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domingo, 15 de agosto de 2010

Los Sacramentos, más de siete.



Me enseñaron hace tiempo que los Sacramentos no se reducen a los siete de la lista "oficial", los cuales, sin embargo, son esenciales para la vida cristiana. Lo que ocurre es que, si nos atenemos a la definición y a la esencia de lo que es un Sacramento, entonces nos encontramos que no son siete, sino muchos más, tantos como Encarnación de las Gracias que Dios otorga.

Dicho de otro modo, cuando alguien recibe de Dios un Don (Carisma): un Voto Religioso, una Consagración Particular, una Visión (o unas visiones)... en general, cualquier Gracia que sea Don para la persona en cuestión pero, sobre todo, destinado a dar fruto en la Iglesia y para la Iglesia, entonces se hace Sacramento en la medida en que, al ser vivido y respondido en Fidelidad, hace presente lo que contiene, es decir, contiene y hace palpable lo que significa. Esa y no otra es la definición, al menos básica, de Sacramento.

Dios concede - derrama - una Gracia invisible como por ejemplo la Obediencia, que se da a un religioso para que la viva, la encarne, la haga visible a los demás, remitiendo con ella al Reino, es Sacramento, puesto que santifica al que la vive y transmite un sinfín de Gracias al derredor. El que obedece, encarna la Obediencia del Hijo al Padre, en quien puso su Voluntad, devolviéndosela por Amor en el Espíritu. Así, el religioso entrega su Voluntad a Dios por Amor - que no por imposición o porque "no queda otra", en cuyo caso la vocación no es tal, sino que es una cadena - y, por esta entrega amorosa y libre, el Espíritu actúa en esa persona, guiándolo y operando en él los frutos que convienen al mismo religioso y a la Iglesia.

Las vidas de los santos son ilustrativas, de hecho no reflejan otra cosa: personas castas, obedientes y pobres; caritativas y llenas de Fe y Esperanza, así como de Gracias particulares... son Testimonio de la Vida del Reino y, lo que es más, lo que han recibido opera en ellas la santificación, la verdadera consagración, por el mero hecho de vivirlo y devolverlo a Dios con generosidad y amor constante.