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sábado, 20 de abril de 2013

Oraciones para la Eucaristía: IV Domingo de Pascua - JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Publicado por Fe Adulta

LA PUERTA Y EL PASTOR

Acción de gracias

Sabemos, Señor, que debemos agradecerte cada día
el maravilloso milagro cotidiano de tu creación.
Gracias, Padre, porque nos has creado y nos sostienes,
gracias por ser nuestro manantial inagotable de vida.
Queremos ser conscientes de que vives en nosotros.
No hay que esperar a la muerte para encontrarse contigo.
Creemos, Dios nuestro, que aunque no te veamos,
tú nos acompañas a lo largo de toda nuestra vida.
Nos sale de dentro proclamar tu bondad de Padre y Madre
y junto con todos los hombres y mujeres de buena fe,
dedicarte este himno de gloria y alabanza.

Memorial de la Cena del Señor

Sentimos que debemos darte gracias, Padre nuestro,

por cuanto ha hecho por nosotros tu hijo Jesús.
La razón de su existencia ha sido darnos vida,
vida en abundancia,
para que nos rebosara y la volcáramos hacia los demás.
Él nos entregó su propia vida, por entero, día a día,
porque la vivió dedicando todos sus esfuerzos
a poner los cimientos para la construcción del reino.
Siguió tu llamada y fue fiel a su vocación,
hasta terminar su vida en una cruz.
Recordamos ahora con profundo respeto y emoción
el testamento que nos dejó poco antes de morir,
su mandamiento de amor y entrega a la humanidad.

Invocación al Espíritu de Dios

Llénanos, Padre santo, de vida interior,
danos hábito de oración,
queremos hablarte con frecuencia
y si fuera posible oír tu voz, escucharte.
Nos proponemos cerrar los oídos a tanto ruido
que nos ensordece
y mirar más hacia dentro, donde Tú estás.
Queremos tener vivencia de ti, Señor,
que esta experiencia vital sea nuestra auténtica religión,
por encima de cualquier doctrina, culto o moral.
Queremos seguir los pasos de Jesús,
para que él sea nuestro único pastor y guía,
nuestro mejor amigo,
porque él no quiere someternos sino liberarnos,
porque él nos conoce y nos llama por nuestro nombre.
Queremos que Jesús sea la puerta para llegar a Ti,
Reparte tu espíritu a todos los creyentes,
para que superemos generosamente nuestras diferencias
y nos encontremos todos en la pura verdad del evangelio.
Y que la unidad de tu rebaño y su voluntad de servicio
sea testimonio de vida para todos los seres humanos.
Nuestro anhelo, como fue el de tu hijo Jesús,
es invocar y bendecir tu nombre, todos juntos,
por toda la eternidad.
AMÉN.


Rafael Calvo

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TÚ ERES EL BUEN PASTOR

Nos llamas por nuestro nombre
y nos reconoces por mil gestos y detalles
que llevas grabados en tus pupilas.
Dispuesto a dar la cara y la vida
por nosotros, a pesar de nuestras tonterías,
tus palabras son nuestra seguridad.
Tú eres el buen pastor.

Pastor enérgico que nos sacas del aprisco
y nos pones en camino contigo
en búsqueda de otros pastos y fuentes.
Nos haces repudiar las doctrinas enlatadas,
los ritos repetidos y sin sentido;
y nos dices: Id donde el corazón os lleve.
Tú eres el buen pastor.

Andábamos despistados por ahí,
cada uno en su casa, para sí y a lo suyo,
cuando Tú nos llamaste a tu comunidad.
En tu compañía, al caminar juntos,
hemos abierto los ojos y el corazón
a nuevos y refrescantes horizontes.
Tú eres el buen pastor.

Contigo pasamos de la sumisión
a la fe gozosa y personal,
del gregarismo a la comunión,
del miedo a la libertad,
del individualismo a la solidaridad,
del temor a la filiación.
Tú eres el buen pastor.

Contigo hemos roto el silencio
y nos atrevemos a levantar la voz,
a la denuncia y a la contestación;
y también al canto y a la alabanza
porque bulle la vida en nuestras entrañas
y late de esperanza nuestro corazón.
Tú eres el buen pastor.


Florentino Ulibarri


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HAZNOS PROFETAS, SEÑOR

Escucha Padre los ruegos de tu pueblo, que hoy te dirigimos en la alegría de la mesa compartida, para que nos ayudes a conseguirlos:

• Por tus hijos alejados, aquellos que no te conocen, no te disfrutan y viven la vida distraídos en otros dioses, para que tengan un encuentro contigo.

Haznos profetas, Señor

• Ponemos en el altar a nuestra Iglesia, para que sepa hablar el lenguaje de los tiempos, conociendo a fondo al ser humano de hoy, para ofrecer a Jesús como propuesta de vida apasionante.

Haznos profetas, Señor

• Haz de nosotros profetas que sepamos hablar bien de ti y contagiemos el deseo de vivir tu proyecto de fraternidad y plenitud universal.

Haznos profetas, Señor

• Entusiasma a tus seguidores para que sean buenos transmisores de tu mensaje, que potencia lo mejor de las personas y con su comportamiento vayan sensibilizándonos a todos con los más pobres.

Haznos profetas, Señor

Buen Padre, Dios, que sabes mejor que nosotros que nadie es profeta en su tierra, acoge nuestras peticiones y danos valentía para dar limosna de lo de dentro, contando lo que creemos y celebramos. Amén.



Mari Patxi Ayerra

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sábado, 19 de mayo de 2012

Velad


Velad es tomar el turno de guardia cuando todo el mundo descansa. Es permanecer despierto durante la noche.

Jesús en diversas ocasiones recomienda: “Velad”. Es uno de sus imperativos como otros muchos que se citan de Jesús en el Evangelio. La parábola de las diez vírgenes, del evangelio de Mateo, termina con estas palabras: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Todas las jóvenes se habían dormido esperando al esposo. Pero las prudentes fueron previsoras, es decir estaban alerta por lo que podía suceder y se llevaron aceite de repuesto para sus lámparas.

Velar es no adormecerse, no dormir sobre los laureles de lo ya adquirido y luego ir tirando de la rifa sino todo lo contrario no contentarse de pequeños arreglos mezquinos.

Velar es siempre esforzarse por ir avanzando en el don de si, el amor, la misericordia el perdón.

Velar es permanecer en el amor, si se vela es porque se ama y se vela por el amado. Una madre vela a su pequeño que duerme o que está enfermo. Una madre puede descansar pero al mínimo movimiento de su bebé la despierta porque su corazón vela. El esposo o la esposa vela esperando el regreso de su conyugue, no puede dormir tranquilo hasta su regreso.

Los cristianos velemos en ocasiones por ejemplo en la vigilia Pascual esperando la Resurrección de Jesús y en ciertas ocasiones hacemos vigilias de oración por las necesidades del mundo, los monjes se levantan a media noche para orar. Domingo de Guzmán era un hombre que velaba por la noche y exclamaba en muchas ocasiones: “Señor ten piedad, ¿qué será de los pecadores?”. Como su corazón ardía por todos los hombres, deseaba que todos se salvaran.

Hacer una vela de oración en la noche es una buena experiencia. ¡Hay tantos que se pasan la noche en la discoteca! Una noche de vigilia de oración da mucha paz. Haced la experiencia.

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miércoles, 9 de mayo de 2012

¿ADÓNDE TE ESCONDISTE, AMADO…?


Por MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA,
Doctoranda en Ciencias de las Religiones (UCM)

¡He pasado tantos años de mi vida buscando a Dios! Me he dedicado al estudio, a leer libros y textos con el afán de aprender su manera de hablar y actuar en el mundo. He querido conocer su manera de revelarse a los hombres para saber qué esperar de él, para verle llegar en la lejanía y prepararme a acogerle como al hijo que regresa a casa. He querido anticiparme para que me encontrase como yo consideraba que debía encontrarme; adivinar sus intenciones para asumir la actitud que convenía a lo que yo imaginaba que iba a esperar de mí. Lo que yo creía que él querría. Lo que a mí me hubiese gustado ser para él (acaso ante mí misma): revestida de esplendentes valores y virtudes, ocultando con pudor mi verdad desnuda, afanada en ser diferente de quien sencillamente era.

¡Pasé tantos años buscando a Dios! Leí y leí sin llegar a comprender quién era él (acaso porque tampoco hubiera sabido decir quién era yo misma); sin descubrir en qué momento exacto aparecería impetuoso como la tormenta, atronador como el rayo, a revelarme “su” voluntad definitiva sobre mi vida. Y yo, temerosa de emplear mal los talentos que me había dado, de malgastarlos en algo que no fuese “la gran misión para la que me llamaba”, decidí esconderlos bajo la piel y la tierra. Y sucedió que ese Dios que yo esperaba nunca vino. Jamás descendió sobre mí una lengua de fuego, ni escuché un sonido de trompetas rasgando el cielo; jamás un milagro que perturbase la rutina de amaneceres radiantes, el sosegado brillo del cielo estrellado, el cromatismo infinito de la tierra. Jamás el milagro de una zarza ardiendo, de un fuego invasivo… tan sólo el soplo delicado de los años, pasando como una brisa en mitad del desierto.

Decidí entonces emprender la marcha para preguntar a los hombres dónde se hallaba ese Dios escondido. Quise hallarle en el camino, pero sólo encontré personas: personas que salieron a mi encuentro sin que yo lo hubiese previsto; personas a las que amé, y que en ocasiones además también me amaron; personas que me amaron sin yo corresponderles o enterarme siquiera; personas que me descubrieron la fuente de amor oculto en mi pecho; que acariciaron mi corazón con ternura infinita hasta hacerlo de carne; que lo desnudaron de máscaras y pudores para contemplarlo de frente. Vulnerable y expuesta, quedé en ocasiones doliente y temblando en mitad del camino. Algunos pasaron a mi lado con presteza sin alterar el ritmo de su marcha; otros vinieron de improviso y se detuvieron a curarme las heridas con el bálsamo de su presencia; unos pocos cargaron con mi corazón y lo llevaron consigo hasta verlo repuesto; y me dieron un nombre nuevo al pronunciar mi nombre como nunca nadie antes había hecho.

Una y otra vez seguí buscando al Dios de mi vida, y me propuse querer a todas esas personas para demostrarle a Dios cuánto le amaba. Sucedió más bien que me fui enamorando de esas personas, y que fue su amor el que me hizo experimentar la presencia de un Amor más grande, siempre desbordado. Cada uno me fue seduciendo con un lenguaje propio, y vi que aquello era bueno porque podría aprender la mejor manera de amar al Esposo cuando viniese. Y abandoné el miedo a acoger lo inesperado y ofrendarme sin saber muy bien para qué ni cómo: abrí mi corazón a cuanto viniese sin reprimir ni rechazar nada, ya que acaso todo podía derivar en sorpresa y enseñanza. Y empecé a mirar a las personas tal y como eran: comencé por sus sonrisas y sus miradas, por sus pies y sus manos, por su pecho desnudo y su espalda cansada. Su piel tan fina me habló de su tristeza y sus miedos, de sus anhelos y del frío, de llanto y soledad, de lucha y aliento. Y como Dios no aparecía seguí compartiendo el día a día con ellos: mi pan y mi cuerpo, mi amor redescubierto, el suyo siempre sorpresivo, la senda y el tiempo.

Nunca vi al Dios que esperaba y me dije a mí misma que era por falta de fe. La vida mientras, con fe o sin ella, me fue colmando el vacío de amaneceres y de ocasos, de amistad y soledad sonora, de montañas colosales y finos granos de arena, de ascensos y desalientos, de solidaridad, dolor y sueños; de niños aprendiendo a dar sus primeros pasos, y ancianos saboreando la fruta madura del tiempo. Nunca llegó ese Dios para agarrarme de la muñeca y sacarme de mis infiernos, pero aparecieron personas que apretaron mi mano y me infundieron de nuevo el aliento de vida. Nunca pude mostrarme ante Dios como había querido hacerlo, pero ¡cuántas veces me sorprendió el Amor, encontrándome desprevenida! Me sedujo cada vez como la primera, sin llegar yo nunca a reconocerlo. Me fue enseñando tantas cosas, el Amor, con acentos y caricias siempre nuevos. Lo negué tantas veces, al Amor, por miedo a quemarme y derrochar las fuerzas que reservaba a un querer más sublime. Y permaneció conmigo, el Amor, tantas noches sin luna mientras yo sólo atendía la llegada del alba. Y vino tantas veces a mi encuentro, el Amor, mientras yo proseguía en la espera…

Y al atardecer de la vida, nublada la vista por el velo de los años, sin poder contemplar el horizonte donde tanto había ansiado vislumbrar esa presencia divina, volví mis ojos a los recuerdos que guardaba como un tesoro. Y acariciando la huella que cada rostro había impreso en mi corazón como en un paño, pude al fin reconocerle: “¿acaso no ardía mi corazón en cada etapa del camino?”. Entonces supe, y gusté y saboreé que todo cuanto había pasado era Dios mismo; que todo ese amor partido y compartido, tantas veces muerto y resucitado, era eso que otros llamaban Dios y yo entendía como vida, armonía y energía. Entonces supe del Dios al que no había podido mirar de frente en una imagen unívoca, porque se expresaba en todos los ojos, todas las manos, todas las personas que habían llegado hasta mí como olas de un mismo mar cadencioso. Y en ese vaivén de olas me pareció escuchar al fin un susurro quedo, acompasado a la música que desde siempre había resonado en mi interior con cada latido: “¿me amas?”. Y yo, desnuda de fe, expectativas y proyectos; yo, que nada esperaba ya de la vida, esbocé al fin una sonrisa serena – la más espontánea, acaso la más sincera – y respondí en mi interior: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

“Al final del camino me dirán:
-¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres”. (Pedro Casaldáliga)

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domingo, 29 de abril de 2012

Domingo IV de Pascua: Tú sabes que te quiero



La Iglesia celebra hoy la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. En el evangelio se nos presenta el pasaje del buen pastor, un ejemplo bien concreto de cómo se entiende la vida cristiana en la que no podemos olvidar las dos dimensiones fundamentales: por una parte el seguimiento individual y, por otra, la responsabilidad de hacer más fácil la existencia a cuantos la comparten con nosotros.

No se puede poner en duda que cada uno somos dueños de nuestra propia vida. Cada uno somos nuestros propios pastores en el camino. Nadie debe decidir por otro; ninguna persona puede manipular o coaccionar a otra. Somos libres, autónomos, independientes, responsables. Sabemos que cada uno es el guía de sí mismo, pero eso no impide que entre todos nos ayudemos a allanar el camino y a hacer más fácil la vida, aunque a veces sea complicado y duro.

El modo de ayudar a otro responsablemente nos lo sugiere Jesús. Se ayuda dando vida, arriesgándose por el bien del otro, compartiendo lo propio para que los demás se enriquezcan. Eso es ser Buen Pastor, tener el corazón abierto con confianza, sin sospechas ni recelos: estar atentos al bien de los demás, para que encuentren la fuente de la vida verdadera, no las aparentes, y puedan disponer de todos los medios necesarios para desarrollarla.

A la luz de lo que venimos diciendo, centrémonos en el evangelio donde se nos presenta de forma alegórica el amor gratuito de Dios por nosotros. Conviene fijarse en los tres verbos que son la clave del texto: conocer, amar y dar la vida. Los dos primeros son casi sinónimos en la mentalidad bíblica. Conocer implica que hay una relación entre ellos, que no es un simple verse si no que hay una implicación. Dar la vida es la consecuencia extrema de conocer y amar. No se ha quedado en las palabras y en las muestras de afecto sino que ha sido capaz de dar lo más preciado, la vida. La comunidad recuerda que Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar. Lo suyo había sido «dar vida», curar, perdonar. No había hecho sino «entregarse», desvivirse, terminar crucificado dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor, piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas, «huye». Las cualidades del pastor ideal se cumplen en Jesús: conoce a sus ovejas y es conocido por ellas, da la vida por ellas, y las quiere reunir a todas en su amor. Por último, para evitar que el rebaño se disperse y todas las ovejas, nosotros, sean felices su voz nos invita a amar. Cuando queremos emprender otro camino escuchamos un “ama” y por lo menos nos cuestionamos aquello que queremos emprender.

Tú sabes que te quiero es el lema elegido para la Jornada mundial de oración por las vocaciones. No deja de ser un acierto el haber elegido ese lema pues todos estamos llamados a demostrar con nuestras vidas que el seguimiento de Jesús no solo con un bla, bla bla hueco sino con actitudes sinceras y comprometidas. Querer implica luchar por acabar con el sufrimiento, el dolor y la injusticia. Para eso hay que abandonar las alturas o la estratosfera del olor a incienso. la alegoría del «buen pastor» arroja una luz decisiva: quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús. Ha de destacar por la gratuidad y la disponibilidad por ser portador de misericordia. Si no está de más. Por último, la llamada vocacional no es solo para ser cura o monja sino que cada uno ha de ver de qué forma va a encauzar la respuesta a la llamada de Dios al compromiso con el evangelio.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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jueves, 26 de abril de 2012

XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: Las vocaciones don de la caridad de Dios


Por Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas

La XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 29 de abril de 2012, cuarto domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Las vocaciones don de la caridad de Dios.
La fuente de todo don perfecto es Dios Amor -Deus caritas est-: «quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4).Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él.
Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el Salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5).La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, san Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» (X, 27,38). Con estas imágenes, el Santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.
Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, afirmaba que «todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» (Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 25). En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien dael “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).
En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera encíclica Deus caritas est, «de hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía» (n. 17).
El amor de Dios permanece para siempre, es fiel a sí mismo, a la «palabra dada por mil generaciones» (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre (cf. Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz, respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la invita a actuar de acuerdo con Dios: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor» (Epistolario, 26).
En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf. Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos “dos amores” –el amor a Dios y el amor al prójimo– que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa san Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: «En el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno» (Moralium Libri, sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).
Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los religiosos se convierten en imágenes visibles –aunque siempre imperfectas– es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos. La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.
La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros»(Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100).
Queridos Hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.
Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino.
Deseo que las Iglesias locales, en todos sus estamentos, sean un “lugar” de discernimiento atento y de profunda verificación vocacional, ofreciendo a los jóvenes un sabio y vigoroso acompañamiento espiritual. De esta manera, la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada. Esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32).En las familias, «comunidad de vida y de amor» (Gaudium et spes, 48), las nuevas generaciones pueden tener una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no sólo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden convertirse en «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios» (Exhort. ap. Familiaris consortio,53), haciendo descubrir, precisamente en el seno del hogar, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada. Los pastores y todos los fieles laicos han de colaborar siempre para que en la Iglesia se multipliquen esas «casas y escuelas de comunión» siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, reflejo armonioso en la tierra de la vida de la Santísima Trinidad.
Con estos deseos, imparto de corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles laicos, en particular a los jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, dispuestos a acogerla con adhesión generosa y fiel.

Vaticano, 18 de octubre de 2011
BENEDICTO XVI

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Se llama Vocación

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miércoles, 21 de marzo de 2012

Ministerios. 1. En el principio, amor de Iglesia


Publicado por El Blog de X. Pikaza

En los días pasados (con ocasión de la fiesta de San José) han aparecido (en diversos lugares) trabajos y reflexiones sobre los ministerios en la Iglesia, evocando la falta o abundancia de vocaciones, la felicidad o falta de felicidad del clero.
En ese contexto he querido reflexionar sobre el tema, iniciando una pequeña seria de propuestas o aportaciones sobre los ministerios de la Iglesia. Siguen estando en el fondo los ejemplos de Agustín y Gervasio, amigos que habrían querido (y no pudieron) iniciar unos caminos nuevos de recreación de los ministerios eclesiales.
Éste ha sido y sigue siendo uno de los temas principales del cristianismo actual, y está relacionado no sólo con la vida de la Iglesia en su conjunto, sino con el presente y futuro de sus ministros, no sólo en relación al celibato (tema importante, pero no el central), no sólo en relación al ministerio de las mujeres (tema muy importante, pero no el central), sino en relación con la base evangélica y pascual de la Iglesia.

Quiero señalar desde el principio que mis reflexiones intentan ser constructivas, aunque puedan parecer en un primer momento algo críticas. Sólo se puede cambiar aquello que se ama; sólo se cambia de un modo apasionado aquello que apasionadamente se ama.

El punto de partida del cambio estructural y personal de los ministerios, en la línea del Reino que Jesús quiso establecer, es el amor de Iglesia, un amor que nunca se había conocido anteriormente, al menos de esa forma, una pasión de Reino algo que marcó la vida de hombres y mujeres como Magdalena, Pedro y Pablo, con el Discípulo Amado y las mujeres de la Pascua. De ese amor y esa pasión surgieron, según el mensaje de Jesús, unos ministerios eclesiales que pueden y deben recrearse en nuestro tiempo, en las nuevas circunstancias de la sociedad, en el momento actual de la Iglesia.



Estoy convencido del valor y aportación de los ministerios cristianos y pienso que ellos deben potenciarse en el momento actual, quizá en formas nuevas, pero sin perder lo que ha sido la gran tarea de la Iglesia, a lo largo de sus siglos de vida. No podemos definir de antemano aquello que "será", pues depende de nuestro compromiso y de la presencia activa del Espíritu de Jesús en nuestra vida, pero estoy convencido de que será bueno.

Buena lectura a los que quieran compartir conmigo este proyecto de recreación cristiana, en línea de Evangelio, buena "marcha" a los que están comprometidos con Reino de Jesús, en amor (unión) de Iglesia...

Gran parte de lo que diga en los días siguientes depende del eco que vaya evocando lo que digo, pues no quiero exponer una doctrina, sino un camino de evangelio, es decir, de Buena Noticia de Reino... Me gustaría desembocar (dentro de un par de semanas) en un esquema práctico de renovación de los ministerios eclesiales.

1. Unos principios

El evangelio quiere que amemos a los enemigos y distintos (judíos, musulmanes, budistas, ateos), orando y actuando a su favor, para que puedan cultivar su diferencia. A pesar de ello, como si fuéramos dueños del amor, a veces hemos dado lecciones a los otros, para que sean como les decimos, esto es, como nosotros queremos que sean, y no como ellos quieren, como supone el evangelio.

Ciertamente, mantenemos la gratuidad como principio teológico, pero a veces convertimos nuestras instituciones en un código de seguridades, dejando el amor y libertad cristiana en un segundo plano, como puro signo heráldico que dice lo que deberíamos ser, no lo que somos. Proclamamos la gracia, la pintamos en escudos, la defendemos en teorías anti-pelagianas, pero apenas dejamos que actúe y se exprese .

Celebramos el amor gratuito de Dios en bella ceremonias, y decimos que es fuente de todo lo que existe, pero luego actuamos como si no confiáramos en ella (en Dios), ni en la bondad de las personas (presencia de Dios), ni en el valor las otras religiones, con su búsqueda y presencia de misterio. Damos la impresión de que hemos construido un sistema jurídico, elevando de forma jerárquica sus órdenes sacrales y morales, como si fueran parte de la revelación de Dios; pero corremos el riesgo de olvidar la vida y de negar la gratuidad, que es el único 'poder' que puede vincularnos por encima de unos sistemas de poder económico y político que imperan sobre el mundo (como imperaba Roma en tiempos de Jesús, pero de un modo mucho más eficaz) .

Decimos que Dios es amor trinitario-encarnado, pero luego nos cuesta expresarlo en la vida concreta, de forma que nuestras teorías y anuncios teológicos pueden volverse abstracción o retórica vana. La iglesia es, sin duda, comunidad de amor, institución de libertad, grupo de personas que celebran y expanden el anuncio de Cristo con gozo y gratuidad. Pero muchos la sienten como una instancia de control afectivo y social.

Más que impulso de amor en libertad, a juicio de muchos, ella ha corrido el riesgo de ser organismo de cautela moral, al servicio de unas seguridades sacrales que no parecen brotar del evangelio. . Afirmar que Dios es Padre significa confesar que nos ha hecho en libertad, para que exploremos en gozo y expresemos de forma apasionada la felicidad de nuestra vida en el encuentro personal con los demás (cristianos o no); pero algunos creyentes y no creyentes tienen la impresión de que un tipo de iglesia les cierra los caminos afectivos (¡esto no, tampoco aquello!) y les trata como menores a quienes hay que enseñar, guiar y proteger de sus propios males.

No conozco ninguna institución que diga a los hombres tantas veces que han de amarse como son, y así lo ha dicho a lo largo de siglos. Pero a veces no parece decirlo con su ejemplo, buscando el bien de los distintos (dentro y fuera de su espacio), para que sean lo que quieran, ofreciéndoles un camino de libertad y experiencia de Reino, más que una estructura clerical. Ciertamente, la Iglesia pide a los hombres y mujeres que se amen libremente, pero algunos sienten que ella ha creado un terrorismo de conciencia, dictándoles aquello que han de hacer, con inquisiciones, presiones sociales y miedos de infierno.

Es evidente que la Iglesia cree en el amor, pero algunos piensan que ella cree sobre todo en un amor paternalista, guiado y dirigido por su jerarquía (¡conocemos lo que os conviene!); de esa forma instaura sistemas de religión vigilada, donde un estamento superior de funcionarios célibes se atreve a fijar a los demás el evangelio, en vez de animarles a que escuchen y amen por sí mismos .

2. Gracia católica, don abierto, no seguridad impuesta.

Jesús ha superado la ley nacional del judaísmo, para abrir el evangelio a todos: no ha querido establecer un nuevo pueblo, ni una iglesia especial, junto a las otras, sino un movimiento de Reino, fermento de unidad católica (es decir, universal). Pues bien, muchos afirman que la Iglesia Católica concreta ha terminado siendo institución de poder, sistema sagrado. Ciertamente, si quiere perdurar en este mundo, ella debe estructurarse como institución, pero de un modo ex-céntrico, buscando el bien de los demás, superando su interés particular y poniéndose al servicio de la concordia mesiánica, para que se exprese y expanda la gracia y comunión del evangelio universal sobre el sistema.

Tras haberse mantenido por un tiempo en catacumbas (periferia social), ella irrumpió en la vida pública del imperio romano, que parecía derrumbarse (siglo IV-V EC), asumiendo funciones que aquella sociedad descuidaba. Caído el imperio, realizó tareas muy valiosas, contribuyendo al surgimiento y despliegue de mundo occidental. Pero adquirió poderes menos evangélicos y cuando más tarde, sobre todo a partir del XII d. C. fueron surgiendo en Europa los estados, ella se encontraba de tal forma organizada que pudo presentarse como instancia de poder universal, sistema sagrado con un poder directivo inmenso sobre el conjunto de occidente. Y así ha querido ser hasta el momento actual, a pesar de los diversos intentos de reforma que se han dado a lo largo de los siglos y que ha culminado de algún modo en el Concilio Vaticano II.


Esta situación debe cambiar, pero son algunos católicos sienten miedo al cambio y parece que les cuesta fundarse sólo en el evangelio, para asumir el mensaje y camino de Reino, recuperando la experiencia pascual, en las nuevas situaciones del mundo, tanto en el duro occidente (antes cristiano) como en otros países y culturas del planeta. Desearían que la iglesia fuera una organización de poder religioso universal, mejor unificada todavía, con un sistema de creencias claras, definidas por una jerarquía de especialistas, capaces de mantener su control ideológico o social sobre el conjunto, como institución centrada en la Curia Vaticano que concentra, de un modo pleno todos los poderes (cf. Código de Derecho Canónico 331).

Pues bien, en contra de eso, sin negar en modo alguno el valor de los ministerios (y en especial el carisma de la Unidad), son muchos los que piensan que las iglesias deben re-nacer del evangelio, en libertad de búsqueda y comunión mutua, dialogando con la cultura actual en sus diversas formas y desarrollando la novedad pascual del Cristo, en diferentes formas, que se comunican entre sí en amor y libertad, no a modo de sistema .

No busco una entidad invisible, sino una iglesia que ofrezca un espacio concreto de comunión en libertad, Palabra y Pan compartido, que se abre a todos humanos, no como principio de poder, sino de animación, no como un estado 'espiritual' (que se visibiliza en nuncios y poderes apostólicos), sino como fraternidad católica de amor, al estilo de Jesús, encarnándose en cada cultura y situación. Su fuente de unidad no ha de ser, por tanto, el dictado de una jerarquía que parece separada del conjunto de los creyenstes, ni la imposición de unos expertos, ni la uniformidad de una ley, ni la supremacía de un centro sobre la periferia, ni el dinero sagrado, ni la burocracia, sino el amor mutuo de aquellos que dialogan entre sí, desde diversas opciones y caminos, buscando cada uno a Dios en el bien de los demás y compartiendo todos el pan concreto de la vida, desde el Cristo.

No quiero un centro de poder, sino un encuentro múltiple de comunión, no un 'red' impersonal de informaciones (inter-net), sino con-currencia (convergencia y comunicación) de caminos concretos de personas y grupos que se van vinculando, pues cada uno busca el bien y gozo de los otros, sin más autoridad suprema que el amor compartido, pues cada persona es portadora (=encarnación) de Dios y vicaria de su Cristo, frente a un sistema que se impone sobre los individuos, expulsando a los pobres.

Para expresar la potencia de un 'amor jerarquizado' (por encima de los fieles) que se expresa en la cumbre de una gran pirámide y desciende desde allí a los estamentos inferiores, en clave de obediencia mística en forma social, no hacía falta Cristo, era mejor Platón (como bien supo el Pseudo-Dionisio, admirable en otros planos) y un tipo de Islam (quizá no el buen movimiento social de Mahoma), que inclina al hombre ante el poder absoluto de Dios.

El amor de Jesús que es base y motor, periferia y centro de la Iglesia, no se expresa en poderes superiores, ni se apoya en estructuras de dominio, sino que se encarna y expande en cada uno de los hombres, encarnándose de un modo especial en los pobres (Mt 25, 31-46), haciendo así posible un con-curso, es decir, un camino compartida en el que los creyentes que, invirtiendo la tendencia normal y egoísta del mundo, no buscan su bien propio (no concurren por su plaza), sino el bien de los demás.

Frente a la retórica de un poder sacral, que concibe a los estamentos superiores como vicarios de Cristo, debemos elevar la novedad del evangelio, que presenta a cada hombre o mujer como encarnación del Dios de Cristo. Fundada en esa experiencia de gracia, la iglesia ha de actuar como institución de gratuidad en la que todos los creyentes son libres y actúan unos al servicio de los otros, de forma que con-curren en un mismo camino de reino, sin que nadie se eleve sobre nadie por sacralización de poder o estrategia de seguridad y cada uno sabe que su propio bien y plenitud está en el bien del otro. Actualizando esa imagen del con-curso o carrera (cf. 1 Cor 9, 24-26), podríamos decir que la victoria de cada creyentes consiste en procurar que venza el otro y que así podamos vencer todos, en génesis continua de iglesia, según el evangelio.

3. Un tema práctico

La novedad no está en decir estas cosas en teoría, pues las vienen diciendo muchísimos creyentes. La novedad y tarea, el reto y promesa consiste en impulsar y enriquecer desde ese fondo a todos los creyentes, animando las funciones y estructuras de la iglesia, de manera que sus grandes valores actuales (contemplación y acción social, comunicación y presencia solidaria) se expresen con más fuerza, en estructuras que responden mejor al evangelio. Estoy convencido de que no ha sonado todavía la hora más profunda de la iglesia en su retorno al evangelio, pues ella parece secuestrada en parte por esquemas sacrales y sociales de tipo dualista, que separan lo sagrado y lo profano, jerarquía y fieles, sacramentos y la vida mundana.

En contra de eso, según el evangelio, la vida entera es presencia de Dios en Cristo; cada creyente y cada humano es encarnación de Dios. En esa línea he querido decir que la iglesia es 'con-curso' o camino universal de evangelio, comunión gratuita y gozosa de personas que comparten la vida del mundo tendiendo hacia el Reino.

La iglesia es comunión viadora de creyentes, lugar donde ellos pueden encontrarse y dialogar, de un modo personal, sin intermediarios que les sustituyan (cada uno es persona ante Dios, y en la comunidad), sin una institución global o superior que les supla o actúe en su nombre, desde fuera o desde arriba, apelando a una pretendida autoridad de Dios. Nadie en la iglesia sustituye o se eleva sobre nadie, pues el mismo Dios de Cristo se encarna en cada uno de los hombres y mujeres, en amor, de manera que todos pueden con-currir y comunicarse, buscando cada uno el bien del otro.

Esta es la novedad mesiánica de la iglesia: que todos los creyentes de Jesús puedan encontrarse de un modo personal, en amor siempre inmediato, que supera la opacidad de las mediaciones objetivas (instituciones, poderes, sistemas) que tienden a ocupar el lugar de las personas, resolviendo algunas de sus necesidades exteriores, pero impidiendo que actúen de una forma libre, cada uno por sí mismo, ante los otros.

Un tipo de sistema (económico, social o sacral) tiende a cobrar autonomía y sustituye a las personas, que aparecen como fichas movibles e intercambiables de un gran 'juego' que se sacraliza con diversos nombres (razón de estado, libertad capitalista etc.). Por el contrario, la iglesia está constituida de manera inmediata por y para hombres concretos, varones y mujeres, de tal forma que en ella importan sólo las personas, en su relación de amor, por encima de todos los sábados sacrales o sistemas de poder autónomo que tienden a volverse jerarquía (cf. Mc 2, 28 par).

Por eso, frente al capital, empresa y mercado (que tienden a volverse instituciones autónomas, sobre las personas), la iglesia es ha de ser siempre una estructura de comunión concreta: lugar donde los hombres y mujeres puedan encontrarse y tocarse, mirarse y admirarse, acogerse y engendrarse, comiendo y bebiendo juntos en grupos concretos de conversación y amor que se van vinculando y concurren, en un camino abierto, hasta abarcar en libertad (no en imposición de sistema) a todos los humanos. En el momento en que una posible institución se sobre-pone, como espíritu objetivo, por encima de ese encuentro mutuo, persona a persona, imponiendo su norma exterior (sacral y/o social) sobre la relación personal de amor caminante de unos con otros se diluye y destruye la iglesia cristiana. Por eso decimos que ella es una realidad paradójica: no se busca a sí misma ni emerge sobre los creyentes, para sustituirlos, sino que desaparece como tal al actuar, como el fermento que una mujer pone en la masa (cf. Lc 13, 21).

La iglesia vale en la medida en que no se busca ni aparece como institución, para que dialoguen y con-curran de un modo directo los humanos, en libertad de amor. Testigos de ese amor y garantes de ese diálogo y camino compartido que es la iglesia han de ser sus servidores o ministros. Pero, a través de un proceso humanamente comprensible (aunque contrario al evangelio) muchos han tendido a convertirse en jerarquía, poder sacral que se defiende a sí mismo pensando que defiende a Cristo.

En ese contexto, quiero recordar (como siempre ha sabido la auténtica Iglesia) quelo sagrado no es para Jesús un poder social o personal que pueda separarse de la vida, sino la misma vida concreta de los hombres, amados por Dios y capaces de amarse unos a otros (cf. Mc 10, 35-45 par). Dios se encarna en los hombres (no en instituciones separadas), suscitando en ellos espacios y caminos de escucha, donación y encuentro mutuo. Por eso, si unos hombres se elevan y sancionan en nombre de Cristo, un tipo de institución de poder en nombre de Dios, dominando sobre los demás, ellos dejan de actuar como cristianos, mediadores de Palabra y Pan, para convertirse en 'beneficiados' de un sistema de poder .

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lunes, 27 de febrero de 2012

Un tiempo


El libro del Eclesiastés en el capítulo 3 recoge ese texto tan conocido que va desgranando el paso del tiempo, y nos dice como en la vida de cualquier persona hay un tiempo para cada cosa, desde el nacimiento hasta la muerte, acontecimientos y situaciones que en cierto modo se van dando uno a continuación del otro aunque puedan parecer contrapuestos.

Un tiempo que presenta a la vez facetas repetidas y nuevas y que se van sucediendo a lo largo de los días y los años, pero que en cada momento nos va presentando cual es la voluntad de Dios para cada uno y cómo esta voluntad afecta el propio entorno.

Nos movemos siempre entre un tiempo determinado y concreto, en un ambiente específico en el que nacemos y crecemos, y con variaciones causadas por la misma diversidad de las situaciones. Todo se repite, pero nada es igual, todo es distinto, pero todo es lo mismo. Pero debemos intentar vivir cada instante con el pleno convencimiento de que ahí mismo se manifiesta el querer de Dios.

El libro del Eclesiastés nos hace una invitación a vivir todo en plenitud para ir avanzando de día a día con la conciencia serena buscando, por encima de todo el vivir de acuerdo con el plan de Dios.
El momento concreto que llena nuestro pequeño día nos presenta a veces dificultades, porque no llegamos a descubrir toda la riqueza que contiene cada instante de nuestro breve presente, desaprovechamos situaciones, no profundizamos quizás suficientemente en cuanto se nos ofrece, y nos cuesta gozar del regalo de Dios en cada instante.

A veces estamos quizás demasiado atentos a un futuro lejano que deseamos pero que no podemos poseer o nos atamos a un pasado que ya no volverá a ser. Vivir el presente con ilusión y alegría es un regalo que el Señor nos hace y que debemos intentar aprovechar plenamente.

Texto: Hna. Carmen Solé.
Publicado por Mi Vocación

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lunes, 20 de febrero de 2012

Hagamos la revolución del amor


En la historia de la humanidad ha habido muchas revoluciones. Ninguna es tan importante como la revolución del amor que se basa en la fraternidad, en el saber pensar en el otro.

Cuando estuve en la India, hace muchos años, una de nuestras hermanas me contó lo que habían iniciado para combatir el hambre existente en el lugar: Entregaban una cabra a una familia cuando ésta tenía una cría se la debía entregar a las hermanas y cuando estaba crecida, ellas la entregaban a otra familia. De este modo ellos no acaparaban para enriquecerse sino que tenían que pensar en sus hermanos que sufrían el hambre que a ellos mismos les había acosado. De este modo sacaron de la miseria a varias familias. Nadie podía ser egoísta porque entonces se rompía la cadena de la solidaridad y se evitaba el egoísmo tan propio del ser humano.

Nadie era rico en aquel poblado pero todos aprendieron lo que significaba compartir, el pensar en el otro en vez de acaparar para si. Continuaban siendo pobres pero tenían de que alimentar a sus hijos con la leche de sus cabras, porque, claro, las cabras tuvieron más de una cría y con su rebañito podían hacer quesos que vendían a otros poblados.

El dar enriquece, el acaparar empobrece. Lástima que nos cuesta tanto que esto penetre en nuestro corazón. Hagamos la revolución del amor al prójimo que es la revolución del amor a Dios.

Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Publicado por Mi Vocaciòn

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jueves, 9 de febrero de 2012

La tempestad calmada


El evangelio de San Marcos en el capítulo 4 recoge el milagro de Jesús que calma la tempestad del lago y salva a de los discípulos. Ellos han constatado entre la oscuridad de la noche y las fuertes ráfagas de viento como su vida corre peligro, y les resulta difícil comprender como en medio de su angustia Jesús parece tranquilo durmiendo entre unos almohadones en la popa de la barca.

Muchos no vivimos cerca del mar ni de un lago, ni nuestra vida está relacionada directamente con las dificultades que la vida marinera genera. Pero aun los que no vivimos cerca del mar o de un lago, sabemos qué es una tempestad y muchos hemos podido sentir el pánico que genera hallarse en una situación de catástrofe cuyas consecuencias desconocemos.

Las catástrofes naturales no agotan todas las tempestades. A lo largo de la vida todos hemos vivido etapas o épocas de tempestad. Las dificultades que se generan a nuestro alrededor o las que nosotros mismos generamos desembocan a veces en tempestades que no sabemos o no podemos calmar. La enfermedad propia o de los seres queridos, los contratiempos que afectan la vida de tantos, la incapacidad o la imposibilidad para proseguir el camino iniciado, suelen desembocar en zozobras que amenazan la débil barca de cada uno.

Jesús como en el lago calma de nuestras tempestades, la súplica, la seguridad de que en Él hallamos la salvación devuelven la paz al corazón y al alma. El camino de la fe, la confianza puesta en Dios nos podrá hacer crecer de nuevo la serenidad y el sosiego que permitan continuar nuestra travesía, que es nuestra propia vida y nos irá conduciendo hasta alcanzar el puerto de salvación.

Texto: Hna. Carmen Solé.
Publicado por Mi Vocación

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miércoles, 1 de febrero de 2012

Elegir y renunciar


Desde pequeño a cualquier niño le gusta poder elegir entre distintas posibilidades que les presentamos, y poco a poco les vamos educando para que sepan decidir entre las diferentes opciones: comer un plátano o una pera puede ser un motivo de reflexión y un breve intento de decisión, que el niño no suele realizar de un modo ni rápido ni premeditado.

Tampoco los mayores tenemos siempre facilidad para ver claro cuál es la mejor opción a seguir entre todo aquello que se nos presenta como posible, sopesar las consecuencias que cada decisión puede tener para la propia vida y para de las personas que tenemos cerca es un motivo de reflexión que no podemos realizar de forma precipitada, y es también un acto de oración y de confianza en Dios.
La vida nos enseña que cualquier elección tiene sus consecuencias, porque elegir algo comporta siempre una renuncia, y medir cuanto puede significar tomar una opción no suele ser fácil, porque desconocemos la riqueza o las dificultades que cada uno de los aspectos que se presentan contiene en sí mismo.

Ciertamente los días suelen estar repletos de pequeñas decisiones algunas de las cuales las tomamos de modo casi inconsciente, porque en sí mismas no plantean ninguna modificación esencial en la vida, sea cual sea el camino tomado. Hay personas que ante decisión importante, una posible elección trascendente, se paralizan, no deciden y con ello complican su propia vida. Otros deciden tan rápidamente que luego sufren las consecuencias que puede traer consigo lo que no se ha meditado.
Si antes de decidir sabemos levantar nuestra oración a Dios, confiamos en que Él nos irá señalando la dirección a seguir y que con su ayuda, cuanto puede oscurecer nuestro caminar se irá transformando en claridad. Dios enviará su luz y su paz, y nos hará vivir en serenidad las consecuencias de las decisiones tomadas, si podemos afirmar que lo hemos hecho buscando no sólo el bien propio sino también el de los demás.


Texto: Hna. Carmen Solé.
Publicado por Mi vocación

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martes, 24 de enero de 2012

Envíanos locos


¡Oh Dios!, envíanos locos,
de los que se comprometen a fondo,
de los que se olvidan de sí mismos,
de los que aman con algo más que con palabras,
de los que entregan su vida de verdad
y hasta el fin.

Danos locos,
chiflados,
apasionados,
hombres capaces de dar el salto
hacia la inseguridad,
hacia la incertidumbre sorprendente
de la pobreza;
danos locos,
que acepten diluirse en la masa
sin pretensiones de erigirse un escabel,
que no utilicen su superioridad en su provecho.
Danos locos,
locos del presente,
enamorados de una forma de vida sencilla,
liberadores eficientes del proletariado,
amantes de la paz,
puros de conciencia,
resueltos a nunca traicionar,
capaces de aceptar cualquier tarea,
de acudir donde sea,
libres y obedientes,
espontáneos y tenaces,
dulces y fuertes.

Danos locos, Señor; danos locos.

(L J. Lebret)

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domingo, 9 de octubre de 2011

Un salmo para meditar sosegadamente


El salmo 24 no tiene un tema fijo como muchos otros. Es como una serie de oraciones jaculatorias, y como dice el Padre Hilari Raguer, cada estrofa es como cuando uno va a un restaurante para “comer a la carta”. Depende de la situación anímica en que nos encontremos. Nos puede ayudar en momentos que no estemos inspirados en la oración:

“Señor enséñame tus caminos,
instruye en tus sendas,
haz que camine con lealtad;
enséñame porque tú eres mi Dios y salvador,
y todo el día te estoy esperando.
Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud
acuérdate de mí con misericordia,
Por tu bondad, Señor”.

Este fragmento del salmo puede ser una buena oración al inicio de nuestra jornada ya que sin la ayuda de lo alto nuestras sendas pueden torcerse fácilmente.

Nuestra situación de indigencia ante Dios es patente, pero apoyados en su misericordia infinita podemos caminar confiados. Él no se acuerda de nuestros pecados, apañados estaríamos. Y como dice el salmo 129 “si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quien podría resistir?”. Si en el Antiguo Testamento encontramos un Dios que se apiada del pecador, mucho más ahora que hemos estado redimidos por la sangre de Jesucristo.

Texto: Hna. María Nuria Gaza
Publicado por Mi Vocación

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Señor inclina tu oído a mi clamor


El salmo 87 es la oración de un desgraciado que no cesa de pedir a Dios que oiga su oración y le conserve la vida. En el antiguo Israel se consideraba una bendición el morir con muchos años, no así la muerte con pocos que se consideraba como un castigo de Dios.

El salmista es un judío creyente que habla a Dios de tú a tú. Se enfrenta con él ante su desgracia, igual que Job alega su situación desdichada sin encontrar respuesta por parte de Yahvé.
Lo que más me admira de este orante es la franqueza con que se dirige a Dios: “Todo el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti”. Es como mendigo que suplica una limosna.

“Yo te pido auxilio, por la mañana irá a tu encuentro mi súplica. ¿Por qué Señor me rechazas y me escondes tu rostro?”. Sí, es como si Dios fuera sordo a su súplica.

La situación de este poeta de Israel debe ser muy dura porque dice: “Desde niño fui desgraciado y enfermo, me doblo bajo el peso de tus terrores, pasó sobre mi tu incendio, tus espantos me han consumido”.http://www.blogger.com/img/blank.gif

Conozco una persona que comentaba que ella no rezaba este salmo los viernes en completas, que es cuando la Iglesia lo pone en nuestros labios. Lo encontraba demasiado duro, sin embargo pienso que esta debía ser la situación de Jesús en la cruz y también la de otros creyentes o no creyentes que viven en la tribulación, por su enfermedad, por la situación familiar a la que se ven abocados, no hay pan sobre la mesa, ni agua para apagar la sed de sus hijos, ni ropa para guardarse del frío; no hay trabajo alguno para sustentar la familia.

Por todos estos desdichados de la sociedad rezo este salmo antes de acostarme todos los viernes.

Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Publicado por mi Vocación

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martes, 30 de agosto de 2011

Oración por las vocaciones


Señor Jesús, hoy sigues llamando a muchos jóvenes, para que estén contigo y anuncien el evangelio. Dales la fortaleza y la generosidad para que se liberen de todas las ataduras que anudan su corazón. Sé tú mismo, Señor, su libre libertad para que puedan seguirte. Que todo lo que tienen ahora por ganancia, al conocerte a ti lo tengan por pérdida. Que atraídos por ti se animen a venderlo todo, a darlo a los pobres y entreguen su propia vida en la honda sencilla alegría de tu pobreza.

Que la esperanza de tu Reino los seduzca hasta el fondo de su ser. Que pongan sus pies donde tú pusiste tus pasos, comulgando con tu vocación y tu destino. Haz que mañana, como apóstoles humildes, lleven tu presencia a los hermanos. Envía, Señor, jóvenes capaces a tu Compañía.

Publicado por Vocaciones Jesuitas

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domingo, 21 de agosto de 2011

Sembrar generosamente


San Pablo en su segunda carta a los cristianos de Corintio habla de la siembra, la del agarrado que lo hace con puño cerrado y la del generoso que esparce la semilla sin escatimarla. Esto que ocurre en las labores del campo, puede suceder y en realidad sucede en la vida real.

Si uno empieza a medir el esfuerzo que le va a suponer hacer tal o cual trabajo o servicio, y se deja llevar por la ley del mínimo esfuerzo, pocos serán los que podrán beneficiarse del mismo. Al contrario, aquel que no repara en lo que le va a costar ser generoso en su quehacer o en su entrega a los demás, ni que los que se beneficien de su servicio, no sepan reconocer su generosidad sentirá la paz interior del deber bien cumplido y de haber hecho felices los demás y Dios Padre, que lee en el interior de los corazones se lo tendrá en cuenta en el juicio final y podrá oír del justo Juez: “Bienaventurado siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

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martes, 2 de agosto de 2011

¿POR QUÉ NO HAY MÁS VOCACIONES AL SACERDOCIO?

Publicado por Fe Adulta

...

Uno de los lugares comunes en el diálogo entre católicos tiene que ver con la falta de vocaciones al sacerdocio, dando por hecho que todas son pocas, y, sobre todo, que hay diferencias muy importantes entre unas iglesias locales y otras. El caso "vasco", donde soy sacerdote, es definitivo. La pregunta inmediata es por qué.
Como cristianos nos preocupa el servicio pastoral a las comunidades del futuro, y por supuesto, la presencia o no de "Presbíteros" en ellas y de qué tipo. Nos inquieta la coherencia de los modelos de comunidad y de presbíteros, pues es imposible reconfigurar una parte de la relación, las comunidades, sin atender a la otra, el sacerdocio ordenado.

Esta dimensión del problema y el futuro, es la más decisiva, pero lo que inicialmente nos cuestionamos es por qué no hay vocaciones al sacerdocio entre nosotros, cristianos del País Vasco, y de otros lugares análogos.

Para responder a esta pregunta, nos hemos de plantear si es verdad o no que otras Iglesias de la Europa "rica y moderna", incluida España, desde luego, tienen muchas vocaciones sacerdotales; de ser así, cómo lo logran, y, por fin, si el modelo de "éxito" es parte fundamental del plan que entre nosotros van desarrollando los Obispos Iceta y Munilla.

Este planteamiento relativamente "primario y simplificado" en relación a lo que hay en juego en nuestro cristianismo del futuro, presenta crudamente una realidad sobre la que quisiera ofrecer esta respuesta.

No hay tantos seminaristas en tantos sitios como a veces imaginamos; hay bastantes en algunos lugares muy localizados y donde se concentran los candidatos de procedencias muy variadas.

De todos modos, la cuestión no es ésta. La cuestión es que el tipo de seminarista que cuaja en los Seminarios más nutridos, y que llega al sacerdocio, en su inmensa mayoría estructura su vida bajo pautas religiosas y sociales que reproducen una concepción neoescolástica en cuanto al Credo, la Iglesia, el Sacerdocio y el Mundo. Este es el primer aspecto del problema. Puede decirse de varios modos, pero con éste nos entendemos y no es "injusto" con los hechos.

Sin duda, a mi juicio, y apoyado en las más elementales nociones bíblicas y antropológicas, ese camino recorta descaradamente signos fundamentales del Reinado de Dios. Este es el problema, el de si la acción salvífica de Dios en Cristo va a seguir la senda de la historia humana, o la devolvemos al templo como lugar sagrado fuera del mundo, y a sus Ministros, como "nuevo resto santo de los elegidos, por supuesto, para servir" y a los sacramentos, maravillosas formas de poder religioso "ex opere operato", por supuesto, para sanar.

Quiero ser muy práctico en la respuesta, y apelar a lo que es mi experiencia. Y en este sentido, me pregunto, ¿puedo yo, he podido, decirle a un joven, "mira, por qué no te planteas el sacerdocio como opción de vida"?, Sí puedo, pero con dificultades casi insalvables.

Me muevo entre jóvenes y adultos cristianos muy abiertos a la "autonomía o mayoría del edad del mundo", una autonomía relativa a la dignidad humana, y a través de ella, a Dios, y casi es imposible encontrar uno que entienda la pregunta "vocacional al sacerdocio" como "opción de vida cristiana"; he dicho "casi"; no ven para qué añadir eso a su ser "cristianos".

Y cuando alguno me entiende, surge la cuestión del celibato obligatorio, y por más "imaginación" que yo le ponga, me sonríe y no me entiende. Con lo cual no estoy diciendo que el celibato obligatorio, entre las pocas vocaciones que pueden surgir en el círculo de laicos "modernos", es definitivo para arruinarlas. Estoy diciendo que si sumamos la dificultad del tipo de Iglesia que ese joven o adulto "moderno" quiere, ¡casi nada que ver con el "empoderamiento eclesiástico" que conocemos!, al celibato obligatorio que conlleva el sacerdocio, las posibilidades de plantear la vocación sacerdotal a gente cristiana de mi entorno son prácticamente nulas.

Eso y así, no. Y es que piensan, y aciertan, que hay modelos de comunidad cristiana, que van a ser legítimos, cuya atención no va a pasar por un único modelo de presbítero. Esos modelos comunitarios no van a ser únicos, quizá van a ser minoritarios en los próximos cincuenta años, pero van a ser posibles. No van a prohibirlos todos, y van a estar en la única Iglesia en un pluralismo comunitario inclusivo, legítimo e inconfortable. Lo veo muy claro.

Esto me lleva a preguntar sobre cómo es que otros logran vocaciones para su forma de ser y ver la Iglesia. Ya lo he dicho. En las condiciones del presente, y ¡sin desprecio de nadie, pero con sentido crítico hacia todos!, es mucho más fácil una vocación sacerdotal en sectores sociales, culturalmente, "pre-modernos o anti-modernos", religiosamente, proclives a modos fideístas de entender la fe y el Evangelio, sacrificiales en cuanto al sentido de la vocación cristiana en la historia, neoplatónicos en la antropología de referencia y con un fuerte aprecio de la primacía humana de los ministerios eclesiásticos en la Iglesia.

Es en personas con un perfil religioso, cultural, social y hasta sicológico muy "concreto", ¡lo respeto, pero hay que reconocerlo!, donde puede resonar con alguna mayor facilidad la llamada al sacerdocio ordenado en los términos que lo conocemos configurado hoy. Esta es la realidad. Y es éste el camino, ¡en exclusiva!, que se elige por Obispos y Diócesis, la mayoría poco a poco, para recuperar los presbiterios diocesanos. Es lo que se pretende ahora en el País Vasco.

Yo no creo en él. Cuidado, las personas merecen todo el respeto del mundo, sus opciones y razones son tan discutibles como las mías. Pero creo que ese camino es muy selectivo o sesgado en el evangelio de Jesús. Lo pienso así: sacraliza de nuevo el Templo como el espacio esencialmente único de la fe religiosa, clericaliza a los sacerdotes y los principales ministerios en la Iglesia, desencarna la Palabra, y magnifica la función del servidor en relación al mensaje que lleva y al don universal que representa. No creo en ese camino, lo reconozco.

Es una elección tremenda, porque por ese camino hay más futuro social para el catolicismo; a mi juicio, con apariencia de contraculturalidad evangélica, ¡esto le da un toque de prestigio!, pero al cabo, socialmente sometido; la institución eclesial, ¡más que el catolicismo!, recibe reconocimiento "público y cultural", una vez "aparcada" la fe en espacio de lo religioso, o de otro modo, individualizada, interiorizada y sin historia social.

El camino del Evangelio, a mi juicio, es mucho más histórico y exigente para la Iglesia, en primer lugar, y para el mundo tan exigente como compasivo. Hay que elegir, ¡por nosotros mismos, y no contra nadie! Y yo creo que es más justo, ¡no más eficaz!, preferir el tipo de comunidades y ministerios, incluso el sacerdotal, que cabe imaginar como propios de un cristianismo "liberador", "espiritual, humana y socialmente samaritano", o para hacerme entender, "antirestaurador".

No me gustaría un futuro neoconservador para la Iglesia, por más que ahora lleve las de ganar, y menos como futuro uniforme y a la fuerza. ¡Qué sesgada recepción del Evangelio de Jesucristo! ¡Qué pobreza y qué drama! No va a suceder. En la Iglesia no cabe todo, pero cabe mucho más que el neorestauracionismo "triunfante"; el tiempo va a demostrar que hay formas de comunidad y sacerdocio mucho más abiertas a la historia y al ser humano que las formas de hoy, en buena medida y, teológicamente, "rutinarias".

Esto es lo que hay, y no sólo el gusto personal de ir contra éste o el otro, o la pretensión de mandar más o menos en la Iglesia. Está en juego el Evangelio de la fe en los próximos decenios; o con más sencillez, una forma menos sesgada de acogerlo entre todos y de evitar el acomodo en lo eficaz. O, en el fondo, ¿es también miedo de las consecuencias del Evangelio más entero? Paz y bien.



José Ignacio Calleja

(Extracto)

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martes, 10 de mayo de 2011

Dolor del alma


Siempre he pensado que somos como un espejo, generalmente, es inevitable ocultar lo que llevamos en el corazón. Nuestro rostro habla por sí solo de las alegrías o las tristezas que invaden nuestro ser. Cierto es, y puede sernos más o menos fácil compartir lo que nos hace felices o… lo que nos lleva a la pena.
A veces nos sumimos en un estado que no somos capaces de dejar pasar nada más que las lágrimas, porque hemos permitido a la tristeza entrar en lo profundo. Pero… si analizamos de verdad, podremos coger el timón y cambiar el rumbo para que la protagonista en nuestra vida sea la alegría. Y lo digo porque estoy convencida de que podemos lograrlo. Necesitamos momentos de todo, sí, y por supuesto, vivimos esos momentos. Sin duda, son los que nos enseñan a ver lo bueno de la vida y de las personas. Pero por otra parte, que los vivamos no quiere decir que nos dejemos esclavizar por ellos, somos mucho más completos que todo eso. Recuerdo la letra de una canción que dice “donde nos llevó la imaginación, donde con los ojos cerrados se divisan infinitos campos, donde se creó la primera luz junto a la semilla del cielo azul, volveré a ese lugar donde nací”. Se trata de entrar en nosotros mismos y de luchar por lo que realmente deseamos, es un camino y nuestra actitud, de ponernos en marcha.
Son muchas las cosas o situaciones que nos pueden causar dolor, incluso lo que nos hace más felices también es lo que nos hace sufrir más. El Amor implica, sin duda, dolor. Es así, y es algo para dar gracias y valorar, porque significa que estamos vivos y que somos capaces de amar. En realidad, la profunda tristeza es lo que no se hizo, lo que no dejamos hacer, el amor que dejamos pasar, las palabras que dejamos de escuchar o pronunciar… todo lo que, de alguna manera, hemos obviado…, ese es el antídoto contra la negatividad, esa es la alegría por la que pelear.

Texto: Hna. Conchi García.
Publicado por Mi vocación

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miércoles, 27 de abril de 2011

Felicidad de estar con Dios


El salmo 62 es un salmo que la Iglesia pone en boca de sus fieles con frecuencia. Este salmo se atribuye a David que al estar perseguido por Saúl, se encuentra en el desierto de Judá alejado del templo, lugar de las delicias de todo buen judío; porque el templo era para los israelitas, el lugar donde Dios residía y ahora el salmista se encuentra alejado de Jerusalén.
“Mi alma esta sedienta de ti como tierra reseca, consumida, sin agua”. Este hombre no puede participar de la oración con los hijos de Israel. Está en medio de un desierto árido, sin agua. Su máxima aspiración es poder regresar y gozar de la dicha de la presencia del Dios de su vida. Sólo Él puede saciar su sed y su hambre: “Mi alma está sedienta de ti”.
Sólo si puede gozar de la presencia de Yahvé hallará de nuevo la felicidad. Entretanto pasa las noches pensando en el Dios de su salvación porque este israelita, no olvida que si todavía está vivo es gracias a que “el Dios de su vida” lo protege y ampara. Por ello en ciertos momentos se olvida de su infortunio y se siente como envuelto por la sombra de las alas del Dios providente y misericordioso que lo sostiene con su diestra: “En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo”.
Este es un salmo apropiado para rezar en la semana de Pascua, porque Jesús venciendo la muerte se hace compañero de ruta con los discípulos de Emaús; se aparece a las mujeres que venciendo el temor, se acercan al sepulcro para embalsar dignamente a su Señor, consuela a María que llora junto al sepulcro.
También Jesús, nuestro Maestro, se hace compañero de camino en nuestras vidas. En ciertos momentos podemos encontrarnos desconcertados, sin aliento ni esperanza. En nuestro interior se alzan voces que nos incitan a decir: Todo se acabó. En estas ocasiones, Él está ahí junto a nosotros. Lo encontraremos en la lectura de la Palabra de Dios, que es “viva y eficaz”, ésta nos dará aliento para continuar nuestra ruta. En otros momentos, como el salmista, como María junto a la tumba, lloramos porque no sabemos donde se encuentra el Maestro, no lo sentimos presente en nuestra vida, no se deja sentir, pero la constancia en la búsqueda, de repente aparecerá junto a nosotros y llenos de gozo diremos: “¡Rabboni!”. Este encuentro es el que nos lanzará gozosos a anunciar que Jesús está vivo para siempre. No temeremos el cansancio, ni las risitas burlonas de aquellos que nos tildarán de inocentes que creemos en niñerías, en “cosas de mujeres”. Pues, nos sentiremos fuertes con su fuerza, valientes ante la dificultad porque nos animará la fuerza de Aquél que venció la muerte y vive para siempre.

Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Publicado por Mi Vocación

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