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domingo, 11 de agosto de 2013

Vende lo que tienes… ¿Quién, cuándo, cómo?



Domingo 19. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 12, 32-48. Ni en verano descansa la Biblia, que hoy nos dice una palabra fuerte, como a la gente de la foto: Anda, vende lo que tienes (¡sí, incluso el carro!) y dáselo a los pobres, luego hablamos... Pero ¿a quién se lo dice, cómo y cuando...?

-- Lo primero es quién: ¿Deberá vender Francisco el IOR y el mismo Vaticano, Rouco su Almudena, Damasceno su gran Aparecida, yo mi hacienda o renta, tú todo lo que tienes?

-- Lo segundo es cuándo: ¿Empezamos hoy mismo, o será bueno esperar hasta mañana, calculando precios e intereses? ¿Por qué la Iglesia en su conjunto no ha cumplido este evangelio, buscando para ello rebajas, interpretaciones espiritualistas, subterfugios de diverso tipo?

-- Lo tercero es: ¿A quién, cómo y para qué? Yo puedo vender para dar a los pobres (superando así un tipo de egoísmo), pero los que compran serán normalmente unos "buitres" económicos, que se aprovecharán de mi venta por lo bajo y seguirán amontonando y así (de un modo indirecto) yo mismo contribuiré a que el mundo sea más injusto….


-- Apostilla 1: ¿Estuvo en su sano juicio Jesús cuando dijo cosas como estas? ¿No sería un simple idealista, alejado del mundo, un hombre a quien se debe admirar pero no hacer lo que dice? Por otra parte, además, podríamos pensar que él hablaba sólo de una "riqueza y pobreza espiritual, de corazón", no de bienes materiales.

Apostilla 2.¿Pero es verdad que a Jesús le interesaba la economía? ¿No deben tomarse esas cosas como pura alegoría. Además, parece que la Iglesia ha dejado de seguir a Jesús en este campo

Sea como fuere, el tema es fuerte y merece comentarse. En la imagen "convencional" de portada, Jesús quiere convencer al chico del carro, para que lo venda y regale el producto de la venta a los dos niños del fondo. La chica del asiento mira incrédula: No quiere que convenzan de nada a su "chico". ¿Logrará algo Jesús? ¿Logrará algo con nosotros? Los pobres del fondo de la imagen parecen invisibles, pero está allí. Buen fin de semana a todos.

Introducción

Éstas y otras cien preguntas quedan pendientes ante el evangelio del domingo, con su doctrina radical, con su exigencia de ruptura y de superación de una sociedad que se funda en el “tener”, para que podamos pasar a la cultura del vender para dar y compartir (para que en el futuro no se pueda ya vender nada, pues todo se comparte).

Puede ser difícil concretar algunos flecos del texto, pero el tema de fondo es muy claro. Hoy (año 2013), en los límites de este mundo viejo que se está agotando (y nos está matando), tenemos que aprender a “vender para dar”, superando un modelo de vida dominado por el miedo y la violencia (ladrones de un lado o del otro), para crear una cultura del don y del gozo compartido; de lo contrario acabaremos matándonos todos (o dejaremos el mundo en manos de compradores compulsivos, que al fin nos comprarán a nosotros mismos, vendiéndonos quizá en rebajas de muerte.

Éste no es un texto “espiritualista” que habla de cielos lejanos, sino un mensaje concreto que debe aplicarse no sólo a la gran economía y la política, sino a la misma vida de la Iglesia. Dice hoy la prensa que Francisco ha “derrocado” al Arzobispo de Yaundé (Camerún) por enriquecerse él mismo a costa de la iglesia. ¿Qué hubiera pasado si en vez de enriquecerse él mismo se hubiera enriquecido la diócesis, a costa de los pobres?
tesoro
¿Puede haber un Papa y una curia pobre con un Vaticano rico, con "buen" banco incluido? ¿Puedo yo ser buen "cristiano" siendo rico, un "buen" rico? ¿No sería mejor afirmar que este evangelio es una glosa posterior, propia de extremistas irreales, que siempre los hay?

Éstos y otros muchos temas quedan abiertos a la luz del evangelio de hoy, en el centro de la vida y del futuro del mundo y de la iglesia. Es un evangelio puro, de fe radical, de gozoso y fuerte compromiso: Vender los tesoros materiales de la Iglesia y de sus “fieles” (incluso el IOR), para que surja un nuevo corazón, compartiéndolo todos.

Texto

((Es largo y consta de varias unidades, que aquí no puedo comentar. Me limito a dos versículos centrales de la primera parte)):

Vended vuestros bienes y dadlos en limosna;
haceos unos bolsos que no se vuelvan viejos,
un tesoro en el cielo que nunca se agote,
donde no puedan acercarse los ladrones,
ni pueda roerlos la polilla.
Porque allí donde está vuestro tesoro
allí estará también vuestro corazón (Lc 12, 33-34).

Ubicar el texto. El cielo está aquí

Este pasaje (¡vender todo y buscar un tesoro para el cielo!) ha sido transmitido también y de forma quizá antigua y completa por Mt 6, 19-21. No se trata de atesorar para “el más allá” (para un tipo de Banco de Pedro en el cielo, tras la muerte), sino de atesorar ya aquí, creando así un tesoro de Reino.

Quiero destacarlo mejor. El “cielo” donde Jesús quiere que atesoremos no está sólo tras la muerte, sino que empieza siendo la comunidad concreta de los hombres y mujeres de este mundo, donde él anuncia y comienza a extender su reino. Frente a los que amontonan aquí al modo capitalista)… habla Jesús de aquellos que “amontonan también aquí”, pero de una forma humana, vendiendo y dando lo que son y tienen al servicio de los pobres. Esto es para el Jesús de Lucas (y de Mateo, de la comunidad del Q y de Marcos) algo tan evidente que no necesita comentario. Se trata de “vender para dar” (no para ganar de un modo egoísta); se trata de ponerlo todo al servicio de todos, desde los más pobres.

Ubicarlo mejor: Donde está tu tesoro está tu corazón

Ésta es la palabra clave: “Allí donde está vuestro tesoro estará también vuestro corazón”. El primer tesoro de los judíos había sido la tierra, como madre que alimenta, como cuerpo común que no se compra y vende, sino que se comparte, pues es propio de todos. Pero, en aquel momento (año 28-30 d. C.) los más ricos de Israel y Roma se estaban apoderando de todas las propiedades, convirtiendo la tierra de Dios (de todos) en mercado al servicio del Imperio lejano y de los terratenientes y administradores indígenas (cortesanos de Herodes Antipas).

Ante esa situación, Jesús fue un revolucionario campesino (=desde el campo), pero no con violencia armada (no fue líder bandolero o militar), sino de forma profética, mucho más intensa. Fue el líder radical, desde los más pobres (no almacenando riqueza, sino invirtiendo en comunión de todos). No quiso transformar la economía desde arriba, controlando los mercados imperiales, ni siquiera en Galilea. Tampoco quiso empezar organizando de un modo directo unos modelos de trabajo y propiedad (en la línea de las federaciones agrícolas del principio de Israel), sino que hizo algo anterior y más profundo: Empezó ofreciendo dignidad y fraternidad a los campesinos expulsados de su tierra.

Ciertamente, no se opuso a un cambio externo, es más, posiblemente pensó que era necesario, pero no empezó por eso: no intentó (ni pudo) realizar su proyecto de un modo militar o político, cambiando así todo en lo externo para que todo siguiera lo mismo. Al contrario, él quiso enriquecer y trasformar la vida de los galileos desde su misma humanidad, desde los pobres, cambiando su forma de pensar y sentir, de querer y de amarse (¡enriqueciendo su corazón!), para que pudieran compartir la tierra, en amor y respeto mutuo, desde Dios. Quiso crear un corazón nuevo.

Un movimiento desde los marginados

Así inició su movimiento a partir de los marginados del nuevo (des-)orden económico, con los empobrecidos por la estructura de poder de las ciudades que imponían su dominio (ley comercial y social) sobre los pobres del campo. Sin ese descubrimiento de los expulsados y negados del orden económico, a quienes él vio como hijos privilegiados de Dios, Jesús no podía hablar de Reino. Desde ellos empezó su proyecto de paz, su revolución económica. Con ellos se indignó y buscó la forma de iniciar el Reino.

En esa línea podemos presentarle como inventor de humanidad, el mayor de los descubridores sociales de la historia, el primero de todos los indignados y de los promotores de un tipo de “huelga” general, en línea de rechazo del orden establecido (¡venderlo todo y darlo…!), para iniciar así un proyecto nuevo de humanidad compartida.

Jesús no condenó a los propietarios (no quiso matarles), pero no inició básicamente con ellos su proyecto de Reino, a no ser que lo vendieran y lo dieran todo… De esa forma se puso en marcha, con los itinerantes pobres (que no tenían nada, ningún capital económico) y con aquellos propietarios ricos que lo habían dado todo…, para iniciar así una marcha de nueva humanidad, sin bancos ni tesoros materiales, con mucha humanidad.

Los dos tesoros
banco
Jesús se enfrento de esa manera con un tipo de hombres que querían conseguirlo todo (comprar todas las tierras, amontonar todos los poderes y los bienes del mundo), para tener así un tesoro en la tierra (un gran banco) y así administrarlo al servicio de sus propios intereses, es decir, de su “capital”. Eran tiempos de “nueva economía”: los capitales se estaban juntando en unas pocas manos, las tierras estaban pasando a unos pocos propietarios… Había que atesorar, para producir, para tener seguridades, para garantizar así el futuro…

Mientras tanto, los pobres estaban perdiendo su dignidad, además de sus tierras, para convertirse en puros proletarios pasivos de una economía mercantil al servicio del “tesoro”, es decir, del dinero central. Pues bien, Jesús pide a los suyos que inviertan ese esquema, que busquen una nueva economía, como indica con toda precisión el texto citado de Lucas (que corresponde al de Mt 6, 20-21, que ahora retomo (cf. también Mc 10, 21):

1. Frases negativas (falso tesoro: injusticia y violencia)

a. No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra,
b. donde la polilla y el orín corrompen,
c. y donde los ladrones excavan y roban.

2. Frases positivas (buen tesoro: justicia, comunión)

a. Más bien, acumulad para vosotros tesoros en el cielo,
b. donde ni la polilla ni el orín corrompen,
c. y donde los ladrones no excavan ni roban.

3. Conclusión

Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.

Breve comentario.Frases negativas

Hay un “tesoro de la tierra” que consiste en amontonar de un modo exclusivista, al servicio de algunos (del puro capital). Ese “tesoro” está sometido a los principios de la corrupción física (todo lo que hay en el mundo termina, todo acaba comido por le polilla y el orín). Ese tesoro suscita siempre la violencia: Donde hay unos que amontonan riquezas excitan siempre el deseo de “ladrones”.

Jesús no dice nada sobre la “razón” de esos “ladrones”, si son justos o injustos… Sólo dice que allí donde se amontonan “tesoros” (escondidos en bancos o en casas de lujo, o en pozos bajo tierra), ellos suscitan el deseo de “ladrones”. Evidentemente, los dueños de tesoros buscarán policías o soldados para defenderlos, pero será inútil; vendrán siempre nuevos ladrones, habrá una guerra infinita. Esa es para Jesús la “ley” de la riqueza de este mundo, que suscita violencia y contra-violencia sin fin, en este año 2013, cuando estamos casi al borde del colapso.

Frases positivas.

Es evidente que Jesús no está hablando de cosas del “cielo espiritual”, sino de este mundo, es decir, de una forma nueva de tener y compartir. Como vengo diciendo, “atesorar tesoros para el cielo” no es quemarlos o venderlos sin más, sino compartirlos con los pobres, de manera que los bienes del mundo se convierten en signo y realidad de comunión. Atesorar para el cielo significa “ganar amigos” con el dinero de este mundo (cf. Lc 16, 9).

Los bienes compartidos son un tesoro de vida, un tesoro de humanidad (no de oro, ni petróleo, no de capital ni de armas), un tesoro que no se pudre con el orín, ni se consume con la polilla, siendo algo que no pueden robar los ladrones. Allí donde todo se regala nadie puede venir a robarlo. En esta línea, en el fondo, para Jesús, los capitalistas que atesoran y los ladrones que quieren robar son dos formas de lo mismo.

Hoy diríamos que capitalistas y terroristas son dos formas de la misma realidad, dos maneras de resolver (sin resolver) el problemas de la riqueza.

La aplicación resulta clara: Pues donde está tu tesoro está tu corazón

Se trata de cambiar el corazón, la forma de tener los tesoros (al convertirlos en don, puro regalo), para que los hombres y mujeres puedan amarse, puedan ser corazón.

‒ En un caso, el corazón está en los bienes egoístas…, defendidos siempre con miedo de ladrones; en ese caso no se puede hablar de corazón, porque en su lugar solo hay dinero, dinero (tenido o deseado…).
‒ En otro caso está en los bienes compartidos, en el amor mutuo de los hermanos… Con este proyecto, iniciado desde los más pobres, comenzó Jesús su camino de reino, su camino de corazón. En ese camino seguimos (debemos seguir) nosotros, según el Evangelio.

Propuesta, un cambio universal

Según Jesús, la situación económica actual (año 2013) debe cambiar, a fin de que el capital y el trabajo estén al servicio del hombre, y se conviertan en signo de gracia (un don, un regalo), de manera que y así pueda surgir, por primera vez, un tipo de abundancia universal, gozosa, un tesoro compartido. Ese cambio no es fácil. Hasta ahora, en los últimos milenios y de un modo especial en los dos últimos siglos, la economía dominante ha estado marcada por el dominio del capital y el mercado, que han impuesto su dictado desde arriba sobre el conjunto de los hombres y la misma tierra, al servicio del sistema.

Del único mundo (one world), que nos precedía y engendraba, con sus signos divinos, como madre providente, hemos pasado al único mercado (one market), que nosotros mismos instauramos, como dioses pequeños, dispuestos a comprarlo y a venderlo todo, amontonando así nuestro tesoro, sometido al orín, a la polilla, a los ladrones.

Pues bien, para superar esta situación y para evitar el colapso de nuestro modelo económico (sometido al riesgo del orín-polilla y de los crecientes capitalistas/ladrones), debemos realizar una profunda inversión (cambio de rumbo), de manera que el capital se ponga al servicio de los hombres, no en línea de compra/venta, sino de regalo (vender para dar) y de comunicación personal, de manera que todos puedan participar con libertad de los tesoros de la tierra. Sólo así podrá surgir una nueva economía mundial, que no esté al servicio del Imperio (capital, mercado), sino de todos los hombres y pueblos, empezando por los pobres.

Utopía, un tesoro de corazón

Será una economía de caminos múltiples, que ha de actuar como espacio de encuentros abiertos a todos, como una red donde todos puedan introducirse, cada uno con sus peculiaridades y sus aportaciones. Debemos pasar de una estructura piramidal y jerárquica del capital, que se impone su dictado único, a una visión multipolar del trabajo (de la producción) y del mercado (de la distribución), donde cada uno pueda recibir lo que necesita y ofrecer lo que pueda, en actitud de concordia universal (cf. Hech 2, 44-45). Sólo allí donde todo se regala puede compartirse todo.

Este cambio sólo puede hacerse desde abajo, no desde el capital (pues capital y mercado, en su forma actual, tienden a dominarlo todo). En contra del capital/mercado actual ha de surgir un modelo de trabajos e intercambios múltiples, unidos entre sí, creando interconexiones gratuitas, al servicio de todos, de manera que, conforme a su variante etimológica, el mercado no será institución de compra/venta, sino espacio de comunicación gratuita (sería merced, mercy).

El modelo actual de mercado pone en riesgo la vida de los hombres y mujeres, sometiendo a su dictado a todos los pueblos y personas. En contra de eso, un modelo de centros múltiples, guiado por el gozo de la producción y la comunicación abierta (gratuita), hará posible el surgimiento de una sociedad de interacciones múltiples. Para ello debe cambiar este sistema y eso sólo puede hacerse subiendo nivel, en el plano del venderlo y regalarlo todo, para que después nada se pueda ya comprar ni vender, porque todo debe compartirse.

Eso es lo que nos pide Jesús este domingo: “no atesoréis como antes…” (este tipo de atesoramiento desde el capital está destruyendo la humanidad)…, “atesorad de otra forma, dando todo”. Así debe proclamar la Iglesia que, hasta ahora, en los últimos siglos, ha estado casi siempre al servicio de una economía clasista (de la vieja nobleza y/o de la nueva burguesía) o de un capitalismo anticristiano. Largo camino deja abierto este evangelio.

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viernes, 31 de mayo de 2013

Corpus Christi: Cristianismo, religión del cuerpo

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Domingo del Corpus. Ciclo C. 1 Cor 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17. Se ha dicho que el cristianismo es un “platonismo para el pueblo”, religión del espíritu en contra de la carne, dictadura del Poder Sagrado. Si es así (y así ha podido ser), eso va en contra de la primera inspiración de Jesús y de la Iglesia, que han proclamado y siguen proclamando una religión del “cuerpo”, es decir, del Dios Encarnado en la historia (en la carne) de los hombres.
Así lo proclama esta fiesta, culminación de las fiestas del ciclo litúrgico latino, que viene después del Adviento y Navidad, de la Cuaresma y la Pascua, con el Día del Espíritu Santo y de la Trinidad. Es la fiesta que reasume todas y las condensa en la “carne” del Cuerpo de Jesús., como seguiré indicando.
Feliz día del Corpus a todos. Quizá alguno puede aprovechar las reflexiones y esquemas que siguen, que valen más para orientas que para definir lo que significa en plenitud el Cuerpo de Cristo.

Imagen Clásica del Corpus:
La Trinidad arriba,la Iglesia abajo,
Cristo Eucaristía lo condensa todo.
Dejo la explicación para los entendidos.

1. PRINCIPIO, SIETE DIMENSIONES DEL CUERPO DE CRISTO


Esquema introductorio, que explica los sentidos y dimensiones de cuerpo, que es la "carne" histórica de Jesús, hecha principio teológico supremo. Si Dios se ha hecho carne (Jn 1, 14), la carne es la exégesis de Dios:

1. El Cuerpo de Cristo es la Eucaristía, el Pan de Jesús, compartido en memoria y como signo (presencia) de su muerte. El primer signo es el pan que se come y comparte, como Jesús.

2. El Cuerpo de Cristo es la Iglesia, el cuerpo mesiánico (místico, realísimo) de Jesús, la comunidad de los que acogen su palabra y siguen su camino.

3. Ésta es la fiesta del Cuerpo Histórico y Humano de Jesús, cuerpo gozoso y sufriente, amado por muchos y muchas, rechazado, crucificado, muerto y resucitado.

4. Ésta es la fiesta del Gran Cuerpo de Cristo, que es la Humanidad Entera, como sabían los Padres de la Iglesia, que hablaron de la humanidad (de la Especie o Esencia humana) como Cuerpo Total en el que el Hijo de Dios se ha encarnado.

5. Cuerpo Sufriente y Realísimo de Cristo son en especial todos los sufren con él en el mundo, los enfermos y hambrientos, los rechazados y encarcelas, los pobres… Ellos son la humanidad sangra del Cristo de Dios.

6. Cuerpo de Cristo sigue siendo el Pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, todo pan que alimenta y se comparte, en fraternidad, al servicio de los que tienen hambre. En ese pan está el trabajo hecho vida, está la tierra, madre de la vida, en contra de toda conversión del mundo en Mamona

7. Cuerpo de Cristo es, en fin, de un modo singular, el mundo entero, creado por Dios para que en él ser encarne y habite su Hijo.

El Espíritu no está fuera del cuerpo, sino que es la misma hondura del Cuerpo múltiple de Cristo, que es su humanidad caminante.

2. PROFUNDIZACIÓN. UN CUERPO HECHO DE PAN

El signo supremo de Jesús ha sido al fin de su vida el pan… el pan de la creación de Dios y del trabajo humano, el pan que se comparte. La eucaristía nos lleva a la historia de Jesús, tal como ha sido entendida y ratificada por la Iglesia, que ha puesto en su centro estas palabras de Jesús ante el pan (cuando se entrega), diciendo: ¡Esto es mi cuerpo!

– El signo es el pan compartido. No el alimento de las purificaciones y los ázimos rituales (que comen separados los buenos judíos), sino el pan de cada día, al que alude el Padrenuestro: la comida que se ofrece a los pobres, se comparte con los pecadores y se expande en forma universal. Este es su signo: todo lo que ha dicho, todo lo que ha hecho se condensa y expresa en forma de alimento que sustenta y vincula a los humanos. Sin justicia social y comunicación económica no existe de verdad eucaristía.

– El pan suscita y crea Cuerpo... Jesús no anuncia una verdad abstracta, separada de la vida, una pura ley social, principio religioso... Al contrario, Jesús, mesías de Dios, es cuerpo, esto es, vida expandida, sentida, compartida. El evangelio nos sitúa de esta forma en el nivel de la corporalidad cercana, que la mujer del vaso de alabastro expresaba en forma de perfume y que Jesús ofrece como pan (comida). Sin comunión personal (de cuerpo y sangre) no existe eucaristía.

– El pan hecho Cuerpo expresa la vida mesiánica, que se da y acoge, se goza y comparte, en comida de justicia y fiesta. La expresión paulina y lucana interpreta y restringe de algún modo esa experiencia al calificar el cuerpo en términos de donación sacrificial. Así pasamos del pan que era regalo (dado) al que es ofrenda (entregado por vosotros), conforme a la tradición litúrgica posterior.

‒ El pan de Jesús es cuerpo, identidad y comunión, individualidad y comunicación, la vida entera alimentada por el pan. La antropología de Jesús no es dualista, en el sentido posterior, que separaba cuerpo (que se debe al rey) y alma (que es de Dios), según el drama hispano del siglo XVII. En esa línea de dualismo se sitúan algunos pasaje del evangelio como aquel que dice “no temáis a los que pueden matar el cuerpo, sino a quien puede mandar cuerpo y alma a la gehena” (cf. Mt 10, 28). Pero aquí, en esta fiesta del pan de Jesús, cuerpo no es aquello que se opone al alma, exterioridad de la persona, sino persona y vida entera.

‒ Este Cuerpo de Cristo es el mismo ser humano en cuanto comunicación y crecimiento, exigencia de comida y posibilidad de muerte: fragilidad y grandeza de alguien que puede enfrentarse a los demás, en violencia homicida, para defender su identidad individual o social, pero que puede regalar también su vida a los demás, creando así un cuerpo más alto (comunión) con ellos.

La verdad eucarística.

Ese cuerpo del Cristo, celebrado en la eucaristía, encarnado por la iglesia, nos conduce del don de la madre primera que se entrega a sí mismo al servicio de la vida (cuerpo ofrecido a los demás en proceso de generación y muerte), al don eterno del novio y de la novia del final del Apocalipsis, esto es, a la vida eterna, entendida y gozada como visión mutua, entrega ya definitiva de la vida,cuerpo regalado y compartido, sin más nacimiento ni muerte, pues todo está nacido para siempre. Por eso, la verdad total del pan eucarístico se cumplirá (será ratificada) sólo por la pascua.

Lógicamente, las palabras de la institución, dichas de esta u otra forma en el momento de la Cena (esto es mi cuerpo, ésta es mi sangrre), sólo alcanzan su verdad cuando Jesús ofrece su vida entera y el Dios Padre la acepta en amor, en la resurrección,. Así el mismo Dios que en el principio obraba como Padre/Madre, pro-motor de vida, vendrá a mostrarse al fin como fuente y sentido del amor por siempre enamorado (cf. Ap 22, 1). Al final ya no habrá padre ni madre en sentido ma/paternalista, sino un Dios que es todo en todos, amor ya realizado, cuerpo que vincula en eucaristía de gozo perdurable (sin muerte) a todos los humanos (cf. 1 Cor 15, 28).

3. APLICACIÓN, OCHO FORMAS DE PRESENCIA EUCARÍSTICA DE CRISTO

1. Está presente en la celebración, es decir en el rito, realizado en nombre de Jesús, por los representantes de la comunidad (obispos, presbíteros, celebrantes). El rito es presencia actuante, y en ella se incluye el “mito”, es decir, la narración que evoca el sentido de esa presencia. Un rito que no hace presente aquello que evoca está muerto… Un rito no se puede razonar, demostrar. Si se razona y explica no es rito, es otra cosa. Desde el principio de la humanidad existen ritos de diverso tipo, especialmente sacrificios en los que expresa lo sagrado (sacrum-fácere), en los que se hace presente Dios. Dios no es alguien a quien se demuestra, sino alguien a quien se hace presente, al evocarle y al llamarle, en gestos (ritos).

2. Está presente en la palabra, de llamada, de diálogo y consuelo, y de revelación, es decir, en eso que se ha llamado desde el antiguo el "logos-dabar": Es decir, la palabra que hace presente lo que dice. La verdadera palabra no deja lo dicho fuera, lejos, sino que lo acerca, lo hace presente. Ésta es la novedad cristiana: Jesús se atreve a hablar y habla en nombre de Dios, al prometer y al curar, al anunciar el Reino y al ir regalando su vida al servicio del Reino. Es él quien puede decir y dice esto es mi cuerpo y así nos lo regala, como nosotros debemos regalar nuestro cuerpo y darlo y compartirlo en amor.

3. El Dios de Jesús está presente en la Palabra de la comunidad, es decir, en la Palabra activa que asume el recuerdo de Jesús y que se compromete a vivir conforme a ese recuerdo. En ese sentido, los creyentes reunidos pueden asumir y asumen la palabra de Jesús, hablando en su nombre, diciendo su nombre “esto es mi cuerpo”. La comunidad de los creyentes “dice” por tanto la palabra de Dios, es Dios hecho palabra, es decir comunicación… Esa misma palabra (memorial: Esto es mi cuerpo) es la presencia, como certeza, como llamada, como participación. El mismo gesto (rito) de la comunidad que se reúne, que recuerda a Jesús, dice su Palabra, y toma en nombre el pan y el vino es Presencia de Dios. La presencia más honda en esta línea es el rito (es decir, la celebración), centrado en el pan y el vino… como signo del recuerdo-presencia de Jesús.

4. Está presente en el pan y el vino consagrados, es decir, en las “especies eucarísticas”, que son dos signos básicos de la vida humana, vinculados a la comida compartía y la fiesta, en el ámbito mediterráneo en el que vivió Jesús y nació el cristianismo. La disputa teológica medieval y posterior sobre la Eucaristía (de la que hablaré mañana o pasado) se ha centrado en estos signos, insistiendo en la necesidad de que el pan sea pan y el vino sea vino… distinguiendo accidentes, substancia y transubstanciación, ha sido y es muy importante, pero no puede monopolizar el tema. Esa presencia “en las especies sacramentales” resulta esencial, pero no se puede separar de las otras presencias.

5. Jesús es pan de Dios y es vida está presente en los pobres y necesitados, en la línea de Mt 25, 31-46… y de las multiplicaciones (alimentaciones) de los evangelios. No se puede hablar de presencia en el rito y la palabra, en la celebración y en la comunidad… si no se pone de relieve la especial presencia de Cristo en los necesitados y los pobres, con los que hace el camino de la vida, en búsqueda de Reino. Si la comida no es comida abierta a los pobres no puede ser comida eucarística.

6. Está presente en los “viatores”, es decir, en los caminantes de la vida. En ese sentido, la Eucaristía es Viático, para el camino de la Vida, para la Resurrección. En esa línea, desde el principio (ya en san Pablo) la eucaristía está vinculada de un modo especial con los enfermos, y aparece como garantía de vida, en este mundo y sobre todo en la culminación del Reino. En ese sentido (repito), le Eucaristía es viático, es pan de camino, es gesto de entrega hasta la muerte.

7. Cristo está presente en el conjunto de la Iglesia y de un modo especial en los que ayudan a los pobres, en los que dan de comer..., La Eucaristía ratifica este compromiso de presencia y transformación humana, para que crezca el Cuerpo de Cristo… Está presente en la comunidad que se ama, es decir, que comparte la vida (allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, estoy yo….; en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros). En ese sentido, la Eucaristía es el alma de la Iglesia, la forma de presencia de Cristo en la comunidad de sus discípulos y seguidores y, por ellos, en la humanidad entera, que es cuerpo del Mesías.

8. De un modo particular (distinto), Cristo está presente en los espacios de culto, en el mismo templo, en el sagrario que es la expresión de lo sagrado. Ciertamente, Cristo no está ni en Jerusalén ni en el Garizim de forma cerrada... Está en el universo entero que es su cuerpo, en toda la humanidad, en todos los lugares... Pero se puede hablar de lugares especiales donde se ha condensado su presencia, porque allí oran y se encuentran los hombres y mujeres que le invocan.

4. LAS TRES CLAVES. EUCARISTÍA, EPICLESIS, ANÁMNESIS.

Conforme a esta experiencia de Jesús y de sus seguidores, la Iglesia cristiana se configura como vinculación concreta de personas que comen y beben, recordando a Jesús. Ciertamente, la Iglesia tiene otros rasgos (es comunidad de fe y de oración). Pero el más importante de ellos, el que define todos los restantes, es el que está vinculado a la comida. Los cristianos son iglesia porque comen juntos. En este contexto se sitúan las tres palabras fundamentales de la liturgia del Cuerpo de Cristo:

a. Eucaristía.

Significa acción de gracias y esto es lo que proclama el celebrante principal en el momento más solemne del prefacio: situado ante el misterio de Dios, que aparece de forma generosa en los dones del pan y del vino, en nombre de todos los celebrantes, eleva la voz presentando ante Dios una fuerte acción de gracias, reasumiendo las palabras del Gloria: te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias.

Dios ha creado al hombre gratis, como madre generosa que regala a su hijo lo mejor que tiene y puede; no le debemos nada, pero es bello que le agradezcamos su regalo. Gratis nos ha regalado Dios la vida; nada puede ya exigirnos por ella. En contra de todas las teorías contractuales que imponen al humano el deber de agradecer a Dios sus dones (de servirle), la eucaristía muestra que no tenemos ninguna obligación de hacerlo. Gratuitamente nos ha dado Dios lo que somos; de igual manera podemos y debemos (si queremos) responderle, con el pan y vino de Jesús, haciendo que resuene en nuestra voz la voz de toda la creación. De esa forma, el Dios de la eucaristía se muestra Padre/Madre en el principio, centro y el fin de su camino.

De esa forma, después de habernos dado lo que es y lo que tiene, queda frágil e indefenso en nuestras manos, esperando una respuesta de amor, sin poderla imponer, sin imponerse jamás sobre nosotros. De esa forma, siendo Padre/Padre y fundamento de Vida en nuestra vida, se vuelve Amigo, presencia enamorada (cf. Ap 21-22).

b. Memorial o recuerdo de Jesús (Anámnesis).

Los diversos ritos recuerdan y actualizan un misterio anterior, algo que sucedió al principio de los tiempos (mito pagano) o en el momento histórico concreto de la fundación de un movimiento religioso (aquí en la Cena de Jesús, que se actualiza por la Eucaristía).

En ese sentido, la Eucaristía es recuerdo y presencia de la historia de Jesús, Hijo de Dios, el Hombre plenamente realizado (Hijo del humano). Por eso, al celebrarla los cristianos retornan a las raíces mesiánicas y aprenden el oficio gozoso de ser hombre y /o mujer, en el rito liberador y enamorado de darnos mutuamente el pan, compartir el cuerpo y regalarnos la vida (sangre) unos a otros, en camino de resurrección. Éste es el único oficio, la tarea gozosa y salvadora de la historia: aprender a ser (hacerse) humanos en plenitud, con el mismo Dios que por Jesús ha venido a convertirse en compañero de sus fieles, entregándoles su vida (cuerpo, sangre).

Recordar significa repetir y actualizar, no por obligación, como si nada hubiera pasado desde entonces, sino en libertad creadora. La iglesia no puede limitarse a copiar lo que hizo Jesús, sino que ha de hacerse ella misma Jesús (=comunidad mesiánica), actualizando en la historia actual la fiesta mesiánica del pan compartido y la sangre entregada, en camino de resurrección.

3. Epíclesis o invocación del Espíritu Santo.

Desde el origen de los tiempos llegan las grandes invocaciones, llamadas sacrales, dirigidas a los dioses o genios protectores de la vida. Pues bien, la Eucaristía es invocación dirigida al Espíritu de Dios, para que exprese y realice su obra, por Jesús, en esta misma historia. Reunidos en su nombre, los cristianos pueden invocarle confiados, sabiendo que su fuerza les alienta, que su vida les sostiene.

Por dos veces, en el centro de la gran Oración Eucarística, los fieles invocan al Espíritu Santo: para que actúe sobre los dones ofrecidos (pan y vino), convirtiéndolos en cuerpo de Cristo; para que venga sobre los fieles, de forma que ellos mismos sean en su plenitud Cuerpo mesiánico y puedan mantenerse en unidad, dando la sangre (vida) unos por otros.

De esa forma, la eucaristía aparece al fin en como aquello que ha sido siempre: la forma primordial de la oración humana; la misma vida concebida y realizada a modo de oración, ante los dones compartidos, en agradecimiento a Dios, en recuerdo de Jesús. De esa manera se supera la distancia que se había establecido entre Dios y los humanos. Sin dejar de ser divino, Dios se ha vuelto, por Jesús, la Vida de la vida humana, en el pan y vino de la fraternidad, en el camino de la sangre derramada en favor de los demás. Aquí se expresa Dios, aquí se manifiesta la verdad del ser humano, como eucaristía y resurrección en Cristo, por medio del Espíritu

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domingo, 5 de mayo de 2013

NO REDUCIRNOS: VI Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29) - Ciclo C

En su "testamento espiritual" (tal como lo recogen los capítulos 13-17 del cuarto evangelio), Jesús afirma que se va al Padre y que el Padre es más que él.
Ambas afirmaciones, al igual que otras que aparecen en este evangelio, solo las comprendemos en profundidad cuando advertimos que Jesús –como todos los místicos y sabios- se ve "obligado" a hablar en un "doble nivel": el nivel profundo o absoluto, del eterno presente, y el nivel histórico o de las formas.
En el primero, Jesús sabe que no hay tiempo ni espacio, del mismo modo que no hay separación: en ese nivel, todo es Uno ("el Padre y yo somos uno"); Jesús "vuelve al Padre", del que, ciertamente, nunca había "salido".

Pero, en el mundo de las formas, no tenemos otro modo de expresarnos sino temporal y espacialmente. No puede ser de otra manera. La clave está en no reducirnos nunca a las formas, olvidando el nivel profundo, que contiene la verdad de lo que es y lo que somos.


En el mundo de las formas, hay tristeza (y si nos reducimos a él, no nos alegramos de que se vaya al Padre), hay inquietud (y si nos reducimos a él no podemos recibir la paz que Jesús nos da), hay también odio (y si nos reducimos a él, no podremos amar)...

La sabiduría nos llama a salir del riesgo de la reducción, para no constreñirnos ni negar lo que somos de fondo.

Cuando no nos reducimos, podemos mirar todo con confianza, porque reconocemos que todos los sucesos tienen un Sentido; que cada situación, por incomprensible que nos parezca, constituye un paso en el despliegue de Lo que es y en el retorno a la Unidad.

Y, como Jesús, somos capaces de mirar confiadamente también el "paso" de la muerte. Porque somos conscientes, como él, que lo que realmente somos nunca muere.

Así lo expresaba, en el siglo XIII, el Maestro Eckhart, uno de los grandes místicos cristianos, desgraciadamente olvidado: "Soy causa de mí mismo en cuanto a mi ser que es eterno, y no en cuanto a mi devenir que es temporal. Y por eso soy un no nacido y según mi carácter de no nacido no podré morir jamás. Según mi carácter de no nacido he sido eternamente y soy ahora y habré de ser eternamente".

Y dentro de la tradición hindú, Ramana Maharshi, pocos días antes de morir, decía: "No me voy; ¿a dónde podría ir?; estoy aquí; ni siquiera «estaré aquí», sino «estoy aquí», porque en realidad no hay cambio, no hay tiempo, no hay diferencia de pasado y futuro, nada va a ningún sitio ni viene de ningún sitio, no hay partida, solo el eterno Ahora que envuelve la totalidad del tiempo, el universal y sin espacio Aquí. ¿Por qué investigar, pues, qué hay más allá de la muerte?; indaguemos más bien quiénes somos realmente aquí y ahora y, entonces sí, descubriremos la respuesta real a todas nuestras dudas".

Como dice Ramana, siempre somos conducidos a la única cuestión que realmente importa: ¿quién soy yo?

Las respuestas de la filosofía y de la psicología –no digamos la de la ciencia positivista- se han quedado cortas, al reducir al ser humano a una estructura psicosomática. Incluso los psicólogos y psiquiatras que han empezado a trabajar con mindfulness lo usan, en general –aunque hay alguna excepción-, como una herramienta terapéutica, sin dar el paso que les llevaría a dar una respuesta diferente a la pregunta sobre qué es el ser humano.

No somos solo un organismo cuerpo-mente. Somos Eso que observa y no puede ser observado, la Consciencia pura, ilimitada y atemporal, el Yo Soy universal..., tal como vemos que se reconoció el propio Jesús.

Cuando nos reconocemos ahí, es cuando podemos recibir la paz de la que habla Jesús; no solo eso: descubrimos que somos Paz. No es la "paz del mundo", que siempre será oscilante e impermanente –en el mundo de las formas, no puede existir la paz sin el conflicto- sino la Paz que abraza tanto situaciones de paz como situaciones de alteración.

Es la Paz no-dual, que hace que, pase lo que pase, nuestro corazón "no tiemble ni se acobarde", porque está anclado, como Jesús, en lo que realmente somos.

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

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domingo, 28 de abril de 2013

Pascua de Dios. (1) Que os améis unos a otros

Domingo 5º de Pascua, mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

-- Pensaban muchos que la Pascua de Dios resolvería las cosas desde fuera (por milagro externo), pero externamente las cosas han quedado como estaban, Roma en Roma, Antipas intrigando, en Galilea, el templo viejo sobre la colina-
-- Y, sin embargo, todo es diferente: Los seguidores de Jesús han descubierto que pueden (que deben), que ellos mismos son pascua, porque Dios es Pascua, paso de amor.
De aquí derivan los mandamientos (experiencias, exigencias) de amor que el evangelio de Dios ha puesto de relieve y que iré destacando en días sucesivos:
a. Pascua es que los hombres se puedan amar unos a otros, porque saben que Dios es amor, que ellos mismos son Pascua de Dios al amarse (tema de hoy).
b. Pascua es que os améis como yo os he amado, dice Jesús... El amor de Jesús es la Pascua de Dios para los cristianos, como veré el próximo día.
c. Pascua es finalmente que podáis amar al otro, que améis a los enemigos... Así seguiré indicando, en estos días finales de pascua del año 2013. Buen domingo a todos.


Introducción: Que os améis unos a otros

‒ Éste es el mandamiento de la revelación de Dios, que ama a los hombres y les pide que amen. Como él les ama y cuida (haciéndose vida de todos), así deben ellos amarse unos a otros, expresando su condición de creaturas, siendo imagen de Dios, su Creador.

‒ Éste es el mandamiento de la vida de Jesús, que abre a los hombres un camino con su ejemplo de amor, diciendo que se amen unos a otros como él les ha amado (porque su Dios es amor)… De esa forma ha sido redentor (amando y regalándonos su vida), y quiere que los hombres se amen, siendo los unos redentores y amigos de los otros.

‒ Éste es el mandamiento de la vida humana, el único “imperativo” que brota del mismo corazón de Dios, del corazón del mundo: Amaos unos a los otros, varones y mujeres, mayores y niños, judíos y hebreos, de todas las razas y condiciones, no para seguir siendo como eran, sino para ser en comunión.

‒ Éste es el mandamiento de la nueva humanidad de Dios, es decir, de la nueva "gracia de la vida humana", un mandamiento cristiano precisamente por ser humano. Es la revelación de la esencia del hombre.

-- Éste es el único mandamiento pascual, la verdadera "visión" de Jesús resucitado, los diez mandamientos en uno: que os améis, como ama Dios, como Jesús nos ha amado; que nos amemos para ser así personas.


Ésta es las única "ley", todas las leyes en una, por encima de todos los mandatos, la gracia de la vida, pues todo se resume en esto. Amar a Dios y amar al prójimo es amarse los unos a los otros, porque esto es Dios (amor) y porque esto ha sido Jesús.

Hoy me limitaré a citar el texto del domingo (del evangelio de Juan… ) y lo comentaré con 1 Jn, que explica y define el sentido de ese mandamiento. En días sucesivos hablaré del amor de Jesús (como yo os he amado) y del amor cristianos... (así vosotros, amaos...).

Texto 1: Un mandamiento nuevo, el evangelio del domingo (Jn 13, 31-33a. 34-35)

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
"Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.
Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros."

Texto 2: Dios es amor. Explicación teológica (1 Jn 4, 7-21)

La primera carta de Juan (1 Jn) ha relacionado de manera muy intensa el amor mutuo (amor interhumano) con el ser de Dios, entendido como amor y de esa forma ha comentado el mandamiento del amor.

Parece que en un determinado momento la comunidad de Juan (es decir, del Discípulo Amado) había sufrido el riesgo del exclusivismo, cerrándose en un tipo de amor puramente interior, entre los miembros del grupo. Pero, más tarde, esa comunidad se ha integrado en la Gran Iglesia, ofreciendo su experiencia y exigencia de amor no sólo a su grupo de "amigos", sino a todos los cristianos y, en sentido más amplio, sino a todos los hombres y mujeres, entendidos desde Cristo como hermanos y amigos:

[a. A Dios nadie le ha visto].
Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

[b. Hemos conocido y creído. Confesión cristológica].
En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él.

[b’ Dios es amor. Confesión teológica].
Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

[a’. Conclusión y mandamiento].
Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 7-21).

COMENTARIO BÁSICO

He dividido el texto en cuatro partes, que voy a comentar.
-- Entre la primera (a) y la última (a’) hay una relación interna: ambas insisten en que Dios nos ha amado primero y vinculan amor a Dios y al prójimo, empleando el argumento de la visibilidad: nadie ha visto a Dios, pero su presencia se ilumina en el amor al prójimo a quien vemos.
-- Las partes intermedias (b y b’) son de tipo más teórico/temático: una vincula el amor con Cristo, la otra con Dios.

a. A Dios nadie le ha visto ¡Amémonos unos a otros! (1 Jn 4,7-12).

Hemos puesto como título las palabras del final de este pasaje (“a Dios nadie le ha visto…”) donde se retoma y replantea, desde el amor, el argumento básico de Jn 1, 18: “a Dios nadie le ha visto jamás; el Dios único que está en el seno del Padre, ése nos lo ha manifestado”. Aquí se refleja un tema central del Antiguo Testamento, que dice: “no te fabricarás escultura, imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra o en los mares por debajo de la tierra” (Dt 5, 8; Ex 20, 4).

En el hueco que deja la invisibilidad de Dios emerge la Palabra: no vemos a Dios, pero le escuchamos y podemos cumplir sus mandamientos amando a los hombres.... Pues bien, dando un paso más, el mismo Antiguo Testamento sabe que no se pueden hacer imágenes de Dios, porque su imagen y presencia son hombres y mujeres: Dios creó al hombre; a su imagen y semejanza lo creó; varón y mujer los creó… (Gen 1, 26-27).

No se pueden hacer imágenes de Dios porque el ser humano es imagen: sacramento de Dios sobre la tierra. Ésta es la experiencia que está al fondo de nuestro pasaje: el Dios invisible se revela en el amor entre los hombres. Algunos judíos legalistas han tendido a identificar la presencia del Dios ausente con su Ley propia de pueblo separado. Algunos cristianos sacralistas han tendido a identificar al Dios ausente con ciertos ritos sacramentales o con posibles pertenencias eclesiales. Pues bien, nuestro pasaje identifica la presencia de Dios con el amor:

1. Conocer a Dios es amarnos (1 Jn 4, 7-8). Recogiendo una tradición ilustrada, Feuerbach, identifica Dios y amor, pero lo hace en forma excluyente: no hay un Dios en sí, lo divino es sólo amor humano (La esencia del cristianismo). Es evidente que nuestro pasaje no polemiza contra Feuerbach, entre otras cosas porque es muy anterior. Pero, de una forma implícita, supera y refuta su postura: sabe que no existe Dios fuera del amor; pero añade que el Amor no es invento humano, sino el mismo “ser” de Dios, como origen y sentido de todo lo que existe. Por eso, el texto pide que nos amemos no para crear el amor, sino para reconocer nuestro origen, pues del amor (que es Dios) hemos nacido. Ésta es la experiencia original cristiana.

2. Revelación del amor (1 Jn 4, 9). Feuerbach diría que nosotros revelamos (desplegamos, inventamos) el amor, al desplegar nuestro ser y realizarnos como humanos. Pues bien, sin negar la verdad parcial de esa postura, nuestro texto afirma que el amor es gracia antecedente: no lo hemos inventado nosotros; nos lo ha dado Dios por medio de su Hijo. La historia del amor nos precede y fundamenta. No venimos de un acaso, no estamos obligamos a imponer un ritmo de amor (perdón, justicia) sobre un mundo previamente informe, irracional, mezquino. Del amor nacemos. Por eso, nuestra acción de amar ha de entenderse como fidelidad a nuestro propio origen, expresión de nuestra esencia antecedente.

3. Esencia del amor (1 Jn 4, 10). En esto consiste el amor (en toutô estin hê ágapè). El amor no es algo que hacemos a ciegas, dejando que actúe la naturaleza; ni es algo que logramos conquistar con nuestro esfuerzo como Prometeos que roban a los dioses celosos el fuego de la vida... No es tampoco una experiencia de nostalgia ante el fracaso de las cosas, ni equilibrio cósmico que acaba encerrándonos en medio de la trama de los astros. El amor es gracia que siempre nos precede: no lo hacemos, no debemos conquistarlo ni crearlo; nos lo ofrecen en regalo.

Sólo quien haya descubierto en su experiencia esta prioridad del amor puede hablar de lo divino. Pero el amor no sólo nos precede sino que, al mismo tiempo, nos rescata, nos redime, como dice el texto utilizando una palabra clave de la tradición sacrificial del Antiguo Testamento: Dios ha enviado a su Hijo como propiciación (hilasmon) por nuestros pecados. Ya no es necesario un rito de chivos emisarios (Lev 16), no hacen falta sacerdotes especiales, ni sacrificios rituales. El mismo amor del Hijo, en gratuidad y entrega de sí mismo, nos redime del pecado. Esta es la esencia del amor fuerte, que puede cambiar nuestra vida: en amor surgimos; del amor renacemos, superando así el pecado y la muerte (1 Jn 4,7).

4. Conclusión: amar al prójimo es amar a Dios (1 Jn 4, 11-12). El amor al prójimo es consecuencia y visibilización del amor de Dios. Sólo en este contexto emerge la palabra clave de mandato: opheilomen, debemos amarnos unos a otros. El mandato (entendido como imperativo) es la base de la ética kantiana: el ser humano surge allí donde se escucha una palabra que le dice debes . Pues bien, aquí ese debes se traduce en forma de debemos (en plural compartido) y se entiende como respuesta a un amor antecedente. Al principio no esté un “debes” sino un “vive”: has nacido del amor, en amor has podido ir desplegando tu existencia. Por eso es importante que escuches. Sólo después se te dice, se nos dice debemos: sólo porque nos han llamado podemos responder, sólo porque nos han amado podemos amar, es decir, amarnos.

b. ¡Hemos conocido y creído! Confesión cristológica (1 Jn 4,13-16a).

Éste nuevo pasaje confirma desde Cristo lo que acabamos de indicar. El argumento es el mismo; pero ahora se expresa a modo de confesión creyente, de tipo experiencial. Éste es el credo de aquellos que se descubren poseídos, transformados, por el amor de Dios. Lo dividimos también en cuatro partes que forman la base de lo que será más tarde la confesión trinitaria de la Iglesia: aquí adquieren sentido el Padre, el Hijo y el Espíritu, entendidos como fuentes personales de un proceso de amor que nos desborda y fundamenta.

1. Principio pneumatológico (1 Jn 4,13). Ésta es la prueba de que existe amor: ¡hemos recibido el Espíritu! La comunidad que se expresa a través de estas palabras se descubre recreada, renacida. Así lo ha destacado con frecuencia la tradición juanea en los pasajes que hablan del Espíritu (cf. Jn 3, 5-8; 4, 23-24; 6, 63; 7, 39; 20, 22), especialmente en aquellos que le presentan como paráclito o abogado, intercesor, de la comunidad (Jn 15-16). Dios nos ha dado en Jesús lo más excelso (su Espíritu); por eso le aceptamos, agradecemos su don, confesamos su existencia, en él permanecemos.

2. Primera confesión: envío del Hijo (1 Jn 4, 14). Y nosotros hemos visto (tetheametha)...: así comienza este pasaje, reasumiendo lo anterior en forma inversa: nadie ha visto a Dios, por eso estamos llamados a encontrarle en el amor al prójimo (4,12). Pero nosotros hemos encontrado (mirado/palpado: cf 1 Jn 1, 1) a Jesús y por medio de él se ha hecho visible lo invisible, tangible lo intangible, humano lo divino. Éste ver a Dios en Jesús implica vivir en el Espíritu: mostrar el mutuo amor, mostrarse transformados por su fuerza, en gesto de amor mutuo.

3. Segunda confesión: el Hijo de Dios es Jesús (1 Jn 4,15). Las palabras anteriores se podrían entender en sentido general: Jesús habría sido un buen revelador, pero sólo uno entre otros muchos. Nuestro pasaje refuta con fuerza esa postura, retomando el tema central de 1 Jn (y del evangelio de Juan): el amor de Dios no es algo que sucede en general, como si fuera una ley constantes de la naturaleza. El amor de Dios se ha revelado en concreto, en una historia muy precisa; el Amor se ha encarnado en Jesús de Nazaret.

4. Confirmación (1 Jn 4, 16a). Sólo de esa forma, arraigados en la historia de Jesús, podemos confesar aquello que desborda las fronteras de la historia: hemos conocido el amor que Dios nos tiene. No lo sabemos por teoría, ni lo demostraremos razonando de modo intelectual o misticista sino que lo aprendemos en el Cristo. Hemos conocido y creemos (egnôkamen kai pepisteukamen) por impulso del Amor que es fuente y sentido del mundo. A Dios nadie le ha visto, pero ya podemos verle con los ojos del amor que nos ha dado Jesucristo.

b’. Dios es amor: ¡confesión teológica! (1 Jn 4, 16b-18).

Llegamos ahora al centro del pasaje y de toda la revelación cristiana: Dios es amor. Ésta es la palabra que se ha ido preparando a lo largo de toda la Biblia, para que ahora podamos decirla plenamente: Dios es amor porque le vemos así en Cristo; confesamos que es amor porque hemos hecho la experiencia de su gracia en el Espíritu. Porque sabemos que el amor al prójimo es divino, porque hemos descubierto su verdad en Cristo y hemos visto que es principio y fin de todo lo que existe, decimos gozosos que Dios es amor, culminando así nuestro discurso.

1. Tesis: Dios es amor (1 Jn 4, 16b). Aquí se condensa el argumento precedente. Sólo en el contexto previo de la invitación al amor y de la confesión cristológica se ilumina esta palabra. No se trata de decir que Dios es un amor cualquiera, en la línea de Platón (Banquete) o de los mitos hierogámicos. No es que conozcamos ya el amor y después se lo apliquemos a Dios. El amor del que se habla aquí es revelación: algo que los fieles han hallado en Jesucristo.

2. El amor perfecto (1 Jn 4,17). Muchos hombres viven amargados por la culpa y el castigo: les aterra el pecado que han trenzado, hasta quedar prendidos en sus redes que son siempre juicio y muerte. Pues bien, allí donde el amor se ha revelado (donde Dios mismo se muestra como Padre) cesa el temor del juicio y la vida se vuelve confianza. Como Aquél es... somos nosotros. “Aquél” es ciertamente Jesús (cf. 1 Jn 2, 6; 3,5.7.16), que está ya en gloria y ha triunfado por su pascua de todo miedo y muerte. Lo que Jesús es (en vida pascual) eso somos ya nosotros, de un modo escondido, en liturgia de amor abierto a los hermanos.

3. Amor sin temor (1 Jn 4, 18). Muchos hombres vivían en el miedo: no habían descubierto al Padre Dios, ni habían entendido el amor. Por eso se movían a golpe de castigo, dominados por la angustia del pecado y el temor del juicio. Pues bien, ahora sabemos Dios se expresa en Cristo como amor que perdona y da la vida. Superando el nivel donde la vida es pura lucha, el amor que es Dios se ha desvelado como perdón, gracia y nuevo nacimiento en Cristo.

a’. Conclusión y mandamiento (1 Jn 4,19-21).

El mismo Dios que nos ama (1 Jn 4, 16a), haciéndonos superar en Cristo todo miedo (4, 17-18), nos capacita para amar. Este pasaje, que recoge todo lo anterior, se relaciona de un modo especial con la primera parte del texto (con a). El amor de Dios se expresa como fuente y sentido de nuestro amor:

1. Principio (1 Jn 4,19). Recoge la fórmula inicial (agapômen: amémonos, cf 4, 7) y el sentido de todo el argumento: porque Dios nos amó primero debemos amarnos. Sobre la revelación del amor de Dios, expresada en Cristo, viene a fundarse el mandamiento cristiano. De lo que somos o, mejor dicho, de lo que Dios es en nosotros al amarnos, brota aquello que debemos ser/hacer: amarnos unos a otros. Ya no hay dos mandamientos (como en Mc 12,28-32: amar a Dios y amar al prójimo) porque el amor de Dios no es mandamiento, sino gracia que se expresa en el mismo amor al prójimo.

2. Razón fundamental (Jn 4, 20). Recoge lo dicho: la invisible de Dios se vuelve visible en el prójimo; por eso, el amor de Dios ha de expresarse como amor humano. Un Dios separado del prójimo se vuelve idolatría, mala religión, santidad perversa. Más que el posible “pecado” contra Dios (que nunca se puede refutar directamente), al texto le interesa el pecado sobre el prójimo. En este fondo la verdad deja de ser una teoría y la teodicea una abstracción.

Conclusión (Jn 4, 21). Culmina así el pasaje y todo el texto. Esta es la entolê, el único mandato: allí donde se ha dado amor a Dios habrá de darse y triunfar el amor mutuo (al prójimo). Los dos mandamientos (amor a Dios y al prójimo) se expresan y concentran en uno: amor al prójimo. Ésta es la verdad de Dios en la historia

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sábado, 13 de abril de 2013

La Iglesia, un pacto de Pedro con Juan

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Tercer domingo de Pascua. Juan 21, 1-19. Como dice el título, la iglesia pascual es una secuencia de pactos de iglesias y de comunidades. Entre los más importantes que cuenta el NT se hallan éstos:

1. Pablo en 1 Cor 15. La pascua es pacto de experiencias de Pedro y los Doce, de los Apóstoles y Santiago, del mismo Pablo… Cada uno (cada grupo) ve a Jesús de una manera, todos pactan y se complementan, formando la Iglesia. De esa forma ha marcado Pablo un camino permanente de pactos de Iglesia.

2. Mc 16. Mujeres y Pedro. La Iglesia es el pacto esperado de las Mujeres fieles con Pedro y los Discípulos, que aún se han decidido a caminar de verdad a Galilea. En ese camino abierto al futuro de la misión universal está la Iglesia… Todo está por hacer según Marcos, en este bendito 2013, con el Papa Francisco.

3. Mc 28 supone que ese pacto de mujeres y discípulos pascuales se ha realizado ya en el Monte de Galilea. Allí nació la Iglesia, desde allí inició su camino, allí debemos volver hoy (año 2013) con Pedro (cf. Mt 16) y con las comunidades dispersas para reiniciar la marcha del evangelios.


4. Mujeres, apóstoles, judeo-cristianos... Lucas afirma (cf. Hch 1, 13-14) que el pacto primitivo y permanente (al que deben unirse los “pablos” posteriores) es el que formaron los Doce, con las Mujeres, los Hermanos de Jesús (los judeo-cristianos) y María, su Madre. De aquel pacto nacimos, en aquel pacto surgió la experiencia de Pentecostés.

5. El evangelio de Juan recoge dos pactos fundamentales. Uno es el que apareció el domingo pasado, entre la gran comunidad y Tomás (Jn 20); la comunidad ha de recibir a Tomás, que anda a lo libre; Tomás ha de aceptar a la comunidad, unidos todos a partir de la entrega de Cristo… El segundo pacto de Juan es el marca el evangelio de hoy (Jn 21)… Es el gran pacto de Pedro y el Discípulo Amado, del que seguiré tratando.

Éste pasaje (Jn 21) muestra, a mi juicio, el camino que debe seguir el Papa Francisco (representado por Pedro)… En este camino quiero recordar de nuevo a mi amigo Tomás, un buen Discípulo Amado, de quien traté ayer. En la imagen aparecen el Discípulo Amado y Pedro, corriendo hacia Jesús. Buen fin de semana a todos.

EL PACTO DE PEDRO Y EL DISCÍPULO AMADO

Hacia el año 100-110 d. C, una comunidad cristiana, de origen judío, animada por un enigmático "discípulo amado de Jesús", una comunidad muy especial que había empezado a desarrollarse en Jerusalén y después (quizá tras la guerra judía del 67-70 d. C.) en alguna zona del entorno (Siria-Transjordania o Asia Menor), se integró en la Gran Iglesia. Los fieles de esa comunidad trajeron consigo un evangelio (Juan, Jn) donde, junto al Discípulo amado, se recuerda a Pedro (Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9), sobre todo en el capítulo final (Jn 21), que se añadió quizá en un momento posterior, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre la Gran Iglesia y los miembros del grupo.

Veamos la escena. Pedro, representante de la Gran iglesia, sale a pescar, con otros seis discípulos, formando así un grupo de Siete (como los siete helenistas de Hech 6-7). Entre ellos se encuentra el Discípulo Amado, que no tiene más autoridad y tarea que amar y ser amado, dentro de una comunión de "amigos" (Jn 15, 15). Se puede discutir si era una figura simbólica o real.

Algunos le han identificado con Juan el Zebedeo, otros con Lázaro, a quien Jesús amaba (cf. Jn 11, 5. 28) e incluso con María Magdalena, a quien Jesús parece haber querido de un modo especial, de manera que ella podría haber sido la inspiradora de la comunidad que está en el fondo del Cuarto Evangelio (la comunidad del discípulo amado). Pero es muy difícil decidirlo, pues el evangelio no ha resuelto el tema.

La función de Pedro había aparecido al principio del evangelio (Jn 1, 42), cuando Jesús le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro», es decir, Piedra-cimiento de la iglesia (cf. Mt 16, 17-18). Por eso, el Discípulo Amado ha de aceptarle, dialogando con la iglesia institucional. Ello exigía un doble pacto histórico.

1) La Gran iglesia (Pedro) debía admitir a los carismáticos del Discípulo amado, testigos de la libertad originaria del amor.

2) Por su parte, la comunidad del Discípulo amado debía reconocer la autoridad de Pedro, es decir, de la Gran iglesia (como supone Jn 21).

Ese capítulo final (Jn 21) parece la expresión de un pacto que se realizó a finales del siglo I o principios del II, entre la Gran iglesia (representada por Pedro) y la comunidad del Discípulo amado y que el evangelio presentó en forma de pesca, dirigida por Simón Pedro (que dice: voy a pescar), a quien acompañan Tomás, Natanael, los zebedeos y otros dos desconocidos. Desde aquí podemos trazar la identidad del Discípulo amado y la función de Pedro.

1. No sabemos quién era el Discípulo amado.

Todo nos permite suponer que el evangelio ha querido mantener en la sombra su identidad personal (real o simbólica), para que los lectores puedan identificarse con ella. Éste es el discípulo que se reclina y apoya su cabeza sobre el pecho de Jesús, en la última cena, en gesto de hondo simbolismo, que implica intimidad, como indica la conversación que sigue, que le relaciona de un modo especial con Pedro (en positivo) y con Judas (en negativo) (Jn 13, 21-27).

En el contexto simbólico de la última cena (Jn 13-17 tiempo de revelación de amor), éste personaje puede ser un símbolo de aquellos que para seguir a Jesús y comprenderle han de hacerse amigos suyos. De todas maneras, el relato que sigue a la última cena y a la oración del huerto, parece indicar que ese mismo discípulo amado, que acompaña a Pedro, es un hombre real, de cierta importancia, porque aparece como amigo (conocido) del Sumo Sacadote, consiguiendo así que a Pedro le abran también la puerta de la casa donde se celebra el juicio de Jesús (cf. Jn 18, 15-16).

Esta posible amistad del Discípulo amado con el Sumo sacerdote constituye uno de los grandes enigmas del evangelio de Juan. Algunos han pensado que se trataba de una relación de tipo laboral: el discípulo amado (que sería Juan Zebedeo) llevaría pescado a la casa de los sumos sacerdotes. Pero es más probable que el cuarto evangelio haya querido presentar al Discípulo amado como alguien que está cerca de la élite sacerdotal: es un judío importante que se ha hecho amigo de Jesús.

Sea como fuere, el evangelio sigue diciendo que este Discípulo amado se mantiene bajo la cruz, donde no está Pedro, como signo de una iglesia que acoge a la Madre de Jesús, representando así la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, de Israel y de la Iglesia (Jn 19, 26-27). El Discípulo amado y Pedro siguen juntos tras la muerte de Jesús y, por indicación de María Magdalena, corren al sepulcro vacío, donde ven el sudario y las vendas, cuidadosamente dobladas. Ese signo basta que el Discípulo amado crea en la resurrección

2. Pedro ha de hacerse Discípulo amado.

El testimonio básico sobre el Discípulo amado aparece en Jn 21 donde le vemos de nuevo con Simón Pedro, ratificando el pacto de su comunidad con la gran iglesia (Pedro). Como hemos dicho ya, se trata de un pacto institucional, entre la gran iglesia y una comunidad especial, que se había mantenido por un tiempo separada de otras corrientes cristianas, realizando un fantástico camino de profundización en el amor de Jesús. Pues bien, este capítulo (Jn 21) quiere resituar a los dos grandes personajes de la iglesia, definiéndolos en clave de amor.

El relato comienza, como también hemos dicho, con Simón Pedro, que afirma: voy a Pescar. Sin este principio no hubiera habido iglesia, como han indicado otros testimonios de Mt y Lc-Hech. Se le juntan varios discípulos, formando así un número de siete (como los helenistas de Hech 6): Pedro, Tomás, Natanael, dos zebedeos (Santiago y Juan) y dos cuyo nombre no se cita (Jn 21, 2). Uno (¿un zebedeo, alguien desconocido?) es el discípulo amado. Son Siete (como los helenistas de Hech 6-7), no Doce como los apóstoles de Jerusalén. Suben con Pedro a la barca y, a la voz del Señor, que les espera en la orilla, vuelven a echar las redes tras una noche en la que no han pescado nada.

Ahora logran pescar un gran número de peces (todos los pueblos) y el Discípulo amado reconoce a Jesús y dice a Pedro: ¡Es el Señor!» (Jn 21, 3-7). Pedro ha dirigido la faena, pero no sabe ver, porque aún no ama, y así depende del Discípulo amado, para descubrir a Jesús que espera en la orilla, recibiendo los peces que le traen y ofreciéndoles el pan y el pez del Reino. «Después que comieron, Jesús dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?». Le dijo: «¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis corderos!...» (Jn 21, 15-17).

En este contexto volvemos a descubrir la vinculación y diferencia entre Pedro y el discípulo amado, en línea de amor. Ambos han estado en la barca de la pesca; ambos deben seguir vinculados. Pedro tiene que aprender a amar a Jesús; el Discípulo amado debe aceptar el ministerio de Pedro. De esa forma, los dos quedan vinculados por el mismo amor. Así se entiende el final de la escena, que está centrada en Pedro, pero en su referencia al Discípulo Amado.

Después, tras recordar que Pedro ha cumplido bien su tarea, muriendo por ella (Jn 21, 18-19), el evangelista vuelve hacia atrás y añade:

«Jesús le dijo ¡Sígueme!. Pero Pedro, volviéndose, vio que también le seguía el Discípulo amado... y dijo a Jesús ¿Y este qué? Jesús le respondió: Si yo quiero que él permanezca hasta mi vuelta ¿a ti qué? Tú sígueme» (Jn 21, 21-22).

Pedro ha recibido una autoridad de amor y debe ejercerla siguiendo a Jesús y cuidando a las ovejas. Pero no puede imponerse sobre el discípulo amado, ni fiscalizarle. Pedro, la gran iglesia, tiene que dejar que el Discípulo amado viva en libertad de amor dentro de la Iglesia.

Contra la patología de un pastor (jerarca) que quiere tener la exclusiva y vigila a los demás eleva nuestro texto el buen recuerdo del Pedro ya muerto, que supo abrir un espacio para el Discípulo amado, y el buen recuerdo de de aquel Discípulo amado que supo mantenerse al lado de Pedro.

Pensaron algunos que ese discípulo no moriría, pero el evangelio tiene buen cuidado en indicar que Jesús no hablaba de eso (de no morir), sino de un modo de permanecer que desborda el plano de la iglesia instituida (de Pedro): “Si yo quiero que permanezca… ¿a ti qué?”. El Discípulo amado aparece así como signo de un amor que debe seguir existiendo en libertad, dentro de la Iglesia, sin estar dominado por Pedro.

En ese sentido profundo, el evangelio termina diciendo que ese discípulo amado sigue vivo a través del mismo evangelio: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21, 24).

La iglesia aparece así fundada en el testimonio de alguien que ha amado a Jesús (que ha sido amado por Jesús), de tal forma que puede ofrecernos su recuerdo, garantizando su presencia. Sólo ese recuerdo de amor ofrece un fundamento al evangelio, que no es una verdad abstracta, trasmitida por alguien que no ama, sino testimonio de alguien que ha amado a Jesús. Sólo el amor permite recordar. Sólo el amor da ojos para ver y comprender la verdad. El Discípulo Amado es testimonio del amor de Jesús en la historia de los hombres y, de un modo especial, en el interior de la iglesia.

BIBLIOGRAFÍA SOBRE JUAN. PARA BLAS

((Con flecha hacia arriba los de origen hispano. Con dos estrellitas los más importantes...)).

a. Introducción
Sobre la interpretación de la figura y obra de Juan ha existido a lo largo del siglo XX una larga polémica que se refleja en los libros que siguen. Comienzo con algunos estudios generales, desde la perspectiva hispana (Tuñí, Vidal y Bartolomé.. ). Cito después algunas traducciones clásicas sobre el tema.

↑** Rábanos, R., y Muñoz León. D., Bibliografía joánica. Evangelio, Cartas y Apocalipsis, 1960-1986, CSIC, Madrid 1990.
↑** Tuñí, J. O. y Alegre, X., Escritos joánicos y cartas católicas, IEB 6, Verbo Divino, Estella 1995. Ofrecen un panorama general de toda la temática. Con amplia bibliografía sobre cada tema.
↑** Vidal, S., Los escritos originales de la comunidad del Discípulo “amigo” de Jesús, BEB 93, Sígueme, Salamanca 1997. Reconstruye los diversos estadios del texto (en original griego y traducción). Obra audaz y profunda. Le falta quizá un diálogo expreso con la tradición exegético, que le permitiría compulsar y verificar mejor sus hipótesis.
↑** Bartolomé, J. J., Cuarto Evangelio. Cartas de Juan. Introducción y Comentario, Madrid, CCS, 2002. Precioso manual que exponen y valora todas las visiones sobre Juan.
↑** García-Viana, L. F., El cuarto evangelio. Historia, teología y relato, San Pablo, Madrid 1996
** Dodd, C. H., La Tradición histórica en el cuarto Evangelio, Cristiandad, Madrid 1977. Id., Interpretación del cuarto evangelio, Cristiandad, Madrid 1978. Analizan los diversos contextos de surgimiento y lectura de Jn. Obra clásicas. Siguen siendo imprescindibles.
** Rigaux, B. y Lindars, B., Para una historia de Jesús IV. El testimonio del evangelio de Juan, Desclée de Brouwer, Bilbao 1979
** Cothenet, E., Evangelio según Juan, en Id. (ed.), Escritos de Juan y carta a los Hebreos, Introducción a la lectura de la Biblia 10, Cristiandad, Madrid 1985.
* Jaubert, A., El Evangelio según san Juan, CB 17, Verbo Divino, Estella 1987.
** Wengst, K., Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1988. Precioso análisis de la tradición de Jn, que se situaría en un ambiente judío de Trasjordania.
** Brown, R. E. La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, BEB 43, Sígueme, Salamanca 1987. Reconstruye las diversas etapas del despliegue de la comunidad de Jn, desde una perspectiva social, eclesial y cristológica, poniendo de relieve el paso de una cristología baja a una cristología alta.
** Destro A. y Pesce, M., Cómo nació el cristianismo Joánico: antropología y exégesis del Evangelio de Juan, Sal Terrae, Santander 2002. Análisis "religioso" del surgimiento de la tradición de Juan.

b. Comentarios

** Brown, R. E., El evangelio según Juan I-II. Cristiandad, Madrid 1979 (22002). Edición anterior, más breve, en R.E. Brown, Evangelio y epístolas de san Juan, Sal Terrae, Santander 1973. Sigue siendo el comentario normativo sobre Jn, que el autor estaba reelaborando en el momento de su muerte
** Schnackenburg, R. El evangelio según san Juan I-III, Herder, Barcelona 1980. Comentario enciclopédico, superado en algunos aspectos críticos, pero aún imprescindible. Cuenta con excursus de gran valor.
↑** Mateos, J. y Barreto, J., El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético, Cristiandad, Madrid 1979. Versión reducida en Id., El Evangelio de Juan. Texto y Comentario, El Almendro, Córdoba 2002. Texto complementario: Íd., Vocabulario teológico del Evangelio de Juan, Cristiandad, Madrid 1980.Acentúa el simbolismo religioso y espiritual de Jn.
** León-Dufour, X. Lectura del evangelio de Juan I-IV, BEB 68/70 y 96, Sígueme, Salamanca 1992-98. Preciosa visión sapiencial de Jn, más que comentario exegético.
* Zevini, G., Evangelio según san Juan, Sígueme, Salamanca 1995. Lectura espiritual de Jn.
** Barret, J. K., El Evangelio según San Juan, Cristiandad, Madrid 2003. Comentario ya clásico (el texto inglés es de 1978). De corte tradicional y gran fidelidad al evangelio.
* Blank, J., El evangelio de san Juan I-II, NTM, Herder, Barcelona 1979-80.
* Wikenhauser, A., El evangelio según san Juan, CR, Herder, Barcelona 1967.
↑ * Tous, L., San Juan, un teólogo de hoy. Comentario al cuarto evangelio, Biblia y fe, Madrid 1978. Básico

c. Estudios teológicos. Jesucristo

↑ ** Balagué, M., Jesucristo, vida y luz. Estudio de los doce primeros capítulos del evangelio de Juan, Studium, Madrid 1963.
↑** Sabugal, S., Chistos. Investigación exegética sobre la cristología joanea, Herder, Barcelona 1972.
* Guillet, J., Jesucristo en el evangelio de Juan, CB 31, Verbo Divino, Estella 1980
↑** Camarero, L., Revelaciones solemnes de Jesús. Derás cristológico en Jn 7-8 (Fiesta de las Tiendas), Publicaciones Claretianas, Madrid 1997.
↑** Talavero Tovar, S., Pasión y resurrección en el IV evangelio, Pontificia, Salamanca 1976.
** Käsemann, E., El Testamento de Jesús: el lugar histórico del evangelio de Juan, BEB 47, Sígueme, Salamanca 1983. Acentúa el carácter gnóstico de Jn.
↑* Tuñí Vancells, J. O., Jesús y el evangelio en la comunidad juánica, Sígueme, Salamanca 1987.
** Potterie, I. de la, La verdad de Jesús. Estudios de cristología joanea, BAC, Madrid 1979
* Guillet, J., Jesucristo en el evangelio de Juan, CB 31, Verbo Divino, Estella 1986.

d. Estudios teológicos. La vida de los creyentes.

↑** Erdozaín, L., La función del signo en la fe según el cuarto evangelio. Estudio crítico-exegético de las perícopas Jn 4, 46-54 y Jn 20, 24-29, AnBib 33, Inst. Bíblico, Roma 1968.
↑** Tuñí Vancells, J. O., La verdad os hará libres: Jn 8,32. Liberación y libertad del creyente en el cuarto evangelio, Herder, Barcelona 1973. Íd., El testimonio del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1983. Id., Las comunidades joánicas, Desclée de Brouwer, Bilbao 1988.
↑** Casabó Suque, J. M., La teología moral en San Juan, AB 14, Fax, Madrid 1970.
↑** Cortés, E., Los discursos de adiós de Gn 49 a Jn 13-17, Monografías Bíblicas, ABE-Verbo Divino, Estella 1976.
↑** Luzárraga, J., “Oración y misión” en el evangelio de Juan, Universidad de Deusto-Mensajero, Bilbao 1978.
↑** Urbán F, A., El origen divino del poder: estudio filológico e historia de la interpretación de Jn 19,11a, Almendro, Córdoba 1987.
↑** Martín Moreno, J. M., Los personajes del cuarto Evangelio, Comillas, Madrid y Desclée de Brouwer, Bilbao 2002.
↑** Castro, S., Evangelio de Juan. Comprensión exegético existencial, Comillas, Madrid y Desclée de Brouwer, Bilbao 2002.
** Fehribach, A., Las mujeres en la vida del Novio. Un análisis histórico-literario feminista de los personajes femeninos en el Cuarto Evangelio, En clave de mujer..., Desclée de Brouwer, Bilbao 2001. Precioso estudio sobre las dos marías, la samaritana etc.
* Ernst, J., Juan: retrato teológico, Herder, Barcelona 1992

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domingo, 7 de abril de 2013

Salir a la calle, perdonar pecados (más que un confesonario)

Publicado por El Blog de X. Pikaza


Octava de Pascua. Ciclo C. Jn 20, 19--31. Está encerrada la comunidad de amigos de Jesús, que le recuerdan y espeeran, pero no confiesan todavía su resurrección. El texto les llama “hoi mathêtai”, discípulos (que escuchan a Jesús). Son la Iglesia reunida, no se les llama los Doce (dirigidos a Israel), ni los obispos o curas, sino todos, hombres y mujeres, doce y siete, cristianos sin más (ni menos).

Son la iglesia cerrada en una casa con tranca (Castillo de grandes muros, Vaticano de Roma o vaticanillo de pueblo), por miedo al mundo (a “los judíos”, 20, 19, es decir, a los otros). Una Iglesia creída y muy frágil, aislada en sí misma, con la sensación de que todos quieren combatirla, esperando a Jesús, que venga y les libre, les lleve a su cielo. Pero viene Jesús de un modo distinto , y no les "coge" consigo, sino que les manda a la vida, al mundo externo, con el poder supremo de Dios, que es el Perdón.


Es la Octava de Pascua, tenía que ser el día del fin del mundo. Como en un “ovni” debería venir Jesús para llevarles consigo, pero viene para mandarles el mundo, sin más riqueza que el perdón. Ésta es la primera parte del texto (Jn 20, 19--23). Mañana presentaré la segunda. ... Este pasaje es quizá el mejor comentario pascual del mensaje de Jesús, tal como lo he venido exponiendo en La historia de Jesús, cuyo argumento expuse ayer en este blog. Vaya allí quien quiera saber más.

(Éste es el perdón en la calle y la vida, el perdón que han de ofrecer todos los cristianos, la Pascua de Jesús. Es mucho más que un tipo de absolución raquítica de algunos confesionarios... Y lo digo confesando el valor de muchos confesonarios, de entrevista pastoral y perdón incluido, de presbítero o cristiano (pues el poder de perdonar se ha dado a todos). Un tipo de confesonario ha sido y seguirá siendo valioso en la Iglesia. Pero el Evangelio de Pascua (Jn 20) habla hoy de algo aún más importante, como verá quien siga).

Buen principio de domingo.

Texto. Pascua de la Iglesia


A la tarde de aquel día primero de la semana,
y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos,
por el medio a los judíos,
vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo:
¡La paz con vosotros!
Y diciendo esto les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo:
-- ¡La paz con vosotros!
Como me ha enviado el Padre os envío también yo.
Y diciendo esto sopló y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo,
a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados;
y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn 20, 19--23).

Comentario básico

‒ El primer día de la Semana… Un grupo cerrado, por miedo… Ha pasado una semana, como si fuera todo el tiempo de la historia. Y no ha pasado nada, rumores de mujeres asustadas, visiones de discípulos extraños (¡el amado de Jesús, que dice que le ha visto!), pero ellos, todos, están llenos de miedo. Se han encerrado en un tipo de “cenáculo” particular, que puede compararse a un Vaticano hecho de leyes, normas y principios de seguridad, aislados del mundo, encerrados en sí mismo, entre grandes discursos inútiles, mientras el mundo se muere de frío a su lado. Son un grupo miedoso, hombres, mujeres…. (tienen sus puertas cerradas). Pero viene él y dice:

-- ¡La paz sea con vosotros! Jesús abre las puertas y penetra en una iglesia cerrada, con aire mohoso y telarañas, para saludar a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia (armas y bombas, odios y opresiones, despilfarro y hambre), sobre un mundo condenado a la miseria por el egoísmo de algunos, ofrece Cristo su paz, es decir, la presencia de Pascua. La comunidad que reciba la paz de Jesús (eirênê, shalom…) sabe que ha llegado ya el “fin de los tiempos”, es decir, el tiempo de la plena verdad, de la redención. El final de todo es la paz, para siempre, aunque muchos no lo sepan. Pero hay que decir, vivir la paz, anunciarla.

-- La paz del crucificado. Como signo de identidad, como expresión de su “triunfo”, Jesús mostró a sus amigos las manos y el costado (20, 20), en gesto que después recibirá nuevo contenido ante el rechazo de Tomás (cf. 20, 24--29). Éstas son sus “armas” de Jesús, la garantía de su victoria: ¡Las heridas de la víctima torturada! Él, sólo él (la víctima universal, en nombre de todas las víctimas) puede decir: La paz con vosotros. No es la paz del que ha ganado la guerra, la paz de Roma (Pilato), la paz de Jerusalén (Caifás)… Es la paz del torturado, vencido…Él, Jesús, viene así de Dios, tras haber vencido siendo asesinado y puede decir. ¡Paz a vosotros!

‒ Jesús, la paz de la víctimas… Se manipula por doquier la memoria de las víctimas, se moviliza su recuerdo para la venganza, sigue así la espiral de las razones, hasta que al fin, llenos de razones, se maten todos… Pero Jesús es distinto. Viene como víctima, pero no para “hacerse la víctima”, sino para transmitir la victoria de la paz que es el perdón. Viene llagado de amor, en las manos y el costado... Creer en la pascua es descubrir que el mismo Jesús crucificado (no un espíritu celeste) es el Señor glorioso, que Jesús es Dios porque ha sufrido por todos, porque ha sido asesinado con los asesinados de la historia. No hay Pascua sin “memoria de Jesús asesinado”, sin memoria de los crucificados de cada día. No hay pascua sin perdón de los asesinados

-- ¡Como el Padre me ha enviado así os envío yo! (20, 21). Estaban encerrados por miedo, pero él (Jesús) abre la puerta y les lanza a la calle de la vida, rompe el encierro, la muralla de su miedo y de su seguridad, y les manda al espacio abierto de la redonda tierra. Estaban cerrados en sus pequeños problemas (como un Vaticano en sus muros) y les dice: ¡Marchad, yo os envío! Antes, los discípulos querían defenderse, por eso estaban cerrados. Pues bien, Jesús les dice que no se defiendan: que salgan, como sale Dios (como Dios ha enviado a su Hijo), que vayan sin miedo a la tierra.

-- Os envío para crear y perdonar, no para vengaros. La lógica del mundo exigiría enviar para vengarse… “Volver la tortilla”, como se dice: ¡Ojo por ojo, diente por diente…! Jesús tendría que haber enviado a su ejército de ángeles o fieles soldados para matar a los asesinados (como decía el pueblo en Mc 12, 9. Matar a los malos soberbios, reinar con las víctimas… Pues bien, Jesús no envía a los suyos para vengarse en batalla infinita, sino para crear un mundo nuevo de prdón.

-- Recibid el Espíritu Santo (20, 22). Jesús alienta (sopla) sobre sus discípulos diciendo “recibid el Espíritu Santo”. Dios había alentado al principio dando a los hombres su Espíritu de vida… (Gen 2, 7). Pero no había culminado su camino. Ahora lo hace, a través de Jesús, ofrece a los hombres y mujeres todo su “espíritu”, es decir, la vida de su amor. Ahora alienta Jesús, en nombre de Dios, abriendo no sólo las puertas externas de la casa, para que entre en ella el aire fresco, el aliento de la tierra, sino ofreciendo a los creyentes su espíritu de Vida, su soplo.

-- Jesús ofrece a los suyos el boca a boca de la vida, para que transmitan a todos la vida del perdón amante. Que todos respiren con su aliento, que todos vivan de su Vida y la comparta, a través de este nuevo “Adán y Eva” de la pequeña comunidad reunida por miedo en el Cenáculo. Éste es el germen de la nueva humanidad, estos son padres y madres de una nueva tierra, que aparece así como despliegue de la respiración de Dios, que se expresa por el Cristo muerto, que ofrece su aliento a los hombres.

-- A quienes perdonéis los pecados... (20, 23). No se trata de crear desde la nada (¡eso es mucho más fácil!), sino de “recrear desde el pecado”. Los discípulos de Jesús no tiene que ir a un mundo idílico de amor, sino a un mundo de odios, a las gentes que han matado a Jesús, que se siguen matando entre sí. Éste es el tema y tarea de la iglesia: El gran mundo no ofrece perdón, los hombres se encuentran divididos, destruidos; carecen de medios (¡de voluntad de amor!) para impartir el perdón y además no lo quieren ofrecen; todo lo hacen por ley y venganza, por seguridad propia y egoísmo, en una espiral de violencia y contra--violencia. Pues bien, sobre ese desierto de pecado (falta de perdón), Jesús dice a sus discípulos, a todos (sin distinción de clérigos y laicos): “a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados…”. Ésta es la gran novedad.

‒ A quienes perdonéis… Se lo dice a “vosotros”, a hombres y mujeres, sin distinción de obispos y papas… Todos los cristianos reunidos tiene que salir y ofrecer el perdón, todos son sacerdotes, mediadores de una vida que es gracia por encima del pecado, que es amor por encima de ocio, que es perdón por encima de la condena. Éste es el nuevo Vaticano de la Iglesia, que quiso encerrarse en Jerusalén, pero que Jesús abrió el principio… Éste es el nuevo Vaticano que ha querido cerrarse en Roma, pero que Jesús abre de nuevo, en este año de gracia (2013…), para que haya de nuevo perdón. Esta es la tarea de la Pascua: Que pueda haber una comunidad que ofrece y transmite, que garantiza y despliega el perdón, sobre un mundo condenado a la espiral de la ley y la venganza. Este es el perdón de la Iglesia, no de unos clérigos especiales, el perdón de todos los creyentes, que son ministros de la gracia de Dios (hombres y mujeres por igual).

-- Y a quienes se los retengáis les serán retenidos. La Iglesia sólo es portadora del perdón de Jesús… Ella no puede condenar, sino sólo perdonar. Pero su perdón es seria, de manera que si ella no perdona, el mundo corre el riesgo de quedar condenado a la lucha del odio y la venganza. Ese perdón de la Iglesia no es perdón barato, pura indiferencia, pase lo que pase, sino perdón transformador, que cambia, que da vida, para que todos perdonen compartan. Por eso el texto parece dividir (un en plano divide) a las personas en dos partes, como en derecha e izquierda (conforme a la terminología de de la alianza: Bien y Mal… Pero las dos partes de la sentencia no son iguales. El perdón es gratuito creador…. El “no perdón” es una especie de ejercicio doloroso de paciencia creadora


a. El texto no dice “a quienes condenéis…”. La iglesia no puede condenar a nadie. No se oponen por tanto el perdón y la condena, la liberación y la destrucción…

b. El texto dice “a quienes retengáis el perdón”. “Retener” (han… kratête…) es no poder perdonar. La Iglesia tiene que ofrecer perdón, pero algunos no lo reciben, no lo aceptan… ¿Qué puede hacer la Iglesia? No puede “arrojar” sin más el perdón, pase lo que pase, sino que tiene que “retenerlo”, dolorosamente, para seguirlo ofreciendo (aunque no lo reciban).

c. El camino de la Iglesia no será un paseo triunfal… sino un camino sobrio y fuerte de perdón abierto, sufrido…, ofrecido de nuevo. El que “sufre” al tener que “retener” el perdón (pues no se lo reciben) es el cristiano. Éste es el dolor que siente el cristiano cuando ofrece perdón y no lo puede transmitir, cuando no se lo reciben…

Conclusión, la Pascua del Perdón

El texto divide a las personas de una forma que parece simétrica (‒ a quienes perdonéis ‒ a quienes retengáis...), de tal modo que alguno pudiera pensar que la iglesia es una institución neutral, que reparte perdón o no perdón de forma indiferente. Pues bien, en contra de eso, a la luz de todo el evangelio, debemos afirmar que la iglesia es sólo signo y fuente de un perdón abierto a todos… Pero la Iglesia no puede “imponer” el perdón a través de un tipo de inquisición o guerra. Por eso, si no aceptan su perdón, ella tiene que “retenerlo”, para seguirlo ofreciendo de nuevo.

¿Quién tiene la culpa: 1? ¿Aquellos que no reciben el perdón? Puede ser… Si algunos no reciben el perdón la iglesia debe “retenerlo”, mantenerlo con fuerza, para seguirlo ofreciendo. Quizá la culpa es de aquellos que no quieren perdón… Pero Dios es Dios, y Jesús ha muerto por todos, y el perdón hay que seguirlo ofreciendo.

¿Quién tiene la culpa: 2? Quizá la Iglesia, quizá muchos cristianos que no han ofrecido el perdón pascual de Jesús… Hemos ofrecido muchas veces un perdón raquítico, de confesionario lúgubre, morboso, sin aire… Hemos ofrecido a veces leyes y leyes de conducta, sentencias de juicio, derechos… pero no perdón. Posiblemente no hemos sido testigos del perdón. También nosotros cristianos tenemos la culpa de que el perdón de Jesús (su Espíritu Santo) no se extienda.

El evangelio sabe que la Iglesia es sólo signo de perdón (Dios perdona a todos…); pero si los hombres no se perdonan ellos corren el riesgo de quedar en el odio y destruirse. Este perdón no es un signo puramente espiritualista, sino una experiencia radical de vida: Sin perdón el mundo se destruya. Sin perdón, la misma justicia se convierte en servidora de la muerte.

Esta gracia y tarea del perdón es la que funda a la Iglesia y la presenta como “pueblo distinto”, entre todos los pueblos de la tierra. Para ello, la Iglesia debe ser transparente, como lo fue el Cristo: Sólo el que está dispuesto a morir por los demás puede perdonar.

La iglesia es el pueblo de aquellos que se abren y se muestran tranparentes (puertas abiertas), pueblo de aquellos que se perdonan entre sí y perdonan a los otros, a todos…, pero con justicia, sin ocultar nada, con transparencia (sin aprovecharse de nada).

Sólo de esa forma expresan el perdón de Dios y han de hacerlo con una responsabilidad inmensa: allí donde los hombres y mujeres no se perdonan no puede expresarse en el mundo (de manera visible) el perdón del Dios de Jesús, que es perdón de toda la comunidad del Cristo (aunque puede expresarse y se expresa de forma sacramental por algunos representantes de la comunidad).

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