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domingo, 18 de agosto de 2013

A prender fuego he venido. Incendio de Jesús


Dom 20 tiempo ordinario. Ciclo C. Lucas 12, 49-53. Jesús ha sido el fundador de un movimiento de paz mesiánica (económica y social, familiar y religiosa) a partir de los expulsados y excluidos de su contexto laboral de Galilea. Ha sido hombre de Dios, hombre de fuego, como Elías, pero no para matar a los posibles contrarios, sino para incendiar en amor y vida a sus amigos y al mundo.

Lógicamente ha comenzado por el fuego del hogar: La Foguera,el Sukalde... Roma era y sigue siendo importante, con Río o Bruselas y Tokio... Perro más importante es el hogar de cada familia. En esa línea él ha sido promotor de una dura (y bellísima) terapia de hogar, que es terapia de fuego, en torno a la foguera de cada familia: ha venido a prender fuego, con la espada afilada que corta como bisturí, para operar, con dolor (¡toda operación duele!) y curar con amor, rompiendo las cadenas que tienen presa a la familia.

Esta terapia de Jesús es el comienzo de una nueva humanidad, que empieza desde el reverso de la historia, como he puesto de relieve en La Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013 , de donde tomo estas reflexiones. Lea con atención quien quiera precisar el tema de los ministerios de hombres y mujeres que ha quedado pendiente. Buen domingo a todos, buena terapia.


Voy a estar fuera unos días... pero he dejado reflexiones y temas para quienes quieran seguirme, seguir el evangelio. Un saludo amistoso a todos, una presencia de hogar. ¿Empezamos a dejarnos prender por el fuego de Jesús, fuego que nos libera y nos arde por dentro, fuego que enamora? ¿O dejamos que la casa se nos hunda en el agua de la indiferencia?

Un movimiento mesiánico. Introducción

Jesús inició un movimiento de paz, desde los más pobres, superando la lógica de enfrentamiento que regulaba la vida de familias y grupos de su tiempo, en Galilea. Fue una revolución desde abajo, desde aquellos que vivían en el margen de la sociedad establecida, un movimiento de seguidores y amigos, integrado básicamente por personas que habían sido expulsadas del nuevo (des-)orden social que se estaba imponiendo en Galilea, a causa de la trasformación económica y política vinculada al Imperio Romano.

Apoyándose en antiguas tradiciones (como la ley del jubileo: Lev 25) e invirtiendo el modelo dominante de política y economía importada de Roma, partiendo de su fe en Dios/Abba, Jesús no quiso formar grupos de dominio (para así imponer su proyecto en Galilea), sino de creatividad religiosa y de comunicación humana desde los más pobres. Por eso empezó “curando” a los enfermos y haciéndose prójimo de los posesos e impuros a quienes invitaba a formar parte de su nueva familia social (eclesial), entendida a modo de comunión de personas unidas desde el mensaje y camino de Reino. Por eso invitó de un modo especial a los pobres, haciéndoles iniciadores de su proyecto de familia pacificada de hermanos (hijos) de Dios.

Una guerra de familia.

El movimiento de paz de Jesús no empezó con grandes reformas económicas y/o políticas, en sentido global, sino con la creación de grupos familiares pacificados, abiertos desde los pobres (itinerantes) hacia todos los hombres y mujeres, intensificando la comunicación personal. No anunció una paz sólo futura, ni quiso que sus pobres arrebataran la hacienda de los ricos, sino que ellos mismos (los pobres) empezaran a superar el sistema de propiedad particular (violenta), pero no matando o despojando de sus bienes a los ricos, sino ofreciéndoles salud y curación (paz), precisamente a partir de los mismos pobres a quienes ellos habían expulsado y arrebatado los bienes. Lógicamente, por querer y buscar esa paz (y por hacerlo como lo hacía) tuvo que enfrentarse a los violentos del sistema dominante.

El imperio romano, que dominaba en Galilea, se había formado como un “asunto de familia”, una jerarquía descendente, a partir de los niveles superiores, de manera que el gran orden de la sociedad reproducía un modelo de buena familia patronal (¡cosa nostra!), donde los más altos “beneficiaban” a los bajos (y los bajos se apoyaban a los altos, como clientes de un sistema patronal). El Imperio era un sistema de violencia controlada, de manera que su paz era el resultado de la imposición de unos sobre otros. Lógicamente, Dios era el Orden, el Valor de los valiosos, el sistema.

En contra de eso, Jesús quiso crear unas agrupaciones de familias no patriarcalistas,donde hubiera espacio para todos, desde los más pobres. Para eso tuvo que oponerse a los esquemas de familia tradicional, pues era una familia impositiva, centrada en el valor superior de los “patriarcas” (padres de familia, varones), dejando a los demás miembros de la familia en un lugar inferior y expulsando a los huérfanos-viudas-extranjeros (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22), víctimas de un tipo de vida y economía mercantil.

Para superar la violencia de la familia establecida (que, por otra parte, era incapaz de mantenerse en la nueva situación), Jesús tuvo que crear un nuevo tipo de familia más extensa, no patriarcalista, donde cupieran todos, no sólo los de dentro, sino los del entorno social, desde los más pobres. Ésta fue su revolución, esta su “guerra”, más difícil y dura (duradera, creadora) que las guerras de Julio César o Augusto.

Lógicamente, al buscar lo que buscaba, una familia abierta a todos, para crear lo que él quería crear (grupos de Reino), no pudo empezar reforzando las instituciones existentes (¡más familia patriarcal, más orden, más ley, más templo!), sino que comenzó “creando familia” desde los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, desde aquellos que estaban siendo rechazados por la buena sociedad establecida.

No tuvo más remedio que oponerse a un tipo de familia dominante, de carácter jerárquico-impositivo, porque ella iba en contra de su opción de Reino y porque funcionaba con modelos de imposición jerárquica, expulsando a los más pobres (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). Lógicamente, tuvo que decir a sus discípulos que “aborrecieran” a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 14, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3).

Texto

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53; cf. Mt 10, 34-36)

Cuando dijo a sus seguidores que debían “aborrecer” a sus familiares (Lc 14, 26), Jesús no quiso negar o criticar unos “lazos de sangre”, de tipo biológico y social, para impulsar un tipo de comunión espiritualista, sin vínculos de tipo “carnal” (como parece querer ya el Evangelio apócrifo de .Tomás), sino que rechazó un modelo de familia exclusivista, para crear otro modelo de familia, pero muy concreta (muy de carne y sangre, de amistad y comunión), pero no exclusivista; una familia donde importan los hombres y mujeres, cada uno de ellos y todos en relación concreta, sin imposiciones ni exclusiones, una familia donde cupieran los expulsados de las otras “tribus” y malas familias de su tiempo. Fue una revolución como nunca se ha dado.

La terapia de Jesús: Fuego, bautismo, espada

Para explicar esta terapia de familia, el Evangelio de Lucas pone en boca de Jesús tres palabras simbólicas de una importancia enorme. Cada una de ellas marca una ruptura, las tres juntas evocan “la ruptura” esencial de Jesús, que así puede presentarse como impulsor de un nuevo Adán/Eva donde caben todos. Para ello recoge explosivas, que pueden aparecer separadas en otro contexto de la tradición evangélica, pero que aquí se unen para indicar la importancia de la “lucha” de familia: fuego, agua, división (espada). Más fuerte no podía haberse dicho.

1. Fuego. «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!».

El tema del fuego mesiánico (del Dios/Fuego) ha sido ya aplicado a Jesús por Juan Bautista, cuando anuncia la llegada de uno más fuerte, que no bautiza en agua, sino con Espíritu Santo y Fuego (cf. Lc 3, 16; Mt 3, 10). El fuego es el poder del juicio de Dios, que purifica o destruye (para recrear).

Estamos ante el tema Jesús/Fuego, elaborado en especial por la tradición casi gnóstica del Evangelio de Tomas, que recoge este pasaje de Lucas, vinculando fuego y bautismo (EvTh 16), pero que añade otros impresionantes: «He arrojado fuego sobre el mundo y he aquí que lo estoy vigilando hasta que arda en llamas» (Ev Th 10) «Jesús ha dicho: Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Ev Th 82).

Jesús es un fuego espiritual, sin duda, como indica el Evangelio de Tomas (apócrifo). Pero Tomás corre el riesgo de entender ese fuego en línea sólo intimista, como una llama que arde en el corazón de cada hombre o mujer que hace el camino de la santidad. Pues bien, conforme al evangelio de Lucas, ese fuego arde en familia, cambia las relaciones familias.

2. Bautismo. «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!».

El bautismo no es ya un rito exterior de purificación, sino gesto de inmersión en el “agua de la vida”, gesto de entrega total, para crear la nueva humanidad. Está vinculado también la promesa del Bautista que decía que Jesús “bautizará (agua) con Espíritu y fuego”. Pues bien, el agua de Jesús lleva a crear nuevas relaciones, como las que él dice a los zebedeos cuando les invita a participar en su bautista de servicio para todos, sin jerarquías no poderes impositivos (cf. Mc 10, 38-39)

3. Espada. «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división ». Lucas pone división (diamerismón).

Mateo conserva quizá el término primitivo de “espada” Majaira (Mt 10, 34). Ésta es la espada de una guerra no militar, que penetra y divide y recrea, como un bisturí de doble filo (Hebr 4, 12), que corta, quita y cura; como espada de la palabra del Jinete del Logos, del logos de Dios (Ap 19, 15), que destruye a los poderes perversos, para crear la familia de los hijos de Dios, las bodas del Cordero. Lucas ha puesto división (no espada) porque todo texto siguiente se centra en las “divisiones” que hay introducir para que venga la nueva familia de las uniones cordiales, del auténtico fuego de amor, del bautismo del agua de la vida compartida.

Explicación.Consta de dos partes, una negativa y otra positiva.

El evangelio sólo expone la parte negativa: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

La parte positiva se supone y hay que crearla: crea una familia de uniones nueva, una familia fundada en el fuego de Jesús, en el agua de la vida… Una familia que brota allí donde el bisturí mesiánico de crear nuevas vinculaciones.

Aquí se funda la paz familiar de Jesús, abierta a los que carecían de familia. Por eso, él no creó agrupaciones espiritualistas, de tipo gnóstico, ni quiso separarse del mundo de la vida (engendramiento, trabajo, economía, descanso…), sino trasformar esa vida concreta, las relaciones afectivas y laborales, económicas y políticas de su entorno, creando grupos de paz familiar extensa, iglesias o comunidades formadas por personas capaces de compartir en amor los diversos aspectos de la vida, espacios verdes de paz familiar, abierta a todos los que quisieran integrarse en ella

La familia de la Pax romana y la familia que surge del modelo sagrado del templo de Jerusalén fundamenta y sacraliza unas relaciones de poder, que separan y condenan a los inútiles, que someten a los distintos, que expulsan a los impuros.

En contra de eso, Jesús quiso crear familias amplias (comunidades, iglesias) donde hubiera lugar para todos. Como he señalado, ello exigía unas rupturas respecto de la familia anterior (Lc 14, 26). “Venir a Jesús” (=amarle: cf. Mt 10, 37) significa optar por los destinatarios de su Reino, que son precisamente los que no tienen familia (los expulsados del orden tradicional). Por eso, “estar con él” implica abandonar (aborrecer) un tipo de familia para crear otra más amplia, donde caben los mismos “aborrecidos”, pero en un espacio más extenso, conforme a la visión del ciento por uno de Mc 10, 29-30, que aparece en los textos básicos de Jesús sobre su familia extensa (cf. Mc 3, 31-35; Lc 11, 27-28; Lc 12, 51-53).

Odiar para amar

Mateo ha situado este mismo pasaje de Lucas (que ambos toman del Q) al final del discurso misionero, tras la exigencia de “confesar al Hijo del hombre” (Mt, 10, 32-33). Superando la vieja familia sacral (que protege a los suyos) ha elevado Jesús su experiencia de comunidad abierta a todos, y de un modo especial a quienes carecen de familia. Ciertamente, reconoce el valor de la casa-familia y la incluye en su proyecto misionero (Mt 10, 12-13; cf. Mc 6, 10); más aún, todo su movimiento se centra en el deseo de crear nuevas “familias de Reino”; pero, a fin de que ello sea posible, tiene que romper el orden de la "buena" casa-familia.

No se trata de que el padre no ame al hijo, ni el hijo al padre, ni la madre a la hija etc, sino todo lo contrario: se trata de que se amen de tal forma que su amor sea fuente de concordia más extensa, abierta a los expulsados de la sociedad, abierta a la justicia.

Más aún, en caso de conflicto, si hubiera que escoger entre un buen “amor íntimo”, pero egoísta (cerrado entre dos o cerrado en las buenas familias…) y un amor extenso a los pobres, Jesús opta por el amor extenso, el amor del reino. Por eso, su mensaje implica una “ruptura y división”: tiene que acabar un tipo de “buena familia” en la que importan sólo los nuestros, una familia (sobre todo una familia de tipo económico, social, político…) en la que sólo importan los nuestros, mientras los de fuera mueren de hambre o tienen que venir en pateras, porque no tienen posibilidades de vivir.. Por eso, su mensaje de concordia universal, que empieza por los marginados de Israel, se vuelve fuente de discordia: introduce una espada de división en la carne del pueblo, incluso al interior de las familias (Lc 14, 16-24; cf. Lc 2, 35; Mc 13, 8).

Posiblemente, esta palabra (¡no he venido a traer paz, sino espada!) proviene de un profeta eclesial que habla en nombre de Jesús, en contexto de conflicto misionero, pero expresa el poder del evangelio. La gratuidad mesiánica, que vincula en amor universal a los humanos, rompe los lazos más sagrados (padre-hijo, madre-hija, nuera-suegra), volviéndose riesgo social: no sacraliza el orden existente, ni sanciona sus poderes, sino que sitúa a los hombres y mujeres ante un camino de solidaridad universal, empezando por los pobres. Por eso:

Quien ame a su padre o a madre más que a mí no es digno de mí,
y quien ame a su hijo o hija más que a mí no es digno de mí,
quien no tome su cruz y me sigue no es digno de mí (Mt 10, 37-38; Lc 14, 25-27).

Mateo ha formulado este pasaje en forma comparativa (quien ame más...); Lucas en forma excluyente: quien no odie... Pero el tema es el mismo: Jesús aparece en ambos casos como amor supremo, autoridad y comunión. Ciertamente, hay otros valores familiares, pero el que importa al fin es el valor del “amor universal”, del amor donde quepan todos.
Dios es amor, Jesús es amor de familia… Pero es un amor que tiene que ser capaz de romper otros amores…, para que haya espacio para todos. Por eso, él ha establecido por encima de ellas el vínculo del reino, definido a través de su persona. No ha venido a cambiar unas ideas sobre Dios ni unos aspectos sacrales del entorno, sino a manifestar en su persona el amor del reino sobre todos los restantes amores (de padre o madre, hijo o hija). Sólo la contemplación de ese amor, abierto a los excluidos del sistema, puede llamarse y ser autoridad definitiva, autoridad de amor. Amar a Jesús es amar en familia (¡viva el cantar de los cantares, vivan las bodas!); amar a Jesús es amar en familia (¡vivan los hermanos, viva el suegro y la suegra!)… Pero es un amor que se abre, una casa en la que pueden caber amorosamente todos.

Fue una familia que empezó desde el margen

El esquema social dominante era de patronazgo y clientela y reproducía la estructura jerárquica del Imperio. Los “buenos” patronos formaban la clase superior (terratenientes, cortesanos), que presumían de ofrecer ayuda económica y social a sus clientes. Los “fieles” clientes dependían en diversas formas de los patronos, a quienes apoyaban. Entre unos y otros se establecían relaciones de egoísmo mutuo y no de gratuidad (unos necesitaban a los otros).
El esquema sacral de familia israelita era quizá lo mejor que se había dado hasta entonces en el mundo. La religión judía era y sigue siendo una buena familia… Pero, en aquel tiempo, en los círculos dominantes, era una familia organizada desde arriba, una familia de ley más que de amor en libertad… Era una familia hecha de buenas familias, que al final imponen su ley sobre el conjunto de la sociedad. Por eso quedaban fuera los cojos-mancos-ciegos, por eso no entraban en la buena casa de los puros aquellos que estaban manchados. En aquella familia bo cabían los que hoy llamaríamos “marginales” (extranjeros, impuros, “desviados” sexuales, huérfanos…).

Pues bien Jesús vino a crear familia precisamente para esos. Por eso dijo que debía pasar el fuego, agua y espada de su anuncio de reino a través de la misma trama de la vida de las “buenas” familias.

Muy cerca de los lugares donde andaba Jesús existían dos núcleos urbanos judíos de cierta importancia (Séforis y Tiberíades); no muy lejos había ciudades helenistas mayores (Cesárea del Mar o Damasco, Tiro o Gadara) donde vivían muchos judíos. Sin embargo, parece que Jesús no entró en ninguna, sino que permanecía fuera, porque creía que su “familia” debía formarse a partir entre los campesinos desposeídos, a quienes él quiso hacer portadores y mensajeros del Reino.

Así les escogió para que realizaran curaciones y exorcismos, haciéndoles capaces de crear grupos de solidaridad inmediata, abierta a todos los que quisieran asumirla. No eran soldados para conquistar una tierra, ni sabios escribas para extender una nueva interpretación de la ley, sino testigos privilegiados de un nuevo comienzo social, que debían anunciar y ofrecer a los mismos ricos, los propietarios de casas y tierras. Al programar su camino de Reino, Jesús no buscó la generosidad patronal o patriarcal de unos, ni la dependencia mendicante de otros, sino la convivencia de todos, iniciando una forma nueva de comunicación integral en la que cupieran todos.

En esa línea, él no quiso hacer simplemente unas paces, sino hacer la paz, creando comunidades pacificadas, en medio de una tierra dominada en su conjunto por la violencia. Su proyecto supuso una ruptura, quizá la mayor de todas las rupturas de la historia de occidente, no para destruir, sino para construir entre todos una comunión de paz. Así lo dice Mc 10, 29-30 cuando asegura que aquellos que han dejado “un campo, una casa, una familia” (en clave de posesión), recibirán cien casas, cien campos, cien familias, en clave de comunicación y abundancia pacífica, es decir, de “posesión compartida”.

El programa de nueva familia de Jesús y de sus enviados constituye un ataque contra la identidad del Imperio romano, construido desde arriba (conforme a un esquema de patrón/cliente), que se expresa en la imposición de unos (patronos) y el sometimiento de otros (clientes), bajo el dictado de las legiones. Jesús ha destruido esa distinción de patronos y clientes (señores y siervos) y de esa forma ha superado el modelo de relaciones imperiales (resultado de un pacto de fuerza…), para buscar, desde su Dios israelita, un tipo de de familia donde se pudieran retomar, en un nivel más alto, los modelos antiguos de las comunidades de campesinos federados del principio de la historia israelita.

Jesús criticó de esa forma el modelo de familia tradicional (sacral) israelita y, sobre todo, el esquema imperial de Rom (hecho de imposición y grupos dominantes). Algunos años más tarde, en el tiempo de las grandes crisis que surgieron al final de la monarquía de Nerón (y de la dinastía de los julios/claudios), con la guerra judía (del 66 al 70 d. C.), parecía que las estructuras imperiales iban a caer y con esa ilusión se alzaron los rebeldes de Israel, apoderándose de Jerusalén. Pero la crisis pasó, Roma se repuso y tomaron el poder los flavios, con Vespasiano que había sido el comandante de la guerra anti-judía, aclamado emperador el 69 d. C. Murieron por entonces cientos de miles de judíos, acompañando en su caída al templo de Jerusalén, reducido a llamas (70 d. C.), y las estructuras imperiales volvieron a imponerse con más fuerza en Judea y Galilea. El Impero se estabilizó y muchos grupos judíos desaparecieron, pero las comunidades pacificadas, no jerárquicas, de Jesús se mantuvieron.

Bibliografía. Ha planteado el tema desde la historia de Israel, de manera clásica: N. K. GOTTWALD, The Tribes of Yahweh. A sociology of the Religion of Liberated Israel, 1250-1050 BCE, SCM, London 1979.

Sobre las comunidades del entorno de Jesús (además de mi libro ya citado, en el que me inspiro): cf. S. C. BARTON, Discipleship and family ties in Mark and Matthew (SNTS Mon. Ser 80), Cambridge UP 1994 y S. GUIJARRO. Fidelidades en conflicto.

La ruptura con la familia por causa del discipulado y de la misión en la tradición sinóptica, Pontificia, Salamanca 1998. Sobre la estructura de fondo de las comunidades y familias, cf.
R. AGUIRRE, Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, Ágora 4, Verbo Divino Estella, 1998 (= Desclée de Brouwer, Bilbao 1987);
G. THEISSEN, Estudios de sociología del cristianismo primitivo, BEB 51, Sígueme, Salamanca, 1985;
E. W. STEGEMANN y W. STEGEMANN, Historia social del cristianismo primitivo. Los inicios en el judaísmo y las comunidades cristianas en el mundo mediterráneo, Verbo Divino, Estella 2001;
J. D. CROSSAN, El nacimiento del cristianismo, Panorama, Sal Terrae, Santander 2002