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domingo 29 de enero de 2012

Cállate y sal de él


Por P. Javier Rojas sj
Publicado por El Evangelio en Casa

Antes de entrar en la reflexión de este pasaje del evangelio conviene hacer una distinción entre Satanás y los demonios que existía en la época de Jesús. Satán, que originalmente se denomina el “acusador”, era el que vigilaba las acciones de los hombres con el fin de informar a Dios de su conducta y tener motivo “de que acusarles”. Por el contrario, los demonios –daimon- que significa fantasma, eran los responsable de los males físicos. De ahí que a los demonios se atribuyeran las enfermedades internas, aquellas que no eran perceptibles en heridas externas y que impedían al hombre realizar correctamente sus funciones. Las enfermedades externas nunca se les atribuyen a los demonios. Jesús hace lo único que en su tiempo podía hacer, ordenar a los demonios que salieran del cuerpo del poseído.
Con esto no pretendo iniciar una reflexión o discusión sobre los demonios. Ya hay demasiada gente aventurada en cazarlos y perseguirlos. Más bien quiero centrar mi atención en las palabras de Jesús, sobre toda en aquellas que el evangelista deja entrever sutilmente.
Cada vez estoy más convencido de que en la mente de muchas personas viven ideas que no son suyas, y no lo digo porque existen “pocas ideas” sino porque han creído en todo lo que le han dicho sin ningún espíritu crítico ni capacidad de discernir y quedarse con lo “bueno”.
Esas ideas, que un día fueron palabras, quedaron grabadas en lo más profundo y están allí acusando y martirizando a quien no puede ni tiene el valor para defenderse de ellas. ¿A qué me estoy refiriendo? A las malas palabras y no por groseras, sino por dañinas que han pronunciado otros sobre nosotros y las hemos acogido como verdaderas. ¿Has tomado conciencia de las palabras que usas para dirigirte a tus hijos? ¿Eres consciente de que como adulto tus palabras tienen peso?
Escucho muchas veces a padres y docentes quejarse de que sus hijos o alumnos no son obedientes porque no escuchan y no responden a lo que se les manda, y al poco tiempo de conversar con ellos me digo a mí mismo “¡que sanos son estos chicos que hace oídos sordos a tales palabras!”. Es increíble el daño que pueden hacer unas malas palabras… El dolor que dejan puede durar muchos años…incluso toda la vida.
Lo peor es que en virtud de la “autoridad” de quien lo diga (padres, docentes, sacerdotes, religiosas) esas palabras tienen una fuerza tal que sólo un poder opuestamente superior puede desterrarlos del alma.
Es aquí donde Jesús tiene palabras de vida eterna. Cómo cuesta creer en las palabras de amor de Jesús cuando en el interior del hombre resuenan palabras de acusación, desvalorización y desprecio…
Cuando nos encontramos con personas que tienen muy poco aprecio por sus vidas es porque pocas palabras de valor les han dirigido. Cuando nos encontramos con personas iracundas es porque existieron palabras que fueron mandatos y exigencias. Cuando vemos hombres y mujeres buscando amor y estima por todos lados es porque pocas palabras de amor han escuchado.
Hay tantas ideas erróneas sobre nosotros mismos viviendo en el interior de nuestra alma que como fantasmas nos asustan y nos impiden vivir libremente. Andamos poseídos por “malas palabras” que no hacen otra cosa que acusar y remorder la conciencia día y noche… Ecos de aquellas dañinas palabras que siguen resonando en el interior diciendo “no puedes, no tienes, no vales…”
Aquel hombre en la sinagoga dijo a Jesús «¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?». Podemos imaginar la respuesta de Jesús, “Si, vengo a acabar con ustedes!”, porque he venido a traer vida y libertad. He venido a decir al hombre que mi Padre lo ama. He venido a reconciliar al hombre consigo mismo y con Dios. He venido a pronunciar una sola palabra y quedaran sanos: “¡Amor!”. Por eso «Cállate y sal de él”.
Aquellas palabras dejaron a todos sorprendidos porque fueron pronunciadas a favor del hombre. En cambio, desgraciadamente como en tiempo de Jesús, encontramos en la Iglesia que la Palabra que fue derramada en nuestros corazones en favor de la libertar del hombre es pronunciada para esclavizar, martirizar y llenar de culpa. Que pena me da escuchar que en nombre del Autor de la Vida se pronuncian palabras de acusación. ¡Cómo es posible que se llamen a si mismos servidores de Dios, cuando llevan en su labios palabras de acusación!
Podemos terminar esta reflexión con esta oración: “Señor Jesús, Palabra del Padre Eterno libra mi mente, mi corazón, mi vida de aquellas palabras que me atormentan. Destierra de mi corazón el dolor y la pena que me oprime y restaura en mí la verdadera imagen de Hijo amado.

Amén.

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Domingo IV del tiempo ordinario: Algo más que palabras


Publicado por Entra y Verás

«No quiero cantar a Dios si no hay brillo de Dios en mí. Para cantar sin vivir mejor que calle. La fuerza de la voz y la palabra está en la exigencia de hacerlo vida. Si no vivo lo que pienso ¿para qué pensar? Si no vivo lo que escribo ¿para qué escribir? Si no vivo lo que canto ¿para qué cantar? Si no vivo lo que siento ¿para qué sentir?» No estaría mal que antes de hablar de Dios tuviésemos en cuenta esta estrofa de una canción de Brotes de Olivo. Hoy vivimos sumergidos en un mar de palabras y mensajes de todo tipo. En el campo religioso, abundan también los falsos profetas, los agoreros y los papagayos que repiten doctrinas que no han asimilado y que en la mayoría de los casos ni si quiera entienden pero exigen de los demás un cumplimiento sin tacha. Por tanto, no pensemos que 2012 años más tarde estamos en una época muy diferente a la que vivió Jesús.

Jesús llamaba la atención porque era un maestro diferente, no era como los demás. Este enseñaba con autoridad, con frescura. Respecto a lo que eran los maestros de la época la diferencia fundamental está en que aquellos fundamentaban su autoridad en citas de la Escritura, de la que eran exegetas, mientras que Jesús acompañaba su enseñanza con acciones, cosa que los otros no podían hacer. Esa era la autoridad. Y todo ello gracias a que poseía el Espíritu Santo de forma que su palabra era ni más ni menos que palabra de Dios, llana y accesible, no con discursos eruditos y alambicados si no un mensaje para la gente sencilla. El Espíritu de Dios, el espíritu de la verdad vence al espíritu inmundo, que bebía de las fuentes de los letrados y maestros de la ley que adocenaban a la gente cercenando su espíritu crítico por miedo a no sé cuantos castigos divinos. Ante la enseñanza de Jesús el “objetor” se da por vencido y la gente comienza a atisbar en Jesús un Mesías, un verdadero profeta que trae un mensaje de vida y libertad, de igualdad, sin perderse en un bla, bla, bla sin fin y, lo que es más grave, sin coherencia a pesar de la aparente verdad.

Si como cristianos queremos que todo el mundo comparta nuestro modo de vida debemos actuar con coherencia. No se necesitan, ni se han necesitado nunca, creyentes perfectos e intachables sino personas capaces convivir con sus luces y sombras. A lo largo de la historia se nos ha llenado la boca de hablar de moral, de sies y noes, de puros e impuros. El disco de los mandamientos se nos ha rallado de tanto insistir en el sexto sin ser conscientes de que el fundamental es el primero. No es más cristiano y mejor seguidor el que más cumple, el que tiene la camisa más limpia, el que conquista medallas sacramentales; que el analfabeto de leyes y preceptos pero que lleva una vida sencilla intentando que los demás sean, por lo menos, tan felices como él. Quizá lo que nos cuesta en esta sociedad plural es marcar el camino hacia la experiencia del Dios de la vida, del Dios de la libertad. Tenemos demasiados miedos y apretamos los cinturones de la ortodoxia silenciando profetas como si en eso nos fuese la vida.

Vuelvo a decir: Si no vivo lo que pienso ¿para qué pensar? Si no vivo lo que escribo ¿para qué escribir? Si no vivo lo que canto ¿para qué cantar? Si no vivo lo que siento ¿para qué sentir?; y dice el salmo de hoy: Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Ojalá que en verdad todos seamos capaces de escuchar la Palabra de Dios para que modele nuestros corazones y vivir de la mejor forma posible aquello que celebramos. Ese será nuestro sincero y honrado testimonio de cristianos, nuestra experiencia del Dios de la vida frente a los falsos profetas y los agoreros y los papagayos . Así anunciaremos al Señor con nuestra vida.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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sábado 28 de enero de 2012

IV Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,21-28): LAS VIVENCIAS SE TRASMITEN POR ÓSMOSIS



En la primera lectura (Dt 18,15-20), Moisés, después de convencer a los israelitas de que Dios les hablaba desde la formidable tormenta del Sinaí, con voz de trueno y les miraba con los ojos encendidos del rayo, les promete que no va a meterles más miedo. Pero eso sólo será posible si prometen hacerle caso a él y a los profetas. Les habla de una figura profética que liberaría de verdad al pueblo, como el mismo Moisés lo había liberado de Egipto.

Los primeros cristianos vieron en Jesús a ese profeta. Era la figura tantas veces anunciada y siempre esperada por el pueblo de Israel. Esa identificación garantiza que las palabras de Jesús son las palabras de Dios. Esta es la clave para interpretar todo el mensaje del evangelio de Marcos. Hablará con la autoridad propia del mismo Dios. Sus palabras tendrán la fuerza creadora y sus acciones serán liberadoras como las acciones del mismo Dios.

Pablo (1Cor 7,32-35), con una visión de Dios muy cercana a la del “Jupiter tonante” del Sinaí, llega a la conclusión de que preocuparse del marido, o de la mujer o de los hijos, es alejarse de Dios.

El Dios de Jesús es muy distinto. El mensaje de Jesús nos dice que a Dios sólo se puede ir a través del hombre. Buscar a Dios prescindiendo del prójimo es idolatría. Creer que el tiempo dedicado a las personas es tiempo negado a Dios es una trampa.

CONTEXTO

Estamos en el primer día de actividad de Jesús. Su primer contacto con la gente tiene lugar en la sinagoga. Es un signo de que la primera intención de Jesús fue enderezar la religiosidad del pueblo que había sido tergiversada por una interpretación opresora de la Ley.

Por dos veces en el relato se hace referencia a la enseñanza de Jesús, pero no se dice nada de lo que enseña. Se habla de la obra. Lo que Jesús hace es liberar a un hombre de un poder opresor, el espíritu inmundo (contrario al espíritu santo). La clave es que Jesús libera, cuando habla y cuando actúa.

La buena noticia que anuncia Marcos es la liberación, en dos direcciones: de las fuerzas del mal (espíritu inmundo); y de la fuerza opresora de la Ley, explicada de una manera alienante por los fariseos y letrados (no como los letrados).

La intención de Marcos es que la gente se haga la pregunta clave: ¿Quien es Jesús? Lo que acabamos de leer y todo lo que sigue en este evangelio, será la respuesta.

EXPLICACIÓN

En el evangelio el acercamiento a Jesús produce asombro. Si hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la buena nueva de Jesús, es que no lo hemos descubierto de verdad. En el evangelio, la admiración de la gente va en dos direcciones. Por una parte se asombran de su enseñanza y por otra, quedan estupefactos al ver la curación del hombre. En Jesús, la predicación y la acción son inseparables.

“Les enseñaba como quien tiene autoridad”. Hoy la palabra clave es “exousia”. No es nada fácil penetrar en el verdadero significado de este término.

Lo primero que deberíamos hacer es distinguirlo de “dynamis”. Esta distinción es relativamente fácil: “Dynamis” sería la fuerza bruta que se impone a otra fuerza física. “Exousía” sería la capacidad de hacer algo en el orden jurídico, político, social o moral, siempre en un ámbito interpersonal.

La palabra griega significa, además de autoridad, facultad para hacer algo, libertad para obrar de una manera determinada.

Otra característica de la “exousía” es que la persona la puede tener por sí misma o recibirla de otro que se la otorga.

Dando esto por supuesto, todavía nos queda mucho para saber, en concreto, qué quiere decir el evangelista cuando le aplica a Jesús esa “autoridad”. Se trata de una autoridad que no se impone, de una potestad que se manifiesta en la entrega, de una facultad de acción que se pone al servicio de los demás.

Sería la misma autoridad de Dios dándose a todas sus criaturas sin necesitar nada de ninguna de ellas. El concepto de Dios “todopoderoso” que exige un sometimiento absoluto, nos impide entender la exousía de Jesús. Sólo desde la experiencia del Dios-Amor de Jesús podremos entenderla.

Jesús enseñaba con autoridad, porque no hablaba de oídas, sino de su experiencia interior. Trataba de comunicar a los demás sus descubri­mientos sobre Dios y sobre el hombre.

Los letrados del tiempo de Jesús (y los letrados de todos los tiempos) enseñaban lo que habían aprendido en las Escrituras. De todas ellas tenían un conocimiento perfecto, y tenían explicaciones para todo, pero el objetivo de la enseñanza era la misma Ley, no el bien del hombre. Se quería hacer ver que el objetivo de Dios al exigir los preceptos, era que le dieran gloria a Él, no la plenitud del mismo ser humano.

Lo que dejó atónitos a los oyentes de Jesús fue el ver que su enseñanza no era así, sino que hablaba con la mayor sencillez de las cosas de Dios tal como él las vivía. Su experiencia le decía que lo único que Dios quería, era el bien del hombre. Que Dios no pretendía nada del ser humano, sino que se ponía al servicio del hombre sin esperar nada a cambio.

Esta manera de ver a Dios y la Ley no tenía nada que ver con lo que los rabinos enseñaban. Todos los problemas que tuvo Jesús con las autorida­des religiosas se debieron a esto. Todos los problemas que tienen los místicos y profetas de todos los tiempos con la autoridad jerárquica responden al mismo planteamiento.

Jesús se decanta por el hombre que resulta liberado del dios araña que intenta chuparle la sangre. Naturalmente si Dios no es exigente, si Dios no quiere nada para sí, ¿en nombre de quién pueden exigir tantos sacrificios sus representantes?

Cállate y sal de él. La expulsión del “espíritu inmundo” refleja desde el principio, el planteamiento del evangelio como una lucha entre el poder del bien y el poder del mal. Bien entendido que “mal” es toda clase de esclavitud que impide al hombre ser él mismo.

Nadie se asombra del “exorcismo”, que era corriente en aquella época. Lo que les llama la atención es la superioridad que manifiesta Jesús al hacerlo, demostrando así quién es. Jesús no pronuncia fórmulas mágicas ni hace ningún signo estrafalario. Simplemente con la autoridad de su palabra obra la curación.

APLICACIÓN

Hablar con autoridad hoy sería hablar desde la experiencia personal y no de oídas. Lo único que hacemos, también hoy, es aprender de memoria una doctrina y unas normas morales, que después trasmitimos como papagayos, como se trasmite la lista de los reyes godos. Eso es lo que no funciona.

En religión, la única manera válida de enseñar es la vivencia que se trasmite por ósmosis, no por aprendizaje. Esta es la causa de que nuestra religión sea hoy completamente artificial y vacía, que no nos compromete a nada porque la hemos vaciado de todo contenido vivencial.

“Espíritu inmundo” sería hoy todo lo que impide una auténtica relación con Dios y con los demás. Fijaros hasta qué punto estamos todos poseídos por espíritu inmundo. Esas fuerzas las encontramos tanto en nuestro interior como en el exterior. Nunca, a través de la historia, ha habido tantas ofertas falsas de salvación.

Una de las tareas más acuciantes del ser humano, es descubrir sus propios demonios; porque sólo cuando se desenmascara esa fuerza maléfica, se estará en condiciones de superarla. Con esta perspectiva veremos que la tarea fundamental de Jesús es librar al hombre del maligno.

Una importante tarea en esta liturgia, sería descubrir nuestras ataduras y tratar de desembarazarnos de ellas. Todos estamos poseídos por fuerzas que no nos dejan ser lo que desearíamos ser. Hoy sigue habiendo mucho diablo suelto que tratan por todos los medios de que el hombre no alcance su plenitud. La manera de conseguirlo es la manipulación para que no consiga alcanzar libremente su plena humanidad.

Toda nuestra vida debería ser un acopio de autoridad para ayudar al hombre a liberarse de todos sus demonios. Jesús emplea su autoridad, no contra los hombres, sino contra las fuerzas que los oprimen. ¡Qué ejemplo para imitar si de verdad queremos ser cristianos!

Como individuos, como comunidad y como Iglesia, estamos siempre tratando de aumentar nuestra “autoridad”. Pero, ¿para qué? Si intentamos estar por encima de los demás para someterlos a nuestro capricho, aunque sea bajo pretexto de hacer la voluntad de Dios o de buscar el bien de los demás, estamos en la antípoda del evangelio.

Como Jesús, tenemos que luchar a brazo partido contra todas las fuerzas que oprimen al hombre y no le dejan desarrollar su verdadero ser.

En el evangelio de Marcos, Jesús deja muy claro, desde el primer día, que los enemigos del hombre son los únicos enemigos de Dios. Un dios que exige al hombre sacrificarse por él, no es el Dios de Jesús. La gloria de Dios y el bien del hombre, son una misma realidad, mejor dicho son la única realidad.

La teología, la liturgia, todas las normas morales tienen que tener como fin ayudar al hombre a ser él mismo. “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. El defender este principio le costó la vida a Jesús.



Meditación-contemplación


La “autoridad” de la que nos habla hoy el evangelio,
es la única que viene de Dios.
Toda autoridad que se ejerce desde el poder,
y más que ninguna otra la religiosa, viene del diablo.
……..

Todos debemos desplegar la autoridad que Dios nos concede.
La autoridad que da el saber que Dios está en lo hondo de tu ser.
La absoluta confianza de saber que tienes capacidad
para amar como Él ama y liberar como Él libera.
…………………..

Tu tarea primera como ser humano,
es liberarte de todo lo que te impide ser humano.
La segunda, es ayudar a los demás a liberarse
de todos los demonios que andan por ahí sueltos.
………………


Fray Marcos

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LA ESPERANZA NUNCA MUERE


Por Hernán Pérez Etchepare, ssp

La vida sin esperanza es un barco en el desierto que no tiene medios para llegar a su puerto.
Cuando se logra una esperanza a qué se puede apelar si no es con ilusión otra esperanza conquistar.
La esperanza nunca muere siempre vuelve a renacer qué sería de los hombres desterrados del edén.
Las esperanzas aparecen de las formas más diversas son oportunidades de quienes solo tienen ojos para verlas.
Cuando se pierde una esperanza es que no se supo buscar,porque la esperanza es materia que el tiempo ha de llenar.
No te asustes, ni tengas miedo, del horror que puedas encontrar la esperanza florece mejor en medio de la tempestad.
Aunque todos los signos te sean adversos la esperanza es confiar en el amor que no vemos.
La esperanza es sacar de todo lo que nos rodea las semillas del bien para seguir la siembra.
La vida es una cadena de lo que se puede esperar hasta que llegue una esperanza.

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Dedicado a mi gran amigo Hernán Perez Etchepare, que hoy se adelantó en el camino hacia la Gran Esperanza que no muere.

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Evangelio Misionero del Día: 29 de Enero de 2012 - IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B


Hablaba con autoridad y expulsaba los demonios

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 21-28

Jesús entró en Cafamaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre.
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Compartiendo la Palabra
Por José Antonio Pagola

CURADOR

Según Marcos, la primera actuación pública de Jesús fue la curación de un hombre poseído por un espíritu maligno en la sinagoga de Cafarnaún. Es una escena sobrecogedora, narrada para que, desde el comienzo, los lectores descubran la fuerza curadora y liberadora de Jesús.

Es sábado y el pueblo se encuentra reunido en la sinagoga para escuchar el comentario de la Ley explicado por los escribas. Por primera vez Jesús va a proclamar la Buena Noticia de Dios precisamente en el lugar donde se enseña oficialmente al pueblo las tradiciones religiosas de Israel.

La gente queda sorprendida al escucharle. Tienen la impresión de que hasta ahora han estado escuchando noticias viejas, dichas sin autoridad. Jesús es diferente. No repite lo que ha oído a otros. Habla con autoridad. Anuncia con libertad y sin miedos a un Dios Bueno.

De pronto un hombre «se pone a gritar: ¿Has venido a acabar con nosotros?». Al escuchar el mensaje de Jesús, se ha sentido amenazado. Su mundo religioso se le derrumba. Se nos dice que está poseído por un «espíritu inmundo», hostil a Dios. ¿Qué fuerzas extrañas le impiden seguir escuchando a Jesús? ¿Qué experiencias dañosas y perversas le bloquean el camino hacia el Dios Bueno que él anuncia?

Jesús no se acobarda. Ve al pobre hombre oprimido por el mal, y grita: «Cállate y sal de él». Ordena que se callen esas voces malignas que no le dejan encontrarse con Dios ni consigo mismo. Que recupere el silencio que sana lo más profundo del ser humano.

El narrador describe la curación de manera dramática. En un último esfuerzo por destruirlo, el espíritu «lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió». Jesús ha logrado liberar al hombre de su violencia interior. Ha puesto fin a las tinieblas y al miedo a Dios. En adelante podrá escuchar la Buena Noticia de Jesús.

No pocas personas viven en su interior de imágenes falsas de Dios que les hacen vivir sin dignidad y sin verdad. Lo sienten, no como una presencia amistosa que invita a vivir de manera creativa, sino como una sombra amenazadora que controla su existencia. Jesús siempre empieza a curar liberando de un Dios opresor.

Sus palabras despiertan la confianza y hacen desaparecer los miedos. Sus parábolas atraen hacia el amor a Dios, no hacia el sometimiento ciego a la ley. Su presencia hace crecer la libertad, no las servidumbres; suscita el amor a la vida, no el resentimiento. Jesús cura porque enseña a vivir sólo de la bondad, el perdón y el amor que no excluye a nadie. Sana porque libera del poder de las cosas, del autoengaño y de la egolatría.

Difunde la fuerza curadora de Jesús. Pásalo.

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ORACIONES para la EUCARISTÍA: LA VOCACIÓN DE JESÚS / DAR CRÉDITO


Publicado por Fe Adulta

Acción de gracias

Queremos ser conscientes de que hablamos contigo,
Dios y Señor nuestro, Padre y Madre nuestra,
que creas y mantienes de continuo todo el universo.
No quisiéramos reincidir
en esas viejas y equivocadas imágenes de Ti,
que te hacen lejano, controlador, justiciero,
y además culpable de todos los males que sufrimos.
Confesamos muy al contrario que eres un Dios bueno,
que nos amas infinitamente y a todos por igual,
pero que nos necesitas
para erradicar los males de este mundo.
No debemos pedirte milagros,
somos nosotros quienes hemos de solucionar
los problemas de la gente.
Nos alegra el alma recitar en tu honor este himno de gloria.

Memorial de la cena del Señor

Gracias, una vez más, Padre,
por haberte manifestado en Jesús de Nazaret,
que pasó por este mundo haciendo el bien.
Es tu humana encarnación,
por eso, conociéndole, te conocemos a Ti,
siguiéndole, nos sumamos a su lucha por tu Reino.
Asumimos el fuerte compromiso de imitarle,
aunque reconocemos que nos lo ha puesto difícil.
Jesús liberó de ataduras a los que se sentían oprimidos,
ayudó a los más necesitados, sanó a los enfermos,
defendió a ultranza la causa de los pobres
pero convivió con todos, sin acepción de personas,
comprendiendo y valorando el corazón de la gente,
anteponiendo a la persona frente a la norma y la tradición.
Jesús no se arredró ante las amenazas
y siguió adelante con su misión.

Invocación al Espíritu de Dios

Este es el buen testimonio de Jesús.
Envíanos tu espíritu, Padre Dios,
que nos mueva a vivir como él.
Hemos llenado este mundo de calamidades,
nuestro primer deber es abrir los ojos
y no mirar para otro lado.
Cerca y lejos, en todas partes,
muchos hermanos están pasando hambre.
No podemos contentarnos, Dios y Padre nuestro,
con rezarte cada domingo.
Haz que se nos conmueva el alma ante los hermanos pobres
y nos salga de dentro ayudarles. .
Tenemos que provocar la alegría y sembrar esperanza,
solucionar los problemas reales de los que sufren injusticias.
Unidos a la gran comunidad universal
que desea y espera un mundo más justo y solidario,
con la esperanza de hacerlo posible entre todos.
brindamos con Jesús, tu hijo y hermano nuestro.
AMÉN.


Rafael Calvo Beca
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DAR CRÉDITO


Muchos anuncios,
muchas promesas,
muchas rebajas,
muchas oportunidades,
muchas gangas...

Muchas voces susurran
constantemente
sus ofertas.

Con sus llamativas,
vanas,
huecas,
lights palabras
cubren su pobreza
y cantan sus dudosas alabanzas.

Mas no me satisfacen,
pues ni me alimentan,
ni me quitan el hambre,
ni me liberan de los espíritus que traen males,
ni curan mis enfermedades,
ni alumbran mis rincones .oscuros.
ni me traen buenas noticias,
ni riegan mis esperanzas sociales
ni satisfacen mis necesidades,
ni me defienden de sus intrigas,
ni me acogen como persona,
ni me dan buenas sensaciones...

En este mar de palabras,
de propaganda sofisticada,
de ilusiones engañosas,
de ofertas apetecibles,
de oportunidades al alcance,
de verdades sin misterio,
de doctrinas nuevas,
de productos con lábel,
de soluciones a la carta...
de predicadores sin conciencia...
yo sólo quiero dar crédito
a tu palabra buena y nueva,
valiosa y gratuita,
que me ofrece vida,
la dignidad y la alegría.
Yo sólo quiero darte crédito
a ti, que eres la palabra y la vida.

Creo, Señor, en ti,
y creo que eres la Palabra auténtica.

Florentino Ulibarri


SUGERENCIAS

Se podría completar la celebración con estos cantos y plegarias:
canto de entrada: Cristo libertador
canción-plegaria: El Señor es mi fuerza
canto de acción de gracias: Anunciaremos tu Reino, Señor
profesión de fe: #2, página 17 (Credo cristiano)
himno de gloria: #3, página 43
padrenuestro: #1, página 33 (Lc 11, 1-4)
[Las páginas corresponden al libro "60 encuentros eucarísticos"]

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JESÚS, EL LIBERTADOR


IV Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,21-28)

El Evangelio de Marcos tiene una estructura que revela bien su intención. En el primer capítulo se presenta a Jesús, a partir del testimonio de Juan: pasada la experiencia de oración y ayuno, y la tentación, en la montaña, llama a los primeros discípulos y empieza su ministerio: recorre Galilea enseñando en las sinagogas y curando toda clase de enfermedades.

En esta parte, Marcos va alternando los discursos con las curaciones, en un mensaje claro: "Esta es su autoridad: él viene de parte de Dios".

El texto de hoy presenta como un resumen programático: las palabras y las obras. Y ambas cosas producen admiración. Las palabras, porque son algo nuevo, diferente de la enseñanza de los escribas, en contenido y en autoridad. Los escribas no hacían otra cosa que comentar La Ley y Los Profetas. Jesús "es diferente". Y el pueblo está sorprendido. Y además, Jesús avala sus enseñanzas con curaciones sorprendentes, tenidas por la gente como milagros.

Por tanto, el mensaje de este comienzo del evangelio de Marcos se refiere ante todo a "autentificar a Jesús": "éste es El Profeta anunciado", se nota en sus obras y en sus palabras. Dios está con él, es necesario creerle. Pero es conveniente analizar un poco más la escena, porque tiene significados profundos.

Se trata de la reunión ritual de los judíos, el sábado, en la sinagoga: se lee y explica, por parte de los escribas, la Ley, como enseñanza "autorizada". Jesús y su grupo, como personas piadosas, acuden; pero Jesús, sin ser escriba, pasa a enseñar. Se indica así lo "oficial" de la predicación de Jesús.

En contraposición a los escribas, Jesús muestra "otra autoridad", sin basarse en otros maestros o tradiciones, no como mero repetidor de la Ley, sino con autoridad propia.

Nosotros la Iglesia no hemos subrayado lo suficiente la enorme distancia que hay entre Jesús y el Antiguo Testamento. Haríamos bien en recordar lo del vino nuevo y los odres viejos. Pero me temo que a buena parte de la Iglesia le gusta más vivir en el Antiguo Testamento: por ejemplo, les gusta mucho más el culto esplendoroso que la Cena del Señor, la teología metafísica que las parábolas.

Esta autoridad se ve refrendada por sus curaciones, en este caso de un "poseído por un espíritu impuro". En el NT aparecen con frecuencia personas afectadas de males morales, presiones internas que son superiores a ellos, que les hacen no ser dueños de sí mismos. Se les considera poseídos por "espíritus", y estos espíritus son considerados "inmundos", es decir, opuestos al Señor, alejadores de Dios.

Jesús se muestra como un poder liberador de las personas respecto de esos espíritus, capaz de devolver a la persona su libertad, su capacidad de ser dueño de sí mismo. Su autoridad se manifiesta más aún por cuanto la curación se verifica con la sola fuerza de su Palabra.

Por lo demás, Jesús está curando en sábado. Empieza, ya desde el principio, una costumbre de Jesús que va a llegar a resultar "agresiva". El cumplimiento del descanso sabático era tan estricto que curar en sábado se consideraba como quebrantar la Ley. Jesús pasará una y otra vez sobre esta prohibición, y este será un tema de grave enfrentamiento con las autoridades religiosas.


Todos los textos son un ejemplo bonito de provisionalidad. Está en el fondo la semilla de la Palabra, pero arropada -mal- en las creencias y deficiencias del momento.

En el texto del Deuteronomio:
Yahvé es temible. Hace falta un intermediario, el profeta. Los que no le escuchen serán castigados: el falso profeta morirá.

En el texto de Pablo:
Los últimos tiempos. No merece la pena ni casarse. Se sirve mejor a Dios en el celibato.

En el Evangelio:
"Una doctrina nueva". Prodigios para demostrar poder…

Ninguna de estas afirmaciones son aceptables sin más.

· Dios no es terrible.

· El único intermediario es Jesús, pero no porque ver a Dios resulte mortal.

· No se está acabando la historia: el matrimonio y "las cosas del mundo", y toda nuestra vida, forman parte de nuestra misión y tienen -todas las actividades- el mismo valor: cumplir "mi" misión.

· Los milagros no son una manifestación del poder del Amo sino de la voluntad de curar del Libertador.

Puede parecer sorprendente que apliquemos esta noción de "provisionalidad" tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. Sin embargo, así es. "Los testigos" ven y oyen a Jesús, creen en él y nos cuentan lo que han visto y oído, y su fe. Y la Palabra está ahí, una vez más, encarnada. Si los testigos fueran daltónicos, nos describirían a Jesús en blanco y negro. Lo que los testigos nos cuentan es lo que pueden captar.

Pero el Espíritu sigue animando a la Iglesia; el pueblo peregrino avanza en el conocimiento de Dios. No entiende lo mismo Moisés que Isaías, ni Juan Bautista que Pedro, ni Juan Evangelista que nosotros. Y no porque seamos más listos o tengamos más medios, sino porque el Espíritu de Jesús sigue trasformando a la Iglesia.

De aquí sacamos consecuencias importantes para nuestra vida, bien representadas las dos en frase de la gente sobre Jesús: "¿Quién es éste, qué es esto...?". ¿En quién creemos, en qué creemos?

¿Creemos en un taumaturgo que arregla los males del mundo por arte de magia? ¿Por qué hacían milagros los apóstoles y no los hacen los obispos? ¿Sólo porque ellos tenían más fe?

¿Creemos en una Palabra de Dios dictada al oído a los autores sagrados, sin posibilidad de sombra de error o interpretación?

¿Creemos en Jesús Dios con apariencia de hombre, lleno de poder, que simula ser como nosotros?

¿Creemos en un Dios terrible, al que tenemos acceso por intermedio de elegidos que se interponen entre el pueblo y El Amo?

¿Creemos que las cosas corrientes de la vida son inútiles para el Reino de Dios?

Creemos que todo lo que los hombres pueden entender de Dios está dicho en Jesús. Y no entendemos más, aunque tenemos más preguntas.

Creemos que Religión no es lo extraordinario, sino el sentido y valor de lo ordinario.

Creemos que todos los hombres van entendiendo mejor a Dios.

Creemos que en eso consiste nuestra vida: en caminar hacia más conocimiento, fiados en Jesús, la Palabra.

Pero podemos estar confusos: ¿por qué recibimos unas cosas de la Escritura y otras no, o unas más y otras menos­?. ¿No corremos el riesgo de entender la Palabra de Dios a nuestra conveniencia?

En efecto, corremos ese riesgo, e incluso caemos en él, como cayó Pedro y Pablo y todos. El riesgo está en aceptar lo que nos parece razonable. El acierto está en compararlo todo con las líneas claras, profundas, de Jesús:

· vemos como "provisional" el Dios terrible del Sinaí porque Jesús nos ha mostrado a "Abbá",

· vemos como insuficiente la fe en Jesús "ser divino de apariencia humana con poderes mágicos", porque le hemos visto nacer de María y morir en la cruz...

· Y sabemos que nuestra tentación es siempre aceptar lo que nos parece razonable; y sabemos que lo sensato es ir a buscarle a él, a ver cómo es.

Uno de los aspectos del evangelio que más nos molestan hoy son, quizá, los milagros. No estamos dispuestos a aceptar lo maravilloso, probablemente porque nuestro pensamiento tiene mucho de exclusivamente racional, exclusivamente científico. Incluso a algunos nos parecería más aceptable el Evangelio sin milagros, porque nos resulta más verosímil.

Y sin embargo, los milagros están ahí, nos guste o no. No todas las narraciones de milagros que hay en los evangelios son crónicas de sucesos que ocurrieron: algunos son fruto de la exageración legendaria, otros tienen sentido simbólico. Pero muchas sí que son narraciones de sucesos.

Y es histórico que muchas de estas actuaciones de Jesús fueron interpretadas por la gente como milagros. Las personas "poseídas por malos espíritus" eran enfermos, desde luego. Y Jesús las curaba. Y muchas veces sin tratamiento, sin contacto físico. Si estas cosas no nos gustan, es nuestro problema. Se trata de creer en el Jesús que existió, no de que nos guste o no.

José Enrique Galarreta

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Dom 29 I 12. La Sinagoga de Cafarnaum: Espíritu impuro, doctrina nueva


Publicado por El blog de X. Pikaza

Dom 4, tiempo ordinario. Ciclo B. Mc 1, 21-28 Jesús viene a pescar para el Reino y en honda paradoja su primer lugar de pesca será Cafarnaúm, una pequeña población (no ciudad) junto al mar de Galilea, y, dentro Cafarnaúm la sinagoga, casa de enseñanza y oración, donde se juntan los judíos para cultivar su ley sagrada. Sin duda, el evangelio Marcos está proyectando hacia la historia anterior su experiencia misionera, en torno al año 70 d.C., en un tiempo en que las sinagogas se han vuelto espacio de diálogo y disputa entre judíos seguidores de Jesús y judíos fieles a las tradiciones de los rabinos; pero es posible que su narración refleje una experiencia histórica muy significativa, que quiero comentar paso a paso.

Dentro del contexto de Galilea donde él va a moverse, anunciando el Reino, Jesús aparece aquí en Cafarnaúm. No era una ciudad estrictamente dicha, sino una población de campesinos, artesano y pescadores, que no pasaría de mil habitantes, pero que se hallaba bien comunicada, tanto por mar como por tierra en la zona central de la Baja Galilea, en el reino/tetrarquía de Herodes Antipas, aunque muy cerca de la demarcación de Filipo (y de una de sus ciudades importantes, que era Betsaida. Tenía una guarnición militar con un centurión (según Mt 8, 5), un puesto de “aduana”, con un recaudador de impuestos, llamado Leví (Mc 2, 14) y una sinagoga, donde entrará Jesús para realizar su primer gesto (la imagen de las ruinas de la sinagoga pertenece a un momento posterior, pero el lugar donde se hallaba debe ser el mismo).

EN LA SINAGOGA DE CAFARNAUM

Mc 1 21 Y se dirigieron a Cafarnaúm y de pronto, en el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar. 22 La gente estaba admirada de su enseñanza, porque los enseñaba con autoridad, y no como los escribas.

Jesús va con sus cuatro pescadores, en gesto provocativo de pesca de Reino. Pues bien, el primer momento de esa pesca es la enseñanza. Sus cuatro acompañantes pescaban echando la red; Jesús lo hace enseñando (edidasken), precisamente allí donde los judíos se reunían para aprender (en la sinagoga).

1. Cafarnaúm.

Jesús que había ido de Nazaret al Jordán (1. 9), no ha vuelto a Nazaret, para comenzar allí su tarea, sino a Cafarnaúm. Quizá esto se debe al hecho de que no era bien aceptado por sus familiares (como veremos en 3, 31-35) y por la gente de su aldea (6, 1-6), apareciendo así como “profeta sin honra en su patria” (6, 4).
La elección de Cafarnaúm puede obedecer también a otras razones de tipo social y religioso. Según Marcos, Jesús no visita la ciudades paganas del entorno de Galilea (Tiro, Escitópolis), ni tampoco otras ciudades “judías”, como Séforis (a unos seis km de Nazaret) o Tiberíades, no lejos de Cafarnaúm. Eso se debe probablemente al hecho de que quiere ser profeta campesino y porque cree que sólo en ese contexto puede anunciarse y llegar el Reino de Dios, pues las ciudades están “contaminadas” por una estructura de fuerza (división social) que se opone al evangelio .

2. Y de pronto en el sábado .

Al describir los seis días de las obras de Dios (Gen 1, 26-32), la Biblia sabe que la creación de todas las cosas ha culminado en el surgimiento de los hombres. Pero la Biblia parece saber que hay algo después del hombre: el Sábado de Dios, es decir, Dios mismo como descanso y plenitud de todo lo que existe (Gen 2, 1-4). En ese día séptimo, Dios ya no actúa, no crea cosa alguna, sino que “es”, descansa en sí mismo, se limita a ser la realidad y sentido de todo lo que existe. Entendido así, el sábado constituye la institución fundamental judía, desde una perspectiva de sacralidad cósmica y de unión del hombre con Dios.

Si ponemos de relieve ese sentido del sábado, el hombre no es un simple ser en el mundo, como a veces se ha dicho, sino un ser para Dios. De esa forma se expresa la polaridad o paradoja viviente de la realidad. Por un lado, todo es para el hombre, como sabe Gen 1, 26-31, de manera que el trabajo y el dominio del hombre sobre el mundo tienen máxima importancia. Pero, al mismo tiempo, ese trabajo y dominio del hombre integran en el descanso sabático del mundo, día en que el hombre no trabajo, sino que integra en el gozo de Dios.

Conforme a esa visión, desde la perspectiva de conjunto del Antiguo Testamento (Ex 20, 10; Dt 5, 14), más que por sus obras, el hombre se define por el sábado que es tiempo de armonía interior, de unión con Dios y descanso: Dios ha hecho a los hombres para que gocen y celebren la vida sobre el mundo. De ese sábado de Dios en el mundo han tratado de un modo minucioso los rabinos de Israel, de manera que sus reflexiones, contenidas en la Misná y el Talmud, constituyen la expresión más intensa de la importancia de un descanso que vincula a los hombres con Dios. En esa línea se ha podido afirmar que el hombre es imagen de Dios porque celebra el sábado, porque descubre y recrea cada siete días, con su propia vida, la armonía sagrada del tiempo (semana) y del espacio (cosmos), acompañando a Dios en su misterio de Vida y Alabanza

Este sábado es el signo de una armonía que los hombres buscan y desean, aunque todavía no logrado; ellos no la buscan sobre un cielo más allá, sino en la misma tierra, que es revelación de la plenitud de Dios, donde pueden celebrar el sábado como cumplimiento y superación del trabajo de los seis días de la semana, experiencia de comunión con el descanso y plenitud de Dios. La apocalíptica del III a.C al II d.C. ha reflexionado mucho sobre ese día, entendido como superación del ritmo semanal del tiempo y como promesa de su culminación (así lo muestra el libro de los Jubileos, con sus semanas de siete semanas de años): cuando llegue el final de la Séptima Semana empezará el descanso de Dios, la utopía de la tierra ya pacificada. Todo esto significa que, por encima del despliegue del mundo, que tiende a cerrarse en los seis días de la creación presidida por el hombre, se extiende el sábado de Dios, que se expresa en la liturgia de gozo y alabanza del mundo, que se une con el hombre para proclamar la fiesta de Dios que supera todas las cosas del mundo.

Entendido así, el sábado no es objeto de un mandato, ni de una obligación negativa (¡simplemente no trabajar!), sino comunión del hombre en el gozo de Dios, que se expresa y encarna en el conjunto de la creación y, de un modo especial, en la propia vida humana En esa línea, el Jesús de Marcos reconocerá el valor del sábado de Dios, pero añade que en su centro está el hombre, de manera que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre, como dirá 2, 27.

c. Entrando en la sinagoga.

Las sinagogas eran lugares donde los judíos se juntaban para escuchar las Escrituras, para orar y para resolver los problemas de la comunidad. Habían nacido a finales del siglo II a.C. y vinieron a convertirse pronto, ya en tiempos de Jesús, en una institución básica del judaísmo, que de ahora en adelante no se define por el culto (por los sacrificios del templo de Jerusalén), sino por la asociación voluntaria de personas y grupos que se reúnen para estudiar la Ley y consolidar sus vínculos de pueblo.

En tiempos de Jesús y de la primera iglesia, la palabra sinagoga se aplicaba de un modo preferente a un grupo de judíos que se reúnen para estudiar y orar; pero también se aplicaba ya a la casa de reuniones donde se vinculaban y asociaban los judíos, de un modo organizado, en asambleas celebrativas, educativas y festivas, para desarrollar el culto de la palabra (escuchar los textos sagrados) y orar en común.

Al principio, las sinagogas se tomaban como un refuerzo o ayuda, junto al templo, que seguía siendo el centro del judaísmo. Pero ellas fueron tomando cada vez más importancia, de manera que en el tiempo de Jesús (y especialmente en el tiempo de la redacción de Marcos) estaban apareciendo ya como institución básica de un tipo judaísmo presidido por escribas, buenos estudiosos de la Ley, que se han vuelto padres del pueblo que emerge y se consolida tras la caída del templo (70 d. C.), en contraste con el cristianismo, representado por el Jesús de Marcos, que aparece ya aquí en contraste con la sinagoga.

En ese contexto se entiende este pasaje. Precisamente donde el pueblo cultivaba y mantenía su pureza, ha venido Jesús y ha encontrado al hombre impuro. La ley sinagogal no ha podido curarle, la escuela no ha podido educarle. Sólo la nueva enseñanza de Jesús le sana. Lógicamente, Marcos está proyectando hacia la historia de Jesús su propia experiencia de evangelio (que se ha convertido en motivo de disputa en las sinagogas). Pues bien, en ese contexto nos dice que Jesús no ha comenzado a realizar su pesca (liberar endemoniados) en aquellos lugares que podían parecen más contaminados (casas públicas, mercados, caminos…), sino que ha venido al corazón de la pureza judía (sinagoga) como indicando que precisamente allí, en el espacio que debía ser más limpio, el día de la gran pureza (sábado) hay un hombre hundido en gran necesidad, poseído por un espíritu impuro (akathartô) .

d. (Jesús) enseñaba y se admiraban de su enseñanza…

Jesús entró para “enseñar” (edidasken: 1, 21) y su enseñanza produjo el asombro de los oyentes, porque actuaba como alguien que tiene autoridad (exousia), y no como los escribas (1, 2l). El final de relato refuerza esa novedad de Jesús, con el comentario de la gente que dice: tiene una enseñanza nueva con autoridad (1, 27). Esto significa que no va a las sinagogas para estudiar y discutir con los Escribas, partiendo de la autoridad de una Ley (Escritura), que ellos comentan e interpretan, sino que actúa como alguien con autoridad propia, que no se limita a interpretar lo dicho, sino a decir algo nuevo, de manera poderosa.

Ciertamente, el acepta y “cumple” la Escritura, pero no sometiéndose a ella, para discutir sus interpretaciones, sino recreándola con su vida y su palabra. No va a la sinagoga para renovar algunas enseñanzas, sino para enseñar curando, es decir, para liberar a los hombres dominados por Satán (por sus demonios sociales y religiosos). Lógicamente, su evangelio es palabra sanadora. Frente a la ortodoxia práctica de una institución que se cierra en la letra de unos códices fijados, Jesús desarrolla una actividad “sanadora” a favor de los enfermos y/o endemoniados .

e. Pues les estaba enseñando como alguien que tiene autoridad y no como los escribas.

Viene con cuatro acompañantes (pescadores de hombres) para liberar a un poseso (que está bajo el poder de Satán, con quien Jesús se enfrentó: 1, 13), el primer destinatario de su pesca de Reino. Viene buscando allí donde debía encontrarse todo limpio, una sinagoga donde sufre (malvive) este hombre, que es signo de los oprimidos por los varios "demonios" de este mundo: enfermos, marginados, destruidos por la patología social y religiosa. Desde aquí se distinguen los escenarios:

− Hay una mala escuela/sinagoga, dominada por escribas (gentes de escuela, de lectura y escritura) que mantienen una enseñanza vinculada a tradiciones de ley que deja al hombre en manos de su propia enfermedad, dominado por espíritus impuros que brotan de su misma religión. La ley sacral de esos escribas (¡no el judaísmo como tal!) se muestra así inútil: no consigue sanar al enfermo, quizá aumenta su opresión con nuevas opresiones. La misma estructura religiosa (en este caso sinagoga) es fuente de impureza .
− Jesús ha ofrecido en esa sinagoga su enseñanza nueva (cf. 1, 27: didakhê kainê) con autoridad para sanar. No viene a enseñar interpretaciones de leyes, sino a curar a los posesos y enfermos, para que puedan ser personas… No cura como mago, con ensalmos de misterio sino como maestro humano, con una palabra de enseñanza que desata, libera, purifica al ser humano que se hallaba oprimido dentro de una escuela/sinagoga que educa para la opresión

En este contexto se entiende ya la decisión de Jesús: no quiere una simple “reforma” de la sinagoga, como la que hará el rabinismo posterior, sino una ruptura y superación del sistema de las sinagogas. Por ahora no hay nada decidido.

1, 23-24. UN HOMBRE CON (EN) ESPÍRITU IMPURO

Mc 1, 23 E inmediatamente en la sinagoga de ellos había un hombre en (con) espíritu impuro, que se puso a gritar: 24 ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios!

Resulta difícil encontrar un signo más hiriente. La sinagoga debería ser espacio de pureza, hogar donde los hombres forman la familia de Dios, en clara libertad. Pues bien, en contra de eso, Jesús sabe que la misma sinagoga mantiene al ser humano impuro, cautivado. Por eso viene, con cuatro compañeros, para pescar en gesto solemne al pobre endemoniado, primer destinatario de su reino.

a. Un hombre en espíritu impuro…

Jesús no clama en el desierto, esperando que los hombres vengan, como hacía Juan. Le hemos visto a la orilla del mar, llamando a unos pescadores. Más tarde le veremos enseñando en los caminos, y también junto al mar (cf. 3,7-12). Pero ahora, por imperativo de su propia formación (raíz) judía, tiene que acudir a la sinagoga que convoca y reúne a los creyentes normales de su pueblo. Aprovecha el sábado, día en que los fieles se reúnen, para así enseñarles, como judío cumplidor que tiene una palabra.

Aunque Marcos dice que la sinagoga era de ellos (autôn), como indicando la ruptura que ya empieza a darse (hacia el 70 d. C.) entre cristianos y judíos rabínicos, aunque es evidente que en tiempo de Jesús no había tales divisiones. El profeta galileo entra de forma normal en esa casa/sinagoga y enseña de manera programada dentro de ella. Pues bien, Marcos introduce aquí un rasgo sorprendente: en la sinagoga hay un hombre “en espíritu impuro” (en pneumati akathartô).

Ésta es un hombre está “dentro del espíritu” y no el espíritu dentro del hombre”. Es un hombre que está, al mismo tiempo, en la sinagoga y en el espíritu impuro (en ambos caso se emplea la misma partícula: en). La presencia de este endemoniado (poseído por Satán) va en contra de todos los esfuerzos de separación y santidad que ha trazado (está trazando) el rabinismo, a partir de unos principios recogidos de Lev 1-16. Ciertamente, las autoridades judías no parecen saber que ese hombre es impuro; si lo hubieran conocido, si supieran que está “dentro de Satán”, mientras externamente habita en esta sinagoga, lo hubieran expulsado de su compañía (o hubieran transformado la sinagoga).

Posiblemente, Marcos habla aquí con ironía sobre los escribas, que no logran liberar como Jesús, sino que imponen con detalle las leyes de pureza (cf. 7,1-23), pero son capaces de ver que “en” su sinagoga hay un hombre” “en” espíritu impuro. ¿Cómo explicar eso? ¿Por qué razón sigue habiendo endemoniados en aquella sinagoga? El texto ha respondido con toda nitidez: ¡por la impotencia de la enseñanza de los escribas!

b. Diciendo: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo…?

Tenían que haber hablado los escribas, que son los que están más implicados en las sinagogas, lugares donde ellos interpretan con rigor y precisión la ley, mientras otros, como este endemoniado, siguen impuros, sin que nadie pueda limpiarles. Discuten los sabios y el poseso calla, dominado por su enfermedad, como aplastado por su misma sensación de desamparo y dependencia. Parece que todo está normal, hasta que llega Jesús, y ahora son los letrados los que callan, mientras la gente sabe discernir (¡trae una enseñanza nueva, con poder, no como los escriba! 1, 22) y este endemoniado grita, es decir, muestra su necesidad, interpelando Jesús y retándole en el fondo.

Como he dicho, los escribas callan, pero el endemoniado, antes silencioso, grita, hablando primero en plural (como si estuviera poseído por la totalidad de los demonios) y luego en singular: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios! Con su presencia y enseñanza, Jesús despierta la voz de los que antes estaban en silencio y que ahora estallan, provocándole de un modo directo, de manera que así pueden ser descubiertos y vencidos .

Es significativo que Marcos no realice aquí ningún esfuerzo por comparar el contenido teórico de la enseñanza de Jesús con la enseñanza de los escribas, a través de una disputa escolar. Evidentemente, no le interesa, pues él no trata de exponer doctrinas, sino de iniciar un camino mesiánico de vida, a partir de Jesús. Sobre contenidos doctrinales y disciplinares discutían hasta el puro agotamiento los escribas, sin lograr grandes cambios. En contra de eso, la verdad de la enseñanza de Jesús se identifica con su propia autoridad, que se expresa a través de la conmoción que empieza suscitando en los posesos.

e. Eres el Santo de Dios.

Esta confesión del poseso muestra que Jesús está realizando ya lo que había “prometido” Juan Bautista: Bautiza a los hombres con el Espíritu Santo (Pneuma Hagion: 1, 8). Por eso descubre y expulsa a los espíritus impuros, es decir, no santos (pneumata akatharta: 1, 23.27). Lógicamente, por la atracción que suscitan los contrarios, esos mismos espíritus, que se saben impuros, descubren el poder de santidad de Jesús, diciendo que le conocen y así le confiesan diciendo: Eres el Santo de Dios (ho Hagios tou Theou, 1,24), es decir, aquel en quien se expresa el Espíritu Santo.

Marcos nos sitúa así en el centro de la polémica que había (en torno a los años 70 d.C.) entre los discípulos de Jesús y los judíos rabínicos, que están surgiendo también como grupo, en este momento. (a) Para los judíos rabínicos, impuro es aquello que va en contra de las leyes rituales del pueblo (como veremos en 7, 1-23); por eso, mientras no rompa esas leyes, el endemoniado puede seguir en la sinagoga. (b) Para Jesús, en cambio, impuros son los que están “poseídos” por un “espíritu”, oprimidos, sin liberad, viviendo fuera de sí mismos.

Marcos nos lleva así al contexto de la tentación (1,12-13), para mostrarnos que Satán es la fuente y expresión de lo impuro, es decir, de aquello que destruye al hombre, impidiéndole vivir en libertad. En contra de eso, Jesús aparece ya como “el Santo (ho hagios) de Dios”, esto es, como el mismo Dios Santo, que se hace presente en forma humana, con poder para destruir (apolesai: 1, 24) a los espíritus impuros, que en sí mismos no son, no tienen entidad propia, y sólo viven (gritan) en la medida en que destruyen a los hombres .

En ese sentido, la misma venida de Jesús es su enseñanza: «Has venido (êlthes) para perdernos…». Jesús no tiene que decir nada (por ahora); su misma venida es enseñanza. Este endemoniado le conoce y sabe que “ha venido” de Dios y que su autoridad se identifica con su misma potencia sanadora. Frente a la sinagoga que impone una enseñanza que no cura, sino que regula y organiza lo que existe, ha venido Jesús desde Dios para ofrecer una presencia/enseñanza que cura y transforma .

La mentira y verdad de los “endemoniados” se expresa en su manera de hablar, como muestra la escena de este hombre, que está viviendo “dentro” de (en) el espíritu impuro y que por eso dice en plural (lo demoníaco es pluralidad): ¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Has venido a perdernos (hêmas)? Hablan, según eso, los demonios “propietarios” del hombre, que reconocen a Jesús y no quieren tener relación con él. Como en el caso de la legión de demonios que veremos en la tierra pagana de Gerasa (cf. 5, 9), emerge aquí el colectivo de demonios de este hombre de la sinagoga. Pero luego, en un segundo momento, ese poseso añade en singular: ¡Oida, yo sé…! . En el momento en que habla así, en primera persona (yo sé…), y conoce a Jesús, llamándole “el Santo de Dios”, este hombre empieza a estar curado, pues ya no es un grupo, sino una persona: ha visto en Jesús algo nuevo, la presencia de la Santidad de Dios (el Espíritu Santo) y al verlo y saberlo queda transformado, pues sabe que hay algo distinto a su locura .

1, 25-26. JESÚS CURA AL POSESO

Mc 1, 25 Y le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él! 26 Y el espíritu impuro retorciéndole violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él.

He tratado ya del tema de los exorcismos en la introducción, al hablar de los “signos” o sacramentos del evangelio y volveré ocuparme de ellos en otros lugares de este comentario (cf. 3, 20-30, disputa sobre Satán, y 9, 38-41, el exorcista no comunitario). Pero, en este contexto, con ocasión del primer exorcismo de Jesús en Marcos, quiero recoger, con más extensión un ejemplo muy conocido de Flavio Josefo. El tema de fondo no es una enseñanza teórica, sino un conflicto de autoridad (de competencia) entre Jesús y otros grupos judíos, entre los que había también exorcistas famosos:

Dios también lo capacitó (a Salomón) para aprender el arte de expulsar a los demonios, ciencia útil y curativa de los hombres. Compuso encantamientos para aliviar las enfermedades y dejó una manea de usar los exorcismos mediante los cuales se alejan los demonios para que no vuelvan jamás. Este método curativo se sigue usando mucho entre nosotros hasta el día de hoy; he visto a un hombre de mi propia patria, llamado Eleazar, librando endemoniados en presencia de Vespasiano, sus hijos y sus capitanes y toda la multitud de sus soldados.

La forma de curar era la siguiente: acercaba a las fosas nasales del endemoniado un anillo que tenía en el sello una raíz de una de las clases mencionadas por Salomón, lo hacía aspirar y le sacaba el demonio por la nariz. El hombre caía inmediatamente al suelo y él adjuraba al demonio a que no volviera nunca más, siempre mencionando a Salomón y recitando el encantamiento que había compuesto. Cuando Eleazar quería convencer y demostrar a los espectadores que poseía ese poder, ponía a cierta distancia una copa llena de agua o una palangana y ordenaba al demonio, cuando salía del interior del hombre, que la derramara, haciendo saber de este modo al público que había abandonado al hombre. Hecho esto quedaban claramente expresadas las habilidades y la sabiduría de Salomón. Por esas razones, todos los hombres pueden conocer la vastedad de los conocimientos de Salomón y el cariño que Dios le tenía .

Josefo sitúa esta escena en el contexto de la guerra judía (67-70 d. C.), convencido, al menos estratégicamente, de que Dios ayudaba a los romanos. Lógicamente, según este relato, Eleazar, sabio exorcista judío, que aparece como nuevo Salomón, no promueve la guerra contra Roma, sino que despliega ante el general romano (futuro emperador) sus poderes sacrales, en un gran espectáculo de magia, mientras su pueblo está siendo derrotado en el campo de batalla. A juicio de Josefo, los verdaderos judíos, herederos del poder y realeza del antiguo Israel, no fueron los celotas y otros partidarios de la guerra, sino aquellos que, aceptando a Roma, cultivaban los aspectos sacrales (cultuales) y legales de su tradición, como este nuevo hijo de David (nuevo Salomón, a quien se presenta como exorcista más que como rey) .

Y (Jesús) le increpó. Había empezado enseñando (1, 21), quizá en una línea más doctrinal, pero la irrupción y exclamación del poseso ha marcado el rumbo posterior de su acción, al gritar y preguntarle en el fondo: “para qué ha venido”. Quizá Jesús no sabía lo que era la locura (posesión) y ahora lo descubre en la sinagoga. Este poseso le “reta” y él acepta el reto y le responde, iniciando de esa forma un camino de exorcismos que marcarán su actividad.

Calla y sal de él. La palabra calla (phimôthêti) tiene un sentido fuerte, como si Jesús quisiera poner un bozal a los “espíritus impuros”, que han conocido su identidad (le llaman el Santo de Dios). Jesús sabe que es verdad lo que dicen los espíritus (en un plano de poder religioso), pero sabe también que la verdad teórica no sirve (ni la religión, a ese nivel), pues él no quiere entrar en “diálogo” de razones con las razones demoníacas, que son mentirosas y destructoras, sino liberar a los endemoniados. Jesús podría haber aprovechado el reconocimiento satánico (le llaman “Santo de Dios”), pero no lo hace, porque esa primera confesión, siendo en sí verdadera (él es el santo de Dios) está dicha con mentira. Este pasaje de Marcos nos sitúa ante la primera demostración de una “patología religiosa”, que utiliza la verdad externa de sus formulaciones para mentir y dominar mejor (como han hecho a veces los poderes religiosos). Por eso, la única respuesta ante esa “patología” (que es causa de locura humana) es ¡calla y sal de él! Jesús actúa así, con autoridad (cf. 1, 22), para que el endemoniado sea simplemente lo que es: un ser humano, en libertad.

El espíritu impuro le retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él... Estamos ante una “visualización terapéutica”, que muestra la ruptura interior en la que vivía el poseso. Este Jesús de Marcos realiza un signo puramente “humano”, sin empleo de “raíces olorosas”, que expulsan demonios, sin demostración de palanganas de agua derramada (como hacía Eleazar). Jesús sólo apela a la autoridad de la palabra humana, de manera que su exorcismo no se visibiliza en forma de “teatro”, como una demostración para saciar la curiosidad de los espectadores, a la vista de todos, a petición de los curiosos, sino que culmina con una palabra de “silencio” que él exige a los “demonios”, para que no hablen ellos, pues lo que importa es la salud del hombre enfermo, y no algún tipo de poder externo; lo que importa es la curación con la entrega de la vida, tal como vendrá a expresarse al final del evangelio (con la muerte y pascua de Jesús).
Lo que Jesús pone en marcha es un nuevo “conocimiento” (y un nuevo nacimiento, que es lo mismo). El enfermo que antes se sentía “dominado desde fuera”, de manera que hablaban por él voces externas, se vuelve capaz de escuchar a Jesús y de ser él mismo (saberse a sí mismo), liberándose de esas voces (que, evidentemente, le sacuden y retuercen). La misma fuerza del mal, que tenía al hombre dominado, le agita, haciéndole girar y gritar, de manera que la convulsión interna y externa coinciden .

1, 27-28. CONCLUSIÓN, REACCIÓN DE LA GENTE

Mc 1, 27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: ¡Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen! 28 Y pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.

Los escribas mantenían en la sinagoga una enseñanza vinculada a tradiciones de una Ley que, según el Jesús de Marcos, encierra al ser humano en su propia enfermedad, dominado por espíritus impuros que brotan de su religión, que aparecía así como negativa o, por lo menos, como inútil: no conseguía sanar al enfermo, aumentaba su opresión con nuevas opresiones. La misma estructura religiosa (en este caso sinagoga) era fuente de impureza. Pues bien, en contra de eso, Jesús proclama dentro de ella su enseñanza nueva (didakhê kainê: 1, 27) con autoridad para sanar a los enfermos. Esa enseñanza de Jesús no es valiosa por ser más profunda en plano teórico, y más rica en simbolismos literarios o cósmicos, sino porque libera al poseso de la sinagoga (1, 23). No se dice la enfermedad que tenía el poseso (¿ceguera, parálisis?), sino que era impuro, que estaba manchado, viviendo en el interior de un espíritu antihumano, al que Jesús logra desenmascarar, para que le reconozca (¡eres el Santo de Dios!) y se aleje del hombre .

a. Y se asombraban todos.

Esta enseñanza sanadora no produce asentimiento conceptual, sino admiración y asombro, una eclosión de vida, una ruptura de nivel. Jesús rompe los esquemas habituales a los que estaban avezados en la sinagoga; no ofrece una enseñanza entre otras, dentro de la gran variedad de enseñanzas de los escribas, sino que se sitúa (les sitúa) en un plano distinto, de transformación religiosa o, mejor dicho, humana; porque lo que viene a desvelarse en Jesús es el más hondo “poder humano” de sanación.
Ésta es la novedad de Jesús, su autoridad más alta: él permite que los hombres sean simplemente lo que son: seres humanos en libertad, que no estén sometidos a demonios o poderes exteriores, que se habían adueñado de ellos. Jesús sabe que el problema no es Roma y su poder político, sino algo mucho más profundo: el poder de destrucción interna de los hombres y mujeres. Por eso, más que lo que enseña (en plano de teoría) importa cómo enseña. Éste es su secreto: él penetra con autoridad en un contexto que estaba minado por disputas estériles, no para crear una nueva religión, sino para superar todas las formas de religión opresora. Ese es su poder.
Jesús no repite lo ya dicho, no estructura la doctrina en un sistema mejor de teorías para conservar y organizar lo que existe (dejando en su opresión a los posesos), sino sacude e impulsa a los hombres para que cambien y vivan en libertad. No construye una ideología mejor sobre los posesos, no intenta comprenderles en un plano intelectual, conforme a unos principios generales de saber o a unos esquemas establecidos, sino que les enseña a liberarse, haciéndoles capaces de vivir como seres humano. En ese contexto se entiende la frase que sigue: Una doctrina nueva.

b. Una doctrina nueva...

La tradición cristiana ha acuñando el título de nueva alianza o nuevo testamento, para referirse al encuentro definitivo de Dios con los hombres en Cristo (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25; 2 Cor 3,6; Heb 9,15; 12,24; cf. Gál 4,24). Pues bien, Marcos emplea una termología igualmente expresiva que podría (quizá debería) haberse aceptado para interpretar el mensaje de Jesus: una enseñanza o doctrina que es nueva (didakhê kainê, cf. 1,27), no por sus contenidos conceptuales, sino por su práctica liberadora .

Y su fama (akoê) se extendió pantakhou, por toda Galilea, esto es, por la tierra donde ha comenzando a proclamar su mensaje de Reino (1, 14-15) y donde lo culminará (cf. 16, 7). Marcos evoca de esa forma una palabra clave de Is 53, 3, que Pablo ha retomado de un modo triunfal en Rom 10, 16-18: ¡La fama de Jesús se ha extendido a todo el mundo! Esta palabra final retoma una noticia que había aparecido de 1, 5, donde se dice que “toda Judea y todos los de Jerusalén” venían a bautizarse bajo Juan; pues bien, ahora es toda Galilea la que escucha la “fama” de Jesús. Se esa forma se distinguen y vinculan los dos proyectos: el de Juan en Judá/Jerusalén y el de Jesús en Galilea. Por ahora sabemos que el de Juan ha fracasado, en un sentido externo (pues ha sido “entregado”: 1, 14), mientras que el de Jesús se va extendiendo.

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La didáctica de Jesús



(Jesús con sus cuatro primeros discípulos…) entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado fue a la Sinagoga y comenzó a enseñar.
Todos estaban asombrados de su didáctica, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y de pronto, había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que se puso a gritar diciendo:
- ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Viniste a acabar con nosotros? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.
Pero Jesús lo increpó, diciendo:
- Cállate y sal de este hombre.
Y sacudiéndolo violentamente el espíritu inmundo, gritando con un gran alarido, salió del hombre. Y quedaron todos pasmados de manera tal que se preguntaban unos a otros:
- ¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva… y con autoridad…! Impera a los espíritus impuros y estos lo escuchan y le obedecen.
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea (Marcos 1, 21-28).

Contemplación
Del griego nos han quedado algunas palabras casi tal cual. Uno sonríe un poco al ver que los que llamamos “escribas” eran los “grammaticos”… Gramma significa letra y decir de uno que es “un letrado” tiene, hoy como entonces, un matiz irónico.
La gente distinguía a Jesús de un letrado, lo distingue no sólo porque el contenido de su enseñanza es profundo (no se queda en la letra) sino porque su enseñanza (didajé) era entendible. Este aspecto “didáctico” también se nos ha quedado en el lenguaje con la misma palabra griega. Es una alabanza decir de alguien que es muy didáctico. En el fondo es una redundancia porque es como decir que una enseñanza es una enseñanza, que un maestro es un Maestro. Pero la redundancia vale. Con Jesús decían: “¡Qué Maestro es el Maestro! No es como los maestros”. Y uno entiende perfectamente.

La didáctica baja los contenidos de las teorías pedagógicas a la práctica y, de última, define al buen maestro. Porque los contenidos se pueden encontrar en muchos lados (hoy más que nunca), pero saber bajarlos a la realidad, saber despertar el interés, saber encontrar el ritmo de aprendizaje de cada uno…., esas son las cosas importantes. Cuando alguien enseña, de última, la autoridad le viene de su didáctica, de sus recursos para hacerse entender de manera eficaz. Y si la enseñanza es moral, la didáctica va unida al testimonio: nada más didáctico que agarrar y hacer uno lo que se le pide al otro. Aquí me acordé que Hurtado tenía una reflexión espectacular sobre esto a propósito de que somos instrumentos:
“Todo instrumento tiene punta y mango: el mango para el artífice; la punta para la materia que ha de ser modificada… La aguja vale por la punta, el cuchillo por el filo, la lapicera por la pluma. Adaptarse a Dios es menos difícil (Dios es una persona razonable); adaptarse a los hombres, ahí la dificultad, porque son raros, medio locos… El verdadero pescador es el que conoce los peces, (la) profundidad a que se esconden, ¡el verdadero momento de tirar…!” Aquí decimos: el maestro es el que sabe aprovechar cada ocasión y graba en el corazón y en la mente del alumno una enseñanza que no se olvida más.

La didáctica de Jesús se termina de comprobar con la liberación del endemoniado. Fue uno de esos momentos incómodos, esos en los que un desubicado rompe el clima y muchas veces tira abajo una clase magistral. El Señor reforzó su doctrina y la claridad de su mensaje haciéndose entender hasta por el demonio que trató de robarle la atención de la gente. Porque el demonio también es un experto en didáctica. Podríamos decir que el hecho de que el demonio se apodere de una de nuestras pasiones es una cuestión de didáctica. El mal espíritu nos convence de que la mejor manera de vehiculizar esa pasión (pongamos la ira), en un momento dado, es hacerle caso a él, que nos dice: “que no te agredan! Vos agredí primero o más fuerte”.

Una pequeña anécdota para bajar la enseñanza a lo cotidiano. Una de las personas que duermen en nuestra vereda de Regina, cuando está alcoholizado se pone notablemente agresivo y de manera particular con los sacerdotes. Las cosas que dice a los gritos siempre me hacen pensar en esos endemoniados del evangelio. Aunque mi mentalidad moderna lo filtre y ponga “enfermedad mental” allí donde el evangelio pone directamente “endemoniado”, siempre se percibe un “plus” de maldad cuando alguien grita desaforadamente cosas que lastiman. El demonio no se deja percibir directamente pero hay frutos tan podridos que uno dice “este está detrás”. Bueno, la cosa es que había fallecido la mamá de un amigo y vecino y, cuando salimos a la calle, Ramón se puso a insultarme y a gritarme cosas y sentí que lo tenía que frenar. Le pegué un grito a cinco centímetros de su cara: “¡CALLESÉ!, respete a la gente!”, y me salió tan fuerte y con cara de odio que, imaginando mi cara, me asusté a mí mismo más que a él. Por un momento quedó patitieso y sentí como si hubiera hecho callar al demonio. Sin embargo, el efecto rebote fue peor: “qué me vas a gritar vos a mí”, dijo (fue impresionante, más ahora que lo revivo, porque sacudió la cabeza y se lo dijo a sí mismo o fue como si otro se lo dijera:) “a mí nadie me insulta, h de p….” y empezó a insultarme dos veces peor que antes. Me di cuenta de que la había pifiado y no le dije nada más. Nos alejamos para no empeorar la cosa pero Ramón la siguió con mi amigo y todo terminó medio a los empujones.
Lo que reflexioné en ese momento fue que no sirve querer frenar la agresividad con agresividad: aunque yo no estaba enojado y pensé que el grito lo medía para que surgiera efecto, no sirvió. Se ve que mi medida no es para nada la de Ramón.

Al seguir rezando estos días con este evangelio fui sintiendo más cosas. Una fue pena: “qué lejos de la autoridad serena de Jesús”. El Señor tiene autoridad por su amor, un amor que lo lleva a encontrar el momento y el tono justo de voz que expulsa al demonio sin dañar a la persona. De ahí salió una pena más honda, porque si el Señor puede expulsar a esos demonios que se alojan en las heridas profundas de la gente, es señal de que es verdad su mensaje de que sólo la Misericordia vale y sirve. Ir a esas heridas con otra actitud que no sea la Misericordia es inútil. Solo una infinita Misericordia puede sanar los males del mundo y erradicar el mal espíritu que anida en las heridas hiriendo. Y ahí uno siente que esa misericordia no se improvisa, que hay que rezarla porque si no, ante la miseria humana nos sale un grito (o la mudez y el mirar para otro lado).

Hoy, al releer el pasaje, me llamó la atención las veces que repite “enseñanza”. Y de ahí salió lo de la didáctica. La gente sentía que a Jesús le entendía. Más aún: que la realidad le entendía (las tormentas, el agua, el pan…). Hasta el demonio entendía… y no le quedaba más remedio que hacerle caso. Esta fuerza irresistible de la Palabra –de una Palabra puesta en acción por un Jesús Maestro que se pone a enseñar- es La buena noticia. En Jesús uno siente que hay una palabra suya para cada cosa, para cada situación. Con Jesús entre nosotros se puede dialogar con todos y hasta el demonio va a tener que entender y si no quiere obedecer es libre de irse al infierno pero no joder a los demás. La gente sentía esta liberación cuando Jesús enseñaba. Pablo lo expresará perfecto cuando diga: “¡Quién podrá separarnos del amor de Cristo!” Nada ni nadie, nunca.

La enseñanza que me queda es la de la punta del lápiz. El lapicito de Jesús (así se llamaba a sí misma la madre Teresa), escribe mejor cuanto más lo acercamos al corazón de los demás.
La Palabra se vuelve didáctica en la cercanía con el prójimo.
Especialmente con el más necesitado.
No se puede hablar de misericordia sin estar muy cerca.
En la cercanía la Palabra del Señor hace sentir su misericordia y toda herida queda libre de la influencia del maligno (de sus suasiones de ira o de tristeza).

Una más sobre el mal espíritu y cómo se cura con lo que se aprende en la cercanía de la misericordia.
En este último tiempo, la frase más insidiosa se la escuché decir –la tiró como al pasar, pero se ve que la tenía preparada porque la repitió tres veces- a Chiche Gelblung. Estaba hablando con Diego Bonadeo, que adelgazó un montón, y el Chiche tiró “yo, por ejemplo, a los curas gordos no les creo”. Paré la oreja, porque me mató. Y el tipo, poniendo cara de nada remarcó: “No les creo. Porque hablan de la miseria que hay y los tipos están desbordados por el morfi. No les creo.”
Digo que fue insidioso porque liquidó de un plumazo la credibilidad de un buen porcentaje del clero. Esas frases entran y anidan. Confieso que me hizo pensar en retomar la dieta. Porque que un tipo que considerás un chanta te diga una verdad tan obvia, joroba.
Se ve que le seguí dando vueltas a la frase porque salió al repartir los números en la cola del segundo turno del comedor. Uno joven, al que no le vi bien la cara, me pidió un número viniendo de afuera de la fila y salió este diálogo:
- Y qué tenemos hoy, padre.
- Albóndigas con puré
- Deben estar buenas. Por la panza, digo, padre.
- A los curas gordos no hay que creerles, como dijo Chiche Gelblung.
- Yo, si me convencen, les creo.
- Es que nosotros no hablamos mucho. Damos de comer, nomás.
- A esos les creo más.
- Los gordos son más simpáticos –agregó otro-.
Fueron dos segundos, mientras me alejaba porque la fila era larga y él se metió entre los demás y la cosa pasó. Pero me quedó grabado el diálogo casi textual. Quizás porque me curó del otro. En la cercanía que da esa fila esperando para entrar, las palabras tienen otro sabor: siempre pasan cosas y si uno después las reza hay muchas enseñanzas de Jesús.
Digo que ese diálogo me curó del otro.
El otro diálogo me había dejado con mal sabor.
Cuando alguien ataca la credibilidad de la Iglesia tomando pie en los defectos y pecados del clero es triste y uno queda atado porque es juez y parte. Sentís que el otro “eligió una frase para dañar”. ¡Y con didáctica! Porque ese “yo no les creo” suscita en uno un “Yo tampoco…”
….. (salvo si convidan).
- A esos les creo más –como dijo mi amigo y defensor desconocido.

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IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “B”. Testigos


Por Angel Moreno
IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “B” (Dt 18, 15-20; Sal 94; 1Co 7, 32-35; Mc 1, 21-28)

Por las lecturas que hoy se nos proponen para meditar, se puede comprender cómo los textos del Antiguo Testamento se iluminan desde el Nuevo, y la promesa que Dios hace a Moisés de suscitar un profeta para que hable al pueblo se realiza plenamente en la persona de Jesús.

Si el profeta que se le anuncia a Moisés hablará de lo que Dios le revele, Jesús no dirá nada por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que ha escuchado a su Padre.
Si hay que escuchar y obedecer la enseñanza de los verdaderos profetas, según el texto del Deuteronomio, ¡cuánto más habrá que acoger y llevar a la práctica la predicación de Jesús, Maestro que habla con autoridad, según reconocen sus contemporáneos!

Uno de los secretos para que se reciba un discurso, se encierra en la autoridad del que lo pronuncia. No se puede predicar de oídas, ni inventarse la doctrina. La propuesta que hace un auténtico maestro debe ir avalada por la coherencia. En el libro del Deuteronomio se afirma que Dios mismo pondrá las palabras en la boca del profeta. Jesús dirá de sí mismo que Él habla de lo que ha oído a su Padre.

¡Tantas veces nuestros parlamentos son vacíos! No tocan el corazón porque tampoco salen las palabras de las entrañas, sino que quizá son aprendidas y estudiadas, y aun siendo noble el trabajo de preparar el discurso, hoy se necesitan más testigos que maestros, y estos en cuanto testigos, según decía Pablo VI.

En esta perspectiva, San Pablo, desde la coherencia de su opción de vida, aconseja dedicarse enteramente a Dios, con opción célibe, aunque él sabe que no todos pueden con ello. “Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor, sin preocupaciones”.

El salmista nos dicta la mejor actitud posible: “Ojalá escuhéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón”.
Hoy se nos invita a acudir donde se nos expliquen las Escrituras, a tener el lugar de pertenencia comunitaria para la formación de nuestra fe y sostenimiento de nuestra fidelidad. Jesús acudía los sábados a la sinagoga.
Hoy nos podemos examinar de la coherencia que se da entre nuestra forma de hablar y de vivir.

Hoy se nos invita a ser testigos del Señor, al igual que Él lo es de su Padre.

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