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martes, 15 de mayo de 2012

El poder de la debilidad.



Hay diferentes clases de poder y diferentes clases de autoridad. Existe el poder militar, el poder físico, el poder político, el poder económico, el poder moral, el poder carismático y el poder psicológico, entre otros. Hay también diferentes tipos de autoridad: podemos sentirnos amargamente forzados a acceder a ciertas demandas o podemos sentirnos gentilmente persuadidos a aceptarlas. Poder y autoridad no son de la misma especie.
Imagínate a cuatro personas en una habitación: La primera es un dictador poderoso que dirige un país. Sus palabras mandan ejércitos y sus cambiantes estados de ánimo intimidan a sus súbditos. Esta persona detenta un poder brutal. Junto a él se sienta un atleta de talento en la cima de su fortaleza física. Un hombre a quien igualan sólo unos pocos en rapidez y fuerza. Sus capacidades constituyen un tipo de poder por el cual es envidiado y admirado. La tercera persona es una estrella del rock cuya música y carisma electrizan a la audiencia y llegan el recinto de una energía conmovedora. Su cara llena las carteleras y su nombre es familiar. El suyo, es otra clase de poder. Finalmente, tenemos en la habitación un recién nacido, un niño, acostado en su cuna, aparentemente sin ningún poder ni fuerza, incapaz incluso de pedir aquello que necesita. ¿Cuál de ellos es el más poderoso?

La ironía es que el niño detenta el mayor poder. El atleta podría aplastarlo, el dictador podría matarlo, y la estrella de rock podría deslumbrarlo con su puro dinamismo, pero el niño tiene un tipo de poder diferente. Puede tocar los corazones de una manera que ni el dictador, ni el atleta, ni la estrella de rock podrían. Su inocencia, su silenciosa presencia, sin fuerza física, pueden transformar una habitación en un corazón de una manera que ni las armas, ni los músculos, ni una estrella del rock podrían. Vigilamos nuestro lenguaje y nuestras acciones en presencia del niño, cosa que no hacemos cuando estamos cerca de atleta o una estrella del rock. La debilidad de un niño nos toca en lo más profundo de nuestra interior.

Y este es el camino por el que podemos descubrir y experimentar el poder de Dios aquí en la tierra, y por el que Jesús fue considerado poderoso durante su vida. Los evangelios dejan esto claro, desde el principio hasta el fin. Jesús nació como un niño, sin poder, y murió impotente colgado de una cruz mientras los que lo veían se burlaban de su debilidad. Tanto su nacimiento como su muerte manifiestan la clase de poder bajo el que en última instancia construimos nuestras vidas.

Los Evangelio describen el poder y la autoridad de Jesús exactamente de esta manera. En griego, el lenguaje original de los evangelios, encontramos tres palabras para hablar de poder o autoridad. Fácilmente podemos reconocer la dos primeras: energía y dinamismo. Existe un poder en la energía, en la salud física y muscular, de la misma manera que hay un poder en ser dinámico, en la capacidad de generar energía; pero cuando los evangelios hablan de que Jesús “tenía un gran poder” y como quien tiene un poder mayor que otras figuras religiosas, no usan las palabras energético o dinámico. Usan la palabra “exousia”, que debería ser mejor entendida como “vulnerabilidad”. El poder real de Jesús estaría enraizado en una cierta vulnerabilidad, como el poder de un niño.

No es éste un concepto fácil de entender ya que nuestra idea de poder está relacionada normalmente con lo opuesto, a saber, la idea de que el poder se relaciona con la capacidad para aplastar, no para liberar a los otros. Pero no cabe duda que podríamos entenderlo desde nuestra experiencia de los niños, que pueden dominarnos precisamente desde su debilidad. Junto a un niño, tal y como han aprendido todos los padres y madres, no sólo vigilamos nuestro lenguaje y tratamos de no tener amargas discusiones; también tratamos de ser personas mejores y más cariñosas. Metafóricamente, el niño tiene el poder de hacer un exorcismo. Puede expulsar de nosotros los demonios de la autosuficiencia y el egoísmo. Por esto Jesús podía expulsar ciertos demonios que otros no podían.

Y así es cómo el poder de Dios descansa para siempre dentro de nuestro mundo y dentro de nuestras vidas, pidiéndonos paciencia. Annie Dillard afirma que Cristo siempre se encuentra en nuestras vidas como se le encontró originariamente, como un débil niño entre pajas que debe ser cuidado y alimentado hasta su madurez. Pero nosotros siempre queremos algo más, a saber, un Dios que venga y limpie el mundo y satisfaga nuestra sed de justicia mediante la fuerza bruta y machaque algunas cabezas aquí y ahora. Somos impacientes con el silencio, con el poder moral que demanda infinita paciencia y una perspectiva a largo plazo. Queremos un héroe, alguien con las armas llameantes de un superhéroe de Hollywood y con el corazón de la madre Teresa. Las armas del mundo para echar fuera el mal, eso es lo que queremos de nuestro Dios, no el poder de un niño acostado silencioso y vulnerable contra los crueles poderes de nuestro tiempo. Como los israelitas enfrentados a los palestinos, somos reticentes a enviar a un sencillo pastorcillo contra un gigante acorazado. Queremos el poder divino en el hierro, los músculos, las armas y el carisma. Pero este no es el camino donde se encuentran la intimidad, la paz y Dios.