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lunes, 31 de diciembre de 2012

EL EVANGELIO NO "SACRALIZA" NINGÚN MODELO DE FAMILIA



CONTEXTO histórico

Vamos a hacer un pequeño análisis de lo que era la familia en tiempo de Jesús. Solo así estaremos en condiciones de comprender lo que nos dice el evangelio. En aquel tiempo no existía la familia nuclear, formada por el padre la madre y los hijos. En su lugar encontramos el clan o familia patriarcal. El control absoluto pertenecía al varón más anciano. Todos los demás miembros: hijos, hermanos, tíos, primos, esclavos formaban una unidad sociológica. Este modelo ha persistido en toda el área mediterránea durante miles de años. Cuando un miembro varón se casaba, la esposa entraba a formar parte de su familia, olvidándose de la suya propia. La ceremonia principal de la boda consistía en conducir a la novia desde la casa de su padre a la casa del novio (aquí "casa" tiene el significado de clan).



Todos los miembros de la familia, formaban una unidad de producción y de consumo. Pero la riqueza básica del clan era el honor. Sus miembros estaban obligados a mantenerlo por encima de todo. La vergüenza de un miembro era la vergüenza de toda la familia. Por eso el deber primero de todos y de cada uno, era mantener el estatus social limpio de toda sospecha. No era sólo una cuestión social, sino también económica. Las relaciones económicas eran inconcebibles al margen de la honorabilidad y el prestigio familiar. Era vital para el clan que ningún miembro se desmandara y malograra el bienestar de toda la familia. Esto no quiere decir que no tuvieran los esposos relaciones especiales entre ellos y con los hijos. Incluso podían tener su casa propia, pero nunca gozaban de independencia.

Esta perspectiva nos permite comprender mejor algunos episodios de los evangelios. El que acabamos de leer es un ejemplo. Desde la idea de una familia formada por José, María y Jesús, es incomprensible que se volvieran de Jerusalén sin darse cuenta de que faltaba Jesús. Si todo el clan (treinta – cincuenta personas) sube a Jerusalén, como familia, los varones estarían juntos, las mujeres también y los jóvenes andarían por su lado, sin preocuparse demasiado los unos de los otros, porque la seguridad la daba el grupo.

Otros pasajes también se explican mejor desde esta perspectiva: (Mc 3, 20-21) "Al enterarse 'los suyos' se pusieron en comino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio". Lo que pretendía su familia era impedir que siguiera por el camino que había emprendido. Trataban de evitar una catástrofe, para él y para todo el clan. El tiempo les dio la razón.

Un poco más adelante (Mc 3, 31-34): "Una mejer dice a Jesús: tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Jesús contestó: Y ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? De una manera clara se nos está diciendo que para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que romper con su clan, lo cual no supone para nada que rompiera con sus padres. Este episodio lo recoge también (Mt 12, 46-50) y (Lc 8,19-21).

Hay otro aspecto que también se explica mejor desde este contexto. La costumbre de casarse muy jóvenes (las mujeres a los 12 -13 años y los hombres a los 13-14). Era vital adelantar la boda, porque a los cuarenta eran ya ancianos. En el ambiente que tenían que vivir, no era tan grave la inexperiencia de los recién casados, porque seguían bajo la tutela del clan. También la responsabilidad de criar y educar a los hijos era tarea colectiva, sobre todo de las mujeres.

Jesús no se sometió a ese control porque le hubiera impedido desarrollar su misión. Fijaros el ridículo que hacemos cuando en nombre de Jesús, predicamos una obediencia ciega, es decir, irracional, a personas o instituciones. Cuando creemos que el signo de una gran espiritualidad, es someter la voluntad a otra persona, dejamos de ser nosotros mismos. La explicación que acabo de dar, pretende armonizar la responsabilidad de Jesús con su misión y el cariño entrañable que tuvo que sentir, sobre todo por su madre.

El relato evangélico que acabamos de leer, está escrito ochenta años después de los hechos; por lo tanto no tiene garantías de historicidad. Sin embargo, es muy rico en enseñanzas teológicas. No hay nada de sobrenatural ni de extraordinario en lo narrado. Se trata de un episodio que revela un Jesús que empieza a tomar contacto con la realidad desde su propia perspectiva. Justo a los doce años empezaban a ser personas, a tomar sus propias decisiones y a ser responsables de sus propios actos.

Sentado en medio de los doctores. Los doctores no tienen ningún inconveniente en admitirle en el "foro de debate". Tiene ya su propio criterio y lo manifiesta. Sus padres no entienden nada. No es difícil imaginar que sus padres no lo comprendieran. La verdad es que fue, para casi todos los que le conocieron incomprensible la calidad humana del que se llamaría a sí mismo hijo de hombre.

Lucas está preparando lo que va a significar toda la vida pública, adelantando una postura que no es de niño, sino de persona responsable y autónoma. Sigue el texto diciendo: siguió bajo su autoridad, pero ya ha dejado claro que su misión va más allá de los intereses de su clan.

La última referencia es también un aldabonazo a nuestro empeño en hacerle Dios antes de tiempo. Dice el texto que Jesús crecía en estatura en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres.

Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte. Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto del nuestro, pueden servirnos como ejemplo a nosotros, en nuestro propio modelo de familia.

Lo importante no es la clase de institución familiar en que vivimos, sino los valores humanos que desarrollamos. Jesús predicó lo que vivió. Si predicó la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. El ser humano nace como proyecto, que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.

Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas.

Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas. No son las instituciones las culpables sino algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.

No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano.

La familia sigue siendo hoy el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano solo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas. Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones, la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana.

Los lazos de sangre o de amor natural debían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio. Las relaciones familiares tenían que enseñarnos a dejar nuestro egoísmo.

En ninguna parte del NT se propone un modelo de familia, sencillamente porque no se cuestiona el modelo de familia existente en aquel tiempo. Debemos tener esto muy en cuenta cuando en nombre del evangelio queremos imponer un modelo determinado de familia. La predicación de Jesús no va encaminada nunca a defender las instituciones, sino a las personas que la forman. En cualquier modelo de familia lo importante es el amor, que Jesús predicó y que debemos desarrollar en cualquier circunstancia que la vida nos plantee.



Meditación-contemplación

No sería mala idea hacer hoy la meditación todos juntos en familia.
Piensa: ¿Qué sería yo sin los demás?
Nada, absolutamente nada. Ni siquiera mi existencia sería posible.
Si los que te rodean han hecho posibles que tú seas,
¿es mucho pedir, que tú ayudes a los demás a ser?
......................................

¿Cómo podría la araña tejer su tela si no tuviera puntos de apoyo para fijar su trama?
Tu vida depende de esos puntos de apoyo.
Deja que otros se apoyen en ti para tejer su propia vida.
...............................................

La familia es el primer campo de entrenamiento para alcanzar humanidad.
No dejes de entrenarte cada día.
Pero la verdadera batalla hay que ganarla en la relación con los de fuera.
Deja que todos encuentren en ti un apoyo para seguir viviendo.
Es la única manera de vivir tú a tope.
......................................

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domingo, 30 de diciembre de 2012

Sagrada Familia: Se nos ha perdido Jesús

Contemplación

¡Se nos ha perdido Jesús! Hay que anunciarlo.

Los que venimos de familia católica y habitamos en un país mayoritariamente cristiano, vamos tomando conciencia, en el camino de vuelta de alguna de nuestras Fiestas Navideñas, de que se nos ha perdido Jesús, en la familia, en la Patria, en nuestro corazón.
Algunos todavía lo buscan entre parientes y conocidos, pero hay que aceptar el hecho en todas las dimensiones, ciertamente angustiantes, que tiene una pérdida tan grande. Jesús no está como antes en el ambiente familiar, personal y social. Y esto es un signo también de un fenómeno amplio: la mente de los integrantes de cada familia y de cada país no se alimentan de la misma fuente, y a veces hay años luz entre lo que piensan los abuelos, los papás y los hijos. Queda el cariño, eso sí, pero asediado por muchas ideas fragmentadas y contrapuestas.


¿Y es bueno o malo que se nos haya perdido Jesús?
Creo que es bueno constatar que no se puede seguir el camino “entre familiares y amigos” si no está Jesús.
Hay que volver a la ciudad a buscarlo.

Por supuesto que hablo de los que amamos a Jesús y creemos que Él es la Luz, la fuente de la Amistad social, el Camino que nos lleva al Misterio del Padre Creador, la Vida que brota del Espíritu.
No hablo de los que dicen “si se nos perdió en el camino mejor, así vamos más libres. Con Jesús venía una serie de deberes imposibles de cumplir, un montón de clérigos indeseables, una historia mitad mojigata mitad inquisitorial. Mejor caminar hacia el futuro sin todo lo que rodea a ese Jesús (una especie de mito snob, como decía un estudiante chino, al que muchos orientales miran hoy con cierta simpatía dada la carencia de espiritualidad que pesa sobre su sociedad atea)”.

Antes de hablarles a los que piensan así, antes hablar “urbi et orbi” y de que la Iglesia tenga una palabra para todo y para todos” quizás es bueno sentirnos, por un tiempo, como María y José cuando perdieron al Niño Jesús. Sentir, digo, que se nos ha perdido a nosotros, a los que lo amamos. No al mundo, no a los que no lo conocen, no a los que no les interesa. Se nos ha perdido a nosotros, a nuestra familia, a mí, que recibí la fe, que voy a misa, que confieso y comulgo.

Si uno se anima a ir por este lado pronto siente: “Y claro. Si se les perdió a María y a José, quizás no sea tan escandaloso que se me haya perdido a mí”. Pero hay que reafirmar esta intuición, porque si no uno cree que Jesús siempre anda por ahí cerca, en la caravana familiar, entre los conocidos del pueblo… Y si en esta Navidad no lo sentí tanto, ya volverá la gracia…

La imagen de un Jesús “encontrable” cuando quiero (cuando me da la gana de confesarme o de volver a rezar) vs la imagen de un Jesús “perdido”, al que hay que salir a buscar “angustiados”.

José y María también pensaron “ya aparecerá”. Pero bien rápido cambiaron esta manera de pensar. Cuando después de caminar una jornada vieron que Jesús no estaba, dejaron la caravana como si fuera un tren que corre hacia el abismo (aunque iba a su propio pueblo, con la gente amiga, por las rutas acostumbradas, según la tradición) y se volvieron a buscar a su Hijo a la ciudad de Jerusalén. Está claro que no les interesaba nada de todo lo acostumbrado si no estaba Jesús.

Esta es la angustia que hay que dejar que se apodere de nuestro corazón. No hay que taparla: hemos perdido a Jesús. “No sabemos donde lo han puesto”, como dirá la Magdalena al jardinero la mañana de la resurrección.

Hay que dejar un rato al mundo con sus discusiones sobre valores y antivalores y decir: “perdón, pero yo, antes de enseñarle nada a nadie ni de confrontar con nadie, me tengo que volver a buscar a mi Jesús, porque se me ha perdido y no puedo seguir con ustedes en la caravana esperando que él aparezca”. Si se me ha perdido a mí, yo tengo que ponerme a buscarlo.

La actitud de la que hablo tiene que ser algo así como la de Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, que dejó la caravana y se metió a buscar a su hija en las redes de la corrupción. Mientras la caravana de la sociedad sigue su camino, imparable, dejando atrás a los perdidos y avanzando hacia nuevas pérdidas.

Los papás de las víctimas “paran su mundo” y tratan de frenar el nuestro (cuyos frenos no funcionan: ni los de los trenes, ni los de los autos, ni los frenos morales que no se detienen ni ante los menores…).

Ellos tienen claro lo que es la vida, lo que vale en la vida. La vida a veces hay que pararla, detener el mundo, para buscar al que se ha perdido. La burla de los comerciantes no importa. Ya se sabe que para el que quiere ganar plata “el espectáculo debe continuar”. Sí da pena, en cambio, la manada de ovejas consumistas en las que nos transformamos cuando acatamos esta “ley del progreso”, de que “hay que ir para adelante”, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.

¡No es verdad! La vida no es así. La vida a veces se detiene. La vida a veces hay que volver a buscarla atrás, donde se nos perdió alguno, donde equivocamos el camino de la solidaridad y agarramos por los atajos del egoísmo. La vida a veces hay que pararla hasta que lleguen los que vienen más atrasados. La vida no se puede seguir como si no hubiera pasado nada. Es cierto que hay que mirar para adelante, pero no sin “detenernos” todo lo que haga falta, todo lo que ttarde otro en llegar, todo lo que dure un juicio por un hecho que fue injusto; hay que parar y poner toda nuestra atención para esclarecer bien un hecho y dictaminar en la medida de lo posible qué fue lo que pasó.

En el evangelio, Jesús nos da una clave para “encontrarlo” toda vez que se nos pierde. Por supuesto que primero hay que “cambiar nuestra imagen de Dios” como la de Alguien siempre a mano –posponible y urgible de acuerdo a mis deseos- e incorporar la imagen de un Dios que “se me pierde”.
La clave para encontrar a un Dios que se nos pierde libremente (y por eso es que “no lo sentimos”, que “no nos conmueve”, que ”parece que no responde a lo que necesitamos” como antes) es la de buscarlo “en las cosas del Padre”, como les dice muy fresco y firme el Niño Jesús a sus padres que lo retan apesadumbrados por lo que les hizo.

¿Qué son y donde acontecen esas “cosas del Padre”?
Esa es la pregunta. Y hace falta leer todo el evangelio para ir descubriendo cuáles son las cosas del Padre en las que está ocupado Jesús.

Una pista para el que lo quiera salir a buscar, dejando por un tiempo “la caravana”.

Jesús nos reveló que el Padre habita en lo secreto.
Esto es importante para no desilusionarse de que “haya desaparecido de lo público”. Es más, para no escandalizarse de que el espacio público se burle de las maneras que teníamos de hacerlo visible (liturgia, templos, declaraciones, fiestas, manifestaciones de fe, imágenes…). El imaginario construido en estos dos mil años en occidente hoy está “cuestionado”. Cada valor, cada expresión cristiana tiene su “demonio que le muerde los talones y lo tergiversa”.

Pero esto, al Padre que habita en lo secreto, no le hace mella.

Ahora, convengamos que no es sencillo entablar comunicación con uno mismo y con los demás en este ámbito íntimo, porque estamos muy invadidos de exterioridad, pero es un hecho que la vida sigue decidiéndose en lo secreto de cada corazón.
En la historia de cada persona de bien hay una decisión tomada en lo secreto: decisión de estudiar, de servir, de dar…
En la historia de cada persona que obra mal hay una decisión postergada en lo secreto que la lleva, una y otra vez, a negarse a dialogar (todavía) con su Padre, que siempre lo espera y sale a buscarlo.

El desafío, entonces, para los que sentimos que hemos perdido a Jesús, para los que preferimos “pecar de exagerados” a “pecar de ingenuos” (recordemos que vivimos en una sociedad en la que “se pierden los niños” -cfr. Missing children-), el desafío, digo, es volver a buscar al Niño en lo secreto.

Pero en lo secreto de la ciudad misma, allí donde Jesús está “escuchando y preguntando a los maestros”.
Es decir, tenemos que salir a buscar a la Palabra profundizando en el diálogo, hablando, rezando sobre lo que verdaderamente cuenta, exponiéndonos en la confrontación de las ideas, escuchando atentamente los “quejidos” de la gente, esos que brotan del fondo del corazón. Preguntando a fondo, aunque las respuestas duelan.
Lo secreto donde habita el Padre no es lo intimista como huida de lo social, sino lo íntimo del corazón donde se deciden y sostienen los comportamientos sociales masivos.

¿Cómo hay que alimentar y cuidar en lo secreto –ante el Padre, l buen deseo y la decisión honda de colaborar en obras solidarias para que esa semilla arraigue profundo y no se queme rápido por el calor de las disputas ni se vea ahogada por la cizaña de las maledicencias?

¿Por qué no apoyamos más en lo secreto –ante el Padre, a los que luchan por algo justo? ¿Qué cálculo ha realizado nuestro corazón en lo secreto que lo lleva a no jugarse, a posponer, a atrincherarse en su seguridad y a pensar: “mientras no me toque a mí”?

¿Qué imagen del futuro nos frena en lo secreto –como si no estuviera el Padre- para no tener esperanza de un futuro mejor, más justo, más solidario?

Así, cada uno puede hacerse las preguntas de fondo que sienta que tiene con la confianza de que, “escuchando y preguntando a su vez” estará Jesús, porque Él está cerca de los que buscan estar en las cosas del Padre.

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UNA FAMILIA DIFERENTE

Por José Antonio Pagola

Lc 2, 41-52 / Lc 2, 16-21

Entre los católicos se defiende casi instintivamente el valor de la familia, pero no siempre nos detenemos a reflexionar el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. ¿Cómo sería una familia inspirada en Jesús?
La familia, según él, tiene su origen en el misterio del Creador que atrae a la mujer y al varón a ser "una sola carne", compartiendo su vida en una entrega mutua, animada por un amor libre y gratuito. Esto es lo primero y decisivo. Esta experiencia amorosa de los padres puede engendrar una familia sana.


Siguiendo la llamada profunda de su amor, los padres se convierten en fuente de vida nueva. Es su tarea más apasionante. La que puede dar una hondura y un horizonte nuevo a su amor. La que puede consolidar para siempre su obra creadora en el mundo.
Los hijos son un regalo y una responsabilidad. Un reto difícil y una satisfacción incomparable. La actuación de Jesús, defendiendo siempre a los pequeños y abrazando y bendiciendo a los niños, sugiere la actitud básica: cuidar la vida frágil de quienes comienzan su andadura por este mundo. Nadie les podrá ofrecer nada mejor.
Una familia cristiana trata de vivir una experiencia original en medio de la sociedad actual, indiferente y agnóstica: construir su hogar desde Jesús. "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Es Jesús quien alienta, sostiene y orienta la vida sana de la familia.
El hogar se convierte entonces en un espacio privilegiado para vivir las experiencias más básicas de la fe cristiana: la confianza en un Dios Bueno, amigo del ser humano; la atracción por el estilo de vida de Jesús; el descubrimiento del proyecto de Dios, de construir un mundo más digno, justo y amable para todos. La lectura del Evangelio en familia es, para todo esto, una experiencia decisiva.
En un hogar donde se le vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia siempre acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra solo en sus intereses sino que vive abierta a la familia humana.
Muchos padres viven hoy desbordados por diferentes problemas, y demasiado solos para enfrentarse a su tarea. ¿No podrían recibir una ayuda más concreta y eficaz desde las comunidades cristianas? A muchos padres creyentes les haría mucho bien encontrarse, compartir sus inquietudes y apoyarse mutuamente. No es evangélico exigirles tareas heroicas y desentendernos luego de sus luchas y desvelos.




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sábado, 29 de diciembre de 2012

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Lc 2, 41-52 / Lc 2, 16-21

El texto puede tener un fundamento histórico pues los judíos piadosos solían subir al Templo anualmente y los niños les acompañaban al cumplir los doce años. Las caravanas se ordenaban más o menos por familias o por tribus, por lo que no es extraño que sus padres no lo echaran de menos hasta el final del primer día de camino, en la primera acampada.

El resto puede ser más bien la interpretación de Lucas, para subrayar la condición de Jesús, Hijo del Padre, que visita "su casa", aunque desgraciadamente, esa casa, o mejor, sus gobernantes, serán la causa de su muerte. Señalemos "Jesús iba creciendo en saber, en madurez y en favor ante Dios y los hombres"



REFLEXIÓN

La familia de Dios. No me estoy refiriendo a los de Nazaret, sino a nosotros, la humanidad. Sobre la familia de Nazaret apenas sabemos nada más que el disgusto del Templo de Jerusalén que leemos hoy. La imaginamos como familia modelo, sin más. Pero de la familia humana sí sabemos mucho: es el sueño de Dios, la finalidad última de la Creación, el Proyecto de Jesús, lo que Jesús llamaba "El Reino".

Y es que una familia biológica (abuelos, padres, hijos...) puede existir y no ser una familia. Lo mismo pasa en la humanidad, que puede no ser una familia sino una perpetua guerra. La familia no es una relación biológica, es una relación de respeto, de amor, de comprensión.



Y cuando esto sucede, la familia es un sacramento, una imagen viva y activa de Dios mismo y de la humanidad soñada por él. Padres que se siguen queriendo después de años de matrimonio, hijos que se sienten queridos por sus padres ... difícilmente encontraremos mejor imagen de Dios y de la humanidad.

Y es que lo que cuenta es el Espíritu. Resulta estremecedor aquel pasaje de Lucas:

Una mujer de entre la multitud alzó la voz y le dijo: - ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él repuso: - Mejor: ¡dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!

Para Jesús, ni su madre es más importante que hacer las cosas al estilo de Dios. En nuestros días asistimos a un enorme interés de la Iglesia por la familia, y está muy bien. Pero con una condición básica: que los padres escuchen el mensaje de Dios y lo pongan en práctica.

Lo que solemos llamar "la transmisión de la Fe" no se produce por sermones ni catequesis, sino con una vida de amor y respeto, con una vida al estilo de Jesús.

Los padres tienen una maravillosa misión, que no es dejarles a sus hijos una posición económica desahogada, ni siquiera una formación académica: la esencia de su misión es presentarles a Jesús como alguien atractivo, convincente, fascinante y eso sólo se consigue viviendo al estilo de Jesus.



PROFESIÓN DE FE

Creo que son felices los que comparten,
los que viven con poco,
los que no viven esclavos de sus deseos.
Creo que son felices los que saben sufrir,
encuentran en Ti y en sus hermanos el consuelo
y saben dar consuelo a los que sufren.
Creo que son felices los que saben perdonar,
los que se dejan perdonar por sus hermanos,
los que viven con gozo tu perdón.
Creo que son felices los de corazón limpio,
los que ven lo mejor de los demás,
los que viven en sinceridad y en verdad.
Creo que son felices los que siembran la paz,
los que tratan a todos como a tus hijos,
los que siembran el respeto y la concordia.
Creo que son felices los que trabajan
por un mundo más justo y más santo,
y que son más felices
si tienen que sufrir por conseguirlo.
Creo que son felices los que no guardan en su granero
el trigo de esta vida que termina,
sino que lo siembran, sin medida,
para que dé fruto de Vida que no acaba.
Y creo todo esto porque creo
en Jesús de Nazaret, el Hijo,
el hombre lleno del Espíritu,
Jesucristo, el Señor.



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Dom 30.10.12. No se perdió en el templo, "abandonó" a sus padres


Domingo de la Sagrada Familia. En el centro de la Navidad, la iglesia dedica este domingo al recuerdo de la Familia de Jesús, que son José y María, con sus hermanos de Nazaret, los judíos, los cristianos y todos los hombres, en especial los excluidos de la sociedad.

Para cumplir su tarea, al servicio de la nueva familia de Dios, a la edad de doce años, Jesús abandonó a sus padres, quedándose en el templo. No se “perdió”, como piadosamente dice el 5º misterio del Rosario, sino que inició un camino distinto de familia, rompiendo con la antigua.

Éste es el día de la familia de Dios, que son todos los hombres aunque algunos pueden olvidar que el estilo de familia de Jesús fue conflictivo y conflictiva fue la relación la relación que él mantuvo con sus padres... Y mucho deberá cambiar nuestra sociedad, para que podamos sentirnos y ser hermanos y hermanas, familia de Jesús en comunión con todos los necesitados.



Este gesto de Jesús, que abandona a sus padre y queda tres días en el templo (como sin pensar en el dolor que les causaba) resulta tan conflictivo y contra-cultural que pone las carnes de gallina a quien lo piense, en una sociedad como la nuestra que, por una parte, abandona los niños y por otra se muestra super-protectora.

Estamos ante una increíble ruptura familiar, que comienza con un niño de doce años..., al hacerse mayor de edad ante la Ley (es decir, ante Dios). Por eso, una familia que no posibilite (y en algún sentido no promueva) la independencia creadora de sus hijos (como la de Jesús en Jerusalén) no responde al evangelio .

En este día, el Niño no se pierde, sino que abandona en un sentido a los padres, al cumplir los doce años, en Jerusalén para dedicarse a las cosas de su Padre, que son las cosas de todos los hombres, en especial los pobres.

Este Jesús que “deja” sus padres es un signo esencial de la familia, cuyo sentido he venido estudiando en postales anteriores. En un momento dado, el niño-joven, para ser buen joven tiene que “romper con el padre y con la madre” para descubrir y trazar así su autonomía. De ese Jesús que abandona a sus padres, para abrirse de un modo personal al misterio y tarea de la vida de la entrega mesiánica (que empieza a desplegarse desde el templo) trata el evangelio de este domingo, y así lo quiero comentar como noticia gozosa, comprometida, tanto para los padres como para los hijos.

Durante muchos años ha presidido mi (nuestro) comedor una reproducción del cuadro de P. Veronese (Niño perdido) que aparece en la imagen. Es un cuadro que admiro, pero que no recoge el sentido del comentario que sigue. Buen domingo a todos.

Textos: Jesús abandona a sus padres (Lucas 2, 41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados." Él les contesto: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?"

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

a. EXÉGESIS BÁSICA

Rompiendo el contexto judío: Un niño que abandona a sus padres

Esta escena, construida de forma simbólica (no podemos decidir su historicidad), destaca la piedad de los padres y la sabiduría de Jesús, niño prodigio, dialogando con los maestros de Jerusalén. Así aparece como adolescente sabio que, a los doce años, como bar/ben mitzvah (hijo de los mandamientos), dialoga ya con los letrados del templo de Jerusalén. Los judíos actuales celebran esa fiesta de mayoría de edad a los trece años. No se sabe cómo lo hacían en tiempos de Jesús, pero es claro que Lucas evoca una celebración de ese tipo.

Pero la novedad no está en ese dato de piedad, ni tampoco en la sabiduría de Jesús, que podría compararse a la de Flavio Josefo, historiador judío algo más joven, que se presenta a sí mismo como niño prodigio:

«Yo fui educado con un hermano mío, llamado Matías, hijos los dos del mismo padre y de la misma madre; progresaba mucho en la instrucción, destacaba por mi memoria e inteligencia; y cuando apenas había salido de la infancia, hacia los catorce años, todos me valoraban por mi afición a las letras, pues continuamente acudían los sumos sacerdotes y las autoridades de la ciudad para conocer mi opinión sobre algún punto de nuestras leyes que requiriera mayor precisión» (Autobiografía II, 8-9).

Josefo se auto-presenta de un modo más pretencioso, pues no sólo dialoga (pregunta y responde), sino que enseña y actúa, con catorce años, como maestro de maestros de la ley, pero sin “romper” con sus padres. Hay otra diferencia. Josefo pertenece a una familia sacerdotal rica, sin más obligación ni tarea que estudiar (para luego gobernar).

Jesús, en cambio, es de familia de campesinos obreros, de manera que su ocupación directa es el trabajo, no el estudio; él no vive en Jerusalén, sino que va para la fiesta… y luego se queda en el templo, sin el permiso de sus padres, abandonándoles de un modo sangrante (en contra de todas las tradiciones del buen judaísmo patriarcal).

Josefo era un buscador curioso, un burgués del pensamiento. Tenía la vida asegurada, en plano económico y social. Por eso podía dedicarse al lujo de estudiar y experimentar con tranquilidad, sin implicarse totalmente en aquello que hacía, con buen conocimiento de sus padres.
Jesús, en cambio, fue un buscador vital, alguien que explora en la vida de trabajo y sufrimiento de la gente de su entorno, alguien que, para ser lo quería, en un momento dado, tuvo que abandonar a sus padres.

Jesús y la familia de los buscadores de Dios

Volvamos al texto de Lucas 2. Como buenos judíos, María y José siguen peregrinando cada año por la fiesta de la pascua. Llevan al niño a Jerusalén, allí celebran el recuerdo de la libertad de Dios como principio de toda esperanza para el pueblo. Una vez, al cumplir los doce años, Jesús se queda sin decir nada a sus padres; eso significa que les “abandona”, que se declara abiertamente independiente… a los doce años, tiempo de la madurez comunitaria (ritual y personal) para un judío de entonces.

Quien no sienta el escándalo de este abandono no entenderá el pasaje, ni el sentido de la familia cristiana.

Lógicamente, sus padres, angustiados, vienen a buscarle y le encuentran en el templo. Evidentemente, la madre le pregunta: ¡Niño! ¿Por qué te has portado de esta forma con nosotros? ¿No sabías que tu padre y yo te buscábamos angustiados? (2, 48).

Es la pregunta normal, la angustia de los padres por el ser querido. Pues bien, Jesús no se excusa, ni pide perdón, sino que responde de una forma hiriente, trazando desde este momento (doce años) su propia independencia, ante Dios y ante la vida. Quien no ha sido capaz de romper en un momento dado con los padres (con un tipo de tradiciones), al servicio de todos los hombres y mujeres, no puede entender el evangelio, por más misas de familia que se celebran (¡que benditas sean!)

¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre? (2, 49)

Ésta es la palabra clave. Hay una familia formada por el padre y la madre, que han engendrado y madurado a Jesús para la vida, para la autonomía… Pues bien, precisamente porque ha sabido recibir la buena lección de María y de José, a los doce años, Jesús se declara independiente, abierto a la familia de la voluntad de Dios, que es su Padre.

José y María le han educado en cariño y libertad. Pues bien, al llegar el momento de maduración de su vida (¡a los doce años!), Jesús se independiza, se queda en Jerusalén sin decirles nada. Ciertamente, después de este gesto, esperando el momento de su manifestación definitiva, Jesús vuelve a Nazaret y se muestra sometido a ellos (hypotassomenos, en palabra que emplea Ef 5,21 hablando de la mutua sumisión de los creyentes).

Pero en realidad, de un modo fuerte, Jesús ha mostrado independiente respecto de su madre y de su padre. Ellos no pueden controlar a Jesús, ni educarle a su manera (para sí mismos). Tienen que dejar que Jesús escoja su camino mesiánico. Confiar en ese hijo distinto, estar dispuesta a escucharle y seguirle de una forma activa esa es la tarea de María:

Ellos (sus padres) no entendieron la palabra que les decía (Lc 2, 50).
Y ella (su madre) conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 51b).

Ésta es la palabra esencial: Los padres no entienden al hijo, no pueden entenderle, pues el hijo no es de ellos (para una obediencia pasiva), sino que es de Dios, es decir, para la autonomía personal, para la nueva familia de la humanidad. Aquí se sitúa la grandeza de María al final de este pasaje. Ella renuncia a manejar a Jesús, a imponerle su criterio. Hace algo mucho más grande: ¡Cree y colabora! Así participa en el camino mesiánico de su hijo.

B. AMPLIACIÓN, SENTIDO PROFUNDO

‒ La escena empieza con un signo de ruptura familiar: «al acabar las fiestas, quedó Jesús en Jerusalén, sin que los padres lo supieran» (Lc 2,43).

Como signo de actuación de Dios, como principio de Reino, María ha recibido un niño que debe ser cuidado, envuelto entre pañales (2,7). Pudiera haber pensado que ese niño, cercano, cariñoso, obediente, iba a mostrarse para siempre sumiso a su cuidado. Pero el niño, acercándose a su edad de independencia (doce años), se le vuelve independiente. Por eso, la señal de Dios se vuelve signo de ruptura.

En un lugar fundamental del AT se nos dice que, al llegar a madurar, «el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a la mujer, formando así los dos una sola carne» (Gén 2,34). Pero Jesús no ha madurado todavía como esposo, ni abandona a sus padres en un gesto público de boda. Les deja en el momento de su madurez personal, a los doce años. Jesús no se pierde en el templo… sino que abandona a sus padres para marcar su independencia. Desde entonces la madre que ha entregado todo por Jesús viene a encontrarse como madre abandonada. La soledad de su abandono sobre el mundo podrá se interpretada después como signo del Reino.

‒ La escena es, en segundo lugar, un gesto de inserción israelita.

Los padres encontraron a Jesús «en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles» (Lc 2,46). Ciertamente, tomado en perspectiva historicista, el relato ofrece rasgos de anécdota ejemplar: Jesús aparece como un niño maduro, casi prodigioso, que viniendo de la oscura Galilea sabe discutir con los maestros de Jerusalén y les asombra «con su comprensión y sus respuestas» (Lc 2,47). Pero superando la anécdota, el sentido del texto se desvela en eso que pudiéramos llamar maduración israelita de Jesús: es hijo de María, pero debe recibir luz y camino entre los sabios de su pueblo, sobre el templo. Por eso viene a escuchar y preguntar.

Las palabras de la Anunciación presentaban a Jesús como rey universal, santo, que tiene la fuerza del Espíritu divino (Lc 1,32-33.35). Pues bien, ahora le hallamos aprendiendo, dialogando sobre el templo. Sólo porque escucha y pregunta puede comprender y responde a los doctores. María le ha educado y quiere mantenerle cerca, pero él se independiza (se le pierde) en el camino de preguntas y respuestas de su pueblo.

‒ En tercer lugar, la escena marca una ruptura trascendente.

Como madre angustiada le dice María: «¡hijo!, ¿cómo te has portado de esta forma con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de dolor» (Lc 2,48). En un primer momento, el camino de liberación que María canta en Lc 1,51-53 se expresaba en el gesto de cuidado por un niño que no puede valerse por sí mismo. Pero ahora, la misma edad exige que Jesús rompa el estadio precedente de cariño cercano y obediencia infantil para asumir su responsabilidad de Hijo divino. De esa forma, ha respondido: «¿Por qué me buscabais? ¿no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Quizá esta respuesta supone que sus padres ya sabían algo de ese misterio del Padre, especialmente su madre. Sabían que el camino de Jesús es diferente y que no puede predecirse de antemano. Y sin embargo el día en que Jesús lo asume y rompe el equilibrio antiguo de familia ellos se angustian: la misma cercanía se les vuelve señal de lejanía; han de perder al que sirvieron como niño, para descubrirle como salvador en el misterio de Dios Padre.

‒ Quizá podamos destacar aún otro rasgo de esta escena y descubrir en ella el signo de la muerte de Jesús y de su pascua.

Jesús abandona a los padres de este mundo, que le buscan por tres días, dominados por la angustia. Pasados esos días de dolor le encuentran en un gesto de pascua anticipada que les abre hacia la altura de Dios Padre (cf. Lc 2,46.49) Aunque esta referencia pascual no se halle literalmente demostrada, pensamos que teológicamente es verdadera. La maternidad mesiánica ha colocado a María en situación de cruz. Ella tiene que perder a su hijo si pretende recuperarle como Cristo. Esos tres días de abandono y soledad pertenecen a su propio destino de madre del mesías: ha de perder a Jesús, perder su propia vida, para descubrirle de nuevo y encontrarla en dimensión de Reino, como asegura el evangelio (cf. Mc 8,34-35).

‒ María no comprende la palabra de su hijo (Lc 2,50).

José, que es signo del AT, no le puede ayudar en esta empresa. Tampoco le resultan suficientes las palabras del ángel que anunciaban la realeza de su hijo (cf. Lc 1, 32-35), ni tampoco la palabra de utopía que ella misma ha proclamado cuando evoca la justicia final sobre la tierra (Lc 1,46-55). Pienso que el problema se ha desenfocado cuando pretendemos saber si es que María conocía o no el carácter divino de su Hijo. No es la divinidad en un sentido estricto lo que aquí se pone en juego. En juego está el camino de Jesús, su forma de responder a Dios Padre, la manera de trazar y realizar su misión sobre la tierra. Pues bien, María, fundada en el camino de Israel y en su experiencia anterior (anunciación y nacimiento), no comprende. Ciertamente, ella no puede comprender porque es el mismo camino de la cruz el que ha empezado a desplegarse ante sus ojos, de una forma misteriosa.

A María le desborda la respuesta de Jesús: la forma en que ha empezado a ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,49). Este dato es significativo. No se dice que María desconozca a Dios. A Dios le ha comenzado a comprender, recibiendo su palabra y acogiendo su misterio salvador en las entrañas (cf. Lc 1,34-38). Tampoco ignora la liberación universal: al contrario, la entiende y la ha cantado (Lc 1,46-55). Lo que ignora es eso que pudiéramos llamar ruptura mesiánica del Cristo, la manera en que ha empezado a realizar su obra, abandonando a su familia y comenzando un camino de Calvario.

Pienso que esta ignorancia de María (y de José) debe entenderse a partir de lo que dice más tarde el evangelio. Jesús anuncia a sus discípulos, de un modo ya cercano, la exigencia de su muerte. Pero ellos no le entienden, la palabra de Jesús se les escapa, como realidad que sobrepasa sus posibilidades (cf. Lc 18,34; 9,45) 28. Esta ignorancia sólo puede superarse con la pascua, en el misterio de la nueva creación, cuando suscite Dios el Reino por Jesús, al rescatarle de los muertos. Por eso, María no puede entenderlo al principio.

‒ Sólo en este fondo se comprende la palabra inmediatamente posterior: «y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).

Conserva precisamente aquello que no entiende, abriendo así un espacio nuevo de verdad, un tiempo nuevo de búsqueda. Nosotros, deformados por siglos de racionalismo, tendemos a igualar verdad y comprensión: sólo recibe sentido y es real aquello que nosotros dominamos, precisamos y catalogamos por medio de argumentos. Pues bien, el gesto de María nos invita a descubrir, a recibir y cultivar una verdad distinta donde cabe también lo no sabido, aquello que nosotros no podemos resolver por medio de razones. Esta es precisamente la verdad de la existencia, la más honda y creadora. 30

La verdad es creadora en la medida en que integra lo ignorado, sorprendente y novedoso dentro del espacio de búsqueda de aquello que sabemos o creemos. María, la creyente, acepta desde Dios el camino mesiánico de Cristo, su hijo. Por eso ha de aprender: el misterio de su vida sigue abierto y allí donde acogió en su día el anuncio del ángel deberá acoger también la novedad del hijo anunciado, aunque al principio no le entienda. Así realiza su existencia como itinerario de fe, en la línea de los grandes creyentes de su pueblo (cf. Heb 11; Vaticano II, Lumen gentium 58).

BIBLIOGRAFÍA

Además de comentarios al texto, cf. H. Räisänen, Die Mutter Jesu im NT, Helsinki 1969, 134-137; J. McHugh, The Mother of Jesus in the NT, London 1975, 113-124; S. Muñoz I., Los evangelios de la infancia II, Madrid 1987, 217-268; C. Escudero Freire, Devolver el evangelio a los pobres. Lc 1-2, Sígueme, Salamanca 1974.

Cf. también R. Laurentin, Jésus au temple. Mystére de Pâques et Foi de Marie en Lc 2,48-50, Paris 1966 ; A. Plummer, Luke, ICC, Edinburgh 1981, 76; J. Galot, María en el evangelio, Madrid 1960, 77; A. Feuillet, Jésus et sa Mére, Paris 1974, 78 : R. E. Brown (ed.), Maria en el NT, Salamanca '1986, 156-160;

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Educar en felicidad - La Sagrada Familia, Ciclo C

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jueves, 29 de diciembre de 2011

30 XII 2011. Navidad ampliada. Una foto de familia


Publicado por El Blog de X. Pikaza

La iglesia celebra este día la Sagrada Familia, Familia de Jesús, formada por todos los hombres y, en modo especial, por los más necesitados, a quienes él llama sus hermanos (Mt 25, 31-46). En otro lugar dice que sus hermanos/hermanas y madres (sin lugar para padres-patriarcas) son aquellos que “cumplen” la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35).

Con esa ocasión quiero retomar el argumento que inicié en días anteriores, a partir de un libro de Moxness, que "ponía a Jesús en su lugar" (18 XII 11). Me gustaría imaginar su foto de familia, con cuatro "hermanos" de origen (Santiago, Josefo, Judas y Simón)y, al menos, dos hermanas (cuyo nombre no ha "querido" recordar Mc 4, 3). La que presento como foto de portada es quizá algo convencional: Están los siete, todos y todas, muy modosos y guapos, sobre todo las hermanas (Jesús debe ser el primero de la izquierda, seguido de Santiago). María y José no salen, pero están representados en todos los belenes del mundo, donde podrá verlos quien lo quiera.

¿Por qué no hay belenes con Jesús algo más grande y todos sus hermanos..., quizá junto a la mula, el burro y las ovejas?
¿Por qué se representa a Jesús con María y José... e incluso con Juan Bautista, pero la piedad ha olvidado a sus hermanos y hermanas, que algo influirían en su vida?
¿Qué nos puede enseñar el hecho de que Jesús nació y creció en el seno de una familia extensa de "hermanos" que pueden entenderse de maneras distintas, pero fueron de verdad sus hermanos...?
¿Por qué no suelen relacionarse los hermanos de origen (carne) de Jesús con sus hermanos mesiánicos)
Para estudiar el sentido carnal (hermanos, hermanastros o primos) sigue siendo básico el libro de J. P. Meier, Jesús, un judío marginal I (VD, Estella 1998), alabado por el mismo Papa Benedicto XVI

Así quiero evocar la familia de origen de Jesús (no la otra y más verdadera, en la que todos somos sus hermanos/as). Quiero verle como niño que crece y se independiza (rompe con un tipo de pasado), entre hermanos y hermanas, en un contexto de amor y de conflicto creativo.

Quiero empezarle imaginando como hijo de padres piadosos (quizá también conflictivos, por lo que sabemos de José), y como hermano en el grupo de siete magníficos hermanos "de la foto", busca la voluntad de Dios, rompiendo incluso con sus mismos padres y distinguiéndose mucho de otros hermanos como Santiago. En ese contexto quiero comentar aquí dos temas complementarios:

a) Una escena de la infancia de Jesús que se deja “perder” en el Templo buscando la voluntad de Dios, enfrentándose para ello con sus padres, separándose de sus hermanos... En ese contexto se plantea el tema de las relaciones de generación y de fraternidad difícil, con lo que implican de recuerdo hermoso, de ruptura y quizá de recreación (en una perspectiva distinta, en lo que será la Iglesia o comunidad más extensa de hermanos de Jesús).

b) Una reflexión sobre Santiago, el hermano más "saliente" de Jesús, su familiar más conocido.. Ese Santiago,tan distinto de Jesús, enfrentado con él y luego creador de una Iglesia en la que algunos piensan que quiso manipular su identidad constituye una figura esencial de la Navidad ampliada. ¿Cómo pudo tener Jesús un hermano así, que pareció incluso “aprovecharse” de Jesús para fundar una Iglesia distinta?

Presento estas reflexiones en el contexto de la gran Misa de Familia, que muchos obispos y fieles de España celebran este día en Madrid, como gesto de afirmación eclesial (en una línea que algunos suponen cercana a la Iglesia de Santiago, pero de un Santiago abierto a los gentiles). Entre la foto de familia los hermanos de Jesús el año 30 y la Misa de Familia de la Castellana de Madrid el 2011 hay un camino, que los lectores del blog podrán imaginar.

1. JESÚS SE DEJA PERDER EN EL TEMPLO

La tradición de Lc 1–2 ha situado a Jesús en un contexto de piedad sagrada israelita. Así aparece no sólo en los relatos de la “purificación y LA presentación” (Lc 2, 21-40), sino, de un modo especial, en la historia edificante del “niño perdido y hallado en el templo” (Lc 2, 42-50; cf. 1 Sam 2-3). En ella se supone que Jesús conocía las tradiciones de Israel y era capaz de dialogar con los sabios, buscando su propio camino:

El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando." Él les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos (Lc 2, 40-51).

- La escena, de tipo simbólico, destaca la piedad de los padres y la ciencia de Jesús, muchacho sabio, dialogando con los maestros de Jerusalén. Esa historia parece indicar que conocía cosas que no se aprenden por tradición de familia o de escuela, sino por reflexión y decisión interior (cf. Lc 2, 40). Jesús aparece casi como “niño prodigio” o como adolescente sabio que, a los doce años, cuando un judío se vuelve responsable de sí mismo, obligado a cumplir los preceptos de la Ley, dialoga con los sabios del templo de Jerusalén, como un “bar” o “ben” “mitzvah”, un “hijo de los mandamientos”.

- Los niños judíos actuales celebran esa fiesta de mayoría de edad a los doce/trece años. No se sabe cómo y cuándo se celebraba exactamente en tiempos de Jesús, pero es claro que Lucas quiere evocar un tipo de celebración donde Jesús aparece, en su mayoría de edad, como alguien que puede responder y responde de sí mismo, como un “niño sabio” que permanece por unos días en Jerusalén (en la casa de su Padre Dios), para volver, sin embargo, con sus padres a Nazaret, creciendo así en sabiduría de las cosas de Dios. Sobr el trasfondo del tema: N. Krückemeier, Der zwölfjährige Jesus im Tempel (Lk 2.40-52) und die biografische Literatur der hellenistischen Antike, NTS 50 (2004) 307-319.

a. Comparación con F. Josefo.

Una anécdota semejante aparece en la autobiografía de F. Josefo, historiador judío algo más joven, que se describe a sí mismo como un auténtico niño prodigio:

– Yo fui educado con un hermano mío, llamado Matías, hijos los dos del mismo padre y de la misma madre; progresaba mucho en la instrucción, destacaba por mi memoria e inteligencia; y cuando apenas había salido de la infancia, hacia los catorce años, todos me valoraban por mi afición a las letras, pues continuamente acudían los sumos sacerdotes y las autoridades de la ciudad para conocer mi opinión sobre algún punto de nuestras leyes que requiriera mayor precisión (Autobiografía II, 8-9).

Josefo se presenta de manera más pretenciosa que Jesús, pues no sólo dialoga (pregunta y responde), sino que enseña, de manera que a los catorce años actúa como “maestro de los maestros de la ley”. Hay además una diferencia esencial:

- Josefo pertenece a una de las familias sacerdotales ricas de Jerusalén, de manera que no tiene más obligación ni tarea que estudiar.

– Jesús ha nacido en una familia de “campesinos obreros”, de manera que su ocupación directa será el trabajo, no el estudio (cf. Mc 6, 4) .

Josefo pudo seguir su etapa de “formación teórica” hasta los dieciséis años, para completarla con una educación práctica, pero no en el trabajo material, como Jesús, sino realizando una especie de “turismo sapiencial”, a través de las tres “sectas” o filosofías (tendencias vitales) del judaísmo de su tiempo (fariseos, saduceos y esenios), para hacerse finalmente discípulo de Bano, un bautista anacoreta, culminando su formación a los diecinueve años (Aut II, 10-12).

- Josefo era un buscador curioso, hijo de papá, “burgués del pensamiento”. Tenía la vida asegurada, en plano económico y social. Por eso podía dedicarse al lujo de estudiar y experimentar en los diversos caminos de la educación judía, sin implicarse totalmente en nada de aquello que hacía.

- Jesús, en cambio, será un “buscador vital”, alguien que explora en la vida de trabaja y sufrimiento de la gente de su entorno. No ha podido dedicarse a recorrer las “sectas” o filosofía, pues no tiene tiempo ni medios para ellos; no puede estudiar en instituciones caras, ni dedicarse a la administración, ni viajar a Roma como “embajador” de unos sacerdotes, para ser recibido por la gran Popea, mujer del César (de Nerón) (Ibid III, 13-16). Así estudiará y aprenderá en la escuela más realista y exigente: la escuela de la vida y del trabajo, que le pone en contacto con la vida real, como seguiremos viendo.

b. Jesús, dejar la escuela, aprender en la vida

Lo que distinguirá a Jesús no es el estudio y conocimiento teórico de la Escritura, pues en su tiempo había muchos rabinos cultos como Josefo (o como Hilel y Filón) que la conocían de un modo preciso y podían comentarla siguiendo las leyes de la exégesis entonces normativa. Pero, sin ser especialista, hombre de estudio (¡y precisamente por no serlo!), Jesús ha sido y sigue siendo para los cristianos aquel que mejor ha conocido y explicado la Escritura, desde la experiencia de su vida, después de haber estado con los “sabios” del templo, a los doce años.

– Hay un tipo de escuela que enseña a ignorar, como suponen las discusiones posteriores de Jesús con los escribas o letrados, que conocen la “letra” de la Ley, pero no su vida interna. Quien sólo estudia en las escuelas y universidades oficiales de sistemas económicos, estados e iglesias corre el riesgo de “no saber”, esto es, de olvidar las raíces y tareas verdaderas de la vida.

– Hay una vida real que nos obliga a “salir” de cierto tipo de escuelas. Precisamente para llegar hasta el fondo de esa vida, Jesús ha tenido que salir del círculo de letrados y sacerdotes (de la escuela y templo), entrando en el mundo real trabajo de los pobres y expulsados de Galilea. Desde ellos y con ellos (para ellos) ha conocido la Escritura. Por eso, cuando Lucas acaba diciendo que el Jesús adolescente de doce años dejó el templo y fue con sus padres, estando sometido a ellos, está suponiendo, al menos implícitamente, que asumió la vida de trabajo de su familia.

Algunos apócrifos muy leídos en la Iglesia, como el Protoevangelio de Santiago, han destacado la influencia del estudio y la piedad en la educación piadosa de Jesús (a quien tienden a poner siempre con el libro en la mano). En contra de eso, pensamos que Jesús conoce la Escritura (que es el Libro de la Vida), pero no ha descubierto su sentido de manera teórica y detallada, en la línea de los especialistas, sino en la experiencia concreta del trabajo y sufrimiento, con los hombres y mujeres de su tiempo. Eso le permite destacar algunos rasgos menos importantes para otros.

1. La Escritura es voz de exigencia y llamada: no sirve para justificar lo que existe, sino para transformarlo, desde la perspectiva del banquete final donde todos han de ser llamados, conforme a la parábola de la viña que ha de dar fruto para todos.

(3) La Escritura es libro de experiencia. No se entiende con la ayuda de otros libros, sino con la propia la vida. Su secreto o sentido más hondo no se aprende por estudio, sino en el encuentro personal con la realidad.

2. SANTIAGO, EL HERMANO DE JESÚS

La familia de Jesús está formada básicamente por María y José, como se indica en todos los comentarios de esta fiesta; pero como sabe y dice Mc 6, 3, tenía al menos seis hermanos/hermanas, entre los que destaca Jacobo/Santiago . No se puede entender su vida (es decir, su familia) sin evocar la función de esos hermanos, las “disputas” y diferencias que Jesús pudo tener con ellos.

1. El más “sabio” de la familia no era Jesús, sino Santiago

Jesús debió nacer en una familia aldeana de nazoreos piadosos y erudito. Él destacó al principio con trabajador, y por eso se le llama el “tekton”, es decir, el artesano o carpintero, es decir, alguien que “aprendió” el sentido del tejido de la vida desde abajo, desde aquellos a los que no llega el salario mínimo, o viven al borde del paro, como hoy se diría.

Pero tuvo un hermano “más sabio”, como parecen mostrarlo las tradiciones sobre Santiago, primer “obispo” de Jerusalén, posible autor de una carta-tratado escrita en su nombre (Sant), mientras que él (Jesús) parece que no escribió nunca un tratado, sino sólo unas palabras de libertad en la arena, en defensa de una mujer acusada de adulterio (Jn 8). Es posible que Santiago no escribiera esa carta, ni fuera tan culto…, pero la tradición le presenta como versado en la Ley, conocedor de la Escritura, en su sentido más literario.

Eso supondría que en la misma familia de Jesús había algunos que formaban parte de un tipo de élite de estudiosos. También Judas, otro posible hermano de Jesús, aparece en el Nuevo Testamento como autor de una carta de tipo judeo-apocalíptico (Judas); pero la autenticidad de esa carta parece menos probable.

Sea como fuere, la tradición de la iglesia antigua (avalada por Pablo y Hech 15), y por el mismo F. Josefo (Ant 20, 197-203), supone que Santiago no era un “inculto mesiánico”, sino un erudito, un “estudioso de la religión” en el sentido radical de la palabra. Ciertamente, él pudo haberse iniciado en el conocimiento de la Ley tras la muerte de Jesús. Pero es más sencillo suponer que la conocía previamente. Eso nos llevaría a pensar que Jesús nació en una familia donde, al menos, alguno de sus hermanos valoraban el estudio y cumplimiento de la Ley, en el sentido piadoso del término.

Así lo ha destacado R. Bauckham, Jude and the Relatives of Jesus en the Early Church, Clark, Edinburgh 1990; B. Chilton y Craig Evans (ed). James the Just and Christian Origins (Supplements to Novum Testamentum 28), Brill, Leiden 1999; B. Chilton y Jacob Neusner (ed), The Brother of Jesus: James the Just and His Mission, Westminster, Louisville 2001. Mc 15, 40 dice que Santiago era el menor (tou mikrou), quizá para distinguirle del Santiago Zebedeo, que sería el mayor. Pero es posible que ese apelativo sea signo de humildad (los cristianos han de ser «menores»: Lc 9, 48) o, incluso, de cierto descrédito, en la línea de Mc 3, 31-35, mostrando así que ese Santiago, a quien algunos toman como el mayor de los seguidores de Jesús (cf. EvTomás 12), sería precisamente el más pequeño, el menos importante. Se supone que al principio no creía en su hermano Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 7, 3-10), pero Pablo afirma expresamente que Jesús se le apareció tras la muerte (1 Cor 15, 7) y le presenta honrosamente como hermano del Kyrios (cf. Gal 1, 19). Lucas le incluye implícitamente entre los fundadores de la iglesia, el día de Pentecostés (cf. Hech 1, 13-14).

2. Santiago, el hermano que quiso “convertir” a Jesús

No conocemos bien las relaciones entre Santiago y Jesús, los dos hermanos, durante el tiempo de su vida. Pero, según lo que dice Mc 3, 20-21.31-35, Santiago parece haber sido el dirigente de aquellos que pensaban que Jesús estaba loco, de forma que quiso agarrarle a la fuerza para llevarle a casa. De manera muy significativa, Jn 7, 5. 10, el evangelio más piadoso, dice que los hermanos de Jesús no creían en él, de manera que no iban juntos ni siquiera a celebrar fiestas religiosas de Jerusalén.

Este enfrentamiento de hermanos no tiene nada de anormal, sino que forma parte de la misma historia humana (sin necesidad de llegar a los extremos de Gen 4: Caín y Abel). Todo nos permite suponer que Jesús y Santiago estuvieron enfrentados por la forma de entender la “la ley”… y la libertad, los derechos de Israel y los derechos de los pobres.

Sea como fuere, Santiago no subió a Jerusalén con Jesús para proclamar el Reino de Dios, para celebrar la gran fiesta de la reconciliación universal… por la que mataron a Jesús. No estuvo a su lado cuando le mataron, no le defendió ante Caifás y Pilato.

Sólo después, pasado un tiempo, Santiago se “convirtió” a Jesús, es decir, aceptó su movimiento (como afirma Hch 1, 13-14). Se hizo cristiano, pero un cristiano muy especial, separado y distinto de la línea de Pedro y de los Doce, y mucho más de la línea de Pablo y de los “helenistas”. Se hizo cristiano, pero a su modo… de tal forma que no sabemos si se convirtió de verdad a Jesús crucificado… o si quiso “convertir” a Jesús, presentándole como buen israelita, de buena familia.

Sea como fuere, tras la persecución de los primeros cristianos helenistas, que tuvieron que dejar Jerusalén (cf. Hech 8, 1) y tras la huída de Pedro (y posiblemente de los Doce: cf. Hech 12, 17), Santiago quedó en la ciudad como figura dominante, al frente de una iglesia con una interpretación mesiánico/judía de la Ley.

Los “cristianos de Santiago” (cf. Gal 2, 12) mantenían comunión con otros grupos cristianos, como sabe Hech 15 y Gal 1-2, pero su teología y estructura se parecía mucho a la otros grupos proféticos y apocalípticos judíos que anunciaban la llegada de Dios en Jerusalén (aunque los de Santiago añadían que Dios vendrá y se manifestará por Jesús, Mesías crucificado). Santiago se mantuvo con su grupo en Jerusalén, en los años centrales del cristianismo naciente (del 40 al 60 d. C.). Todo nos permite suponer que era buen conocedor de la Ley, antes de convertirse a Jesús. Era, sin duda, hombre de letras.

3. Santiago ¿el primer hereje cristiano?

Este Santiago parece haber sido “más teólogo” que su hermano, más de ley y libro. Lo cierto es que aceptó a Jesús como Mesías y fundó la primera comunidad escatológica cristiana, al estilo judío, una qahal o asamblea mesiánica, como muestran los testimonios conservados al fondo de Mateo, en Juan y del Apocalipsis y, sobre todo, en la carta que se escribió a su nombre (cf. Sant 1, 1).

Sea como fuere, Santiago y los “hermanos” de Jesús formaron la primera iglesia estrictamente dicha, la congregación de «los pobres» (cf. Gal 2, 10; Rom 15, 26), con un obispo-inspector (Santiago) y un grupo de presbíteros a su cabeza, conforme al estilo de otras comunidades judías (como la de Qumrán).

Esta iglesia tuvo una aguda conciencia, sagrada y mesiánica, organizativa y legal, en una línea que Mc 3, 31-35 ha criticada (pensando que ella quería entrometerse en la vida de otras iglesias). El auténtico «papa» o intérprete del evangelio no fue aquí Pedro (como dirá Mateo 16, 18-20, rechazando quizá las pretensiones de los judeo-cristianos), sino el mismo Santiago, como supone la tradición de Hech 15 e incluso Ev. Tomás 12.

Esta iglesia de Santiago fue el primer experimento cristiano a gran escala (tras la dispersión de los Doce). Pero también ella acabó fracasando o quedó marginada, quizá por conflictos internos (reflejados en los textos actuales Mt y Jn) y por la oposición de otro tipo de judaísmo dominante, pues Anás/Anano el Joven, Hijo de Anás (el que hizo matar a Jesús, siendo suegro dominante de Caifás, el año 30 dC), siendo Sumo Sacerdote el año 62/63 dC, le hizo matar, porque le molestaba su libertad frente al templo (cf. F. Josefo, Ant XX, 197).

A diferencia de los cristianos de Pablo e incluso de Pedro, estos “cristianos de Santiago” aceptaron a Jesús Mesías, pero conservaron una teología anterior y (en parte) ajena a Jesús. Santiago podía saber más que Jesús (conocía mejor la Ley, en plano escolar), pero que Jesús la transformó de un modo más radical. En el comienzo del cristianismo está por tanto la historia de dos hermanos que tenían visiones un poco distintas de la Ley… y que pudieron colaborar, siendo, sin embargo, diferentes.

Éste Santiago forma parte importante de la historia de la familia de Jesús.

– Cf. R. Bauckham, Jude, 2 Peter, Word P. Dallas 1990; Jude and the Relatives of Jesus en the Early Church, Clark, Edinburgh 1990; James and the Jerusalem Church, en [Id. (ed.)], The Book of Acts IV. Palestinian Setting, Eerdmanns, Grand Rapids MI 1995, 415-480; P.-A. Bernheim, James, the Brother of Jesus, SCM, London 1995; L. T. Johnson, Brother of Jesus, friend of God. Studies in the Letter of James, Eerdmans, Grand Rapids 2004; J. L. León Azcárate, Santiago, el hermano del Señor, Verbo Divino, Estella, 1998; É. Nodet y J. Taylor, Essai sur les origines du Christianisme, Cerf, Paris 1998; F. Vouga, Los primeros pasos del cristianismo. Escritos, protagonistas, debates, Verbo Divino, Estella 2001. He desarrollado el tema en Historia y futuro de los papas, Trotta, Madrid 2006.

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30 de Diciembre: Fiesta de la Sagrada Familia : La bolsa de las medicinas


Por P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

Cuando nacía un niño en una familia india, recibía un regalo muy especial. El padre hacía una bolsita de cuero, era la bolsa de las medicinas del hijo.
La madre metía dos cosas en la bolsita y el padre ponía otras dos. Se la entregaban al hijo y éste la guardaba en un lugar especial. Cuando moría la bolsa de las medicinas era también enterrada con él.
Cuando los niños eran capaces de comprender, los padres les decían lo que habían puesto en la bolsa.
La madre siempre ponía un poco de tierra y un trozo de cordón umbilical para hacerles recordar a sus hijos que venían de la tierra y de una familia y que nadie se da la vida a si mismo.
El padre ponía una pluma de ave que había quemado un poco y la mezclaba con las cosas de la madre.
La pluma del pájaro simboliza el vuelo y cada uno tiene que encontrar su lugar en el mundo.
Ninguno sabía nunca cuál era la segunda cosa que el padre había puesto. Los hijos intentaban adivinarlo pero nunca se lo decían. Era un secreto. Y este secreto representa el misterio de la vida. Y el centro de todos los misterios es Dios. Es un hermoso regalo, un símbolo, que nos hace pensar y nos vincula a una tierra, a una familia y a Dios.

Todos los domingos tenemos una cita con el primer Amor. Y nuestra presencia en el templo es nuestra respuesta a Dios.

La Palabra y la predicación intentan sintonizar nuestro dial con el dial del Amor. Los ruidos y las interferencias del corazón nos hacen perder la sintonía.

La Palabra que ilumina todas las facetas de nuestro vivir, en esta fiesta de la Sagrada Familia, nos habla, hoy, del segundo amor:

Del encuentro carnal y espiritual del hombre y la mujer, de la necesidad imperiosa que el hombre siente de salir de si mismo y a través de la sexualidad trascenderse en el amor a los hijos y en la sociedad.

Nadie escapa a la mirada de Dios, ni siquiera nuestras emociones y deseos más profundos.

Cuentan que el emperador Conrado había asediado la ciudad del duque de Baviera.

El asedio se prolongaba y los víveres escaseaban. El emperador decidió dejar salir a todas las mujeres. Les permitió llevarse consigo sólo una cosa, la más preciosa.

Cuando las puertas se abrieron para dejarlas salir, cada una de ellas llevaba cargada a sus espaldas a su marido.

¿Qué se habría llevado usted? ¿A su marido?

Olvidemos lo que ustedes habrían hecho.

Olvidemos cómo ven nuestros ojos esta realidad.

Olvidemos lo que observamos en nuestra sociedad.

Olvidemos lo que dijo Moisés y todos los legisladores que vinieron después.

Centrémonos en lo que dice Jesús. ¿Con qué ojos ve Jesús el amor y nuestros amores?

Como lo ve todo, con los ojos de Dios.

¿A qué legislador mira Jesús? Para él sólo hay una autoridad, un legislador, Dios Creador.

"Al principio de la creación Dios creó hombre y mujer". Jesús recuerda a los fariseos y a nosotros el proyecto de Dios, su voluntad creacional. Y nos recuerda también nuestra insensibilidad a la Palabra y a su voluntad.

Una carne, una unión, un amor, una familia, una fidelidad y una felicidad.

En el principio, y en el hoy, Dios tuvo y tiene un proyecto para el hombre:
señor de la creación

no condenado a la soledad sino destinado a vivir en sociedad

hombre y mujer, misma dignidad, hijos de Dios

la unión del hombre y la mujer más profunda, más íntima, más creadora, más gozosa..."y serán los dos una sola carne".

En el principio Dios, como todos los soñadores, soñó con la obra perfecta y creó el hombre poco inferior a los ángeles y le dio la capacidad de amar, es decir, de salir de si mismo al encuentro y plenitud en el otro, que sólo el otro puede dar y la necesidad de ser amado.

En el principio fue el amor. Existimos desde el amor. Sólo el amor es creador, dador de vida y felicidad. En el principio era el amor y el amor es Dios.

¿Han contemplado alguna vez el nacimiento de un río? Agua limpia, fresca, juguetona. A medida que el río viaja, ¡cuánta suciedad!

¿Recuerda el principio de su primer amor? Suéñelo otra vez. Dios estaba en ese primer amor.

¿Recuerda su primer te quiero? Dios estaba ahí también.

¿Recuerda el día de su boda y su primer sí y su primera vez? Dios también quería estar ahí.

¿Recuerda el nacimiento de su primer hijo? Fue el primer regalo de Dios.

¿Recuerda su primera infidelidad? Dios no quería estar ahí.

¿Recuerda cuando las aguas empezaron a enturbiarse? Dios siempre las quiere purificar.

En el principio no era así.

Jesús vino a recordarnos el principio de la creación, del amor, de la fidelidad...el proyecto de Dios.

La autoridad de Dios está por encima de todas las autoridades que promueven el aborto, el amor sin cruz, el amor pasión inútil que se apaga y se agota en una noche, la pornografía que incita a los jóvenes al goce rápido y ansioso sin esperas ni barreras.

Jesús vino a recordarnos que sólo Dios es Dios y que no debemos ser idólatras porque somos suyos.

Jesús vino para recordarnos que el matrimonio es una alianza santa y sagrada y que no podemos vivir en la idolatría del sexo, en el adulterio, el incumplimiento de la palabra dada, la debilidad de la carne, el comercio sin reglas, la idolatría barata, el pecado...

Jesús vino para recordarnos que sólo con Él y con su poder y su presencia en nuestra vida podemos vivir sin idolatrar nada ni nadie.

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30 de Diciembre: Fiesta de la Sagrada Familia : “Estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios”


Un matrimonio de profesionales jóvenes, con dos hijos pequeños, fue asaltado un día por un familiar cercano con una pregunta que nunca se habían esperado: –¿Estarían ustedes dispuestos a prestarle el carro nuevo a la empleada del servicio durante todo un día? Ellos, sin entender para dónde iba el interrogatorio, respondieron casi al tiempo y sin dudar ni un momento: “Ni de riesgos. ¡Cómo se le ocurre! ¡No faltaba más!” El familiar, dejando escapar una sonrisa de satisfacción al ver cómo habían caído redonditos, les dijo: “Y, entonces, ¿cómo es que dejan todo el día a sus dos hijos en manos de la misma empleada del servicio?”

No se trata de juzgar la forma de ejercer la paternidad o la maternidad en los tiempos modernos. Ni soy yo el más indicado para decir qué está bien y qué está mal en la educación de los hijos, puesto que no los tengo; pero cuando escuché esta historia me conmoví interiormente y pensé mucho en la forma como se van levantando actualmente los hijos de matrimonios conocidos.

La familia es el núcleo primordial en el que crecemos y nos vamos desarrollando como personas. Lo que aprendemos en la casa nos estructura interiormente para afrontar los retos que nos plantea la vida. Lo que no se aprende en el seno del hogar es muy difícil que luego se adquiera en el camino de la vida. Los primeros años de nuestro desarrollo son fundamentales y tal vez a veces lo olvidamos.

Es muy poco lo que los Evangelistas nos cuentan sobre la vida familiar de Jesús, José y María; sin embrago, por lo poco que se sabe, ellos tres constituyeron un hogar lleno de amor y cariño en el que se fue formando el corazón del niño Jesús. Y, a juzgar por los resultados, ciertamente, tenemos que reconocer que debió ser una vida familiar que le permitió al Niño crecer hasta la plenitud de sus capacidades: “Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios”.

Que nuestros niños crezcan también fuertes y llenos de sabiduría, gozando del favor de Dios, de tal manera que no tengan que rezar a Dios con las palabras que leí alguna vez en una revista:

"Señor, tu que eres bueno y proteges a todos los niños de la tierra,
quiero pedirte un gran favor: transfórmame en un televisor.
Para que mis padres me cuiden como lo cuidan a él,
para que me miren con el mismo interés
con que mi mamá mira su telenovela preferida o papá el noticiero.
Quiero hablar como algunos animadores que cuando lo hacen,
toda la familia calla para escucharlos con atención y sin interrumpirlos.
Quiero sentir sobre mí la preocupación que tienen mis padres
cuando el televisor se rompe y rápidamente llaman al técnico.
Quiero ser televisor para ser el mejor amigo de mis padres y su héroe favorito.
Señor, por favor, déjame ser televisor aunque sea por un día".


* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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domingo, 26 de diciembre de 2010

LA FAMILIA DE NAZARET



El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. En línea con lo que allí dijimos, vemos como Mateo refleja en Jesús lo que la Biblia dice de Moisés, porque para él Jesús es el nuevo “Moisés” que salvará definitivamente a su pueblo. Sigue resaltando la impotencia de José en la toma de decisiones de acuerdo con la voluntad de Dios.

La liturgia nos propone hoy la familia de Nazaret como punto de reflexión. No sabemos casi nada de esa familia, pero teniendo en cuenta el refrán ‘de tal palo tal astilla’, debemos suponer que fue una familia ideal. No obstante, tenemos que dejar claro desde el principio que el modelo de familia de aquella época no tiene nada que ver con el de hoy.

La verdad es que el tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, es muy probable que no haya existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el patriarcal. La familia molecular era completamente inviable.

Cuando el evangelio nos dice que José recibió a María en su casa, no quiere decir que formaran una nueva familia, sino que María dejó de pertenecer a la gran familia de su padre y pasó a integrarse en la familia a la que pertenecía José. El relato de la pérdida del Niño es impensable en una familia de tres.

El valor supremo de la familia patriarcal, era el honor. En la honorabilidad estaban basadas todas las relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer deber de todo miembro de la familia, era mantener y aumentar su honorabilidad.

Esto explica las escenas evangélicas donde se dice que su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a Jesús porque decían que no estaba en sus cabales. Querían evitar a toda costa el peligro del deshonor de toda la familia. Lo que pasó después confirmó sus sospechas.

El primer despiste lo sufrimos al llamar “sagrada” una institución. Ninguna institución es santa, mucho menos sagrada.

Las instituciones son entes de razón, son medios que el hombre utiliza para regular sus relaciones sociales. Son imprescindibles para su desarrollo como persona humana. Pero como todo instrumento, ni son buenas ni son malas en sí mismas. La bondad o malicia depende del uso que hagamos de ellas.

Todas las instituciones pueden ser mal utilizadas, con lo cual en vez de ayudar al ser humano a perfeccionarse, le impiden progresar en humanidad. La familia también puede ser utilizada para oprimir y someter a otros seres humanos. Debemos tener mucho cuidado y saber defendernos cuando esto ocurre. La familia está al servicio de la persona, y no al revés. Eso no quiere decir que no exija esfuerzo y sacrificio. Sin esfuerzo nunca habrá progreso humano.

En los evangelios no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya existente. Mas tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal era muy avanzado. No sólo se adoptó, sino que se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba.

Voy a señalar sólo tres:

1º.- No contaba para nada el amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo, sin tener en cuenta para nada a las personas.

2º.- La mujer quedaba anulada como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.

3º.- El fin del matrimonio eran los hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la ausencia de hijos no sea el fruto del egoísmo.

Aunque esos fallos no están superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas.

No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble, aunque la estadística nos diga que el 50 % se separan.

Tampoco solucionaremos nada repitiendo sin ninguna matización que la homosexualidad es pecado, hundiendo en la miseria a un gran número de seres humanos.

No se trata de que hoy las personas sean peores que hace cincuenta años. Hoy, para mantener un matrimonio, se necesita una madurez mucho mayor. Al no darse esa madurez, los matrimonios fracasan.

Dos razones de esta mayor exigencia son:

a) La estructura nuclear de la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.

b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta años juntos. En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan diferencias insuperables.

Como cristianos, tenemos la obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política. Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos en sus relaciones con los demás.

Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que potencie y favorezca esta actitud plenamente humana, es válido y cristiano. Debemos tener mucho cuidado de no proponer ideologías concretas como cristianismo.

Es verdad que la familia está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una crisis. Si no se descubren las carencias, nunca haríamos nada por superarlas.

La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e instintivo. Como cristianos tenemos la obligación de colaborar con todos los hombres en la búsqueda de soluciones que ayuden a todos a conseguir mayores cuotas de humanidad.

Tenemos que demostrar, no solo de palabra, sino con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento para conseguir una humanidad más justa, más solidaria, más humana.

Si tenemos en cuenta que todo progreso verdaderamente humano es consecuencia de las relaciones con los demás, descubriremos el verdadero valor de la familia. En efecto, la familia es el marco en que se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. No hay ningún otro ámbito o institución que permita una mayor proximidad entre las personas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor estabilidad, que es una de las condiciones indispensables para que una relación se profundice.

Podemos estar seguros que las primeras lecciones de humanidad las recibió Jesús en el entorno familiar. Este entorno no se redujo a José y a María, sino que comprendía también a sus hermanos (si los tuvo), a sus primos, a sus tíos y abuelos (sobre todo paternos).

En una familia auténticamente israelita, la base de todo conocimiento y de todo obrar era la Biblia. Sin este trasfondo sería impensable el despliegue de la figura del hombre Jesús. Jesús fue mucho más allá que el AT en el conocimiento de Dios y del hombre, pero allí encontró las primeras orientaciones que le permitieron experimentar al verdadero Dios.

Tenemos que olvidarnos de toda espectacularidad externa y descubrir su infancia como la cosa más normal del mundo. Fue una familia completamente normal. Nada de privilegios ni protecciones especiales, ni ellos ni sus vecinos pudieron enterarse de lo que ese niño iba a ser, porque también él fue completamente normal.

Es en esa absoluta normalidad donde tenemos que ver lo extraordinario, su vida interior y su cercanía a Dios que era lo que les mantenía unidos y entregados unos a otros, como soporte de la convivencia. Esa sencillez y esa entrega mutua, son el mejor ejemplo de que Dios estaba allí.

No estamos negando la divinidad de Jesús. Estamos haciendo hincapié en el proceso plenamente humano del descubrimiento de lo que había de Dios en él. Él era un ser humano, aunque en esa humanidad se estaba manifestando la plenitud de la divinidad.

Es Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos Dios, nosotros quedamos totalmente al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.



Meditación-contemplación

“Por encima de todo, el amor que es el ceñidor de la unidad.
La familia es el marco más íntimo de relaciones humanas.
Es, por tanto, el marco privilegiado de humanización.
Ahí debe manifestarse y potenciarse nuestra plenitud humana.
......................

El amor que nos pide el evangelio es un amor efectivo.
Las teorías y las ensoñaciones no llevan a ninguna parte.
Mi relación con los próximos manifiesta el grado de mi amor.
Examinar esas relaciones en la clave de todo progreso espiritual.
.......................

Dentro de mí, en lo hondo de mi ser,
debo descubrir esa necesidad de amar.
Los lazos familiares me ayudan a salir de mí e ir al otro.
La familia es el mejor campo de entrenamiento
para hacerme más humano.
Si desaprovecho esa oportunidad, no llegaré nunca a amar.
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