voluntad divina voluble y arbitraria. Y debe desaparecer, en la cuestión que nos ocupa, esa idea de unidad de los cristianos concebida como unidad de la patria o del partido. Habría que sustituir esta semana por otra: por ejemplo, por una “Semana del pluralismo cristiano y de todas las iglesias”. Por una semana dedicada a conocer, respetar y estimar mejor a las otras iglesias y a tantas y tantos cristianos, cada vez más numerosos, que siguen a Jesús fuera de todo aparato de toda iglesia.

¿O piensa alguien que a Jesús se le pasó por la cabeza alguna vez que debía haber “un solo rebaño y un solo pastor”, por mucho que el evangelista Juan ponga esas palabras en su boca? Jesús nunca se propuso formar ni una ni muchas iglesias. Simplemente quiso anunciar y adelantar un tiempo nuevo, que trastocaba el mundo en todos los órdenes: que los últimos sea los primeros, que los ricos compartan sus bienes, que los pobres dejen de serlo, que todos los afligidos sean consolados. Jesús no quiso más iglesia ni religión que ésa. Todas las creencias y normas, todas las iglesias, vinieron luego, y solo podrán curar y liberar si son tolerantes y plurales.

¿Piensa alguien que entre los primeros cristianos –que al principio ni siquiera se llamaban así– había menos diferencias que las que pueda haber hoy entre las diferentes iglesias o, dentro de la propia iglesia católica, entre el Opus y las comunidades de base? Consta que, en las primeras décadas después de la muerte de Jesús, entendían esta muerte de maneras muy distintas; muchos no la entendían como muerte expiatoria, y nadie les condenaba por ello, aunque es seguro que hoy serían condenados. Y consta que hubo fuertes tensiones entre quienes hacían vida de carismáticos itinerante, al estilo de Jesús, y las comunidades establecidas, más o menos organizadas. Comparad el Evangelio de Juan con el Evangelio de Marcos: si suprimís de esos evangelios los nombres propios “Jesús de Nazaret” o “María de Magdala”, y se los dais a leer a alguien que no los conoce, lo más probable es que no piense que narran la misma historia. Pero no, no suprimáis, por favor, los nombres “Jesús de Nazaret” y “María de Magdala”. Dejadlos como están, con todas sus diferencias.

¿Piensa alguien que había menos diferencias teológicas y disciplinares entre Santiago y Pablo, o entre Pablo y Pedro, o entre Juan y Pedro, o entre Pedro y María de Magdala y sus respectivas iglesias (sí, también hubo iglesias de María de Magdala, aunque no las dejaron seguir) que, por ejemplo, entre una iglesia bautista y la Iglesia católica romana de hoy? Algunos cristianos se sentirían confundidos y muchos aliviados, si conocieran cuán distintas y divergentes maneras coexistieron, en los orígenes del cristianismo, de mirar a Jesús, de comprender su “divinidad”, de organizar la comunidad, de celebrar la “eucaristía”, de acoger el perdón. O si supieran que al principio no había sacerdotes, ni sacramentos administrados únicamente por el clero, aunque no por eso dejaban de celebrar la vida. Todo eso es hoy muy conocido, y debieran saberlo todos aquellos que añoran y predican la unidad de un estrecho redil rodeado de muros.

Esa unidad no es posible, y además es indeseable. El Misterio Viviente de la Vida nos ha hecho diferentes. No hay dos pájaros, ni dos árboles, ni dos hojas iguales. Ni dos nubes, ni dos gotas de agua. Ni dos estrellas en el cielo, ni dos granitos de arena en la tierra. Y pienso que ni dos átomos de oxígeno son exactamente idénticos. ¿Cómo quieren encerrar en una forma única el Espíritu que sopla donde quiere y da respiro a todos los vivientes? ¿Acaso no conocen ni admiran la inagotable profusión de la vida siempre nueva, siempre distinta, siempre otra? Cuidemos la santa ecología de la Vida.

El libro del Génesis nos relata de forma genial el mito de Babel. Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara hasta el cielo, para conquistar a Dios. Y la lengua única era su fuerza de conquista. Pero se equivocaban de Dios, pues Dios no mora en lo alto, sino en lo más bajo, y se derrama como agua, y no necesita ser conquistado. Y acabaron confundidos por su lengua única, por su voluntad de conquista. En los Hechos de los Apóstoles, por el contrario, se nos cuenta el mito del anti-Babel. Todos hablaban lenguas distintas, pero todos se entendían porque nadie quería imponer su lengua a los demás. Eso es Pentecostés.

Todas las religiones, iglesias y corrientes son como lenguas distintas. El Espíritu habla en todas, pero ninguna lo puede atrapar. Y todas se entienden solamente cuando ninguna quiere excluir a las demás. Todas las lenguas quieren decir lo mismo: el mundo, la vida, el misterio. Pero ninguna en particular ni todas juntas lo dicen del todo. Cuantas más lenguas digan el Misterio, mejor lo conoceremos como Indecible. Y, llenos de respeto, nos reconoceremos los unos a los otros como testigos y sacramentos del Inefable. Cuanto más nos empeñemos en sustituir las diversas lenguas por un esperanto o en imponer a todos la lengua del imperio, tanto más confundidos y perdidos acabaremos, como en Babel, como en un salón cerrado de espejos, sin misterio ni amistad.
Cuidemos la ecología del Espíritu, la ecología de las lenguas, de las religiones y de las iglesias en su santa diversidad. No estaremos más unidos cuanto más iguales seamos, sino cuanto más nos respetemos y dialoguemos siendo diferentes. Para estar unidos, los cristianos no necesitamos ser más iguales de lo que ya somos, sino que nos toleremos los unos a los otros y nos preguntemos: ¿cómo podremos practicar mejor hoy, con todas nuestras diferencias, la única religión de Jesús?

José Arregi


Para orar

Una ciudad para todos.
LEVANTAREMOS.
Un gran techo común.
LA CIUDAD.
Una mesa redonda como el mundo.
LEVANTAREMOS.
Un pan de multitud.
Un lenguaje de corazón abierto.
Una esperanza:

VEN, SEÑOR JESÚS.
NO RECHAZAREMOS LA PIEDRA ANGULAR.
SOBRE EL CIMIENTO DE TU CUERPO
LEVANTAREMOS LA CIUDAD

Suben los pueblos del mundo.
LEVANTAREMOS.
Suben a la ciudad.
LA CIUDAD.
Los que hablaban en lenguas diferentes. LEVANTAREMOS.
Pregonan la unidad.
Nadie grita. ¿Quién eres y de dónde?
Todos se llaman
HIJOS DE LA PAZ

(Tomado de Feadulta.com)

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martes, 24 de enero de 2012

El año de la fe



Quiero saludar este año, el 2012 de nuestro calendario solar gregoriano, cuya primera luna ya ha menguado. Ponga cada uno la cifra que corresponda en su propio calendario, sea lunar o solilunar, judío o musulmán, chino o hindú, inca o maya. Y haya empezado ya o esté aún por empezar, que nunca se sabe. Quiero saludarlo desde mi fe.

Este año, la ONU lo ha declarado Año Internacional de la Energía Sostenible para Todos y también Año Internacional del Cooperativismo. ¡Ojalá sea ambas cosas, que son la misma! Y no pase en este 2012 lo que en el 2011, que fue declarado por la misma ONU Año Internacional de los Bosques, pero siguieron cayendo los bosques y siguió faltándonos el aire, y acabó el año con una ley propuesta por el gobierno brasileño que, en caso de aprobarse, hará que se reduzca más aun la selva del Amazonas, pulmón principal de la tierra y de la vida que respira.

Todos los vivientes respiran el mismo oxígeno, les mueve la misma energía, forman juntos el mismo cuerpo vivo y cooperante. El planeta entero es, sin saberlo, un organismo viviente en cooperación. Nosotros, los humanos, que nos gloriamos de saberlo, somos en este momento la gran amenaza de ese cuerpo viviente y único.

¿Seremos precisamente nosotros quienes rompamos ese misterioso tejido cooperativo de la vida? Traicionaríamos a nuestra conciencia y a toda la Tierra.
Mi fe dice: “Traicionaríamos a Dios”.

Sí, sé que abuso de esta palabra sagrada: “Dios”, que tanto utilizamos en vano, que tan en vano utilizamos. Pero es mi manera de decir el Misterio supremo y más íntimo. Es mi fe.

¿Qué es la fe? Es mirar la Realidad como bella, agradecerla como buena, compadecerla como sufriente, escucharla como llamada, confesarla como promesa, acogerla como gracia. Traicionando la vida, traicionamos a Dios, pues “Dios” es esa chispa, ese calor, esa pasión, ese espíritu, esa voluntad que habita en todo, también en aquello que llamamos materia inerte.

“Dios” es la llama que late en el color y el sonido, la melodía y la danza. “Dios” es la energía que sostiene y anima todo: el átomo y el árbol, la palabra y la mirada. “Dios” es el corazón de cuanto es, hecho de cooperación y cuidado, de respeto y libertad. “Dios” es la fe del creyente. “Dios” es también su empeño, incluso su lucha. El empeño del creyente brota del consuelo, su lucha emana de la paz.

El papa Benedicto XVI ha anunciado justamente que este año, allá por octubre, se abrirá en la Iglesia el “Año de la fe”. Me gusta este nombre: “Año Internacional de la Fe”. Sí, pero que sea una fe que abra, no una fe que cierre. Que sea para abrir fronteras y puertas, para abrir los corazones a la confianza que transforma, para sostener juntos la energía de la vida, para cooperar en la lucha de la paz verdadera.

Todo depende, una vez más, de lo que el papa entienda cuando dice “fe”. Visto lo visto, y leída su declaración, me temo que quiera abrir el Año de la Fe para seguir cerrando puertas y erigiendo fronteras. Ya no sería el año de la fe. ¡Qué pena!

La cosa es que, en el Motu Propio que anuncia el Año de la Fe, Benedicto XVI afirma que quiere “dar un renovado impulso a la misión de la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el que se encuentran con frecuencia”. Es decir, el desierto son los otros. En el desierto vagan sedientos todos los que no están en la Iglesia, incluidos los católicos que no se someten a la jerarquía vaticana, y han de ser tomados paternalmente de la mano y reconducidos al único redil donde hay vida y verdad.

Como si la Iglesia no caminara en el desierto con todos los demás. Como si ella no necesitara dejarse tomar de la mano por los “otros” y dejarse reconducir humildemente a las aguas que no le pertenecen. Como si ella, la Iglesia, y de modo particular la jerarquía, no fuera responsable del inmenso desierto, sin bosques verdes ni aguas frescas, que se extiende dentro y fuera de ella.

Como si su primera misión no fuera dejarse evangelizar por los hombres y las mujeres de hoy y buscar junto con ellos verdor y frescura, espíritu de vida, Energía sostenible para todos.

Esa es la visión, bastante maniquea, del mundo y de la Iglesia que tiene este papa desde mucho antes de ser papa. En su homilía del pasado día 6, fiesta de la Epifanía, fiesta de la luz universal, volvió a la carga. “El mundo –dijo–, con todos sus recursos, no es capaz de dar a la humanidad la luz para orientar sus caminos. Lo comprobamos también en nuestros días: la civilización occidental parece haber perdido la orientación, navega sin rumbo. Pero la Iglesia, gracias a la Palabra de Dios, ve a través de estas nieblas”.

Está claro: fuera de la Iglesia reinan las tinieblas. Los mayores males del mundo son la increencia, el relativismo y el pluralismo religioso. Por eso el mundo naufraga, va a la deriva. Y solo la Iglesia, es decir, solo aquellos que creen lo que enseña la jerarquía –al fin y al cabo el papa–, conoce la luz y el rumbo seguro.

Eso no sería celebrar el Año de la Fe como Jesús lo haría. Una vez, en Nazaret, su pueblo, dijo en la Sinagoga: “He sido enviado a anunciar una buena noticia, a curar enfermos y liberar prisioneros. Queda abierto el Año de la gracia”. ¿Qué otra cosa sino eso puede ser el Año de la Fe para quienes se reclaman de Jesús de Nazaret?

La fe de Jesús no era creer en dogmas, que todavía no había. La fe de Jesús no era someterse a una jerarquía, que no solamente no existía aún, sino que él dijo alto y claro que nunca debía existir. La fe de Jesús era un sentimiento vital profundo de que Dios es eterna Ternura en acción, que la Gracia es la Realidad primera de todo cuanto es, que en todo momento somos amados tal como somos, que siempre puede haber consuelo y curación, y que nosotros, en Dios, podemos hacer que todo ese mundo nuevo sea ya en este mundo. Él lo hizo.

Eso mismo sería hoy el Año de la Fe que Jesús proclamaría: la fe inquebrantable de Dios en el mundo, y nuestra fe en nosotros mismos y nuestro futuro común, por quebradiza que sea. La Buena Noticia de que nada es fatídico: ni que los Derechos Humanos sean sustituidos por los derechos del mercado, ni que Europa sucumba a los dictados de la especulación, ni que los Bancos nombren a los ministros de economía y sigan prestando a los Estados al 6% el dinero que reciben de los Estados al 1%, ni que aumenten los pobres cuando crece la economía, ni que 30 millones de personas mueran de hambre al año mientras cada día se invierten 4.000 millones de dólares en armas y gastos militares, ni que mueran los bosques, ni que 20 toneladas de peces aparezcan muertos cualquier día como el pasado 3 de enero en una playa de Noruega o que miles de pájaros perezcan como perecieron en Arkansas (EEUU) el mismo día.

La Buena Noticia de que podemos construir granito a granito una auténtica democracia basada en la justicia fraterna y universal, desde la plaza de Tahrir hasta la Plaza del Sol y Wall Street.

Ese sería el Año de la fe de Jesús: el Año de la Gracia en acción.

José Arregi

Para orar

EN EXODO

La vida sobre ruedas o a caballo,
yendo y viniendo de misión cumplida,
árbol entre los árboles me callo
y oigo como se acerca Tú Venida.
Cuanto menos Te encuentro, más Te hallo,
libres los dos de nombre y de medida.
Dueño del miedo que Te doy vasallo,
vivo de la esperanza de Tú vida.
Al acecho del Reino diferente,
voy amando las cosas y la gente,
ciudadano de todo y extranjero.
Y me llama Tu paz como un abismo
mientras cruzo las sombras, guerrillero
del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo.

(Pedro Casaldáliga)

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miércoles, 11 de enero de 2012

El año que pasa



No hay seguramente nada –aparte del Misterio que es en todo lo que es– más difícil de entender que el tiempo. Nuestros ojos captan tres dimensiones (largura, anchura, profundidad) en una foto cualquiera, por plana que sea, ¡y ya es admirable ver tres dimensiones en dos! Pero ¿quién puede captar la cuarta dimensión, la del tiempo en el espacio? ¿Quién es capaz de dibujarlo, por artista que sea?
Siempre hemos sabido, mucho antes de Einstein, que, para un encarcelado, una hora de espera del vis à vis con su pareja es más larga que una hora de disfrute con ella, por mucho que ambas horas sean iguales en el reloj del funcionario. Ninguna fórmula matemática podría explicarnos por qué son tan diferentes las dos horas.

Últimamente, los físicos del mundo entero están expectantes por saber si, efectivamente, los neutrinos corren más que la luz, pues si fuera así se vendrían abajo todas las medidas del tiempo y del espacio, y también la teoría de Einstein; sería como decir que uno corre más que su propia sombra, o como imaginar (pero imagínelo quien pueda) que, corriendo más que la luz, podríamos retroceder en el tiempo, de modo que pudiéramos, por ejemplo, asistir desdoblados a nuestro propio nacimiento, o que pudiéramos incluso impedir nosotros mismos, por el medio que fuere, que nuestra pobre madre nos diera a luz, en el caso de que la vida nos fuera tan mal, cosa que a tantos sucede. Entendemos muy bien que uno prefiriera no haber nacido, pero ¿cómo entender que uno pudiera impedir su propio nacimiento? Y tantos enigmas que guarda el tiempo dentro de sí. ¿Será que algún día dejará de ser inexorable?

Razón tenía San Agustín (siglo V) cuando, al final de su vida y de todo su saber acumulado, dedicó un complicado capítulo de sus Confesiones a esta cuestión del tiempo, empezó el capítulo de esta manera: “Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Tal vez nos ocurre lo mismo con casi todo, no solo con el tiempo: sabemos lo que es la belleza y el amor, la vida y la muerte, la dicha y la desdicha, hasta que nos preguntan o nos preguntamos, y entonces dejamos de saber, cesa la palabra y nos dejamos llevar. ¡Bendita ignorancia!

Una cosa sabemos con nuestra ignorante certeza: que todo pasa, que todo fluye, como esta incesante lluvia que cae y que algún volverá a ser agua en las nubes o sangre en nuestras venas, y nunca acabará. Así corre y pasa todo y todo vuelve. Así pasa la vida, pasajera como todo y eterna como Dios. Sí, pasajera y eterna, como Dios. Pues eternidad no es la prolongación infinita del tiempo ni lo que había antes del tiempo ni lo que habrá después del tiempo; antes del mundo y del tiempo no había ni Dios, pues no puede existir ningún “antes” ni “después” del tiempo; “antes” y “después” del tiempo serían también tiempo.

Eterno es el corazón del tiempo, aunque no sabemos qué es. Eterno es el movimiento, la energía, la dynamis, el Espíritu. Eterna es la paz que irrumpe mansamente en medio de todos los torrentes y torbellinos, y de los terribles huracanes. Eterno es Dios en el corazón de todo lo que es, vive, fluye. Eterna belleza, humildad y ternura, entregadas al destino de nuestro pobre ser contingente y perenne.

Pasan los días y los años, vienen y van. Y ¿qué es un año? Sí, lo sabemos, es el tiempo que tarda esta Tierra que somos en girar alrededor del Sol: 365 días, como ya lo descubrieron hace cinco mil años los sabios egipcios, instruidos por iletrados labradores.

Ellos, al igual que nosotros, se sentían perdidizos en la inmensidad del espacio y del tiempo, necesitaban orientarse y midieron el tiempo mirando al Sol para orientarse en la Tierra, para saber cuándo cultivar y cuándo cosechar, cuándo trabajar y cuándo descansar, y cómo dar culto a los dioses, es decir, cómo agradecer y cuidar el misterio de la Vida tan fugaz y mortal y, sin embargo, eterna.

Luego midieron con más precisión, en honor de los bisiestos: la Tierra tarda en girar alrededor del Sol 365 días, 6 horas, 9 minutos, 9,76 segundos. Y en nuestros tiempos, más exactos y veloces que nunca, han medido también las centésimas y las milésimas de segundo, e incluso los microsegundos (millonésimas de segundo) y los nanosegundos (milmillonésimas de segundo) y los psicosegundos (billonésimas de segundos) y los femtosegundos (milbillonésimas de segundo), y hasta los attosegundos, que no se sabe ni cómo decir, pero baste decir que en un segundo hay tantos attosegundos como segundos han pasado desde el Big Bang de este universo, hace trece mil millones de años.

Es asombroso, pero uno se asusta de pensar que vayan a inventar relojes que cuenten el tiempo hasta esos extremos, y nos hagan vivir infinitamente más deprisa aún de lo que ya vivimos.

Pero todo eso no es más que el año solar. Otro es el año lunar, de aquellos que, como los musulmanes, miran más a la Luna que al Sol. Y muy distinto es el año galáctico que indica el tiempo que necesita el Sol en completar una órbita en torno al centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea: unos 220 millones de años. Y otro muy distinto es, en el hinduismo, el año de Brahma: unos 3.000 millones de nuestros años.

Y así sucesivamente, hasta perder la medida del tiempo inmensamente grande e inmensamente pequeño, en el que tocamos la misma eternidad. Lo único cierto es que el tiempo pasa, aunque no sepamos qué es. Dicen los sabios lingüistas –más sabias son las lenguas– que “año” viene, justamente, de la raíz indoeuropea at que significa “ir” o “período que se va” (al encontrarse con el sufijo -no se convierte en doble n: annus en latín, y de ahí “año”).

Así ha pasado este año, tan corto para algunos y tan largo para otros –¿quién les alargará a éstos una mano amiga para que el tiempo se les haga más corto?–. El año 2011 del calendario cristiano, gregoriano o de la “era común”; el año 4707-08 del calendario chino, el año 5771-72 del calendario hebreo, el año 1432-33 del calendario musulmán. Distintos años, el mismo pasar.

Déjalo pasar. No quieras retener el tiempo, ni quieras acelerarlo. No te aferres al pasado, ni te atormentes por nada de lo que pasó. Está en buenas manos. No lo olvides, no, pues el olvido conduce al destierro y el recuerdo acelera la liberación. No olvides el llanto de “Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, pues ya no viven”, como escribieron el profeta Jeremías (31,15) y el evangelio de Mateo (2,18).

No olvides el clamor que sube de Egipto y Siria, de Irak y Afganistán, el clamor de África, el clamor de los incontables que mueren de hambre. No olvides la causa que los mata, de la que formamos parte. No olvides la codicia insaciable de los ricos que nos ha traído a este tiempo de aprietos y angustias con todas las alarmas encendidas. Pero procura liberar la memoria del pasado, curarla de sus heridas, y cuidarla libre y sana para crear el futuro posible que nos merecemos.

No quieras forzar el futuro, que llegará a su tiempo. Y tampoco te aferres al presente, eterno en su fugacidad. Vívelo como mejor puedas. Vívelo en paz. Como la anciana profetisa Ana y el anciano profeta Simeón hicieron en otro tiempo, alza en tus brazos a Jesús con el nombre y la figura que tú quieras y exclama como ellos: “Mis ojos ven la luz. Ahora puedo morir, ahora puedo vivir, ahora es posible la liberación del mundo en este tiempo que pasa”.

José Arregi

Para orar

ORACIÓN POR LA PAZ

¡Qué oscuro te pones a veces, Señor!
¡Qué oscuro y qué difícil de ver!
El salmo dice que te rodeas de luz como de un manto.
Pero hoy te me rodeas de negrura y no te veo.

Las armas son oscuras, Señor.
Y quienes las fabrican son los árbitros del mundo.
¡Los jueces de la tierra vestidos de negro riguroso,
que no toleran que se les juzgue a ellos!

¡Cómo engordan sus economías los dueños del mundo!
Engordan como cebones, pero son monstruos insaciables,
con las manos manchadas de sangre
y miles de armas colgadas de sus vestidos.

¡Qué oscura es hoy mi oración, Señor,
cuando enarbolo la bandera blanca,
rodeado de niños mutilados y niñas violadas,
que gritan PAN y reciben disparos!

Pero alzaremos pesadamente la vista –arriba los corazones –
y nos reuniremos otra vez los curas y las comunidades,
para hablar inútilmente del último documento papal sobre la paz.
Y yo iré a la reunión tirándome de los pelos.
Y tú me dirás en la oscuridad: Vuestra inutilidad es útil ante mí
y vuestra impotencia es mi fuerza.

Y seguiremos creyendo en plena noche,
y luchando... como enanos contra gigantes.

(Patxi Loidi)

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