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martes, 15 de mayo de 2012

EL TESORO Y LA PERLA


¿Para qué vivir? He aquí el gran interrogante. Tanto trabajo y tantas penas ¿para qué? Para nada más que viento, contestaría Qohélet.
Hace tres cientos mil años que el Homo sapiens se hace la misma pregunta y aún está esperando una respuesta.
El hombre llamado Jesús la buscó también. Algo fuerte le impulsaba a querer conocer qué sentido podía tener esta vida aparentemente tan desconcertante y a veces tan absurda. Juro que buscó como nadie y quizá como nadie dudó.
Nada le cayó ya hecho del cielo. Nada le fue soplado por los ángeles. Y las respuestas que le ofrecía la venerada religión de su pueblo lo dejaban con las ganas.

En su juventud, cuando cepillaba la madera y llevaba una vida como la demás gente, pensamientos extraños se atropellaban en su mente y le desgarraban el corazón. Él quería ver, quería saber, quería arrancar a la noche el sentido, la razón, el camino, la lógica de esta vida, la luz que lo aclara todo. Quería ver la verdad.

Buscó hasta lastimarse el alma. Hasta querer morir antes que creer solamente lo que sus ojos veían: una vida en la que los humanos nacen llorando, en la que durante años se arrastran como esclavos mendigando placeres que no duran, y en la que todos terminan hechos podredumbre bajo un montón de tierra. Atravesó los silencios y las batallas de interminables desiertos. Lloró quizá como nadie lloró. Pegó largos gritos que aún tal vez estremecen a las estrellas.

Durante noches sin fin, él combatió cuerpo a cuerpo con Dios, como Jacob su antepasado, para derribar el muro de lo desconocido, del destino, de la muerte, para saber y ver qué había más allá de esta vida gris y monótona, agradable para tan pocas personas y tan sufrida para las demás.

Cuántas veces, como Job, Jesús llamó a Dios a gritos sin recibir nunca la menor respuesta. Cuántas veces golpeó a la puerta del dios todopoderoso de sus antepasados, del dios de los incontables portentos, de ese dios del que se cantaba que había derribado al Faraón de su trono y precipitado en el fondo del mar a sus ejércitos, del dios fiel que exterminaba a sus enemigos y hacía trizas a cuantos se atrevían a frustrar las aspiraciones de su pueblo elegido. De este dios que pedía cuentas de todo en los más mínimos detalles. De este dios que sabía recompensar a los justos pero no dejaba ningún pecadillo impune. De este dios que prometía paraísos que nunca llegaban. De este dios que quedaba sordo a sus llamadas.

“Durante su vida mortal, presentó con un violento clamor y lágrimas, imploraciones y súplicas a Aquel que podía salvarlo” (Hebreos 5, 7).

Decepcionado y deprimido como Elías, pero misteriosamente reconfortado en su combate, encontró la fuerza para proseguir la subida de su Horeb, para ver a Dios y morir. Entonces vino la tormenta, no vio a Dios. Vino el fuego, no vio a Dios. Luego se levantó una brisa ligera…

Fue en esa brisa ligera en donde su respiración alcanzó la propia respiración de Dios y recogió su don perfecto, ese tesoro tan buscado que los santos llaman “la Sabiduría”.

Gozó de la Sabiduría más que de la salud, de la belleza o de la luz misma del sol. Ella se manifestó en él como la fuente inagotable de toda ciencia, de toda justicia y de todo bien. Ella plantó en su corazón los gérmenes de la inmortalidad. Él la amó. La tomó como esposa. Comparado con ella, “todo el oro del mundo era menos que arena, y la plata, nada más que barro”. (Sabiduría 7, 9-30).

Entonces, de la boca y del corazón de Jesús brotaron los grandes ríos del Evangelio para apagar la sed de todos los que aún se preguntan para qué vivir, trabajar, sufrir y morir. Por su boca, habló la Sabiduría:

“Vengan a mí todos los que vais cansados, dobladas las espaldas bajo pesadas cargas, que yo os haré encontrar el descanso. Cargad con mi yugo y recibid mis enseñanzas. Mi corazón es paciente y se complace con los humildes. Probaréis el descanso, ya que mi yugo es suave y liviana mi carga”. “El que viene a mí no tendrá más hambre, el que cree en mí nunca más tendrá sed”

(Mateo 11, 28-30; Juan 6, 35; Sirácides 24,19-22; Proverbios 9, 1-5).

Para los cristianos, Jesús es el hombre que exploró las profundidades de lo que somos y escrudiñó los horizontes de lo que seremos, traspasando los límites de su propio ser. Cruzó el muro de la muerte. Llegó a la verdad. Recibió la respuesta. Encontró la Sabiduría de Dios, la perla de las perlas, y se desposó con ella. Él plantó su carpa en nuestra carne desde donde comparte las riquezas de su tesoro en un banquete al que todas las naciones de la tierra están convidadas.

A aquellos y aquellas que van buscando sin que les convenzan las respuestas ya hechas, y que no creen solo porque otros creyeron, él les conduce a la fuente.

«¡Qué el sabio medite estas cosas y reconozca las bondades del Señor!» (Salmo 107, 43).