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viernes, 29 de marzo de 2013

Justificados gratuitamente por medio de la fe en la sangre de Cristo

Predicación del Viernes Santo 2013 en la Basílica de San Pedro, 
por el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap

"Por cuanto todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. Él fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre [...] para mostrar su justicia en el tiempo presente, siendo justo y justificado a los que creen en Jesús (Rom. 3, 23-26).

Hemos llegado a la cumbre del Año de la fe y a su momento decisivo. ¡Esta es la fe que salva, "la fe que vence al mundo" (1 Jn. 5,5)! La fe –apropiación por la cual hacemos nuestra la salvación obrada por medio de Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por un lado está la mano extendida de Dios que ofrece su gracia al hombre; por otro lado, la mano del hombre que se estira para acogerla mediante la fe. La "nueva y eterna alianza" está sellada con un apretón de manos entre Dios y el hombre.

Tenemos la capacidad de asumir, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡creer!


¡Creer que "Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación" (Rom. 4, 25)! En una homilía pascual del siglo IV, un obispo pronunció estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: "Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir de lo cual Cristo se sacrificó por él. Pero Cristo se sacrificó por él cuando él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida adquirida por aquella inmolación"1

Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva vida. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás antes de convertirse, dijo: "Antes de conocerte, yo no existía" y habla a Jesús “Antes de conocerte yo no existía”.

Lo que se requiere es que nos pongamos solo del lado de la verdad, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: "Oh Dios, ten piedad de mí, pecador". Y Jesús dice que aquel hombre fue a su casa "justificado", es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, quizáscantando alegremente en su corazón (Lc. 18,14).

***

Al igual que quien escala una pared de montaña, después de superar un paso peligroso se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se abre ante él, así lo hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado el gran mensaje de la justificación gratuita por la fe en Cristo: "Justificados, entonces, por la fe, nosotros estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Jesucristo nuestro Señor, por medio del cual tuvimos también por la fe, el acceso a esta gracia (paz, fe, gracia) en la cual estamos firmes y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce paciencia, la paciencia experiencia, la experiencia esperanza. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom. 5, 1-15).

Hoy en día se hacen desde los satélites artificiales, fotografías infrarrojas de regiones enteras de la tierra y de todo el planeta. ¡Qué diferente se ve el paisaje visto desde arriba, a la luz de los rayos, en comparación con lo que vemos con la luz natural! Recuerdo una de las primeras fotos de satélite difundidas en el mundo; reproducía toda la península del Sinaí. Los colores de los relieves y de las depresiones eran muy diferentes, más evidentes. Es un símbolo. Incluso la vida humana, vista desde los rayos infrarrojos de la fe, desde las alturas del Calvario, es diferente de lo que se ve "a simple vista".

"Todo –dijo el sabio, el Qohelet, en el Antiguo Testamento-- le pasa también al justo y al impío ... He visto algo más bajo el sol: en lugar del derecho,está la maldad; y en lugar de la justicia, la iniquidad" (Ecl. 3, 16, 9, 2). De hecho, en todos los tiempos se ha visto a la maldad triunfante y a la inocencia humillada. Pero para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, notaba Bossuet, que a veces se ve lo contrario, es decir la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo. ¿Pero qué concluía el Qohelet, el sabio sobre todo esto? "Así que pensé: Dios juzgará al justo y al malvado, porque allá hay un tiempo para cada cosa" (Ecl. 3, 17). Encontró el punto de observación justo.

Aquello que el Qohelet no podía saber y que nosotros más bien sí sabemos es que este juicio ya se ha dado: "Ahora dice Jesús --caminando hacia su pasión--, ha llegado el juicio de este mundo, ahora será echado fuera el príncipe de este mundo, y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí "(Jn. 12, 31-32).

En Cristo muerto y resucitado, el mundo ha llegado a su destino final. Y si se necesita la fe para creerlo. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso, y la humanidad ve desarrollarse ante sí nuevos e inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Aún así, puede decirse que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, subido a la diestra del Padre, la humanidad ha llegado a su meta final. Ya han comenzado los cielos nuevos y la tierra nueva.

A pesar de todas las miserias, las injusticias y la monstruosidad existentes sobre la tierra, en Él se ha abierto ya el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos otra cosa, más aún, a la mayoría de los hombres le sugiere lo contrario, pero el mal y la muerte son realmente derrotados para siempre. Sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor. El mal ha sido realmente vencido por la redención que Él trajo.

Una cosa sobretodo se ve diferente, vista a través de los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo ha entrado en la muerte como se entra en una oscura prisión; pero salió por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá cerrar jamás a esa brecha. La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente, quizás un "puente de los suspiros", tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo cae y se precipita. "El amor es fuerte como la muerte", dice el Cantar de los Cantares (8,6). ¡Pero en Cristo ha sido más fuerte que la muerte!

En su "Historia eclesiástica del pueblo inglés", Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los primeros misioneros llegaron de Roma el rey del lugar tenía dudas y convocó a un consejo de dignatarios para decidir si se les debía permitir o no, a difundir el nuevo mensaje. Algunos de los presentes se mostraron a favor, otros en contra. En cierto momento, un pájaro salió de un agujero de la pared, sobrevoló asustado un rato por la sala, afuera estaba la tempestad, la sala estaba caliente y luego desapareció por un agujero en la pared opuesta.

Entonces se levantó uno de los presentes y dijo: "Señores, nuestra vida en este mundo es como ese pájaro. Venimos de la oscuridad, no sabemos de dónde venimos, por un poco de tiempo gozamos de la luz y del calor de este mundo, y luego desaparecemos de nuevo en la oscuridad, sin saber a dónde vamos. Si estos hombres son capaces de revelarnos algo del misterio de nuestras vidas, debemos escucharlos".

Y quizás la fe cristiana podría retornar a nuestro continente y en el mundo secular por la misma razón por la que hizo su entrada: como la única doctrina que puede dar una respuesta seria sobre la muerte.

***

La cruz separa a los creyentes de los no creyentes, porque para algunos es un escándalo y una locura, y para los otros es el poder de Dios y la sabiduría de Dios (cf. 1 Co. 1, 23-24); pero en un sentido más profundo, la Cruz une a todos las hombres, creyentes y no creyentes. "Jesús tenía que morir [dice el evangelio de San Juan] no solo por la nación, sino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 51 s.). Los nuevos cielos y la tierra nueva pertenecen a todos y son para todos: porque Cristo murió por todos.

La urgencia que deriva de todo esto es evangelizar: "El amor de Cristo nos apremia, al pensar que uno murió por todos" (2 Cor. 5,14). ¡Nos impulsa a la evangelización! Anunciamos al mundo la buena nueva de que "ya no hay condena para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte" (Rom 8, 1-2).

(Y padre Cantalamesa repite esta última frase en varios idiomas)

Hay una historia del judío Franz Kafka que es un fuerte símbolo religioso y adquiere un significado nuevo, casi profético, escuchado el Viernes Santo. Se llama "Un mensaje imperial". Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama junto a sí un súbdito y le susurra un mensaje al oído. Es tan importante aquel mensaje que se lo hace repetir al oído para estar seguro que lo haya escuchado bien. Luego despide con un gesto al mensajero que se mete en camino. Pero oigamos directamente del autor lo que sigue de la historia, marcada por el tono onírico y casi de pesadilla típico de este escritor:

"Avanzando primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud como ninguno. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. ¡Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría! En cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio interno, de los cuales no saldrá nunca. Y si lo terminara, no significaría nada: todavía tendría que luchar para descender las escaleras. Y si esto lo consiguiera, no habría adelantado nada: tendría que cruzar los patios; y después de los patios la segunda cerca de palacios circundante. Y cuando finalmente atravesara la última puerta --aunque esto nunca, nunca podría suceder--, todavía le faltaría cruzar la ciudad imperial, el centro del mundo, donde se amontonan montañas de su escoria. Allí en medio, nadie puede abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Tú, mientras tanto, te sientas junto a tu ventana y te imaginas tal mensaje, cuando cae la noche". Hasta aquí el mensaje de Kafka.

Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura" (Mc. 16, 15). Todavía hay muchos hombres que están junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como aquel. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el costado de Cristo en la cruz "para que se cumpliese la Escritura que dice: «Mirarán al que traspasaron»" (Jn. 19, 37). En el Apocalipsis añade: "He aquí que viene entre las nubes, y todo ojo le verá, mismo aquellos que le traspasaron; y por él todos los linajes de la tierra harán lamentación" (Ap. 1,7).

Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la evangelización. En ella se verifica una misteriosa, pero real venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de desesperación, sino de revisión y de consuelo. Es este el significado de la escritura profética que Juan ve realizada en el costado traspasado de Cristo, y por lo tanto, de Zacarías 12, 10: "Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia mí, al que ellos traspasaron".

La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la cruz de Cristo, de aquel lado abierto, de aquella sangre y de aquel agua. El amor de Cristo, como aquel Trinitario, que es la manifestación histórica, es "diffusivum sui", tiende a expandirse y alcanza a todas las criaturas especialmente a las más necesitadas de su misericordia. La evangelización cristiana no es conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús. Es dar al Jefe la alegría de sentir la vida fluir desde su corazón hacia su cuerpo, hasta hacer vivificar a sus miembros más alejados de su cuerpo.

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia se parezca cada vez menos a aquel castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de él tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, partiendo de aquellas que separan a las distintas iglesias cristianas, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, aunque se han convertido ya en detritos.

En el Apocalipsis Jesús dice que está en la puerta y llama. A veces, como ha observado nuestro papa Francisco, no golpea para entrar, sino desde adentro porque quiere salir hacia las periferias existenciales del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia, de la indiferencia religiosa, de toda forma de miseria.

Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se les llenas de divisiones, escaleras, de habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en se ve que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces hay que tener el coraje de derribarlos y llevar el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes. Fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: "Ve, Francisco y repara mi Iglesia".

"¿Quién está a la altura de este encargo?", se preguntaba aterrorizado el apóstol Pablo frente a la tarea de ser en el mundo "el perfume de Cristo", y he aquí su respuesta que vale también hoy: "No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha dado el don para que seamos los ministros de un nuevo pacto, no de la la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida (2 Cor. 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, lleno de esperanza, reavive en los hombres que están en la ventana a la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo llegar, incluso a costa de la vida.

1 Homilía pascual del año 387 (SCh 36, p. 59 s.).

Traducción del original italiano por José Antonio Varela V. y controlado con el discurso hecho en la basílica
Ciudad del Vaticano, 29 de marzo de 2013 (Zenit.org)

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sábado, 17 de marzo de 2012

¡TRINIDAD ES AMOR!


El padre Cantalamessa explica el misterio de la Trinidad como fundamento del cristianismo

SAN GREGORIO NACIANCENO, MAESTRO DE LA FE EN LA TRINIDAD

Segunda prédica de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa

A las 9 horas de la mañana de este viernes, en la capilla Redemptoris Mater, en presencia del santo padre Benedicto XVI, el predicador de la Casa Pontificia, padre Raniero Cantalamessa OFM Cap, realizó la segunda prédica de Cuaresma. El tema de las meditaciones cuaresmales es el siguiente: "Acordáos de vuestros jefes e imitad su fe" (Heb.13,7). Las dos prédicas siguientes tendrán lugar los viernes 23 y 30 de marzo. Ofrecemos el texto completo de la prédica.

*****
P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap. En años pasados, ha habido propuestas teológicas que, a pesar de las profundas diferencias entre ellas, tenían un esquema de fondo común, a veces claro, a veces implícito. Este esquema es simplísimo, siendo reductivo. Los dos misterios más grandes de nuestra fe son la Trinidad y la Encarnación: Dios es uno y trino; Jesucristo es Dios y hombre. En las propuestas a las que me refiero, la idea es: Dios es uno, y Jesucristo es hombre. Consiste en dejar caer la divinidad de Cristo y, con ello, la Trinidad.
El resultado de este proceso es que uno termina aceptando tácita e hipócritamente la existencia de dos tipos de fe y de dos cristianismos diferentes, que no tienen en común entre ellos más que el nombre: el cristianismo de la fe de la Iglesia y de las declaraciones ecuménicas conjuntas, donde, con las palabras del símbolo niceno-constantinopolitano, se sigue profesando la fe en la Trinidad y en la plena divinidad de Cristo, y el cristianismo de amplios estratos de la cultura, incluso exegética y teológica, en el que estas mismas verdades son ignoradas o interpretadas de manera muy diferente.
En este clima es particularmente oportuno volver a examinar a los padres de la Iglesia, no sólo para conocer el contenido del dogma en su estado naciente, sino más aún para encontrar la unidad vital de la fe profesada y la fe vivida, entre el "qué" y su "enunciado". Para los padres la Trinidad y la unidad de Dios, la dualidad de la naturaleza y la unidad de la persona de Cristo no eran una verdad para decidir sobre la mesa o discutir en los libros en diálogo con otros libros; eran realidades vitales. Parafraseando un dicho que circula en los círculos deportivos, podríamos decir que estas verdades no eran para ellos una cuestión de vida o muerte, ¡eran mucho más!
1. Gregorio Nacianceno, el cantor de la Trinidad
El gigante sobre cuyas espaldas queremos subirnos hoy es san Gregorio Nacianceno, y el horizonte que queremos examinar con él es la Trinidad. Suya es la grandiosa imagen que muestra el desplegarse de la revelación de la Trinidad en la historia y la pedagogía de Dios que se revela en ella. El antiguo testamento, escribe, proclama abiertamente la existencia del Padre, y comienza a anunciar veladamente la del Hijo; el nuevo testamento proclama abiertamente al Hijo, y comienza a revelar la divinidad del Espíritu Santo; ahora, en la Iglesia, el Espíritu se nos manifiesta claramente y ella confiesa la gloria de la Santísima Trinidad. Dios ha establecido su manifestación, adaptándose a los tiempos y a la capacidad receptiva de los hombres 1.
Esta triple división no tiene nada que ver con la tesis de Gioacchino da Fiore, sobre los tres períodos distintos: el del Padre, en el antiguo testamento, la del Hijo en el nuevo y el del Espíritu Santo en la iglesia. La distinción de san Gregorio se refiere a el orden de la manifestación, no a él del ser o de la acción de las Tres personas, las cuales están presentes y obran juntas a través del tiempo.
San Gregorio Nacianceno ha recibido en la tradición el nombre de "el Teólogo" (ho Theologos), debido a su contribución a la comprensión del dogma trinitario. Su mérito es haber dado a la ortodoxia trinitaria una formulación perfecta, con frases destinadas a convertirse en patrimonio común de la teología. El símbolo pseudo-atanasio Quicumque, compuesto casi un siglo después, le debe no poco a Gregorio Nacianceno.
Éstas son algunas de sus fórmulas cristalinas:
"Fue, era y estaba: pero era uno solo. Luz y luz y luz, pero una sola luz. Esto es lo que imaginó David cuando dijo: "En tu luz vemos la luz" (Sal. 35,10). Y ahora la hemos contemplado y la anunciamos, de la luz que es el Padre comprendemos la luz que es el Hijo a la luz del Espíritu: he aquí la breve y concisa teología de la Trinidad [...] Dios, si podemos hablar de manera sucinta, está indiviso en seres divididos el uno del otro" 2.
La principal contribución de los capadocios en la formulación del dogma trinitario es el haber llevado a término la distinción entre los dos conceptos de ousia e hipóstasis, sustancia y persona, creando la base conceptual permanente con la cual se expresa la fe en la Trinidad. Se trata de una de las innovaciones más impresionantes que la teología cristiana ha introducido en el pensamiento humano. De esta ha podido desarrollarse el concepto moderno de persona como relación.
El lado débil de su teología trinitaria, por ellos mismos advertido, era el peligro de concebir la relación entre la única sustancia divina y las tres hipóstasis del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo del mismo modo que existe en la naturaleza entre las especies y los individuos (por ejemplo, entre la especie humana y los hombres individuales), ofreciendo así el flanco a la acusación de triteísmo 3.
Gregorio Nacianceno se esfuerza por responder a esta dificultad, diciendo que cada una de las tres personas divinas no está menos unida a las otras dos, de lo que está unida a sí misma 4. Niega, por la misma razón, las similitudes tradicionales de "fuente, arroyo, río" o "sol, rayo, luz" 5. Con el tiempo admitió con franqueza, de preferir este riesgo a aquel opuesto del modalismo: "Es mejor, dice, tener una idea, tal vez insuficiente, de la unión de los Tres, en lugar de osar una impiedad absoluta" 6.
¿Por qué elegir a san Gregorio Nacianceno, como maestro de la fe en la Trinidad? La razón es la misma por la que hemos elegido a Atanasio como maestro de la fe en la divinidad de Cristo. Es que para Gregorio, la Trinidad no es una verdad abstracta, o simplemente un dogma; es su pasión, su ambiente vital, algo que sacude su corazón sólo con nombrarla.
Los ortodoxos le llaman "el cantor de la Trinidad." Esto concuerda perfectamente con lo que sabemos de su personalidad humana. El Nacianceno es un hombre con un corazón aún más grande que la mente, un temperamento sensible en exceso, hasta provocarle no pocas decepciones y sufrimientos en sus relaciones con los demás, empezando por su amigo san Basilio.
En su poesía revela todo su entusiasmo por la Trinidad. Utiliza frases como "mi Trinidad", "amada Trinidad" 7. Gregorio es un enamorado de la Trinidad. Escribe así de sí mismo:
"Desde el día que renuncié a las cosas de este mundo para consagrar mi alma a la contemplación brillante y celestial, cuando la inteligencia suprema me secuestró de aquí para hacerme reposar lejos de todo lo que es carnal, desde ese día mis ojos han estado deslumbrados por la luz de la Trinidad... Desde su sublime trono ella extiende su resplandor inefable sobre cada cosa... Desde ese día estoy muerto para el mundo y el mundo ha muerto para mí" 8.
Basta con comparar estas palabras con expresiones técnicamente perfectas, pero frías en el símbolo Quicumque, que se recitaba antes en el Oficio divino del domingo, para darse cuenta de la distancia que separa la fe vivida de los Padres, de aquella formal y repetitiva que se presenta después de ellos, aunque también esta última cumple una tarea importante.
2. No podemos vivir sin la Trinidad
Ahora, como siempre, haremos una reflexión sobre lo que los padres pueden ofrecernos en este campo, para una renovación de nuestra fe. Es bien sabido que la teología occidental siempre ha tenido que protegerse contra el riesgo opuesto a él del triteísmo del cual, hemos visto, debe defenderse el Nacianceno; es decir, el riesgo de hacer hincapié en la unidad de la naturaleza divina, en detrimento de la distinción de las personas.
En este terreno ha sido capaz de desarrollarse la visión deísta de Descartes y de los iluministas que prescinden del todo de la Trinidad para concentrarse sólo en Dios, concebido como un ser supremo o como "la divinidad". Kant sacó la famosa conclusión de que "de la doctrina trinitaria, tomada literalmente, no se puede conseguir nada práctico" 9. Esa, en otras palabras, que es irrelevante para la vida del hombre y de la Iglesia.
Este ha sido sin duda uno de los factores que han allanado el camino para el ateísmo moderno. Si se hubiera mantenido viva la idea en la teología del Dios Uno y Trino, en lugar de hablar de un vago "Ser supremo", no hubiera sido tan fácil para Feuerbach el triunfo de su tesis de que Dios es una proyección que el hombre hace de sí mismo y de su esencia. ¿Qué necesidad tendría el hombre de dividirse en tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo? Y ¿en qué sentido la Trinidad puede ser la proyección y la sublimación que el espíritu humano hace de sí mismo? Es el vago deísmo el que fue demolido por Feuerbach, no la fe en el Dios uno y trino.
Pero si la visión latina de la Trinidad, por un lado, abre la puerta a esta desviación deística, por el otro contiene el remedio más eficaz contra ella. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos con Agustín por haber basado su discurso sobre la Trinidad en la palabra de Juan: "Dios es amor" (1 Jn. 4,10). Dios es amor: por lo tanto, concluye Agustín, ¡Él es Trinidad! "El amor supone a uno que ama, uno que es amado, y el amor mismo con el cual se aman" 10. El Padre es, en la Trinidad, el que ama, la fuente y el principio de todas las cosas; el Hijo es el que es amado; el Espíritu Santo es el amor con que se aman.
Todo amor es el amor de alguien o de algo, como todo conocimiento, dice Husserl, es el conocimiento de algo. No se da un amor "al vacío", sin un objeto. ¿Ahora, quién ama a Dios para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor sólo desde algún centenar de millones de años. ¿El universo? Pero entonces es amor sólo desde alguna decena de millardos de años. ¿Y antes, a quién amaba Dios por ser el amor? Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, concibiendo a Dios ante todo como un "pensamiento" podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era el "pensamiento puro", " pensamiento de pensamiento". Pero esto ya no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el "amor puro a sí mismo" sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su negación total.
Y aquí está la respuesta de la revelación, hecha explícita por la Iglesia con su doctrina de la Trinidad. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes aún de que hubiera un objeto fuera de sí para amar, tenía en sí mismo el Verbo, el Hijo al que amaba con un amor infinito, es decir, "en el Espíritu Santo". Esto no explica cómo la unidad puede ser al mismo tiempo trinidad (esto es un misterio imposible de conocer por nosotros porque está solamente en Dios), pero nos basta al menos para intuir por qué, en Dios, la unidad debe ser también pluralidad y asimismo trinidad.
Un Dios que fuese puro conocimiento o pura ley, o pura potencia, no tendría necesidad de ser trino (esto de hecho complicaría mucho las cosas); pero un Dios que es, sobre todo amor, sí porque "menos que entre dos, no puede haber amor". "Necesitamos --ha escrito de Lubac--, que el mundo lo sepa: la revelación del Dios amor altera todo lo que se había concebido de la divinidad" 11.
Ciertamente que lo del amor es una analogía humana, pero es sin duda la que mejor nos permite echar un vistazo a la misteriosa profundidad de Dios. En esto se ve cómo la teología latina integra a la griega, y las dos no pueden prescindir la una de la otra. El tema del amor está casi ausente en la teología trinitaria de los orientales, que usan de preferencia la analogía de la luz. Tenemos que esperar a Gregorio Palamas para leer, en griego, algo similar a lo que dice Agustín sobre el amor en la Trinidad. 12.
Alguno quiere poner hoy entre paréntesis el dogma de la Trinidad, para facilitar el diálogo con las otras grandes religiones monoteístas. Se trata de una operación suicida. ¡Sería como quitarle la espina dorsal a una persona para hacerla caminar con más facilidad! La Trinidad ha marcado de tal modo la teología, la liturgia, la espiritualidad y la vida cristiana, que renunciar a ella significaría empezar otra religión por completo.
Lo que debe hacerse es más bien, como nos enseñan los Padres, acercar este misterio de los libros de teología a la vida, de modo que la Trinidad no sea solo un misterio estudiado y correctamente formulado, sino vivido, adorado, disfrutado. La vida cristiana se desarrolla, de principio a fin, en el signo y en la presencia de la Trinidad. Al inicio de la vida, fuimos bautizados "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" y, por último, si tenemos la gracia de morir cristianamente, a nuestra cabecera se recitarán las palabras: "Parte, alma cristiana, de este mundo: en el nombre del Padre, que te creó, del Hijo que te ha redimido y del Espíritu Santo que te ha santificado".
Entre estos dos momentos extremos, están otros momentos llamados "de transición" que para un cristiano, están todos marcados por la invocación a la Trinidad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los esposos son unidos en matrimonio y se intercambian el anillo, así como los sacerdotes y los obispos que son consagrados. En el nombre de la Trinidad, se empezaban alguna vez los contratos, los juicios, y cada acto importante de la vida civil y religiosa. La Trinidad es el seno en el que fuimos concebidos (cf. Ef. 1,4) y es también el puerto al que todos navegamos. Es "el océano de paz" del que todo fluye y en el cual todo refluye.
3. "O beata Trinitas!"
San Gregorio Nacianceno debería haber suscitado en nosotros un deseo ardiente hacia la Trinidad: hacer de ella "nuestra" Trinidad, la "querida" Trinidad, la "amada" Trinidad. Algunos de estos acentos de conmovida adoración y asombro, resuenan en los textos de la solemnidad de la Santísima Trinidad. Debemos hacerla pasar de la liturgia a la vida. Hay algo más dichoso que podemos hacer en relación a la Trinidad que tratar de entenderla, ¡y es entrar en ella! No podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestras mentes, ¡pero podemos entrar en ella!
La "puerta" para entrar en la Trinidad es una sola, Jesucristo. Con su muerte y resurrección, él nos ha abierto un camino nuevo para entrar en el santo de los santos que es la Trinidad (cf. Hb. 10,19-20) y nos dejó los medios para seguirlo en este camino de retorno. El primero y más universal es la iglesia. Cuando se quiere cruzar un estrecho, dijo Agustín, lo más importante no consiste en sentarse en la orilla y agudizar la vista para ver lo que hay en la orilla opuesta, sino subirse sobre la barca que lleva a aquella orilla. Y para nosotros lo más importante no es especular sobre la Trinidad, sino permanecer en la fe de la Iglesia que se dirige hacia ella 13.
En la Iglesia, la Eucaristía es el medio por excelencia. La misa es una acción trinitaria de principio a fin; comienza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y termina con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esa es la oferta que Jesús, cabeza y cuerpo místico, hace de sí mismo al Padre en el Espíritu Santo. A través de ella entramos verdaderamente en el corazón mismo de la Trinidad.
Para los hermanos ortodoxos, un medio importante para entrar en el misterio es el icono. La Trinidad de Rublev es un resumen visual de la doctrina trinitaria de los capadocios, y en particular de Gregorio Nacianceno. En él percibimos, en la misma medida, el movimiento incesante y la quietud sobrehumana, trascendencia y condescendencia. El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa por el hecho de que estas figuras son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí. Ellas están contenidas idealmente dentro de un círculo que pone de manifiesto su unidad, pero con su movimiento diferente y disposición proclaman también su carácter distintivo.
El santo, en cuyo monasterio se pintó el icono, san Sergio de Radonezh, se había distinguido en la historia de Rusia por haber traído la unidad entre los líderes que estaban en desacuerdo unos con otros y de haber hecho posible la liberación de Rusia de los tártaros, que la habían invadido. Su lema --que Rublev ha tratado de interpretar en el icono--, fue: "Contemplando la Santísima Trinidad, se vence la odiosa discordia de este mundo". San Gregorio Nacianceno había expresado un pensamiento similar en estos versos, los cuales parecen ser su testamento espiritual:
Busco la soledad, un lugar inaccesible al mal, donde con una mente indivisa buscar a mi Dios,
y aliviar mi vejez con la dulce esperanza del cielo.
¿Qué dejaré a la Iglesia? ¡Dejaré mis lágrimas!...
Dirijo mis pensamientos a la casa que no conoce ocaso, a mi querida Trinidad, única luz,
de la cual la sola sombra oscura me conmueve" 14.
La espiritualidad latina no es menos rica en ayudas para hacer de la Trinidad un misterio cercano, querido. También insiste en el movimiento contrario: no somos nosotros los que entramos en la Trinidad, sino es la Trinidad la que entra en nosotros. En la tradición ortodoxa, la doctrina de la inhabitación está referida de preferencia a la persona del Espíritu Santo. Es la teología latina la que ha desarrollado, en todo su potencial, la doctrina bíblica de la inhabitación de toda la Trinidad en el alma: "Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23)15. Pío XII se ha reservado un lugar en su Mystici Corporis, diciendo que gracias a esta inhabitación, nosotros "participamos desde ahora en la alegría y la felicidad de la Trinidad" 16.
San Juan de la Cruz dice que "el amor que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo" (Rm 5,5), no es otro que el amor con que el Padre, desde siempre, ha amado a su Hijo. Se trata de un desbordamiento del amor divino de la Trinidad hacia nosotros. Dios comunica al alma "el mismo amor que comunica al Hijo, aún cuando esto no ocurre de forma natural, sino por unión ... El alma participa de Dios, cumpliendo con él, la obra de la Santísima Trinidad" 17. La beata Isabel de la Trinidad nos sugiere una manera simple de traducir esto en un programa de vida: "Todo mi ejercicio consiste en volver a entrar en mí misma y perderme en los tres que están allí" 18.
Yo veo en esto una razón más, y entre las más profundas, para evangelizar. Hace unos días leía en la liturgia de las horas, las palabras de Dios en Isaías: "Pues en esto he de fijarme: en el mísero y en el abatido, y en el que respeta mi palabra" (Is. 66,2). Me llamó la atención un pensamiento. Me dije a mí mismo, ¿cuál es la gran diferencia entre quien es bautizado y quien no lo es: sobre quien no ha sido bautizado, Dios "vuelve la mirada", está presente intencionalmente, con su amor y su providencia; en quien está bautizado, él no vuelve solamente la mirada, sino que viene a morar en él en persona, y más aún, con las tres Personas divinas. Es cierto que una presencia intencional correspondida puede ser más aceptable a Dios que una presencia bautismal desatendida o rechazada (y esto debería llenarnos de responsabilidad y humildad), pero sería una ingratitud no reconocer la diferencia que hace el ser, o no, cristianos.
Terminemos recitando juntos la doxología que concluye el canon de la Misa y que es la más corta y la más densa oración trinitaria de la Iglesia: "Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén".
Traducido del italiano por José Antonio Varela V.
1 Cf. Gregorio Nazianzeno, Oratio 31, 26. Trad. ital di C. Moreschini, I cinque discorsi teologici, Roma, Città Nuova, 1986.
2 Oratio 31, 3.14.
3 Cf. Basilio, Epistola 236,6.
4 Gregorio Naz., Oratio. 31,16.
5 Ib. 31, 31-33.
6i Ib. 31, 12.
7 Gregorio Naz., Poemata de seipso, I,15; I, 87 (PG 37, 1251 s.; 1434).
8 Ib., I,1 (PG 37, 984-985).
9 E. Kant, Il conflitto delle facoltà, A 50 (WW, ed. W. Weischedel, VI, p.303).
10 Agostino, De Trinitate,VIII, 10, 14.
11 H. de Lubac, Histoire et Esprit, Aubier, Parigi 1950, cap.5.
12 Gregorio Palamas, Capita physica, 36 (PG 150, 1144s.).
13 Agostino, De Trinitate, IV,15,30; Confessioni, VII, 21.
14 Gregorio Nazianzeno, Poemata de seipso, I,11 (PG 37, 1165 s.).
15 Cf. R. Moretti – G.-M. Bertrand, Inhabitation, in “Dict. Spir.”, 7, 1735.1767.
16 Pio XII, Mystici corporis, AAS, 35, 1943, pp.231 s.
17 S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.
18 Isabel de la Trinidad, Cartas, 151, (Scritti, Roma 1967, p. 274).

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 marzo 2012 (ZENIT.org).-

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martes, 18 de octubre de 2011

El predicador del Papa confiesa cómo cambió radicalmente la manera de vivir su sacerdocio.


Raniero Cantalamessa

Es capuchino y predicador de la casa Pontifícia desde hace casi 30 años. Explica lo que motivó esa transformación en su vida.

Publicado por Religión en Libertad

Un hecho extraordinario
«Mi historia personal con el Señor empezó muy temprano. Fui bautizado a los pocos días después de mi nacimiento; pero esto no era todavía un encuentro personal. Mi primer encuentro personal fue a los trece años. Yo estaba en un Colegio de Capuchinos. No sabía todavía lo que iba a hacer en mi vida, cuando tuvimos un primer retiro y escuché por primera vez las grandes verdades de nuestra fe: el amor de Dios, la vida eterna, el infierno ... Recuerdo muy bien la impresión que me dio la meditación sobre el infierno; me hizo entender que la vida es algo muy serio, una aventura muy seria. Y escuchando estas verdades, exponiéndome por primera vez a la luz del Evangelio, percibí inmediatamente mi vocación, me sentí llamado por el Señor a hacerme sacerdote franciscano. El ser franciscano era secundario en aquel momento; lo que era primordial era que yo dedicaba mi vida al Señor Jesús.


Muchos años de formación
»Empecé mi formación que duró muchos años. Estudié, fui ordenado sacerdote en Loreto, que es un lugar donde hay un Santuario de la Virgen muy importante. Fue ordenado sacerdote en 1958, hace muchos años, algunos de vosotros todavía no habíais nacido. Después los superiores me enviaron a Suiza a estudiar Teología y me doctoré en Teología estudiando a los Padres de la Iglesia. Después me enviaron a la Universidad Católica de Milán para profundizar en el conocimiento de las lenguas clásicas, latín y griego, para estudiar mejor los Padres de la Iglesia y la Escritura.

Doy clases en la universidad
»Cuando terminé mis estudios de filología clásica, me invitaron a quedarme a la Universidad. El Rector de entonces era un santo. Ahora está en proceso su beatificación. Él fue un precioso laico para la Iglesia de Italia. Él me invitó a ser su ayudante y después de dos años se instituyó una cátedra para mí que era la cátedra de Historia de los Orígenes del Cristianismo. Se estudia en esta cátedra el Nuevo Testamento y los primeros siglos de la Iglesia, un precioso campo.

Búsqueda científica
»Llevaba allí enseñando varios años y predicaba los domingos algunas homilías, pero nada más. Mi papel era sobre todo la búsqueda científica. Estaba contento y mis superiores decían que estaban muy orgullosos de tener un miembro de su orden en la Universidad Católica. Es una importante Universidad que en aquel tiempo; tenía unos veintidós o veintitrés mil estudiantes.

Ocurren milagros...
»En 1975, una señora a quien yo acompañaba en su camino espiritual, regresó de un Retiro de fin de semana en una casa de Milán y me dijo: “He encontrado un grupo de personas extrañas que oran de una manera nueva, que levantan las manos y se habla incluso de milagros que ocurren entre ellos”. Y yo como un buen director espiritual muy prudente le dije: “Tu no irás más a estos Retiros”. Eran los primeros grupos de oración de la Renovación Carismática que llegaban a Italia. Esta señora obedeció, pero me invitaba a acudir a algunos encuentros de la Renovación Carismática para ver ...

Conozco la Renovación Carismática
»Una vez me llevó a Roma a un Encuentro. Yo estaba allí como observador. Había cosas que no podía aceptar, por ejemplo: abrazarse, besarse... Yo expongo mis dificultades porque sé que hay muchos que hoy encuentran las mismas dificultades, sobre todo entre el clero. Entonces me pidieron que confesase. Y escuchando estas confesiones fue mi primer impacto con la gracia. No simplemente las manifestaciones, sino la gracia interior de la Renovación Carismática. Porque había un arrepentimiento que yo raramente había encontrado y se trataba de laicos, de gente muy normal. Me parecía que los pecados caían como piedras de su alma. Había una liberación, una gracia, lágrimas... Yo estaba asustado y me decía a mi mismo: “No puedes negar que aquí está la gracia de Dios. Éste es el Espíritu que obra, porque solamente Él puede dar una idea, un conocimiento tan claro del pecado, un arrepentimiento tan grande”. Pero todavía estaba en una posición de juez. Juzgaba lo que me parecía bueno, lo que no me parecía bueno. Y los animadores de entonces, los líderes, decían a los hermanos : no vayáis con ese sacerdote porque él es un enemigo de la Renovación Carismática.

Risas y no lágrimas
»Tengo que decir otra cosa. Para mucha gente el primer impacto con la Renovación Carismática se manifiesta en lágrimas, para mi fue en una sonrisa. Yo tuve mucha dificultad en reprimir mi risa, pero sentía que era un reír santo, diferente. Era como si Dios me sacudiera, para sacudir el hombre viejo y hacerme salir de mi seguridad, de mi orgullo. Y está fue la primera ofrenda de liberación que el Señor me daba.

Fascinado por lo que veía
»Di un curso en la Universidad en aquel momento sobre los movimientos carismáticos proféticos de la primera Iglesia, para intentar comprender algo de esta nueva manifestación en la Iglesia. No me ayudó mucho esta búsqueda científica, pero me sirvió porque me mantuvo en contacto con la Renovación Carismática. Ellos me conocían, incluso me invitaban a dar algunas enseñanzas; y yo estaba ahí, atraído, fascinado por lo que veía.

Esto pasaba en las primeras comunidades cristianas
»Yo me decía a mi mismo: “Esto es lo que pasaba en las primeras comunidades cristianas, tú lo sabes, tú estudias esto y sabes que esto es precisamente lo que pasaba en aquellas primeras comunidades: carismas, profecías, laicos tomando su papel en la vida de la Iglesia, no callando siempre, no sólo hablando el sacerdote...”.

Objeciones a lo que estaba viviendo
»Algunas objeciones, que yo ponía, fueron encontrando su respuesta. Por ejemplo, para mí era una dificultad ver que si aquello era del Espíritu de Dios, por que había algunas cosas que eran claramente carnales y humanas. El Señor me hizo comprender que el don de Dios está siempre mediado por los hombres, la debilidad humana. El carisma de la autoridad en la Iglesia a veces no está ejercitado de manera perfecta porque existe la ambición, el poder y a nadie se le ocurre abolir la autoridad. Lo mismo tenemos que decir de otros carismas: no están empleados de manera angélica pero es la manera de Dios de obrar con medios humildes, pobres y defectuosos.

Un hecho providencial
»En 1977 una mujer -notad que hay siempre una mujer como mediadora; y éste es un don de la mujer, ser una ayuda; el hombre debe ser una ayuda también- , una mujer ofreció cuatro boletos con todo incluido para ir a América a un Encuentro Carismático Ecuménico que tendría lugar en Kansas City en los Estados Unidos. Uno de estos boletos se le ofreció a un profesor de teología que después fue nombrado arzobispo de Turín y fue cardenal, ahora jubilado. Pero en el último momento su madre enfermó y no pudo ir. Este boleto llego a mí. Yo me decía: “Será una experiencia más”. Yo tenía que ir a los EE.UU. para aprender inglés y me decía: “En una semana todo habrá acabado y yo iré a mi comunidad capuchina”.

Observando qué hacía el Espíritu
»Me fui a este Encuentro. Había 40.000 personas. La mitad católicos y la otra mitad de otras confesiones cristianas, muchos pentecostales, anglicanos y toda clase de confesión cristiana. Y allí yo seguía en esta posición de observador que está interesado con algunas manifestaciones, como la manera de proclamar la Palabra de Dios con tanta unción, pero rechazaba otras expresiones que no entraban en mi esquema mental. Por la mañana cada Iglesia se reunía por su cuenta y por la tarde nos reuníamos todos juntos en un estadio escuchando, cantando ... Hubo una escena que siempre me quedará grabada en la memoria. Una tarde, un líder de la Renovación Carismática muy conocido, tomó el micrófono y empezó a hablar de una manera nueva para mí. Él dijo: “Llorad y haced lamento porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado. Vosotros, los obispos, llorad y haced lamento porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado, vosotros los sacerdotes, los pastores, los laicos...” .

Descubriendo el señorío de Cristo
»Mientras él hablaba yo empecé a ver la gente que caía a mi alrededor hasta que todo el estadio era una inmensa muchedumbre de gente llorando de arrepentimiento por la división, la discordia entre los cristianos. Y todo esto pasaba y había un gran letrero sobre el cielo, un letrero electrónico que decía: Jesus is Lord -Jesús es Señor-. Me pareció una profecía: La Iglesia, reunida en un lugar, formando un solo cuerpo, todos de rodillas lloramos, pidiendo perdón al Señor bajo el señorío de Cristo. Fue allí cuando concebí este libro, “La vida en el señorío de Cristo” que ahora se titula de forma más sencilla “La vida en Cristo”, porque era el descubrimiento del Señorío de Cristo, de Jesús, el Señor. Era muy extraño porque yo como profesor había estudiado este título: Kirios, Señor.

Jericó debe caer
»Conocía su importancia; pero me parecía algo nuevo porque para mi el descubrimiento del señorío de Cristo es el alma de la Renavación Carismática, su fruto más profundo. La experiencia del Espíritu viene sobre los que proclaman a Jesús Señor. Tengo que decirlo con gran vergüenza: no estaba todavía convencido. No era mala fe, sino que, como sacerdote, como hombre de estudio, me sentía obligado a discernir y ser prudente, tal vez demasiado prudente. Había un canto que se cantaba allí que era la historia de Jericó que cae al son de las trompetas. Esta canción cuenta la historia y había un estribillo que repetía: “Jericó debe caer”. Cuando se cantaba este estribillo, imaginad éramos 40.000 personas, mis compañeros italianos me daban codazos y me decían: escucha bien porque Jericó eres tú. Y Jericó cayó. No inmediatamente, no tan fácilmente.

Preparando el terreno a una experiencia
»Me invitaron a un Retiro en New Jersey y tengo que comentar la importancia de no criticar a los sacerdotes que tienen dificultades en aceptar la Renovación, sino amarles. Fue el amor que yo encontré en mis hermanos, sobre todo en un joven sacerdote irlandés que trabaja en América, su paciencia, sus cuidados y atenciones. Esto preparó el terreno para mi experiencia. Me fui a esta casa de Retiro, pensando en quedarme allí un día y después irme a mi comunidad capuchina en Washington. Me dijeron quédate aquí. Y empezó una lucha en mí. Yo me decía: “Esta no es una casa de perdición, es una casa de Retiro, si me quedo no me puede hacer mal.. Entonces, ¡me quedo Señor!; te doy esta última posibilidad de convencerme, de hablarme”.

Todavía había una resistencia
»Empecé aquella semana que concluía con el bautismo en el Espíritu. Insisto, compartir mis dificultades puede ayudar a otros. Había todavía en mí una resistencia. Yo me decía: “Soy ya bautizado, sacerdote, religioso. Yo soy hijo de San Francisco de Asís. Tengo a S. Francisco como mi padre. ¿Que más necesito? ¿Que pueden darme estos hermanos laicos?”. Era una objeción de la carne, del hombre viejo, evidentemente. Y continuaba retumbando en mí esta frase: “Yo soy ya hijo de S. Francisco de Asís, tengo ya una hermosa espiritualidad”. Y mientras yo pensaba esto, una mujer -siempre una mujer- abrió la Biblia y, sin saber nada, empezó a leer. Era el pasaje donde Juan Bautista dice a los fariseos: “No digáis en vuestros corazones: tenemos a Abraham como nuestro padre”. Yo entendí que el Señor me hablaba a mí. Y ésta es la manera del Señor de hablar a través de la Escritura. Estaba claro que el Señor contestaba a mi objeción. Me levanté, no hablaba todavía inglés, hablaba en italiano, pero extrañamente todos parecían entenderme y dije: “Señor, no diré ya más que soy hijo de S. Francisco de Asís porque me doy cuenta de que no lo soy. Te pido a Ti que hagas de mí un hijo verdadero de S. Francisco de Asís y si para eso es necesario someterme al bautismo en el Espíritu, acepto”.

Bautismo en el Espíritu
»Empecé a prepararme para recibir el Bautismo en el Espíritu. Esta fue la ocasión para mí, como teólogo, de preguntarme qué es este signo del bautismo en el Espíritu de la Renovación Carismática . Y lo que percibí en un primer momento es lo siguiente: es una manera de decir a Dios este “si, acepto”, que otros dijeron por mí en mi bautismo. En mi bautismo, la iglesia peguntó: ¿crees en Dios? Y otras personas -que fueron mis padres- contestaron: sí, creo. ¿Aceptas a Jesús como Señor? Y me di cuenta que ahora había llegado el momento de decir yo en primera persona a Jesús: sí, acepto a Jesús como Señor. También era la ocasión para renovar mi profesión religiosa, mi ordenación sacerdotal, renovar todo por el Espíritu Santo. Después tuve la ocasión de reflexionar sobre el Bautismo en el Espíritu, también he escrito algo en mis libros. Para mí es una gracia de renovación de todo el rito de la iniciación cristiana, el bautismo, la confirmación. Pero es también una gracia extraordinaria que no se puede explicar con las categorías que ya conocemos. Es una gracia, es una respuesta a la plegaria del Papa Juan XXIII que pidió a Dios un nuevo Pentecostés para la Iglesia Católica. El Señor ha contestado y esta gracia es una gracia especial de un Pentecostés renovado para la Iglesia del final del II Milenio y tal vez de todo el III Milenio. Es una gracia especial y esto explica por qué esta gracia del Bautismo en el Espíritu, de un nuevo Pentecostés, no es sólo conocida por nosotros los católicos; también los protestantes la conocieron antes que nosotros y para ellos también es una gracia especial.

Le doy al Señor las riendas de mi vida
»La última impresión que recuerdo, en la vigilia de mi bautismo, es que paseaba por el parque y el Señor me habló con una imagen, como muy a menudo el Señor hace. Es una imagen que se forma en mi interior y que es una palabra. Imágenes que son palabras que se graban a fuego en el alma. Es una manera de Dios de comunicarse con sus criaturas. Yo me veía como un cochero que estaba sobre un coche y tenía las riendas del coche. Intenté guiar y decidir si ir rápido o despacio, a derecha o izquierda. Entonces me pareció que el Señor Jesús subía a mi lado y muy amablemente me decía: ¿Quieres darme las riendas de tu vida? Hubo un momento de pánico porque me di cuenta que esto significaba que si yo daba las riendas de mi vida al Señor, a partir de ese momento yo ya no volvía a ser más el señor de mi vida, el dueño de mi vida. Él sería el Dueño de mi vida. Por gracia de Dios, en momentos como éste se descubre qué es la gracia de Dios. Se descubre lo que dice San Pablo que todo es gracia, que por la gracia somos salvados. Por la gracia de Dios encontré en mi corazón un sí, Señor, toma las riendas de mi vida porque yo me doy cuenta de que no puedo ni siquiera decidir sobre mi vida; mañana podría estar muerto; entonces ... toma Tú, Señor, las riendas de mi vida. Ahora tengo que hacer en voz baja una pequeña confesión pública: muy a menudo, de muchas maneras, he intentado retomar las riendas de mi vida y esto son las debilidades humanas; pero cada vez, el Señor me hace comprender que una vez que se le han dado las riendas no se pueden volver a tomar.

Elegir a Jesús como Señor de tu vida
»Llegó el momento de esta oración del Bautismo en el Espíritu y había muchas profecías y todas eran sobre un ministerio que era la proclamación del Evangelio. Un hermano -este sacerdote irlandés- decía: “Tu encontrarás un nuevo gozo en tu vida en proclamar MI Palabra”. Ya he dicho que hasta ese momento yo no era un predicador y no sabía qué significaba esta palabra. Se hablaba de Pablo que iba a Antioquia y anunciaba el Evangelio a todas las naciones. Hubo un momento en que me dijeron, ahora elige a Jesús como el Señor de toda tu vida. En ese momento levanté mis ojos y encontré el crucifijo que estaba por encima del altar y otra imagen, otra voz interior: “Yo soy el Señor que estás eligiendo. Yo, el Crucificado”. Esto me ayudó enormemente porque me hizo entender que la Renovación Carismática no es simplemente algo emocional, esa alegría, levantar los brazos... Sí, ésos son signos exteriores de una alegría nueva. Pero lo esencial es que, en la Renovación Carismática, el Espíritu Santo te lleva al corazón del Evangelio que es la cruz de Jesús; de allí brota el Espíritu como la sangre y el agua.

Algo está sucediendo...
»No hubo emociones particulares durante mi Bautismo en el Espíritu; pero sí la certeza de que algo estaba sucediendo. El día después me fui al aeropuerto para irme a Washington y, en el coche, el sacerdote que me acompañaba me dijo: “ahora escucha bien porque yo pongo una cinta en el cassette y la primera canción es una profecía para ti”. Era un canto que decía: “Que bellos son los pies de los que anuncian el Evangelio”. Ahora, por donde voy en Italia, me cantan este canto porque saben que es mi canción.

Estaba renovado
»Me fui en el avión y sentía que algo había pasado. Y abriendo el Breviario me parecía que los salmos eran nuevos, me hablaban, parecían escritos especialmente para mí ... Y me di cuenta que esto es uno de los primeros signos del obrar del Espíritu Santo: la Escritura se vuelve Palabra viva de Dios.

La Biblia nos habla a cada uno
»No podemos descuidar este don magnífico para la Iglesia. La Iglesia en el Concilio ha hablado de la importancia de la Escritura en la Constitución Dei Verbum. Pero la realidad es que los cristianos, los laicos que nunca habían tenido una Biblia, ahora no pueden separarse de su Biblia. Yo he conocido muchos casos conmovedores de la Biblia que habla directamente, ilumina, da fuerza a los cristianos más sencillos.

Respuestas que están en la Biblia
»En una misión en Australia encontré un obrero, un emigrante italiano que estaba allí y que el último día de la misión vino y me dijo: Padre, yo tengo un gran problema en mi familia, tengo un muchacho de once años que no está todavía bautizado. El problema es que mi mujer se ha vuelto Testigo de Jehová y no quiere escuchar hablar del bautismo. Si lo bautizo, habrá una tragedia en mi familia; si no lo bautizo, no estoy tranquilo porque cuando nos casamos éramos los dos católicos. Yo le dije: déjame esta noche para reflexionar y mañana hablamos y vemos qué podemos hacer. A la mañana siguiente este hombre viene hacia mi muy contento y me dice: Padre, yo ya he hallado la respuesta. Me alegré mucho porque yo todavía no lo veía nada claro. Me dice: Ayer por la tarde, regresé a mi casa y me puse a orar y abrí la Biblia y me vino la página donde Abraham lleva a su hijo Isaac a la inmolación y leyendo me he dado cuenta que cuando Abraham llevó a su hijo Isaac a la inmolación no dijo nada a su mujer.

Respuesta perfecta
»Era una respuesta incluso exegéticamente perfecta. Porque es verdad, los rabinos cuando comentan este pasaje hacen notar que Abraham se calló, no dijo nada temiendo que su mujer le impidiera obedecer a Dios y yo mismo bauticé a este muchacho y fue una gran fiesta para todos.

Consolarse gracias a la Biblia
»Conocí en Italia a una viuda que había perdido a su marido muy joven. Tenía tres hijos. Era un matrimonio muy unido y ésta era una prueba terrible. Lo que le ayudó e incluso hizo de esta mujer una evangelizadora, fue la Palabra de Dios, la Biblia. Ella tiene una sensibilidad, un sentido de la Escritura que a mí mismo me asombra. Las primeras semanas sin su marido ella decía que ponía la Biblia a su lado en la cama porque la Biblia se había vuelto su compañero vivo, Dios le hablaba.

Una nueva luna de miel sacerdotal
»Los tres meses que pasé en Washington después de mi bautismo fueron mi luna de miel con el Señor. También nosotros los sacerdotes tenemos nuestra luna de miel. Mi luna de miel duró tres meses. Pero yo siento que la luna de miel -de los casados- no suele durar mucho más. Regresé a Italia y la gente de la Renovación que me había conocido estaba maravillada. Una mujer decía: “Hemos enviado a América a Saulo y ellos nos han devuelto a Pablo”.

Deseando tener más oración
»Empecé a participar en un grupo de oración en Milán y después de algunos meses ocurrió algo que cambió mi vida. Yo estaba en mi celda orando. No penséis que soy un gran hombre de oración. Deseo, deseo orar. Y a veces incluso me quejé un poco con el Señor diciéndole: “Señor, tu me envías por todo el mundo a hablar de la oración, incluso de la oración trinitaria, ¿por qué no me das una gracia de oración un poco más fuerte, porque mi oración es tan débil, Señor? Me avergüenzo de hablar a los demás de oración. Y el Señor me contestó de esta manera tan simple: “Raniero, ¿cuáles son las cosas de las que se habla con más pasión y entusiasmo, las que se desean o las que se poseen?. Yo contesté: “Las que se desean, Señor”. “Bien -me contestó el Señor- sigue deseando y hablando de la oración”. Por eso, cuando hablo, siempre me siento discípulo y no maestro. Siempre recuerdo un dicho de los Padres del desierto que decía: “Si tienes que hablar a los demás de algo que tú no vives, algo que no has alcanzado todavía con tu vida, habla; pero haciéndote el más pequeño de todos tus oyentes; habla como discípulo, no como maestro”. Y yo trato de hacer mío este consejo.

Algo extraordinario que cambió mi vida
»Pues lo que pasó en aquel momento de oración fue esto. Tuve de nuevo una imagen interior. Aparentemente nada extraordinario, pero interiormente muy extraordinario. Tan extraordinario que cambió mi vida. Era como si el Señor Jesús pasara delante de mí ... Y no sé por qué, pero reconocía que era Jesús como cuando regresaba del Jordán después de su bautismo y estaba a punto de empezar a proclamar el Reino de Dios; y pasando delante de mí, me decía: “si quieres ayudarme a proclamar el Reino de Dios, déjalo todo y sígueme”. Yo entendí inmediatamente que el Señor quería decir: “deja tu enseñanza, tu cátedra universitaria...”. Yo era incluso director de un departamento de esta Universidad, el departamento de Ciencias Religiosas. “Déjalo todo y vuélvete un simple predicador itinerante de la Palabra de Dios al estilo de tu padre Francisco de Asís”. Yo tuve miedo de no estar lo bastante decidido, porque el Señor invitaba pero parecía tener prisa. No se paraba, era como quien tiene mucho qué hacer. Y de nuevo esta experiencia de la gracia de Dios, al final de la oración encontré en mi corazón un “sí” lleno. “Señor, ¡lo dejo todo!”. La Universidad había instituido esta cátedra especialmente para mí y el Rector de la Universidad era mi maestro, mi amigo. En mi corazón había un “sí, Señor, aquí estoy”.

La obediencia salvó mi vocación
»Me fui a mi superior a Roma pidiendo el permiso para cambiar mi vida. Dejar la Universidad y ser un predicador a tiempo completo. El Superior General era un hombre que murió el pasado mes de Febrero a la edad de 91 años, un santo, un hombre de oración. Tuve la gracia de orar con él las últimas horas de su vida. De San Francisco se decía que no era un hombre que oraba era un hombre hecho oración. Y así era también mi superior.

»Este superior a quien yo ya había manifestado mi experiencia del Bautismo en el Espíritu, como buen superior prudente, me dijo: “Esperemos un año y después decidiremos”. Ésta fue la ocasión para mí de descubrir la gracia de la obediencia. Yo había tenido una inspiración clara del Señor que me pedía dedicarme a predicar. Pero ahora tenía que someter mi inspiración personal a la autoridad de mi superior, incluso cuando me decía “esperamos”. Aquí yo concebí un pequeño libro titulado “Obediencia”. Puede ser útil porque, a veces, la gente en la Renovación Carismática tiene una inspiración del Señor, se sienten llamados a hacer algo y piensan que esto es suficiente y sin pedir ningún permiso, ni al obispo, o al superior... se lanzan a llevarlo a cabo y nadie puede pararlos. Esto no es bueno, porque siempre la inspiración interior del Espíritu tiene que someterse al discernimiento objetivo de la Iglesia. El Espíritu que te habla personalmente te habla también a través de la obediencia a la autoridad que puede ser: el obispo, el superior, el párroco, el director espiritual... puede ser de diferentes clases. Éste es un criterio muy importante: no podemos actuar simplemente bajo la inspiración personal porque nunca sabremos si hemos acertado o nos hemos equivocado. Si yo hubiera dejado la Universidad simplemente bajo esta inspiración personal, nunca habría sabido si era verdaderamente la voluntad de Dios. La obediencia salvó mi vocación.

Dejar todo por el Señor
»Después de un año, no estaba para mí tan claro. ¿Qué voy a hacer ahora? Yo había pasado toda mi vida en el estudio, en la búsqueda. ¿Qué voy a hacer? Había un cierto temor. Volví entonces al superior y él con mucha decisión me dijo: “Es la voluntad de Dios. Dirán que estamos locos los dos, tu y yo; pero después de diez años tal vez entenderán”.

»El Señor me hizo un descuento. No esperó diez años, fueron menos. Me fui, hice un Retiro en una pequeña casa de capuchinos en Suiza para prepararme. Éste fue el momento en el que el Señor me habló, sobre todo a través de Pablo, en la carta a los Filipenses, cuando Pablo habla de lo que era antes: circuncidado, de la tribu de Benjamín, fariseo, irreprensible, un hombre perfecto, podía incluso ser canonizado... pero todo lo que yo consideraba una ganancia lo considero una pérdida a partir del momento cuando conocí a Jesús como Señor, y he dejado de lado todo para encontrar esta justicia que viene de la fe en Cristo y todo esto para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos.

Conocer a Jesús como persona viva
»Pero lo que me impresionó más fue precisamente la palabra más pequeña de esta frase Él. Porque cuando Pablo dice -a fin de conocerle a Él-. El pronombre personal en este momento me parecía contener más verdad sobre Jesús que todos los libros que yo había leído o escrito. Porque cuando Pablo dice Él, entiende el Jesús vivo, el Jesús en carne y hueso; no una teoría sobre Jesús o una idea abstracta. Ésta es la diferencia. Conocer a Jesús como Señor significa conocerlo como el Viviente, el que ha resucitado. No un personaje del pasado ... ¡Él !, a fin de conocerle ¡a Él!

Predicador del Papa
»Yo llevaba un mes en esta casa de retiro y me llegó una llamada de teléfono. Era mi superior general que me decía: “El Santo Padre te ha nombrado predicador de la Casa Pontificia; ¿tienes objeciones serias para renunciar?”. Yo intenté buscar objeciones serias. Pero, aparte del miedo, no encontré objeciones serias. Entonces le dije: “Padre, si esta es la voluntad de Dios, acepto ir”. Tuve que prepararme deprisa porque en un mes tenía que empezar a predicar mi primera Cuaresma al Papa. Y voy a decirles algo de este ministerio. No para hablar de mí mismo sino para hacerles conocer algo del Santo Padre. Algo que nos revela cosas muy edificantes del Papa.

La primera predicación ante el Papa
»Existe este ministerio que está otorgado a la orden capuchina que se llama el predicador de la Casa Pontificia y esto consiste en que cada viernes por la mañana, en Advierto y Cuaresma, un fraile tiene que dar una meditación al Papa, a sus secretarios, cardenales, obispos de la Curia Romana y los superiores generales de las órdenes religiosas. Son entre 60 y 100 personas. Yo empecé este ministerio y después de 23 años todavía continúo. ¡Veis la paciencia heroica del Papa! Él lleva escuchándome veintitrés años. Fue una gracia del Señor. Me di cuenta que era una providencia para hacer resonar en el corazón mismo de la Iglesia, en esos momentos de gran recogimiento, hacer resonar la gracia del Espíritu que circula en la base de la Iglesia. Y, precisamente, unas de las primeras meditaciones fue sobre el Bautismo en el Espíritu. Hablé con mucha fuerza de que ésta es una gracia para toda la Iglesia. De como es una manera de hacer del cristianismo algo vivo, de renovar la autoridad, la predicación, la liturgia, cada aspecto de la Iglesia. Y me di cuenta de que hablé de una manera muy atrevida. Incluso dije: “No tenemos que decir de los laicos, ¿qué pueden darnos a nosotros los sacerdotes y a los obispos, estos laicos? Nosotros hemos recibido la plenitud del Espíritu”. Así les hablé en aquel momento. Porque el Señor puede contestarnos: “Yo también recibí la plenitud del Espíritu en el momento de mi encarnación en María y a pesar de esto me fui al Jordán y pedí a Juan el Bautista, que era un simple laico, ser bautizado”.

»Después de la charla yo siempre me encuentro con el Papa en una salita contigua. Y yendo a encontrar al Papa, un cardenal me dijo: “hoy en esta sala hemos escuchado al Espíritu Santo que nos ha hablado”. Y se fue.

»El Papa no falta nunca, nunca. Él me edifica a mí. Pensad: el maestro de toda la Iglesia que encuentra cada mañana, a las nueve, tiempo de escuchar la meditación de un sacerdote, el último sacerdote de la Iglesia Católica.

El perdón del Papa
»A veces, saliendo de la predicación encuentro Jefes de Estado que están esperando para ser recibidos por el Papa y él está allí escuchando a un pobre fraile. Un año -creo que era 1986- faltó dos viernes porque estaba de viaje en América Central y cuando vino, se dirigió derecho hacia mí, pidiendo perdón por haber faltado a dos charlas. A veces yo digo a mis hermanos los laicos: ¿habéis ido a pedir perdón alguna vez a vuestro párroco por haber faltado a la homilía del domingo?

»Recuerdo otra pequeña anécdota. Una vez al año, en viernes santo, la homilía se tiene en la Basílica de San Pedro. Es la única ocasión en la que el Papa preside la liturgia, pero no habla. Se sienta y el predicador de la Casa Pontificia tiene que subir al altar papal y dar su homilía. Y allí está toda la Iglesia, todos los cardenales... Es un momento de gran solemnidad. Me di cuenta inmediatamente que tenía que hablar muy despacio porque el sonido en la Basílica retumbaba. Pero hablando despacio tardé diez minutos más de lo previsto en el programa. Y el responsable del horario del Papa -entonces era un obispo, después fue cardenal; ahora ya ha muerto- estaba muy nervioso y a menudo miraba su reloj, porque el Papa después tenía que presidir un Vía Crucis en el Coliseo. Yo no lo veía. Pero este obispo contó a algunas hermanas al día siguiente que después de la liturgia el Papa lo llamó y le dijo: “Cuando un hombre nos habla en el nombre de Dios, no tenemos que mirar a nuestro reloj”.

Predicar por todo el mundo
»Este ministerio de proclamar la Palabra de Dios, en la simplicidad de San Francisco y el poder del Espíritu Santo, me ha llevado por todo el mundo, por muchas naciones. Predicando retiros a los obispos. He predicado este año a todos los obispos de Irlanda. Tengo que predicar en Noviembre de este año 2002 a todos los obispos de Polonia. También en Italia daré un Retiro de sacerdotes. A menudo es la Renovación Carismática la que organiza mis viajes y ofrece la posibilidad de Retiros para el Clero y junto a esto hay un fin de semana para la Renovación.

Sacerdotes que querían abandonar su ministerio
»Queridos hermanos, es un don que la Renovación Carismática hace a la Iglesia. Hubo un Retiro en 1995, con ocasión de los quinientos años de la evangelización de América Latina. Fue un largo Retiro en Monterrey (México). Había 1.700 sacerdotes y 70 obispos de toda América Latina. Un obispo mexicano dijo: “Si la Renovación Carismática no hubiera hecho nada más que organizar estos Retiros para el Clero, habría ya sido suficiente para la Iglesia”. Muy a menudo, los sacerdotes son renovados en estos retiros. Hay una gracia especial; muchos sacerdotes que habían llegado al retiro invitados y a veces traídos por los laicos, antes de irse daban testimonio de que habían llegado decididos a abandonar el ministerio sacerdotal y ahora regresaban decididos a retomar con más entusiasmo. Era un momento de gran efusión del Espíritu. Yo estaba al lado del altar orando por los demás, y fue en esta ocasión cuando un joven sacerdote se acercó a mí, se arrodilló y muy decidido me dijo: bendígame padre, “quiero ser profeta de Dios”. Yo había hablado en la homilía precisamente de esto: que el Señor necesita profetas entre los sacerdotes. Especialmente en América Latina, necesita profetas, es decir, personas que permitan a Dios hablar. Este es el profeta. El profeta es uno que se calla. “El profeta verdadero cuando habla se calla”, decía el judío Filón. Porque en este momento no es más el que habla. Había hablado entonces de la necesidad de profetas, y vino este joven diciendo, visiblemente inspirado, “quiero ser profeta de Dios”. Percibí que hablaba en serio. Fue una gran emoción para mí. Y ahora sigo sirviendo al Señor en esta manera, proclamando la gracia del Señor, como ahora. Os voy a decir una última palabra.

Predicador a tiempo completo
»Cuando mi superior me permitió cambiar mi vida y empezaba a ser predicador a tiempo completo, en la Liturgia de las Horas -era un 10 de octubre- había un pasaje de Ageo, el profeta Ageo. En el pasaje, cuando después de haber reprochado a su pueblo de cuidar de su casa y no reconstruir el Templo, el pueblo se convierte, empieza a reconstruir el Templo de Dios, y Dios envía de nuevo al profeta Ageo, esta vez con un mensaje de consuelo. Dice ahora: “¡Ánimo, Zorobabel, id al trabajo porque estoy yo con vosotros! –oráculo del Señor-”. “¡Al trabajo, Josué, al trabajo pueblo entero del país porque estoy yo con vosotros! –dice el Señor-”.

En la plaza de san Pedro
»Después de leer este pasaje en la Liturgia de las Horas, me fui a la plaza de San Pedro. Quería orar un poco a San Pedro para bendecir mi ministerio nuevo. En la plaza de San Pedro no había nadie; era un día de octubre muy lluvioso. Como si la palabra de Dios se volviera viva, mirando hacia la ventana del Papa, empecé a gritar: ¡Ánimo, Juan Pablo II, al trabajo porque estoy yo con vosotros! Era muy fácil porque no había nadie alrededor.

»Y después de tres meses, me encontré que estaba frente al Papa, y le dije lo que había hecho bajo su ventana. Y de nuevo proclamé este pasaje de Ageo, pero no como una cita, sino como una palabra viva, en este momento, para el corazón de la Iglesia. Entonces, mirando al Papa, que estaba al lado mío, empecé a decir: ¡Ánimo, Juan Pablo II!, a pesar de que Juan Pablo II es el hombre que tiene más ánimo de toda la humanidad, pero en el Nombre del Señor, ¡ánimo Juan Pablo II, ánimo Cardenales y Obispos de la Iglesia Católica, y al trabajo porque estoy yo con vosotros.

»Y siempre cuando el Señor me envía a alguna parte del mundo, repito este mensaje de nuevo como una palabra viva, no como un recuerdo de antaño. Entonces, ahora os digo a vosotros: ¡Ánimo, ánimo sacerdotes y laicos de la Renovación Carismática de España, de la Iglesia de España, y al trabajo porque estoy yo con vosotros! –dice el Señor-. ¡Amén!».

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sábado, 23 de abril de 2011

"¡VERDADERAMENTE, ESTE ERA HIJO DE DIOS!"


P. Raniero Cantalamessa, ofm cap.
Predicación del Viernes Santo 2011 en la Basílica de San Pedro

En su pasión - escribe san Pablo a Timoteo - Jesucristo "dio buen testimonio ante Poncio Pilato" (1 Tim 6,13). Nos preguntamos: ¿testimonio de qué? No de la verdad de su vida y de su causa. Muchos han muerto, y mueren aún hoy, por una causa equivocada, creyendo que es justa. La resurrección, esta sí que da testimonio de la verdad de Cristo: Dios le "ha acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos", dirá el Apóstol en el Areópago de Atenas (Hch 17,31).
La muerte no da testimonio de la verdad, sino del amor de Cristo. Es más, ésta constituye la prueba suprema de él: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (Jn 15, 13). Se podría objetar que hay un amor más grande que dar la vida por los propios amigos, y es dar la vida por los propios enemigos. Pero esto es precisamente lo que Jesús hizo: "En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores" (Rm 5, 6-8). "Nos amó cuando éramos enemigos, para poder hacernos amigos"[1].
Una cierta "teología de la cruz" unilateral puede hacernos olvidar lo esencial. La cruz no es sólo el juicio de Dios sobre el mundo, confutación de su sabiduría y revelación de su pecado. No es el NO de Dios al mundo, sino su SÍ de amor: "La injusticia, el mal como realidad - escribe el Santo Padre en su último libro sobre Jesús - no puede ser simplemente ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, dado que los hombres no son capaces, lo haga Dios mismo - esta es la bondad incondicional de Dios"[2].
* * *
¿Pero cómo tener el valor de hablar del amor de Dios, cuando tenemos ante los ojos tantas tragedias humanas, como la catástrofe que se ha abatido sobre Japón, o las hecatombes en el mar de las últimas semanas? ¿No hay que hablar de ello? Pero quedarse del todo en silencio sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio que estamos celebrando.
Hay una verdad que proclamar fuertemente el Viernes Santo. Aquel a quien contemplamos en la cruz es Dios "en persona". Sí, es también el hombre Jesús de Nazaret, pero éste es una sola persona con el Hijo del eterno Padre. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos - el primero definido dogmáticamente en Nicea - que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta.
No se puede decir que "la pregunta de Job todavía permanece sin respuesta", o que tampoco la fe cristiana tiene una respuesta que dar al dolor humano, si de entrada se rechaza la respuesta que ésta dice tener. ¿Cómo se hace para demostrar a alguien que una cierta bebida no contiene veneno? ¡Se bebe de ella antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo. En el fondo del cáliz debe haber una perla.
El nombre de la perla lo conocemos: ¡resurrección! "Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros" (Rm 8,18), y también "Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó" (Ap 21,4).
Si la carrera por la vida terminara aquí abajo, habría de verdad que desesperarse pensando en los millones y quizás miles de millones de seres humanos que parten en desventaja, clavados por la pobreza y el subdesarrollo al punto de partida, mientras algunos pocos nadan en el lujo y no saben cómo gastar el dinero exagerado que ganan. Pero no es así. La muerte no sólo acaba con las diferencias, sino que les da la vuelta. "El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado, en la morada de los muertos, en medio de los tormentos" (cf. Lc 16, 22-23). No podemos aplicar de manera simplista este esquema a la realidad social, pero éste está allí para advertirnos de que la fe en la resurrección no deja a nadie en su vida tranquila. Nos recuerda que la máxima "vive y deja vivir" no debe nunca transformarse en la máxima "vive y deja morir".
La respuesta de la cruz no es solo para nosotros los cristianos, es para todos, porque el Hijo de Dios murió por todos. Hay en el misterio de la redención un aspecto objetivo y un aspecto subjetivo; está el hecho en sí mismo y la toma de conciencia y la respuesta de fe ante él. El primero se extiende más allá del segundo. "El Espíritu Santo - dice un texto del Vaticano II - de modo que solo Dios sabe, ofrece a cada hombre la posibilidad de ser asociado al misterio pascual" [3].
Una de las formas de asociarse al misterio pascual es precisamente el sufrimiento: "Sufrir - escribía Juan Pablo II después de su atentado y de la larga convalecencia que le siguió - significa volverse particularmente susceptibles, particularmente sensibles a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo"[4]. El sufrimiento, todo sufrimiento, pero especialmente el de los inocentes, pone en contacto de modo misterioso, "que sólo Dios conoce", con la cruz de Cristo.
* * *
¡Después de Jesús, quienes "dieron buen testimonio" y "bebieron el cáliz" son los mártires! Los relatos de su muerte se titulaban al principio "passio", pasión, como el de los sufrimientos de Jesús que acabamos de escuchar. El mundo cristiano ha vuelto a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes totalitarios ateos. No podemos pasar en silencio su testimonio. Los primeros cristianos honraban a sus mártires. Las actas de su martirio eran leídas y distribuidas entre las Iglesias con inmenso respeto. Precisamente hoy, Viernes Santo del 2011, en un gran país de Asia, los cristianos han rezado y marchado en silencio por las calles de algunas ciudades para conjurar la amenaza que pende sobre ellos.
Hay algo que distingue las actas auténticas de los mártires de las legendarias, reconstruidas al terminar las persecuciones. En las primeras, no hay casi trazas de polémica contra los perseguidores; toda la atención se concentra en el heroísmo de los mártires, no en la perversidad de los jueces y de los verdugos. Incluso san Cipriano llegó hasta ordenar a los suyos dar veinticinco monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Son discípulos de aquel que murió diciendo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". En verdad, "la sangre de Jesús habla un lenguaje distinto respecto a la de Abel (cfr Hb 12,24): no pide venganza y castigo, sino reconciliación" [5].
También el mundo se inclina ante los testigos modernos de la fe. Se explica así el inesperado éxito en Francia de la película "De dioses y hombres" que narra las vicisitudes de los siete monjes cistercienses asesinados en Tibhirine en marzo de 1996. ¿Y cómo no permanecer admirados por las palabras escritas en su testamento por el político católico Shahbaz Bhatti, asesinado por su fe el mes pasado? Su testamento es también para nosotros, sus hermanos de fe, y sería ingratitud dejarlo caer pronto en el olvido.
"Se me han propuesto - escribía - altos cargos en el Gobierno, y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso a riesgo de mi propia vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mi y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo mío y en esta batalla mía por ayudar a los necesitados, los pobres, los cristianos perseguidos de mi país, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por Él".
Parece que volvamos a escuchar al mártir Ignacio de Antioquía, cuando venía a Roma a sufrir el martirio. El silencio de las víctimas no justifica, sin embargo, la indiferencia culpable del mundo ante su suerte. "El justo desaparece y a nadie le llama la atención; los hombres de bien son arrebatados, sin que nadie comprenda que el justo es arrebatado a consecuencia de la maldad" (Is 57,1)!


* * *
Los mártires cristianos no están solos, lo hemos visto, en sufrir y morir a nuestro alrededor. ¿Qué podemos ofrecer a quien no cree, además de nuestra certeza de fe de que hay un rescate para el dolor? Podemos sufrir con el que sufre, llorar con el que llora (Rm 12,15). Antes de anunciar la resurrección y la vida, ante el luto de las hermanas de Lázaro, Jesús "se echó a llorar" (Jn 11, 35). En este momento, sufrir y llorar, en particular, con el pueblo japonés, víctima de una de las más grandes catástrofes naturales de la historia. Podemos decir a estos hermanos en humanidad que estamos admirados de su dignidad y del ejemplo de compostura y de mutua ayuda que han dado al mundo.
La globalización tiene al menos este efecto positivo: el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos, suscita la soliradidad de todos. Nos da ocasión de descubrir que somos una sola familia humana, unida en lo bueno y en lo malo. Nos ayuda a superar las barreras de raza, color y religión. Como dice el verso de un poeta italiano: "¡Hombres, paz! Sobre esta tierra de dolor demasiado grande es el misterio "[6].
Debemos sin embargo recoger también la enseñanza que hay en acontecimientos como este. Terremotos, huracanes y otras desgracias que afectan a la vez a culpables e inocentes nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario supone ofender a Dios y a los hombres. Pero son una advertencia: en este caso, la advertencia a no engañarnos con que la técnica y la ciencia bastarán para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites, pueden convertirse, precisamente ellas, lo estamos viendo, en la amenaza más grave de todas.
Hubo un terremoto también en el momento de la muerte de Cristo: "El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: '¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!'" (Mt 27,54). Pero hubo otro aún más grande en el momento de su resurrección: "De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella" (Mt 28,2). Así será siempre. A cada terremoto de muerte sucederá un terremoto de resurrección y de vida. Alguien dijo: "Ahora solo un dios puede salvarnos", "Nur noch ein Gott kann uns retten" [7]. Tenemos una garantía cierta de que lo hará porque "Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Jn 3,16).
Preparémonos para cantar con renovada convicció y agradecimiento conmovido las palabras de la liturgia: "Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venite, adoremus: venid, adoradlo.

[Traducción realizada por Inma Álvarez]
[1] S. Agustín, Comentario a la Primera Carta de Juan 9,9 (PL 35, 2051).
[2] Cf. J. Ratzinger - Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 151.
[3] Gaudium et spes, 22.
[4] Salvifici doloris, 23.
[5] J. Ratzinger - Benedicto XVI, op. cit. p.211.
[6] G. Pascoli, I due fanciulli [Los dos niños].
[7] Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, Pfullingen 1988.

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sábado, 16 de abril de 2011

PREDICADOR DEL PAPA: “UN AMOR CON HECHOS”


P. Raniero Cantalamessa
Cuarta Predicación de Cuaresma

Un amor de los hechos
La relevancia social del Evangelio

1. El ejercicio de la caridad
En la última meditación hemos aprendido de Pablo que el amore cristiano debe ser sincero; en esta última meditación aprendemos de Juan que éste debe ser también factivo: “Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1Jn 3, 16-18). Encontramos la misma enseñanza, de forma más colorista, en la Carta de Santiago: “¿De qué sirve si uno de vosotros, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: 'Id en paz, calentaos y comed', y no les da lo que necesitan para su cuerpo?” (St 2, 16).
En la comunidad primitiva de Jerusalén, esta exigencia se traduce en compartir. De los primeros cristianos se dice que “vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno” (Hch 2,45), pero lo que les empujaba a ello no era un ideal de pobreza, sino de caridad; el objetivo no era ser todos pobres, sino que no hubiese entre ellos “alguno necesitado” (Hch 4, 34). La necesidad de traducir el amor en gestos concretos de caridad no es extraña tampoco al apóstol Paolo que, como hemos visto, insiste tanto sobre el amor del corazón. Lo demuestra la importancia que da a las colectas a favor de los pobres, a las que dedica dos capítulos enteros de su segunda Carta a los Corintios (cf. 2 Cor 8-9).
La Iglesia apostólica no hace otra cosa, en esto, que recoger la enseñanza y el ejemplo del Maestro cuya compasión por los pobres, los enfermos y los hambrientos no se quedaba nunca en un sentimiento vacío, sino que siempre se traducía en ayuda concreta y que hacía de estos gestos concretos de caridad la materia del juicio final (cf. Mt 25).
Los historiadores de la Iglesia ven en este espíritu de solidaridad fraterna uno de los factores principales de la “Misión y propagación del cristianismo en los tres primeros siglos”[1]. Éste se tradujo en iniciativas – y más tarde en instituciones – adrede para el cuidado de los enfermos, el apoyo a las viudas y a los huérfanos, la ayuda a los encarcelados, comedores para los pobres, asistencia a los forasteros... De este aspecto de la caridad cristiana, en la historia y en el hoy, se ocupa la segunda parte de la encíclica del papa Benedicto XVI Deus caritas est y, de forma permanente, el Consejo Pontificio “Cor Unum”.

2. La emergencia del problema social
La época moderna, sobre todo el siglo XIX, marcó sobre ello un cambio, llevando a la escena el problema social. No basta con proveer caso por caso a las necesidades de los pobres y de los oprimidos, es necesario actuar sobre las estructuras que crean a los pobres y los oprimidos. Que se trata de un terreno nuevo, al menos en su tematización, se deduce del proprio título y de las primeras palabars de la encílica de León XIII Rerum novarum del 15 de mayo de 1891, con la que la Iglesia entra como protagonista en el debate. Vale la pena releer este inicio de la encíclica:
“Despertado el prurito revolucionario que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a derramarse desde el campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía. En efecto, los adelantos de la industria y de las artes, que caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamíento de la contienda”.
En este orden de problemas se coloca la segunda encíclica del Santo Padre Benedicto XVI sobre la caridad: Caritas in veritate. Yo no tengo ninguna competencia en esta materia y por ello me abstengo como es debido de entrar en el mérito de los contenidos de ésta como de las demás encíclicas sociales. Lo que quisiera hacer es ilustrar el contexto histórico y teológico, el llamado “Sitz im Leben”, de esta nueva forma del magisterio eclesiástico: es decir, cómo y por qué se comenzó a escribir encíclicas sociales y se escriben periódicamente otras nuevas. Esto de hecho puede ayudarnos a descubrir algo nuevo sobre el evangelio y el amor cristiano. San Gregorio Magno dice que “la Escritura crece con quienes la leen” (cum legentibus crescit)[2], es decir, muestra siempre nuevos significados según las preguntas que se le plantean, y esto se revela particularmente cierto en el presente ámbito.
La mía será una reconstrucción, como se dice, “a vuelo de pájaro”, a grandes rasgos, como se puede hacer en pocos minutos, pero las síntesis y los resúmenes tienen también su utilidad, especialmente cuando, por diversidad de ocupaciones, no se tiene la posibilidad de profundizar personalmente en un problema determinado.


En el momento en el que León XIII escribe su encíclica social, tres eran las orientaciones dominantes sobre el significado social del evangelio. Había ante todo una interpretación socialista y marxista. Marx no se había preocupado del cristianismo desde este punto de vista, pero algunos de sus seguidores inmediatos (Engels desde un punto de vista aún ideológico y Karl Kautsky desde un punto de vista histórico) trataron el problema, en el ámbito de la investigación sobre los “precursores del socialismo moderno”.
Las conclusiones a las que llegaron son las siguientes. El evangelio fue principalmente un gran anuncio social dirigido a los pobres; todo lo demás, su revestimiento religioso, es secundario, una “superestructura”. Jesús fue un gran reformador social, que quiso redimir a las clases inferiores de la miseria. Su programa prevé la igualdad de todos los hombres, la emancipación de la necesidad económica. Lo de la primitiva comunidad cristiana fue un comunismo ante litteram, de carácter aún ingenuo y no científico: un comunismo del consumo, más que de la producción de los bienes.
A continuación, la historiografía soviética del régimen rechazó esta interpretación que, según ellos, hacçia demasiadas concesiones al cristianismo. En los años 60 del siglo pasado, la interpretación revolucionaria volvió a aparecer, esta vez en clave política, con la tesis de Jesús como jefe de un movimiento “zelota” de liberación, pero tuvo una vida breve y se sale en este momento de nuestro campo. (El Santo Padre recuerda esta interpretación en su último libro sobre Jesús, hablando de la purificación del templo).
A una conclusión análoga a la marxista, pero con otra intención, había llegado Nietzsche. También para él el cristianismo había nacido como un movimiento de rescate de las clases inferiores, pero el juicio que hace sobre ello es totalmente negativo. El evangelio encarna el “resentimiento” de los débiles contra las naturalezas vigorosas; es la “inversión de todos los valores”, un cortar las alas al impulso humano hacia la grandeza. Todo lo que Jesús se proponía era diundir en el mundo, en oposición a la miseria terrena, un “reino de los cielos”.
A estas dos escuelas – concordes en la visión pero opuestas en el juicio que hacen –, se añade una tercera que podemos llamar conservadora. Según esta, Jesús no se interesó de hecho en los problemas sociales y económicos; atribuirle estos intereses sería disminuirlo, mundanizarlo. Él tomó imágenes del mundo del trabajo y se preocupó por los miserables y los pobres, pero nunca pretendió la mejora de las condiciones de vida de la gente en la vida terrena.

3. La reflexión teológica: teología liberal y dialéctica
Estas son las ideas dominantes en la cultura de la época, cuando comienza una reflexión también teológica por parte de las Iglesias cristianas sobre el problema. También esta tiene lugar en tres fases y presenta tres orientaciones: el de la teología liberal, el de la teología dialéctica y el del magisterio católico.
La primera respuesta es la de la teología liberal de finales del siglo XIX e inicios del XX, representada en este campo sobre todo por Ernst Troeltsch y Adolph von Harnack. Vale la pena detenerse un poco en las ideas de esta escuela, porque muchas conclusiones alcanzadas por ella, al menos en este campo específico, son a las que llega también, por otro camino, el magisterio social de la Iglesia, y siguen siendo actuales y compartibles.
Troeltsch discute el punto de partida de la interpretación marxista, según el cual el factor religioso es siempre secundario respecto al económico, una simple superestructura. Estudiando la ética protestante y el inicio del capitalismo, él demuestra que, si bien el factor económico influye en el religioso, es verdad también que el religioso influye en el económico. Se trata de dos ámbitos distintos, no subordinados uno al otro.
Harnack, por su parte, observa que el Evangelio no proporciona un programa social dirigido a combatir y abolir la necesidad y la pobreza, no expresa juicios sobre la organización del trabajo, y otros aspectos de la vida importantes hoy para nosotros, como el arte y la ciencia. ¡Pero menos mal, añade, que es así! Ay si hubiese hecho de forma distinta y hubiese intentado dar reglas sobre las relaciones entre las clases, las condiciones de trabajo, etc. Para ser concretas, sus reglas habrían estado fatalmente ligadas a las condiciones del mundo de entonces (como lo están muchas instituciones y preceptos sociales del Antiguo Testamento), y por tanto en seguida anacrónicas e incluso un “obstáculo inutil” para el Evangelio. La historia, también la del cristianismo, demuestra qué peligroso es ligarse a esquemas sociales e instituciones políticas de una época determinada y qué dificil es después liberarse de ellas.
“Y sin embargo, prosigue Harnack, no existe otro ejemplo de una religión que haya surgido con un verbo social tan poderoso como la religión del Evangelio. ¿Y por qué? Porque las palabras “ama a tu prójimo como a ti mismo” aquí se toman verdaderamente en serio, porque con estas palabras Jesús iluminó toda la realidad de la vida, todo el mundo del hambre y de la miseria... Al socialismo fundado sobre intereses antagónicos, quiere sustituirle un socialismo que se funda en la conciencia de una unidad espiritual…La aparentemente correcta máxima del 'libre juego de fuerzas’, del ‘vivir y dejar vivir’ – sería mejor decir: vive y deja morir – está en abierta oposición con el Evangelio”[3].
La postura del mensaje evangélico se opone, como puede verse, tanto a la reducción del evangelio al problema social y a la lucha de clases, como a la postura del liberalismo económico del libre juego de fuerzas- El teólogo evangelista se deja llevar a veces por un cierto entusiasmo: “Un espectáculo nuevo – escribe – se presentaba al mundo; hasta ahora la religión o se había atenido a las cosas del mundo, adaptándose fácilmente al statu quo, o se había ido por las nubes, poniéndose en oposición directa contra todo. Ahora en cambio se le presentaba un nuevo deber que cumplir, tener por vil la necesidad y la miseria de esta tierra, e igualmente la prosperidad terrena, aún aliviando miserias y necesidades de todo tipo; levantar la frente al cielo con la valentía que viene e la fe, y trabajar con el corazón, con la mano y con la voz por los hermanos de esta tierra”[4].
¿Qué es lo que la teología dialéctica, que sucedió a la liberal después de la primera guerra mundial, reprochaba a la anterior? Sobre todo su punto de partida, su idea del reino de los cielos. Para los liberales éste es de naturaleza esencialmente ética; es un ideal moral sublilme, que tiene como fundamentos la paternidad de Dios y el valor infinito de toda alma; para los teólogos dialécticos (K. Barth, R. Bultmann, M. Dibelius), éste es de naturaleza escatológica; es una intervención soberana y gratuita de Dios, que no se propone cambiar el mundo, sino denunciar su estructura actual (“crítica radical”), anunciar su final inminente (“escatología consecuente”), lanzando el llamamiento a la conversión (“imperativo radical”).
El carácter de actualidad del Evangelio consiste en el hecho de que “todo lo que se exige no se exige en general de todos y para todos los tiempos, sino de este hombre y quizás sólo en este momento; y se exoge no sobre la base de un principio ético, sino a causa de la situación de decisión en la que Dios le ha puesto y quizás sólo a él, ahora y aquí”[5]. La influencia del Evangelio en lo social tiene lugar a través del individuo, no a través de la comunidad o la institución eclesial.
La situación que interpela al creyente en Cristo hoy es la creada por la revolución industrial con las mutaciones que ha llevado al ritmo de la vida y del trabajo, con el consiguiente desprecio de la persona humana. Frente a ella no se dan soluciones “cristianas”, cada creyente está llamado a responder a ella bajo su propia responsabilidad, en la obediencia a la llamada que Dios le hace llegar en la situación concreta en la que vive, aunque encuentra un criterio de fondo en el precepto del amor al prójimo. No debe resignarse de forma pesimista ante las situaciones, pero tampoco hacerse ilusiones sobre un cambio del mundo.
¿Se puede hablar aún, desde esta perspectiva, de una relevancia social del evangelio? Sí, pero sólo de método, no de contenido. Me explico. Esta visión reduce el significado social del evangelio a un significado “formal”, excluyendo todo significado “real”, o de contenido. En otras palabras, el evangelio da el método, o el impulso, para una recta actitud y un recto actuar cristiano en lo social, pero nada más.
Aquí está el punto débil de esta visión. ¿Por qué atribuir a los relatos y a las parábolas evangélicas un significado solamente formal (“cómo acoger la llamada a la decisión que me viene, ahora y aquí”) y no también un significado real y ejemplar? ¿Es lícito, por ejemplo, a propósito de la parábola del rico Epulón, ignorar las indicaciones concretas y claras contenidas en él sobre el uso y abuso de la riqueza, el lujo, el desprecio del pobre, para atenerse sólo al “imperativo del ahora” que resuena a través de la parábola? ¿No es al menos extraño que Jesús pretendiera decir simplemente que allí, ante él, había que decidirse por Dios y que, para decir esto, haya montado un relato tan complejo y detallado que desviaría, en lugar de concentrar, la atención del centro de interés?
Semejante solución que descarna el mensaje de Cristo procede del presupuesto erróneo de que no hay exigencias comunes en la palabra de Dios que se plantean al rico de hoy, como se planteaban al rico – y al pobre – del tiempo de Jesús. Como si la decisión pedida por Dios fuese algo vacío y abstracto – un puro decidirse – y no un decidirse sobre algo. Todas las parábolas con trasfondo social son definidas como “parábolas del reino” y así su contenido se restringe a un único significado, el escatológico.

4. La doctrina social de la Iglesia
La doctrina social de la Iglesia católica, como siempre, busca la síntesis más que la contraposición, el método del et - et, en lugar del aut - aut. Ésta mantiene al evangelio su “doble iluminación”: la escatológica y la moral. En otras palabras: está de acuerdo con la teología dialéctica en el hecho de que el reino de Dios predicado por Cristo no es de naturaleza esencialmente ética, es decir, un ideal que saca su fuerza de la validez universal y perfección de sus principios, sino que es una iniciativa nueva y gratuita de Dios que, con Cristo, irrumpe desde lo alto.
Se aleja en cambio de la visión dialéctica en el modo de concebir la relación entre este Reino de Dios y el mundo. Entre los dos no hay solo oposición e inconciliabilidad, como no hay oposición entre la obra de la creación y la de la redención y – como hemos visto en la primera meditación – no hay oposición entre agape y eros. Jesús comparó el reino de Dios a la levadura puesta en la masa para hacerla fermentar, a la semilla arrojada en tierra, a la sal que da sabor a los alimentos; dice que no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. Esto permite ver la influencia del evangelio en lo social con una luz distinta y mucho más positiva.
Hay, sin embargo, a pesar de todas las diferencias de planteamiento, algunas conclusiones comunes que surgen de toda la reflexión teológica sobre la relación entre el evangelio y lo social. Las podemos resumir así. El evangelio no proporciona soluciones directas a los problemas sociales (¡Ay, hemos visto, si hubiese intentado hacerlo!); contiene, sin embargo, principios que se prestan a elaborar respuestas concretas a las distintas situaciones históricas. Así como las situaciones y los problemas sociales cambian según la época, el cristiano está llamado a encarnar cada vez los principios del evangelio en la situación del momento.
La aportación de las encíclicas sociales de los papas es precisamente esto. Por ello estas se suceden, retomando cada una el discurso desde el punto en que lo dejaron las anteriores (en el caso de la encíclica de Benedicto XVI, desde la Populorum progressio de Pablo VI) y lo actualizan en base a las nuevas instancias surgidas en una sociedad (en este caso, el fenómeno de la globalización) y también en base a una interrogación cada vez nueva de la palabra de Dios.
El título de la encíclica social de Benedicto XVI, Caritas in veritate”, indica cuáles son, en este caso, los fundamentos bíblicos sobre los que se pretende fundar el discurso sobre el significado social del evangelio: la caridad y la verdad. “La verdad – escribe – preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad.”[6].
La diversidad no está solo en las cosas dichas y en las soluciones propuestas, sino también en el género adoptado y en la autoridad de la propuesta. Consiste, en otras palabras, en el paso de la libre discusión teológica al magisterio, y de una intervención en lo social de naturaleza exclusivamente “individual” (como la que propone la teología dialéctica) a una intervención comunitaria, como Iglesia y no sólo como individuos.

5. Nuestra parte
Terminamos con un apunte práctico que nos interpela a todos, también a quienes entre nosotros no están llamados a actuar directamente en lo social. Hemos visto la idea que tenía Nietzsche de la relevancia social del evangelio. Éste era, para él, el fruto de una revolución, pero una revolución en negativo, una involución respecto al helenismo; era la venganza de los débiles contra los fuertes. Uno de los puntos que él más combatía era la preferencia dada al servir sobre el dominar, al hacerse pequeños sobre el querer sobresalir y aspirar a cosas grandes.
Él acusaba al cristianismo por uno de los dones más bellos que había hecho al mundo. Uno de los principios con los que el evangelio mayormente y de forma más beneficiosa influye en lo social, es precisamente el del servicio. No por casualidad éste ocupa un lugar importante en la doctrina social de la Iglesia. Jesús hizo del servicio uno de los ejes de su enseñanza, (Lc 22,25); él mismo dice haber venido para servir y no para ser servido (Mc 10,45).
El servicio es un principio universal; se aplica a cada aspecto de la vida: el Estado debería estar al servicio de los ciudadanos, el político al servicio del Estado, el médico al servicio de los enfermos, el profesor al servicio de los alumnos... Se aplica sin embargo de forma absolutamente especial a los servidores de la Iglesia. El servicio no es, en sí mismo, una virtud (en ningún catálogo de las virtudes o de los frutos del Espíritu se menciona, en el nuevo Testamento, la diakonia), sino que brota de las distintas virtudes, sobre todo de la humildad y de la caridad. Es un modo de manifestarse de ese amor que “no busca solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Fil 2,4), que da sin pretender nada a cambio.
El servicio evangélico, al revés que el del mundo, no es propio del inferior, del necesitado, sino más bien del superior, del que está puesto por encima. Jesús dice que, en su Iglesia, es sobre todo “el que gobierna” el que debe ser “como el que sirve” (Lc 22, 26), el primero debe ser “el siervo de todos” (Mc 10,44). Nos estamos preparando a la beatificación de Juan Pablo II. En su libro Don y misterio, él expresa con una fuerte imagen este significado de la autoridad en la Iglesia. Se trata de algunos versos compuestos por él en Roma en la época del concilio:
“Eres tu, Pedro. Quieres ser aquí el Pavimento
sobre el que caminan los demás... para llegar allí
adonde guías sus pasos
- como la roca sostiene el rumor de las pezuñas de un rebaño”.
Terminemos escuchando como dirigidas a nosotros ahora y aquí las palabras que Jesús dijo a sus discípulos inmediatamente después de haberles lavado los pies: “«¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado el ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo hice con vosotros” (Jn 13 12-15).
[1] A. von Harnack, Mission und Ausbreitung des Christentums in den ersten drei Jahrhunderten, Lipsia 1902.
[2] S. Gregorio Magno, Commento a Giobbe, XX,1 (CCL 143°,p.1003).
[3] A. von Harnack, Das Wesen des Christentums, Lipsia 1900. Trad. ital. L’essenza del cristianesimo, Brescia, Queriniana 1980.
[4] A. von Harnack, Il cristianesimo e la società, Mendrisio 1911, pp. 12-15.
[5] M. Dibelius, Das soziale Motiv im Neuen Testament, en Botschaft und Geschichte, Tubinga 1953, pp. 178-203.
[6] Benedicto XVI, “Caritas in veritate”, n. 5.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

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