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domingo, 26 de agosto de 2012

XXI Dom. T.O (Jn 6, 60-69) - Ciclo B: TUVIERON QUE OPTAR POR JESÚS, HEREJE, PECADOR Y PELIGROSO


Llegamos al final del suceso y del capítulo. El auditorio de Jesús se ve enfrentado a una opción drástica: aceptar a Jesús o prescindir de él. Parece como si Jesús mismo les hubiera puesto en la alternativa, sin medias tintas. No es demasiado probable que en vida de Jesús se produjera una situación tan explícita, pero sí es verosímil lo siguiente:
· que en vida de Jesús se produjo una recesión del entusiasmo popular hacia él, y que su mesianismo fue rechazado: esperaban a otro. Lo hemos comentado ya en domingos anteriores.
· que las comunidades de seguidores de Jesús tuvieron que optar por seguir dentro del judaísmo o segregarse de él, y que esta situación fue iluminada con los sucesos de la vida misma de Jesús.

Por otra parte, es bastante evidente que el redactor ha arreglado el suceso, incorporando expresiones que corresponden a la fe pascual, tanto en las palabras de Jesús como en las de los discípulos.

En este sentido, Pedro aparece como portavoz (es su rol para los evangelistas) y la frase que se pone en sus labios expresa muy bien la esencia del relato: es Jesús el que tiene palabras de vida eterna, Jesús es La Palabra hecha carne, mentalidad tan típica del cuarto evangelio.

Nos asomamos al gran drama de los contemporáneos de Jesús. A los fariseos, devotísimos observantes de todos y cada uno de los preceptos de la Ley, Jesús no les gustó: comía con pecadores, no observaba estrictamente los preceptos: para ellos Jesús es un pecador.

A los escribas, teólogos expertos en la Escritura, Jesús les escandalizó muchas veces: no era eso lo que ellos interpretaban: para ellos, Jesús fue un hereje.

A los sacerdotes, Jesús les gustó mucho menos: vieron en él un peligro público: su status, la importancia del Templo, la connivencia con el poder romano... todo podía venirse abajo. Para ellos Jesús era peligroso.

Todos estos rechazaron a Jesús. Y muchos otros, especialmente del mundo de los ricos, los políticos, los reyes... a los que Jesús no les interesó lo más mínimo.

A aquel puñado de gente sencilla que le habían seguido desde el Jordán, desde el lago, Jesús les gustó. Le vieron curar por compasión, le escucharon hablar de un Dios "distinto" como nadie había hablado jamás. Pusieron en él sus esperanzas. Tuvieron que atravesar el desierto, renunciar a sus aspiraciones mesiánicas, convertirse al Reino... y algunos lo hicieron.

Cuando Jesús ya no estaba en medio de ellos, tuvieron que aceptar ser expulsados de su Pueblo, ser tenidos por herejes, sufrir toda clase de persecuciones, incluso tuvieron que dar la vida, en el mismo Jerusalén, como Esteban, como Santiago el Zebedeo, como muchos otros. Y lo hicieron. Habían creído en él hasta el punto de que todo eso fue menos fuerte que su fe en Jesús.

Éste es el dramático argumento de Los Hechos de los Apóstoles, la lucha interior de Pedro, de Santiago el hermano del Señor, del mismo Pablo. Y es también una línea temática que recorre todo el cuarto evangelio y las cartas de Juan.

Eran muchas las atracciones que se ofrecían a aquellas primeras comunidades: el mundo judío, con su tradicional seguridad, su fidelidad a la Alianza, las leyes y costumbres que venían desde Moisés, la atracción fascinante del Templo: por otro lado, el mundo griego, resplandeciente de sabiduría, de filosofía, de autores famosos, de elevadísima cultura...

Y en medio, como barquichuelas diminutas agitadas por tan poderoso vientos, atraídas por señuelos tan brillantes, las comunidades de seguidores de Jesús, que no ofrecen nada de lo esplendoroso de los demás, sino su fe en el carpintero crucificado.

La profesión de fe de Pedro, que leemos en las últimas líneas del evangelio de hoy, es emocionante. "Nosotros creemos en ti". Y se acabó. Todos los demás tienen sabiduría, argumentos, sistemas filosóficos, razones históricas, poder... nosotros creemos en ti.

No podemos menos que reconocer aquí la fuerza del Espíritu. La reconocemos en Jesús, pero también, ¿me atreveré a decir que más aún?, en la fe de las primeras comunidades. Por encima del Templo, de Moisés, de Platón, por encima de todos... el hijo de José y María, el carpintero crucificado.



PARA NUESTRA ORACIÓN

No pocas veces envidiamos a los que vieron a Jesús con sus ojos, los que pudieron oír en directo sus mismas palabras. Pensamos que lo tuvieron más fácil que nosotros. Me parece que esto es muy dudoso. Nosotros, de alguna manera "hemos heredado" la fe, y me atrevería a decir que una fe "domesticada". Creer en Jesús no nos ha disonado nunca, más bien nos ha resultado "lo normal", mientras que ellos tuvieron que hacer una desgarradora renuncia.

Sin embargo, esto mismo nos ofrece una buena vara de medir la intensidad y la sinceridad de nuestra fe, porque, si es fe en Jesús, nos estará pidiendo siempre abandonar lo viejo, aceptar su Buena Noticia. Lo de Jesús es Novedad, noticia, no sólo porque lo fue históricamente, sino porque cada creyente recorre un camino en el que siempre se está haciendo descubrimientos que llevan a abandonar pasadas seguridades.

Más aún cuando en la iglesia entera y en cada uno de nosotros, una de nuestras tentaciones es regresar al mesianismo ortodoxo fácil, externo, satisfactorio, que produce seguridad. Seguir a Jesús es siempre caminar, dejar atrás instalaciones, aunque esas instalaciones sean el ambiente general de la misma Iglesia.

Finalmente, es necesario meditar hoy en nuestra propia fe en Jesús, como un regalo recibido. Entre tantas personas inteligentes, entre tanta sabiduría, entre tanto poder... ¿quiénes somos nosotros para anunciar nada, qué tenemos más otros y por qué y para qué lo tenemos?

Finalmente, ¿por qué creemos precisamente en el crucificado, porqué sentimos desde lo más profundo de nosotros mismos esa fe que es más poderosa que todo lo demás? Quizá encontremos la respuesta en las palabras del cuarto evangelio: "No me elegisteis vosotros a mí: Yo soy el que os elijo a vosotros".

Y volveremos a entender el Reino como un Tesoro regalado, como una invitación, como un gozoso compromiso a estar en las cosas del Padre.



José Enrique Galarreta