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domingo, 2 de marzo de 2014

Contemplar al Padre, remedio contra la ansiedad (Domingo 8 A 2014)

Así como en el evangelio pasado el Señor tocó todos los registros de la ira, hoy hace lo mismo con la ansiedad. Preocupaciones económicas, agobio ante los problemas, angustia ante la enfermedad y la muerte, ansiedad, nerviosismo, cansancio por querer controlar…, son todos males de nuestra cultura actual, que por un lado nos inquieta de mil maneras y por otro nos ofrece ansiolíticos. ¿Serán los mismos grandes accionistas los que invierten su dinero en la producción de noticias y en la fabricación de rivotril? (“sarcasmo”, diría Sheldon).

Como siempre, el Señor que es Maestro en las cosas de la vida, nos ofrece sus “criterios”. Jesús tiene Palabras de vida, que calman la ansiedad, ponen dulzura a la cruz, hacen gozar el tiempo que Dios nos regala, nos llenan de confianza en la providencia de nuestro Padre y nos centran en medio del ir y venir de la vida.

Cada uno tiene que confrontar los criterios de Jesús con los propios tanto cuanto lo requiera su inteligencia. ¿Qué quiere decir “tanto cuanto”.

En primer lugar significa que no basta con “entender” lo que Jesús dice: “ya se, Jesús dice que no hay que preocuparse por el mañana, que cada día tiene sus propias preocupaciones… todo muy lindo, pero a mí me invaden las preocupaciones por lo que tendré que enfrentar mañana o esta semana y no me las puedo sacar de encima. Cuando me despierto a mitad de la noche y me asaltan estas preocupaciones ya no me puedo dormir tranquilo. Es como si fuera una inconsciencia dormir mientras ‘todo esto’ está en marcha y se me viene encima…” Este tipo de discursos “ya sé, pero” nos muestra que lo que uno experimenta diariamente va “destilando” una serie de juicios que configuran un criterio. Este criterio es personal e intransferible. Actúa como freno ante los criterios ajenos: uno dice “te entiendo perfectamente, pero… vos no vivís lo que vivo yo, con todas sus agregados, que sería muy largo explicarte pero que a mi hacen que no me baste con eso que vos decís que a vos te ayuda”.

Este tipo de razonamiento que tenemos cuando hablamos entre nosotros, se lo aplicamos también al Señor, que pasa a ocupar un lugar más entre los libros de autoayuda.

Si lo primero es darse cuenta de que detrás de mis criterios hay experiencias de vida que los configuraron, es decir que en el mecanismo lógico de mis criterios hay cuestiones afectivas muy mías, que me llevan a sentir que una cosa pesa más que otra y me inclinan de cierta manera, lo segundo es valorar esto tan humano en Jesús.

Los criterios de Jesús también vienen de su experiencia consigo mismo y con la gente. Imaginemos por un momento lo que significa haber tenido a María por mamá y a San José por padre, haber podido interactuar con ellos todos los días. El Jesús que dice “no se pongan ansiosos pensando qué van a comer o con qué se van a vestir”, es un Jesús que de niño vivió en el destierro, como exiliado, viendo a sus padres dormir a la intemperie, luchar con un idioma extraño, trabajar duramente para hacerse una casita… De alguna manera, sus padres le transmitieron esto de mirar a los pajaritos del cielo y comprobar cómo el Padre los alimenta. San José y María criaron a Jesús haciéndole sentir en la pobreza de esta tierra la misma riqueza de Amor que su Padre le hacía sentir en el cielo interior de su Corazón. Esta síntesis vital de Jesucito es el remedio contra la ansiedad. Hacerse como niños es dejarse cuidar por este Niño que así siente al Padre y a sus padres y nos da la mano como a un hermanito suyo más pequeño.



Cada uno tiene su “grado y su tiempo” para la angustia: cuánto lo agobia algo y cuánto tarda en que se le pase. Esto suele estar ligado al grado de angustia y preocupación que vivió en su casa: las cosas que sus papás le hacían sentir “que de eso no había por qué preocuparse” y las cosas que uno “veía y escuchaba que sí les preocupaban y mucho”.

Pues bien, el grado de preocupación madura y justa que tiene Jesús, le viene de su Padre del Cielo y de sus padres terrenos. Da gusto “medirse” y “dejarse cuidar y contener” por alguien que siente las cosas como Él.

Y para ello uno puede gustar los ejemplos que da e incorporar las imágenes y metáforas que nos comparte, sintiendo que su experiencia es compartible.

Jesús no sólo vive pacificado sino que pacifica,

no solo goza el tiempo presente sino que lo hace gozar,

no solo tiene esperanza en que todo está en las manos del Padre sino que nos hace sentir esa mano sobre nuestra cabeza y guiándonos.

Pero que quede claro: incorporar estos criterios para que “funcionen automáticamente la próxima vez” requiere tiempo de contemplación.



Gustemos un rato las imágenes del Padre que nos regala Jesús. Podemos unirlas a nuestra imagen de la Virgen y de San José. Contemplar al Padre tranquiliza, es el remedio contra la ansiedad del mundo.

Lo contemplamos en acción: en cómo nos valora, en cómo proyecta dársenos, en cómo sabe lo que necesitamos.

Contemplar al Padre gozando que nos valore tanto

¿No vales vos para ellos más que los pajaritos del cielo? María y José le hacían sentir a Jesús en todo momento lo valioso que era. Podemos sentir esto en cómo salieron a buscarlo como locos cuando se les perdió en el Templo. Cultivemos este sentimiento de “saber que me van a buscar, siempre, hasta que me encuentren, este deseo de todo niño de “querer que lo encuentren sus papás”, de querer que me encuentre Dios.

Si escuchamos cómo lo formula Francisco, podemos comprender por qué todos lo sentimos tan padre:

“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque « nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor » Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descu­bre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: « Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores ». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia (EG 3).

¡Cuánto valés para tu Padre Dios! La exhortación del Papa Francisco es un precioso ejemplo de cómo se “elabora” un criterio evangélico –con razones para el amor y con imágenes que despiertan el deseo profundo, cubierto con la pátina superficial de razones aparentes que nos quieren hacer creer que no se puede.

Contemplar al Padre gozando que nos revista con su perdón y su belleza

La otra imagen del Padre es la del que viste de esplendor y belleza a los lirios del campo ¡Cuánto más hará por ustedes! Exclama Jesús. Cuánto quiere hacer Dios por mí.

San Ignacio lo dice en la contemplación para alcanzar amor. Cuando le agradezco todo lo que me ha dado y todo lo que ha hecho por mí, debo dar un paso más y “alargar” la conclusión: “ponderando con mucho afecto no solo cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene, sino también cómo el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina” (EE 234). Es decir: dado que “el amor consiste en la comunicación, en dar el amante al amado todo lo que tiene o de lo que tiene lo que puede” Ignacio dice que Dios no solo quiere “hacer cosas por mí sino dárseme él mismo”. Lo vemos en la Eucaristía, este deseo, digo, que tiene Jesús de dársenos.

Y lo que Dios “proyecta darnos” Francisco lo dice así:

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nue­vo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdo­nado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

Contemplar al Padre gozando que nos conozca a fondo

La última imagen es la del Padre que está en el cielo y que sabe bien lo que necesitamos. Sabe que en el fondo fondo, lo necesitamos a Él, necesitamos un Padre que nos haga sentir que estamos viviendo en su Reino y no en un territorio de nadie.

Francisco lo expresa así, buceando en lo secreto del Corazón de Jesús:

“Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas: « No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino » (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu. Ben­dice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a pequeños » (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (EG 141).

Un ejercitante me decía que, rezando con Francisco, sentía que era un hombre que había “optado por ser padre”. No funcionario, no gestor, no príncipe, no empresario… Padre. Ser Padre no quita sino que agrega preocupaciones, angustias, problemas, desvelos y ansiedades… Pero, paradójicamente, no agrían sino que endulzan el corazón, no lo vacían sino que lo llenan de amor, con todo lo que tiene de cruz y de alegría. Creo que es porque la paternidad enseña a vivir bien el tiempo –que es de nuestro Padre Dios-: la paternidad hace vivir el día a día, hace que uno no se pierda el momento aunque sufra por el futuro.

“Nuestra paternidad – tanto la de los padres de familia como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes – debe ser como la del Padre Misericordioso. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto tiene necesidad del hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cercano a sí, tan cercano como la gallina quiere a sus pollitos” (Homilía del 4-2-14).



Evangelio según Mateo 6, 24-34

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: no se pongan ansiosos por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se ponen ansiosos por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No anden preocupados entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que andan así detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se agobien por adelantado; el día de mañana tendrá sus propios problemas. Cada día tiene sus propias preocupaciones