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domingo, 26 de mayo de 2013

LA TRINIDAD ES UNA ÚNICA REALIDAD


De Dios no sabemos ni podemos saber absolutamente nada. Ni falta que nos hace, porque tampoco necesitamos saber lo que es la vida fisiológica, para poder tener una salud de hierro. La necesidad de explicar a Dios es fruto del yo individual que se siente fortalecido cuando se contrapone a todo bicho viviente, incluido Dios.
Cuando el primer cristianismo se encontró de bruces con la filosofía griega, aquellos grandes pensadores hicieron un esfuerzo sobrehumano para "explicar" el evangelio desde aquella arrolladora filosofía. Seguro que ellos se quedaron tan anchos, pero el evangelio quedó hecho polvo.
El lenguaje teológico de los primeros concilios, hoy no lo entiende nadie. Los conceptos metafísicos de "sustancia", "naturaleza" "persona" etc. no dicen absolutamente nada al hombre de hoy. Es inútil seguir empleándolos para explicar lo que es Dios o cómo debemos entender el mensaje de Jesús. Tenemos que volver a la simplicidad del lenguaje evangélico y a utilizar la parábola, la alegoría, la comparación, el ejemplo sencillo, como hacía Jesús. Todos esos apuntes tienen que ir encaminados a la vivencia.



Pero además, lo que la teología nos ha dicho de Dios Trino, se ha dejado entender por la gente sencilla de manera descabellada. En el tema de la Trinidad, la distinción de las tres "personas", sólo se refiere a su relación interna (ab intra). Quiere decir que hay distinción entre ellas, solo cuando se relacionan entre sí. Cuando la relación es con la creación (ad extra), no hay distinción ninguna; actúan siempre como UNO. A nosotros solo llega la Trinidad, no cada una de las "personas" por separado. No estamos hablando de tres en uno sino de una única realidad que es relación.

Cuando se habla con mucho énfasis de la importancia que tiene la Trinidad en la vida espiritual de cada cristiano, se está dando una idea falsa de Dios. Lo único que nos proporciona la explicación trinitaria de Dios es una serie de imágenes útiles para nuestra imaginación, pero nunca debemos olvidar que son imágenes. Mi relación personal con Dios siempre será como única realidad.

Debemos superar la idea de que "crea" el Padre, "salva" el Hijo y "santifica" el Espíritu. Esta manera de hablar es metafórica. Todo en nosotros es obra del único Dios. ¿Qué sentido puede tener, dirigir las oraciones al Padre creyendo que es distinto del Hijo y del Espíritu?

Lo que experimentaron los primeros cristianos es que Dios podía ser a la vez y sin contradicción: Dios que está por encima de nosotros (Padre); Dios que se hace uno de nosotros (Hijo); Dios que se identifica con cada uno de nosotros (Espíritu).

Nos están hablando de un Dios que no se encierra en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Un Dios que está por encima de lo uno y de lo múltiple. El pueblo judío no era un pueblo filósofo, sino vitalista. Jesús nos enseñó que, para experimentar a Dios, el hombre tiene que aprender a mirar dentro de sí mismo (Espíritu), mirar a los demás (Hijo) y mirar a lo trascendente (Padre).

Lo más importante en esta fiesta que estamos celebrando, sería el purificar nuestra idea de Dios y ajustarla cada vez más a la idea que de Él quiso transmitirnos Jesús. Aquí sí que tenemos una amplia tarea por hacer.

Como buenos cartesianos, intentamos una y otra vez acercarnos a Dios por vía intelectual. Creer que podemos encerrar a Dios en conceptos, aunque sean los muy sublimes de la filosofía griega, es tan ridículo que no merece la pena gastar un minuto en demostrarlo. La realidad de Dios no podemos comprenderla, no porque sea complicada, sino porque es absolutamente simple, y nuestra manera de conocer es analizando y dividiendo la realidad.

Toda la teología que se elaboró para explicar la realidad de Dios es absurda, porque Dios ni se puede ex-plicar, ni com-plicar o im-plicar. Dios no tiene partes que podamos analizar por separado.

Entender a Dios como Padre, pero no como Madre, nos conduce por el camino del poder, de la omnipotencia y la capacidad absoluta de hacer lo que se le antoje. Todos los "poderosos de la tierra" han tenido mucho interés en desplegar esa idea de Dios. Según esa idea, lo mejor que puede hacer un ser humano es parecerse a Él, es decir intentar por todos los medios, ser más, ser grande, tener poder.

Pero ¿de qué sirve ese Dios a la inmensa mayoría de los mortales que se sienten insignificantes? ¿Cómo podemos proponerles que su objetivo es identificarse con ese Dios? Por fortuna Jesús nos dice todo lo contrario, y el AT también, porque su Dios, empieza por estar al lado, no del faraón, sino del pueblo esclavo.

Un Dios que premia y castiga, es verdaderamente útil para mantener a raya a todos los que no se quieren doblegar a las normas establecidas. Machacando a los que no se amoldan, estoy imitando a Dios que hace lo mismo. Cuando en nombre de Dios prometo el cielo (toda clase de bienes) estoy pensando en un dios que es amigo de los que le obedecen. Cuando amenazo con el infierno (toda clase de males) estoy pensando en un dios que, como haría cualquier mortal, se venga de los que no se someten.

Pensar que Dios utiliza con el ser humano el palo o la zanahoria como hacemos nosotros con los animales que queremos domesticar, es hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza y ponernos a nosotros mismos al nivel de los animales. Pero resulta que el evangelio dice todo lo contrario. Dios es amor incondicional y para todos. No nos ama porque seamos buenos sino porque Él es bueno. No nos ama cuando hacemos lo que Él quiere, sino siempre. Tampoco nos rechaza por muy malos que lleguemos a ser.

Un dios "que está en el cielo", puede hacer por nosotros algo de vez en cuando, si se lo pedimos con mucha insistencia o nos portamos bien y lo merecemos. Pero el resto del tiempo nos deja abandonados a nuestra suerte. Pero ese miedo a que nos abandone a nuestra suerte es muy útil para que los que actúan en su nombre nos obliguen a obedecer sus directrices.

El Dios del evangelio está en lo hondo de nuestro ser identificado con nosotros mismos. Amándonos antes que nosotros mismos y más que nosotros mismos. Ese Dios no admite intermediarios y no es útil para ningún poder o institución. Pero ese es el Dios de Jesús. Ese es el Dios que siendo Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad. Y aquí "Verdad", en contra de lo que se piensa, no es conocimiento, sino Vida. El Espíritu nos empuja a ser verdad, a ser auténticos.

Un Dios condicionado a lo que los seres humanos hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea de que Dios solo nos quiere cuando somos buenos, repetida durante tres mil años, ha sido de las más útiles a la hora de conseguir la docilidad del ser humano a intereses de jerifaltes o de grupos. Esta idea, radicalmente contraria al evangelio ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas. Sigue siendo la causa de las mayores ansiedades que no dejan a las personas ser ellas mismas.

Cada vez que predico que Dios es amor incondicional, viene alguien a recordarme: pero es también justicia. Y esa justicia quiere decir para ellos: ¿cómo puede querer Dios a ese desgraciado pecador igual que a mí, que cumplo todo lo que Él mandó?

Lo que acabamos de leer del evangelio de Juan, no hay que entenderlo como una profecía de Jesús antes de morir. Se trata de la experiencia de los cristianos que llevaban setenta años viviendo esa realidad del Espíritu en cada uno de ellos. Ellos sabían que gracias al Espíritu tienen la misma Vida de Jesús. Es el Espíritu el que haciéndoles vivir, les enseña lo que es la Vida. Esa Vida es la que desenmascara toda clase de muerte (injusticia, odio, opresión).

La experiencia pascual consistió en llegar a la misma vivencia interna de Dios que tuvo Jesús. Lo que intentó Jesús con su predicación y con su vida, fue hacer partícipes a sus seguidores de esa vivencia.



Meditación-contemplación

Hoy lo mejor será recordar unas estrofas de S. Juan de la Cruz:

Entreme donde no supe, / y quedeme no sabiendo, /
toda sciencia trascendiendo.

Yo no supe donde entraba, / pero cuando allí me vi, /
sin saber donde me estaba, / grandes cosas entendí; /
no diré lo que sentí, / que me quedé no sabiendo, /
toda sciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido, / tan absorto y agenado, /
que se quedó mi sentido / de todo sentir privado, /
y mi espíritu dotado / de un entender no entendiendo. /
toda sciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero / de sí mismo desfallece; /
cuanto sabía primero / Mucho bajo le parece, /
y su sciencia tanto crece, / que se queda no sabiendo, /
toda sciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo / es de tan alto poder, /
que los sabios arguyendo / jamás lo podrán vencer, /
que no llega su saber / ano entender entendiendo, /
toda sciencia trascendiendo.

Y si lo queréis oír, / consiste esta suma sciencia /
en un subido sentir / de la divinal esencia; /
es obra de su clemencia / hacer quedar no entendiendo, /
toda sciencia trascendiendo.


Fray Marcos

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DIOS NO SE ABURRE


Son bastantes los que, llamándose cristianos, tienen una idea absolutamente triste y aburrida de Dios. Para ellos, Dios sería un ser nebuloso, gris, «sin rostro». Algo impersonal, frío e indiferente.
Y si se les dice que Dios es Trinidad, esto, lejos de dar un color nuevo a su fe, lo complica todo aún más, situando a Dios en el terreno de lo enrevesado, embrollado e ininteligible.
No pueden sospechar todo lo que la teología cristiana ha querido sugerir acerca de Dios, al balbucir desde Jesús una imagen trinitaria de la divinidad.
Según la fe cristiana, Dios no es un ser solitario, condenado a estar cerrado sobre sí mismo, sin alguien con quien comunicarse. Un ser inerte, que se pertenece sólo a sí mismo, autosatisfaciéndose aburridamente por toda la eternidad.
Dios es comunión interpersonal, comunicación gozosa de vida. Dinamismo de amor que circula entre un Padre y un Hijo que se entregan sin agotarse, en plenitud de infinita ternura.
Pero este amor no es la relación que existe entre dos que se exprimen y absorben estérilmente el uno al otro, perdiendo su vida y su gozo en una posesión exclusiva y un egoísmo compartido.
Es un amor que requiere la presencia del Tercero. Amor fecundo que tiene su fruto gozoso en el Espíritu en quien el Padre y el Hijo se encuentran, se reconocen y gozan el uno para el otro.
Es fácil que más de un cristiano se «escandalice» un poco ante la descripción de la vida trinitaria que hace el Maestro Eckart: «Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor, y ese amor da origen a las personas de la Trinidad, una de las cuales es el Espíritu Santo».
Y sin embargo, este lenguaje «hiperbólico» apunta, sin duda, a la realidad más profunda de Dios, único ser capaz de gozar y reír en plenitud, pues la risa y el gozo verdadero brotan de la plenitud del amor y de la comunicación.
Este Dios no es alguien lejano de nosotros. Está en las raíces mismas de la vida y de nuestro ser. «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17, 28).
En el corazón mismo de la creación entera está el amor, el gozo, la sonrisa acogedora de Dios. En medio de nuestro vivir diario, a veces tan apagado y aburrido, otras tan agitado e inquieto, tenemos que aprender a escuchar con más fe el latido profundo de la vida y de nuestro corazón.
Quizás descubramos que en lo más hondo de las tristezas puede haber un gozo sereno, en lo más profundo de nuestros miedos una paz desconocida, en lo más oculto de nuestra soledad, la acogida de Alguien que nos acompaña con sonrisa silenciosa.

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Contemplaciones del Evangelio: La Trinidad: una Casa de puertas abiertas

El texto que la Iglesia elige para contemplar el misterio de la Santísima Trinidad es un texto muy humilde, si lo que uno busca son definiciones, pero riquísimo, si uno lo toma como una puertita abierta para entrar en la relación íntima entre el Padre, Jesús y el Espíritu Santo.

Si utilizáramos la imagen de una Casa, el misterio de la Trinidad Santa, se nos revelaría como un Castillo infinito, tan grande que no lo podemos abarcar de un vistazo, pero como está lleno de puertas y ventanas abiertas, sí podemos entrar en su interior cuando queramos.

Al escribir esto me vino al corazón el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, donde hace 6 años “habitamos y trabajamos” durante 20 días. Es el más grande del mundo después de San Pedro y fue concebido a partir de esta idea de Casa de puertas abiertas. No hay foto que pueda dar cuenta de su grandiosidad y de su apertura: se puede entrar al Santuario por todas partes y está construido con paredes de piedra y vidrio y entradas de Tres puertas por los cuatro costados de la gran cruz. (Se puede hacer una visita virtual si uno busca en Google).

La Trinidad: una casa de puertas abiertas! Dice Von Balthasar:


“Dios no es una fortaleza hermética a la que nosotros, con nuestras máquinas de guerra (ascética, introspección mística, deberes morales… etc.), tendríamos que forzar, sino que, al revés, es una casa llena de puertas abiertas, a través de las cuales nosotros estamos invitados a entrar. En el castillo del “Con” (ser con otros) trinitario está preparado desde siempre un lugar para nosotros”.

La Trinidad: una casa de puertas abiertas con muchas habitaciones, una de las cuales tiene nuestro nombre y muchas comunes con el nombre de nuestra familia y de nuestros amigos.

La imagen de la Casa la usa Jesús: “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones y Yo voy a prepararles un lugar”.

Sabiendo esto, que tenemos un lugarcito, cada uno puede tocar a la puerta del cielo y entrar a contemplar por donde el Espíritu lo “encamine”, como dice Jesús. Todo lo suyo es del Padre y todo en la Casa es para nosotros.

Lo que quiero comunicar es que en Dios todo es abierto, simple y para compartir. Que sea inagotable e inabarcable no quiere decir que uno se queda afuera, tratando de entender, sino que tiene que tener paciencia y humildad para ir gustando y meditando lo que pueda sintiendo que es una gracia y que en cada detalle o visión parcial, el Señor está entero.

¿A qué apunta esta reflexión? A salir de la discusión entre los que quieren explicar la Trinidad y nos dejan con la cabeza llena de silogismos abstractos y relaciones numéricas y los que borran de un plumazo toda la tradición y dicen que no se puede pensar nada porque no hay conceptos.

La Trinidad como casa de puertas abiertas invita a entrar a todos y a que todos podamos meditar y contemplar con provecho para nuestra vida personal y social. Puede pensar el misterio el teólogo especialista, que con su estudio respetuoso de los textos nos brinda el servicio de encaminarnos por el buen camino y evitar las falsas imágenes de nuestro Dios Trino y Uno que surgen a lo a lo largo de la historia. Actualmente una falsa es esta que considera que no se puede “decir nada”, que no hay Verdad, que la Vida es dinamismo y emoción puras y que todo lo que se ha dicho es “absurdo”. Contra eso, la teología nos habla de un estudio humilde y cuidadoso, que cree que Jesús es la Palabra y por tanto tiene lógica y se puede expresar en palabras, con tal de que sean las de Él, siempre humildes y abiertas a más Verdad, bajo la enseñanza del Maestro interior que es el Espíritu.

También puede contemplar el místico, que nos habla en lenguaje metafórico:

“¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro!

Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo,

Tu morada predilecta, el lugar de tu descanso.

¡Oh, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote.

Quiero permanecer atenta a tus inspiraciones para que seas mi único Maestro.

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita,

Inmensidad donde me pierdo!” (Beata Isabel de la Trinidad).

Al que a ti te amare, Hijo,

a Mí mismo le daría,

y el Amor que yo en ti tengo

ese mismo en él pondría,

en razón de haber amado

a quien Yo tanto quería (San Juan de la Cruz).

Contempla también a la Trinidad la gente sencilla. ¿Qué es ese deseo incansable de nuestro pueblo fiel, que pide una y otra vez la bendición, sino sed del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo? “Bendígame, padre” ¿Está bendecido (mostrándonos algún rosario o estampita)? “La bendición para mi hijito…”. La mística popular no es menos que eso: mística” (misterio), conocimiento vivencial de Dios, deseo de ser bendecido, tocado, envuelto por el manto de Dios.

Contemplamos también los que somos “clase media de la santidad” como decía Descalzo hablando de sus padres. Uso esta expresión con buen humor, para expresar a un grupo grande de cristianos que no somos teólogos pero nos gusta una buena teología, que no somos místicos pero gozamos de sus perlitas y tesoros, que no somos quizás de prender muchas velas a los santos, pero nos sentimos a gusto en medio de una peregrinación a Luján y tomamos gracia del manto de la Virgen si podemos… ( como hace ahora el Papa Francisco que en cada celebración toma gracia de la Virgen para asombro del comentarista italiano que lo narró por primera vez diciendo: “Atenzione! Adesso il santo padre… ¡toca la imagine de la Madona…!”).

Desde estas contemplaciones –sentidas como una puertita para entrar al misterio de Dios- me gusta en el evangelio de hoy la familiaridad con que Jesús habla del Espíritu y de nuestro Padre. Es lo mismo, nos dice. Que venga el Espíritu o que sea Yo el que les habla del Padre. Todo lo que es del Padre es mío. Y el Espíritu, todo lo que les diga, es nuestro. Él les hablará de lo que ha escuchado, les explicará mejor lo que yo les he ido mostrando en todo este tiempo.

La espontaneidad con que habla el Señor nos muestra cómo es la relación que tienen entre ellos Tres, relación en la que nos invitan a participar y a entrar.

¿Cómo la describiría?

Entre Ellos Tres hay una relación de cariño tan entrañable que no hacen más que hablar del Otro. Es como si Jesús nos dijera: “Miren, todo lo que aprecian en mí, agradézcanselo al Padre. El es la fuente de todo. Todo lo mío es suyo”. Y también: “hay cosas que Yo no llegué a explicarles, pero tranquilos, que el Espíritu les enseñará todo lo mío. El es “El Que Explica Mejor”, como cuando uno dice: “andá con fulano, que es mi amigo y sabe de esto más que yo”.

Entre Ellos Tres reina un Amor sin envidia, como decíamos que era lo característico para discernir nuestros amores, nuestras adhesiones a todo bien: si son amores sin envidia son del Espíritu. Si no, son cosa simplemente humana, o del mal espíritu. Pero “sin envidia” no sólo porque no tengan ese vicio, sino porque explícitamente se aman dando toda la gloria al otro. No sólo no hay para nada reivindicación de lo que “yo hice”, sino que cada uno deja en manos del otro la tarea de hacerle propaganda, por así decirlo. Del Marketing de Jesús se encargó el Espíritu. El Señor fue pura entrega, hasta el último Suspiro. Nada fue reclamo para sí, de ser comprendido o aceptado. Y el Marketing del Padre está todo en manos de su Hijo. Escúchenlo a Él, dice el Padre. Yo no tengo nada que justificar ni demostrar: todo está en manos de mi Hijo.

Entre Ellos Tres reina una amistad inquebrantable. Como entre amigos, todo se comparte y cualquiera puede tomar el protagonismo en cualquier momento sin que haga sombra a los otros ni se pueda ver alguna discrepancia. Comparte el mismo cartel con las mismas letras, diríamos.

Cariño entrañable, marketing a cargo del otro y protagonismo totalmente compartido, son una invitación a tomar conciencia acerca de cómo es que habita en nosotros esta Trinidad. Cuándo es que se hacen presentes y cuándo quedan enmudecidos o maniatados, como invitados de piedra a los que no les permitimos hablar en nuestra casa.

Cuando en una comunidad cada uno trabaja para sí mismo, cuando todos hacemos publicidad encubierta, cuando cuidamos tanto el propio protagonismo que no hacemos nada que no podamos cobrar ni dejamos de cobrar nada de lo que hacemos, la Trinidad se manda a guardar.

Cuando buscamos en cambio “los intereses de Cristo Jesús”, cuando nos jugamos por el verdadero bien de cada uno, no importa cómo quede nuestra imagen, cuando hacemos bien el bien y en eso gustamos nuestra paga, la Trinidad comienza a irradiar buena onda y surge en medio de la comunidad como un solcito del que todos se alumbran y calientan y al que todos cuidan más que a la propia vida. La señal es que la comunidad se convierte en casa de puertas abiertas para muchos, porque es reflejo de la Trinidad de puertas abiertas que la habita en su interior.

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El detalle en el amor: Domingo de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15) - Ciclo C

No dejan de sorprenderme estas palabras de Jesús.
Les confieso que la primera pregunta que me surgió fue esta; ¿Cuánta gente ha entrado en serios conflictos con palabras semejantes? Imagina, por un momento, que alguien con quien tienes una relación muy estrecha te dice de repente “tengo muchas cosas más que decirte, pero no puedes entenderla ahora”.
Hay personas que frente a palabras como estas se hunden en un sinfín de preguntas y sospechas ¿Por qué no me lo puedes decir? ¿Qué me estás ocultando? ¿Crees que soy tonto/a que no podré comprenderlo? ¿Cuándo me lo dirás? ¿No me tienes confianza? …
Cuando alguien dice palabras como estas a otra persona es porque existe por ella un amor muy grande. Aunque también es cierto, que de la otra parte, debe existir una confianza enorme para que esas palabras no ocasionen conflicto alguno, ni desencadene un torrente de reclamos y sospechas.

Cuando afirmo que es el amor lo que lleva a alguien a decidir no revelar una verdad a otra persona no estoy justificando de ningún modo la mentira y el engaño. Porque cuando mentimos o engañamos a los demás y luego nos decimos a nosotros mismos, e incluso a otros, que es para el bien de la otra persona, sabemos perfectamente que en realidad es para salvar el propio pellejo…En la inmensa mayoría las mentiras que decimos a los demás no tienen como fin último su cuidado y protección, sino el propio cuidado. Queremos salvarnos a nosotros mismos…
Hay ocasiones, claro está, en las cuales decir toda la verdad puede traer un conflicto mayor del existente…Sobre todo cuando se percibe que el dolor y el daño que ocasionará será enorme. Pero no éste el caso que les deseo compartir.
Quiero decir que cuando amamos a otra persona la acompañamos para que acceda a su verdad más profunda. A esa verdad que la hará libre y que le permitirá vivir como hijo de Dios. No como esclavo de sus propios conflictos y miedos. Cuando amamos a alguien de verdad respetamos sus tiempos y sus procesos interiores aunque ello nos signifique un sacrifico mayor…
Cuando amas a alguien no juegas a ser Spartacus. Tampoco deseas destrozar, con la espada de la sinceridad y la transparencia, las máscaras y mentiras del otro vomitándole en la cara unas cuantas verdades que nadie se atrevió a decirles. ¡Crees que soportaría que alguien te dijera de una vez por todas toda tu verdad! Estoy seguro de que aunque seas Spartacus te sería imposible tolerarlo. La verdad es una experiencia muy fuerte y no hay corazón ni conciencia que pueda soportarla toda de una sola vez. Debe existir una preparación. Necesitamos ir acostumbrándonos a vivir en la verdad….
Por esto es que la verdad no se divorcia del amor. La verdad y el amor siempre van de juntos, como de la mano. De tal manera que así como una verdad sin amor produce un gran dolor, un amor que oculta la verdad poco a poco desfallece y acaba por languidecer…
En un conflicto personal podemos decir ¡Yo tengo razón en lo que te digo! Y no te equivocas. Tienes razón en lo que dices, pero eso no significa que hayas encontrado toda la verdad. La otra persona también tiene sus razones. Al igual que tú, el otro ha hecho sus propias reflexiones y ha sacado sus propias conclusiones… pero al igual que tú, no significa que haya llegado a la verdad.
La verdad no es altanera, sino humilde. No pretende imponerse sobre los demás, sino que seduce. La verdad nos abre poco a poco el entendimiento para que lleguemos a comprenderla. No escupe sus razones en la cara de nadie. A la verdad se accede luego de purificar el corazón de la avaricia de poseerla y de haber sincerado el propio corazón.
Hay algunos que odian la verdad y por eso quieren poseer siempre la razón. La razón es soberbia y pretende controlarlo todo. La verdad es humilde y no lucha por el poder. Quienes sienten que la verdad los humilla es porque no se quieren lo suficiente a sí mismos. El que se ama verdaderamente quiere conocerse, con sus luces y con sus sombras, porque intuye que hay un potencial enorme por desarrollar.
La verdad busca que la persona crezca en una relación cordial consigo misma y más auténtica con Dios y con los demás. …
La verdad que trae el Espíritu es el que nos revela quiénes somos en realidad. Nos hace descender a lo más profundo de nuestros infiernos para conocer la hondura de nuestra precariedad, no para humillarnos, sino para que podamos apreciar la magnitud del amor que Dios nos tiene. Si accediéramos a nuestras propias sombras o descendiéramos a las profundidades de nuestro corazón sin la asistencia del Espíritu, nos juzgaríamos a nosotros mismos con dureza e impiedad. Sin embargo, cuando es el Espíritu de Dios, que es el Amor, el que nos conduce a un mayor conocimiento de nosotros mismos somos capaces de acoger la acción misericordiosa que Dios nos ofrece.
El Dios Trino es el exceso de amor por el hombre…. Es la manifestación del Padre que nos atrae hacia Él, seduciéndonos poco a poco. Despertando el deseo de la íntima comunión con Él. El Hijo es la presencia que acompaña, como a los discípulos de Emaús, preguntándonos ¿Qué te preocupa? ¿Cuál es la causa de que camines triste y desanimado? ¿Cuál es el motivo de tu soledad y desesperanza? Y el Espíritu Santo, la fuerza que empuja hacia esa comunión de amor al que fuimos llamados. Es que nos va revelando, mientras vamos andando, quiénes somos, cuáles es nuestra verdadera identidad... Y todo esto para que la comunión que deseamos alcanzar en Dios, se vaya forjando poco a poco en una mejor comunión con nosotros mismos y con los hermanos. La verdad que nos trae el Espíritu es el que nos lleva a una auténtica comunión con el Padre por Jesucristo.
Hoy, que es el día en que celebramos este exceso de Amor inconmensurable que Dios tiene por el hombre, pidámosle que nos ayude ir transparentando día a día nuestra vida ante Él.

P. Javier Rojas sj
Publicado por El Evangelio en Casa

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TRINIDAD, RELACIONALIDAD Y NO-DUALIDAD

Domingo de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15) - Ciclo C

"Trinidad" es otra forma de hablar de "No-dualidad". Y todavía podemos nombrarlo de otro modo: "Relacionalidad".
Entre esos términos –también ellos, como todos los conceptos y todas las palabras que usamos, mentales-, no solo no hay oposición, sino que resultan equivalentes.
Lo que sucede, una vez más, es que cuando los leemos o intentamos captarlos desde la mente, y a falta de una experiencia personal de no-dualidad, los empobrecemos radicalmente, tergiversándolos, al separar y fracturar lo que, en realidad, es siempre no-separado.
De ese modo, una lectura mental del misterio cristiano de la Trinidad lo reduce a un enigma que, en categorías filosóficas griegas, se formuló como "tres personas en una sola naturaleza" o "tres personas y un solo Dios".


En la práctica, sin embargo, dio lugar más bien a un triteísmo, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu se pensaban –la mente no puede hacerlo de otra manera- como tres "seres" separados, a los que el creyente podía dirigirse de manera independiente.

Sin embargo, a lo que apunta el llamado "misterio de la Trinidad" –que, por cierto, la tradición hindú también conoce, en lo que llaman la "Trimurti": Brahma, Visnú y Shiva- es precisamente a la relacionalidad o no-dualidad.

El misterio viene a señalar que lo que existen no son realidades "sustantivadas" –pensadas luego como "objetos" individuales-, sino una pura y admirable Relación.

Nosotros no somos, tampoco, individuos separados, como cree nuestra mente, que nos identifica como yoes o egos. Eso es solo una forma que la relacionalidad toma, al objetivarse en el proceso mental. Somos la Realidad Única, que es Relacionalidad y se expresa en formas particulares.

Sin querer considerarlo como "prueba" de nada, no deja de resultar significativo el hecho de que, en el mundo de las partículas elementales, la física cuántica observa algo similar.

En la realidad subatómica, no existen "objetos" –partículas delimitadas-, sino pura y simple relación entre probabilidades de existir que, en un momento dado, debido a la intervención del "observador", colapsan, ahora sí, en partículas objetivas.

Puede decirse de otro modo: La cognición no-dual se parece en todo a la ecuación de onda de Schrödinger: la voluntad del observador fracciona la simultaneidad no-dual, al igual que la voluntad del observador colapsa la función de onda que define la expresión energética de una partícula subatómica.

En el campo de la física cuántica, una partícula, antes de ser observada, "ocupa" todos los espacios y todos los tiempos: es pura probabilidad de existir. Es el investigador (observador) quien, al observarla, provoca el colapso de la función de onda, haciendo que aquella adopte solo una forma y una posición determinadas.

Del mismo modo, a nivel cognitivo, si acompañásemos cualquier percepción sin intentar modificarla, el objeto acabaría mostrándose tal como es: una infinitud de informaciones que interactúa con todas las demás. El objeto se nos mostraría en su infinitud.

La Trinidad, desde una lectura no-dual, apunta al hecho de que todo lo Real es un permanente Darse (Padre) y Recibirse (Hijo) en un Dinamismo (Espíritu) eterno.

Y en ese "movimiento" se halla incluida –no podría ser de otro modo- toda la Realidad, que es Relacionalidad, en un Abrazo no-dual que unifica las "dos caras" de todo lo existente: lo invisible y lo manifiesto.

En esa belleza relacional, todo se halla en todo: hay un único Fondo –como tantas veces dijera el Maestro Eckhart- que se manifiesta como relacionalidad en infinidad de formas que, sin embargo, participan siempre de aquel Fondo original que las constituye para siempre.

Desde este punto de vista, venimos a constatar que el misterio de la Trinidad está hablando de nosotros. Y nos hace caer en la cuenta de que nuestra verdadera identidad no puede ser nunca el yo objetivado –del que solemos vivir esclavos, encerrados en los barrotes que nuestra mente ha construido-, sino aquel mismo Fondo, Consciencia amorosa o Presencia consciente que se halla en el origen y en el núcleo de todo lo Real.

A ese Fondo se le puede seguir llamando "Dios", siempre que no caigamos en la trampa (mental) de objetivarlo, separándolo. Para eso, necesitamos "salir" del pensamiento y abrirnos al Misterio de Lo que es, de un modo directo, inmediato, experimentando que, si no lo pensamos, ya nos descubrimos en (y como) Él.


Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

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PADRE, PALABRA Y VIENTO

Domingo de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15) - Ciclo C

Es un fragmento del "Sermón de la Cena". Jesús anuncia a sus discípulos que se les enviará el Espíritu, que les aclarará todas las cosas que aún no pueden comprender. El texto está repleto de expresiones simbólicas: "recibirá de lo mío" suena a aquella escena de los Números en que el Espíritu de Moisés es repartido también a los ancianos del pueblo. (Num. 11, 16).
En la enigmática frase final se insinúa esa comunidad de bienes entre el Padre y Jesús. Se está hablando del Espíritu; de ese Espíritu participarán los discípulos.
Juan está adelantando la idea de que la comprensión plena de Jesús se dará solamente después de la Resurrección. Será entonces cuando los discípulos llegarán a la fe en Jesús y podrán dar respuesta a la pregunta "¿quién es éste?", que se ha formulado a lo largo de todos los relatos evangélicos (en los que se adelanta ya la respuesta, pues los evangelios se escriben como testimonio de esa misma fe pascual).



Todos estos textos han de ser leídos por tanto teniendo en cuenta que el autor pone en boca de Jesús palabras que son ya elaboraciones teológicas. Palabras no pronunciadas por Jesús, que manifiestan la comprensión sobre Jesús que van alcanzando las comunidades cristianas; en este caso, formulaciones cristológico/trinitarias que serán el punto de arranque de la dogmática elaborada por los Padres a partir del siglo II.

Algunos teólogos un poco presuntuosos han querido explorar la intimidad de Dios, entrar en su misma esencia, conocerlo como nos conocemos las personas, como conocemos la Creación, describirlo, explicarlo, conocerlo "por dentro". Es normal, el ser humano es un "animal curioso", capaz de hacerse toda clase de preguntas, incluso aquellas preguntas cuyas respuestas están muy por encima de su capacidad de comprender.

Pero, en el caso de Dios, hemos topado con nuestros propios límites. Permítanme recordar una escena maravillosa del Libro del Éxodo. Está Moisés en la Tienda de Encuentro, dialogando con Dios, ante la NUBE de incienso que vela la presencia del Señor, y, en un arrebato de amor y de deseo, le pide a Dios:

- ¡Déjame, por favor, ver tu rostro!

Y le contesta el Señor:

- Haré pasar ante ti mi gloria, y pasaré ante ti, pero cubriré tus ojos con mi mano para que no veas mi rostro. Cuando pase, retiraré mi mano y me podrás ver de espaldas; no puedes ver mi rostro sin morir.

(Éxodo 33,18 Y ss.)

"No puedes ver mi rostro". No puedes conocerme más que "de espaldas". El pueblo de Israel lo sabe muy bien, por eso no se atreve a hacer imágenes de la divinidad, porque no hay imagen alguna de cosas de la tierra que pueda parecerse siquiera de lejos a la esencia de Dios.

Creo que hemos perdido un poco ese respeto. Nuestros pintores se atreven a pintar a Dios: es un señor anciano, vigoroso y venerable, que flota por los cielos transportado en carro de nubes por preciosos ángeles multicolores. Más aún, nos hemos atrevido a decir que es uno pero son tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y también nos atrevemos a pintarlos: el Padre venerable y con barbas; el Hijo, Jesús; y el Espíritu, como una paloma entre los dos.

Pero esto no son más que vulgarizaciones. Los teólogos se han atrevido a más, y han descrito las relaciones entre ellos, cómo procede el Hijo del Padre, y el Espíritu de los dos... Afamados teólogos elucubran asombrosamente sobre la trinidad en sí misma, sabemos mucho acerca de cómo proceden entre sí las tres divinas personas. Formulamos en el Credo expresiones sobre la generación del Hijo y la procesión del Espíritu, y la consubstancialidad de las personas. Y hasta una de las más fuertes escisiones de la Iglesia que haya sucedido en toda su historia tiene uno de sus fundamentos en diferencias sobre esta generación intratrinitaria. (La otra diferencia, quizá la causa más verdadera de la ruptura es, por supuesto, una cuestión de poder).

Y empezamos a sentir temor y desazón, porque hemos entrado en la intimidad de Dios como quien entra en su propia casa y queremos que nuestras pobres palabras, nuestras imágenes con pies de barro sean capaces de representar a Aquel cuyo rostro no puede ver el hombre mortal. ¿No hablamos con demasiado desparpajo de la Santísima Trinidad? ¿No está nuestro lugar un poquito más abajo? ¿no nos vendría bien recuperar el respeto ante Dios?

Una cosa es segura. Conocemos de Dios lo que Dios nos ha dicho de sí mismo. Todo lo que nuestra mente es capaz de conocer de Dios ha de basarse en Su Palabra, si no queremos correr el riesgo de decir muchas tonterías. Y sí que hay Una Palabra estupenda de Dios acerca de sí mismo: se llama Jesús de Nazaret. Para nosotros, los que creemos en Jesús, Él es todo lo mejor -lo único y más que suficiente- que podemos conocer de Dios. Y en Jesús conocemos a Dios de tres maneras:

Como un viento irresistible que empuja la historia del mundo desde dentro, como cuando se hinchan desde dentro las velas de un barco y empieza a navegar, arrastrado por algo invisible y poderoso. Le hemos llamado "El Espíritu", el viento de Dios. Y lo hemos "visto" soplar poderosamente en el mismo Jesús, y lo hemos visto soplar poderosamente en la primera comunidad cristiana, sobre todo a partir de aquella formidable mañana de Pentecostés; y lo seguimos viendo soplar en el amor y el entusiasmo de tanta gente buena que sostiene el mundo y nos hace mantener la fe y la esperanza.

En Jesús, ese viento formidable era salud y era PALABRA. Todo Jesús es para nosotros Palabra: cuando cura y cuando habla, cuando se compadece y cuando se cansa, cuando muere y cuando triunfa, vemos ante todo LA PALABRA. Los que seguimos a Jesús lo entendemos como "La Palabra", no solamente por lo que dice sino por lo que hace, por su manera de ser y de vivir. Hasta el punto de que pensamos que en él podemos conocer a Dios, porque Dios se ha dado a conocer en él. Es el mensaje de Dios sobre sí mismo, su mejor comunicación. Y entendemos: el Espíritu de Dios se hace en Jesús Palabra para nosotros, mensaje de cómo es Dios. Por eso Juan Evangelista le llama el Logos, el Verbo, la Sabiduría, la Palabra de Dios hecha carne. Y ahí sí que conocemos de verdad cómo es Dios.

Y entonces surge nuestra estupenda sorpresa: cuando Dios habla de sí mismo - en su Palabra, que es Jesús - no habla de Infinito, de Eterno, de Creador, de todas esas cosas maravillosas que nosotros nos imaginábamos. Habla de ABBÁ, de papá cercano imprescindible, que es lo mismo que hablar de médico que se contagia por curar a sus enfermos, que es lo mismo que hablar del pastor que arriesga su vida por cada oveja.

Y nos quedamos asombrados, porque todo era más sencillo, y mucho más importante de lo que nosotros pensábamos. Ya no se trata de un dogma casi incomprensible, algo así como de que uno y tres es lo mismo, sino de que Dios se comunica conmigo - Palabra - actúa en mí - Espíritu - y es mi Padre con quien puedo contar para salvar mi vida.

Y que estas tres cosas me convierten en hijo, como convirtieron en Hijo al carpintero de Nazaret. A él, lleno del Espíritu, ese Hijo con mayúsculas, el Primogénito, el Amado. A mí, en quien sopla un poco del Espíritu, del mismo Espíritu, en proyecto de hijo, en camino hacia serlo.

Padre, Palabra y Viento, eso es Dios para mí: y esas tres cosas las he visto en Jesús, en el que hemos visto soplar como un huracán el Viento de Dios, en el que sentimos viva y presente La Palabra, el primero que se atrevió a llamar a Dios "Papá", y por eso se ganó el título de "El Hijo". Porque hijos somos todos, pero como Jesús, nadie.

Es admirable: ese misterio remotísimo e incomprensible de la Santísima Trinidad, que yo pensaba que no me interesaba nada, se convierte en algo importantísimo para mi vida: saber cómo es Dios es a la vez saber cómo es mi vida, y es fuente de seguridad, estímulo y luz para todos los que queremos caminar correctamente por el mundo.

Así que cuando te pregunten "¿quién es Dios nuestro Señor"? no empieces con aquello de "un señor admirable y poderoso, eterno y creador, que mora en los cielos...". Di más sencillamente: Dios es para mí el Padre con quien puedo contar, la Palabra que guía mi vida entera, el Viento que me ayuda a navegar... y todo eso lo he descubierto en Jesús, el Hijo, el hombre "lleno del Espíritu".

Sólo en Jesús conocemos a la Trinidad. A veces parece como si conociéramos a la Trinidad por el Antiguo Testamento o por el esfuerzo de nuestra razón, y lo aplicáramos luego a Jesús, reconociendo en Él al Logos, al Hijo eterno, a la Segunda Persona, ya conocidos previamente. Es al revés: en Jesús de Nazaret, ese hombre al que conocemos como el hijo del carpintero, a cuya madre conocemos, cuyos hermanos y parientes viven entre nosotros, en ese hombre hemos descubierto a Dios: a Dios nadie le ha visto jamás: pero Jesús nos lo ha dejado ver.

No pocas veces cometemos también el error de estudiar la Trinidad a través de presuntas palabras de Jesús, sin caer en la cuenta de que esas palabras que los evangelistas (Juan ante todo) ponen en labios de Jesús, son ya interpretaciones humanas, cristología trinitaria de las primeras generaciones cristianas, sumamente respetable, pero sometida ya a más complicaciones.

A Dios nadie le ha visto jamás, ni le ha comprendido jamás, ni es nadie capaz de meterlo en su cerebro. Si nos aventuramos más allá de lo que hemos visto y oído, de lo que nuestras manos han podido tocar del Verbo de la Vida, corremos peligro de no creer en Dios, sino en nuestras propias mediaciones.



PARA NUESTRA ORACIÓN

Yo creo sólo en un Dios,
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.

Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como un Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.

Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son Palabras de Abbá
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
La Palabra presente entre nosotros.

Yo solo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo
el hombre lleno del Espíritu de Abbá.


José Enrique Galarreta

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Solemnidad de la Santísima Trinidad: El peinado de Dios

Publicado por Entra y Veras

¿Dios tiene melena? Esta pregunta puede producirnos risa o desconcierto. ¿Lleva el pelo rapado o tiene una cresta? ¿Se da mechas o reflejos? En ciertas cuestiones teólogos y peluqueros han compartido trabajo. El ejercicio de la teología puede asemejarse a un tratamiento de belleza en el que se intenta resaltar aquello rasgos que más favorecen pero también podemos dedicarnos a hacer permanentes y rizar el rizo hasta extremos insospechados. Los conceptos teológicos pueden ser un conjunto de tirabuzones más propios de la Cámara de los comunes que de quienes, con los pies sobre la arena, pretendemos seguir a este Dios que sabemos nos mira con cariño.


Hablar de la Trinidad puede producir los mismos frutos que si no ponemos a discutir sobre le peinado de Dios. Nos quedaríamos con la cabeza caliente y los pies fríos. Sin embargo, si pensamos en hablar del amor seguro que ahí si podemos ponernos a escribir sin tantos problemas. Podemos hablar del amor en general, del amor de pareja, del amor a los hijos… Cada uno tiene sus peculiaridades pero todos se basan en la generosidad y la entrega desinteresada. Hablar de la Trinidad no es otra cosa que hablar de amor. Sí de amor. Y no se trata de simplificar ni de multiplicar por lo fácil o por lo cursi. La Trinidad es una melena al viento, rizada muchas veces por demasiados conceptos desencarnados, habitantes del manual del teólogo y del predicador de otro tiempo.

La clave para entender en qué consiste la Trinidad no es más que la relación que existe entre las tres personas divinas, pues las palabras que utilizamos para referirnos a ellos ya son relación: El Padre, el Hijo, que es la Palabra, la expresión, el diálogo de Dios, y el Espíritu Santo que es el amor de los dos, es inspiración, aliento, beso, gemido, suspiro de Dios, no es sino el susurro de dos que se aman. La relación mutua es tan profunda y radical que hace que permanezcan unidos y se conviertan en un solo Dios-comunión, en un solo Dios-amor y en un solo Dios-relación. Como dice Ernesto Cardenal este es el dogma del amor: El misterio de que Dios no es solo, de que es Unión, y comunión, y comunidad, y familia. Dios es amor pero no un amor egoísta sino de entrega; no es amor propio sino mutuo, porque Dios es Mutuo. Si Dios fuera solo Unidad sería totalmente solo, sin generación, estéril. Esta es la clave que nos debe llevar al entendimiento y sobre todo a hacer vida esto que creemos ya que nuestra fe no es una fe de misterios sino de un único misterio el de la solidaridad y donación de Dios a la creación y concretamente a nosotros, al ser humano. Así de sencillo.

De todo esto, ¿qué es lo que hoy nos podemos llevar para la vida?, ¿de qué sirve la Trinidad?, ¿es solo caldo de cabeza y tinta de teólogos?. Sinceramente creo que no. En el evangelio, Jesús deja paso al Espíritu, en cuyo tiempo nos encontramos. No estamos solos. Esta experiencia de sentirnos acompañados, deberíamos hacerla nuestra día a día, hacerla sangre en nuestras venas, para que por nuestro cuerpo corra cada día el estremecimiento de la confianza y del amor a Dios. Dios nos ama; no nos juzga. El amor de Dios es una llamada incesante a vivir en el amor. ¿Acaso esto es difícil de entender? Pues esa es la entraña de este Dios Trinidad, comunidad, familia de amor, de este Dios desbordado que nos llama a ser felices. Quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios. De la contemplación de la Trinidad, pasamos a la acogida, a la apertura a los otros, a la solidaridad que comparte, al perdón que reconcilia y une voluntades.

No nos perdamos en cálculos, ni en peinados y permanentes. La Trinidad es Dios derramándose sobre nosotros, no la imagen de un cascarrabias huraño y solitario. No lo olvidemos. Dios es relación, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con melena o sin melena.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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sábado, 25 de mayo de 2013

Oraciones para la Eucaristía: Solemnidad de la Santísima Trinidad

EL MISTERIO DE DIOS

El misterio de Dios es indescifrable,
pero podemos vivir y gozar de su presencia

Acción de gracias

Es nuestra obligación, Señor y Dios nuestro,
darte gracias por todo y bendecirte,
pero lo hacemos de corazón, con alegría y satisfacción,
particularmente hoy que celebramos tu festividad.
Reconocemos que apenas sabemos de Ti,
que sigues siendo el inefable,
por mucho que se hayan esforzado por definirte
teólogos y concilios.
Pero creemos como cierto que eres el Creador del universo,
que estás en todo, también en nosotros,
comunicándonos la vida.
Creemos que todo en Ti es amor y bondad,
y mereces que te llamemos Padre y Madre.
Por eso, no podemos temerte sino quererte y fiarnos de Ti.
En este momento, Padre nuestro,
nos unimos a todos tus hijos,
sintiendo que somos todos hermanos de un mismo Padre,
para entonar juntos y en tu honor este himno de alabanza.



Memorial de la Cena del Señor

Gracias, Padre santo, te damos infinitas gracias
por Jesús de Nazaret, hijo tuyo muy especial,
que nos ha revelado cuanto sabemos de Ti.
En su vida, en su amor, en su palabra
te hemos visto encarnado.
Te has manifestado en Jesús
y conociéndole te hemos conocido.
En la persona de Jesús te has hecho próximo a nosotros,
y por eso sentimos que nos acompañas en nuestro camino.
Jesús ha hecho posible
que te tratemos con naturalidad y cariño.
Gracias una vez más por su ejemplo de vida
que nos ilumina y también nos compromete
y nos obliga a entregarnos por completo a los hermanos.

Invocación al Espíritu de Dios

Este recuerdo de la vida que nos regaló Jesús,
nos motiva para hacer realidad entre nosotros
lo que fue su único objetivo vital,
implantar tu reino, hacer un mundo más humano.
Necesitamos, Padre, contar con tu Espíritu,
sentir el impulso de tu fuerza,
el calor de tu compañía,
saber y sentir que no estamos solos,
vivir que tu Espíritu ya vive en nosotros.
No podemos bajar los brazos y darnos por vencidos,
aunque esta lucha se haga cada día más complicada,
porque no queremos otra cosa que lo que quieres Tú.
Danos fe en Ti, Señor,
y fe en todos los seres humanos, creyentes o no,
que pelean por tu reino,
un reino sin fronteras ni pasaportes,
en el que todos nos hemos de sentir hermanos.
Movidos por tu Espíritu,
alentados con la cercanía de Jesús,
brindamos en tu honor, Padre Dios, ahora y siempre.
AMÉN.

Rafael Calvo

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RESPIRANDO A DIOS

En este mundo que sufre más que nunca
nuestros delirios de poder y grandeza,
porque en vez de jardineros responsables del mismo
nos hemos convertido en avaros comerciantes
que se creen dueños de su riqueza...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esta sociedad tan contaminada
por tanta desigualdad y farsa,
que sufre males y plagas endémicas
y en la que no cicatrizan las heridas
porque, para algunos, son fuente de riqueza...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esa Iglesia tan desacreditada
porque ha perdido ternura y gracia,
y quizá su verdad y buena noticia
al creerse dueña de tus dones y palabra,
y que anda triste, quejosa y desorientada...
respirar tu Espíritu es nuestros sueño y vida.

En esta cultura light y fragmentada,
con tantas palabras huecas y engañosas
y decisiones amañadas y egoístas,
en la que se ha enterrado la utopía
y suenan tan mal la pobreza y la renuncia...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En este tiempo tan triste y yermo,
en el que unos lo tienen casi todo
y otros se están quedando desnudos,
con hambre, frío y horizonte oscuro
porque lo igualdad no está al uso...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Ahora que estamos en honda crisis
de cultura, bienestar y valores,
de política, religión e instituciones;
ahora que la verdad no atrae,
queremos que él nos guíe y llene porque...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida,
pues necesitamos aire fresco y bueno
para seguir caminando contigo
y vivir al cobijo y sombra de tus alas
mientras aprendemos a ser hermanos
e hijos aquí, donde estamos.


Florentino Ulibarri


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NO NOS DEJES DE TU MANO

Ponemos juntos nuestras mejores intenciones en el regazo de nuestro Padre Dios:

• Te ponemos en el altar, Señor a todos los seres humanos de la tierra, para que nos hagas sentir la sed de transcendencia e inmortalidad y nos saques de la frivolidad en la que a veces vivimos.

No nos dejes de tu mano, Señor.

• Te presentamos a nuestra iglesia, para que sea liberadora, impulso de solidaridad y compromiso, para hacer de nuestro mundo un espacio justo, humano y fraterno.

No nos dejes de tu mano, Señor.

• Ponemos en nuestra mesa a políticos, gobernantes, responsables de empresas y a todos los que tienen la posibilidad de mejorar el mundo, para que tengan una mirada global y solidaria, que rompa diferencias y desigualdades.

No les dejes de tu mano, Señor.

• Para que cada uno de los que participamos en la eucaristía, salgamos tocamos de tu ternura y fraternidad y nos comprometamos a que a nuestro alrededor se viva mejor.

No nos dejes de tu mano, Señor.

Haz de todos nosotros una comunidad viva que ama, comparte, mejora y embellece la vida que tú nos has regalado, recogiendo las peticiones que con toda confianza te presentamos. Amén.



Mari Patxi Ayerra

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Trinidad (1). Dios es Fuego, es Libertad

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Fiesta de la Santa Trinidad. Ayer he presentado en el blog la opción eclesial de dos hombres de Iglesia, de origen judío, "torquemadas" del siglo XV, representantes de una visión "totalitaria" de Dios.
Hoy, al preparar la fiesta de la Trinidad, ofreceré la otra cara de Dios, que es fuego (misterio) y libertad, la experiencia central israelita,de la Zarza del Sinaí, donde él define ante Moisés diciendo “Soy el que Soy”, es decir, el liberador de los hebreos (Ex 3, 14; cf. Ex 20,2).
De ese Dios seguimos viviendo judíos, cristianos, musulmanes... Es el Dios que Es y Hace Ser, es la Presencia creadora, es el impulso y gozo de la libertad. Así lo quisiera contar y cantar y celebrar con todos los que van errantes por el desierto, con los que buscan patria y humanidad.
Dedico este post en especial a mis amigos y hermanos de la Orden de la Trinidad, de la que he tratado en Dios pasados. La reflexión que sigue está tomada de la revista que me honra publicando mis reflexiones: http://www.secretariadotrinitario.org/revistas/326-revista-estudios-trinitarios-suscripcion.html

El dios de Moisés, Dios de los hebreos



Moisés, hebreo de cultura egipcia, ha debido exilarse a Madián, en el desierto, donde pastorea el rebaño de su suegro, mientras los hebreos esclavos en Egipto gritan a Dios “y Dios escuchó su clamor y se acordó de su Alianza y les reconoció” (cf. Ex 2, 23-25).

‒ Dios escucha. Ha creado a los hombres, y debe acoger su grito y mirarles. Parece que se ha retirado, pero lo ha hecho para mirarnos mejor, comprometiéndose a caminar con nosotros y liberarnos. Para que nuestro grito tenga un sentido, él tiene que mirar primero y vernos.

‒ Dios se acuerda y conoce. Es fiel a su alianza de vida, ha dado una palabra de fidelidad a los hombres; cree en ellos, es fiel, les libera. Es importante que nosotros le conozcamos, pero mucho más importante es que Dios nos conozca y reconozca, manteniendo su alianza de amor y libertad con nosotros.

El texto decía que Moisés estaba pastoreando el rebaño y que había llegado hasta el Monte Horeb (Sinaí), donde el Dios de la alianza salió a su encuentro como fuego ardiente en una zarza que era signo de su fidelidad liberadora. Éste Dios dice su palabra más honda (¡he visto!) y exigente (¡vete!), en el desierto donde parecían muertas todas las esperanzas:

He visto la aflicción de mi pueblo de Egipto, y he escuchado el grito que le hacen clamar sus opresores, pues conozco sus padecimientos. Y he bajado para liberarlo del poder de Egipto y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y ancha, que mana leche y miel… Por tanto: ¡Vete! Yo te envío al Faraón, para que saques a mi pueblo... de Egipto (Ex 3, 7-10).

Dios ha visto, Dios actúa por Moisés.

Ha escuchado el llanto de los oprimidos y viene a liberarles. En el principio de toda la experiencia bíblica (judía y cristiana) se encuentra este descenso de Dios (he bajado para liberar) y este ascenso (para hacer que los hebreos suban). Así describe la Biblia el itinerario salvador de Dios, que no es ya un “libertad” en general, sino Liberador concreto, poniendo en marcha una historia, que debe concretarse a través de Moisés.

Dios no actúa a solas (de una forma externa, como por magia), sino a través de su enviado, a quien convierte en mediador de su obra. En el principio de su acción liberadora está su solidaridad con los oprimidos, pero también, al mismo tiempo, la palabra de “imperativo creador” que él dirige a Moisés, diciéndote “vete” y dándole el encargo de liberar a su pueblo. Así quedarán frente a frente Moisés, el liberador de Dios, y el Faraón, que es signo y presencia del poder opresor del Dios falso de Egipto (que es un “ídolo” económico que esclaviza a los pobres).

El texto nos sitúa así ante un conflicto que no es meramente social, sino teológico: La “prueba” de Dios será su victoria sobre el Faraón (a través de Moisés), la liberación del pueblo oprimido en Egipto. No estamos ya ante una teología abstracta sobre lo divino, sino ante una acción histórica: La prueba de Dios será la liberación del pueblo.

Dios con Nombre: Soy el que soy.

Éste es el centro de la historia israelita, aquí se expresa la identidad del pueblo, su experiencia de Dios y su esperanza de futuro.

-- Para los cristianos Dios será aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 4, 24).
-- Pero él ha sido y sigue siendo también para ellos el que libera a los oprimidos. Por eso, cuando Moisés le pregunta “quién soy yo para liberar, quién eres tú…”, Dios le responde:

Yo Soy el que Soy (=Yahvé). Así dirás a los hijos de Israel:
Yo soy (El que Es) me ha enviado a vosotros… (Ex 3, 11-15).

Moisés tenía miedo y le ha dicho a Dios: ¿Quién soy yo para liberar a mi pueblo...? Pero Dios le ha respondido: No tengas miedo ¡Yo mismo seré, estaré con vosotros! Y así le revela su “nombre” Yahvé, que significa Yo soy, “yo estaré, yo seré”, os acompañaré en el dolor (sufriré con vosotros) y os abriré un camino de libertad, para que seas y viváis en esperanza.

El nombre de Dios es su misma acción liberadora. Sólo allí donde acompaña a los oprimidos, les llama y ayuda, les asiste y libera, el Dios (Elohim) de los padres puede presentarse como Yahvé, liberador del pueblo: "Este es mi nombre para siempre, es mi recuerdo..." (3, 15).

Esta experiencia hecha Nombre (¡Soy-estoy presente!) define para siempre el "ser" (actuación) de Dios y viene a expresarse como principio y centro de todos los recuerdos de Israel, en el principio de la Biblia judía y cristiana, a través de Moisés.

Dios que nos envía y nos hace mediadores de libertad.

Sólo escucha de verdad a Dios y conoce su Nombre (Yahvé), quien se descubre enviado, igual que Moisés. Por eso, cada uno de los judíos ha seguido y sigue diciendo él (todos ellos) están bajo el Monte, ante el Fuego de la zarza, escuchando esta palabra (¡Yo soy el que Soy, el Dios liberador!), y recibiendo este encargo: Vete y libera a mi pueblo. Ser judío (o cristiano) no es tener una teoría sobre Dios, sino escuchar y acoger su envío, al servicio de la libertad de los oprimidos.

Este nombre (Yahvé) es por un lado misterioso: los filólogos no logran precisar del todo su sentido original, los judíos no lo pronuncian por respeto...

Pero, al mismo tiempo, es el más sencillo, el más cordial e inmediato: Dios es Yahvé porque en el momento clave de su revelación ha dicho para siempre: Yahvé, es decir, yo estaré contigo, seré con vosotros. Dios sigue siendo Yahvé porque nos dice: ¡Vete y libera a mi pueblo!

Sólo aquellos que se comprometen a liberar a los oprimidos como Moisés conocen el nombre de Dios (Yahvé), que expresa su presencia activa como cercanía personal (¡Él Es!) y como tarea (¡vete!), confiándonos su obra, de manera que se revela y manifiesta en el mundo a través de aquello que hagamos nosotros, sus creyentes, sus liberadores

Profundización.

Dios es presencia y tarea salvadora que empezó a manifestarse por Moisés. Por un lado, es Señor excelso de manera que jamás podremos conocerle del todo, es El que Es. Pero, al mismo tiempo, es Presencia cercana y fuerte, no para encerrarnos en nosotros mismos, sino para salir de nuestro encerramiento egoísta o de nuestro miedo, poniéndonos al servicio de la libertad de los demás.

‒ Así siguen viendo a Dios los judíos, que han condensado en Yahvé su experiencia de misterio. Por un lado están cerca de Dios, pues saben que todo es suyo y que le deben amar sobre todas las cosas (Escucha, Israel, amarás a tu Dios… Dios…; Dt 6, 4-9). Pero, al mismo tiempo, han sentido que ese nombre de Yahvé Liberador es de tal forma misterioso que no lo escriben, ni lo pronuncian, en signo de respeto sagrado. Por eso ponen en lugar de Yahvé unos adjetivos más o menos equivalentes (Adonai, Kyrios, Dominus, Señor), reconociendo, sin embargo, y esperando su acción liberadora plena.

‒ Los cristianos seguimos estando con Moisés ante la Montaña de la Libertad, ante el fuego ardiente, escuchando con los judíos la palabra: Yo soy el que Soy, he venido a liberar a mi pueblo oprimido, vete… Seguimos con Moisés, ante la zarza ardiente, para sentir su fuego devorador, pues Dios sufre en los que sufren, y nos pide que les liberemos. Pero, al mismo tiempo, sabemos que Jesús ha venido a cumplir con y para nosotros, en plenitud, esta experiencia y tarea de Moisés. Por eso seguimos interpretando a Yahvé como presencia salvadora (liberadora), sabiendo que sólo podremos conocer a este Dios Yahvé si nos comprometemos a cumplir su acción liberadora.

Éste es nuestro Dios, el Dios Yahvé de Israel, a quien veneramos ya desde la Pascua como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es Hijo de Dios y Señor, liberador de los oprimidos. No creemos en Jesús para negar al Dios Yahvé de Israel, sino para creer más profundamente en él, comprometiéndonos a culminar la tarea de liberación iniciada por Moisés.

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Encuentros con la Palabra: “Tengo mucho más que decirles”

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo C (Juan 16, 12-15) 26 de mayo de 2013

En una de las capillas de Vila Kostka, el Centro de Espiritualidad de los jesuitas cerca de Sao Pablo, Brasil, hay un inmenso mural inspirado en uno de los más famosos íconos de la Iglesia Oriental. El cuadro original, atribuido a Andrei Rublev, es de mediados del siglo XV y se conserva en Moscú. Representa un pasaje del libro del Génesis, cuando Dios se apareció a Abraham junto al encinar de Mambré: “El Señor se apareció a Abraham en el bosque de encinas de Mambré, mientras Abraham estaba sentado a la entrada de su tienda de campaña, como a mediodía. Abraham levantó la vista y vio que tres hombres estaban de pie frente a él. Al verlos, se levantó rápidamente a recibirlos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente y dijo: – Mi señor, por favor, le suplico que no se vaya en seguida” (Génesis 18, 1-3). Uno de estos tres hombres fue el que le reveló a Abraham la promesa de Dios, que dio origen a nuestra fe: “El año próximo volveré a visitarte, y para entonces tu esposa Sara tendrá un hijo. Mientras tanto, Sara estaba escuchando toda la conversación a espaldas de Abraham, a la entrada de la tienda. (...) Sara no pudo aguantar la risa y pensó: ¿cómo voy a tener este gusto, ahora que mi esposo y yo estamos tan viejos?” (Génesis 18, 10.12).


La característica de esta obra es que cada uno de los personajes mira en una dirección distinta. Comunica una teología trinitaria que podría ayudarnos a mejorar nuestra relación con Dios, uno y trino: El que representa al Padre, está mirando al Hijo. Con esta mirada se expresa el hecho de que Dios Padre nos regala al Hijo, para enseñarnos el Camino, la Verdad y la Vida (Cfr. Juan 14, 6). Por eso Jesús dice: “Salí de la presencia del Padre para venir a este mundo, y ahora dejo el mundo para volver al Padre” (Juan 17, 28). El Hijo, es la manifestación de Dios Padre para nosotros, tal como el mismo Jesús lo expresa a Felipe, en el Evangelio según san Juan: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14, 9).

Por su parte, el hombre que representa al Espíritu Santo, está mirando hacia un lado. Avizora el mundo, invitándonos a descubrir a Dios en la creación. Esta mirada expresa, además, la llamada a caminar siempre más allá de nuestras fronteras, para responder a la misión. El Espíritu es el que nos conducirá a la verdad plena: “Tengo mucho más que decirles, pero en este momento sería demasiado para ustedes. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá lo que oiga, y les hará saber las cosas que van a suceder. Él mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes” (Juan 16, 12-14).

Por último, el personaje que representa al Hijo, no le quita la mirada a quien contempla el cuadro. En cualquier lugar en el que uno se coloque en esta capilla, se siente mirado directamente a los ojos por Jesús. Él es el mediador entre Dios y su pueblo. Es el verdadero Pontífice (Puente) entre los seres humanos y Dios: “Porque no hay más que un Dios, y un solo hombre que sea el mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús” (1 Timoteo 2, 5).

Digámosle hoy a Dios, como le dijo Abraham aquel mediodía: “Mi señor, por favor, le suplico que no se vaya en seguida”. Sintamos la mirada de Jesús, que nos habla del amor de Dios Padre y nos recuerda la misión a la que nos envía el Espíritu Santo. Ojalá que esto no nos de risa, como le dio a Sara, sino que Dios encuentre en nosotros una fe pronta y generosa.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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Dios y hombre de la mano

La Santísima Trinidad – Ciclo C

Hoy la Iglesia celebra el misterio de la Santísima Trinidad. ¿Por qué utilizar un nombre tan raro que para la mayoría, que somos todos, hasta nos parece contradictorio?
¿Por qué no utilizar el nombre que le puso el mismo Jesús de Dios, o simplemente “El Padre”.

Es un nombre más sencillo y que todos entendemos. Porque si es Padre quiere decir que hay un Hijo y también hay el amor que es el Espíritu Santo.
Claro que Padre, Hijo y Espíritu Santo son un mismo Dios. Y eso lo vemos con toda naturalidad incluso cuando nos santiguamos o damos una bendición: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Sí, ahí está la Trinidad. Pero nosotros lo entendemos mejor cuando hablamos de vida, de verdad y amor. ¿Acaso alguien reza diciendo “Santísima Trinidad, yo te pido”.
Dios es uno solo y es trinidad de personas. Pero ¿verdad que nos va mucho mejor decir que “Dios es amor”? Lo que es Dios por dentro, siempre será un misterio, como también el papá es un misterio para el niño chiquito. Sólo que Dios nos ha abierto una ventanita en Jesús, por donde podemos mirarlo por dentro como quien mira por la cerradura de la puerta. Solo sabemos lo que El nos ha querido decir de sí mismo, que siendo tan poco, es muchísimo.


Lo que me encanta de Dios es que, en vez de hablar de sí mismo, habla de sí en relación con nosotros. Conocemos a Dios por dentro, por lo que el hace con nosotros y dice de nosotros.
Hay individuos que solo hablan de sí mismos. Con frecuencia no dicen nada. Pero ¡qué poco hablamos de nuestras relaciones con los demás! Por supuesto no me refiero a “las murmuraciones y críticas”.
En cambio Dios se nos manifiesta hablando con nosotros, de nosotros y de su amor para con nosotros.
Es más, uno siente como si Dios no pudiera ser feliz sin nosotros.
Es como si Dios no pudiese vivir sin el hombre.
Es como si a Dios le faltase algo si le falta el hombre.

Hay una frase donde mejor se manifiesta Dios al hombre: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16) Frase que encabeza precisamente la primera Encíclica de Benedicto XVI y que él comenta maravillosamente:
“En estas palabras de la Primera carta de Juan se expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”.
O también: “El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quien es Dios y quiénes somos nosotros”. (DC 2)

Y el Papa se atreve a hacer una observación maravillosa:
“Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”. (DC 15)
“Lo que se subraya es la inseparable relación entre el amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”. (DC 16)

Algo así como si Dios no pudiese hablar de sí sin hablar de nosotros.
Algo así como si Dios no pudiese decirse a sí mismo sin decirnos a nosotros.
Algo así como si no pudiésemos conocer a Dios sin conocer al hombre.
Algo así como si no pudiésemos conocernos a nosotros mismos sin conocer a Dios.
Es como si no pudiésemos hablar de nosotros mismos sin hablar de Dios.

Por eso, al celebrar hoy esta fiesta de la Trinidad, digo, de Dios, estamos celebrando también nuestra propia fiesta. La fiesta del hombre.
Si celebramos el “Dios amor” también tendríamos que celebrar “al hombre que amado y que ama”.
Al celebrar esta fiesta del “Dios amor” estamos celebrando la íntima relación y comunión entre Dios y el hombre y de los hombres entre sí.
Pareciera que celebramos la fiesta de alguien lejano y misterioso y, en realidad, debiéramos celebrar la fiesta de Alguien tan cercano a nosotros que sin nosotros no habría fiesta para Dios.
El misterio íntimo de Dios se revela en el hombre.
Y el misterio del hombre, tuyo y mío, ser revela en Dios.
Dios y hombre caminan de la mano.


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