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martes, 15 de mayo de 2012

Amigos en el Señor


Domingo de Pascua 6 B 2012 (Jn 15, 9-17)
Por Diego Fares sj

Una buena noticia para los que valoramos la amistad con nuestros amigos: además de todos los tipos de amistad humana (cada amistad es única), existe “una amistad en el Señor”. ¡Aleluya! ¡bendito sea Dios! Y ¡tres veces Aleluya!

Así como Jesús renovó y mejoró muchas cosas –comenzando por el vino de Caná, siguiendo por las relaciones sociales y terminando por un nuevo tipo de Alianza, de religazón con Dios (adorando en espíritu y en verdad)-, también estableció un nuevo tipo de amistad. Esto me vino ayer, dando la reflexión espiritual a los coordinadores del Hogar. Hablaba del oficio de consolar que trae Jesús resucitado, que Ignacio compara con cómo suelen consolar unos amigos a otros, y caí en la cuenta de que es un lugar común decir que “no podemos ser amigos de todos”. Ahí ví que eso, que humanamente no es posible, en Jesús sí es posible. Y es una novedad inmensamente novedosa y como para saltar de alegría, un tesoro escondido en el campo del cristianismo que no siempre ha sido explotado.
Cuando Ignacio funda una Compañía de Jesús, en la que el primer grupo es de “amigos en el Señor”, esta amistad dio vuelta al mundo moderno, no sólo literalmente gracias a los pies de saltador de obstáculos y de velocista de San Francisco Javier, sino simbólicamente, cambiando los paradigmas de una Iglesia protestada y protestona.
Esto de que “no se puede ser amigos de todos” viene ya de Aristóteles, que en su Ética reflexionaba acerca de los límites cuantitativos de la amistad.
Es que de la amistad no se puede hablar en general sino que hay que “hacer foco en lo singular” .
Para cultivar una amistad se requiere poder celebrarla, y la celebración requiere estar en los momentos importantes del otro y también extenderse a lo largo del tiempo en algunos ritos repetidos y que se vuelven una especie de “clásicos cotidianos”.
Esta exigencia propia –paradójicamente- de “lo gratuito”, impide que uno tenga un millón de amigos. No podrá estar en todas las ocasiones especiales ni tampoco sostener una “gozosa rutina” con todos.

Pues bien, la buena noticia es que en Jesús sí se puede. O más bien cómo Él puede, porque ser Dios es justamente (y quizás sólo) eso: poder ser Amigo de todos, al cultivar esta amistad especial que nos brinda el Señor se vuelve fecunda de manera sorprendente esa gracia que ya está presente en la amistad humana: podemos sentirnos “amigos de los amigos de nuestros amigos”.

Una de las gracias más significativas de la amistad es la que se da con los amigos de los amigos. Es como un testimonio interno del grado de amistad que existe con otro (si el otro es amigo, amigo-amigo o amigo-amigo-amigo, como en el chiste de papá judío que tenía esta clave para decirle cuánto descuento tenía que hacer el hijo que estaba en la caja al que venía a comprar algo: amigo era el 10% y tres veces amigo el 30%). El que es amigo-amigo-amigo de mi amigo no puede ser sólo “conocido” mío.

Esta clave es la que nos da Jesús para formar su Iglesia –y nuestras iglesias centradas en torno a un carisma y misión especial, como son nuestras Casas y Hogares-: tenemos que resignificar nuestras relaciones en términos de amistad con Él, que es Amigo-Amigo-Amigo, que nos rebaja no el 30% por ciento sino la totalidad de los pecados y nos brinda la Amistad Mayor, la del que da la vida por sus amigos.

Cada uno tiene que repensar su relación con Dios y con el prójimo desde su vivencia de amistad.

Será distinta en cada uno pero en todos será la más honda. Y esto aún siendo pecadores. Porque, como dice Aristóteles, hay amistad en torno a distintos fines: en la utilidad, en el placer y en la virtud. Son amigos los chorros que afanan juntos, los que buscan el poder y la diversión y los que viven una misión común. Lo que tiene la amistad en torno a lo honesto, al Bien por sí mismo deseado y gozado, es que no corre el riesgo de decaer, como les pasa a las otras, las que se dan tan simpáticamente, y como una flor en el lodo, en torno al dinero o al placer.

A mí se me ocurren una o dos reflexiones. Una que hacía ayer en el Hogar y que se expresa de manera negativa así: en nuestras obras hay una vulnerabilidad que hace sufrir mucho pero que consuela si uno cae en la cuenta de que es una vulnerabilidad propia de la amistad. Consiste en que “no sabemos bien qué hacer cuando alguien se sale del plano de la amistad en el Señor”. ¿Qué quiero decir?: que no tenemos un “reglamento interno” como tienen las empresas, en las que todo está pautado y tiene su precio, sus premios y castigos, establecidos por ley.
Cuando nuestras relaciones se traban, si prima la amistad, todo se resuelve bien, a la larga o a la corta. Pero si alguno cambia el tipo de relación y adopta actitudes en las que la amistad no es el criterio último, tambaleamos. Y aunque haya que irlo corrigiendo siempre, es bueno que nos lleve más tiempo que a una empresa.

Si tuviéramos que tener un código para que nadie nos “ventajee” no haríamos nunca una comunidad de inclusión al servicio de los más necesitados.

Jesús nos mostró ya en carne propia esta vulnerabilidad: su amistad abierta ofrecida a todos le acarreó a un Judas y el Señor manejó la situación con la altura de un Amigo que le marca al otro claramente las cosas pero no se defiende. Y no se defiende porque eso le implicaría cambiar sus códigos, actuar como enemigo, acusar, poner distancia… Embarrar su relación con los otros amigos. El adversario político puede insultar y mentir cuando es acusado e injuriado por su adversario. El amigo traicionado no puede traicionar. Esa es la vulnerabilidad constitutiva de la amistad verdadera.

La otra reflexión va por el lado de la mirada: si el otro es amigo de Jesús – o mejor, si Jesús es Amigo del otro- ahí tengo una clave que me abre lo más íntimo de su corazón.
A esa amistad puedo apelar para establecer Alianza buena y para resolver los conflictos.
Así miro yo al que viene a confesarse: ahí viene un amigo de mi Señor a pedirle perdón a Él a través mío. Y qué linda es la tarea de reconciliar a los amigos que tuvieron una pelea o un distanciamiento. Reconciliar desavenidos es uno de los fines que San Ignacio puso para la compañía.
Así rezo para poder mirar a cada colaborador y colaboradora de nuestras obras: podemos ser amigos en el Señor. El Señor es Amigo-Amigo-Amigo de esta persona y yo puedo ayudar a que esa amistad crezca y se vuelva más consciente, si está sólo en semilla, o cuidar de que no crezcan cardos y espinas que la sofoquen, y encontrarle el lugar de servicio para que de cómo fruto el 30, el 60 o el ciento por uno.

Así, más allá de Aristóteles, que constataba que se podían tener pocos amigos, (también el Antiguo Testamento siente así), en Jesús podemos tener pequeñas “comunidades de amigos” y ser “amigos de las comunidades de amigos de nuestros amigos”. Esta “amistad” contenida y abiertísima, es el germen que unifica en una misma alegría espiritual nuestras obras. Es la fuente de agua viva de la hermandad en la que bebemos los que trabajamos siguiendo el espíritu de las bienaventuranzas.

También vamos más allá de Kant, que puso una exigencia de respeto tan grande y la condición de poder contarle al otro los juicios más secretos, que hizo de la amistad algo “tan raro como un cisne negro”. Pues bien, en el sacramento de la confesión, cada amigo del Señor cuenta a la Iglesia sus más íntimos secretos y pide perdón de sus pecados. Así, ponerse delante de todos en la cola del confesionario, es un acto de amistad para con nuestros amigos. En Jesús, en su perdón, nos volvemos confiables los unos para con los otros.

Y desde que el Señor le dijo a Pedro, que preguntaba por la misión de Juan, “Si Yo quiero que este se quede hasta que yo venga, a vos qué te importa. Vos seguime a mí”, la amistad en el Señor permite esa diferencia que tanto añoraba Nietzsche, amistad que rechaza toda fusión y achatamiento de la personalidad y de la misión única de cada uno. En la amistad en el Señor hay lugar para Pedro, para Juan y para Pablo. Y en el “vos seguime a mí” hay una orden de no hacer internas y de profundizar cada uno en su misión, que desembocará en la unión mayor cuando el Señor lo decida.
¡Amigos en el Señor! Qué lindo regalo de Jesús.
¡Amigos de los amigos en el Señor! ¡Qué posibilidad inmensa de incluirse, de crecer y de crear, de incluir a todos y de avanzar, de perdonar y de esperar!