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sábado, 11 de mayo de 2013

Oraciones para la Eucaristía: VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53) - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

LA MISIÓN

Acción de gracias

Siempre es bueno, Padre santo,
darte gracias y bendecirte por la huella de tu amor
que está presente en toda la creación.
Hoy celebramos con especial alegría
tu reencuentro con Jesús, tu hijo amado
De Ti partió, en Ti vivió
y a Ti llegó finalmente como última meta.
Jesús nos trazó con su vida el sendero
y despertó nuestra esperanza.
Tú nos has creado, Tú nos sostienes
y nos acompañas en la vida,
y algún día, al igual que Jesús,
nos reencontraremos plenamente contigo.
Gracias, Señor y Dios nuestro.
Toda la naturaleza entona cada día
un bello canto en tu honor.
No podemos ser menos los humanos
y por ello, nos unimos a todos los pueblos de la tierra
para agradecer la grandeza de tu corazón.


Memorial de la Cena del Señor

Queremos ser conscientes, Padre Dios,
de la misión que nos confió Jesús antes de su partida.
Quiso que nos sintiéramos hermanos unos de otros
y repartiéramos el pan por igual entre todos,
que veláramos que no le faltara nada a los más débiles.
Nos encargó que hiciéramos de este mundo su reino,
un mundo ideal, donde no hubiera pobres ni marginados
y todos pudiéramos ser felices.
Y supimos que no debíamos mirar más al cielo
sino a nuestro alrededor.
Jesús nos dejó el testigo para que siguiéramos la carrera.

Invocación al Espíritu de Dios

Este es el sacramento,
el signo de la entrega total de Jesús por el Reino.
Este es también el compromiso de vida
al que nos lleva la fe en Cristo.
Queremos ser portavoces ante el mundo
del mensaje en palabras y vida que nos dejó
Tenemos que pedir tu ayuda, tu espíritu, Dios santo,
porque la misión que nos encomendó Jesús
sencillamente nos desborda.
Bajo la fuerza de tu aliento,
queremos promover y extender tu reino,
apoyar a cuantos defienden los derechos humanos,
colaborar en cualquier acción a favor de los necesitados
y velar por que nadie ni nada nos quite la libertad
que nos regalaste como mejor don.
Acoge, Padre, a cuantos van dejando este mundo
y bendice a quienes toman su relevo.
A ti, Padre de todos, bautizados o no,
desde esta o cualquier otra religión,
te ofrecemos con cariño de hijos
este cálido homenaje de gratitud.
En tu honor brindamos
como esperamos hacer eternamente.
AMÉN.




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¡SALID, AMIGOS Y AMIGAS!

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Sed expresión de la ternura del Dios de la vida.

Ternura en vuestro rostro,
ternura en vuestros ojos,
ternura en vuestra sonrisa,
ternura en vuestras palabras,
ternura en vuestras obras,
ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Os esperan fuera ciudadanos y vecinos.

Vosotros sois mis manos
para construir un mundo nuevo
de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios
para anunciar a pobres y marginados
la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies
para acudir al lado de las personas
que necesitan gestos de ánimo y palabras de bien.

Vosotros sois mi pasión
para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades
y lograr que niños y adultos vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla
para lograr la primavera del Reino
y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Derramad por doquier ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.
¡Yo os acompaño todos los días!


Florentino Ulibarri


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VIVIR PARA LO ESENCIAL

Buen Padre Dios, que nos das el pan de vida que nos alimenta, hoy te presentamos nuestra oración, para que tú hagas que nuestros sueños se vayan haciendo realidad en nuestra vida y en el mundo que nos rodea:

Te pedimos, Señor que nos ayudes a vivir más atentos a las necesidades del espíritu que a las del cuerpo, dedicando cada día un tiempo para el encuentro contigo.

Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Te presentamos ante el altar a todos los que viven solamente dando vueltas a sus cuentas, a sus necesidades, a sus deseos, sin tener en cuenta las necesidades básicas de los más necesitados.

Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Ponemos en tu altar a todas las personas desvalidas, enfermas, solitarias, tristes, hambrientas de relación y de fraternidad, para que tú nos ayudes a salir a su encuentro y facilitarles la vida.

Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Por los gobernantes, por todos los que tienen poder económico, espiritual, intelectual o laboral, para que practiquen en todo momento la justicia y el Amor.

Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Por tu iglesia, para que actúe en el mundo como bálsamo, consuelo, apoyo, crecimiento, compromiso, impulso y serenidad, llenando el mundo de tu Amor, tu perdón y tu gracia.

Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Recoge Padre nuestros sueños y deseos, para que vayamos, poco a poco, construyendo tu Reino, ese espacio de Amor, justicia, serenidad y esperanza, Amén.



Mari Patxi Ayerra

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LOS RELATOS DE LA ASCENSIÓN Y SU INTERPRETACIÓN

VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53)
DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es "¿qué nos quiere decir el autor?" con este relato. Mirándolo desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.
El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN

Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz". Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su aceptación de la voluntad de salvación del Padre, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.


La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos"... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva" como Rey del Universo, "sentado a la diestra de Dios".

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado humillarse hasta la muerte y muerte de cruz por cumplir la voluntad de salvación del Padre, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.

Pero este simbolismo no termina en Jesús. Jesús es la revelación de Dios, en Él conocemos a Dios; y también la revelación del hombre, en Él conocemos quiénes somos. La Ascensión, como la resurrección y la cruz, se refieren a Jesús como persona y a Jesús como Primogénito, es decir, nos están diciendo también quiénes somos, qué es vivir.

La Sagrada Escritura, leída como "EL LIBRO", es un solo libro, con un argumento: El ser humano creado por Dios como Hijo suyo, apartado de su destino por el pecado (Libro del Génesis), ayudado por Dios para recuperar su condición de Hijo, consiguiéndolo finalmente (Resurrección-Ascensión-Apocalipsis). Este es el argumento de la historia humana, que es una Historia Sagrada, la historia de la pelea de Dios contra el pecado de los hombres, la historia de la Liberación, que empieza en el Paraíso como utopía soñada por Dios, y termina en la ciudad de Dios, del Apocalipsis, como sueño cumplido, como destino de la humanidad, triunfo de Dios.

La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos y a dónde fue, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.



TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN

El esquema seguido por los evangelistas es un clásico en las "vocaciones de misión" de toda la escritura. Proponemos algunos ejemplos:



La Misión aparece como el elemento fundamental de los relatos, que es precisamente lo que recoge el Evangelio de Juan en la aparición a los diez. Recordemos la narración de Juan.

"Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: "Paz a vosotros" Diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Y les dijo otra vez: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados..."

Juan presenta por tanto en una sola escena la constancia de la resurrección, la misión, y la infusión del Espíritu. Y, una vez más, comprobamos que el Evangelio de Juan recoge en síntesis lo fundamental del mensaje ya narrado por los demás.



CONCLUSIONES

La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo" ... ¿En qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur? ... "Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que humillado hasta la muerte y muerte de cruz, vive exaltado por el poder de Dios; que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosas que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

Los evangelistas nos proponen ante todo el resumen final de la fe: la fe en Jesucristo, Dios con nosotros Salvador, resumen de toda nuestra fe y fundamento de nuestra misión. Y eso es lo que sucedió, que en Jesús, la Palabra que estaba desde siempre en el seno del Padre, puso su tienda entre nosotros, despojándose de su rango, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y está sentado a la diestra de Dios, dejándonos a nosotros la fuerza de su Espíritu para que llevemos a cabo en el mundo la Misión que su Padre le encomendó. Esa es la realidad, el sentido verdadero de lo que los ojos vieron entonces, y nuestros ojos siguen viendo hoy.

A nosotros quizá no nos guste este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos comunicaron la Palabra.



EL MENSAJE DE LA ASCENSIÓN

Hoy se nos invita a inaugurar el "tiempo de espera", que es la vida. Dios "no está". Dios no es una evidencia de los sentidos ni - quizá - de la razón. Pero la vida del hombre no es algo sin sentido. Es un tiempo entre dos presencias: entre Dios y Dios. "¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?. Volverá". La vida plantea al ser humano el profundo interrogante de su sentido. Religión es hallar el sentido de la vida en Dios. Así, se nos invita a encontrar el sentido de la vida en Jesús, mirando atrás, al presente y adelante.

Mirando atrás, porque Jesús es una realidad en el tiempo: una realidad histórica en la que aquellos hombres supieron ver la presencia de Dios: de eso son testigos los primeros discípulos: de la presencia en Jesús del Espíritu de Dios. Por tanto, se ha manifestado el Espíritu de Dios, se ha dejado ver el sentido de la vida. Así, el cristiano se define como creyente en Jesús: el que acepta que en Jesús se ha manifestado el Espíritu de Dios. La fe en la Ascensión no es aceptar que una persona voló a los cielos. Es aceptar que Jesús es el sentido de todo, la revelación de Dios y del sentido de la existencia: el Señor.

Mirando al presente, porque la aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Todos los textos terminan, de una u otra forma, en la Misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es diferente: constituidos en el nuevo pueblo de Dios, han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido. Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

Mirando al futuro: "Volverá". No se trata de la ingenua noción de que un día aparecerá físicamente entre resplandores a pedir cuentas. Está bien como imagen, pero nada más. "Volverá": el mundo que vivimos, aparentemente ausente de Dios, va hacia El. Mi vida va hacia El. La humanidad va hacia El. Nosotros nos esforzamos por provocar el encuentro, cada uno el nuestro, y el de todos si es posible. Todos nuestros símbolos no son capaces más que de deformar lo que será el encuentro. Nadie puede describir, pintar, imaginar, simbolizar, a Dios. Nosotros solemos simbolizar la venida con luces, rayos, terremotos... cuando Jesús habló de Dios habló de pastores, médicos, viejecitas, sembradores, pescadores... Eso sí que lo entendemos.

En resumen: Creo en Jesucristo, el Señor, Revelación de Dios y del sentido de la vida: acepto la vida como misión recibida de El, para que todos los hombres le conozcan y salven su vida. Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en Él.



José Enrique Galarreta

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Encuentros con la Palabra: “Ustedes deben dar testimonio de estas cosas”

Solemnidad de la Ascensión – Ciclo C (Lucas 24, 46-53) 12 de mayo de 2013

En el libro de Jean Canfield y Mark Victor Hansen, Sopa de pollo para el alma, publicado en 1995, se cuenta una historia parecida a esta: Era una soleada tarde de domingo en una ciudad apartada de la capital del país. Un buen amigo mío salió con sus dos hijos a pasear un rato para aprovechar la belleza del paisaje y el aire fresco de la tarde. Llegaron a las afueras de la ciudad, donde estaba acampado un pequeño circo que ofrecía sus funciones con mucho éxito. Mi amigo le preguntó a sus hijos si querían disfrutar del espectáculo aquella tarde. Los niños, sin dudarlo, dieron un brinco de alegría y se dispusieron a gozar. Mi amigo se acercó a la ventanilla y preguntó: –¿Cuánto cuesta la entrada? – Diez mil pesos por usted y cinco mil por cada niño mayor de seis años – contestó el taquillero. – Los niños menores de seis años no pagan. ¿Cuántos años tienen ellos? – El abogado tiene tres y el médico siete, así que creo que son quince mil pesos – dijo mi amigo. – Mire señor – dijo el hombre de la ventanilla – ¿se ganó la lotería o algo parecido? Pudo haberse ahorrado cinco mil pesos. Me pudo haber dicho que el mayor tenía seis años; yo no hubiera notado la diferencia. – Sí, puede ser verdad – replicó mi amigo – pero los niños sí la hubieran notado.


Dar testimonio de las cosas de Dios en medio de este mundo, es la tarea que nos dejó el Señor antes de su Ascensión a los cielos. “Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben dar testimonio de estas cosas. Y yo enviaré sobre ustedes lo que mi Padre prometió. Pero ustedes quédense aquí, en la ciudad de Jerusalén, hasta que reciban el poder que viene del cielo. Luego Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta Betania, y alzando las manos los bendecía. Y mientras los bendecía, se apartó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de adorarlo, volvieron a Jerusalén muy contentos. (...)”.

En cada circunstancia de nuestra vida, tenemos que descubrir la mejor manera de dar testimonio del Señor. No siempre es fácil. Ya sea porque es más cómodo asumir actitudes distintas a las que se esperan de un seguidor del Señor, o porque nuestras limitaciones y nuestro pecado nos hacen incapaces para responder con amor, con perdón, con misericordia. Es especialmente difícil dar testimonio de las cosas de Dios delante de los que tenemos más cerca. Ellos nos conocen y saben muy bien dónde nos talla el zapato. En esos casos, tenemos que pedirle a Dios que nos regale su gracia para ser fieles.

Muchos hombres y mujeres, a lo largo de la historia de la Iglesia, han dado testimonio de las cosas de Dios, con su propia vida. A nosotros tal vez no se nos pida tanto. Pero, ciertamente, podemos escoger el camino fácil de pasar agachados cuando los demás esperan de nosotros un comportamiento coherente con nuestra vida cristiana, o asumir las consecuencias que trae el ser discípulos de un maestro que estuvo dispuesto a dar su vida por los demás, antes de apartarse del camino que Dios, su Padre, le señalaba.

El Señor nos dejó como sus representantes aquí en la tierra para continuar su obra en medio de nuestras familias y de la sociedad en la que vivimos. Pidámosle que en los momentos clave, seamos capaces de responder como él lo espera. Porque, aunque algunos no lo crean, la diferencia sí se nota...

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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El valor de las crisis

La Ascención del Señor – C

Hoy se habla de crisis.
Está en crisis la sociedad.
Está en crisis la Iglesia.
Está en crisis la familia.
Está en crisis el matrimonio.
Está en crisis el hombre mismo.

La Ascensión puso en crisis a los discípulos, por más que Lucas diga que “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”.
Una alegría que no significaba que el problema estaba solucionado ahora para ellos.
Era fácil “estar siempre en el templo bendiciendo a Dios”.
Jesús no les encomendó ser sacerdotes del templo.
Jesús no les encomendó tener limpio el templo.
Jesús les encomendó salir al mundo como sus “testigos”.
Jesús, dicen los otros Evangelios, les mandó “salir por todo el mundo predicando el Evangelio”.
Ahora tendrían que caminar solos, mientras hasta ahora era El quien caminaba delante de ellos.
Ahora tendrían que pensar por dónde comenzar para continuar su obra, cuando hasta ahora era El quien decidía qué hacer.
Ahora tendrían que replantearse sus vidas, cuando hasta ahora vivían tranquilos a su lado.


Era la crisis de quienes tienen que comenzar todo de nuevo:
Pero era un comenzar sin “guía de carreteras”.
Era un comenzar sin el libreto de cómo hacer las cosas.
Era un comenzar sin saber cómo hacerlo.
Era un comenzar asumiendo responsabilidades que nunca habían tenido.

Un momento difícil para ellos.
Pero también un momento importante.
Porque no hay nada más bello que arriesgarse a abrir caminos.
Porque no hay nada más bello que arriesgarse a nuevas empresas.
Porque no hay nada más bello que no tener que repetirse cada día.
Porque no hay nada más bello que ver nacer nuevas flores y nuevos rosales.
Porque no hay nada más bello que ver como el niño comienza a andar por sí mismo.
Porque no hay nada más bello que ser sembrador de nuevas esperanzas.

Nada será fácil.
No será fácil enfrentarse con el viejo Templo.
No será fácil enfrentarse con las autoridades que condenaron al Maestro.
Pero tendrá el sabor de algo nuevo que comienza.
Tendrá el sabor de aventurarse a nuevos caminos.

Lo más fácil es vivir a la sombra de Jesús que daba cara por todos.
Lo más fácil es repetir lo de siempre.
Lo difícil es tener el coraje de ser creativos, incluso si se equivocan.
Lo difícil es tener la valentía situarse de una manera nueva en el mundo.
Lo difícil es tener la valentía de mirar hacia un futuro desconocido.
Lo difícil es tener la valentía de pensar que las cosas pueden ser de otra manera.

Esta es la valentía que Jesús pide y reclama hoy a la Iglesia.
La valentía de hacer lo que El hizo, pero no como lo hizo El.
La valentía de decir lo que el dijo, pero no como lo dijo El.
La valentía de estar con los hombres con los que El estuvo, aunque eso no sea del agrado de muchos.
La valentía de defender a los que El defendió, aunque esto exaspere a muchos.
La valentía de comer con los que El comía, aunque muchos se escandalicen.

Jesús no les encomendó el servicio del Templo.
Jesús les encomendó el servicio de los hombres del mundo entero, por encima de razas y culturas y fronteras.
Jesús no les encomendó repetir el pasado.
Jesús les encomendó anunciar y proclamar lo nuevo.
Ahora tendrán que aprender lo que es salir a los caminos de los hombres sin nada, sin dinero en el bolsillo ni una maleta cargada de vestidos para lucir según las celebraciones.
Ahora tendrán que aprender lo que es lanzarse al mundo sin tener reservada la habitación del hotel.
Ahora tendrán que aprender a sentir compasión de los débiles.
Ahora tendrán que aprender lo que significa el “dadles vosotros de comer”.

Nos da pena que te vayas, Señor, y nosotros nos quedemos solos.
Pero era necesario que tú te fueses, para que nosotros aprendiésemos a andar.


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El cielo es hoy: VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53) - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Lucas, después de su evangelio, escribe otro libro que documenta el nacimiento y el desarrollo de la primera comunidad cristiana. Se podría decir que cuenta la primavera de la Iglesia.
Punto de partida de los Hechos de los apóstoles es la Iglesia- madre de Jerusalén, presentada en sus orígenes y en su expansión.
Lucas nos ofrece dos rostros de la misma realidad:
-la vida interna de la comunidad (oración, fraternidad, unión, participación de bienes);
-el dinamismo misionero (sostenido por la fuerza del Espíritu, y por la eficacia de la Palabra, proclamada con coraje).
Precisamente, para la fiesta de la Ascensión, se ha escogido el texto inicial del libro, donde se recogen sintéticamente los acontecimientos del período de transición entre la aventura terrena de Jesús y el tiempo de la Iglesia.
Durante las apariciones pascuales, Cristo, en cierto sentido, efectúa el paso de las consignas y «abre» la misión apostólica. Como si dijese a los discípulos: «Ahora os toca a vosotros». Nos acerca así a la separación visible.

«Con la Ascensión de Jesús al cielo comienza el tiempo de la Iglesia, un tiempo de testimonio público y valiente que progresivamente ha de alcanzar a todos los hombres. La Ascensión, pues, señala el cambio histórico determinante, es la línea divisoria entre la historia de Jesús y la de la comunidad pos-pascual. Desde el momento que Jesús, "ha subido al cielo" la comunidad de los discípulos puede iniciar su propio camino histórico sin nostalgias y sin fugas apocalípticas. Tienen ante sí el mundo y la historia donde madura la experiencia cristiana gracias a la fuerza del Espíritu prometido por el Señor».
Las «instrucciones» de Jesús se refieren al reino de Dios, o sea, a su proyecto salvífico. Ya era el tema de la predicación del Maestro. Otro elemento peculiar de las apariciones pascuales viene dado por la «convivialidad»:
«... una vez que comían juntos les recomendó...». La comida compartida con los discípulos constituye una prueba de que el Resucitado no es un fantasma, una alucinación. Pero remite también al banquete eucarístico, o sea, al lugar por excelencia en el que los amigos podrán estar en comunión con su Señor.
Respondiendo a una precisa pregunta de los apóstoles («¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?»), Jesús precisa que su victoria pascual no instaura inmediatamente el reino de Dios. Más bien, desde la mañana de pascua, se abre un período (cuya duración no interesa) caracterizado:
-por el esfuerzo misionero
-por la acción del Espíritu.
Estas son las únicas informaciones concedidas por Jesús a los «suyos».
La narración de la ascensión, insistiendo sobre la «partida» de Cristo, sirve para puntualizar la responsabilidad de los apóstoles, llamados bruscamente a su tarea específica por los ángeles («... ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»).
De todos modos, todavía no es la señal de partida para la misión. Es más, Jesús Resucitado ordena: «no os alejéis de Jerusalén». No ha llegado todavía el momento de la dispersión.
Por tanto, la primera imagen que nos llega de la Iglesia es la de algunas personas «agrupadas» que están a la espera.
Antes de ser un «equipo» apostólico, la Iglesia aparece como una comunidad de oración. Su misión podrá ser animada solamente por el Espíritu, y por eso no comenzará antes de su venida.
Luego la Iglesia, reunida por Cristo, bien estructurada, tiene necesidad del soplo vital, que le será dado por el Espíritu.
«Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu santo».
Sin inmersión en el Espíritu, la Iglesia no puede sumergirse en el mundo. Por otra parte, Cristo mismo ha iniciado su propia misión terrena después de la investidura por parte del Espíritu, con ocasión del bautismo en el Jordán.
Sin el Espíritu, no hay vida, no hay fuerza de expansión, no hay capacidad de testimonio para la Iglesia.
Sin el impulso del Espíritu, la comunidad queda como bloqueada, impedida, imposibilitada para transmitir el mensaje.
Solamente el Espíritu «habilita» a la Iglesia para presentarse en el mundo.
«Una nube se lo quitó de la vista». La nube forma parte de ese aparato simbólico del que Lucas se sirve para informarnos del acontecimiento (la misma «subida» al cielo simboliza la entrada en el mundo de Dios, y no hay que tomarlo necesariamente al pie de la letra).
La nube, en la Biblia, es signo de la presencia de Dios. Por eso la nube, que quita a Jesús de la vista de los apóstoles, señala el fin de un cierto modo de presencia en el mundo (carnal, visible), e inaugura otro modo (espiritual).
Lucas es el único evangelista que presenta la ascensión en forma de narración. Es más, facilita dos narraciones: una al final del evangelio, otra al principio de los Hechos.
Entre los dos textos la diferencia que sale de ojo es la de la fecha: en el evangelio la ascensión se pone en la misma tarde de la pascua. En los Hechos, después de cuarenta días (o, siendo meticulosos, los cuarenta días son los de las apariciones e instrucciones pascuales).
También los cuarenta días tienen una significación simbólica: indican el tiempo de una revelación y de una prueba. Baste recordar los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto, que preceden su misión. Entonces, los cuarenta días después de pascua pueden ser el tiempo de preparación para la misión de la Iglesia.
Pero volvamos al evangelio. Lucas, a costa de alargar las 24 horas de la jornada, coloca dentro de ella varios acontecimientos y logra meter incluso la ascensión, vista como glorificación de Cristo ante el Padre, y por tanto inseparable de la resurrección.
Se insiste todavía en la función de los apóstoles en cuanto testigos, y en la necesidad de no alejarse de la ciudad hasta que «os revistáis de la fuerza de lo alto».
Podemos fijar dos momentos:
«Les sacó hacia Betania» ... Parece uno de tantos viajes para la proclamación del Reino. Jesús parte, una vez más, a la cabeza del grupo de los apóstoles después de haber puesto en movimiento a la comunidad y de ponerse en camino. Como para indicar que él será siempre su guía cada vez que se muevan para anunciar el evangelio. «Levantando las manos, los bendijo. Y mientras les bendecía se separó de ellos, subiendo al cielo».
Jesús se separa de los amigos con un signo de bendición. Y la última imagen que ellos registran es precisamente la del Señor glorioso que bendice.
Indudablemente se trata de un gesto sacerdotal.
Ben Sirá (Eclo 50,20-24) presenta la escena del sumo sacerdote Simeón que «elevaba las manos» al final de la solemne liturgia para «bendecir» al pueblo «postrado» (y también los discípulos, en la narración de Lucas, están postrados en adoración). Con la bendición pide a Dios que dé al pueblo «contento de corazón» (y también los discípulos vuelven a Jerusalén llenos de alegría).
Por muy paradójico que pueda parecer, los apóstoles saludan la partida del Señor no con el llanto sino con la alegría («se volvieron a Jerusalén con gran alegría»). Se puede decir que se la encontraron «dentro», como fruto de aquella bendición final.
Deben afrontar un mundo en el que aparentemente nada ha cambiado (donde aún actúan las potencias del mal, el sufrimiento, la muerte, el odio). Y anunciar que todo ha cambiado.
Deben afrontar un mundo hostil llevando la paz, el amor y el perdón. Y lo hacen revistidos con la «fuerza de lo alto», y de la alegría, también recibida de lo alto.
Pablo (segunda lectura), presentando a Cristo como cabeza de la Iglesia y soberano de todo lo creado, formula este deseo a los cristianos de Efeso: «Hermanos: Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo... os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama...».
He ahí, pues, que la fiesta de la Ascensión inaugura el tiempo de la Iglesia.
E inaugura, contemporáneamente, el tiempo de la esperanza (quiero decir del compromiso de la esperanza).
En un mundo cerrado en sí mismo, limitado por los propios horizontes económicos, satisfecho de sus proyectos reductores, que se contenta con ser «realista», un grupito de individuos se presenta como portador de la única utopía posible.
En medio de gente que ha oído ya tantas palabras, van a contar de un Dios protagonista de una larga historia de fidelidad.
A hombres desorientados, estos testigos de la esperanza declaran que el cielo no está al otro lado de las nubes. Está aquí. No es para mañana. El cielo es hoy.

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NOS TOCA EL TURNO: VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53) - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Alguien ha dicho que el ser humano es un ser extraño: no pide nacer, no sabe vivir y no quiere morir. La frase se las trae. Es una manifestación de lo difícil que somos para ser clasificados. Señala, destaca un aspecto de la fiesta que celebramos hoy, la Ascensión de Jesús a los cielos. En efecto el hombre no quiere morir. Esta afirmación subraya la originalidad, la complejidad del ser humano: por una parte se pega a la tierra, por otra se siente llamado a volar, a ser inmortal como insistía Unamuno. Los hombres, unos lo niegan, otros sospechan, un tercer grupo – el de los creyentes- está convencido de que nuestra vida no termina aquí, que después de la muerte hay algo y ese algo es la vida eterna.


Nos cuesta creer en el cielo. Más aún, la fiesta de la Ascensión viene rodeada de una cierta nostalgia, porque ascender a los cielos supone que antes ha muerto. Un precio demasiado caro. Pero en el fondo la Ascensión del Señor es un canto a la esperanza, al triunfo final de la verdad, de la justicia y de la solidaridad. Esto no le agradaba a Carlos Mars, para quien la religión era el opio del pueblo. Éste, engañado por el premio que va a recibir en la otra vida, pierde fuerza para reclamar sus derechos. Pero los cristianos de hoy no creo que tengamos peligro de caer en tal actitud. Más bien el peligro que nos amenaza es el de aferrarnos excesivamente a la tierra.

Se han dicho muchas frivolidades sobre este misterio. Por ejemplo el testimonio de Gagarin, el primer cosmonauta ruso, quien alardeaba de que se había paseado por los cielos y no se había encontrado con Dios. La mejor definición del cielo nos la da San Pablo cuando dice: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado a los que le aman”

Con la Ascensión a los cielos Jesús no da por terminada su misión aquí en la tierra. Jesús nos ayuda a construir ese cielo, ese Reino de Dios, que comienza en este mundo y que tendrá su plena realización después de la muerte al triunfar la fraternidad (todos somos hermanos) y la paternidad (todos somos hijos del mismo Padre). Para ello es preciso retirar, eliminar esas nubes, esos obstáculos. La primera lectura de este domingo nos dice que mientras estaban los apóstoles mirando cómo subía a los cielos, una nube se interpuso y ya no pudieron ver a Jesús. De modo semejante entre nosotros y el proyecto de Cristo: el Reino de Dios, el cielo que tenemos que ir construyendo desde ahora se cruzan intereses que nos impiden avanzar.

La Ascensión marca el comienzo de la Iglesia. A nosotros, a los que formamos la comunidad eclesial nos toca el turno, continuar la tarea de Jesús. Sobre todo Jesús en su despedida nos deja un encargo, un recado concreto:”Seréis mis testigos”. “Testigo” es el que ha visto, el que ha oído, el que lo ha vivido, el que lo ha experimentado. No habla de lo que le han contado ni de memoria. Para ello contamos con la fuerza de su Espíritu que nos da la energía, la fe entendida como el pájaro que canta cuando la noche es obscura.

Años atrás la fiesta de hoy era un día de estrenos, en el que la gente lucía las mejores ropas. No es para menos. Es una fiesta, un misterio que celebra el triunfo del bien y de la virtud sobre el mal y el vicio: el triunfo de Jesús sobre la muerte.

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UN LUGAR EN DIOS: VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53) - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Qué sentido puede tener la «Ascensión» de Jesús al cielo en una época en que ninguna persona lúcida se imagina ya a Dios como un ser que vive en un lugar celeste, por encima de las nubes?
Pero, sobre todo, ¿qué puede significar para nosotros un Salvador que ha desaparecido lejos de nosotros, cuando lo que importa de verdad es la solución de los problemas de nuestro mundo cada vez más graves y amenazadores?
Y, sin embargo, en este tiempo en que la progresiva explotación del mundo no parece ofrecernos toda la felicidad deseada y cuando se perfila incluso la posibilidad de un final catastrófico de la historia y no su consumación feliz, necesitamos escuchar más que nunca el mensaje que se encierra en la Ascensión del Señor.
Creer en la Ascensión de Jesús es creer que la humanidad de Cristo de la que todos participamos, ha entrado en la vida íntima de Dios de un modo nuevo y definitivo.

Jesús se ha ocultado en Dios pero no para ausentarse de nosotros sino para vivir desde ese Dios una cercanía nueva e insuperable, e impulsar la vida de los hombres hacia su destino último.
Esto significa que el ser humano ha encontrado en Dios un lugar para siempre. "El cielo no es un lugar que está por encima de las estrellas, es algo mucho más importante: es el lugar que cualquier persona tiene junto a Dios".
Jesús mismo es eso que nosotros llamamos cielo, pues el cielo, en realidad, no es ningún lugar sino una persona, la persona de Jesucristo en quien Dios y la humanidad se encuentran inseparablemente unidos para siempre.
Esto quiere decir que nos dirigimos al cielo, entramos en el cielo, en la medida en que dirigimos nuestra vida hacia Jesús y vamos adentrándonos en él.
Dios tiene para los hombres un espacio de felicidad definitiva que Cristo nos ha abierto para siempre. Una patria última de reconciliación y paz para la humanidad.
Esto que será escuchado por muchos con sonrisa escéptica es, para el creyente, la realidad que sustenta al mundo y da sentido a la apasionante historia de la humanidad.
Y cuando se desvanece esta esperanza última, el mundo no se enriquece sino que se vacía de sentido y queda privado de su verdadero horizonte.
Los creyentes somos seres extraños en un mundo racionalizado, cerrado sólo a sus propias posibilidades, optimista unas veces y triste y desesperanzado otras, según los ciclos tan cambiantes de los éxitos y fracasos de la humanidad.
Pero somos seres gozosamente extraños que llevamos en nosotros una fe que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir.

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Evangelio Misionero del Día: 12 de Mayo de 2013 - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)

Revestíos de la fuerza de lo alto

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Compartiendo la Palabra

LA BENDICIÓN DE JESÚS

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.
Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?
Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra "testigos". Esto es lo primero: "vosotros sois testigos de estas cosas". Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.
Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido". No les va a faltar la "fuerza de lo alto". El Espíritu de Dios los defenderá.
Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.
A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un "infierno maldito" no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.
También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.
En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una "pastoral de la bondad". Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

Anima a seguir a Jesús. Pásalo.

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Testigos - 7º Domingo de Pascua / La Ascensión del Señor, Ciclo C

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Lecturas y Liturgia de las Horas: 12 de Mayo de 2013 - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)

 
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseño Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días».
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? »
Él les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra».
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir».


Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.


Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Éfeso 1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que Él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que Él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de Aquél que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Palabra del Señor.



LITURGIA DE LAS HORAS
DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Del Propio de la solemnidad.
12 de mayo

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Ant. Aleluya. A Cristo, el Señor, que asciende al cielo, venid, adorémosle. Aleluya.
Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: CONTIGO SUBE EL MUNDO CUANDO SUBES.

Contigo sube el mundo cuando subes,
y al son de tu alegría matutina
nos alzamos los muertos de las tumbas;
salvados respiramos vida pura,
bebiendo de tus labios el Espíritu.

Cuanto la lengua a proferir no alcanza
tu cuerpo nos lo dice, ¡Oh Traspasado!
Tu carne santa es luz de las estrellas,
victoria de los hombres, fuego y brisa,
y fuente bautismal, ¡oh Jesucristo!

Cuanto el amor humano sueña y quiere,
en tu pecho, en tu médula, en tus llagas
vivo está, ¡oh Jesús glorificado!
En ti, Dios fuerte, Hijo primogénito,
callando, el corazón lo gusta y siente.

Lo que fue, lo que existe, lo que viene,
lo que en el Padre es vida incorruptible,
tu cuerpo lo ha heredado y nos lo entrega.
Tú nos haces presente la esperanza,
tú que eres nuestro hermano para siempre.

Cautivos de tu vuelo y exaltados
contigo hasta la diestra poderosa,
al Padre y al Espíritu alabamos;
como espigas que doblan la cabeza,
los hijos de la Iglesia te adoramos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Hombres de Galilea, ¿que hacéis ahí mirando el cielo? Ese Jesús, que ha sido llevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto subir allá. Aleluya.

SALMO 62, 2-9 - EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hombres de Galilea, ¿que hacéis ahí mirando el cielo? Ese Jesús, que ha sido llevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto subir allá. Aleluya.

Ant 2. Ensalzad al Rey de reyes, y cantad un himno a dios. Aleluya.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR - Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ensalzad al Rey de reyes, y cantad un himno a dios. Aleluya.

Ant 3. Se elevó en presencia de ellos, y una nube, en el cielo, lo ocultó a su vista. Aleluya.

Salmo 149 - ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se elevó en presencia de ellos, y una nube, en el cielo, lo ocultó a su vista. Aleluya.

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Cristo, subiendo a la altura. Aleluya, aleluya.
R. Cristo, subiendo a la altura. Aleluya, aleluya.

V. Llevó consigo a los cautivos liberados.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cristo, subiendo a la altura. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Aleluya.

PRECES

Invoquemos, alegres, al Rey de la gloria, que elevado sobre la tierra atrae a todos hacia sí, y aclamémoslo, diciendo:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Señor Jesús, rey de la gloria, que, después de ofrecerte como oblación por nuestros pecados, subiste victorioso hacia tu Padre, para sentarte a su diestra,
lleva para siempre a la perfección a los que tú mismo has santificado.

Sacerdote eterno y ministro de la nueva alianza, que vives intercediendo continuamente por nosotros,
salva al pueblo que pone en ti su esperanza.

Tú que, después de tu pasión, te manifestaste resucitado a tus discípulos y te dejaste ver de ellos durante cuarenta días,
dígnate robustecer la debilidad de nuestra fe.

Tú que en el día de hoy prometiste dar a los apóstoles el Espíritu Santo, para que fueran tus testigos hasta los confines del mundo,
fortifica, con la fuerza de este mismo Espíritu, el testimonio que nosotros debemos dar de ti ante el mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro...

ORACION

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: RETORNA VICTORIOSO.

Retorna victorioso
la cruz en mano enhiesta como un cetro,
como la llave que abre el paraíso;
y a su lado retornan los cautivos
vuelto en gozo las lágrimas y el duelo:
¡Jesús entra en el cielo!

Vuelve el Esposo santo;
el hijo más hermoso de la tierra
regresa coronado de su viaje,
y la Iglesia, la Esposa de su sangre,
lo acompaña radiante de belleza:
¡Jesús entra en el cielo!

Alzad vuestra esperanza,
porque ha quedado el áncora clavada;
si la tormenta agita el oleaje,
no se agite la fe del navegante,
que en la ribera Cristo nos amarra:
¡Jesús entra en el cielo!

El Padre Dios se goza
porque descansa el Hijo en su regazo
al retorno triunfal de la pelea;
goce la Iglesia, goce en su Cabeza,
y alabe por los siglos a su Amado:
¡Jesús entra en el cielo!. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Salmo 109, 1-5, 7 - EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Ant 2. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Salmo 46 - ENTRONIZACIÓN DEL DIOS DE ISRAEL.


Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

El nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
El nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abraham;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Ant 3. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap. 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por eso, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

LECTURA BREVE 1Pe 3, 18. 21b-22

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Lo que actualmente os salva no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.
R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

V. A mi Dios y a vuestro Dios.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Rey de la gloria, Señor del universo, que hoy asciendes triunfante al cielo: No nos dejes huérfanos, envía hacia nosotros la promesa del Padre, el Espíritu de verdad. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Rey de la gloria, Señor del universo, que hoy asciendes triunfante al cielo: No nos dejes huérfanos, envía hacia nosotros la promesa del Padre, el Espíritu de verdad. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Rey de la gloria, que has querido glorificar por medio de tu cuerpo la fragilidad de nuestra carne, elevándola hasta la gloria del cielo,
purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú que por amor descendiste hasta nosotros,
haz que también nosotros por amor subamos hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
no permitas que nosotros seamos apartados de la unidad de tu cuerpo.

Tú que nos has precedido al cielo en tu ascensión gloriosa,
haz que te sigamos ahí con nuestro corazón y nuestra mente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que te esperamos como Dios, juez de todos los hombres,
haz que un día podamos contemplarte en tu gloria y majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro...

ORACION

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: EN TI, SEÑOR, REPOSAN NUESTRAS VIDAS

En ti, Señor, reposan nuestras vidas
en el descanso santo de la noche;
tú nos preparas para la alborada
y en el Espíritu Santo nos acoges.

En apartadas y lejanas tierras
el sol ha despertado las ciudades;
amigo de los hombres, ve sus penas
y ensancha de tu amor los manantiales.

Vencedor de la muerte y de las sombras,
Hijo eterno de Dios, resucitado,
líbranos del peligro de la noche
al dormirnos confiados en tus brazos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 90 - A LA SOMBRA DEL OMNIPOTENTE.

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío.
Dios mío, confío en ti.»

Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su brazo es escudo y armadura.

No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.

Caerán a tu izquierda mil,
diez mil a tu derecha;
a ti no te alcanzará.

Tan sólo abre tus ojos
y verás la paga de los malvados,
porque hiciste del Señor tu refugio,
tomaste al Altísimo por defensa.

No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos;

te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.

Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré;
lo saciaré de largos días,
y le haré ver mi salvación.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya, aleluya, aleluya.

LECTURA BREVE Ap 22, 4-5

Verán el rostro del Señor, y tendrán su nombre en la frente. Y no habrá más noche, y no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

ORACION

OREMOS
Humildemente te pedimos, Señor, que después de haber celebrado en este día los misterios de la resurrección de tu Hijo, sin temor alguno, descansemos en tu paz, y mañana nos levantemos alegres para cantar nuevamente tus alabanzas. Por Cristo nuestro Señor.

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTIFONA FINAL DE LA SANTISIMA VIRGEN

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque Cristo,
a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

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