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domingo, 30 de diciembre de 2012

Sagrada Familia: Se nos ha perdido Jesús

Contemplación

¡Se nos ha perdido Jesús! Hay que anunciarlo.

Los que venimos de familia católica y habitamos en un país mayoritariamente cristiano, vamos tomando conciencia, en el camino de vuelta de alguna de nuestras Fiestas Navideñas, de que se nos ha perdido Jesús, en la familia, en la Patria, en nuestro corazón.
Algunos todavía lo buscan entre parientes y conocidos, pero hay que aceptar el hecho en todas las dimensiones, ciertamente angustiantes, que tiene una pérdida tan grande. Jesús no está como antes en el ambiente familiar, personal y social. Y esto es un signo también de un fenómeno amplio: la mente de los integrantes de cada familia y de cada país no se alimentan de la misma fuente, y a veces hay años luz entre lo que piensan los abuelos, los papás y los hijos. Queda el cariño, eso sí, pero asediado por muchas ideas fragmentadas y contrapuestas.


¿Y es bueno o malo que se nos haya perdido Jesús?
Creo que es bueno constatar que no se puede seguir el camino “entre familiares y amigos” si no está Jesús.
Hay que volver a la ciudad a buscarlo.

Por supuesto que hablo de los que amamos a Jesús y creemos que Él es la Luz, la fuente de la Amistad social, el Camino que nos lleva al Misterio del Padre Creador, la Vida que brota del Espíritu.
No hablo de los que dicen “si se nos perdió en el camino mejor, así vamos más libres. Con Jesús venía una serie de deberes imposibles de cumplir, un montón de clérigos indeseables, una historia mitad mojigata mitad inquisitorial. Mejor caminar hacia el futuro sin todo lo que rodea a ese Jesús (una especie de mito snob, como decía un estudiante chino, al que muchos orientales miran hoy con cierta simpatía dada la carencia de espiritualidad que pesa sobre su sociedad atea)”.

Antes de hablarles a los que piensan así, antes hablar “urbi et orbi” y de que la Iglesia tenga una palabra para todo y para todos” quizás es bueno sentirnos, por un tiempo, como María y José cuando perdieron al Niño Jesús. Sentir, digo, que se nos ha perdido a nosotros, a los que lo amamos. No al mundo, no a los que no lo conocen, no a los que no les interesa. Se nos ha perdido a nosotros, a nuestra familia, a mí, que recibí la fe, que voy a misa, que confieso y comulgo.

Si uno se anima a ir por este lado pronto siente: “Y claro. Si se les perdió a María y a José, quizás no sea tan escandaloso que se me haya perdido a mí”. Pero hay que reafirmar esta intuición, porque si no uno cree que Jesús siempre anda por ahí cerca, en la caravana familiar, entre los conocidos del pueblo… Y si en esta Navidad no lo sentí tanto, ya volverá la gracia…

La imagen de un Jesús “encontrable” cuando quiero (cuando me da la gana de confesarme o de volver a rezar) vs la imagen de un Jesús “perdido”, al que hay que salir a buscar “angustiados”.

José y María también pensaron “ya aparecerá”. Pero bien rápido cambiaron esta manera de pensar. Cuando después de caminar una jornada vieron que Jesús no estaba, dejaron la caravana como si fuera un tren que corre hacia el abismo (aunque iba a su propio pueblo, con la gente amiga, por las rutas acostumbradas, según la tradición) y se volvieron a buscar a su Hijo a la ciudad de Jerusalén. Está claro que no les interesaba nada de todo lo acostumbrado si no estaba Jesús.

Esta es la angustia que hay que dejar que se apodere de nuestro corazón. No hay que taparla: hemos perdido a Jesús. “No sabemos donde lo han puesto”, como dirá la Magdalena al jardinero la mañana de la resurrección.

Hay que dejar un rato al mundo con sus discusiones sobre valores y antivalores y decir: “perdón, pero yo, antes de enseñarle nada a nadie ni de confrontar con nadie, me tengo que volver a buscar a mi Jesús, porque se me ha perdido y no puedo seguir con ustedes en la caravana esperando que él aparezca”. Si se me ha perdido a mí, yo tengo que ponerme a buscarlo.

La actitud de la que hablo tiene que ser algo así como la de Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, que dejó la caravana y se metió a buscar a su hija en las redes de la corrupción. Mientras la caravana de la sociedad sigue su camino, imparable, dejando atrás a los perdidos y avanzando hacia nuevas pérdidas.

Los papás de las víctimas “paran su mundo” y tratan de frenar el nuestro (cuyos frenos no funcionan: ni los de los trenes, ni los de los autos, ni los frenos morales que no se detienen ni ante los menores…).

Ellos tienen claro lo que es la vida, lo que vale en la vida. La vida a veces hay que pararla, detener el mundo, para buscar al que se ha perdido. La burla de los comerciantes no importa. Ya se sabe que para el que quiere ganar plata “el espectáculo debe continuar”. Sí da pena, en cambio, la manada de ovejas consumistas en las que nos transformamos cuando acatamos esta “ley del progreso”, de que “hay que ir para adelante”, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.

¡No es verdad! La vida no es así. La vida a veces se detiene. La vida a veces hay que volver a buscarla atrás, donde se nos perdió alguno, donde equivocamos el camino de la solidaridad y agarramos por los atajos del egoísmo. La vida a veces hay que pararla hasta que lleguen los que vienen más atrasados. La vida no se puede seguir como si no hubiera pasado nada. Es cierto que hay que mirar para adelante, pero no sin “detenernos” todo lo que haga falta, todo lo que ttarde otro en llegar, todo lo que dure un juicio por un hecho que fue injusto; hay que parar y poner toda nuestra atención para esclarecer bien un hecho y dictaminar en la medida de lo posible qué fue lo que pasó.

En el evangelio, Jesús nos da una clave para “encontrarlo” toda vez que se nos pierde. Por supuesto que primero hay que “cambiar nuestra imagen de Dios” como la de Alguien siempre a mano –posponible y urgible de acuerdo a mis deseos- e incorporar la imagen de un Dios que “se me pierde”.
La clave para encontrar a un Dios que se nos pierde libremente (y por eso es que “no lo sentimos”, que “no nos conmueve”, que ”parece que no responde a lo que necesitamos” como antes) es la de buscarlo “en las cosas del Padre”, como les dice muy fresco y firme el Niño Jesús a sus padres que lo retan apesadumbrados por lo que les hizo.

¿Qué son y donde acontecen esas “cosas del Padre”?
Esa es la pregunta. Y hace falta leer todo el evangelio para ir descubriendo cuáles son las cosas del Padre en las que está ocupado Jesús.

Una pista para el que lo quiera salir a buscar, dejando por un tiempo “la caravana”.

Jesús nos reveló que el Padre habita en lo secreto.
Esto es importante para no desilusionarse de que “haya desaparecido de lo público”. Es más, para no escandalizarse de que el espacio público se burle de las maneras que teníamos de hacerlo visible (liturgia, templos, declaraciones, fiestas, manifestaciones de fe, imágenes…). El imaginario construido en estos dos mil años en occidente hoy está “cuestionado”. Cada valor, cada expresión cristiana tiene su “demonio que le muerde los talones y lo tergiversa”.

Pero esto, al Padre que habita en lo secreto, no le hace mella.

Ahora, convengamos que no es sencillo entablar comunicación con uno mismo y con los demás en este ámbito íntimo, porque estamos muy invadidos de exterioridad, pero es un hecho que la vida sigue decidiéndose en lo secreto de cada corazón.
En la historia de cada persona de bien hay una decisión tomada en lo secreto: decisión de estudiar, de servir, de dar…
En la historia de cada persona que obra mal hay una decisión postergada en lo secreto que la lleva, una y otra vez, a negarse a dialogar (todavía) con su Padre, que siempre lo espera y sale a buscarlo.

El desafío, entonces, para los que sentimos que hemos perdido a Jesús, para los que preferimos “pecar de exagerados” a “pecar de ingenuos” (recordemos que vivimos en una sociedad en la que “se pierden los niños” -cfr. Missing children-), el desafío, digo, es volver a buscar al Niño en lo secreto.

Pero en lo secreto de la ciudad misma, allí donde Jesús está “escuchando y preguntando a los maestros”.
Es decir, tenemos que salir a buscar a la Palabra profundizando en el diálogo, hablando, rezando sobre lo que verdaderamente cuenta, exponiéndonos en la confrontación de las ideas, escuchando atentamente los “quejidos” de la gente, esos que brotan del fondo del corazón. Preguntando a fondo, aunque las respuestas duelan.
Lo secreto donde habita el Padre no es lo intimista como huida de lo social, sino lo íntimo del corazón donde se deciden y sostienen los comportamientos sociales masivos.

¿Cómo hay que alimentar y cuidar en lo secreto –ante el Padre, l buen deseo y la decisión honda de colaborar en obras solidarias para que esa semilla arraigue profundo y no se queme rápido por el calor de las disputas ni se vea ahogada por la cizaña de las maledicencias?

¿Por qué no apoyamos más en lo secreto –ante el Padre, a los que luchan por algo justo? ¿Qué cálculo ha realizado nuestro corazón en lo secreto que lo lleva a no jugarse, a posponer, a atrincherarse en su seguridad y a pensar: “mientras no me toque a mí”?

¿Qué imagen del futuro nos frena en lo secreto –como si no estuviera el Padre- para no tener esperanza de un futuro mejor, más justo, más solidario?

Así, cada uno puede hacerse las preguntas de fondo que sienta que tiene con la confianza de que, “escuchando y preguntando a su vez” estará Jesús, porque Él está cerca de los que buscan estar en las cosas del Padre.