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sábado, 31 de diciembre de 2011

1 de Enero de 2012: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA (Lc 2, 16-21) : Lo que viene después



«¿Y después... ?»

En el pueblo lo llamaban «Tonino y después». Era una especie de caricatura: tipo selvático, huraño, arisco, un error garrafal, aunque fundamentalmente inocuo. Cuando lo encontrabas y le decías «¡buenos días!, Tonino», él te miraba de reojo y replicaba indefectiblemente: «¿Y después...?». Se quedaba allí esperando un poco, después marchaba sacudiendo la cabeza. Si le deseabas «feliz navidad», respondía: «¿Y después...?».

Aunque todos conocían aquella reacción, e incluso la provocaban malignamente (de ahí el mote), no sabían qué añadir, y todo terminaba ahí, con aquella pregunta en suspenso. Pero algún grosero no se paraba y lo mandaba al diablo o al infierno. Pero él, imperturbable, preguntaba: «¿Y después...?».

«Tonino y después» no daba explicaciones de esa expresión suya característica que le hacía famoso. Creo que quería decir: y después yo tengo que arreglármelas, me veo obligado a apañármelas yo solo, para nada me ayudan ni vuestro saludo ni vuestra felicitación, que no os cuestan nada. ¿No tenéis otra cosa que ofrecer?

No sé por qué, yendo a la iglesia, me ha venido a la mente el recuerdo de «Tonino y después» (que ahora está experimentando el «después» definitivo, el que sigue a la muerte, y seguramente no se habrá desilusionado por este «¿y después?»).


¿Todo como antes?

Ha comenzado el año nuevo. Se ha iniciado de la misma manera que los años precedentes, aunque con un suplemento de ruido y de retórica.

Por la noche han saltado tapones de cava, se han abierto las cubas de vino, ha sonado la banda sonora de siempre con sus sonidos ensordecedores y descomedidos, ha habido la acostumbrada alegría un poco artificial. Y hay que preguntarse, como decía Tonino: ¿y después?.

Y después todo vuelve a comenzar de nuevo, es más, continúa como antes, se hace una réplica del pasado, vuelven a correr jornadas insulsas, con las carreras frenéticas, la caza al dinero, al éxito y a la diversión.

Se nos felicita el año nuevo. ¿Y después? Y después que cada uno se meta en sus cosas, vigile sus negocios, no cuente mucho con los demás. Cada cual ya tiene sus preocupaciones.

«Esperemos que sea un año un poco mejor que los anteriores...». ¿Y después? Y después se está a la espera para ver qué sucederá de hermoso o de feo, sin que nos roce la sospecha de que lo «mejor» depende sobre todo de nosotros, de nuestro compromiso, de nuestra determinación.

Es la jornada de la paz, y se ruega por la paz, se desea que terminen las guerras, no faltaba más (después de dos mil años de cristianismo sería la hora de que el hombre saliese fuera de las cavernas). ¿Y después? Y después allá se las arreglen, piense quien tenga obligación, que se pongan de acuerdo los poderosos de la tierra. Que no me parece la traducción más exacta de la bienaventuranza de los que «construyen la paz».



Esa pregunta inquietante sigue resonando

Antes de iniciar la predicación (que ha saltado de la fiesta litúrgica al año nuevo, para abordar el tema de la paz), también nuestro párroco, que estaba en vena de cordialidad, no ha dejado de felicitarnos el año nuevo. Y tengo que reconocer que no eran felicitaciones formales.

Y después ha llegado algo consolador:

«El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz».

He tenido la sensación de algo serenante. Es hermoso saber que Dios me acompaña en el camino mostrándome un rostro propicio y no una cara airada.

Después interviene Pablo para asegurarme que soy hijo y tengo derecho a llamar a Dios «Padre», mejor «Papá» (Abbá), lo máximo de la confianza. Sin embargo, en este momento, he vuelto a sentir dentro de mí la pregunta inquietante. A la que es muy fácil responder: y después he de comportarme como hijo.

Seguidamente han vuelto a aparecer los pastores que han encontrado a «María y a José y al Niño acostado en el pesebre». Y después, después de haber visto y oído, han tenido algo que contar y algo por lo que alabar a Dios.

Finalmente, la imagen de la Madre, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Una indicación muy preciosa para nosotros. Se escucha la palabra de Dios... y después se conserva y se medita en el propio corazón. Precisamente lo opuesto a la disipación y al olvido. Y también lo opuesto a la palabrería y a las discusiones.

Como se ve, la pregunta provocadora, y hasta impertinente, de «Tonino y después» puede llegar hasta la iglesia y allí desarrollar una función de clarificación bastante útil.

Cristiano no es uno que se contenta con ir a misa, con escuchar más o menos distraídamente la predicación. Y no puede hacerse la ilusión de que basta decir, explicar, instruir, amonestar.

Siempre hay alguno, que a lo mejor sólo con los ojos te interpela: «¿Y después?».

De cada uno de nosotros depende que alguien pueda irse moviendo la cabeza, como hacía «Tonino y después».

En una palabra, lo importante es lo que viene después.