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sábado, 12 de octubre de 2013

Dom 13.9.13. Fe de Jesús, un leproso samaritano


28 tiempo ordinario, ciclo C. El domingo anterior comentaba la fe de Jesús, con amplio hecho de comentaristas. Hoy sigo con la fe del leproso, a quien Jesús le dice: "Tu fe te ha salvado".
Varios lectores de blog han destacado la complejidad y riqueza de la fe. He recogido sus reflexiones para retomar el tema, con el leproso que cree en Jesús y vuelve a darle gracias.
Enfermedad es la lepra, pero mayor enfermedad es la falta de fe (de arraigo y confianza en la vida, de escucha y de ayuda mutua)… No creemos en Dios, es decir, no creemos unos en los otros, y así vivimos enfrentados, en lucha permanente, en un mundo de leprosos sometidos a un sistema que puede curarles en un plano para oprimirles mejor (hacerles más leprosos).
Jesús aparece hoy como amigo de leprosos, dispuesto a comenzar con ellos la tarea del Reino de Dios, en un mundo dominado por “sacerdotes” (gurús) del sistema con quienes él empieza colaborando, para centrar al fin su atención en un leproso samaritano agradecido, que deja a los gurús de turno y se vincula con él, dándole gracias por el don de la salud/salvación que ahora empieza.
Este leproso samaritano dispuesto a comenzar de nuevo, de cero, y Jesús con él, iniciando un camino arriesgado de fe salvadora. Siga leyendo quien sienta la urgencia del tema: superar la lepra de una vida marcada por imposiciones y exclusiones, optar por el camino de Jesús, que es la fe que salva. 


Buen próximo domingo a todos.

Texto Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros."

Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes." Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado."

PRIMER ACERCAMIENTO

Este relato de la curación inicial de 10 leprosos y final de uno sólo, a quien Jesús dice “tú fe te ha salvado”, tiene una historia compleja que puede condensarse como sigue:

1. Jesús estuvo en compañía de leprosos (como estará Francisco de Asís), y así le recuerda la tradición, ofreciéndoles presencia, abriendo para ellos un camino solidario de salud y salvación.

2. El relato clave de la curación de un leproso es el de Mc 1, 40-45 (que Lucas ha recogido en su evangelio: Lc 5, 12-16). Es un relato fuerte: La iniciativa parte del leproso; Jesús le cura y le dice que se presenta para certificar su curación, pero él se niega, no quiere someterse más a los sacerdotes (que controlan y someten, no curan)… y se pone a pregonar lo que ha hecho Jesús.

3. Lucas (que recoge como he dicho el relato de Marco, en Lc 5, 12-16) ha sentido la necesidad de reelaborarlo, de un modo también poderoso, en el pasaje de este domingo.

Reelaboración de Lc 17, 11-19

1. Lucas sitúa el relato en el camino de ascenso a Jerusalén, en el límite entre Galilea y Samaría, lugar clave de disputas religiosas.

2. Los leprosos que salen al encuentro y le invocan de lejos (para no contaminarle), pidiendo a Jesús que les cure, son diez. Significativamente, la lepra no distingue entre judíos y gentiles, galileos y samaritanos. Todos son hermanos en la miseria.

3. Jesús les manda “a los sacerdotes”. No dice “al sacerdote”, para no presuponer que hay uno sólo (el judío). Cada puede ir a su sacerdote de turno, Jerusalén o a Samaría, a Tiro o a Damasco. Jesús les manda “al sistema sagrado”, como queriendo que se integran de nuevo en el orden oficial.

4. Pero uno vuelve… Se ve “limpio” (katharos) y no quiere acudir ya al sacerdote de turno, para que firme su ficha “¡curado!”; no quiere someterse nuevo a la ley del sistema que crea leprosos para decir después que puede (a veces) curarlos… Desobedece en un sentido a Jesús, pero en otro más alto le obedece.

6. Éste es samaritano… quizá es más libre que los otros. Pero aún así se arriesga, dejando a un lado el “sistema” de las curaciones y volviendo a Jesús, que le pregunta con tristeza por los otros (¡les ha curado y se olvidan de él, se olvidan de la verdadera salud!), y le dice al fin: ¡Tú fe te ha salvado! (hê pistis sou sesôken se).

5. Ésta es la fe del samaritano que confía en Jesús, por encima del sistema, que cree en el agradecimiento por encima de las leyes. Los otros nueve pueden haber quedado externamente limpios, pero no se han salvado… Siguen apegados a las leyes del poder del mundo, no creen en la gracia del Dios de Jesús, no creen en el poder de la fe sanadora que Jesús he la transmitido.

UNA REFLEXIÓN MÁS DETALLADA: MILAGROS DE JESÚS, UN ACTO DE FE

Desde ese fondo puedo condensar algunos rasgos de la fe y las curaciones de Jesús, tal como han sido reasumidas y entendidas por la tradición cristiana...

Estos diez leprosos son todo el mundo, la humanidad excluida y sucia que Jesús quiere curar, con fe, es decir, con honda humanidad. Allí donde otros piensan que la vida de los hombres sigue condenada a la lepra (¡lepra de esos diez, lepra del Vaticano, como dice el Papa Francisco…!), Jesús cree que es posible no sólo la curación, sino incluso la salvación.

Varios son los elementos que actúan en las curaciones de Jesús, que aparecen de un modo de un modo ejemplar en este caso de los diez leprosos:

a) Jesús actúa como mediador de fe, y así penetra en el dolor de los enfermos que le dicen ¡ten misericordia de nosotros! Penetra en el lugar de su dolor, en la raíz de su misma enfermedad o su locura, como un amigo que ama, como psicólogo que discierne, como un creyente que irradia fe.

b) Jesús pone a los enfermos ante el poder de Dios que definimos con todo el evangelio como "reino", es decir, como principio de nuevo humanidad… Pero, en un primer momento, no les dice: ¡Creed en el Reino, sed curados!, sino que les pide que vayan a los sacerdotes, a los gurus del sistema religioso, para que encuentren allí la curación.

c) El primer milagro, la curación (limpieza externa) sucede antes de que los leprosos hayan llegado a la “oficina” de los sacerdotes. Jesús les ha dicho que vayan, cada uno a su iglesia… y ellos empiezan a creer, y por eso, en el mismo camino, se descubren curados (limpios).

d) Aquí empieza el tema: Te descubres curado ¿qué haces? Hasta ahora los diez enfermos eran iguales, judíos, griegos o samaritanos, paganos o cristianos… Ahora empieza la diferencia.

e) Nueve de los diez “se olvidan de Jesús”; les basta la limpieza externa y siguen, van donde su sacerdotes, para recibir el sello de limpieza, para integrarse de nuevo en el sistema de las seguridad y las imposiciones, cada uno con su “dios” particular

f) Pero uno se olvida del sistema… Jesús le ha dicho que vaya… y ha creído. Pero ahora que se descubre sano y capaz no necesita ya de sacerdotes, ni sistemas… Quiere a Jesús y vuelve, para darles gracias… Aquí empieza el auténtico milagro.

UNA FE COMPLETA, LA FE DEL SAMARITANO

Los otros nueve… han tenido un comienzo de fe, pero no lo han cultivado… Han vuelto a recaer en el sistema de los sacerdotes y gurús de turno. La fe de Jesús no les ha transformado por dentro.

Este samaritano en cambio ha cambiado… No le basta la limpieza externa del sistema, quiere la salvación total, que sólo Jesús puede ofrecerle. Éste es el único que tiene fe completa. El único que se ha salvado de verdad….

SEGUNDO MILAGRO, UNA FE QUE CURA, LA FE DE JESÚS

Jesús actúa en este relato como hombre de fe. Por eso no resuelve los problemas de los hombres ofreciéndoles un tipo de ayuda desde fuera. No les lleva a la evasión o al olvido de la tierra sino todo lo contrario: desde el centro de la enfermedad les manda a los sacerdotes, a “lidiar” con el sistema. Así actúa como promotor de vida en medio de la muerte, como signo de esperanza en medio de una sociedad que parece condenada a la desesperanza.

a) Jesús comienza “confiando” en los sacerdotes de Jerusalén, de Babilonia o Roma… Por eso dice a cada uno de los diez leprosos que vaya al lugar donde se mantiene y cultiva su religión, dentro del propio sistema de creencias…

b) Pero en el camino que lleva al lugar de los sacerdotes acontece el primer cambio, el cambio de la salud externa, la limpieza de la carne leprosa… Este es el milagro que se descubre y despliega en el camino

c) Hay una primera fe de los diez… que creen en lo que Jesús les dice y se ponen en marcha hacia la casa de los sacerdote. Esa fe termina poniéndonos en manos del sistema, para perpetuar al fin sus normas y rutinas, con enfermos y sanos, con opresores y oprimidos.

d) Pero hay también una segunda fe, que la propia de este samaritano, pariente sin duda de la parábola de “buen” samaritano de Lc 10, 25-37… Éste es un hombre que no se ajusta al sistema, que manda al “diablo” a sus propios sacerdotes (aunque Jesús le haya dicho que se presente ante ellos)… y que viene a dar gracias a Jesús, para iniciar así el camino de la salvación completa.

e) Éste es el milagro de la libertad. La fe en Jesús (de Jesús) libera al samaritano, de manera que le capacita para superar el nivel de los sacerdotes, haciéndose dueño de sí mismo, en gratuidad. .

MILAGRO, UNA FE QUE SE HACE AMOR

Nos gustaría saber cómo sigue la historia de este samaritano al que Jesús he ha dicho que “su fe le ha salvado”, que vaya en paz… Nos gustaría saber cómo ha ido, cómo le ha ido, que ha hecho, con la nueva libertad del amor. En esa línea me atrevo a ofrecer unas consideraciones generales:

a) El milagro es un gesto de amor, más allá de la pura curación externa. Este samaritano ha descubierto que hay algo mayor que esa salud externa (que la limpieza de la piel). Hay una salud interior, hecha de gratuidad, de agradecimiento. Por eso vuelve donde Jesús.

b) En esa línea, el milagro es una invitación a la libertad: Jesús quiere que los curados, liberados de la enfermedad, los que superan el abismo de su locura o de la lepra, puedan hacerse responsables de su vida, en libertad creadora. En fórmula paradójica, podríamos decir que Jesús cura a los hombres para hacerles capaces de asumir en libertad su propia muerte como gesto de entrega por los otros. Este samaritano curado tiene que iniciar ahora una nueva travesía de libertad, por encima de los ritos anteriores (a los que vuelven los judíos, que no han entendido a Jesús, a pesar de cumplir externamente la palabra de Jesús (ir donde los sacerdotes)


EXCURSO. JESÚS, CREYENTE Y SANADOR

Jesús ha curado a muchos enfermos, viniendo a presentarse como profeta poderoso en obras y palabras", pero luego es "impotente" en el Calvario. Por eso le acusan los contrarios diciendo que es un mago fracasado. Al obrar de esta manera desconocen su mensaje más profundo, el sentido de su fidelidad en el amor.

El auténtico milagro consiste en aprender a amar, pudiendo así entregarse hasta la muerte. Un hombre inmortal no podría amar nunca del todo, ni podría dar su vida por el otro, como han destacado algunas de las versiones modernas del "superman": un héroe inmortal, que realiza series de prodigios exteriores, viene a estar al fin como cautivo de su propia "grandeza". No puede enamorarse de verdad: no puede dar su vida por los otros. El milagro de Jesús consiste en que se hace humano hasta el final y así actualiza el don total de reino en forma de entrega humana. El milagro de Jesús consiste en que ha vivido el amor de una manera total, hasta la misma frontera de la muerte.

Jesús ama dando su propia vida; hace milagros comprometiéndose al hacerlos. De esa forma, su amor a los necesitados no es un tipo de juego superficial, algo que resbala por su entraña. No es mago que actúa mirando las cosas desde fuera, como un visitador que permanece siempre alejado de los verdaderos problemas de los hombres. Es todo lo contrario: en cada gesto de amor, en cada uno de los milagros, Jesús entrega su propia vida y de esa forma va "muriendo".

Significativamente, a Jesús le han condenado a muerte porque ha hecho milagros en favor de la libertad de los más pobres del pueblo, como mostraremos en el capítulo final de este libro. Le condenan porque sus milagros desestabilizan el orden social que había forjado Israel. Jesús no cura a unos pocos. . . , poniendo sus curaciones al servicio del sistema, como sucede en Epidauro o en los sitios donde actúan los exorcistas judíos. Jesús cura ofreciendo a los curados y a todos los pobres de la tierra un ideal nuevo de vida liberada, de amor hasta la muerte. Cura mostrando con sus curaciones la llegada de un nuevo orden de gracia donde todos los hombres son hermanos, todos libres, todos responsables de su propia vida.

De esta forma, los milagros de Jesús se convierten en principio de ruptura dentro de aquella sociedad establecida en la que había sitio para cojos, mancos, ciegos y posesos. . . pero dentro un sistema sacral que justifica el orden existente. Pues bien, Jesús ha roto ese sistema. Ha curado a los enfermos y a los locos para abrir su corazón y su existencia hacia una forma de existencia liberada, de plena gratuidad. Por eso le persiguen como peligroso, por eso le acusan de "poseso" y le acaban condenando como a un hombre que destruye el orden de la ley israelita.

He dicho que las curaciones de Jesús, siendo gesto de amor a los pequeños son, al mismo tiempo, una expresión de libertad. Jesús quiere liberar a los pobres y enfermos, haciéndoles capaces de vivir en gratuidad, en apertura al reino, haciéndoles capaces de gozar y de morir por ese reino. Por eso, cuando le entregan a la muerte y le clavan en cruz, Jesús sigue fiel a su ideal de reino y se mantiene (sufre) en la cruz precisamente por amor al reino. Ha confiado en Dios y esa confianza ha sido base de todos sus milagros; en Dios sigue confiando desde el mismo abismo de la muerte.

El valor de los milagros de Jesús viene a condensarse, de esta forma, en el fin de su vida: acepta la muerte porque cree en el Dios de sus milagros, porque sigue confiando en la vida del amor desde el abismo del odio y de la muerte. Está en juego lo que ha sido su camino. Si fracasa ahora su gesto acaba todo: Jesús no habría sido más que un simple mago fracasado; si Dios responde es que Jesús ha sido profeta verdadero, aquel supermago del amor que hace posible que la vida se convierte en gracia y esperanza desde el mismo abismo de la muerte de este mundo.

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domingo, 18 de agosto de 2013

FUEGO, ANGUSTIA, CONFLICTO

Fuego, angustia, división... El lector del evangelio suele encontrar dificultades ante este texto, hasta el punto de no resultarle fácil "encajarlo" en el conjunto del evangelio. Eso ha hecho también que hayan surgido interpretaciones muy variadas.
Empecemos por la imagen del fuego. En el apócrifo Evangelio de Tomas, encontramos dos textos similares: "He echado fuego sobre el mundo y lo estoy manteniendo hasta que arda" (EvT 49); y "El que está cerca de mí está cerca del fuego; el que está lejos de mí está lejos del Reino" (EvT 82).
A tenor de estos textos, parece adecuado ver el fuego como una metáfora del Reino. A eso mismo apuntaría la frase del evangelio de Lucas, al subrayar el deseo manifiesto de Jesús de que estuviera ya ardiendo.
Si tenemos en cuenta que la pasión por el Reino constituyó el eje de la vida y de la misión del maestro de Nazaret, todavía se hace más patente ese significado. Jesús expresa su anhelo intenso de que el Reino se haga presente en la realidad del mundo.
El fuego da calor, ilumina y purifica. Y eso mismo puede aplicarse al Reino. El frío, la oscuridad y la confusión caracterizan la existencia que se ha reducido al ego. Desconectada de quien realmente es, la persona que vive identificada con su ego, no puede sino verse envuelta en la aridez, la ignorancia y el temor. Su primera necesidad –si queremos expresarla con esa imagen- es la de acercarse al fuego, que pondrá luz en su vida, certeza en su percepción y limpieza en sus actitudes y comportamientos.



Luz, certeza y limpieza que únicamente vienen de la verdad de lo que es, Eso que constituye el núcleo último de todo lo real y, por tanto, nuestra identidad más profunda. Eso es lo que Jesús nombraba como "Reino de Dios".

¿No sentimos también nosotros, en nuestro interior, un anhelo de que el "fuego" se manifieste, nos tome y se expanda? La clave consiste en percibir que nuestra identidad es ya ese mismo "fuego" y que el secreto de la vida –que nos hace salir de la ignorancia y despertar- no es otro que el de reconocernos y vivirnos desde él.

La frase que alude a la angustia ante el bautismo, a juicio de la mayor parte de los exegetas, no provendría del propio Jesús, sino que se trataría, más bien, de una lectura retrospectiva realizada por la primera comunidad. Es decir, una vez ocurrida la ejecución de Jesús, los discípulos la leen como un "bautismo de sangre", y atribuyen a Jesús un sentimiento de angustia ante ella.

Un sentido similar es el que tiene la pregunta que se pone en boca de Jesús, dirigiéndose a los hijos del Zebedeo, cuando le piden sentarse a su lado: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser bautizado?" (Mc 10,38-39).

Tanto el "cáliz" (trago) como el "bautismo" se refieren, indudablemente, a la muerte. Pero el texto no se remitiría a Jesús, sino a la interpretación que la comunidad hizo de su muerte.

Y el tercer tema es el de la división. ¿No se había anunciado el nacimiento de Jesús –precisamente en este mismo evangelio de Lucas- como "paz a los hombres" (Lc 2,14)? ¿Qué significa que Jesús se presente como fuente, no de paz, sino de división?

No es difícil suponer que, tras estas palabras, se encuentre la experiencia de la propia comunidad que contaría con personas a quienes su adhesión al nuevo grupo les habría supuesto tener que cortar con su propia familia, o incluso ser perseguidos por ella. Así aparece en otros textos del evangelio. Podría tratarse, por tanto, de una nueva lectura retrospectiva: la comunidad que ve cómo la nueva fe divide la realidad familiar –tan importante en aquella cultura- pone en boca de Jesús unas palabras que, en cierto sentido, "predicen" lo que habría de suceder más tarde.

Pero hay algún dato más. Por un lado, si bien es cierto que Lucas muestra el nacimiento de Jesús como "buena noticia de paz", no lo es menos que, en el relato de la presentación de Jesús niño al templo, le hace decir a Simeón: "Este niño será signo de contradicción, y a ti misma [su madre] una espada te atravesará el corazón" (Lc 2,34). Por otro, existía una tradición profética y apocalíptica en Israel que veía en la ruptura de las relaciones familiares un signo de las tribulaciones de los últimos días, que anunciaban ya el "mundo nuevo".

En conclusión: al poner en boca de Jesús estas palabras, el autor, a la vez que deja constancia de un hecho sufrido en su comunidad –divisiones y persecuciones-, alienta la esperanza de que se halla próxima la liberación definitiva.

En nuestro "lenguaje": la paz profunda que somos no elimina el conflicto ni la división, como tampoco el dolor –todo ello forma parte del lote de la existencia tal como la conocemos-, pero nos mantiene ecuánimes en la Certeza de Lo que es.



Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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A prender fuego he venido. Incendio de Jesús


Dom 20 tiempo ordinario. Ciclo C. Lucas 12, 49-53. Jesús ha sido el fundador de un movimiento de paz mesiánica (económica y social, familiar y religiosa) a partir de los expulsados y excluidos de su contexto laboral de Galilea. Ha sido hombre de Dios, hombre de fuego, como Elías, pero no para matar a los posibles contrarios, sino para incendiar en amor y vida a sus amigos y al mundo.

Lógicamente ha comenzado por el fuego del hogar: La Foguera,el Sukalde... Roma era y sigue siendo importante, con Río o Bruselas y Tokio... Perro más importante es el hogar de cada familia. En esa línea él ha sido promotor de una dura (y bellísima) terapia de hogar, que es terapia de fuego, en torno a la foguera de cada familia: ha venido a prender fuego, con la espada afilada que corta como bisturí, para operar, con dolor (¡toda operación duele!) y curar con amor, rompiendo las cadenas que tienen presa a la familia.

Esta terapia de Jesús es el comienzo de una nueva humanidad, que empieza desde el reverso de la historia, como he puesto de relieve en La Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013 , de donde tomo estas reflexiones. Lea con atención quien quiera precisar el tema de los ministerios de hombres y mujeres que ha quedado pendiente. Buen domingo a todos, buena terapia.


Voy a estar fuera unos días... pero he dejado reflexiones y temas para quienes quieran seguirme, seguir el evangelio. Un saludo amistoso a todos, una presencia de hogar. ¿Empezamos a dejarnos prender por el fuego de Jesús, fuego que nos libera y nos arde por dentro, fuego que enamora? ¿O dejamos que la casa se nos hunda en el agua de la indiferencia?

Un movimiento mesiánico. Introducción

Jesús inició un movimiento de paz, desde los más pobres, superando la lógica de enfrentamiento que regulaba la vida de familias y grupos de su tiempo, en Galilea. Fue una revolución desde abajo, desde aquellos que vivían en el margen de la sociedad establecida, un movimiento de seguidores y amigos, integrado básicamente por personas que habían sido expulsadas del nuevo (des-)orden social que se estaba imponiendo en Galilea, a causa de la trasformación económica y política vinculada al Imperio Romano.

Apoyándose en antiguas tradiciones (como la ley del jubileo: Lev 25) e invirtiendo el modelo dominante de política y economía importada de Roma, partiendo de su fe en Dios/Abba, Jesús no quiso formar grupos de dominio (para así imponer su proyecto en Galilea), sino de creatividad religiosa y de comunicación humana desde los más pobres. Por eso empezó “curando” a los enfermos y haciéndose prójimo de los posesos e impuros a quienes invitaba a formar parte de su nueva familia social (eclesial), entendida a modo de comunión de personas unidas desde el mensaje y camino de Reino. Por eso invitó de un modo especial a los pobres, haciéndoles iniciadores de su proyecto de familia pacificada de hermanos (hijos) de Dios.

Una guerra de familia.

El movimiento de paz de Jesús no empezó con grandes reformas económicas y/o políticas, en sentido global, sino con la creación de grupos familiares pacificados, abiertos desde los pobres (itinerantes) hacia todos los hombres y mujeres, intensificando la comunicación personal. No anunció una paz sólo futura, ni quiso que sus pobres arrebataran la hacienda de los ricos, sino que ellos mismos (los pobres) empezaran a superar el sistema de propiedad particular (violenta), pero no matando o despojando de sus bienes a los ricos, sino ofreciéndoles salud y curación (paz), precisamente a partir de los mismos pobres a quienes ellos habían expulsado y arrebatado los bienes. Lógicamente, por querer y buscar esa paz (y por hacerlo como lo hacía) tuvo que enfrentarse a los violentos del sistema dominante.

El imperio romano, que dominaba en Galilea, se había formado como un “asunto de familia”, una jerarquía descendente, a partir de los niveles superiores, de manera que el gran orden de la sociedad reproducía un modelo de buena familia patronal (¡cosa nostra!), donde los más altos “beneficiaban” a los bajos (y los bajos se apoyaban a los altos, como clientes de un sistema patronal). El Imperio era un sistema de violencia controlada, de manera que su paz era el resultado de la imposición de unos sobre otros. Lógicamente, Dios era el Orden, el Valor de los valiosos, el sistema.

En contra de eso, Jesús quiso crear unas agrupaciones de familias no patriarcalistas,donde hubiera espacio para todos, desde los más pobres. Para eso tuvo que oponerse a los esquemas de familia tradicional, pues era una familia impositiva, centrada en el valor superior de los “patriarcas” (padres de familia, varones), dejando a los demás miembros de la familia en un lugar inferior y expulsando a los huérfanos-viudas-extranjeros (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22), víctimas de un tipo de vida y economía mercantil.

Para superar la violencia de la familia establecida (que, por otra parte, era incapaz de mantenerse en la nueva situación), Jesús tuvo que crear un nuevo tipo de familia más extensa, no patriarcalista, donde cupieran todos, no sólo los de dentro, sino los del entorno social, desde los más pobres. Ésta fue su revolución, esta su “guerra”, más difícil y dura (duradera, creadora) que las guerras de Julio César o Augusto.

Lógicamente, al buscar lo que buscaba, una familia abierta a todos, para crear lo que él quería crear (grupos de Reino), no pudo empezar reforzando las instituciones existentes (¡más familia patriarcal, más orden, más ley, más templo!), sino que comenzó “creando familia” desde los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, desde aquellos que estaban siendo rechazados por la buena sociedad establecida.

No tuvo más remedio que oponerse a un tipo de familia dominante, de carácter jerárquico-impositivo, porque ella iba en contra de su opción de Reino y porque funcionaba con modelos de imposición jerárquica, expulsando a los más pobres (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). Lógicamente, tuvo que decir a sus discípulos que “aborrecieran” a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 14, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3).

Texto

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53; cf. Mt 10, 34-36)

Cuando dijo a sus seguidores que debían “aborrecer” a sus familiares (Lc 14, 26), Jesús no quiso negar o criticar unos “lazos de sangre”, de tipo biológico y social, para impulsar un tipo de comunión espiritualista, sin vínculos de tipo “carnal” (como parece querer ya el Evangelio apócrifo de .Tomás), sino que rechazó un modelo de familia exclusivista, para crear otro modelo de familia, pero muy concreta (muy de carne y sangre, de amistad y comunión), pero no exclusivista; una familia donde importan los hombres y mujeres, cada uno de ellos y todos en relación concreta, sin imposiciones ni exclusiones, una familia donde cupieran los expulsados de las otras “tribus” y malas familias de su tiempo. Fue una revolución como nunca se ha dado.

La terapia de Jesús: Fuego, bautismo, espada

Para explicar esta terapia de familia, el Evangelio de Lucas pone en boca de Jesús tres palabras simbólicas de una importancia enorme. Cada una de ellas marca una ruptura, las tres juntas evocan “la ruptura” esencial de Jesús, que así puede presentarse como impulsor de un nuevo Adán/Eva donde caben todos. Para ello recoge explosivas, que pueden aparecer separadas en otro contexto de la tradición evangélica, pero que aquí se unen para indicar la importancia de la “lucha” de familia: fuego, agua, división (espada). Más fuerte no podía haberse dicho.

1. Fuego. «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!».

El tema del fuego mesiánico (del Dios/Fuego) ha sido ya aplicado a Jesús por Juan Bautista, cuando anuncia la llegada de uno más fuerte, que no bautiza en agua, sino con Espíritu Santo y Fuego (cf. Lc 3, 16; Mt 3, 10). El fuego es el poder del juicio de Dios, que purifica o destruye (para recrear).

Estamos ante el tema Jesús/Fuego, elaborado en especial por la tradición casi gnóstica del Evangelio de Tomas, que recoge este pasaje de Lucas, vinculando fuego y bautismo (EvTh 16), pero que añade otros impresionantes: «He arrojado fuego sobre el mundo y he aquí que lo estoy vigilando hasta que arda en llamas» (Ev Th 10) «Jesús ha dicho: Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Ev Th 82).

Jesús es un fuego espiritual, sin duda, como indica el Evangelio de Tomas (apócrifo). Pero Tomás corre el riesgo de entender ese fuego en línea sólo intimista, como una llama que arde en el corazón de cada hombre o mujer que hace el camino de la santidad. Pues bien, conforme al evangelio de Lucas, ese fuego arde en familia, cambia las relaciones familias.

2. Bautismo. «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!».

El bautismo no es ya un rito exterior de purificación, sino gesto de inmersión en el “agua de la vida”, gesto de entrega total, para crear la nueva humanidad. Está vinculado también la promesa del Bautista que decía que Jesús “bautizará (agua) con Espíritu y fuego”. Pues bien, el agua de Jesús lleva a crear nuevas relaciones, como las que él dice a los zebedeos cuando les invita a participar en su bautista de servicio para todos, sin jerarquías no poderes impositivos (cf. Mc 10, 38-39)

3. Espada. «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división ». Lucas pone división (diamerismón).

Mateo conserva quizá el término primitivo de “espada” Majaira (Mt 10, 34). Ésta es la espada de una guerra no militar, que penetra y divide y recrea, como un bisturí de doble filo (Hebr 4, 12), que corta, quita y cura; como espada de la palabra del Jinete del Logos, del logos de Dios (Ap 19, 15), que destruye a los poderes perversos, para crear la familia de los hijos de Dios, las bodas del Cordero. Lucas ha puesto división (no espada) porque todo texto siguiente se centra en las “divisiones” que hay introducir para que venga la nueva familia de las uniones cordiales, del auténtico fuego de amor, del bautismo del agua de la vida compartida.

Explicación.Consta de dos partes, una negativa y otra positiva.

El evangelio sólo expone la parte negativa: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

La parte positiva se supone y hay que crearla: crea una familia de uniones nueva, una familia fundada en el fuego de Jesús, en el agua de la vida… Una familia que brota allí donde el bisturí mesiánico de crear nuevas vinculaciones.

Aquí se funda la paz familiar de Jesús, abierta a los que carecían de familia. Por eso, él no creó agrupaciones espiritualistas, de tipo gnóstico, ni quiso separarse del mundo de la vida (engendramiento, trabajo, economía, descanso…), sino trasformar esa vida concreta, las relaciones afectivas y laborales, económicas y políticas de su entorno, creando grupos de paz familiar extensa, iglesias o comunidades formadas por personas capaces de compartir en amor los diversos aspectos de la vida, espacios verdes de paz familiar, abierta a todos los que quisieran integrarse en ella

La familia de la Pax romana y la familia que surge del modelo sagrado del templo de Jerusalén fundamenta y sacraliza unas relaciones de poder, que separan y condenan a los inútiles, que someten a los distintos, que expulsan a los impuros.

En contra de eso, Jesús quiso crear familias amplias (comunidades, iglesias) donde hubiera lugar para todos. Como he señalado, ello exigía unas rupturas respecto de la familia anterior (Lc 14, 26). “Venir a Jesús” (=amarle: cf. Mt 10, 37) significa optar por los destinatarios de su Reino, que son precisamente los que no tienen familia (los expulsados del orden tradicional). Por eso, “estar con él” implica abandonar (aborrecer) un tipo de familia para crear otra más amplia, donde caben los mismos “aborrecidos”, pero en un espacio más extenso, conforme a la visión del ciento por uno de Mc 10, 29-30, que aparece en los textos básicos de Jesús sobre su familia extensa (cf. Mc 3, 31-35; Lc 11, 27-28; Lc 12, 51-53).

Odiar para amar

Mateo ha situado este mismo pasaje de Lucas (que ambos toman del Q) al final del discurso misionero, tras la exigencia de “confesar al Hijo del hombre” (Mt, 10, 32-33). Superando la vieja familia sacral (que protege a los suyos) ha elevado Jesús su experiencia de comunidad abierta a todos, y de un modo especial a quienes carecen de familia. Ciertamente, reconoce el valor de la casa-familia y la incluye en su proyecto misionero (Mt 10, 12-13; cf. Mc 6, 10); más aún, todo su movimiento se centra en el deseo de crear nuevas “familias de Reino”; pero, a fin de que ello sea posible, tiene que romper el orden de la "buena" casa-familia.

No se trata de que el padre no ame al hijo, ni el hijo al padre, ni la madre a la hija etc, sino todo lo contrario: se trata de que se amen de tal forma que su amor sea fuente de concordia más extensa, abierta a los expulsados de la sociedad, abierta a la justicia.

Más aún, en caso de conflicto, si hubiera que escoger entre un buen “amor íntimo”, pero egoísta (cerrado entre dos o cerrado en las buenas familias…) y un amor extenso a los pobres, Jesús opta por el amor extenso, el amor del reino. Por eso, su mensaje implica una “ruptura y división”: tiene que acabar un tipo de “buena familia” en la que importan sólo los nuestros, una familia (sobre todo una familia de tipo económico, social, político…) en la que sólo importan los nuestros, mientras los de fuera mueren de hambre o tienen que venir en pateras, porque no tienen posibilidades de vivir.. Por eso, su mensaje de concordia universal, que empieza por los marginados de Israel, se vuelve fuente de discordia: introduce una espada de división en la carne del pueblo, incluso al interior de las familias (Lc 14, 16-24; cf. Lc 2, 35; Mc 13, 8).

Posiblemente, esta palabra (¡no he venido a traer paz, sino espada!) proviene de un profeta eclesial que habla en nombre de Jesús, en contexto de conflicto misionero, pero expresa el poder del evangelio. La gratuidad mesiánica, que vincula en amor universal a los humanos, rompe los lazos más sagrados (padre-hijo, madre-hija, nuera-suegra), volviéndose riesgo social: no sacraliza el orden existente, ni sanciona sus poderes, sino que sitúa a los hombres y mujeres ante un camino de solidaridad universal, empezando por los pobres. Por eso:

Quien ame a su padre o a madre más que a mí no es digno de mí,
y quien ame a su hijo o hija más que a mí no es digno de mí,
quien no tome su cruz y me sigue no es digno de mí (Mt 10, 37-38; Lc 14, 25-27).

Mateo ha formulado este pasaje en forma comparativa (quien ame más...); Lucas en forma excluyente: quien no odie... Pero el tema es el mismo: Jesús aparece en ambos casos como amor supremo, autoridad y comunión. Ciertamente, hay otros valores familiares, pero el que importa al fin es el valor del “amor universal”, del amor donde quepan todos.
Dios es amor, Jesús es amor de familia… Pero es un amor que tiene que ser capaz de romper otros amores…, para que haya espacio para todos. Por eso, él ha establecido por encima de ellas el vínculo del reino, definido a través de su persona. No ha venido a cambiar unas ideas sobre Dios ni unos aspectos sacrales del entorno, sino a manifestar en su persona el amor del reino sobre todos los restantes amores (de padre o madre, hijo o hija). Sólo la contemplación de ese amor, abierto a los excluidos del sistema, puede llamarse y ser autoridad definitiva, autoridad de amor. Amar a Jesús es amar en familia (¡viva el cantar de los cantares, vivan las bodas!); amar a Jesús es amar en familia (¡vivan los hermanos, viva el suegro y la suegra!)… Pero es un amor que se abre, una casa en la que pueden caber amorosamente todos.

Fue una familia que empezó desde el margen

El esquema social dominante era de patronazgo y clientela y reproducía la estructura jerárquica del Imperio. Los “buenos” patronos formaban la clase superior (terratenientes, cortesanos), que presumían de ofrecer ayuda económica y social a sus clientes. Los “fieles” clientes dependían en diversas formas de los patronos, a quienes apoyaban. Entre unos y otros se establecían relaciones de egoísmo mutuo y no de gratuidad (unos necesitaban a los otros).
El esquema sacral de familia israelita era quizá lo mejor que se había dado hasta entonces en el mundo. La religión judía era y sigue siendo una buena familia… Pero, en aquel tiempo, en los círculos dominantes, era una familia organizada desde arriba, una familia de ley más que de amor en libertad… Era una familia hecha de buenas familias, que al final imponen su ley sobre el conjunto de la sociedad. Por eso quedaban fuera los cojos-mancos-ciegos, por eso no entraban en la buena casa de los puros aquellos que estaban manchados. En aquella familia bo cabían los que hoy llamaríamos “marginales” (extranjeros, impuros, “desviados” sexuales, huérfanos…).

Pues bien Jesús vino a crear familia precisamente para esos. Por eso dijo que debía pasar el fuego, agua y espada de su anuncio de reino a través de la misma trama de la vida de las “buenas” familias.

Muy cerca de los lugares donde andaba Jesús existían dos núcleos urbanos judíos de cierta importancia (Séforis y Tiberíades); no muy lejos había ciudades helenistas mayores (Cesárea del Mar o Damasco, Tiro o Gadara) donde vivían muchos judíos. Sin embargo, parece que Jesús no entró en ninguna, sino que permanecía fuera, porque creía que su “familia” debía formarse a partir entre los campesinos desposeídos, a quienes él quiso hacer portadores y mensajeros del Reino.

Así les escogió para que realizaran curaciones y exorcismos, haciéndoles capaces de crear grupos de solidaridad inmediata, abierta a todos los que quisieran asumirla. No eran soldados para conquistar una tierra, ni sabios escribas para extender una nueva interpretación de la ley, sino testigos privilegiados de un nuevo comienzo social, que debían anunciar y ofrecer a los mismos ricos, los propietarios de casas y tierras. Al programar su camino de Reino, Jesús no buscó la generosidad patronal o patriarcal de unos, ni la dependencia mendicante de otros, sino la convivencia de todos, iniciando una forma nueva de comunicación integral en la que cupieran todos.

En esa línea, él no quiso hacer simplemente unas paces, sino hacer la paz, creando comunidades pacificadas, en medio de una tierra dominada en su conjunto por la violencia. Su proyecto supuso una ruptura, quizá la mayor de todas las rupturas de la historia de occidente, no para destruir, sino para construir entre todos una comunión de paz. Así lo dice Mc 10, 29-30 cuando asegura que aquellos que han dejado “un campo, una casa, una familia” (en clave de posesión), recibirán cien casas, cien campos, cien familias, en clave de comunicación y abundancia pacífica, es decir, de “posesión compartida”.

El programa de nueva familia de Jesús y de sus enviados constituye un ataque contra la identidad del Imperio romano, construido desde arriba (conforme a un esquema de patrón/cliente), que se expresa en la imposición de unos (patronos) y el sometimiento de otros (clientes), bajo el dictado de las legiones. Jesús ha destruido esa distinción de patronos y clientes (señores y siervos) y de esa forma ha superado el modelo de relaciones imperiales (resultado de un pacto de fuerza…), para buscar, desde su Dios israelita, un tipo de de familia donde se pudieran retomar, en un nivel más alto, los modelos antiguos de las comunidades de campesinos federados del principio de la historia israelita.

Jesús criticó de esa forma el modelo de familia tradicional (sacral) israelita y, sobre todo, el esquema imperial de Rom (hecho de imposición y grupos dominantes). Algunos años más tarde, en el tiempo de las grandes crisis que surgieron al final de la monarquía de Nerón (y de la dinastía de los julios/claudios), con la guerra judía (del 66 al 70 d. C.), parecía que las estructuras imperiales iban a caer y con esa ilusión se alzaron los rebeldes de Israel, apoderándose de Jerusalén. Pero la crisis pasó, Roma se repuso y tomaron el poder los flavios, con Vespasiano que había sido el comandante de la guerra anti-judía, aclamado emperador el 69 d. C. Murieron por entonces cientos de miles de judíos, acompañando en su caída al templo de Jerusalén, reducido a llamas (70 d. C.), y las estructuras imperiales volvieron a imponerse con más fuerza en Judea y Galilea. El Impero se estabilizó y muchos grupos judíos desaparecieron, pero las comunidades pacificadas, no jerárquicas, de Jesús se mantuvieron.

Bibliografía. Ha planteado el tema desde la historia de Israel, de manera clásica: N. K. GOTTWALD, The Tribes of Yahweh. A sociology of the Religion of Liberated Israel, 1250-1050 BCE, SCM, London 1979.

Sobre las comunidades del entorno de Jesús (además de mi libro ya citado, en el que me inspiro): cf. S. C. BARTON, Discipleship and family ties in Mark and Matthew (SNTS Mon. Ser 80), Cambridge UP 1994 y S. GUIJARRO. Fidelidades en conflicto.

La ruptura con la familia por causa del discipulado y de la misión en la tradición sinóptica, Pontificia, Salamanca 1998. Sobre la estructura de fondo de las comunidades y familias, cf.
R. AGUIRRE, Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, Ágora 4, Verbo Divino Estella, 1998 (= Desclée de Brouwer, Bilbao 1987);
G. THEISSEN, Estudios de sociología del cristianismo primitivo, BEB 51, Sígueme, Salamanca, 1985;
E. W. STEGEMANN y W. STEGEMANN, Historia social del cristianismo primitivo. Los inicios en el judaísmo y las comunidades cristianas en el mundo mediterráneo, Verbo Divino, Estella 2001;
J. D. CROSSAN, El nacimiento del cristianismo, Panorama, Sal Terrae, Santander 2002

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domingo, 21 de julio de 2013

Marta y María: Liderazgo y "disputa" de mujeres



Domingo 16 tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 10, 38-42. Este pasaje, que se ha venido aplicando a dos forma de vida cristiana, una activa (Marta) y otra contemplativa (María), trata en realidad del liderazgo, dentro de una iglesia dirigida por mujeres.

Estas dos mujeres son los primeros obispos/diáconos y doctores/orantes de la Iglesia, entendida como casa de Jesús. Ellas representan los primeros ministerios de una iglesia que es humana siendo femenina (y masculina). Es normal que surjan disputas

Difícilmente se podría haber escrito un texto más actual. No trata sólo de la "ordenación" de mujeres para los ministerios eclesiales (obispos, supervisores, doctores...), sino de la misma estructura y tareas de la Iglesia, entendida como casa de mujeres que reciben a Jesús.


Ofrezco un texto "largo". Lea quien quiera sólo la primera parte, le dará una idea lo que lo que se "cuece" en este pasaje sorprendente , que está antes del CIC (Código)y del CEC (Catesismo),, un texto necesario para la nueva etapa de la Iglesia "franciscana" y universal.

Podrá discutirse la escena (como se ha hecho por siglos), pero es evidente que Jesús quería una iglesia distinta, una "casa" donde las mujeres pudieran recibirle, aunque fuera con pequeñas disputas, como muestran las dos primeras imágenes. La tercera va en línea de jerarquía femenina. Jesús quería que las mujeres jueran servidoras del Reino, ministros de la Iglesia, pero quizá las prefería sin mitra.

Texto
marta

Mientras iban ellos de camino, Jesús entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió. Y ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, estaba afanada (distraída) con mucho servicio; y acercándose [a El, le] dijo: Señor ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo el Señor, le dijo: Marta, Marta, te preocupas y estás perturbada por muchas cosas; una [sola] cosa es necesaria; en efecto, María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada (Lc 10, 38-42)

Interpretación tradicional

La interpretación tradicional insiste en la prioridad de un tipo de vida interior o contemplativa, en una línea más griega que judía, más “oriental” que cristiana:

‒ Las hermanas representan dos formas de vida, aunque una (la que escucha) parece mejor que la otra (el servicio). En su mismo enfrentamiento, ellas expresan las dos tareas principales de la humanidad: acción y contemplación

‒ Jesús es Maestro interior, su palabra es principio de transformación interior... Esta visión es buena, pero el texto contiene varios rasgos que desbordan ese enfrentamiento de acción-contemplación, para situarnos ante un dato nuevo, propio de la Iglesia.

1. PRINCIPIOS. FIGURAS Y SENTIDO DEL TEXTO

obispos
(1) Servicio de Marta. De un modo normal solemos pensar en los trabajos de tipo doméstico: limpiar la habitación del huésped, preparar la comida, servir la mesa. Así tomamos a Marta como una simple criada. Pero el sentido principal de servir (diakonein) en el Nuevo Testamento significa otra cosa.

(2) Dos mujeres que son toda la iglesia. La visión tradicional, patriarcalista, ha presentado a Marta como servidora-criada (tareas materiales) y a María como contemplativa-pasiva (escucha y ora en silencio). Sobre ambas mujeres, la criada y la monja/contemplativa pasiva, se ha eleva la autoridad ministerial de los varones (sacerdotes) en contra de Jesús.

(3) Marta y María son hermanas, en línea eclesial (cf. Lc 8, 19-21; cf. Hech 1, 15; 11, 29; 15, 3...); son servidoras o ministros de una comunidad cristiana que recibe a Jesús (a sus delegados). Marta se afana por realizar su servicio (cf. Lc 6, 46-49). Por su parte, María escucha la palabra para cumplirla (cf. 8, 21).

(4) Conflicto y complementariedad. No hay oposición entre servicio externo (acción) y escucha interna (contemplación). El servicio (especialmente a los pobres) no es en Lucas una tarea secundaria, subordinada a la contemplación, sino verdad y centro de todo el evangelio. En ese fondo se sitúa la tensión del texto, que relacionamos con otro pasaje de Lucas (Hech 6) donde se oponen y complementan los Doce (que ahora serian María) y los Siete (que ahora serían Marta).

(5) Marta y María son toda la Iglesia… Y en ese sentido el texto añade que María ha escogido la mejor parte... (Lc 10, 42). No está condenada como mujer al servicio que le imponen los varones, no es una esclava del sistema patriarcal o del lugar que ocupa en la casa. He hecho una opción, ha escogido, en gesto personal que le vincula con Jesús, a través de la palabra. Hay unos servicios que se pueden imponer. La palabra, en cambio, no se impone, sino que abre un espacio de libertad y de acción para María.

(6) Marta y María simbolizan y encarnan así todas las tareas de la iglesia como casa donde se acoge y escucha la palabra. En ellas se unen y vinculan los servicios de la Iglesia. Unidas en la casa de la iglesia, Marta y María son signo de todos los ministerios cristianos, lo mismo que los Siete y los Doce de Hech 6. Dos mujeres, toda la iglesia

(7) Todos en la iglesia están simbolizada por esta casa de mujeres, que reciben a Jesús y se ayudan y dividen o definen entre sí, a partir de su presencia.

2. LECTURA CURSIVA

He querido ofrecer un ejercicio de lectura eclesial y femenina sobre Lc 10,38-42. Ahora continúo presentando el tema en con una lectura más detallada del texto. El lector no interesado puede dejar aquí el texto.

1. Mientras iban de camino (10, 38a).

Así comienza la escena. El relato no está situado en el de los mitos, ni en el érase una vez de los cuentos clásicos, sino en el camino de Jesús con sus discípulos y/o amigos.

*Lc 10, 38-42 recuerda una historia pasada. Es muy posible que Jesús haya sido acogido en la casa algunas buenas mujeres, que le han ofrecido no sólo hospitalidad externa, sino también cercanía humana, casa familiar. Junto a las mujeres que le siguen con los otros discípulos ambulantes (cf. Lc 8, 1-3) aparecen aquí las mujeres que le acogen, pudiendo presentarse de esa forma como signo de la iglesia.

* Sucedió que mientras iba de camino... Todo sucede en el camino de ascenso y entrega, en la vida hecha proceso de ascenso a Jerusalén y misión universal de reino. Precisamente ahora, allí donde Jesús y sus discípulos ofrecen al mundo unos modelos de entrega y acogida surgirá la iglesia.

2. (Mientras ellos iban de camino…) Jesús entró (10, 38a).

De manera sorprendente, el texto pasa del plural al singular: mientras ellos siguen de camino, él entra en una aldea y casa...

* Por una parte están todos que siguen de camino... Ellos son sin duda alguna los discípulos de Jesús (desde 9, 51) y de un modo especial los setenta y dos a quienes ha enviado expresamente para precederle (10, 1). Así podemos afirmar que él, Jesús, está con aquellos que caminan; forma parte de la gran comunidad misionera que anuncia el evangelio, la buena noticia del éxodo y ascenso mesiánico.

* Por otra parte, Jesús aparece separado... así de la iglesia del envío y camino, representada por los Setenta y Dos misioneros de 10, 1.12 (entre los cuales parece evidente que también hay mujeres, como supone 8, 1-3) a la iglesia de la acogida y casa (representada ahora por las dos mujeres que van a recibir a Jesús).Este Jesús acogido en la aldea (o casa) es símbolo del conjunto eclesial. No aparece ya en forma individual histórica, como un hombre del pasado, sino como figura pascual: es el Señor al que se acoge, el Señor que constituye el centro de la vida de la comunidad.

3. Entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió... (10, 38)

Recibir a Jesús se identifica con recibir a sus enviados y viceversa. La misma existencia de la iglesia está vinculada a la acogida de Jesús, con todo lo que ella implica.

* 10, 1-11: Recibir o rechazar a los enviados de Jesús. Jesús envía a todos sus discípulos (a los Setenta y dos) sin otra seguridad que su palabra y poder de curaciones. Van sin dinero ni seguridades, quedando así a merced de que las gentes (pueblos, casas) les acojan o rechacen. No van a descansar como curiosos vagabundos, ni a imponerse como señores, sino a ofrecer el reino, como obreros que realizan un duro trabajo de evangelio. Son ministros del reino y salvación de Dios, pero quedan a merced del ministerio de la acogida (comida, hospitalidad total) de las casas o pueblos donde vayan.

* 9, 52-56. La aldea de los que no reciben a Jesús. Esta aldea de los samaritanos es signo de todas las ciudades y lugares que no aceptaran la misión de Jesús, rechazando a sus discípulos. Esta es la aldea que no se hace iglesia (casa acogedora), aldea que Santiago y Juan, situándose en plano de violencia apocalíptica, quieren destruir con fuego que baja del cielo; evidentemente, el Jesús de la acogida libre, de la casa voluntario, les rechaza, diciéndoles que no conocen su espíritu.

* 10, 38-42. Marta y María. La aldea de los que reciben a Jesús. Frente a los samaritanos anónimos que no le acogen, aparece aquí ella como signo y representante de toda la aldea que recibe a Jesús ((y que sin duda recibe a sus discípulos, creando así comunidad con/para ellos)).En este contexto se iluminan de manera sorprendente muchos elementos de nuestra escena. Estamos, como indica 10, 1-12, en el centro de la gran misión eclesial. Jesús no entra en la casa de Marta por casualidad, sino porque sigue realizando su misión, a través de sus discípulos. No entra por pasar un simple rato de placer, en compañía, con dos amabilísimas mujeres, sino porque quiere crear iglesia, quedándose en la casa de aquellos que le reciben.

* 10, 38-42. Historia de Marta y María. Acogida y conflicto intra-eclesial. Frente a los samaritanos aparece Marta, como representante de una aldea (es decir, como autoridad social). Es evidente que ella no puede actuar en nombre propio, como persona privada (nada hay privado a ese nivel en una aldea judía), sino que ha de hacerlo como representante de la aldea en su conjunto. Ella sólo puede recibir y recibe a Jesús en nombre del conjunto social, en gesto de servicio positivo que marcará el sentido de todo lo que sigue.

4. Aldea y/o casa de Marta, una mujer “obispo” (10, 38b)

* Solemos identificar la iglesia itinerante con varones, conforme a una visión usual de los Doce, hombres todos ellos (cf. 9, 1-6). Pero Lc 8,1-3 ha mostrado que esa iglesia está formada también por mujeres que acompañan a Jesús y le sirven (o sirven al grupo, según las lecturas posibles del texto, que después estudiaremos, al comparar 8, 3 y 10, 40). Por ahora nos basta con saber que ellas pertenecen también a la iglesia en cuanto institución misionera: se encuentran incluidas, en el número de los setenta y dos enviados de Jesús, aunque ese número parece más vinculado a los varones.

* La Iglesia son las mujeres que acogen a Jesús (y a sus discípulos) en Casa. La iglesia puede definirse como la comunidad o grupo de aquellos que "reciben" a Jesús, como aparece en Lc 10, 1-12. Frente a la aldea de los samaritanos que no recibe a Jesús (9, 52-56), frente a las aldeas o ciudades de Galilea que en el contexto posterior aparecen rechazándoles (10, 13-16), eleva Jesús su palabra de gozo por aquellas que han recibido a sus discípulos (que le han recibido a él mismo; cf. 10, 17-24).

* Una mujer, llamada Marta le recibió ("en su casa"). No le recibe en un lugar privado, ni es una casa muy específica, a nombre individual, sino en una aldea. Ella aparece, al menos simbólicamente, como representante del grupo, como persona de autoridad. Es muy posible que Lucas esté proyectado en la Galilea campesina del tiempo de Jesús las condiciones sociales de una mujer rica del mundo greco-romano, con independencia económica y social. Sea como fuere, una mujer que recibe a Jesús en la aldea, en contexto dramático de anuncio del reino, allí donde los samaritanos le rechazan aparece como persona de autoridad.

5. Sentido de la casa. Variantes manuscritas.

Al llegar aquí, los copistas posteriores han tenido duda, desde el comienzo de la transmisión del texto (a finales del siglo I d.C.). Un estudio más amplio del pasaje nos obligaría a matizar cada una de ellas buscando su sentido. Pero ya aquí podemos recordar que esta es una escena de organización eclesial: nos habla de las tareas de la casa donde está acogido Jesús, casa donde se realizan los diversos ministerios eclesiales. Desde aquí se entiende las tres posibles lecturas del texto:

1. Marta le recibió (sin alusión a casa). Esta es la lectura preferida por las ediciones actuales más autorizadas (Greek New Testament, Nestle-Aland), siguiendo los manuscritos más significativos (p45.72; B, copsa). Marta aparece así como representante de una comunidad humana o aldea que recibe a Jesús y vive a la luz de su evangelio, es decir, de su camino de ascenso mesiánico a Jerusalén; ella es la primera autoridad de la iglesia establecida.

2. Marta le recibió en la casa (ton oikon). Según los manuscritos que ofrecen esta lectura (p23,, C*, L, Ξ, 33) la casa donde ella recibe a Jesús aparece sin dueño. En contexto eclesial, esa debe ser la casa de la iglesia, como suponen otros textos del NT. De esta forma pasamos de la aldea, como expresión general, de tipo más geográfico y extenso, a la comunidad cristiana, vinculada con esa aldea. Si es Marta la que recibe a Jesús en la casa eclesial es que ella aparece como "anfitriona", "dirigente" o representante de esa iglesia. Nos hallaríamos ante una comunidad presidida por una mujer.

3. Marta le recibió en su casa (de ella: oikon autou). Los manuscritos que ofrecen esta versión (A, D, K. W...) tienden a suponer que se trata de la casa familiar de Marta, convirtiendo la escena en un tipo de encuentro privado o íntimo entre Jesús y una mujer o dos mujeres (como luego veremos). Pero aún en esta versión, la casa de Marta puede convertirse en signo de la iglesia, como sucede con la casa de Simón (Lc 4, 38). En las reflexiones que siguen pondremos de relieve el carácter público de la escena, interpretando a Marta (y a María) como representantes de la iglesia

6. Resumen de lo dicho

* Jesús, mensajero del reino, subiendo a Jerusalén, para realizar allí su éxodo. Es evidente que todos los que quieran participar de su camino deben recibirlo, convirtiendo así su aldea o casa en "iglesia", en comunidad mesiánica.
* Marta, una mujer cuyo nombre en arameo significa la Señora (en palabra de la misma raíz de Mar, Maran, Señor), como aquella que le recibe. Ella aparece como representanta de la iglesia que sirve al Señor Jesús, sirviendo o acogiendo a sus hermanos.

Si la narración acabara aquí tendríamos un paradigma muy sencillo de acogida eclesial: cierta comunidad cristiana, simbolizada por una mujer, recibió y recibe al Señor en el camino del reino. Pero resulta evidente que Lucas no ha narrado este pasaje solamente para decir algo tan obvio: que una mujer representa a la iglesia que recibe a Jesús. Al llegar aquí, narración tiene que complicarse y profundizarse; sólo de esa forma puede convertirse en paradigma o ejemplo verdadero de la vida de la iglesia. Así sucede con la intervención de la segunda hermana.

7. Tenía ésta una hermana, llamada María (Lc 10, 39a).

Significativamente, el texto no ha precisado más la función de Marta. De ella sólo se ha dicho que "recibe" a Jesús, como lo hace Zaqueo en Lc 19, 6. Pero, en contra de lo que sucede con Zaqueo, ella no dialoga directamente con Jesús sobre problemas de organización o riqueza, sino que lo hace a través (a causa) de su hermana, María, a quien ahora vemos escuchando a Jesús.

Es significativo y a mi juicio normal que, al llegar aquí, Lucas utilice este paradigma (de disputa entre mujeres) para ilustrar las tensiones interiores de la comunidad, que pudieran parecen más propias de varones, como puede verse en la disputa sobre los primeros puestos (cf. Lc 10, 46-48) o en la discusión sobre "ministerios" (cf. texto paralelo de Hech 6).

8. Ejemplos de mujeres enfrentadas por un hombre:

* Sara y Agar. No son parientes, sino una mujer libre (Sara) y su esclava (Agar), vinculadas al mismo marido (Abrahán) cuyo favor quieren conseguir, por medio del hijo que aparece como expresión de dignidad y de poder, tanto para una como para la otra. La tensión se resuelve cuando la mujer libre logra expulsar del hogar a la esclava con su hijo, quedando ella como única agraciado. Esta historia ha sido "espiritualizada" por la tradición judía y cristiana, que ha visto simbolizadas en la libre y esclava dos momentos o formas acción de Dios (cf. Gal 4, 21-5,1).

* Lía y Raquel. El mismo tema de las dos mujeres que litigar por un mismo varón reaparece en la historia de Jacob, con la particularidad de que aquí las dos son libres y hermanas (como Marta y María). Además, lo que está en discusión no es sólo el tema de los hijos sino también el amor del mismo varón. La historia no puede resolverse con la expulsión, sino sólo con la muerte de una de las dos hermanas (de Raquel, la favorita).

* Penina y Ana. Son dos mujeres libres, pero no hermanas. Ambas son esposas de un mismo varón, Elkana (Sam 1-2). Una es fecunda, otra estéril. Una posee la autoridad que le dan los hijos, con el trabajo que ello implica; la otra no tiene trabajos que realizar y sólo cuenta con el amor del marido que la quiere de un modo especial.

* Isabel y María aparecen también vinculadas, pero en forma positiva y sin conflicto en Lc 1. Ellas no son hermanas, sino primas. No buscan el favor de un solo hombre, pues cada una tiene su marido (o desposado). No son madres rivales sino aliadas, en un camino donde los dos hijos (profeta y mesías) podrán completarse. Ellas expresan de alguna forma expresan según Lc la culminación femenina del Antiguo Testamento.
Dejemos a un lado esta última historia (de Isabel y María,la madre de Jesús). Leamos el texto de Marta y María desde el Antiguo Testamento, como está indicando el mismo Lucas. Tan pronto como como el texto dice que Marta tiene una hermana podemos esperar y esperamos entre ellas un conflicto. Es normal que las dos mujeres vengan a situarse en perspectivas distintas, como signo de posible tensión eclesial.

9. Cómo son hermanas Marta y María

Es evidente que el verso anterior (10, 38) ha presentado a Marta como figura positiva, en oposición a los samaritanos que no reciben a Jesús. También parece claro que ella es un signo de la "totalidad acogedora" de la iglesia. Pero a partir de ella, el texto desarrolla la figura de su hermana María. Pues bien, a la luz de todo lo anterior, el término hermana (adelphê) puede interpretarse de dos formas:

* María puede ser hermana de Marta en el sentido familiar, de sangre (conforme a la interpretación usual, recogida por Jn 11, donde ellas tienen un tercer hermano llamado Lázaro). Si entendemos el texto así podemos suponer que María es más joven: no aparece como "dueña" de la casa (no ha recibido a Jesús), aunque puede realizar y realiza una función importante. Parece subordinada (es menor), pero da la impresión de que puede ocupar el lugar más importante en la vida (y corazón) del único varón de la escena.

* María puede ser hermana en sentido eclesial. Esta es la visión que resulta más coherente con nuestra lectura anterior del pasaje (recibir a Jesús, fraternidad eclesial). Ciertamente, la palabra hermano puede recibir su sentido literal en Lc-Hech (cf. Lc 14, 26; 20, 28-29; Hech 12, 2; 23, 16), pero también posee un sentido más extenso: son hermanos los miembros del pueblo judío (cf. Hech 7, 2. 26; cf. 9, 17) y de un modo especial los cristianos (cf. 1, 15; 11, 29; 15, 3; 16, 2.40; 21, 7). Todo nos permite suponer que Marta y María son “hermanas creyentes” que comparten una responsabilidad especial en la comunidad, como veremos al comparar el texto con Hech 6, 1-6, donde precisamente se llama hermanos a los miembros de la iglesia (Hech 6, 6).

* Desde esta perspectiva más extensa de la fraternidad (sororidad) de Marta y María pueden entenderse mejor las funciones que realizan. Es normal que en el fondo siga influyendo el símbolo de las hermanas carnales enfrentadas por un hombre (varón, amigo, esposo). Pero el mismo texto nos ayuda a superar ese nivel, como indican las funciones de cada una de las dos "hermanas eclesiales".La iglesia, que Ef 5 presenta como esposa de Jesús (de una forma que parece pasiva: el varón es cabeza, la mujer cuerpo), queda simbolizada por dos mujeres que realizan el conjunto de funciones de la comunidad, dos mujeres que son muy activas. Entre esas actividades está la de María.

10 María, la discípula

Ella aparece sentada a los pies del Señor o Kyrios (10, 39), escuchando directamente su palabra (no a través de su marido, como debería suponerse a partir de textos como 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 11-12). El mismo título que recibe (Kyrios) nos muestra que Jesús nos es ya el simple hombre histórico individual, amigo o marido discutido, sino el Señor pascual, presente por un lado en la iglesia misionera y por otro en la iglesia que le recibe. Este Jesús enseña directamente a la mujer, que será Maestra y Doctora, predicadora y terapeuta dentro de la Iglesia (como la otra María, madre de Jesús, que acoge en su corazón y medita las palabras del misterio, en Lc 2, 19 y 51).

En el fondo de la escena aparece el paradigma judío de los discípulos sentados en torno a un maestro para escuchar y aprender juntos la Ley. Pero aquí, en lugar de un grupo, de varones se sienta solo ella, como signo del conjunto de la nueva comunidad de acogida mesiánica y de escucha de la palabra que es la iglesia.

11. Palabra del Kyrios, no Ley de Israel. María, mujer de la Palabra

* María recibe y hace suya la Palabra del resucitado, que es el mismo Jesús que subió a Jerusalén para morir. Ella no estudia la Ley de Israel, como los aspirantes al rabinato judío, no cursa unos estudios de tipo académico en torno a un libro canónico, sino que sienta al lado de un hombre, en actitud de de diálogo personal. El mismo Jesús resucitado, presente en la comunidad, es fuente y sentido de toda "palabra", es la verdad de Dios hecha persona. Él mismo es quien instruye a la comunidad, representada por esta mujer, "sentada a sus pies", es decir, en cercanía acogedora, no de perdón agradecido, como la otra mujer de los pies (Lc 7, 36-50), sino de acogida comunicativa.

* Una mujer. La que escucha la Palabra del resucitado, acogiéndole en su vida entera y no sólo en la casa como Marta, es una mujer, en signo que rompe el modelo usual judío e incluso cristiano de la vida. Dentro del judaísmo es raro encontrar a la mujer como "discípula": la función de la acogida y estudio de la Ley tiende a considerarse cuestión exclusiva de varones. También en la iglesia primitiva ha existido la tendencia a un monopolio de la Palabra de parte de los hombres, como pudiera indicar el hecho de que los ministros de la palabra sean los Doce (varones) y como testifican, sobre todo, los textos arriba citados sobre el silencio de la mujer en la iglesia (cf. 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 11-12).

12. La diaconía o servicio de Marta (10, 40a).

Marta ha recibido a Jesús (en su aldea y/o casa), pero luego descubrimos que es María, su "hermana", quien le atiende de un modo personal, haciéndole compañía, escuchando su palabra. Así se distinguen dramáticamente las dos funciones. Empezamos por la de Marta, mirada desde la perspectiva del narrador y desde ella misma.

* Visión de Marta (10, 40b). El narrador deja la palabra a Marta, de manera que ella misma es quien se queja del trabajo ante el Kyrios, acusando de algún modo a su hermana, porque le ha dejado sola! Ella eleva su voz ante Jesús, a quien toma como árbitro o juez entre las dos hermanas. Es Jesús la causa del conflicto; ante él se dividen las dos hermanas, queriendo ambas servirle, de maneras diferentes. Evidentemente, en un sentido Marta tiene razón: el trabajo se podría y debería haber repartido entre las dos hermanas... Si ella está dividida y distraída es por culpa de María, que le ha dejado sola.
Prestemos atención a este abandono de Marta, que se siente fatigada porque debe realizar todo el trabajo...

13. Las funciones de Marta y María

Marta protesta en nombre de todos los dicen esforzarse trabajando por el bien de los demás. Es evidente que a un nivel ella tiene razón: su voz sigue siendo la voz de la justicia de este mundo. Por eso quiero situarme en su punto de vista, tomando como propia la voz de tantas mujeres (y varones) que se sienten discriminadas y humilladas con el trato que después recibe Marta, en la contestación de Jesús.

* María ha abandonado un tipo de trabajo o servicio comunitaria (quizá de la casa), para sentarse a los pies de Jesús y escucharle, sin hacer otra cosa. Sin duda alguna, ella puede llamarse "desertora". En sentido general, su actitud puede resultar positiva: es una mujer liberada que tiene el privilegio de dedicarse al cultivo de la Palabra, escuchando a Jesús. Pero toda la carga de funciones y servicios (sociales, familiares) caen ahora sobre las espaldas de la otra hermana. María sólo puede estar ociosa (ser contemplativa) a costa de su hermana: su "lujo" de mujer centrada en la palabra se vuelve fuente de esclavitud (de mayor servicio) para Marta.

* Marta no está "distraída" porque quiere, sino porque le han dejado sola... Ella necesita que su hermana le ayude porque así lo requiere el ritmo de servicios de la comunidad. La acogida de Jesús se ha convertido para ella en fuente y principio de mayor trabajo. No está "distraída" por su capricho, o por el deseo de ganar dinero o de obtener ventajas, sino por la misma acogida de Jesús. Es como si el mismo evangelio se convirtiera para ella en principio de un servicio que distrae y dispersa y enfrenta a los hermanos. El mesianismo (la venida de Jesús) se ha vuelto para ella fuente de trabajo y de disputa con su hermana.

El problema de fondo es el sentido y urgencia de la mucha diaconía que Marta debe realizar a solas, porque se hermano no le ayuda. El texto dice que Marta ha recibido a Jesús (es la o su casa), preocupándose de atenderle. Normalmente solemos interpretar esa atención en línea de asistencia doméstica: limpiar la habitación del huésped, preparar la comida, servir la mesa... Eso significaría que ella actúa simplemente a modo de criada doméstica.

14. Marta, una mujer rica e independiente

* Marta no es una criada, pues una simple criada doméstica no recibe en casa al Señor (quien le recibe es la señora); además, el sentido principal de servir (diakonein, diakonía) en el Nuevo Testamento y sobre todo en Lucas (Lc-Hech) no es atender a la mesa a modo de simple criado/a, sino realizar una tarea ministerial en nombre de y/o por encargo de la comunidad o de sus autoridades.

Así lo supone el texto clave de Lc 8, 1-3 donde se afirma que a Jesús le acompañaban los Doce y algunas mujeres que le (les) servían con todo lo suyo. Esas mujeres no son simples criadas de los Doce sino representantes de Jesús, personas que realizan su servicio de reino, como ministros de su obra. El texto supone además que los Doce y las Mujeres se sitúan al mismo nivel, formando parte de la comunidad itinerante de Jesús, lo mismo que se supone en Hech 1, 13-14 (en referencia a la comunidad primera de Jerusalén).

* Las mujeres de Lc 8, 1-3 sirven con lo suyo (con sus bienes) a Jesús y a su comunidad.Se supone, por tanto, que son mujeres de cierta fortuna e independencia económica al menos relativa y que ponen lo que tienen al servicio del evangelio. Jesús no les pide que vendan lo que tienen y lo den a los pobres (como en el caso del rico principal de 18, 18-23) para seguirle, sino que ellas sirven a Jesús y/o a su comunidad, sosteniéndola con sus bienes. Estamos probablemente ante un modelo relativamente usual de mujer piadosa y rica (independiente), que se convierte a una nueva comunidad (sea al judaísmo, sea al evangelio de Jesús) y que pone sus bienes al servicio de esa nueva comunidad religiosa.

* En ese mismo trasfondo de mujeres ricas se entiende también la acogida de Marta. Ella aparece como una mujer que puede acoger a Jesús y que le sirve con sus bienes. Evidentemente no es una "criada" o sirviente, sino la dueña de la casa (o la representante de la comunidad). Su diaconía o servicio ha de entenderse en plano de ayuda económica y acción social. Desde ese fondo debe entenderse nuestro texto: la mucha diaconía que distrae a Marta puede hallase vinculada no sólo a los trabajos de la organización doméstica (comida, limpieza), sino también a los de la organización y misión eclesial (predicación, administración de la comunidad).

15. Diaconía de Marta. Reflexión teórica

Detengamos un momento la escena. Antes de escuchar la respuesta de Jesús, que resuelve la cuestión defendiendo a María, podemos y debemos evocar las diversas formas de división social que se han dado en los grupos humanos. Partiendo de ellas podremos entender mejor el problema suscitado entre Marta y María.
Empecemos por la división más usual, que ha venido haciéndose en la iglesia católica en estos últimos siglos. Según ella, el texto se aludiría sólo a las mujeres, presentando a Marta y María como dos formas de vida femenina. Los hombres quedarían fuera, representados en el fondo por Jesús-Varón, esposo de ellas (como parecía suponer Ef 5). Desde esta perspectiva pueden distinguirse dos tipos de mujeres:

* La mujer trabajadora, al servicio de las cosas de los hombres (especialmente de los varones). En sentido estricto, ella sería la "criada" de la casa: sirve para mantener el orden, para cuidar del hogar y de la vida, mientras los hombres (como Jesús) van y vienen. Ciertamente, es una mujer dividida, que se cansa y protesta en contra de su suerte, acusando a su "hermana" ociosa.

* La mujer contemplativa, al servicio de las cosas de Dios. El evangelio aparece para ella como liberación: le ofrecen una palabra interior que acoge y cultiva. De esa forma se libera del trabajo, pero no para ser dueña de sí misma en libertad creadora, organizando el mundo, sino para hacerse contemplativa, siguiendo un camino místico entendido como liberación para el Señor.

Así ha leído este pasaje una larga tradición eclesial, dividiendo a las mujeres en trabajadoras (para servicio de la comunidad y, sobre todo, de los hombres) y en contemplativas-monjas (para servicio de Dios). Esta división puede emplearse en un nivel, pero estrictamente hablando ella resulta insuficiente, tanto por lo que dice sino por lo que omite.

16. División de funciones en la comunidad. Unas preguntas.

Conforme a Lc 10, 38-42, ni Marta es criada de los hombres, ni María contemplativa. Ellas representan, de manera tipológica (alguien diría en syncrisis) dos rasgos importantes no de las mujeres en sí, sino de las mujeres en cuanto signo de todos los miembros de la iglesia. Marta y María son espejo del conjunto de la comunidad. Desde ese fondo, teniendo en cuenta la unidad y división de funciones eclesiales, podremos avanzar en el estudio del pasaje. La división anterior deja sin resolver algunas de las cuestiones más importantes de la vida humana, como son la administración de la comunidad y la vocación/función materna de las mujeres. Así podemos preguntar.

1. ¿Quién lleva la administración de la comunidad? El texto no ha resuelto (ni planteado) el tema de los ministerios, tal como lo hará cierta iglesia posterior, que ha fijado a las mujeres en las tareas del trabajo (Marta) y de la contemplación (María), dejando en manos de varones la administración y dirección, tanto de las martas como de las marías. A mi juicio, esta lectura va en contra del texto.

2. ¿En qué categoría se introduce el tema de los hijos? Normalmente la iglesia católica ha puesto sobre Marta (mujer sin palabra) el cuidado de los hijos: ella es madre en cuanto servidora del marido y/o de la comunidad. A María (mujer de la escucha) se ha entendido como contemplativa célibe: dedicarse a las cosas de Dios significa renunciar a una familia en este mundo. A mi juicio, esta lectura va también en contra de la dinámica más honda del evangelio.

17. Excurso. División tripartita de las funciones sociales.

Tanto Roma como Grecia, la India de las castas como la Europa medieval cristiana han puesto de relieve tres funciones sagradas, vinculadas con tres dioses o principios religiosos:

* Los sacerdotes y/o sabios mantienen el orden sacral (Brahmanes). Ellos forman la casta primera, que Platón ha vinculado con la sabiduría, es decir, con la contemplación del misterio. En un momento determinado ellos, los clérigos o letrados, expertos en divinidad o magia aparecen como dirigentes del orden social. En esta línea, siguiendo el esquema de Platón, se podría decir que María, la contemplativa, conocedora de la Palabra del Señor, debería haberse convertido en dirigente oficial de la comunidad de Jesús.

* Los guerreros y/o nobles (los ksatriyas de la India) mantienen el orden social. Ellos forman la casta que Platón ha vinculado con el valor, es decir, con la entrega de la vida al servicio de la estabilidad social. Es normal que en un momento determinado, que Roma vincula con el surgimiento del imperio, ellos aparezcan como dirigentes de la sociedad. Significativamente, este tipo de personas faltan en el esquema de Lc 10, 38-42, que parece haber simbolizado el conjunto social en dos mujeres (acción y contemplación).

* Los trabajadores, que producen bienes de consumo, están vinculados en general a los labradores y comerciantes. El algunas sociedades antiguas (como en Israel) ellos pueden aparecer como libres, ejerciendo, al mismo tiempo, función como soldados... Pero en otras más estamentales ellos se vuelven "siervos" en el sentido radical de la palabra: quedan sometidos a los otros dos estamentos, trabajan para ellos. Las revoluciones modernas (francesa, soviética) han querido hacerles los gestores de la sociedad. Entre ellos se podría situar en nuestro texto Marta.

18. De nuevo con Marta y María. Liderazgo de Iglesia, liderazgo de mujeres

Lc 10, 38-42 ha simbolizado toda la vida social en dos mujeres (dos hermanas), distinguiendo a partir de Jesús sus funciones. El mismo Jesús que sube hacia Jerusalén para entregar su vida, culminando su función, ofrece un lugar de plenitud y conflicto a estas mujeres. Lógicamente, este conflicto nos sitúa cerca de la distinción paulina (cristiana) entre obras de la ley y gracia salvadora.

* Las funciones anteriores (sacerdotes, soldados, trabajadores) quedan en un segundo plano, de manera que no puede tomarse a María como sacerdote-sabio, ni a Marta como pura trabajadora. Jesús no quiere construir un nuevo orden social, ni sacralizar un nuevo tipo de institución: no necesita sacerdote ni sabios (en la línea de la primera clase antes citada), ni soldados o nobles (en la línea de la segunda clase), ni trabajadores esclavos de los otros.

* Quizá pudiéramos decir que, partiendo de su movimiento de reino, todos los humanos aparecen vinculados en un mismo gesto de acogida, que está simbolizado por estas dos mujeres. Ellas condensan y expresan el sentido de conjunto de la comunidad. Por eso pueden convertirse en signo de totalidad y fuente de conflicto.

19. Conflicto en la iglesia. Acusación de Marta (10, 40b). Lc 10 y Hech 6

La acusación de Marta, diciendo que María la abandona en el trabajo y pidiendo a Jesús que le reprenda, nos sitúa en el centro de un conflicto eclesial en torno a poderes y servicios. Ciertamente, Lucas sabe que existe una causa de conflicto intra-eclesial: la búsqueda de poder: ¿quién es el más grande? Significativamente (defendiendo la memoria de los apóstoles), él ha omitido la tradición donde se hablaba del deseo de poder de los zebedeos (Mc 10, 35-40; Mt 20, 20-23), pero el tema de fondo sigue siendo el mismo: es un tema de poder.
Lucas sabe que los discípulos han buscado los primeros puestos, queriendo establecer una sociedad jerárquica donde ellos mismos sean los privilegiados; y sabe que Jesús ha respondido, diciendo que es preciso hacerse niños (pequeños) para así volverse grandes. (Lc 9, 46-48). En ese fondo se sitúa nuestro texto. Por eso lo citamos en tercer lugar, después de haber presentado otros dos pasajes donde Lucas alude a las disputas eclesiales por causas del "servicio":

* Lc 24, 24-30. Disputa sobre la grandeza. En el contexto más solemne de la vida de Jesús, el día de la ultima cena, ha situado Lucas la discusión de los discípulos de Jesús sobre quien de ellos parece ser más grande (22, 24). Ha culminado el camino del mensaje, están en Jerusalén, y cuando resulta que debían haber resuelto todos los problemas de este tipo, ellos disputan buscando grandezas y poderes.
Jesús les responde acudiendo a la comparación del servicio en la mesa y pidiendo a los discípulos que se vuelvan servidores o diakonos de los demás, pues él mismo ha querido comportarse en medio de ellos como el servidor (cf. Lc 22, 27). Así ha venido a comportarse dentro de la iglesia como auténtica Marta (si este nombre vale). Por eso, lo que Marta realiza en 10, 38-42 al servicio de la comunidad pertenece al misterio de Jesús.

* Hech 6, 1-7. Disputa en torno al servicio: mesas y palabra. El problema de la iglesia no es el servicio, sino el no servicio, o la manera partidista de realizarlo. Así lo muestra este pasaje que recrea, dentro de la obra general de Lucas y en ámbito de iglesia, los motivos que hemos descubierto en el nuestro (en Lc 10, 38-42).
Los "helenistas" (judíos de lengua y cultura más griega) murmuran contra los "hebreos" (comunidad oficial de Jerusalén, de lengua aramea, centrada en los Doce) porque sus "viudas" quedan relegadas en el servicio diario, es decir, en la asistencia personal (Hech 1) La disputa la resuelven los Doce, afirmando que ellos deben mantenerse fieles a la oración y al servicio de la palabra (en una línea que parece propia María) y pidiendo que la comunidad reunida elija a Siete personas responsables del servicio de las viudas y las mesas (es decir, en una obra que parece más cercana a la de Marta).

Como vemos, el problema de Hech 6 sigue siendo el de Lc 1o, 38-42, pero de algún modo se ha invertido: los helenistas no protestan porque tienen mucha diaconía (como Marta), sino porque ella no está bien realizada, porque las viudas (servicio personal) y las mesas (servicio alimenticio) no están bien atendidas.

En contra de lo que sucede en Lc 10, 38-42, el libro de los Hechos resuelve el problema dividiendo las funciones (los Doce se siguen encargando del servicio de la palabra y los Siete de las mesas) de una manera que acaba resultando irónica o, quizá mejor, paradójica. Lucas sabe, por un lado, que el servicio de mesas y palabra resulta inseparable, pues los Siete de las mesas, a quienes ordinariamente se llama los diakonos (olvidando que la diaconía pertenece también el servicio de la palabra: cf. Hech 6, 4), realizan inmediatamente un ministerio en línea de palabra.

20. Lc 10, 38-42. Marta y María, servicio y palabra.

Nuestro texto reasume el esquema de Hech 6, volviendo a contar de algún modo la misma historia de conflictos eclesiales, pero lo hace con algunas diferencias fundamentales que debemos resaltar: una referida al sexo, otra al estilo narrativo.

* Los representantes de la iglesia son dos mujeres: ellas ocupan el lugar estructural de los Siete (Marta) y de los Doce (María), aunque sus funciones no se identifiquen sin más con las de ellos. Sólo de esta forma, a modo de parábola, superando un esquema historicista (definido en Hechos de forma masculina), dentro del evangelio, Lucas ha podido evocar el tema de los servicios eclesiales (simbolizados en otro contexto por los Doce y los Siete) desde la perspectiva de dos mujeres. Ellas representan al conjunto de la iglesia (igual que los Doce y Siete de Hech 6), apareciendo así como espejo de la comunidad cristiana.

* Hay también una fuerte diferencia narrativa entre Hech 6 y Lc 10. Hech 6, 1-7 parece una etiología histórica que, asumiendo algunos datos realmente sucedidos, reinterpreta la historia cristiana y presenta la primera división de funciones dentro de la iglesia primitiva. Por el contrario, Lc 10, 38-42 es una historia parabólica fundante; los posibles datos reales de fondo son aquí muy secundario. La realidad e importancia del texto viene dada por la forma en que Jesús interpreta los servicios a partir de estas dos mujeres. Lo que Hech 6 narraba en forma masculina (Doce varones hebreos y Siete helenistas), ha querido reinterpretarlo Lc 10, 38-42 desde el simbolismo de las dos mujeres. Lo que antes no podía decir lo dice ahora, presentándolas a ellas (dos mujeres) como signo de las tareas eclesiales, realizadoras de los dos "ministerios" básicos de la comunidad cristiana.

21. Una dispute eclesial, una disputa actual

El conflicto es semejante de Lc 10 (Marta y María) se parece al de la Última Cena y al de de Hech 6 (apóstoles y helenistas), aunque las soluciones son distintas. Eso significa que no podemos tomar un texto por separado, o aislándolo del contexto. Podemos añadir, además, un texto de la Cena:

*En la disputa de la Última Cena, Jesús mismo se identifica como diácono fundante de la iglesia, interpretando el evangelio a modo de servicio a los demás (cf. Lc 22, 24-30); en ese contexto no existe más palabra que la entrega de la vida, ni más función eclesial que la preparación y gozo del reino expresado en la imagen del servicio de las mesas, el banquete que Dios ofrecer a los humanos.

* En la disputa de hebreos y helenistas, al comienzo de la historia de la iglesia, Hech 6 ofrece una respuesta de compromiso y colaboración: los doce apóstoles (servidores de la palabra) y los siete diáconos (servidores de las mesas) deben realizar sus tareas para bien del conjunto de la iglesia. Ambos aspectos resultan inseparables, de manera que el servicio de la palabra sin la comunión de las mesas termina siendo estéril.

* La disputa de Marta y María retoma esos motivos y los sitúa en una perspectiva más personal, fijándose en la actitud de cada protagonista más que en la obra externa que realizan. Es evidente que el Jesús de Lucas no puede ir en contra de la diaconía o servicio humano, que él ya visto en los restantes casos como centro de la vida de la iglesia. Pero quiere matizar y matiza sus riesgos, poniéndose de parte de María, la oyente de la palabra.
Para situar mejor la solución de la disputa, con la respuesta de Jesús, podríamos acudir a la famosa contraposición de 1 Cor 13, 1-3 donde se habla del riesgo de un hacer muy intenso (entregar todos los bienes, arriesgar el propio cuerpo) al que, sin embargo, falta el amor. Así podría decirse que Marta hace muchas cosas, pero en su obra hay carencia de amor personal: ella hace cosas por (para) Jesús y su iglesia, pero no escucha su voz, no le acompaña en la experiencia más honda de la vida que, que es palabra compartida.

22. Una comparación con María, la madre de Jesús

En esa misma línea, dentro de Lucas, debemos recordar la alabanza de aquella mujer del pueblo que proclama bienaventurada a la madre de Jesús, identificándola con un vientre gestante y unos pechos que amamantan. De esa forma la sitúan en el plano de las obras, si por obra puede aquí entenderse el gesto y donación suprema de una mujer que ofrece al hijo cuerpo y vida (vientre y pechos). Pues bien, en contra de esa alabanza parcial eleva Jesús la alabanza verdadera: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11, 27-28).

Pasando a nuestro pasaje, podríamos decir que Marta se encuentra en la línea de la madre "física" de Jesús a quien alaba la mujer del pueblo. María, en cambio, es la que escucha la palabra. El texto de Lc 11 no dice si María, la Madre de Jesús, cumple palabra que escucha, pero lo supone. Al situarse en ese fondo, a la luz de Lc 11, 27-18 (=alabanza general de aquellos/as que escuchan y cumplen la palabra), es evidente que María (tanto la Madre de Jesús como la hermana de Marta) ya no simplemente una figura femenina, sino signo de todos los varones y mujeres que se sitúan de forma personal ante Jesús.

La respuesta de Jesús a la mujer del pueblo no es de exclusión (una u otra) sino de gradación (bienaventurados más bien: menoun). Desde ese fondo podemos hablar de un riesgo de Marta (que actúa sin escuchar, que sirve sin dialogar, pero también podemos hablar de un riesgo de María, ejemplificado en aquellos que han escuchado la enseñanza de Jesús, llegando incluso a comer con él, pero no han cumplido sus palabras (Lc 13, 25-28). La verdadera "comida" del reino exige un gesto más profundo de escucha y cumplimiento de la palabra.

23. Marta, Marta… te preocupas por muchas cosas (10, 41b).

Marta Ella quería que Jesús hiciera ver a María su falta de cordura (su comodidad), obligándola a ayudarla en su tarea. Pues bien, Jesús responde de manera inversa y, en vez de enfrentarse a María, se enfrenta con la misma Marta, mostrándole la raíz de su inquietud.

Indiquemos ya desde ahora que el final externo de la escena queda abierto: podemos y quizá debemos suponer que Marta empieza por sentarse a los pies de Jesús, con María y que después las dos (los tres: Jesús se incluye) realizan los servicios más externos. Jesús no dice a Marta que siga "trabajando", condenándola a ser una esclava perpetua de sus labores, ni a María que siga por siempre sentada, sin que destaca ante las dos (para Marta y María) el valor de una escucha personal de la palabra.

Jesús no rechaza ni condena a Marta (no la expulsa de su ministerio), pero le recuerda el riesgo de olvido y dispersión exterior en que se encuentra: su afán por el servicio (organización eclesial y perfección externa de las obras) puede separarle de la raíz de la Palabra, de la fuente del Señor. Este es el riesgo de unas obras que escindidas del manantial de la gracia (del evangelio) pueden convertirse en nuevo legalismo.

24. No os preocupéis…

De esa forma reasume Jesús una temática que ha expuesto ya de un modo general en Lc 12, 22: "por eso, yo os dicho que no os preocupéis (con merimnate, la misma palabra de 10, 41) por la vida, qué comeréis...". Eso significa que Marta no está condenada a ser eternamente "marta ansiosa", fatigada y perturbada por las obras, en trabajo sin fin (como un Sísifo o Tántalo obligado a esclavitud sin fin). Jesús la invita a superar la ansiedad de su trabajo, a sentarse con María, a compartir la palabra. Todos aquellos exegetas eclesiales (y son muy numerosos) que han querido que Marta siga siendo siempre "marta", trabajadora sin palabra, mujer sin intimidad de diálogo personal con Jesús, desconocen la dinámica más honda del pasaje, van en contra del Jesús de Lucas.

Marta sirve a Lucas para mostrar el posible carácter destructor de una preocupación o trabajo en el campo de la diaconía eclesial. Ella corre el riesgo de reproducir en formas eclesiales (en perturbación intra-cristiana) un tipo de actitud que Lc 12, 12 condena luego en clave general. Ciertamente, Lucas sabe que la diaconía es necesaria, pero puede introducirse dentro de ella un tipo de preocupación destructora, que destruye no sólo a sus agentes, sino también a sus destinatarios: servir sin amor (sin palabra) termina degradando, enloqueciendo, a servidores y servidos.

25. Una (sola) cosa es necesaria (10, 42a).

Frente a lo mucho que perturba a Marta, sea en sentido intensivo (diakonía fuerte: pollên) o extensivo (muchas diakonías: peri polla), Jesús destaca el valor de una una sola necesaria. Según Lc 12, 31 (cf. Mt 6, 33) esa cosa necesaria es la busqueda del reino; siguiendo en esa línea, Lc 18, 22 añade que para conseguirlo (alcanzar la vida eterna) es necesario dejar todo (vender todo, abandonar los antiguos trabajos y tareas), para dárselo a los pobres y seguir a Jesús en el camino.

Eso es lo que María está haciendo: ha dejado todo y se ha sentado a los pies de Jesús, para escucharle (dándolo todo a los pobres y siguiéndole en la única cosa necesaria de su reino). Esta unidad (que define a María) se expresa en la búsqueda del reino y en el seguimiento de Jesús y se contrapone a la multiplicidad de las tareas ministeriales que siguen perturbando a Marta, incluso dentro de la iglesia.

Da la impresión de que Marta sigue interpretando el evangelio en la línea de las muchas obras, de la inquietud y perturbación por el trabajo, como si el mundo se salvara a través de las acciones ansiosas de los hombres y mujeres de la tierra. De esa forma, ella corre el riesgo de reintroducir dentro del servicio eclesial (por otra necesario, pues hay que dar todo a los pobres) las formas de vida e inquietud del mundo, la lógica de un trabajo que destruye la gracia de la vida.

La única cosa necesaria no puede entenderse a nivel de pura contemplación "helenista" (sentarse y meditar en forma trascendental, sin hacer nada), sino de acogida de Jesús, para dar todo a los pobres y seguirle en el camino, cumpliendo su palabra. Por eso, la escucha de María no se opone al "hacer", si no a un tipo de hacer sin gratuidad que destruye a quien lo ha realizado (y que ignora el valor personal de aquellos a quienes se dirige).

Recordemos que esta palabra se dirige a Marta. Para realzar bien su ministerio, ella debe ponerse a los pies de Jesús como oyente personal, en escucha de la palabra, en elección y transformación interna.
Lo que Jesús quiere de Marta no es el servicio externo (que lo podría hacer un puro esclavo o actualmente una máquina). Lo que Jesús quiere es su entrega personal, su comunicación humana. Para ello ha de sentarse como María, recreando su vida desde el nivel de la palabra.

Por otra parte, para que su escucha resulte evangélica, María debe levantarse después y cumplir la palabra de Jesús en el camino, sirviendo en la iglesia a los hermanos. Verá el lector que estamos entendiendo la escena de una forma parabólica, poniéndole un final que ahora no tiene (y que la iglesia, en general, no le ha dado): las dos hermanas se sientan y escuchan, las dos luego se levantan y trabajan juntas, en gesto de comunicación personal.

26. En efecto, María ha escogido la parte buena (10, 42b).

Frente a las muchas cosas que perturban por ahora a Marte, María ha escogido la parte buena... No se la han impuesto: no es una esclava callada, obligada a obedecer, mujer objeto a quien la turba ordinaria de varones a comprado y pagado para que les escuchen en sumisión sexual, sino que ella ha elegido (exelexato).
Jesús no quiere oyentes a la fuerza, no necesitan mujeres que le atiendan, como criadas de lujo, sumisas a su voz de amor (como vestales antiguas de Roma o vírgenes del Sol andino) sino personas (mujeres y/o varones) que escojan este nuevo y más alto tipo de servicio que consiste en la escucha de la Palabra de Dios, es decir, en la conversación personal.

La acción fundamental de María se condensa aquí: ella es una mujer-persona que ha podido elegir y ha elegido; no han elegido otros por ella, no le dirigen jerarcas exteriores; ella ha decidido, escogiendo aquello que ha querido. Desde el fondo de los siglos nos llegan los lamentos y silencios de las infinitas mujeres que han no han podido elegir, sino que han estado ahí, se han expuesto a sí mismas (en carne y alma), para ser elegidas por el varón o ley de turno. Las más afortunadas eran aquellas a quienes escogía el rey de Persia, como a Ester, o el guerrero vencedor de turno, como a Axa en Jc 1, 10-15. Las menos afortunadas eran aquellas a quienes expulsaban a la calle o elegían a la fuerza los últimos del mundo. Unas y otras, todas (casi todas) eran simplemente esclavas, del rey o del sistema y varón de turno.

María no está condenada como mujer al servicio que le imponen los varones, ni es esclava de un patriarcal o de un sistema que le impone su dominio. Ella ha hecho una opción, ha escogido, en gesto personal que le vincula con Jesús, a través de la palabra. Los servicios en cuanto tales se pueden imponer, haciendo del humano un esclavo. La palabra, en cambio, abre a varones y mujeres un espacio de libertad personal. Eso es lo que tiene María frente a Marta: ella ha elegido el diálogo con Jesús y Jesús respeta su elección y ratifica su escucha: de esa forma la valora.

Frente a la mujer-esclava amable, a quien miles de panegiristas varones han exaltado por sus obras de servicio abnegado para bien de la vida, ha destacado Jesús a la mujer-persona libre que ha sido capaz de escoger, dejándose transformar por la palabra. Frente a Marta que aparece perturbada desde fuera (como indica el pasivo del verbo griego: thorybadsê), María viene a presentarse como una persona que ha podido hacer una opción, superando así el nivel de los cuidados angustiosos, de la acción esclavizante.
María ha elegido la parte buena (agathên merida), es decir, aquella porción o herencia que Dios mismo ha ofrecido para el pueblo israelita. Ella aparece así como heredera de las promesas más: ha llegado al cumplimiento de aquello que el mismo Dios había preparado para el pueblo. Siendo iglesia de Jesús (escucha su palabra), ella es plenitud del pueblo israelita.

En ese fondo pueden iluminarse algunos rasgos de la escena. Jesús aparece como huésped a quien debe acogerse de forma interior. Marta recibe y sirve a Jesús en gesto de preocupación externa, a través del servicio múltiple. María le recibe dentro de su alma, como a Huésped y Maestro interior, como presencia de Dios, Ley salvadora. En esa perspectiva se puede recordar la insistencia posterior del judaísmo, empeñado en escuchar y cumplir la Ley por dentro, como tarea suprema del auténtico rabino.
Pero esos rasgos no se pueden separar del conjunto del evangelio. Jesús enseña y María acoge su palabra, viniendo a convertirse en auténtica discípula; ambos dialogan y su diálogo se vuelve fuente de libertad y vida para María. Lógicamente, la María oyente puede y debe convertirse en María acogedora: en mujer capaz de crear iglesia a partir de la palabra compartida.

27. La cual no le será quitada (10, 42). ¿Por qué se le ha quitado?

El texto supone que la elección de María se encuentra amenazada. Parece que es su misma "hermana" Marta (los representados por ella) quieren quitar a María su elección y escucha, su libertad y amor fundante, para introducirla en las tareas de todos (en sentido de sumisión), en la rueda común de las preocupaciones y cuidados que van implicados en la mucha diaconía.

Este es el “pecado” que Jesús quiere evitar, el pecado tan frecuente de la historia posterior de la Iglesia: quitar a María su autonomía, su capacidad de elegir libremente el camino de Jesús y de entenderlo con toda la vida. Pues bien, en contra de ese riesgo, Jesús ratifica la elección de María, prometiéndole que nada (nadie) podrá arrebatarle su opción... Esta elección permanece valiosa para siempre, conforme a la palabra de Jesús, dentro del proyecto de vida de la iglesia. Es la elección del diálogo y la palabra, que deberá asumir la misma Marta, para que ambas hermanas puedan compartir el gozo la existencia, traduciendo la escucha de Jesús en escucha mutua (dialogando una con otra).

Al decir que la buena parte que ha elegido no le será quitada..., el texto está suponiendo que el riesgo existe. Parece que hay personas dentro de la iglesia que quieren arrebatar a María esta libertad de elección, esta capacidad de escucha de la palabra, con todo lo que ella significa (autonomía en pensamiento y vida, capacidad de decisión, ministerios eclesiales etc.). Externamente hablando, Jesús se ha equivocado: a María se le ha quitado en la Iglesia muchas veces su capacidad de escucha, de opción, de decisión… y contra eso habla Jesús en este pasaje. Jesús la defiende y con su palabra ratifica la opción y programa de María, en sentencia que puede recordar la sentencia paralela de Mc 14, 9:"el cualquier lugar donde se predique el evangelio se dirá lo que ella ha hecho para memoria de ella"

28. María ha optado por la escucha de la palabra,

iniciando así un camino de fidelidad evangélica que debe permanecer para siempre dentro de la iglesia. De esa forma se ha situado en la línea de la auténtica bienaventuranza: ¡Felices más bien los que escuchan la palabra de Dios! (Lc 11, 27-28). De esta forma, dialogando con Jesús, María viene a presentarse no sólo como su servidora en plano externo, sino como verdadera familia verdadera de Jesús (cf. 8, 19-21), compendio de la iglesia.

Del plano de unas obras (diaconía exterior) que se pueden convertir en nuevo legalismo, pasamos al de la escucha personal de la palabra. Ella, la hermano menor de la casa (de la iglesia) es el modelo de auténtica escucha de la palabra, que, conforme a Lucas, había iniciado ya María, la madre de Jesús (cf. Lc 2, 19.51-52; Hech 1, 13-14). Pero Jesús no quiere hablarle a ella (ella ha realizado ya su elección y permanece en ella para siempre), sino que por medio de ella quiere hablar a Marta, es decir, a todos los que corren el riesgo de perderse en un mundo de obras y servicios que perturban, porque no se fundan en la fuente de verdad de la Palabra.

29. Resumen: ¿una contemplativa y otra activa?

Recopilemos lo dicho. Como hemos venido indicando, estas dos mujeres representan al conjunto de la iglesia. Ellas son el signo de la aldea o casa (nueva humanidad) que nace allí donde acoge a Jesús. Por eso, nos parece falsa una lectura tradicional que las entiende como dos tipos de mujeres contrapuestas, una más valiosa que la otra, pero ambas sometidas a una misma jerarquía superior formada por varones. Recordemos sencillamente esta interpretación:

* Marta sería la mujer servidora-criada (que realiza tareas materiales). Frente a la diaconía de los varones que se puede convertir y se convierte pronto en ministerio oficial, autoridad jerárquica en la iglesia (obispos, presbíteros, diáconos), Marta representa el servicio de aquella que no deja de ser nunca sierva, pues no tiene poder ni autoridad ni poder para otra cosa. Ellas es la mujer-acción: crea un espacio de vida externa agradable para los varones.

* María sería la mujer contemplativa-pasiva, que se limita a escuchar en silencio, sin tener nunca una palabra que decir, ni acción que realizar. Ella es la mujer-alma que acoge y escucha a Jesús en recogimiento, la mujer amante espiritual y sumisa, siempre atenta a la enseñanza de los varones jerarcas (obispos, presbíteros), representantes de Jesús dentro de la iglesia.

Unidas así, las dos mujeres formarían la pareja ideal de la existencia femenina. Una visión de este tipo constituye el sueño de muchos varones que quieren una mujer doble, Marta y María (en una o en dos), en servicio y escucha de la palabra. De esta manera, sobre el binomio femenino de servicio sin autoridad y escucha sin proclamación de la palabra (también aquí sin autoridad), se ha podido elevar en la iglesia la autoridad ministerial de los varones (sacerdotes) que realizan las tareas oficiales. De ese modo, frente a las mujeres criadas y a las místicas, se elevan como jerarquía de palabra y ministerio autorizado los "sacerdotes" de Jesús.

Entendido así, el texto sería una parábola de dos mujeres en cuanto mujeres, no en cuanto personas. Por eso, los varones se podrían sentir por encima de esa dicotomía: ciertamente, ellos realizan en su vida un gesto de servicio y de escucha (acogimiento); pero ellos pueden unir y han unido desde siempre esos dos rasgos y, al mismo tiempo, como delegados de un Cristo varón se han elevado dentro de la iglesia, como autoridad administrativa o jerarquía Por eso, ellos no escuchan este texto: no les habla, no es para ellos; o si lo escuchan e interpretan es sólo para aplicarlo a las mujeres, en un tipo de catequesis de servicio y sometimiento femenino.

Pues bien, esta manera de entender el texto ignora y/o destruye su mensaje universal y más profundo. Marta y María son representantes del conjunto de la iglesia. Ellas simbolizan, desde una perspectiva fraterna y femenina, a todos sus varones y mujeres, y de un modo especial a los ministros (presbíteros y obispos) que han en ella, como hemos visto al comparar nuestro pasaje con Lc 6, 1-7. Por eso, quienes alzan y separan el ministerio de los varones sobre esta acción y escucha de Marta y María destruyen la intención del texto y escinden la vida de la iglesia.

Como hemos dicho, ellas son hermanas, pero no en cuanto familia carnal, sino como representantes de una comunidad cristiana que recibe a Jesús (a sus delegados). Así pueden presentarse como signo del conjunto de la iglesia, encarnando (anticipando) en su persona todos aquellos ministerios eclesiales que después podrán surgir en ella.

30. Un texto lleno de tensiones

Dicho todo esto debemos añadir que la tensión sigue existiendo en nuestros textos. Hech 6-7 mostraba una tensión en perspectiva de varones (entre los doce y los siete, entre apóstoles y diáconos). Ella fue superada en principio, pero ha seguido existiendo a lo largo de la historia de la iglesia, sobre todo a partir de aquel momento en que el servicio de las mesas y de la palabra se ha clericalizado, viniendo a convertirse en principio de jerarquía o poder dentro de la iglesia.

En principio, nuestros textos, tanto Hech 6 como Lc 10, 38-42, no están pensados ni escritos en clave de autoridad jerárquica. Los ministerios del servicio social y la palabra no se han convertido en fuente de discriminación, ni han desembocado en una "casta" especial de clérigos (varones o mujeres). Pero es evidente que el proceso que puede conducir al surgimiento de un tipo de casta clerical (como la del Sacerdote y Levita que el evangelio ha colocado en este mismo contexto, en oposición al Buen Samaritano: en Lc 10, 30-37, como veremos mañana).

Una casta clerical como la del sacerdote-levita puede surgir desde la perspectiva del mucho servicio, sobre todo si el servicio que puede traducirse en signos de poder y/o de dinero. La misma Marta ha podido convertirse en un momento dado en administradora de poder dentro de la iglesia. Pero la casta clerical puede surgir también desde la perspectiva de la escucha de la palabra: María (o los que representan luego el camino de María) pueden transformarse en administradores y hasta dueños de una palabra que ellos controlar "para bien" de los demás.

Un ejercicio de lectura. Leer y aplicar el texto

No quiero que mi trabajo sirva sólo para mujeres, pues pienso que la buena teología que ellas hagan desde su perspectiva puede y debe valernos para todos. Sólo para culminar el tema, y abriendo mi discurso a otro nivel, quiero indicar que este podría ampliarse, contando de nuevo la historia de Marta y María, buscando para ello nuevas perspectivas y/o personajes. Cito algunas de las variantes que deberían tenerse en cuenta.

* rehacer el texto, poniendo dos varones “hermanos”, que comparten "amistosamente" una misma casa, entrando en conflicto por sus funciones y/o por la llegada de un tercer personaje masculino o femenino;

* explorar las relaciones de estas dos mujeres o estos dos varones, en plano afectivo (hermanas/os, amigas/os, amantes, colaboradores...);

*pensar en la posibilidad de que sean un varón y una mujer (esposos, amigos…) que acogen a Jesús ¿cuáles serían sus funciones?

* Pensar que la casa es más grande y que junto a las dos hermanas (hermanos, amigos…) hay otros muchos personajes…, como en una Iglesia doméstica. ¿Cómo podrían relacionarse entre ellos?

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