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Mayo Mes de María

domingo, 19 de mayo de 2013

EL ESPÍRITU ES EL MISMO DIOS


La liturgia remata el tiempo pascual con tres fiestas importantes. Pentecostés, Trinidad y Corpus nos hablan de la realidad trascendente que llamamos Dios. Pero no desde el punto de vista filosófico o científico sino en cuanto se relaciona con cada uno de nosotros. De la realidad de Dios en sí mismo no sabemos absolutamente nada; pero podemos experimentar su presencia como realidad que fundamenta y sostiene nuestra realidad, no desde fuera, sino desde lo hondo del ser.

Pentecostés propone a nuestra reflexión la relación con Dios que es Espíritu y hasta qué punto podemos descubrirlo y vivirlo.

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia del Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser, del material y del espiritual, está empapada de Dios y es fruto del ESPÍRITU.

Es muy curioso que se presente la fiesta de Pentecostés en los Hechos, como la otra cara de la moneda del episodio de la torre de Babel. Allí el pecado dividió a los hombres, aquí el Espíritu los congrega y une. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.



El relato de los Hechos, que hemos leído es demasiado conocido, pero no es tan fácil de interpretar adecuadamente. Pensar en un espectáculo de luz y sonido nos aleja del mensaje que quiere trasmitir. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos más llamativos que se habían utilizado ya en el AT. Fuego, ruido, viento. Los efectos de esa presencia no quedan reducidos al círculo de los reunidos, sino que sale a las calles, donde estaban hombres de todos los países.

Por lo tanto, no se trata de celebrar un acontecimiento. El Espíritu está viniendo siempre. Mejor dicho, no tiene que venir de ninguna parte. (Lucas narra en los Hechos, cinco venidas del Espíritu). Las lecturas que hemos leído hoy nos dan suficientes pistas para no despistarnos.

En la primera se habla de una venida espectacular (viento, ruido, fuego), haciendo referencia a la teofanía del Sinaí. Coloca el evento en la fiesta judía de Pentecostés, que se había convertido en la fiesta de la renovación de la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu.

En Juan, Jesús les comunica el Espíritu el mismo día de Pascua.

No es fácil superar una serie de errores sobre el Espíritu Santo que todos llevamos muy dentro.

No se trata de ningún personaje distinto del Padre y del Hijo, que, por su cuenta anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO desmaterializado y más allá de toda imagen antropomórfica.

No debemos pensar en él como un don que nos regala el Padre o el Hijo, sino de Dios como DON absoluto que fundamenta todo lo que nosotros podemos llegar a ser.

No es una realidad que tenemos que conseguir a fuerza de oraciones y ruegos, sino el primer fundamento de mi ser del que surge todo lo que soy.

También debemos tener mucho cuidado al interpretar la palabra "Espíritu" cuando la encontramos en la Biblia. Tanto el "ruah" hebreo como el "pneuma" griego, tienen una gama tan amplia de significados que es casi imposible precisar a qué se refieren en cada caso.

El significado predominante se refiere a una fuerza invisible pero muy eficaz que se identifica con Dios y que capacita al ser humano para realizar tareas que sobrepasan sus posibilidades normales.

Pero recordemos que el significado primero de la palabra es "viento", o mejor, el espacio entre el cielo y la tierra de donde los animales sorben la vida. Este primigenio significado nos abre una perspectiva muy interesante para nuestra reflexión.

En los evangelios se deja muy claro que todo lo que es Jesús, se debe a la acción del Espíritu:

· "Concebido por el Espíritu Santo."
· "Nacido del Espíritu."
· "Desciende sobre él el Espíritu."
· "Ungido con la fuerza del Espíritu."

"Como era hombre le mataron, como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida".

Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse si no fuera por la acción del Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es realmente el Espíritu si no fuera por lo que Jesús, desde su experiencia, nos ha revelado.

En esta fiesta se quiere resaltar que gracias al Espíritu, algo nuevo comienza. De la misma manera que al comienzo de la vida pública, Jesús fue ungido por el Espíritu en el bautismo y con ello queda capacitado para llevar a cabo su misión, ahora la tarea encomendada a los discípulos será posible gracias a la presencia del mismo Espíritu que les va a dar también energía para llevarla a cabo.

De esa fuerza, nace la nueva comunidad, constituida por personas que se dejan guiar por el Espíritu para llevar a cabo la misma tarea. No se puede hablar del Espíritu sin hablar de unidad e integración.

La experiencia inmediata, que nos llega a través de los sentidos, es que somos materia, por lo tanto, limitación, contingencia, inconsistencia, etc. Con esta perspectiva nos sentiremos siempre inseguros, temerosos, tristes. La Experiencia mística nos lleva a una manera distinta de ver la realidad. Descubrimos en nosotros algo absoluto, sólido, definitivo que es más que nosotros, pero es también parte de nosotros mismos. Esa vivencia nos traería la verdadera seguridad, libertad, alegría, paz, ausencia de todo miedo.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas privilegiadas, a los que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de ser, de alcanzar una plenitud humana que todos tendríamos que proponernos como meta.

Cercenamos nuestras posibilidades de ser hombres cuando reducimos nuestras expectativas a los logros puramente biológicos, sicológicos e incluso intelectuales. Si nuestro verdadero ser es espiritual, y nos quedamos en la exclusiva valoración de la materia, devaluamos nuestra trayectoria humana y reducimos al mínimo el campo de nuestras posibilidades.

La experiencia del Espíritu es siempre de la persona concreta, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad, porque, una vez descubierta en uno mismo, en todos se descubre esa presencia. El Espíritu se otorga siempre "para el bien común".

Fijaros que, en contra de lo que se cuenta, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a los discípulos, es decir a todos los seguidores de Jesús. La trampa de asignar la exclusividad del Espíritu a la jerarquía se ha utilizado con demasiada frecuencia para justificar privilegios y poderes especiales. El más poseído del Espíritu es el que más dispuesto está a servir a los demás.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de controles y sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu.

En la celebración de la eucaristía deberíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Un dato puede hacer comprender esta devaluación del Espíritu. Durante muchos siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu que el sacerdote hace sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder mágico a las palabras que hoy llamamos "consagración".

La primera lectura de hoy nos obliga a una reflexión muy simple: ¿hablamos los cristianos, un lenguaje que puedan entender todos los hombres de hoy? Mucho me temo que seguimos hablando un lenguaje que nadie entiende, porque no nos dejamos llevar por el Espíritu, sino por nuestras programaciones y caprichos. Solo hay un lenguaje que pueden entender todos los seres humanos, el lenguaje del amor.



Meditación-contemplación

Toda vida espiritual es obra del Espíritu.
Que esa obra se lleve a cabo en mí, depende de mí mismo.
Yo necesito a Dios para ser.
Él me necesita para manifestarse.
..........

"Todos hemos bebido de un mismo ESPÍRITU".
La verdad es que es el ESPÍRITU el que nos tiene que sorber a nosotros.
Él es más que yo y me tiene que transformar en él.
No debo intentar manipularlo, sino dejar que me cambie a su antojo.
........................

Dios es amor, y el ser humano puede descubrir y vivir ese amor.
Siempre que amo de verdad, hago presente a Dios,
porque el amor con que yo amo, es el mismo amor que es Dios.
No soy yo el que amo, sino Dios que ama en mí.
.................................

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El Papa deja en libertad al Espíritu Santo: Domingo de Pentecostés

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Se ha dicho que el Papa ha tenido al Espíritu Preso, como una paloma enjaulada (o por lo menos muy domesticada).
Pero muchos añaden que este Papa, el buen Francisco, va a dejarla en libertad,para que vuele: Miren su rostro, cómo el Papa se alegra de que la Paloma del Espíritu eleve las alas y vuele.
Ciertamente, ni el Papa ni nadie es dueño del Espíritu que vuela donde quiere y como quiere, sin que hayan podido ponerle cerrojos, como Jesús insinúa en la noche a Nicodemo (Jn 3, 8).
En esa línea, el mismo Jesús de Juan añade en el evangelio de este domingo de Pentecostés que el Padre enviará en su nombra al Espíritu Paráclito, como seguirá viendo quien lea.
Este post Pentecostés tendrá dos partes, que el sabio lector sabrá vincular, viendo sus relaciones:
‒ La primera recoge la palabra central del Evangelio de Juan, donde Jesús dice a los suyos que les mandará el Espíritu. En ese fondo recordaré las cuatro funciones del Espíritu-Paráclito.
‒ La segunda evoca cuatro rasgos de la “liberación papal” del Espíritu Santo. Ciertamente, el Papa no tiene el monopolio del Espíritu Santo, pero lo que él haga es importante en este “Nuevo Pentecostés” de la Iglesia Católica. Buen domingo a todos, con Vigilia incluida.


1. JESÚS PROMETE EL ESPÍRITU SANTO: CUATRO NOTAS DEL PARÁCLITO

Texto: Juan 14, 15-16. 23b-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor (Espíritu, Paráclito), que esté siempre con vosotros…
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho."

1. Espíritu de la Verdad: «Yo rogaré al Padre, y El os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros por siempre» (Jn 14, 16).

Jesús había defendido a sus discípulos; pero ha culminado su camino pascual y no está con ellos como antes. Por eso pide al Padre que les envíe “otro Paráclito” como presencia interior y compañía (no os dejaré huérfanos: Jn 14, 18): el Espíritu de la Verdad, que el mundo, sometido a la mentira y división, no puede acoger, ni comprender, el Espíritu del Conocimiento de Dios, que vincula en amor a todos los hombres (cf. Jn 17, 1-3) y defiende a los perseguidos en sus pruebas (cf. Mc 13, 11).

Ciertamente, los católicos tenemos un Papa; pero lo que nos define no es el Papa, sino el hecho de que Jesús nos ha ofrecido el Espíritu Santo.

2. Os lo enseñará todo: Conocer a Dios. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).

Los hombres tienden a luchar sin fin unos contra otros, de manera que los fuertes dominan a los débiles. Pero el Espíritu de Dios enseñará a los pobres y excluidos, para que sepan, para que sean, para que se liberen. Ese Espíritu- Paráclito es Maestro interior que enseña a los fieles los dos mandamientos primeros: Conocer a Dios y amar a los hermanos. La vida cristiana recibe así un carácter carismático: sólo por experiencia interior, vinculada al magisterio personal del Espíritu (es decir, por carisma), podemos conocer a Dios, y conocer la “mentira” del mundo, y vivir en libertad.

Ciertamente, el Papa podrá enseñarnos algunas cosas y le estaremos agradecidos por ellos. Pero lo que importa es que ha “soltado” al Espíritu Santo, que quiere y puede enseñarnos. En su escuela escucharemos la Palabra.

3. Dará Testimonio. «Cuando venga el Paráclito, a quien enviaré desde el Padre el Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio» (Jn 15:26-27).

Los creyentes no demuestran ni defienden a Dios con palabra racionales o teorías, sino que lo muestran con su vida: no son filósofos, sino testigos; no imponen un sistema sacral o social, sino que se presentan ellos mismos, como signo de la Vida de Dios en el Espíritu de Cristo, en experiencia de amor personal. Así, los cristianos, podremos ofrecer el testimonio de la salvación y de la justicia, del amor y de la paz sobre la tierra.

Ciertamente, el Papa puede ofrecernos (y nos ofrecerá) un buen testimonio de vida cristiana. Pero el Espíritu Santo es nuestro principal testigo, y nos hace, a nosotros también testigos de Dios. Somos Espíritu Santo para los demás.

4. Conviene que me vaya... «Pues si no me fuere el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré y os lo enseñará todo…» (Jn 16, 7).

Jesús se va para volver (para estar) de otra manera. Su ausencia suscita una más honda presencia en libertad y recuerdo, en plenitud personal y comunicación comunitaria. Así podemos afirmar que Jesús vuelve desde su ausencia, fundando la comunión de los creyentes, en medio de un mundo al que convence «de pecado, justicia y juicio» (cf. Jn 16, 8-11), inaugurando así una teodicea de tipo pneumatológico, que se expresa y decide a lo largo de la historia, como seguiremos indicando.

Jesús se ha ido (en un sentido), y nos ha dejado un Papa… para que nos recuerde ciertas cosas. Pero el “vicario” o representante verdadero de Jesús no es el Papa, sino el Espíritu Santo… y nosotros mismo, como portadores del Espíritu, somos testigos de Dios para los demás.

2. EL PAPA LIBERA AL ESPÍRITU: CUATRO NOTAS DEL NUEVO PENTECOSTÉS

He supuesto que el Espíritu estaba un poco encarcelado en el Vaticano. Ciertamente estaba bien aposentado, en buen palacio. Pero a él le gusta salir y volar, como a la paloma que Noé liberó tras el diluvio (Gen 8, 8-12). La paloma salió y voló y después (en contra del cuervo que sólo se ocupó de sí mismo) volvió para contar a Noé y a su familia (al resto de los animales) que había cesado el diluvio, que había llegado la libertad.

Pues bien, igual que Noé tras los cuarenta días y cuarenta noches de diluvio, este Papa Francisco tiene que liberar a la paloma, para que a todos nos traiga noticias de libertad, por pentecostés.

1. Liberar la paloma significa ponerse al servicio de la comunión católica (universal), superando fronteras y guetos, en la estela de Pedro, que fue hombre de esperanza para los pobres y de comunión (de gracia) para los diversos grupos cristianos.

Conforme a las palabras de Jesús (¡no os preocupéis, no os afanéis por muchas cosas!: Mt 6, 25-34 par), la función del Papa no será resolver los problemas de cada iglesia, diciendo a todos los fieles del mundo aquello que han de hacer (como si fuera subordinados), sino mantener la primacía de los pobres, diciendo a todos que vivan en libertad, según el evangelio Eso significa que el verdadero cambio del papado no empieza en el papado, sino en el conjunto de las iglesias, que han de empezar asumiendo la dinámica de evangelio, de tal forma que después (¡sólo después!) podrá hablarse de un cambio del Papa.

2. El Papa no puede aprovechar su poner actual para reformar por la fuerza las instituciones de la iglesia, pues de esa forma pasaríamos de un tipo de constantimismo a otro igualmente impuesto por la fuerza. El Papa ha de creer en el Espíritu Santo, la paloma que vuela en libertad sobre las iglesias y los pueblos.

La primera tarea del Papa será la de animar a las comunidades (regiones eclesiales, diócesis, congregaciones religiones...) para que ellas mismas asuman su responsabilidad cristiana y respondan con libertad al evangelio, a fin de que el mensaje y vida de Jesús se expanda generosamente. La tarea del Papa es ofrecer espacios de diálogos para las diversas comunidades puedan compartir experiencias y caminos desde la diversidad, recibiendo el vuelo de la Paloma. Sólo así podrá presentarse como representante y portavoz de esa comunión de las iglesias, pero siempre en línea de gracia, no de leyes o méritos.

3. Queremos que el Papa libere al Espíritu-Paloma para que él mismo viva en libertad, un Papa no afanoso, que no se afana por hacerlo todo, sino que deja y quiere que todos y cada uno asuman su propio camino en libertad.

En esa línea, quiero repetir que la función real del Papa no es hacer cosas, que terminan separando a unos de otros, no es escribir documentos, trazar leyes, sino suscitar espacios de distensión (de presencia del Espíritu) en gratuidad. Para ello no necesita dinero, ni zonas de poder, ni dignidades, sino sólo fe en el hombre, que es hijo de Dios, en solidaridad con los más pobres, en cuyo lugar se quiere situar, dejando que ellos (los pobres) le acepten, pues son ellos los que le reconocen y dan autoridad de Papa, siempre que le vean como signo de evangelio. Queremos un Papa que devuelva el Espíritu Santo a las Iglesias. La función del Papa no es promover el progreso y crecimiento del sistema (ni de su diócesis de Roma, ni del conjunto de las iglesias católicas), sino expresar la gratuidad que hace posible el diálogo y el encuentro de todos (incluso de los no cristianos), a partir de los pobres.

4. Queremos que el Papa libere al Espíritu santo y vaya con los excluidos de la sociedad (hambrientos, exilados, encarcelados...), y con aquellos que le ayudan a vivir, conviviendo con ellos.

Este servicio de amor sin jerarquías puede y debe unir a los cristianos con los hombres y mujeres de otras religiones, e incluso con los no creyentes, de manera que sólo en este contexto se puede hablar del Papa (Amigo/a, Hermano/a...), como posible símbolo de solidaridad y presencia, de unidad y comunión, al servicio de los pobres. El Papa del que hablamos no tiene que ser un gestor eficiente, ni un director de empresa de servicios sociales, con poder superior para ello, pues su autoridad se identifica con la vida de los mismos pobres a quienes Jesús hace destinatarios del reino. Su tarea anunciar y vivir el evangelio con los pobres,en gesto de testimonio personal (cf. Mt 11, 5; Lc 4, 18-19).

En esa línea debe superarse todo constantinismo (de derechas o de izquierdas, tradicional o revolucionario...), propio de aquellos que dicen estar, y muchas veces han estado, al servicio de los pobres, pero lo han hecho y lo hacen normalmente desde arriba, en forma directiva, como si tuvieran poderes superiores, pues el evangelio implica siempre un contacto personal con los enfermos y hambrientos, con los pobres y expulsados de la sociedad. Éste es quizá el mayor descubrimiento cristiano: Jesús puede llamarse Hijo de hombre (hombre universal) porque ha compartido la vida de los siervos y se ha unido por ellos al conjunto de la humanidad. Por eso, sólo puede hablar en nombre de Jesús y de los pobres alguien que sea de ellos (cf. Flp 2, 6-11).

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VIVIR EL CUIDADO: Domingo de Pentecostés – Ciclo C (Juan 20, 19-23)

Me alegró que, en la homilía del inicio "oficial" de su pontificado, el papa Francisco se centrara –era el día 19 de marzo, fiesta de san José, "custodio" de María y de Jesús- en la misión de custodiar la vida.
Y me trajo a la memoria el mito de Cuidado, elaborado en los comienzos de nuestra era, que reproduzco a continuación:
Cuidado encuentra un trozo de barro y empieza a darle forma. Pasa Júpiter y, a petición de Cuidado, le sopla su espíritu. Pero cuando Cuidado quiere poner nombre a lo que había modelado, Júpiter se lo prohibió. Mientras ambos discutían, paso Tierra (Tellus), que también quiso ser quien le pusiera el nombre. Y empezaron una fuerte discusión.
De común acuerdo, pidieron a Saturno que hiciera de árbitro; y Saturno tomó esta decisión: "Tú, Júpiter, le diste el espíritu; cuando muera, se te devolverá. Tú, Tierra, le diste el cuerpo; cuando muera, se te devolverá. Pero como tú, Cuidado, fuiste el que modelaste a la criatura, la tendrás bajo tus cuidados mientras viva... Y ya que entre vosotros hay una acalorada discusión en cuanto al nombre, decido yo: esta criatura se llamará Hombre, es decir, hecha de humus, que significa «tierra fértil»".
"Custodia" y "cuidado" son nombres que podemos aplicar adecuadamente al Espíritu. El evangelio lo llama "defensor" (en el original griego, "parakletós": "el que está al lado"). Y está "al lado" como cuidado permanente.

Ahora bien, en una perspectiva mental, todo se halla separado de todo. Por eso, también el Espíritu es imaginado como una entidad separada, lejana o cercana, que nos acompaña "desde fuera"..., aunque se diga que "nos" habita.
Tal planteamiento me parece legítimo en esa perspectiva, para personas que se mueven en un modelo dual (mental) de conocer.
Pero quizás podamos avanzar un poco más, empezando a vislumbrar que ese modelo de conocer es muy limitado –se halla encerrado en los límites siempre estrechos de la razón-, y que si nos abrimos a la perspectiva no-dual, lo percibido se modifica sustancialmente.
En la nueva perspectiva, el Espíritu es no-separado de nada. Más aún, es –aunque expresado en la pobreza de nuestro lenguaje- el "núcleo" de todo lo que existe, la "otra cara" de todo lo visible.
Todo es Espíritu manifestándose en un "juego" infinito de formas, en una admirable no-dualidad. El Espíritu y nosotros no somos dos. Somos –por decirlo, una vez más, con las palabras de Pierre Teilhard de Chardin- "seres espirituales viviendo una aventura humana".
Más allá de las formas de nuestros yoes, somos Espíritu que en ellas se expresa y manifiesta. ¿Podría haber algo separado del Espíritu? Mejor todavía: ¿podría existir algo "fuera" del Espíritu? Todo es Espíritu en un despliegue y manifestación permanente.
Cuando advertimos esta realidad profunda, se realizan en nosotros las palabras de Jesús: la unidad de todo morando en nosotros, en el Amor –otro nombre del Espíritu-, como única realidad que todo lo sustenta y constituye.
Es claro que todo esto no puede percibirse desde la mente, que, por su propia naturaleza, tiende a separar y fraccionar todo.
Para abrirnos a esta nueva perspectiva, de modo que podamos experimentarla por nosotros mismos, necesitamos acallar la mente, abrirnos directamente a lo que es, y percibir, con gozo, que podemos descansar siempre en ello. Descanso es otro nombre del Espíritu.
Pero necesitamos acallar la mente porque, como ha escrito Consuelo Martín, en su libro "La revolución del silencio", "si no hay silencio del pensamiento no sabremos lo que es la verdad... Mientras estoy pensando creo que veo la verdad de las cosas pero lo único que hago es barajar interpretaciones escuchadas a otros. No descubro sino por serena observación que ver no es pensar".
En el silencio de la mente se nos revela el Espíritu, no como algo separado, sino como la "sustancia" de todo lo que es, Cuidado, Descanso y Dinamismo..., Vida en plenitud. Y eso es lo que somos todos.

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

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Solemnidad de Pentecostés: Encendidos

Publicado por Entra y Veras

En los últimos años vengo observando que no siempre seguir a Jesús y estar alegre van juntos. Se ve demasiada cara larga en las iglesias y en las comunidades religiosas. Podemos pasar un buen rato buscando porqués, echando la culpa a un montón de factores externos que han influido en el amarmolamiento de tanta gente que supuestamente debía mostrar un rostro radiante porque su corazón desborda de felicidad al sentirse de verdad amado por Dios y comprometido en anunciar al resto de la sociedad aquello que siente y le da plenitud. Puede que hayamos emprendido una etapa dentro del seguimiento en la que nos empeñamos en hacerlo todo nosotros sin dar oportunidades al Espíritu, al aliento de Dios, a su fuerza creadora y renovadora. Por ello tenemos que emprender un serio camino para encontrarlo en las cosas sencillas y sacarlo del baúl de la norma y del guión en el que todo está previsto, que nos hunde en el agarbanzamiento y la mediocridad.


En el evangelio acabamos de escuchar que Jesús exhaló el Espíritu sobre los discípulos al igual que hizo el Creador con el primer ser humano. Con este gesto comienza la nueva creación, los discípulos pasan a ser hombres nuevos y se lanzan automáticamente a dar testimonio de la resurrección, pues la paz está con ellos y los acompaña. Pero las resonancias con el Antiguo Testamento las encontramos también en la descripción de la venida del Espíritu Santo que ofrece Lucas en la primera lectura de los Hechos de los apóstoles. El Espíritu llega en medio de viento y fuego, al igual que Yahvé se presentaba en el Sinaí. El Espíritu lo llena todo igual que el viento, y lo enciende todo como el fuego. Todos comienzan a hablar en lenguas pero no como en Babel sino que aquí hay una unidad, un código común: el amor que nos capacita para el diálogo y el encuentro. Es este encuentro una dimensión muy importante ya que el Espíritu hace que sea posible la unidad en la diversidad, como dice Pablo en la segunda lectura de hoy. El Espíritu no entiende de diferenciación pero sí de diversidad ya que a todos llena y comunica su fuerza de amor. La Iglesia nos une a todos por medio del bautismo aunque cada uno desde nuestra condición particular realicemos distintas funciones, distintos servicios a la comunidad. El Espíritu no adocena ni enjaula sino que es fuente de vida, de libertad y de amor a Dios y al prójimo como imagen suya. En Pentecostés, el Espíritu respeta las lenguas y los pueblos, no queramos ahora nosotros unificarlo, implantar un pensamiento único, pues echaríamos al Espíritu. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu. Hemos de saber vivir con la diferencia desde el respeto mutuo y el diálogo constructivo, dentro y fuera de nuestra Iglesia.

¿Qué es la fiesta de hoy? Pentecostés es la apertura al Espíritu de Dios para que sepamos anunciar todo lo bueno que Dios ha puesto en nuestro camino. Dios es nuestra felicidad y eso sólo podemos constatarlo gracias a nuestra experiencia de Él, eso no está en las doctrinas ni en los libros. Dejarnos llevar por el Espíritu es ser muy libres y muy creyentes. Dejar abierta la puerta para que el Espíritu entre es estar dispuestos a hacer, a ir donde menos imaginábamos; significa asentar nuestro corazón en Dios y dejar que Él sea el que mueva nuestra vida, sin que esto suene a un espiritualismo barato o a una ñoñería insufrible, propia de los que están esperando que las llamas de fuego les enciendan las velas del lampadario. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia nuestras cualidades y aptitudes. Pentecostés supone reconocer que el Espíritu tiene todavía mucho que hacer en nuestro mundo, muchos corazones tienen que arder en el amor de Dios.

Hoy, último día de la Pascua, es el día del Espíritu: el Espíritu de Dios llenó la vida de Jesús; así vivió para los demás, para todos, y nos mostró el verdadero rostro de Dios. Jesús nos ha entregado su Espíritu: nos hace hijos de Dios y nos capacita para ser continuadores de su obra. Que no nos quedemos en el discurso fácil sino que estemos dispuestos al encuentro y al diálogo. De ese modo nos convertiremos en esa creación nueva y dejaremos de ser esculturas del mejor mármol, soldados del mejor plomo, cabizbajos y circunspectos. El Espíritu ha de inundarnos para que podamos demostrar aquello que creemos: que Dios merece la pena.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


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Siete maneras de expresar el amor: Domingo de Pentecostés – Ciclo C (Juan 20, 19-23)

Recibir el Espíritu Santo prometido no es otra cosa que recibir el amor de Dios manifestado ya en Jesucristo. Ese amor pleno de gozo, que viene de Dios en su Espíritu, se manifiesta en los hombres de muy diversas maneras, y en cada uno busca desarrollar ese amor que recibimos en el bautismo.
San Pablo en la primera carta a los corintios en el capítulo 13, habla de las características de ese amor y de sus diversas manifestaciones. Pues de alguna manera los siete dones del Espíritu son siete maneras diversas de la manifestación de un único amor de Dios.
¿Qué manifestación de amor necesitas desarrollar más en ti en este momento de tu vida?. ¿Te lo has preguntado?

El amor sabio; es el que nos permite saborear y gustar “internamente” de esos momentos que no tienen nada de “inteligente” sino que son simplemente expresión del corazón. ¡Vivimos tantas cosas y cuán poco disfrutamos verdaderamente de ellas! Sabiduría viene de sabor y no de saber, por ello el amor sabio es aquel que comprende y vivencia las cosas desde el corazón. Amar sabiamente es descubrir y valorar en el otro aquello que para él o ella es importante. Es rescatar del otro aquello que le produce bienestar y gozo y saber potenciarlo. El amor es sabio cuando aprendemos a saborear lo que se tiene sin lamentar la ausencia de lo que espero. El amor sabio, dedica tiempo a estar con los hijos “sin hacer nada”, disfruta con un amigo de un café hablando “de la vida”, comparte con la persona amada momentos de “sobremesa”.
El amor comprensivo; es el amor que entiende. Es esa dimensión del corazón que permite considerar y penetrar la belleza de las cosas que vive el otro y es capaz de valorar y apreciar. El amor comprensivo, no es solo “dejar que las cosas sucedan”, sino que es involucrase y comprender la experiencia vital del otro. El amor comprensivo es bondadoso y paciente. El amor comprensivo no mide ni regula al otro desde sus propias perspectivas, sino que sabe esperar los tiempos y los momentos. Ser comprensivo con los demás es haber fundado el amor en la esperanza de que el bien que habita en los otros se manifestará a su debido tiempo. El amor es comprensivo cuando no impone una manera de amar sino que busca que el amor sea comprensible para el otro.
El amor atento; El don del consejo es esa capacidad que tiene el amor de saber enfrentar las situaciones difíciles de la vida, con serenidad. El amor que desarrolla el don del consejo sabe entender y “ponerse en el lugar del otro”. No recita fórmulas ni expende recetas, sino que se compromete con los sentimientos del otro y se vuelve compasivo. Ser atentos en el amor es haber desarrollado la capacidad de sentir con el otro y de involucrarse con la vivencia afectiva del otro sin perder la objetividad. Amar y estar atento es con-sentir con la persona a la que se ama. El amor es atento cuando acompaña en silencio el dolor del otro, y sabe esbozar una sonrisa con las logros de los demás. El amor atento tiene delicadezas y no teme expresar el amor.
El amor que soporta; Este don del espíritu hace que el amor se manifieste como fortaleza. Y la fortaleza es esa capacidad que tiene el amor de alentar y animar a la persona que se ama a desarrollar sus capacidades y talentos personales. El amor que soporta, es aquel que brinda apoyo, que sostiene y fortalece sin quebrarse. Un amor es fuerte porque ha desarrollado la capacidad de proteger. No porque resiste los golpes sin romperse. Amar es cubrir al otro en su debilidad y protegerlo en su fragilidad. El amor que soporta sabe sostener al caído, pero también empuja y alienta para que siga adelante. Soportar es también acompañar en todo momento el proceso vital de los demás. El que ama soportando es aquel que ha tomado en serio el mandamiento del amor al prójimo.
El amor que conoce; es el que ha descubierto el sentido de la vida y el valor de los esencial. El amor nos hacer reconocer lo fundamental, lo que no puede faltar. Aquello por lo que se “vende” todo para comprar la perla escondida. El conocimiento que brota del amor es el que ha descubierto lo superfluo y perecedero de esta vida y por ello se embarca en cultivar lo que es eterno y permanece siempre. El amor que conoce es el que brinda claridad para elegir, el que orienta la búsqueda de lo que es más importante. El amor que conoce es desapegado, no le interesa acumular ni amontonar riquezas donde la “polilla” y el “herrumbre” lo puedan destruir (Mt 6, 20).
El amor sensible; es el que sabe sorprenderse. El que guarda esa capacidad tan apreciable en los niños cuando descubren algo nuevo. Es el amor que exulta de gozo ante la inmensidad de la generosidad de los demás. El don de la piedad engendra en nosotros el deseo de cercanía a Dios. Es el amor que nos habla de impulsa a cobijarnos en el corazón de Dios reconociendo nuestra pequeñez y su grandeza. La propia fragilidad y el poder de Dios. El amor sensible nos permite contemplar a los demás desde el corazón de Dios. Nos impulsa a la caridad y nos vuelve solidarios ante el dolor del prójimo. Nos despierta el anhelo de justicia para aquellos que son injustamente tratados, y se encuentran desplazados por un mundo que no quiere ni acepta al más débil y pobre. El amor sensible es piadoso. No sólo juntas sus manos para orar sino que también las separa para tenderlas al que más lo necesita.
El amor respetuoso; es el que reconoce en los demás y en la creación la manifestación de Dios. Es el amor que contempla el mundo y reconoce al Autor de la vida. El amor respetuoso trata a los demás con la dignidad que se merecen. Sabe que todo lo que se realiza “por los más pequeños” es a Dios mismo a quien lo hace. El amor, cuando es respetuoso, no sólo conoce los propios límites, sino que también reconoce el derecho de los demás. Quién ama respetuosamente no trata a los demás como objetos sino con la dignidad de ser hijo de Dios. El amor respetuoso es cuidadoso con la obra de Dios.
En cada uno de nosotros, el Espíritu Santo cultiva el amor que Dios ha derramado con gozo en nuestros corazones.
¿Cuál de estas siete manifestaciones del amor de Dios estás necesitando cultivar más?


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sábado, 18 de mayo de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: El envío del Espíritu

Domingo de Pentecostés C 2013

Primero que todo invocamos al Espíritu Santo. Cada día, como nos lo pidió el Papa Francisco: “de ahora en adelante, todos los días, récenle al Espíritu Santo”.

Ven Creador, Espíritu Santo, a visitar las almas de tus fieles. Ven y llena
con la gracia de lo alto el corazón de los que Tú creaste. Tú, que con el nombre
de “El que nos consuela” eres el altísimo Don del Dios Altísimo, la Fuente plena,
la Caridad, la Unción espiritual y el Fuego. Tú, que te nos das en siete Dones,
y eres Índice de la Mano Paterna. Tú, prometido del Padre, nuestro Abba,
pon en nuestros humildes labios los tesoros de la Palabra,
enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestro pecho
y fortalece con tu fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo.
Repele al enemigo muy muy lejos, y danos tu paz y tus dones sin demora.
Conducidos por Ti siempre podremos evitar los peligros que nos rondan.
Gracias a Ti conocemos al Padre y a su Hijo Jesucristo,
y creemos, hoy y en todo tiempo, en Ti que eres de ambos el Espírítu.
Gloria sin fin al Padre y, con el Padre, al Hijo, resucitado de la muerte,
y al Espíritu Santo que los une desde siempre, por siempre y para siempre.


Si toda la Vida de Jesús se concentra en poder donarnos su Espíritu, toda la nuestra estará centrada y será vida verdadera en la medida en que podamos recibir al Espíritu, siempre de nuevo, más y más, en cada situación de nuestra vida: Ven Espíritu Santo, ven a mi vida.

Si la palabra del Señor es “Yo les envío el Espíritu, recíbanlo”, la nuestra es “Ven”: Ven Espíritu Santo a habitar en nuestro interior, ven a perdonarnos, ven e ilumínanos con la luz de la Palabra de Jesús, recordánosla.

El Espíritu es “Proto-Palabra”, es Palabra Fundamental, la que hace que hablemos y utilicemos palabras para comunicarnos. Por eso todos entienden a los discípulos “en sus propias lenguas”: porque lo que hablan no son palabras dichas en un idioma sino esa Palabra que hace que surjan todos los idiomas, la misma “estructura” por así decirlo, que es lo que permite estudiar o aprender otra lengua. El Espíritu nos hace entender la Palabra original que es Jesús, en la que todos fuimos creados y por la que todo fue hecho.

Es importante distinguir a Jesús y al Espíritu. Jesús es la Palabra encarnada. Todo en él es “carne”: gestos, signos, vida cotidiana, historia vivida dramáticamente en la sucesión de los hechos en los que Jesús interactúa con la gente de su pueblo y de su tiempo. Si no está encarnado y no se puede encarnar, no es de Jesús. Esa es la clave para discernir si algo es de Jesús o no. Si una palabra no se puede encarnar en una situación concreta (poner en práctica), no es Palabra de Jesús. Por más lindo que suene y por más buena que sea, no es de Jesús. Es hablar por hablar, hablar demás y tiende a convertirse en puro verso, palabrerío, cháchara.

Si una acción no se encarna (si no es colaboración), si no se comparte, si no apunta a volverse buena costumbre, institución, obrar en común con otros…, no es de Jesús. Es hacer por hacer, volubilidad del que hace lo que quiere en cada momento, en el fondo para su propio placer y conveniencia y pasa de una cosa a otra. “El que escucha mi Palabra y no la pone en práctica es como el que edifica su casa sobre arena”.



El Espíritu (que se nos dona en gestos y formas sensibles -lenguas de fuego, agua viva, viento, soplo, ardor del corazón…) es Invisible: “es El que no se puede encadenar a la carne”, como dice von Balthasar.

Obvio, pensará alguno: eso es precisamente lo que quiere decir Espíritu. El Espíritu es Libertad pura, autodeterminación, autoconciencia…

Sí, pero aquí es donde a algunos “espiritualistas” se les vuelve abstracto el Espíritu, siendo que es todo lo contrario: el Espíritu es el que hace que las Palabras de Jesús se entiendan bien clarito y se puedan poner en práctica ahora mismo, en toda situación humana.

Hay cosas que no se pueden ver porque son abstracciones (como los discursos de algunos teólogos), pero hay otras que no se pueden ver porque son como la luz y el viento, tan reales que nos hacen ver lo demás y nos impulsan la barca mar adentro. Las sentimos en los ojos y en el rostro y no las notamos como tales hasta que se van. Cuando no hay luz, los ojos duelen y se esfuerzan por hallar luz como uno que se ahoga boquea para tomar aire.

Aquí es donde viene la lección humilde y repetida por nuestro Maestro interior mil veces, como cuando estábamos en primer grado y nos enseñaban a escribir las letras, que nos invita a contar con Él.

Podemos preguntarle a Jesús (y también a nuestro Padre, o a los Dos si preferimos)

¿Cómo sabré si estoy invocando bien a tu Espíritu de Santidad, Señor?

¿Cómo puedo discernir si es el Espíritu que Ustedes Dos nos envían, Padre, Jesús?

Me imagino que nos dirían algo así (por supuesto que más corto y mucho mejor, pero… valga para que cada uno los escuche a su manera si no le ayuda la mía).

- Si es Nuestro Espíritu, te darás cuenta enseguida.

Por la alegría y la paz.

En esto no dudes ni temas engañarte. Nuestro Espíritu siempre sopla suavemente y tiene una dinámica que expande, como ondas, nuestra Paz: ordena los sentimientos…, lleva cada cosa a su sitio, al lugar donde se armoniza con todo lo demás.

Aún en medio de la discusión más violenta o del desorden más agudo, la moción de nuestro Espíritu siempre baja como un guerrero que asegura una cabeza de puente, un mínimo espacio tranquilo, desde donde comienza a “trabajar por la paz”.

Una paz que se expande, esa es la señal.

No una paz extendida, establecida ya. No. La nuestra es una paz que se va haciendo –trabajosamente- pero sin chocar con las cosas, sin empujar, llevando a cada uno como de la mano a su lugar.

Es como una mamá cuando le quita los enojos en los que el capricho tiene encerrado a su hijito. Así hace nuestro Espíritu las paces. Uno no sabe cómo pero en un momento se disuelve el enojo, como un nudito desatado y cesa el llanto. Como por arte de magia, o de ternura, más bien. Así disuelve las agresiones nuestro Espíritu y ensancha la paz.



¿Y las alegrías? ¿Cómo distinguir las de su Espíritu si hay tantas, tan a medida y tan placenteras? (Aquí, mi imaginación filosófica se vuelve bastante más abstracta, pero espero que sea con la “abstracción del Espíritu” que tiene algo del Arte abstracto moderno, en el que uno goza las formas y colores y pone conceptos muy subjetivos quizás pero que ayudan a experimentar lo que está pintado y atrae).

- En esto es un poquito más complejo que con la paz. La paz es lo básico, es propia del modo de actuar de nuestro Espíritu, totalmente distinto de cómo actúan las fuerza materiales. En el mundo material se impone la ley del más fuerte. En el mundo del Espíritu, la ley del que más ama se establece libremente, sin coerción ninguna, por invitación, por gusto, por fascinación…

- La alegría es más inmediata, te brota espontánea ante la posesión de cada bien. Podés alegrarte con un vasito de agua fresca si tenés mucha sed, o con una sonrisa espontánea de un niño que juega… También te alegra acabar de comprar algo que te gusta y llevarlo como trofeo en tu bolso. O tener razón y que se vea. Tus sentidos son cinco y hay tantas alegrías como bienes aptos para ellos. Alegría de escuchar una canción, alegría de gustar una comida, alegría de ver, de tocar y de percibir una fragancia… Por eso preguntás ¿cómo distinguir esas alegrías de las alegrías de nuestro Espíritu, cómo saber que se trata de los Bienes verdaderos?

Lo primero sería que sepas que el hecho mismo de alegrarse es algo propiamente espiritual. Es expresión de estar recibiendo un don, como sienten los pajaritos que cantan llenos de alegría al ver salir el sol. Saben que el sol es para ellos, su fuente de vida, que se les comunica con sus rayos y ellos le comunican que lo reciben gorjeando y trinando. La alegría es un bien gozado y todo lo bueno viene de Dios. Pongo el ejemplo de los pajaritos, que no son “espirituales” pero participan plenamente del Espíritu, sin poder adueñarse de sí mismos. Por eso ustedes sienten que es tan “espiritual” la naturaleza, porque cada cosa se alegra enteramente con su bien y no envidia el de los otros.

En ustedes pasa lo mismo cuando son niños pequeñitos: se alegran inmediatamente con lo que les brinda su mamá. Cuando se vuelven autoconscientes empieza el lío. Empiezan a comparar y se estropea la alegría simple de cada bien.

Pues bien, Nuestro Espíritu es el único que remedia esta fisura, el único que restablece la unidad: con ustedes mismos y entre todos. Lo notarán al experimentar una alegría “duradera”, que no cesa ni se rompe al compararla con la de los demás. La alegría de nuestro Espíritu es “sin envidia”, por decirlo con una sola palabra. Pero lo milagroso es que brota siendo que podemos compararnos y de hecho lo hacemos con los demás y aún así, no sentimos envidia. Este es el signo de que están en posesión de su Bien propio y a la vez común. Es la señal de que ese Bien es íntegro y absolutamente personal y de que teniéndolo a Él, tienen todo lo demás. Por eso pueden alegrarse con una alegría que nadie les puede quitar y gozar que tengan la misma alegría todos los demás.

El Espíritu de paz y sin envidia es el que nos envía el Señor. Invoquémoslo de corazón cada día.


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Oraciones para la Eucaristía: Domingo de Pentecostés – Ciclo C (Juan 20, 19-23)

Publicado por Fe Adulta

EL ESPÍRITU DE DIOS

Acción de gracias

Hoy queremos agradecerte, Padre, de manera muy especial
que nos estés enviando permanentemente tu Espíritu,
que vemos reflejado
en el amor que sentimos hacia los demás,
en el impulso a tender nuestras manos
al que nos suplica ayuda,
en la fuerza interior
que nos mueve a hacer siempre el bien,
en la aspiración a elevarnos sobre las cosas materiales
y encontrarnos contigo en la oración.
Queremos que todos los seres humanos
reconozcan tu amor y bondad,
y te den gracias
porque has derramado tu Espíritu a toda la humanidad.
Te dirigimos contentos y agradecidos
este himno de gloria y alabanza.

Memorial de la Cena del Señor

Te bendecimos y te agradecemos, Padre,
que en la persona de tu hijo Jesús,


lo mejor de nuestro mundo,
hayamos podido contemplar con total claridad
la acción de tu Espíritu.
Tu Espíritu le llevó al desierto,
para orar y prepararse para la misión,
Tu Espíritu le condujo a evangelizar a los pobres,
a predicar tu reino,
a servir y ayudar a todos,
hasta exhalar el espíritu en la cruz.
Él nos comunicó tu Espíritu, a todos sin excepción,
para que fuéramos testigos tuyos.

Invocación al Espíritu de Dios

Creemos, Padre,
que estás volcando cada día sobre nosotros
el mismo Espíritu que admiramos en tu hijo Jesús.
No permitas que sigamos desperdiciando
tan valioso tesoro.
Que tu santo Espíritu, Señor,
nos dé empatía para comprender a los demás
y un amor auténtico, generoso, sin altibajos, universal.
Haznos sensibles a la acción de tu Espíritu,
que nos mueva a luchar con eficacia
por un mundo más humano
y reaccionemos con firmeza
ante las injusticias que veamos.
Que tu Espíritu nos convenza de que todos los humanos,
todos los seres de la creación
somos realmente uno.
Queremos vivir en tu Espíritu, vivir en tu amor,
para honra y gloria tuya, Padre Dios,
por Cristo y con él, ahora y siempre.
AMÉN.


Rafael Calvo

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ACÉRCATE

Dices que soy manantial y no vienes a beber.
Dices que soy vino gran reserva y no te embriagas.
Dices que soy suave brisa y no abres tus ventanas.

Dices que soy luz y sigues entre tinieblas.
Dices que soy aceite perfumado y no te unges.
Dices que soy música y no te oigo cantar.

Dices que soy fuego y sigues con frío.
Dices que soy fuerza divina y estás muy débil.
Dices que soy abogado y no me dejas defenderte.

Dices que soy consolador y no me cuentas tus penas.
Dices que soy don y no me abres tus manos.
Dices que soy paz y no escuchas el son de mi flauta.

Dices que soy viento recio y sigues sin moverte.
Dices que soy defensor de los pobres y tú te apartas de ellos.
Dices que soy libertad y no me dejas que te empuje.

Dices que soy océano y no quieres sumergirte.
Dices que soy amor y no me dejas amarte.
Dices que soy testigo y no me preguntas.

Dices que soy sabiduría y no quieres aprender.
Dices que soy seductor y no te dejas seducir.
Dices que soy médico y no me llamas para curarte.

Dices que soy huésped y no quieres que entre.
Dices que soy fresca sombra y no te cobijas bajo mis alas.
Dices que soy fruto y no me pruebas.


Florentino Ulibarri

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HAZNOS PROFETAS, SEÑOR

Escucha Padre los ruegos de tu pueblo, que hoy te dirigimos en la alegría de la mesa compartida, para que nos ayudes a conseguirlos:

• Por tus hijos alejados, aquellos que no te conocen, no te disfrutan y viven la vida distraídos en otros dioses, para que tengan un encuentro contigo.

Haznos profetas, Señor

• Ponemos en el altar a nuestra Iglesia, para que sepa hablar el lenguaje de los tiempos, conociendo a fondo al ser humano de hoy, para ofrecer a Jesús como propuesta de vida apasionante.

Haznos profetas, Señor

• Haz de nosotros profetas que sepamos hablar bien de ti y contagiemos el deseo de vivir tu proyecto de fraternidad y plenitud universal.

Haznos profetas, Señor

• Entusiasma a tus seguidores para que sean buenos transmisores de tu mensaje, que potencia lo mejor de las personas y con su comportamiento vayan sensibilizándonos a todos con los más pobres.

Haznos profetas, Señor

Buen Padre, Dios, que sabes mejor que nosotros que nadie es profeta en su tierra, acoge nuestras peticiones y danos valentía para dar limosna de lo de dentro, contando lo que creemos y celebramos. Amén.



Mari Patxi Ayerra

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Encuentros con la Palabra: Reciban el Espíritu Santo

Domingo de Pentecostés – Ciclo C (Juan 20, 19-23) 19 de mayo de 2013

He oído que la experiencia de fe en las personas tiene cuatro etapas: La primera es la que viven los niños. Ellos creen lo que les dice su mamá, su papá o su profesor. Las personas mayores son las que les dan seguridad y sentido. Solos, no se sienten capaces de afrontar los peligros que constantemente los acechan. No se imaginan la vida sin tener estas personas a su lado. Una segunda etapa en el camino de la fe es la que viven los jóvenes, que creen en lo que ven hacer a sus mayores y no en lo que les dicen. Exigen coherencia, resultados. No se fían de las palabras que se lleva el viento. Necesitan pruebas, al estilo de Tomás, que necesitaba ver las heridas en las manos, en los pies y en el costado del Señor. La tercera etapa es la de los adultos, que creen solamente en lo que ellos mismos hacen y no en lo que les dicen los demás o en lo que ven hacer a los otros. Las personas adultas se van haciendo autónomas, se rigen por sus propios principios. Un adulto sabe que lo que él mismo no hace, nadie lo hará por él. La cuarta etapa que vivimos en nuestro camino de fe, es la del anciano, que cree en Dios, sin más. Ha vivido muchas experiencias y se ha ido desengañando de infinidad de seguridades pasajeras que tuvo a lo largo de su existencia. Confió en sus estudios, en su trabajo, en sus amistades, en las posesiones que tuvo. Pero, poco a poco, se ha dado cuenta de que todo esto no eran más que vanidades. Sabe que se acerca el momento definitivo del encuentro con el único Señor de su vida.



Lo que está detrás de todo esto es la experiencia del despojo que vamos viviendo cada día y que se acentúa a medida que pasan los años. Un anciano ya no tiene papá ni mamá. Ya no tiene profesores. Ya no tiene modelos de referencia en otros adultos. Ya no se tiene ni siquiera a sí mismo. Se siente sin fuerzas. No tiene otra alternativa que sentirse en las manos de Dios como el niño de pecho se siente en manos de su madre. La vida nos va despojando, poco a poco, de nuestras seguridades, hasta que nos piden entregar la misma vida. Dicen que una vez en un velorio de un señor que había sido muy rico, los que acompañaban a la familia del difunto discutían sobre lo que había dejado este señor. Hacían cuentas y no lograban calcular la herencia que había dejado a sus descendientes. Hasta que vino un hombre sabio y le dijo a los que conversaban sobre esto: «Yo se exactamente cuánto dejó este señor». «¿Cuánto dejó?» Preguntaron todos, intrigados de que tuviera el dato exacto. Y el hombre dijo: «Lo dejó TODO. Nadie se lleva nada de este mundo».

Hay que reconocer que esta visión de las cosas es un poco pesimista. Según esto, sólo los ancianos llegan a tener una fe auténtica. Sin embargo, creo que tiene mucho de verdad. Vamos a tientas, poniendo nuestra fe en miles de cosas que no son Dios. Y muy lentamente, nos vamos abriendo a una confianza plena en la acción del Señor en nuestras vidas. La celebración de hoy es un excelente momento para preguntarnos por nuestra fe. Para preguntarnos por aquello en que hemos puesto nuestra confianza. ¿Dónde están nuestras seguridades? El resucitado sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. La pregunta que tenemos que hacernos hoy es si creemos, efectivamente, que hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro bautismo y si lo seguimos recibiendo cada día a través de los sacramentos, como el regalo más precioso que nos dejó el Señor. No deberíamos esperar a estar ya al borde de la muerte para vivir una fe que sea capaz de soltarse de todo para dejarse llevar por Dios. Para creer en el Espíritu Santo que el Señor nos regaló.

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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PARÁBOLA DEL VIENTO

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (Jn 20,19-23) - Ciclo C

El Evangelio de Juan profundiza en la misma noción de Espíritu. Es el espíritu de Jesús, el que viene del Padre, el Espíritu de Dios que actúa en el mundo a través de Jesús y a través de todos nosotros. Este texto nos sirve para hacer un acto de fe en la iglesia, en todos nosotros que formamos la iglesia.

No vivimos solamente del recuerdo de Jesús, de la meditación de sus palabras. Vivimos de la presencia viva del Espíritu en nosotros. Ese espíritu de Jesús se está manifestando continuamente en la Iglesia entera, manteniendo viva a la iglesia, haciéndonos vivir como testigos.

Es la acción creadora de Dios, la que saca al mundo del caos desde el principio, la que lleva el mundo a su consumación, la fuerza de Dios que sopló como un huracán en Jesús y sigue alentando a la iglesia y a todos las personas de buena voluntad, para llevar al mundo a su plenitud.


Estos textos nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre "nuestro espíritu". ¿Qué espíritu nos empuja? ¿Cuál es el viento que nos lleva, de dónde y a dónde sopla? ¿Es el viento de Dios, es el viento de Jesús? ¿Somos capaces de reconocer los diversos vientos que agitan nuestra alma?

Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre.

Dios es por tanto "el Espíritu Creador, Salvador, Consumador". No un Señor exterior y lejano, sino la fuerza más íntima de mi ser, la fuerza que me hace vivir, la fuerza salvadora de mi vida.

Es de la Iglesia el que tiene el Espíritu de Jesús. Por sus frutos los conoceréis: "Porque tuve hambre y me disteis de comer".

Y así sentimos que Jesús es la Vid, y el Padre el Labrador. Nos sentimos injertados en buena planta, sentimos que crecemos, que la savia de Dios corre por nosotros, que podemos cambiar nuestro mundo, que la planta de los hombres puede florecer.

Todo eso es el Espíritu, el Espíritu que se mostraba plenamente en Jesús, el Espíritu que se mostraba en aquella comunidad.

Y eso es lo que sucedió en aquella primera comunidad, y lo que sucede ahora: que el Espíritu de Dios, que hizo de Jesús el Hijo Vivo Para Siempre, sigue soplando en el mundo para hacernos a todos Hijos Vivos Para Siempre.

El Antiguo Testamento hablaba muchas veces de "El Viento", el viento de Dios ("la Ruaj") el aliento de Dios, que era capaz convertir en viviente el muñeco de barro, de retener el mar, de suscitar jefes y profetas. Viento que arrastra, aliento que vivifica, hermosa imagen de la presencia y de la acción de Dios.

Los evangelistas muestran muchas veces a Jesús arrastrado, empujado, lleno del Viento de Dios. El Viento de Dios lo arrastra al desierto, el viento de Dios le saca de Nazaret para lanzarlo a predicar y curar. Jesús es el hombre lleno del Aliento de Dios, continuamente arrastrado, animado por el Espíritu, por el Viento de Dios.

Y es una hermosa profesión de fe. Porque al Viento no se le ve, pero se le siente. Una hermosa profesión de fe en que Dios sí está presente, y activo, pero de una manera muy concreta: alentando, empujando. Hay concepciones de Dios que parecen imaginarlo en tres situaciones: Al principio, como Creador, después, como ausente y al final, como Juez. Para Israel, y para Jesús, está continuamente presente como Viento, que inspira, alienta, refresca, empuja, arrastra.

"Creo en el Viento de Dios" puede ser una manifestación de confianza y también la expresión de una experiencia personal. Otras muchas parábolas de la naturaleza son semejantes a ésta: el agua, la luz, la sal, y muchas otras. Y todas significarían lo mismo. Sin agua no se puede vivir; sin luz no podemos ni movernos; sin sal todo es insípido. Con Dios hay vida y frescura y fecundidad; con Dios hay sentido y acierto; con Dios todo tiene sabor, su sabor. Y la mejor de todas, el Viento. Me imagino a Jesús navegando a vela por el Lago Genesaret, sintiéndose llevado por el Viento de Dios.

Situar al Viento – traducido del griego como "Espíritu" – como un personaje más de la Tríada Santísima lo aleja de nosotros y lo hace incomprensible. Y – también aquí – nos hace diferentes de Jesús. Si Jesús se dejaba llevar del Viento, yo también tengo que dejarme llevar del Viento.

Y hay Viento, mi trabajo consiste en desplegar las velas. Pero si el Espíritu Santo es una paloma posada en el trono entre el Dios Padre y el Dios Hijo, todo se hace lejano y misterioso: lo único que exige es adorar y acatar el misterio de la paloma.

Abbá – Hijo – Viento, son tres metáforas maravillosas. No hablan de cómo es Dios por dentro, sino de cómo se porta con nosotros, de cómo nos sentimos para con él, de cómo está en el mundo.

La Trinidad son tres parábolas de Jesús que definen estupendamente la relación de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Si las reducimos a metafísica corremos el peligro de que pierdan casi todo su significado.

Desde pequeños decíamos: "¿qué es el viento? – el aire en movimiento". Y ahora decimos: "¿Qué es el Espíritu? – el Padre en movimiento". El aire está ahí, en él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17,28), pero ni siquiera nos damos cuenta de que lo respiramos, de que es "el aliento de nuestra vida"... hasta que se mueve, hasta que sopla. Entonces nos damos cuenta de que es una de las fuerzas vitales más definitivas.

La luz, el agua, el viento, tres preciosos símbolos de Dios, de Dios para nosotros. Dios no es líquido, ni emite resplandores, ni levanta polvaredas; pero sin Dios mi vida es estéril, no sé distinguir caminos de zarzales, me siento varado y pasivo. Imágenes de Dios y de mi vida, hablar de Dios con imágenes, deslumbrante secreto de la Escritura. Hablamos de Dios sensible, hablamos de que las cosas hablan de Dios, de que podemos levantar el corazón a Dios desde el agua, desde la luz, desde el viento, como hacia Jesús, el mejor contemplativo, cuando veía a Dios en todas las cosas y con todas las cosas hablaba de Dios.



PROPUESTA DE UN CREDO ALTERNATIVO
PARA PENTECOSTÉS Y LA TRINIDAD

Yo creo sólo en un Dios,
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto en Jesús, que se sentía hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos sino cerca, al lado, dentro de mí.
Creo sentir su aliento como una vista suave que me anima
y me hace más fácil caminar.
Creo que Jesús, más aún que un hombre
es enviado, mensajero.
Creo que sus palabras son palabras de Abbá
creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
la palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es padre, palabra y viento
porque creo en Jesús, el hijo,
el hombre lleno del Espíritu de Abbá.




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El don esperado: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (Jn 20,19-23) - Ciclo C

Bajar de la torre de Babel...

En el fondo una imagen en negativo: la de la construcción de Babel (Gén 11,1-9). Se trata de un desafío perverso lanzado contra Dios (una torre «que alcance al cielo...»), y de un acto de orgullo desmesurado («para hacernos famosos...»).
El fracaso se da por la confusión-incomunicabilidad y por la dispersión.
El Pentecostés cristiano, contado en la narración clásica de los Hechos (primera lectura), aparece como la anti- Babel.
El proyecto, esta vez, se realiza gracias a la intervención de Dios que hace «descender» sobre los apóstoles su Espíritu («viento recio», fuego), y determina la creación de una humanidad nueva a través de la unificación de todos los pueblos y el don de lenguas (escucha de la palabra misma de Dios en la propia «lengua nativa», y posibilidad de comunicación de los hombres entre sí; pero es necesario «descender» definitivamente de la torre de Babel).



A propósito del lenguaje. Cuando se trata de hacer conocer las «maravillas de Dios», ya no existe una lengua definida como sagrada. Se utilizan las «lenguas nativas». Sería mejor decir: «maternas» (y la palabra evoca una tonalidad, una frescura, un acento inconfundible, que provocan profundas resonancias interiores). El hombre da los primeros pasos en un mundo nuevo, abre los ojos y se comunica con este universo «maravilloso» gracias a la guía de una «lengua materna».

Dios, cuando quiere dar a conocer sus «grandes obras» a los hombres, cuando intenta conversar con ellos, adopta la lengua de cada uno. Y cada una de estas lenguas se hace «sagrada», porque es instrumento de anuncio por parte de Dios, y de respuesta por parte de los hombres que pretenden cantar la gloria de Dios.

En Pentecostés se levanta un concierto de lenguas diversas que, precisamente en su rica variedad, componen un canto «unitario». Consolación, enseñanza y memoria.

Los dos textos del evangelio de Juan, que pueden elegirse para el ciclo C, están tomados de los llamados «discursos de despedida», y se refieren a la promesa del Espíritu, en una doble perspectiva.

-Se trata, ante todo, del Consolador (Paráclito). Se sugiere la idea de asistencia, apoyo, defensa (paraklein significa literalmente «llamar a uno junto a sí»).

El Espíritu Consolador, o Abogado, es el que asiste a los creyentes, está a su lado («... para que permanezca con vosotros siempre») en el gran debate con el mundo.

Jesús habla de «otro Consolador». El primero es él mismo. «Os escribo estas cosas para que no pequéis; pero si alguno peca, tenemos un paráclito junto al Padre, Jesucristo el justo» (1 Jn 2,1). Jesús, pues, es el primer Abogado, en cuanto que intercede a nuestro favor.

-Además el Espíritu ejercita una función de enseñanza y memoria. «El Paráclito, el Espíritu santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

El Espíritu «santo» (persona divina) viene enviado por el Padre, a instancias de Cristo. Ahí está, pues, la idea de misión. Y la fuente es el mismo Padre que ha «enviado» a Jesús. Por eso, el Espíritu aparece protagonista del mismo designio de revelación y de salvación.

Su actividad consiste en enseñar y en hacer recordar, dos realidades íntimamente unidas entre sí.

Obviamente no existe novedad alguna respecto a lo que el Maestro ha revelado. El Espíritu no tiene una revelación propia, autónoma: «lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye» (Jn 16;13).

«En la enseñanza del Espíritu es Jesús quien habla como en la enseñanza de Jesús es el Padre quien habla». Tenemos, más bien, una interiorización de la Palabra en el corazón del discípulo, gracias a la obra del Espíritu santo.

En cuanto a la «memoria» no se trata de una «repetición» banal (el Espíritu no se limita a «refrescar» nuestra memoria) sino de la actualización de la palabra revelada.

El Espíritu hace eficaz, actual, descubre el sentido de esa palabra de verdad en relación a la situación presente.

Gracias a la actividad del Espíritu, el discípulo profundiza, en la fe, la inteligencia de la revelación. Es una especie de nueva comprensión e interpretación de los acontecimientos, de un descubrimiento cada vez más sorprendente de la persona de Cristo.

Profundización y comprensión no simplemente de tipo intelectual, sino existencial-vital.

La pedagogía del Espíritu es siempre una verdadera pedagogía de la memoria.

El Espíritu enseña porque estimula a recordar, o sea, a comprender en profundidad la palabra escuchada, a descubrir el sentido actual del misterio.

Es posible sintetizar todo así.

-Sin la enseñanza del Espíritu, a través del recuerdo, la palabra de Jesús peligra permanecer «externa» al creyente, no comprendida en su integridad, en su síntesis vital.

-Sin Jesús no es posible entender al Padre.

-Sin el Espíritu no es posible comprender a Jesús, de quien es el intérprete, el exegeta único, insustituible.

Por tanto:

-El Padre «inaccesible» sin Jesús.

-El Hijo «inaccesible» sin el Espíritu. El nuevo «régimen»

El ciclo C propone, como elección alternativa para la segunda lectura, un texto de la Carta a los romanos, en donde Pablo pone de relieve el tiempo nuevo y el nuevo régimen en que vive el creyente. Tenemos una doble realidad:

-la carne, o sea, el hombre

-y el Espíritu, o sea, Dios. Por consiguiente, he aquí una doble esfera:

-la carnal, en cuyo ámbito el hombre se preocupa exclusivamente de sí mismo, piensa y se comporta como si Dios no existiese;

-la espiritual, en cuyo régimen el hombre se preocupa de las realidades ligadas al espíritu (Dios y los otros).

La carne «aprisiona» en el propio dominio, y consiguientemente conduce a la muerte.

El Espíritu «hace salir» en dirección de la plenitud y, por eso, guía hacia la vida y la paz.

El hombre, así, puede elegir entre el límite, la fragilidad, y la superación.

Pablo habla del Espíritu como de la fuerza que «ha resucitado a Cristo de entre los muertos». Si Dios no es el artífice de la resurrección de Cristo, no nos queda otra salida que «poner una cruz sobre el cristianismo».

El cristiano, pues, se entrega a ese mismo dinamismo, a esa misma fuerza de resurrección. Y, por consiguiente, el punto final no es la muerte, sino la vida.

El Espíritu no es una presencia externa al hombre, sino que «habita en nosotros».

Es verdad que el hombre tiene que habérselas siempre con el peso de la carne (soma), pero esta carne es arrastrada por el Espíritu. Y, sobre todo, el Espíritu no puede condenar al aniquilamiento su «morada».

El Espíritu hace pasar de la condición de esclavos (y los consiguientes miedos, posturas serviles, alienaciones) a la de hijos (con posturas caracterizadas por la dignidad, libertad, coraje, fantasía).

Ser guiados por el Espíritu en el propio camino, la efusión de ese mismo Espíritu, el experimentar esta presencia en lo íntimo de nuestro ser, no es algo reservado a cristianos «especiales», sino que constituye una posibilidad ofrecida a todos los creyentes.

«Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!».

Hay que subrayar ese «exclamar». Probablemente se refiere a una aclamación de la liturgia de las comunidades primitivas.

En nuestras asambleas litúrgicas mucha gente debota se limita a susurrar, a suspirar, a mascullar (y fuera de las asambleas se continúa... murmurando).

Mucha timidez, excesiva compostura, autocontrol digno de mejor causa. Parece que se tiene miedo a confesar, a «gritar» la propia fe, la propia esperanza. Parece que se quiere evitar a toda costa «hacer saber» que estamos.

En las liturgias antiguas los participantes no dudaban en «gritar», aclamar. Con frecuencia sus voces -como testifican Justino, Ambrosio y Agustín- se asemejaban al «ruido del trueno» que acompaña la venida del Espíritu.
Pablo defiende que la palabra Abbá es el primer grito del cristiano (neonato en el Espíritu).

El mismo Espíritu que desciende y vuelve a subir (en la oración) «testifica» una misma realidad: somos «hijos». «Somos la familia de Dios».

El hombre, aunque inteligente, aunque encaramado en la cima de la propia torre, no podía de ninguna manera sospechar esto. Se necesitaba precisamente el testimonio del Espíritu («el Espíritu testifica a nuestro espíritu...»).

Al final Pablo recuerda nuestra participación en la herencia misma de Cristo, comenzando por su pasión (... «si de verdad participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria...»).

La nueva e inmensa «familia de Dios» nace de la pasión y de la resurrección del Hijo.

He ahí por qué la Iglesia, que nace el día de Pentecostés (hoy es su cumpleaños), afronta el arriesgado viaje por el mundo, teniendo como «compañera» la cruz.

Y el soplo «gallardo» que la embiste, la debería obligar tanto a no moderar el paso, cuanto a permanecer firmemente asida a aquella «compañera» indispensable e... inevitable.

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