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viernes, 18 de mayo de 2012

Jesús, el transgresor



De una transgresión muy especial de Jesús hablé ayer, diciendo que había rechazado el tributo del César, negándose a colaborar en su "sistema". Así le presenté en realidad como "insumiso" político no violento, sino creador. En esa línea sigo, presentándole como transgresor en sentido más extenso, retomando motivos de una famoso "revista católica".

– Los hombres más sensatos dejan que los expulsados sigan expulsados, para bien del sistema: lo que importa es que se mantenga la institución, elevando una gran frontera de la ley y la justicia que separa a los buenos de los malos, a los puros de los impuros. Piensan que las fronteras sanitarias y sociales resultan necesarias para defender el orden de Dios. Así se oponen a los que a su juicio son transgresores peligrosos.

– Hay ciertamente transgresores peligrosos, destructores, negativos…, que atentan contra el orden de la sociedad de un modo violento y destructor. Para ellos se ha creado en general la cárcel. Pero es muy posible que esos transgresores (¡al menos muchos de ellos!) sean en realidad víctimas de una transgresión más organizada y poderosa llamada "ley" (orden establecido)

– Por eso hay transgresores necesarios, para bien del hombre. Ellos se oponen a un orden social injusto, para así crear una humanidad más más justa y solidaria,, abriendo un espacio para los excluidos, un camino de amor para los rechazados…

Entre esos transgresores está Jesús. Por eso le mataron.

En nombre de un Dios que a todos acoge y llama, que es Padre de todos, Jesús ha transgredido la norma de la buena sociedad, se ha introducido en el submundo de lo demoníaco, ligado a la demencia, delirio y desmesura.

Introducción

La experiencia de Jesús como transgresor es un tema central de la tradición y tiene grandes consecuencias a la hora de entender la acción de sus seguidores. Normalmente, los transgresores rompen unos límites para trazar otros, cambiando un sistema que juzgan imperfecto por otro que les parece más perfecto. Pues bien, en contra de eso, Jesús, el transgresor mesiánico, ha superado y roto las barreras anteriores no para crear otras, sino para abrir un espacio y camino de vida que puede ser universal. Desde este fondo planteamos su figura, destacando sus milagros, exorcismos y títulos mesiánicos (1).

Los milagros, transgresiones creadoras

Le han preguntado los mensajeros de Juan Bautista si es el que ha de venir. Jesús responde evocando unos gestos y palabras de claro sentido trasgresor:

- Respuesta: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen. Las enfermedades expulsan de la sociedad. Jesús, en cambio ofrece tarea creadora a los expulsados, rompiendo así la estructura social dominante.

Jesús supera las antiguas divisiones que definen y conforman el sistema. No ha venido a sancionar las buenas costumbres
y ventajas de los justos

- Esperanza central: Los muertos resucitan. El miedo a la muerte divide y oprime a los humanos. La esperanza de resurrección les hace libres.

- Mensaje: A los pobres se les anuncia la buena noticia. (Mt 11, 5-6 paralelos). La mayor pobreza y exclusión es la falta de palabra. Jesús la ofrece a los excluidos, dándoles libertad.

Jesús supera las antiguas divisiones (sacerdotes o laicos, judíos o gentiles, varones o mujeres...) que definen y conforman el sistema. No ha venido a sancionar las buenas costumbres y ventajas de los justos, en plano de poder o de conocimiento, sino a romper ese esquema de valores y privilegios. Por eso se ha podido definir como Médico de Dios, especialista en enfermos y expulsados: ha venido a ofrecerles compañía y salud, presencia de Dios y un lugar en la mesa de la vida; ha comido con ellos, apareciendo como transgresor (cf. Mc 2, 13-17).

Esta es su novedad mesiánica. No viene a “convertir” a los pecadores, a traer al buen terreno a que han roto las barreras, logrando que cambien a la fuerza. No les impone una ley, no exige que cumplan unos preceptos religiosos, no les pide, ni siquiera, que se arrepientan, como hacían los profetas penitenciales del tiempo. Al contrario, quiere que vivan y puedan desarrollar en plenitud sus potencialidades, en cuerpo y alma. Así lo destacamos evocando tres milagros:

- Legionario de Gerasa (Mc 5, 1-20 par). Habita en tierra extraña, en la Gerasa de las gentes. Es pagano y sufre bajo una legión de fuerzas malas o demonios y por eso le llamamos legionario. Le excluyen y expulsan, pero nadie puede dominarle con cadenas, cepos o violencias. Vive entre sepulcros, como enterrado viviente, rodeado de cerdos que para el judaísmo eran impuros. Es, sin duda, un utilizado, explotado, enfermo de comunicación.
Pues bien, Jesús se acerca y le ofrece su palabra, dialoga con él y de esa forma llega hasta su fondo verdadero de persona, haciéndole capaz de vivir, es decir, de comunicarse, quedando así curado. Aparece así como transgresor, por eso le expulsan de la ciudad (2).

- Mujer encorvada (Lc 13, 10-17). Está oprimida desde antiguo por la carga de su humanidad cautiva, por el orgullo de los varones y la hipocresía de los prepotentes. Escucha la ley en la sinagoga, pero la ley era incapaz de liberarla. Por eso sigue inclinada, excluida de la vida normal, como signo de todas las mujeres excluidas por una sacralidad que está centrada en la ley del sábado. Pero Jesús le dice, en un día de sábado, “queda libre”, de manera que puede elevarse y mirar, escoger en libertad sus opciones y vivir con autonomía, pues su vida es más importante que todas las leyes sagradas. La ley la excluía; Jesús rompe esa ley y la integra en la vida (3).

Lógicamente, los que mantienen la transgresión anterior, los que encorvan a la mujer con su carga de “pecado” se oponen a Jesús, expulsan y amenazan. Jesús no ha venido ha sancionar el orden existente, dejando a cada uno con su enfermedad, sino a ofrecer a los enfermos un camino de humanidad

- Ciego de nacimiento. Está a la vera del camino, esperando una limosna para seguir viviendo, mientras los devotos peregrinos siguen para adorar a Dios con el gozo de haber dado un donativo. Jesús no quiere darle una limosna material, sino que escucha su necesidad más honra (maestro, que vea) y le responde: vete, tu fe te ha salvado... (Mc 10, 51-52). La enfermedad se identifica aquí con la ceguera, que consiste en expulsar a este hombre, poniéndole a la vera del camino, como un residuo social, objeto de pura “caridad”. El milagro de Jesús no consiste en una caridad, sino un gesto de liberación: que el ciego pueda ver y caminar, asumiendo el riesgo de la marcha de la vida.

Jesús no ha venido a sancionar el orden existente, dejando a cada uno con su enfermedad, sino a ofrecer a los enfermos un camino de humanidad. Por eso es un transgresor: rompe el cordón sanitario que los justos y sanos han trazado, abriendo un camino de humanidad desde el otro lado, es decir, desde más allá de la frontera de los enfermos. Como transgresor ha subido a Jerusalén; y por eso le han matado los defensores del orden establecido.

Exorcismos y salud mesiánica

Judíos y griegos, estaban convencidos de que había poderes demoníacos opuestos a Dios y capaces de pervertir a los humanos y expulsarles del espacio santo de la vida. Entrar en contacto con ellos era peligroso y, en algún sentido, contraproducente, pues debía separarse la mala simiente de la buena. En contra de eso, Jesús ha querido acercarse de un modo especial a los endemoniados, es decir, a los expulsados del sistema.

- Exorcismos y transgresión. Las enfermedades ligadas a Satán estaban vinculadas a diverso tipo de opresiones (cf. Mc 1, 32-34 y paralelos; 3, 10-12 y paralelos; Lc 7,21; 8,2, etc.), pero evocaban siempre un tipo de impureza. Frente al Espíritu Santo que habita en los hombres y mujeres limpios se elevan los espíritus impuros, que habitan en los manchados por enfermedades e impurezas de diverso tipo. Pues bien, Jesús ha sido ante todo un exorcista, es decir, un hombre abierto a los impuros, amigo de publicanos y pecadores, compañero de leprosos. Un transgresor consecuente, al servicio de los expulsados y endemoniados, eso ha sido Jesús.

- El mesianismo verdadero es transgresión. Jesús ha planteado su proyecto mesiánico como lucha presencia liberadora en el lugar donde las transgresiones e impurezas son más fuertes. Se ha creído enviado por Dios como exorcista, para curar a los endemoniados. No sabemos cómo ha madurado en él esa certeza. Pero lo cierto es que ha sido un exorcista especializado y maestro de exorcistas (cf. Mc 1,21-28; 3, 15; 6, 12 par). Allí donde otros hombres y mujeres de su tiempo pensaban que muchos humanos estaban condenados a vivir bajo el poder de espíritus, expulsados de la buena sociedad como malditos, Jesús quiso acercarse a ellos con un gesto de sanación.

En contra del orden establecido. Los hombres “más sensatos” dejan que los expulsados sigan expulsados, para bien del sistema: lo que importa es que se mantenga la institución, con la gran frontera de la ley y la justicia que separa a los buenos de los malos, a los puros de los impuros. Piensan que las fronteras sanitarias y sociales resultan necesarias para defender el orden de Dios. Pues bien, en contra de eso, en nombre de un Dios más alto, que es Padre de todos, Jesús ha transgredido la norma de la buena sociedad, se ha introducido en el submundo de lo demoníaco, ligado a la demencia, delirio y desmesura.

Es normal que los hombres de bien se hayan sentido amenazados por su actitud, preguntando: ¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva con autoridad! y además ordena a los espíritus impuros y ellos obedecen (Mc 1, 27). Pues bien, esa admiración se ha vuelto al fin rechazo (cf. Mc 1, 21-28; 3,1-6). Los adversarios han interpretado su exorcismo como obra satánica: expulsa a los demonios con el poder del Príncipe de los demonios! (cf. Mt 9, 34); es un samaritano y endemoniado (Jn 8, 48).

Era peligroso romper las fronteras de la buena ley y de la sensatez mundana. A Jesús le han matado por ello.

El mesianismo de un transgresor: de la exclusión a la acogida.

Desde el contexto anterior quiero evocar cuatro “títulos” mesiánicos de Jesús, destacando su carácter de acogida, es decir, de creatividad, en línea de reino, es decir, su carácter transgresor.

Jesús fue mensajero de la gracia de Dios y no del juicio. No vino a poner a los pecadores ante la amenaza sino a ofrecerles el perdón incondicional de Dios

- Juez mesiánico. El juez es normalmente aquel que traza y sanciona por ley unas barreras de tipo social o sacral. En contra de eso, Jesús ha venido a superarlas. Una teología clásica había pensado que Jesús fue mensajero del juicio de Dios, para distinguir lo puro de lo impuro, velando por el honor de Dios y anunciado a los humanos el castigo por los males que habían cometido. En contra de eso, hoy sabemos que Jesús fue mensajero de la gracia de Dios y no del juicio. No vino a poner a los “pecadores” ante la amenaza del juicio, sino a ofrecerles (con gestos y palabras) el perdón incondicional de Dios, la solidaridad ante el reino. No fue vocero del castigo de Dios, sino mensajero del reino, portador de la gracia de la Padre.

Ciertamente, anunció el juicio, pero no para los supuestos transgresores (publicanos, prostitutas, leprosos, enfermos, expulsados...), sino precisamente para aquellos que les excluían del reino. Jesús anunció el juicio de Dios en contra de aquellos que excluían. Por eso le excluyeron a él; y así murió entre los transgresores (4).

- Redentor. Podemos llamarle así porque acoge y rescata a los expulsados de la sociedad. No ha venido a pedir cuentas a los pecadores, sino para ofrecerles el jubileo de la libertad, es decir, de la gracia y el amor de Dios. Él ha querido presentarse como redentor en la línea de la tradición sabática y jubilar de Israel: quiere rescatar lo perdido, ofreciendo dignidad y esperanza a los que estaban expulsados, sometidos al poder de la violencia, en manos de potencias diabólicas. Desde ese fondo se entiende su proclamación jubilar de perdón, libertad y gozo (cf. Lc 4, 18-19 y Mt 11, 5-6 par). No exige a los humanos que paguen la deuda que tienen con Dios, sino que supera el nivel de la deuda, entregando su vida al servicio de los excluidos. El juez en cuanto tal no paga: dicta desde arriba la sentencia y exige que cada uno pague lo que debe.

Pero Jesús no es juez sino redentor: paga él mismo lo que deben los humanos y de esa forma se vincula con los transgresores, apareciendo como su amigo y patrono. Jesús no es juez, Jesús “redime” con su vida, es decir, con su gran transgresión al servicio del Reino, es decir, de la acogida de todos.

- Liberador. Avanzando en esta línea, diremos que Jesús ha ofrecido un camino de libertar para los transgresores. No se contenta a pagar por ellos, asumiendo sus deudas, cargando con sus culpas o responsabilidades, sino que quiere hacerles capaces de vivir en libertad, superando las fronteras anteriores de lo puro y de lo impuro, de lo santo y lo manchado. En ese aspecto, debemos afirmar que ha buscado la conversión de todos: de los “legales” para la gratuidad universal; de los “transgresores” para la gracia en el amor, no para la ley.

Sólo la gracia de Dios, experimentada como amor radical, permite romper
las barreras de la buena sociedad

Los seguidores de Jesús se configuran así como pecadores
perdonados, transgresores reunidos desde la gratuidad del amor, por encima de la ley. El gesto de Jesús no puede convertirse en principio de una nueva ley religiosa, sino que ha de ser fuente de gozo, manantial de autonomía creadora, Eso significa que ha querido que los mismos humanos (cristianos) asuman y desplieguen un camino de autonomía creadora sobre el mundo. Perdonar no es resguardar, tener a los demás bien protegidos, sino ofrecerles un camino de gracia, en libertad. La ley no puede transformar a los humanos, pues acaba siempre excluyendo a los distintos y transgresores. Sólo la gracia puede suscitar un camino de amor y comunión para todos.

- Reconciliador. El perdón de Jesús capacita a los humanos para que se reconcilien unos con los otros, en gesto de perdón compartido. Redención y liberación sólo son verdaderas si abren un camino de encuentro amistoso, creador, en el que todos puedan vincularse mutuamente y empezar de esa manera a ser hermanos. La tradición afirmará que Jesús nos ha
redimido haciéndose Propiciación por nuestros pecados (Rom 3, 24-25): los ha hecho propios, y, en vez de condenarnos por ellos, nos ha ofrecido su amistad, la amistad de Dios. Desde ese gesto de Jesús que se ha hecho pecador con los pecadores, realizando su mesianismo desde el otro lado (es decir, desde los expulsados de la sociedad) puede iniciarse un camino de reconciliación universal entre los humanos.

No se puede reconciliar a todos desde la ley, pues la ley (aún la mejor) expulsa siempre a los disidentes e impuros de diverso tipo. Sólo la gracia de Dios, experimentada como amor radical, permite romper las barreras de la buena sociedad y entregar amor a todos los humanos, en gesto de reconciliación universal.

Texto tomado de: Revista Misión Abierta. Enero 2001. Págs. 23-28.
Imagen tomada de http://www.encontraportada.com/2010/02/alternativo-y-comercial-todo-es-por-verguenza/

NOTAS

1) C. X. Pikaza, Este es el Hombre. Manual de Cristología, Sec. Trinitario, Salamanca 1997.

2) Significativamente, cuando el curado quiere seguir a Jesús, en agradecimiento o dependencia, él ha respondido: “no, vete a tu casa y anuncia a los tuyos lo que el Señor ha hecho contigo, en gesto de misericordia” (cf. Mc 5, 19). De esa forma el antes expulsado se convierte en el primer evangelista.

3) Los responsables de la sinagoga tienden a poner la ley sagrada por encima del bien y la salud concreta de los excluidos de la sociedad. Jesús entiende a Dios como principio de curación y humanidad; eso pone la salud, la plenitud del ser humano, por encima de todas las restantes leyes religiosas, que tienen un carácter secundario.

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martes, 15 de mayo de 2012

EL TESORO Y LA PERLA


¿Para qué vivir? He aquí el gran interrogante. Tanto trabajo y tantas penas ¿para qué? Para nada más que viento, contestaría Qohélet.
Hace tres cientos mil años que el Homo sapiens se hace la misma pregunta y aún está esperando una respuesta.
El hombre llamado Jesús la buscó también. Algo fuerte le impulsaba a querer conocer qué sentido podía tener esta vida aparentemente tan desconcertante y a veces tan absurda. Juro que buscó como nadie y quizá como nadie dudó.
Nada le cayó ya hecho del cielo. Nada le fue soplado por los ángeles. Y las respuestas que le ofrecía la venerada religión de su pueblo lo dejaban con las ganas.

En su juventud, cuando cepillaba la madera y llevaba una vida como la demás gente, pensamientos extraños se atropellaban en su mente y le desgarraban el corazón. Él quería ver, quería saber, quería arrancar a la noche el sentido, la razón, el camino, la lógica de esta vida, la luz que lo aclara todo. Quería ver la verdad.

Buscó hasta lastimarse el alma. Hasta querer morir antes que creer solamente lo que sus ojos veían: una vida en la que los humanos nacen llorando, en la que durante años se arrastran como esclavos mendigando placeres que no duran, y en la que todos terminan hechos podredumbre bajo un montón de tierra. Atravesó los silencios y las batallas de interminables desiertos. Lloró quizá como nadie lloró. Pegó largos gritos que aún tal vez estremecen a las estrellas.

Durante noches sin fin, él combatió cuerpo a cuerpo con Dios, como Jacob su antepasado, para derribar el muro de lo desconocido, del destino, de la muerte, para saber y ver qué había más allá de esta vida gris y monótona, agradable para tan pocas personas y tan sufrida para las demás.

Cuántas veces, como Job, Jesús llamó a Dios a gritos sin recibir nunca la menor respuesta. Cuántas veces golpeó a la puerta del dios todopoderoso de sus antepasados, del dios de los incontables portentos, de ese dios del que se cantaba que había derribado al Faraón de su trono y precipitado en el fondo del mar a sus ejércitos, del dios fiel que exterminaba a sus enemigos y hacía trizas a cuantos se atrevían a frustrar las aspiraciones de su pueblo elegido. De este dios que pedía cuentas de todo en los más mínimos detalles. De este dios que sabía recompensar a los justos pero no dejaba ningún pecadillo impune. De este dios que prometía paraísos que nunca llegaban. De este dios que quedaba sordo a sus llamadas.

“Durante su vida mortal, presentó con un violento clamor y lágrimas, imploraciones y súplicas a Aquel que podía salvarlo” (Hebreos 5, 7).

Decepcionado y deprimido como Elías, pero misteriosamente reconfortado en su combate, encontró la fuerza para proseguir la subida de su Horeb, para ver a Dios y morir. Entonces vino la tormenta, no vio a Dios. Vino el fuego, no vio a Dios. Luego se levantó una brisa ligera…

Fue en esa brisa ligera en donde su respiración alcanzó la propia respiración de Dios y recogió su don perfecto, ese tesoro tan buscado que los santos llaman “la Sabiduría”.

Gozó de la Sabiduría más que de la salud, de la belleza o de la luz misma del sol. Ella se manifestó en él como la fuente inagotable de toda ciencia, de toda justicia y de todo bien. Ella plantó en su corazón los gérmenes de la inmortalidad. Él la amó. La tomó como esposa. Comparado con ella, “todo el oro del mundo era menos que arena, y la plata, nada más que barro”. (Sabiduría 7, 9-30).

Entonces, de la boca y del corazón de Jesús brotaron los grandes ríos del Evangelio para apagar la sed de todos los que aún se preguntan para qué vivir, trabajar, sufrir y morir. Por su boca, habló la Sabiduría:

“Vengan a mí todos los que vais cansados, dobladas las espaldas bajo pesadas cargas, que yo os haré encontrar el descanso. Cargad con mi yugo y recibid mis enseñanzas. Mi corazón es paciente y se complace con los humildes. Probaréis el descanso, ya que mi yugo es suave y liviana mi carga”. “El que viene a mí no tendrá más hambre, el que cree en mí nunca más tendrá sed”

(Mateo 11, 28-30; Juan 6, 35; Sirácides 24,19-22; Proverbios 9, 1-5).

Para los cristianos, Jesús es el hombre que exploró las profundidades de lo que somos y escrudiñó los horizontes de lo que seremos, traspasando los límites de su propio ser. Cruzó el muro de la muerte. Llegó a la verdad. Recibió la respuesta. Encontró la Sabiduría de Dios, la perla de las perlas, y se desposó con ella. Él plantó su carpa en nuestra carne desde donde comparte las riquezas de su tesoro en un banquete al que todas las naciones de la tierra están convidadas.

A aquellos y aquellas que van buscando sin que les convenzan las respuestas ya hechas, y que no creen solo porque otros creyeron, él les conduce a la fuente.

«¡Qué el sabio medite estas cosas y reconozca las bondades del Señor!» (Salmo 107, 43).

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jueves, 5 de abril de 2012

Mirar al crucificado (Jn 3, 14-21)

Publicado por José Antonio Pagola

“Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza.


España / Religión – El evangelista Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús “de noche”. Intuye que Jesús es “un hombre venido de Dios”, pero se mueve entre tinieblas. Jesús lo irá conduciendo hacia la luz.

Nicodemo representa en el relato a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece de escena y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz.

Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación es atrevida: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. ¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz?

Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles.

Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor.

En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su "amor loco" a la Humanidad.

“Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Pero “la Luz ya ha venido al mundo”. ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado?

Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero “el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras”. Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, “el que realiza la verdad, se acerca a la luz”. No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

___________
José Antonio Pagola. Sacerdote español. Texto publicado en el sitio de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América Latina (CPAL), www.cpalsj.org

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martes, 27 de marzo de 2012

3. Compasión y amor que sufre: Buda y Jesús


Publicado por El Blog de X. Pikaza

He publicado dos entradas sobre el famoso texto bíblico: "Si el grano de trigo no muere...". Pensaba terminarlo, para volver a otros temas (ministerios, Iglesia...). Pero me han llamado algunos amigos del blog y me han dicho que siga en esta línea, al menos unos días, retomando un material que tengo escrito en Palabra de Amor (Sígueme, Salamanca 1984) y en Palabras de Amor (DDB, Bilbao 2006). Notará el lector que el tema está dirigido a una persona concreta. Así lo dejo.

Lo hago gustosamente, pues el tema me apasiona. Hoy ofreceré una reflexión sobre compasión y amor que sufre, es decir, sobre budismo y cristianismo. Mañana hablaré de amor y cruz... Terminaré diciendo que lo que redime no es el dolor, sino el amor, que es capaz de transfigurar el mismo dolor... Nos acercamos a la Pascua. Buen fin de domingo a todos.

EM-PATÍA, COM-PASIÓN

Actualmente se habla mucho de empatía. Recordarás que nosotros aprendimos la palabra tarde. Todavía nos sentíamos nerviosos al usarla. Pero el hecho es que ahora se ha vuelto lenguaje universal. Por todas partes se habla de empatía. ¿Qué significa? Si no entiendo mal, se trata de un conocimiento basado en lo afectivo. Etimológicamente, la palabra quiere decir, lo mismo que el Einfühlen alemán, «sentir dentro», y se utiliza para aquella forma de experiencia que se expresa a través de la comunión afectiva. Allí donde me encuentro cerca de otro, me introduzco de algún modo en su sentir y asumo como míos sus dolores y sus gozos nace la empatía.

Parece que, en principio, el término proviene de la estética y ha sido introducido por Th. Lipps. Sabes que el arte desarrolla una manera muy precisa de experiencia: el hombre sobrepasa el plano de la objetivación propiamente dicha, deja de formar y conformar lo conocido y se introduce en la belleza de lo contemplado. Brota de esa forma la empatía: siendo yo mi dueño y sin perder mi identidad, me introduzco, como por inmersión, en aquel mundo que suscita el arte. Así dejo que me influyan, me transformen y potencien sus valores expresivos. Esto no supone que me tenga que volver sólo pasivo. Todo lo contrario. Para que capte la belleza es necesario que me encuentre dispuesto a escucharla, recibiéndola en actitud de reverencia.

Tengo la certeza de que entiendes la empatía en dimensión estética. Pues bien, avanza un paso más y ponte sobre un campo de encuentro interhumano. ¿Cómo puedes conocer a otra persona? ¿de qué forma la comprendes, te sitúas en su plano y actualizas su experiencia? Ciertamente, sabes que en tu vida existe un plano de unidad interhumana que permite que te pongas en el ámbito del otro. Cada persona tiene un rasgo que no puede jamás comunicarse, una palabra que resulta exclusivamente suya.

Pero, al mismo tiempo, encuentras que hay algo que se irradia, se recibe, se comparte: exteriorizas tu sentimiento y descubres, sorprendida, que a tu lado hay otro que ha sabido recogerlo y reasumirlo como suyo. En esta dialéctica de identidad y comunicación, de misterio individual y participación de sentimientos fundamenta el ser humano su existencia. Aquí se encuentra la verdad de la empatía.

Permíteme ampliar ese concepto a dos palabras que etimológicamente tienen un mismo significado, aunque después se han transformado por el uso: la compasión y la simpatía. Actualmente, simpatía significa aquella capacidad activa que nos permite suscitar y comunicar sentimientos agradables, creando así un ambiente distendido, de confianza. De todas formas, la comunicación que así se logra se mantiene en dimensión superficial. El simpático resulta agradable, pero no sabe o no quiere compartir su vivencia más profunda ni pretende que los otros la compartan. Prefiere resbalar por la superficie de la vida, quiere evitar las asperezas del entorno, pero acaba no pudiendo llegar hasta el final de los afectos y problemas.

Distinta es la actitud del compasivo, de aquel hombre que se deja influenciar por la miseria ajena y la comparte. Frente al congraciamiento, como capacidad de compartir la alegría ajena y sentirla como propia, está el compadecimiento del que asume el dolor y la miseria de los otros: compasivo es quien se fija de manera preferente en el dolor del hombre, aprende a descubrirlo y lo actualiza o lo recrea como propio.

COMPASIÓN Y TRAGEDIA

Sabes, por la historia, que la vida y el alma griega de occidente está fundada en una base compasiva. Piensa en la tragedia, con sus grandes personajes: Prometeo, Edipo. Antigona, Electra. Miras y descubres a un hombre que sufre. ¿Por qué? Porque el destino lo ha marcado. Vas mirando cómo actúa y sabes bien que no le queda ningún tipo de remedio: no puedes romper el fatalismo del conjunto, desgajar en dos la escena y afirmar «hay realidad, hay esperanza, más allá del sufrimiento y de la muerte». Toda protesta acabaría siendo estéril, aumentando el desconsuelo y la impotencia. ¿Qué se puede hacer entonces`? Lo que Sófocles ha hecho: representar el dolor, asumirlo con hondura y lucidez, sufrir o consufrir con los que sufren y encontrar, de esa manera, la fuerza que permita seguir en la existencia.

Sabes que Aristóteles habló de la catarsis compasiva, descubriendo aquello que supone la piedad de la belleza, la actitud del que no puede cambiar nada; no protesta, no condena, no trabaja para hacer que el mundo se haga diferente. ¿Qué hace entonces'? Mira, participa, consufre: el espectador vive como propio el desgarrón de Antígona, el dolor de Edipo; de esa forma logra aprender la realidad y asumir su destino. La tragedia no ha querido arrancarnos del dolor sino enseñarnos a descubrirlo en su dureza, a fin de que entendamos lo que implica el ser del hombre y lo aceptemos.

No sé si has penetrado alguna vez en el temblor de la tragedia. ¡Yo casi no puedo! Si algún día siento que estoy dentro empiezo a ahogarme. Compadecerme sí, yo puedo hacerlo. Me compadezco y vivo. Pero luego, cuando todo se me cierra, cuando siento que no puede haber salida, que no existe curación para Edipo, ni descanso para Prometeo, también yo me siento dentro y sufro angustia. ¡No podría vivir como vivieron los antiguos griegos! Entonces redescubro la voz de libertad del cristianismo, el misterio de la gracia, la fuerza para obrar de una manera creadora, el reino como futuro abierto en esperanza... Y empiezo a respirar de nuevo con hondura. Miro al cielo y casi estallo de alegría.

Como sabes, la tragedia griega ha sido un dato muy valioso en nuestra historia, es un cimiento al que debemos volver siempre. Sin embargo, nuestro edificio cultural está fundada en otras bases; el eros de Platón, como certeza de un camino que nos lleva a superar el mundo, la capacidad organizativa de Roma y, sobre todo, la esperanza activa del judeocristianismo. ¿Imaginas lo que habría sido el occidente sin Jesús y sin la Biblia? Sería muy distinto; y yo te digo que más pobre y destructivo. Si me dejas hacer afirmaciones generales, te diría que occidente ha sido activo: ha cultivado un don de salvación que es gracia; pero, al mismo tiempo y sobre todo ha dicho que es preciso realizarse, decidirse, convertirse, amar a los hermanos. Quizá esta línea ha terminado demasiado lejos, cimentando una herejía de activismo, a veces inhumano. Por encima de toda la inmersión de quien penetra en el abismo de un dolor insoportable se halla el gesto de quien crea, está la vida que se hace, la esperanza.

BUDA. CUATRO VERDADES

Pero, después que eso ha quedado ya seguro, he de volverme hacia el oriente, tal como aparece reflejado en el budismo. Aquí descubro una vez más la situación trágica de Grecia. El hombre se debate en una rueda de fortuna destructora. El mundo es un abismo de dolor que nos tritura, un gran molino que destroza año tras año, encarnación y encarnación, nuestra existencia. ¿Cómo soportarlo? Sobre ese presupuesto se edifica la palabra y el mensaje original de Buda. Permíteme que vuelva a presentarlo, fundado en la doctrina de las cuatro «nobles verdades».

Primera verdad: todo es dolor; dolor el nacimiento y la muerte, la unión y desunión; la vida entera sobre el mundo es un destino de separación, impotencia y sufrimiento. Segunda verdad: el origen del dolor es el deseo, la sed de la existencia que nos tiene atados a la rueda de una vida en la que estamos cautivados. Tercera verdad: para librarse del dolor es necesario extinguir los apetitos, desarraigando la raíz de los deseos. Cuarta verdad: en este mundo de deseos destructores es posible hallar la vía, la famosa vía media que conduce a la superación de los dolores, a través de una disciplina mental, una concentración intensa y una conducta ética adecuada.

BUDISMO, TRAGEDIA

Deja que reflexione sobre esto. Nuestro mundo occidental ha cultivado, de manera preferente, el activismo. Valora la creación. Más que el dolor de la existencia le impresiona la capacidad de buscar y construir algo nuevo. Por eso intenta suscitar la salvación por los deseos creadores. El budismo toma un rumbo totalmente distinto. Vive la impotencia del hombre y tiene la certeza de que todo acaba siendo sobre el mundo un imposible: más allá de un cielo que se expresa o realiza a través de los deseos interesa aquella salvación que nos libere, finalmente, del deseo. Nada se consigue con fingir fachadas bellas sobre un mundo que se encuentra ya caído. La salida está en vencer y abandonar el mundo.

En Grecia, la tragedia interpretaba lo divino como fuerza del destino. Lo sagrado era la rueda de la vida y de la muerte. Presidían, por encima, las imágenes celestes de los dioses (Zeus, Atenea, Apolo...); por debajo discurría la existencia de los hombres, en un campo abierto por la muerte. Todos ellos, dioses y mortales, se encontraban sometidos a la misma inmensidad fatal del cosmos. Por eso, no existía más remedio que sufrir unidos, aguantar con dignidad sobre la tierra.
Lógicamente, a partir de ese trasfondo, al menos presentido, los budistas decidieron prescindir de las figuras de los dioses. ¿Qué ventaja puede haber en Dios si Dios se encuentra también dentro de la rueda del destino? Sobre un mundo malo como el nuestro, carece de sentido hablar de lo divino. Es preferible hacer silencio y sobre el hueco de todas las imágenes sagradas buscar y recorrer aquel camino de ser y libertad que nos permita llegar hasta las fuentes de una vida no mundana.

BUDA, SUPERAR EL SUFRIMIENTO

Esto supone que los hombres son capaces de librarse del destino, desatarse de una vida de dolor que en realidad es muerte. ¿Cómo? siendo iluminados: por medio de un retorno al interior, por una vida desligada de apetitos, transformada, sin deseos. Aquí está el punto de partida.
En un primer momento tienes la impresión de que los hombres deben vivir solos, ocupados de sí mismos, cada uno en su verdad liberadora y su camino. Sin embargo, si te fijas más atentamente encontrarás que en el budismo, a partir de su visión del mal, se ha elaborado un esquema salvador impresionante, concibiendo la vida como solidaridad en el sufrimiento y compasión liberadora. Deja que lo explique, resaltando sus nervios principales.

1. El primer gesto del hombre se llama maitri o benevolencia. Quien ha sido iluminado y sabe cómo puede superarse la cadena del destino y de la muerte se comporta de manera diferente: es dulce y es discreto, es cordial y es afectuoso. Nada puede perturbarle, nada debe hacerle airado. En medio de una tierra dura y fuerte, destrozada por el odio, las pasiones y deseos, el auténtico budista sabe ser y comportarse de manera amable. Todo lo comprende, pero nada llega a perturbarle.

2. No basta esa actitud benevolente. Es necesario realizar el bien concreto, a través del regalo, la donación o ¿lana. El motivo es claro: todo sufre, se retuerce y gime en una tierra calcinada. El budista iluminado ya conoce su final de salvación, pero igualmente sabe que el dolor es destructor y quiere, en lo posible, remediarlo o, por lo menos, no aumentarlo. Por eso hace el bien y remedia a quien está necesitado. Créeme, mujer: quien asume el espíritu budista puede hallarse cerca de Jesús y su palabra, allá en el centro y corazón de un evangelio que es amor. ¡Que nada sufra por tu causa! parece ser la voz y el gesto de los fieles del gran Buda.

3. Todo, en fin, culmina en la karuna, esto es, la compasión piadosa. Ella es la piedra angular del budismo, es la intuición de que el dolor, siendo absoluto sobre el mundo. puede superarse. Cada hombre ha de asumir a solas su camino y alcanzar la libertad por medio de su propia actitud, concentración y desapego. Sin embargo, el verdadero iluminado sabe que no puede separarse de los otros, sufre su dolor, se compadece de ellos, y procura abrirles el camino hacia la propia libertad de cada uno. Ese fue el comportamiento de Buda: una vez iluminado, descubierta su verdad e inmerso en una vida sin dolor y sin deseos, prescinde de su propia plenitud transfigurada y ofrece su mensaje iluminado a todos.

CRISTIANISMO Y BUDISMO

Permíteme otro alto en el camino. En un primer momento, Buda ha dicho que todo se condensa en el dolor y en el deseo. Pero, en contra de los trágicos de Grecia, sabe y dice que el dolor puede llegar a superarse. Por eso, en su doctrina hay algo que desborda el gesto de participación pedagógica en la ley universal del sufrimiento: la actitud iluminada de aquellos que, sabiéndose libres del dolor, comprenden sin embargo el sufrimiento ajeno y saben que merece la pena erradicarlo.

Advertirás la fuerza que supone esta manera de portarse. Parecería que el hombre iluminado debería cerrarse en actitud de conformismo despegado: su propia luz y salvación le basta. Nada consigue haciendo bien a los hermanos. Pues bien, el budismo ha invertido ese argumento: el hombre iluminado nada añade a su verdad cuando se inclina ayudando a sus hermanos; pero al hacerlo expresa su valor y su grandeza: sobre un mundo de dolor y sufrimiento eleva el signo de que, siendo solidarios en la prueba del dolor, también podemos serlo al ayudarnos. El verdadero budista tiene la experiencia de que han sido superadas sus pasiones, los deseos, todo tipo de apetitos de la tierra. Lógicamente, vive inmerso en el misterio de aquello que podríamos llamar su intimidad trascendente. Pero, al mismo tiempo, escucha como propios los dolores de los hombres y pretende liberarlos con su ejemplo y su palabra.

Fíjate en lo que me atrevo a asegurarte: abandonada a sus poderes creadores, la humanidad puede elevarse hasta el nivel budista, en su belleza y equilibrio, en su dominio personal y su apertura compasiva hacia los otros. Quizá nunca se había llegado tan arriba. Sin embargo, tengo que añadirte que con eso no has tocado la membrana originaria de la vida. ¿Qué falta? Falta, a mi entender, el gozo de la gratuidad como amor positivo que lleva hacia el prójimo; falta la vivencia de la comunión, el encuentro interhumano como signo primigenio del misterio; y falta, sobre todo, un Dios activo y personal que nos ofrezca amor desde su fondo. Todo esto lo ofrece y testimonia el cristianismo.

Fíjate en el cristianismo; a su entender, el gesto compasivo ha de integrarse en un espacio más extenso donde emergen otras notas y factores: creatividad, entrega por los hombres, compromiso comunitario, apertura a lo divino. Deja que ordene esos factores de una forma unitaria, breve y progresiva.

Según el cristianismo, el punto de partida no es el dolor sino la .fuerza creadora. Por eso, en la raíz originaria de las cosas no se encuentra el gesto de impotencia y muerte. El mundo es positivo; es Dios quien lo ha creado. Por eso, más allá de los dolores del hombre se encuentra la confianza originaria, la actitud del que se pone en brazos de la vida, la descubre como don gratuito y la valora en gesto positivo.

Más aún, antes que la compasión del hombre hallamos la compasión de Dios. Hay en el judeocristianismo una palabra audaz, aventurada, milagrosamente hiriente: Dios tiene piedad de ti, se compadece de tu angustia y de tu muerte. Te dirás: ¿cómo es posible? ¿no es Dios mismo quien me ha hecho sujeto al sufrimiento? Te respondo: Dios te crea corruptible y ¡imitado, eso es verdad; pero ha querido hacerte libre, quiere que despliegues tu camino y te realices, de forma abierta y arriesgada. Ya sé que no lo entiendes. Ya sé que me preguntas: ¿no hubiera sido preferible haber sido menos libres, más inmunes al dolor y angustia de la muerte?

Este es el centro del problema. Si un amor es puramente compasivo acaba siendo medroso y falto de creatividad; prefiere esquivar las pruebas, renunciar a los problemas. Pues bien, antes que mostrarse compasivo, el Dios cristiano es creador: quiere que seas y se arriesga, a pesar de que eso implica situarte sobre un cauce doloroso. Todavía más: el Dios judeocristiano afirma que este mundo es bueno, el mundo que el pecado, la injusticia y el dolor de la existencia han convertido tantas veces en dolencia intolerable. Al llegar aquí he de confesar que el Dios cristiano no ha querido tolerar impasible ese dolor: lo asume desde dentro, se compadece de los hombres y sufre con ellos. Sólo porque Dios es creador y porque siente como propia la angustia de la tierra se convierte en compasivo.

DEL BUDISMO AL CRISTIANISMO

Supongo que estas cosas suenan fuertes. ¿Sientes un temblor al escucharlas? Estás ante el misterio. Sabes que budismo y cristianismo se hallan frente a frente. O eres budista y afirmas que, siendo el mundo un mal, es necesario transcenderlo en la experiencia interior, sin llamar a ningún Dios en nuestra ayuda. O te confiesas cristiana y descubres sobre el mundo la mano de Dios, creadora, compasiva y redentora al mismo tiempo.

Déjame expresar mi pensamiento. Yo no aguantaría a un Dios que, habiéndonos creado, dejara el mundo fuera de sí mismo. Tampoco aceptaría a un Dios miedoso que parece no atreverse a hacer que el hombre sea conflictivo, fuerte y arriesgado. Mi Dios es un misterio de amor creador, arriesgado, un Dios que es capaz de sufrir por amor: un Dios que quiere un mundo adulto y creador, conflictivo en su cimiento, duro en su exigencia, complicado en su camino. Es más, haciendo el mundo, Dios se ha decidido a permitir el riesgo del pecado con lo que implica de ruptura, de dolor, de crisis.

Me gusta que te quede esto bien claro: Dios asume el riesgo del pecado, del dolor y de la muerte. Lo hace así porque decide que este mundo sea. Por eso, habiéndolo creado, acepta como propio y sufre desde dentro el dolor de los humanos. Pero deja que te indique unas pequeñas distinciones. a) El Dios de Israel se compadece de los hombres desde fuera: sufre su dolor, le duele su miseria... pero siempre se halla encima, está como guardado en su propia trascendencia. b) El Dios de Cristo ha dado un paso en adelante: penetra en la miseria de la historia, la padece en sus entrañas, la transforma.

Ahora entiendes lo que implica este misterio del dolor y de la muerte. El verdadero compasivo no es aquel que libra al otro de la muerte o le conduce a desligarse de la vida. Compasivo es el que crea -el que hace ser-, el que acompaña en el dolor, el que transforma la existencia de los otros. A veces suponemos que volverse compasivo significa «no exigir», librar al hombre del esfuerzo, protegerle en la blandura. ¡No es eso! Es compasivo de verdad quien nos exige, llevándonos a descubrir nuestras potencialidades, compartiendo con nosotros la dureza del camino y capacitándonos para recorrerlo.

Las perspectivas se hallan invertidas. Para el budismo, la compasión era elemento negativo: es el camino del que intenta ayudar a los hermanos, a fin de que se puedan desligar del sufrimiento y riesgo de la historia. El cristianismo, en cambio, sabe que sólo es verdadera aquella compasión que nos convierte en creadores. Sólo es digno de crear quien introduce su existencia en lo creado, quien se arriesga con sus obras, quien padece en ellas o las lleva en el regazo de su propio sufrimiento. ¡Así ha creado Dios! Lo hace arriesgándose, queriendo que seamos escandalosamente libres, para solidarizarse después con nuestra libertad y realizar nuestro destino. Por eso, la compasión es un gesto expansivo, de fuerza creadora. Ella implica un momento de creatividad intenso, comprometido. Sobre la cruz del dolor de su Hijo, Dios ha decidido que este mundo permanezca y llegue a ser, creándolo de un modo personal, comprometido.

Quizá te extrañe lo que digo. Te sorprende y nos sorprende, ¿sabes? A veces resulta escandaloso el recordarlo. En un determinado momento optaría por callar, poner el evangelio entre tus manos y dejarte a solas. Pero si he empezado a escribir será por algo. Permite que me alargue todavía. Es poco lo que falta. ¿Sabes dónde acaba la compasión de Dios? Acaba en el encuentro entre personas. Hacia eso tiende el gesto creador y compasivo de Dios para los hombres: lleva al establecimiento de una comunión de amor definitivo y permanente.

UN DIOS QUE SUFRE PORQUE AMA, LA COMPASIÓN DE DIOS

El tema de la compasión en su vertiente intradivina, interpretado como participación del Cristo en el sufrimiento de la historia y como dolor del Padre que recibe al Hijo muerto, constituirá el centro temático del apartado que sigue. Ahora pretendo concluir mis reflexiones ofreciéndote una breve indicación sobre el sentido y los niveles de la compasión interhumana.

Existe, a mi juicio, un primer nivel de compasión que puede llamarse material. ¿No te impresiona el sufrimiento físico del otro? Te duele su dolor, te conmueve su pobreza, te deprime y te sacude al mismo tiempo su miseria sociológica. ¿Qué hacer? Es evidente que no puedes contentarte con sufrirlo en tus entrañas. Quieres hacer algo, ayudar en concreto, contribuir a que el mundo, la pequeña sociedad en la que vives vaya siendo más humana y más fraterna, con posibilidades semejantes para todos. Tu compasión se ha convertido, de esa forma, casi sin sentirlo, en compromiso activo en favor de tus hermanos. Más allá de lo que haces quieres que ellos mismos asuman su tarea y se hagan libres, puedan realizarse de manera creadora.

Hay otra compasión más importante, es la afectiva. Tú corres y caminas por el mundo, estás internamente desprendida, escuchas a los otros, les atiendes... ¿No has notado cómo el mundo está muy solo? ¿no has notado cómo vienen y te buscan, cómo quieren apoyarse en tu persona, cimentarse en tu cariño? Entonces sientes compasión. Te causan pena tantos hombres y mujeres, aislados, perdidos. ¿No has notado entonces tu impotencia? Muchos quieren que respondas de una forma compasiva, con un gesto, una presencia y un mensaje de cariño. Quieren tu calor de amiga, como apoyo en que fundarse; quieren que tú seas una mezcla de hermana, madre y consejera, con algún matiz de novia. Es claro que no puedes darles todo. Tienes que mostrarles amistad. Pero, al mismo tiempo, has de ofrecerles una voz y una palabra diferentes: compasión significa ayudarles a conseguir que ellos sean; por eso tu actitud puede ser muy exigente. ¿Cómo harás para que vayan juntas cercanía afectiva y gesto de exigencia, participación sufriente y palabra creadora? Lo habrás de ver con cuidado en cada caso. Lo que sabes con certeza es que la compasión no se identifica con un fácil sentimiento que permite a cada uno seguir en donde estaba.

Finalmente, hay una compasión que puede llamarse universal. Es la traducción cristiana del gesto originario del budismo: también nosotros sentimos el dolor de la humanidad que «otea impaciente», aguardando la manifestación de la gloria de Dios. La humanidad entera gime y llora, como en un dolor de parto. Más aún, hasta el Espíritu del Cristo gime con los hombres (Rom 8, 19 s). Pero nosotros vemos las cosas de manera diferente. Sabemos que el camino del dolor no es un vacío: sufre con nosotros, en nosotros, el mismo Hijo de Dios, el Cristo. Por eso conservamos la certeza de que, al fondo del dolor, se esconde un nuevo nacimiento. No intentamos destruir la realidad sino crearla, desde Cristo y con Cristo. Con esto pasamos al apartado que sigue.

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lunes, 27 de febrero de 2012

Tentaciones de Jesús, tentación de la Iglesia


Publicado por El Blog de X. Pikaza

He comentado hace tres días la tentación de Jesús según Mc 1, 12-13. Siguiendo en esa línea, ofrezco hoy, primer domingo de Cuaresma, una visión de conjunto de las tentaciones, desde el contexto de la historia de Jesús y de nuestra historia actual.

Ellas exponen, simbólicamente, el sentido de las tentaciones (problemas) históricos del mesianismo de Jesús, en los tres niveles de la vida humana (economía-pan, política-poder, ideología-religión). Como solía decir el Cardenal Y. M. Congar, allí donde Jesús triunfó, haciendo posible un camino de nueva humanidad (Reino), con mucha frecuencia han caído los cristianos, convirtiendo el mensaje-reino de Jesús en cuestión de economía, política e ideología.

Éste es uno de los temas centrales de la teología y de la historia cristiana. Lo he presentado ya otras veces en este blog. Permitan los lectores que lo exponga de nuevo, de forma condensada, destacando rasgos que quizá otras veces he pasado por alto. Buen domingo a todos, y gracias por seguir leyendo muy generosamente mis aportaciones (a pesar de que a veces sean menos los comentadores).

1. Introducción. Riesgo mesiánico, Mc

En el mismo lugar donde el Cuarto Evangelio presenta a Jesús como bautista (colaborando y separándose de Juan), la tradición sinóptica evoca y desarrolla el tema de las tentaciones, en las viene a expresarse su riesgo tarea de portador del Reino, es decir, de Hijo de Dios. Unas tentaciones así resultaban imposibles para Juan, pues en su caso quien debía oponerse a Satán era Dios, y Dios no puede ser tentado por el Diablo. Pero Jesús puede y debe ser tentado, para descubrir su identidad y realizar su tarea, superando los riesgos “diabólicos” de la vida (que aparecían ya en relato de Gen 2-4).

De esa forma, mientras iba desarrollando su experiencia post-bautismal (en la línea del apartado anterior), él pudo superar el riesgo diabólico del mismo mesianismo (de su tarea profética), descubriendo que Dios le llamaba Hijo y le concedía su poder (Espíritu; cf. Mc 1, 10), para enfrentarse con Satán, su antagonista, e instaurar el Reino.

Así se vinculan las dos revelaciones, la de Dios que es gracia y tarea (Mc 1, 10-11 par.) y la del Diablo que es tentación (Mc 1, 12-13 par.). Estrictamente hablando, tal como han sido transmitidas, de formas distintas y complementarias, por Marcos (1, 12-13) y el Q (cf. Lc 4, 1-13; Mt 4, 1-11), las tentaciones tienen un carácter mesiánico y evocan la forma en que Jesús se ha opuesto a lo satánico. Pero, históricamente, ellas deben entenderse en el contexto de su vocación y opción de Reino, esto es, en el tiempo de su vinculación con Juan Bautista (en el desierto), antes de iniciar su tarea propiamente dicha en Galilea.

Sólo en la medida en que ha ido conociendo a Dios, Jesús ha podido saber quién es el Diablo, y derrotarle. Por eso, la revelación de Dios y la del Diablo se encuentran vinculadas, en el mismo contexto de “desierto”, donde Jesús había sido por un tiempo compañero del Bautista. Lógicamente, tanto Mc 1, 12 como Mt 4, 1 y Lc 4, 1, sitúan allí las tentaciones, entendidas como tiempo (espacio) de gran lucha de Dios (y su enviado) contra el Diablo.

Eso significa que el gran juicio (enfrentamiento), que Juan Bautista anunciaba para el fin del tiempo, ha comenzado a realizarse ya, pues ha llegado el tiempo escatológico. Jesús descubre así que ya no es tiempo de bautizar, esperando lo que venga después, sino oponerse directamente a Satán, para vencerle. En ese contexto se entiende y define su opción de Jesús o compromiso por el Reino.

Jesús no ha iniciado su misión de Reino a ciegas, sino que ha descubierto y superado los poderes que se oponen a ese Reino, vinculados al dinero (pan), al triunfo político (reino del mundo) y a la imposición religiosa (milagros). De esa manera, la misma revelación de Dios que le dice “eres mi Hijo” le impulsa a enfrentarse de un modo directo contra el Diablo. Juan Bautista había anunciado una lucha futura de Dios contra el Diablo (en el juicio). Jesús, en cambio, ha entrado de lleno en esa lucha, optando por Dios y debiendo oponerse a los poderes satánicos que tienen a los hombres sometidos.

Sin duda, tal como aparecen en los sinópticos, la tentación (tentaciones) de Jesús recoge aspectos y experiencias posteriores de la Iglesia (en la línea de Mc y el Q), pero en su fondo ellas evocan un hecho “histórico”: Al iniciar su misión, mientras iba superando (o para superar) la dinámica bautismal de Juan Bautista, Jesús tuvo que optar por una experiencia y tarea de Reino que le enfrentaba con los poderes del diablo (pan, poder, milagros).

Entendidas así, las tentaciones evocan una opción y experiencia especial de Jesús, en un momento dado, en el “desierto” de Juan (antes que culminara su experiencia post-bautismal), es decir, antes de su descubrimiento pleno de Dios como Padre (cf. Mc 1, 10-11). Pero ellas no son una simple reseña de algo que le pasó antes de iniciar su tarea posterior en Galilea, sino que forman parte del despliegue de su conciencia/identidad profética, que empezó en el desierto del Jordán, pero que se expandió y expresó en su opción por el Reino en Galilea (y después en Jerusalén).
El texto de Marcos («en seguida, el Espíritu le impulsó al desierto, y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; estaba con las fieras, y los ángeles le servían»: Mc 1, 12-13) expresa la ruptura y novedad profético/mesiánica de Jesús (que abandona y supera el proyecto bautista de Juan) y anuncia su historia posterior, en perspectiva de creación (Jesús mismo es el «hombre» de Gen 2-3) y de constitución del pueblo israelita (el retoma el camino de Israel en sus cuarenta años/días de desierto). Jesús aparece así como el hombre verdadero (no se ha dejado vencer por el Diablo) y como el auténtico Israel (ha pasado el Mar Rojo), de manera que su historia invierte la historia de la humanidad “vencida” en Gen 3 por la serpiente.

Entendida así, la tentación muestra la dificultad del Reino, es decir, el riesgo de la opción mesiánica de Jesús y de su lucha contra lo diabólico. Conforme a la visión de Juan Bautista, esa victoria se daría sólo al fin del tiempo, tras el juicio. Jesús, en cambio, ha comenzado a luchar ya en este mundo contra el Diablo, superando así su “tentación”. Ésta es su novedad, éste será desde ahora su mensaje: Como Hijo de Dios (con el poder de su Espíritu), él ha vencido al Diablo, instaurando el Reino de Dios, en los tres campos de la conflictividad humana (pan, poder, religión), como destaca el Q.

2. Tradición Q. Tres tentaciones

A diferencia de Marcos, el Q recoge (o elabora) tres tentaciones, que no pueden entenderse de manera historicista, pero que son históricas en el sentido más profundo del término, porque definen la conciencia objetiva (tarea) de Jesús, desde una perspectiva económica (posesión de bienes), política (control de medios del poder) e ideológico/religiosa (producción y posesión de la ideas):

En aquel tiempo… el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. (a) Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre. (b) Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Jesús le contestó: Está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. (c) Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y también: Te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le contestó: Está mandado: No tentarás al Señor, tu Dios. Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión (Q: Lc 4, 1-13; cf. Mt 4, 1-11).

Esas tentaciones, formuladas desde la experiencia de la Iglesia, recogen la opción y tarea de Jesús como profeta del Reino (cf. Mc 1, 14-15), mostrando su identidad frente a esenios y futuros celotas, sacerdotes y apocalípticos. Ese texto expresa la novedad de la opción de Jesús, que ha sido capaz de separar la tarea de Dios y la del Diablo, desde la perspectiva del pan, el poder y los milagros.

Él no ha seguido esperando el juicio, como Juan, cuando Dios venza al Diablo y llegue el Reino final, sino que ha querido vencerle desde ahora, optando por el Reino y haciéndolo presente con su vida, como amor de Padre, en un mundo complejo, donde muchos mezclaban las cosas de Dios y del Diablo. Eso supone que él ha debido discernir y optar por el Reino, dejándose alumbrar por Dios y rechazando el mesianismo diabólico .

Sólo así, al cumplirse el tiempo (¡llega el Reino!), allí donde Dios ha dicho a Jesús ¡tú eres mi Hijo! ofreciéndole su Espíritu, se hacen visibles los problema reales de los hombres, en un plano económico, político y religioso, y se abren también unas opciones antes imposibles (pues no era claro quién es Dios y quién el Diablo). Esas opciones, superando el juicio de Juan y abandonando su bautismo penitencial, no ha sido fáciles de tomas, de manera que muchos judíos de entonces (y cristianos de ahora) optarían por el Diablo (su pan, su triunfo político y milagro), como puso de relieve de F. Dostoievsky en un texto famoso del Gran Inquisidor:

Si hubo alguna vez en la tierra un milagro verdaderamente grande fue aquel día, el día de esas tres tentaciones. Precisamente, en el planteamiento de esas tres cuestiones se cifra el milagro… Porque en esas tres preguntas aparece compendiada en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las insolubles antítesis históricas de la humana naturaleza en toda la tierra. (Los hermanos Karamásovi, Obras completas III, Aguilar, Madrid, 1964, 208).


a. Propuesta de pan.

«Si eres hijo de Dios di a esas piedras que se vuelvan alimento» (cf. Lc 4, 3). Así argumenta el Diablo, con buena lógica: El Reino de Dios debería resolver los problemas económicos, porque se supone que Dios es pan, dinero (cf. Mamona de Mt 6, 24). Pero Jesús responde: «No sólo de pan el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios» (Lc 4, 4; Mt 4,4; cf. Dt 8, 3). Para Jesús, el Reino es ciertamente pan, pero un pan vinculado a la palabra del Dios, es decir, a la libertad y opción del hombre, como le reprocha el Inquisidor:

Tú quieres irle al mundo, y le vas con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden... porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?... Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil. Pero tú no quisiste privar al humano de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa -pensaste- que se compra con pan? (Ibid 208-209).

Era (es) tiempo de hambre y el mismo Jesús era de una clase de campesinos sin tierra, artesanos precarios, mendicantes y mendigos, sometidos al poder de reyes, terratenientes y mercaderes, convertidos en dueños de un pan que ellos empleaban para imponerse sobre los pobres (para dominarles y excluirles). El Inquisidor asegura a Jesús: «De haber optado por el pan habrías respondido al general y sempiterno pensar humano: ¿Ante quién adorar?» (cf. Mt 6, 24), pues el hombre adora a quien concede pan, a quien le asegura un tipo de prosperidad económica. Pero Jesús sabe que el hombre es, ante todo, libertad para el amor, de manera que el pan (economía) ha de estar al servicio de la Palabra, es decir, de la comunicación y dignidad humana. Por eso él rechaza la propuesta del Diablo, que quiere imponerse por el pan (o la falta de pan), destruyendo al hombre. Jesús no quiere Pan con métodos de Diablo, en contra de lo que harán muchos colectivos cristianos posteriores.

2. Propuesta de poder.

«Mostrándole los reinos de la tierra, dijo el Diablo: todo esto te lo daré si me adoras, pues yo se lo doy a quien yo quiero...» (Lc 4, 5-6). Largos siglos llevaba Israel esperando la llegada de un Reino universal, sabiendo que tras muchos imperios despiadados y reyes injustos debía surgir el príncipe Mesías:

Siempre la Humanidad, en su conjunto, se afanó por el poder universal. Muchos fueron los pueblos grandes con una gran historia; pero cuanto más grandes, tanto más intensamente que los otros han sentido el anhelo de la fusión universal de los humanos... Si hubieras aceptado el mando y la púrpura del César, habrías fundado el imperio universal y habrías dado la paz al mundo (Ibid 212-13).

El Diablo le ofrece un Imperio mundial, a la fuerza, en la línea del César de Roma, con lo que eso implica de adoración del Diablo (es decir, al Poder), no un Reino que brota y se expande en gratuidad y diálogo (como en Is 2, 2-4). Pero Jesús rechaza su propuesta, porque un imperio y paz a la fuerza implica la destrucción del hombre. Él quiere imposición, autómatas o esclavos, sino amigos e hijos de Dios, oponiéndose así al despotismo del Diablo, que crea un espléndido rebaño, pero mata al ser humano.

Ciertamente, quiere Reino, pero en línea de Dios, no para conquistar el mundo, como el César de Roma, sino para reconciliar en libertad y amor a los hombres. No ha tomado el pan sin Palabra, tampoco puede aceptar el reino sin libertad (con adoración del Diablo). Ciertamente, pueden discutirse muchos rasgos de su proyecto, pero el sentido es firme: Él no ha querido el poder para dominar a otros (eso es del Diablo), sino para crear vida, enseñar y curar en libertad, en contra de algunos que se han dicho más tarde cristianos.

3. Propuesta de milagro.

El Diablo colocó a Jesús sobre el pináculo del Templo y le dijo: «Si eres hijo de Dios, lánzate abajo, porque está escrito: mandaré a los ángeles que te tomarán en sus manos…» (cf. Lc 4, 9; cf. Sal 91, 11-12). Éste es el Diablo del milagro, entendido como sometimiento religioso, en contra del Dios que es libertad, pues no utiliza engaños ni domina a los demás. Así le dice el Inquisidor:

Pero tú sabías que en cuanto el hombre rechaza el milagro, inmediatamente rechaza también a Dios, porque el hombre busca no tanto a Dios como el milagro. Y no siendo capaz el hombre de quedarse sin milagro, fue y se fraguó él mismo nuevos milagros y se inclinó ante los prodigios de un mago o los ensalmos de una bruja, no obstante ser cien veces rebelde, herético y ateo. Tú no bajaste de la cruz cuando te gritaron: ¡Baja de la cruz y creeremos que eres Tú! Tú no descendiste, tampoco, porque también entonces rehusaste subyugar al humano por el milagro y estabas ansioso de fe libre... Te lo juro: el hombre es una criatura más débil y pequeña de lo que imaginaste. Al estimarlo tanto te condujiste como si dejases de compadecerlo, pues le exigías demasiado. De haberlo estimado en menos, menos le hubieses exigido, y esto habría estado más cerca del amor, porque más leve habría sido su peso (Ibid 211).

Ésta es la última tentación: Emplear el poder religioso para dominar a otros, apelando a milagros, como si el Reino de Dios fuera obligatorio. Muchos piensan que Jesús debía haber impuesto su Reino de manera religiosa (prodigiosa); pero él no lo ha hecho, sino que ha optado por la libertad de los hombres, en contra de muchas instituciones cristianas posteriores.

Así termina el relato de las tentaciones, que tazan un resumen de la experiencia de Jesús, tal como ha sido condensada por el Q (hacia el 60 dC), ofreciendo la primera interpretación de conjunto de su historia, en perspectiva creyente, desde un contexto judío, apelando en especial al Deuteronomio (que se cita para resolver cada tentación: Dt 8, 3; 6, 13 y 6,16). El autor o autores de este pasaje (el único texto narrativo del Q) han querido mostrar que Jesús no sólo ha proclamado una serie de palabras sabias, sino que ha sido Mesías de Dios con su vida, en una línea que puede ser ratificada por la Ley (Deuteronomio).

El Q no ha escrito “todavía” la vida mesiánica de Jesús (eso lo hará primero Marcos, hacia el 70 dC), pero ha dado las claves para escribirla, en forma de fidelidad a Dios y lucha contra el Diablo, en una línea abierta a la Palabra, en gesto de adoración al verdadero Dios, no de tentación milagrera, en contra de lo que piden o desean en ese momento (50/60 dC) algunos profetas escatológicos judíos como Teudas o un Egipcio innominado .

Conclusión y bibliografía:

Entendidas así, las tentaciones no son “históricas” en el sentido exterior de la palabra, pero ofrecen un compendio de la historia mesiánica de Jesús y constituyen un elemento esencial, una clave hermenéutica, de su biografía mesiánica. Así las entendieron los redactores y/o portadores del documento Q, así las asumieron Lucas y Mateo, presentándolas en la primera página de la biografía adulta de Jesús, al lado del bautismo. Frente a una Ley que sanciona lo que existe) y frente a los prodigios que llevan al dominio de unos sobre otros (en la línea de los theioi andres, varones divinos de cierto helenismo), las tentaciones forman una introducción a la vida de un Jesús que regala su vida, gratuitamente, a los demás.

Entre la bibliografía antigua sobre el tema, cf. J. Dumery, Las tres tentaciones del apostolado moderno, FAX, Madrid 1950; J. Dupont, Les tentations de Jésus au désert, SN 4, Bruges 1968; A. Feuillet, Le récit lucanien de la tentation (Lc 4, 1-13), Bib 10 (1959) 613-631; L'épisode de la tentation d'après l'ev. selon S. Marc (1, 12-13), EstBib 19 (1960) 49-73; A. Fuchs, Die Versuchung Jesu, SNTU, Linz 1984.

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jueves, 16 de febrero de 2012

Jesús y el leproso, toda la vida cristiana


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Los tres posts anteriores han venido comentando el texto la curación del leproso, con la irritación de Jesús y la desobediencia obediente del curado. Son muchos los lectores que me han llamado o escrito pidiéndome que sintetice el tema, y lo hago gusto, retomando unos motivos que publiqué en su momento en RS 21 (http://www.21rs.es/) y que que podrán allí encontrarse en su correspondiente.
Ofrezco así una síntesis del tema y me despido de este motivo crucial de la “lepra” , entendida como enfermedad física y social… y de su curación que exige una forma nueva de concebir la comunión humana y de integrar a los que parecen expulsados de ella.
Es sin duda un tema médico, pero es, sobre todo, un tema humano, de sensibilidad y diálogo, de apertura agradecida... En la primera imagen, los diez leprosos curados por Jesús según el evangelio de Lucas. Nueve van por la vida, uno vuelve para dar gracias a Jesús. En la otra imagen, Jesús con el leproso de Marcos.


Dejo a mis lectores de nuevo (por última vez) con este motivo tema de la “lepra” que sigue definiendo nuestra vida cristiana.

Gracias por haberme seguido en estos días... y perdonad por la reiteración de argumentos y palabras, tomadas en gran parte de mi comentario de Marcos (VD, Estella 1012).

Lea este post sólo quien quiera tener una visión de conjunto del tema, con bastantes reiteraciones, con alguna idea nueva. El motivo merecía la pena, creo que ha sido una seria que ha merecido la pena..., en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, tan dada a expulsar de nuevo a los leprosos de diverso tiempo (social y personal, corporal e intelectual y religioso)

LEPROSO 1. INTRODUCCIÓN.


Texto: Marcos 1,40-45

Mc 1, 40-45. En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme." Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero: queda limpio." La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés." Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

1. Quién es un leproso. Un enfermo

De la sinagoga de Cafarnaúm, pasando por la casa de la suegra de Simón, Marcos nos lleva a las sinagogas rurales de Galilea (1, 39) y a los campos donde vagan los impuros, aquellos que no pueden integrarse en la ciudad. En ese campo, expulsado de la sociedad, habita el leproso que «puesto de rodillas suplicaba a Jesús: Si quieres, puedes limpiarme».

El leproso esta expulsado, no puede entrar en una población, y así busca a Jesús en el campo, diciendo que él puede curarle. Jesús escucha, se apiada, toca al leproso con la mano y responde «Quiero». Éste es el primer gesto de voluntad clara de Jesús, que responde al leproso e inicia así un camino de limpieza que el judaísmo más legal no admitía, pues separaba a posesos (cf. 1,21-29) y a leprosos.

La contraposición es evidente. El judaísmo del Levítico y de la ley de sacerdotes declara lo limpio y lo manchado: divide, organiza ritualmente a los hombres, expulsando a los sucios, y reintegrando a los curados, pero sin poder limpiarles. Jesús, en cambio, vuelve a las raíces del auténtico Israel y dice: «quiero, queda limpio», y de esa forma cambia y construye un orden nuevo donde caben posesos y leprosos, una comunidad de acogida universal.

2. El leproso, un expulsado.

Jesús ha empezado a proclamar el evangelio “en las aldeas” (kômopoleis, poblados de campo), iniciando así una misión rural, centrada en los exorcismos, realizados en las pequeñas sinagogas, de manera que él aparece como experto en cuestión de posesos. Pues bien, entre sinagoga y sinagoga, atravesando por el campo, se le acercó un leproso, con quien (al parecer) no contaba, echándose a sus pies de rodillas (gonypetôn), como adorándole, para exponerle su caso y decirle: “si quieres… (ean thelês) puedes purificarme” (katharisai).

Jesús no le ha buscado, quizá no pensaba que Dios le mandaba a curar a los leprosos, pero el leproso se lo dice: “Si quiere, puedes…”. Este leproso conoce su mal por experiencia, pues la misma Ley le ha expulsado de la sociedad, de manera que no puede albergar ninguna esperanza de Reino, pues ha de habitar fuera de las poblaciones, sin escuchar el mensaje que Jesús está sembrando precisamente en ellas, al curar a los endemoniados.

Es el último en el escalón de la vida, sin esperanza alguna. Está fuera del círculo social, pero Jesús pasa y él (el leproso) puede decir algo que Jesús no sabía: «Puedes limpiarme». Jesús no había tenido en cuenta a los leprosos, por eso es el leproso el que tiene que enseñarle, mostrándole su carne herida. No es un simple enfermo, sino un expulsado, más aún, un excomulgado en el sentido fuerte del término, y sólo el sacerdote podía reintegrarle en la sociedad si se curaba (Lev 13-14).

3. El leproso, un maestro de Jesús.

La escena empieza con el gesto del leproso que viene y ruega (1, 40), puesto de rodillas (gonipetôn), diciendo a Jesús “si quieres…”, poniendo su caso y su causa en sus manos. Todo nos permite suponer que Jesús no se había detenido a pensar en el problema, ni conocía el poder que este leproso le atribuye (¡si quieres puedes limpiarme!), ni sabía cómo desplegarlo, asumiendo en su misión la tarea de “purificar” a los leprosos (el texto emplea la palabra katharisai, que propiamente hablando no es curar, sino purificar, limpiar).

La iniciativa no parte de Jesús, sino del leproso que le dice lo que ha de hacer (¡si quieres…!), despertando en él una nueva conciencia de poder, que desborda las fronteras del viejo Israel sacerdotal. Este leproso puede saber que Jesús había curado al poseso de Mc 1, 23, esclavizado por un espíritu impuro (akatharton) y a la mujer con fiebre (1, 31). Pues bien, sabiendo que Jesús pudo “purificar” a un poseso, está seguro de que podrá purificarle también a él, declarándole limpio y realizando algo que, según Lev 13-14, sólo podían hacer los sacerdotes, cuando declaraban puros a los leprosos previamente curados.

Para ser maestro hay aprender de los otros. Jesús, el gran maestro, aprendió la lección del enfermo: ¡Si quiere puedes limpiarme! Aprendió y quiso, limpió al leproso, iniciando un camino que le llevará dar la vida por los otros, como supo siglos más tarde, Damián de Veuster, un cristiano, que aprendió todo de los leprosos.

LEPROSO 2. JESÚS LE LIMPIA

1. Gesto de Jesús.

El leproso del camino había enseñado a Jesús, diciéndole que “si quería” podía limpiarle (Mc 1, 40). Pues bien, Jesús escuchó al leproso y supo así que tenía poder para limpiarle, en nombre de Dios, por encima de los sacerdotes, que controlaban los casos de lepra, expulsando a los manchados, pero sin curarles. Así sigue el texto: « Y, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda puro. Al instante desapareció la lepra y quedó puro» (Mc 1,41-43).
Esta acción nos sitúa en el centro de la máxima “transformación” del evangelio. Jesús no será “Mesías” luchando, en guerra, contra Roma, ni tomando el templo por la fuerza, para hacerse allí Gran Sacerdotes, sino acogiendo y ofreciendo un lugar para vivir a los leprosos. Éstos son los rasgos de su gesto:

1. Compadecido (splagnistheis). Esta palabra evoca la experiencia del Dios de Moisés, que se define como “aquel que está lleno de misericordia y compasión” (Ex 34, 6). En el principio de la acción de Dios, que perdona y acoge a su pueblo, esta la misericordia. Pues bien, según ese pasaje, Jesús ha sentido esa misma “conmoción interior” de Dios ante el leproso, una compasión-misericordia que brota de su entraña, como puso de relieve J. Sobrino, en un libro inolvidable: El principio misericordia, Santander 1992.

2. Extendió la mano y le tocó. Movido por su compasión, Jesús desoye y supera la ley del Levítico, que prohibían “tocar” a los leprosos, bajo pena de impureza. Expresamente rompe esa ley y hace algo que nadie podía, sino sólo el sacerdote, y no para curar/purificar, sino sólo para certificar una curación: tocar a los supuestos leprosos. Jesús extiende la mano y toca expresamente al leproso, sabiendo que, en línea de ley, ese contacto va a mancharle, pero sabiendo también y, sobre todo, que él puede y debe purificar al leproso. Esta mano de Jesús que toca es la expresión de una misericordia que transciende unas leyes externas de pureza.

3. Y le dice ¡quiero, queda limpio! (1,41b). Esa palabra ratifica la misericordia anterior y expresa el sentido del contacto de la mano. El leproso le ha dicho ¡si quieres! (ean thelês) y Jesús le ha respondido, cumpliendo así su petición: ¡quiero, sé puro! (thelô katharisthêti). A través de esa voluntad de Jesús, en primera persona (¡quiero!), se revela la voluntad creadora de Dios.

2. Ampliación.

La misericordia, el contacto físico y la palabra purificadora de Jesús llegan a la hondura del enfermo, que antes se hallaba expulsado de la sociedad “sagrada” (y marginadora). Jesús invierte así el proceso de expulsión de la Ley, acogiendo (¡purificando!) al leproso. No espera y observa, como deben hacer los sacerdotes, para sancionar una posible curación ya realizada (cf. 1, 44; Lev 14, 3), sino que escucha la necesidad del impuro y le acoge, ofreciéndole su contacto corporal y su palabra, abriendo un espacio de pureza (salud, dignidad, humanidad) en su nueva familia mesiánica.

En este contexto pueden plantearse dos cuestiones importantes, aunque no esenciales, para entender el movimiento de Jesús. 1. La enfermedad. El texto dice que aquel hombre era un leproso (lepros), una palabra que indicaba varias enfermedades de la piel (y no sólo la producida por el bacilo de Hansen, que entonces no se conocía). Por eso, algunos comentaristas de Marcos prescinden de esa palabra (lepra), empleando otras más o menos equivalentes.

Pero al evangelio no le importa el carácter biológico de aquella enfermedad, sino su carácter “humano”: expulsaba a los enfermos, les hacia impuros. 2. La curación. El texto dice que “de pronto desapareció la lepra y quedó puro (con un verbo en pasivo divino: ekatharisthê: Dios le hizo puro). Evidentemente, Marcos está pensando en un “cambio externo”, y así supone que la piel del enfermo tomó otra apariencia, como si quedara sana o se le cayeran las escamas. Pero, el término que emplea no es “se curó” (iathê), sino “quedó puro” (ekatharisthê). Lo que importa e la “pureza personal”.

Según este pasaje, Jesús curó a un sólo leproso (a un hombre impuro), pero al hacerlo fue como si hubiera declarado que todos los leprosos son humanamente limpios, superando así los tabúes y las divisiones de purezas e impurezas que expulsaban a ciertos hombres y mujeres de la sociedad. Nos hallamos ante un gesto que sigue siendo socialmente inaudito, un gesto que sólo algunos hombres grandes como el P. Damián han comprendido y actualizado en la iglesia.

LEPROSO 3. JESÚS SE IRITA

1. Tema.

En los dos números anteriores del RS21 he presentado el “milagro” del leproso (Mc 1, 40-41), que enseñó a Jesús y a quien Jesús sanó. Podríamos esperar que la escena tuviera un “happy end”, de manera que leproso y Jesús se abrazaran ante el aplauso de todos, incluidos los sacerdotes de Jerusalén. Pero de manera extraña (y ejemplar) el texto dice que Jesús se irritó «y le expulsó, diciendo: Mira, no digas nada a nadie, sino, vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio de ellos» (Mc 1, 43-44).
Este pasaje nos sitúa ante las consecuencias de lo que implica “optar” por lo leprosos (como hizo Damián de Veuster). Jesús purificó al leproso, pero quiso que se integrara en el espacio “normal” de la comunidad, dominada por los sacerdotes. Pues bien, el evangelio mostrará que eso resulta imposible: ¡Una vez que se opta por los leprosos todo cambia!. Desde ese fondo se entiende el “enfado” de Jesús. Primero cura al leproso; después se irrita con él. Tiene que haber una razón grave, muy grave, gravísima, para que el “dulce” Jesús actúe de esa forma.

2. El enojo de Jesús.

Este pasaje es muy extraño. Jesús había escuchado al leproso y, movido por la misericordia, le había dicho: “queda puro”. Pero después parece que se arrepiente “e irritado con él (embrimêsamenos autô) le expulsó (exebalen auton)». Las dos palabras que describen su estado interior y su acción (irritado, le expulsó…) destacan la implicación afectiva de Jesús en este gesto, que tiene grandes consecuencias para todo desarrollo posterior de su proyecto.

Jesús había “salido” de Cafarnaúm, para enseñar en las sinagogas del entorno campesino (1, 38), en tarea programada de evangelización rural (de exorcismos y preparación del Reino), que, en principio, no plantea problemas, porque los posesos no tienen una “marca de impureza” externa, y porque la Ley (en especial el Levítico) no les expulsa de la comunidad (como hace con los leprosos). Pero, este nuevo gesto (¡ha tocado a un leproso!) le ha convertido en impuro según la Ley. Además, al decir al leproso “queda limpio”, Jesús ha asumido una autoridad propia de sacerdotes (decidir quién pertenece o no al pueblo de Israel), entrando en conflicto con ellos (cf. Lev 13-14). Así comienza un choque de autoridad que culminará en su muerte (los sacerdotes le expulsarán del pueblo de Israel, entregándole a los romanos para que le maten).

En ese contexto puede situarse mejor la “ira” o conmoción de Jesús, como si no supiera (o no pudiera) superar la ruptura interior y exterior que le ha causado su relación con este leproso al que ha limpiado. (a) Por una parte, tiene piedad del leproso, le toca, y le declara limpio. (b) Pero, por otra parte, se irrita ante él, y le expulsa, diciéndole que vaya donde los sacerdotes, como para “rendirles” obediencia, como si por ahora no quisiera “romper” con ellos.

3. Explicación.

Este pasaje nos sitúa así ante un Jesús extremadamente sensible, que va aprendiendo a medida que ejerce su tarea mesiánica. ¿Con quién se irrita?

− Puede irritarse con las instituciones de Israel, porque quieren mantener sometidos por ley a los leprosos; se irrita, pero no puede (no quiere) empezar enfrentándose con los sacerdotes y, por eso, con ira, manda al leproso que vaya y que cumpla según Ley, para que ellos, en principio, no se opongan a la obra de Jesús (para testimonio de ellos). Esa actitud puede situarnos ante un dato histórico: En principio, Jesús quiso mantenerse fiel a las instituciones de Israel y por eso pidió al leproso que “callara”: que no propagara el “milagro” (la revolución que implica), que volviera al conjunto social establecido, para que los sacerdotes reconozcan y admitan de nuevo en el orden sagrado que ellos controlan.

− Puede irritarse también consigo mismo, porque el leproso a quien él ha purificado (por misericordia) cambia sus proyectos y pone en riesgo su misión en Israel (en las sinagogas del entorno, donde ya no puede entrar, pues todos saben ha tocado a los leprosos). Por eso, en vez de mantenerle a su lado y de decirle que le siga (como ha hecho con los cuatro pescadores de 1, 16-20), Jesús le expulsa (exebalen). No le quiere en su grupo, porque sería un impedimento para su misión en los pueblos del entorno. Marcos parece indicar así que Jesús buscaba un imposible: por un lado declaraba puros a los leprosos; por otro lado intentaba mantenerse dentro de las estructuras sagradas del viejo Israel (que les expulsaba). Por eso, en este momento, preso de una división interior, expulsa” al leproso curado (¡no quiere que le acompañe!) y le ordena, con irritación, que se marche y se inscriba en el libro sagrado de los sacerdotes…

Este mandato de un Jesús “irritado”, que no quiere romper el orden de Israel, al menos en este momento y que, por eso, acepta sus instituciones, nos sitúa ante un problema clave de la iglesia posterior. Nosotros, hoy, sabemos que aquella primera estrategia “pactista” de Jesús (¡no irritar a los sacerdotes) resultará inviable, pues los mismos sacerdotes le condenarán a muerte (Mc 14, 1-2), mientras que un leproso, como éste a quien él ha curado (¡quizá el mismo!), le recibe en su casa de Betania en la anteúltima cena (Mc 14, 3-9). El P. Damián conocía bien esas “historias” de leprosos que mantienen su dignidad y que reciben y acogen en su casa a los que otros (como los sacerdotes del viejo Jerusalén) quieren matar. Quien empieza acogiendo y curando (dando dignidad) a los “leprosos” se enfrenta con grandes problemas, como supo Jesús.

LEPROSO 4. OBEDECE DESOBEDECIENDO

1. Tema.

He venido tratando en los números anteriores de Jesús y del leproso de Mc 1, 39-45, poniendo de relieve el gesto duro del Jesús airado, que ordena al leproso purificado que calle y se integre en el orden social de los sacerdotes, conforme a lo prescrito por Moisés. Pero el leproso no le quiere obedecer, sino todo lo contrario: en vez de acudir al sacerdote y guardar silencio empieza a “kêryssein polla”, esto es, a proclamar con gran fuerza lo que Jesus ha hecho con él «de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él de todas partes» (Mc 1, 45).

Es evidente que ese leproso curado desobedece a Jesús en un plano, pero lo hace para obedecerle en otro más profundo, proclamando la palabra (es decir, la forma de actuar de Jesús). Él había empezado “enseñando” a Jesús (¡si quiere, puede…). Ahora, al final de la escena, le sigue enseñando, y así le dice que debe prescindir de los sacerdotes (no someterse a ellos), con las consecuencias sociales que ello implica. Este leproso es el primer predicador cristiano (como la suegra de Simón, que había sido la primera “ministra”: 1, 31), al proclamar lo que Jesús ha hecho con él, presentándose así como germen de una nueva comunión de liberados, que superan la ley sacerdotal, haciéndose testigos del evangelio, es decir, de una humanidad donde todos son puros.

2. Trama.

A este leproso le habían “expulsado” ya los sacerdotes, cuando estaba enfermo, teniendo que vivir fuera de pueblos y aldeas. Ahora que está curado (que es puro) no quiere someterse más a ellos, ni aunque se lo mande Jesús, que ha dicho: ¡Sométete a los sacerdotes! En un sentido, por experiencia, este leproso “sabe” más, atreviéndose a sacar unas consecuencias que ni Jesús quería sacar por entonces: ¡Sabe que debe liberarse de los sacerdotes de Jerusalén!

Este leproso hace “por Jesús” algo que no estaba previsto, pues la misma dinámica de Jesús, que le ha curado, le ha liberado del control sagrado de los sacerdotes. La suegra de Simón respondía al "milagro" (Jesús la levantó en sábado) poniéndose a servir a los demás, superando de esa forma la ley del sábado judío (1, 31). En esa línea avanza este leproso, pero de un modo más directo y programado, pues no va a los sacerdotes (como debía, según Ley, que Jesús le ha recordado), sino que predica el nuevo mensaje de pureza en los pueblos de Galilea e influyendo en la estrategia posterior del evangelio.
Este leproso sabe que Jesús ha puesto en marcha un movimiento de Vida y ya no puede volver donde los sacerdotes, ni aunque se lo mande externamente Jesús, pues el mismo Jesús le ha mostrado un camino de liberación y Reino que supera el control de los sacerdotes. De esa forma, desobedeciendo obedece de verdad.

3. Consecuencias.

Desobedeciendo en un sentido, obedece en otro, mucho más profundo, actuando así como el primer misionero cristiano (antes de Pedro, antes de Pablo).

− Jesús leproso. Esa actitud del implica hace cambiar a Jesús, que ya no puede entrar abiertamente en las ciudades sino que ha de habitar en despoblado (1, 45b), teniendo que suspender el programa que había iniciado en 1, 39, como reformador de las sinagogas, al menos por un tiempo. ¿Por qué? Porque, de hecho, su mensaje va en contra de los sacerdotes y porque él mismo se ha hecho impuro, como el leproso al que ha curado, apareciendo ante la Ley como leproso.

− Jesús buscado. Ha sido él quien ha querido curar al leproso, “tocándoles” y quedado así, por un tiempo, “fuera de la Ley”. De esa forma, este Jesús “leproso” (marcado por su forma de tratar a los leprosos) tiene que vivir al descampado. No puede “ir” a los lugares donde está la gente normal, sino que debe habitar en lugares desiertos, pero vienen a buscarle de todas partes, reconociendo así que hay un tipo de vida, una misión, que sólo puede iniciarse desde fuera del orden establecido.

Los otros discípulos (incluido Simón Pedro) acabarán abandonando y entregando a Jesús en manos de los sacerdotes de Jerusalén (cf. Mc 14). Por el contrario, este leproso se ha arriesgado por él desde el principio, superando la ley sacral antigua y abriendo un camino de predicación y de vida que sólo podrá entenderse del todo y culminar tras la pascua. De esa forma ha recorrido en un solo movimiento los muchos pasos que ha de dar el verdadero discípulo del Cristo. Desde ese contexto podemos identificar a este leproso limpiado con Simón Leproso (no Simón Pedro), que acoge a Jesús en su casa al final del evangelio, cuando los sacerdotes han decidido matarle (Mc 14, 3-9). En esa línea se ha movido el P. Damián de Veuster.

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domingo, 20 de noviembre de 2011

Dom 20 XI 11 a. Cuando Venga el Hijo del Hombre (Mt 25, 31)


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 33, ciclo ordinario. Se acerca el fin del año litúrgico y el tema central de la Eucaristía no pone ante la llegada del Hijo del Hombre.
Éste es quizá el pasaje más "famoso" de la Biblia: la "parábola" (alegoría) del Juicio final, en la que Dios (Cristo: Hijo del Hombre) se identifica con todos los sufrientes de la historia. Estamos ante el Dios víctima... que será el único juez de la historia.
Varios elementos de ese juicio pueden encontrarse en otros pueblos y culturas del entorno bíblico (Mesopotamia y Persia, Egipto y Grecia...), pues todas se han preocupado de algún modo de la suerte final de los hombres, expresada en forma de “juicio”. Pero los elementos básicos del texto han de entenderse desde el fondo de la apocalíptica judía y del mensaje de Jesús, que hemos venido comentando. De todas formas, no existe, que sepamos, ningún texto judío ni cristiano que haya vinculado como Mt 25, 31-46 los aspectos centrales de la apocalíptica judía con la novedad ética del mensaje de Jesús. Éste es, a nuestro juicio, el texto más elaborado y significativo de la apocalíptica cristiana, entendida desde Jesús, como Hijo de Hombre y Rey divino (humano) que se identifica con los pobres del mundo.

Texto Mt 25, 31-46

[Parábola] Cuando el Hijo del Humano venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

[Salvación] a. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí». b. Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuando te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿y cuándo te vimos extranjero y te acogimos o desnudo, y te vestimos? Y cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, vinimos a ti?». c. Respondiendo el Rey, les dirá: «En verdad os digo: cada vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis».

[Condena] a. Entonces dirá también a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui extranjero y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis». b. Entonces ellos también responderán, diciendo: «Señor, cuando te vimos hambriento o sediento, o extranjero o desnudo o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?». c. El entonces les responderá, diciendo: «En verdad os digo: cada vez que no lo hicisteis a uno de esto más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis».

[Conclusión] Y éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna (Mt 25, 31-46).

Se reúnen ante el Hijo del Hombre todos los pueblos, culmina el juicio de la historia y se descubre, por Jesús, la verdad universal: lo que Dios ha realizado, lo que han hecho o padecido los hombres. Ésta es la interpretación cristiana más radical de la apocalíptica judía.

1. CUANDO VENGA EL HIJO DE HOMBRE: HÓTAN DÉ ÉLTHÊ

Conocemos ya al Hijo de Hombre, no sólo desde una perspectiva judía (Dan 7, 1 Hen 36-72, 4 Es 13), sino también desde una perspectiva cristiana, pues hemos evocado ya sus diversas interpretaciones (coronación de un nuevo Dios, divinización del hombre, mesianismo descendente o ascendente) y su relación con el Reino de Dios y con Jesús, mensajero del Reino. Por eso podemos empezar evocando ya el texto.

«Cuando venga...». Así empieza pasaje. El verbo venir funciona aquí en sentido técnico para indicar la aparición definitiva del Hijo de Hombre. No se dice que retorna, como si hubiera realizado previa¬mente su obra; sino que viene, marcando así la novedad esca¬tológica. Esa venida se inscribe dentro de la lógica israelita del Dios que “es” viniendo, que acompaña a los hombres en la historia y les di¬rige hacia el futuro prometido; más que al desvelamiento de algo que se hallaba oculto alude al cumplimiento espetado de la promesa.

Conforme a la visión de Israel, no hay eterno retorno: el cosmos ha dejado de ser una entidad divina, sino que es un camino hacia Dios (o de Dios). El tiempo está en la mano de un Dios que es creador, que actúa y que dirige la historia de los hombres. Por fundarse en ese Dios, la historia tiene un ritmo de apertura y libertad hacia el futuro. Quizá hay al fondo un matiz determinista: la apocalíptica vive con la interna convicción de que la historia se halla escrita en el misterio original de lo divino. Por eso, el vidente apocalíptico que ha formulado cuidadosamente este pasaje, para recoger de esa manera el mensaje y presencia de Jesús, penetra en la oscuridad de Dios y descubre sus designios: de esa forma sabe lo que ha de su¬ceder en el final, lo que vendrá cuando se acabe (cuando Dios acabe) el tiempo de la historia a través del Hijo de Hombre.

Este vidente asume el mensaje de gracia de Jesús y la tarea ética de los creyentes, en la línea del sermón de la montaña. Por eso, no ve contradicción entre el esfuerzo humano y la llegada trascendente de Dios. Así así que el hombre es incapaz de culminar su historia: por mucho que se es¬fuerce permanece siempre en plano temporal, en un espacio de lucha que divide a los buenos de los malos. Sólo desde Dios se soluciona el gran enigma: cuando actúe y venga el juicio del final se mostrará lo que en verdad había sido el camino de la historia. Pero veamos ya el texto desde el fondo apocalíptico judío.


a. En la línea de Dan 7, 13, el texto dice que el Hijo de Hombre «viene»: 'th (LXX érkheto, Theod. erkhó¬menos). ¿De dónde viene? ¿hacia dónde se dirige? Aquí podemos decir ya desde ahora que el venir no tiene aquí un sentido local: no es cambio de lugar sino un mostrarse, aparecer o realizarse. Por eso, el Hijo de Hombre no viene sobre la tierra antigua, pero tampoco se muestra en un cielo inmaterial, sino que parece desvelarse en un plano de realidad final, que estaría enmarcada por el signo apocalíptico de la nube (cf. Ex 19, 9 y, sobre todo, Dan 7, 13; Mc 13, 26; 14, 62; Mt 24, 30; 26, 64)) que, sin embargo, aquí no se cita. No vuelve, como si antes se hubie¬ra ausentado, sino aparece (se desvela), deja de ser una esperanza y se convierte en la expresión del reinado de Dios para los hombres. Los elementos de su venida son dos.

(a) Plano de presencia divina. Todo nos permite suponer que se acerca a Dios para recibir el Reino (como en Dar 7 o como en 1 Cor 15, 28), pero el texto no lo dice, sino que supone, más bien, que este Hijo de Hombre es sin más lo divino, la plenitud de Dios que se muestra en la culminación de la historia de los hombres.

(b) Plano de revelación humana. La venida del Hijo de Hombre se concreta (o se traduce) en forma de reinado sobre las naciones de los hombres. Venir a Dios (plano celeste) y venir para los hombres (manifestación salvadora) constituyen las dos caras de un mismo acontecimiento escatológico. Un acercarse a Dios que no se concretara en salvación para los hombres sería mito sin contenido; un venir hacia los hombres que no se fundara en la presencia de Dios carecería también de sentido. La escena tiene, según esto, un fondo de coronación; con lo que implica de acercamiento a Dios y salvación los hombres: el Hijo de Hombre sale de su silencio anterior y manifiesta poderoso y de esa forma comienza un tiempo nuevo para el mundo. Esto es lo que supone su venida.

b. Utilizando terminología diferente, 1 Henoc 37-71 transmite un men¬saje parecido. Ciertamente, falta la alusión a la venida: el Hijo de Hombre (justo, elegido, ungido) no viene sino que «ha de mostrarse» ante los ojos de los justos (38, 2); se desvelará como el vidente lo ha previsto (46, 1-3). Pues bien, la misma función que en Dan 7, 13 se realiza a través de la venida y recepción del reino se expresa en 1 Hen 37-71 a través de la entronización: «en aquellos días se levantará el elegido... y se sentará sobre mi trono» (1 Hen 51, 5a.3; cf. 55, 4; 61, 8; 62, 5). Más que venida hay coronación, elevación o acercamiento del Hijo de Hombre a lo divino en que culminan y reciben su sen¬tido los caminos de la historia. Hasta ahora el mundo se encontraba dominado externamente por las fuerzas malas; cuando el Hijo de Hombre se des¬vele v se siente sobre el trono señorial de Dios -acercándose con esto a lo divino- su poder se hará sentir sobre la tierra como juicio de condena o salvación. Según esto, la venida se convierte en entro¬nización del Hijo de Hombre.

c. 4 Esdras 13 ofrece otra perspectiva: el Hijo de Hombre sale del mar (13, 3.25), sube a la montaña (13, 6.35) y finalmente desciende (13, 12). El primer sentido de esa procedencia resulta difícil de medir y el mismo autor apocalíptico no sabe ya cómo entenderla (cf. 13. 25 s). Parece que en el fondo se halla la visión del mar como principio originario; del mar, que es seno de las obras de Dios e indicación de su poder, emerge el HN para realizar la «anábasis» o ascenso que le ¡leva hasta Jerusalén, lugar de Dios y plenitud de los salvados. La venida del Hijo de Hombre se define, por lo tanto, como aparición victoriosa sobre el inonte Sión, con todo lo que implica de victoria sobre el mal y creación de un pueblo nuevo.

La venida de Dan 7, 13 se entiende como ma¬nifestación o epifanía del Hijo de Hombre. 1 Hen y 4 Es interpretan esa venida como entronización o como ascenso a Sión para realizar la victoria de Dios. Mt 25, 31 reasume el tema de Dan 7, 13, pero lo entiende en la línea de 1 Hen, al decir que el Hijo de Hombre «se sentará sobre el trono de su gloria». Es probable que el mismo Jesús haya empleado un término cercano al érkhomai (élthon) cuando alude a su venida y se presenta como delegado mesiánico de Dios sobre la tierra. También es probable que haya hablado de la venida o epifanía del Hijo de Hombre, como ya hemos destacado No sabemos cómo ha referido ambos momentos. De todasd formas, la iglesia los ha unido desde el princi¬pio: la venida del Hijo de Hombre constituye la gran «parusía» o desvelamiento de la historia, muerte y pascua de Jesús, el Cristo. El Hijo de Hombre es la verdad del mundo nuevo que se funda en Jesucristo.

2. EN SU GLORIA: EN TÉ DÓXE AUTOÚ

La gloria es propiedad de Dios: manifestación de su poder y rea¬lidad. Aquí se atribuye al Hijo de Hombre: viene en su gloria, en té dóxe autoú. El griego dóxa es traducción del hebreo kbd (kabod) que significa honor, peso, importancia"", especialmente en relación con lo divi¬no. Siendo invisible, el Dios del AT se manifiesta desplegando su gran¬deza: la gloria de su manifestación está particularmente ligada a fenómenos atmosféricos: tormenta de fuego en la montaña (Ex 24, 15 s), rayo-trueno que deslumbran y sobrecogen (cf. Sal 29; Ez 1).

De manera normal, especialmente a través de la tra¬ducción griega (dóxa) ,la gloria ha pasado a significar la misma realidad o poder de Dios, tal como se expresa en el mundo actual y en la ple¬nitud escatológica. De un modo más fuerte, esa gloria se desvela en los momentos clave de la historia: sobre el monte de la ley (Ex 24, 16-17), en el templo (1 Rey 8, 11). De esta forma, la grandeza y el poder de Dios se vuelven accesibles a través del esplendor, irra¬diación, sonido y luz de la tormenta. No es extraño que en escri¬tos judíos posteriores la gloria se haya unido a la shekina o presen¬cia de Dios y se interprete como hipostasización de su ser; de algún modo gloria y Dios se identifican.

A lo largo de la historia de Israel, la gloria se encontraba ligada primero a la montaña del Sinaí, después a la tienda de la alianza, más tarde al templo (cf. Ex 16, I0; 24, 15; 29, 43; 40, 34 Lev 9, 23; Núm 14, 10; I Rey 8). Pero aquí nos interesa más su me¬diación escatológica. En esa línea se dice, una y otra vez, que, al final de los tiempos, la tierra estará llena de la gloria del Señor (Is 6, 3; cf. Sal 57, 6; 72, 19): las naciones la verán (Is 66, 18 s; cf. 40, 5); Dios mismo se hallará presente entre los suyos como gloria, de manera que Israel venga a presentarse como, lugar de irradiación de luz para las gentes (cf. Is 43, 7; Zac 2, 9). En esa línea, la gloria de Dios podrá relacionarse con su mesías o enviado escatológico, como supone de algún modo Ex 34, 29s, cuando dice que, al bajar de la montaña de Dios, el rostro de Moisés estaba radiante (qrn `r, dedójzasthai he ópsis, traducen los LXX). Los targums acentúan esa nota, destacando que estaba lleno de la gloria de la shekina de Dios.

Pues bien, Dan 7, 13-14 conecta expresamente la venida del Hijo de Hombre con la gloria, cuando dice que se le ha dado sltn, yqr, mlk. Los LXX interpretan el texto con mucha libertad, traduciendo las palabras citadas por exousía (poder). De todas formas, la relación a la dóxa no desaparece del contexto y allí donde el TM afirma que «todos los pueblos, na-ciones y lenguas le servirán» (al Hijo de Hombre) los LXX advierten que «todos los pueblos de la tierra según sus lenguas y pasa dóxa (toda su gloria) estarán al servicio del Hijo de Hombre (Dan 7, 14): la misma gloria de los pueblos, su poder y realidad, se encuentra dirigida hacia el Hijo de Hombre. Esto nos sitúa en otra perspectiva. Gloria era el brillo de Dios que se ex¬presa por doquier, de manera que era preciso «rendir gloria a Dios», reconocer su dignidad, expresada en el cosmos y en la historia (cf. Jer. 13, 16; Sal 29, 1 s; 96, 7 s). Pues bien, según Dan 7, 14 LXX, la misma gloria del mundo y de los pueblos estará al servicio del Hijo de Hombre: reconocerán su poder, le ofrecerán su aca¬tamiento.

Más precisa es la relación de Hijo de Hombre y gloria en 1 Hen. Se dice aquí que el elegido, Hijo de Hombre, se sentará en trono de gloria (cf. 45, 3; 51, 3; 55, 4; 61, 8; 62, 2; 69, 27 s), recibiendo así un lugar cercano a Dios. Ciertamente, el Sal 8, 6 sabe que Dios ha coronado al hombre de gloria y dignidad, haciéndole partícipe de su poder, como imagen de Dios (cf. Gen 1, 26-27). Pero en 1 Hen hay más: una figura hu¬mana, un elegido se sienta en el lugar de la gloria de Dios y se con¬vierte así en reflejo suyo.

En el Nuevo Testamento, la referencia a la gloria como expresión o atri¬buto de Dios es constante (cf. Lc 2, 14: 19, 38: Heh 7, 2; Rom 1, 23, etc.). Dando un paso más se dice que esa gloria se halla referida a Cristo (cf. Lc 2, 9; Hech 7, 55), como saben Juan (Jn l, 14; 17. 5). Pablo (2 Cor 4, 4), el autor de Hebreos (13, 21), etc. Es ca¬racterística la alternancia entre gloria de Dios y gloria del Hijo de Hombre en su venida apocalíptica: unos textos hablan del Hijo de Hombre que viene con poder y gloria grandes (Mc 13, 26; Mt 24. 30; Lc 21. 26): otros explicitan el origen de esa gloria y dicen que es del Padre (Mc 8, 38; Mt 16, 27; Lc 9, 26); lógicamente, sabiendo que el Hijo de Hombre viene de Dios y co¬nociendo su relación con lo divino podrá hablarse de la gloria como propia del Hijo de Hombre (Mt 19, 28 y 25, 3).

Resumamos. La gloria (kbd, yqr, dóxa), como brillo de la pre¬sencia de Dios en el mundo, que se hace especialmente fuerte en al¬gunos momentos de la historia de Israel (Sinaí, templo) y se espera en la culminación escatológica, aparece en nuestro texto como pro¬piedad del Hijo de Hombre. Al decir que “viene en su gloria” se está suponiendo que tiene el poder de Dios y que realiza su función sobre la tierra.

3. Y TODOS LOS ÁNGELES CON ÉL

La representación de los ángeles que acompañan al Hijo de Hombre nos sitúa en el centro de un mundo en que se cruzan los postulados de la fe yahvista con los influjos mítico-religiosos del entorno. Dos son los motivos que han estado en el trasfondo del tema: el ángel del Señor, el coro de los ángeles.

(a) El ángel del Señor (ml'k Yahvé) es un signo del Dios que puede manifestarse de manera amistosa (cf. 2 Sam 14, 17; 1 Re 19, 7) o con fórmulas guerreras (Ex 23, 20-33; Jc 2, 1-5). Más que simple men¬sajero es la expresión de Dios que asiste a los suyos y realiza su obra (cf. Gén 16, 7 s; 21, 17 s; Ex 3, 2 s). Este ángel no se puede separar ni distinguir de lo divino pues refleja su inmanencia entre los hombres.

(b) Los ángeles en plural (ml'km) tienen sentido diferente. Quizá en principio fueran entidades de carácter mitológico-divino: b’ne elim, hijos de los dioses. Quizá fueran un resto de las fuerzas sacra¬les de las viejas religiones. Lo cierto es que Yahvé aparece rodeado por un coro de seres celestiales que le asisten, gobernando el inundo, celebrando su grandeza v realizando sus funciones en la tierra. De todas formas, antes del exilio ejercen un papel poco importante en la visión religiosa israelita; sólo después cobran valor y preeminencia más profundos.

En nuestro caso no se alude al ángel de Yahvé. Tras el exilio su función y simbolismo había desaparecido casi totalmente, dejando campo abierto a otros signos de inmanencia de Dios (palabra, sabi¬duría, Hijo de Hombre...). Podemos afirmar que sus funciones las cumple en nuestro caso el mismo Hijo de Hombre que aparece como signo de Dios en la meta de la historia. Por el contrario, los ángeles en plural pueden aparecer y aparecen en Mt 25, 31 como acompañantes del enviado de Dios, Hijo de Hombre. En contra de eso, la importancia de los ángeles ha crecido en Israel tras el exilio. Ello se debe quizá a un influjo de los persas, construc¬tores de un extenso universo religioso de seres intermedios entre Dios y el hombre. Por medio de los ángeles el pueblo de Dios ha respon¬dido a la nueva problemática religiosa. a) Ha profundizado en la transcendencia de Dios. b) Ha precisado el sentido de su acción y su justicia sobre el mundo.

Una vez y para siempre el Dios de Israel había logrado desligarse de las divinidades locales y los númenes del cosmos, consiguiendo unicidad y transcendencia. Eso suscita otro problema: ¿cómo rela¬cionar a Dios con el mundo? Es aquí donde se introducen los ánge¬les: compensan con su cercanía la distancia de Dios, realizando función de mediadores respecto de los hombres. Hay todavía otro problema: cuando los dioses ofrecían rostros amistosos o enemigos, los males de este mundo resultaban mejor interpretables; pero si emerge un Dios que es sólo bueno se plantea la pregunta del origen y sentido de lo malo, esto es, la teodicea. Para explicar el mal son necesarios, al lado de los ángeles buenos, el diablo y sus espíritus per¬versos o demonios.

Por ahora sólo hablamos de los ángeles. Ellos miran hacia Dios e influyen sobre el mundo. Respecto a Dios realizan función de com¬pañía y de alabanza: son una expresión honda e ingenua de su ser, de su misterio y su presencia. En relación con los hombres, ellos cumplen funciones de servicio: les revelan los secretos de la tierra, les instru¬yen, les ayudan cuando están enfermos y, en resumen, realizan las tareas propias de los intermediarios, elevando hacia Dios las plega¬rias de los hombres y transmitiendo a los hombres los deseos de Dios. En nuestro caso importan dos de sus servicios: la represen¬tación de las naciones y el cuidado del cosmos.

E1 primer tema aparece en Dt 32, 8-9: «Dios distribuyó las naciones según el número de los hijos de Israel» (l mspar bn ysra'l, TM); cada nación del mundo respondería a uno de los hijos de Israel (de Jacob). Sin embargo, es muy probable que en el texto primitivo hubiera algo cercano a lo que dicen los LXX: katá arithmón angélon Theoü: esto significa que cada uno de los ángeles (originalmente hijos de Dios o dioses) estaría encargado de cuidar a un pueblo. De esta forma, cada pueblo tendría su propio ángel, es decir, su propio protector (en principio su propio «Dios»). Yahvé, en cambio, habría reservado a Israel como su herencia Esta visión se halla bien do¬cumentada en testimonios de aquel tiempo, que aluden a la auto-ridad que Dios ha concedido a los espíritus sobre las naciones, para dirigirlas, auxiliarlas y, llegado el caso, castigarlas. También existen los ángeles del cosmos o «espíritus de los ele-mentos»: poderes superiores que se encuentran en el cosmos y reci¬ben la función de mantenerlo y dirigirlo. Fundamentan y sostienen el curso de la naturaleza, rigen los fenómenos meteorológicos, dominan en mares y ríos, en siembras y cosechas. Llega un momento en que el mundo aparece como lleno de espíritus y todo se interpreta como signo de su fuerza.

Vengamos a nuestro tema. ¿Qué función pueden jugar los án¬geles en el juicio del Hijo de Hombre de Mt 25, 31? Un texto antiguo como 1 Re 22, 19 presenta a Yahvé-juez, rodeado de su ejército celeste (de los ángeles). Lo mismo supone Job 1, 6 cuando alude a la corte de Dios (los «hijos de Dios» del TM, los ángeles de los LXX). Más im¬portante resulta Zac 14, 5: Dios viene para el juicio con todos sus «consagrados» (qdsm TM, hágioi LXX); ellos son espíritus celestes que cooperan en la obra escatológica. Esto nos sitúa cerca de Mt 25, pero hay una diferencia. En Zac es el mismo Dios quien viene con sus «santos»; en Mt 25, 31 viene el Hijo de Hombre con los ángeles. El juicio se hace en ambos casos a la luz de los seres superiores.

Este último tema necesita mayores precisiones. Volvamos a Dan 7, 9-10: Dios se dispone a juzgar; a su lado se encuentran millones y miles de espíritus celestiales; ellos no juzgan, simplemente sirven a su Dios, le asisten. 1 Hen concreta esa asistencia: los ángeles acom-pañan al Hijo de Hombre y realizan en el juicio funciones auxiliares; ciertamen¬te, son de Dios y le rodean en el juicio (1 Hen 1, 9; 47. 3; 60. 2): pero, al mismo tiempo, ejercen funciones judiciales que están su¬bordinadas al Hijo de Hombre: le acompañan y le sirven en el juicio (cf. 1 Hen 51, 3-4; 55, 4; 61, 10, etc.).

En el NT es diferente: los ángeles no sólo acompañan al Hijo de Hombre en el juicio sino que se presentan como suyos. Así lo supone Marcos diciendo que el Hijo de Hombre enviará a los ángeles para reunir a los dispersos (Mc 13, 27). Así lo asegura Mateo al precisar que son «sus ángeles» (24, 31). Detrás de estas palabras se halla la lógica de la cristología del Nuevo Testamento: se identifica a Jesús con el Dios que viene a juzgar y no se tiene reparo en hablar de los ángeles de Jesús o del Hijo de Hombre (cf. 1 Tes 3, 13; 2 Tes 1, 7).

Esta línea culmina en Mt 13, 41; 16, 27 donde se habla de los ángeles del Hijo de Hombre. Pues bien. a pesar de eso, Mt 25. 31 alude a «todos los ángeles» y no a los «ángeles del Hijo de Hombre». ¿Por qué? Quizá por mantener mejor la refe¬rencia a Zac 14, 5. De todas formas, aunque no se diga que son suvos, los ángeles se encuentran ciertamente a su servicio, como tes¬tigos v auxiliares de su obra. Donde estaba Dios se ha puesto Jesús, Hijo de Hombre. Parece natural que aparezca como suyo ese atributo de 1a divi¬nidad que es el mundo de lo angélico.

Desde aquí, a modo de conclusión, podemos indicar los tres grandes campos de sentido en que se expresa lo angélico en Mt 25, 31: juicio sobre los pueblos, dominio del cosmos, oposición frente a lo satánico.

(a) El primer tema es bien claro: frente al pántes hoi án¬geloi aparecen panta tá éthnê. Resultaría extraño que eso fuera pura coincidencia A la luz de lo expuesto parece más probable que los ángeles de Dio, (ahora del Hijo de Hombre) sean más que simples servidores del juez; ellos son, al mismo tiempo, los «poderes» que presiden (presi¬dieron) la vida de los pueblos. Normal es que se encuentren allí cuando esos pueblos (ta éthne) van a ser juzgados; los ángeles son representantes de las naciones, siendo, al mismo tiempo, mensajeros y testigos de Dios entre los pueblos.

(b) También es muy probable la referencia al cosmos. Vimos que la marcha de las cosas de la tierra estaba encomendada a los espíritus. Ellos mantenían el orbe en mo¬vimiento, sustentaban el fondo cosmológico en la vida de los hombres. Es lógico que asistan cuando llega el juicio de la tierra que ellos sostuvieron con su fuerza.

(c) Finalmente, es seguro que los án¬geles del Hijo de Hombre se oponen a los ángeles del diablo (25, 41). Unos y otros aparecen como seres superiores que enmarcan y presiden la vida de los hombres. Con el Hijo de Hombre y sus ángeles se encuentran los hombres que han servido a Dios sirviendo a los pequeños. Con el diablo y sus ángeles están los que se oponen al Hijo de Hombre, al descuidar o rechazar a los pequeños. Pero con esto entramos ya en un campo diferente.

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