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sábado, 29 de junio de 2013

29 de Junio: Fiesta de San Pablo Apóstol


Creyó, esperando contra toda esperanza. (Rom 4, 18)

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domingo, 6 de mayo de 2012

EPIGRAMÁTICO


De cómo se pasa a ser alguien temido a “uno de los nuestros”, tanto que le cuidamos y protegemos de quien es una amenaza para él.

Hombre, como título, es demasiado largo. Suena más bien a los encabezamientos que encontramos al principio de los capítulos de El Quijote. Quizás mejor sirvan esas palabras como un resumen epigramático de las andanzas de lo apóstoles que hoy nos relata Lucas. De pronto dudo…, y busco en el diccionario el significado de la palabra epigramático. Algo en mi memoria me dice que sí, que es la palabra que quiero usar, pero por si acaso la busco y encuentro lo siguiente: epigramático no existe. Como de costumbre yo inventándome el vocablo oportuno, pero busco epigrama y leo: “composición poética breve que expresa un solo pensamiento principal festivo o satírico de forma ingeniosa”. ¡Bingo! Va a ser que sí que existe lo epigramático, aunque no en el diccionario. Mi frase de inicio no es poesía pura, no rima, no tiene ni categoría de verso blanco siquiera, pero es poética porque es metafórica, es breve, expresa un pensamiento principal bastante festivo (al menos para Pablo lo fue, ahora lo comentaremos) y quizás intenta pasar por simpático aunque poco satírico. Lo de forma ingeniosa… lo dejo al criterio personal de ustedes.

La cuestión que nos ocupa es cómo Pablo pasó de ser alguien temido por los apóstoles a ser alguien del “clan”, tan querido amigo como para que, y a la vista del peligro que empezaba a correr, lo empaquetaran al puerto de Cesarea y de ahí a casa, a Tarso. A veces la apostología - ficción nos ayuda a visualizar situaciones que reconocemos en nuestra vida.

Pablo quiere conocer a los apóstoles. Es natural. Su vida ha cambiado tanto desde que Cristo entró en ella…desea estar junto a los que vivieron con el Maestro, los originales referentes de su fe, las primeras huellas que Jesús ha dejado tras de sí. Los apóstoles no se fían, sospechan de un vehemente perseguidor de cristianos, conocido ya por lo que pasó con Esteban. También es natural. ¿Cómo no dudar?

Pero Pablo insiste, pide mediación: “Anda Bernabé, por favor, ve y diles algo”. Y ahí va el pobre Bernabé dilucidando a ver qué podía decir de Pablo para que fuera bienvenido en la comunidad de seguidores, buscando en el currículo vital algo en su desagravio: “varón, judío de pedigrí, ciudadano romano (y esto es chachi en los tiempos que corren), experto en leyes, alumno del ilustre Gamaliel, habla griego, arameo, hebreo, algo de latín, vehículo propio pues monta a caballo o burro si es menester, sabe coser jaimas, disponible para hacer salidas al extranjero, le encanta viajar, estuvo ciego un tiempo… pero ahora ve, es un tío listo, valiente, espabilado, algo insolente a veces, tiene hermana y sobrino aunque no constan como cargas familiares más bien como descargas familiares.” Los apóstoles consienten en las presentaciones. Y Pablo les cuenta cómo Jesús es el Señor de su vida: “Cómo Dios tuvo compasión de mi. El Señor derrochó su Gracia en mi, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.” Los doce unánimes reconocen la experiencia. También ellos han recibido el mismo regalo.

Ya no hay reticencias, ya no más sospechas. Jesús les sorprende incorporando al grupo de enviados también a Pablo. Para Pablo el ser apóstol no es ni prerrogativa, ni vanagloria; es un quehacer, una urgencia que le consume. Y además con la perspicacia de que había que ir más lejos, más afuera…al fin del mundo si es preciso. Pablo, el apóstol viajero. Los demás acabarán por aceptar que Jesús obra su misión también en él. No lo tendrá fácil sin embargo al principio. Ya se sabe, la dura testuz de algunos. Pablo tiene claro en nombre de quién vive, y proclamará a los cuatro vientos sus certezas.

Les invito a poner un Pablo en su vida, a incorporarle a sus modos y maneras. A dejarse tumbar del caballo, a tener la paciencia para recuperar la vista, a desear conocer a los primeros, a los que vivieron junto al Maestro, a ir más lejos y más afuera, a coser jaimas y a vivir sabiendo cuánta compasión se nos regala cada día. BUENA PASCUA.

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domingo, 5 de febrero de 2012

DESCUBRIR EL AMOR DE CRISTO Y SENTIR LA URGENCIA DE COMUNICARLO A LOS DEMÁS (TIEMPO ORDINARIO 5º, CICLO B)


Comentarios a la segunda lectura dominical

Por Pedro Mendoza LC
Publicado por ZENIT

"Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio. Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda". 1Cor 9,16-19

Comentario

En este pasaje de la carta a los Corintios podemos asomarnos al interior del corazón de san Pablo para ver cuáles son los motivos que dirigen su vida y su celo apostólico en la predicación infatigable del Evangelio. Como ratificará en otra de sus cartas a esta misma comunidad, el motivo fundamental de todo su dinamismo apostólico y de todos los sufrimientos que abraza es el amor de Cristo que ha experimentado personalmente y que lo impulsa a entregarse sin reservas a los demás para que lo conozcan y participen de ese mismo amor (2Cor 5,14). De ningún modo ha querido recurrir al derecho del sostenimiento económico por parte de esa comunidad evangelizada por él. Pero ¿por qué insiste tanto en esta excepción de su conducta? Si se opone radicalmente a ello es para evitar a toda costa que la comunidad considerase su labor apostólica "interesada" por eventuales compensaciones humanas y económicas. Así lo dejó indicado anteriormente: "nunca hemos hecho uso de estos derechos. Al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo" (1Cor 9,12).
San Pablo en este pasaje va más allá del motivo anterior. Ahora deja entrever otro, más personal, que está en relación con el origen de su vocación: su encuentro con Cristo en el camino de Damasco. El Apóstol reconoce que para él anunciar el Evangelio como los demás apóstoles y evangelistas sería demasiado poco. Él siente un deber en conciencia muy grande, puesto que él había intentado en otro tiempo destruir la Iglesia. Pero en ese entonces Cristo tomó la iniciativa de salirle al encuentro, revelándosele personalmente y haciéndole experimentar su amor para con él. Hasta tal punto caló esta experiencia de Cristo en el Apóstol que llegó a apoderarse totalmente de él. Por ello, se siente obligado, entregado, hipotecado al Señor, en una forma que supera toda medida.
Es de este modo como pueden entenderse los términos paradójicos que utiliza san Pablo para expresar su entrega a Cristo y a su misión evangélica. Recurre a la palabra "deber" o "necesidad", sin pretender decir que no lo haga con total libertad y de todo corazón. Lo que sucede es que el Apóstol lo siente de tal modo, que no puede hacer otra cosa sino entregarse a la tarea misionera con libertad total. Cualquiera que sea el sentido de este impulso o necesidad, es claro que san Pablo no piensa en algo contrario a la libertad. Más aún tal libertad llega a su plenitud en esta necesidad. Ahí está el núcleo y el contenido más hondo de la libertad. Esto quiere decir que el hombre plenamente libre es necesariamente atraído a amar aquello que reconoce merecedor de toda la fuerza de su amor y de toda su entrega: en definitiva, Dios. Encontramos un ejemplo similar en el mismo Cristo, en quien se refleja este misterio en la unidad de su obediencia y amor. Él puede hablar de la obligación que le ha sido impuesta; pero la acepta total y plenamente, con la misma certeza con que se sabe Hijo: "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente" (Jn 10,17-18a).
El "¡ay de mí!" de san Pablo no indica una amenaza que él experimentara desde fuera, sino desde dentro, y por eso se siente como obligado a realizar su misión. Nos resulta chocante escuchar al Apóstol afirmar que no anuncia el Evangelio voluntariamente. De ahí la necesidad de captar bien lo que dice expresándose de forma tan osada. Aquí, en efecto, la verdad se encuentra no tanto en los conceptos, que pueden siempre sopesarse con mayor precisión, sino más bien en ese impulso desbordante en él desde lo más íntimo de su ser, que supera todo límite y, como es propio del amor, tiene como medida ser sin medida.
"¿Cuál es entonces mi recompensa?", se pregunta san Pablo. ¿Cómo debemos entender esta palabra "recompensa" enlazada con la anterior, "gloria", y que se repiten más adelante (9,17 y 18,15.16)? La "gloria" no es para el Apóstol, como para los hombres de su tiempo, algo tan extrínseco como ha llegado a ser para nosotros. La gloria es, en primer término, el testimonio íntimo de la buena conciencia. El hecho de anunciar el Evangelio no le da al Apóstol derecho alguno a ufanarse. No hay, por tanto, aquí nada sobre lo que pueda fundamentar la certeza de su obediencia sin reservas y de su entrega sin límites. Y, por lo mismo, nada tampoco que merezca "recompensa". Que san Pablo espera una recompensa es algo tan natural y evidente como su esperanza de la vida eterna. Y la recompensa es Dios mismo. Es, pues, una recompensa que está muy alejada de todo cálculo. Para el Apóstol su recompensa es también la misma gracia de poder ser instrumento de Dios para comunicar el Evangelio a los demás, y acercar así el mayor número de hombres a la experiencia del amor de Cristo. Por eso su renuncia al derecho a la recompensa se convierte en una parte de su comportamiento total: él libre de todo, se hace esclavo de todos. Ésta es su norma de vida, libremente elegida.
Aplicación
Descubrir el amor de Cristo y sentir la urgencia de comunicarlo a los demás.
Continuamos nuestro recorrido de la vida pública de Cristo, esta vez viendo cómo Él viene al encuentro de las personas que sufren, de las personas que padecen alguna necesidad física o espiritual, como nos relata el Evangelio. La primera lectura nos presenta la figura de Job quien, con la permisión de Dios, es duramente probado en su integridad física y espiritual. San Pablo nos ayudará a descubrir que su entrega apasionada a su misión brota de la experiencia del amor de Cristo y de ahí la urgencia que le impulsa a hacer partícipes del mismo a todos los hombres.
Situaciones como las que nos presenta la lectura tomada del libro de Job (7,1-4.6-7) nos ayudan a tomar conciencia de lo que significa el torbellino de sufrimientos y de miseria que azota la vida de muchos de nuestros hermanos los hombres. Pero al mismo tiempo son para Dios ocasión de demostrarnos toda su bondad y misericordia para con el hombre que las padece, en particular, cuando éste le abre su corazón y le implora con confianza su intercesión. Dios conoce lo difícil que en ocasiones es la vida para el hombre, pues es una verdadera "milicia" la que tiene que enfrentar sobre la tierra. Pero, por lo mismo, no nos abandona, ni nos deja a merced de las dificultades, al contrario se acerca más a nosotros, siendo buen samaritano para con cada uno de nosotros. Cultivemos y aprendamos a mantener una confianza inquebrantable en Dios en cualquier situación por la que atravesemos en la vida, sabiendo que Él es un Padre que quiere siempre lo mejor para cada uno de nosotros sus hijos.
Esa compasión y bondad de corazón es la que el evangelista san Marcos (1,29-39) nos presenta este domingo, relatándonos el primer milagro de la vida pública de Cristo. Al entrar en la casa de Simón y encontrar a su suegra postrada en cama por la fiebre, Él se acerca a ella, la levanta sosteniéndola de la mano y la cura. El conocimiento de esa bondad de corazón del Maestro de Nazaret anima a todo ese tropel de enfermos a presentarse ante Él para que deposite también sobre ellos esas muestras de su amor. Como esos enfermos que acuden a Cristo, también nosotros estamos llamados a descubrir nuestras enfermedades sin temor y a presentárselas llenos de confianza, sabiendo que Él ha venido no para condenar sino para salvar, que Él ha venido a buscar la oveja perdida y que Él quiere por encima de todo que gocemos de su amor y de su felicidad.
Como nos refiere el pasaje de la prima carta a los Corintios (9,16-19), ya comentado, la entrega a la misión por parte del Apóstol brota de la experiencia del amor de Cristo para consigo mismo personalmente y para con cada uno de los hombres. Sólo quien se reconoce destinatario de esa bondad del corazón de Cristo siente al mismo tiempo la urgencia de corresponderle, saliendo al encuentro de todos esos hermanos nuestros que tienen necesidad de experimentar ese mismo amor en sus vidas, en particular en los momentos de mayor tribulación. Como el Apóstol, dejemos también nosotros que el amor de Cristo inunde nuestras vidas y seamos para los demás canales para encontrar este amor de Cristo en sus vidas.

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miércoles, 1 de febrero de 2012

Falleció el padre Hernán Pérez Etchepare SSP


Luego de una dolorosa enfermedad, el viernes 27 de enero, a la edad de 47 años, falleció en la ciudad de Buenos Aires el padre Hernán Pérez Etchepare, de la Sociedad San Pablo.
El velatorio de sus restos se realizó en la capilla San Roque anexa a la basílica de San Francisco, de Buenos Aires. La misa de exequias tuvo lugar en la capilla San Pablo, de la comunidad de los padres paulinos, en la localidad bonaerense de Florida, y la inhumación se llevó a cabo en el cementerio de Olivos.
El padre Pérez Etchepare, fiel al carisma que imprimió a su congregación el beato Santiago Alberione, desarrolló un vivaz apostolado en los medios de comunicación social, y entre otras responsabilidades era el director de la hojita El Domingo, que se distribuye cada fin de semana en muchas iglesias del país.
En una comunicación del Club Gente de Prensa, su presidente Jorge Rouillon alude a su afecto y su jovialidad, a su sentido del humor, a su interés por ampliar su formación y mejorar su quehacer profesional, a su amor a la Iglesia, y a su corazón de sacerdote entregado a Dios y a los demás.
En una misa que celebró durante el velatorio, el director general de la Editorial San Pablo, padre Ricardo González SSP, dijo que el padre Hernán “fue un enamorado de la vida, un enamorado de Dios”.
El domingo 29 de enero, ante unas 130 personas que desbordaban la capilla San Pablo, el vicario provincial de la Sociedad de San Pablo, padre Fernando Teseyra SSP, presidió la misa exequial de cuerpo presente, concelebrada por 8 sacerdotes: los padres Luis Muñoz, Santiago Bonomini, Ricardo González Vilchez, Albino Möhr, Juan Guouman, (paulinos), junto con los presbíteros Fernando Gianetti, de la Comisión de Ecumenismo; Juan Carlos Gil, a cargo de la Posada del Orante, en cuyos cursos había colaborado el padre Pérez Etchepare, y Eduardo Pérez Dal Lago, que compartía con él la organización anual de una exposición de íconos (el padre Hernán había hablado en la presentación de la última muestra, el 9 de diciembre último, en el Museo José Hernández).
Durante la misa se leyeron mensajes del superior provincial, desde Guadalajara (México, y del superior general, desde Roma.
En la homilía, el padre Fernando Teseyra lo recordó como profundamente humano, sensible, apasionado por la poesía, el arte, la música en sus diversas expresiones. Lo recordó como hermano de la familia paulina y dijo: "Todos estos años han sido un peregrinar; hemos compartido muchos sueños, muchas esperanzas”. Expresó: “Nos enseñó a perdonar, a tener esperanza, alegría”.
Mencionó la cantidad de poesías escritas por el padre Hernán en las que se da cuenta de su sensibilidad por el bien. Tenía un corazón grande, que le hacía apreciar las plantas, la naturaleza, los animales, en lo que amaba la Creación de Dios.
También mencionó su apasionamiento –que vinculó con el de San Pablo- por predicar al Señor. Mencionó su corazón de innato comunicador y señaló cómo para una persona que lo conocía por primera vez era como si lo conociera de siempre. Con esa historia de su vida compartida de a pedacitos con cada uno de nosotros, podríamos hacer un mosaico, dijo, con las cosas bellas que dejó.
Recordó su pasión por los íconos, que lo llevó a organizar una primera muestra en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, seguida por otras cada año, últimamente en el Museo Hernández. Sólo un apasionado que ama puede hacer esas cosas, agregó
Nacido en Rafaela, Santa Fe, era una muy buena y sencilla persona que le gustaba, con una mirada de fe y de bien común, dialogar sobre distintos aspectos de la vida.
En su ciudad natal realizó los estudios primarios en la ex Normal (Centenario) y los secundarios en la ex Nacional (Luisa Raimondi).
Mientras estudiaba Derecho, en Santa Fe, conoció a la congregación las Hijas de San Pablo y le encantó la vocación paulina, sumándose, desde 1986, a la Pía Sociedad de San Pablo, donde comenzó sus estudios eclesiásticos y la formación religiosa paulina.
Estudió en Córdoba y Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile, país en el que vivió unos 6 años, siendo ordenado sacerdote en Buenos Aires, en 1998.
También se especializó en Relaciones Públicas y Ceremonial Empresario.
Era consejero y secretario provincial de la citada congregación y, entre su variada y fructífera actividad, era el director de la revista mensual "La liturgia cotidiana" que incluye las lecturas de cada día con sus comentarios y tenía a su cargo la hojita El Domingo.
Entre sus actividades pastorales se destacaba por su trabajo en los encuentros ecuménicos y el diálogo interreligioso, especialmente con el judaísmo. +

AICA - Toda la información puede ser reproducida parcial o totalmente, citando la fuente

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martes, 24 de enero de 2012

Evangelio Misionero del Día: 25 de Enero de 2012 - LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO (FIESTA)


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 15-18

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo:

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán».

Compartiendo la Palabra
Por Dominicos.org

Celebramos en este miércoles 25 de enero, la conversión de San Pablo. Curiosamente solo de San Pablo celebramos su conversión. Del resto de los santos celebramos su día, su fiesta… pero de San Pablo celebramos su fiesta el 29 de junio, junto con San Pedro, y su conversión en este miércoles. Además, con esta fiesta cerramos la semana de oración por la unidad de los cristianos.

Se nos ofrece una elección para la primera lectura. Ambas opciones nos cuentan el relato de la conversión de San Pablo. Yo voy a elegir el relato de Hch 9.

En el relato de Hch 9, 1-22 encontramos narrados los hechos que acompañaron al momento de la conversión, “de la caída” de San Pablo y de la escucha de la voz del Señor diciendo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?. Muchas predicadores presentan la conversión de San Pablo como un momento en el que Pablo pasó de una vida equivocada, errónea, inmoral a una vida moral. Otros presentan la conversión de San Pablo como el paso de la fe judía a la fe verdadera. La conversión de San Pablo no tiene nada que ver con estas interpretaciones. Si leemos con atención el pasaje encontramos los ingredientes de una conversión:

Una luz que no nos deja continuar nuestra vida en su devenir cotidiano. Una luz que nos impacienta en la conciencia. Una luz que interrumpe, que para, la forma habitual de acercarnos a la realidad, de ver el mundo, de interpretar nuestra vida….Una luz cegadora que pone nuestra propia vida delante de nosotros mismos para que la contemplemos.
La conversión implica, a continuación, un momento de turbación, de incomprensión, de no saber, no entender… junto con un deseo ardiente de comprender lo que nos ha pasado, de saber porqué, las causas… Un momento de lucha buscando la razón de lo que nos ha pasado.
Y siempre una causa segunda, como decía Tomás de Aquino, una persona, Alguien que nos ayuda a comprender por nosotros mismo qué es lo que nos ha pasado.
Por tanto, una conversión es una llamada de Dios a una persona, la cual no entiende, no es capaz de ver lo que está pasando, pero, al mismo tiempo, la persona desea buscar un porqué para conocer qué ha pasado en su vida. Por ello, me parece interesantísimo el papel fundamental que juega Ananías que, en el relato, representa a toda la Iglesia. Ananías nos da claves para saber cuál es la tarea de la Iglesia: hacer descubrir a las personas de nuestro alrededor por si mismas que Dios está actuando ya en sus vidas. Esta es la tarea predicadora de la Iglesia.

La conversión de San Pablo, por tanto, es una llamada personal de Dios. Dios no llama para pasar de lo inmoral a lo moral, sino que llama a la puerta de la vida de las personas para establecer una relación personal que se irá desarrollando, creciendo, ahondando… como todas las relaciones.

La semana de oración por la unidad de los cristianos se cierra con la celebración de esta fiesta. ¿Por qué? Porque la unidad requiere una conversión. La unidad tanto dentro de la Iglesia Católica como entre las iglesias cristianas, requiere la conversión personal y, como consecuencia, de las instituciones. Esta conversión, en pro de la unidad, es al mismo tiempo: regalo de Dios, gracia de Dios, y esfuerzo humano.

Por último, en el pasaje evangélico encontramos en final del Evangelio de Marcos. Marcos al final de su Evangelio quiere animar a todos los creyentes a tomar en serio, con responsabilidad, nuestra tarea en la expansión de la fe en Jesucristo. Nada nos puede achicar frente a las dificultades de predicar el Evangelio. Esta es la fuerza que nos quiere transmitir Marcos: No os achiquéis; es más creceos cuando prediquéis.

Fray José Rafael Reyes González
Convento de San Clemente - Roma

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martes, 16 de agosto de 2011

LA LÓGICA DE LA DEBILIDAD



Buscamos al hombre, y en esta “lógica de la debilidad” no vamos a entretenernos en un juego dialéctico de ideas, considerando de modo abstracto cómo se atraen y repelen. Es la vida concreta de un hombre, Pablo de Tarso, lo que importa sondear; y será su propio testimonio el que nos instruya sobre el lote de “flaquezas” que acusó y sobre una extraña entidad parásita de ese lote (en realidad parasitada por él, o, mejor aún, en simbiosis con él): la fuerza que le permitió afrontar la dura circunstancia y desplegar la ardua misión.

El lenguaje de Pablo
La paradoja, fórmula que envuelve una aparente contradicción, tiene sus ventajas. Una de ellas consiste en que se graba mejor en la memoria: ¿no resulta fácil retener, p.ej., la palabra profética «sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5)? Otra ventaja estriba en que, al provocar extrañeza, aguijonea al pensamiento y lo despereza: «menos es más» (el arquitecto Mies van der Rohe), «cuanto peor, mejor»; tienen estas breves frases un toque enigmático e insolente que nos reta a que lo despejemos. Quizá más tarde, a fuerza de oír una paradoja a menudo, se embote su filo de antaño, hasta el punto de que debamos reconocer con Proust que –¡nueva paradoja!– «las paradojas de hoy son los prejuicios de mañana».
Pablo maneja esta figura de lenguaje. Declara, p.ej., a los corintios: «cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10). Y a los gálatas les escribe: «la misma ley me ha llevado a romper con la ley, a fin de vivir para Dios» (Gál 2,19); «para la libertad habéis sido llamados. Pero no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor» (Gál 5,13). Albert Vanhoye explica esta última paradoja señalando que lo que se hace por amor no se hace por violencia, sino libremente y con gozo.
El apóstol no emplea solo la paradoja; recurre también a la ironía. Escribe a los corintios: «ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también junto con vosotros! Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros honorables, nosotros despreciados» (1 Cor 4,8.10). En ocasiones maneja el sarcasmo: «por ahí andan muchos que son enemigos de la cruz de Cristo. Su dios es el vientre; su gloria, sus vergüenzas» (Flp 3,18-19). Se refiere a judeocristianos enrocados en la tesis de que la estricta observancia de las normas sobre los alimentos puros (“el vientre”) y la práctica de la circuncisión (“las vergüenzas”) son esenciales para salvarse. Nosotros reflexionaremos aquí sobre la primera paradoja citada: «cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Las heridas de Pablo
Parecen bastante extendidos y naturales el deseo de evitar emociones negativas y conflictos, la tendencia a huir de un entorno hostil y acogerse a un mundo amigo, la búsqueda de la seguridad. Se requieren condiciones físicas especiales, mucho temple y capacidad nada común de riesgo para ponerse delante de un toro o para escalar una pared vertical a cuerpo limpio. No obstante, cuando lo que está en juego es la salvaguarda de la vida de las personas, o la vigencia de determinados valores que la dignifican, uno puede posponer su tranquilidad y bienestar, e incluso arriesgar la propia seguridad vital. Lo recuerda una historia: «Muere un hombre y va al cielo. Al encontrarse con el ángel que registra las acciones buenas y malas de los hombres, éste le pide: “Enséñame tus heridas”. Contesta el hombre: “¿Qué heridas? No tengo ninguna herida”. Y el ángel le replica: “¿Jamás se te pasó por la cabeza que pudiera haber algo por lo que valiera la pena luchar?». Las necesidades emocionales se deben supeditar a realidades de más valor.
Pablo, ciudadano de Roma, no está en condiciones de exhibir un sorprendente cursus honorum, al modo de la imparable marcha ascendente de ciertos políticos romanos. Su aspecto es ruin, y como orador no parece que despliegue una elocuencia arrebatadora (2 Cor 10,10). ¿Realizó milagros? Al menos recuerda que su predicación fue con demostración de espíritu y de poder (1 Cor 2,4), con la fuerza y plenitud del Espíritu Santo (1 Tes 1,5); tesalonicenses (ibíd.) y corintios (2 Cor 12,12) lo pueden corroborar. También ha vivido experiencias inefables (12,1-7). Puede, pues, emparejarse con sus adversarios, esos superapóstoles que quizá lucían espléndidos carismas ante el auditorio, y hasta los aventaja; pero cabe enumerar una lista de dolorosos fracasos, en particular con los de su raza, que empañan demasiado la hoja de servicios de un cursus honorum.
En todo caso, Pablo, como quien se adelanta a la inspección del ángel, expone a los corintios sus heridas. Estas “flaquezas” no son ahora principalmente incapacidades humanas, o la enfermedad (como en Gál 4,13-14); son consecuencia del ejercicio de la misión en un mundo abiertamente hostil, y tienen variadas manifestaciones: “debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias” (2 Cor 12,10; 6,4ss; 1 Cor 4,9-14). Ya lo había previsto él (Tes 3,4). Sobre su nuca soplan como viento gélido la contradicción de sus adversarios, la siembra de sospechas sobre su legitimidad apostólica (se ha hablado de una auténtica “marejada antipaulina”), las persecuciones de los judíos (ahora, como cristiano, ha probado él su propia y lejana medicina). Añadamos todas las penalidades de la misión (privaciones materiales, actos de violencia sufridos, fatigas, reveses, estados de ánimo oscilantes, trances especialmente duros, sufrimientos morales) y la constante preocupación por las varias vicisitudes de las iglesias que ha fundado (2 Cor 11,23-29). Llegan momentos –él mismo lo confiesa durante su estancia en Éfeso– en que se siente abrumado por encima de sus fuerzas y aventura la llegada de la hora final (1,8-10). Se ha convertido en la basura del mundo y el desecho de todos (1 Cor 4,13). En suma, lleva una vida asendereada y con frecuencia está en el límite (2 Cor 4,8-9; 6,4ss); oposición y fracasos son el pan de lágrimas que no deja de probar.

Clave para sobrellevar la debilidad
Pero Pablo persevera con toda entereza. ¿Dónde está el origen de su resistencia? ¿Por qué no se rinde ni abandona ante la oleada de ultrajes y persecuciones? En el judaísmo hallamos una comprensión singular de esa experiencia de acoso, y nos podemos preguntar si Pablo conocía alguna máxima semejante a estas: «El malo persigue al bueno; Dios está de parte del perseguido; el bueno persigue al bueno: Dios está de parte del perseguido; el malo persigue al malo: Dios está de parte del perseguido; el bueno persigue al malo: Dios está de parte del perseguido». La certeza que acompaña ahora a Pablo puede ser justamente esa: «quienesquiera sean los que me persigan (judíos o romanos; buenos o malos; paganos o cristianos), Dios está de mi lado. Al Dios de mis padres me acojo, como tantos orantes antepasados míos que se refugiaron en él. Me identifico con ellos».
No obstante, el modo de estar Dios “de parte del perseguido” ha cobrado para Pablo una concreción y densidad nuevas e incomparables. Desde que ha conocido a Cristo, ya no es él quien vive: es Cristo quien vive en él (Gál 2,20). Cristo no es para Pablo una idea, ni un sistema de pensamiento; es una realidad viviente que se le ha entrañado y que ha tomado plena posesión de él. Así como hay posesos del demonio (endemoniados); y así como el mundo, antes de Cristo, estaba empecatado, es decir, bajo el poder del pecado, así ahora Pablo se siente posesión de Cristo. Le pertenece en cuerpo y alma y en vida y muerte, y percibe el mundo entero bajo el señorío del que ha recibido el Nombre sobre todo nombre (cf Flp 2,9-11). Cristo es el Dueño de Pablo, lo ha marcado con su sello (2 Cor 1,22), se ha enseñoreado de su persona. En el apóstol puede revivir Jesucristo su misterio de pasión, muerte y resurrección, y este siervo suyo le ofrece todos los ámbitos de su persona para que la convierta en oblación agradable a Dios. Cabe decir que esa es la única “reencarnación” en que Pablo cree de buena gana: el cristiano Pablo es otro Cristo.
Este Señor no le suplanta al apóstol su personalidad más originaria; la potencia. Y despliega su historia y su señorío a través de él: Pablo está crucificado con Cristo (Gál 2,20), los padecimientos de Cristo desbordan sobre él (2 Cor 1,5), y por todas partes lleva él en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor 4,10). Es, sí, débil, pero débil en Cristo (cf 1 Cor 4,10), y esta flaqueza es participación en la de Cristo, que «se dejó crucificar en su débil naturaleza humana» (2 Cor 13,4). Ahora, en la vida y ministerio de Pablo tiene que completarse lo que falta en él, en su carne, a los sufrimientos de Cristo, a los sufrimientos cristianos (cf Col 1,24, texto que refleja el sentir paulino). Participa en los sentimientos del que, siendo de condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo (cf Flp 2,5). Además, como discípulo suyo, también él se hace débil con los débiles, para ganar a los débiles (1 Cor 9,22).
Tiene, pues, claro el objetivo de su vida: «quiero conocerlo a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para alcanzar así, si es posible, la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,10-11). Pablo, que está en Cristo y lo conoce, sufre sus mismos padecimientos; pero también experimenta la fuerza de su resurrección. Todo lo puede en aquel que lo conforta (Flp 4,13). Tiene parte en la autoridad que le dado Cristo (2 Cor 5,4), pero no para la ruina de los fieles, sino para su formación (10,8); para edificar, no para destruir (13,10). Cristo habla por medio de él (13,3), que, en el ejercicio de su autoridad, puede intervenir con vara en mano (4,21; cf 13,1-10), o con el amor y el espíritu de mansedumbre (4,21) de Cristo, pues no le importa parecer débil (13,9). El apóstol es buen olor de Cristo para Dios (2 Cor 2,15), y, como lleva en el cuerpo la muerte de Jesús, le habita la esperanza de que la vida de Jesús se manifieste en su cuerpo (2 Cor 4,10).
Sí, Pablo está en Cristo, y, por tanto, está en la meta, pues Cristo es la meta; pero a la vez se mueve en la meta hacia la meta, camina en Cristo hacia Cristo (cf Flp 3,12-14), porque en este “tiempo oscuro y redimido” todavía habita en el cuerpo y está lejos del Señor. Se esfuerza en serle grato; así, cuando comparezca ante su tribunal, podrá recibir el premio por lo que ha hecho durante su existencia corporal (2 Cor 5,6-10).

Las paradojas radicales
A Pablo se le ha revelado el misterio oculto desde siglos, la ciencia más arcana sobre Dios. El apóstol ha sabido que la cercanía de Dios, no ya solo a los perseguidos, o a un puñado de selectos, sino a esta humanidad nuestra empecatada, llegó al extremo de enviar a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley y otorgarnos la filiación adoptiva (Gál 4,4-5). Y, como quien se planta de un salto en la hora final de Jesús, Pablo explica el modo del rescate: «Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición, pues dice la Escritura: “Maldito todo el que cuelga de un madero”» (3,13). Y remacha: «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21). Son paradojas que, como un clavo arranca otro clavo, despejan la paradoja de la debilidad fuerte de Pablo. El amor del Hijo por nosotros lo ha vuelto solidario con esta raza de pecadores hasta el asombroso extremo de trocar las suertes: «el que era rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza» (8,9). Ante la deslumbrante y abismal realidad de esa locura de amor que penetra en los barrios de nuestra miseria, Saulo queda desarzonado de su orgullo de fariseo absoluta e impecablemente legal; toda su autosuficiencia se rinde ante la impotencia del crucificado, más fuerte que toda fortaleza humana (cf 1 Cor 1,18-25). Ya no podrá vivir ni morir para sí, sino para el que por nosotros murió y resucitó, para el Señor de vivos y muertos (cf Rom 14,8).
A este Hijo del hombre no le requerirá el ángel que le muestre sus heridas. Antes que los apóstoles y encabezando su marcha, se ha convertido en un espectáculo (cf 1 Cor 4,9) para el mundo, los ángeles, y los hombres: el letrero de la cruz está escrito en hebreo, latín y griego latín (Jn 19,20), y los sinópticos ponen la confesión cristológica final en labios de un centurión romano (Mc 15,39; Mt 27,54; cf Lc 23,47); ese Cristo ha sido manifestado en la carne y justificado en el espíritu, contemplado por los ángeles y proclamado a los paganos (1 Tim 3,16); sus cinco heridas gloriosas, esas cicatrices que nos curaron, las muestra el propio Resucitado a los discípulos reunidos el primer día de la semana (Lc 24,40; Jn 20,20).

Los consuelos presentes
En medio de tanta dificultad por que pasa y de tanta flaqueza como siente, el apóstol se reconoce desbordado de consuelos hasta decir “basta”. Dios lo alienta y conforta en sus tribulaciones. De nuevo, este consuelo divino lleva bien marcado el sello cristiano. Los sufrimientos de Cristo han abundado en Pablo, pero ha sobreabundado su consuelo, y él tiene consuelo para dar y tomar: puede repartir su ánimo hasta el punto de poder alentar a los demás en cualquier clase de prueba (2 Cor 1,4-6). El consuelo y la alegría que supera todas las tribulaciones le llega por distintas vías, unas más ocultas, otras más públicas, como son: el avance del evangelio, la vida de las comunidades de Tesalónica y Filipos y el afecto entrañable que profesan a Pablo, la reacción conmovedora y totalmente favorable de la comunidad de Corinto tiempo después de la amarga visita que hizo el apóstol a los fieles (2 Cor 7,4.13), el regreso feliz de un colaborador tan querido como Tito y las consoladoras noticias de que es portador (7,6-7). Pablo experimenta la fuerza de la resurrección de Cristo. Dios siempre le hace triunfar en él (2 Cor 2,14).
Jesús había dicho: «Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,4). Y, en efecto, uno se puede preguntar: ¿con qué cara pides a Dios consuelos si no has conocido el llanto, si has eludido toda ocasión que te produjera heridas o acarreara sufrimiento? ¿Cómo podrá Dios enjugar aquel día las lágrimas de tus ojos, si no te han visitado el luto, el llanto, el dolor (cf Apoc 21,4)? ¿Cómo estará Dios de tu parte, si nadie te ha perseguido?
Pablo ha conocido la abundancia de lágrimas. Quizá lloró ya lo suyo al sufrir la grave ofensa de un corintio y al no declararse la comunidad inmediata e inequívocamente a favor del apóstol. Lloró “con muchas lágrimas” al escribir a los corintios con gran congoja y angustia de corazón (2 Cor 2,4) tras aquella dolorosa ofensa y tras la situación amarga que quizá lo obligó a salir de la ciudad. Llora cuando se queja de que algunos andan como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3,18). En fin, él, que sabe reír con los que ríen, no puede menos de llorar con los que lloran (cf Rom 12,15; 2 Cor 11,29). Así, una vez más, Cristo puede reproducir en la vida de Pablo ciertos momentos de su historia terrena: no ya el vagit infans in praesepio (llora el niño en el pesebre), sino el sollozo ante la tumba de Lázaro (Jn 11,35), el llanto sobre Jerusalén (Lc 19,41), el poderoso clamor y lágrimas con que suplicó en los días de su vida mortal al que podía salvarlo de la muerte (Heb 5,7).
Desde la fuerza que da el amor de Cristo, Pablo ha arrostrado la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada. Cuando en Rom 8,35ss enumera estas pruebas y afirma que Dios, a sus elegidos, los hará salir victoriosos de todas ellas, no habla a humo de pajas; escribe al dictado de las experiencias vividas y de la esperanza que ellas y la fidelidad de Dios fundan. La alegría y el consuelo nacen precisamente del interior mismo de esas experiencias de victoria; nacen del Dios que está en el origen de esas alegrías dadas a luz en el dolor. «Lo mismo que Dios manifestó su poder resucitando a Jesús de entre los muertos, así manifiesta ahora su poder creando nueva vida a partir de la existencia doliente del apóstol» (O. Lorenzen, Resurrección y discipulado, Santander 1999, 210).
Desde la indiferencia hacia todos los títulos de que pudiera presumir, el apóstol no quiere gloriarse sino en la cruz de Cristo, por quien el mundo está crucificado para él y él para el mundo (Gál 6,14). Se contrapone así a los que han desvirtuado el escándalo de la cruz y se atienen a las viejas prescripciones sobre los alimentos impuros y sobre la circuncisión, como si la justificación y la salvación tuvieran ahí su limpia fuente.

La existencia cristiana y misionera
A todo discípulo le dice el Señor: «dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Un antiguo himno cristiano nos ofrece la música y la letra para cantar esa alegría: «si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él» (2 Tim 2,11).
Todos estamos bautizados en la muerte de Cristo rumbo a su resurrección. Y en la eucaristía recibimos su cuerpo partido y su sangre derramada. El don del bautismo y la participación en la eucaristía (pan de los débiles, pan de los fuertes) se plasmarán históricamente en las tribulaciones de las comunidades cristianas. En Pablo aprendemos que «una Iglesia que no sufre no es la Iglesia apostólica» (E. Peterson).
Finalmente, un misionero que no sufre no es un misionero apostólico. El P. Claret (acaban de cerrarse las celebraciones del bicentenario de su nacimiento) se procuró el título de misionero apostólico y se propuso vivir a la manera de los apóstoles. Recordamos un texto suyo sobre el sufrimiento misionero. No era un ejercicio literario; era, por así decir, un autorretrato, y estaba escrito desde la experiencia de un hombre que sufrió un atentado, conoció la persecución, fue objeto favorito de la burla de la prensa satírica de su tiempo y destinatario distinguido de maledicencias y calumnias: lo motejaban de palaciego, intrigante, inmoral. Él, cuyo lema episcopal era la confesión paulina caritas Christi urget nos (el amor de Cristo nos apremia), definía al hijo del Corazón de María en estos términos: «nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo».

Un texto
«Por la solidaridad de Cristo con la humanidad hasta su Pasión, yo no estoy nunca solo, ni siquiera cuando he llegado al límite de mis fuerzas y lo único que puedo hacer es declarar mi miseria. La cruz es vivificante porque en ella Dios se ha encontrado con el hombre en su angustia. La ha hecho suya. Ha dado un sentido incluso a la negrura del “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”» (Jean-Marie Tillard).

Un relato de Chiara Lubich
Los padres de un drogadicto intentaron curarlo por todos los medios. Fue en vano. Un día ya no volvió a casa. Tuvieron sentimientos de culpa, miedo, impotencia, vergüenza. El encuentro con una herida típica de nuestra sociedad en que pudieron reconocer el rostro de Jesús crucificado les hizo encontrar nueva fuerza para seguir esperando y amando.
Más allá del desaliento y la impotencia, notaron en el corazón una energía que nunca habían sentido y se abrieron a la solidaridad. Organizaron un grupo de familias con que afrontar la situación, ayudando y llevando de comer a los jóvenes de la plaza Plazpitz, que era el infierno de la droga en Zurich (Suiza). Cierto día apareció allí su hijo, harapiento y extenuado. Con la ayuda de otras familias, emprenderían el largo camino de su liberación.
Gracias a nuestra debilidad podemos dejar espacio a Dios y recibir de él la fuerza de seguir “creyendo contra toda esperanza” y de amar hasta el final.

Oración
Puesto en tus manos, Señor,
siento que soy pobre y débil,
más tú me quieres así,
yo te bendigo y te alabo.
Padre, en mi debilidad,
tú me das la fortaleza.
Amas al hombre sencillo,
le das tu paz y perdón.

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lunes, 20 de julio de 2009

¿Cómo murió San Pablo? (Ariel A. Valdés, versión larga)


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Hace tres días publiqué una versión "breve" del trabajo de Ariel Álvarez Valdés sobre la Muerte de San Pablo, tomada de la Revista Criterio (Buenos Aires).Viendo las críticas que le han hecho (poca seriedad, falta de argumentos...) he puesto en marcha a mis "agentes" para conseguir la versión larga, publicada como dije en Estudios Trinitarios, Salamanca, Verano del 2009. Hoy la "cuelgo" en el blog, por si algunos quieren disponer de más datos sobre el tema. Valoren, por favor, los datos de los Padres de la iglesia y de los teólogos modernos, con los argumentos históricos. Buen trabajo a los que quieren entrar en esta investigación de orfebrería (que es una hipótesis, no una tesis), que nos sitúa ante un riesgo grave de la iglesia y de toda sociedad: las rupturas internas, las envidias.

Un silencio inexplicable

Cuenta el libro de Los Hechos de los Apóstoles que, al final de su vida, San Pablo fue denunciado por los judíos y apresado en Jerusalén bajo el cargo de revoltoso y agitador social (Hch 21,27-40). Estuvo dos años preso en Palestina, y luego fue trasladado a Roma para ser juzgado por el emperador. Pero misteriosamente, al llegar a la capital del Imperio, el libro de Los Hechos termina de golpe y deja a los lectores sin saber qué pasó con Pablo.
Esto ha llamado la atención de los estudiosos, que siempre se han preguntado: ¿por qué Lucas termina tan bruscamente su obra? Al final, ¿Pablo fue juzgado por el emperador o no? ¿De qué lo acusaron? ¿Fue condenado a muerte o liberado? ¿Cómo lo mataron? Resulta sorprendente que el libro, después de dedicar tanto espacio a Pablo, no diga ni una palabra sobre esto, y deje esas preguntas flotando en el aire.

Muchos biblistas explican este silencio, diciendo que Lucas en su libro no pretendía hablar de Pablo, sino de cómo la Palabra de Dios se fue extendiendo por el mundo antiguo, partiendo desde Jerusalén, hasta llegar a Roma. Por eso, una vez que el mensaje del Evangelio llega a la capital del Imperio de la mano de Pablo, a Lucas ya no le interesa se-guir escribiendo su libro. Pudo darse por satisfecho y concluirlo ahí.

Probablemente eso sea cierto. Pero si Lucas contó en su libro el martirio de personajes menos importantes como Esteban (Hch 7,55-60), o Santiago (Hch 12,1-2), ¿por qué no quiso contar la muerte de Pablo?
Se trata de un misterio, que hoy parece estar aclarándose.

Aparece la espada

La alusión más antigua que existe al martirio de Pablo, es la que figura en la carta de un escritor llamado Clemente de Roma, del año 95, es decir, treinta años después de aquellos sucesos. En ella, Clemente dice: “Por la envidia y la rivalidad, Pablo mostró el galardón de la paciencia. Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia, de haber llegado hasta los límite de occidente y de haber dado testimonio ante los príncipes, salió de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más grande ejemplo de paciencia”.

Vemos que Clemente, si bien afirma que Pablo fue condenado a muer-te, no dice dónde, cuándo, ni cómo lo mataron.
Hacia el año 170 un obispo de Corinto, llamado Dionisio, aporta el segundo testimonio: “(Pedro y Pablo) después de enseñar en Italia, sufrieron juntos el martirio”. Tampoco Dionisio da detalles sobre la muerte de Pablo. Sólo dice que murió junto con Pedro.
En el año 180 encontramos, por primera vez, la información que luego se convertirá en la tradición oficial de su muerte. Figura en un libro apócrifo, llamado Los Hechos de Pablo, y dice que a éste lo mató el emperador Nerón, en Roma, cortándole la cabeza.

A partir de aquí, la noticia será repetida casi sin variantes por todos los escritores posteriores: Tertuliano (hacia el año 200), el presbítero Gayo de Roma (en el 210), Orígenes (en el 250), Porfirio (en el 300), Eusebio de Cesarea (en el 312), Lactancio (en el 318), Sul-picio Severo (en el 400), San Jerónimo (en el 410), Orosio (en el 420).

Una leyenda posterior completa los datos diciendo que, cuando Pa-blo fue decapitado, su cabeza cayó al suelo y dio tres botes, y de cada uno de esos tres lugares brotó un manantial de agua. Por eso hoy el sitio es conocido como “Las tres fuentes”.

El condenado inocente

Pero ¿realmente a Pablo lo mató el emperador Nerón, debido a las denuncias presentadas contra él por los judíos de Jerusalén?
Según el libro de Los Hechos, cuando el apóstol estaba preso en Palestina, antes de ser trasladado a Roma, nadie lo creía realmente culpable. Ni el Sanedrín (Hch 23,9), ni el procurador romano Félix (Hch 24,22-23), ni su sucesor Porcio Festo (Hch 25,25), ni sus oficiales (Hch 26,31), ni el rey Agripa (Hch 26,32). Ninguna de las autoridades tomó en serio la acusación elevada contra él por los judíos, de agitador social y enemigo del emperador (Hch 28,18). Por lo tanto, todo hace pensar que no pudo haber prosperado ningún juicio contra él en Ro-ma.
Pero sí parece cierta la noticia de que murió en Roma. Porque aun-que Lucas no lo dice directamente, lo da a entender varias veces en su libro (Hch 20,25.29.38; 21,10-13).
Ahora bien, si Pablo murió en Roma, pero la acusación de los judíos de Jerusalén, de predicar el Evangelio, no debió de haber prosperado por no ser un delito contra el derecho romano, ¿por qué lo mataron?
Una nueva hipótesis se va abriendo paso entre los investigadores del cristianismo primitivo, y poco a poco va siendo aceptada por numerosos estudiosos, como O. Cullmann, R. Brown, J. Roloff, J. Meier, A. Fridrichsen, X. Pikaza, J. Comblin y G. Wills. Según esa nueva hipótesis, Pablo habría muerto debido a las denuncias de los mismos cristianos de Roma. Es decir, éstos no lo mataron directamente; pero lo denunciaron al emperador, como una forma de deshacerse de él. ¿Por qué? Por las rivalidades internas que había entre los diversos grupos de la ciudad.

Las exigencias de Moisés

Para entender esto hay que tener presente que Pablo pertenecía a una línea, dentro del cristianismo primitivo, que no se llevaba muy bien con las otras corrientes de pensamiento. Y a veces se hallaba directamente enfrentado con ellas.
¿Cuál era el centro del debate? Todo giraba en torno a la cuestión de qué hacer, ahora que había llegado el cristianismo, con las leyes judías. Algunos dirigentes cristianos opinaban que había que continuar cumpliéndolas. Pero otros (entre los que se encontraba Pablo) pensaban que la Ley de Moisés ya no era importante para la vida cristiana, y que la circuncisión no tenía ningún sentido para los creyentes en Cristo.
Esta diversidad de opiniones, aparentemente inofensivas, produjo un fuerte enfrentamiento en el interior de la joven Iglesia. Pronto se formaron dos grupos: a) los que pensaban que los cristianos debían seguir cumpliendo la Ley judía (llamados por eso “judeo-cristianos”); b) los que pensaban que la ley judía ya no tenía que seguir vigente para el cristianismo (llamados “pagano-cristianos”).
Pablo pertenecía a este segundo grupo. Y a causa de ello sufrió muchos ataques, persecuciones y denuncias de parte de los judeo-cristianos. Él mismo lo cuenta en sus cartas. Por ejemplo, al escribir a los cristianos de Corinto y enumerar los peligros que atravesó, coloca entre ellos “la amenaza de los falsos hermanos” (1 Cor 11,26). En otra carta, identifica a esos “falsos hermanos” con los cristianos del bando contrario, es decir, los que querían imponer la circuncisión (Gal 2,4).
Si esta división existía en varias comunidades cristianas, en la de Roma estaba mucho más marcada. Lo sabemos gracias a la carta que él escribió a los cristianos de Roma, unos años antes de su llegada.

Dura contienda entre hermanos

En ella, Pablo menciona la existencia de dos grupos contrapuestos. Uno, al que él llama los débiles, formado por los judeo-cristianos; y otro, al que denomina los fuertes, integrado por pagano-cristianos.
Los primeros estaban preocupados por la circuncisión, los alimentos impuros y el descanso del sábado; en cambio los otros no consideraban esos preceptos importantes. Para decirlo con palabras de Pablo: “Unos creen poder comer de todo, mientras los débiles sólo comen verduras; éstos dan preferencia a un día sobre otro, mientras aquéllos considera todos los días iguales” (Rm 14,2.5).
La división era tan fuerte, que los grupos se criticaban y despre-ciaban mutuamente. Había una guerra abierta y declarada entre ambos. Por eso Pablo en su carta intentó mediar y poner un poco de paz entre ellos, diciendo: “El que come de todo, no critique al que no come ciertas cosas; y el que no come ciertas cosas, que no desprecie al que come de todo, pues Dios lo acepta también a él” (Rm 14,3).
Tan tensa estaba la situación, que Pablo debió pedir varias veces que dejaran de atacarse: “Tú, ¿por qué criticas a tu hermano? Y tú, ¿por qué lo desprecias?” (Rm 14,10). “Dejen de juzgarse unos a otros, y propónganse no hacer nada que sea causa de tropiezo a su hermano, o que ponga en peligro su fe” (Rm 14,13). “Acéptense unos a otros, como Cristo los aceptó a ustedes” (Rm 15,7). “Y dejen de discutir” (Rm 14,1).

La llegada del propagador

Pero el problema era que Pablo ya había tomado partido de manera clara por uno de los dos bandos: “Yo sé bien, y estoy convencido, de que no hay nada impuro; pero si alguno piensa que una cosa es impura, será impura para él” (Rm 14,14). O sea que Pablo pertenecía abiertamente al grupo de los fuertes, de los que no consideraban necesario cumplir las leyes judías: “Nosotros los fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, y no buscar nuestro propio agrado” (Rm 15,1).
Ahora bien, podemos imaginar lo que habrá significado la llegada de Pablo a Roma, en medio de semejante polvorín, y con la situación conflictiva que reinaba entre las comunidades, especialmente cuando era de público conocimiento la postura que él había asumido. Pablo mismo sabía que muchos en la ciudad lo rechazaban y criticaban (Rm 3,7-8). Y aunque él con su carta había tratado de mediar y acercar las partes para mantenerlas unidas, también era cierto que sus convicciones sobre el tema de la ley judía eran muy firmes, y no estaba dispuesto a ceder.
Por lo tanto su arribo a la ciudad, aunque fuera como prisionero, debió de haber causado alarma entre los otros sectores cristianos, puesto que había llegado nada menos que el más grande representante y principal propagador de la postura anti-judía, es decir, del grupo de los fuertes.

Incendio apagado con sangre

Pablo, pues, cuando llegó a Roma, no debió de haber sido condenado a muerte por el tribunal del emperador, porque el delito del que se le acusaba no era sancionado con la pena capital. De modo que fue liberado, y pudo permanecer misionando durante un tiempo en Roma.

Pero entonces apareció en el escenario una circunstancia imprevis-ta: la persecución de Nerón contra los cristianos. Una noche de julio del año 64, estalló un incendio de vastas proporciones al oeste de la ciudad, que pronto se extendió a otros sectores. De los catorce barrios de Roma, tres fueron totalmente destruidos, siete resultaron gravemente dañados y sólo cuatro quedaron intactos. Pronto corrió el rumor de que había sido el propio emperador Nerón quien había ordenado el incendio, para reconstruir la ciudad con mayor fastuosidad. Pero éste culpó a los cristianos, y desató así una gran persecución contra ellos, en la cual murieron muchos seguidores de Jesús.
Según el historiador romano Tácito, en una obra escrita en el año 117, llamada Anales del Imperio Romano, cuando Nerón ordenó la persecu-ción en Roma capturó a algunos cristianos; pero éstos afirmaron no ser ellos los responsables del incendio, e informaron que otros habían sido. Es decir, delataron a sus propios hermanos en la fe.
Por su parte el escritor romano Plinio el Joven, en una carta en-viada al emperador Trajano hacia el año 112, cuenta que durante la per-secución los mismos cristianos se delataban unos a otros.

También el Evangelio de Mateo da a entender que, durante el con-flicto con los romanos, los cristianos se traicionaban mutuamente y se denunciaban a las autoridades (Mt 24,10).

Una muerte como todas

Estos testimonios revelan hasta qué punto los cristianos de Roma se hallaban divididos y duramente enfrentados.
Por lo tanto no resulta descabellado pensar que, durante la perse-cución ordenada por Nerón, el apóstol Pablo fuera denunciado por los cristianos del otro bando, y que terminara muriendo junto con la multi-tud de creyentes martirizados por el emperador.
Si esto es así, la muerte de Pablo no fue el acontecimiento heroico y solemne que todos imaginamos. No fue la ejecución de un ciudadano romano, que tuvo el privilegio de ser decapitado con la espada, ni su cabeza dio tres botes generando manantiales de agua. Esas leyendas piadosas, muy valiosas por su mensaje religioso, no deben con-fundirse con la realidad histórica, que debió de ser mucho más cruel y dura.
Pablo habría muerto junto a todos aquellos cristianos anónimos que cayeron en las redadas de Nerón. Pero no con la muerte majestuosa y es-pecial de alguien importante ejecutado de manera privilegiada. Su muer-te habría quedado sepultada en medio de esas terribles e ignotas muertes descritas por Tácito en las páginas de sus Anales.

Hipótesis con ventaja
La hipótesis de que Pablo murió en Roma como resultado de las lu-chas internas de la comunidad cristiana (es decir, de una manera poco edificante) es, quizás, la que mejor explica los diversos elementos que nos han llegado de la tradición. Así:

a) El silencio de Los Hechos sobre la muerte del apóstol. Lucas debió de haber sabido qué sucedió con Pablo. Y si silenció su muerte, fue quizás porque no se trató de un hecho ejemplar, sino un acontecimiento poco edificante para las comunidades cristianas. Por eso no lo contó.

2) El silencio de Los Hechos sobre la comunidad cristiana de Roma. Cuando Pablo llega prisionero a la capital del Imperio, Lucas nunca menciona su encuentro con los cristianos locales. Quizás porque sabía que las relaciones de Pablo con ellos no habían sido buenas.

3) La carta de Clemente de Roma. El testimonio más antiguo sobre la muerte de Pablo dice que ésta fue “debido a la envidia y las rivalidades”. La expresión sin duda alude a las controversias y divisiones que había en el seno de la Iglesia, no a la denuncia civil y política que habían presentado contra él los judíos de Jerusalén.

4) Los testimonios de Tácito y Plinio el Joven. Ambos coinciden en que, durante la persecución decretada por Nerón, los mismos cristianos se denunciaban y entregaban a las autoridades.

5) Las amargas quejas de Pablo sobre las divisiones que destroza-ban la comunidad de Roma. Los cristianos de la ciudad, sin duda, no estaban todos a favor de él.

6) La ausencia de una tradición sobre su martirio individual hasta casi un siglo y medio después de su muerte. Y la primera vez que apare-ce, es en un libro apócrifo (Los Hechos de Pablo), cuyo autor, un presbítero de Asia Menor, confesó poco después haberlo inventado.

7) El hecho de que, hasta el siglo III, la Iglesia de Roma no men-cione nunca que Pablo estuvo en Roma.


Que todos sean uno

Al parecer, Pablo no murió como consecuencia de las denuncias de los judíos de Jerusalén, ni decapitado como ciudadano romano, sino por la envidia de los cristianos de Roma, durante la persecución del emperador Nerón. Las rivalidades y celos internos de una comunidad, terminaron costando la vida del más grande apóstol de los gentiles.
Es que a la Iglesia siempre la han dañado más las peleas internas que los enemigos externos. Las luchas y divisiones entre cristianos, a lo largo de su historia, la han debilitado más que cualquier persecución de afuera, y las disputas intestinas por celos y envidias le han hecho perder más credibilidad que cualquier otra debilidad de su vida.
Por eso Jesús siempre predicó la unidad entre sus discípulos, a pesar de la diferencia de ideas (Mc 9,38-40). Y por eso san Pablo se preocupó, en todas sus cartas, de hermanar las posturas contrarias de las comunidades, sin eliminar ninguna (Rm 14,3).

Ése sigue siendo hoy el gran desafío de la Iglesia: lograr la tolerancia entre las diferentes corrientes internas. Aprender a convivir con quienes piensan diferente, sin pretender eliminarse unos a otros. Lamentablemente el espectáculo de denuncias, acusaciones, censuras y amonestaciones para acallar a ciertos sectores de la Iglesia, como si Dios sólo pudiera expresarme mediante una única voz, es una constante en la historia de la Iglesia.
Si Dios es infinito, ¿por qué no puede expresarse mediante diversas voces? Es la cuestión que la Iglesia debe algún día responder. Y cuando lo haga, habrá producido el milagro más asombroso. Porque el prodigio que la humanidad está esperando de la Iglesia, no es el de unificar el mensaje, sino a sus mensajeros, en una comunidad donde pueda prevalecer el amor más allá de las diferentes formas de pensar.

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domingo, 19 de julio de 2009

¿Cómo murió San Pablo? (Ariel A. Valdés)

Publicado por El Blog de X. Pikaza

De San Pablo he venido publicando una serie de comentarios, con ocasión del Año Paulino, desarrollando los primeros momentos de su ministerio. Ariel, compañero y amigo,ha estado conmigo en la tarea y así he publicado en mi blog alguno de sus trabajos sobre el tema (como La conversión de San Pablo). Más de una vez hemos hablado de la muerte de Pablo, acusado quizá por sus falsos hermanos de Roma . Pues bien, ahora que el Papa Benedicto XVI ha dicho en la Basílica de San Pablo que conservamos su cuerpo, en el lugar donde fue martirizado, es bueno precisar mejor el tema. Sin duda, la arqueología tiene una palabra que decir, pero ella debe ser cotejada con lo que se sabe por otras fuentes. En esa línea se sitúa este trabajo de Ariel, agudo y luminoso, como todos los suyos. Había querido publicar una versión más larga, que ha aparecido en la Revista de Estudios Trinitarios (Salamanca, verano 2009). Pero al fin he preferido ofrecer la de Criterio, más breve, que dice lo esencial (cf http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/san-pablo/ ). Gracias, Ariel, una vez más, por "permitir" que te "copie" sin pedirte permiso. A todos, buen día, buen fin de año de Pablo.

Un tema discutido

Los estudiosos del Nuevo Testamento y de la Iglesia primitiva se preguntan: ¿Pablo fue juzgado por el emperador Nerón o no? ¿De qué lo acusaron? ¿Fue condenado a muerte o liberado? ¿Cómo lo mataron?

San Lucas cuenta el libro de Los Hechos de los Apóstoles que, al final de su vida, San Pablo fue denunciado por los judíos y apresado en Jerusalén por revoltoso y agitador social (Hch 21,27-40). Estuvo dos años preso en Palestina, y luego fue trasladado a Roma para ser juzgado por el emperador. Pero al llegar a la capital del Imperio, el libro de Los Hechos termina de golpe y deja a los lectores sin saber qué pasó con Pablo.

La alusión más antigua que existe al martirio de Pablo es la de la carta de Clemente de Roma, del año 95, es decir, treinta años después de aquellos sucesos. En ella dice: “Por la envidia y la rivalidad, Pablo mostró el galardón de la paciencia. Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia, de haber llegado hasta los límites de occidente y de haber dado testimonio ante los príncipes, salió de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más grande ejemplo de paciencia”.

Aquí, si bien se afirma que Pablo fue condenado a muerte, no se dice dónde, cuándo ni cómo lo mataron.

Hacia el año 170 un obispo de Corinto, llamado Dionisio, aporta el segundo testimonio: “(Pedro y Pablo) después de enseñar en Italia, sufrieron juntos el martirio”. Tampoco da detalles sobre la muerte de Pablo. Sólo dice que murió junto con Pedro.

En el año 180 encontramos, por primera vez, la información que luego se convertirá en la tradición oficial de su muerte. Figura en un libro apócrifo, llamado Los Hechos de Pablo, y dice que a éste lo mató el emperador Nerón, en Roma, cortándole la cabeza.

A partir de aquí, la noticia será repetida casi sin variantes por los escritores posteriores: Tertuliano, el presbítero Gayo de Roma, Orígenes, Porfirio, Eusebio de Cesarea, San Jerónimo.

El condenado inocente

Pero ¿realmente a Pablo lo mató el emperador Nerón debido a las denuncias presentadas contra él por los judíos de Jerusalén?

Según el libro de Los Hechos, cuando el apóstol estaba preso en Palestina, antes de ser trasladado a Roma, nadie lo creía realmente culpable. Ni el Sanedrín (Hch 23,9), ni el procurador romano Félix (Hch 24,22-23), ni su sucesor Porcio Festo (Hch 25,25), ni sus oficiales (Hch 26,31), ni el rey Agripa (Hch 26,32). Ninguna de las autoridades tomó en serio la acusación elevada contra él por los judíos de agitador social y enemigo del emperador (Hch 28,18). Por lo tanto, todo hace pensar que no pudo haber prosperado ningún juicio contra él en Roma. Pero sí parece cierto que murió en Roma, como Lucas lo da a entender varias veces en su libro (Hch 20,25.29.38; 21,10-13).

Ahora bien, si Pablo murió en Roma, pero la acusación de los judíos de Jerusalén no debió de haber prosperado, ¿por qué lo mataron?

Una nueva hipótesis se va abriendo paso entre los investigadores del cristianismo primitivo, y poco a poco va siendo aceptada por numerosos estudiosos. Según ésta, Pablo habría muerto debido a las denuncias de los mismos cristianos de Roma. Es decir, éstos no lo mataron directamente, pero lo denunciaron al emperador, como una forma de deshacerse de él. ¿Por qué? Por las rivalidades internas que había entre los diversos grupos de la ciudad.

Las exigencias de Moisés

En efecto, Pablo pertenecía a una línea, dentro del cristianismo primitivo, enfrentada con las otras corrientes de pensamiento. El tema giraba en torno a la cuestión de qué debía hacer el cristianismo con las leyes judías. Algunos dirigentes opinaban que había que continuar cumpliéndolas. Pero otros (entre los que se encontraba Pablo) pensaban que la Ley de Moisés ya no era importante para la vida cristiana, y que la circuncisión no tenía ningún sentido.

Esta diversidad de opiniones produjo un fuerte choque en el interior de la joven Iglesia. Pronto se formaron dos grupos: los que pensaban que los cristianos debían seguir cumpliendo la Ley judía (llamados por eso “judeo-cristianos”), y los que pensaban que la ley judía ya no tenía que seguir vigente para el cristianismo (llamados “pagano-cristianos”).

Pablo pertenecía a este segundo grupo. Y a causa de ello sufrió muchos ataques, persecuciones y denuncias de parte de los judeo-cristianos. Él mismo lo cuenta en sus cartas. Por ejemplo, al escribir a los fieles de Corinto cuenta que sufrió “la amenaza de los falsos hermanos” (1 Cor 11,26). En otra carta, los identifica con los que querían imponer la circuncisión (Gal 2,4).

En Roma, esta división estaba mucho más marcada. Lo sabemos gracias a la carta que él escribió a esta ciudad unos años antes de su llegada. En ella, Pablo menciona la existencia de dos grupos contrapuestos. Uno, al que él llama los débiles, formado por los judeo-cristianos; y otro, al que denomina los fuertes, integrado por pagano-cristianos.

La división era tal que los grupos se criticaban y despreciaban mutuamente. Había una guerra abierta y declarada entre ambos. Por eso Pablo, en su carta, intentó mediar y poner un poco de paz entre ellos diciendo: “El que come de todo, no critique al que no come ciertas cosas; y el que no come ciertas cosas, que no desprecie al que come de todo, pues Dios lo acepta también a él” (Rm 14,3).

La llegada del propagador

Pero Pablo ya había tomado partido de manera clara por uno de los dos bandos: “Yo sé bien, y estoy convencido, de que no hay nada impuro; pero si alguno piensa que una cosa es impura, será impura para él” (Rm 14,14). O sea que pertenecía al grupo de los fuertes, de los que no consideraban necesario cumplir las leyes judías: “Nosotros los fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, y no buscar nuestro propio agrado” (Rm 15,1).

Podemos imaginar lo que habrá significado la llegada de Pablo a Roma, en medio de semejante polvorín, y con la situación conflictiva que reinaba entre las comunidades. Pablo mismo sabía que muchos en la ciudad lo rechazaban y criticaban (Rm 3,7-8). Y aunque él con su carta había tratado de mediar y acercar las partes, también era cierto que sus convicciones sobre el tema de la ley judía eran muy firmes y no estaba dispuesto a ceder.

Por lo tanto, su arribo a la ciudad, aunque fuera como prisionero, debió de haber causado alarma entre los otros sectores cristianos.

Culpables del incendio

Cuando llegó a Roma, Pablo no debió de haber sido condenado a muerte por el tribunal del emperador, porque el delito del que se le acusaba no era sancionado con la pena capital. De modo que fue liberado, y pudo permanecer misionando durante un tiempo en la ciudad.

Pero entonces apareció en el escenario una circunstancia imprevista: la persecución de Nerón. En julio del año 64 estalló un incendio de vastas proporciones al oeste de la ciudad, que pronto se extendió a otros sectores. De los catorce barrios de Roma, tres fueron totalmente destruidos, siete gravemente dañados y sólo cuatro quedaron intactos. Pronto corrió el rumor de que había sido el propio Nerón quien había ordenado el incendio. Pero éste culpó a los cristianos, y desató así una gran persecución contra ellos.

Según el historiador romano Tácito en sus Anales del Imperio Romano, cuando Nerón ordenó la persecución en Roma capturó a algunos cristianos; pero éstos afirmaron no ser ellos los responsables del incendio, e informaron que habían sido los otros. Es decir, delataron a sus propios hermanos en la fe.

Por su parte el escritor romano Plinio el Joven, en una carta enviada al emperador Trajano, cuenta que durante la persecución los mismos cristianos se delataban unos a otros. También el Evangelio de Mateo da a entender que, durante el conflicto con los romanos, los cristianos se traicionaban mutuamente y se denunciaban a las autoridades (Mt 24,10).

Una muerte como todas

No resulta descabellado pensar que, durante la persecución ordenada por Nerón, el apóstol Pablo fuera denunciado por los cristianos del otro bando, y que terminara muriendo junto con la multitud de creyentes martirizados por el emperador.

Si esto es así, la muerte de Pablo no fue el acontecimiento heroico y solemne que todos imaginamos. No fue la ejecución de un ciudadano romano que tuvo el privilegio de ser decapitado con la espada, ni su cabeza dio tres botes generando manantiales de agua. Esas leyendas piadosas, muy valiosas por su mensaje religioso, no deben confundirse con la realidad histórica, que debió de ser mucho más cruel y dura.

Pablo habría muerto junto a todos aquellos cristianos anónimos que cayeron en las redadas de Nerón. Pero no con la muerte majestuosa y especial de alguien importante ejecutado de manera privilegiada. Su muerte habría quedado sepultada en medio de esas terribles e ignotas muertes descritas por Tácito en las páginas de sus Anales.


Hipótesis con ventaja

La hipótesis de que Pablo murió en Roma como resultado de las luchas internas de la comunidad cristiana (es decir, de una manera poco edificante) es, quizás, la que mejor explica los diversos elementos que nos han llegado de la tradición. Así:

a) el silencio de Los Hechos sobre la muerte del apóstol. Lucas debió de haber sabido qué sucedió con Pablo. Y si silenció su muerte, fue quizás porque no se trató de un hecho ejemplar sino un acontecimiento poco edificante para las comunidades cristianas;

2) el silencio de Los Hechos sobre la comunidad cristiana de Roma. Cuando Pablo llega prisionero a la capital del Imperio, Lucas nunca menciona su encuentro con los cristianos locales. Quizás porque sabía que las relaciones de Pablo con ellos no habían sido buenas;

3) la carta de Clemente de Roma. El testimonio más antiguo sobre la muerte de Pablo dice que ésta fue “debido a la envidia y las rivalidades”. La expresión, sin duda, alude a las controversias y divisiones que había en el seno de la Iglesia, no a la denuncia civil y política que habían presentado contra él los judíos de Jerusalén;

4) los testimonios de Tácito y Plinio el Joven. Ambos coinciden en que, durante la persecución decretada por Nerón, los mismos cristianos se denunciaban y entregaban a las autoridades;

5) las amargas quejas de Pablo sobre las divisiones que destrozaban la comunidad de Roma. Los cristianos de la ciudad, sin duda, no estaban todos a favor de él;

6) la ausencia de una tradición sobre su martirio individual hasta casi un siglo y medio después de su muerte. Y la primera vez que aparece es en un libro apócrifo (Los Hechos de Pablo), cuyo autor, un presbítero de Asia Menor, confesó poco después haberlo inventado;

7) el hecho de que, hasta el siglo III, la Iglesia de Roma no mencione nunca que Pablo estuvo en la capital del Imperio.

Al parecer, Pablo no murió como consecuencia de las denuncias de los judíos de Jerusalén, ni decapitado como ciudadano romano, sino por la envidia de los cristianos de Roma, durante la persecución del emperador Nerón. Las rivalidades y celos internos de una comunidad terminaron costando la vida del más grande apóstol de los gentiles.

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lunes, 29 de junio de 2009

Homilía de Benedicto XVI al clausurar el Año Paulino

El Papa anuncia que se han encontrado restos humanos del siglo I en la tumba de Pablo

Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
ilustres miembros de la delegación del patriarcado ecuménico,
queridos hermanos y hermanas:

Dirijo a cada uno mi saludo cordial. En particular, saludo al cardenal arcipreste de esta basílica y a sus colaboradores, saludo al abad de la comunidad monástica benedictina; saludo también a la delegación del patriarcado ecuménico de Constantinopla. Esta tarde se concluye el año conmemorativo del nacimiento de san Pablo. Nos encontramos recogidos ante la tumba del apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, recientemente ha sido objeto de un atento análisis científico: en el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, se hizo una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual se han encontrado restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino. Se encontraron también granos de incienso rojo y de sustancias proteicas calcáreas. Además, se han descubierto pequeñísimos fragmentos óseos, sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que, sin saber la procedencia,pertenecían a una persona que vivió entre los siglos I y II. Esto parece confirmar la unánime e incontrovertida tradición de que se tratan de los restos mortales del apóstol Pablo. Todo esto llena nuestro ánimo de profunda emoción. Durante estos meses muchas personas han seguido los caminos del apóstol, los exteriores y más aún los interiores que él recorrió durante su vida: el camino de Damasco hacia el encuentro con el Resucitado; los caminos en el mundo mediterráneo que él atravesó con la llama del Evangelio, encontrando contradicciones y adhesiones, hasta el martirio, por el cual pertenece para siempre a la Iglesia de Roma. A ella dirigió también su Carta más grande e importante. El Año Paulino se concluye, pero estar en camino junto a Pablo --con él y gracias a él venir a conocer a Jesús y, como él, ser iluminados y transformados por el Evangelio-- formará siempre parte de la existencia cristiana. Y siempre, yendo más allá del ámbito de los creyentes, sigue siendo el "maestro de las gentes", que quiere llevar el mensaje del Resucitado a todos los hombres, porque Cristo los ha conocido y amado a todos; y murió y resucitó por todos ellos. Queremos, por tanto, escucharlo también en esta hora en la que iniciamos solemnemente la fiesta de los dos apóstoles unidos entre sí por un estrecho lazo.

Como parte constitutiva de su estructura, las cartas de Pablo -haciendo referencia al lugar y a la situación particular- explican ante todo el misterio de Cristo, nos enseñan la fe. En una segunda parte, sigue la aplicación a nuestra vida: ¿qué se deriva de fe? ¿Cómo se plasma nuestra existencia día a día? En la Carta a los Romanos, esta segunda parte comienza con el capítulo XII, en cuyos dos primeros versículos el apóstol resume rápidamente el núcleo esencial de la existencia cristiana. ¿Qué nos dice san Pablo en ese pasaje? Ante todo afirma, como algo fundamental, que con Cristo se inició una nueva manera de venerar a Dios, un nuevo culto, que consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, "sacrificio" hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Nuestra propia existencia debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? En el segundo versículo se nos da la respuesta: "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios..." (12, 2). Las dos palabras decisivas de este versículo son: "transformar" y "renovar". Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. Pablo nos dice: el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor. En el inicio está la renovación del hombre. Esto vale después para cada uno. Sólo si nos convertimos en hombres nuevos, el mundo se convertirá en nuevo. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación actual. El apóstol nos exhorta a no ser conformistas. En nuestra Carta se dice: no hay que someterse al esquema de la época actual. Tendremos que volver a hablar de este punto al reflexionar sobre el segundo texto en el que en esta tarde quiero meditar. El "no" del apóstol es claro y también convincente para quien observa el "esquema" de nuestro mundo. Pero llegar a ser nuevos, ¿cómo se puede conseguir? ¿Somos de verdad capaces? Al explicar cómo convertirse en hombres nuevos, Pablo alude a la propia conversión: a su encuentro con Cristo resucitado, encuentro del que la Segunda Carta a los Corintios dice: "El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (5,17). Era tan convulsionante para él este encuentro con Cristo que dice: "Estoy muerto" (Gálatas 2, 19; Cf. Romanos 6). Él se convirtió en nuevo, en otro, porque ya no vive para sí en virtud de sí mismo, sino por Cristo que está en él. En el curso de los años, sin embargo, pudo ver que este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos conquistar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia. En Él la nueva existencia humana se convierte en realidad, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en nuevos si nos ponemos en sus manos y nos dejamos plasmar por Él.

Pablo hace aún más claro este proceso de "refundición" diciendo que nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. Esto que aquí ha sido traducido como "modo de pensar", es el término griego "nous". Es una palabra compleja. Puede ser traducida como "espíritu", "sentimiento", "razón" y, también, como "modo de pensar". Nuestra razón debe convertirse en nueva. Esto nos sorprende. Tal vez habríamos esperado que tuviera que ver con alguna actitud: aquello que en nuestra acción debemos cambiar. Pero no: la renovación debe ser completa. Nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro pensar, debe cambiar a partir de su fundamento. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio "yo" en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. Qué significa eso. Lo dice san Pablo en la segunda parte de la frase: es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por tanto, de un viraje de fondo en nuestra orientación espiritual. Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: aquello que Dios quiere y el modo según el cual Él ha ideado al mundo y me ha ideado. Debemos aprender a participar en la manera de pensar y querer de Jesucristo. Entonces seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.

Este mismo pensamiento sobre la necesaria renovación de nuestro ser como persona humana, Pablo lo ilustró ulteriormente en dos párrafos de la Carta a los Efesios, sobre los cuales queremos reflexionar ahora brevemente. En el cuarto capítulo de la Carta, el apóstol nos dice que con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. No podemos seguir siendo "niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina" (4, 14). Pablo desea que los cristianos tengamos una fe "responsable", una fe "adulta". La palabra "fe adulta" en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. Con frecuencia se entiende como la actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer, es decir, una fe "hecha por uno mismo". Esto se interpreta como "valentía" para expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía, porque se puede siempre estar seguro del aplauso público. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si ésta contradice al "esquema" del mundo contemporáneo. A esta falta de conformismo de la fe Pablo llama una "fe adulta". Califica en cambio como infantil el hecho de correr detrás de los vientos y de las corrientes del tiempo. De este modo forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción, oponiéndose con ello de forma radical al principio de la violencia, precisamente en defensa de las criaturas humanas más vulnerables. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que estos vientos no son el soplo del Espíritu Santo; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo. Pero Pablo no se detiene en la negación, sino que nos lleva hacia el gran "sí". Describe la fe madura, realmente adulta de forma positiva con la expresión: "actuar según la verdad en la caridad" (cfr Efesios 4, 15). El nuevo modo de pensar, que nos ofrece la fe, se desarrolla primero hacia la verdad. El poder del mal es la mentira. El poder de la fe, el poder de Dios, es la verdad. La verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos se hace visible cuando miramos a Dios. Y Dios se nos hace visible en el rostro de Jesucristo. Al contemplar a Cristo reconocemos algo más: verdad y caridad son inseparables. En Dios, ambas son una sola cosa: es precisamente ésta la esencia de Dios. Por este motivo, para los cristianos verdad y caridad van unidas. La caridad es la prueba de la verdad. Siempre seremos constantemente medidos según este criterio: que la verdad se transforme en caridad para ser verdaderos.

Otro pensamiento importante aparece en el versículo de san Pablo. El apóstol nos dice que, actuando según la verdad en la caridad, contribuimos a hacer que el todo -el universo- crezca hacia Cristo. Pablo, en virtud de su fe, no se interesa sólo por nuestra personal rectitud o por el crecimiento de la Iglesia. Él se interesa por el universo: "ta pánta". La finalidad última de la obra de Cristo es el universo -la transformación del universo, de todo el mundo humano, de la entera creación. Quien junto con Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. Sí, es completamente claro que Pablo conoce la idea del progreso. Cristo, su vivir, sufrir y resucitar, ha sido el verdadero gran salto del progreso para la humanidad, para el mundo. Ahora, en cambio, el universo tiene que crecer hacia Él. Donde aumenta la presencia de Cristo, allí está el verdadero progreso del mundo. Allí el hombre se hace nuevo y así se transforma en nuevo mundo.

Esto mismo Pablo hace que sea evidente desde otro punto de vista. En el tercer capítulo de la Carta a los Efesios, habla de la necesidad de ser "fortalecidos en el hombre interior" (3, 16). Con esto retoma un argumento que anteriormente, en una situación de tribulación, había tratado en la Segunda Carta a los Corintios: "Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día" (4,16). El hombre interior tiene que reforzarse -es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos, que después tienen como consecuencia un ulterior crecimiento del sentido de vacío en su interior. El vacío interior -la debilidad del hombre interior- es uno de los más grandes problemas de nuestro tiempo. Tiene que reforzarse la interioridad -la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración. Tenemos necesidad del encuentro con Dios, que se nos ofrece en los sacramentos. Y no podemos hablar a Dios en la oración, sino le dejamos que hable antes Él mismo, si no le escuchamos en la palabra que Él nos ha donado. Sobre esto, Pablo nos dice: "que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los Santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento" (Ef 3,17). El amor ve más allá de la simple razón, esto es lo que Pablo nos dice con sus palabras. Y nos dice además que sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes -y no en contra o en ausencia de ella- podemos conocer la enormidad del misterio de Cristo. Esta enormidad la describe con palabras que quieren expresar la dimensión del cosmos: anchura, longitud, altura y profundidad. El misterio de Cristo es una enormidad cósmica: Él no pertenece sólo a un determinado grupo. El Cristo crucificado abraza el entero universo en todas sus dimensiones. Toma el mundo en sus manos y lo eleva hacia Dios. Empezando por san Ireneo de Lyon -es decir, desde el siglo II- los Padres han visto en esta anchura, longitud, altura y profundidad del amor de Cristo una alusión a la Cruz. El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más honda, la noche de la muerte, y la altura suprema, la elevación del mismo Dios. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Él abraza siempre al universo, a todos nosotros.

Oremos al Señor para que nos ayude a reconocer algo de la enormidad de su amor. Oremos para que su amor y su verdad toquen nuestro corazón. Pidamos que Cristo viva en nuestros corazones y nos haga ser hombres nuevos, que actúan según la verdad en la caridad. Amen.

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domingo, 28 de junio de 2009

29 de Junio de 2009: San Pedro y San Pablo. De la mano de San Pablo

Publicado por Ecclesia Digital

Coincidiendo con la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, hace un año se inauguraba el Jubileo del Año Paulino, convocado por Benedicto XVI con motivo del dos mil aniversario del nacimiento del “Apóstol de los gentiles”. Llegado el momento de su clausura, damos gracias a Dios porque, pasados estos doce meses, nos hemos familiarizado más con la vida y el legado espiritual de San Pablo, cuyas Cartas escuchamos con tanta asiduidad en las Eucaristías dominicales.

A lo largo de este año, se ha realizado un notable esfuerzo a distintos niveles, para dar a conocer su figura y su doctrina: homilías dominicales, publicación de biografías, conferencias divulgativas, congresos académicos, cursillos formativos sobre sus diversas Cartas, peregrinaciones tras las huellas de San Pablo por la llamada Ruta Paulina, películas, etc. De una forma especial, cabe destacar las veinte catequesis impartidas por el Papa, en los habituales encuentros que mantiene los miércoles con los peregrinos que acuden a Roma. La editorial de la Conferencia Episcopal Española (Edice), ha publicado estas bellísimas y profundas catequesis en un libro titulado Aprender de San Pablo, que bien pudiera servirnos para dejar grabado en nosotros el legado de este Año Paulino que ahora finaliza. Mención aparte merece la incorporación de las iglesias ortodoxas a este Jubileo convocado por el Papa, tal y como anunció el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I.

Sólo los enamorados enamoran

La fuerza de San Pablo nace de su profunda experiencia interior: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Fundado en la conciencia de saberse amado incondicionalmente por Cristo, Pablo vive con radicalidad los consejos evangélicos: “Por mi parte, muy gustosamente me daré y me desgastaré totalmente por vosotros” (2 Co 12, 15). La consecuencia lógica de todo esto es que la figura de Pablo “arrastró” en su tiempo –y lo sigue haciendo en el presente- a muchísimas personas, al seguimiento de Cristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11, 1).

He aquí una de las intuiciones que más ha sido subrayada en este Año Paulino que llega a su fin: La Nueva Evangelización sólo podrá ser acometida con éxito por quienes estén “enamorados de Cristo”. Las características del momento en que vivimos acentúan más, si cabe, esta convicción. La secularización interna de la Iglesia se caracteriza por un estilo de vida relajada, “alérgico” a cualquier sacrificio y renuncia, que se expresa con un discurso plano, en el que sólo se desarrollan los puntos de consenso con la cultura dominante. La experiencia nos demuestra que por este camino, todos los proyectos pastorales están condenados a la esterilidad.

San Pablo no buscó gratuitamente conflictos, pero tampoco los rehuyó cuando se presentaron. Nunca cedió a la tentación de procurar una falsa armonía con su entorno, sino que “combatió” decididamente con la espada de la palabra. En su ministerio apostólico no faltaron incomprensiones y disputas, tal y como él mismo reconoce: "Tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas... Como sabéis, nunca nos presentamos con palabras aduladoras" (1 Ts 2, 2. 5).

Sin embargo, no podemos olvidar que la clave del ministerio de San Pablo no está en su espíritu combativo; sino que, más bien hemos de decir que, la clave del espíritu combativo de Pablo se explica por su “encuentro” con el Resucitado: “Todo lo juzgo como pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8). Lo que motiva a San Pablo es el hecho de ser amado por Cristo, de donde se deriva un celo apostólico inagotable. El espíritu de lucha que muestra el Apóstol de los gentiles en sus Cartas, así como su capacidad de sufrimiento, es proporcional a su amor por Cristo.

La sabiduría de la cruz, cumbre del amor

La vida de San Pablo es un ejemplo práctico del mensaje evangélico que nos introduce en la sabiduría de la cruz: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para nosotros (…), fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 11, 23). Aunque pueda parecer paradójico, la cruz es “sabiduría” para los judíos, porque revela el auténtico rostro de Dios, que el Antiguo Testamento sólo había podido mostrar parcialmente. Al mismo tiempo, la cruz es “sabiduría” frente a la filosofía griega, demasiado segura de sí misma y de su lógica.

Gracias a Jesucristo, la cruz se ha convertido en la llave humilde que nos abre al misterio de la gracia divina. Así lo ha experimentado San Pablo a lo largo de toda su vida: “«Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo (…) porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10).

Este es el regalo que nos da San Pablo como conclusión de su Año Jubilar: la sabiduría de la cruz, reveladora del amor. La cruz es el camino que certifica y autentifica el amor… ¡No te tengamos miedo a la cruz, porque sería tanto como tenerle miedo al amor! Es imposible acercarse a la figura de San Pablo sin recibir una invitación a la conversión. ¡Glorifiquemos a Dios por la vida de Saulo de Tarso, testigo del amor apasionado de Dios por cada uno de nosotros y de la respuesta ardiente de quienes se dejan alcanzar por la llamada divina!

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