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martes, 27 de marzo de 2012

3. Compasión y amor que sufre: Buda y Jesús


Publicado por El Blog de X. Pikaza

He publicado dos entradas sobre el famoso texto bíblico: "Si el grano de trigo no muere...". Pensaba terminarlo, para volver a otros temas (ministerios, Iglesia...). Pero me han llamado algunos amigos del blog y me han dicho que siga en esta línea, al menos unos días, retomando un material que tengo escrito en Palabra de Amor (Sígueme, Salamanca 1984) y en Palabras de Amor (DDB, Bilbao 2006). Notará el lector que el tema está dirigido a una persona concreta. Así lo dejo.

Lo hago gustosamente, pues el tema me apasiona. Hoy ofreceré una reflexión sobre compasión y amor que sufre, es decir, sobre budismo y cristianismo. Mañana hablaré de amor y cruz... Terminaré diciendo que lo que redime no es el dolor, sino el amor, que es capaz de transfigurar el mismo dolor... Nos acercamos a la Pascua. Buen fin de domingo a todos.

EM-PATÍA, COM-PASIÓN

Actualmente se habla mucho de empatía. Recordarás que nosotros aprendimos la palabra tarde. Todavía nos sentíamos nerviosos al usarla. Pero el hecho es que ahora se ha vuelto lenguaje universal. Por todas partes se habla de empatía. ¿Qué significa? Si no entiendo mal, se trata de un conocimiento basado en lo afectivo. Etimológicamente, la palabra quiere decir, lo mismo que el Einfühlen alemán, «sentir dentro», y se utiliza para aquella forma de experiencia que se expresa a través de la comunión afectiva. Allí donde me encuentro cerca de otro, me introduzco de algún modo en su sentir y asumo como míos sus dolores y sus gozos nace la empatía.

Parece que, en principio, el término proviene de la estética y ha sido introducido por Th. Lipps. Sabes que el arte desarrolla una manera muy precisa de experiencia: el hombre sobrepasa el plano de la objetivación propiamente dicha, deja de formar y conformar lo conocido y se introduce en la belleza de lo contemplado. Brota de esa forma la empatía: siendo yo mi dueño y sin perder mi identidad, me introduzco, como por inmersión, en aquel mundo que suscita el arte. Así dejo que me influyan, me transformen y potencien sus valores expresivos. Esto no supone que me tenga que volver sólo pasivo. Todo lo contrario. Para que capte la belleza es necesario que me encuentre dispuesto a escucharla, recibiéndola en actitud de reverencia.

Tengo la certeza de que entiendes la empatía en dimensión estética. Pues bien, avanza un paso más y ponte sobre un campo de encuentro interhumano. ¿Cómo puedes conocer a otra persona? ¿de qué forma la comprendes, te sitúas en su plano y actualizas su experiencia? Ciertamente, sabes que en tu vida existe un plano de unidad interhumana que permite que te pongas en el ámbito del otro. Cada persona tiene un rasgo que no puede jamás comunicarse, una palabra que resulta exclusivamente suya.

Pero, al mismo tiempo, encuentras que hay algo que se irradia, se recibe, se comparte: exteriorizas tu sentimiento y descubres, sorprendida, que a tu lado hay otro que ha sabido recogerlo y reasumirlo como suyo. En esta dialéctica de identidad y comunicación, de misterio individual y participación de sentimientos fundamenta el ser humano su existencia. Aquí se encuentra la verdad de la empatía.

Permíteme ampliar ese concepto a dos palabras que etimológicamente tienen un mismo significado, aunque después se han transformado por el uso: la compasión y la simpatía. Actualmente, simpatía significa aquella capacidad activa que nos permite suscitar y comunicar sentimientos agradables, creando así un ambiente distendido, de confianza. De todas formas, la comunicación que así se logra se mantiene en dimensión superficial. El simpático resulta agradable, pero no sabe o no quiere compartir su vivencia más profunda ni pretende que los otros la compartan. Prefiere resbalar por la superficie de la vida, quiere evitar las asperezas del entorno, pero acaba no pudiendo llegar hasta el final de los afectos y problemas.

Distinta es la actitud del compasivo, de aquel hombre que se deja influenciar por la miseria ajena y la comparte. Frente al congraciamiento, como capacidad de compartir la alegría ajena y sentirla como propia, está el compadecimiento del que asume el dolor y la miseria de los otros: compasivo es quien se fija de manera preferente en el dolor del hombre, aprende a descubrirlo y lo actualiza o lo recrea como propio.

COMPASIÓN Y TRAGEDIA

Sabes, por la historia, que la vida y el alma griega de occidente está fundada en una base compasiva. Piensa en la tragedia, con sus grandes personajes: Prometeo, Edipo. Antigona, Electra. Miras y descubres a un hombre que sufre. ¿Por qué? Porque el destino lo ha marcado. Vas mirando cómo actúa y sabes bien que no le queda ningún tipo de remedio: no puedes romper el fatalismo del conjunto, desgajar en dos la escena y afirmar «hay realidad, hay esperanza, más allá del sufrimiento y de la muerte». Toda protesta acabaría siendo estéril, aumentando el desconsuelo y la impotencia. ¿Qué se puede hacer entonces`? Lo que Sófocles ha hecho: representar el dolor, asumirlo con hondura y lucidez, sufrir o consufrir con los que sufren y encontrar, de esa manera, la fuerza que permita seguir en la existencia.

Sabes que Aristóteles habló de la catarsis compasiva, descubriendo aquello que supone la piedad de la belleza, la actitud del que no puede cambiar nada; no protesta, no condena, no trabaja para hacer que el mundo se haga diferente. ¿Qué hace entonces'? Mira, participa, consufre: el espectador vive como propio el desgarrón de Antígona, el dolor de Edipo; de esa forma logra aprender la realidad y asumir su destino. La tragedia no ha querido arrancarnos del dolor sino enseñarnos a descubrirlo en su dureza, a fin de que entendamos lo que implica el ser del hombre y lo aceptemos.

No sé si has penetrado alguna vez en el temblor de la tragedia. ¡Yo casi no puedo! Si algún día siento que estoy dentro empiezo a ahogarme. Compadecerme sí, yo puedo hacerlo. Me compadezco y vivo. Pero luego, cuando todo se me cierra, cuando siento que no puede haber salida, que no existe curación para Edipo, ni descanso para Prometeo, también yo me siento dentro y sufro angustia. ¡No podría vivir como vivieron los antiguos griegos! Entonces redescubro la voz de libertad del cristianismo, el misterio de la gracia, la fuerza para obrar de una manera creadora, el reino como futuro abierto en esperanza... Y empiezo a respirar de nuevo con hondura. Miro al cielo y casi estallo de alegría.

Como sabes, la tragedia griega ha sido un dato muy valioso en nuestra historia, es un cimiento al que debemos volver siempre. Sin embargo, nuestro edificio cultural está fundada en otras bases; el eros de Platón, como certeza de un camino que nos lleva a superar el mundo, la capacidad organizativa de Roma y, sobre todo, la esperanza activa del judeocristianismo. ¿Imaginas lo que habría sido el occidente sin Jesús y sin la Biblia? Sería muy distinto; y yo te digo que más pobre y destructivo. Si me dejas hacer afirmaciones generales, te diría que occidente ha sido activo: ha cultivado un don de salvación que es gracia; pero, al mismo tiempo y sobre todo ha dicho que es preciso realizarse, decidirse, convertirse, amar a los hermanos. Quizá esta línea ha terminado demasiado lejos, cimentando una herejía de activismo, a veces inhumano. Por encima de toda la inmersión de quien penetra en el abismo de un dolor insoportable se halla el gesto de quien crea, está la vida que se hace, la esperanza.

BUDA. CUATRO VERDADES

Pero, después que eso ha quedado ya seguro, he de volverme hacia el oriente, tal como aparece reflejado en el budismo. Aquí descubro una vez más la situación trágica de Grecia. El hombre se debate en una rueda de fortuna destructora. El mundo es un abismo de dolor que nos tritura, un gran molino que destroza año tras año, encarnación y encarnación, nuestra existencia. ¿Cómo soportarlo? Sobre ese presupuesto se edifica la palabra y el mensaje original de Buda. Permíteme que vuelva a presentarlo, fundado en la doctrina de las cuatro «nobles verdades».

Primera verdad: todo es dolor; dolor el nacimiento y la muerte, la unión y desunión; la vida entera sobre el mundo es un destino de separación, impotencia y sufrimiento. Segunda verdad: el origen del dolor es el deseo, la sed de la existencia que nos tiene atados a la rueda de una vida en la que estamos cautivados. Tercera verdad: para librarse del dolor es necesario extinguir los apetitos, desarraigando la raíz de los deseos. Cuarta verdad: en este mundo de deseos destructores es posible hallar la vía, la famosa vía media que conduce a la superación de los dolores, a través de una disciplina mental, una concentración intensa y una conducta ética adecuada.

BUDISMO, TRAGEDIA

Deja que reflexione sobre esto. Nuestro mundo occidental ha cultivado, de manera preferente, el activismo. Valora la creación. Más que el dolor de la existencia le impresiona la capacidad de buscar y construir algo nuevo. Por eso intenta suscitar la salvación por los deseos creadores. El budismo toma un rumbo totalmente distinto. Vive la impotencia del hombre y tiene la certeza de que todo acaba siendo sobre el mundo un imposible: más allá de un cielo que se expresa o realiza a través de los deseos interesa aquella salvación que nos libere, finalmente, del deseo. Nada se consigue con fingir fachadas bellas sobre un mundo que se encuentra ya caído. La salida está en vencer y abandonar el mundo.

En Grecia, la tragedia interpretaba lo divino como fuerza del destino. Lo sagrado era la rueda de la vida y de la muerte. Presidían, por encima, las imágenes celestes de los dioses (Zeus, Atenea, Apolo...); por debajo discurría la existencia de los hombres, en un campo abierto por la muerte. Todos ellos, dioses y mortales, se encontraban sometidos a la misma inmensidad fatal del cosmos. Por eso, no existía más remedio que sufrir unidos, aguantar con dignidad sobre la tierra.
Lógicamente, a partir de ese trasfondo, al menos presentido, los budistas decidieron prescindir de las figuras de los dioses. ¿Qué ventaja puede haber en Dios si Dios se encuentra también dentro de la rueda del destino? Sobre un mundo malo como el nuestro, carece de sentido hablar de lo divino. Es preferible hacer silencio y sobre el hueco de todas las imágenes sagradas buscar y recorrer aquel camino de ser y libertad que nos permita llegar hasta las fuentes de una vida no mundana.

BUDA, SUPERAR EL SUFRIMIENTO

Esto supone que los hombres son capaces de librarse del destino, desatarse de una vida de dolor que en realidad es muerte. ¿Cómo? siendo iluminados: por medio de un retorno al interior, por una vida desligada de apetitos, transformada, sin deseos. Aquí está el punto de partida.
En un primer momento tienes la impresión de que los hombres deben vivir solos, ocupados de sí mismos, cada uno en su verdad liberadora y su camino. Sin embargo, si te fijas más atentamente encontrarás que en el budismo, a partir de su visión del mal, se ha elaborado un esquema salvador impresionante, concibiendo la vida como solidaridad en el sufrimiento y compasión liberadora. Deja que lo explique, resaltando sus nervios principales.

1. El primer gesto del hombre se llama maitri o benevolencia. Quien ha sido iluminado y sabe cómo puede superarse la cadena del destino y de la muerte se comporta de manera diferente: es dulce y es discreto, es cordial y es afectuoso. Nada puede perturbarle, nada debe hacerle airado. En medio de una tierra dura y fuerte, destrozada por el odio, las pasiones y deseos, el auténtico budista sabe ser y comportarse de manera amable. Todo lo comprende, pero nada llega a perturbarle.

2. No basta esa actitud benevolente. Es necesario realizar el bien concreto, a través del regalo, la donación o ¿lana. El motivo es claro: todo sufre, se retuerce y gime en una tierra calcinada. El budista iluminado ya conoce su final de salvación, pero igualmente sabe que el dolor es destructor y quiere, en lo posible, remediarlo o, por lo menos, no aumentarlo. Por eso hace el bien y remedia a quien está necesitado. Créeme, mujer: quien asume el espíritu budista puede hallarse cerca de Jesús y su palabra, allá en el centro y corazón de un evangelio que es amor. ¡Que nada sufra por tu causa! parece ser la voz y el gesto de los fieles del gran Buda.

3. Todo, en fin, culmina en la karuna, esto es, la compasión piadosa. Ella es la piedra angular del budismo, es la intuición de que el dolor, siendo absoluto sobre el mundo. puede superarse. Cada hombre ha de asumir a solas su camino y alcanzar la libertad por medio de su propia actitud, concentración y desapego. Sin embargo, el verdadero iluminado sabe que no puede separarse de los otros, sufre su dolor, se compadece de ellos, y procura abrirles el camino hacia la propia libertad de cada uno. Ese fue el comportamiento de Buda: una vez iluminado, descubierta su verdad e inmerso en una vida sin dolor y sin deseos, prescinde de su propia plenitud transfigurada y ofrece su mensaje iluminado a todos.

CRISTIANISMO Y BUDISMO

Permíteme otro alto en el camino. En un primer momento, Buda ha dicho que todo se condensa en el dolor y en el deseo. Pero, en contra de los trágicos de Grecia, sabe y dice que el dolor puede llegar a superarse. Por eso, en su doctrina hay algo que desborda el gesto de participación pedagógica en la ley universal del sufrimiento: la actitud iluminada de aquellos que, sabiéndose libres del dolor, comprenden sin embargo el sufrimiento ajeno y saben que merece la pena erradicarlo.

Advertirás la fuerza que supone esta manera de portarse. Parecería que el hombre iluminado debería cerrarse en actitud de conformismo despegado: su propia luz y salvación le basta. Nada consigue haciendo bien a los hermanos. Pues bien, el budismo ha invertido ese argumento: el hombre iluminado nada añade a su verdad cuando se inclina ayudando a sus hermanos; pero al hacerlo expresa su valor y su grandeza: sobre un mundo de dolor y sufrimiento eleva el signo de que, siendo solidarios en la prueba del dolor, también podemos serlo al ayudarnos. El verdadero budista tiene la experiencia de que han sido superadas sus pasiones, los deseos, todo tipo de apetitos de la tierra. Lógicamente, vive inmerso en el misterio de aquello que podríamos llamar su intimidad trascendente. Pero, al mismo tiempo, escucha como propios los dolores de los hombres y pretende liberarlos con su ejemplo y su palabra.

Fíjate en lo que me atrevo a asegurarte: abandonada a sus poderes creadores, la humanidad puede elevarse hasta el nivel budista, en su belleza y equilibrio, en su dominio personal y su apertura compasiva hacia los otros. Quizá nunca se había llegado tan arriba. Sin embargo, tengo que añadirte que con eso no has tocado la membrana originaria de la vida. ¿Qué falta? Falta, a mi entender, el gozo de la gratuidad como amor positivo que lleva hacia el prójimo; falta la vivencia de la comunión, el encuentro interhumano como signo primigenio del misterio; y falta, sobre todo, un Dios activo y personal que nos ofrezca amor desde su fondo. Todo esto lo ofrece y testimonia el cristianismo.

Fíjate en el cristianismo; a su entender, el gesto compasivo ha de integrarse en un espacio más extenso donde emergen otras notas y factores: creatividad, entrega por los hombres, compromiso comunitario, apertura a lo divino. Deja que ordene esos factores de una forma unitaria, breve y progresiva.

Según el cristianismo, el punto de partida no es el dolor sino la .fuerza creadora. Por eso, en la raíz originaria de las cosas no se encuentra el gesto de impotencia y muerte. El mundo es positivo; es Dios quien lo ha creado. Por eso, más allá de los dolores del hombre se encuentra la confianza originaria, la actitud del que se pone en brazos de la vida, la descubre como don gratuito y la valora en gesto positivo.

Más aún, antes que la compasión del hombre hallamos la compasión de Dios. Hay en el judeocristianismo una palabra audaz, aventurada, milagrosamente hiriente: Dios tiene piedad de ti, se compadece de tu angustia y de tu muerte. Te dirás: ¿cómo es posible? ¿no es Dios mismo quien me ha hecho sujeto al sufrimiento? Te respondo: Dios te crea corruptible y ¡imitado, eso es verdad; pero ha querido hacerte libre, quiere que despliegues tu camino y te realices, de forma abierta y arriesgada. Ya sé que no lo entiendes. Ya sé que me preguntas: ¿no hubiera sido preferible haber sido menos libres, más inmunes al dolor y angustia de la muerte?

Este es el centro del problema. Si un amor es puramente compasivo acaba siendo medroso y falto de creatividad; prefiere esquivar las pruebas, renunciar a los problemas. Pues bien, antes que mostrarse compasivo, el Dios cristiano es creador: quiere que seas y se arriesga, a pesar de que eso implica situarte sobre un cauce doloroso. Todavía más: el Dios judeocristiano afirma que este mundo es bueno, el mundo que el pecado, la injusticia y el dolor de la existencia han convertido tantas veces en dolencia intolerable. Al llegar aquí he de confesar que el Dios cristiano no ha querido tolerar impasible ese dolor: lo asume desde dentro, se compadece de los hombres y sufre con ellos. Sólo porque Dios es creador y porque siente como propia la angustia de la tierra se convierte en compasivo.

DEL BUDISMO AL CRISTIANISMO

Supongo que estas cosas suenan fuertes. ¿Sientes un temblor al escucharlas? Estás ante el misterio. Sabes que budismo y cristianismo se hallan frente a frente. O eres budista y afirmas que, siendo el mundo un mal, es necesario transcenderlo en la experiencia interior, sin llamar a ningún Dios en nuestra ayuda. O te confiesas cristiana y descubres sobre el mundo la mano de Dios, creadora, compasiva y redentora al mismo tiempo.

Déjame expresar mi pensamiento. Yo no aguantaría a un Dios que, habiéndonos creado, dejara el mundo fuera de sí mismo. Tampoco aceptaría a un Dios miedoso que parece no atreverse a hacer que el hombre sea conflictivo, fuerte y arriesgado. Mi Dios es un misterio de amor creador, arriesgado, un Dios que es capaz de sufrir por amor: un Dios que quiere un mundo adulto y creador, conflictivo en su cimiento, duro en su exigencia, complicado en su camino. Es más, haciendo el mundo, Dios se ha decidido a permitir el riesgo del pecado con lo que implica de ruptura, de dolor, de crisis.

Me gusta que te quede esto bien claro: Dios asume el riesgo del pecado, del dolor y de la muerte. Lo hace así porque decide que este mundo sea. Por eso, habiéndolo creado, acepta como propio y sufre desde dentro el dolor de los humanos. Pero deja que te indique unas pequeñas distinciones. a) El Dios de Israel se compadece de los hombres desde fuera: sufre su dolor, le duele su miseria... pero siempre se halla encima, está como guardado en su propia trascendencia. b) El Dios de Cristo ha dado un paso en adelante: penetra en la miseria de la historia, la padece en sus entrañas, la transforma.

Ahora entiendes lo que implica este misterio del dolor y de la muerte. El verdadero compasivo no es aquel que libra al otro de la muerte o le conduce a desligarse de la vida. Compasivo es el que crea -el que hace ser-, el que acompaña en el dolor, el que transforma la existencia de los otros. A veces suponemos que volverse compasivo significa «no exigir», librar al hombre del esfuerzo, protegerle en la blandura. ¡No es eso! Es compasivo de verdad quien nos exige, llevándonos a descubrir nuestras potencialidades, compartiendo con nosotros la dureza del camino y capacitándonos para recorrerlo.

Las perspectivas se hallan invertidas. Para el budismo, la compasión era elemento negativo: es el camino del que intenta ayudar a los hermanos, a fin de que se puedan desligar del sufrimiento y riesgo de la historia. El cristianismo, en cambio, sabe que sólo es verdadera aquella compasión que nos convierte en creadores. Sólo es digno de crear quien introduce su existencia en lo creado, quien se arriesga con sus obras, quien padece en ellas o las lleva en el regazo de su propio sufrimiento. ¡Así ha creado Dios! Lo hace arriesgándose, queriendo que seamos escandalosamente libres, para solidarizarse después con nuestra libertad y realizar nuestro destino. Por eso, la compasión es un gesto expansivo, de fuerza creadora. Ella implica un momento de creatividad intenso, comprometido. Sobre la cruz del dolor de su Hijo, Dios ha decidido que este mundo permanezca y llegue a ser, creándolo de un modo personal, comprometido.

Quizá te extrañe lo que digo. Te sorprende y nos sorprende, ¿sabes? A veces resulta escandaloso el recordarlo. En un determinado momento optaría por callar, poner el evangelio entre tus manos y dejarte a solas. Pero si he empezado a escribir será por algo. Permite que me alargue todavía. Es poco lo que falta. ¿Sabes dónde acaba la compasión de Dios? Acaba en el encuentro entre personas. Hacia eso tiende el gesto creador y compasivo de Dios para los hombres: lleva al establecimiento de una comunión de amor definitivo y permanente.

UN DIOS QUE SUFRE PORQUE AMA, LA COMPASIÓN DE DIOS

El tema de la compasión en su vertiente intradivina, interpretado como participación del Cristo en el sufrimiento de la historia y como dolor del Padre que recibe al Hijo muerto, constituirá el centro temático del apartado que sigue. Ahora pretendo concluir mis reflexiones ofreciéndote una breve indicación sobre el sentido y los niveles de la compasión interhumana.

Existe, a mi juicio, un primer nivel de compasión que puede llamarse material. ¿No te impresiona el sufrimiento físico del otro? Te duele su dolor, te conmueve su pobreza, te deprime y te sacude al mismo tiempo su miseria sociológica. ¿Qué hacer? Es evidente que no puedes contentarte con sufrirlo en tus entrañas. Quieres hacer algo, ayudar en concreto, contribuir a que el mundo, la pequeña sociedad en la que vives vaya siendo más humana y más fraterna, con posibilidades semejantes para todos. Tu compasión se ha convertido, de esa forma, casi sin sentirlo, en compromiso activo en favor de tus hermanos. Más allá de lo que haces quieres que ellos mismos asuman su tarea y se hagan libres, puedan realizarse de manera creadora.

Hay otra compasión más importante, es la afectiva. Tú corres y caminas por el mundo, estás internamente desprendida, escuchas a los otros, les atiendes... ¿No has notado cómo el mundo está muy solo? ¿no has notado cómo vienen y te buscan, cómo quieren apoyarse en tu persona, cimentarse en tu cariño? Entonces sientes compasión. Te causan pena tantos hombres y mujeres, aislados, perdidos. ¿No has notado entonces tu impotencia? Muchos quieren que respondas de una forma compasiva, con un gesto, una presencia y un mensaje de cariño. Quieren tu calor de amiga, como apoyo en que fundarse; quieren que tú seas una mezcla de hermana, madre y consejera, con algún matiz de novia. Es claro que no puedes darles todo. Tienes que mostrarles amistad. Pero, al mismo tiempo, has de ofrecerles una voz y una palabra diferentes: compasión significa ayudarles a conseguir que ellos sean; por eso tu actitud puede ser muy exigente. ¿Cómo harás para que vayan juntas cercanía afectiva y gesto de exigencia, participación sufriente y palabra creadora? Lo habrás de ver con cuidado en cada caso. Lo que sabes con certeza es que la compasión no se identifica con un fácil sentimiento que permite a cada uno seguir en donde estaba.

Finalmente, hay una compasión que puede llamarse universal. Es la traducción cristiana del gesto originario del budismo: también nosotros sentimos el dolor de la humanidad que «otea impaciente», aguardando la manifestación de la gloria de Dios. La humanidad entera gime y llora, como en un dolor de parto. Más aún, hasta el Espíritu del Cristo gime con los hombres (Rom 8, 19 s). Pero nosotros vemos las cosas de manera diferente. Sabemos que el camino del dolor no es un vacío: sufre con nosotros, en nosotros, el mismo Hijo de Dios, el Cristo. Por eso conservamos la certeza de que, al fondo del dolor, se esconde un nuevo nacimiento. No intentamos destruir la realidad sino crearla, desde Cristo y con Cristo. Con esto pasamos al apartado que sigue.