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sábado, 25 de mayo de 2013

LECTIO: SANTÍSIMA TRINIDAD (C): La promesa del Espíritu: Jesús lo enviará en el nombre del Padre

Publicado por Los Carmelitas

Lectio: Domingo, 26 Mayo, 2013
Juan 16,12-15

1. LECTIO
a) Oración inicial:
Oh Dios, que al enviar a tu hijo Jesús, nos has revelado la intención más clara de tu amor en el querer salvar al hombre. Pasa siempre junto a nosotros revelándonos tus atributos de compasión, misericordia, clemencia y lealtad. Espíritu de amor ayúdanos a progresar en el conocimiento del Hijo para llegar a la posesión de la vida.
Haz que meditando tu Palabra en esta fiesta podamos descubrir con más conocimiento, que tu misterio, oh Dios, es un canto de amor compartido. Tú eres nuestro Dios y no un Dios solitario. Eres Padre fuente fecunda. Eres Hijo, Palabra hecha carne, amor vecino y fraterno. Eres Espíritu Santo, amor hecho abrazo.

b) Lectura del Evangelio:
12 Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. 13 Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. 14 Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros.
c) Momentos de silencio orante:
Digamos con San Agustín: “ Concédeme tiempo para meditar sobre los secretos de tu ley, no cierres la puerta a quien llama. Oh Señor, realiza tu obra en mí y revélame estas páginas. Haz que yo encuentre gracia delante de ti y se me abran, cuando llamo, los íntimos secretos de tu Palabra”


2. MEDITATIO
a) Preámbulo:
Antes de entrar en el camino de la lectio, es importante pararse brevemente sobre el contexto en el cual se ha inserto nuestro pasaje litúrgico. Las palabras de Jesús en Juan 16,12-15 forman parte de aquella sección del evangelio de Juan que los exegetas llaman el libro de la revelación (13,1-17,26). Jesús en el discurso de despedida, se revela en profunda intimidad, los llama amigos, les promete su Espíritu Santo que los acompañará en el acoger el misterio de su Persona. Los discípulos, luego, son invitados a crecer en el amor hacia el Maestro, que se ofrece totalmente a ellos.
Siempre, en esta sección, se pueden separar tres secuencias o partes bien delimitadas. La primera comprende los capítulos 13-14 y tiene como hilo conductor el siguiente tema: la nueva comunidad está fundada sobre el mandamiento nuevo del amor. Con sus instrucciones Jesús explica que la práctica del amor es el itinerario que la comunidad debe recorrer en su camino hacia el Padre. En la segunda Jesús describe el rostro de la comunidad en medio del mundo. Les recuerda que la comunidad por Él fundada desarrolla su misión en un mundo hostil y sólo a través de la práctica del amor es posible su crecimiento agregando nuevos miembros. En esto consiste el “llevar frutos” por parte de la comunidad. Las condiciones pedidas para un amor fecundo en el mudo: estar unidos a Jesús. De Él promana la vida – el Espíritu (Jn 15,1-6); la unión a Jesús con un amor que responde al suyo de modo que se establezca una relación de amistad entre Jesús y sus discípulos (Jn 15,7-17).
Aunque la misión de la comunidad, semejante a la de Jesús, tendrá lugar en medio del odio del mundo (Jn 15,18-25), sin embargo, los discípulos estarán sostenido por el Espíritu (Jn 15,26-16.15). Jesús les revela que la misión en el mundo comporta dolor y gozo y que Él estará ausente-presente (Jn 16,16-23a), pero les asegura la ayuda del amor del Padre y su victoria sobre el mundo (Jn 16,23b-33). La tercera parte de la sección contiene la plegaria de Jesús: Él ruega por la comunidad presente (Jn 17,6-19); por la comunidad del futuro (Jn 17,20-23) y expresa el deseo de que el Padre honre a todos los que lo han reconocido y, finalmente, que se cumpla su obra en el mundo (Jn 17,24-26).
b) Para meditar:
- La voz del Espíritu es la voz de Jesús mismo.
Precedentemente en Jn 15,15, Jesús había comunicado a sus discípulos lo que había oído del Padre. Este mensaje no sería y no podía ser comprendido por sus discípulos en toda su fuerza. El motivo es, que los discípulos ignoran por el momento el significado de la muerte en cruz de Jesús y la substitución del viejo modo de ser salvado. Con su muerte se abre una nueva y definitiva intervención salvífica en la vida de la humanidad. Los discípulos comprenderán las palabras y los gestos de Jesús después de su resurrección (Jn 2,22) o después de su muerte (Jn 12,16). En la enseñanza de Jesús hay tantas realidades y tantos mensajes que podrán ser comprendidos a poco que la experiencia ponga a la comunidad delante de nuevos acontecimientos o circunstancias; es en la vida diaria, comprendida a la luz de la resurrección, cuando se podrá comprender el significado de su muerte –exaltación.
Será el Espíritu Santo, el profeta de Jesús. El que comunicará a los discípulos lo que haya oído de Él. En la misión que la comunidad de Jesús realizará, el Espíritu Santo le comunica la verdad, en el sentido de explicar y ayudar a aplicar lo que Jesús es y lo que significa como manifestación del amor del Padre. Con sus mensajes proféticos la comunidad de los discípulos no transmite una nueva doctrina, sino propone con continuidad la realidad de la persona de Jesús, contenido de su testimonio y orientación de su misión en el mundo. La voz del Espíritu Santo, que la comunidad percibirá, es la voz del mismo Jesús. Tras las huellas de los profetas veterotestamentarios, que interpretaban la historia a la luz de la alianza, el Espíritu Santo se muestra determinante para hacer conocer a Jesús ofreciendo a la comunidad de los creyentes la clave para comprender la historia como una confrontación continua entre lo que el “mundo” representa y el proyecto de Dios. El punto de partida para leer la propia presencia en el mundo es la muerte–exaltación de Jesús y creciendo siempre más en su comprensión, los cristianos podrán descubrir en los acontecimientos diarios “el pecado del mundo” y sus deletéreos efectos.
Es determinante el papel del Espíritu Santo como intérprete del misterio de la vida de Jesús en la vida de los discípulos: es su guía en el emprender el justo cometido a favor del hombre. Para obtener éxito en su actividad a favor del hombre deben por un lado escuchar las problemáticas de la vida y de la historia y por otra parte estar atentos a la voz del Espíritu Santo, única fuente atendible para dar con el verdadero sentido de los sucesos históricos en el mundo.
- La voz del Espíritu Santo: el verdadero intérprete de la historia
Después Jesús explica las modalidades con las que el Espíritu Santo interpreta la vida y la historia humana. Ante todo manifestando su “gloria”, lo que quiere decir que “tomará de lo suyo”. Más específicamente “de lo mío” quiere decir que el Espíritu Santo toma de Jesús el mensaje, toda cosa pronunciada por Él. Manifestar la gloria quiere decir manifestar el amor que Él ha demostrado en su muerte. Estas palabras de Jesús son muy importantes porque evitan el reducir el papel del Espíritu Santo a una iluminación. Lo suyo es una comunicación del amor de Jesús que los pone en sintonía con su mensaje, pero también con el sentido profundo de su vida: el amor demostrado donando la propia vida sobre la cruz. En esto consiste el papel del Espíritu Santo, Espíritu de verdad. El escuchar el mensaje y su penetración, el estar en sintonía con el amor, son dos aspectos del papel del Espíritu Santo que permiten a la comunidad de los creyentes interpretar la historia. Todavía mejor, las palabras de Jesús intentan comunicar que sólo a través de la comunicación del amor por parte del Espíritu Santo es posible conocer qué es el hombre, entender la meta de su vida, y realizar un mundo nuevo. El modelo es siempre el amor de Jesús.
- Jesús, el Padre, el Espíritu Santo y la comunidad de creyentes (v.15)
Cuando Jesús dice que “todo lo que posee el Padre es mío” ¿ qué cosa quiere decir? Ante todo que esto que Jesús posee es en común con el Padre. El primer don del Padre a Jesús ha sido su gloria (v.1.14), más específicamente, el amor leal, el Espíritu (Jn 1,3; 17,10). Esta comunicación, no ha de entenderse como estática, sino dinámica, quiere decir continua y recíproca. En este sentido el Padre y Jesús son uno. Tal comunicación recíproca y constante compenetra la actividad de Jesús, el cual puede realizar las obras del Padre, su diseño sobre la creación. Para ser capaces de entender, de interpretar la historia, los creyentes son llamados a estar en sintonía con Jesús, aceptando en su existencia la realidad de su amor y concretizándolo a favor del hombre. Tal es el diseño del Padre: el amor de Jesús por sus discípulos va investido de la realización del hombre. El diseño del Padre que se ha realizado en la vida de Jesús, debe realizarse en la comunidad de los creyentes y guiar el empeño de los creyentes por promover la vida de los hombres. ¿Quién es el ejecutor del diseño del Padre en la vida de Jesús? Es el Espíritu Santo, que uniendo Jesús al Padre, realiza y lleva a cumplimiento el proyecto del Padre y hace a la comunidad de los creyentes partícipes de esta actividad dinámica de Jesús: “ tomará de lo mío”, la comunidad, gracias a la acción del Espíritu de la verdad, lo oye en su mensaje, lo concretiza como amor para comunicarlo.
El Espíritu Santo comunica a los discípulos de Jesús toda la verdad y riqueza de Jesús; el lugar en el que habita es Jesús; “viene” a la comunidad; acogido, hace a la comunidad partícipe del amor de Jesús.
b) algunas preguntas:
- Un gran peligro amenaza, hoy, a las comunidades cristianas. ¿Estamos cayendo en la tentación de dividir a Jesús, siguiendo o a un Jesús hombre que con su obrar ha cambiado la historia, o un Jesús glorioso separado de su existencia terrena y por tanto de la nuestra?
- ¿Somos conscientes de que Jesús no es sólo un ejemplo del pasado, sino que es sobre todo el salvador presente? ¿Qué Jesús no es sólo objeto de contemplación y gozo, sino el Mesías a quien seguir y con cuya obra es necesario colaborar?
- Dios no es una abstracción, sino el Padre que se hace visible en Jesús. ¿Te empeñas en “verlo” y reconocerlo en la humanidad de Jesús?
- ¿Estás atento al Espíritu de la Verdad que te comunica toda la verdad total de Jesús?


3. ORATIO
a) Salmo 103: Manda tu Espíritu Señor a renovar la tierra
Es un canto glorioso de acción de gracias que invita a meditar sobre la caducidad humana en comparación con la misericordia eterna de Dios. A la liberación del pecado, de la enfermedad y de la muerte, sigue la acción benévola y afectuosa de Dios: nos sacia de bienes para toda la vida.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios.
Él, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura,
satura de bienes tu existencia,
y tu juventud se renueva como la del águila.
Yahvé realiza obras de justicia
y otorga el derecho al oprimido,
manifestó a Moisés sus caminos,
a los hijos de Israel sus hazañas.
Yahvé es clemente y compasivo,
lento a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente,
ni para siempre guarda rencor;
no nos trata según nuestros yerros,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como un padre se encariña con sus hijos,
así de tierno es Yahvé con sus adeptos;
Pero el amor de Yahvé es eterno
con todos que le son adeptos;
Bendecid a Yahvé, ángeles suyos,
héroes potentes que cumplís sus órdenes
en cuanto oís la voz de su palabra.
Bendecid a Yahvé, todas sus huestes,
servidores suyos que hacéis su voluntad.
Bendecid a Yahvé, todas sus obras,
en todos los lugares de su imperio.
¡Bendice, alma mía, a Yahvé!

b) Oración final
¡Espíritu de la verdad!
Tú nos haces hijos e hijas de Dios,
de modo que podamos acercarnos al Padre.
¡Oh Padre! nos dirigimos a ti
con un corazón sólo y una sóla alma
y te pedimos:
¡Oh Padre, envía tu Santo Espíritu !
¡Envía tu Espíritu sobre la Iglesia!
Que cada cristiano crezca, en sintonía con el amor de Cristo,
en el amor por Dios y por sus hermanos.
¡Oh Padre! renueva nuestra fe
en el Reino que Jesús ha venido a proclamar
y a encarnar sobre la tierra.
No permitas que nos dejemos dominar por la desilusión
y vencer por el cansancio.
Que nuestras comunidades sean la levadura
que haga crecer en la sociedad
la justicia y la paz.

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sábado, 18 de mayo de 2013

LECTIO: DOMINGO DE PENTECOSTÉS (C): La promesa del Consolador. El Espíritu Santo, maestro y memoria viva de la Palabra de Jesús

Publicado por Los Carmelitas

Lectio: Domingo, 19 Mayo, 2013
Juan 14, 15-16.23-2

1. Oración inicial

Señor, Padre misericordioso, en este día santísimo yo grito hasta ti desde mi cuarto con las puertas cerradas; a ti elevo mi oración desde el miedo y la inmovilidad de la muerte. Haz que venga Jesús y que se detenga en el centro de mi corazón, para arrojar toda miedo y toda oscuridad. Haz que venga tu paz, que es paz verdadera, paz del corazón. Y haz que venga tu Espíritu Santo, que es fuego de amor, que inflama e ilumina, funde y purifica; que es agua viva, que salta hasta la vida eterna, que quita la sed y limpia, bautiza y renueva; que es viento impetuoso y suave al mismo tempo, soplo de tu voz y de tu respiro; que es paloma anunciadora de perdón, de un comienzo nuevo y duradero para toda la tierra.
Manda tu Espíritu sobre mí, en el encuentro con esta Palabra, en este encuentro con tu Palabra, en la escucha de ella y en la penetración de los misterios que ella conserva; que yo sea colmado y sumergido, que sea bautizado y hecho hombre nuevo, por el don de mi vida a ti y a los hermanos. Amén, aleluya.


2. Lectura
a) Para situar el pasaje en su contexto:
Estos pocos versículos, por otra parte no continuos, son como algunas gotas de agua extraídas del océano; de hecho, forman parte del largo y estupendo discurso del evangelio de San Juan que desde el cap. 13,31 abarca a todo el capítulo 17. Desde el comienzo hasta el final de esta unidad discursiva, profundísima e indecible, se trata solamente de un único tema: «ir a Jesús», que aparece incluso en 13, 33: “Todavía por un poco estoy con vosotros, donde yo voy, vosotros no podéis venir” y en 16, 28: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.» y aún en 17, 13: “Pero ahora voy a ti, Padre”. El ir de Jesús hacia el Padre incluye también el significado de nuestro caminar, de nuestro recorrido existencial y de fe en el mundo; aquí es donde aprendemos a seguir a Jesús, a escucharlo, a vivir como Él. Aquí se nos ofrece la revelación más completa sobre Jesús en el misterio de la Trinidad, como también la revelación sobre su vida cristiana, su poder, su misión, su alegría y su dolor, su esperanza y su lucha. Penetrando estas palabras, podemos encontrar la verdad del Señor Jesús y de nosotros ante Él, en Él.
Estos versículos hablan en particular de tres motivos de consolación muy fuertes para nosotros: la promesa de la venida del Consolador; la venida del Padre y del Hijo al alma del discípulo que cree; la presencia de un maestro, que es el Espíritu Santo, gracias al cual la enseñanza de Jesús no pasará jamás.
b) Para ayudar en la lectura del pasaje:
vv. 15-16: Jesús revela que la observancia de sus mandamientos no está hecha a base de constreñir, sino que es un fruto dulce, que nace del amor del discípulo hacia Él. A esta obediencia amorosa está unida la oración omnipotente de Jesús por nosotros. El Señor promete la venida de otro Consolador, enviado desde el Padre, que permanecerá siempre con nosotros para conjurar definitivamente nuestra soledad.
vv. 23-24: Jesús repite que el amor y la observancia de sus mandamientos son dos realidades vitales esencialmente unidas entre sí, que tienen el poder de introducir al discípulo en la vida mística, esto es, en la experiencia de la comunión inmediata y personal con Jesús y con el Padre.
v. 25: Jesús afirma una cosa muy importante: hay una diferencia substancial entre las cosas que Él ha dicho mientras estaba junto a los discípulos y las cosas que dirá después cuando, gracias al Espíritu, Él estará dentro de ellos. Antes, la comprensión era solo limitada, porque la relación con Él era externa: la Palabra venía de fuera y llegaba a los oídos, pero no eran pronunciadas dentro. Después, la comprensión será plena.
v. 26: Jesús anuncia al Espíritu Santo como maestro, que no enseñará ya desde fuera, sino viniendo desde dentro de nosotros. Él vivificará las Palabras de Jesús, que habían sido olvidadas y las recordará, hará que los discípulos puedan comprenderlas plenamente.
c) El texto:
15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; 16 y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre.
23 «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25 Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. 26 Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.


3. Momento de silencio orante
Dentro de la escuela del Maestro, el Espíritu Santo, me siento a sus pies y me abandono en su presencia; abro mi corazón, sin miedo, porque Él me instruye, me consuela, me amonesta, me hace crecer.


4. Algunas preguntas
a) “Si me amáis”. Mi relación con el Señor, ¿es una relación de amor o no? ¿Hay espacio en mi corazón para Él? Miro dentro de mí y me pregunto: ¿“Dónde está el amor de mi vida, existe?” Y si me doy cuenta que dentro de mí no existe el amor, o hay poco, trato de preguntarme: “¿Qué es lo que me bloquea, lo que tiene mi corazón cerrado, prisionero, con tanta tristeza y soledad?”
b) “Observaréis mis mandamientos”. Me sale al encuentro el verbo observar, con toda la carga de sus muchos significados: mirar bien, proteger, prestar atención, conservar en vida, reservar y preservar, no arrojar, mantener con cuidado, con amor. ¿Vivo iluminado por estas actitudes mi relación de discípulo, de cristiano, con la Palabra y los mandamientos que Jesús nos ha dejado para nuestra felicidad?
c) “Él os dará otro Consolador”. ¿Cuántas veces me he puesto a la búsqueda de alguno que me consolara, se preocupara de mí, me mostrase afecto o prestara atención? ¿Me he convencido que la verdadera consolación viene del Señor? O, ¿me fío más de las consolaciones que yo encuentro, que mendigo aquí y allí, que recojo como migajas, sin poder quitar el hambre verdaderamente?
d) “Haremos morada en él”. El Señor está a la puerta, llama y espera; Él no fuerza, no constriñe. Él dice: “Si quieres…”. Me propone de convertirme en su casa, en el lugar de su reposo, de su intimidad; Jesús está pronto, es feliz de poder encontrarme, de unirse a mí en una amistad del todo especial. Pero ¿estoy yo pronto? ¿estoy esperando la visita, la venida, la entrada de Jesús en mi existencia más íntima y personal? ¿hay lugar para Él en mi casa?
e) “Os recordará todo lo que os dicho”. El verbo “recordar” conlleva otra realidad muy importante, esencial, diría. Soy provocado, escrutado por la Escritura. ¿Dónde aplico mi memoria? ¿Qué es lo que me esfuerzo en retener en la mente, hacer vivir en mi mundo interior? La Palabra del Señor es un tesoro muy precioso; es una semilla de vida que se ha sembrado en mi corazón; ¿presto atención a esta semilla? ¿Sé que me defenderá de los miles de enemigos y peligros que me asaltan: los pájaros, el calor, las piedras, las espinas, el maligno? ¿Llevo conmigo, cada mañana, una Palabra del Señor para recordarla durante el día y hacer de ella mi luz secreta, mi fuerza, mi alimento?


5. Una clave de lectura
En este momento me acerco a cada uno de los personajes presentes en estas líneas, me pongo a la escucha, en oración, en meditación – rumiando - en contemplación …
El rostro del Padre:
Jesús dice: “yo pediré al Padre” (v. 16) y levanta un poco el velo del misterio de la oración: ella es el camino que conduce al Padre. Para llegar al Padre se nos ha dado el camino de la oración; como Jesús vive su relación con el Padre a través de la oración, así nosotros. Recorro las páginas del Evangelio y busco atentamente cualquier indicio respecto a este secreto de amor entre Jesús y su Padre, ya que entrando en aquella relación, también yo puedo conocer más a Dios, mi Padre.
“Y os dará otro Consolador”. El Padre es el que nos da al Consolador. Este don está precedido del acto de amor del Padre, que sabe que necesitamos de consolación: Él ha visto mi miseria en Egipto y ha oído mi grito, conoce, de hecho, mis sufrimientos y ve mi opresión, que me atormentan (cfr. Ex 3, 7-9); nada se escapa a su amor infinito por mí. Por todo esto, Él nos da el Consolador. El Padre es Dador: todo viene de Él y de nadie más.
“Mi Padre le amará” (v. 24). El Padre es el Amante, que ama con amor eterno, absoluto, inviolable, imborrable. Como lo dice Isaías, Jeremías y todos los profetas (cfr. Jr 31,3; Is 43,4; 54,8; Os 2,21; 11,1).
“Vendremos a él”. El Padre está unido a su Hijo Jesús, es una sola cosa con Él y con Él viene a cada hombre, está dentro de cada hombre. Se traslada, sale, se inclina y camina hacia nosotros. Impulsado por un amor delirante e inexplicable, Él se acerca a nosotros.
“Y haremos morada en él”. El Padre construye su casa en nosotros; hace de nosotros, de mi existencia, de todo mi ser, su morada. Él viene y no se va, sino que permanece fielmente.
El rostro del Hijo:
“Si me amáis…” (v. 15); “Si alguno me ama…” (v. 23). Jesús entra en relación conmigo de un modo único y personal, cara a cara, corazón a corazón, alma a alma; me propone un lazo intenso, único, irrepetible y me une a Sí a través del amor, si yo quiero. Siempre pone el “si” y dice, llamándome por mi nombre: “Si quieres…”. El único camino que Él recorre para llegar a mí, es la del amor; de hecho, percibo que los pronombres “vosotros” y “alguno” están relacionados al “me” del verbo “amar” y de ningún otro verbo.
“Yo pediré al Padre” (v. 16). Jesús es el orante, que vive de la oración y para la oración; toda su vida está llena de oración, era oración. Él es el sumo y eterno sacerdote que intercede por nosotros y ofrece oraciones y súplicas, acompañadas de lágrimas (cfr. Hb 5, 7), por nuestra salvación: “De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7, 25).
“Si alguno me ama guardará mi palabra” (v. 23); “El que no me ama no guarda mis palabras” (v. 24). Jesús me ofrece su Palabra, me la da como consigna, para que yo la cuide y la guarde, la ponga en el tesoro de mi corazón y allí me dé calor, la vele, la contemple, la escuche y, haciéndolo así, la haga fructificar. Su Palabra es una semilla; es la perla más preciosa de todas, por la cual vale la pena vender todas las riquezas; es el tesoro escondido en el campo, por el cual se excava en el mismo, sin temer al cansancio; es el fuego que nos hace arder el corazón en el pecho; es la lámpara que nos permite tener luz para nuestros pasos, aunque la noche sea oscura. El amor a la Palabra de Jesús se identifica con mi amor por el mismo Jesús, por toda su persona, ya que Él, en definitiva, es la Palabra, el Verbo. Y, por lo tanto, en estas palabras, Jesús me está gritando al corazón ¡que es a Él a quien debo guardar!
El rostro del Espíritu Santo:
“El Padre os dará otro Consolador” (v. 16). El Espíritu Santo nos es dado por el Padre; él es la “dádiva buena y el don perfecto que viene de lo alto” (St 1, 17). Él es “otro Consolador” con relación a Jesús, que se va y viene para no dejarnos solos, abandonados. Mientras que esté en el mundo, yo no estoy desconsolado, sino confortado por la presencia del Espíritu Santo, que no es solamente un consuelo, sino mucho más: es una persona viva junto a mí siempre. Esta presencia, esta compañía es capaz de darme la alegría, la verdadera alegría; de hecho dice San Pablo: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz …” (Gal 5, 22; cfr. también Rm 14, 17).
“Para que esté con vosotros para siempre”. El Espíritu está en medio de nosotros, está conmigo, como Jesús estaba con los discípulos. Su verdadera presencia se hace presencia física, personal; yo no lo veo, pero sé que está y que no me abandona. El Espíritu permanece para siempre y vive conmigo, en mí, sin una limitación de tiempo o de espacio; así Él es el Consolador.
“Os lo enseñará todo” (v. 26). El Espíritu Santo es el Maestro, el que abre la vía para el conocimiento, para la experiencia; nadie, fuera de Él, puede guiarme, plasmarme, darme una forma nueva. Su escuela no es para alcanzar una ciencia humana, que hincha y no libera; sus enseñanzas, sus sugerencias, sus indicaciones concretas vienen de Dios y a Dios vuelven. El Espíritu Santo enseña la sabiduría verdadera y el conocimiento (Sal 118, 66), enseña la voluntad del Padre (Sal 118, 26.64), sus senderos (Sal 24,4), sus mandamientos (Sal 118, 124.135), que hacen vivir. Él es el Maestro capaz de guiarme a la verdad plena (Jn 16, 13), que me hace libre en lo más profundo, hasta donde se divide el alma y el espíritu, donde solamente Él, que es Dios, puede llevar vida y resurrección. Es humilde, como Dios, y se abaja, desciende de su cátedra y viene dentro de mí (cfr. Hch 1, 8; 10, 44), se entrega a mí así, de modo pleno, absoluto; no es celoso de su don, de su luz, sino que la ofrece si medida.


6. Un momento de oración: Salmo 30
Canto de alabanza al Señor,
que nos ha enviado desde lo alto la vida nueva del Espíritu.
R. Tu me das la vida plena, Señor, aleluya!
Te ensalzo, Yahvé, porque me has levantado,
no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Yahvé, Dios mío, te pedí auxilio y me curaste.
Tú, Yahvé, sacaste mi vida del Seol,
me reanimaste cuando bajaba a la fosa. R.
Cantad para Yahvé los que lo amáis,
recordad su santidad con alabanzas.
Un instante dura su ira,
su favor toda una vida;
por la tarde visita de lágrimas,
por la mañana gritos de júbilo. R.
Al sentirme seguro me decía:
«Jamás vacilaré».
Tu favor, Yahvé, me afianzaba
más firme que sólidas montañas;
pero luego escondías tu rostro
y quedaba todo conturbado.
A ti alzo mi voz, Yahvé,
a mi Dios piedad imploro. R.
¡Escucha, Yahvé, ten piedad de mí!
¡Sé tú, Yahvé, mi auxilio!
Has cambiado en danza mi lamento:
me has quitado el sayal, me has vestido de fiesta.
Por eso mi corazón te cantará sin parar;
Yahvé, Dios mío, te alabaré por siempre. R.


7. Oración final
Espíritu Santo, deja que te hable todavía, una vez más; para mí es difícil separarme del encuentro de esta Palabra, porque en ella estás presente Tú, vives y actúas Tú. Te presento, a tu intimidad, a tu Amor, mi rostro de discípulo; me reflejo en Ti, Espíritu Santo. Te entrego, dedo de la derecha del Padre, mis proyectos, mis ojos, mis labios, mis orejas… realiza la obra de curación, de liberación y de salvación; que yo renazca hoy, como hombre nuevo del seno de tu fuego, de la respiración de tu viento. Espíritu Santo, sé que no he nacido para permanecer solo; por esto, te ruego: envíame a mis hermanos, para que pueda anunciarles la Vida que viene de Ti. Amén. ¡Aleluya!

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sábado, 4 de mayo de 2013

LECTIO: 6º DOMINGO DE PASCUA (C): El Espíritu Santo nos ayudará a comprender las palabras de Jesús

Publicado por Los Carmelitas

Lectio: Domingo, 5 Mayo, 2013
Juan 14, 23-29

1. Oración inicial

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto,
para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón, para acoger el eco del Silencio y así el alba, envolviéndonos en la nueva luz matutina, nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto, que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, al sabor de la santa memoria.



2. LECTIO

a) El texto:
23 Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25 Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. 26 Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. 27 Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28 Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 29 Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
b ) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.


3. MEDITATIO
a) algunas preguntas:
- “Y vendremos a él, y haremos morada en él”: Si miramos hacia nuestros campamentos internos, ¿encontramos la tienda de la shekinah (presencia) de Dios?
- “El que no me ama no guarda mis palabras”: ¿son palabras vacías, por nuestra falta de amor, las palabras de Cristo a nosotros? o ¿más bien podemos decir que las observamos como guía de nuestro camino?
- “El Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho”: Jesús vuelve al Padre, pero todo lo que dijo e hizo permanece entre nosotros. ¿Cuándo seremos capaces de recordar lo que la gracia divina ha realizado en nosotros? ¿Acogemos la voz del Espíritu Santo que nos sugiere en lo más íntimo el significado de todo lo que ha sucedido?
- “Mi paz os doy: La paz de Cristo es su resurrección”: ¿hasta cuándo la inquietud y las manías por hacer, que nos alejan de la fuente del ser, abandonarán el domicilio de nuestra existencia? Dios de la paz, ¿cuándo viviremos únicamente de ti, paz de nuestra espera?
- “Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis”: Antes que suceda… A Jesús le agrada explicarnos lo que sucederá con anticipación, para que los acontecimientos no nos sorprendan desprevenidos. Pero, ¿somos capaces de leer los signos de nuestros acontecimientos con las palabras que hemos oído de Él?
b) Clave de lectura:
Venir a morar. El cielo no tiene lugar mejor que un corazón humano enamorado. Porque en un corazón dilatado los confines se amplían y toda barrera de espacio y tiempo se anulan. Vivir en el amor equivale a vivir en el cielo, a vivir en Aquel que es el amor, y amor eterno.
v. 23. Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” . En los orígenes de toda experiencia espiritual hay siempre un movimiento hacia delante. Partiendo de un pequeño paso, todo se mueve después con armonía. Y el paso a realizar es solamente uno: Si uno ama. ¿Se puede amar verdaderamente a Jesús? ¿Cómo es que su rostro no se refleja en la gente? Amar: ¿qué significa realmente? Amar, en general, significa para nosotros quererse, estar juntos, tomar decisiones para construir el futuro, darse… pero amar a Jesús no es la misma cosa. Amarlo significa hacer como ha hecho Él, no retraerse frente al dolor, a la muerte; amar como Él significa ponerse a los pies de los hermanos, para responder a sus necesidades vitales; amar como Él nos puede llevar lejos...es así como la palabra se convierte en pan cotidiano del cual alimentarse y la vida se convierte en cielo por la presencia del Padre.
v. 24-25. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre
que me ha enviado... Si no hay amor, las consecuencias son desastrosas. Las palabras de Jesús se pueden observar, si solamente hay amor en el corazón, de otro modo parecen propuestas absurdas. Aquellas palabras no son de un hombre, nacen del corazón del Padre que propone a todos ser como Él. No se trata de hacer cosas en la vida, por buenas que sean. Es necesario ser hombres, ser imágen semejantes a Quien no cesa jamás de donarse a Sí mismo.
vv. 25-26. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Recordar es obra del Espíritu Santo: cuando durante nuestras jornadas el pasado se desliza como algo irremediablemente perdido y el futuro se presenta amenazador para quitarnos la alegría de hoy, solamente el soplo divino puede hacernos recordar. Hacer memoria de lo que se dijo, de cada palabra salida de la boca de Dios para ti, y olvidada por el hecho de que ha pasado el tiempo.
v. 27. Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. La paz de Cristo para nosotros no es ausencia de problemas, serenidad en la vida, salud...sino plenitud de todo bien, ausencia de temor frente a lo que puede venir. El Señor no nos asegura el bienestar, sino la plenitud de la filiación en una adhesión amorosa a sus proyectos de bien por nosotros. La paz la poseeremos cuando hayamos aprendido a fiarnos de lo que el Padre elige para nosotros.
v. 28. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Vuelve al discurso del amor. Si me amarais, os alegraríais. Pero ¿qué sentido tiene esta expresión en los labios del Maestro? Podríamos completar la frase y decir: Si me amaseis, os alegraríais que me vaya al Padre...pero como solamente pensáis en vosotros, estáis tristes porque me voy. El amor de los discípulos es amor egoísta. No aman a Jesús porque no piensan en Él, piensan en ellos. Entonces, el amor que Jesús nos pide es éste. Un amor capaz de alegrase porque el otro es feliz. Un amor capaz de no pensar en sí mismo como el centro del universo, sino como un lugar en el que oír se hace apertura a dar y poder recibir: no un intercambio, sino como “efecto” del don entregado.

v. 29. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Jesús instruye a los suyos porque sabe que quedarán confusos y serán lentos para comprender. Sus palabras no se disipan, quedan presentes en el mundo, como tesoros de comprensión para la fe. Un encuentro con el Absoluto que está desde siempre y para siempre en favor del hombre.
c) Reflexión:
Amor. Palabra mágica y antigua como el mundo, palabra familiar que nace en el horizonte de cada hombre en el momento en el que es llamado a la existencia. Palabra escrita en las fibras humanas como origen y como fin, como instrumento y paz, como pan y don, como uno mismo, como los otros, como Dios. Palabra confiada a la historia a través de nuestra historia diaria. Amor, un pacto que siempre tiene una sola denominación: hombre. Sí, porque el amor coincide con el hombre: amor es el aire que se respira, amor es el alimento que se nos da, el descanso de quien confía, amor es el vínculo que hace que la tierra sea un lugar de encuentro. El amor con el cual Dios contempló la creación y dijo: “Es una cosa muy buena”. Y no se ha vuelto atrás del compromiso, cuando el hombre hizo de sí mismo un rechazo, más que un don, un desprecio, más que una caricia, una piedra lanzada, más que una lagrima enjugada. Amó más con los ojos y el corazón del Hijo, hasta el final. Este hombre que se hizo llama ardiente del pecado, el Padre lo redimió, única y exclusivamente por amor, en el fuego del Espíritu.


4. ORATIO

Salmo 37,23-31
Yahvé da firmeza a los pasos del hombre,
se complace en su camino;
aunque caiga, no queda tirado,
pues Yahvé lo sostiene por la mano.
Fui joven, ya soy viejo,
nunca vi a un justo abandonado,
ni a sus hijos pidiendo pan.
A diario es compasivo y presta,
a sus hijos les aguarda la bendición.
Apártate del mal y obra el bien,
y siempre tendrás una morada;
porque Yahvé ama la justicia
y no abandona a sus amigos.
Los criminales son exterminados,
la descendencia del malvado cercenada;
los honrados poseerán la tierra,
habitarán en ella para siempre.
La boca del honrado susurra sabiduría,
su lengua habla con rectitud;
la ley de su Dios está en su corazón,
sus pasos nunca vacilan.


5. CONTEMPLATIO
Te veo, Señor, estar presente en medio de mis días a través de tu palabra que acompaña mis momentos más fuertes, cuando mi amor por ti se hace audaz y no me echo atrás frente a lo que siento que no me pertenece. Este Espíritu que es como el viento: sopla donde quiere y se oye su voz, el Espíritu que se ha hecho un espacio en mí, y ahora puedo decirte que es como un amigo querido con el cual poder hacer memoria. Ir hacia las palabras dichas, a los acontecimientos vividos, a la presencia percibida, recorriendo el camino, hace mucho bien al corazón. Me siento habitado más profundamente cada vez que en el silencio viene a la mente una frase tuya, una invitación tuya, una palabra de compasión, un silencio tuyo. Las noches de tu oración me permiten orar al Padre y encontrar paz. Señor, ternura celada en los repliegues de mis gestos, concédeme hacer acopio de todo lo que eres: un rollo desplegado en el cual se puede entender el sentido de mi vida. Que mis palabras sean morada de tus palabras, que mi hambre sea morada de ti, pan de vida, que mi dolor sea una tumba vacía y un sudario doblado, para que todo lo que quieras se cumpla, hasta mi último suspiro. Te amo, Señor, mi roca.

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sábado, 13 de abril de 2013

LECTIO: 3º DOMINGO DE PASCUA (C): El amor nos hace reconocer la presencia del Señor

Publicado por Los Carmelitas

Lectio: Domingo, 14 Abril, 2013
La invitación a la Eucaristía del Resucitado
Juan 21,1-19

1. Oración inicial

Envía, oh Padre, tu santo Espíritu, para que la noche infructuosa de nuestra vida se transforme en el alba radiante en la que reconocemos a tu Hijo Jesús presente en medio de nosotros. Aletee tu Espíritu sobre las aguas de nuestro mar, como en el principio de la creación y se abran nuestros corazones a la invitación de amor del Señor, para participar en el banquete preparado de su Cuerpo y de su Palabra. Arda en nosotros, oh Padre, tu Espíritu, para que nos convirtamos en testigos de Jesús como Pedro, como Juan, como los otros discípulos y vayamos también nosotros cada día a la pesca de tu reino. Amén.



2. La palabra que el Señor me regala hoy

Antes de nada me pongo en posición de escucha leyendo con atención y amor este pasaje de Juan. Sé que es un pasaje pascual, que es una Palabra rica de luz, de presencia, de gracia; sé que es el buen alimento preparado para mí. Trato de estar atento, en la lectura, desde este primer paso para no ceder nada, para no estar en la superficie. Leo atentamente, acercando mi corazón a los personajes, a las palabras que el evangelista usa; poniendo atención a las indicaciones de los lugares, de los tiempos. Soy como Lázaro, que quiere recoger toda migaja de la mesa del Señor.
a) Lectura del texto:
1 Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
4 Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?» Le contestaron: «No.» 6 Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. 7 El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor».Cuando Simón Pedro oyó «es el Señor», se puso el vestido -pues estaba desnudo- y se lanzó al mar. 8 Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
9 Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. 10 Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.» 11 Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Venid y comed.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. 13 Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. 14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
15 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» 16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» 17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. 18 «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» 19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»
b) Comentario del pasaje:
Siento la necesidad, ahora, después de este primer contacto con el pasaje, de entender mejor el contexto en el que está colocado. Tomo la Biblia en mis manos y no me dejo arrastrar de las primeras impresiones superficiales: quiero ponerme a buscar y a escuchar. Estoy en el capítulo 21 de Juan, prácticamente al final del Evangelio y todo final contiene en sí todo lo que le ha precedido, todo lo que poco a poco se ha formado. Esta pesca en el mar de Tiberíades me envía con fuerza y claridad al principio del Evangelio, donde Jesús llama a los primeros discípulos, los mismos que se hayan ahora presentes aquí: Pedro, Santiago y Juan, Natanael. La comida con Jesús, el almuerzo con el pan y los peces me lleva al capítulo 6, donde se describe la gran multiplicación de los panes, la revelación del Pan de Vida. El coloquio íntimo y personal de Jesús con Pedro, su triple pregunta: “¿Me amas?” me conduce de nuevo a la noche de la Pascua, donde Pedro había negado al Señor por tres veces.
Y después, si apenas miro un poco más hacia atrás en el Evangelio, encuentro las estupendas páginas de la resurrección: la carrera de la Magdalena y de las mujeres al sepulcro en la noche, el descubrimiento de la tumba vacía, la carrera de Pedro y Juan, el inclinarse los dos sobre el sepulcro, su contemplación, su fe: encuentro todavía a los once encerrados en el cenáculo y la aparición de Jesús resucitado, el don del Espíritu, la ausencia y la incredulidad de Tomás, recuperada después por otra nueva aparición; escucho la proclamación de aquella estupenda bienaventuranza, que es para todos nosotros hoy, llamados a creer, sin haber visto.
Y después de estas cosas llego yo también aquí, sobre las aguas de este mar, en una noche sin pesca, sin nada entre las manos. Pero precisamente aquí, precisamente en este punto soy alcanzado, soy envuelto por la manifestación, por la revelación del Señor. Estoy aquí, por tanto, para reconocerlo yo también, para arrojarme en el mar y alcanzarlo, para participar en su banquete, para dejar excavar dentro de sus preguntas, de sus palabras, para que, una vez más, Él pueda repetirme: “¡Sígueme!” y yo finalmente, le diga mi “¡Aquí estoy!”, más lleno, más verdadero, válido para siempre.
c) Subdivisión del pasaje:
Caigo de pronto en la cuenta que el pasaje está formado de dos grandes escenas, a cuál más bella, que encuentran su punto de división y también de unión en los vv. 14-15 donde el evangelista pasa del trato entre Jesús y los discípulos al encuentro íntimo de Jesús con Pedro. Es un recorrido fortísimo de acercamiento al Señor, que está preparado también para mí, que en este momento me acerco a esta Palabra. Para conseguir entrar mejor aún, intento pararme en las escenas y pasajes, aunque sen mínimos, que se me presentan.
v.1: Con doble repetición del verbo “manifestarse”, Juan atrae nuestra atención sobre un hecho que está por cumplirse. La potencia de la resurrección de Jesús no ha terminado todavía de invadir la vida de los discípulos y por tanto de la Iglesia; se necesita disponerse a acoger la luz, la presencia, la salvación que Cristo nos da. Y como se manifiesta ahora en este pasaje, así continuará siempre manifestándose en la vida de los creyentes. También en la nuestra.
vv. 2-3: Pedro y los otros seis discípulos salen del encierro del cenáculo y se lanzan fuera, hacia el mar para pescar, pero después de toda una noche de fatiga, no pescan nada. Es la obscuridad, la soledad, la incapacidad de las fuerzas humanas.
vv. 4-8: Finalmente despunta el alba, vuelve la luz y aparece Jesús erguido sobre la ribera del mar. Pero los discípulos no lo reconocen todavía: tienen necesidad de realizar un camino interior muy fuerte: La iniciativa es del Señor que, con sus palabras, les ayuda a tomar conciencia de su necesidad de su condición: no tienen nada para comer. Entonces les invita a tirar otra vez la red. La obediencia a su Palabra cumple el milagro y la pesca es superabundante. Juan, el discípulo del amor, reconoce al Señor y grita su fe a los otros discípulos. Pedro se adhiere inmediatamente y se arroja al mar para alcanzar lo más pronto a su Señor y Maestro. Los otros, a su vez, se acercan, arrastrando la barca y la red.
vv. 9-14: La escena se desenvuelve en tierra firme, donde Jesús está esperando a los discípulos. Aquí se realiza el banquete: el pan de Jesús está unido a los peces de los discípulos, su vida y su don se convierte en una sola cosa con la vida y el don de ellos. Es la fuerza de la Palabra que se hace carne, se convierte en existencia.
vv. 15-18: Ahora Jesús habla directamente al corazón de Pedro; es un momento de amor muy fuerte, del que no me puedo quedar fuera, porque precisamente esas palabras del Señor son escritas y repetidas también para mí, hoy. Una declaración recíproca de amor, confirmada por tres veces, capaz de superar todas las infidelidades, las debilidades, las cesiones. Desde ahora comienza una vida nueva, para Pedro y también para mí, si lo quiero.
v. 19: Este versículo, que cierra el pasaje, es algo particular, porque presenta un comentario del evangelista y de pronto deja resonar de nuevo la palabra de Jesús para Pedro, palabra fortísima y definitiva: “¡ Sígueme!”, a la cual no hay otra respuesta que la vida misma.


3. Un momento de silencio orante

Cuando llego a este punto, me paro y recojo en mi corazón todas las palabras que he leído y escuchado. Intento hacer como María, que tomaba entre sus manos las palabras de su Señor y las confrontaba, las sopesaba, las dejaba hablar por sí misma, sin interpretaciones, ni cambios, sin quitar o añadir nada. Hago silencio, descanso en este pasaje, recorriéndolo de nuevo con el corazón.


4. Algunas preguntas

Ahora es importante que yo me deje interpelar por esta palabra, que me deje excavar dentro, que me deje alcanzar. Necesito que mi vida sea tocada por los dedos del Señor, como si fuera un instrumento que Él quisiese tocar. No debo echarme para atrás, esconderme, hacer como que todo va bien, siguiendo sólo los bellos razonamientos de la cabeza. ; es el corazón el que debe ponerse desnudo; es el alma la que debe ser alcanzada en su punto más profundo, como dice la carta a los Hebreos (4, 12).
• “Salieron y entraron en la barca” (v.3). ¿Estoy dispuesto, yo también, a hacer este recorrido de conversión? ¿Me dejo despertar por esta invitación de Jesús? ¿O prefiero seguir escondido, detrás de mis puertas cerradas por el miedo, como estaban los discípulos en el cenáculo?¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús, a dejarme enviar por Él? Hay una barca siempre para mí, hay una vocación de amor que el Señor me ha dado. ¿Cuándo me decidiré a responder de verdad?
• “Y en aquella noche no pescaron nada” (ibi.) ¿Tengo el valor de dejarme decir por el Señor que en mí existe el vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos?¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Él, de su presencia?¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar, de negar? Él lo sabe todo, me conoce hasta el fondo; ve que no tengo nada que comer; pero soy yo el que debe darse cuenta, el que debo llegarme a Él con las manos vacía, ojalá llorando, con el corazón lleno de tristeza y angustia. Si no doy este paso no surgirá la verdadera luz, el alba de mi día nuevo.
• “Echad la red a la derecha” (v.6) El Señor me habla claramente; hay un momento en el que, gracias a una persona, a un encuentro de oración, a una Palabra escuchada, yo comprendo claramente lo que debo hacer. El mandato es clarísimo: se necesita sólo escuchar y obedecer. “Echa la red a la derecha”, me dice el Señor. ¿Tengo el valor de fiarme de Él, finalmente, o quiero continuar a hacer lo que me venga a la cabeza, a tomar mis medidas? Mi red ¿quiero echarla por Él?
• “Simón Pedro… se echó al mar” No sé si podré encontrar un versículo más bello que éste. Pedro se arrojó el mismo, como la viuda en el templo arrojó todo cuanto tenía para vivir, como el endemoniado curado (Mc 5,6), como Jairo, como la hemorroisa, como el leproso, que se arrojaron a los pies de Jesús, dejándole a Él sus vidas. O como Jesús mismo, que se arrojó a tierra y oraba a su Padre (Mc 14, 35). Ahora es mi momento. ¿Quiero yo también arrojarme en el mar de la misericordia, del amor del Padre, quiero entregarle a Él toda mi vida, mi persona, mis dolores, las esperanzas, los deseos, mis pecados, mis ganas de volver a empezar? Sus brazos están preparados para recogerme, más todavía, estoy seguro: será Él quien se arroje a mi cuello, como está escrito: “El padre lo vio de lejos, corrió a su encuentro y se arrojó al cuello y lo besó”
• Traed de los peces que habéis pescado ahora” (v.10) El Señor me pide unir su alimento al mío, su vida a la mía. Y como se trata de peces, significa que el evangelista está hablando de personas, aquellas a las que el mismo Señor quiere salvar, por mi pesca. Porque por esto Él me envía. Y a su mesa, a su fiesta, Él me espera, pero espera también a todos aquellos hermanos y hermanas que en su amor Él entrega a mi vida. No puedo ir a Jesús solo. Esta palabra, por tanto, me pide si estoy dispuesto a acercarme al Señor, a sentarme a su mesa, a hacer Eucaristía con Él y si estoy dispuesto a gastar mi vida, mis fuerzas, para llevar conmigo a muchos hermanos a Él. Debo mirar mi corazón con sinceridad y descubrir mis resistencias, mis obstáculos a Él y a los demás.
• “¿Me amas tú?” (v.15) ¿Cómo hago para responder a esta pregunta? ¿Quién tiene el valor de proclamar su amor por Dios? Mientras tanto salen a relucir todas mis infidelidades, mis negaciones; porque lo que le ha sucedido a Pedro forma parte de mi vida, de mi historia. Pero no quiero que este miedo me bloquee y me haga retroceder; ¡no! Yo quiero andar con Jesús, estar con Él, quiero acercarme y decirle que, sí, yo lo amo, lo quiero mucho. Tomo prestadas las palabras de Pedro y las hago mías, me las escribo en el corazón, las repito. Las rumio, las hago respirar y vivir en mi vida y después cobro ánimo y digo delante del rostro de Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Así como soy, yo lo amo. Gracias Señor, que me pides el amor, que me esperas, que me deseas; gracias porque tú gozas con mi pobre amor.
• “Apacientas mis ovejas…Sígueme” (vv. 15.19) Bueno, el pasaje acaba así y permanece abierto, continúa hablándome. Esta es la Palabra que el Señor me entrega, para que yo la realice en mi vida, de hoy en adelante. Quiero aceptar la misión que el Señor me confía; quiero responder a su llamada y quiero seguirlo, a donde Él me lleve. Cada día, en las cosas pequeñas.


5. Una clave de lectura

El encuentro con esta Palabra de Jesús ha tocado profundamente mi corazón, mi vida y siento que no existe sólo la historia de Pedro, de Juan y de los otros discípulos, sino que existe también la mía. Quisiera que lo que se ha escrito de ellos se realizase también en mí. En particular me atrae la experiencia de Pedro, de su camino de conversión tan fuerte: comienza con la caída, con la negación y llega al sí más pleno, más luminoso al Señor Jesús. Quiero que esto suceda también en mí. Pruebo, ahora, a recorrer este pasaje estupendo, estando atento en especial al camino de Pedro, a sus movimientos, a sus reacciones. Es como un bautismo de amor.
Pedro es el primero que toma la iniciativa y anuncia a sus hermanos su decisión de salir a pescar. Pedro va hacia el mar, que es el mundo, va hacia los hermanos, porque sabe que ha sido constituido pescador de hombres (Lc 5,10) igual que Jesús, que había salido del Padre para venir a plantar su tienda en medio de nosotros. Y también Pedro es el primero en reaccionar al anuncio de Juan que reconoce a Jesús presente en la orilla: se pone el vestido y se arroja al mar. Me parecen alusiones fuertes al bautismo, como si Pedro quisiese definitivamente borrar su pasado en aquellas aguas, como hace un catecúmeno que entra en la fuente bautismal. Pedro se entrega a esta agua purificadoras, se deja curar: se arroja en ellas, llevando consigo sus presunciones, sus culpas, el peso de la negación, el llanto. Para salir hombre nuevo al encuentro de su Señor. Antes de arrojarse, Pedro se ciñe el vestido, así como Jesús antes que él se había ceñido para lavar los pies de los discípulos en la última cena. Es el vestido del siervo, del que se entrega a los hermanos y precisamente este vestido cubre su desnudez. Es el vestido mismo del Señor, que lo envuelve en su amor y su perdón. Gracias a este amor Pedro podrá salir del mar, podrá resurgir, comenzar de nuevo. También se ha dicho de Jesús que salió del agua después de su bautismo: el mismo verbo, la misma experiencia unen al Maestro y al discípulo. ¡Pedro es ya un hombre nuevo! Por esto podrá afirmar por tres veces que ama al Señor. Aunque permanezca abierta en él la herida de su triple negación, ésta no es la última palabra: sino que es precisamente aquí donde Pedro conoce el perdón del Señor y conoce su debilidad, que se le descubre como el lugar de un amor más grande. Pedro recibe amor, un amor que va bien más allá de su traición, de su caída: un amor que lo hace capaz de servir a los hermanos, de llevarlos a pastar a las praderas jugosas del Señor. Pedro se convertirá además de otras cosas en el Pastor bueno, como el mismo Jesús: también, en efecto, dará la vida por el rebaño, extenderá las manos a la crucifixión, como afirman las fuentes históricas. Crucificado con la cabeza hacia abajo, Pedro estará totalmente en esta posición, pero en el misterio de amor él se enderezará verdaderamente y llevará a cumplimiento aquel bautismo iniciado en el momento en el que se había arrojado al mar con el vestido. Se convierte entonces en un cordero que sigue al Pastor hasta la muerte.


6. Un momento de oración

Concluyo esta experiencia con la Palabra del Señor por medio de la oración de un salmo, que me ayude a hacer memoria de cuanto he escuchado y rumiado y que me acompañe, mientras vuelvo a mis ocupaciones diarias, para continuar amando.
Salmo 23
Mi alma tiene sed de Ti, Señor.
Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.


7. Oración final

Gracias, ¡oh Padre! por haberme acompañado más allá de la noche, hacia el nuevo alba donde me ha salido al encuentro tu Hijo Jesús. Gracias por haber abierto mi corazón a la acogida de la Palabra y haber realizado el prodigio de una pesca sobreabundante en mi vida. Gracias por el bautismo en las aguas de la misericordia y del amor, por el banquete a la orilla del mar. Gracias por mis hermanos y hermanas que se sientan siempre conmigo a la mesa del Señor Jesús, ofrecido por nosotros. Y gracias porque no te cansas de acercarte a nuestra vida y de poner a seguro nuestro corazón, Tú que sólo lo puedes curar verdaderamente. Gracias, finalmente, por la llamada que también hoy me has dirigido, diciéndome: “¡Tú, sígueme!” ¡Oh, Infinito Amor, yo quiero ir contigo, llevarte a mis hermanos!

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sábado, 30 de marzo de 2013

LECTIO: PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR: Ver en la noche y creer por el amor

Publicado por Los Carmelitas
Lectio: Domingo, 31 Marzo, 2013
Juan 20, 1-9

1. Pidamos el Espíritu Santo
¡Señor Jesucristo, hoy tu luz resplandece en nosotros, fuente de vida y de gozo! Danos tu Espíritu de amor y de verdad para que, como María Magdalena, Pedro y Juan, sepamos también nosotros descubrir e interpretar a la luz de la Palabra los signos de tu vida divina presente en nuestro mundo y acogerlos con fe para vivir siempre en el gozo de tu presencia junto a nosotros, aun cuando todo parezca rodeado de las tinieblas de la tristeza y del mal.



2. El Evangelio
a) Una clave de lectura:
Para el evangelista Juan, la resurrección de Jesús es el momento decisivo del proceso de su glorificación, con un nexo indisoluble con la primera fase de tal glorificación, a saber, con la pasión y muerte.
El acontecimiento de la resurrección no se describe con las formas espectaculares y apocalípticas de los evangelios sinópticos: para Juan la vida del Resucitado es una realidad que se impone sin ruido y se realiza en silencio, en la potencia discreta e irresistible del Espíritu.
El hecho de la fe de los discípulos se anuncia "cuando todavía estaba oscuro" y se inicia mediante la visión de los signos materiales que los remiten a la Palabra de Dios.
Jesús es el gran protagonista de la narración, pero no aparece ya como persona.
b) El texto:
1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.
2 Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»
3 Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. 4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5 Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró.
6 Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, 7 y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte.
8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, 9 pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
c) Subdivisión del texto, para su mejor comprensión:
vers. 1: la introducción, un hecho previo que delinea la situación;
vers. 2: la reacción de María y el primer anuncio del hecho apenas descubierto;
vers. 3-5: la reacción inmediata de los discípulos y la relación que transcurre entre ellos;
vers. 6-7: constatación del hecho anunciado por María;
vers. 8-9: la fe del otro discípulo y su relación con la Sagrada Escritura.


3. Un espacio de silencio interno y externo
para abrir el corazón y dar lugar dentro de mí a la Palabra de Dios:
- Vuelvo a leer lentamente todo el pasaje;
- También estoy yo en el jardín: el sepulcro vacío está delante de mis ojos;
- Dejo que resuene en mi las palabras de María Magdalena;
- Corro yo también con ella, Pedro y el otro discípulo;
- Me dejo sumergir en el estupor gozoso de la fe en Jesús resucitado, aunque, como ellos, no lo veo con mis ojos de carne.


4. La Palabra que se nos da
* El capítulo 20 de Juan: es un texto bastante fragmentado, en el que resulta evidente que el redactor ha intervenido muchas veces para poner de relieve algunos temas y para unir los varios textos recibidos de las fuentes precedentes, al menos tres relatos.
* En el día después del sábado: es "el primer día de la semana" y hereda en el ámbito sagrado la gran sacralidad del sábado hebraico. Para los cristianos es el primer día de la nueva semana, el inicio de un tiempo nuevo, el día memorial de la resurrección, llamado "día del Señor" (dies Domini, dominica, domingo).
El evangelista adopta aquí y en el vers. 19, una expresión que ya es tradicional para los Cristianos (ejem: Mc 16, 2 y 9; Act. 20, 7) y es más antigua de la que aparece enseguida como característica de la primera evangelización: " el tercer día" (ejem. Lc 24, 7 y 46; Act 10, 40; 1Cor 15,4).
* María Magdalena: es la misma mujer que estuvo presente a los pies de la cruz con otras (19, 25). Aquí parece que estuviera sola, pero la frase del vers. 2 ("no sabemos") revela que la narración original, sobre la que el evangelista ha trabajado, contaba con más mujeres, igual que los otros evangelios (cfr Mc 16, 1-3; Mt 28, 1; Lc 23, 55-24, 1).
De manera diversa con respecto a los sinópticos (cfr Mc 16,1; Lc 24,1), además, no se especifica el motivo de su visita al sepulcro, puesto que ha sido referido que las operaciones de la sepultura estaban ya completadas (19,40); quizás, la única cosa que falta es el lamento fúnebre (cfr Mc 5, 38). Sea como sea, el cuarto evangelista reduce al mínimo la narración del descubrimiento del sepulcro vacío, para enfocar la atención de sus lectores al resto.
* De madrugada cuando estaba todavía oscuro: Marcos (16, 2) habla de modo diverso, pero de ambos se deduce que se trata de las primerísimas horas de la mañana, cuando la luz todavía es tenue y pálida. Quizás Juan subraya la falta de luz para poner de relieve el contraste simbólico entre tinieblas = falta de de fe y luz = acogida del evangelio de la resurrección.
* Ve la piedra quitada del sepulcro: la palabra griega es genérica: la piedra estaba "quitada" o " removida" (diversamente: Mc 16, 3-4).
El verbo "quitar" nos remite a Jn 1,29: el Bautista señala a Jesús como el "Cordero que quita el pecado del mundo". ¿Quiere quizás el evangelista llamar la atención de que esta piedra "quitada", arrojada lejos del sepulcro, es el signo material de que la muerte y el pecado han sido "quitados" de la resurrección de Jesús?
* Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo: La Magdalena corre a ellos que comparten con ella el amor por Jesús y el sufrimiento por su muerte atroz, aumentada ahora con este descubrimiento. Se llega a ellos, quizás porque eran los únicos que no habían huido con los otros y estaban en contacto entre ellos (cfr 19, 15 y 26-27). Quiere al menos compartir con ellos el último dolor por el ultraje hecho al cadáver.
Notamos como Pedro, el "discípulo amado" y la Magdalena se caracterizan por su amor especial que los une a Jesús: es precisamente el amor, especialmente si es renovado, el que los vuelve capaces de intuir la presencia de la persona amada.
* El otro discípulo a quien Jesús quería: es un personaje que aparece sólo en este evangelio y sólo a partir del capítulo 13, cuando muestra una gran intimidad con Jesús y también un gran acuerdo con Pedro (13, 23-25). Aparece en todos los momentos decisivos de la pasión y de la resurrección de Jesús, pero permanece anónimo y sobre su identidad se han dado hipótesis bastantes diferentes. Probablemente se trata del discípulo anónimo del Bautista que sigue a Jesús junto con Andrés (1, 23-25). Puesto que el cuarto evangelio no habla nunca del apóstol Juan y considerando que este evangelio a menudo narra cosas particulares propias de un testigo ocular, el "discípulo" ha sido identificado con el apóstol Juan. El cuarto evangelio siempre se le ha atribuido a Juan, aunque él no lo haya compuesto materialmente, si bien es en el origen de la tradición particular al que se remonta este evangelio y otros escritos atribuidos a Juan. Esto explica también como él sea un personaje un tanto idealizado.
A quien Jesús quería: es evidentemente un añadido debido, no al apóstol, que no hubiera osado presumir de tanta confianza con el Señor, sino de sus discípulos, que han escrito materialmente el evangelio y han acuñado esta expresión reflexionando sobre el evidente amor privilegiado que concurre entre Jesús y este discípulo (cfr 13,25; 21, 4.7). Allí donde se usa la expresión más sencilla, "el otro discípulo" o "el discípulo", es que ha faltado, por tanto, el añadido de los redactores.
* Se han llevado del sepulcro al Señor: estas palabras, que se repiten también a continuación: vers. 13 y 15, revelan que María teme uno de los robos de cadáveres que sucedían a menudo en la época, de tal manera que obligó al emperador romano a dictar severos decretos para acabar con el fenómeno. A esta posibilidad recurre, en Mateo (28, 11-15), los jefes de los sacerdotes para difundir el descrédito sobre el acontecimiento de la resurrección de Jesús y ocasionalmente, justificar la falta de intervención de los soldados puestos de guardias en el sepulcro.
* El Señor: el título de "Señor" implica el reconocimiento de la divinidad y evoca la omnipotencia divina. Por esto, era utilizado por los Cristianos con referencia a Jesús Resucitado. El cuarto evangelista, de hecho, lo reserva sólo para sus relatos pascuales (también en 20-13).
No sabemos dónde lo han puesto: la frase recuerda cuanto sucedió a Moisés, cuyo lugar de sepultura era desconocido (Dt 34, 10). Otra probable referencia es a las mismas palabras de Jesús sobre la imposibilidad de conocer el lugar donde hubiera sido llevado.(7, 11.22; 8,14.28.42; 13, 33; 14, 1-5; 16,5).
* Corrían los dos juntos…pero el otro…llegó primero…pero no entró: La carrera revela el ansia que viven estos discípulos.
El pararse del "otro discípulo", es mucho más que un gesto de cortesía o de respeto hacia un anciano: es el reconocimiento tácito y pacífico, en su sencillez, de la preeminencia de Pedro dentro del grupo apostólico, aunque esta preeminencia no se subraye. Es, por tanto, un signo de comunión. Este gesto podría también ser un artificio literario para trasladar el acontecimiento de la fe en la resurrección al momento sucesivo y culminante de la narración.
* Los lienzos en el suelo y el sudario…plegado en un lugar aparte: ya el otro discípulo, sin siquiera entrar, había visto algo. Pedro, pasando la entrada del sepulcro, descubre la prueba de que no había habido ningún robo del cadáver: ¡ningún ladrón hubiera perdido el tiempo en desvendar el cadáver, extender ordenadamente los lienzos y las fajas (por tierra pudiera haber sido traducido mejor por "extendidas" o "colocadas en el suelo") y plegar aparte el sudario! La operación se hubiera complicado por el hecho de que los óleos con los que había sido ungido aquel cuerpo (especialmente la mirra) operaban como un pegamento, haciendo que se adhiriera perfecta y seguramente el lienzo al cuerpo, casi como sucedía con las momias. El sudario, además está plegado; la palabra griega puede decir también "enrollado", o más bien indicar que aquel paño de tejido ligero había conservado en gran parte las formas del rostro sobre el cual había estado puesto, casi como una máscara mortuoria. Las vendas son las mismas citadas en Jn 19, 40.
En el sepulcro, todo resulta en orden, aunque falta el cuerpo de Jesús y Pedro consigue ver bien en el interior, porque el día está clareando.
A diferencia de Lázaro (11,44), por tanto, Cristo ha resucitado abandonando todo los arreos funerarios: los comentadores antiguos hacen notar que, de hecho, Lázaro guardaría sus vendas para la definitiva sepultura, mientras que Cristo no tenía ya más necesidad de ellas, no debiendo ya jamás morir (cfr Rm 6,9).
* Pedro…vio…el otro discípulo…vio y creyó: también María, al comienzo de la narración, había "visto". Aunque la versión española traduzca todo con el mismo verbo, el texto original usa tres diversos (theorein para Pedro; blepein para el otro discípulo y la Magdalena; idein, aquí, para el otro discípulo), dejándonos entender un crecimiento de profundidad espiritual de este "ver" que , de hecho, culmina con la fe del otro discípulo.
El discípulo anónimo, ciertamente, no ha visto nada diverso de lo que ya había visto Pedro: quizás, él interpreta lo que ve de manera diversa de los otros, también por la especial sintonía de amor que había tenido con Jesús (la experiencia de Tomás es emblemática: 29, 24-29). Sin embargo, como se indica por el tiempo del verbo griego, su fe es todavía una fe inicial, tanto que él no encuentra el modo de compartirla con María o Pedro o cualquiera de los otros.
Para el cuarto evangelista, sin embargo, el binomio "ver y creer" es muy significativo y está referido exclusivamente a la fe en la resurrección del Señor (cfr 20, 29), porque era imposible creer verdaderamente antes que el Señor hubiese muerto y resucitado (cfr 14, 25-26; 16, 12-15). El binomio visión – fe, por tanto, caracteriza a todo este capítulo y " el discípulo amado" se presenta como un modelo de fe que consigue comprender la verdad de Dios a través de los acontecimientos materiales (cfr también 21, 7).
* No habían comprendido todavía la Escritura: se refiere evidentemente a todos los otros discípulos. También para aquéllos que habían vivido junto a Jesús, por tanto, ha sido difícil creer en Él y para ellos, como para nosotros, la única puerta que nos permite pasar el dintel de la fe auténtica es el conocimiento de la Escritura (cfr. Lc 24, 26-27; 1Cor 15, 34; Act 2, 27-31) a la luz de los hechos de la resurrección.


5. Algunas preguntas para orientar la reflexión y la actuación
a) ¿Qué quiere decir concretamente, para nosotros, "creer en Jesús Resucitado"? ¿Qué dificultades encontramos? ¿La resurrección es sólo propia de Jesús o es verdaderamente el fundamento de nuestra fe?
b) La relación que vemos entre Pedro, el otro discípulo y María Magdalena es evidentemente de gran comunión en torno a Jesús. ¿En qué personas, realidades, instituciones encontramos hoy la misma alianza de amor y la misma "común unión" fundada en Jesús? ¿Dónde conseguimos leer los signos concretos del gran amor por el Señor y por los "suyos" que mueve a todos los discípulos?
c) Cuando observamos nuestra vida y la realidad que nos circunda de cerca o de lejos ¿tenemos la mirada de Pedro (ve los hechos, pero permanece firme en ellos: a la muerte y a la sepultura de Jesús), o más bien, la del otro discípulo (ve los hechos y descubre en ellos los signos de una vida nueva)?


6. Oremos invocando gracia y alabando a Dios
con un himno extraído de la carta de Pablo a los Efesios (paráfrasis 1, 17-23)
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria,
os conceda espíritu de sabiduría y de revelación
para conocerle perfectamente;
iluminando los ojos de vuestro corazón
para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él;
cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos,
y cuál la soberana grandeza de su poder
para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa,
que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos
y sentándole a su diestra en los cielos,
por encima de todo principado, potestad,
virtud, dominación
y de todo cuanto tiene nombre
no sólo en este mundo sino también en el venidero.
Sometió todo bajo sus pies
y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia,
que es su cuerpo,
la plenitud del que lo llena todo en todo.


7. Oración final
El contexto litúrgico no es indiferente para orar este evangelio y el acontecimiento de la resurrección de Jesús, en torno al cual gira nuestra fe y vida cristiana. La secuencia que caracteriza la liturgia eucarística de este día y de la semana que sigue (la octava) nos guía en la alabanza al Padre y al Señor Jesús:
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es Vida,
triunfante se levanta.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
- A mi Señor glorioso
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa

Nuestra oración puede también concluirse con esta vibrante invocación de un poeta contemporáneo, Marco Guzzi:

¡Amor, Amor, Amor!
Quiero sentir, vivir y expresar todo este Amor
que es empeño gozoso en el mundo
y contacto feliz con los otros.
Sólo tú me libras, sólo tu me sueltas.
Y los hielos descienden para regar
el valle más verde de la creación.

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viernes, 22 de marzo de 2013

LECTIO: DOMINGO DE RAMOS (C) - La muerte de Jesús: cuando el amor llega hasta el extremo.

Publicado por Los Carmelitas

Lectio: Domingo, 24 Marzo, 2013
Lucas 22,14 - 23,56

1. Oración inicial

Espíritu Santo,
derramado sobre el mundo por el ser divino que va a morir,
condúcenos a contemplar
y a comprender la vía dolorosa
de nuestro Salvador
y el amor con que la ha recorrido.
Concédenos ojos y corazones de verdaderos creyentes,
para que se nos revele
el misterio glorioso de su cruz.
«Gracias a la cruz no andaremos ya errantes por el desierto,
porque conocemos el camino verdadero;
no nos quedaremos ya fuera de la casa de nuestro Dios, de nuestro rey,
porque hemos encontrado la puerta;
no temeremos ya las flechas encendidas del demonio,
porque habremos descubierto una fuente de agua.
Por medio de Él, no estaremos ya solos,
porque habremos encontrado al esposo;
no tendremos ya miedo del lobo,
porque habremos encontrado al buen pastor.
Gracias a la cruz no nos asustará ya la iniquidad de los poderosos,
porque estaremos sentados a la mesa del rey» (Cf. S. Juan Crisóstomo).



2. Lectura
a) Clave para la lectura:
Contexto litúrgico: la antigua tradición de proclamar el Evangelio de la Pasión y Muerte de Jesucristo el domingo anterior a la Pascua se remonta a la época en la cual las celebraciones de la Semana Santa estaban reducidas al mínimo. La finalidad de tal lectura es la de llevar a los oyentes a la contemplación del misterio de muerte que prepara la Resurrección del Señor y que es, por lo tanto, la condición por la cual el creyente ha entrado en la “vida nueva” en Cristo. El uso de hacer esta larga lectura entre varios lectores sirve, no solamente para hacer menos monótona la proclamación o para facilitar una escucha atenta, sino para hacer que la participación de los oyentes sea más emotiva, como si se quisiera transmitir la sensación que ellos están presentes y son agentes de lo que se narra.
Las dos lecturas que preceden al Evangelio de este domingo, contribuyen para dar una perspectiva interpretativa del texto: el Siervo de Yahvé es Jesús, el Cristo, Persona divina que, a través de la muerte ignominiosa que padece, llega a la gloria de Dios Padre y comunica su propia vida a los hombres que le escuchan y lo acogen.
Contexto evangélico: sabemos ya que el núcleo literario, en torno al cual se formaron los Evangelios, es el de la narración de la Pascua del Señor: Pasión, Muerte y Resurrección. Estamos, pues, frente a un texto bastante antiguo y unitario en su composición literaria, aunque se haya formado gradualmente. Su importancia es, de todos modos, capital: se narra el acontecimiento fundamental de la fe cristiana, aquél con el que cada creyente debe confrontarse y conformarse constantemente (aún cuando el texto que se ofrece en este domingo acaba en la sepultura de Jesús).
Lucas, como siempre, se nos revela narrador eficaz y detallado, atento a las detalles particulares y capaz de hacer ver al lector los sentimientos y movimientos interiores de sus personajes principales, sobre todo, de Jesús. El dolor terrible e injusto que padece se nos muestra a través del filtro de su actitud inalterable de misericordia hacia todos los hombres, aunque estos sean sus perseguidores y asesinos; algunos de ellos quedan tocados e impresionados por este modo suyo de afrontar el sufrimiento y la muerte, de tal manera que dan signos de creer en Él: el tormento de la Pasión viene suavizado con la potencia del amor divino de Jesús.
En el contexto del tercer Evangelio, Jesús va solamente una vez a la Ciudad Santa: la vez decisiva para la historia humana del Cristo y para la historia de la salvación. Toda la narración evangélica lucana es como una larga preparación para los acontecimientos de aquellos últimos días, Jesús los pasa en Jerusalén predicando y haciendo gestos, a veces de tono grandioso (por ej.: la expulsión de los mercaderes del Templo, 19,45-48), otras veces, misteriosos o un poco provocadores (por ej.: la respuesta acerca del tributo debido al César, 20,19-26). No por casualidad, el evangelista concentra en estos últimos días acontecimientos y palabras que los otros sinópticos ponen en otras fases de la vida pública del Señor. Todo esto se desarrolla mientras el complot de los jefes del Pueblo se intensifica y se hace cada vez más concreto, hasta que a Judas se le ofrece una ocasión propicia e inesperada (22,2-6).
El tercer evangelista, para indicar esta última y definitiva etapa de la vida del Señor, utiliza varios términos en el curso de su obra: es una “partida” o un “éxodo” (9,31), es una “asunción” (9,51) y es un “cumplimiento” (13,32). Así pues, Lucas da a entender a sus lectores, anticipadamente, cómo interpretar la terrible y escandalosa muerte del Cristo al cual han confiado su propia vida: Él realiza un paso doloroso y difícil de entender, pero “necesario” en la economía de la salvación (9,22; 13,33; 17,35; 22,37) para llevar a buen éxito (“cumplimiento”) su itinerario hacia la gloria (Cf. 24,26; 17,25). Tal itinerario de Jesús es paradigma de áquel que cada discípulo suyo debe llevar a cabo (Hch 14,22).
b) Una división del texto para ayudar a la lectura:
La narración de la última cena: desde 22,7 a 22,38;
La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní: desde 22,39 a 22,46;
El arresto y el proceso hebraico: desde 22,47 a 22,71
El proceso civil delante de Pilato y Herodes: desde 23,1 a 23,25
La condena, la crucifixión y la muerte: desde 23,26 a 23,49
Los acontecimientos sucesivos a la muerte: desde 23,50 hasta 23,56.
c) El texto:
La cena pascual

14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles 15 y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; 16 porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.»
17 Tomó luego una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; 18 porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»
19 Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 20 De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros.
21 «Mirad, la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. 22 Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» 23 Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello.
24 Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. 25 Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; 26 pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. 27 Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
28 «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; 29 yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, 30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
31 «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; 32 pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» 33 Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.» 34 Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces.»
35 Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» 36 Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo alforja, y el que no tenga, que venda su manto y se compre una espada.37 Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: Ha sido contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí toca a su fin.» 38 Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» Él les dijo: «Basta.»
En el monte de los Olivos

39 Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos; los discípulos le siguieron. 40 Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación.»
41 Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba 42 diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» 43 Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. 44 Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.
45 Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; 46 y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.»
Prendimiento de Jesús

47 Estaba todavía hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. 48 Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» 49 Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» 50 Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. 51 Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó.
52 Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? 53 Estaba yo todos los días en el Templo con vosotros y no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»
54 Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. 55 Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.56 Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Éste también estaba con él.» 57 Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!» 58 Poco después le vio otro y dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!» 59 Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es Galileo.» 60 Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel mismo momento, cuando aún estaba hablando, cantó un gallo. 61 El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» 62 y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.
63 Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban. 64 Y, cubriéndole con un velo, le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» 65 Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.
66 En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín 67 y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» Él respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. 68 Si os pregunto, no me responderéis. 69 De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» 70 Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» 71 Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»
Jesús ante Pilato

1 Se levantaron todos ellos y le llevaron ante Pilato. 2 Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey.» 3 Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.» 4 Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «Ningún delito encuentro en este hombre.» 5 Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí.» 6 Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era Galileo. 7 Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.
8 Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba que hiciera algún signo en su presencia. 9 Le hizo numerosas preguntas, pero él no respondió nada. 10 Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. 11 Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.12 Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.
13 Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo 14 y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis. 15 Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. 16 Así que le daré un escarmiento y le soltaré.» [17] 18 Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» 19 Éste había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato.
20 Pilato les habló de nuevo, con la intención de librar a Jesús, 21 pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!» 22 Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le daré un escarmiento y le soltaré.» 23 Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y arreciaban en sus gritos.
24 Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. 25 Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo.
Camino del Calvario

26 Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27 Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él.28 Jesús se volvió a ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. 29 Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! 30 Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Sepultadnos! 31 Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» 32 Llevaban además a otros dos malhechores para ejecutarlos con él.
33 Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando suertes.
35 Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» 36 También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37 y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!» 38 Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos.»
39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43 Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
44 Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. 45 El velo del Santuario se rasgó por medio 46 y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró.
Después de la muerte de Jesús

47 Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» 48 Y toda la muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho.
49 Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo estas cosas.
50 Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, 51 que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. 52 Se presentó a Pilato, le pidió el cuerpo de Jesús 53 y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. 54 Era el día de la Preparación y apuntaba el sábado.
55 Las mujeres que habían venido con él desde Galilea fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo.
56 Luego regresaron y prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.


3. Momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios entre en nosotros e ilumine nuestra vida.


4. Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) Al final de esta larga lectura, ¿qué sensación prevalece en mí: descanso como fin de la fatiga, admiración por Jesús, dolor por su dolor, alegría por la salvación obtenida, o qué otra cosa?
b) Vuelvo a leer el texto, poniendo atención en cómo han actuado los distintos “poderosos”: sacerdotes, escribas y fariseos, Pilato, Herodes. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera podido pensar, actuar, hablar y decidir yo en su lugar?
c) Leo otra vez la Pasión: pongo atención, esta vez, en cómo han actuado los “pequeños”: discípulos, gente, los particulares, mujeres, soldados y otros. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera actuado, pensado y hablado yo en su lugar?
d) Finalmente, repaso mi modo de actuar en la vida diaria. ¿A cuál de los personajes, principales o secundarios, logro asemejarme? ¿A cuál, sin embargo, desearía asemejarme más?


5. Una clave para la lectura
para los que deseen profundizar en el tema.
Deteniéndome en algunos puntos-claves:
22,14: Cuando llegó la hora se sentó a la mesa y sus discípulos con Él: no obstante que escriba para una comunidad de cristianos provenientes, en su mayoría, del paganismo, Lucas subraya que la última cena de Jesús está encuadrada dentro de los ritos del Pesah hebraico. Poco antes ha descrito los preparativos (vv. 7-13).
22,15: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer : es una llamada a 12,50: “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (cfr. también Jn 12,32). Lucas nos ofrece un rayo de luz sobre la dimensión interior de Jesús, mientras se dispone a padecer y morir: lo que le empuja es, como siempre para Él, la opción radical de aceptar la voluntad del Padre (Cf. 2,49), pero se vislumbra, incluso, en estas palabras un deseo humanísimo de fraternidad, de compartir y de amistad.
22,17: Tomó luego una copa, dio gracias: no estamos todavía en el cáliz eucarístico propiamente dicho, sino en la primera de las cuatro copas de vino que se tomaban en el transcurso de la cena pascual.
22,18: A partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios: segunda indicación expresa a la muerte que ya está próxima. Se vuelven a tomar los anuncios de la Pasión (9,22.44; 12,50; 18,31-32) y, como aquellos, hacen una llamada implícitamente a la resurrección. El tono, de todos modos, dada la seriedad del momento, contiene los acentos de esperanza y de espera escatológica, con la certeza de que el Padre no lo abandonará a la muerte. Jesús es consciente de lo que tiene que afrontar, pero se nos muestra profundamente sereno, interiormente libre, seguro del propio destino y de los últimos resultados de cuanto está para sucederle.
22,19-20: la narración de la institución de la Eucaristía contiene muchas afinidades con la narración de Pablo (1Cor 11,23-25) y tiene un carácter muy marcado sacrificial: Jesús está en un estado de oblación y no ofrece cosas, sino a sí mismo, en beneficio del que crea en Él.
22,21: La mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa : Jesús admite a comer y, a la comunión con Él, a Judas, aún cuando es consciente de que este discípulo está para traicionarlo definitivamente. El contraste es estridente y querido por el evangelista, como otras veces en el curso de esta narración.
22,28: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas : al contrario que Judas, los otros discípulos “han perseverado con Jesús en las pruebas”, porque han permanecido junto a Él, al menos hasta este momento. El Señor, pues, reconoce que han alcanzado un alto grado de comunión con Él, de tal modo, que merecen un honor especial en la gloria del Padre (v. 29).
Es, pues, Jesús el que establece un paralelo estrecho entre la comunión constante de sus discípulos (los de entonces como los de hoy) con su sufrimiento y la comunión final eterna de su gloria (“comer y beber”, v. 30).
22,31-37: ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca: este pequeño trozo parece tomado de otro contexto. La indicación de Jesús a Satanás y a su acción en sus discípulos, evoca todo lo que el evangelista había ya señalado sobre las causas de la traición de Judas (22,3) y hace un paralelo con la perspectiva lucana de la Pasión como de un último asalto de Satanás en relación a Jesús (Cf. 4,13; 22,53).
Pedro es defendido de las insidias del tentador por la oración del mismo Jesús y por el hecho de haber elegido ser discípulo del Señor, porque tiene una misión especial en relación con sus hermanos en la fe (v. 32b). Jesús se adelanta a ponerlo en guardia: a él, como a los otros discípulos, la Pasión de Jesús será una dura lucha contra Satanás y a tantas emboscadas que, bajo distintas formas, tiende a los discípulos que estarán con Jesús en las distintas etapas de su Pasión (vv. 35-36) a causa de la terrible prueba a la que Él se verá sometido (v. 37); en estas última palabras se cita expresamente el texto de Isaías sobre el “Siervo doliente” (Is 53,12), con el cual es identificado abiertamente Jesús.
22,33-34: Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte. Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces»: Pedro es un hombre de carácter generoso, un poco impetuoso, como demuestra su declaración, que hace que Jesús le declare la previsión de su negación.
Como en los versículos 24-27 los jefes de la comunidad eran colocados frente a la propia responsabilidad de “siervos” de la fe de los hermanos que les eran confiados, ahora se les pide el deber de la prudencia y de la vigilancia sobre ellos mismos, sobre su propia debilidad.
22,39-46: la narración de la agonía-espiritual en Getsemaní sigue muy de cerca la de Marcos (14,32-42), menos en algunas particularidades, especialmente en lo referente a la teofanía consoladora mediante la presencia del ángel del cielo (v. 43).
Jesús intensifica su propia oración, mientras se acerca el momento más difícil e insidioso de la propia vida.
Getsemaní, como señala Lucas, era el lugar “acostumbrado” (v. 37) en el que pernoctaba Jesús en Jerusalén (21,37).
22,47-53: con el arresto, comienza la verdadera y propia Pasión de Jesús. Esta narración del pasaje presenta los acontecimientos siguientes como “la hora de las tinieblas” (v. 53) y muestra a Jesús como áquel que vence y vencerá sobre la violencia mediante la paciencia y la capacidad de amar, incluso, a sus perseguidores (v. 51); resaltan, sin embargo, las palabras tristes, pero amorosas, que Jesús dirige a Judas: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» (v. 48).
22,54-71: El proceso judío no tiene ninguna evolución durante el curso de la noche. Del Jesús prisionero no se refiere nada hasta la mañana. Esta ausencia de noticias acerca de lo que sucede a Jesús después del arresto hasta el comienzo del proceso es típico de Lucas.
22,60-62: Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel mismo momento, cuando aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente: el cruce de miradas, ocurrido en la agitación de aquella noche interminable, señala la toma de conciencia de Pedro: a pesar de las jactanciosas declaraciones de fidelidad, se realizó lo que Jesús le dijo poco antes. En aquella mirada Pedro experimenta en primera persona la misericordia del Señor de la cuál había oído hablar a Jesús: no esconde la realidad del propio pecado, sino la cura trayendo al hombre a la conciencia plena de la propia realidad y del amor personal de Dios por él.
22,70-71: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»: el proceso judío comienza propiamente con las primeras luces del día (v. 66) y se centra en la búsqueda de pruebas (las verdaderas, en Lucas, pero cfr. Mc 14,55-59) en base a las cuales condenar a muerte a Jesús. Según Lucas, pues, los jefes judíos no recurren a falsos testimonios, sino – aún en su aversión feroz contra Jesús – se portaron con una cierta corrección jurídica hacia Él.
Jesús, respondiendo afirmativamente a la pregunta “¿eres tú el Hijo de Dios?”, se muestra plenamente consciente de su propia dignidad divina. En virtud de la misma, su sufrimiento, su muerte y su resurrección, son testimonios elocuentes del Padre y de su voluntad benéfica hacia la humanidad. De este modo, sin embargo, él “firma” la propia condena de muerte: es un blasfemo que profana el Nombre y la realidad de Yahvé, porque se declara explícitamente “hijo” de Él.
23,3-5: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.»… Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas”: estamos en el paso del proceso judío al romano: los jefes judíos entregan el condenado al gobernador para que lleve a cabo su propia condena y para ofrecerle una motivación aceptable para él, “domestican” los motivos de su condena, mostrándola bajo el punto de vista político. Jesús, por eso, es presentado como soliviantador del pueblo y usurpador del título real de Israel (que entonces solamente era ya un recuerdo y un honor).
El instrumento mediante el cuál Jesús habría cometido su delito, en este caso, es su predicación: ¡aquella palabra de paz y misericordia que había esparcido a manos llenas, ahora la utilizan contra Él!
Jesús confirma la acusación, pero la realeza que buscaba no era aquella de la que le acusaban, sino que era uno de los destellos de su naturaleza divina. Pero esto, ni Pilato, ni los demás, son capaces de entenderlo.
23,6-12: Lo envió a Herodes: Pilato, habiendo intuido, tal vez, que se trataba de involucrarlo en un “juego sucio”, trata de deshacerse del prisionero, aduciendo el respeto a la jurisdicción: Jesús pertenece a un distrito que no está, en aquel momento histórico, bajo la responsabilidad de los romanos, sino que depende de Herodes Antipas. Éste es presentado en los Evangelios como un personaje ambiguo: admira y al mismo tiempo detesta a Juan Bautista a causa de los reproches del profeta contra su situación matrimonial irregular y casi incestuosa, después lo hace prisionero y lo mata para no quedar mal delante de sus huéspedes (3,19-20; Mc 6,17-29). Después, trata de conocer a Jesús por pura curiosidad, puesto que había oído su fama como obrador de milagros, incoa un proceso contra Él (v. 10), lo interroga en persona, pero después – ante su obstinado silencio (v. 9) - lo abandona a las befas de los soldados, como había ocurrido al final del proceso religioso (22,63-65) y como sucederá cuando Jesús sea crucificado (vv. 35-38). Acaba por volver a mandarlo a Pilato.
Lucas concluye este episodio con una anotación interesante: el gesto de Pilato inaugura una nueva amistad entre él y Herodes. Sobre la limpieza de los motivos de tal amistad, las circunstancias hablan claramente.
23,13-25: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero…no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis: como había anticipado en el primer encuentro con Jesús (v.4) y como repetirá de inmediato (v. 22), Pilato declara que es inocente. Trata de convencer a los jefes del pueblo y dejar irse a Jesús, pero aquellos han decidido ya su muerte (vv. 18.21.23) e insisten en que sea condenado a muerte.
¿En qué ha consistido el interrogatorio efectuado por el gobernador? Bien poco, a juzgar por las pocas frases de Lucas (v. 3). Y, sin embargo, Jesús ha respondido positivamente a Pilato declarándose “¡rey de los judíos!" A este punto, es evidente que Pilato no lo considera un hombre peligroso a nivel político, ni para el orden público, quizás porque el tono de la declaración de Jesús no dejaba dudas al respecto.
Es bastante evidente el intento del evangelista, que trata de atenuar la responsabilidad del gobernador romano. Éste, sin embargo, es conocido por las fuentes históricas como un “hombre inflexible por naturaleza y, además de su arrogancia, duro, capaz sólo de conclusiones, de violencias, rapiñas, brutalidades, torturas, ejecuciones sin proceso y crueldades espantosas e ilimitadas» (Filón di Alejandría) y «que le gustaba provocar a la nación que le estaba encomendada, recurriendo ya sea a desaires como a duras represiones” (Flavio Josefo).
23,16.22: Así que le daré un escarmiento y le soltaré…: el hecho de haber sido declarado inocente, no lo libraba de un duro “castigo”, infligido solamente para no dejar frustrada las expectativas de los jefes judíos.
23,16.18.25: ¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!…Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo: al final, Pilato cede totalmente a las insistencias de los jefes y del pueblo, aún cuando no pronuncia una condena formal respecto a Jesús.
Barrabás, verdadero delincuente y agitador político, se convierte así en el primer hombre salvado (al menos en aquel momento) por el sacrificio de Jesús.
23,26-27: Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él: Simón y la mujeres, más que testigos privilegiados de la Pasión, son, en Lucas, modelos del discipulado, personas que muestran al lector cómo seguir, de hecho, al Señor. Gracias a ellos y a la muchedumbre, Él no estará solo mientras que se acerca a la muerte, sino que está rodeando de hombres y mujeres que le están emotivamente cercanos, aún cuando tengan necesidad de convertirse, cosa a la que Él no cesa de llamarlos, no obstante, su situación terrible (vv. 28-31).
Simón de Cirene fue “obligado”, pero Lucas no lo muestra como rechazando ayudar al Señor (cfr. Mc 15,20-21).
La “gran muchedumbre” es, incluso, partícipe viva de todo lo que le sucede a Jesús. Esto crea un contraste estridente, pues poco antes ha pretendido la condena de Jesús.
23,34: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen: Lucas pone de evidencia la preocupación principal del Señor crucificado que, aún cuando está en un sufrimiento físico atroz causado por la obra de la crucifixión, ora por ellos al Padre: no le interesa su propia condición o las causas históricas que la han producido, sino solamente la salvación de todos los hombres. Como Él, lo hará el mártir Esteban (Hch 7,60), para demostrar el carácter paradigmático de la vida y muerte de Jesús para la existencia de todo cristiano.
Para subrayar esta orientación clara de Jesús, Lucas omite el grito angustioso que narran los otros sinópticos: "¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”
23,33.39-43: Crucificaron allí a él y a los malhechores… Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino…Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso : el episodio del diálogo con uno de sus compañeros de condena es emblemático en el modo en el que Lucas comprende la muerte de Jesús: un acto de auto donación realizado por amor y en el amor de llevar la salvación al mayor número de hombres, de cualquier condición y en cualquier situación que se encuentren.
”Hoy” (v. 43): el ladrón había hablado de futuro, pero Jesús le responde usando el verbo en presente: la salvación que Él da actúa inmediatamente, los “últimos tiempos” comienzan con este acontecimiento salvífico.
”Estarás conmigo” (v. 43): expresión que indica la plena comunión que hay entre Dios y aquellos que acoge junto a Él en la eternidad (Cf. 1Tess 4,17). Según algunos escritos tardo-judaicos, el Mesías debía, de hecho, “abrir las puertas del Paraíso”.
23,44-46: Era ya cerca de la hora sexta…y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró: las últimas palabras de Jesús, por su índole, parecen que están en contraste con el fuerte grito que le precede.
Llegado al extremo de su vida humana, Jesús realiza un acto supremo de confianza en el Padre, por cuya voluntad Él había llegado a tanto. En estas palabras se pueden vislumbrar una referencia a la resurrección: el Padre le volverá a dar esta vida que Él ahora le entrega (cfr. Sal 16,10; Hch 2,27; 13,35).
Lucas narra muy detalladamente los últimos momentos de Jesús: no le interesa detenerse en particulares que ofrecerían satisfacción a una curiosidad macabra, la misma que atraía y atrae a tantos espectadores de ejecuciones capitales en todas las plazas del mundo.
23,47-48: Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y toda la muchedumbre…al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho: la eficacia salvífica del sacrificio de Jesús actúa casi inmediatamente, con la sola evidencia de los hechos ocurridos: los paganos (como el centurión que estaba al mando del pelotón encargado de la ejecución) y los Judíos (la gente) comienzan a cambiar. El centurión “glorifica a Dios” y parece estar a un paso de hacerse cristiano. Las muchedumbres judías, sin darse cruenta de ello, se alejan cumpliendo gestos de arrepentimiento, como Jesús pidió a las mujeres de Jerusalén (v. 38).
23,49: Todos sus conocidos…se mantenían a distancia: a una distancia prudente ya que conocían las disposiciones romanas que prohibían excesivos gestos de luto por los condenados a la cruz (la pena: padecer la misma condena), el grupo de los discípulos asistían atónitos a toda la escena. Lucas no hace referencia de sus emociones o actitudes: tal vez, el dolor y la violencia los tenían aturdidos hasta el punto de hacerlos incapaces de cualquier reacción visible.
De modo semejante, las mujeres del grupo no participan de algún modo en la operación con la cual José de Arimatea entierra a Jesús: se limitan a observarlo (v. 55).
23,53: Después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca: Jesús padeció verdaderamente el suplicio. Es verdaderamente un muerto, como tantos otros hombres, antes y después de él, en la cruz, en un cuerpo de carne común. Este acontecimiento, sin el cuál no habría salvación, ni vida eterna para ningún hombre, se verificó por el mismo hecho que hubo que sepultarlo; tan es verdad, que Lucas se extiende en algunos particulares en relación al rápido rito de sepultura realizado por José (vv. 52-54).
23,56: Y el sábado descansaron según el precepto: así como el Creador descansó en el día séptimo de la creación, consagrando de esta manera el sábado (Gn 2,2-3), ahora el Señor realiza su sábado en la tumba.
Ninguno de los suyos parece que fuera capaz ya de esperar algo: las palabras de Jesús sobre la resurrección se han olvidado aparentemente. Las mujeres se limitan a preparar los óleos para hacer más digna la sepultura de su Maestro.
El evangelio de este “domingo de Pasión” acaba aquí, omitiendo la narración del descubrimiento del sepulcro vacío (24,1-12) y haciéndonos gustar el sabor agridulce del sacrificio del Cordero de Dios. Se nos deja en una atmósfera doliente y en suspenso y quedamos sumergidos en ella, aún cuando conocemos el resultado final de la narración evangélica. Esta muerte terrible del Rabí de Nazaret no pierde su significado con la resurrección, sino que adquiere un valor del todo nuevo e inesperado, que no prescinde de su dimensión de muerte sacrificial, libremente aceptada, con una finalidad “excesivamente” alta en relación a nuestra capacidades humanas de comprender: es un misterio en estado puro.


6. Isaías 50,4-10
El Señor Yahvé me ha dado lengua dócil,
que sabe decir al cansado palabras de aliento.
Temprano, temprano despierta mi oído
para escuchar, igual que los discípulos.
El Señor Yahvé me ha abierto el oído.
Y yo no me resistí,
ni me hice atrás.
Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba.
Mi rostro no hurté
a los insultos y salivazos.
Pues que Yahvé habría de ayudarme
para que no fuese insultado,
por eso puse mi cara como el pedernal,
a sabiendas de que no quedaría avergonzado.
Cerca está el que me justifica:
¿quién disputará conmigo?
Presentémonos juntos:
¿quién es mi demandante?
¡que se llegue a mí!
He aquí que el Señor Yahvé me ayuda:
¿quién me condenará?
Pues todos ellos como un vestido se gastarán,
la polilla se los comerá.
El que de entre vosotros tema a Yahvé
oiga la voz de su Siervo.
El que anda a oscuras
y carece de claridad
confíe en el nombre de Yahvé
y apóyese en su Dios.


7. Oración final
de la liturgia eucarística de este domingo:
Dios omnipotente y eterno, que has dado como modelo a los hombres a Cristo tu Hijo, nuestro Salvador, hecho hombre y humillado hasta la muerte de cruz, haz que tengamos siempre presente la gran enseñanza de su Pasión para poder participar en la gloria de su Resurrección. Por Cristo, nuestro Señor.

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